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De arranque y a la mala. Sin siquiera decirte un mísero hola o un huachafísimo hi o hello. Ellos van al ataque, frontales y decididos, dispuestos a no perder un segundo con un cómo estás o con un qué es de tu vida, fórmulas básicas de cortesía que los desviarían o retrasarían en la consecución de su único y real objetivo: información, datos, tal vez un consejo.
Eso es lo que quieren, lo que buscan, lo que siempre ocurre cuando se acerca un fin de semana largo o una festividad cargada de feriados; entonces, solo queda armarse de paciencia y esperar que, tarde o temprano, por correo electrónico o a través del Facebook, a veces por el blog, casi nunca por teléfono, se desate un tiroteo de indagaciones viajeras de grueso calibre.
Hay interrogantes de todo tipo. Las ruteras: adónde voy, qué sitio me recomiendas; las económicas: cuánto me cuesta, cuánto me vale; las climatológicas: hace calor o frío, ¡llueve!; las fashion: qué ropa llevo, voy con mochila o maleta; las médicas: me dará soroche; las gastronómicas: qué tal el combo, bien taipá; las seductoras: están buenas las flaquita; y las de seguridad: me van a asaltar.
Algunos, más atrevidos y avezados, se suben al coche y se postulan como compañeros de aventura o desventuras. Otros, los más susceptibles, se ofenden hasta el tuétano si retruco con una broma, me demoro unos minutos en responder o les hago notar que ni siquiera me han saludado, si son amigos, o presentado, si son perfectos desconocidos.
Y no es que me moleste hablar de rutas y destinos. Viajar y escribir es lo que hago y lo que me gusta. Es mi forma de vida. Pero eso no significa que sea una especie de peruanísima Guía Inca -ambulante o en línea- que se puede consultar las 24 horas. Las inquietudes siempre son bienvenidas. Las impertinencias, los berrinches y los apremios, jamás lo serán.
Disculpen esta catarsis. Sé que no les interesa en lo más mínimo. Total, este blog es de crónicas y exploraciones, no de pataletas o rabietas periodísticas-viajeras ocasionadas por las proximidades de la Semana Santa, una de las fechas en las que se intensifican los tiroteos descritos en los párrafos anteriores y en la que reaparecen, como por milagro, varios amigos y amigas que el resto del año no me dan ni pelota.
Así que ya empiezan los adónde me voy y qué lugar me recomiendas. Y ahora qué digo, qué sugiero. ¿Me la juego por los clásicos Tarma, Ayacucho, Catacaos, aunque sepa que esas ciudades estarán desbordadas de gente? ¿Propongo una escapada poco santa a una playita caleta y distante?, o, ¿una excursión entre el soroche y las últimas lluvias de la sierra?
También podría plantear una tórrida travesía surcando ríos y explorando trochas amazónicas, o, una achicharrante búsqueda de geoglifos en las arenas y dunas del desierto sureño. Y es que al final, con o sin recomendaciones, con datos certeros o a punta de puros pálpitos, los caminos siempre se disfrutan. Es cuestión de animarse, de armar la mochila, de salir de casa e iniciar el recorrido.
Preguntar menos y viajar más. Quizás esa sea la moraleja de este texto que comenzó como un berrinche y termina siendo una invitación abierta a recorrer el Perú, porque más allá del destino elegido, echarse andar siempre es mejor que quedarse en casa. Se lo digo por experiencia, esa misma experiencia con la que absolveré las inquietudes de quienes quieren aventurarse en Semana Santa.
Eso sí, no dejen de decirme hola y de tenerme un poquito de paciencia.
Donde el autor trata de justificar su disparatado texto y su carencia de ideas, apelando al ridículo argumento de que sus neuronas están de vacaciones o en huelga.
Quiero escribir. El problema es que no se me ocurre ningún tema. Creo que mis neuronas están de vacaciones o se han declarado en huelga, aunque desconozco su posible lugar de descanso y no sé nada sobre su pliego de reclamos. Otra posibilidad –que me resisto a admitir- es que las susodichas se encuentren medias oxidadas por falta de uso o utilización inadecuada.
Debo alejar ese pensamiento. Esta falta de ideas es temporal. Voy a concentrarme, a recordar, a buscar anécdotas, personajes, vivencias que pueda contar. Vamos, Rolly, escarba en tu memoria, enfócate en un viaje, en un pueblo, tal vez en un día de fiesta con procesión y plegarias, con bombardas y sahumerios, con danzantes y músicos, con harta cervecita y tragos de fantasía.
Ya me estoy animando. Recuerdo a unas chinas diablas de miradas seductoras, y minifaldas encogidas que me incitan a… ¡no!, ¡alto!, lo dejo ahí. Van a creer que mi creatividad solo se aviva al evocar el bailoteo insinuante de una señorita de sonrisa fulminante. No hay duda, debo cambiar de remembranza para no estropear -¿aún más?- mi reputación. Cero celebraciones y muchachas danzarinas. Caminata. ¡Una caminata! Eso está mejor. En dichas historias escasean las chicas minifalderas. Lo que sobra es el cansancio, los calambres y, en las primeras aventuras, las ampollas. ¡Oh, no!, ahora voy a parecer un debilucho, eso atenta contra mi imagen de viajero de pasos vencedores y andar incansable.
No digo irresistible porque me da roche y después van a estar murmurando que me promociono descaradamente, cuando en verdad soy como un pan que no se vende y firme candidato para quedarme vistiendo santos o santas. Qué horror. Descarto la caminata por ser atentatoria a mis intenciones de conquistador y mis afanes casamenteros, inubicables todavía, pero por algún lado deben de estar.
Sin fiesta y sin andanzas. Qué me queda. Un pueblo, una playita o paraje de altura. No está mal. Cuento como llegué y lo describo. Suena simple, sencillo, papayita, pero –ahí está el maldito pero que todo lo malogra- si mi pensante está de vacaciones o en huelga, se refugiará en la ley del mínimo esfuerzo, entonces, mis párrafos serían un derroche de “hermosos”, “fantásticos”, “espectaculares” y “bellísimos”.
En ese caso preferiría apagar la máquina y darle la victoria a la pantalla en blanco. Me niego a escribir en modo folletín turístico. La situación amerita medidas extremas. Es hora de cachetearme, de tirar de las últimas mechas de mi ya casi extinta cabellera. Es hora de recurrir al guapeo, a las arengas, a los sapos y culebras, a las frases cargadas de ira que anuncian mi retiro prematuro de las lides periodísticas.
A las musas ni las llamo. Ellas me ignoran o me miran de lejitos. Ya no me susurran frases al oído. En parte es mi culpa. A veces o muchas veces, no seguí sus sugerencias y me despaché por mi cuenta y riesgo. Se resintieron, pues, y me dejaron tirando cintura. Se estarán riendo de mi aturdimiento y quizás –bien extremistas resultaron- hasta azuzando a mis neuronas para que sigan en huelga.
Hoy ninguna estrategia funciona. Ni los recuerdos ni los gruñidos. Solo me mantiene mi terquedad. Quiero elaborar un texto. ¿Sobre qué?, no tengo ni idea. Empezaré a teclear las palabras que se me ocurran, palabras que formarán frases sin sentido, las cuales terminarán redondeando párrafos descabellados que dirán poco o nada, o, visto desde otra perspectiva, tratarán sobre la nada.
Nunca he escrito sobre la nada. Me falta experiencia en ese tema que transciende a lo periodístico-viajero y se interna en las profundidades reflexivas de la filosofía. Caray, suena muy complicado. En mi cerebro hay menos luces que en una noche de apagón. Lo peor o lo realmente dramático es que no tengo ni un mísero fósforo que me permita alumbrar una idea.
Al tacho con lo de la nada filosófica por temor al papelón, la mofa y el escarnio. Mi situación es desesperada. Quizás mi única salida sea la de armar un escrito sobre nada importante. En ese menester, si es que les presto oído a los comentarios de mis críticos, soy bastante ducho. Y es que no faltan por ahí o por allá, algunas voces que espetan con desparpajo que eso de viajar y escribir no es cosa seria.
"Vacaciones disfrazadas". "Vagancia convertida en periodismo". "Notas de relleno en diarios y revistas". Eso dicen y si no fuera por el apagón en el que me encuentro, ni siquiera los mencionaría, pero en estas circunstancias debo admitir mi agradecimiento hacia ellos. Sus argumentos me sirven para completar un par de párrafos e ir sacudiéndome de a pocos de la pereza neuronal.
Después de todo y a pesar de todo logré escribir. Eso sí, no me pregunten de que va este texto porque en verdad no lo sé. Acordemos, entre ustedes y yo, que trata de nada y que de la nada también se puede hacer un relato. Si es bueno o malo, es otro cantar. Lo único que alegaré en mi defensa es que prefiero una pantalla llena de palabras -mis palabras- al vacío irritante y retador de un monitor en blanco.
Como en la repetición está el gusto y, además, no hay primera sin segunda, en marzo vuelve el taller de crónicas Viajar para escribir, una oportunidad de compartir con todos los que aman los caminos y la palabra escrita, lo que he aprendido -poco a poco, paso a paso- en las redacciones y en las rutas de todo el país.En esta aventura no ando solo. Me acompaña el explorador Clever Sobrino, amigo y aliado a quien conocí en Tarma. Entusiasta de los viajes y del montañismo, él transmite su experiencia en los caminos dando pautas para organizar una travesía exitosa, segura e inolvidable.Si te gusta viajar y escribir o si te gusta viajar y no sabes cómo contar tus experiencias, te espero en el único taller que te enseñará a mantener a flote todos tus relatos. Será un gusto conocer, será un gusto que estés ahí. Donde el autor, al momento de salir de excursión hacia la catarata de Huanano (San Jerónimo de Surco, Huarochirí) con los participantes del taller Viajar para escribir, reflexiona e intenta explicar por qué no es un fanático de las salidas domingueras ni de los voy y vuelvo viajeros. No me gustan las excursiones de un día. Esas en las que el viajero despierta a una hora infame y se echa andar a paso de zombi por las calles vacías. La situación empeora si la salida es el domingo, jornada que debe consagrarse al descanso y la meditación. Eso es lo que ordena el Todopoderoso y, si bien no tengo actitudes de beato ni vocación de santo, en este punto soy más riguroso que el mismísimo Creador.
En mi modesto parecer, cualquier actividad dominical debería considerarse como pecado mortal. Pero quién soy yo para darle consejos al de arriba, es más, quién soy yo para atreverme a aconsejar a los que andan aquí abajo, digamos en una coaster en la que no escasean los borrachitos insomnes y los trabajadores ojerosos que, entre bostezos, miran con cierto desdén o envidia a los achispados jaranistas.
Los pregones del cobrador y los alaridos radiales, casi siempre cumbiamberos o reguetoneros que se imponen en las charcherosas unidades del transporte público, son la banda sonora de esta escena. Pero eso no es todo, si uno es mala suerte, es posible que, a pesar de la hora, suba a la volada algún vendedor de productos golosinarios o un exconvicto redimido que ofrece cualquier cosa al precio ganga de un Nuevo Sol.
El producto no importa demasiado cuando el ofertante exhibe atrevidamente sus “chuzos”, cuenta varias de sus hazañas delictivas y explica que ya no quiere asaltarnos en una esquina. A buen entendedor, pocas palabras. A sacar el solcito o a pedirle a la virgencita de confianza que nuestros pasos no coincidan jamás con los del bisoño comerciante, menos en una esquina solitaria y penumbrosa.
Sé que podría salir perjudicado de ese encuentro, como sé, además, que al menos intentaría hacer la lucha. Eso sí, si en la mecha no me va muy bien, no tendría vergüenza de salir corriendo como alma que lleva el diablo, o, mejor dicho, como alma que escapa del choro. Así que esa no es la razón que me mantiene alejado o ajeno a las excursiones de ida y vuelta.
Mis razones son otras y las comencé a plantear en el primer párrafo, aunque en el segundo terminé yéndome por la tangente con esa historia de las coaster y sus alegres borrachines descarados que ahora proponían las del estribo y tentadoras incursiones hacia humeantes carpas de caldo de gallina o carretillas especializadas en la preparación de cebiches levantamuertos.
No, eso no. Prohibido cambiar de rumbo. Voy a una caminata dominguera por más que no me gusten las salidas de una sola jornada. Son muy cortas, rápidas, contra el reloj. Uno como que se queda con las ganas de seguir explorando y, de yapa, termina con un tremendo agotamiento y el lunes amenaza y hay que trabajar o, al menos, hacer la finta de manera convincente.
Sé que mi planteamiento puede sonar contradictorio. Soy un periodista viajero y dada mi condición no es descabellado colegir que soy un afanoso de las andanzas por las cercanías urbanas. Es no es cierto. Desconozco mayormente casi todas las cataratas, nevados, quebradas, pueblos y valles de la región Lima Provincias. Sí, lo admito, lo acepto con mucho pesar y hasta con cierto propósito de enmienda.
Y es que mi renuencia al ida y vuelta, y mi idea de que lo cercano lo puedo visitar en cualquier momento, cuando sea urgente y necesario, han conspirado en mi contra impidiéndome descubrir tantos lugares, cortándome la posibilidad de recorrer muchos caminos y de atesorar infinidad de vivencias y recuerdos, de esos que solo se encuentran en las rutas andariegas.
Intentaré cambiar. Quizás lo logre. Tal vez no. Por ahora, sigue sin cuadrarme eso de madrugar y salir a la calle hecho un muerto viviente. Tampoco me entusiasma retornar molido y pensando en las labores o en las fintas del día siguiente. No me queda otra que luchar contra mis ansias de sueño, mi flojera de fin de semana y hasta con el mandato divino que ordena descansar al sétimo día.
Si mis ganas de explorar terminan por imponerse, sumaré con resignación un pecado más en mi lista. Ya son muchos. Necesitaré tremendo abogado en el juicio final. Eso lo veré en su debido momento. Por ahora, no sé si ganará la pereza o la aventura. Ustedes qué creen. Le van al descanso desenfadado o al trajín rutero. Se aceptan apuestan. También cebiches y caldos de gallina.
Ni de la sazón ni de la carta. Ni de los gustitos ni los sabores de la selva. De nada de eso tratará este texto que, dicho sea de paso, será breve, como fue la parada o escala en el pueblo de Quincemil, un bosquejo de urbanidad en las márgenes de la kilométrica vía que une las regiones de Madre de Dios y Cusco.
Tampoco escribiremos o especularemos sobre si “El Rambo I”, el camioncito verde militar estacionado o abandonado al otro lado del asfalto interoceánico, todavía está operativo a pesar de su pinta de carcocha y su parabrisas roto. Y, bueno, también hay que decirlo, no relataremos ninguna historia de secos y volteados en el bar “El Amigo”.
No por falta de ganas, menos por una naciente vocación de abstemio del autor de estas palabras. Lo cierto es que dicho centro de diversión estaba cerrado, quizás porque era lunes, tal vez porque el reloj no marcaba ni las once de la mañana, hora inapropiada –salvo mejor parecer- para entregarse al empinamiento del codo.
Pero no inapropiada para darse un gustito gastronómico o, mejor dicho, un "Gustitos de la Selva". Esa era el nombre del restaurante que estaba en la misma acera, una acera de cemento y cascajo, compartida por el bar ya mencionado y una boutique sin nombre en la que se exhibían polos en unos maniquíes que eran puro busto.
Como dijimos al principio o en la entrada, no haremos una reseña de la sazón ni de los platos del citado restaurante; más bien, nos centraremos en su valla o cartel, colocada en una posición estratégica, visible para todos los conductores que van y vienen por la Interoceánica y tienen ganas de satisfacer un gustito.
El cartel no sorprende por su originalidad. Sencillamente es más de lo mismo. Letras grandes en rojo, negro y verde, un fondo boscoso, un par de papagayos, un plato bien servido de lomo saltado, y, claro, como no, la imagen de una señorita de sonrisa invitadora, vestida, o, mejor dicho, apenas vestida con un traje típico de la selva.
Pero siendo sincero, no es la señorita de las prendas escasas ni el platón de lomo saltado, los que resaltan en la valla. Al menos para el ojo de este viajero. Y no es que este pechito no le entre con entusiasmo a la comilona o se haga el bizco cuando tiene al frente, en persona o en foto, a una agraciada muchachita.
Aunque en esta ocasión, la atención cayó prisionera de un error ortográfico. Sí, una palabra mal escrita, se exhibía impunemente y sin que pareciera existir el más mínimo propósito de enmienda. Al verla, el gustito prometido se convirtió en un incipiente disgusto, generador de inapetencia y ganas renovadas de irrumpir en El Amigo.
O, en caso contrario, escapar a toda máquina en El Rambo I, bueno, si es que el camioncito verde encendía, lo cual era bastante complicado, tanto o más complicado que “escojer”, sí, “escojer” con “j” no con “g”, uno de los extras que se ofrecen en el Gustitos de la selva de Quincemil.
Y como no se qué es eso de “escojer", mejor ni entro al restaurante, mejor escojo la retirada, la partida, el viaje por esa carretera que une la Amazonia y los Andes. Esta travesía con falta de ortografía que, si me lo preguntan, la volvería escoger una y otra vez. Quizás para la próxima ya está corregido el cartel.
En la esquina de una plaza de Armas convertida en campo deportivo y bajo el amparo de unos arcos probablemente centenarios en los que nadie hace goles, un pintor le da los toques finales a su obra.Ajeno a los mates puntos y a los jaques mates que todos los domingos se festejan en aquel rincón de urbanidad, el maestro se concentra en su tarea de perpetuar en un lienzo la estampa colonial, barroca y mestiza de la Catedral de San Antonio de Huancavelica. El inspirado vaivén de su pincel atrae la atención de los transeúntes. Ellos aminoran sus pasos. Lo rodean. Lo admiran. Quieren que termine su obra, pero él demora y retoca una, dos, tres veces. Se detiene. Ve el templo. Mira el cuadro. Reflexiona. Reinicia su trabajo.
Pero la gente se amodorra, se cansa, se aburre porque el maestro -con artística obstinación- insiste con sus retoques por más que el cuadro pareciera estar listo; entonces, se marchan a la feria dominical, a los baños de San Cristóbal o a solazarse en una de las bancas de la plaza. Soledad momentánea. Ya llegarán otros transeúntes y lo observarán y esperarán su última pincelada. Cuando eso ocurra, el lente de Explorando Perú estará en otra calle, en otro barrio, en otro atrio centenario de Huancavelica, pintando con luz en el lienzo digital de su cámara viajera.Donde al autor -a falta de algo mejor o peor que hacer- se deja llevar por la añoranza y rescata de su memoria una anécdota del siglo y del milenio pasado, lo que demuestra, dicho sea de paso, que ya está bastante recorrido. Aquel domingo mi cuadro de comisiones estaba cargado. Toda una novedad en mi apacible existencia laboral en la revista Sí, donde solo los días de cierre se presentaban vertiginosos. El resto de la semana transcurría apaciblemente, con escasos sobresaltos y esporádicos apuros.
Pero esa jornada era especial por varios motivos. Más allá de las comisiones encomendadas, me enfrentaba a dos situaciones inéditas en mi naciente carrera: trabajaría un domingo –algo que nunca hacía- y me estrenaría profesionalmente en una justa electoral, con acreditación especial y pase de voto rápido.
Hoy, después de tantos años, no recuerdo con exactitud mi peregrinaje informativo. Me parece que estuve en algunos o en varios centros de votación, en el local de Transparencia y, después de los resultados, acompañé a dos colegas al comando de campaña de Javier Pérez de Cuéllar, el candidato derrotado por Alberto Fujimori.
De más está decir que allí primaba la tristeza y el desconcierto. Mucho silencio, pocas palabras. Lo mejor era volver a la revista para terminar la edición. Salimos. Tomamos un taxi. Mis colegas empezaron a conversar de los acontecimientos políticos, de sus dudas sobre la limpieza del proceso y del hedor que emanaba del gobierno reelecto.
La conversación andaba de lo más animada hasta que el auto se detuvo de manera intempestiva y a la vez injustificada. La calle estaba vacía y ninguna luz roja ordenaba el pare. De pronto, entre el desconcierto y la incertidumbre, la voz del chofer irrumpió con furiosa y amenazante certeza: “no hablen mal de mi presidente”.
Después, con mayor encono, ordenó que nos bajáramos de su auto. “De una vez, rápido, qué esperan”. Nuestro desconcierto era mayúsculo. Qué hacer. Apelar a la libertad de expresión, proponer un intercambio de ideas, iniciar un debate alturado o escapar de allí a la velocidad de un suspiro.
Intentamos de todo un poco. Fue inútil. Nada funcionó. El conductor estaba ofendidísimo y nos miraba con una mezcla de cólera, desprecio y hasta odio. Sé que nos dijo más cosas, pero es imposible rescatarlas con exactitud de mi memoria. De lo que estoy seguro es que él no pensaba mover su vehículo ni un centímetro.
Y eso fue lo que ocurrió el domingo en el que me estrené como reportero en un proceso electoral. Respecto al final de la historia con el taxista, solo me queda agregar que esa noche descubrí que, en ocasiones, es recomendable caminar al término de una larga jornada periodística. Sirve para pensar y aclarar las ideas.
Un pálpito me llevó a estudiar periodismo. Digo un pálpito como podría decir que fue la casualidad o un auténtico champazo. No sería exagerado afirmar, también, que llegué por descarte a la escuela de Comunicación Social, o, para ponerlo en jerga electoral, me dedicí por el mal menor.
Claro, entre las profesiones llenas de cálculos, fórmulas y números o aquellas donde se diseccionaban cuerpos y se estudiaban virus, bacterias y todos los males habido y por haber, las letras y humanidades surgían como una esperanza y una salvación.
En aquel momento de incertidumbre, ese era ya un tremendo avance. Pero aún quedaba un problema. Qué carrera de letras escogería.
¿Sería de utilidad en estos casos echar una moneda al aire o apelar al desesperado de tin marín de do pingüé? Esas disquisiciones atribulaban mi existencia hasta que apareció el pálpito o la casualidad o el argumento del mal menor de los que les hablé al principio.
Eso sí, en aquel momento, la posibilidad de ser periodista parecía un tremendo disparate por varias razones fácticas que iban desde mi exagerada timidez hasta mi fobia de hablar por teléfono, además de mi renuencia casi insensata de hacer preguntas de cualquier tipo.
A pesar de eso y de otros cosas más que no les comento –por vergüenza y para no aburrirlos con mis traumas y taras- decidí arriesgarme y hacerme periodista, tal y como se me había ocurrido al escuchar una transmisión en radio Callao, la que "si corre toda la cancha".
Y la corre hasta hoy, aunque ya no la escucho, aunque ya no sé si estará por ahí Julio Julián Figueroa y Bruno Espósito Marzán o si continúan cerrando su programación con emisiones extranjeras, como lo hicieron esa noche de revelación, esa noche en la que pensé que podía hacerme periodista.
Fue una de esas emisiones las que me liberó de la moneda al aire y la elección al azar. Recuerdo haber escuchado una voz trémula, apasionada y anónima que narraba con exactitud los festejos de un equipo campeón.
Aquella voz me contagió su alegría, su emoción y hasta su nudo en la garganta, entonces, sentí que no estaría nada mal que yo, en algún momento y de alguna manera, pudiera conseguir algo parecido.
Sí, caray, tenía que ser periodista, aunque fuera tímido, leyera poco y escribiera solo para los exámenes del colegio.
Con el tiempo me daría cuenta que mi vocación despertó esa noche. Desde ese momento no se ha vuelto a dormir. Se mantiene vigilante, me acompaña en los caminos y se aparece súbitamente inspirada cuando estoy sufriendo frente al teclado y la pantalla en blanco.
Hoy, después de más 20 años de decidirme a ser periodista, sigo recorriendo la cancha de la información, igualito que radio Callao, la emisora que por esas cosas de la casualidad, los pálpitos y hasta los males menores, despertó mi vocación profesional.
Y Explorando se va para Chimbote. No será la primera ni la última vez que sus pasos recorrerán las calles de ese puerto norteño, poco visitado, casi nunca elegido como destino turístico.Eso no importa. El autor de este blog está convencido que viajar siempre es mejor que quedarse en casa, porque todo ciudad o pueblo tiene algo o mucho que mostrar. De lo que se trata es de saber buscar porque el que busca siempre encuentra. Así que ya veremos que hallamos en esta ocasión en la que vuelvo a Chimbote, no solo para recorrer sus calles, sino, también, para hablar de crónicas, viajes y de Relatos del Perú, esa aventura editorial en la que me embarqué el año pasado Allá voy Chimbote con la certeza de que la pasaré bien y que volveré con más de un relato en mi libreta de notas.
*Agenda chimbotana:Martes 25, 11:00 horas, presentación de Relatos del Perú en el Centro de Convenciones de la Uladech - Católica, dentro del programa de actividades por el día mundial del turismo. (Ingreso libre).
Miércoles 26: 16:00 horas, presentación de Relatos del Perú en el centro educativo Mi Segundo Hogar. (Ingreso libre). Donde el autor, acaso inspirado por aquello de que no hay primera sin segunda y que en la repetición está el gusto, vuelve a echar mano de las actualizaciones que escribió en sus redes sociales, durante su último viaje a tierras cusqueñas.
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| Calle de Pomacanchi. |
Partida Esperando el momento de partir o mejor dicho esperando que se llene el colectivo que me llevará al desvío... al desvío que conduce a Acomayo por si acaso. No sean mal pensados.
*El colectivo se llenó tras media hora de espera aproximadamente.
Lección
Es profesor y tiene su carrito. En las mañanas, cuando va hacia su centro de trabajo, aprovecha para ganarse alguito recogiendo pasajeros. Si está perdiendo su particular lucha contra el reloj, el servicio no acaba en la Plaza de Acomayo sino en el colegio en el que enseña.
Salud
Dicen que las penas se ahogan con alcohol. No sé si será cierto, pero aquella señora no lo duda. Botella en mano se despide a vaso lleno del familiar que abandona Acomayo. Quiere hacer lo mismo con el conductor. “Manan”, responde él. Un policía está cerca y lo observa.
*Es conveniente precisar que el copiloto –es decir este pechito- sí hubiera aceptado la cervecita. Lástima que no le ofrecieron ni una gota.
Puente
“Chuquicahuana” anuncia el conductor mientras con un trapo desaparece la tierra de su auto. Nadie hace caso a su grito. Nadie quiere viajar a esta hora; entonces, solo le queda seguir lavando y esperando.
*Chuquicahuana es el nombre del puente que permite acceder a las vías que conducen a los distritos de Acomayo. Este se encuentra en la vía Cusco – Sicuani – Puno.
Destino
Se escucha el pregonar de los "llenadores". “Cusco, Puno” anuncian sus destinos en los alrededores del terminal de Sicuani. Más tarde me dejaré llevar por sus pregones.
*El viaje entre Sicuani y Cusco dura menos de tres horas. Los buses cobran S/. 7.50.
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| Puente Chuquicahuana. |
Intervención
En Pomacanchi me intervino un policía, en Sicuani me interroga un colega de una radio local. "Por qué tomas fotos. Eres del MTC o del INC", dice sin prepotencia. Le digo lo que hago. Me da la mano. Me recomienda un par de lugares para visitar.
*No hay duda, este viajero tiene cara de sospechoso. Así de simple.
Centro
Siempre desde la carretera. Solo el asfalto y las casas a la vera del camino. Nada más. Nunca un paseo por la ciudad. Pero esta vez fue distinto. Me quedé en Sicuani y anduve por su centro plagado de casonas antiguas. Toda una sorpresa. Una grata sorpresa.
*Sicuani es paso obligado en la ruta Cusco – Puno, la cual he recorrido varias veces sin detenerme nunca en la capital de la provincia de Canchis.
Carcocha
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| Plaza de Armas del Cusco. |
Viajando como en los orígenes: en un bus carcocha, sin turistas ni “terramozas”, pero con varias mamachas. Solo falta el viejo walkman con sus casetes piratas.
*Detalle del viaje Sicuani – Cusco.
Vueltas
Noche final, sin brindis ni excesos festivos-nostálgicos. Noche final recorriendo calles y plazas con avidez de recién llegado, como si mis pasos fueran los primeros en esta ciudad. Siempre me ocurre lo mismo en el Cusco. Siempre creo estar descubriéndola.
Danza
Y en la noche de la despedida, justo al frente del monasterio de Santa Teresa, chicas y chicos ensayan una coreografía. Me detengo. Los observo. Su baile me recuerda a la Candelaria de Puno y al Carnaval de Oruro. Tantos recuerdos, tantos viajes, tantas vivencias.
Hogar
Lima, no te vayas. Espérame con tu niebla y tu cielo gris, así no tendré dudas, así sabré que estoy en casa.
Donde el autor, acaso por pereza, o, tal vez, por querer dársela de innovador y modernista, recopila algunos de las actualizaciones que escribió en sus redes sociales, durante su último viaje a tierras cusqueñas. Tanta alharaca para poner en evidencia que ya no tiene un celular bruto. Incertidumbre
Mañana en plena madrugada enrumbaré a Pomacanchi. Desde ahí continuaré camino a Waqrapukara. Serán varias horas pero no me pregunten cuántas. Cansa de solo pensarlo.
*Al final fueron tres horas de camino (ida) partiendo de la comunidad de Santa Lucía.
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| Panorámica de Pomacanchi. |
Matrimonio En el hospedaje de Saúl, quien será mi compañero en la travesía de mañana, se celebra un matrimonio. La fiesta es en el patio de una vieja casona, ubicada al final de la calle Procuradores, una vía inquieta y movida.
*Saúl –por motivos ajenos a la fiesta- no participaría de la travesía. En la ruta a Waqrapukara me acompañaría el "Chino" Godofredo, insigne hijo de Espinar.
Policía
En Pomacanchi, provincia de Acomayo, la noche se anuncia con el viento. Hay poca gente en la plaza, una hilera de taxis y varias tiendas. Felizmente no está el policía que hace un rato me preguntó a qué se debía mi visita.
*A su vez, este escriba le preguntó educadamente si era intervenido por tener cara de delincuente.
Futboleros
Dos niños pelotean en el centro de la Plaza. Su balón va y viene por encima de la pileta. Está viejo y desinflado, pero eso no importa. Igual se divierten.
*Se debe consignar que de pura chiripa no le cayó un pelotazo al autor de este blog.
Educación
Mauro, a quien conocí en la tolva de una camioneta, dice que la educación en su comunidad es pésima. Los profesores se relajan demasiado. Por eso él tiene a sus hijas en un colegio privado de Pomacanchi. “Vale la pena y no tengo quejas”, sentencia en la ruta.
*La conversación se dio en el retorno a Pomacanchi desde Santa Lucía, después de la visita Waqrapukara.
Teléfono
Qué pasará hoy en Pomacanchi. La agenda está abierta. Ya veremos qué, mientras tanto, una voz de mujer perifonea que una ciudadana tiene una llamada urgente. Ella debe acercarse rapidito para contestar en el local municipal.
*Desconocemos mayormente si la comunicación llegaría a concretarse.
Diablo
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| Lagunas de altura. |
Acabo de enterarme que en abril nació el Anticristo en Ilave. Tiene cachos y cola y, ante la estupefacción de los doctores, profetizó un terremoto y tsunami en Lima. "Los curas y el gobierno lo han secuestrado", asegura la voz grave de un vídeo que se transmite en una tienda de Pomacanchi. *Varios jóvenes observaban con atención el vídeo, acaso con el mismo interés con el que en la noche anterior, hombres y mujeres miraban las aventuras del "Cholo Juanito y Richard Douglas".
Recorrido
Cinco lagunas, varias tropillas de vicuñas y una visita a Tungasuca, la tierra de Tupac Amaru. Quién dijo que Cusco es solo Machu Picchu.
*Ruta viajera por el circuito de las Cuatro Lagunas y la reserva de vicuñas de la localidad de Pomacanchi, donde también existe una laguna.
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| Vicuñas en las alturas de Pomacanchi. |
Planes Últimas horas en Pomacanchi, un lugar que no estaba en mis planes de viaje. Mañana partiré a Acomayo. No sé si pernoctaré ahí o en el Cusco. Quizás al final decida irme a Sicuani. Mi única certeza es que el jueves vuelvo a Lima.
*Sicuani fue el destino elegido.
Clima
Del Sol que achicharra al viento congelado que siempre encuentra un resquicio para filtrarse. Contrastes climáticos en Pomacanchi.
Donde el autor, olvidándose de cualquier criterio de objetividad, recuerda algunas anécdotas, vivencias y peripecias relacionadas con su zurdera, con la única intención de difundir que hoy es el Día Internacional del Zurdo y que, por lo tanto, merece ser saludado y, por qué no, quizás hasta recibir un regalito. ¡Vaya descaro!Cuando era un alumno del ya probablemente desaparecido jardín Perú, al que asistía con un "alegre" guardapolvo plomo, descubrí que mi relación con las tijeras no era para nada armónica. Cortaba mal, puro flecos y jamás pude seguir las líneas punteadas de las figuras que debía siluetear. En aquellos momentos me sentía tremendamente torpe, en aquellos momentos no sabía que las tijeras estaban diseñadas para ser usadas con la mano derecha... y, bueno, yo soy zurdo, un zurdo en un mundo para diestros, un zurdo que, en cosas tan simples, tenía que esforzarse más que la gran mayoría de sus compañeros. Lástima que la profesora no lo entendiera.
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Cuando el jardín Perú y su "alegre" guardapolvo plomo era ya tan solo un lejano recuerdo, mis pasos de estudiante -jamás aplicado, siempre relajado- me llevaron después de varios tumbos, a la escuela de Comunicación Social de la UNMSM. En sus aulas nunca tuve problemas con las tijeras, es más, no recuerdo haber cortado nada en aquellos tiempos, pero como la perfección es una utopía, allí encontraría serios conflictos con las carpetas unipersonales. Todas estaban diseñadas para ser usadas por diestros, lo que me creaba una tremenda incomodidad, un derroche extra de energía que, a veces, me hacía desistir de tomar notas, distraerme y ser tentado por el sueño. Sea como fuera, entre bostezos o totalmente lúcido, pasé buena parte de mi vida universitaria, escribiendo sin tener un pedazo de fórmica o de madera para apoyar mi brazo.
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Cuando todavía persistía mi conflicto con las carpetas unipersonales de la UNMSM, los vaivenes de la vida terminarían por llevarme a la cocina familiar. Allí jamás vestí un “alegre” guardapolvo plomo como en el patriótico jardín Perú; y, quizás por eso, no me fue tan mal. Mi sazón era aceptable y me desenvolvía adecuadamente en el manejo de los utensilios, aunque jamás tuve una relación llevadera con el abrelatas y el pela papas. Estos, al igual que las tijeras de mi infancia y las carpetas de las aulas sanmarquinas, no son para zurdos. Por esa razón, preparar cualquier platillo con atún o con papa, significaba un esfuerzo doble, un esfuerzo que jamás entenderán los comensales diestros.
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Cuando la fotografía irrumpió seriamente en mi existencia en aquellas aulas con carpetas para diestros de la UNMSM, redescubrí que todas las cámaras, incluyendo a la modestísima Zenith, tenían el disparador y la mayoría de sus controles al lado derecho. No me quedaba otra, tenía que adaptarme pero sin renunciar a mi zurdera. Desde entonces disparo con la derecha, pero enfocando siempre con mi ojo izquierdo, sino, la toma sale mal, aunque nunca tan mal como aquellas figuritas de papel que cortaba en el jardín Perú, sí, allí donde siempre vestí un "alegre" guardapolvo plomo.
Las muchachas, perdón, las “chunchachas” irrumpieron al cuarto, perdón, al salón de clases, como Pedro, perdón otra vez, como Pedra (¿existe ese nombre?) por su casa.
No tocaron la puerta ni anunciaron su ingreso con un insinuante “prepárense jovencitos” o un cauto y previsor “hay alguien ahí”.
Las muchachas, perdón, las “chunchachas” no dijeron nada. Entraron a la mala al cuarto, perdón, al salón de clases, entonces, no parecían las damitas angelicales que bailan con desbordante gracia para la Virgen del Carmen de Paucartambo, sino, más bien y, sobre todo, avezadas policías que allanaban con rudeza la guarida de dos desprevenidos malhechores.
A aquellas muchachas, perdón, “chunchachas”, parecía importarles poco los rostros de sorpresa, las confusas interjecciones y hasta los bostezos mezcla de cansancio y espanto, de los dos circunstanciales habitantes de ese cuarto, perdón, de ese salón de clases del colegio Serapio Calderón, acomodados a lo que salga y al Dios nos ayude en ese lugar de enseñanzas temporalmente suspendidas, por la fiesta de la “mamacha” Carmen.
Y esos muchachos, que en verdad ya no eran tan muchachos, desconocían mayormente las intenciones de esas muchachas, perdón, “chunchachas”, que tomaron por asalto su cuarto, perdón su salón de clases, arguyendo que ellas habían alquilado todito el colegio, situación que a su entender incluía, digamos como yapa, a ese par de viajeros que por la escasez de alojamientos en el pueblo, se vieron obligados a reposar su cansancio en el piso de madera de un aula escolar.
Y, quizás, porque ya no eran unos muchachos, ambos se sentían como trapos después de su casi congelada espera del amanecer en Tres Cruces, donde solo vieron nubes y a harto místico que, en su desesperación y apartándose abiertamente de sus predicamentos de armonía universal, rompieron su silencio contemplativo con unas palabrotas bien condimentadas en un vano intento por convocar al astro ausente.
Esas palabrotas –hay que admitirlo- también cruzaron por la cabeza de aquellos muchachos que ya no son tan muchachos, cuando se sintieron invadidos en su espacio vital por las “chunchachas” –sin pedir perdón porque ahora sí acerté-. Pero no dijeron nada. Calladitos se quedaron y ni siquiera se levantaron, cuando ellas –rápidas, enérgicas, voluntariosas- comenzaron a hacer lo suyo.
No, no se pusieron a bailar. Eso harían después. En las calles, en la plaza y hasta en el colegio que fungió de hospedaje y comedor, justo al final de un buen almuerzo con lechón y yuca.
Pero aquella mañana de despertar arrebatado, las “chunchachas” se desplegaron por todo el cuarto, perdón, por todo el salón, para sacar, cargar y llevar al primer piso -donde se había acondicionado un comedor- las carpetas y las sillas estudiantiles, apiladas contra el viento traicionero por los ocasionales huéspedes del Serapio Calderón.
Esa era su misión en el primer día de la fiesta. La cumplieron sin sonrisas, sin máscaras y sin palabras. Su accionar fue impecable e implacable. No se ablandaron ante el temeroso desconcierto de aquellos viajeros que jamás soñaron que su cuarto, perdón su salón de pernocte, sería allanado por una cuadrilla de muchachas, ay, caray, perdón, de “chunchachas”.
Y si bien el despertar pudo o debió ser mejor. Y si bien no hubiera estado nada mal que las “chunchachas” irrumpieran con otro talante. Digamos, por ejemplo, con ganas de bailar con aquellos muchachos que si bien ya no son muchachos, todavía tienen lo suyo, todavía se defienden, todavía pueden –o creen poder- seguir el ritmo de aquellas devotas bailarinas de la virgen del Carmen de Paucartambo.
Después de tantos años de viajes, aventuras y experiencias vividas en los caminos, Explorando Perú no solo atesora los recuerdos y las anécdotas que son parte de sus crónicas y relatos itinerantes.
En todas estas idas y venidas, cada paso estuvo acompañado por un clic. Imágenes ruteras que no solo grafican un momento o captura un hermoso paisaje, sino que revelan la esencia y la diversidad del país.
Son miles las fotografías que nutren el Banco de Imágenes de Explorando. Esta es solo una muestra que busca motivarlos a Ustedes, a emprender la fascinante aventura de viajar siempre por el Perú.
Donde el autor, honrando el día del trabajo se olvida de la vagancia y la desidia que, según algunos, lo caracteriza, y se manda con esta entrada con breves anécdotas de su último viaje a las volcánicas tierras de la provincia de Castilla, en la región Arequipa.
Santos terratenientes
En Andagua y en Chachas –dos distritos de la provincia de Castilla- los santos y vírgenes más queridos por los fieles, tienen uno o dos topos de tierra. Esta es trabajada por los mayordomos de la fiesta, quienes la hacen producir. Lo cosechado es utilizado durante la celebración. En el templo de Chachas, la señora Celsa, la esposa del sacristán, cuenta que la Candelaria y la Inmaculada tienen dos topos, medio topo más que San Pedro, el patrón del pueblo. Celsa no supo explicar el por qué de la diferencia. Tampoco pudo decirme si San Pedro sentía celos o envidia por semejante injusticia.
Toros inmortales
La Virgen no quiso. Dos veces no quiso. Por eso ya no traen más matadores. Las dos veces que vinieron para la fiesta de agosto, estos no pudieron con los toros. Les metieron la espada y nada. Seguían vivos. La gente tenía pena de los pobres animalitos. Y es que la Virgen no quería que en su fiesta hubiera corrida con muerte. Su decisión se respeta y ahora las corridas en Andagua son pura diversión. Bonitas son… recuerda Plácido, mientras contempla su pueblo y sus volcanes, desde el mirador de Antaymarca.
Afilado souvenir
Siempre me dicen que cuando vuelvo de viaje nunca traigo ningún recuerdo. Esta vez, para taparle la boca a los criticones, estuve a punto de regresar de Andagua con un cacto. El problema con el espinoso souvenir es que este quería venirse prendido en unos de mis dedos. No pues, así no son las cosas. Tuve que sacarlo, aunque dos de sus espinas se pusieran tercas. No querían salir. Las arranqué a la mala y hasta con un poquito de furia. Dolió y sangró pero no hubo tiempo para gritos ni lamentos. Tenía que seguir caminando hacia la catarata de Sanquilay. Al final, el cacto se quedó en el Valle de los Volcanes y yo, una vez más, volví a Lima con las manos vacías.
Mirando la TV
En una tienda de Viraco, veo imágenes de una corrida de toros en un antiguo aparato de televisión. En la puerta de ese local que, como casi todo en el núcleo urbano del distrito, está al lado de la carretera, un grupo de personas observan con placentera atención la llamada “fiesta brava”. No eran muchos, no eran pocos. Había niños, mujeres, jóvenes y dos ancianos que lo comentaban todo con estruendoso entusiasmo, un entusiasmo que no comparto ni entiendo, un entusiasmo qué, más allá de mis opiniones, no puedo ocultar. "En octubre hay buenas corridas en nuestro pueblo", me dirían a manera de invitació, justo cuando se acercaban las luces del bus que me llevaría a Arequipa. No sé si volveré a Viraco pero estoy casi seguro de que si alguna vez vuelvo, no será para ver una corrida de toros.
Incomunicado
Vaya uno a saber porqué, pero en el pueblo de Andagua hay solo tres lugares donde llega –titubeante y tímida- la señal de Movistar. Fue Plácido, uno de los choferes de la municipalidad distrital, quien me dio el dato para romper la falta de comunicación. “Anda justo a la esquina donde termina el templo. Te subes a la vereda y tendrás línea”, diría con absoluta certeza. Plácido no mentía. Eso sí, respecto a los otros lugares que reveló –el Estadio y la Plaza de Toros- no puedo dar mayor información. Para qué ir hasta allá, si el templo del distrito es perfecto para comunicarse... y no solo con Dios.
El trompetista predicador
Era músico. De banda y orquesta. De esos que van por los pueblos tocando, comiendo y bebiendo. De esos que están en todas las fiestas. Sí, era músico y quería ser compositor. Quería, ya no quiere. Ahora predica. Ahora es un Israelita y difunde la palabra de Dios en los mismos lugares en los que antes incitaba al baile, al brindis y al pecado con su trompeta. Desde hace dos años ya no intenta componer. “Será Dios el que me inspire y el que me diga si debo hacerlo”, reflexiona el hermano de nombre olvidado con el que comparto el viaje de Chachas a Andagua.
Tu envidia es mi progreso
En los caminos no soy un Ferrari ni una 4x4. Mi andar se asemeja más bien al de un modesto camión Dodge con tolva de madera rechinante y un tu envidia es mi progreso como emblema de lucha. Sí, soy como esos "mastodontes" motorizados que van despacito en las subidas y jamás aceleran a fondo en las bajadas. Así camino yo, lento, sin prisas, a veces hasta dando un poco de pena. Eso sí, al final –como casi siempre ocurre con esos ya míticos camiones- me doy maña para terminar la ruta. Eso es lo que importa. Eso es lo que vale.
En una tarde de orillas desiertas y de sol esplendoroso, el lente veraniego de Explorando Perú decidió seguir los pasos de un par de tablistas que se alejaba -lenta y serenamente- del breve entramado urbano de Puerto Malabrigo, un lugar mentadito entre los "surfistas" por tener la ola izquierda más larga y perfecta del mundo. Malabrigo, más allá de su nombre que incita a pensar en un lugar mustio, es un puerto sereno, donde reina el silencio y el mar se luce -a veces pacífico, a veces inquieto- en el horizonte, donde se dibujan las siluetas de varias lanchas y barcos. En las mañanas y en las tardes, los deportistas que visitan este rincón costero del distrito de Rázuri (provincia de Ascope, La Libertad), orientan sus pasos hacia la izquierda, alejándose del muelle y del malecón. Ellos van en busca de las olas más retadoras. Estas se forman en una zona de orillas pedregosas, faldas cerriles y arena suave e incierta. Explorando estuvo en Malabrigo, conocido también como Chicama, y si bien no se atrevió a subirse a ninguna tabla -imaginen semejante insensatez- se dio maña para alcanzar a los muchachos que le habían sacado harta ventaja. Su prisa no fue en vano. Su prisa le permitió conseguir este clic playero. Donde el autor, explica alguna de las razones que lo llevaron a abandonar el baile en las fiestas patronales, o, dicho de otra manera, a bailar única y solamente con su cámara fotográfica en esas efemérides.
Con un drástico, inapelable y doloroso “no pareces peruano”, aquella abuelita dio por concluido el baile, dejándome literalmente tirando cintura en medio del trepidante zapateo de una fiesta patronal.
Ni siquiera tuve tiempo para reivindicar mi peruanidad mostrando mi ajada libreta electoral de tres cuerpos, porque después de su puyazo verbal, la venerable ancianita salió despavorida en busca de pareja más competente.
La encontró sin problemas. Todos en esa reunión parecían ser consumados e infatigables danzarines que resistían los infinitos arrebatos musicales de una banda que seguramente se llamaba magnífica, espectacular, auténtica o poderosa.
Con razón la abuelita no había querido perder más tiempo conmigo. Ella estaba ahí para disfrutar de lo lindo, no para enseñarle a un muchachito que solo sabía dar pisotones y tenía menos gracia que un zombi.
Después de escucharla me refugiaría abatido y apesadumbrado en un rinconcito de aquel club provincial en Santa Anita o Ate, al que había sido invitado por un colega de verbo desbordante.
Lo que no puedo precisar es qué virgen era celebraba aquel domingo. Tampoco sé de qué pueblo provenían los festejantes. Solo recuerdo claramente la memorable frase de la abuelita y al “patita” macerado en alcohol que quería poner en su sitio a un periodista.
No a mí, que seguía entristecido por mi estrepitoso fracaso con la veterana danzarina, sino a un amigo que, entre paso y paso, le andaba metiendo letra con afanosa constancia e inesperado éxito, a la ex del ahora desconsolado “patita”.
El ataque era inminente. Mi amigo quería presentar pelea. Claro, él era grandote, y se preciaba de ser cultor vaya uno a saber de qué arte marcial y, por último, era él quien estaba afanando a la digamos manzanita de la discordia.
Este pechito, en cambio, que no tenía vela en ese pleito y no era el objetivo del furibundo Romeo, sabía que por solidaridad gremial terminaría involucrándose en el inminente "tole-tole".
Por eso quería marcharme a cualquier lado, cargando sobre mis hombros mi flamante condición de apátrida y paria del ritmo. Eso sí, nada de correr de manera vergonzosa, por más que el "enemigo", con descarada hostilidad, empezaba a agrupar una fuerza de choque.
Dicho accionar terminaría por convencer a mi compañero de la urgente necesidad de abandonar la celebración. Una cosa era trompearse con uno o, en el peor de los casos, de uno en uno, y otra muy distinta, ser abollado en mancha.
Ahí sí que me iban a hacer bailar de lo lindo, pero a puñetazos, lo que sin duda alegraría a la abuelita que me había dejado tirando cintura. Quizás a golpes aprendía a ser peruano y a zapatear como es debido.
Lo ocurrido aquella noche se ha repetido más de una vez en mi vida. No por la casi bronca –soy un ciudadano pacífico- sino por mis evoluciones poco acompasadas en las fiestas patronales, donde siempre he tenido dos piernas derechas.
No tengo remedio. Nunca encuentro el ritmo y, cuando eso ha sucedido por obra, gracia y milagro de la chiripa, los músicos por capricho o alguna otra desdichada razón, silencian sus instrumentos o cambian de tonada, entonces, debo reiniciar mi penosa búsqueda de un movimiento corporal armónico.
Es mi triste realidad. Una realidad que en mis primeros años de periodista viajero quise revertir, pensando equivocadamente que la práctica hace al maestro. Todo fue en vano. Siempre lo hice mal. Jamás recibí un aplauso.
Poco a poco me fui cansando de las miradas compasivas de mis eventuales parejas y de las risitas contenidas o abiertamente burlonas de los espectadores. Por eso, agobiado por las burlas y de prodigar pisotones, me convencí de que todo era inútil.
El baile no es lo mío y punto. Lo terminaría de comprender la noche en la que un grupo de señoras –enviadas por un dizque amigo- me rodeo con voracidad danzarina en una esquina polvorienta del pueblo de Aquia.
No tenía escapatoria. Las mujeres formaron un círculo. Me quedé en el centro indefenso como un gladiador sin armas a merced de unas fieras dispuestas a hacerme papilla con sus pasos, quiebres y mohines.
Y la banda tocó diez, veinte, treinta minutos, tal vez hasta una hora. Las señoras me hicieron añicos. Ellas bailaban como endemoniadas. Sus movimientos eran impactantes, apasionados y febriles.
Los míos eran torpes, dubitativos y enredados. De nada sirvió que me esforzara, que le pusiera empeño, que me muriera de ganas de hacerlo bien. Igual no estuve a la altura del reto. Ellas, simple y sencillamente, me dejaron con el cuerpo casi dislocado.
Cuando culminó aquella masacre, me acordé de la celebración en Santa Anita o Ate y de la abuelita que me dejó sin patria; entonces, amparado por ese suceso vivido en tiempos lejanos de libreta electoral, estuve a punto de mostrar mi DNI por si alguien dudaba de mi peruanidad.
La otra era salir rapidito pero sin perder la compostura, aunque esta vez no merodeaba ningún ex novio con ganas de acuñar a un “gilerito” de ocasión.
El motivo de mi prisa era otro: la vergüenza, el “roche” y, sobre todo, el temor.
Que pasaría conmigo si las señoras creían ciegamente en aquello del no hay primera sin segunda. En ese momento no tenía ninguna intención de arriesgarme.
Y es que esas damas –lo confieso- me daban más miedo que aquel Romeo y todos sus compinches. Ese miedo no se disipa hasta hoy. Tal vez por eso ahora solo bailo con mi cámara. Total, con ella siempre hago clic.
*Las imágenes no son de los hechos narrados en esta crónica. Son parte del archivo de Explorando y solo buscan graficar la entrada.
Tuvieron que pasar muchos días y varias semanas para que el lente viajero de Explorando Perú, se sacuda de la modorra y se eche andar por los caminos en busca de las primeras imágenes del 2012. Y así lo hizo y se fue a Arequipa y al valle del Colca y bajó del bus y caminó a la plaza de Chivay y, al toque nomás, se subió a un taxi y no paró hasta el pueblo de Callalli, una tierra de extrañas formaciones rocosas que son llamadas los castillos.Fue en la plaza principal de este pueblo de pastores y campesinos, donde disparó por primera vez en el año y se sintió bien y se dio cuenta que había demorado mucho o, quizás, enero se había ido muy rápido, dejándolo sin tiempo para viajar, explorar y recorrer más caminos. Pero en Callalli empezaría a cobrarse su revancha. Era hora de apuntar, enfocar y disparar. No a la iglesia colonial que impone su monumentalidad en un pueblo sencillo. Eso sería después. Primero la plaza y su monumento, distinto, diferente, sin ningún héroe de una guerra perdida, sin ningún santo de milagros por cumplir. Una mujer y una alpaca. Atrás un puñado de casas, varios techos de calamina y un cerro coronado por los Castillos. Nada más. Así de simple y sencillo. Así de bello y entrañable. Un buen inicio. Un clic liberador y de reencuentro con un pueblo que ya conocías pero que no visitabas desde hace varios años. Después de este clic se desataría un tiroteo fotográfico. Imágenes de chullpas y andenes, de un río encañonado, de hombres y mujeres que bailan por fe... sin duda un magnífico inicio para un año que, ahora sí, empieza a perfilarse como enteramente viajero. Como debe de ser, como quieres que sea.Donde el autor, por falta de viajes e imbuido por el ambiente reflexivo del nuevo año, recuerda sus vocaciones iniciales y los malos pensamientos que lo llevaron a ser periodista.
De niño quería ser basurero para andar por las calles tocando una campaña. Después, escuchando los caminos del inca y la carrera por la Marginal de la Selva, quise ser corredor de autos. Así recorrería todo el país.
Ya en la secundaria, no quería ser nada de nada; pero el tiempo pasó rápido y me vi obligado a pensar en lo que haría cuando fuera grande,
Y como me quedé retaco y eso de ser grande nunca se convertiría en realidad, me daba pereza pensar en un futuro que jamás llegaría. Bah, pero al final, igual tuve que hacerlo.
Ya no me atraía ser basurero o corredor de autos. Tampoco médico ni matemático ni físico ni ingeniero ni biólogo ni maestro. Nada me gustaba. Nada me parecía del todo interesante.
Había que seguir pensando. Y pensé y pensé y un buen día se me ocurrió ser arqueólogo. Parecía chévere, aunque quizás no tanto, por eso terminé postulando a contabilidad. No ingresé. Me salvé. A veces es bueno ser un poquito bruto.
Como no ingresé, seguí pensando y, mientras seguía pensando, persistí en mi error. Más postulaciones. Cero ingresos. Ser bruto se volvía un problema. Ya daba roche. Debía de pensar menos y estudiar más.
Y dejé de pensar. Y me puse a estudiar. Y por andar estudiando solo vi de reojo el mundial del 90. Sería contador y punto. No basurero ni corredor menos arqueólogo.
Hasta que un día volví a pensar. Era un mal pensamiento pero, los malos pensamientos, siempre se dan maña para hacerse escuchar. Lo escuché y me gustó o no me disgustó tanto. Así que ya no lo pensé más y me decidí y postulé y al fin ingresé.
No era tan bruto después de todo; pero había un problema, un gran problema, nadie sabía a qué, todos creían que iba a ser contador, jamás comunicador, nunca periodista. No dije nada. Solo mostré el periódico con la relación de los nuevos cachimbos.
Mi nombre estaba allí, ni muy arriba ni muy abajo, a media tabla nomás. Ese no era el problema; el problema era que aparecía en la lista de comunicación, no en la de ciencias contables.
Tuve suerte. No se armó la grande en casa. Solo un par de gruñidos y una breve pataleta. Luego vendrían las sonrisas, los abrazos, el corte de pelo y el pollito a la brasa como fin de fiesta. Uff, me había salvado.
Hoy, después de tanto tiempo y cuando empieza un año más, solo me queda reconocer que, a veces o casi siempre, los malos pensamientos no son tan malos como parecen. Es cuestión de entenderlos, procesarlos, tal vez hasta amaestrarlos.
Y como he llegado a esta conclusión luego de mucho esfuerzo y casi se me han acalambrado las neuronas de tanta elucubración, es justo y necesario cerrar este texto de una buena vez. Eso sí, aprovecharé este final para prometer que seguiré malpensando en el 2012 y en los años que vengan después.