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Etiquetas: [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2018-05-31T18:34:00.001-05:00


Licenciada en Psicología Educacional por la Universidad Católica, y con maestrías en Educación y en Neurociencias (por la universidades de Maastricht y de Estocolmo, respectivamente) Pilar González Vigil (Lima, 1977) es una de nuestras pocas escritoras plenamente identificadas con la narrativa para niños. Debutó en este género con la novela Rompecabezas para vivir (2013), “una narración bella, tierna, equilibrada y dinámica, de deslumbrante sencillez que atrapa y emociona” según afirma el crítico Carlos Villanes. A ese libro le siguen dos libros que tienen bastantes elementos en común: Lala, la sin-pies (2014) y el reciente Tita, la pirañita (2018), ambos con abundantes y bellas ilustraciones de Natalí Sejuro Aliaga, y publicados por Maskaypacha Editores.

La historia que se narra en Lala, la sin-pies remite de alguna manera a la de “El patito feo”: entre los pequeños hijos de un ciempiés hay una que extrañamente no tiene pies. Pero a diferencia del clásico cuento de Hans Christian Andersen, en el de González Vigil el énfasis está puesto en la superación personal, en la necesidad del esfuerzo y sacrificio para el logro de los deseos. Lala ha soñado que estaba en la cumbre de un hermoso monte, y hace todo lo posible para llegar hasta allí, a pesar de tener que desplazarse arrastrándose (en realidad es una oruga). Y a ello se agrega el deslumbramiento ante la naturaleza y los paisajes peruanos, pues la protagonista va descubriendo, en su recorrido, diversos parajes de nuestra colorida selva. Según José Beltrán Peña Lala, la sin-pies “… ayuda a los maestros, padres de familia y a los propios niños a comprender, entender y aceptar a esa parte de un gran porcentaje de la población mundial, los mal llamados minusválidos”.

Por su parte, Tita, la pirañita “es un libro que promueve los valores de la valentía, la empatía y el respeto por la naturaleza”, según ha afirmado la propia autora. Se cuenta la historia de Tita, una pequeña piraña que solo aspira a ser tan feroz y atemorizante como todas las pirañas, pero que por ser aún pequeña y tener los dientes chuecos provoca más ternura que temor. Pero eso no la desanima, y asiste con sus pequeños amigos, a la escuela del profesor Pirañón, donde se muestra como la más caliente e intrépida En esta historia la empatía se presenta cuando Tita es atrapada por un pescador, y el hijo del pescador —también un niño— se conmueve al ver sufrir al pequeño pez fuera del agua. Nuevamente es la diversidad de la fauna amazónica, en este caso la de sus caudalosos ríos, un motivo especial para el desarrollo de las ilustraciones.

El escritor Winston Orrillo ha señalado que en las narraciones de Pilar González Vigil la autora aprovecha bien “sus investigaciones en el campo de la motivación a la lectura para incentivar el desarrollo estético y emocional de sus pequeños lectores”. Nosotros añadiríamos el componente de empoderamiento femenino, pues tanto Lala como Tita, las protagonistas de estos dos libros, no solo se esfuerzan para superar sus desventajas personales, sino también para competir de igual a igual con sus pares “masculinos”, llegando incluso a vencerlos. Un valiosa y muy oportuna enseñanza para las niñas de hoy.


Etiquetas: [Antología]  [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2018-05-25T09:35:00.000-05:00

Cuentos de antología (2)

(Para leer la primera parte)

DeCena peruana está más enfocado en la actualidad del cuento peruano, en las propuestas de narrativa breve surgidas después de la brillante generación del cincuenta. El libro se inicia con “Monólogo para Jutito” de Antonio Gálvez Ronceros (1932), uno de los primeros en llevar la propia voz de los peruanos afrodescendientes a la narrativa. Por su parte “El regreso” de Laura Riesco, “Cayapo, el cazador” de Roger Rumrill (1938) y “La fuga de Agamenón Castro” de Cromwell Jara (1950) son también aproximaciones a esos otros “ámbitos” de la cultura peruana, no suficientemente reconocidos en nuestra tradición literaria.

Pero también hay interesantes desarrollos del realismo urbano limeño, como “El equipito de Mogollón” de Augusto Higa Oshiro (1947), “Taxi Driver sin Robert de Niro” de Fernando Ampuero (1949) y “García Márquez y yo” de Jorge Ninaypata (1957-2014). El libro concluye con tres de los mejores representantes del cuento peruano actual: Carlos Herrera (1961), Santiago Roncagliolo (1975) y Daniel Alarcón (1977). Como se ve, Alma, corazón y vida y DeCena peruana son, en distintos aspectos, antologías complementarias, dos muy buenas propuestas para que los lectores más jóvenes descubran la diversidad y calidad de la literatura peruana.
Etiquetas: [Antología]  [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2018-05-18T10:32:00.001-05:00


Cuentos de antología (1)


Ricardo González Vigil (Lima, 1949) es uno de los más reconocidos críticos literarios de la actualidad, tanto por su labor académica (es catedrático de la PUCP), como por su aporte a la difusión de la literatura peruana, a través de sus columnas periodísticas o las numerosas antologías que ha publicado. Y en este último campo, el de las antologías, RGV se ha especializado en la narrativa breve, desde los cuatro gruesos volúmenes dedicados a El cuento peruano hasta los siete tomos de Cuentos universales, entre otros. A ellos se suman ahora dos libros dirigidos a los lectores más jóvenes. Decena peruana. Antología del cuento contemporáneo (Panamericana Editorial, 20018) y Alma, corazón y vida. Antología peruana de cuentos de amor (Arsam, 2017).

Publicado como parte del programa educativo Plan Lector, Alma, corazón y vida es un didáctico recorrido por la historia del cuento peruano, que se remonta hasta la “tradiciones” de Ricardo Palma (1833-1919), “el mejor cuentista hispanoamericano del siglo XIX… el primer escritor peruano que influyó en todo el ámbito de la lengua española”. De Palma se incluye aquí la tradición “La camisa de Margarita”. Después figura textos del romántico Luis Benjamín Cisneros (1837-1904), del modernista Enrique A. Carrillo (1976-1936), de Abraham Valdelomar (1888-1919) y hasta de José Carlos Mariátegui (1894-1930). Los autores más actuales, de la generación del cincuenta en adelante, aquí incluidos son Carlos Eduardo Zavaleta (1928-2011), Alfredo Bryce Echenique (1939), Laura Riesco (1940-2008), José Antonio Galloso (1972) y Jeremías Gamboa (1975).

Debido al público que está dirigido Alma, corazón y vida, en los cuentos escogidos priman la ligereza y el sentido del humor. A pesar de ello, González Vigil mantiene en este libro una de las características más distintivas de sus antologías: incluir relatos provenientes de las más diversas tradiciones culturales. Por eso aquí encontramos textos como “La puyacha”, un relato tradicional andino reelaborado literariamente por Rosa Cerna Guardia (1926-2012); o “La leyenda de Kiswarpukio”, de origen amazónico, en la versión de Carlos Villanes (1943).
Etiquetas: [Ensayo]  
Fecha Publicación: 2018-05-17T13:03:00.001-05:00

Hay en la obra de todos los grandes los grandes escritores, diversos géneros y zonas que no siempre obtienen la misma atención de la crítica. En el caso de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), es obviamente su narrativa —especialmente sus casi veinte novelas— sobre lo que más se ha escrito y reflexionado. En un segundo plano estarían sus textos políticos e ideológicos, como su reciente libro La llamada de la tribu (2018). Injustamente relegada a un tercer plano estarían sus críticas y ensayos literarios, en los que ha desarrollado un sistemático análisis del acto creativo y de la naturaleza de las ficciones narrativas. A este aspecto “ensayístico” de la obra de MVLL está dedicado el libro La ficción y la libertad. Cuatro ensayos sobre la poética de la ficción de Mario Vargas Llosa (Cuerpo de la Metáfora Editores, 2018) del escritor y doctor en Literatura Jorge Valenzuela (Lima, 1962).

Básicamente lo que hace Valenzuela en este libro es fundamentar académicamente —es decir, con abundantes referentes teóricos y citas textuales— las propuestas que sobre la creación literaria y la ficción que MVLL ha ido presentado a lo largo de los años. Y para ello, aborda esas reflexiones desde cuatro perspectivas diferentes. La primera de ellas es la de la libertad como opción política, lo que lleva inevitablemente a los teóricos del liberalismo, desde John Stuart Mill hasta Karl Popper e Isaiah Berlin. A la luz de esas ideas, Valenzuela analiza ensayos vargasllosianos como “El poder de la ficción” (1987), “Literatura y política: dos visiones del mundo (2000) y “El viaje a la ficción” (2008). Entre las conclusiones a las que llega está que “para Vargas Llosa las verdades subjetivas de la literatura confieren a la verdad histórica, que es su complemento, una existencia posible y una función propia: rescatar una parte importante de nuestra memoria, aquellas grandezas y miserias que compartimos con los demás”.

En el siguiente ensayo, “La dimensión antropológica de la poética de la ficción de MVLL”, el marco teórico está basado en “las propuestas del Wolfang Iser y Jean Marie Schaeffer en torno a la dimensión antropológica y cognitiva de la ficción”; y el texto vargasllosiano analizado es “El arte de mentir” (1984). En “la génesis de las ficciones. Una aproximación a la categoría de ‘realidad real’ en la poética de la ficción vargasllosiana”, se profundiza en la famosa teoría de los “demonios”, a la que recurrentemente se remite MVLL, estudiando sus diversos aspectos y consecuencias literarias. Para ello se centra en Gabriel García Márquez. Historia de un deicidio (1971), acaso el más logrado de los libros de crítica de MVLL.

Por último, en el ensayo “La vida de la ficción. El teatro y la poética de la ficción vargasllosiana” Valenzuela analiza la forma en que el escritor llevó al extremo, en su obra dramática, sus reflexiones sobre la naturaleza de la ficción. “Hay una cosa que llama la atención en Vargas Llosa y es el hecho de que se haya acercado al teatro al punto de convertirse en un actor. Esto tiene que ver —y es algo que me ha interesado en el libro— con la necesidad que él tenía de arrasar con cualquier tipo de mediación o distancia que podía separarlo a él de la ficción en sí misma”, afirmó Valenzuela en una reciente entrevista. En suma, y como afirma el propio autor en otra entrevista, La ficción y la libertad es “un libro laudatorio, donde muestro toda mi admiración y fascinación sobre un escritor que ha reflexionado en torno a la ficción de una manera constante y sistemática”.


Etiquetas: [Poesía]  
Fecha Publicación: 2018-04-20T13:38:00.000-05:00

En 1960 se entregó por primera vez el premio “Poeta joven del Perú”, y los elegidos fueron Javier Heraud y César Calvo, ambos entonces con menos de veinte años de edad. Desde entonces y hasta el año 1999, el premio —siempre impulsado por el poeta Marco Antonio Corcuera (Trujillo, 1917-2009)— ha sido otorgado a poetas tan importantes como Luis Hernández, José Watanabe, Juan Ojeda y Monserrat Álvarez, por mencionar algunos. Tras más de quince años, el certamen se volvió a convocar el año pasado, esta vez bajo el auspicio de la Fundación Marco Corcuera y la Universidad de Piura. Y el primer premiado en esta segunda etapa ha sido el poeta Roy Vega Jácome (Lima, 1988) por su libro Etapas del espíritu / Runas grabadas en la piel (Cuadernos Trimestrales de Poesía, 2017). 

Con estudios de Literatura en la Universidad de San Marcos, Roy Vega ya es un poeta reconocido y premiado. Su primer poemario Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera (2014) obtuvo una mención honrosa en el concurso de Poesía José Watanabe, que organiza la APJ; y su segundo libro Muestra de arte disecado (2016) obtuvo el Copé de Plata en la Bienal de Poesía organizada por Petroperú. En ambos libros, Vega destaca por la “versatilidad y el dominio de las formas poéticas”, según afirma el poeta y crítico Hildebrando Pérez, así como por su conocimiento de nuestra tradición poética, de la que recoge valiosas enseñanzas; especialmente de los surrealistas de la generación del treinta (Moro y Westphalen) y de la generación del sesenta (Cisneros y Hernández), a quienes cita reiteradamente.

Etapas del espíritu… está compuesto por una veintena de poemas divididos en cinco secciones. En la primera, “Miniaturas”, están los textos que remiten a la infancia, a sus primeras experiencias personales y literarias. En “Antielegías” se reúnen textos dedicados a escritores y artistas que han influido en esta poesía. En “Ella y la otra” se trata de poemas de temática amorosa, en “Diálogo de los oficios ciegos” son poemas más reflexivos; y en la última sección, cuyo título es el del libro, encontramos cinco textos en prosa, los más ambicioso y logrados de todo el conjunto. En general, las secciones difieren bastante entre sí, no solo temáticamente sino también en los aspectos formales y hasta visuales. Por ejemplo, solo en la cuarta sección se usa el símbolo “/” para separar los versos, a la manera de ciertos poetas anglosajones.

Si en sus anteriores poemarios Vega a veces caía en excesos retóricos, en este —por el contrario— apela más a la simpleza y a las experiencias infantiles y juveniles. Así, Etapas del espíritu / Runas grabadas en la piel parece, ya desde el título, un ajuste de cuentas del autor con una primera etapa de su vida y obra, que incluso ya parecía superada en Muestra de arte disecado. Sin duda se trata de un poemario de “juventud”, y por ello acorde con el prestigioso premio que ha obtenido.
Etiquetas: [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2018-04-13T16:13:00.004-05:00

Irma de águila (Lima, 1966) es una de las más destacadas narradoras peruanas de la actualidad. Es especialmente reconocida por sus novelas El último capítulo (2001), Moby Dick en Cabo Blanco (2009), El hombre que hablaba del cielo (2011) y La isla de Fushía (2016). Pero en realidad se inició con un libro de cuentos Tía, saca el pie del embrague (2000), y desde 1994 ha tenido una destacada participación en concursos de cuentos, llegando a ganar en el 2005 un concurso internacional con el relato “Primera travesía”. Del Águila ha vuelto a este género literario en su más reciente libro, Mínima señal (2017), publicado por el Fondo de Cultura Económica.

Los nueve relatos reunidos en este volumen no son estrictamente hablando “cuentos” pues en ellos no se narra un suceso completo, apenas se nos presenta una situación y se esboza un posible desenlace, que no figura en los textos. Pero no por ello se cae en la microficción (un género literario muy en boga, pero narrativamente cuestionable) debido a la minuciosidad de las descripciones y a las reflexiones del narrador en tercera persona. Dan más la impresión de ser fragmentos —unidades narrativas mínimas— de relatos más extensos. Sin lugar a dudas el texto emblemático es “La piscina”, en el que un viejo encargado de la limpieza de un club privado mantiene una oculta fascinación por los cuerpos de las niñas que utilizan la piscina. La autora describe detalladamente las filias y fobias del personaje, entrando en terrenos escatológicos, pero manteniendo siempre el “lenguaje terso y un ritmo lentificado, que invita a la reflexión” como señala la poeta Carmen Ollé en el prólogo del libro.

Hay varias constantes más que le dan unidad y cohesión a este conjunto de cuentos: parten de situaciones cotidianas, están enfocados en el interior de los personajes y presentan (o anuncian) situaciones de “auto reconocimiento” (la anagnórisis de la que hablaban los griegos). En “Ecos de la selva” se trata de un joven de esa región del país, que tras perder el oído en un accidente, revive un recuerdo aparentemente olvidado: “un recitar machiguenga, monótono y profano, en una letanía íntima, sin fin, semejante a las que entonan los curanderos del Amazonas en sus rituales de sanación”. También es de la selva la joven protagonista de “El baile de la garza”, quien comienza a cuestionar las representaciones de costumbres y bailes tradicionales de su comunidad (relacionados con mitos y creencias ancestrales) ante la frívola mirada de los turistas.

Si los últimos libros de Irma del Águila tenían un cierto carácter metaliterario, pues eran ficciones que apelaban a otras ficciones (La casa verde de Vargas Llosa en el caso de La isla de Fushía), en Mínima señal ese elemento ha sido dejado un poco de lado (no del todo, porque el cuento “Tu voz existe” parece una versión posmoderna del conocido poema “El cuervo” de Edgar Allan Poe). Por eso los relatos son más directos e intensos, y en conjunto constituyen un muy buen libro de cuentos, de lo mejor de la narrativa de Del Águila.
Etiquetas: [Ensayo]  
Fecha Publicación: 2018-04-11T18:30:00.001-05:00


Con dos libros de cuentos y tres novelas publicadas —entre ellas las elogiadas Bioy (2012) y La procesión infinita (2017)—, Diego Trelles Paz es sin lugar a dudas uno de los narradores peruanos más importantes surgidos en lo que va del siglo XX. Se desempeña como profesor de Literatura y Cine en la Universidad de Caen (Francia), y además ha incursionado en el ensayo literario, inicialmente con El futuro no es nuestro (2009), una antología de la nueva narrativa latinoamericana. En esta área, su más reciente libro es Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela policial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño (2017), un extenso y lúcido estudio que resultó ganador de la V Bienal de Ensayo Premio Copé.

Trelles ha dividido este trabajo en cuatro grandes capítulos, que van desde “Los precursores del desvío” —los argentinos Borges, Walsh y Denevi— hasta un análisis detallado de Los detectives salvajes (capítulo IV), la reconocida novela de Bolaño que tanto ha influenciado en lo más reciente de la producción narrativa latinoamericana, incluidas la del propio Trelles. De Borges, por supuesto se comenta sus relatos policiales metafísicos (como “La muerte y la brújula”) y sus propias reflexiones sobre este subgénero narrativo: “Frente a una literatura caótica, la novela policial me atraía porque era un modo de defender el orden, de buscar formas clásicas, de valorizar las formas”. De Denevi se analiza “Rosaura a las diez” (1955) y de Walsh —autor de la primera antología del relato policial argentino— una serie de textos no ficcionales. Este primer capítulo concluye extrañamente con el estudio la novela The Buenos Aires affair (1973) de Manuel Puig, un libro muy posterior.

El segundo capítulo, “Crítica y ficción”, intenta demostrar que “tanto las convenciones como la ideología política implícitas en esta narrativa son incompatibles con las realidades de los países de Latinoamérica”, y que por ello fue necesario replantear el género, reformularlo e incluso “subvertir” algunas de sus estructuras y convenciones, para que se adapte a nuestras “complejas sociedades”. Para ello Trelles apela a diversos autores que han reflexionado sobre la definición y los límites de los géneros literarios. Finalmente hace un listado de ocho “convenciones” que caracterizan a la “novela policial alternativa latinoamericana”. En el siguiente capítulo “Detectives perdidos, asesinos ausentes”, aplica estas conclusiones a las obras de los mexicanos Vicente Leñero (1933-2014) y Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), y el argentino Ricardo Piglia (1941-2017).

El capítulo final, el más extenso e importante, está dedicado (como ya hemos señalado) a Los detectives salvajes (1998), que según Trelles es la mejor expresión de esta novela policial alternativa. Se analizan aspectos tan diversos como el argumento y la estructura narrativa, los personajes, los diferentes narradores y hasta la función del lector como detective. Además en este capítulo, como en el resto del libro, Trelles se apoya constantemente en los trabajos de otros ensayistas, no solo latinoamericanos, otorgándole así a sus conclusiones el necesario rigor académico. En suma, un excelente libro, llamado a convertirse en referente imprescindible para el estudio de la narrativa policial latinoamericana.
Etiquetas: [Crónica]  
Fecha Publicación: 2017-11-30T18:22:00.002-05:00

Egresado de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, Luis Cáceres Álvarez es un joven y destacado periodista y fotógrafo que ha participado en proyectos como la muestra “Los rostros del Perú” (2016) —organizada por la Reniec y que se presentó en Lima y en 16 regiones del país— y el colectivo fotográfico Ojos Propios. Ha hecho estudios en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), especializándose en periodismo musical y fotografía periodística. Todo ello ha confluido en su primer libro: La Catedral del Criollismo. Guardia Vieja del siglo XXI (Editorial UPC, 2017), una valiosa y emotiva crónica sobre uno de los últimos puntos de reunión (en el tradicional distrito de Breña) de auténticos jaranistas limeños.

Las reuniones de este grupo de viejos criollos se realizan todos los viernes, a partir de las cinco de la tarde, en la casa de Wendor Salgado, quien además es uno de los guitarristas principales de La Catedral, al lado de Adolfo Zelada. Salgado es sobrino de don Augusto Áscuez —conocido como “El señor de la jarana”— y desde adolescente formó parte del grupo de músicos que solían acompañar a su tío. La fascinante vida de este personaje es contada, con vuelo literario, en el segundo capítulo del libro, “El guardián”: su nacimiento en 1941, su llegada en 1949 al “nuevo” distrito de Breña y, por supuesto, su larga trayectoria como guitarrista, desde su experiencia en un conjunto tropical hasta los largos años dedicados al cultivo de la música criolla. Pero su historia es mucho más que eso: “lo que Wendor da no solo son acordes o melodías, sino testimonios de vida”.

De la misma manera, este es un libro sobre mucho más que esas reuniones de los viernes. En el primer capítulo, “El criollismo tiene quien le cante”, Cáceres nos entrega una crónica sobre el pasado de La Catedral y una historia del criollismo en general, desde la llamada Guardia Vieja, de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, hasta la actualidad, pasando por Felipe Pinglo, Chabuca Granda, Manuel Acosta Ojeda y Augusto Polo Campos, además de una larga lista de músicos y compositores menos conocidos. Y en el tercer capítulo “Esto es vida, lo demás es cuento”, se detalla la fructífera relación de estos viejos músicos con las nuevas generaciones de “criollos” limeños; en especial la transmisión de su valioso legado cultural: “Como a los chicos les gusta tanto la computadora, lo ponemos todo allí. Así las nuevas generaciones tendrán una referencia”, dice Salgado. Hasta se ha creado un canal de Youtube, en el que se difunden temas grabados en la Catedral en los últimos diez años.

Por supuesto, La Catedral del Criollismo se complementa con un “Álbum fotográfico”, una serie de imágenes que Cáceres ha captado “con el corazón, el cerebro y los ojos en la misma dirección” —según confiesa recordando a Henri Cartier-Bresson— a lo largo de varios años de visitas a la casa de Breña. Además Cáceres tiene el proyecto de producir un documental, tipo Buena Vista Social Club, sobre este grupo de viejos músicos criollos.
Etiquetas: [Antología]  [Poesía]  
Fecha Publicación: 2017-11-29T17:55:00.002-05:00

Sociólogo con una larga e importante trayectoria como periodista (incluso ha sido director de varios diarios locales) Enrique Sánchez Hernani (Lima, 1953) es también uno de los más representativos poetas peruanos de la generación del setenta, aquella que llevó a la lírica la violenta vida urbana limeña y el lenguaje de la calle. Persistente en la creación literaria, como pocos autores de su generación, Sánchez Hernani ha publicado una decena de poemarios, entre ellos Por la bocacalle de la locura (1978), Banda del sur (1985), Pena capital (1995), Vinilo, 42 poemas del rock’n roll (2005) y Cuaderno extranjero (2015). A ellos se suma ahora Catálogo del maestro de obras (Suma, 2017), una “antología en desorden” (así se subtitula el libro) que recoge lo más destacado de sus cuarenta años de producción poética.

La característica más notoria de esta poesía, señalada reiteradas veces por la crítica, es la combinación del realismo urbano de los grupos poéticos de los setenta (vitalismo, coloquialismo y narratividad) con el empleo de imágenes fantásticas, oníricas o surrealistas. A eso se suma el afán de superar las fronteras entre la vida y el arte, reforzado por las recurrentes presencia de personalidades como Van Gogh, Martín Adán, Humareda, Janis Joplin, etc. Todo ello está aquí presente en poemas como “Heavy rock” (1985), emblemático dentro de la obra de Sánchez Hernani: “El rock de mi barrio era tranquilo y pesado / como un autobús aplastando a una señora / la sangre se esparcía por la pista / y un mural de Diego Rivera / se levantaba igual que un manifiesto…”.

Esta poesía ha pasado por muy diversas etapas a lo largo del tiempo, en las que han primado la ideología marxista (Violencia del sol), la temática amorosa (Altagracia) o la reflexión sobre el paso del tiempo y la muerte (a partir de Pena capital). Pero hay una “dinámica” que se ha mantenido en todas esas etapas, incluyendo el poema citado: el yo poético describe una situación cotidiana y a partir de ella evoca ciertas experiencias estéticas, usando el rock (la música en general) como elemento catalizador para ese tránsito. La importancia de la música para Sánchez Hernani se comprueba en esta antología, en la que encontramos poemas dedicados a Frank Zappa, The Monkees, John Lennon, Bob Dylan George Gershwin, Dakota Stanton y hasta una “Celebración del bolero”, en la que el poeta evoca su infancia a través de la música: “las mañanas claras del verano / el ruido de la lluvia y las telas de encaje antiguo / un coro de niños el día de mi cumpleaños…”.

Los últimos textos de este Catálogo del maestro de obras (publicado con el auspicio del Ministerio de Cultura) abordan la temática de la familia, y están dedicados a los nietos del poeta; pero siempre manteniendo los elementos ya señalados: “Kaela es un ángel que trina en la mañana / copiando un pentagrama / enganchado a la última llave de nácar / del saxofón de plata con el que algunas veces Dios / da conciertos por este planeta”.
Etiquetas: [Ensayo]  
Fecha Publicación: 2017-11-28T23:50:00.002-05:00

Con una larga trayectoria en el periodismo cultural, Jorge Coaguila acaba de obtener su Maestría en Literatura por la Universidad de San Marcos con una tesis sobre Julio Ramón Ribeyro; un autor al que ya ha dedicado una serie de libros, desde Ribeyro, la palabra inmortal (1995) hasta Julio Ramón Ribeyro: las respuestas del mudo (2015). Otro de los escritores a los que Coaguila ha dedicado varios trabajos es Mario Vargas Llosa, libros a los que ahora se suma Vargas Llosa, la mentira verdadera (Revuelta Editores, 2017): una detallada aproximación, libro por libro, a toda la producción novelística de nuestro Premio Nobel, y también una revisión del resto de su obra literaria.

La propuesta central del libro es hacer un seguimiento a las novelas de MVLL, desde La ciudad y los perros (1963) hasta Cinco Esquinas (2016). En total son 19 artículos, de seis páginas en promedio, en los que se cuenta la trama, se presenta a los personajes (con su respectivo contexto socio-histórico), y se dan detalles acerca de las circunstancias en las que MVLL escribió cada novela. Coaguila también pasa revista a los temas abordados, a las características formales (lenguaje, técnicas narrativas), a las continuidades y rupturas con respecto a las otras novelas del autor, a las principales reacciones de la crítica y hasta se incluyen fotos de las primeras ediciones de los libros y del autor en la época de la publicación. En suma, una muy útil y completa introducción a cada una de estas novelas.

La segunda parte del libro está compuesta por textos dedicados al resto de la obra de MVLL. En “Vargas Llosa, el mentiroso” Coaguila hace algunos cuestionamientos a La verdad de las mentiras (1990, 2002), el libro en el que MVLL analiza algunas de las mejores novelas de los siglos XIX y XX: “¿Por qué la presencia de narradores de la lengua castellana es mínima? [...] Se siente la ausencia de notables escritores como Franz Kafka, Umberto Eco o Salman Rushdie”. En “Un espíritu inquieto y tenaz” se aborda el libro de memorias El pez en el agua (1993); y “Dos maneras de imaginación” es una larga conversación entre Coaguila y Vargas Llosa, centrada en la producción dramatúrgica del segundo, que abarca nada menos que diez obras. Por último, en el ensayo “Vargas Llosa periodista” se pasa revista a esta faceta de la obra de MVLL, que inició siendo aún escolar, en el diario Expreso (1952), y que ha sido recopilada en libros como Contra viento y marea (1983), El lenguaje de la pasión (2001), Diario de Irak (2003) y Piedra de toque (2012).

Vargas Llosa, la mentira verdadera se complementa con el ensayo “Historia de una amistad: Ribeyro y Vargas Llosa”, que sigue paso a paso las relaciones entre estos dos grandes escritores peruanos, que alguna vez fueron amigos muy cercanos y que terminaron sin hablarse, debido a circunstancias políticas. También se incluye una amplia bibliografía sobre MVLL y un glosario con citas y fragmentos de sus obras.
Etiquetas: [Antología]  [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2017-11-27T20:38:00.005-05:00

Un verso de Noches de adrenalina (el primer poemario de Carmen Ollé) le sirve a Nataly Villena Vega (Cusco, 1975) como título de su antología Como si no bastase ya ser. 15 narradoras peruanas (Peisa, 2017). Una reunión de cuentos escritos por una interesante generación de narradoras peruanas, nacidas entre 1966 y 1985, y que han comenzado a publicar en este siglo XXI. Se trata entonces casi de un manifiesto generacional, hecho bajo la advocación de un texto fundador dentro de la literatura peruana escrita por mujeres. Y con el valor agregado de que la autora es integrante de esa generación, pues Villena Vega, con un doctorado en Literatura por la Universidad de La Sorbona, es también narradora —autora de la novela Azul (2005)— y directora de Las Críticas, revista virtual de crítica literaria hecha por mujeres.

Tras reconocer el trabajo silencioso pero meritorio de tres narradoras de los años ochenta (Laura Riesco, Pilar Dughi y Patricia de Souza), Villena Vega señala que “A partir del 2000 aparece en el panorama literario peruano un grupo renovador de narradoras… una irrupción impetuosa y repentina… de autoras con una producción literaria constante y que reclama una experiencia de lectura distinta”. Y entre los elementos que tienen en común las obras de estas narradoras encuentra “temas como la emancipación, la familia y la relación amorosa, que aparecen renovados”, y también “la búsqueda de libertad expresiva a través de la forma, el uso frecuente de la primera persona, un ‘yo’ que manifiesta una forma de estar y de verse en el mundo, y un nivel de concienciación como mujer”.

Pero no todos los relatos antologados comparten esas características. Por ejemplo, la “búsqueda de libertad expresiva a través de la forma” la encontramos en pocos textos. La mayoría parece más bien ser producto de una buena asimilación de la línea dominante dentro de la narrativa peruana, acaso a través de talleres de creación literaria. Son textos bien escritos, que se adscriben a géneros conocidos (lo fantástico en “La pequeña compañía” de Yeniva Fernández) o que establecen diálogos entre los sucesos narrados y prestigiosas obras de arte (“Auto sacramental” de Susanne Noltenius, “Pastobambamba, camino de” de Irma del Águila, “Con Alfredo en La Coruña” de Rossana Díaz Costa). En el otro extremo, está “Trans” de Gabriela Wiener, el texto más extenso del libro, que es básicamente una larga crónica sobre jóvenes transexuales.

Más próximos a la propuesta de Villena Vega están los cuentos de Claudia Ulloa, (“Documental”), Katya Adaui (“Nosotros los náufragos”), Karina Pacheco (“Pájaro de fuego”), Julia Chávez Pinazo (“El ángel caído”) y Jennifer Thorndike (“Las moscas”). Y aunque Como si no bastase ya ser es una antología de cuentos y relatos, hay que señalar que muchas de estas narradoras han llamado más la atención de la crítica por sus novelas. Pacheco ha publicado seis novelas en once años, desde La voluntad del molle (2006) hasta Las orillas del aire (2017); Irma del Águila ha publicado tres, entre ellas la premiada El hombre que hablaba del cielo (2011); Grecia Cáceres ha publicado cinco, desde La espera posible (1998) hasta Mar afuera (2017); Alina Gadea tres, etc. Se trata entonces de una importante generación de novelistas y en pleno vigor creativo.
Etiquetas: [Narrativa]  [Novela]  
Fecha Publicación: 2017-10-31T15:36:00.001-05:00

Escritor y profesor universitario, Marco García Falcón (Lima, 1970) es autor de tres buenos libros de narrativa —París personal (cuentos, 2002), El cielo de Capri (2007, novela ) y Un olvidado asombro (2014, novela)—, todos ellos caracterizados por el bien trabajado lenguaje, la preferencia por el relato largo y la novela corta, y una cierta dimensión metaliteraria (casi siempre los protagonistas son escritores). Todo ello está presente también en su nueva novela, Esta casa vacía (Peisa, 2017), la historia de Giovanni Perleche, desde sus aventuras adolescentes hasta su establecimiento como esforzado padre de familia y profesor universitario. Un personaje raigalmente solitario y que no logra adaptarse a los roles que la sociedad le impone.

El relato se inicia con una de las experiencias más difíciles para Giovanni: el nacimiento de su hijo con un grave problema de salud, por lo que tiene que pasar por numerosas operaciones y costosos tratamientos. Giovanni asume con estoicismo todo lo que eso significa: jornadas interminables de trabajo y sacrificios personales de todo tipo. Luego el relato nos lleva al inicio de la historia familiar: el primer encuentro de Giovanni y su futura esposa Micaela, las citas iniciales y “el período de enamorados”, que duró cinco años y que tuvo un corte abrupto por una infidelidad de Giovanni con una de sus alumnas. En general, todos los episodios de la vida de Giovanni aquí narrados terminan de la peor manera, cuando él se cansa de obedecer las “reglas” del juego, que a veces exigen sacrificios demasiado grandes.

Es en esa búsqueda del equilibro entre lo personal y las demandas del entorno que aparece la casa, el hogar anhelado por Giovanni y Micaela. Pero también, de manera simbólica, la casa representa todos aquellos espacios en los que Giovanni encuentra refugio, como ha señalado el propio autor en una entrevista “La casa física, el hogar, pero también el yo, el mundo interior que queda a la deriva… Incluso hay un juego con el carro, que sería como una casa movible”. Y por último, cuando Giovanni atraviesa la peor crisis comienza a escribir su propia historia, a levantar la “casa invisible” de la ficción literaria. Todas estas son casas vacías, en las que Giovanni termina viviendo solo, incapaz de establecer verdaderos vínculos afectivos. Acorde con ello, el autor no abandona nunca el punto de vista de Giovanni, lo que le da a la narración un cierto carácter claustrofóbico.

Es destacable cómo García Falcón puede contarnos esta historia tan terrible y trágica con un lenguaje amable, claro y armonioso. Incluso la drogadicción de Giovanni o los sucesos violentos son presentados de una manera sobria y sin estridencias. Y esto gracias al carácter del protagonista, sumamente racional y complejo; y también al buen manejo de la trama, con elipsis y significativas omisiones. En general, todos los elementos de la novela (incluidas las alusiones, lo metaliterario y los personajes e historias secundarias) resultan mejor articulados al desarrollo de la temática y la historia principal que en las anteriores obras del autor. Esta casa vacía es, sin duda, la mejor novela de Marco García Falcón.
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Fecha Publicación: 2017-10-30T22:38:00.000-05:00

La abogada Alina Gadea (Lima, 1966) irrumpió en el mundo literario como una de las ganadoras de la Bienal de Cuento Copé 2007, con el cuento “La casa muerta”; un relato casi autobiográfico, pues cuenta la historia de la casa miraflorina donde la autora vivió su infancia. Luego pasó a la novela con Otra vida para Doris Kaplan (2009), una mirada al mundo de la niñez y adolescencia de una limeña de clase alta. Y en ese género literario Gadea ha continuado con Obsesión (2012) y La casa muerta (2014), libros a los que ahora se suma Destierro (Emecé, 2017), su cuarta novela, centrada como siempre en la temática de la familia.

Destierro cuenta básicamente la historia de la ruptura de un núcleo familiar: una innominada pareja y sus dos pequeños hijos. Cada uno de los 18 breves capítulos de esta historia nos va mostrando las fases de esa ruptura: la falta de comunicación de los esposos el abandono del hogar por parte de él, el regreso de ella a la casa materna (acompañada de sus dos hijos), el inicio de una nueva relación. Pero también hay capítulos dedicados al pasado de los esposos, especialmente a sus infancias y adolescencias, en los que descubrimos que ambos provienen de familias disfuncionales. Y que muchos de sus problemas personales y de pareja tienen su origen en la traumática relación que tuvieron con sus madres. Ya hemos señalado anteriormente que en las ficciones de nuestras narradoras actuales un elemento recurrente es la madre tirana; y Gadea acaso sea el mejor ejemplo de ello, pues en todos sus libros hay por lo menos una de estas madres (en este hay dos).

La principal diferencia de esta novela con las anteriores de su autora es la opción por lo fragmentario. Desde la estructura misma del relato (capítulos breves, muchos de ellos de apenas un par de páginas), la naturaleza de los sucesos contados (pequeños episodios dispersos en el tiempo) y hasta el propio lenguaje, conformado por oraciones cortas, casi reducidas a sus elementos mínimos: “Tenemos que hablar. No. Es mejor no decir nada. Me levanto lo más rápido que puedo. Evito hacer ruido. Necesito apurarme. Cambiarme de inmediato” (p. 16). Un recurso apropiado cuando se trata de presentar cierto tipo de acciones (como en el pasaje citado) pero que no resulta el más apropiado para una historia en la que lo principal son los sentimientos y emociones de los protagonistas.

Volvemos a encontrar en Destierro muchas de las virtudes que hemos señalado en las novelas anteriores de Gadea; especialmente la creación de atmósferas apropiadas, oscuras y llenas de misterios, para sus historias. A ellas se suma esta vez esta vez una propuesta narrativa más moderna (más ligera y dinámica), en la que destaca la precisión de las descripciones, hechas a partir de pequeños detalles. No obstante, es todavía una propuesta que la autora debe trabajar más.
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Fecha Publicación: 2017-10-29T17:22:00.001-05:00

Cuando Ray Bradbury conoció a María Reiche


Nacido en Francia, el escritor y crítico literario Paul Baudry (St. Germain-en-Laye, 1986), vivió sus años de formación escolar en nuestro país. De ahí que haya dedicado su tesis de doctorado (en la Universidad de La Sorbona) al estudio de la obra de Julio Ramón Ribeyro, y que además haya iniciado su obra narrativa en nuestro país, con el libro de cuentos Distraiciones (2005). Recientemente Baudry estuvo de visita en Lima para presentar su segundo libro de cuentos: El arte antiguo de la cetrería (Peisa, 2017), un sólido conjunto de relatos, con una propuesta literaria original y ambiciosa.

Son solo cuatro los cuentos reunidos en este libro, articulados en dos ejes: el tema del aprendizaje (los protagonistas están aprendiendo algo que los convertirá en algo muy distinto de lo que son); y el juego con personajes y sucesos históricos, a partir de los cuales se elaboran las ficciones. Acaso el texto emblemático del libro sea “Miniatura de la muerte”, que cuenta un imaginado encuentro entre el escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012) y la arqueóloga y matemática alemana María Reiche (1903-1998). El encuentro se realizaría en el Perú, en el desierto de Ica, hasta donde vendría Bradbury a buscar un paisaje similar al de Marte, para ambientar sus Crónicas marcianas, y a conocer las líneas de Nazca. Pero las casi cincuenta páginas de este cuento están más que nada dedicadas a narrar y describir prolijamente sucesos y personajes que poco tienen que ver con la historia principal.

Algo muy similar ocurre en el cuento que da título al libro, en el que el personaje histórico es nada menos que Víctor R. Haya de la Torre, el fundador del Apra. La trama gira en torno a las palomas que suelen utilizar los políticos apristas en sus discursos, y a una historia de amor “clandestino” de Haya de la Torre. En ambos cuento hay mucho de humor e ironía, pero es el relato final, “Historia de una rana”, en el que esos elementos se convierten en dominantes. Aquí vemos a una mexicana, originalmente una humilde vendedora ambulante, convertirse en dueña de una galería de arte en uno los barrios más exclusivos del Londres de los años ochenta. Hay en este texto fuertes críticas a las “viudas literarias”, al arte vanguardista y casi toda la industria cultural. Por último, en “La guerra de los langostinos” se destacan las semejanzas en los métodos empleados por dos dictaduras (una europea y la otra latinoamericana) para “desaparecer” a sus opositores.

Más que la huella de Julio Ramón Ribeyro, en estos cuentos se puede apreciar la de otro narrador peruano, Alfredo Bryce Echenique, por la tendencia a las largas digresiones y el particular sentido del humor. Pero Baudry es más racional (sus relatos están construidos a partir de paralelismos y oposiciones) y más “artificial”, pues sus historias no están basadas en experiencias o emociones personales, sino en lecturas históricas y literarias. A pesar de la evidente calidad El arte antiguo de la cetrería, Baudry a veces se excede en lo digresivo y artificioso, extendiendo innecesariamente algunos de sus cuentos.
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Fecha Publicación: 2017-10-26T10:55:00.005-05:00

El escritor Diego Trelles Paz (Lima, 1977) está desarrollando una muy interesante obra literaria. Empezó con el auspicioso libro Hudson el redentor (2001), entre el conjunto de cuentos y la novela, al que siguió El círculo de escritores asesinos (2006), una novela acaso demasiado epigonal. El reconocimiento internacional lo alcanzaría con Bioy (2012) novela entusiastamente elogiada por la crítica española, ganadora del Premio Francisco Casavella y finalista del Premio Rómulo Gallegos. Precedida de los mismos elogios nos llega la tercera novela de Trelles: La procesión infinita (Anagrama 2017), finalista de la más reciente edición del Premio Herralde.

No es fácil resumir la trama de esta novela, porque se trata de un relato fragmentado que abarca a diversos personajes a lo largo de unos veinte años. Los protagonistas básicamente son Diego “El chato” (alter ego del autor y personaje recurrente en sus novelas), su mejor amigo Francisco y Cayetana, ocasional pareja de Francisco. Los tres son estudiantes de la Universidad Católica en los años noventa, y por tanto sus vidas están marcadas por la violencia política y los excesos de la dictadura fujimorista. Vemos a estos tres personajes (y algunos otros) en diferentes etapas de sus vidas (sus primeros trabajos, sus diversiones, sus relaciones de pareja). Tras el suicidio de Francisco, es Diego quien se encargará de investigar el motivo de la trágica decisión de su amigo.

Como en sus anteriores libros, Trelles hace aquí también un gran despliegue de recursos narrativos, desde el tradicional narrador omnisciente, hasta largos monólogos de los personajes, en los que se recrea, literariamente y con eficacia el habla de los jóvenes limeños “universitarios”, con su propia jerga y peculiar sentido del humor. Se intenta también trascender este ámbito, con personajes como “la Chequita” (empleada doméstica en la casa de Cayetana), aunque en este caso los resultados no son tan buenos. De todas maneras la novela se constituye en un válido retrato de la vida de los limeños de clase alta en las últimas décadas. Y también de las peripecias de los escritores peruanos que han optado por el exilio parisino para impulsar sus carreras literarias (el propio Trelles vive desde hace tiempo en París).

Así, con una historia fragmentada, con una amplia diversidad de recursos y narradores, y con múltiples guiños y alusiones a las obras de otros autores (especialmente del chileno Roberto Bolaño), La procesión infinita ha sido considerada por el crítico español Francisco Martínez Bouzas como “una muestra paradigmática de la posnarrativa”. Más allá de las modas terminológicas, si en Bioy esas características nos dejaban la impresión de una novela “quebrada”, aquí la narración resulta mucho más coherente, mejor trabajada en cada uno de sus elementos y sin caer en efectismos ni retoricismos. Se trata, sin lugar a dudas la mejor novela de Diego Trelles, y su ratificación como uno de los más importantes escritores peruanos surgidos en lo que va del siglo XXI.
Etiquetas: [Narrativa]  [Novela]  
Fecha Publicación: 2017-09-30T18:43:00.003-05:00

Con una larga trayectoria y numerosos reconocimientos internacionales, Eduardo González Viaña (Chepén, 1941) es uno de los narradores emblemáticos de nuestra generación del sesenta. Su obra, caracterizada por el vuelo imaginativo y un lenguaje “tan perfecto que dan ganas de cantar mientras se lee” (según Alfredo Bryce), tiene varias etapas claramente diferenciadas, una de ellas dedicada a explorar la religiosidad y los mitos populares, con dos libros clave de los años ochenta: Habla, Sampedro (1984) y Sarita colonia viene volando (1989). Radicado desde los años noventa en Estados Unidos, González Viaña está abocado desde hace algún tiempo a llevar a la literatura la vida de los migrantes latinoamericanos en el país del norte, como en su novela El camino de Santiago (2017), finalista de la más reciente edición del Premio Planeta de Novela.

Santiago es un joven peruano a quien al principio del relato encontramos tratando de ingresar ilegalmente a Estados Unidos por la frontera con México. Ahí es capturado por uno de los grupos paramilitares que cuidan la zona, quienes lo confunden con un “coyote”, esas personas que lucran ayudando a los migrantes a pasar esa frontera. Pero esa es solo una de las cuatro partes en que está dividida la historia de Santiago. La segunda se remonta a su infancia, en 1985, cuando los habitantes del pueblo en el que nació fueron masacrados por una patrulla del Ejército peruano. El nombre de ese pueblo (Accobamba), señala los sucesos reales que el autor está llevando a la ficción. Un tercer capítulo (“Santiago, Cirila y el caballo”) relata las peripecias de los sobrevivientes de esa masacre; aunque, como en Pedro Páramo, a veces no se llegue a distinguir si los personajes están vivos o muertos. Por último, el extenso capítulo final nos devuelve a la frontera estadounidense, y cierra de alguna manera todas las historias.

Así, la violencia y el desarraigo resultan los temas centrales de esta novela, que en sus dos primeros capítulos resulta un testimonio hiperrealista y desgarrador de los excesos cometidos por los supuestos guardianes de la ley en dos contextos tan diferentes: los Andes peruanos y el desierto de Arizona. En cambio, los dos últimos capítulos resultan una peculiar mezcla de road movie y realismo mágico (en su vertiente rulfiana, como hemos señalado). Las sorprendentes aventuras de los niños Santiago y Cirila en su peregrinaje por pueblos andinos (incluso llegan a trabajar en un circo) son como el correlato infantil de las mucho más violentas travesía del Santiago adolescente. Un recorrido que hace acompañado de otro peruano, el alférez Telmo Colina (precisamente el responsable de la masacre de Accobamba); y que además sirve de enlace con otra de las novelas de González Viaña, El corrido de Dante (2006), cuyos protagonistas llegan a encontrarse con Santiago y Telmo.

Acaso la novela pierda un poco de consistencia debido a la tan marcada diferencia entre sus diverso capítulos. A ello hay que añadir lo forzada que resulta la trayectoria vital del protagonista, o lo estereotipado de algunos personajes —como Telmo Colina—, que hacen que los capítulos realistas resulten débiles, a pesar de su relación directa con la historia reciente. En líneas generales en El camino de Santiago encontramos muchas de las reconocidas virtudes de la narrativa de González Viaña, aunque sin llegar a la altura de sus novelas previamente mencionadas.
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Fecha Publicación: 2017-09-29T18:38:00.000-05:00

Con estudios de Literatura en la Universidad de San Marcos, Miguel Ángel Sanz Chung (Lima, 1979) es autor de una interesante serie de poemarios “conceptuales”, que desarrollan en todos sus textos una idea central. Se inició con La voz de la manada (2002), un peculiar bestiario en el que las descripciones de los animales se convertían en perfiles de diferentes tipos de personas. Algo similar hizo con los vegetales en Quién las hojas (2007), para después explorar los sentidos metafóricos de la casa en el díptico La casa amarilla / Casa abandonada (2011), y más recientemente la vida del hombre de las cavernas (para hablar del aislamiento y la soledad) en Arte rupestre (2013). Radicado en España desde hace más de doce años, Sanz Chung acaba de publicar un nuevo poemario: Diccionario elemental (Paracaídas, 2017).

La idea central en esta oportunidad es la de un diccionario: presentar palabras ordenadas alfabéticamente para definirlas, de una manera poética, en pocos versos (en algunos casos, un solo verso). Se trata entonces de un centenar de poemas breves y que apelan, como siempre en esta poesía, a metáforas y símiles. El libro se inicia con “Albedrío. Recibir un grillete de obsequio / para lucirlo como un ornamento”; y concluye con “Zozobra”: “Intentar conciliar el sueño / mientras se oye / cómo crujen los cimientos”. En estos textos de muestra se puede apreciar que el tono dominante es de humor cargado de ironía, como se anuncia desde la carátula y el largo título del libro, que parodia a los de los viejos libros académicos: “Diccionario elemental de la lengua de su autor, don Miguel Sanz Chung. Compuesto por su real esfuerzo y reducido a un tomo para su fácil uso”.

Uno de los mecanismos a los que apela el autor para su ironía es hacer sus definiciones no en base a las tradicionales generalizaciones, sino desde una perspectiva particular y muy específica. En “Xenofobia” se dice, por ejemplo: “Estilo arquitectónico / caracterizado por la altura / de sus paredes medianeras / y la intrincada decoración / de sus alambradas”. En otros casos, la definición puede llegar a ser subjetiva y hasta personal: “Umbrío. Rincón de la cocina / donde los afanes / se descomponen en silencio”. Pero también hay definiciones “clásicas”, aunque siempre cargadas de poesía: “Amor. Asesino de la muerte”, “Drama. Comedia / narrada desde la perspectiva / del protagonista”. Son versos que parecen resumir largas reflexiones.

Una propuesta como esta, de hacer un diccionario poético y divertido, tiene sus peligros. En primer lugar, la proximidad con las famosas greguerías del español Gómez de la Serna o los silogismos del humorista peruano Sofocleto. Y aunque algunos de estos textos calificarían fácilmente como greguerías, la mayoría es mucho más que eso. Como ha explicado el autor en una entrevista, se trata de definiciones de palabras que “…resumen una serie de preocupaciones que ocuparon mi atención desde mis primeros textos y que, libro a libro, he ido desarrollando… términos clave que desnudan mi universo particular, mis deseos, mis miedos, mis obsesiones…”.
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Fecha Publicación: 2017-09-26T22:32:00.001-05:00

Cuando Mario Vargas Llosa publicó El elogio de la madrastra (1988) pocos pudieron advertir que tras esa breve novela se ocultaba una interesante propuesta narrativa. Con la aparición de Los cuadernos de don Rigoberto (1997), mucho más ambiciosa y compleja que su predecesora, esta propuesta alcanzó su cabal desarrollo y finalmente pudimos entender la poética detrás de esa lúdica conjunción de erotismo, fantasía, arte y prosa esmeradamente trabajada.Una de las facetas menos apreciadas de la obra del Premio Nobel de Literatura 2010.

Los sucesos narrados en los Cuadernos... son muy simples. Después de la ruptura entre Rigoberto y Lucrecia (narrada en El elogio... ) Fonchito comienza a visitar a su madrastra y simultáneamente se inicia una extraña correspondencia amorosa entre los esposos, la que sustenta la reconciliación de la pareja. Junto con estos acontecimientos, el autor presentaba abundante material proveniente de los cuadernos en los que Rigoberto, en la soledad de su hogar, hacía anotaciones de muy diversa naturaleza: comentarios a libros y pinturas, reflexiones y teorías personales sobre los más variados temas, relatos de sus fantasías eróticas, etc.

El contraste entre la anodina vida diaria de Rigoberto, ejecutivo de una compañía de seguros, y el riquísimo mundo de su fantasía nos remitía inevitablemente al antecedente literario de Alonso Quijano, el Quijote de la novela clásica de Miguel de cervantes. MVLL juega con este referente ya desde los nombres de los personajes: don Quijote – don Rigoberto, Dulcinea – Lucrecia, Sancho – Foncho. Las novelas de caballería han sido reemplazadas aquí por literatura y pintura moderna, pero la dinámica es la misma. El amor sigue siendo el elemento central; la mujer debe ser trasladada al universo ficticio para ser amada. Y también Sancho-Foncho es el encargado de poner la cuota de realidad necesaria para que se concrete esa relación.

El paralelismo también se da en aspectos estructurales, formales y hasta en el tono humorístico dominante. Como don Quijote, Rigoberto reflexiona con mucha originalidad e ironía sobre una gran variedad de temas (arquitectura, deporte, patriotismo). Ambas novelas, además, incluyen material de muy diversa índole (narraciones, cartas, ensayos) y ponen especial énfasis en las parodias y las sátiras. Pero en lo que más se acerca MVLL a Cervantes es en el juego entre los diversos niveles de la ficción (entre la fantasía pura y la realidad), al punto que muchas veces no sabemos si lo que leemos pasó realmente o solo es otro texto sacado de los cuaderno de Rigoberto.

El origen de esta novela puede encontrarse en la vieja admiración de MVLL por una cierta "literatura literaria", que estaría representada por las obras de Borges, Nabokov y algunos otros autores. Una literatura "enteramente construida a partir de las literaturas preexistentes y de un exquisito refinamiento intelectual y verbal", según nos explica en su libro de ensayos La verdad de las mentiras, y que exige un lector "que considere sus misterios, trate de resolver sus acertijos, desentrañe sus alusiones y reconozca las parodias y pastiches de su hechura". En ese mismo texto —un comentario a Lolita de Nabokov— encontramos otros elementos que MVLL retomaría para su novela: "una burla incesante de instituciones, profesiones y quehaceres... una crítica feroz de la clase media, una sátira de su mal gusto, de la ingenuidad de sus ritos y de la inconsistencia de sus valores". Todo esto está presente en Los cuadernos... aunque no con la consistencia o la resolución que el autor hubiera deseado.

Es largo el recorrido que llevó a MVLL desde su inicial propuesta de una "novela total" —término de estirpe flaubertiana con evidentes resonancias sociológicas, pero tomado seguramente de Lukacs— hasta la "literatura literaria", escrita con "ironía y distanciamiento, desde un refugio de ideas, libros y fantasías". Un recorrido paralelo al que lo llevó de ser un marxista procubano a convertirse en uno de los más radicales intelectuales liberales del mundo de habla hispana. No es extraño que Rigoberto resulte finalmente la encarnación más pura del liberalismo y la individualidad, incluso en sus problemas personales: su soledad raigal, su falta de solidaridad y de comunicación hasta con sus parientes más cercanos. Problemas apenas compensados por una libertad y un hedonismo que muchas veces resultan contradictorios.

Extraña mezcla de Cervantes y Nabokov, Los cuadernos de don Rigoberto es, antes que nada, un complejo y ambicioso ejercicio de estilo, una muestra del peculiar sentido del humor y de la faceta más experimental de la creatividad de su autor. Una novela que, sin llegar a estar entre lo mejor que ha escrito MVLL, no desentona en absoluto dentro de su notable trayectoria literaria.
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Fecha Publicación: 2017-09-15T13:44:00.004-05:00
Se ha señalado reiteradas veces que Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994) fue un escritor que reunió diversas cualidades literarias, y casi todas en un muy alto grado; desde la formación libresca y el talento verbal, hasta la empatía con sus personajes y la capacidad crítica. Esas cualidades lo llevaron también a incursionar con bastante éxito en casi todos los géneros literarios, no solo el cuento (es considerado uno de los más grandes cuentistas latinoamericanos del siglo XX) y la novela, también el ensayo, los diarios y el teatro. Respecto a este último, recientemente se ha publicado el libro Julio Ramón Ribeyro. Teatro completo 1960-1992 (Revuelta, 2017), con edición, prólogo y notas a cargo de Jorge Coaguila, reconocido estudioso de la obra ribeyriana.

La primera obra teatral que publicó Ribeyro fue Santiago, el pajarero (1960) que toma como base una de las tradiciones de Ricardo Palma: “Santiago, el volador”. Se trata de una historia ambientada en la Lima colonial y centrada en un excéntrico personaje que, después de muchos años de observar detenidamente a las aves, dice haber inventado un artefacto con el que los hombres podrán volar. En la obra aparecen personalidades de la historia peruana como el virrey Amat, el escultor Baltazar Gavilán y el sabio español Cosme Bueno, radicado entonces en Lima. Coaguila señala que en este texto se puede percibir la influencia del alemán Bertolt Brecht; en especial “el drama Galileo Galilei (1938-1939), de Bertolt Brecht, tiene una fuerte presencia en la forma de concebir la pieza teatral”. Entre las obras teatrales de Ribeyro, Santiago, el pajarero es la más conocida y la que ha sido llevada a escena mayor número de veces.

Sin embargo, fue Atusparia (1981) el drama al que más tiempo y trabajo le dedicó Ribeyro. Como el título señala, la obra está centrada en Pedro Pablo Atusparia (Huaraz, 1840-1887) el mítico líder de los campesinos indígenas y quechuahablantes que se rebelaron en 1885 ante los abusos que contra ellos cometía la naciente República peruana. Ribeyro quiso escribir sobre este tema una novela histórica, pero “no bien la había comenzado, en 1965, me di cuenta de que no disponía de la información necesaria para una obra de este género. […] no se había publicado nada sobre este movimiento campesino, comparable en muchos aspectos a los de Santos Atahualpa y Túpac Amaru”, confiesa el autor en las notas preliminares de la obra. Pero Ribeyro va más allá, y en una de sus rigurosas autocríticas señala que: “Esta pieza está construida más sobre la palabra que sobre la acción. Es por ello una pieza retórica y discursiva”.

A estas dos obras se suman aquí otras tres: El sótano (1959), Fin de semana (1961) y Los caracoles (1975). Las dos primeras nos llevan al universo ribeyriano por excelencia: la clase media limeña, sus sueños y sus frustraciones, presentados en un tono cercano a la tragedia. En cambio, Los caracoles es una comedia, con un cierto “tono moralizante” (J. Coaguila). Julio Ramón Ribeyro. Teatro completo concluye con “Cuatro piezas en un acto” —El último cliente, El uso de la palabra, Confusión en la prefectura y Área peligrosa— reunidas aquí por primera vez en un libro.
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Fecha Publicación: 2017-09-07T11:17:00.001-05:00

Doctora en antropología y experta en temas de cultura, racismo y discriminación, Karina Pacheco (Cusco, 1969) destaca entre las escritoras peruanas surgidas en el presente siglo por sus amplias narraciones que unen acertadamente el melodrama intimista (centrado en el universo femenino) con un crítico discurso social e histórico. Así se presentó desde sus primeras novelas —La voluntad del molle (2006) y No olvides nuestros nombres (2009)—, y en posteriores incursiones en el cuento —Alma alga (2010) y El camino de los rayos (20l3)— su narrativa ha ido incorporando otros elementos, como lo simbólico y lo fantástico. Todo ello se conjuga en su nueva novela, Las orillas del aire (Seix Barral, 2017), una historia llena de secretos y sorpresas.

La protagonista y narradora en esta ocasión es Rada Ruiz, hasta cierto punto un alter ego de la autora, quien reelabora ciertas episodios de su historia familiar, pero sin llegar a caer en la autoficción. El relato se inicia en los años noventa, cuando Rada abandona sus estudios de derecho y opta por la antropología. Paralelamente, la resquebrajada salud de su padre (Blas) la lleva a rememorar la orfandad de este, cuya madre murió ahogada en una laguna de la sierra en los años cuarenta. Rada se propone entonces conocer mejor a esa misteriosa abuela, para lo que inicia una investigación casi detectivesca —con giros y peripecias propios de un relato policial— que la lleva a descubrir detalles insospechados de su pasado familiar, que la afectan directamente a ella y a sus dos hermanos.

En esta novela los personajes más destacados son los femeninos, tanto Rada como su abuela y la anciana Ilana —guardiana de los secretos familiares—, que a la mitad de la novela cobra un rol muy importante. Todas ellas tienen que tomar decisiones difíciles, huyendo del abuso del poder y del machismo, y asumir las consecuencias de esas decisiones por el resto de sus vidas. Paralelamente la trama nos va llevando a escenarios en los que la autoridad (el Estado) parece estar ausente, desde los antiguos emplazamientos prehispánicos saqueados por huaqueros, hasta la selva de la época del auge del caucho y la de los años noventa, copada por los narcotraficantes. Ausencia de las figuras tutelares, crisis y violencia son los elementos en común de la historia familiar y el retrato social y político (la dictadura fujimorista de los noventa) que construye la novela.

Todo ello es relatado por Pacheco con oficio y eficiencia (demostrados en sus ocho libros de narrativa), apelando a símbolos y elementos del imaginario peruano en su más diversas vertientes: felinos míticos, sirenas andinas (como la que figura en la portada del libro), arquetipos conjurados a través de sus nombres en el idioma omagua, etc. Acaso las acciones en la primera mitad de la novela resulten un poco lentas, pero el relato cobra dinamismo a partir de la aparición de Ilana y el develamiento de los secretos familiares, con los que comienzan a articularse las diferentes líneas narrativas; y el desenlace final otorga una nueva dimensión a los personajes, ambientes y sucesos. Las orillas del aire es una buena novela que de alguna manera sintetiza el universo literario de Karina Pacheco.
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Fecha Publicación: 2017-08-31T12:07:00.003-05:00

Aunque publicó sus primeros libros en este siglo, Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) es una de las voces más interesantes de nuestra generación del noventa. Su poesía, de evidente estirpe eliotniana, une la experimentación verbal con la reflexión sobre temas trascendentes; una combinación que asegura la calidad de los textos, pero que también les da un cierto hermetismo. Su obra dio un salto cualitativo a partir de Moridor (2010), que lo llevó a ganar el Premio Hispanoamericano de Poesía Festival La Lira, otorgado a su poemario Construcción civil (2013), un original análisis de la sociedad peruana que continuó en el libro Nuevas batallas (2014). Cambiando de temas, Gómez nos entrega un nuevo poemario: Lírico puro (Hipocampo, 2017).

Son más de cien poemas los aquí reunidos —sin título, numeración ni signos de puntuación—, y todos ellos parten de situaciones y objetos cotidianos: una lata vacía, un partido de frontón, un paseo en bicicleta, un salón escolar, etc. Ante ellos el hablante inicia un discurso aparentemente caótico y fragmentario, formado de breves imágenes, sensaciones, explicaciones y recuerdos generados casi por asociación libre. Y aunque este discurso parezca desordenado, conduce finalmente a una especie de iluminación, de “toma de conciencia” sobre la naturaleza de la experiencia narrada. “Primero el delantal hecho de algodón / las plantaciones estuvieron ahí sin ganado” dicen los dos primeros versos de uno de los poemas. El delantal es el inicio, de ahí se pasa las plantaciones de algodón, a los campos desnudos después de la cosecha, a las fábricas de hilo y al roce de las prendas de algodón con la piel.

Por supuesto, tratándose de poesía el lenguaje es lo más importante. Gómez no solo vuelve a demostrar su buen manejo del verso, además hace un barroco despliegue de palabras relacionadas con cada uno de los objetos que aparecen en los poemas. En el texto dedicado a las bicicletas, por ejemplo, encontramos términos como transmisión, chasis, sillín, rodamientos, biela, zapata, etc. Hay también en los textos una clara dimensión metaliteraria, tanto por las alusiones a versos y títulos de libros de otros autores (señalados con letra cursiva) como porque entre las múltiples ramificaciones del discurso suele haber metafóricas reflexiones sobre el mismo proceso de escritura: “desnudez del lírico puro en ese objeto / acaso decir mancha por rodajas de naranjas / fotos viejas al callar o traer tu llanto / nada flor en el fastidio creador no ser…”.

En Construcción civil y Nuevas batallas primaban la reflexión histórica y social. En estos nuevos poemas esos grandes temas siguen estando presentes, pero solo como trasfondo, pues los versos giran más en torno a la experiencia cotidiana y la memoria personal. Acaso el autor haya querido señalarlo desde el propio título, pues según la RAE la poesía lírica “trata de comunicar mediante el ritmo e imágenes los sentimientos o emociones íntimas del autor”. Lírico puro es un muy buen poemario, que confirma la madurez literaria alcanzada por su autor.
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Fecha Publicación: 2017-08-25T11:11:00.000-05:00

La reciente edición de la Feria Internacional del Libro (FIL 2017) ha sido la más exitosa de todas las que se han realizado hasta ahora. Con su más de medio millón de visitantes incluso ha superado el récord de la Feria Mistura; un verdadero logro para la Cámara Peruana del Libro, presidida actualmente por Germán Coronado. Pero el éxito del evento no deja de tener consecuencias negativas, como una cierta banalización de los eventos culturales que ahí se realizan, en su mayor parte presentaciones de libros y autores. A propósito de este tema, resulta muy oportuna  la reciente publicación del libro Arte de introducir (Ceques Editores, 2017) del historiador y escritor peruano Fernando Iwasaki.

Radicado en la ciudad de Sevilla (España) desde hace muchos años, Iwasaki (Lima, 1961) se ha convertido en un activo animador cultural, especialmente dedicado a la difusión de las letras y la cultura Latinoamericana en Europa. Como parte de esa labor, ha tenido que hacer numerosos discursos para presentar, ante auditorios hispanos, a importantes escritores y artistas. Arte de introducir —publicado originalmente en España, en 2001— es una recopilación de más de sesenta de estos discursos, divididos en tres grandes categorías: Maestros, dedicada a grandes como de Mario Vargas Llosa, Ernesto Sábato, Wole Soyinka y Javier Marías; Contemporáneos, con textos de presentación de autores de la propia generación de Iwasaki, como Jorge Eduardo Benavides, Mario Bellatin, Edmundo Paz Soldán y Andrés Neuman; y Cómplices, en la que encontramos a cantantes como Joan Manuel Serrat y Susana Baca, entre muchos otros.

Por supuesto, Iwasaki inicia este libro con un largo ensayo cargado de humor —como es su estilo—, sobre la “presentación” como género literario. En este texto se afirma que: “como actualmente se publican más de cien mil títulos nuevos cada año, quizás ahora existan más presentadores que lectores e incluso que escritores”. Y sobre los propios presentadores: “Antes hacía la presentación una persona gloriosa… ahora la hace un joven cualquiera, sin nombre, un aprendiz, un futuro charlador. No siendo nadie, da relieve al hablador verdadero y consagrado, pero con el ejercicio va perdiendo la vergüenza y termina por suplantarlo”.

Por último, Iwasaki cita al español Enrique Vila-Matas: “Hasta el más impresentable de los libros tiene presentador. Y la plaga se extiende cada día con mayor fiereza. A veces están tan ocupados los escritores preparando las presentaciones de los libros de sus amigos que no ha habido más remedio que recurrir a actrices o futbolistas para que oficiaran la ceremonia de la confusión que se esconde detrás de cualquier presentación de un libro”. En el caso de la FIL Lima, recordamos el caso del escritor que estuvo nada menos que en 18 presentaciones de libros, lo que seguramente es un récord mundial.

No obstante las críticas que hace a las “presentaciones”, hay que reconocer que Iwasaki es muy bueno haciéndolas, pues combina el conocimiento de las obras y autores con su tan personal sentido del humor y un placentero empleo de la retórica discursiva. Para él, las presentaciones son solo una variante del ensayo, “el menos convencional de los géneros”. Y en efecto, en muchos de estos textos podemos encontrar afirmaciones como la siguiente: “[El boliviano] Edmundo Paz Soldán junto al mexicano Jorge Volpi, el argentino Rodrigo Fresán, el peruano Jorge Eduardo Benavides y el chileno Alberto Fuguet son los más notables representantes de la nueva narrativa hispanoamericana”.
Etiquetas: [Narrativa]  [Novela]  
Fecha Publicación: 2017-08-24T10:56:00.002-05:00

Antes de hacerse conocido como periodista de televisión, Raúl Tola (Lima, 1975) debutó literariamente con la novela Noche de cuervos (1999), que sirvió de base a la película Bala perdida (2001). A ese libro le seguirían Heridas privadas (2002) y Toque de queda (2008) conjuntos de relatos en los que primaba el minimalismo y la fragmentación. La narrativa de Tola tendría un giro radical con Flores amarillas (2013), una novela de largo aliento y escrita siguiendo el modelo de los libros de Mario Vargas Llosa. En esa misma línea está La noche sin ventanas (Alfaguara, 2017) la más reciente novela de Tola que cuenta, en paralelo, la historia de dos peruanos que vivieron en la propia Europa, y de maneras muy diferentes, la Segunda Guerra Mundial.

Ambos personajes están basados en personas reales y bastante conocidas. El primero es el escritor y diplomático Francisco García Calderón, uno de los más importantes integrantes de la llamada “generación del novecientos”. Aquí se cuenta casi toda su vida, empezando con los episodios relacionados con su paso como diplomático por la Alemania de Hitler (aquí nombrado siempre “El Dictador del Bigotito Ridículo”) y su formación intelectual en el Perú, pero centrándose en su desempeño como embajador en la Francia ocupada por los nazis. El segundo personaje es Madeleine Truel, peruana que por problemas familiares emigró a París también durante la ocupación nazi. Pero ella se convierte pronto en una activista opositora, por lo que es perseguida, capturada, torturada y encerrada en un campo de concentración, donde vivirá las más terribles experiencias.

Tola cuenta estas dos historias (que tiene un par de puntos de contacto) de manera paralela y alternada, siguiendo el modelo de las novelas de Vargas Llosa, la más próxima en este caso es El paraíso en la otra esquina (2003). A esto le añade una especial interés en describir y explicar todo, que remite más bien al realismo del siglo XIX, y que le permite mostrar su minucioso trabajo de investigación y documentación, aunque ello no lo libre de algunas caídas menores (anacronismos y datos errados). Lamentamos sí que la reconstrucción de época no incluya al lenguaje, algo que la novela histórica no debería descuidar. En líneas generales, la selección y el orden de los numerosos sucesos narrados (que abarcan más de medio siglo de la historia del Perú y de Europa) le brinda dinamismo e interés al relato, especialmente en su segunda mitad.

Hay mucho que decir sobre esta amplia y ambiciosa novela (más de 400 páginas). Si bien parece evidente la oposición entre los dos protagonistas —Francisco perteneciente al mundo de las letras y las ideas, Madeleine al de la acción y los afectos—, es algo que no llega a desarrollarse plenamente. Tampoco convencen del todo la presentación del ideario “novecentista” (José de la Riva Agüero, aquí “José El Chupacirios” es también un personaje importante de esta ficción), ni de las relaciones entre ellos ni con los intelectuales de “izquierda”, como Mariátegui y Vallejo. En general Tola demuestra en La noche sin ventanas mucho oficio para reconstruir y narrar historias reales, aunque descuide un poco los aspectos temáticos y simbólicos, imprescindibles en toda obra literaria.
Etiquetas: [Cuento]  [Narrativa]  
Fecha Publicación: 2017-08-14T14:14:00.002-05:00


Diversos elementos parecen conjugarse en Aquí hay icebergs (Random House, 2017), el libro de cuentos de Katya Adaui (Lima, 1977). En primer lugar, su paso por la Maestría de Escritura Creativa en una universidad argentina (el libro es el “resultado” de esos estudios), la experiencia psicoanalítica (según lo ha contado en diversas entrevistas) y la temática de la familia, dominante en toda su obra: los libros de cuentos Un accidente llamado familia (2007) y Algo se nos ha escapado (2011) y la novela Nunca sabré lo que entiendo (2014). Por ello los doce relatos aquí reunidos parecen hurgar entre los más recónditos recuerdos familiares, a la vez que la autora va experimentando con diversas técnicas narrativas y recursos retóricos. El resultado es un libro original e intenso, aunque también irregular y áspero.

El relato emblemático del conjunto es —como suele suceder— el primero: “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”, una sucesión de 68 pequeñas viñetas (algunas de ellas de apenas un par de líneas), numeradas de manera descendente (68, 67, 66…) y que no son otra cosa que recuerdos de la protagonista, ordenados cronológicamente, desde el presente hasta el recuerdo más antiguo, el número uno: “Mi primer recuerdo. Dos años. Pañal en las rodillas. Mano, Cuna. Chillo. Nadie. Resbalo. Cara. Corren”. En el recorrido vamos descubriendo diversos episodios desagradables, relacionados con los hermanos, el padre y muy especialmente la madre, que nos remite a las malvadas madres limeñas de “clase alta” que han aparecido en otros libros de escritoras limeñas, como Ella (2012) de Jennifer Thorndike y Otra vida para Doris Kaplan (2009) de Alina Gadea.

El problema de este relato, y de otros de estructura episódica similar —“Alaska”, “Ese caballo”, “Siete olas”—, es que en realidad no son cuentos, sino simples yuxtaposiciones de escenas, algunas muy interesantes y dramáticas, otras no tanto. También hay en este libro cuentos “clásicos”, limitados en el tiempo y el espacio, y que cuentan una historia. Por ejemplo “Este es el hombre”, en el que el protagonista recuerda ciertos episodios de su infancia, cuando su madre lo dejaba al cuidado de la abuela (para ella ir a trabajar), y el abuso sexual que ahí sufrió por parte de un primo algo mayor que él. En esa línea de cuentos “redondos” también están el extenso “Si algo nos pasa”, “El color del hielo”, “Los gemelos Hamberes”. Pero incluso en estos casos, la propuesta de narrar a partir de fragmentos se hace evidente en el propio lenguaje: oraciones cortas, predominio de la parataxis y frases que más parecen versos, como ha señalado el escritor y crítico Luis Hernán Castañeda.

Hay además otros cuentos que no pertenecen al universo de la “familia”, pero que no aportan mucho al conjunto. “Jardinería” —una versión previa titulada “Desobediencia” figuró en la antología Selección Peruana 2000-2015— parece una mordaz mirada a de la vida en prisión de un ex presidente peruano; “Agapornis” y “Puertas”, pequeños homenajes a Ribeyro. Encontramos en Aquí hay icebergs pocos cuentos memorables —acaso por las opciones técnicas y de estilo de la autora— pero sí muchas páginas que conmoverán a los lectores por el dramatismo, la densidad psicológica de los personajes y lo arriesgado de la propuesta literaria.

Etiquetas: [Narrativa]  [Novela]  
Fecha Publicación: 2017-07-31T10:15:00.001-05:00


Ciudad de cristal


El Premio Alfaguara de Novela ha llegado a su vigésima edición convertido en uno de los más importantes concursos literarios del mundo de habla hispana, tanto por el monto que le otorga al autor ganador (175,000 dólares) como por la amplia difusión que tiene la obra en toda Latinoamérica y España. Literariamente, el premio ha tenido aciertos y caídas; entre los primeros está sin duda novelas como Delirio (2004) de la colombiana Laura Restrepo y La piel del cielo (2001) de la mexicana Elena Poniatowska. Precisamente Poniatowska fue la presidenta del jurado —integrado también por el peruano Santiago Roncagliolo— que eligió como ganadora de la vigésima edición a la novela Rendición (Alfaguara, 2017), del escritor español Ray Loriga, libro que ya está en nuestras librerías.

Rendición es una novela atípica. Está narrada por su innominado protagonista, un hombre de campo, quien junto con su esposa y un pequeño huérfano enfrentan los momentos más álgidos de una guerra también innominada. La pequeña familia (los dos hijos mayores de la pareja han sido reclutados y desaparecido en combate), se ve obligada a quemar su casa y hacer un peregrinaje hacia un misterioso refugio: la ciudad transparente. Así, tras esta primera parte “realista”, las siguientes dos tienen lugar en esa ciudad, un escenario propio de los más audaces relatos de ciencia ficción: cubierta completamente por una cúpula transparente, en la ciudad todas las edificaciones están hechos de cristal o algo parecido, incluso las paredes interiores de las casas, por lo que todo es transparente.

Y no solo eso, la vida en esa ciudad remite directamente a las distópicas sociedades descritas en las novelas de Orwell y Huxley: deshumanizadas (las personas ni siquiera tienen olores corporales), con los habitantes en permanente observación (el motivo de la transparencia) y con una falsa “felicidad” impuesta por el Gobierno, apelando incluso a añadir drogas al agua potable. Todo está ordenado y normalizado, desde los puestos de trabajo hasta la diversión, pues hay bares donde se reparte cerveza gratuitamente. Pero no está permitido ningún tipo de disidencia; y el protagonista comienza a tener problemas por solo querer saber el destino final de sus hijos mayores. Por supuesto, esta extraña sociedad es solo una alegoría de los regímenes totalitarios —también del mundo actual, como ha señalado Poniatowska— y de cómo los vínculos tradicionales —la pareja, la familia, la amistad— se convierten en elementos subversivos en este contexto.

Ray Loriga (Madrid, 1967) es un escritor bastante conocido y con una larga trayectoria creativa, que abarca una decena de novelas previas —desde Lo peor de todo (1992) y la famosa Héroes (1993) hasta Za Za, emperador de Ibiza (2014) además de libros de relatos, guiones cinematográficos y hasta canciones de rock (escribió letras para Cristina y los Subterráneos). En Rendición su mayor acierto es relatar desde el punto de vista de una persona muy simple, que a pesar de no entender bien el funcionamiento de la ciudad transparente sabe, partiendo del sentido común y de cierta sabiduría popular, que todo eso es una locura. Por su inicial actitud acomodaticia ante esa locura, la crítica ha comparado a este personaje con Sancho Panza o con algunos personajes de Kafka. Los puntos débiles de la novela están más bien en los bastante obvios “préstamos” de las más conocidas ficciones distópicas, literarias y cinematográficas. Loriga ha pretendido renovar este cada vez más recurrente subgénero narrativo,y aunque no lo ha logrado plenamente, Rendición resulta de todas maneras una novela interesante.