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ASÍ LA VEO YO - Año 9
Vuelve y juega aquello tan antiguo como ‘que ellos no se salgan con la suya’
Por Juan Rubbini
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“El virtuoso no es infalible, suele también equivocarse. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una lección para sí mismo y para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados” (José Ingenieros–El hombre mediocre (1913)
A medida que nos vamos acercando a las definiciones en La Habana, las expectativas –y las tentaciones- del Gobierno y las Farc oscilan entre los fantasmas del Caguán y los ‘conejos’ de Ralito. Santos no es Uribe, ni es Pastrana, de acuerdo, tampoco las Farc desarrollan su juego político como a su modo lo hacen las exAuc. Pero, sin embargo, Colombia es Colombia, sus clases políticas son sus clases políticas, y aun a riesgo de caer en ‘perogrulladas’ convengamos que ‘todo tiene que ver con todo’ y que el hombre es el único animal capaz de tropezar una y otra vez contra la misma piedra. Hay excepciones, claro, hay seres excepcionales, claro, pero finalmente, temores son temores, y somos los humanos muy de poner las barbas a remojar cuando vemos afeitar las del vecino, para cuando nos toque el turno. Si algo desagradable acontece (o aconteció) a tu alrededor, el instinto te recuerda que debes estar preparado y tratar de evitarlo. Intento decir que ni los jefes de las Farc son tan diferentes de los antiguos jefes de las Auc, ni Santos es tan diferente de Pastrana e incluso de Uribe. Así las cosas, más que pretender convencerse –y convencernos- los negociadores de La Habana sobre que este proceso es diferente de todos los anteriores, mejor harían en tener en cuenta las recomendaciones de Pastrana, de Uribe y también de Mancuso y los suyos, incorporándolos incluso a la Mesa de la Paz, todo en su medida, a su tiempo y armoniosamente.
Cuando los hermanos Castaño manifestaron que había llegado el momento de negociar políticamente su desmovilización -no su sometimiento- lo hicieron contra la idea de la corriente mayoritaria de las clases políticas del centro a la derecha, que recomendaban que no debían hacerlo antes que lo hicieran las guerrillas, todas las guerrillas, pero especialmente las Farc. Había consenso –más mediático que social, y más social que político- en aquellos tiempos de ruptura en El Caguán y ascenso de Uribe en las encuestas- que ‘el remedio había resultado peor que la enfermedad’ pero aun así, no fueron precisamente los políticos quienes alentaron a los Castaño a abrir trocha hacia su desmovilización. Si el Presidente hubiera resultado Serpa y no Uribe –en 2002- las autodefensas no llevarían hoy ya diez años de avanzar a duras penas en su reinserción social, en pos de su paz y salvo con la justicia y la recuperación ulterior sin prisa pero sin pausa de sus derechos políticos. Si en algo coincidieron Uribe y las autodefensas en Ralito fue en el común propósito de legitimar el Estado y volverlo inobjetable en su defensa de la seguridad, y en particular inmaculado en su combate a las guerrillas. Claramente, el ‘remedio’ táctico que habían constituido en el pasado las autodefensas ante la ‘enfermedad’ subversiva había ya agotado su misión ‘paraestatal’ de componente social, y no solo las contraindicaciones y los efectos secundarios de tal ‘remedio’ lo volvían inconveniente sino que la sola presencia de autodefensas sobre el territorio deslegitimaba al Estado y ‘legitimaba’ a las guerrillas. Así como hubo ‘razones de Estado’ en la movilización de las autodefensas, también las hubo en su desmovilización. Pero ni las clases políticas lo comprendieron en su momento –no sé que tanto lo comprendan ahora-, ni las guerrillas acertaron en la interpretación del complejo fenómeno cuyo epicentro fue Ralito. Ni sé qué tan correctamente lo hagan ahora.
El Gobierno con el cual negocian hoy las Farc no solo está más y mejor pertrechado militarmente que el de Pastrana, sino que –tras la desmovilización de las Auc- está hoy más legitimado nacional e internacionalmente que el de Uribe. Es más, si en tiempos de Pastrana la gran mayoría de la población colombiana entendía por qué era necesario acordar políticamente con las Farc, hoy la gran mayoría de esa misma población no entiende para qué se busca negociar políticamente con una guerrilla que ya está estratégicamente derrotada. Y esto no puede sino tener consecuencias políticas que un político como Santos que busca su reelección, pero no solo ello, sino que quiere hacer Historia, no puede dejar de considerar y tener muy en cuenta.
El dilema central de Santos en La Habana es cómo alcanzar el fin de la lucha armada de las Farc pagando el menor costo político en sus aspiraciones. O dicho de otra manera, y trayendo a colación Ralito: ¿cómo desarmar a las Farc sin pagar los costos de una guerra prolongada hasta alcanzar la victoria militar? Digo trayendo a colación Ralito, porque la jugada magistral de Uribe fue convencer –no del todo- a las clases políticas que la guerra antisubversiva se podía ganar sin ninguna clase de paramilitarismo y sin autodefensas. La misma idea que asumieron como propia y se dispusieron a capitalizar políticamente las autodefensas al entrar en la negociación de Ralito con la aspiración de convertirse en un movimiento político decidido a legitimar el Estado social de derecho, y combatiendo a las guerrillas ya no con las armas sino con acción y predicamento político desarmado.
Habiéndose truncado y permaneciendo inconcluso el proceso iniciado en Ralito hoy las Farc se encuentran en La Habana ante la gran encrucijada de su larga vida: ¿seguirle el juego a Santos, sin estar convencidas que Santos no acabará finalmente procediendo como Uribe en Ralito –y sobre todo tras Ralito? ¿seguirle el juego a las clases políticas, sabiendo que sus ‘intereses de clase’ son precisamente los contrarios? Si las autodefensas fueron durante tantos años consideradas ‘el remedio’ y las guerrillas ‘la enfermedad’ –y esto está instalado en el ‘inconsciente colectivo’ de las grandes mayorías nacionales ¿cómo seguir pretendiendo que el Presidente Santos pague el precio exorbitante de concesiones que ni loco que estuviera para pagarlas de su exclusivo bolsillo?
Llegados a este punto y admitiendo que a este proceso hay que ponerle fe… pero también algo de cabeza… ¿no estaremos llegando al punto en que se pongan sobre la Mesa de la Paz las situaciones ambiguas y confusas, a medio hacer e inconclusas, que arrastra consigo el conflicto armado, comenzando con los derechos y obligaciones pendientes de realización entre todas las partes que se han visto involucradas en el conflicto armado? La lista es larga, ancha y profunda, y entre víctimas y victimarios no faltan guerrilleros y sicarios, militares y empresarios, autodefensas y paramilitares, gobernantes y congresistas, narcotraficantes y banqueros, campesinos y ganaderos, religiosos y comerciantes etc., etc. A fin de cuentas Caínes no han sido solo los Castaño, porque si de ellos se trató en su ámbito familiar, en el nivel nacional y dentro del conflicto armado, lo que existió y subsiste es conflicto fratricida: los tres Caínes en su versión ampliada han sido –y no solo ellos- Estado, guerrillas y autodefensas. Y Abeles solo las víctimas, todas las víctimas inocentes.
Mi tesis: para construir la paz, en vez de insistir en destacar retóricamente la originalidad del actual proceso, corresponde establecer las rupturas y continuidades, pero sobre todo la complementariedad con los anteriores procesos, todos ellos –incluyendo El Caguán y Ralito- yendo de lo más simple a lo más complejo, de lo que cabe dentro del ‘sentido común’ pero también y sobre todo del ‘buen sentido’, definamos los grados de participación y los niveles de decisión, deshagamos los nudos, atemos los cabos, conciliemos hasta lo inconciliable. Más que pensar en constituyentes imaginemos primero como acercar a los contrarios, cómo despolarizar el debate, cómo unir lo que permanece dividido, cómo hacer que ningún colombiano ni colombiana se sienta excluido de participar en La Habana.
Finalmente, si todos por dentro nos sentimos Abeles, también es cierto que desde las contrapartes a todos nos ven como Caínes.
¿Por qué no pensar, en cambio, que Abeles y Caínes, fuimos todos y fuimos todas? Y tal vez lo más terrible, lo seamos todavía.
Y que todos y todas, afortunadamente, aspiramos ser Abeles, merecemos ser Abeles, y a ello nos dedicaremos sin pretender ser más papistas que el papa, ni más los unos que los otros.
Está bien que las Farc tengan su propia mirada sobre sí mismas, su discurso autojustificador bien interiorizado… pero si no terminan de entender que sobre el conflicto armado hay tantos relatos como actores y públicos, y no todos son pura fantasía, y no todos son mera propaganda política, el riesgo que desde La Habana su único destino sea regresar al monte enfusilados o permanecer por fuera de Colombia asilados, crecerá cada día en forma inexorable.
Más que solazarse acariciando su propio ombligo, el lenguaje corporal de los negociadores en La Habana debiera incorporar el tender los brazos, extender la mirada, sumar y multiplicar los diálogos, procurando un efecto derrame sobre el entero cuerpo social.
Por algo tan terrenal, tan humano, de los contradictores… de que ‘esos no se salgan con la suya’ acabaron fracasando las autodefensas en Ralito… por algo tan terrenal, tan humano, como que todo lo que hacemos en esta vida se nos vuelve como un bumerán… de mezquindades tan terrenales, tan humanas, de los contradictores, como que ‘esos no se salgan con la suya’ pueden acabar fracasando las Farc en La Habana.
No olvidemos la gran paradoja de Ralito: quienes fueron acusados de montar un proceso de paz entre ‘yo y yo’ acabaron demostrando finalmente lo contrario. Y acabaron mal. No vaya a ser que quienes comenzaron su negociación vistos como acérrimos contrarios, acaben siendo juzgados y condenados como otra versión de ‘yo con yo’. Porque si ello sucede –o no sucede pero se interpreta así-, ese ‘nosotros’, por oposición, hará crecer y crecer irremisiblemente los ‘otros’, los que no se sientan incluidos. Y así otro largo conflicto habrá comenzado a gestarse.
Para evitar que suceda esto solo hay un remedio que recomienda el buen sentido: “o todos en la cama, o todos en el suelo”.
No son solo palabritas, es una declaración de amor. La paz no es solo un armisticio, es fundamentalmente, y por sobre todo, una declaración de amor, de amor incluso a quien fue mi enemigo.
Y si no es así ¿entre quiénes se firma la paz? ¿Entre los amigos? ¡¡¡No joda!!!
Así la veo yo.
Los 202 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 9
Paz en la tumba de Chávez, Paz en Colombia
Por Juan Rubbini
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“Nos encontramos ante una realidad que nos muestra los resultados de un modelo de país armado en torno a determinados intereses económicos, excluyente de las mayorías, generador de pobreza y marginación, tolerante con todo tipo de corrupción y generador de privilegios e injusticias. Esta situación es consecuencia de una crisis de las creencias y los valores que fundan nuestros vínculos sociales. Ante esto, debemos emprender una tarea de reconstrucción” (Cardenal Jorge Mario Bergoglio -hoy Papa Francisco- La nación por construir – Utopía, pensamiento y compromiso (2005))
Estamos asistiendo a un mes de marzo de 2013 destinado a dejar huellas indelebles en la historia de nuestra América Latina y en particular de Colombia.
Con apenas muy pocos días de diferencia dos hechos de magnitud inusitada conmueven el alma popular desde la Tierra del Fuego hasta México: la muerte de Hugo Chávez y la elección como Papa de Francisco. Un venezolano y un argentino que corporizan en su humanidad el signo de los tiempos que nos toca asumir, develar, interpretar desde nuestro propio discernimiento de latinoamericanos, sin exclusivismos, sin sectarismos, sin odios.
La Paz de Colombia ha ganado y ha perdido mucho en estos días. Nadie ignora la importancia de Chávez en el imaginario de las Farc y el vacío que deja su partida no será igualado. En sentido literal las ausencias de ‘Marulanda’ y ahora Chávez han dejado doblemente huérfanas a las Farc. Dígase lo que se diga, en favor y en contra; los hechos son los hechos, y no se puede volver atrás.
Un Papa Latinoamericano de las condiciones y virtudes morales del Cardenal Jorge Mario Bergoglio, nacido en la tierra del Che, de Evita y de Perón, no será –no puede serlo- ajeno a la Paz y Reconciliación de Colombia. Todo lo contrario. Ya lo verán con sus propios ojos, quienes hoy asisten entre incrédulos y pesimistas, a la asunción de un Papa que no reconocen como militante de las fuerzas políticas que lideró Chávez en todo el continente. El de Francisco no es ciertamente “el reino de este mundo” pero sus pies y su corazón caminan, edifican, dan testimonio de su compromiso con los hombres y mujeres de este mundo.
Ha dicho Maduro que al llegar al cielo, la influencia de Chávez ha pesado y mucho en la elección de un Papa Latinoamericano. Esto nunca se sabrá. Pero las coincidencias nos dejan en libertad de interpretarlas como nos venga en gana. Y en esto, tal vez solo en esto, con Maduro yo coincido, y ojalá también las Farc.
Dicho esto no sobra decir que las condiciones objetivas para una pronta paz en Colombia están lejos de haberse consolidado. Y en esto atribuyo más responsabilidad al Gobierno que a las Farc. La muerte de Chávez deja a éstas no solo en condición de huérfanas sino que borra del ajedrez político la única garantía firme conque las Farc podían contar. El Gobierno y el Congreso colombiano no sirven en absoluto de garantía alguna. Bastaría que Márquez conversara un par de horas con Mancuso y con ‘Trinidad’ para discernir que si al Estado no se lo afronta pacíficamente, desde las propias convicciones pero unidos y tomados de la mano todos los actores del conflicto armado, la clase política se los devorará uno por uno, inexorablemente, o cuanto menos los castrará inmisericordemente hasta reducirlos a nada, o casi nada. No es cuestión de Uribe, o de Santos, es cuestión de naturaleza. Nada personal.
Y sin embargo, la Paz de Colombia debe alcanzarse, debe lograrse, debe establecerse. Sin plazos fatales, pero sí con determinación firme, con mente abierta y corazón templado. No lo tenemos a Chávez, es cierto y es definitivo, pero lo tenemos a Papa Francisco, que no es marxista, no es revolucionario, pero sí es amigo de la paz, de la reconciliación, de la justicia social.
A quienes se alegraron –equivocadamente- con la muerte de Chávez, y hoy se confían –equivocadamente- conque Papa Francisco asumió el Pontificado en Roma con la misión de acabar con las reivindicaciones sociales de América Latina los invito a reflexionar sobre la urgencia de afianzar la solidaridad y la justicia social en nuestros pueblos americanos.
Y a quienes han querido ver como dos derrotas funestas y sucesivas la muerte de Chávez y la elección de Francisco también los invito, humildemente, a reflexionar sobre la urgencia y la importancia de unir los esfuerzos y la lucha pacífica entre todos aquellos que desde posiciones de izquierda, de centro y de derecha están jugados por la Paz de Colombia y su Reconciliación.
Comencemos por acercar nuestros pasos y caminar juntos, por echar los cimientos y edificar codo con codo la Política y la Justicia que necesitamos, y sobre todo dar testimonio que el adiós a las armas es decisión tomada y sobre ello no hay vuelta atrás.
Soplan vientos de justicia y paz en América Latina, haya entonces justicia y paz también en la tumba de Chávez y en el corazón de militares, guerrilleros, autodefensas.
Que cesen el fuego y las hostilidades, las pirotecnias verbales y los ademanes violentos.
Que la última voluntad de Chávez se cumpla.
Que la presencia y palabra de Francisco sea suficiente garantía de Paz y justicia social, para los unos y para los otros, para todas las víctimas y para todos los victimarios.
Y que al fin se diga: "Habemus pacem".
Así la veo yo.
Los 201 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 9
Urgen por igual alta política, tacto diplomático y espíritu de grandeza
Por Juan Rubbini
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“Siempre será igualmente descabellado este discurso: hago contigo una convención cuyo gravamen es todo tuyo, y mío todo el provecho; convención que observaré mientras me diere la gana y que tú observarás mientras me diere la gana” (Juan Jacobo Rousseau, El contrato social)
Se equivocan seriamente quienes ignoran o minimizan en sus análisis sobre las negociaciones de La Habana el impacto demoledor de al menos 4 circunstancias nada banales cuya convergencia en el futuro inmediato podría acabar abortando el entero proceso:
1. Los cabos sueltos del proceso de Ralito con las Autodefensas, entre los cuales: la subsistente existencia y proliferación de reductos ‘paramilitares’, la extradición de los jefes negociadores y la ‘espada de Damocles’ sobre los demás, la negación de lo acordado sobre actividad política de los desmovilizados tras su cumplimiento del componente judicial, la no refrendación protocolaria de los acuerdos finales de paz que al día de hoy no han sido reconocidos por el Estado colombiano ni conocidos fehacientemente por la Opinión pública nacional e internacional.
2. La grave enfermedad del Comandante Presidente Hugo Chávez y el incierto futuro político de Venezuela si Chávez no recupera su salud en plenitud y queda incapacitado para gobernar.
3. La inseguridad jurídica que afecta no solo Justicia y Paz sino también el Marco Legal para la Paz, así como el riesgo de extradición.
4. La intención manifiesta del Presidente Santos de negociar con fecha límite noviembre de 2013.
Entremos ahora en detalles.
En el contexto no faltan quienes reclaman una ‘paz despolitizada’. Los mismos que en privado anhelan una ‘democracia despolitizada’ y que no quieren ver convertidos en actores políticos ni a ex guerrilleros ni a ex autodefensas. O a unos sí pero a otros no, con raseros ‘ad hoc’ a la medida de los propios intereses. Donde se haga cierto aquello del fin de la historia, el fin de la lucha de clases, el fin de los conflictos. Mejor dicho, el maniqueísmo elevado a la categoría de lo ‘políticamente correcto'. Y todo esto gratis, al exiguo precio de la rendición de unos, de la apatía de otros, del sometimiento de la gran mayoría a la única política dominante: la de una minoría, o al oligopolio de minorías influyentes. Ojo, esto no solo anida en ciertos espíritus de derecha, no faltan en las izquierdas quienes desde el otro extremo sueñan con lo mismo. La cuestión es quién tiene la sartén por el mango, y con cuál de las manos: la de la derecha, o la de la izquierda.
Sobre la mesa de La Habana se dirigen todo tipo de presiones y desde todos los ángulos. Precisamente por esto, porque no se trata de una negociación donde sean ajenos los intereses –ideológicos, económicos, políticos, jurídicos, militares-, la ‘paz despolitizada’ es un imposible y quien la reclama como posible no entiende de qué se trata, o sí entiende pero se desentiende para pescar en el río revuelto de la confusión.
Salvo que todo estuviera acordado de antemano –cosa que definitivamente no creo- es ilusorio –además de inconveniente- ponerle plazos a la negociación entre Gobierno y Farc –obstáculo que luce desproporcionado a las dificultades de agotar los temas- si el límite se establece en noviembre –faltan ocho, a lo sumo 9 meses. Quienes insisten sobre esta fecha límite o están pensando que el ‘negocio’ consiste en romper la mesa y realizar la ‘jugada’ de Pastrana y Uribe al tiempo –hoy se permite la reelección, en 2002 no. O especulan con que las Farc –o quienes negocian en nombre de ellas- están más interesados en poner fin a su condición de guerrilleros que en obtener algo serio y creíble –para otros que no sean ellos mismos como individuos- en la mesa de La Habana. O sea que la Paz que se pretende no resulte, pero el Paz y Salvo para los negociadores de las Farc sí bajo ciertas condiciones 'ad hominem' –ases en la manga.
Se reeditaría en cuerpo ajeno la misma triste historia de Ralito donde no se refundó el País ni se amplió la democracia pero sí se generó un nuevo paramilitarismo, el que tal vez –sin proponérselo- está en vías de producir a través de las denominadas ‘farcrim’ un nuevo estilo de guerrillas dispuestas a dar el ‘golpe de Estado’ del que los antiguos líderes buscarían hoy ponerse a salvo en La Habana. Son especulaciones, claro, qué distinto a especular puede hacer quien no cuenta con la información. Informados, lo que se dice informados, son muy pocos, seguramente se cuentan con los dedos de una mano. Y esto vuelve el tema, no solo de curiosidad general sino también de quienes a la distancia de los acontecimientos procuran indagar sobre cómo les irá en el baile. Porque en estos casos los que suenan en la orquesta son muy pocos, pero bailar, bailamos todos. Y no es lo mismo bailar al son de tambores de guerra, que hacerlo al son de melodías de paz.
Si lo anterior ronda en la cabeza de los jefes negociadores de las Farc –a título de especulación, claro- se comprende mejor por qué el antecedente de cómo les fue a los ex comandantes de las autodefensas extraditados tras acordar la paz y desmovilizarse, no es asunto de poca monta a la hora de tomar decisiones en La Habana. ‘Al perro no lo capan dos veces’ y en este caso en la mesa de negociaciones las Farc de hoy con Santos, son las Autodefensas de ayer con Uribe. Igualados por el destino en esto de ser sujetos que puestos a negociar no ya la Paz del País sino al menos su propia seguridad jurídica se encuentran con que garantías, lo que se dice garantías no hay. Ni las dio Uribe en su momento ni se lo ve a Santos dispuesto a darlas. Y para colmo Chávez –tal vez la única garantía seria en este mundo para las Farc- nadie sabe si llegado el caso estará en este mundo para estampar su firma.
Todo lo anterior reunido no permite hoy ser razonablemente optimista sobre el desenlace de las negociaciones y su incidencia sobre la Paz en Colombia. Ni siquiera sobre las garantías jurídicas necesarias mínimas para los negociadores de las Farc.
Se me ocurre entonces que Estados Unidos debiera hallar una fórmula para acudir en apoyo de la Mesa de negociaciones, de tal manera que se conviertan junto a la Cuba de los Castro en la garantía sólida que tal como van las cosas ni Santos por sí mismo, ni Chávez en sus condiciones de salud, ni Venezuela con sus incógnitas sobre su evolución política en el corto y mediano plazo podrán dar y resultar suficientes.
A mi modo de ver, la confianza que los comandantes negociadores de las Farc exigen –y no les falta razón- obtendría dos señales poderosísimas en su favor si Estados Unidos y el Presidente Santos acordaran que la Paz de Colombia exige por parte de la Justicia de los EEUU una decisión histórica: que los guerrilleros y autodefensas extraditados sean repatriados por Colombia, unos para sumarse a las negociaciones de La Habana, otros para completar los requisitos de su postulación a Justicia y Paz, todos finalmente para sumar en la mesa su aporte a la Paz.
No veo de qué otra manera el Estado colombiano podría asumir con alta política y estricta justicia la responsabilidad histórica de llevar ambos procesos de paz, el inconcluso de Ralito y el apenas iniciado con las Farc, al final socialmente deseado en términos de Verdad, Justicia y Reparación. Con reconciliación nacional y satisfacción plena de los derechos de las víctimas.
Así Cuba no sería apenas sede de diálogos fallidos, ni de eventuales asilos a ex combatientes, sino la cuna de la definitiva Paz de Colombia.
Y Estados Unidos ofrecería al mundo un ejemplo de cómo –a su manera y con su estilo- tiende una mano de grandeza a la solución política de un conflicto armado interno que no nació ni se prolongó ciertamente sin su responsabilidad e injerencia. Lo mismo puede decirse de la ex Unión Soviética –pera ya no existe, ¿y a quién reclamarle entonces? y también de Cuba. La Cuba Revolucionaria que hoy presta generosa su hospitalidad y su confidencialidad a las partes que negocian y seguramente, cuando llegue el momento, a las partes que no tardarán en sumarse, si los diálogos prosiguen, hasta que resulte necesario y conveniente para la Paz de Colombia.
Que no nos condicionen los plazos, sino los objetivos.
Y que sean objetivos grandes, generosos, no pequeños, ni mezquinos.
Así la veo yo.
Los 200 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 9
¿Por qué no el ‘renunciamiento’ de Santos, y Vargas Lleras presidente?
Por Juan Rubbini
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“Arthur Wellesley Wellington, quien había estudiado y se había tomado muy en serio la historia romana y la utilidad de los emperadores puestos en el trono por sus tropas, así como el desastroso ejemplo de Bonaparte, creía que la esencia del estado constitucional residía en la absoluta sumisión del poder militar a una autoridad civil debidamente constituida. Estaba completamente de acuerdo con la conducta de George Washington en el delicado paso de la guerra a la paz y en la creación del gobierno constitucional estadounidense, del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de estado periódicos y a los gobiernos militares” (Paul Johnson, Héroes)
Totalmente de acuerdo con que la Paz de Colombia sea Política de Estado, estoy seguro que en esto hasta ‘paras’ y guerrillas’ coincidirían en una Constituyente. Sobre este ideal común no hay alianzas políticas hasta ayer impensables que de aquí en adelante no se puedan verificar. Incluso entre combatientes de uno y otro bando. Una Coalición para la Paz donde todos estemos invitados y nadie se sienta excluído.
Tan cierto es que ha sido la civilidad de izquierda la que dio alas a las guerrillas en sus inicios, como cierto es que ha sido la civilidad de derecha la que dio alas a las autodefensas en sus comienzos. Si hubo ideales de izquierda en unos, también existieron ideales de derecha en otros. No todo ha sido terrorismo y narcotráfico, de lado y lado. Así como lo malo ha de ponerse de relieve, no hay razón para negar lo bueno que de lado y lado existió y existe. Esto no ha sido entre ángeles, ni entre demonios, sino entre seres humanos solamente. Y en ambos lados hay obligaciones, pero también derechos. Libertad e igualdad no se aplica sino a todos. Detrás de cada combatiente hay un victimario y esto ha de ser tenido en cuenta, pero también detrás de cada combatiente hay un ser humano, y ambos tienen derechos y obligaciones. Quien sepa atravesar el muro de las incomprensiones y las desigualdades habrá dado el primer paso a la reconciliación y la paz. Verlo de otro modo es una invitación a proseguir la guerra. Que es una opción, claro, pero ciertamente no la mejor. Ni ética ni política ni humanitariamente tampoco.
Durante mucho tiempo se ha dicho en Colombia que su sistema político necesita completarse, perfeccionarse y dotarse de una ‘pata izquierda’ con genuina representatividad y auténtica libertad de expresión y acción. Una ‘izquierda’ poderosa en la legalidad que sea contrapeso no solo al establecimiento, la oligarquía y la derecha sino también signifique un decisivo estímulo para que la ‘izquierda guerrillera’ abandone las armas y participe de la vida política sin cortapisas ni persecuciones. Se trata entonces de un doble movimiento de integración: de todas las izquierdas al sistema democrático y de todas las izquierdas entre sí. Cito ambos movimientos porque ambos requieren de una particular cintura política que reivindicando la propia visión y los propios intereses resulte capaz de coexistir con visiones distintas e intereses contrapuestos, no solo entre ‘derechas’ e ‘izquierdas’ sino entre las mismas izquierdas entre sí. Esto por el lado de las ‘izquierdas’ pero por el lado de las ‘derechas’ ¿no cabe igualmente ejercitar la cintura política? No solamente para que no existan más ‘derechas militaristas’ ni ‘paracas’ sino para que las ‘derechas’ ejerzan su responsabilidad de fortalecer la democracia en armonía con las izquierdas y también entre sí.
Lo anterior, porque los actores armados ilegales –los ya desmovilizados y los aún por desmovilizarse- han sido introducidos en el conflicto armado por la política de quienes apostaban a cara y sello, por un lado la democracia, por el otro –por si acaso- también las armas y, ya que estamos el crimen. Si por el lado de las ‘izquierdas’ existe hoy unanimidad desde la ‘pata en la legalidad’ sobre la conveniencia –e incluso necesidad y urgencia- de las negociaciones de paz entre Estado y guerrillas, no sucede lo mismo por el lado de las ‘derechas’. Y no sucede porque algunos pretenden desde la derecha la victoria militar y la rendición de las guerrillas, pero también sucede que para las ‘derechas desmovilizadas’ o que quieren hacerlo no se está dispuestos a admitir su derecho –derecho humano, además- a participar políticamente de la construcción de paz. Mientras subsista esta asimetría sobre el tratamiento de unos y de otros, sobre el reconocimiento de su derecho a convertirse en sujetos y actores de la política a todos, absolutamente a todos –sin discriminar entre ‘guerrillos’ y ‘paracos’- la injusticia –sí, la injusticia- produciría fatalmente que mientras por un lado la democracia se fortalecería –por su lado izquierdo- por la otra cara de la luna –por su lado derecho- la misma democracia se debilitaría.
Imposible, que una persona jugada –y no desde hoy- por el advenimiento consensuado del final del conflicto armado, como el Presidente Santos, no lo comprenda ni busque el modo –su modo- de equilibrar las cargas y abrir el juego a derecha e izquierda. Solo que cada momento tiene su tiempo y cada jugada sus intérpretes. El Presidente del Senado, Roy Barreras, ha dicho en estos días que también para el Eln llegará el momento de la solución negociada, pero que habrá que esperar el próximo período presidencial –de 2014 en adelante. Sobre las ex Auc nadie se ha pronunciado pero ese ‘no pronunciamiento’ no deja de ser también un mensaje elocuente: de eso no se habla, porque hacerlo produciría un efecto bumerán, se volvería en contra de los propios beneficiarios. Habrá que abonar el camino y mientras tanto dejar que Justicia y Paz extienda los ‘paz y salvo’ con la Justicia colombiana. Sobre la Justicia de los EEUU allí ‘guerrillos’ y ‘paracos’ están esencialmente igualados, allí no hay asimetría posible. Y allí comienza el delicado proceso de transformar lo judicial en diplomático, y lo diplomático en político. Pero ambos, los hoy extraditados –los ‘Trinidad’ y los Mancuso- como los hoy en Cuba y en Colombia –de todas las partes- intuyen que para todos habrá una solución favorable –y común- si el proceso de La Habana se fortalece y profundiza, si los diálogos entre colombianos y colombianas –de derecha y de izquierda- entre guerrillas y desmovilizados Auc, comienza a establecer señales, hitos, convergencias, que aún incipientes y trémulos, presagien la siembra de futuros acuerdos de cuyo alcance la democracia colombiana será la gran beneficiada.
¿A quiénes puede perjudicar este entendimiento en ciernes entre quienes fueron feroces contradictores –se comprende que acuerdo para la paz, no para continuar la guerra? Solamente a aquellos que obnubilados por una deformación ideológica, o movidos por intereses inconfesables, apuesten a que la mesa de la democracia jamás se estabilice, y que las ‘patas’ que debieran sostenerla se desangren en crímenes interminables, enceguecidos por lujurias de poder, apetitos desordenados e inmisericordes, de los cuales todos hemos sido víctimas, continuamos siendo víctimas mientras prosiga la guerra de unos pocos entre sí y contra todos.
Insistir sobre el argumento que Santos busca ‘desesperado’ un acuerdo de paz con las Farc para posibilitar su reelección no me parece acertado. Es más, soy de la opinión contraria. En las actuales condiciones de sufrir el embate de una oposición de ‘derecha’ y no de ‘izquierda’, más rédito le produce a Santos seguir dándole duro a las guerrillas –y a las bacrim- que apresurarse por quitar a las Farc del conflicto armado. En ese combate con las Farc le quita sustento a Uribe, y en ese continuar de los diálogos suma apoyos por centro y por izquierda.
Pero en mi opinión, si algo elevaría al Presidente Santos al altar de los próceres nacionales es renunciar a la campaña presidencial de 2014 y asumir in pectore y full time, con el acuerdo del próximo candidato a Presidente -¿Vargas Lleras?- la dirección del Proceso de Paz que ya no sería solamente con las Farc, sino también con el Eln y con todos aquellos que desde la derecha se plantaron en contra de las guerrillas en una guerra que estimuló el propio Estado, el mismo Establecimiento y la misma ideología anticomunista en sus múltiples facetas.
Soy de los que piensa que para hacerle el 2 a 1 al ‘uribismo’ recalcitrante y guerrerista el proceso de paz con las Farc no solo no tiene que concluir en el actual mandato de Santos –vísteme despacio que tengo prisa- sino que lo que convendría interrumpir en 2014 es la Presidencia de Santos. Dejarle el mando a Vargas Lleras –legitimado por elecciones el año próximo- y reasumirlo en 2018 para ser entonces sí Santos el Presidente que entrará en la Historia de Colombia habiendo sido con los frutos de su iniciativa de Paz el ‘gran negociador’ y con su ‘renunciamiento’ a la reelección en 2014 el ‘gran ejemplo’.
Si logran afianzar la Plataforma de la Paz Santos y Vargas Lleras podrían ofrecer a Colombia 4 períodos cuatrienales de continuidad política presidencial y a todos los colombianos y colombianas la certeza de una Paz y Reconciliación con plenos derechos y garantías jurídicas y políticas, comenzando por las víctimas, absolutamente todas las víctimas.
Amanecerá y veremos.
Así la veo yo.
Los 199 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 9
Dime quiénes son los invitados y te diré qué tan elitista es la paz que nos prometen
Por Juan Rubbini
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“Queremos la transformación inmediata porque vemos en el mundo tanta confusión, miseria, conflicto, hambre, problemas económicos y guerras; vemos este incesante dolor, lo que nos impacienta y nos hace desear la transformación, dentro de cierto período de tiempo. Ahora bien: ¿existe un medio rápido, inmediato de transformar al hombre? Y si logramos un cambio rápido, ¿será duradero? El mundo no puede ser cambiado de inmediato. Ni siquiera la revolución puede producir un cambio inmediato y universal: millones de seres no pueden ser alimentados de un día para otro. Pero es importante averiguar si ustedes y yo podemos cambiar, si podemos producir una transformación fundamental en nosotros mismos, prescindiendo de su aspecto utilitario” (Jiddu Krishnamurti, Krishnamurti’s Talks, 1950)
Debiera preocuparnos que se hable en modo grandilocuente de proceso de paz en La Habana cuando en Cuba ‘ni son todos los que están ni están todos los que son’. No todos quienes están en La Habana quieren la paz –algún guerrerista camuflado de civil habrá ¿no les parece?- ni todos los que quieren la paz están allí. Alguien me puede decir ¿por qué –y es apenas un ejemplo- el Eln no está? Y también –es otro ejemplo- ¿Por qué los máximos ex comandantes de las desmovilizadas Auc no están? No es una cuestión de presencia física en el mismo lugar. Sino del Gobierno dialogando en 'jugadas simultáneas' con todos aquellos que siendo actores del conflicto armado, o habiéndolo sido en el pasado reciente, han manifestado su voluntad de aportar claridades y experiencias a la construcción de una paz integral y definitiva que signifique realmente –y sin grandilocuencias- el fin del conflicto armado.
Cuando las Farc se manifiestan con sus comunicados y declaraciones desde Cuba parecen sentirse dueñas de la paz y de la guerra, cuando realmente solo son parte de una violencia física y estructural que es la expresión de realidades sociales, políticas y económicas que exceden y en mucho lo que las Farc hagan o dejen de hacer. Lo mismo puede decirse de los negociadores del gobierno, incluso del mismo Presidente.
Son estos egos desbordados de unos y de otros que están dialogando en La Habana lo que comienza a sumar irritación social a lo que inicialmente solo fue escepticismo y cauto optimismo. Los altisonantes pronunciamientos de las partes horadan la confianza que día tras día se debilita cuando los diálogos son procesados políticamente desde el interés electoral o desde ideologías cargadas de extremismo. No son las partes sentadas en La Habana quienes deben reclamar a la sociedad colombiana sino ambas partes quienes deben pedir perdón a la sociedad por sus crímenes, arbitrariedades, excesos y ausencia de autocrítica. No están conversando los vencedores de nada, porque ambos –Estado y Farc han perdido la posibilidad de triunfo- pero tampoco están sentados allá quienes han perdido y siguen perdiendo –las víctimas de esta guerra insensata- y les toca escuchar los partes de guerra de unos y de otros, en la búsqueda de acumular capital político… o repartírselo, que eso nunca se sabe.
Pero volvamos al principio de esta columna… ¿por qué no están todos los que son? Todos los victimarios y todas las víctimas. ¿Por qué se pretende –de lado y lado de la mesa- vender la idea de una paz generosa y total? cuando es evidente que sin el silencio de los fusiles de todas las guerrillas habidas y por haber, de todas las armas de las autodefensas y paramilitares habidos y por haber, sin el fin de todos los crímenes de las bacrim y farcrim por llamarlos de algún modo, ni habrá paz ni habrá progreso, ni justicia social, ni tampoco democracia dignos de tal nombre.
Debieran preocuparnos decididamente más las ausencias y exclusiones a la hora de acordar las condiciones del fin del conflicto armado y la consecuente asignación de roles sociales y políticos en el posconflicto, que el plazo de las negociaciones.
Es más, si las conversaciones se extendieran diez años o incluso más, ello no iría en desmedro de obtener y consolidar la verdadera solución de las raíces y ramificaciones del conflicto armado, sus causas objetivas y subjetivas, sus lamentables consecuencias y sus infinitas mezquindades y alevosías. Finalmente, hablando se entiende la gente. ¿O si no, cómo?
En cambio, la ‘paz express’ que algunos pregonan –quién sabe con qué pérfido interés, o con qué grado de ingenuidad extrema- sólo sirve a quienes se van a lucrar de ella, a quienes pretenden ejercer el monopolio de la política sometiendo a los excluidos al infierno de la estigmatización y la censura.
Si están imaginando en La Habana que podrán imponer la ‘verdad oficial’ del conflicto armado silenciando las voces de quienes desde otras perspectivas también han sido o siguen siendo actores del conflicto armado –desde las variopintas derechas e izquierdas, que de todo hay en la ‘viña del Señor’- el fracaso de una paz avaramente concebida no terminará sirviéndole a nadie ni a los presuntos beneficiarios ni mucho menos a los fatalmente violentados.
Estamos aún a tiempo de ser más generosos con los plazos y más abiertos de entendederas a la hora de sumar actores a la paz de Colombia y quitárselos a la guerra.
Pongámonos serios de parte y parte, de todas las partes, que lo que está en juego en La Habana no es la reelección de Santos, ni la Constituyente que pretenden las Farc. Lo que se decide en Cuba, y también en Venezuela, en Colombia y también en los Estados Unidos, es si nos tomamos la Paz de Colombia en serio, o la envilecemos en una ‘paz de mentirillas’, una coartada, para que la guerra continúe a sus anchas, con otros nombres o etiquetas, o los mismos de siempre, que eso nunca se sabe.
Hacen bien las Farc en preocuparse por no correr la desgraciada suerte de los negociadores de las autodefensas en Ralito.
‘Por el desayuno se sabe en qué consistirá el almuerzo’.
Y aunque no falten quienes se empeñan en negarlo, entre el Caguán, Ralito y La Habana, hay un ‘cordón umbilical’, político además.
Y una moraleja: la paz parcelada no funcionó, no funciona, no funcionará.
Así la veo yo.
Los 198 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
Mal que nos pese habrán resultado las bacrim ¿santo remedio?
Por Juan Rubbini
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“La filosofía de nuestra época parece estar absorbida por tres problemas dominantes: la crítica de la verdad objetiva, universal y necesaria, en favor de las múltiples interpretaciones; la crítica del totalitarismo y de las políticas revolucionarias que habrían desembocado en tales desastres, en favor de las democracias consensuadas; la crítica de un concepto universal de Bien que aplaste la pluralidad de opiniones y formas de vida, en favor de ciertos criterios éticos de convivencia pacífica.” (Dardo Scavino, LA FILOSOFÍA ACTUAL, Pensar sin certezas, 1999)
Mi pregunta de estos días no es tanto ¿por qué se sienta el Gobierno a negociar con las Farc? sino más bien la inversa ¿por qué las Farc se sientan a negociar con este Gobierno?
Sobre el primer interrogante creo que no hay mayores dudas. El Gobierno sabe que está haciendo ‘lo políticamente correcto’. Tras haber debilitado militar y políticamente a las Farc –en los ocho años de Uribe principalmente- tender la mano al enemigo no solo es políticamente correcto sino que luce también éticamente inobjetable. ¿Y por qué el Gobierno hace con las Farc lo políticamente correcto? Porque de eso espera obtener réditos políticos, lo cual no solo resulta obvio sino legítimo. Siguiendo el curso de este análisis el Gobierno no puede desconocer que todo proceso que comienza debe en algún momento terminar. Y en este caso –éticamente hablando- puede terminar bien o terminar mal. Bien si se logra poner fin a la guerra Estado-Farc, y mal si se rompen las negociaciones y prosigue el conflicto armado. En ambos casos el Gobierno ‘gana’ políticamente, en el primer caso –si se firma la paz- porque logró conciliar la política con la ética y persuadir a las Farc. En el segundo caso –si se rompen las negociaciones- también ganará políticamente porque habrá demostrado en la Mesa no ceder ante el chantaje armado de las Farc –y así lo presentará el relato oficial- y además ganará porque asegurará los votos uribistas que no conciben que la guerra contra las Farc deba terminar cediendo ante el chantaje armado de la guerrilla.
Visto así uno comprende por qué el Presidente Santos declaró que el país no debe preocuparse por los diálogos en La Habana. Porque si sale cara gana el País y si sale sello también gana el País. Sobre esto último permítaseme disentir: lo correcto hubiera sido decir más bien que si sale cara gana Santos y si sale sello gana Santos. ¿Y esto por qué? Porque coincido con buena parte de los colombianos en que el País solo gana con la Paz mientras que el País solo pierde con la guerra.
Si por el lado del Presidente es obvio por qué se sienta a dialogar con las Farc no resulta nada obvio vislumbrar por qué las Farc aceptan la invitación de Santos? Porque si el proceso termina con la firma de acuerdos de paz el gran ganador será Santos, y si el proceso termina sin resultados positivos también –por lo dicho más arriba. Solo los ultra-uribistas pueden creer en serio lo que vociferan: que Santos va a otorgar a las Farc en la Mesa lo que las Farc no ganaron en la guerra. Eso ni se corresponde con el proyecto santista ni tiene en cuenta que detrás de Santos no está Chavez ni los Castro sino el ‘establecimiento’ colombiano y los EEUU. Así que si el proceso iniciado en Oslo y La Habana concluye con la firma de la paz entre el Estado y las Farc será porque Santos se habrá salido con la suya. Y las Farc tendrán que dedicarse a una lucha política altamente desigual no solo porque carecen de inserción real a los efectos prácticos en los resortes de poder de la política nacional sino porque les espera una contienda política no menos complicada para ganar la interna de la izquierda donde se encontrarán con que quienes han arado y sembrado en esos campos durante las últimas décadas no cederán fácilmente –ni gratuitamente- su espacio ganado.
Si en contra de todos los pronósticos optimistas lo de La Habana se empantana en otro Caguán y la opinión pública inclina su dedo pulgar hacia abajo la confusión en las filas farianas –las que permanecen en Colombia- promoverá más desmovilizaciones individuales en masa –valga la paradoja- que gritos de guerra en favor de retomar la lucha.
Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿por qué las Farc se sientan a negociar con este Gobierno? Aunque la palabra negociar tal vez no sea la apropiada. Los delegados de las Farc en Oslo fueron precisos al aclarar que ellos no van a negociar nada, sino a conversar, a escuchar y proponer, porque sus principios revolucionarios no se negocian sino que se defienden o con las armas o con la lucha política si les dan cabida en un proyecto transformador que coincida con su postulados básicos y donde tengan el rol de ejecutores.
Esto apenas comienza y los interrogantes no son para poner piedras en el camino sino para centrar la atención no solo sobre las palabras que se dicen sino sobre los intereses que se defienden –y que se atacan.
Cuando comenzó el proceso de Ralito con las Autodefensas las preguntas que se hacían los analistas versaban sobre cuáles serían las verdaderas intenciones de las Autodefensas. En aquellos tiempos no se comprendía porqué un ejército poderoso, no derrotado, fuerte económicamente, que controlaba buena parte del territorio nacional y movía los hilos de la política en no pocos sitios del país se sentaba a dialogar. Lamentablemente, aquellos interrogantes no pretendían –en su gran mayoría- llegar a la verdad objetiva del asunto y resolverlo en favor del País, sino descalificar a Uribe y las Autodefensas sembrando dudas y cizañas sobre el grado de influencia que los jefes paras tenían sobre el Presidente Uribe, o dicho de otra manera ¿qué grado de asociación existía entre el proyecto político de Uribe y el de las Autodefensas? Y digo lamentablemente, porque los interrogantes eran políticamente válidos, siguen siendo éticamente válidos, y lo seguirán siendo –naturalmente también en Oslo y La Habana- mientras se nos siga ocultando esa verdad sobre la historia del paramilitarismo en Colombia que –más allá de las historias escabrosas y trágicas- nos provea de luces sobre cómo convergieron en la práctica las estrategias paramilitares de los sucesivos Gobiernos con las necesidades de autodefensa a la cual se vieron urgidas las comunidades agredidas por el fenómeno guerrillero y sus prácticas violentas sobre la población.
Porque algo debiera quedarnos claro tras tantas amargas y dolorosas experiencias: si el Estado no cubre con su manto protector a la totalidad del territorio nacional no solo habrá nuevas guerrillas que reemplacen a las que se vayan desmovilizando sino que también se formarán nuevos grupos de autodefensa que bajo la mirada complaciente o cómplice de las autoridades, y autoconvocados o reclamados por las poblaciones afectadas, llenen a su manera el vacío que deja el Estado con su ausencia y que pretende llenar la guerrilla con sus llamados al alzamiento armado y la revolución.
No vaya a ser que así como hubo autodefensas que se levantaron contra las guerrillas, se estén gestando hoy ante nuestro estupor autodefensas que desencantadas con los resultados obtenidos en Ralito se alcen nuevamente pero ahora no necesariamente en contra de las guerrillas sino en contra de las bacrim que constituyen la amenaza más cercana e inminente no solo de las ex autodefensas, sino también de las guerrillas.
¿Será que la existencia y proliferación de bacrim es la verdadera razón que mueve a las Farc a sentarse a dialogar con este Gobierno? Si esto fuera a ser verdaderamente así el mantel está puesto y la mesa servida para que entre Gobierno, Farc y Autodefensas desmovilizadas se arribe a una feliz solución.
Y entonces sí los márgenes para el optimismo se habrán extendido notablemente y en la buena dirección.
Así la veo yo.
Los 197 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com ASÍ LA VEO YO - Año 8
El derecho humano de participar en la vida política debe ser garantizado por igual a los desmovilizados pasados y futuros
Por Juan Rubbini
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“Todo hombre será tanto más hombre cuanto más se comprometa con el mundo en que vive, lo que pone de relieve la importancia del compromiso político. No se puede prescindir de la política, que es un espacio privilegiado del mundo y de su organización”
(Antonio Hortelano, Problemas actuales de moral, Tomo IV – Ética y Política)
Las conversaciones de paz entre Gobierno y Farc han encendido más alarmas que luces de alborada. Era de esperar que tratándose de asuntos de guerra y paz las aguas se encresparan y se dividieran entre partidarios como existen en ambas orillas ideológicas, unos, de continuar el conflicto armado y, otros, de hallarle una solución política. No sorprende entonces que los extremos ideológicos de ambos contendientes coincidan con su llamado a prácticas guerreristas –cuando no lisa y llanamente terroristas- con el objetivo de procurar abortar el proceso incipiente presentado en Oslo, así como entre sus elementos moderados –como los hay en el Gobierno y también en las Farc- se trabaja afanosamente en pos de arribar a consensos que lleven a la paz.
La cuestión real no es tan sencilla de dilucidar como pretende la caricatura que distingue a ‘extremistas’ y ‘moderados’ pero sirve al efecto de significar que ni el Gobierno –ni mucho menos la sociedad- así como las Farc – y sus integrantes y aliados- constituyen bloques monolíticos encolumnados rigurosamente en la defensa de intereses totalmente compartidos al interior de cada una de las partes. Esto no vuelve los diálogos inviables ni inútiles, por el contrario, los hace más necesarios en la medida que se reconozca que la existencia de fragmentación en los actores y diversidad de matices insta a profundizar el análisis y alejarse de los prejuicios y las vanidades siendo tan serio y de tanta importancia lo que está en juego –o mejor, en disputa.
Ante la evidencia de lo gigantesco del propósito luce mezquino e inoportuno hacer de la ‘variable tiempo’ una espada de Damocles. El proceso ha de durar todo el tiempo que necesite y no se mide con el tiempo cronológico sino con la satisfacción de las metas que se van acordando. Obviamente, si no se arriba a metas consensuadas, el proceso acabará por sí mismo, y ello puede suceder en cualquier momento sin que haya que atarse a plazos sino a realidades políticas. El conflicto armado colombiano es más un producto de la evolución histórica del País que de la voluntad de las partes. Pudieran las partes –digamos en este caso, Gobierno y Farc- arribar a un acuerdo final de cesar las hostilidades, incluso de cesar la guerra. ¿Cesaría entonces el conflicto armado colombiano, o solamente acabaría una de sus manifestaciones actuales –el conflicto entre el Gobierno y las Farc- subsistiendo la ‘violencia organizada’ entre otros actores, o incluso estos mismos reunidos hoy en La Habana, enfrentándose a la realidad que sigue siendo ‘violentamente’ expresada por actores diferentes al Gobierno y las Farc tal como los conocemos hoy?
De esto se trata entonces, de ‘saber de qué se trata’ cuando se habla de proceso de paz. ¿Se trata de una pretendida paz parcelada entre Gobierno y Farc, entre Gobierno, Farc y Eln, o incluso entre Gobierno, Farc, Eln, y Autodefensas? ¿O se quiere realmente avanzar hacia la Paz de Colombia donde la solución política englobe a todas, absolutamente todas, las expresiones organizadas de violencia?
Llegados a este punto, alguien podría decir que no podemos aspirar a la paz en términos maximalistas sino que debemos contentarnos con un mínimo de paz, en este caso lo que representaría para Colombia que la organización Farc abandonara el uso de las armas y se desmovilizara, sumando además en esta dirección al Eln y a los residuos supérstites de las Autodefensas que no se desmovilizaron en Ralito, o que habiéndolo hecho, se han rearmado. Preocupa observar que no ha hecho el Gobierno –a él le corresponde y urge que lo haga- claridad sobre los alcances de la Paz que se persigue a partir de Oslo y La Habana. Los seis puntos a debatir de la ya famosa agenda y el más novedoso de su ‘preámbulo’ no son explícitos sobre los alcances de la paz ni en cuanto a sus consecuencias políticas ni en cuanto a los actores involucrados. Esto ha dado pie a que quienes se sienten excluidos hayan comenzado a hacerse oír y a solicitar ser tenidos en cuenta, y a que quienes no comparten la conveniencia de una negociación con las Farc hayan lanzado ya sus primeras advertencias apocalípticas sobre el regreso al Caguán, o algo peor según sus lúgubres vaticinios.
Me cuento entre los optimistas moderados, entre quienes consideran que el Gobierno y las Farc han tomado la iniciativa correcta en el momento oportuno. Desconozco las verdaderas intenciones de las partes, pero dialogar de paz, aun de una paz restringida a dos partes, aun de una paz que se persigue al calor del conflicto armado que persiste, aun a riesgo de que los guerreristas de ambos lados terminen por prevalecer, es ganancia, es pura ganancia, es un maravilloso ejemplo de sensatez ofrecido por el Gobierno y las Farc al País entero tan necesitado de no quedar de rehén de quienes solo están pensando en vencer o morir.
Me pregunto entonces ¿cómo sigue esto? Nadie lo sabe y la incertidumbre será una vez más inquietante e impredecible compañera de ruta en este delicado tramo de la Historia nacional. Sin embargo, hay algo que sostengo valioso de esta coyuntura y es la politización del conflicto armado y también de su posible solución, el reconocimiento público –incipiente aún- sobre la existencia de diversos actores que desde la legalidad y desde la ilegalidad, desde las entrañas del Estado y desde las orillas de los actores armados ilegales, pugnan por ‘politizarse’ y darle contenido social a sus propias hasta burdas manifestaciones de violencia, comenzando a transitar el camino de su visibilización como aspirantes a ingresar dentro de los límites precisos de la Constitución y la Ley para reinsertarse a la sociedad no como quienes vuelven a la sociedad sometidos a condiciones de parias y discriminación por su pasado en la guerra sino a ejercitar en la plenitud de sus derechos su condición de ciudadanos comprometidos con el ‘buen vivir’ del País donde han nacido.
Y este ‘buen vivir’ al que aspiran los desmovilizados –y los futuros desmovilizados de Colombia- incluye sugestivamente -y es un signo alentador- el ejercicio de la política. En una época global de despolitización de los ciudadanos, de falta de confianza generalizada sobre las bondades de la política para resolver los problemas de la sociedad, es por lo menos auspicioso y debiera celebrarse que quienes han ejercitado la violencia como integrantes de ejércitos armados hasta los dientes, estén clamando por ser escuchados, por ser atendidos sobre las razones y sinrazones que los llevaron a transitar el camino de la violencia rural y urbana.
Esta politización de los individuos que han integrado los grupos armados amerita un estudio profundo por parte del Estado y sus instituciones para establecer una hoja de ruta y un ordenamiento específico que habilite progresivamente a quienes demuestren con hechos su aptitud y su vocación de reinserción no solo a la sociedad en general, sino también en particular insertándose al ejercicio de la política.
Sucederá entonces que el pasado violento no será por sí mismo el que decrete la ‘muerte política’ del reinsertado, sino que tras el cumplimiento de condiciones de admisibilidad –donde la verdad y reparación a las víctimas y a la sociedad sea requisito indispensable pero no imposible de satisfacer en términos acordes con mecanismos de justicia transicional- la ‘politización’ manifiesta previa a su participación en el conflicto armado, o sobreviniente en el transcurso o posterior a dicha participación, permita ejercer al reinsertado el derecho humano de la actuación política, incluso elegir y ser elegido.
Finalmente, lo esencial aquí, no es reconocer o no el carácter político de tal o cual organización armada, sino de reconocer que el ser humano, como individuo, como persona, debe recuperar –tras su paso por la guerra y satisfechos los requerimientos de la justicia transicional- la plenitud de sus derechos, y siendo el hombre, al decir de Aristóteles, un ‘animal social’, nada más acorde a la naturaleza humana que recuperar su derecho de pensar, actuar, proponer y participar políticamente en igualdad de condiciones con todos los ciudadanos.
Así la veo yo.
Los 196 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz?
Por Juan Rubbini
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“La representación del mundo sometido a la dicotomía “socialismo/capitalismo” debe ser superada. Y, de hecho, la vida misma la ha superado en la práctica… Se debe conseguir una nueva cultura política, un nuevo consenso social, basado en el humanismo y en la existencia del pluralismo”
(Mijail Gorbachov, Memorias de los años decisivos 1985-1992)
¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz? En mi modesta opinión, no el Presidente Santos, no las FARC, no el País que quiere la Paz.
Se ha prestado en los medios más atención al discurso inicial de Iván Márquez en Oslo y a las posiciones políticas de extrema izquierda de las FARC –no solo previsibles sino atendibles desde la lógica negociadora y política- que a la carta de Salvatore Mancusodirigida al Presidente Santos y a las FARC-EP pero también al Pueblo de Colombia. El ‘silenzio-stampa’ del Palacio de Nariño no llama la atención habida cuenta que la discreción y la reserva evidenciadas por el Gobierno en las etapas preliminares de las conversaciones con las FARC no tiene porqué romperse en el caso de las Autodefensas. Por el lado de las FARC la disposición manifestada por uno de los principales líderes históricos supérstite de las desmovilizadas AUC a contar sus verdades en la Mesa de Paz no puede sino haber sido recibida en la delegación fariana con recatado beneplácito sabiendo que la estrategia paramilitar del Estado colombiano es uno de los temas gruesos –y más delicados- de la agenda acordada en La Habana.
Dicho esto, las especulaciones están a la orden del día y ha crecido el interés público por conocer qué piensan realmente las Autodefensas sobre su futuro –las ya desmovilizadas y las que nunca lo hicieron- y cuál es el juicio que les merece en Colombia y en los Estados Unidos, el Proceso de Paz con las FARC y el alcance que le ven. Si sobre la naturaleza del abrupto corte de las negociaciones con Uribe y la intempestiva extradición hay mucha tela para cortar, sobre las verdaderas razones que hicieron de las Autodefensas un actor relevante e insustituible del conflicto armado y las connotaciones militares pero también políticas que aconsejaron primero su movilización y a partir de 2002 su desmovilización la verdad verdadera sobre el fenómeno paramilitar está toda por conocerse. Y los puntos de la agenda de La Habana vienen como anillo al dedo no solo porque uno esperaría que el Presidente Santos tuviera como una de sus prioridades la desparamilitarización total y definitiva del Estado colombiano –de este a oeste, y de norte a sur- sino también dejar expuesto en la ‘urna de cristal’ cómo, de qué modo y con qué ‘políticas de Estado’ los Gobiernos de Colombia auspiciaron, promovieron y realizaron el involucramiento de la población civil –y también de sectores de la criminalidad y el narcotráfico- en la guerra antiguerrillera y antisubversiva.
Resultaría no solo inconducente para las finalidades de alcanzar la Paz integral y duradera sino a todas luces increíble –e insensato- que el Gobierno y las FARC celebraran un acuerdo de paz sin cerrar previamente –o paralelamente- el capítulo AUC, incluyendo en este capítulo el fenómeno paramilitar en su conjunto, y las AUC en particular, con las negociaciones de Ralito y los incumplimientos denunciados, destacando el estado actual y futuro de la situación jurídica y política de la totalidad de sus integrantes, y su participación en la implementación de los acuerdos de paz y el postconflicto.
En la guerra se nutre ciertamente el alma del combatiente de tragedias y la dialéctica inextricable de víctimas y victimarios destroza el corazón, mutila los cuerpos y cercena la vida, pero también se aprende hondamente de los errores cuando en la vigilia y evocación de cada batalla se permea la sensibilidad y se persigue de veras aprender y se añora alcanzar la paz. En la durísima experiencia y vivencia personales adquiridas sobre las realidades y carencias del mundo campesino y rural plasmaron las Autodefensas su propia visión social y económica que ofrecen socializar, así como encarnan su condición pasada de victimarios necesitados de reparar y ser perdonados que claman por ser escuchados y ofrecer soluciones acerca del tratamiento debido a la totalidad de las víctimas del conflicto armado y al universo de los afectados por la violencia y la exclusión. Ni qué decir lo valioso y necesario que resultaría escuchar de sus propias bocas el remedio propuesto para que los pecados del paramilitarismo de Estado y de la contrarrevolución civil no vuelvan a repetirse nunca más en Colombia, haya paz o no haya paz finalmente. Porque esto también debiera ser tenido en cuenta a la hora de considerar el llamado que los diferentes ex jefes de las Autodefensas vienen haciendo en los meses recientes para que se cierre el ciclo funesto del paramilitarismo y las autodefensas, que se han generado como consecuencia de la existencia de las guerrillas, pero que también han sido –oh paradoja!- razón del nacimiento y perduración de las mismas. El viejo cuento del huevo y la gallina cabe de perlas en la dialéctica del enfrentamiento guerrillas-autodefensas, cuya raíz fatal y común es la impericia del Estado en resolver los problemas de la sociedad.
Bienvenido entonces que el Presidente Santos y las FARC-EP estén dispuestos a silenciar los fusiles y romper el nudo gordiano que nos condena a la guerra y las injusticias que son causa y también efecto de las contradicciones sociales expresadas en luchas y crímenes, decididos a intervenir sobre la ceguera política y humanitaria que ha impedido a Colombia identificar las causas profundas y suministrar sobre ellas las soluciones eficaces. Bienvenido también que las Autodefensas hayan manifestado elocuentemente su voluntad de sumarse a la titánica tarea de poner su parte de raciocinio y trabajo al acuerdo final donde quienes han sido y son actores armados del conflicto se comprometen a NUNCA MÁS empuñar las armas.
Sobre la propuesta más reciente de Mancuso yo me pregunto: ¿estarán lanzando la señal correcta quienes aconsejan al Gobierno abandonar a las Autodefensas desmovilizadas a su suerte con el argumento que su desgracia fue sellada por Uribe y no tiene vela en ese entierro el Presidente Santos? O aquellos que se preguntan ¿si ya no tienen armas, si han sido encarcelados y extraditados, qué tienen para ofrecer al Gobierno desde una prisión en Colombia o en los Estados Unidos?
Mi opinión es que el Estado es uno solo –el de ayer y el de hoy- y que en este sentido la palabra incumplida por el ex Presidente Uribe como altísimo dignatario del Estado exige ser reparada por el Presidente Santos si resulta comprobado y cierto que como cree la mayor parte del País, las Autodefensas fueron traicionadas por el Gobierno anterior una vez entregaron sus armas y fueron encarcelados. ¿O acaso lo que Santos acuerde con las FARC será desconocido por el Presidente que lo suceda y las garantías otorgadas terminen no siendo tales?
Y respecto a lo segundo, lo de no tener ya las armas ni la libertad las Autodefensas desmovilizadas y encarceladas, lo cual haría innecesario cumplir lo pactado con ellas. ¿No se vuelve esto un bumerán para las pretensiones del Gobierno sobre la necesidad que las FARC no solo dejen las armas sino que las entreguen? Quienes recomiendan al Gobierno no retomar el Proceso de Paz con las Autodefensas y echar al mar esas llaves… ¿no serán finalmente los mismos interesados e influyentes que una vez desmovilizadas y desarmadas las FARC presionarán para que sean asesinados, o encarcelados y extraditados sus máximos líderes?
Preguntas que uno se hace y que aún, no tienen respuesta…
Así la veo yo.
Los 195 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
Nota de la Redacción: Por su valor periodístico en esta especialísima coyuntura donde la Paz en Colombia vuelve a los primeros planos del acontecer nacional publicamos íntegramente la siguiente Carta Abierta que nos ha llegado desde Warsaw, Virginia, USA, firmada por Salvatore Mancuso Gómez.
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AL PRESIDENTE SANTOS, A LAS FARC-EP Y AL PUEBLO DE COLOMBIA
EN LA HORA DE CONSOLIDAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ
“LO ÚNICO QUE EL TIEMPO NO PERDONA ES LO QUE A TIEMPO NO SE HACE”
Manifiesto mi júbilo ante el inicio del Proceso de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, y celebro el propósito del ELN de sumarse a las negociaciones. Asimismo, como uno de los líderes del Estado Mayor Negociador, reitero enfáticamente el deseo de las Autodefensas de participar activamente del proceso conjunto de construir la Paz.
Amargas y dolorosas lecciones de la historia y experiencias propias, nos enseñan que un Proceso de Paz que no incluya a la gran mayoría de los actores del conflicto resultará insuficiente para evitar que las zonas desocupadas al momento de la desmovilización por unos, sean fatalmente retomadas por otros, exclusiones y vías de hecho que han sido una tendencia histórica, que han convalidado y reeditado la violencia y promovido la lucha armada como expresión política para defender intereses cuando democráticamente se está impedido, perpetuando la guerra, la continuidad de daños inenarrables en la vida de miles de personas y retrasando en amplias regiones el desarrollo socioeconómico y la democracia incluyente y plural.
Allí está reciente nuestro ejemplo, con la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia, y el ejemplo de los grupos guerrilleros que dejaron las armas, como el EPL, el M19, la Corriente de Renovación Socialista, el ERP, el Quintín Lame, etc., lecciones que ciertamente no fueron benéficas para fortalecer la institucionalidad y la democracia o alcanzar una paz estable y duradera, y que no debemos desdeñar.
¿Por qué impedir la participación de uno de los actores históricos reconocidos del conflicto, como las Autodefensas, que hemos sufrido con buena parte del País los desaciertos de un proceso de paz mal concebido? ¿Por qué no anticiparnos y remover los obstáculos que puedan restar credibilidad, representatividad y confianza al logro de la paz verdadera?
No será la inclusión política de los desmovilizados y sus bases sociales la que impida la solución negociada -ni tampoco la participación en el Proceso de Paz de la mayor cantidad de los actores del conflicto-, sino su invisibilización y exclusión política, la de sus comunidades, las que harán inviable la solución.
Cuál sería el interés que no se puedan expresar democráticamente con razones y argumentos, las ideas de quienes deponen las armas y durante años representaron los intereses de tantas comunidades, para que dentro de la institucionalidad, puedan ayudar a resolver los enormes problemas que aquejan especialmente a la Colombia marginal y periférica. Acaso desconocen que sin armas dentro de la contienda política democrática nada se puede imponer, y todo lo que dentro de ella se pretenda conseguir se obtendría convenciendo con la fuerza de las ideas, de la razón, de las promesas cumplidas, o es que allí no existen todos los controles, y mejor aún la participación de todas las variables políticas. ¿Quiénes son los pocos que se benefician de esta exclusión y sus funestas derivaciones? No es el pueblo colombiano.
Resulta inevitable que haya ciudadanos que deseen que guerrilleros y autodefensas, quienes tenemos iguales responsabilidades en cuantiosos hechos de guerra, nos pudramos en una cárcel o regresemos a la sociedad con nuestros derechos humanos y políticos cercenados. Pero no puede ser el castigo el único remedio que exija una sociedad que busca justicia pero también Reconciliación y Paz.
Las FARC-EP aspiran a transformarse en una fuerza política legalmente reconocida, también nosotros, así lo hemos manifestado innumerables veces, como el día de la instalación oficial de la mesa de negociaciones en Ralito, el 1 de julio de 2004, cuando dije: “para eliminar toda posibilidad que conduzca a un nuevo resurgimiento de la opción armada antisubversiva, nosotros como Autodefensas Campesinas avanzaremos, no hacia la desaparición como organización, sino hacia la transformación en un movimiento político de masas a través del cual la retaguardia social de las Autodefensas pueda constituirse en una alternativa democrática que defienda, custodie y proteja los intereses, derechos y demandas de nuestras comunidades ante los poderes del Estado”.
Las FARC aspirarán a ser en la legalidad líderes sociales en las diferentes zonas donde actuaron, y también en otras. ¿Cómo evitar que no vean las comunidades a sus integrantes como una amenaza si los otros desmovilizados no pueden competir políticamente con los mismos derechos y garantías que reciban los miembros de las FARC? ¿Por qué unos actores desmovilizados del conflicto sí harán proselitismo político y otros no? ¿Por qué propiciar esa diferencia de criterios, estratificar la violencia, las víctimas y los actores del conflicto armado según la posición política o ideológica? ¿Será socialmente viable un posconflicto parcializado que incluya a unos y rechace a otros? ¿Que los desmovilizados como autodefensas, e incluso los ya desmovilizados como guerrilleros en los años recientes, no recibamos un trato equivalente al que reciban los mandos y los soportes políticos y logísticos de las FARC y por el contrario quedemos confinados a la cárcel, extraditados, proscritos de la sociedad y seamos los únicos a los que se nos exija reparación y verdad?
¿Conducirá a la paz la iniquidad y extravagancia que representa la asimetría de condenar a unos por los mismos actos de guerra dentro del conflicto armado irregular, mientras que simultáneamente, no solo se ignora la barbarie de los otros, sino que también se premian?
¿Habrá auténtica paz si se le da un trato diferenciado a guerrilleros, autodefensas y militares cuando estos últimos han dicho: “no queremos terroristas ejerciendo cargos de poder y militares que han defendido legal y constitucionalmente esta nación, condenados, humillados, y confinados en las distintas cárceles del país”?
Por estas argumentadas razones, le pedimos respetuosamente, señor Presidente Santos, que retome el Proceso de Paz inconcluso con las Autodefensas, que fue truncado por el Gobierno anterior que suspendió el componente político de las negociaciones, al negarse a firmar los acuerdos pactados en la mesa cuando así se lo exigimos, vulnerando a los desmovilizados, a las comunidades directamente afectadas y decepcionando al país, cuando ya habíamos desmovilizado todos los hombres y mujeres de las autodefensas, dejándonos en el limbo, anclados exclusivamente al componente judicial transicional, sumido en total incertidumbre, plagado de vacíos, indefiniciones, inseguridades jurídicas y físicas; cercenados los derechos políticos y civiles, silenciados, extraditados, proscritos y encarcelados al lado de los líderes de nuestras bases sociales, apoyos políticos, empresarios, militares y amplios sectores de la sociedad que en su momento, cuando el país estuvo a punto de colapsar a manos de las guerrillas, nos empujaron, pidieron ayuda o nos apoyaron.
Y aunque hemos recurrido a la justicia buscando solución a estas falencias, ha sido imposible que la justicia las resuelva sola, ella no tiene las herramientas, y aun más, digámoslo con franqueza: en la forma como se ha abordado el componente judicial transicional, ni el Estado, ni el aparato judicial, tienen las herramientas, ni los recursos, mucho menos, la capacidad para evacuar el universo de hechos a juzgar - que abarcan todo el código penal - cometidos por las partes en contienda durante más de 50 años de conflicto armado.
Señor Presidente Santos: le pedimos relance y dé continuidad al Proceso de Paz con la Autodefensas para proseguir adelantándolo de manera conjunta o en simultáneo con las FARC-EP y con los otros actores que deben tener asiento en esa mesa única o paralela, para darle solidez, consistencia y sustentabilidad a los acuerdos finales.
Señor Presidente Santos, dirigencia de las FARC-EP y Pueblo Colombiano: Se necesita del compromiso del Estado en su totalidad, de la mayor cantidad de actores del conflicto, de los medios de comunicación y de toda la sociedad y la Comunidad internacional para alcanzar la Paz, para que los compromisos y los acuerdos pactados no sean malogrados por hechos y lógicas siniestras que nos excedan desde las ‘manos oscuras’ de quienes están dispuestos a utilizar todos los recursos legales o ilegales, estatales o paraestatales de izquierda o de derecha habidos y por haber, en contra de la Paz y la Reconciliación, y del País donde quepamos todos.
A la dirigencia de las FARC-EP, a sus negociadores, a sus tropas y bases sociales y políticas, les pedimos evitemos se siga reciclando en un solo colombiano y colombiana, y con cualquier pretexto, la exclusión que los llevó a empuñar las armas. Les pedimos que participemos conjuntamente en la construcción de la Paz, compromiso con el que indeclinablemente debemos desnudar las verdades del conflicto, para que podamos subsanar las profundas causas que lo originaron y mantienen, cuáles y de quiénes las responsabilidades asumiendo las que nos correspondan, sin revanchismos, procurando mirar hacia adelante para evitar se sigan repitiendo los males y lograr así una Paz duradera. La paz, el perdón y la reconciliación son posibles. Estimulémoslos, sembrémoslos con nuestro ejemplo. A nombre de todas las Autodefensas que como yo tengamos el corazón dispuesto, les pedimos perdón por los hechos de guerra y les perdonamos, los daños infringidos, el dolor y los sufrimientos causados entre nosotros, y producto de esa confrontación, a Colombia entera, a la que también imploramos perdón.
Presidente Santos, a Usted y por intermedio suyo al Pueblo y al Estado colombiano que Usted representa, clamamos nos concedan el perdón y la posibilidad de ayudar a construir una sociedad en Paz y Reconciliada.
Esperamos de corazón, que los diálogos de Paz que inician una fase decisiva en Oslo y en La Habana incorporen el bien común de la sociedad entera, como criterio rector que prevalezca humanitariamente por sobre las legítimas posiciones políticas de unos y de otros, reconstruyendo el tejido social ultrajado durante este largo conflicto armado.
No se trata de pretender cheques en blanco ni inmunidades ni privilegios a futuro, sino de disfrutar, todos igualitariamente, la oportunidad de un nuevo renacer. De poder participar política y democráticamente, en igualdad de derechos y obligaciones, dentro del ordenamiento legal y constitucional, para que se verifique aquello de que no habrá vencedores ni vencidos, todos igualmente dedicados y comprometidos con la realización de los imperativos de la Ley y de la Paz. Y así recorrer por siempre el bello camino de la Reconciliación.
Con nuestros mejores deseos de Paz y Reconciliación.
SALVATORE MANCUSO GÓMEZ
Warsaw, Virginia, USA
17 de octubre de 2012
C/C
Primer Ministro de Noruega, Jens Stoltenberg
Presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz
Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías
Presidente de Chile, Sebastián Piñera
Nuncio Papal en Colombia, Monseñor Aldo Cavalli
Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon
Jefe de la MAPP – OEA, Marcelo Álvarez
Presidente del Senado de Colombia, Roy Barreras Montealegre
FARC-EP, Rodrigo Londoño Echeverri, ‘Timochenko’
ELN – Ejército de Liberación Nacional, Nicolás Rodriguez Bautista, ‘Gabino’
Colombianos y Colombianas por la Paz, Piedad Córdoba
Corporación Nuevo Arco Iris, León Valencia
Washington Office on Latin America, WOLA, Steven Bennet
Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi
Instituto de Estados Unidos para la Paz, Virginia Bouvier
International Crisis Group, Mark Schneider
Center for Latin American Studies, Mark Chernick
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Publicado el 8 de octubre en 2010:
En la hora de la grandeza, ni exclusiones ni deserciones
Por Juan Rubbini
El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también, escribe Juan Rubbini en su reflexión sobre los diálogos que, próximamente, oficializarán el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc. Y sugiere no capitalizar la paz como un botín de guerra.
Sobre los temas negociados entre Uribe y Autodefensas en Ralito falta casi todo por conocer; de los asuntos sustanciales a tratar entre Santos y las Farc hay algunas pistas, pero no abundan las certezas. El último antecedente que se tiene con las Farc, el del Caguán, no es bueno; lo que se estaba acordando en Ralito con las Autodefensas fue abandonado por Uribe tras desmovilizarse el último Auc.
Puede afirmarse, sin lugar a equivocarse que, en ambos casos, fueron los gobiernos los primeros en levantarse de la mesa. ¿Quién asegura que ahora no vaya a suceder lo mismo? Son estos antecedentes, los más inmediatos, los que explican tras la sorpresa por los anuncios, la incredulidad. Entre los pocos optimistas y los pesimistas, que hoy son más, la franja mayoritaria de la población se inclina por la cautela. Estamos pisando terreno minado –lo sabemos- y la precaución impone no precipitarse.
Los interrogantes que uno legítimamente se hace –y estarán haciéndose Farc y Autodefensas tras sus malogradas experiencias con Pastrana y con Uribe– es ¿por qué los gobiernos no perseveran en lo que comienzan, y cuando lo terminan lo hacen pateando el tablero y levantándose de la mesa? ¿Los gobiernos pasados han querido resolver el problema del conflicto armado o capitalizarlo? Hoy también caben idénticas preguntas, cuando la reelección de Santos es un dato central de la política y todo lo que suceda con las Farc será interpretado en clave de reelección.
Claro, se dirá, así funciona la política y tanto la guerra como la paz son actos y consecuencias de la política. Pero, la política siendo condición necesaria ¿es suficiente por sí sola para alcanzar la Paz? ¿No serán necesarias otras artes, otras virtudes, y otras miras más altas? La ética, por ejemplo.
En 2002, las Autodefensas visualizaron en Uribe el presidente que legitimaría el Estado y su función social, quien en su obra de gobierno crearía las condiciones que desincentivarían la lucha armada de los ilegales. La solución política del conflicto armado hallaría así cabida entre los actores ilegales, guerrillas y autodefensas.
Si se trataba de legitimar el Estado –y restarles argumentos políticos a las guerrillas– quienes debían entregar las armas eran las Autodefensas, cuya eficacia militar deslegitimaba al Estado. Esto tiene su larga historia, sus causas objetivas y subjetivas, mucha tela que cortar, lo cierto es que la colaboración antisubversiva entre fuerzas militares, clases políticas, establecimiento y población civil, echó raíces en la Guerra Fría, la doctrina de la seguridad nacional y fue asumido –no siempre tan bajo cuerda- como política de Estado pregonada como tal entre las poblaciones asoladas por los presagios de la revolución comunista y la lucha de clases.
Fue la sociedad insatisfecha desde diferentes perspectivas la que parió con ideas de izquierda las guerrillas revolucionarias y con ideas de derecha las Autodefensas contrarrevolucionarias; fue el mismo Estado el que, por acción u omisión, estimuló la fratricida confrontación entre unos y otros, cuyas consignas enfrentaban los emblemas de la igualdad y la libertad, combatiéndose en vez de complementarse. Las dos caras de una misma moneda dinamitando los puentes en vez de consolidarlos.
Se suele decir que en Colombia hay más territorio que Estado, y que a guerrillas y autodefensas les ha tocado el papel de colonizadores, de abridores de trocha, de descubridores de la otra Colombia, la que yace desconocida –y abandonada- desde la Colombia oficial y centralista.
Precisamente, por este entrelazarse y contraponerse de los discursos, actores y hechos es que unos y otros –Estado, guerrillas y autodefensas– deben aportar sus luces a la solución política que ponga fin al conflicto armado con su participación, su visión, sus intereses y también –lo último pero no lo menos importante– su comprensión, su compasión, su disposición, a interactuar con todos aquellos que arropados por el concepto de sociedad y población civil son el sustento y la razón de ser de un País, de una Democracia.
El presidente Santos tiene ante sí una tarea titánica que merece todo el apoyo de quienes quieren que el nuestro sea en su integridad territorio de Paz y Reconciliación. Habiendo comenzado por el diálogo con las Farc, en el recorrido de su ‘vuelta a Colombia’ se encontrará más temprano que tarde con la necesidad y conveniencia de establecer productivas conversaciones con Eln y Autodefensas. Esto tiene sus etapas de siembra, maduración y lógica política y obedecerá al pragmatismo de un sabio gobernante que no desconoce la imperiosa necesidad de utilizar las llaves de la paz en el justo momento y el preciso lugar.
Santos parece convocado por la Historia para culminar exitosamente los procesos de paz que Pastrana y Uribe dejaron truncos por exigencias de sus propias políticas o por razones de Estado y de contexto que seguimos sin conocer, cuando decidieron al cabo de un tiempo de diálogos -en Caguán y Ralito- que era preferible ganar la guerra y la paz podía esperar. Santos ha estado en las entrañas de ambos Gobiernos que lo precedieron y conoce de primera mano dónde acertaron y dónde fallaron Pastrana y Uribe en cuestiones de hacer la paz. Admitamos también que, afortunadamente para la Paz de Colombia, ni las guerrillas ni las autodefensas son las mismas del siglo pasado.
¿Y mientras tanto qué hacer a partir de hoy mismo? Urge ahorrar vidas humanas, todas, de todas las partes. Arriesgando la propia vida, si cabe, pero preservando la vida del enemigo, de todos los enemigos. El cese del fuego para ser auténtico debe comenzar desde uno mismo, desde la propia conciencia, no desde la política. Son los medios los que deben justificar los fines, no al revés como se abusó hasta el hartazgo.
Evidenciar así la fortaleza humana y también la inteligencia política, en la defensa de la vida, de todas las vidas, sin necesidad de protocolos ni verificadores, nada más que la conciencia de cada combatiente haciendo propia la defensa de la vida, la propia y también la del enemigo, será el mejor modo –tal vez el único– de mantener a los negociadores sentados a la Mesa hasta la firma de los Acuerdos finales. Será el mejor modo –tal vez el único– para que se sumen invitados a la Mesa, entre ellos los ya desmovilizados –que los hay de todos los bandos- y los que permanecen alzados en armas- Eln, Epl, Autodefensas.
La paz será total o no será, más que un eslogan ha de ser un imperativo ético. El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también. No temamos las críticas –aunque suenen exageradas y apocalípticas–, tengámosle terror a los elogios desmesurados, a los optimismos empalagosos, a la hipocresía disfrazada de lo ‘políticamente correcto’.
No seamos excluyentes ni mezquinos en la hora que será imprescindible poner sobre la Mesa toda la grandeza que seamos capaces de reunir. No cambiemos una guerra por otra, no pretendamos capitalizar la solución procurando hacer de la paz un botín de guerra.
No le pongamos plazos fatales, ni creamos que tenemos todo el tiempo del mundo. Como dice el cantor: “ni poco ni demasiado, todo es cuestión de medida”. Y de paciencia, mucha paciencia.
ASÍ LA VEO YO - Año 8
‘Las penas y las vaquitas se van por la misma senda, las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas’ (Atahualpa Yupanqui)
Por Juan Rubbini
En twitter: @lapazencolombia
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“Los experimentadores buscan de la manera más diligente allí donde parece más probable que podamos demostrar que nuestra teoría es errónea. En otras palabras, intentamos demostrarnos a nosotros mismos, lo más rápidamente posible, que estamos equivocados, pues sólo de ese modo podemos progresar” (Richard Feynman)
Ni los buenos estuvieron de un lado, ni los malos del otro. Los hubo buenos y malos por ambas partes y también en cada combatiente alternaron en todo momento las tentaciones del mal y los ideales del bien. Si en ocasiones prevaleció el deseo de triunfar en la guerra, en otras, afortunadamente, se abrió paso el anhelo de acordar las condiciones de la paz sin vencedores ni vencidos. No se trata de satanizar a unos e idealizar a otros, se trata de entender las razones de todos y de ponernos a trabajar juntos como sociedad en la misma dirección de la convivencia pacífica y la construcción democrática.
Inmersos en sus procesos de Justicia y Paz no han sido abundantes los pronunciamientos de los líderes de las autodefensas en los meses recientes pero cada vez que se manifiestan dejan traslucir que sus motivaciones políticas están intactas y su voluntad de continuar participando en la construcción de paz no fue quebrada por los años de cárcel ni por la extradición. Sus voces, solitarias entre los actores del conflicto, comparten ahora el escenario de la solución política negociada con aquellas de los negociadores de las Farc que diez años después de Ralito emprenden el mismo camino hacia la desmovilización y el desarme.
Sucede a partir de ahora que aunque suene paradójico, en favor de la rehabilitación política de los ex autodefensas juegan en la presente coyuntura nacional los mismos argumentos que esgrimen quienes validan favorablemente la futura inclusión de las Farc -una vez desmovilizadas- en el tablero político del postconflicto. Inédito pero desde ambas orillas –y también desde las filas militares y ‘parapolíticas’- se clama por un marco legal para la paz que realmente lo sea, que efectivamente ofrezca una salida política a todos quienes de una u otra manera se involucraron en el conflicto armado, desde el campo de los actores armados ilegales, y también desde el mundo de la política, de la empresa, de las mismas Fuerzas Militares y de Policía. Qué bueno que haya tantos dispuestos a sumar y multiplicar las soluciones, y luzcan tan minoritarios y escuálidos quienes alienten los miedos a la paz.
No en vano a derecha e izquierda se abandonan las armas y lideran procesos de paz para que semejantes riesgos y determinación en pos de ideales de sociedad y de país se vayan a echar en saco roto, sobre todo si se tiene en cuenta que existen para ambas partes abonados sociales y acumulados políticos frutos de haber ejercido –por carriles formalmente diferentes pero en sustancia muy similares- como ‘estados de facto’ en vastos territorios donde las guerrillas violentaron, las autodefensas también y el Estado nunca llegó, o llegó tarde y mal, violentando también cuando ocasionalmente llegó.
Así como las Farc victimizaron durante muchos años a no pocos integrantes de la población civil en pos de la pretendida redención social de quienes serían los sujetos beneficiarios de su proyecto político-militar, las Autodefensas ocasionaron también incontables víctimas en la población civil mientras simultáneamente brindaron seguridad y protección a ingentes miembros de la población civil que hallaron en las Autodefensas reparo suficiente para proseguir su vida en medio de las azarosas condiciones del conflicto. Mayorías y minorías las hubo de lado y lado, según el momento y el espacio geográfico. Hubo víctimas porque las guerras producen también víctimas inocentes, y si las hubo ajenas al conflicto también las hubo, y muchas, por simpatizar con unos y generar antipatías en otros, por tomar partido y asumir riesgos en medio del conflicto armado. Y así como hubo víctimas, como hay víctimas, hoy también hay sobrevivientes que tuvieron sus simpatías por unos o por otros, y ya no quieren más guerras, pero sí seguir discutiendo sin violencia sobre el presente y el futuro del País.
Unos y otros delinquieron en gran escala al participar del conflicto armado por lo cual el daño hecho a la sociedad ha sido tremendo independientemente de las razones que indujeron a guerrilleros y autodefensas a trenzarse en feroz combate, defendiendo desde ambas orillas no solo ideales de sociedad teóricamente válidos sino también personas de carne y hueso cuyas ideologías y cuyos intereses los volcaban en favor o en contra de los bandos enfrentados.
Si desde la perspectiva de los actores armados –Farc y Autodefensas, en este caso- una cuestión principal pasa por resolver los derechos que la sociedad y la ley están dispuestos a concederles a sus integrantes a cambio del fin de sus hostilidades y el cese el fuego y desmovilización, desde donde la ven quienes han vivido y padecido en los territorios que han sido escenarios del conflicto armado la visión abarca también el derecho de reivindicar el partido que tomaron durante los años del conflicto. Porque así como hubo simpatizantes y colaboradores para uno de los bandos, también lo ha habido para el bando contrincante. Al calor del conflicto hubo demasiado sufrimiento y angustia, es obvio, pero también surgieron encuentros y lealtades, ayudas y solidaridad. Esto ha sido inevitable y así como habrá cicatrices que cerrar y heridas que sanar en el cuerpo pero también en el alma, no podrá dictaminarse por decreto que a partir de los acuerdos de paz se habrá de imponer tal o cual unanimismo ni mucho menos sometimiento a la política de uno o de otro de quienes fueron partes del conflicto armado.
¿Qué tal que se pretenda imponer en tal o cual región de Colombia una ‘democracia’ del partido único, o el monopolio de la cosa pública en favor de uno o de otro de quienes como Farc o Autodefensas estuvieron enfrentados en la guerra? ¿Puede alguien en sano juicio pretender que se vaya a parcelar el territorio nacional en favor de unos o de otros según las zonas de influencia que ocuparon los ejércitos irregulares de la izquierda o la derecha? ¿O que eso mismo vaya a suceder en los barrios y las comunas de las grandes ciudades?
Sería bueno que ni las Farc, ni las Autodefensas ni mucho menos el Estado estén pensando que el postconflicto se pueda estructurar a partir de la discriminación de unos o de otros. Esto no debe suceder ni en el nivel nacional ni en el nivel de las regiones o las localidades más apartadas. La integración de los ahora excluidos ha de ser completa, la competencia perfecta, el derecho a proponer y disentir, a participar y decidir, a respetar mayorías y minorías debe ser la norma que rija no la excepción que se tolere a regañadientes. Solo así, ‘durmiendo con el enemigo’ por decirlo de alguna manera que resulte gráfica, ha de ser la consigna, la convivencia, hasta que el mismo concepto de ‘enemigo’ vaya diluyéndose en el ejercicio de la dialéctica democrática, sustituta y superadora de la voz del fusil.
Así como la ‘Marcha Patriótica’ es bienvenida y tiene todo el derecho de existir y expresarse a lo largo y lo ancho del País- de todo el País-, la otra orilla del mismo río de la misma Patria, la de la ‘Avenida del Medio’ digamos–entre los extremos de derecha y de izquierda, entre los ‘ultras’ de lado y lado- también merece florecer y estar socialmente disponible como alternativa civilista, para que no solo los ‘Timochenko’ y los ‘Gabino’, también los ‘Mancuso’ y los ‘Bolívar’ puedan elegir y ser elegidos democráticamente.
Quienes creyeron alguna vez que las armas de las guerrillas o de las autodefensas eran solución en tiempos del conflicto y hoy han decidido libremente que nunca más se apalancarán ni apoyarán ni consentirán el uso de la violencia como sustituto del Estado social de derecho y sus instituciones previstas en la Constitución deberán ser invitados a firmar el Pacto de Civilidad y Democracia, el Gran Acuerdo de la Unión Nacional.
Sigo pensando que si la invitación del Estado –y de la Comunidad internacional- a participar de la ‘justicia transicional’ es universal y es generosa, si la actitud es sincera y en la dirección de ‘recomenzar de cero’ sin privilegios ni discriminaciones, Colombia puede transformarse en apenas una generación no solo en potencia económica, sino lo más importante en un Faro Moral, en el territorio de un nuevo Renacimiento, donde todos tengamos el derecho a vivir próspera y justamente, plenamente idénticos en derechos y obligaciones, e iguales ante la Ley, respondamos como respondamos ante los tribunales de la Historia y en lo más íntimo de nuestras conciencias aquellas preguntas que tanto duelen y dolerán mientras vivamos:
¿Por qué tantos años de guerra y crueldad? ¿Por qué tantas víctimas y tantas hipocresías? ¿Por qué por tanto tiempo y con tanta obcecación hemos sido capaces de ver la brizna en el ojo ajeno y con tan poca hidalguía y autocrítica hemos sido capaces de reconocer la viga en el propio ojo?
Así la veo yo.
Los 194 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
Cuanto antes guerrilleros y ‘paras’ se reconozcan hermanos mejor será para Colombia y para los padres y madres de las ‘criaturas’
Por Juan Rubbini
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“Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político” (Hannah Arendt)
El ex Presidente Uribe ha dicho en entrevista reciente que si su Gobierno no hubiera negociado con las autodefensas en un proceso de paz, éstas habrían acabado por derrotar a las guerrillas. Sus razones tienen Uribe y buena parte del país para verlo así. No desconocen que las autodefensas se sentaron a dialogar con su Gobierno en el momento de su mayor poder militar, territorial y político. Y que socialmente representaban las autodefensas mucho más en términos de electorado potencial que lo que jamás han alcanzado de favorabilidad política las guerrillas. Probablemente Uribe presintió durante su campaña electoral de 2002 –mucho más en 2006- que si las autodefensas no entregaban las armas y sus aspiraciones políticas no se atajaban su poder en crecimiento se convertiría en un competidor a futuro o lo menos un incómodo socio político en vastas regiones del País. Algún día sabremos cuáles fueron las verdaderas razones de Uribe para truncar el proceso de paz y botar sus llaves al mar de la proscripción política y la extradición. No resulta aventurado conjeturar que tales razones tuvieron que ver con sus ambiciones políticas, no con el éxito del proceso de paz que fue inicialmente concebido por el Gobierno Uribe como una carambola a tres bandas, que incluyera sucesiva o paralelamente a las Auc, las Farc y el Eln. Como de hecho se intentó, no se logró, y finalmente se acabó botando todo al cesto de la guerra total, el ‘fin del fin’ que nunca llegó tampoco.
Se ha dicho tantas veces que en Colombia hay más territorio que Estado. También se ha dicho en más de una ocasión que el de Colombia es un Estado 'en gestación'. El conflicto armado interno colombiano no se presenta bilateralmente entre un Estado consolidado y unas guerrillas comunistas, sino que se ha terminado por estructurar trilateralmente entre unas guerrillas socialistas, un Estado a medias y unas autodefensas no comunistas ideológicamente mixturadas entre el liberalismo de derechas y un nacionalismo conservador no fascista. Si las guerrillas han sido la expresión armada de una aspiración social de izquierdas no menos cierto es que las autodefensas representan una respuesta social armada de centro-derecha a la agresión de las guerrillas. Pero ambas, guerrillas y autodefensas, han sido una respuesta al Estado ausente de sus obligaciones constitucionales, al Estado desertor de sus responsabilidades sociales. Si las guerrillas asumieron el rol de combatir el Estado para reemplazarlo desde una óptica revolucionaria, las autodefensas ejercieron el papel de competidores y sustitutos del Estado en su objetivo de refundar el Estado desde una visión no comunista pero transformadora en procura de brindar seguridad y desarrollo a las comunidades.
Los unos tienen razón cuando predican desde su posición que su existencia tiene causas objetivas que nacen de la injusticia y de la parcialización del Estado en favor de las clases dominantes, los otros tampoco carecen de razón cuando aducen que su existencia tiene causas objetivas que nacen de la violencia de las guerrillas y de la ineficacia del Estado. En lo que guerrillas y autodefensas coinciden es que ambas ubican en el funcionamiento del Estado tal como lo conocemos el principal responsable de los males de Colombia y de su pueblo, y también evidencian en la práctica de su lucha armada que le han sobrado causas subjetivas para tomar una posición política y asumirla con las armas en la mano.
Hoy, ante la desmovilización mayoritaria de las autodefensas entre 2004 y 2006, uno de los tres actores del conflicto armado ha sido parcialmente quitado del tablero de la guerra y si no lo ha sido al ciento por ciento es por el fracaso y lo incompleto del proceso de paz trunco con Uribe. La existencia de esa porción de autodefensas en las hostilidades presentes significa que donde hubo fuego cenizas quedan, y son esas cenizas –del lado del Estado y del lado de la sociedad- las que ameritan ser tomadas en cuenta ahora que está en marcha un nuevo proceso de paz con las Farc y muy probablemente con el Eln. Los grupos de autodefensa han tenido un origen y evolución diferentes según los momentos históricos, la diversidad geográfica, su poderío económico y las características de la presencia o no de las fuerzas del Estado sobre el territorio. Pero la tentación por parte del Estado de descargar en las organizaciones de autodefensa un peso importante de la lucha antisubversiva existió desde un comienzo y tenemos derecho de pensar que subsiste actualmente ‘sottovoce’ en la medida que la guerra irregular tiene exigencias que lo políticamente correcto no está dispuesto a admitir públicamente. ¿Cuánto influyó en el fracaso de Ralito esa ambivalencia de las razones de Estado sobre la utilización o no de fuerzas paramilitares aun después de la desmovilización de las Auc? Probablemente lo sabremos si se lleva hasta sus últimas consecuencias el acuerdo preliminar entre el Presidente Santos y las Farc y se incorporan -en las materias que ellos dominan mejor que ninguno- a los líderes de las autodefensas desmovilizadas en la construcción de los acuerdos de paz y postconflicto que pongan fin definitivamente al conflicto armado.
Lo anterior viene a cuento también de la necesidad imperiosa que comienza a ser percibida en el País de considerar a los desmovilizados de las autodefensas, y también a quienes han desertado de las guerrillas en los años recientes, dentro de la reglamentación del marco legal de paz actualmente en estudio en el Congreso de la Nación. Consideraciones de tipo jurídico pero también de naturaleza política aconsejan que se respete la igualdad de derechos de quienes habiendo participado de la guerra como actores armados ilegales del conflicto aspiran recibir el mismo trato en el marco de la justicia transicional. Esto por elementales exigencias del sentido común pero sobre todo porque no se trata de hacer la paz con unos o con otros sino de hacerla con todos, y hacerla con todos de tal manera que no se dejen sin atar todos los cabos de este entremezclado y complejo conflicto que desde su comienzo dieron alas al crecimiento de fuerzas combatientes disímiles que se originaron desde la misma explosión inicial, desde el mismo ‘big bang’ del cual se han derivado hasta hoy más de medio siglo de hostilidades y actores armados.
El Estado colombiano tendrá que admitir en el camino de la Paz que las guerrillas nacieron y se reprodujeron en el devenir de la sociedad desde las contradicciones inherentes a su condición de ‘Estado en gestación’ y ambos –guerrillas y Estado- tendrán que aceptar que las autodefensas nacieron y se reprodujeron en el acontecer social desde la irrupción misma de las guerrillas en la historia de Colombia así como desde las mismas idénticas contradicciones del ‘Estado en gestación’.
Por esto y muchas cosas más que no caben en la mínima extensión de la columna urge acercar a las partes, a todas las partes, a la Mesa de la Paz.
Para que desde esa misma Mesa de la Paz se vaya invitando uno a uno, a todos quienes permanecen alzados en armas cualquiera sea su origen, porque a la hora de hacer de Colombia un país pacífico, un país próspero y justo, nada deberá importar que se trate de guerrilleros o autodefensas enfrentados, ideológicamente politizados, o sus financiadores montados en la vaca loca de cualquier delincuencia, incluido naturalmente el narcotráfico y sus vasos comunicantes, que llegan ¡cómo no! al mismo Estado y sus agentes y funcionarios.
Así la veo yo.
Los 193 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
El riesgo de un pacto elitista entre establecimiento, clases políticas y guerrillas
Por Juan Rubbini
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“Amarga ironía la vivida por Camboya: cuando los jemeres rojos habían anunciado que estaban dispuestos a jurar la Constitución y aceptar la monarquía de Sihanuk a cambio de una amnistía, las luchas en el seno del gobierno abortaban la tan ansiada posibilidad de paz. Cerradas las puertas de su reintegración social, los últimos insurgentes no tenían otro camino que el de sus refugios en la selva, desmoralizados, fatigados, condenados a resistir o a desertar sin garantías. La impresión general era que los dueños del poder en Phnom Penh no pretendían solucionar el problema sino capitalizarlo” (Vicente Romero, Viaje al genocidio de Camboya. Pol Pot, el último verdugo”
Hagamos el ejercicio de sustituir en el texto de apertura: Camboya por Colombia, Sihanuk por Santos, insurgentes por guerrilleros, Phnom Penh por Bogotá… y vayamos al grano. Aquí también cabe el interrogante: “¿pretenden solucionar el problema o capitalizarlo?”
Harta sensatez tienen quienes en estas horas de expectativas invitan a mantener los ojos abiertos y la mente despierta. No se trata de ser optimistas ni pesimistas, ni santistas ni uribistas. Sólo se trata de no dejarse llevar de las narices por quienes pretenden hacer de la supuesta paz una oportunidad de lucro, o un atajo hacia el poder. La paz no se hace entre monjitas de la caridad, de acuerdo, ni de un lado ni de otro. Puede que unos crean honestamente que el capitalismo es la vía, así como otros se la jueguen por avanzar hacia el socialismo. En el papel todos los sistemas suenan buenos. El papel resiste cualquier cosa, y solemos estar dispuestos a creernos cualquier locura, para prueba los libros de historia, con las demencias del siglo XX basta y sobra para ser precavidos y curarnos en salud.
Desde una óptica tipo ‘establecimiento’ nada mejor que con la perspectiva de la reelección y los lauros de la Historia embarcar al Presidente Santos en una operación de ‘lavado de imagen corporativa’ ofreciendo el oro y el moro a las guerrillas para que desalojen las tierras que ocupan y dejen el terreno libre para desarrollar en toda Colombia, sin excepciones, ni fronteras agrícolas ni otras de ningún tipo, la gesta luminosa del capitalismo. Porque su interpretación es que a Colombia le falta capitalismo y le sobran guerrilla y militares, rémoras del siglo pasado con sus guerras interminables donde los contrincantes pareciera a sus ojos y sus bolsillos que juegan al empate… en término futbolísticos, que firmaron el empate… y eso cuesta millonadas de dinero y eso exige más y más impuestos… Los congresistas parecen haber captado el mensaje y se manifiestan dispuestos a aprobar lo que resulte con tal de congraciarse con el ‘establecimiento’ –y con la gran prensa tan esquiva últimamente- y de paso con el Señor Presidente y con las guerrillas. Finalmente, para los congresistas la supuesta paz les viene de perlas –piensan ellos- para ‘lavar su imagen’ tan venida a menos… y las guerrillas en el terreno electoral no son ninguna competencia, los votos se los quitarán al Polo, a los Progresistas, las guerrillas en política contribuirán a dividir aún más a la ya muy atomizada izquierda. Por este lado, negocio redondo, para el establecimiento, para el Presidente, para los congresistas. En sus curules tararean que ‘el pueblo desunido (y clientelizado) siempre será vencido”.
Por el otro lado, desde una óptica guerrillera, nada mejor que distenderse militarmente, flexibilizarse políticamente, y convertirse en socios ilustres del socialismo bolivariano apostando por hegemonizar la izquierda colombiana y así darle la razón a Chávez y a los Castro de que madura está Colombia para que la elección democrática se convierta en una Sierra Maestra ideológica sintonizada con el siglo XXI. La idea no es mala y si sólo por ella fuera ahorraría mucha sangre y muchas víctimas. De alguna manera sería habilitar el camino hacia una pensión digna para los viejos guerrilleros mientras la tregua de una o dos generaciones prepara el terreno para revoluciones futuras que serán inevitables desde su punto de vista, solo que inoportunas en este período histórico que bien vale zambullirse políticamente allí donde nacen las causas objetivas del conflicto armado en vez de seguir nadando en las corrientes de sangre que tanto daño les han causado particularmente desde la seguridad democrática a esta parte.
Asistiremos pues, si las cosas salen como las tienen pensadas unos y otros, a una tregua donde la guerra proseguirá por otros medios, esta vez políticos, sociales, culturales y decididamente comunicacionales. Tanto el establecimiento como las guerrillas han aprendido que las realidades si no son percibidas desaparecen, mientras que si las percepciones se solidifican y expanden poco importa que expresen verdades o mentiras, de todos modos pesan, influyen y finalmente determinan la marcha de la historia en un sentido o en otro.
Así las cosas habrá que ver de qué modo quienes no han sido invitados al banquete de la paz se someten a no ser tenidos en cuenta. Entre ellos podemos contar poblaciones enteras, comunidades diseminadas por el vasto territorio nacional, pequeños propietarios agrícolas, ganaderos y campesinos, clases medias y proletarios urbanos que han crecido durante generaciones odiando a las guerrillas y despotricando del estado ausente que nunca llegó, millones de colombianos y colombianas que no se sienten representados por las clases políticas, ni por las Farc ni el Eln, tampoco por el ‘establecimiento’ ni por el centralismo bogotano ni por las clases altas las cuales siempre tuvieron cómo, dónde y con qué protegerse de la violencia y la inseguridad, de la falta de estado y de las mismas guerrillas. Entre estas masas de pueblo a la deriva y desprotegido ni el capitalismo ni el socialismo son banderas con las cuales guarecerse de la inclemencia y la injusticia social, y por esto mismo son los sectores irredentos en los cuales encontrarán apoyo quienes desmovilizados como guerrilleros o como autodefensas en tiempos de Uribe sientan que han sido engañados, manipulados, abandonados a su destino por pactos ajenos celebrados en salones extranjeros no solo a sus espaldas, sino lo más doloroso de todo: sobre sus espaldas.
Si a lo anterior le sumamos que el narcotráfico y sus ejércitos urbanos y rurales tienen asegurada larga vida al haberse entrelazado con el capitalismo reinante en el mundo y tampoco el socialismo le ha cerrado sus puertas allí donde el capitalismo de estado también luce su doble moral todo un vasto océano de economías ilícitas e informalidades a la carta resistirán transversalmente desde lo alto hacia lo abajo todo el campo social de Colombia y lo peor de todo no hallarán puertas de salida de la ilegalidad porque tras el pacto entre establecimiento, clases políticas y guerrillas serán ellos quienes oficiarán de celosos guardianes de sus feudos milimétricamente distribuidos.
Entendámonos y sin ironías: que se firme una tregua entre establecimiento, clases políticas y guerrillas es ganancia también para quienes no sean convocados a firmar. Mejor la tregua que vaya a acordarse por irregular que resulte que la más regular de las guerras. Mejor ser rico que pobre, diría Pambelé. Sin embargo, deja un sabor amargo que se dejen por fuera millones de compatriotas. Y no solo deja un sabor amargo sino que invita a prevenir consecuencias que puedan ser funestas a poco de andar, cuando una paz de elites, una paz entre elegidos por ellos mismos, evidencie sus limitaciones, sus fisuras, sus hipocresías y sobre todo el grandísimo error de haber excluido a quienes tienen tanto qué decir y que poner sobre la mesa.
No se trata de ver el vaso medio lleno o verlo medio vacío. Se trata de no alzar ingenuamente las copas y brindar por victorias ajenas que son fatalmente derrotas propias, y cuando digo propias digo de quienes siendo parte desarmadas de las grandes mayorías nacionales no somos parte del establecimiento, ni de las guerrillas, ni de las clases políticas que aunque dueñas del Congreso son las minorías –los poderes fuertes y armados- que se aprestan a brindar en La Habana, Oslo y Bogotá.
Pese a todo, mientras el precio de la supuesta paz no sea impuesto con el silencio y la discriminación de todos quienes tienen al respecto algo para decir y lo quieren decir seguiré manifestando que prefiero la paz por imperfecta y limitada que sea a cualquier guerra por perfecta que luzca o noble y justa que parezca.
Lo decididamente bueno de todo esto es que cualquiera fuere la intención de los negociadores y pacten lo que pacten finalmente, lo que se ha puesto en marcha en Colombia a partir de la dialéctica impuesta por el largo conflicto armado entre guerrillas, Estado y autodefensas, y ahora por el Presidente Santos y la oposición de Uribe, desatará socialmente las voces silenciadas, los miedos represados y los anhelos colectivos postergados que auguran que la lucha por la vigencia de los derechos humanos, la justicia social y la libertad, la igualdad de oportunidades, la democracia sin exclusiones y los derechos políticos para todos será el pan de cada día en todos los rincones del País.
El futuro solo podrá ser aquel donde quepamos todos. Y todos somos todos. Sin mesianismos de ningún tipo, sin vencedores ni vencidos.
Así la veo yo.
Los 192 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com ASÍ LA VEO YO - Año 8
Ambas urge hacerlas, pero los escenarios son diferentes
Por Juan Rubbini
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“Para armar un rompecabezas unas personas comienzan a colocar las piezas en una esquina y luego lo van extendiendo sistemáticamente desde esa esquina. Otras extienden todas las piezas y empiezan a armarlas en varios puntos distintos. Puede haber una forma definida en el diseño y es fácil trabajar en torno a esa forma. Hay pues, muchos focos de desarrollo. Al fin todas las piezas encajan en su lugar” (Edward de Bono)
Las conversaciones de La Habana nacen bajo el signo del escepticismo, de la no-esperanza, del desencanto. Y no es que Colombia no clame por la paz, sino que Colombia ha comenzado a hartarse de la politiquería que pretende hacer de la paz su botín, y de los diálogos de paz su tabla de salvación. Habrá que seguir con atención y espíritu crítico la evolución de los acontecimientos y sobre todo mantenerse alerta porque no vaya a ser que bajo el manto de la paz se esté gestando la refundación de la Patria. Y no es que no sea necesario refundar la Patria, la cuestión es quiénes lo hacen y para qué.
Una cosa es hacer las paces entre los enemigos, y otra sentar las bases de un País distinto. Para lo primero son los enemigos quienes se sientan a dialogar y buscan acordar las condiciones sobre cuyo cumplimiento abandonan la guerra. Pero para sentar las bases de un País distinto, de una economía distinta, de una concepción del Estado distinta, allí los participantes exceden y en mucho a quienes por estar en guerra se sientan a negociar la paz. La diferencia entre hacer la paz y refundar la Patria es demasiado grande, es abismal, por lo que estarían errando groseramente el actual Gobierno y los negociadores de las Farc si pretenden iniciar por el camino de hacer la paz entre enemigos y extralimitarse al poco de andar al punto de pretender sentar las bases de una nueva organización nacional. La representatividad de Santos y de las Farc alcanza y sobra para firmar la paz entre ambos, pero no alcanza para refundar la Patria. ¿Dónde quedan por ejemplo Uribe y los uribistas, dónde quedan quienes sucumbieron en el medio del fuego cruzado agredidos por unos u otros y abandonados por el Estado, quienes adhirieron a las Autodefensas y las mismas Autodefensas desmovilizadas?
Mucho me temo que haya quienes circunscriben las diferencias entre Santos y Uribe a una cuestión de celos, de vanidades personales, a un asunto de traiciones políticas y finalmente a un choque de liderazgos donde solo anidan diferencias mínimas y coyunturales. Me temo también que tampoco se haya valorado en toda su dimensión la gravedad de lo sucedido con el proceso de paz entre Uribe y las Autodefensas. Quienes consideraban a las Autodefensas unos enemigos contra los cuales cualquier forma de sacarlas del medio político resultaba útil solo se quedaron en la superficie del problema y ahora, cuando buena parte de las ex autodefensas mimetizadas como bacrim han ido mutando y rearmando, y el enfrentamiento entre Santos y Uribe ha ido adquiriendo un tamaño gigantesco puede que comiencen a repensar el camino andado y aplaudido.
Cuando de lo que se trata es de hacer la paz con un Gobierno, es una cosa. Pero cuando se trata de abandonar la guerra para transformar el País en una Mesa de negociaciones la cosa es bien diferente. Si escandalizó al País que las Autodefensas hubiesen hecho pactos con sectores políticos para refundar la Patria –y hayan influido notoriamente para que fuese escogido Uribe-, y esto está en la base conceptual que dio origen al tratamiento judicial de la parapolítica, hoy podríamos estar en el umbral de otro fenomenal escándalo si se confunden los términos y lo que se baraja son al mismo tiempo las cartas de la paz y las cartas de la refundación de la Patria. Ojo, porque habríamos girado 180 grados, y ahora los pactos serían entre un Gobierno de centro izquierda y un actor armado del conflicto –esta vez de izquierda- armado hasta los dientes como lo estaban las Autodefensas antes de la desmovilización cuando también procuraron celebrar acuerdos políticos donde se respetara su visión política de lo que resultaba conveniente para estructurar el Estado y la economía nacional.
Alguno dirá que estoy hilando muy fino y que solo se trata de alcanzar la Paz y todo lo demás son fuegos de artificios, retórica que se lleva el viento, de lado y lado, que ni Santos ni las Farc están pensando seriamente que el proceso de paz que entra en su fase decisiva a partir de octubre es algo más que borrón y cuenta nueva. “Entreguen las armas y dedíquense a la política si tanto les gusta y creen que dan la talla, que cambiamos sus condenas por penas alternativas simbólicas, que para esto tenemos un Congreso que le da lo mismo, acordar ayer con los paras, o mañana con las Farc, porque ellos sí saben cómo conseguir los votos, y finalmente ellos terminan corrompiendo a todos, paras, guerrilleros, incluso narcos…”
Suena caricaturesco, lo sé. Pero grave y todo, no es eso lo más serio. Lo más serio es que millones de colombianos y colombianas aprendieron la lección del Caguán, también tienen medio aprendida la lección de Ralito, y si a partir de La Habana y de Oslo comienzan a sacar conclusiones de Pastrana, Uribe y también de Santos, podría tronar el escarmiento contra todo lo que huela a ‘político’ y el pensamiento crítico y la rebeldía a ultranza alcanzarían su climax en los años que vienen. Que resulte grave no significa que no sea finalmente bueno, pero no será un lecho de rosas ni correrán ríos de miel.
Que sea lo que deba ser. Pero mientras tanto, ¿por qué no poner claridades y distinguir si de lo que se trata es de hacer la paz o de refundar la Patria? Porque si se trata de hacer la paz el escenario es uno, y si se trata de refundar la Patria el escenario es otro. Nada gana Colombia si deliberadamente o por pura insensatez se confunden los propósitos y los escenarios. Las advertencias de Uribe y los incumplimientos que siguen reclamando las Autodefensas debieran sonar como suficiente alarma sobre las causas objetivas y subjetivas que afectan el tejido social y detonan el inconformismo latente. Recordemos que hace diez años el péndulo viró dramáticamente de los vientos de paz a los aires de guerra, y allí lo político y lo militar se entrelazó de un modo brutal y hoy es la Justicia la que se debate en desanudar tantas grietas y tantos picos de estremecimientos telúricos cuando el fin justificó todos los medios, y todos los medios parecieron legítimos ante el caos circundante.
Seamos serios por favor. Que la Paz es cosa seria y necesaria, y refundar la Patria también. Y si las Autodefensas lo propusieron, si Uribe también, si ahora las Farc lo intentan y Santos también, algo realmente grande hay detrás, algo poderoso jalona tanto anhelo. ¿Por qué entonces, mientras Santos hace las paces con las Farc, Uribe no hace las paces con las Autodefensas y vuelven ambos presentable el maltrecho proceso de Ralito? Y cuando se hayan hecho ambas paces –en meses, no en años- ¿por qué no las hacen Santos con Uribe, y las Farc con las Autodefensas? Y colorín colorado este cuento macabro de la guerra se habrá acabado.
Cuando suena el río, algo trae. Escuchémoslo. Y que el sonido de nuestra propia voz no nos impida escuchar la voz de los demás, de todos los demás, la voz del río, el clamor de Paz de Colombia herida pero entera.
Así la veo yo.
Los 191 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
Se espera la participación de calificados equipos en las Justas de la Paz
Por Juan Rubbini
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“Nuestra guerra más prolongada, la guerra de los Cien Años, no ha sido más que una disputa judicial, intercalada con episodios de armas” (Paul Claudel, diplomático y poeta francés)
Ya es oficial. El Presidente Santos lo aprueba. Ha comenzado un nuevo proceso de paz con las Farc. El Eln también quiere participar y las Autodefensas hace rato que piden pista para reanudar su proceso truncado unilateralmente por el Presidente anterior. Son tres actores del conflicto armado que manifiestan su voluntad de hacerse escuchar por el Gobierno y por la sociedad. Se trata de ideologías diferentes, modos distintos de concebir el mundo y su funcionamiento, pero de su diversidad puede surgir la síntesis que finalmente plasmen los colombianos en un renovado modelo de país. Para ello está el cauce democrático y sus debates, la majestad del voto, la libertad de elegir y ser elegidos, el derecho de sentirse representativos y hacerse oír.
No ha sido fácil para el Gobierno tomar la decisión de sentarse a proponer y escuchar. Tampoco lo es para las Farc y el Eln, convencidos como están de la necesidad de un cambio revolucionario. Para las Autodefensas la decisión de desmovilizarse fue dura de tomar en su momento –cuántas dudas y temores debieron cruzar por su mente-, allá por 2002, pero hoy 10 años después, ninguno de los ex comandantes está dispuesto a abandonar su participación en Justicia y Paz, ni está pensando en regresar al monte al cumplir su condena. Finalmente, se trata de colombianos y colombianas que saben que hay caminos diferentes y superiores a los de las armas para concretar los sueños de un País más justo, más libre y más seguro.
Soy optimista. Pero habrá que ser pacientes, persistentes, prudentes. No hay otra. No se trata de cesar hostilidades ya, ni de promover inverosímiles ceses bilaterales del fuego. No. Que la guerra prosiga su curso, que nos siga doliendo a todos, pero, a condición, que los diálogos entre las partes – entre todas las partes- se realicen, se socialicen, se profundicen. Seamos sensatos, seamos realistas. No le pidamos al Presidente lo que el Presidente no puede dar todavía. No le pidamos a las Farc ni al Eln que súbitamente se transformen de revolucionarios en socialdemócratas, de guerrilleros en congresistas. Tampoco pidamos que las Autodefensas silencien sus voces y renuncien a sus aspiraciones políticas una vez cumplidas sus condenas en Justicia y Paz. Es cierto que la guerra está desgastada, anacrónica, podrida –y nos tiene podridos a todos- pero la paz está lejos de haber madurado. Contentémonos con preparar el terreno, con sembrar las primeras semillas, con ver aflorar los primeros brotes. Y hagámoslo en La Habana, en Oslo, en Caracas, pero también en Colombia y en Estados Unidos, donde están los presos, donde están los extraditados. Confidencialmente, reservadamente, pero sin avergonzarnos. Es hacer la guerra lo que debe avergonzarnos, nunca hacer la paz.
Se ha dicho que Chávez se beneficia políticamente, que Obama también. Que ambos están en vísperas de elecciones. Que también Santos se beneficia, que está en plan de reelección. ¿Y qué? ¿No son políticos profesionales? ¿No viven de hacer política, acaso? Si en sus agendas cargadas de compromisos se llenan algunos espacios en la construcción de paz, eso es suficiente para comenzar. Lo demás lo tienen que hacer quienes quieren salirse de la guerra y exigen algunas condiciones para hacerlo. Lo demás lo tenemos que hacer quienes tenemos la libertad para expresarnos y la libertad para escoger. Si no confiamos a la hora en que hay que confiar, ni acompañamos a la hora en que hay que acompañar, no nos quejemos después que la guerra prosigue, ni que la paz se intenta a nuestras espaldas. Si hoy Santos tiene que dar todas las garantías habidas y por haber, no es porque sea blando, ni porque las Farc pretendan arrodillarlo, es porque el antecedente más inmediato, el de Uribe con las Autodefensas, no ha dejado sobre la mesa sino incumplimientos y ‘conejos’, cinismo y descaro. Tienen razones las Farc para exigir formalidades por parte del Gobierno, tienen razones las Autodefensas para sentirse que fueron traicionadas, tiene razones el Presidente Santos para dar los pasos que da, para medir las palabras que pronuncia, para poner sobre el papel las palabras que pone.
De todos los procesos anteriores hay enseñanzas que incorporar y errores que evitar. Pero nadie está exento de estrenar equivocaciones nuevas o de tropezar con piedras similares, no le pidamos imposibles a quienes se sientan a dialogar, ni dejemos de estimular ideas que sumen en favor de la paz. Ya se ha dicho que para hacer la guerra basta que uno la quiera, pero para hacer la paz se necesitan al menos dos. Y no solo eso. En el caso que nos ocupa, el que nos duele y nos sacude, la guerra se ha derramado por todo el territorio, en cada sitio con características diferentes, en cada momento con participaciones e influencias fluctuantes. Por esto no se entendería que se llamara ‘paz’ a los acuerdos con un solo actor, ni con dos, ni con tres. La Paz es de todos, con todos y para todos. Suena maximalista, dirá alguno. Y sí. Pero es que se trata de la Paz con mayúsculas. No de acabar una ‘guerrita’ para que las otras ‘guerritas’ sigan vivas y mutando de año en año, de mes en mes. Por eso digo que toca ser pacientes, persistentes, prudentes. Y abrir el juego –y despejar la mente- para que participen todas las expresiones del conflicto armado, todas las que han surgido sobre la misma tierra, sobre la misma historia, sobre la misma Patria, regada por la sangre de tantas víctimas y la violencia de tantos victimarios.
No le tengamos miedo a la Paz ni a la Democracia. No le tengamos miedo al Progreso y la Equidad. Tengámosle miedo a la Guerra y a la Exclusión, a la Injusticia y la Pobreza. Confiemos en que si la Ley se modifica para dar cabida a la Paz pero finalmente se cumple y se hace respetar, no tenemos por qué tener miedo si quienes delinquieron en la guerra recuperan todos sus derechos, incluso los derechos políticos, y se someten al voto libre de ciudadanos libres, para ser escogidos o rechazados, vencedores o vencidos, pero en justa lid, democrática y transparente, sin fusiles y sin amenazas.
Si queremos dar vuelta la página y comenzar otra Historia, todos, absolutamente todos merecemos, bajo ciertas condiciones y compromisos, una segunda oportunidad en la vida. Políticos, guerrilleros, autodefensas, militares, gobernantes, narcotraficantes, delincuentes de todo tipo. ¿Por qué? Porque solo si recomenzamos todos de cero, pero sabiendo que a partir del nuevo comienzo, no habrá en mil años un jubileo igual, todos querrán entrar en la legalidad y solo los muy locos o los muy malos se atreverán a moverse por fuera de la Ley.
Para comenzar a desarrollar el tema no está mal la idea inicial de que ‘para todos haya una solución pero no para todos la misma solución’. De acuerdo. Hay casos y casos. Pero que no se vaya a filtrar por allí el germen de la injusticia, ni la semilla de la discordia. Porque en una guerra todos los combatientes son, en su humanidad y en su fuero más íntimo e inescrutable, igualmente altruistas o igualmente egoístas, según se quiera ver. Y todos quienes luchan por el poder -a favor o en contra- son iguales al momento de dar la pelea, más allá de sus intenciones últimas, que solo ellos las conocen, si acaso las conocen. Está escrito, se sabe, que sólo Dios sabe para quién trabaja uno. Por esto me inclino a pensar que hasta dónde sea posible es preferible que para todos quienes han delinquido en ocasión de la guerra haya la misma solución, y que si toca igualar en los derechos a conceder sea siempre hacia arriba y nunca hacia abajo.
O dicho en otras palabras: que si todos perdieron sus derechos al ingresar a la guerra y ponerse al margen de la ley, todos recuperen todos sus derechos por renunciar a la guerra y ponerse al servicio de la Paz en cumplimiento de la Ley.
Así la veo yo.
Los 190 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
¿Y de los ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’, quién se ocupa?
Por Juan Rubbini
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“Las circunstancias desordenadas o caóticas que comprenden a varias fuerzas contendientes requieren un complicado manejo de intereses y relaciones. Las estrategias de este grupo reconocen que las alianzas basadas en intereses a corto plazo pueden necesitarse al enfrentar a un oponente, mientras que las alianzas entre adversarios tendrán que ser rotas. Se utilizan técnicas tales como la negociación y las tentativas de paz mezcladas con amenazas, manipulación de terceras partes y maniobras divisorias” (Gao Yuan, Haz que el tigre baje de las montañas)
En esto de avanzar hacia la paz, el mejor timonel del que dispone hoy Colombia es el Presidente Santos. Y su mejor coequipero en este camino es el Presidente Hugo Chávez. Sobre este punto de la paz, nadie mejor que Santos. Y como se trata de hacer la paz con las Farc y el Eln, nadie mejor que Chávez para brindarle suficientes garantías a los guerrilleros que no serán manipulados, engañados y finalmente traicionados como lo fueron las autodefensas en tiempos de Uribe.
En tiempos del Caguán, Chávez gobernaba pero no reinaba; no le venía mal para consolidar su poder ‘revolucionario’ que se rompiera el proceso de paz que tal como iba, iba muy mal. Hoy no solo gobierna sino que también reina –democráticamente- en Venezuela, y su influjo político y espiritual –ya no tanto militar y económico- se extiende por América Latina y las islas del Caribe, de tal manera que su prestigio como estadista y geopolítico alcanzaría cumbres grandiosas si su nombre quedara asociado a la Paz de Colombia y al posicionamiento como opción de poder del socialismo democrático –la antítesis de la seguridad democrática- en su hermano y vecino país.
No depende solo de Chávez que se logren ambos objetivos pero con solo tomar nota oficialmente el mundo –y los Estados Unidos- que estos son sus propósitos y sus políticas de Estado, pasaría Chávez del escenario del ‘mito revolucionario’ al campo de la ‘realpolitik’. Si su salud se lo permite y Santos se lo facilita, Chávez pasaría de ser para Colombia una ‘hipótesis de conflicto’ a un socio ‘más allá de toda sospecha’ y Sudamérica habría dado un paso descomunal en la afirmación de su independencia y hermandad continental.
Contrario a lo que sostienen muchos en Colombia no es la pérdida del poder de Chávez en Venezuela en manos de la oposición –o en manos de la muerte- lo que arrastraría a las guerrillas a la negociación de paz. No es hoy Chávez quien las sostiene alzadas en armas, sino la absoluta desconfianza de las guerrillas hacia los estamentos que administran el verdadero poder en Colombia con o sin la complacencia de los Presidentes de turno.
Es precisamente, la existencia siniestra de la trama oculta, gelatinosa y escurridiza del ‘para-Estado’ -o como queramos llamar al Estado-paralelo que anida en las sombras-, el gran enemigo de la Paz de Colombia, y también de la Democracia, como lo fue en su momento de las autodefensas campesinas, cuando nacieron autónomas, como tercer actor diferente de los Gobiernos y de las guerrillas. Es desde esas honduras malévolas del ‘para-Estado’ que se alimenta la subsistencia de las causas que perpetúan el conflicto armado y se tuerce incluso la voluntad de los gobernantes inclinados a favorecer las soluciones políticas que acaben con la guerra.
La tarea de Santos es doble y gigantesca: por un lado dar los pasos que hagan atractivo para las guerrillas su acercamiento a una mesa de diálogo con el Gobierno; por el otro, neutralizar la maquinaria diabólica del ‘para-Estado’ que apelará a todos los medios para abortar de raíz cualquier intento serio de negociación de paz. Digan lo que digan las encuestas, Santos deberá persistir en su decisión política y ganarse también para la causa de la paz a la opinión pública que se verá sometida en los próximos meses a un intenso bombardeo mediático por parte de aquellos que pretenderán cobrarle a Santos en las encuestas –y finalmente en las urnas- su voluntad de paz.
Pese a las enormes dificultades, la misión de acabar el conflicto armado mediante acuerdos de paz y soluciones políticas y jurídicas no es imposible. Pero, para alcanzar la meta, no solo el Gobierno tiene que jugársela valiente e inteligentemente, utilizando sabiamente las palabras, los tiempos y la diplomacia, sino que también las Farc y el Eln deberán centrar su mira en esgrimir al máximo su inteligencia política, su capacidad de discernir entre sus objetivos de máxima y de mínima, para sopesar en todo momento sus acciones militares y sus acciones políticas, las dosis de combinación de sus formas de lucha. Para así poder actuar, Gobierno y guerrillas, en consecuencia con la vocación y los sentimientos pacíficos por naturaleza del pueblo colombiano, hoy herido y resentido por la sangre derramada, la libertad ultrajada y tanta mentira entronizada que vuelve poco creíbles a unos y otros actores del conflicto.
En el camino hacia la paz se trata de esquivar las arteras maniobras de quienes amparados en el ‘para-Estado’ conforman verdaderos ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ empeñados no solo en criminalizar y asesinar la verdad sino en impedir que la verdad del conflicto armado y sus secuelas salga a flote. ¿Por qué seguir empeñados algunos en que la verdad de unos es ‘venganza criminal’ mientras se sostiene como verdad ‘revelada’ que la paz solo será el fruto de la victoria militar? ¿Cuál es el criterio justo para discernir entre la palabra verdad de unos y la palabra verdad de otros sino el pronunciamiento de la Justicia? Se ha mencionado la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de tierras’ a sus legítimos dueños, pero acaso ¿no es igualmente grave y condenable la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ a sus legítimos dueños que son los ciudadanos de Colombia?
Y si de la verdad se trata, si nada menos que algo tan precioso como la verdad está en juego, ¿por qué no ser el Presidente Santos quien utilice las ‘llaves de la verdad’ en abrir las puertas a la Justicia para que dé su veredicto sobre las responsabilidades del Estado y del ‘para-Estado’ en el origen y desarrollo del conflicto armado? No es suficiente –aunque resulta totalmente necesario- que el Estado brinde todas las condiciones de seguridad y garantías físicas y jurídicas que permitan que la verdad de las autodefensas se conozca. Y no es suficiente porque contrario a lo que se cree es mucho más creíble históricamente que haya sido el Estado, el ‘para-Estado’, quien haya permeado e infiltrado las autodefensas campesinas –y no a la inversa- para torcerlas hacia intereses que ni eran los originarios de las autodefensas, ni los legítimos del Estado ni los propios de una sociedad violentada por las guerrillas y privada de defensa eficaz por parte de la seguridad a la que está obligada el Estado.
Si los procesos de Justicia y Paz han abierto la caja de Pandora sobre las verdades del conflicto armado, no puede quedarse pasivamente Colombia en la espera que ese solo camino –por fructífero que haya resultado y vaya a resultar finalmente- agote toda la verdad que yace inexplorada en los laberintos subterráneos de las políticas de Estado, las razones de Estado y los lazos criminales que ha ido conformando el ‘para-Estado’, no precisamente porque hayan sido las autodefensas quienes lo instituyeron –lejos estuvieron jamás históricamente de tamaña capacidad-, sino por algo que permanece aún en tinieblas y fue el cúmulo de decisiones políticas del más alto nivel originadas inicialmente en la guerra anticomunista, proseguidas después en la guerra contra el narcotráfico y finalmente imbricadas luego en la guerra antiterrorista.
La Paz de Colombia exige con urgencia una nueva matriz de interpretación del conflicto armado interno. Mientras las verdades estén sometidas a la propaganda de guerra y a las ‘razones de Estado’, y se evite colocar en el banquillo de los acusados a los ‘árboles del mal’ crecidos al amparo del ‘para-Estado’ y únicamente se llame a juicio las ‘manzanas podridas’ que han producido aquellos árboles, bosques de complicidad en realidad, estaremos condenados a estigmatizar y crucificar públicamente a izquierda y derecha pero el árbol de la guerra y las raíces del conflicto armado permanecerán incólumes, auto absolviéndose y auto ensalzándose, cuando en realidad, merecen como bien merecido lo tienen autodefensas y guerrillas pagar sus culpas con la sociedad, con las víctimas, no para que todo el mundo acabe en la cárcel sino para que todos vivamos en libertad, pero también en paz y habiendo aprendido que la Verdad es sagrada y la Vida también.
Solo así la verdad, la justicia y la reparación tendrán todo su sentido socialmente benéfico y sanador.
Y Santos habrá ganado en buena ley, merecidamente, su lugar en la Historia.
Así la veo yo.
Los 189 artículos que componen la serie publicada -iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
De los ‘puntos de encuentro’ a los ‘puntos de partida’
Por Juan Rubbini
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“El hombre que va demasiado lejos, que trata de ser y de tener más de lo que el destino le reserva, concítase inevitablemente la envidia de los dioses y corre a su perdición. El hombre o la nación que se hallan poseídos por el afán desenfrenado de autoafirmarse, son arrastrados en derechura a confiar temerariamente en sí, y con ello, a su destrucción. La pasión ciega alimenta la confianza en sí, y la jactanciosa confianza en sí mismos lleva a la ruina” (Frederick Copleston, Historia de la Filosofía)
¿No será que el Estado así como los actores armados ilegales del conflicto han llegado demasiado lejos en el afán de imponer su voluntad? ¿No será finalmente su propia desmesura la que acelere su final? Vivimos hoy un tiempo de reconceptualización del curso del conflicto armado, cuyo desmadre y prolongación en el tiempo y extensión territorial ha derivado en barbaries tan grotescas y excesos tan oprobiosos que no hay rincón de Colombia donde no se haya reproducido la dialéctica del victimario y la víctima. De la común y nefasta experiencia acerca de lo que ha ido derivando en la guerra de todos contra todos urge obtener la hoja de ruta que permita la construcción de la paz de todos con todos.
No faltan quienes pronostican una guerra sin final, el eterno reproducirse del ciclo de retaliaciones en pos de continuar expandiendo el espíritu de la guerra en una suerte de infinito laberinto del cual jamás podrá Colombia hallar su salida pacífica.
Sin embargo, hay signos alentadores que nos permiten ser racionalmente optimistas sobre un giro de los acontecimientos en la dirección y sentido de la paz.
Favorable a la solución política del conflicto armado es el avance notable que han ido alcanzando los máximos líderes de las autodefensas desmovilizados en la Fiscalía y los Tribunales de Justicia y Paz, cuya determinación en favor de completar el tramo pendiente del proceso de paz iniciado con el Gobierno Uribe en 2002 no sucumbió ni siquiera ante las penas privativas de libertad y la extradición. Las dificultades han sido enormes en el desafío de andar un camino inédito tras las metas de verdad, justicia y reparación. No es el momento ni lugar de intentar un balance final pero los logros evidenciados hasta aquí son hitos históricos indisimulables, sobre todo si se los compara con la deuda pendiente que tienen todavía el Estado y las guerrillas con la sociedad en materia de verdad y reparación.
También juega en favor del comienzo del fin del conflicto armado la idea rectora del Presidente Santos sobre los calculados y pacientes pasos que hay que ir dando desde distintos ángulos y ejes de presión en la persuasión de Farc y Eln para que tomen la sabia decisión de acompañar la visión geopolítica continental alentada por UNASUR e inspirada por el liderazgo de Hugo Chávez, y así poder contar con su esfuerzo político para el diseño de un marco estratégico en el cual la democracia colombiana tiene mucho que aportar en el contexto suramericano desde su propia idiosincrasia y saber acumulado. En este sentido, los residuos ideológicos de las décadas vividas entre ‘guerra fría’ y guerra contra el narcotráfico y el terrorismo, han de someterse a las nuevas realidades y necesidades de los pueblos de América Latina para que los sistemas democráticos sean eficaces y no meros formulismos de ingeniería electoral y mecanismos clientelistas.
Si desde la aparición del ‘chavismo’ los afluentes de izquierda en Venezuela confluyeron en lo que ha dado en llamarse ‘socialismo del siglo XXI’ también es cierto que a partir de la Constitución del ’91 en Colombia los intentos de afianzar un régimen democrático cabal sostenido por una sana economía de ‘capitalismo social’ han visto las verdes y las maduras en su búsqueda de compatibilizar la justicia social con la libertad de empresa. No se trata, sin embargo, de persistir en acentuar las diferencias entre ambos proyectos hasta transformarlos en caricaturas donde descargar implacables dardos contra un modelo o contra el otro, sino más bien de avanzar hacia la síntesis que permita hallar y fortalecer los ‘puntos de encuentro’ donde lejos de encaminarnos hacia autoritarismos de derecha o de izquierda, podamos fomentar continuidad y alternancia democrática, fuerzas civilistas de libre oposición y con acuerdos sobre lo fundamental.
Por diferentes caminos y visiones ideológicas hoy resulta que Chávez y Santos han sabido encontrar un punto de encuentro –no sin tragar ambos y hacer tragar a ambos lados de la frontera algunos buenos sapos-. Pasar ahora del ‘punto de encuentro’ al ‘punto de partida’ exige perseverar en lo andado y plantearse desafíos más ambiciosos –en el buen sentido de la palabra ambicioso- lo que en clave política significa que tal como están las cosas ni es malo para la Paz de Colombia que Chávez sea reelecto en octubre, ni es malo para la integración binacional y continental que Santos sea reelegido en 2014.
Dicho lo anterior, sería un grave error político que las Farc y el Eln despreciaran la mano tendida por Chávez y por Santos, así como sería un grave error político que Santos –y también Farc y Eln- despreciaran la mano tendida por Mancuso y Cobos, en nombre de las autodefensas desmovilizadas, en su carta abierta del 30 de abril pasado, cuando manifestaron su decisión inquebrantable de llevar a buen puerto Justicia y Paz y colaborar incondicionalmente para acompañar entusiastas el proceso de paz que fuera a comenzarse entre el Gobierno nacional y las guerrillas.
Es una óptima señal que desde las distintas orillas del conflicto armado los Santos, los ‘Timochenko’, los Mancuso –y desde los pueblos hermanos de Venezuela y Ecuador sus gobernantes Chávez y Correa- se manifiesten tan abiertamente evidenciando el hastío por la prolongación de la guerra donde la expectativa por ganarla se ha vuelto irrealizable para unos y otros, y donde las víctimas que suman millones han comenzado a hacerse oír cada vez con mayor volumen y vehemencia invitando a que por abandonar la guerra cada actor del conflicto reciba su compensación en términos de penas alternativas y plenos derechos humanos, sociales y políticos. Todo ello a cambio de verdad, reparación y no reincidencia.
Manos a la obra colombianas y colombianos, que la construcción de paz ya comenzó.
Así la veo yo.
Los 188 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
Entre los discursos de paz y las guerras a las que no queremos renunciar
Por Juan Rubbini
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“Así pues, mi intuición era correcta: la medida cuántica es la clave para comprender la conciencia. Sin embargo, esa comprensión requiere saltos creativos discontinuos que desafían la sabiduría convencional. Dar esos saltos pasó a ser mi siguiente preocupación” (Amit Goswami, Ciencia y Espiritualidad, Kairós, 2011)
Me da mala espina que el Gobierno colombiano se esté embarcando (eso repiten a diario fuentes habitualmente bien informadas) en un nuevo proceso de paz con las guerrillas cuando este mismo Gobierno ha dejado a la deriva y librado a su desgracia el proceso de paz con las Autodefensas… a la deriva y en aguas extranjeras incluso, entre el limbo jurídico y la inadmisibilidad política, en la inseguridad rampante dentro y fuera de las cárceles, como si haberse desmovilizado y puesto a órdenes de la Justicia y en definitiva en brazos del Estado haya sido para éste más un problema indeseado que una solución bienvenida para los males de Colombia. No se trata de homenajear los crímenes de guerra ni los delitos de lesa humanidad, pero sí de reconocer justamente que los líderes de las autodefensas se adelantaron en el camino correcto de la paz mínimo diez años ¡una década! a las guerrillas que siguen en pié de guerra… ¿por qué no reconocer el Estado y el Gobierno de hoy -que al fin de cuentas se presentó a las urnas como la continuidad de quien acordó la paz con las Autodefensas- que aquellos que hicieron la paz y se desmovilizaron hicieron lo correcto y honraron su parte de los acuerdos y por ello son más un buen ejemplo a mostrar sin censuras que unas basuras imperdonables a barrer debajo de las alfombras?
Desde los tiempos de Pastrana y del Caguán que no se habla y se escribe tanto de paz en Colombia como en estos meses. Incluso Uribe, también las Farc y las Fuerzas Militares toman la paz como eje referencial de sus planteos. De tanto mencionar la palabra paz, el discurso sobre la paz se ha politizado, se ha instalado en un mar de ponencias y debates en el Congreso de la República y ocupa inusual espacio en las columnas periodísticas. La paz, en vez de realidad tangible y presente –que no lo es en la Colombia de hoy ni lo ha sido desde unas cuantas décadas atrás- se ha vuelto tema de la agenda política, sedante y placebo para los nervios crispados, señales de humo que en vano pretenden significar que estamos mal pero vamos bien.
No vislumbro la paz tan cercana, ni tan posible, ni siquiera tan deseada por quienes han hecho de la guerra su política, su bandera, su estilo de vida. Si en algo podrían llegar a coincidir este Gobierno y estas guerrillas es en consolidar pactos de mutuos silencios ¿encubrimientos? donde a partir de calculados ‘marcos de legalidad’ ambos administren ‘razones de estado’ y ‘razones revolucionarias’ que disimulen y a la larga disculpen los dislates de la guerra sobre el enemigo y de paso sobre la sociedad entera que abandonada a su desgracia no encontró jamás protección eficaz ni de unos ni de otros. Si de quienes hoy hacen la guerra -¿y de quiénes si no?- depende que haya acuerdos de paz en el futuro permítaseme manifestar mi pesimismo. Entre otras cosas, porque sabiendo cómo les ha ido a quienes se atrevieron a confiar en la palabra de un Gobierno y en las garantías de un Estado, de Uribe a esta parte, no resiste ningún análisis el seguir siendo optimistas sobre la capacidad y la voluntad de los Gobiernos en cuanto a honrar su palabra y cumplir sus compromisos adquiridos en la Mesa de Negociaciones de un Proceso de Paz.
Sucede que la paz –y esto debiera alarmarnos- corre el riesgo de ser convertida en un pasabocas retórico, en un objeto de culto farisaico, en la llave que abre las puertas de la favorabilidad política en las encuestas, de la legitimación de la guerra en los campos de batalla, incluso en los vericuetos del terrorismo. Cuando escribo esto no lo hago por sumarme a la moda que sin querer queriendo impuso Santos necesitando diseñar un perfil propio que lo distinga de Uribe, ni tampoco porque esté yo convencido que alguien tenga realmente las llaves de la paz. Es más, no creo tampoco que la paz se pueda concebir tan simplistamente como algo que está detrás de una puerta con una cerradura. Siempre he considerado la paz como un estado del alma, si se quiere forzar un tanto la idea también como un estado colectivo del alma social, en todo caso el producto de la armonía que no yace detrás de una puerta con una cerradura, sino que brota de nuestro espíritu, se expande y se vuelve tan puro como el aire puro, el aire que nos oxigena, nos da la vida, lejos de lo que nos contamina, lejos de lo que nos mata.
No niego la posibilidad de construir la paz de Colombia pero sí descreo que la misma se podrá afianzar únicamente a partir de quienes no han estado nunca dispuestos a renunciar a sus tesis revolucionarias –a menos que se vean obligados a rendirse, cosa hartamente improbable en el país que conocemos, con los vecinos que tenemos y en el mundo en que vivimos- o de quienes hacen del discurso sobre la paz un botín electoral, una fuente de acceso al poder político o, incluso, una carta de presentación en el jet-set de la diplomacia internacional.
La paz de Colombia es posible y socialmente necesaria, ¿qué dudas caben? También un derecho de obligatorio cumplimiento según predica la Constitución nacional. Pero quienes de verdad la necesitan y anhelan no tienen el poder político para acordar sus condiciones y garantías ni el poder que dan las armas para que se respeten los derechos ciudadanos. Los pacíficos jamás se movilizaron en un ejército u otro, o habiendo sido actores del conflicto ahora están arrepentidos, desmovilizados, desarmados, algunos presos, otros extraditados. Entre estos últimos ha habido también algunos que alguna vez han sido victimarios, pero todos, sin excepción, han sido víctimas, siguen siendo víctimas, de quienes combaten y hallan en el mismo combate que nos hostiga, nos hiere y mata a los demás –en realidad a todos- suficiente legitimidad y motivación interior para perpetuar el conflicto armado y sus nefastas consecuencias.
Mientras sigamos insistiendo en que la paz sea el fruto del acuerdo entre quienes nos violentan o desprotegen –en realidad, ambos nos desprecian y seguramente desprecian nuestra vida- me temo que deberemos aguardar paciente, resignada y estoicamente que uno u otro de los bandos enfrentados sea derrotado, sea el que fuese, porque triunfen los unos o triunfen los otros nada esencial cambiará para el hombre y la mujer de a pié. Si nos dan a elegir entre Nueva York o La Habana siempre habrá unos que prefieran lo primero y otros lo segundo.
Se instalará si las cosas van bien –y los vencidos se dan por vencidos- la paz de los vencedores. Y los vencedores ‘ya se sabe’, serán los que escriban la historia. Y habrá una verdad oficial, y habrá otra verdad oculta. Unos disfrutarán las mieles del poder y otros –ni más ni menos altruistas- lo padecerán.
Mandarán los que hayan vencido, y los vencidos más temprano que tarde hallarán motivos y coraje primero para resistir, después para iniciar otra guerra. Y colorín colorado este cuentico de la paz se habrá acabado.
A menos que… los desmovilizados de todos los colores se unan cuanto antes –mañana es tarde- en un solo grito de ¡basta ya de guerras!, en un solo abrazo, con todos los pacíficos y los hasta hoy indiferentes –también con los que hasta hoy han sido guerreros y guerreristas- y su ejemplo de reconciliación, inclusión y tolerancia cunda entre los citadinos y los campesinos, entre los ricos y los pobres, entre los creyentes y los libres pensadores, entre los liberales y los comunistas, entre los conservadores y los radicales.
Ustedes me dirán: pero esta propuesta es imposible de concretar… déjenme decir que lo imposible ha sido hasta hoy mismo – y va más de medio siglo- que este Estado y estos revolucionarios, estos Gobiernos y estos guerrilleros, estos políticos y estos subversivos, dejen de mirarse en sus propios ombligos y de satisfacerse en sus propios intereses… y si los dejamos solos no construirán nunca la paz que necesitamos, sino que acordarán entre ellos el tipo de paz o de guerra que más los beneficia a expensas de todos quienes quedemos por fuera de los acuerdos (en la práctica todos, o casi todos)
No pidamos peras a los olmos, y comencemos como sociedad a sembrar los árboles que son si queremos un día recoger los frutos que nos queremos merecer.
La siembra pasa por unir todo aquello que hasta hoy permaneció separado, perdido en las disputas ideológicas, arrinconado por la puja de intereses, silenciado entre prejuicios y resentimientos.
La vieja política nos ha mantenido en guerra, la nueva política nos conducirá a la paz.
¿Qué producirá el click? ¿Cuándo? ¿A partir de qué y de quiénes?
Sobre estas cuestiones le respondió un amigo a otro:
“Comienza por vos mismo y ya seremos dos.”
Y esto lo decían aquellos amigos en tiempos en los que no podían contar todavía con la tecnología y las redes sociales que hoy existen y aquella vez eran imposibles siquiera de imaginar, tan imposibles de visualizar como hoy se nos parece la nueva política que urge construir y nos conducirá a la paz.
No será como el Arca de Noé pero casi.
Así la veo yo.
Los 187 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8Restablecer diálogos con los ex jefes paras resultará cada día más necesarioPor Juan Rubbini
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“La razón es la propiedad mejor repartida entre los hombres, pues ninguno reclama más cantidad de ella, porque todos creen tener la suficiente” (René Descartes, Discurso del Método, 1637)Mientras el país comenta –entre sorprendido e indignado- y la comunidad internacional se desayuna sobre el fenómeno de las ‘bacrim’ y su inusitada gravedad –también sobre el grado de influencia que habrían adquirido sobre buena parte de las Farc y Eln- no suena descabellado que, descubierto el ‘talón de Aquiles’ que afectará sin dudas cualquier intento de paz duradero y consistente, se restableciera con discreción pero con cierta premura el diálogo político entre el Gobierno y los ex jefes paras. Porque de aquellas verdades desconocidas del proceso de paz de Ralito hay unas sobre las cuales urge ahora hallar respuestas válidas a tantos interrogantes: ¿Cómo pudo haberse concebido tamaña creatura? ¿Cómo pudo haber sido el ‘parto de los montes’? ¿Cuáles sus intenciones, cuáles sus razones de ser? Porque así como los fusiles no sirven para sentarse sobre ellos, hay ciertas explicaciones ‘para la galería’, o ciertos recursos de la ‘propaganda guerrera’ que ni son verdades de a puño ni sirven para llevar a buen éxito los propósitos de pacificar el país y llegar bien fundamentados a la ‘solución política’.
¿Está Colombia madura para la paz? ¿Lo están sus bandos enfrentados, también los actores estatales? ¿Está Colombia preparada para conocer las verdades del conflicto armado? ¿Lo están sus múltiples actores armados para ‘auto-incriminarse’, denunciar y reparar a sus víctimas como lo están haciendo los desmovilizados ‘ex paras’ y ‘ex guerrilleros’? ¿Está Colombia madura para el arrepentimiento, el perdón y la reconciliación? Porque finalmente todo consiste en esto, tan sencillo y tan difícil, como esto.
Responder por la afirmativa -por el sí podemos- y actuar en consecuencia hará la diferencia entre la ‘solución política’ y la prosecución del conflicto. Si la respuesta es negativa –por el no podemos, o peor, no queremos- irá en contravía de aquello tan sabio de ‘acortar los tiempos de la guerra para alargar los tiempos de la paz’.
2013 establecerá ex - post si 2012 habrá sido el último periodo de alargue de la guerra, o si, por el contrario, habrá resultado apenas el año previo de transición hacia una nueva escalada del conflicto que ‘incendiará’ literalmente la campaña electoral de 2014 en Colombia. En otras palabras: 2013 nos dirá si Uribe es pasado o futuro.
Mientras no sepamos a ciencia cierta en qué derivará políticamente la grave enfermedad de Chávez de cara a las elecciones presidenciales de octubre, ni sobre qué carriles habrá transitado la previsible relección de Obama en noviembre, no podemos tener ninguna certeza sobre los escenarios políticos con los que habrá que contar la paz en Colombia a comienzos de 2013. Y esto porque las Farc son mucho más dependientes para sus decisiones estratégicas del régimen chavista que lo que suele considerar el común de los análisis y de lo que puede admitir públicamente la diplomacia colombiana. Y aquello también porque el Gobierno colombiano no es que haya modificado sustancialmente durante la presidencia de Santos su política de alineamiento con los Estados Unidos estructurada bajo la égida de la gran potencia.
En términos de Paz en Colombia 2012 será entonces, por lo dicho, un año electoral en ‘cuerpo ajeno’. La única humana certeza conque podemos contar es que en Cuba nada cambiará y seguirá siendo territorio propicio para uno que otro diálogo estrictamente reservado y confidencial entre las partes. Allí tiene embajada Colombia y también la tiene la guerrilla colombiana.
Si algún talón de Aquiles tiene esta fase inicial de aproximaciones sucesivas es lo que vaya a suceder en el territorio colombiano con la consolidación y expansión de las bacrim las cuales no cuentan –a diferencia de las Farc y del Eln- con ningún territorio extranjero ni diplomacia complaciente que recoja sus peticiones ni tenga a bien interesarse en sus planteos. Es en este sentido que los Estados Unidos podrían cumplir un rol generoso y eficaz con el tejido de una ‘solución política’ visto que en su territorio -y por ‘razones de Estado’ a lo Uribe- se hallan los principales líderes de las extintas Autodefensas. Lo que vuelve más estratégico y determinante el papel de los Estados Unidos es que la plana mayor de los negociadores de paz de las Autodefensas se halla casi en su totalidad en las cárceles norteamericanas respondiendo ante aquella Justicia por cargos relacionados con la financiación de su guerra antisubversiva con recursos del narcotráfico, mientras que simultáneamente responden a la distancia ante Justicia y Paz en la medida de sus menguadas posibilidades de comunicación y de las limitaciones presupuestales de la Justicia colombiana.
Si sumamos a esto que en los Estados Unidos también se hallan extraditados y encarcelados relevantes integrantes de las Farc por los cuales reclaman permanentemente la repatriación sus compañeros de armas en Colombia, encontramos que existen cartas importantes que podría sumar el Gobierno norteamericano a la construcción de acuerdos de paz en Colombia que deberán disminuir ostensiblemente la exportación de cocaína hacia aquel mercado lo cual en definitiva servirá directamente a la política antidrogas de los Estados Unidos.
El origen del eslabón perdido entre el viejo paramilitarismo desmovilizado en Ralito y las emergentes bacrim hay que situarlo en aquellas negociaciones fallidas, en aquellos acuerdos incumplidos, en aquella fatídica extradición que terminó de hacer saltar por los aires un proceso de paz cuya suerte se selló en el momento en que Uribe priorizó su relección en 2006 –montado sobre una estrategia de guerra en cual las ‘bacrim’ tendrían su espacio asegurado- por sobre la paz de Colombia que hubiera exigido como primer paso ineludible aquello que los Castaño y Mancuso habían comprendido muy bien y consistía en eliminar no solo las autodefensas del mapa de la guerra sino también los cultivos ilícitos que ellas habían llegado a controlar impidiendo que el fenómeno se reciclara como finalmente ocurrió y no precisamente porque no fueran los ex jefes ‘paras’ quienes lo advirtieran una y otra vez ante los oídos sordos y mesiánicos del Gobierno Uribe. Esta parte de la verdad de Ralito –la de la génesis del fenómeno ‘bacrim’ que en aquellos días se incubaba- es la que se pretendió ocultar con la extradición en mayo de 2008 y que ahora comienza a aflorar de boca de los ex jefes paras tras los acuerdos recientemente celebrados entre la Justicia de los Estados Unidos y la Fiscalía General de Colombia. El espíritu de verdad, perdón y reconciliación que contienen las versiones libres y testimonios de los postulados está muy lejos –afortunadamente- de cualquier supuesta ‘venganza criminal’ que perciben en sus declaraciones quienes insisten en confundir verdades con retaliaciones, y cumplimiento de la Ley de Justicia y Paz con persecución política. Lo que está en juego –nada menos- es la determinación fehaciente de la paternidad de las bacrim donde vuelve y juega el rol del Estado –el que alguna vez propició las Autodefensas, el que alguna vez estimuló las Convivir, el mismo que cayó en la tragedia de los ‘falsos positivos’ y el que tal vez –la hipótesis cabe- puede haber tenido más de una poderosa razón para restarle importancia a lo que entonces se estaba generando a ojos vista y hoy llamamos ‘bacrim’.
La verdad que hará posible la paz solo en parte lo es en materia judicial, también lo es –y de una manera no menos conducente- en cuestiones más directamente políticas, de cobertura del territorio, de cultura social y de afianzamiento de las instituciones y de las economías lícitas, y es sobre estas cuestiones centrales de organización del poder democrático que habrá que acordar entre unos y otros –antes enfrentados- con el Estado central y los Estados departamentales y regionales, reglas de juego post-conflicto que no se pueden siquiera concebir sin la participación y acuerdo de quienes conocen el territorio como la palma de su mano y que ejercieron durante años como ‘estados de facto’ el poder real allí donde el Estado nacional y departamental solo deambuló su ineficiencia, impotencia y también corruptelas y violencias contaminadas por unos y otros actores ilegales.
El camino hacia la ‘solución política y la habilidad política y diplomática del Gobierno colombiano llevará más temprano que tarde al presidente Santos –como cabeza visible del Estado- a enhebrar los hilos de la paz por las cabezas de diversas agujas comprometidas en el entramado de una misma tela multicolor y diversa donde, por diferentes razones ni Venezuela –con Chávez o sin Chávez-, Cuba y los Estados Unidos podrán estar ausentes, así como tampoco podrán ‘sacarle el cuerpo’ los máximos dirigentes de las organizaciones guerrilleras y de lo que han sido las organizaciones de autodefensa. Ni la ‘paz parcelada’ ni la paz de los ‘mutuos encubrimientos’ será eficaz para satisfacer tantas víctimas ni saciar tanta necesidad de verdad y comprensión.
Sano será entonces dejar de enarbolar las premisas falaces de los ‘chivos emisarios’ y evitar la tentación de revivir ‘frentes nacionales’ donde unos se inviten a dedo y se abracen a conveniencia y otros se excluyan por argumentaciones que solo satisfacen a quienes se benefician por ellas.
Tampoco podemos ser tan cómodos, frívolos y aprovechados de dejar todo exclusivamente en manos de la Justicia y lavarnos olímpicamente las manos acusando además de ‘politizada’ la Justicia. La Política con mayúsculas tendrá que obrar su parte en la construcción de Paz. Y no será un rol pequeño ni secundario. Finalmente la Política, la Política vapuleada tantas veces –y no sin buenas razones- tendrá que asumir su destino de hacer posible lo necesario, y la Paz en Colombia es tan necesaria como posible.
A grandes problemas grandes soluciones, y ante la dimensión del desafío suficiente cautela, reservada diplomacia y cero, cero exclusiones.
Así la veo yo.
Los 186 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

ASÍ LA VEO YO - Año 8
Uribe cayó en la trampa de quienes le llenaron la cabeza de 'fantasmas'
¿Sucumbirá también Santos de cara a 2014?
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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“Cuando se intenta alcanzar un acuerdo por medio de las negociaciones, no quieres discursos que enardezcan a las masas; quieres plantear los problemas ante la gente de manera sobria, porque a los demás les gusta saber cómo te comportas o cómo te expresas, así pueden hacerse una idea de cómo estás manejando las cuestiones importantes durante el curso de esas negociaciones. A las masas les gusta ver a alguien que es responsable y que habla de una forma responsable. Les gusta eso, y por eso evito las soflamas que exaltan a la muchedumbre. No quiero provocar a la multitud. Quiero que la multitud comprenda lo que estamos haciendo y quiero infundirles espíritu de reconciliación” (Nelson Mandela, Conversaciones conmigo mismo)En la pretensión de generalizar y volver hegemónicas sus propias miradas –e intereses- sobre el conflicto armado, la derecha –digamos la del ‘establecimiento’ en su versión citadina- coincide ‘de facto’ con el relato de izquierda –en sus diferentes matices- cuando de caracterizar a las autodefensas –hoy desmovilizadas- se trata. Se les niega cualquier representatividad política y de plano se le cierra el camino a su inserción en la competencia democrática, incluso su expresión en los medios periodísticos en paridad de espacios con sus contrapartidas ideológicas. Los unos porque han preferido contar en la ilegalidad y ‘silenciados’ –sometidos a su chantaje revestido de ‘seudoprotección’- con un feroz ‘aliado en las sombras’ en los momentos más duros de la arremetida guerrillera, los otros porque entre el Estado y la ‘revolución’ les resulta incómodo que existan expresiones populares no casadas con un Estado que ni las protege ni las representa, pero que tampoco creen que la solución marxista sea la única ni la mejor solución a sus problemas.
Ante el fracaso rotundo del Caguán, el desmadre de las Farc –y el horror por el chavismo ‘emergente’- la derecha rural descubrió en el ‘uribismo’ un puente de asociación con la derecha citadina tradicional –ciertamente burguesa pero también cosmopolita. Nada mejor que la fórmula Uribe-Santos (en su versión Ubérrimo-‘Pachito’) para mostrar el camino que comenzaba allí donde Pastrana debió resignar su apuesta por la paz. Las ‘autodefensas’ habían resultado muy útiles –y necesarias- para el ‘establecimiento’ –aquí coincidieron citadinos y rurales- desde que las Farc tomaron partido por la narco-financiación. La industria del secuestro fue para las Farc y sus aliados –principalmente a partir de la segunda mitad de los ’80- un modo de disimular la más jugosa de sus fuentes de ingresos –los cultivos ilícitos y eslabones sucesivos- y cuadrar la caja menor así como inocular el terrorismo a cuentagotas y sin estridencias e ir ganando control territorial en la medida que se disuadía la producción –también la vida- en el campo.
Las negociaciones de Ralito fueron fruto de una audaz iniciativa política de las autodefensas -no la primera que avanzaban en esta dirección –transmitida reservadamente a través de la Iglesia, y no ciertamente una convicción de las derechas, ni siquiera de Uribe en campaña presidencial. El gobierno Uribe se debatía entre quienes lo acusaban de ‘paramilitar’ y quienes lo presionaban a que no abandonara la estrategia ‘paramilitar’ de toda la vida. No estaba ‘ni tibio’ el panorama de orden público entonces –entre 2002 y 2004- ni era seguro que Uribe fuera a ganar su declarada guerra a las Farc, tampoco era seguro que el ‘chavismo’ no cediera a la tentación de extender sus influencias en la vecina Colombia –aliada de su ‘archienemigo’, los Estados Unidos. En ese sí pero no de las ‘derechas’ ante la desmovilización que proponían los Castaño y los Mancuso –y el reconocimiento político que exigían a cambio-, se crearon las condiciones que volvieron inmanejable avanzar en el perfeccionamiento de los acuerdos, y cuya derivación no solo acabó con los negociadores de paz de las autodefensas en la cárcel y luego en su mayor parte extraditados, sino también con la gestación y afirmación de las ‘bacrim’ en cuya génesis se observan –a quien sepa verlos- los mismos ‘huevos de la serpiente’ que alumbraron –un cuarto de siglo antes- los primeros embriones del ‘paramilitarismo de Estado’, una sociedad de hecho, informal, colectiva y pluridimensional, donde unos aportaban los lazos y poderes estatales, otros el dinero contante y sonante y otros su mano de obra desocupada o sub-empleada, su miedo visceral al comunismo y las guerrillas, y también ¿por qué no? una base popular de apoyo, no exenta de fervor simpatizante, con su sentido de pertenencia al terruño que desde las grandes ciudades se ignoraba y que los ‘ricos del campo’ –los de ‘noble abolengo’- comenzaban a abandonar a su desgracia e inseguridad, encandilados por las luces de otras economías y otros horizontes.
Uribe cayó en la trampa de quienes llenaban su cabeza y le insistían conque los líderes desmovilizados estaban detrás de las ‘bandas emergentes’ y que ello era una respuesta ‘criminal’ a las demoras e incumplimientos en la Mesa de Ralito. Tras una serie de fatales errores –que más que errores fueron maquiavelismos del Gobierno y recelos y desconfianzas en su contraparte - la extradición fue el ‘salvavidas’ que Uribe pensó hecho a su medida, cuando en realidad estuvo hecho a la medida de quienes querían acabar con Justicia y Paz, pero sobre todo con cualquier asomo de verdad, con cualquier señal de reconciliación que significara el comienzo del fin –por las buenas y conversando- del largo conflicto.
Entre 2006 y 2008, los relatos de izquierda –tan bienintencionados como ingenuos, cuando no parcializados- siguieron echando leña al fuego –escupiendo hacia el cielo- satanizando a los negociadores de Ralito, y haciéndole el juego a los verdaderos ‘señores de la guerra’ empeñados en mantener vivo el paramilitarismo, hacer imposibles las negociaciones con las guerrillas y adueñarse de Uribe y del uribismo para sus designios. ‘Tanta mala leche’ y desinformación sobre los diálogos de Ralito y quienes los adelantaban no fue fruto de la casualidad sino, por el contrario, de una causalidad ‘inconfesable’ que por derecha se estimulaba y por izquierda se canalizaba. Fuera de Colombia produce perplejidad que el fenómeno paramilitar no haya sido develado aún por historiadores y críticos objetivos en sus fundamentos y metas no contaminados por el sesgo y la ‘ceguera ideológica’ propios de un combate que solo en parte es armado y en buena parte lo es político y más que político una manifestación social y cultural de raíces históricas que no solo halla sus causas en el narcotráfico y las narcoeconomías vinculadas, y tampoco exclusivamente en residuos de la ‘guerra fría’ y ‘doctrinas de la seguridad nacional’. Por este ocultamiento deliberado que genera desconocimiento –no casual- de las causas objetivas y subjetivas que han dado origen al fenómeno y ‘estados de facto’ de las autodefensas, al desarrollo evolutivo durante la confrontación armada de la conciencia política de sí mismos y de las poblaciones involucradas, en sus referentes y conductores desmovilizados, así como su prolongación en el tiempo y derivación en ‘bandas emergentes’ y ‘bacrim’ es que Colombia está condenada a repetir y perpetuar aquello del ‘perro que se muerde la cola’. Es que del ‘cuentico del conflicto armado’ viven y se lucran muchos y poderosos, lo que explica que la solución política negociada tenga tantos enemigos de parte y parte, y que el solo hecho de decir Juan Manuel Santos que tiene las ‘llaves de la paz’ en sus manos haya despertado hacia el presidente Santos tantas inquinas y maledicencias, tantos que se declaran ‘traicionados’, entre los cuales aquellos que ahora pretenden chantajearlo enrostrándole que si no es con su apoyo no será ‘re-electo’. La realidad a la que asistiremos puede ser totalmente la contraria: la relección de Santos dependerá en mucho de su capacidad de introducir las llaves de la paz en las cerraduras que son… y en este coraje y decisión de ‘abrir las puertas de la paz’ se juega no solo su relección sino fundamentalmente el fin del fin del conflicto armado… por las buenas, como debe ser y como ¡SÍ SE PUEDE!
Afortunadamente, la Justicia colombiana se interpuso y allí donde Uribe perseguía -avivando los fuegos de burda y maniquea inquisición- su reaseguro personal con una nueva elección en 2010, la Corte Constitucional decidió finalmente en favor de la democracia, no de sus ‘carceleros’. Entre 2006 y 2010, los que estaban –y están- empeñados en mantener en el fondo del mar las ‘llaves de la paz’ disfrutaron a sus anchas el ‘conejo’ puesto a la paz y a los colombianos –no solo a las autodefensas- en Ralito y ahora pretenden que Santos y la Justicia den su brazo a torcer en sus esfuerzos por sanar heridas con medicinas de justicia transicional, verdades ante la Fiscalía y restitución de tierras…
Las ‘llaves de Ralito’ las botaron jactanciosos –quienes ahora pregonan sobre supuestas ‘venganzas criminales’ así como antes lo hacían sobre nunca comprobados, ni denunciados ante la Justicia, ‘delitos desde las cárceles’ por parte de los líderes desmovilizados- pero ahora sucede que los ‘náufragos de Ralito’ dados por muertos o ‘podridos en las cárceles’ desde lejanas tierras nos hacen saber que las verdades están a salvo y ‘las botellas arrojadas al mar’ comienzan a llegar a las Cortes y la Fiscalía húmedas de lágrimas y nostalgia pero embebidas de Justicia y Paz, de Reconciliación y Reparación.
A dos años de aquel punto de quiebre, el camino recorrido por Juan Manuel Santos ha ido alejando a unos y a otros –a derecha e izquierda- de los riesgos más grandes que encerraba la continuidad de Uribe y sus socios e instrumentos en el poder. La Justicia ha seguido adelante en su consolidación y hoy aún no tenemos seguramente la mejor Justicia pero sí estamos en el buen camino de obtenerla.
La opción por la democracia y la alternancia en el poder siempre fue un anhelo mayoritario en Colombia –en los tiempos de Uribe presidente sobrevivió a duras penas frente al amenazante ‘estado de opinión’-, pero ciertamente el papel de la Justicia –y de la Justicia transicional, especialmente, en el recorrido hacia la salida de la guerra- anduvo a los tumbos y corrió los mayores riesgos en la última década.
La generosa apuesta ciudadana –renovada por Santos presidente- en favor de la Justicia, la unidad nacional y la prosecución del avance en el desarme, la desmovilización y la reinserción merece que nada ni nadie se interponga, y que sobre todo nadie olvide de dónde venimos a la hora de los extemporáneos reclamos por el regreso a un pasado supuestamente idílico del que más que imposibles retrocesos falta por extraer toda su riqueza, todas sus enseñanzas, en lo bueno para mejorarlo, en lo malo para no repetirlo.
Y entre esta riqueza, y estas enseñanzas, la reflexión creativa debiera también dirigirse a interpelar no solo a Pastrana y Uribe, también a los ‘Márquez’ y los ‘Timochenko’, los Mancuso y los ‘Báez’, los ‘García’ y los ‘Gabino’ sobre ¿qué fue lo que realmente falló en El Caguán, en Ralito y en la isla de Cuba?, ¿qué se puede rescatar de aquellas cenizas, y qué fuego solidario y amor de patria sigue latiendo e inspirando las mejores intenciones de paz en Colombia, Venezuela y los Estados Unidos? que no son patrimonio de nadie en exclusividad, sino de todos, de absolutamente todos, quienes tenemos algo que decir al respecto.
Que todo lo que haya que cambiar se cambie, que todo lo que entorpezca se quite del camino, pero… eso sí, sin excepciones ni privilegios para nadie: dentro de la Ley todo, fuera de la Ley nada.
Que no será renegando de la Justicia ni eludiendo sus llamados, que la verdad se conozca y las instituciones democráticas se fortalezcan y afiancen.
Así finalmente, y con la ayuda de todos, Colombia se refundará a sí misma en los campos y las ciudades y se descubrirá vigorosa y sana, participativa e incluyente, sin clandestinos ni asilados, sin más extraditados por razones políticas o conexas, ni más alzados en armas por hacerles imposible o indigno su regreso al hogar.
Como decía un viejo querido amigo de la paz de Colombia y de la paz en el mundo:
“La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas si las une, en democracia y respeto mutuo, al decir de Jorge Luis Borges ‘el amor y no el espanto’”. Amén.
Así la veo yo.
Los 185 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com
ASÍ LA VEO YO - Año 8
Del Palacio a la clandestinidad
Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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“Incluso la época del agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado” (Walter Rathenau)
Resulta patética la obsesión de algunos caracterizados políticos por impedir que se haga la luz en Colombia, no solo la luz sobre el conflicto armado sino también la luz sobre los caminos que conducen a la paz: la pertinacia de quienes pudiendo tumbar las paredes se obstinan incluso en tapiar las ventanas por las cuales se podría filtrar la bienvenida luz que derrote las sombras aciagas, la tenebrosa oscuridad que mantiene atadas las manos que están destinadas a construir la paz.
Patético también que los mismos que violentaron el proceso de Justicia y Paz al decidir entre gallos y medianoche que unos debían ser extraditados –echando así al mar las llaves de la verdad de los ex jefes paras sobre la guerra y la paz- ahora decidan que asilarse o pasar a la clandestinidad es un modo eficaz -¿maquiavélico?- no solo de eludir la Justicia y afirmar el ‘todo vale’ sino de avivar las llamas de la confrontación y la dialéctica de la guerra política.
Hay un hilo conductor –un olor inconfundible que apesta y delata- que une a los titiriteros de la extradición para ‘los enemigos’ ‘Simón Trinidad’, ‘Sonia’, ‘Vargas’, Mancuso, ‘Jorge Cuarenta’, etc., etc. y el camino del asilo y la clandestinidad para ‘los propios’… En todos los casos se trató y se trata de ponerle talanqueras al conocimiento de la verdad que Colombia necesita imperiosamente saber –la de unos y de otros, la de todos-, he aquí el común denominador: el miedo, el terror a la verdad. Pero qué paradoja… mientras los referentes ex jefes de las autodefensas siempre hicieron saber –dentro y fuera del país- que estaban dispuestos a rendir cuentas ante la Justicia de los Estados Unidos -y que no chantajeaban al Gobierno con la ‘no extradición’-y esto allá lo saben… ‘los propios’, los ‘viudos del poder’ ahora padecen ‘paranoia’, una demencial forma de exhibirse como perseguidos políticos por una supuesta ‘venganza criminal’ donde en estrambótico y delirante concierto ni el presidente Santos se salva de haberse aliado con las Farc, con Chávez, con Mancuso, con la Corte Suprema, con Correa, con la Fiscalía, con El Tiempo… ya nos enteraremos en su momento por algunos de sus ‘voceros’ que hasta Obama y el mismísimo Papa están amangualados en contra de la ‘seguridad democrática’, la ‘confianza inversionista’ y la ‘cohesión social’.
El círculo más estrecho de Uribe se la está jugando toda –en el corto plazo- para tumbar a la Fiscal. Tal vez lo logre. Pero no tumbará la Justicia. Ni acabará políticamente con las posibilidades de paz de Colombia. Se la juega toda Uribe apostando que Santos esté más interesado en su propia reelección que en cualquier otra cosa. Y que, entonces, el fantasma de 'Uribe antireeleccionista de Santos' termine por 'crucificar' a la Fiscal y ‘reconciliar’ a Santos con Uribe.
Así las cosas, tiene Santos ante sí un panorama tan riesgoso como cautivante… si la alternativa que expresa Uribe es percibida por Juan Manuel como la de echarse en brazos de Uribe, manipular las Cortes y barrer la verdad debajo de la alfombra la estrategia del ex presidente está destinada al fracaso más rotundo. Por subestimar –en mucho- el liderazgo de Santos, la independencia de la Justicia y el temple y raciocinio de la Fiscalía.
Sin embargo, y es otra paradoja, el ‘complot’ antiuribe –tan burdo, tan maniqueo- un insulto a la inteligencia tan descabellado, podría significar ‘el tiro por la culata’, un verdadero ‘tiro de gracia’ que sepulte definitivamente el ‘ultrauribismo’ en el lugar que le corresponde en la Historia, ni bueno ni malo, sencillamente y como todo lo mortal en el lugar que le corresponde una vez su período de vida ha concluido, con alegría y alivio para unos, con tristeza y desencanto para otros. No es que la vida pase, somos nosotros quienes pasamos… y como dice el poeta: “al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.”
La vida hoy sonríe a Santos por un motivo que Uribe le ha servido en bandeja: allí donde Uribe ve una conspiración en su contra, tal vez se encuentre el comienzo del fin del conflicto armado en Colombia… veamos: ¿por qué no reunir virtualmente ya, y en cuerpo presente apenas sea posible, a guerrilleros y paracos -desmovilizados y activos- a Chávez, Correa y Obama, al Papa y los obispos, a las Cortes, a todos los victimarios y a todas las víctimas? Y no para ‘crucificar’ a Uribe como él de buena gana –así como desluce hoy- ‘crucificaría’ a todos quienes no le son incondicionales…
La verdadera victoria de Santos y de Colombia no será jamás la derrota de Uribe –menos aún jalarle a sus ‘desvaríos’- sino fluir libremente con la corriente de la vida, con los signos de los tiempos, quitando el velo que oculta la verdad y perdonando a todos quienes lo soliciten, incluso a Uribe y a todos aquellos que arrepentidos, se sumen a la construcción de la paz, al afianzamiento de la Justicia, a la primacía del bien común, con la libre expresión de su personalidad.
Así la veo yo.
Los 184 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com