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Cuando conocí a A, yo era sólo uno niño de ocho años al que no le interesaban las niñas. Y no le presté mayor atención. Años después nos hicimos amigos. Buenos amigos. Pero perdimos contacto.
Cuando volvimos a vernos, la invité a salir. Ambos ya estábamos en la universidad. Nos besábamos en silencio en su cocina esperando el amanecer. Sólo que acababan de romperme el corazón. Y volvimos a separarnos.
Dos años después A me llamó para invitarme a su boda. De regalo le compré un horrible juego de vajilla. Ximena, mi ex, me acompañó a la fiesta.
Luego A tuvo un hijo y, al poco tiempo, se separó de su esposo. Yo también me quedé solo. Para aquel entonces ya éramos amigos entrañables. Y cada uno siguió su camino.
Ahora yo vivo solo y ella aún en casa de sus padres, con su hijo y su ex esposo. Aunque lo de "ex" es relativo pues nunca terminó el proceso de divorcio y comparten el mismo techo. Hace unos meses salimos a tomar un café. Y hemos seguido viéndonos hasta este fin de semana en que, después de besarnos, me dijo que lo nuestro era una relación imposible dadas las circunstancias. Cuando me lo dijo recordé a Richard Gere diciéndole a Julia Roberts: "My special gift is impossible relationships".
De regreso a casa
Ha sido un viaje intenso. Once días recorriendo el país en todas sus dimensiones: campos, ríos, bosques, montañas y playas. Visitando pueblos olvidados por el progreso, así como otros tantos de los que sólo quedan algunos vestigios. Días pasando frío, calor y hambre. Tomando aguardiente y cerveza, lejos de la civilización y de los grandes hoteles. Compartiendo. Contemplando estrellas. Soñando con ellas.
Del viaje sólo me traje algunas fotos y una orquídea sin flor. Y las ganas de arriesgar una vez más. Porque esos últimos días frente al mar descubrí que lo único que me hacía falta para ser feliz eras tú, querida A.
Por eso ayer te escribí apenas pude. Te pregunté si tenías planes, si querías salir a tomar algo conmigo. Dijiste que sí, me viniste a buscar y fuimos a un bar. Luego, ebrios, regresamos al departamento. Y te besé. Y tú me besaste. Pero a las cinco de la mañana una alarma te recordó que no debías estar aquí y que te esperaban en casa.
Una vez más, nos tocó perder.
Resumiendo
He postergado este post por varias semanas. No quería admitir algo que la mayoría de ustedes debe haber resuelto hace un buen tiempo: estoy deprimido. Deprimidísimo. Me siento débil, sin fuerzas y a punto de mandar todo al diablo. No sé cómo sacarme de encima el desánimo, las migrañas o las pesadillas. Ni cómo afrontar la claustrofobia que me produce la oficina.
Hace unos días una amiga me escribió: "se acaba este 2008 y estoy más vieja y sola que en el 2007". La idea me hizo un nudo en el estómago porque me siento más viejo y más solo que nunca. Los amigos que frecuento son tres o cuatro. Los demás quedaron en el camino, en medio de este encierro involuntario.
La última de Gonzalito
-Gonzalo, ¿es verdad que quieres una granja? -le pregunto ayer a mi sobrino de tres años.
-Sí, una glanja con todos sus animales: con un caballo, con un hipopótamo, con un murcielayo...
-Bueno, Gonzalito, entonces ese va a ser tu regalo de navidad. ¿Ok?
-¡Nooooooo! -grita desconcertándome.
-¿No quieres que te regale una "glanja" por navidad?
-¡Yo quiedo mi glanja AHODA!
Pedazo de dictador que me tocó de sobrino.
Ayuda en acción
Acabo de recordar que hace un par de años -luego de ver "About Schmidt"- adopté a un niño de ocho años a través de una ONG. Debía depositar treinta soles mensuales para apoyar en su educación. Como parte de la experiencia, él me enviaría dibujos y cartas contándome de su vida y la de su familia.
El primer dibujo que recibí fue de su colegio. En uno de los cerros que lo rodeaban había escrito con una letra torpe y nerviosa: mi escuela de Piura. Alguien había arruinado el dibujo añadiendo con lapicero: "Para C.N.". Pero no me importó. Por el contrario, estaba emocionado. Decidí escribirle yo también. Le conté de mi familia y de mi novia, en una carta sencilla y tierna.
A los dos meses llegó otro dibujo. Esta vez de su familia. Había colocado los nombres de sus papás y sus hermanos debajo de cada personaje. "Para que conozcas a mis papis y mis hermanos, C.N.", se leía al reverso. La letra no coincidía. Estaba claro que el dibujo no era para mí. Me sentí timado. Le mandé una última carta contándole cómo mi novia me había dejado por su jefe y había arruinado todos mis planes. Daba igual, la carta seguramente la leería algún funcionario de la ONG y no el niño.
No volví a recibir otro dibujo. Y con el tiempo dejé de enviarle dinero. Ahora pienso que no debí hacerlo. No había por qué esperar algo a cambio para ayudar. Pero a veces necesitamos ser egoístas.
Annie Hall
Ayer, por enécima vez, vi Annie Hall. De lejos, mi película favorita.
Dos chistes excepcionales. El primero es una cita de Groucho Marx que resume perfectamente la paradoja de las relaciones humanas: "Nunca aceptaría pertenecer a un club que admite a miembros como yo".
El segundo, el de un hombre que visita a un psiquiatra para explicarle que su hermano se cree una gallina. Cuando el médico le pregunta por qué no lo interna en un manicomio, éste responde: "lo haría, pero necesito los huevos". Alvy, el personaje que interpreta, Woody Allen, concluye: "Las relaciones son totalmente irracionales, locas, absurdas... pero seguimos intentándolo porque la mayoría de nosotros necesita los huevos".
Ayer, mientras veía la película llegué a una conclusión: Alvy era como New York, una isla. Yo soy como Lima, gris y nublado.
Tarea del domingo
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
No debo mezclar vino tinto y whisky en los matrimonios.
[Fiesta con mucho vino, whisky y cerveza. La cerveza la ignoré pero me tomé todo lo demás, hasta lo que no era para mí. Empiezo a pensar que lo mío es entretener a los demás]
En off
Al tercer pisco Manuel me dice que debe levantarse temprano al día siguiente. Inmediatamente su esposa se apura en recoger las copas. Es hora de irme. Ha sido una cena estupenda, estoy ebrio y satisfecho. Pero hubiese querido tomarme un trago más. Es más, debería hacerlo. Apúrate.
El bar está cerrado, demonios. ¿De dónde ha salido tanta gente hoy? Todos parecen apurados. Camino hacia el parque en busca de aire. En las bancas las parejas no dejan de besarse. Siento frío. Y vuelvo a huir.
No recuerdo nada. Estoy al final de una calle oscura que se bifurca en dos caminos. Descubro entre mis manos una bolsa negra con dos latas de cerveza. Una está vacía. Una extraña necesidad se apodera de mí. Tomo el desvío de la izquierda y abro la segunda cerveza. Todo se empieza a apagar de nuevo.
Estoy empapado en cerveza. Ximena no contesta. Andreíta lo hace de mala gana. La conversación se corta, me he quedado sin saldo. Apuro el paso. Todas las casas lucen iguales: sepias, borrosas, danzantes. Amenazantes. Un teléfono público. Monedas. Andreíta ha apagado su celular. Ximena sigue sin contestar. Dejo varios mensajes en sus buzones. Necesito hablarles. Hablar con alguien. ¿Dónde quedaron todos? ¿me habré quedado solo? Lanzo mis últimas monedas a los autos que me apuntan desde la avenida. Es hora de volver a casa.
Pastillas para soñar
Acabo de despertar. Con el presentimiento de que algo malo está a punto de pasar. Con el miedo a ser sorprendido desnudo en la oficina. Con la impresión de que Ximena está embarazada y acaba de mudarse al departamento de al lado. Con la angustia de ser descubierto con otra chica en tu fiesta de cumpleaños. Con la sensación de estar cayendo.
¿Cuántos miedos caben en cinco horas de sueño?
Miopía
En menos de dos años mi visión se ha reducido considerablemente. Ayer en el cine apenas si podía distinguir los subtítulos y, hacia el final de la cinta, me vi fozado a prescindir de ellos. Si la película hubiese sido iraní habría tenido que adivinar los diálogos.
En un inicio pensé que era un efecto secundario de las pastillas para dormir, pues me dejaban bastante somnoliento durante todo el día. "Debe ser por eso que veo todo borroso", me decía. Luego empecé a culpar a los autos de llevar las luces muy altas, a los carteles de tener letras tan pequeñas, al Cinematógrafo de utilizar un proyector tan viejo. Una vez más mi incapacidad generalizada para afrontar la realidad me estaba jugando una mala pasada. Me impidió ver que estaba perdiendo la vista, menuda ironía.
Al final me he acostumbrado a estos días parcialmente nublados. La ventaja de ir perdiendo la vista -como escribió alguna vez Julio Ramón Ribeyro- es que notamos menos la fealdad de la gente. Y también la nuestra.
Mi querida terapista
El día que conocí a mi terapista tuve la corazonada de que nuestra relación no llegaría a buen puerto: Susan usaba un cuaderno de Hello Kitty y un lapicero con cargas de distintos colores.
Ir a verla no fue idea mía sino de mi familia. Me había desmoronado frente a todos y lo menos que podía hacer por ellos era tranquilizarlos yendo a psicoterapia.
-No te preocupes, C.N.-me dijo Susan durante la primera sesión-, lo tuyo parece ser un caso de depresión leve.
Me pidió que llenara unos cuestionarios y que volviera en una semana para comenzar la terapia. La sesiones de todo el mes, por cierto, debían pagarse por adelantado. "¿Por si me suicido antes?", pensé.
A la semana siguiente me recibió muy seria: necesitaba medicación con urgencia. Yo mismo tenía que buscarme un psiquiatra. Eso sí, la psicoterapia la daba ella. "Y que mejor sean dos veces por semana", agregó.
Fui a verla cada martes y jueves durante casi ocho meses. Fue un desgaste innecesario para ambos. Susan no lograba determinar cuál era mi problema y yo no podía seguir entre lo que me decía el psiquiatra y lo que [no] me decía ella. Por lo demás, nos pasábamos la hora discutiendo.
Un jueves, una hora antes de mi sesión, me llamó para decirme que se iba de viaje por un tiempo y que me devolvería mi dinero. Lo recogí esa misma noche. Me lo entregó su portero.
Yo pensé que si algo le había quedado claro de nuestras sesiones, es que tengo problemas con el abandono.
Ataque de ansiedad
"Con el doctor Gonzales, por favor". "Sí, sí, psiquiatría". Espero unos minutos.
-¿Con quién hablo? -contesta una voz apática.
-Doctor Gonzales, soy C.N.
-...
-Estuve en su consultorio el lunes. No sé si me recuerda -evidentemente no-. Me duplicó la dosis de Rivotril.
-Ah, claro, C.N. -finge acordarse-. ¿Te duplicamos la dosis, verdad?
-Sí, ahora son 2 mg de Rivotril con 30 mg de Remeron por la noche y 1 mg de Rivotril al mediodía -le recito-. Pero creo que la del mediodía no me está haciendo mayor efecto.
-¿Y cuánto de Rivotril tomas por las mañanas?
-Nada -respondo avergonzado.
-¿Y clonazepán?
-1 mg mañana, tarde y noche, doctor.
-Pues entonces sube el clonazepán del almuerzo a 1.5 mg -sentencia matemáticamente- y a ver cómo vamos hasta el lunes.
-¿Eso es todo?
-Sí, con eso debe bastar.
-Estupendo, doctor -le respondo con sorna-. Nos vemos el lunes, entonces.
Así transcurrieron mis días durante más de dos años. Entre médicos, pastillas y ataques de ansiedad. Cuando me di cuenta de que jamás me darían de alta, abandoné el tratamiento. Recuperé mi depresión, mis manías, mi insomnio, mi rebeldía y mis fracasos. Y, sobre todo, mi libertad.
Ps.- Ya salieron los resultados de la votación.
Adulterio
Desde hace un par de semanas vengo recibiendo tentadoras propuestas por parte de una amiga que está de paso por Lima. "Te invito unos tragos, ¿puedes?"; "Estoy en mi hotel con chelas pero se han ido mis amigas, ¿tienes ganas de tomar?"; "¿Seguro que no quieres venir al hotel? Estoy súper ebria"; "Ya estoy en mi cama pero me siento sola, preferiría tu compañía"; "Creo que nunca vas a animarte a venir. Qué joda. Tengo todo el cuerpo acelerado"; son algunos de los mensajes que he recibido.
Sé que se preguntarán: "¿Qué estás esperando, C.N.? ¡Si no la ves como dos meses!". Pues hay un detalle no revelado: mi amiga está casada. Sin hijos. Con un tipo que conozco. Y aunque ella alega que su relación no anda en un buen momento, el asunto me tiene de lo más contrariado.
Conversación en un baño de hombres
Odio a los pitufos
Ayer, como todos los domingos, fui a almorzar a la casa de mis papás. Todos habían ido a Chaclacayo a conocer al hijo de una prima y sólo estaban mi papá y mi sobrino de tres años. Compramos pollo a la brasa, un litro de helado y un chocolatito para Gonzalito.
Durante el almuerzo mi sobrino estuvo insoportable: derramó la gaseosa, se subió a la mesa, jugó con el pellejo del pollo, tiro las papas al perro. En fin, todo lo que suele hacer cuando no está su mamá cerca. Cansado de sus malcriadeces le dije molesto: "Gonzalo, cállate y come". Santo remedio. Terminó su plato en silencio, cogió su chocolate y se escondió en el jardín.
Por supuesto, apenas llegó su mamá, mi sobrino corrió a su encuentro con un llanto contenido.
-Mamá, C.N. es malo -le dijo.
-¿Por qué, mi amor? -preguntó mi hermana.
Envalentonado, mi sobrino me buscó con la mirada. Gran error, le lancé una mirada amenazante dándole a entender que estaba totalmente dispuesto a delatarlo.
-¿Qué te hizo tu tío? -insistió mi hermana divirtiéndose.
-C... N... es... malo... -tartamudeó Gonzalo-, me compló un chocodate bien chiquitito, mamá.
Colombia es pasión
Hace casi un año conocí a mi colombiana. Lo tenía todo: la conversación, la sonrisa, el sentido del humor y un acento delicioso al que nadie podría resistirse. Al menos, yo no pude.
Salimos las tres semanas que estuvo en Lima. Recorrimos juntos cada bar, cada restaurante, cada galería, cada lugar que he logrado hacer mío en mis 28 años de vida. Y los hizo suyos. Nuestros. Porque su personalidad arrolladora expropiaba no sólo sentimientos sino también espacios, momentos, personas. Y aunque al final de la tercera semana nos despedimos sin melodramas ni promesas, sabía que algo en mí había muerto para siempre al conocerla.
En julio de este año, por esas vueltas del destino, tuve que hacer un viaje a Bogotá, su ciudad natal. Le escribí inmediatamente contándole la buena nueva pero me respondió que estaría fuera de la ciudad esos mismos días. Me dejaba, más bien, al cuidado de sus mejores amigas.
¡Todas se parecen tanto a mi flor!, me dije recordando al Principito apenas las conocí. Compartían sus opiniones, sus bromas, su coquetería e, incluso, su apariencia física. Y no sólo eso. Tenían también esa pasión y autosuficiencia suyas, con las que solía dejarme desarmado al final de cada conversación. Me sentí desgraciado: mi flor no era la única de su especie. Era una bogotana más.
Este viernes por la mañana me despertó un mensaje en el celular. Era mi colombiana. Estaba de paso por Lima y me proponía salir a almorzar. Acepté. Fuimos por un lomo saltado, su plato peruano preferido, y luego por un café. A eso de las cinco, se marchó.
A diferencia del Principito, no tengo que regresar al rosal. Apenas volví a ver a mi colombiana comprendí que mi flor es única en el mundo y que no la cambiaría jamás.
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