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Fecha Publicación: 2016-05-12T09:19:00.001-07:00
Muchos de los escritores y periodistas de la generación del 80 y el 90 le debemos a María Ofelia Cerro Moral no solo haber publicado nuestros primeros artículos en el suplemento Lundero, sino también  haber descubierto el monstruo de la vocación periodística. 
 Con la aparición, en los años 80, del suplemento cultural Lundero de La Industria de Trujillo se abrió una etapa muy interesante de impulso a la cultura en el norte del Perú, particularmente a la literatura y a las artes plásticas; y con la muerte de quien fuera por varias décadas su directora, María Ofelia Cerro Moral —Marigola— se cierra en cierta forma ese periodo de gran producción creativa.
El suplemento Lundero, además de divulgar información sobre el patrimonio cultural de Trujillo y Chiclayo, organizó por muchos años un famoso concurso infantil y juvenil de cuento y poesía con el mismo nombre, concurso del cual emergerían poetas y narradores como  Lizardo Cruzado, David Novoa, Pedro Diez Canseco, Luis Vigo Cabrera, Duncan Sedano y otros más. Era anual y el jurado de las diferentes versiones estuvo siempre formado por los escritores más renombrados del Perú, de modo que se trataba de una lid realmente consagratoria para todos los niños y jóvenes que concursaban.
María Ofelia Cerro Moral fue congresista de la República (1995-2000)  y una las creadores y organizadoras de la Bienal de Pintura de Trujillo que tantos buenos recuerdos y orgullo  provoca ahora entre los trujillanos. Es curioso que los últimos cincuenta años de nuestra historia cultural destaquen nítidamente los nombres de dos mujeres: el de María Ofelia Cerro Moral y el de Adriana Doig Manucci, quien retomó la energía inicial de Marigola y creó y organizó desde el 2002 hasta el 2009, con gran calidad y efectos mediáticos, la célebre Feria del Libro de Trujillo.
Conocí a María Ofelia Cerro Moral en 1986, gracias a la intermediación del escritor Guillermo Niño de Guzmán. Ella, gentilmente,  me invitó a  mí —y a muchos aspirantes a escritores y periodistas— a colaborar con artículos y entrevistas en el diario La Industria. Gracias a esa generosa acogida me convertí a los 23 años en columnista del suplemento dominical y articulista habitual del suplemento Lundero. Han pasado treinta años desde entonces.
Es justo reconocer que gracias a su liderazgo muchos de los miembros de mi generación afirmamos nuestra vocación por el periodismo. Siempre la recuerdo llamando para pedirme que escriba en su querido Lundero,  para que reseñe un libro que acababa de publicarse, para que entreviste a un escritor de renombre o para que le sugiera algún tema para los números siguientes del suplemento. Es decir, hacía eso que ya no hacen los directores y editores de ahora: orientar y poner a trabajar a sus colaboradores.
Luis Cabrera Vigo, miembro conspicuo de la generación “Lundero”  (y periodista a causa de esos efectos iniciales), ha resumido muy bien la influencia del quehacer de María Ofelia: «¿Cuántos lunderistas le agradecemos haber cobijado en sus páginas nuestros primeros, balbuceantes, textos? Muchos, muchísimos (…)». No solo tu generación, Luc Vigo, tiene que ser agradecida. La mía, en todo caso, le debe el comienzo de su pasión incesante por el periodismo, lo cual no es poca cosa.





Fecha Publicación: 2016-05-12T09:17:00.000-07:00

¿Qué impulsa a los escritores a crear historias o a los lectores a leerlas si ambos ya tienen suficiente con la complejidad del mundo real? ¿Qué clase de necesidad vital se halla detrás de esto?
«¿Por qué añadir una realidad inventada a la realidad existente?», se pregunta el escritor Cees Noteboom refiriéndose al sentido de la creación literaria. En realidad, esta interrogante es clave porque nos permite encontrar no solo una respuesta provisional al misterio del quehacer literario, sino también otra sobre la inexplicable preferencia de los seres humanos por las historias producidas a partir de la imaginación.
El escritor alemán Rüdiger Safranski, afirma que «si ya tenemos bastante con hallar nuestro camino en la realidad, ¿por qué complicar las cosas batallando por añadidura con ficciones?». En principio, según Noteboom, es imposible separar de manera nítida la ficción de la realidad. En segundo lugar, añade Safranski, «interpretamos nuestra vida en el horizonte del destino de personas inventadas».
Una demostración de la imposibilidad de separar la ficción de la realidad es lo que sucede con un personaje como El Quijote de la Mancha. En su afán de perseguir las huellas de Miguel de Cervantes, los lectores terminan tras las huellas de El Quijote, Sancho Panza o Dulcinea del Toboso, en la medida en que estos personajes se han vuelto más reales o han calado más hondo en la mente de los lectores. Cees Noteboom cuenta en su ensayo sobre Cervantes que en su visita a la casa de Dulcinea se sintió maravillado por la situación que trastocaba la realidad real: «Para alguien que ha hecho de la escritura su vida es un momento maravilloso. Entrar en la casa real de alguien que nunca ha existido no es ninguna nimiedad».
En cuanto a interpretar nuestras vidas en base al destino o modelo de personas inventadas, los ejemplos son extensos. Además de El Quijote que personifica la vida de los idealistas o soñadores que no temen hacer el ridículo por el mundo con tal de hacer justicia, tenemos a Edipo, Antígona, Hamlet, Don Juan, Joseph K., Aureliano Buendía, Gregorio Samsa, el capitán Ahab, Hans Castorp, Zavalita, Horacio y la Maga y tantos otros personajes  gracias a cuya existencia es posible hacer comprensibles nuestras propias vidas. Esos seres inventados explican y dan luces sobre las manías, los sentimientos, los prejuicios, los anhelos, las miserias, las alegrías y las zonas insondables de nuestras propias existencias. Somos lo que somos en la medida en que nos parecemos a esos seres creados por la mente enfebrecida de poetas y novelistas.

Entonces, inventamos historias porque la naturaleza humana necesita a la vez a la ficción y a la realidad porque no encuentra, en esencia, una gran diferencia entre ambas en tanto una revela a la otra. Hay que cosas que son más reales de lo que parecen y otras más ficticias de lo que realmente son. Se trata de una complicación humana, por esta razón preferimos, por una parte, convivir con esta ambivalencia y, por otra, reconocer en los personajes inventados el sentido de nuestras vidas. Los escritores escriben ficciones y los lectores leen esas ficciones porque son parte de una necesidad vital: imaginar mundos paralelos que parezcan reales.
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Ilustración tomada de Actualidad Literaria.

Fecha Publicación: 2016-05-12T09:14:00.000-07:00
¿Dónde reside el origen de la creatividad o la pasión por el arte? Se cree que todo comienza con un estado de comunión entre el hombre y la naturaleza que el artista busca repetir inútilmente a lo largo de su vida.
 El placer artístico no parte nunca de la nada. Tiene un punto de partida que puede estar en nuestras vidas, en los libros, en el azar o en las experiencias ajenas. Tampoco es un solo instante, yo diría más bien que es suma de instantes. Es una persecución que, como dice Borges, nunca se produce pero se siente desde la perspectiva de lo inalcanzable, de lo próximo, de lo que roza la profundidad de nuestro ser.
La felicidad absoluta es para mí una edad: la infancia, y una imagen: unos niños bañándose debajo de un sauce a orillas del río Piura, a las 5 de la tarde, un lugar en donde solo se escucha el ruido del viento y el canto de los pájaros. El escenario es casi como el haiku de Basho, en el que la quietud de un estanque se ve interrumpida por el ruido de una rana que se sumerge de improviso en su misterio. Para mis  hermanos y yo, arrojarse sobre las aguas cristalinas del Lengash (nombre tallán del río) desde un árbol era encontrarnos con el vacío, con la nada, con el silencio supremo. Luego volvíamos al mundo pedestre y regresábamos a casa tiritando de frío mientras el sol se hundía en el horizonte con sus matices rojos, lilas y naranjas. Según los maestros espirituales de Oriente, el estado de la creatividad sería estar en armonía con la naturaleza o sintonizado con la vida y el universo. Los artistas, en general, buscan recobrar ese estado de sintonía o aproximarse a él.
Cuando era niño hubo una competencia con mis vecinos para determinar quién era más diestro con la honda. Para hacer más atractiva la competición, alguien dijo que la piedra que debíamos lanzar debía estar envuelta en un papel en el que cada uno de los competidores debía escribir un mensaje a Dios. Todos lanzamos las piedras, las cuales cayeron una a una en los techos del vecindario o en el descampado. Para mi fortuna (¿o para  mi desgracia?), yo no vi ni oí caer la mía. Seguramente fue amortiguada por la rama de un árbol o por la arena del camino donde jugábamos. Gracias al espejismo de mis sentidos, por un lapso de varias horas creí que mi mensaje había llegado a su objetivo y anduve como un sonámbulo por las calles hasta que alguien me sacó del sueño y me demostró que todas las piedras que se lanzan hacia el cielo caen debido a la fuerza de la gravedad. Fue duro escucharlo, pero así es la realidad de cruda e injusta.

Muchas veces he pensado que mi amor por el arte tiene que ver con esa imagen de unos niños bañándose a orillas del río Piura, a las 5 de la tarde, en una orilla donde solo se escucha el ruido del viento y el canto de los pájaros o con el mensaje envuelto en una piedra que surcó los confines del universo y que yo no vi ni oí caer. Gracias a la creatividad, estas experiencias son revividas todos los días de mi vida a la hora en que escribo. Se trata de imágenes que persigo infructuosamente, el Santo Grial de una pasión insaciable cuyo placer es no llegar nunca a sentirlas por completo.

Fecha Publicación: 2016-05-12T09:12:00.000-07:00

El Perú nació como una utopía, un lugar pródigo que, por la abundancia de su oro y perlas, más parecía de la imaginación que de la realidad.
El sustantivo Perú fue al principio impreciso. Los españoles que vivían en Panamá en la primera mitad del siglo XVI lo asociaban a una persona, a un lugar y a una leyenda. Birú llamaban a un cacique de las tierras del sur, a un señorío lleno de riquezas y a una tierra incógnita.
Las sucesivas exploraciones hacia los territorios inhóspitos del sur fueron descubriendo la verdadera naturaleza de Birú. El nombre a su vez, quizás conforme la nebulosa de la codicia se disipaba, fue mutando a Pirú y más tarde a Perú.
Nuevas y bien documentadas indagaciones históricas han demostrado que antes de que Pizarro y sus socios pusieran un pie en tierras peruanas vía el Pacífico, un grupo de soldados portugueses encabezado por Alejo García llegó por tierra al Tahuantinsuyo vía Paraguay. En ese lugar, García oyó hablar a los nativos de la Sierra de la Plata, que no era otro que el Tahuantinsuyo. Los datos históricos informan que llegó hasta Bolivia y capturó la fortaleza de Cuscotuyo, hasta que Huayna Cápac, que por entonces se hallaba en Quito, ordenó su inmediata recuperación al general Yasca. Derrotados, los portugueses regresaron a Paraguay y la historia, en cierta forma, los olvidó, igual que el nombre que le pusieron al lugar: “El país de los caracaraes”.
Desde tiempos remotos se impuso la visión del “poniente”, la del país costero, rico, centralista y hegemónico. La otra visión, la andina, la del “levante”, la que venía del centro mismo de sus entrañas fue olvidada por desconocimiento y por desinterés. Es verdad que ni Pizarro y sus socios ni García y sus huestes se lo propusieron, pero esa es finalmente la estructura de país que heredamos. De allí nació el dilema en el que nos hemos movido hasta hoy: centro y periferia, atraso y modernidad, riqueza y pobreza, sierra y costa, indios y blancos.
En la Independencia tuvimos, por un lado, a San Martín, quien defendía un estado monárquico; y por otro, a Bolívar, quien era partidario del régimen republicano. Luego aparecieron en escena los intelectuales criollos (como los miembros de la Sociedad de Amantes del País) que nunca consideraron al Perú estructural o “profundo”. Después, en los siglos XIX y XX , intelectuales y políticos como Manuel González Prada, José de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaúnde y José Carlos Mariátegui plantearon tesis socio-políticas cuyo fines eran interpretar correctamente la realidad. 

A fines de los 40 del siglo XIX, los científicos sociales introdujeron las nociones de “choledad, “Perú mestizo” y “utopía andina”, que resultaron insuficientes para entender los cambios. En 1984, José Matos Mar sostuvo que en el Perú ocurría un «desborde popular» de los límites normativos e institucionales. De ahí en adelante, se habla de un Perú informal, emergente o en formación. En realidad, lo que prevalece es un país utópico,  una nación que necesita cerrar sus heridas y conquistar su futuro.



Fecha Publicación: 2016-05-12T09:10:00.000-07:00
¿Existe realmente un pugna ideológica en el actual proceso electoral o solo se trata de un enfrentamiento electoral al que concurren dos estados de ánimo que algunos llaman fujimorismo y antifujimorismo?
 Algunos analistas políticos sostienen que el debate político del país en el siglo XX enfrentó a dos corrientes ideológicas: el aprismo y el antiaprismo. La segunda, a diferencia de la primera, no era homogénea y agrupaba a fascistas, militaristas, socialistas y comunistas.
A finales del siglo XX y comienzos del XXI, el debate político, según esos mismos analistas, enfrenta a dos fuerzas: el fujimorismo y el antifujimorismo, lo cual me parece un poco exagerado. Se trata de un enfrentamiento, según mi punto de vista, electoral más que ideológico y, por lo mismo, circunstancial que no comienza  ni termina con las marchas contra Keriko Fujimori ni la acusación de “terrucos” a los que promueven el “no” a su candidatura.
En realidad lo que debería ocurrir es un pugna ideológica entre el modelo neoliberal y el modelo socialista que representa Verónica Mendoza. El fujimorismo no una ideología, es un movimiento clientelista y emocional que simpatiza con el neoliberalismo, pero del que no sabemos a ciencia cierta qué es ideológicamente. Alfredo Barnechea dice que en este proceso electoral hay dos modelos enfrentados: uno es el liberal a ultranza y el otro que, supuestamente, representa a él. ¿Pero cuál es el modelo que él representa? ¿No es acaso también  el neoliberal?
En su libro Ciudadanos sin República, Alberto Vergara  sostiene que en la construcción del desarrollo social peruano contemporáneo han competido históricamente cuatro proyectos: el republicano, el socialista, el corporatista y el neoliberal. Ha habido, es cierto, otro tipo de promesas, pero no han tenido mayor gravitación.
Las promesas socialista y corporatista (el Apra y el velasquismo, según Vegara) están “enterradas” o han sido arrasadas por la fuerza de los acontecimientos a fines del siglo XX. La promesa republicana  nunca se ha concretado y es más bien –sostiene Vergara― un fracaso sistemático. Este conviviría en relación de desencuentro con la promesa neoliberal, la cual sí ha logrado éxito a partir de los años 90 y consiste, esencialmente, en el desarrollo del mercado sin presencia del Estado y en la redistribución de la riqueza gracias a la competencia económica, con las consiguientes desigualdades que esto acarrea.
En lo que sí tiene razón Barnechea es que el modelo neoliberal está en crisis y necesita ser revisado y contrastado con otro modelo. Lo que no sabemos exactamente es en qué consiste esta nueva visión ideológica que vaya más allá de las propuestas de revisar los contratos de explotación del gas, el Perú como doctrina o la mayor intervención del Estado para defender el derecho de los ciudadanos. Hasta ahora, por lo menos, un modelo alternativo sí es el que plantea el Frente Amplio, pero nadie quiere hablar de esto. Los grupos políticos prefieren el ataque verbal y los medios de comunicación los titulares sesgados u opinativos y aceptar la superficialidad de que el debate es únicamente entre fujimoristas y antifujimoristas.




Fecha Publicación: 2016-05-12T09:09:00.000-07:00
Cuando un medio no practica la imparcialidad se convierte en un vehículo de propaganda donde la única verdad es la que quiere imponer a los demás. El periodismo es libertad informativa, pero también un servicio social.
Cada vez que entramos en la recta final de las elecciones se revelan nuestras crisis internas. Por un lado, debilidad de las instituciones e informalidad en los actos que vinculan al Estado con los ciudadanos; y por otro, banalización del discurso político y parcialización de los medios de comunicación con uno o varios candidatos.
Algunos medios de comunicación toman partido por una candidata o candidato sin distinguir muy bien los verdaderos objetivos  de la información, ni menos el daño que se le hace a la democracia. O quizás lo hacen por esto mismo: para aprovecharse del debilitamiento de esta y pescar a río revuelto. Hay excepciones, por supuesto.
Aunque no tengo estadísticas o pruebas semejantes para analizar de manera detallada la manera en que los medios de comunicación vienen informando sobre el proceso electoral peruano, no  necesito más que observar a simple vista para comprobar que la imparcialidad brilla por su ausencia.
No hubo imparcialidad cuando se colocó los reflectores sobre el candidato César Acuña y se dejó en la penumbra a los otros postulantes a la presidencia; tampoco la hubo con el candidato Julio Guzmán, a quien se le excluyó por los  mismos errores en que habían incurrido otros candidatos y fuerzas políticas. En este caso, la prensa no informó con el énfasis suficiente para denunciarlo. No digo que ambos no merecieran su exclusión, sino que se les trató con cierto sesgo.
No la hubo cuando “Sin medias tintas” entrevistó a Alan García con un panel a gusto del entrevistado.  Tampoco la hay ahora con la candidata Verónica Mendoza. Un canal de televisión difundió el supuesto informe de un perito (que luego se supo era solo una opinión) que demostraba que letra de ella estaba en las agendas de Nadine Heredia; dos diarios de gran tiraje publicaron sobre esto un mismo titular: “Ampay” (cosa muy poco probable cuando hay independencia); y el portal MSN anunció: “Retiran candidatura de Verónica Mendoza”, una falsedad a todas luces que luego tuvo que retirar del portal.
Javier Darío Restrepo sostiene que un medio tiene el derecho y el deber de expresar sus preferencias políticas en su página editorial. Si lo hace al revés; es decir, si utiliza la información como una manera de opinar «esto es completamente dañino para la democracia y para la credibilidad de los medios». Añade que un periódico «que sale con propaganda a favor de un candidato sólo sirve para envolver zapatos, no para hacer historia».
La verdad es que la información es lo más valioso que tiene un periodista para tener credibilidad y, sobre todo, para orientar a los ciudadanos, quienes necesitan de la información para hacerse una idea de la verdad y para pedirle cuentas al poder en el que van a depositar su confianza.
Todo indica que en los próximos días la imparcialidad seguirá cuesta abajo y que se seguirán borrando las fronteras entre información y opinión. ¿Qué hacer para impedirlo?
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Ilustración tomada de Mediación Global.



Fecha Publicación: 2016-05-12T09:05:00.002-07:00

Llamar a una candidata ‘bruta’ y ‘babosa’ es poco comparado con llamar ‘terruco’ a un ciudadano que piensa diferente. Estas calificaciones, comprensibles pero  injustas e irreales, revelan sin duda nuestro miedo al pasado.
Una de las etapas más terribles de nuestra historia es la guerra que desató  Sendero luminoso contra el Estado peruano, la cual provocó la muerte de miles de personas y abrió una brecha de rencor entre las víctimas de ambos bandos.
La Comisión de la Verdad nombrada por el gobierno de Alejandro Toledo analizó el contexto que dio origen a la guerra, investigó los crímenes y violaciones a los derechos humanos de los dos lados, determinó, en lo posible, a los responsables y formuló propuestas de reparación moral y económica para las víctimas con el fin de promover la reconciliación entre los peruanos.
Los resultados de dicha Comisión fueron aceptados por un sector de la sociedad y rechazados por otro. Lo cierto es que su investigación abrió viejas heridas, colocó a la mayoría de peruanos frente a la dolorosa verdad y nos advirtió del peligro de repetir experiencias de violencia semejantes.
En los últimos días, las salidas de César Acuña y Julio Guzmán de la competencia electoral provocó un realineamiento de los candidatos que quedaban en el partidor. Los más favorecidos por esta situación han sido sin duda Alfredo Barnechea y Verónica Mendoza, ubicados en el centro y la izquierda del espectro político respectivamente. Esto ha provocado, como se preveía, el estallido de una serie de ataques y acusaciones verbales con el fin de ganar distancia en la carrera.
En esta guerra en la que los candidatos se acusan de ‘chavistas’, ‘lobistas’, ‘corruptos’, ‘velasquistas’, ‘apristas’ y ‘fujimontesinistas’ (así llama Hugo Otero a Alfredo Barnechea), ha intervenido, sin invitación previa, una actriz, Karina Calmet —quien representa paradójicamente el papel de una mujer boba en una serie de televisión— para llamar a la candidata Mendoza ‘bruta’ y ‘babosa’. Los calificativos últimos son ofensivos, pero no los más fuertes. Los más fuertes son ‘terruco’ o ‘terrorista’, lanzados por quienes creen ver en la mencionada candidata y sus seguidores a la encarnación del peligro comunista y totalitario.
Entiendo que el uso de los términos ‘terruco’ o ‘terrorista’ está motivado por el miedo al pasado y a la destrucción provocada por los huestes de Abimael Guzmán. Ningún peruano quiere volver a vivir ese episodio negro de nuestra historia. Digamos que estos calificativos expresan muy bien una especie de compulsión a evitar o eliminar todo aquello que nos recuerde la destrucción senderistas. Los comprendo, pero creo que su uso ahora es irreal e injusto.

Quien lo explicado mejor es la periodista Patricia del Río: «Prácticamente no conozco a un solo peruano cuya vida no haya sido tocada de una manera trágica por la guerra que el Perú libró contra el terrorismo durante más de diez años. El terrorismo nos ocurrió a todos. Nos golpeó a todos y todos lo deberíamos deplorar con la misma fuerza, con la misma convicción. Cuando usas la palabra ‘terruco’ para agredir a quien no piensa como tú, no estás insultando a una persona. Estás insultando a un país entero, estás banalizando la desgracia. Tu desgracia». ¿Qué piensa usted?
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Ilustración tomada de ADN Sureste. 

Fecha Publicación: 2016-05-12T09:01:00.000-07:00
En medio de un proceso electoral enrarecido por la actuación de los partidos y  los jurados electorales, aflora otra vez la urgencia de fortalecer las instituciones del Estado y erradicar la informalidad.
Uno de los síntomas más notorios de nuestro fracaso como país es  la desconfianza en las instituciones y las leyes y, como consecuencia de esto, del predominio de la informalidad en todas las actividades que vinculan a los ciudadanos con el Estado.
Nadie podrá negar que la vida política, social y económica de nuestro país ha dado un vuelco. Hace mucho tiempo que dejamos de ser el país feudal y atrasado que fuimos hasta los setenta. En la cresta de la ola del crecimiento económico de los últimos tiempos los fundamentalistas del liberalismo  creyeron que el crecimiento económico por sí solo nos iba a sacar de la pobreza y que el Estado iba a reformarse por la fuerza de los acontecimientos. Pero ahora, en pleno proceso electoral para elegir un nuevo presidente, aflora nuevamente un asunto crucial: la desconfianza en el funcionamiento y credibilidad de las instituciones del Estado.
Sin instituciones sólidas y sin respeto a las leyes las consecuencias son una democracia endeble, partidos políticos que funcionan como vientres de alquiler, jurados electorales que se contradicen debido a la presión mediática y de grupos de poder, ciudadanos que viven de espalda a las ideologías y el estado de derecho  y resquebrajamiento de la ética mínima de la convivencia entre políticos.
Francisco Durand, quien ha recogió los planteamientos de José Matos Mar y Hernando de Soto sobre la informalidad y el desborde popular afirma que el Perú está «fracturado» por fisuras horizontales (campo/ciudad, ricos/pobres) y por brechas verticales (economía formal, economía informal y economía delictiva) que lo conducían a la cultura de la «transgresión», lo cual pone en riesgo la construcción de un estado inclusivo.
Es sintomático por esto que la salida de la competencia electoral de dos candidatos tengan que ver, por un lado, con la violencia flagrante de las normas electorales y, por otro, con la improvisación y el desorden para elegir un candidato presidencial: dar dinero a cambio de votos y saltarse los estatutos solo porque el fin es más importante que los medios.
No deja de ser paradójico, sin embargo, que en un Estado débil e informal en su estructura la decisión última del JNE haya dividido la opinión pública entre quienes invocan la fuerza de la legalidad y los que exigen más tolerancia frente a las faltas. 
Hay quienes consideran que la salida de César Acuña y Julio Guzmán por decisión de JNE  constituye un golpe muy serio a la democracia, un fraude adelantado, un truco que beneficia al fujimorismo o un golpe de estado previo. No dudo de hay sospechas fundadas de que algo huele mal, muy mal, y que, por lo menos, no hay equidad en las sanciones que establecen los órganos electorales, pero me parece que la ambivalencia frente a las instituciones y la informalidad agrava más nuestra situación. ¿En qué quedamos entonces? ¿No es que necesitamos un Estado con instituciones creíbles y respetables?

Fecha Publicación: 2016-05-12T08:59:00.000-07:00

Ribeyro debió ser un escritor del boom, pero su fobia a la fama y, sobre todo, su vocación por expresar mundos y personajes marginales, lo apartaron de este movimiento. Sin embargo, a su pesar, es hoy un escritor universal.
 Mientras vivió, Julio Ramón Ribeyro fue autor de libros intimistas y lector voraz de diarios y documentos confesionales. Cultivó —como un escritor del siglo XIX— las aporías, el aforismo, el diario y el género epistolar, formatos que muy bien podrían ajustarse a los que usan los seres humanos del presente como Facebook o Twiter.
A finales de un siglo como el XX, contaminado por la tecnología y la informática, escribió libros de muy difícil clasificación: Prosas apátridas, La tentación del fracaso y Dichos de Lúder, en tanto en el mercado abundaban las novelas policiales, de amor, de aventuras y de ciencia ficción. El siglo XX —enemigo declarado del intimismo literario— lo ayudó a que escribiera esos textos raros. Y cuando ya faltaba poco para que llegara la nueva centuria y esos “raros” empezaran a publicarse con más regularidad y éxito, se fue de este mundo.
Siempre imagino a Ribeyro frente a la pantalla plana de una PC, ansioso por hilvanar unas cuantas frases contundentes. Luego —como antes lo hacía desde un café del Barrio Latino— observar a la gente, a la cotidianidad, al paisaje, a la realidad entera y cortarla a pedacitos con el cuchillo filudo de la inteligencia. Y escribir. Rápido y sin parar. Él dijo que sus prosas eran “apátridas” porque no encajaban en los convencionalismos de su literatura. Los lectores añadimos que eran “apátridas” porque pertenecían a un hombre sin una patria específica. Nuestro admirado escritor se murió cuando el ciberespacio le podía haber dado la patria que necesitaba para escribir desde la hondura de su yo pasajero.
Se trataba de un escritor que iba a contracorriente y, en cierto modo, anacrónico por propia voluntad. Cuando el boom y la novela épica estaban en su esplendor, el autor de Los gallinazos sin plumas escribía historias de personas sin porvenir, vencidos por el tedio y la rutina, historias sin motivaciones sociales; de modo que no encajó en la revolución que quebró las estructuras de la novela contemporánea, pese a que generacionalmente estaba muy cerca del cogollo de ese movimiento: Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez y Fuentes.
«Nacido en 1929, era quine años menor que Cortázar, dos años menor que García Márquez, un año menor que Fuentes, apenas siete años mayor que Vargas Llosa. Es decir, era en estricto escritor del boom latinoamericano. Y, sin embargo, poco o nada tuvo que ver con el fenómeno narrativo que en esos momentos estos nombres encabezaron», ha escrito Juan Gabriel Vásquez.

Entre los años 50 y 60, los narradores latinoamericanos imaginaban una realidad donde ocurrían cosas maravillosas e insólitas o surgían epopeyas sociales, Ribeyro en cambio escribió sobre asuntos más intimistas, domésticos, sin color, con personajes llenos de frustraciones y envueltos en su propia vida gris. Al cabo de los años, los tópicos del escritor peruano calzan, curiosamente, muy bien con las grandes preocupaciones del hombre contemporáneo. Ribeyro no escribió una novela como las que predominaban en los años sesenta y setenta, pero expresó con acierto la condición humana; de ahí su vigencia.

Fecha Publicación: 2016-02-11T15:15:00.001-08:00
 Es casi unánime en los círculos académicos del periodismo considerar Hiroshima de John Hersey como uno de los  mejores, sino el mejor, libro de periodismo narrativo (o literario) jamás publicado.
Acabo de leer Hiroshima de John Hersey en una traducción al español hecha por el colombiano Juan Gabriel Vásquez y publicada en una nueva edición por Debate (2015) y estoy sorprendido —como todos los lectores que se acercan a sus páginas— por la concepción y calidad de un texto más o menos breve que la revista The New Yorker publicó en un solo número en 1946 y consideró después como “el más famoso artículo de revista jamás publicado”.
Hiroshima es considerado un ejemplo de cómo se puede narrar desde de los personajes; es decir, desde los protagonistas o testigos de un hecho periodístico. La historia, en efecto, se estructura en base al relato en tercera persona de seis sobrevivientes a partir del momento (las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945) en que la primera bomba atómica relampagueó sobre el cielo de Hiroshima y sumió a los japoneses en una era de momentáneo apocalipsis.
Cuando el bombardero Enola Gay soltó a 10 kilómetros de altitud la bomba atómica bautizada como Little Boy y los 60 kilogramos de Uranio-235 estallaron  con una potencia de 13 kilotones, la señorita Toshiko Sasaki “estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino”; el doctor Masakasu Fuji se alistaba a leer un diario; la señora Hatsuyo Nakamura observaba a un vecino derribar su casa; el padre Wilhelm Kleinsorge estaba recostado  sobre un catre leyendo una revista; el doctor Terufumi Sasaki caminaba por uno de los corredores del hospital donde trabajaba; y el reverendo metodista Kiyoshi Tanimoto descargaba una carretilla llena de cosas.
La crónica sigue la suerte de estos seis personajes y nos descubre los instantes de horror que causó la explosión y los días que sucedieron a esa pesadilla. El relato es aterrador: cadáveres chamuscados, heridos que caminan con los ojos vaciados, sangre y pus por doquier; es también  una suma de sorpresas sobre la cultura tradicional del Japón (los sobrevivientes  les piden perdón a los muertos por estar vivos, los sanos se disculpen ante los heridos por estar de pie y sin rasguños); así como una explicación serena de la crueldad a quienes están del lado de los “vencedores”. “No conozco otro caso de un texto tan profundo y tan claro en sus propósitos que lleve al público de un país que acaba de ganar una guerra a la mente, la sensibilidad y el sufrimiento de sus vencidos”, ha dicho Roberto Herrscher.
Tom Wolfe y los integrantes del Nuevo Periodismo norteamericano consideraron a John Hersey como “un antecedente remoto” de su movimiento (el que consideraba que la novela estaba en cuidados intensivos y que el futuro de la narración estaba en el periodismo que ellos practicaban), sin embargo él los consideró siempre como parte de un corriente postiza y fraudulenta, llena de excesos literarios. Hersey creía, ante todo, que un periodista debía ser fiel a la realidad. Y eso es lo que hizo con Hiroshima, un modelo de cómo escribir periodismo de alto vuelo sin traicionar a la verdad.


Fecha Publicación: 2016-02-11T15:12:00.001-08:00
Casi tres millones de electores votarán por primera vez en las elecciones del 2016 y ocho millones y medio eran niños y adolescentes cuando gobernaron Alan García y Alberto Fujimori. ¿Cuánto interviene el pasado en una elección?
 Según el padrón electoral de la RENIEC aprobado por el Jurado Nacional de Elecciones, 22´901,954 ciudadanos están aptos para participar en las elecciones generales del 2016. La mayor cantidad de votantes, según el mismo padrón del JNE, son jóvenes entre los 20 y los 24 años (2´973,041). Le sigue el grupo de 25 a 29 años (2´813,058) y el de 30 a 34 (2´641,812). Los votantes que  tienen entre 65 y 69 años suman 850,711 y los que tienen más de 70 años, 1´700,150.
Esto quiere decir que los que hoy tienen 20 y 24 años tenían entre 4 y 8 años en la época en que Fujimori fue a su re-reelección y se destaparon los escándalos de rapiña en su gobierno; los que están entre 25 a 29 años,  9 y 13 años; y los que están entre 30 a 34 años, 14 y 18 años.  Es decir, la mayoría de este inmenso bolsón de peruanos (8´427,911) vivía por entonces su niñez y adolescencia.
Hay 2´943,721 de electores peruanos que votarán por primera vez en las Elecciones Generales del 2016. Una gran cantidad de estos no habían nacido todavía cuando Fujimori quiso perpetuarse en el poder. La política peruana no es, desde luego, algo que un niño o un adolescente guarde en su mente y luego le dé sentido y significado según sus intereses. ¿Será por esta misma razón que somos tan tolerantes con la corrupción y tan pasivos frente a la traición de los políticos? ¿Tanto nos condicionan la niñez y la adolescencia para el desdén y la permeabilidad con el pasado?
 A quienes eran niños o adolescentes en la era García (la del horroroso primer gobierno) o en la era Fujimori no les podemos exigir, es cierto, que tengan un vínculo leal con el pasado. El problema es, creo, cómo leen y comprenden ahora ese pasado. Cuando digo “leen”, me refiero a la forma en que se informan sobre él. Los jóvenes de hace veinte años se enteraban de la realidad política y económica —si es que se enteraban— a través los diarios impresos, la televisión y la radio. Los de ahora lo hacen, fundamentalmente, a través de los medios digitales y las redes sociales. Su nivel de comprensión lectora, en un sentido general, es paupérrimo y ellos,  casi siempre, tienden a darle crédito a  cualquier fuente a la que accedan. La historia  se  les presenta de manera fragmentada y sin un ancla sensorial y afectiva.
Hoy por hoy, las redes sociales funcionan como medios de comunicación, formas de captación política y fotografías del presente. Esto lo saben muy bien los estrategas en comunicación de Verónica Mendoza, Julio Guzmán (ahora con graves problemas para su inscripción) y Alfredo Barnechea, quienes son los candidatos que mejor difunden su imagen y contenidos en los medios digitales. ¿Cuánto saben del pasado los receptores de los mensajes de estos políticos que estrenarán, en muchos casos, su capacidad de delegar su representación al nuevo presidente ya los vice-presidentes y congresistas? 


Fecha Publicación: 2016-02-11T15:10:00.001-08:00
El libro Asociación ilícita de Leonardo Aguirre nos revela una historia grotesca y estrafalaria de nuestra literatura basada en el dato biográfico, los dilemas éticos,  las incontinencias verbales y la contradicción de sus  protagonistas.
Con su libro Asociación ilícita Leonardo Aguirre ha trasgredido conceptos y géneros literarios y, sobre todo, ha agitado el gallinero. Julio Ortega afirma que “ha inventado la crónica de auto-ficción”, ya que “reconstruye la biografía escandalosa” (yo diría grotesca y estrafalaria) de los escritores peruanos con la escrupulosidad de un documentalista (“erudición de un notario”, dice Fernando Ampuero).
Yo no estoy muy seguro de si hay autoficción en lo que ha escrito o si  se “ha disfrazado de testigo protagonista” para contarnos las cosas. No veo que mezcle lo autobiográfico y lo ficticio de manera intencional. Más que “autoficcional” creo que es “vitriólico”.
Ortega llama acertadamente al trabajo de Aguirre una “excelente metáfora para conocer  la interioridad […] del desarrollo social del escritor en el Perú”. Y lo que revela esa metáfora es una situación jocosa, esperpéntica y desenfrenada, nunca aburrida. Gracias a su capacidad notarial, documental y narrativa (y también perversa e insidiosa), Aguirre ha conseguido desvelar lo que se oculta detrás del telón.
El autor alterna su escritura en dos niveles: por un lado, el relato principal, oficial y visible, en el que mezcla biografías y hechos sustentados en fuentes comprobables; y por otro, un relato más subterráneo, clandestino o poco conocido, en el que ofrece más detalles de las contradicciones, exabruptos lingüísticos y metidas de pata en que los escritores incurren porque son precisamente seres humanos. Este relato usa como formato principal el pie de página.
Un pie de página es una información complementaria que se consigna al final de una página o un capítulo con la ayuda de un número o un asterisco. Por lo general, son incómodas y molestosas porque interfieren en la fluidez de la lectura. En el caso de Asociación ilícita, la mayor parte de las 1215 que tiene el libro funcionan como un complemento  o una escenografía de la comedia que los egos literarios (revueltos, dice Juan Cruz) representan (mejor dicho: viven) ante nuestra mirada atónita.
El editor Roberto Calasso afirma que las solapas y las contraportadas son las vías a través de las cuales los lectores “oyen” la voz de los libros. De manera que redactarlas requiere de experiencia, astucia y capacidad, cualidades que, por lo general, las tienen los buenos editores, que son quienes las han convertido en un género literario. Así también Jorge Luis Borges —que no fue un editor, sino un escritor— usó las notas a pie de páginas como una especie de la ficción. En este mismo sentido, yo diría que Leonardo Aguirre ha reasignado el rol de las notas a pie de página como recursos literarios, recursos empleados con mucha eficacia en una historia contemporánea de nuestra literatura que, por lo esperpéntica, más parece una ficción que una realidad.



Fecha Publicación: 2016-01-19T08:58:00.003-08:00
Siempre quise ser novelista. De niño soñaba con escribir historias de aventuras que emularan a los héroes legendarios creados por Emilio Salgari, Daniel Defoe o R. L. Stevenson, pero nunca me atreví a escribir una historia larga, una historia de ficción que comprometiera en su escritura a mi cuerpo y a mi alma. Mientras tanto me dediqué a la poesía, un oficio que me ha dado muchas satisfacciones y me ha ayudado a conocer mejor el lenguaje. Oficio que, por cierto, no voy a abandonar jamás.
En los años en que asediaba a la novela sentía también que me faltaba el conocimiento técnico y la experiencia vital para ponerme a escribir una, hasta que hace unos años me atreví por fin y salió lo que salió. Lo que salió es una novela de mediana extensión que he corregido varias veces y que tiene como punto de partida mi experiencia emocional, política y social de mis años como estudiante universitario. La novela fue premiada en el marco del Hay Festival de Arequipa por la Fundacion para la Literatura Peruana y el BVVA y presentada al concurso por editorial CEA. Su primera versión fue rechazada por dos editoriales importantes de Lima, rechazada en el sentido de que nunca recibí una respuesta sobre la decisión que habían tomado los editores respecto a mi manuscrito. En este sentido, el silencio dijo más que las palabras. Este mismo silencio elocuente es el que creo percibir entre quienes me conocen y no aceptan que sea capaz dar el salto y publicar una novela. El mundo literario es muchas veces una cueva donde campea la envidia y el ataque artero; es lo que  Mircea Cărtărescu llama "el cordón sanitario de la fama". Esto, está demás decirlo, me tiene sin cuidado. 
Dentro de poco publicaré Señor Cioran no porque sienta que ya cuento con el conocimiento técnico y la experiencia vital para hacerlo, sino porque necesito hacer algo para confirmar que mi vida no es posible si no tengo a la literatura conmigo. Ahora mismo me encuentro escribiendo una segunda novela que no sé exactamente a dónde se dirige, una novela que siento que me sale de las entrañas y que ha sido motivada en buena cuenta por mi experiencia como padre de Luciana, una niña de cuatro años que ha cambiado mi forma de ver el mundo. Con esta nueva visión y con la que me da lo novela sobre el medio en el que vivo, creo que tengo suficiente.Toda literatura es, en cierto sentido, autobiográfica, lo cual no significa que tenga que ser necesariamente real, aunque sí verdadera. Estoy próximo a cumplir cincuenta y tres años y tengo la sensación de que es el momento adecuado para hacer realidad mi sueño de ser un novelista. Que sea uno bueno o malo, el tiempo y los lectores lo dirán. En todo caso, procuro ser auténtico y ponerle cariño a lo que escribo. Creo que los años previos a la escritura de Señor Cioran han sido años de preparación para este encuentro con el mundo narrativo. Son años también de mucha lectura y mucho sacrificio. Ante mis ojos han desfilado cientos, miles de ensayos, novelas, cuentos y poemas leídos con pasión y robándole tiempo al tiempo. Si no fuera por la lectura, mi amor por el mundo y la literatura hubiera desfallecido. "Que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito, yo me enorgullezco de los libros que he leído", dijo Jorge Luis Borges, y yo lo suscribo plenamente.
En realidad, es muy difícil decir exactamente de qué va Señor Cioran. Claro que todo novela tiene una historia madre, un esqueleto narrativo al que el lector puede seguir sin confundirse. Lo que sigue es un intento por capturar su contenido, que espero seduzca a los lectores y les permita leerla con libertad y sin prejuicios. Yo aspiro a que mi literatura sea universal, obtenga cada vez una mayor calidad y no se acompleje ante nada ni ante nadie. De allí mi profunda aversión a las quejas continuas de los escritores que viven en  "provincias" sobre sus propias limitaciones, así como al desdén de quienes se creen parte del canon literario del Perú porque viven o publican en Lima. Ignoran que Lima es, a su vez, la periferia de otros centros o, en todo caso, que Internet ha dividido el mundo en varios centros y en varias periferias.
Señor Cioran es un homenaje a Emil Cioran, el ilustre pesimista rumano, nombre que los protagonistas de una de las historias usan como contraseña para reconocerse en la clandestinidad. En mis años como estudiante universitario eran muy pocos los que leían a Emil Cioran, sin embargo los que lo conocíamos estábamos convencidos que su pesimismo calzaba muy bien con el espíritu gris de los años 80 y que, al mismo tiempo, era como una cuerda que tensaba en sentido contrario los sueños "revolucionarios" de muchos de nosotros. En la facultad donde estudiaba había de todo: comunistas, demócrata-cristianos, apristas, reaccionarios, conservadores, descreídos y optimistas. El problema era que la "revolución" no la querían hacer los optimistas, sino los pesimistas. Todos, sin embargo, padecían una país quebrado, sin esperanzas, casi sin porvenir. 
La novela desarrolla cuatro historias en paralelo, las cuales se mezclan en distintos momentos. La primera: la relación tortuosa entre un miembro del servicio de inteligencia con una ex subversiva convertida en prostituta; la segunda: el drama de un grupo de soñadores e inconformes que quieren cambiar el mundo, pero el miedo los paraliza y termina cambiándolos a ellos; la tercera: la crisis existencial de un aspirante a poeta -y admirador de Cioran- que traiciona a sus amigos “revolucionarios” y termina suicidándose; y la cuarta: el amor entre el narrador de las historias y la mujer de su juventud, amor que los conduce al exilio en Europa, donde ellos presumen que serán felices y donde, de algún modo, se encontrarán con el fantasma de Fernando Pessoa, a quien el narrador ama hasta el llanto.
Señor Cioran es, en cierta manera, un retrato conmovedor y grotesco de la condición humana y el idealismo juvenil universitario durante las décadas de los 80 y los 90 en Trujillo (y por extensión en el Perú), una revisión entre serena y pesimista de las convicciones ideológicas, así como una apuesta a favor de la racionalidad y la sensatez como fórmulas para acabar con el odio y la enemistad que destruyen a las sociedades debilitadas por la indiferencia y el egoísmo.

Nota: Esta no es la portada del libro. Es un borrador que se está usando como referente para elaborar el diseño final de la misma.

Fecha Publicación: 2016-01-19T08:04:00.001-08:00
Es casi unánime que los narradores crean siempre dos tipos de historias: las que se concentran en la anécdota y en el desenlace sorpresivo; y las que logran crear un tono, una atmósfera, un clima, o una paradoja íntima.
En realidad, la historia de la narrativa se ha movido entre dos vertientes. Por un lado, hay autores preocupados más por los sucesos y los hechos; y autores a los que les resulta fundamental construir sensaciones antes que un conjunto de hechos potenciados por una trama compleja.
Tomemos como ejemplo los cuentos La dama del perrito de Anton Chéjov y La carta robada de Edgar Allan Poe. En el primero, se cuenta la historia de Gúrov y Anna, quienes se conocen casualmente en Yalta, a donde han ido a parar con el de olvidar los malos momentos que pasan en sus matrimonios. Ambos viven un romance y luego regresan a sus hogares, donde cada uno espera olvidar al otro, cosa que no ocurre. Gúrov va en busca de Anna a San Petesburgo, pero ella lo rechaza y le sugiere e más bien encontrarse en Moscú para retomar la relación. La historia termina cuando ambos hacen planes para el nuevo encuentro. La anécdota es banal, insulsa y el relato vale por el clima que desarrolla: un clima de ansiedad y obsesión.
En La carta robada, el ladrón de una carta de grandes implicancias políticas (un importante ministro) ha sido identificado por la policía, la cual sabe además que la tiene oculta en su domicilio, pero ignora exactamente dónde. Con este fin, el prefecto que dirige el caso llama  al detective Dumpin para que se haga cargo del caso a cambio de una gran recompensa. Mediante un ingenioso análisis y una astuta treta para distraer al ministro, Dumpin llega a determinar dónde se  encuentra oculta: en el escritorio, el lugar más visible y, por lo mismo, menos sospechoso. El detective cambia la carta original por otra que había preparado cuidadosamente y así resuelve el asunto. En esta historia lo más importante es lo que sucede, la forma en que se entrelazan los acontecimientos.
La novela Eclipse de John Danville es tributaria de las narraciones donde lo más importante es el tono surreal y lírico que crea alrededor de los personajes. La trama es simple: Alexander Clave, un actor famoso, decide regresar al hogar de su infancia con el fin de encontrase consigo mismo y comprender la crisis nerviosa que lo atenaza luego de su retiro. En la vieja y sucia casa se le aparecen esporádicamente tres espectros (una mujer, un niño y un hombre que no puede reconocer), los cuales parecen darle algunas señales sobre su pasado. Más tarde descubre que en la casa viven también dos inquilinos de carne y hueso con los que establece una relación entre tolerante y huidiza. Luego de un tiempo, su esposa viene en su busca con la intención de salvar su matrimonio y comunicarle que su hija mayor, Cass, quien padece de una enfermedad mental, está embarazada. El actor se ve envuelto en el caos y la desesperación, hasta que finalmente alguien le comunica que Cass se ha suicidado. Tras la muerte de la hija, Alexander Clave se da cuenta que los espectros que se le aparecían eran los miembros de su propia familia, los cuales buscaban darle señales del futuro, no del pasado; es decir, señales sobre el destino trágico de Cass. Pero ya es muy tarde para evitarlo.
Para escribir una novela de estas características hace falta manejar una prosa deslumbrante, de connotaciones líricas, llena de referencias culturales clásicas, de grandes objetivos estéticos y un manejo elegante de la ironía, cosa que John Banville, uno de los más grandes novelistas del mundo contemporáneo, maneja con suma maestría.



Fecha Publicación: 2016-01-19T08:01:00.000-08:00
“La mitad del trabajo de un escritor consiste en descubrir su tema”, dice V.S. Naipaul. Ocurre, sin embargo, que la mayoría de escritores busca incesantemente en lugares remotos y no se da cuenta ─o no quiere darse cuenta─ que lo tiene al alcance de la mano.
En el libro Momentos literarios, que es una especie de biografía intelectual de V. S. Naipaul, este escritor  plantea una serie de reflexiones en torno al placer de leer, el arte de la escritura y la identidad del escritor.
Sus reflexiones se levantan sobre la base de dos ideas fuerza: la tradición literaria y el valor del escritor para ser auténtico. Naipaul nació en la isla de Trinidad, en el seno de una familia de emigrantes hindúes que habían formado una especie de India aldeana e idílica en el país donde habían llegado en busca de un mejor porvenir.
De joven, este escritor sintió que carecía  de una “tradición literaria viva” y que no pertenecía, como Dickens o Conrad, a una sociedad organizada que usar como referente. También sentía, al mismo tiempo, que tener ambiciones literarias y ser de una colonia inglesa “era un tanto ridículo e insólito” y hasta torpe.
“[…] los grandes novelistas escribían sobre sociedades sumamente organizadas. Yo no tenía una sociedad así. No podía compartir los supuestos de los escritores, no veía mi mundo reflejado en el suyo”, escribe Naipaul. Por un lado, tenemos a una víctima del colonialismo intelectual de la época y, por otro, a un joven escritor carente del valor suficiente para escribir sobre su propio mundo. Con el paso de los años, gracias a su estadía en Inglaterra y sus viajes al exterior, su visión cambió y él empezó a librarse de la tradición metropolitana y a mirarse a sí mismo.
Cuando, tras una serie de dificultades y fracasos, adquirió conciencia de la historia de Trinidad, de su origen hindú y del objetivo personal que perseguía, se lanzó a escribir sin mayor temor que su propia capacidad. Lo primero que hizo fue utilizar en un relato el nombre de una calle de Puerto España donde vivía. Es decir, se apropió del mundo que tenía al alcance de la mano y que había estado esperándolo, con el cual, dicho sea de paso, podía tocar temas universales: “Y de repente un día, sumido en una depresión casi continua, empecé a ver cuál podría ser mi material: la calle de la ciudad de cuya vida mestiza nos habíamos distanciado, y la vida rural anterior, con los usos y costumbres de una India recordada. […] Casi al mismo tiempo surgieron el lenguaje, el tono, la voz de ese material. Parecía como si voz, forma y contenido se integraran unos en otros”.
Gracias a la investigación constante y el estudio, V. S. Naipaul fue descubriendo una tradición literaria que lo conectaba con Inglaterra y la India y, sobre todo, con el lugar donde había nacido: Trinidad. Para lograrlo, contó con la ayuda invalorable de su padre, un periodista que en sus ratos libres escribía relatos sobre la vida de los hindúes que vivían en esa isla. Esos relatos, según Naipaul, se convirtieron en un respaldo moral y sentimental, en un desencadenante del oficio que luego elegiría para vivir.
“La mitad del trabajo de un escritor consiste en descubrir su tema”, afirma en el Prólogo de una autobiografía. Tratándose de un escritor desplazado y casi sin tradición propia, esta idea cobra más sentido y valor.Ahora mismo pienso en las resonancias intelectuales y afectivas que esto tiene para los aspirantes a escritores que sienten, como Naipaul, que  viven en la periferia del mundo o que creen que no cuentan con una tradición literaria que respalde sus ambiciones. No hay más que mirar ─como miró él─ a la realidad que nos rodea y dar el paso con la valentía suficiente para integrar voz, forma y contenido.

Fecha Publicación: 2016-01-19T07:59:00.000-08:00
Las ciudades de los escritores suelen ser espacios fugaces de felicidad, odios y recuerdos, más que simples lugares físicos por donde ellos transitan. Un libro de memorias de Onhar Pamuk,  Estambul: ciudad y recuerdos, así lo confirma.
Los escritores suelen establecer con las ciudades —que son de todos— una relación íntima que oscila entre el amor y el odio, entre la aceptación y el rechazo o entre el silencio y la elocuencia. Un estadio espiritual de sentimientos simultáneos, nunca por separado.
Franz Kafka, Fernando Pessoa, James Joyce Jorge Luis Borges y Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo, se refirieron a Praga, Lisboa, Dublin, Buenos Aires y Lima como espacios de existencia, las convirtieron escenarios de sus obras y, en el mejor de los casos, las cubrieron con el manto de su imaginación. Los escritores redibujan de este modo espacios del pasado y el futuro que el tiempo confirma o diluye según la grandeza del creador.
Las ciudades están presentes como un espacio donde se reproduce el universo literario de los escritores o como el objeto mismo de sus afectos, recuerdos, melancolías y obsesiones. Cuando ocurre lo primero, son por lo general los conocedores de sus obras los que reconstruyen mediante guías, mapas, itinerarios y diccionarios personales las vidas que ellos vivieron en las ciudades que amaron y odiaron a la vez. Tenemos así libros sobre la Praga de Kakfa, el Buenos Aires de Borges o el Dublin de Joyce.
Cuando ocurre lo segundo, los escritores escriben memorias o autobiografías en las que se mezcla el recuerdo, la educación sentimental e intelectual y los viajes que realizaron por el mundo interno y externo. Pocos, sin embargo, han dedicado a una ciudad un libro entero donde pudieran resolver la tensa relación que mantuvieron con ella a lo largo de su vida. Es el caso del premio nobel turco Onhar Pamuk, quien en el 2003 publicó su libro Estambul: ciudad y recuerdos, un libro escrito con una visión panorámica y al mismo tiempo personal.
Estambul es Onhar Pamuk la ciudad física y la ciudad ideal, la pobreza y el esplendor, el pasado y el presente; es decir, establece con esta legendaria ciudad turca una relación ambivalente, en la que, además, padeció las contradicciones propias de su vocación artística y la clase social a la que pertenecía. La familia del novelista era rica y occidentalizada y guardaba en su imaginario el antiguo esplendor de la capital del imperio otomano. Pamuk vive estas contradicciones como un dolor que lo desgarra y, al mismo, tiempo como el descubrimiento de una belleza interior y aterradora: la amargura.
Según el novelista turco, Estambul está ligada con sus habitantes a través de un sentimiento común: la amargura, la que a su vez es alentada por la sensación de pérdida y pobreza, por el dilema de ser occidental o ser oriental o simplemente por un estado espiritual de derrota que todos sienten sin comprenderlo cabalmente. El libro, que está acompañado de fotografías muy expresivas sobre la belleza y la fealdad física y moral de Estambul, constituyen una elegía en la que desfilan recuerdos, personajes, curiosidades, recuerdos maravillosos y felices, así como una testimonio sobre el encuentro violento entre la lo antiguo y lo moderno. Las imágenes que proyecta el memorioso Pamuk recuperan las callejuelas, los edificios, las estatuas, los parques, los cementerios y el mítico Bósforo, quizás el gran personaje de estas memorias.

Gracias a este libro uno puede conocer emocionalmente a Estambul y, sobre todo, conocer la importancia que una ciudad puede tener para el desarrollo literario y espiritual para un escritor.

Fecha Publicación: 2016-01-19T07:57:00.004-08:00
¿Si los políticos peruanos no son leales con las ideas que pregonan cómo van a serlo con los electores o el partido al que pertenecen? El cambio de camiseta no debería extrañar a nadie en un país sin sistema de partidos y estamentos políticos coherentes.
La política, por su misma naturaleza, requiere de ciudadanos preparados, probos y conscientes de que representan a las mayorías que los eligen —o dejan que ejerzan de facto su representación— para que garanticen la vigencia de sus derechos. Al menos esto es así en teoría.
Mal que bien, los políticos se preparan para gobernar, profesar una ideología, formar una especie de linaje, hacer una carrera de años, tratar de entender cómo funciona el Estado y poner en práctica las mejores recetas para gobernar. El poder político se basa en la prepotencia, el dominio, el mando, el privilegio, la superioridad y la conspiración contra el débil. La historia de los Estados es la historia de la lucha contra esta forma de poder, así como una cabal demostración de que la política y los políticos —pese a las profundas injusticias que acarrean— resultan necesarios para la vida social. De allí lo conveniente de contar un sistema de partidos y estamentos políticos.
Pero como la mayor parte de los oficios, artes y profesiones la política se ha ido devaluando a saltos agigantados. La corrupción —esa peste de los Estados ricos y pobres— ha convertido los fines primigenios de la política en asuntos subalternos que conciernen solo a soñadores y «tontos útiles». Tras ella se agazapa una lógica perversa: dame tu voto y no preguntes quién soy y a qué me dedico.
En el Perú a partir de 1992 la política sufrió un proceso de  «espectacularización». Los políticos con ideología y discursos con contenido desparecieron o se arrinconaron en movimientos de última hora. Los empresarios, los periodistas, los militares retirados, los caciques de provincia y algunos ciudadanos de «éxito» se apoderaron de puestos de mando y representación. Las de 1990 fueron, creo, las últimas elecciones con contenido ideológico en el Perú. Sin embargo, ya algo anunciaba que el medio político del Perú empezaba a perder profundidad y decencia. Al poco tiempo, las cosas se pusieron patas arriba: había muy poco espacio para los políticos de vocación y mucho para los que buscaban una fórmula de ascenso económico. La prédica de que se había llegado al fin de la historia, los partidos y las ideologías «lumpenizó» el discurso electoral y abrió de par en par las puertas —con la ayuda de los medios de comunicación— a los aventureros y a los improvisados.
Perdidos en medio de la nada, sin debate de ideas, sujetos a los vaivenes del poder y el dinero, los políticos pasan de una tienda política a otra, buscan su acomodo, revelan sus verdaderas ambiciones. ¿Si no son leales con las ideas que pregonan cómo van a serlo con los electores o el partido al que pertenecen? En este sentido, no debería llamarnos la atención que Anel Towsend haya pasado a las filas de APP, que Lourdes Flores haya propiciado una alianza con el APRA o que Susana Villarán forme parte de la plancha presidencial de Daniel Urresti. Entiendo que muchos electores nos sintamos defraudados o incluso traicionados, ¿pero de verdad podíamos esperar algo diferente?

La tragedia de nuestra historia es que nuestra lucha por salir de la pobreza no se corresponde con una lucha para tener un sistema de partidos y estamentos políticos (con las responsabilidades personales y colectivas que esto supone). La tragedia salta a la vista con políticos que se venden por un plato de lentejas.

Fecha Publicación: 2016-01-19T07:55:00.000-08:00
Un magnífico libro de Pilar González Vigil, Lala, la sin-piés,  cuenta la historia de una simpática ciempiés que puede leerse como una metáfora de la diferencia y una parodia de la autoestima.
En el excelente cuento Lala, la sin-piés de Pilar Gonzales Vigil tanto lo que se relata como la forma en que se relata tienen idéntico valor. Se trata de un cuento que tiene como referencia inevitable al famoso El patito feo de Hans Christian Andersen, en el sentido que podría leerse también como una metáfora de la diferencia y una parodia de la autoestima. Es decir, la historia que vive la protagonista no es necesariamente lo más importante sino los significados que proyecta a los lectores.
Lala, la sin-piés  es un ciempiecita diferente a las de su especie. Ella no tiene patas y su cuerpo rosado está lleno de pelos. Esta apariencia singular provoca las burlas y las bromas de sus hermanos, quienes la consideran poco apta para el juego y la vida social con sus semejantes. Lala acusa el golpe y se refugia en el cariño de su madre. Esta sufre tanta como la hija la discriminación de que es objeto la ciempiés y no puede hacer nada para remediar la situación.
Lala busca respuestas en la naturaleza, especialmente en la única montaña que se eleva sobre el bosque donde ella vive. Quiere saber por qué es rara. Al día siguiente se levanta con gran alegría y decide subir hasta la cima de la montaña, lo cual provoca otra vez las burlas de sus hermanos. ¿Cómo una ciempiés que no tiene piés puede subir a lo más alto de una montaña? Pero Lala está decidida, se baña con gotas de rocío muy temprano y entrena a diario para conseguir el estado atlético indispensable
Finalmente, cuando la luna llena reaparece, decide partir en busca de la cima. La madre intenta disuadirla para que no lo haga, pero la ciempiés está decidida a cumplir sus sueño. En realidad ha sufrido un proceso de transformación y sabe que la única manera de lograr que todos la acepten es cumplir con su objetivo. Llegar al punto más alto de la montaña es un acto de heroísmo personal, una búsqueda de sí misma. Algo le dice que las respuestas están allí, que su vida tendrá sentido si llega hasta a realizar lo que ha propuesto.
El trayecto resulta más duro de lo que había pensado. ¿Qué reto personal no lo es? Lala, la sin-piés, no obstante, no desmaya y sigue en pos de su sueño. Ni el frío, ni el dolor de cuerpo ni el agotamiento de las provisiones la hacen desistir. En un momento de debilidad, invoca a su madre y llora, pero sigue caminando. Llegada la noche, con el hambre y el cansancio acosándola, Lala cae rendida, cierra los ojos y entra en un sueño profundo. De pronto se despierta y está frente a su madre convertida en una hermosa mariposa azul. En realidad, el huevo que recobró la mamá ciempiés tras una tormenta no era el de una ciempiés sino el de una oruga de mariposa. Lala, la sin-piés es una mariposa y llegado el momento partió a la montaña para formar su capullo.

Lala, la sin-piés  es un cuento lleno de múltiples figuraciones. Afirmé antes que podría leerse como una metáfora de la diferencia y una parodia de la autoestima. Lo primeo porque narra el drama de la incómoda situación de una ciempiés diferente, física y emotivamente, de los seres que la rodean, de los cuales recibe burlas y discriminación, eso que la realidad actual llama bulling. Lala no se avergüenza de su situación, aunque sí siente que no encaja, que no es ella misma, que es diferente y que no es libre. Lo segundo porque la situación que vive es absurda, paródica. ¿Cómo es que una ciempiés quiera subir a lo más alto de una montaña si no está dotada físicamente para hacerlo y, sobre todo, si es vista como frágil, insignificante y hasta cierto punto chiflada? La situación no es solo absurda, sino también producto de un malentendido: los ciempiés creen que ella es una ciempiés y ella cree que sus hermanos se burlan de su condición porque nació rara.  Ni lo uno ni lo otro. Ella es una oruga de mariposa que siente que su autoestima está mellada hasta que oye el mandato de un sueño que le dice que suba a la montaña, que allí sabrá quién es realmente ella. 

Fecha Publicación: 2016-01-19T07:53:00.005-08:00
El Hay Festival Arequipa 2015 no solo ha colmado las expectativas de los amantes de las artes y las letras, sino  que también ha demostrado lo importante que pueden ser estas para el desarrollo de un país con grandes carencias y miserias.
“Estalló el volcán” tituló Caretas su informe sobre la inauguración del Hay Festival Arequipa, un evento que reunió durante cuatro días en esa ciudad a importantes intelectuales, cineastas, narradores, artistas y periodistas de todas partes del mundo.
Aunque los volcanes erupcionan más que estallan, lo que Arequipa vivió el 5, 6, 7 y 8 de diciembre  fue la emisión violenta de una serie de actividades que sobrepasaron las expectativas de los asistentes.  Fueron casi cien invitados y más de cincuenta eventos. Todos de primer nivel.

Entre los invitados extranjeros más destacados estuvieron Joumana Haddad, Jon Lee Anderson, David Trueba, Martin Amis, Fernando Savater, David Rieff, Gerald Martin, Vicente Molina Foix, Jorge Edwards, D.T. Max, Leila Guerriero, Irvine Welsh, Mario Bellatín, Alberto Fuguet, Marcus du Sautoy y entre los nacionales Alonso Cueto, Fernando Ampuero, Jeremías Gamboa, Renato Cisneros, Juan Manuel Robles, Daniel Alarcón, Miguel Gutiérrez, Julio Villanueva Chang, Gustavo Gorriti, entre otros.
Una de las características del Hay Festival, una iniciativa que nació en Europa y que hoy se ha diseminado por muchas partes del mundo, es que las ciudades donde se organiza no suelen ser capitales de un país o metrópolis (salvo excepciones), sino más bien ciudades medias, acogedoras, con condiciones materiales, culturales y geográficas idóneas para la difusión de las artes y las letras. Existe así Un Hay en Cartagena de Indias, por ejemplo. Arequipa fue elegida supongo que por esto y por la ayuda de Mario Vargas Llosa. Por lo demás, hay que reconocer el gran avance de Arequipa en relación a su patrimonio arquitectónico, cultural y social.
¿Es irreconciliable el crecimiento económico con el progreso cultural? Desde luego que no. La organización del Hay Festival Arequipa es una muestra de que son compatibles. Una de las grandes sorpresas fue —soy testigo presencial— el lleno casi absoluto de todos los recintos donde se desarrollaban las actividades. Presencié las intervenciones de Fernando Savater y Martin Amis y doy fe de que los arequipeños no solo estuvieron allí por cientos, sino que preguntaron, se divirtieron y aplaudieron a rabiar. A mí me dejó muy buena impresión también el diálogo que sostuvieron Jon Lee Anderson Y Julio Villanueva Chang.

¿Agún día tendremos en Trujillo un Hay Festival? Supongo que todo depende de que hagamos las cosas tan bien como la han hecho los arequipeños. Tradición literaria tenemos, por lo menos.

Fecha Publicación: 2015-11-30T09:03:00.000-08:00
Una iniciativa juvenil propone hacer una “revolución ortográfica” con la finalidad de que nos podamos comunicar mejor. Empujemos esta decisión, no dejemos que se quede en el nivel del simple deseo, de la utopía cotidiana.
La ortografía, dice la RAE, “es el conjunto de normas que regulan la correcta escritura de una lengua”. Pero más que regular, lo que esta disciplina lingüística consigue es “facilitar y garantizar” la comunicación escrita. Lo primero, porque propicia el entendimiento; y lo segundo, porque constituye un factor de unidad lingüística; es decir, permite que todos los usuarios del español manejemos los mismos códigos y respetemos las misma reglas.
Hace uso días, unos estudiantes de la universidad donde trabajo lanzó una iniciativa llamada “Revolución ortográfica”. El nombre es verdaderamente audaz, pues supone  un cambio profundo y violento de las estructuras de la escritura incorrecta. La realidad de la que parten es que la mayoría escribe mal y que esta realidad debe ser revolucionada, es decir, cambiada de golpe, sin miramientos. En realidad, lo que estos jóvenes quieren hacer no es enseñar a escribir correctamente a la gente, sino llamar la atención sobre la tragedia de la incorrección idiomática. Una campaña comunicativa, en otras palabras. Aplaudo y suscribo esta idea, aunque creo que es necesario precisar algunas ideas.
Hablar no es, desde luego, lo mismo que escribir. A quien habla se le puede perdonar que diga haiga, incluso que sea anárquico e incoherente en su discurso y hasta que haga trizas la concordancia. El habla tiene la virtud de complementarse con los gestos y los movimientos corporales. 

Lo que sí no se puede perdonar ni tolerar, pues denigra los principios mismos de la comunicación escrita, es que alguien escriba benir, lla yegué, vueno, enantes, corrucción, redacte un texto farragoso, incoherente, sin comas ni puntos, o emplee expresiones rimbombantes como si fuera un notario del siglo XVI. Si alguien escribe mal es porque su pensamiento está mal. Si el pensamiento está organizado, la escritura lo estará también.

Lo que se debe aprender al mismo tiempo es gramática. En la escuela, en el colegio y en la universidad nos enseñan un conjunto de reglas muertas, de normas frías e inanimadas que nadie quiere memorizar ni aplicar. Así no se aprende a escribir, más bien se genera un odio visceral contra la gramática. Se aprende a escribir escribiendo y, sobre todo, leyendo. Si estos hechos ocurren por separado, seguro que cualquier forma de aprendizaje nos llevará al más absoluto de los fracasos.
Después que uno aprende a organizar su pensamiento en frases lógicas, a relacionar las palabras, a tildarlas, a colocar puntos y comas y a ligar las oraciones, está preparado para culminar el proceso de redacción. El problema reside en que nos exigen redactar sin que antes hayamos aprendido a pensar y a leer y, por añadidura, a acercarnos a las reglas gramaticales como nos acercamos a una enciclopedia o a un diccionario: con simple curiosidad y como jugando.
Es imposible prescindir de las normas gramaticales y perder de vista que el objetivo de la comunicación escrita es la persuasión. Sin ellas, todo sería un caos y nos iría peor de lo que nos va ahora. Es asimismo necesario dar vida a las leyes de la lengua, desacralizarlas y redimensionarlas en su uso doméstico. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que una palabra bien tildada, una coma bien puesta y una frase bien construida aseguran la unidad de la lengua y garantizan la existencia de la vida social.

Acompañemos entonces a estos jóvenes en su iniciativa y hagamos con ellos la revolución ortográfica.

Fecha Publicación: 2015-11-26T21:47:00.001-08:00


 Hace cien años (¿o más?), un grupo de creadores e intelectuales resquebrajó las estructuras de la vida cultural del Perú. Un célebre periodista limeño lo llamó “La Bohemia de Trujillo”. De sus integrantes, uno llegó a ser con el paso del tiempo un poeta universal: César Vallejo.

Respecto al influyente grupo de creadores e intelectuales que animaron la vida cultural de Trujillo a principios del siglo XX existen dos vaguedades: por un lado, no se sabe si llamarlos “La Bohemia de Trujillo” o “Grupo Norte”, y, por otro, se duda sobre el verdadero punto de partida para establecer su cronología,  la cual oscila entre 1914 (o desde mucho antes antes), la fecha del célebre banquete que ofreciera Cecilia Cox a los estudiantes de la Universidad Menor de La Libertad el 4 de abril de 1915 en la ramada del señor Porturas, en la playa de Buenos Aires, y el muy citado artículo de La Bohemia de Trujillo de Juan Parra del Riego publicado por el semanario Balnearios el 22 de octubre de 1916.

Las actividades de La Bohemia de Trujillo, según estudiosos como Germán Peralta y Teodoro Rivero Ayllón, van desde 1914 a 1922, mientas que las del Grupo Norte comienzan en 1923 con la fundación del diario del mismo nombre   dirigido por Antenor Orrego. German Peralta plantea tres momentos del grupo trujillano: el primero es el de la fundación (1914-1916), el segundo es el del reagrupamiento de la bohemia (1917-1922) y el tercero es el de la constitución del Grupo Norte (1923-1932, con otros integrantes además).
Gracias a los aportes de ambos estudiosos, la información con la que contamos es ahora más clara. Una cosa es “La Bohemia de Trujillo” y otra muy diferente  el Grupo Norte. Respecto a desde cuándo se puede hablar propiamente de La Bohemia, las dudas persisten. Si nos atenemos al hecho de que sus integrantes “hacían bohemia” en su etapa de estudiantes universitarios , su centenario debió celebrarse en 1914; si seguimos la fecha del banquete, debió ser en abril de 1915; y si usamos como referente el texto de Parra del Riego, los cien años debieron conmemorarse en octubre de 1915.
¿Qué hacían estos lúcidos, rebeldes y soñadores jovencitos de comienzos del siglo XX en una ciudad como Trujillo que tenía apenas entre 14 y 16 mil habitantes? Pues leer a los simbolistas, reunirse en un bar, en una playa, asistir a un teatro, celebrar rituales paranormales o gastarles bromas a los cucufatos. No olvidemos que entre sus integrantes había uno al “que le faltaba un tornillo” (Vallejo). Los centros de reunión de “La Bohemia” eran muy visibles y se contaban con los dedos de la mano. Para beber y comer: el bar “Americano”, el café “Esquén” (en el jirón Ayacucho), las huertas “Los Tumbos” y “Los Ñorbos” (ambas en el barrio Chicago), los restaurantes "Morillas" y "Valeriano" (frente a la playa de Buenos Aires). Para recitar poesía, escuchar música y sostener encuentros esotéricos: la garconiere de José Eulogio Garrido (en la cuadra cuatro del jirón Independencia, cerca la Catedral, el departamento de Antenor Orrego (en el jirón Salaverry), la casa del músico Daniel Hoyle, conocida como “El Molino” (detrás del actual campus de la Universidad Privada del Norte) y la ciudadela de Chan Chan. Y para espectar comedias y admirar bailarinas ocasionales como Nora Rouskaya, el teatro “Ideal” (en el jirón Orbegoso) y el teatro “Gloria” (en el jirón Independencia).
La importancia de esta generación de creadores intelectuales puede resumirse en tres puntos: haber contribuido a la formación de César Vallejo, haber cuestionado el centro del poder cultural (Lima) y haber creado las condiciones para el desarrollo de un nuevo pensamiento político para entender el Perú.



Fecha Publicación: 2015-11-24T06:49:00.006-08:00
Es innegable que todos los niños  desarrollan un gusto especial por la lectura y los libros. Esto se debe, quizás, a que a esa edad los vemos como objetos sagrados y como fuentes infinitas de placer, aunque no sepamos leer. Los libros lo son todo: la puerta de escape, un mundo paralelo, la imaginación convertida en realidad, la realización de nuestros anhelos y deseos.
Cuando veo a mi hija Luciana tomar sus libros con gran afecto y gozo no puedo dejar de preguntarme si este amor que siente por ellos logrará prevalecer durante las diversas etapas que atravesará a lo largo de su vida. Espero que sí. Pero a veces siento también un nudo en la garganta. El objetivo de lograr que un niño ame la lectura lo persigo desde antes de ser padre y, ahora que lo soy, me asusta un poco.
Me asusta porque ese amor por los libros que manifiestan todos los seres humanos al comienzo de sus vidas se convierte luego en una profunda indiferencia. ¿Por qué? ¿Qué pasa en el trayecto de la infancia a la adolescencia? ¿Por qué el viaje que realiza la lectura de la casa a la escuela se convierte después en una pesadilla? ¿Es la escuela, con sus imposiciones, el lugar donde se acaba el valor simbólico y hedonista de los libros? Todo parece indicar que sí, pues allí la lectura antes que en un placer se convierte en una obligación.
Leer es, ante todo, un placer y no una imposición. Profesores y estudiantes deben replantearse, por todas las razones anteriores, los objetivos del famoso plan lector que siguen las escuelas y todas las ideas que tienen en torno a incentivar la lectura. El placer supone también el despliegue de la pasión. Un profesor desapasionado tendrá como consecuencia un estudiante apático y desdeñoso. Y el sistema educativo peruano está lleno de estudiantes apáticos y desdeñosos.
En principio, todo lo que es impuesto hace infelices a los seres humanos. Si la lectura es impuesta,  tendremos siempre lectores infelices. Y los lectores infelices lo único que pueden sentir es rechazo por lo libros y la lectura. Y cuando lo libros carecen de afecto son considerados objetos sin valor a los que se les puede maltratar y destruir sin ningún remordimiento. A veces, los adultos enseñamos a los niños, queriendo o sin querer, que un televisor, un reloj o una prenda de vestir valen más que los conocimientos que los libros albergan. Siguiendo esta lógica, los mayores alentamos a veces la compra de textos sin prestar atención a su procedencia. De esta manera, lo único que hacemos es perder el respeto por ellos, reducirlos a meros objetos utilitarios y acabar con el escaso valor simbólico que aún tienen.
Temeroso de lo que vaya a sucederle en la escuela, procuro siempre por esto que mi hija Luciana comparta libremente mi cariño por los libros y la lectura. Esto no es obra de un plan o una estrategia para que ella se convierta en una futura lectora. Lo que hago simplemente es compartir con ella mis quehaceres cotidianos y amarla según como vivo y predico. Luciana me  ve ordenar, limpiar y consultar los libros y a continuación hace lo mismo sin que yo se lo pida. Confío en que la sola presencia de estos la envuelva en una atmósfera agradable que luego recuerde con afecto.
De niño fue el propietario de un libro con el cual iba a todas partes. Contaba la historia de un pirata y estaba primorosamente ilustrado. Era de esos que se hacen especialmente para los niños: páginas gruesas, de gran formato y muy resistente. Debido al uso, el librito, sin embargo, se caía a pedazos y yo, que apenas sabía leer, lo amaba por sus figuras y el misterio que encerraban las letras que narraban las aventuras del personaje. Al parecer, el amor era tanto que dormía con el libro. Un día, mientras jugaba en el parque cercano a mi casa, un grandulón me lo arrebató de un zarpazo y lloré, según me cuentan, varios días.
Mi historia de lector comienza con ese robo violento. Soy, en cierta forma, un lector que se la ha pasado lamentando en silencio la pérdida de ese objeto tan preciado. Quiero creer que partir de entonces la historia de mi vida es algo así como la búsqueda de ese santo grial. Cada libro al que le he metido diente es la recuperación parcial de la historia del pirata y de esos dibujos primorosos que tanto me gustaba mirar. Me gustaría, en este sentido, que Luciana viviera también, a su manera, la búsqueda de su propio santo grial. Es solo un deseo, y todos saben que los deseos esconden las pulsiones que nos conducen a la felicidad.
Me preocupa también la “primera vez” como lectora de Luciana. Cuando digo “primera vez” me refiero no a las lecturas que tendrá de niña, sino a la lectura que cambiará su vida, la lectura que dividirá su condición de ser humano antes y después del gusto por la lectura. «La primera experiencia literaria, como la primera experiencia sexual, debe estar precedida de un hábil trabajo de seducción, o de lo contrario puede volverse traumática», dice el mexicano Enrique Serna. Y no le falta razón. Si “nuestra primera vez” como lectores ocurre con un libro denso y aburrido, es más que seguro que nuestra relación con la lectura será nefasta y espantará al buen lector que todos llevamos dentro. Por esta razón, no hay manera más eficaz de inculcar el odio por los libros a un niño o a un adolescente que obligándolo a leer textos densos y aburridos bajo la premisa de que solo la cultura puede salvar sus almas de rebaños desconcertados.
En futuro que la espera a Luciana como lectora es peliagudo. No solo enfrentará las imposiciones de la escuela, la falta de pasión de los profesores y la indiferencia de la mayoría por los libros y la lectura, sino también una nueva realidad del libro propuesta por la ciencia y la tecnología. Probablemente ella comparta libros impresos con electrónicos, lea de manera simultánea y no lineal, combine íconos con signos lingüísticos, adquiera información a una velocidad asombrosa y envejezca con la lectura a la misma velocidad con que cambia el conocimiento. Sea cual fuere la realidad que viva Luciana y su generación, estoy seguro de algo: que si sembró amor por los libros cosechará amor por ellos. (Tomado de la edición N° 3 de "El ojo Interior") 
http://issuu.com/francocastaneda0/docs/el_ojo_interior_3ra_edici__n


Fecha Publicación: 2015-11-12T14:39:00.001-08:00
Una excelente historia de Fernando Ampuero basada en la tragedia del terremoto de 1970 revela, por un lado, a un país solidario y, por otro, a seres humanos enfrentados con sus propios males. En medio de todo esto, la escritura pretender ser un antídoto contra el olvido.
Quizás la mayor dificultad en la escritura de una novela breve es el equilibrio por el que debe optar debido a su parecido con el cuento y su filiación con la novela convencional: por un lado, debe concentrar sus recursos sin llegar nunca a los dominios del relato; y por otro, tejer progresivamente una historia sin exagerar su extensión.
Sucedió entre dos párpados de Fernando Ampuero es una novela que se mueve en esta línea de equilibro con naturalidad. Una experiencia “intensa y desoladora” como el terremoto de 1970 en Ancash parece, a primera vista, un tema apropiado para acometer una larga historia de corte social o épico, sin embargo lo que ha escrito Ampuero es una ficción con “una visión poética y personalísima”. El ancla, es decir el lugar y el instante de la narración, es un buen punto de partida, pero no basta por sí mismo. Hay que saber complementarlo con otros vehículos narrativos, como la construcción de personajes, escenas y conflictos, que en el caso de esta novela son impecables.
La trama se desarrolla sobre la base de núcleos narrativos que han sido ensamblados con mucha habilidad y oficio. El primero es el caso de Leonardo, el niño que salvó de morir gracias al payaso “Cucharita”. Su testimonio ayuda a los militares a reconstruir el proceso de la tragedia y al excéntrico párroco de Yungay a crear la santidad del payaso. El segundo es la experiencia de Gustavo, un aspirante a escritor que decide viajar de Lima a Ancash como voluntario. En el camino descubre la realidad de un país devorado por el cataclismo, la improvisación, el desconcierto y la rapiña, así como el sentido de la existencia y el amor ocasional. Y el tercero, la charla agónica que mantienen dos jóvenes sepultados bajo el suelo Yungay en cuyas palabras se filtra el terror y la injusticia provocados por el terremoto. Este visión sombría que atraviesa en realidad toda la novela es atemperada (y contrastada) por la euforia social que desata la participación de la selección peruana en el mundial de fútbol de México 70.
En realidad, más que relatar una historia un escritor lo que hace es descubrir nuevamente el mundo, mirarlo desde otro ángulo, con otro enfoque. Sucedió entre dos párpados es la alegoría de un hecho aciago del pasado materializado a través de relatos simbólicos, el más importante de los cuales, según mi modo de ver, es el que corresponde a Gustavo. Este joven que aspira a utilizar la literatura como su modus operandi encarna, al mismo tiempo, la trayectoria real de un país al que la tragedia mueve a la solidaridad, pero también al olvido y a la indiferencia.  Por esta razón,  la escritura —“las mareas de la escritura”— es tan importante para la reconstrucción de los acontecimientos: el niño Leonardo escribe en pedazos de papel los últimos momentos del payaso “Cucharita”, Gustavo apunta en un cuaderno las intensas experiencias que vive y los sepultados colocan en un muro la frase que los rescatará de la muerte inminente.




Fecha Publicación: 2015-11-06T07:32:00.002-08:00
Contar historias fantásticas, imaginarias o ficticias, largas o cortas, es el resultado, de alguna manera, de tres miedos ancestrales del hombre: miedo a la oscuridad, miedo al silencio y miedo a la soledad.  
El miedo a la oscuridad se originó por el temor a morir en manos de un depredador o de una bestia colosal que no se podía ver. El miedo al silencio, en el temor a padecer la mudez (la nada) que precedía a todo ataque del enemigo superior a nuestras fuerzas. Y el miedo a la soledad, en lincertidumbre de enfrentar el peligro sin la compañía que nos haga sentir menos indefensos y vulnerables.  
Respecto al arte de contar, este vocablo viene del latín “computus” y significa llevar cuenta de algo. El que no sabe hacerlo no sabe sencillamente narrar. En términos simples,  contar es escribir historias inventadas en prosa y solo con palabras. Su finalidad es satisfacer dos necesidades básicas del ser humano: estar entretenido y buscarle sentido a la existencia. 
Contar es el resultado de un equilibrio: de un lado tenemos la capacidad natural (el talento) y de otro la capacidad aprendida (la técnica). Son concurrentes y no deberían manifestarse por separado. Talento significa capacidad, aptitud o inteligencia para desempeñar algún oficio o profesión. La técnica, conjunto de herramientas y procedimientos para llegar a un objetivo, es en cambio lo que se descubre y se practica, y también lo que hace posible que el talento perdure. La verdadera literatura es posible solo si un escritor logra juntar técnica y talento. 
Todos los lectores estamos seguros de la utilidad del arte de contar, aunque los escritores no tanto, por lo menos en cuanto a su utilidad social. «(La literatura no sirve) para nada (…).Tome usted las obras literarias más notables, las de Occidente si quiere, que son las más cercanas a nosotros; tome las que mejor hayan puesto el dedo en la llaga de la miseria humana, las que con mayor alarma y agudeza hayan advertido acerca del peligro que representa para el mundo nuestra especie; tome usted, por ejemplo, las tragedias de Sófocles, la Comedia de Dante, El Quijote, los dramas y tragedias de Shakespeare, las novelas de Kafka, Tolstoi, Dostoievski, Musil, Camus, Sartre, las que quiera, y estará de acuerdo conmigo en que ninguna de esas obras –ni todas ellas en conjunto- han logrado cambiar un ápice la historia de la barbarie humana (…) Si bien es cierto que la literatura no ha servido para cambiar el curso de nuestra historia, (….), a mí sí me ha servido para querer más a mis perros, para ser mejor vecino, para cuidar las matas, para no arrojar basura a la calle, para querer más a mi mujer y a mis amigos, para ser menos cruel y envidioso, para comprender mejor esa cosa tan rara que somos los humanos». 
Contar, en todo caso, sería una manera personal de evadir esos miedos que nos acompañan desde tiempos inmemoriales.

Fecha Publicación: 2015-11-06T07:30:00.000-08:00
La poesía persiste gracias al corazón de los que la leen y la escriben, por esto  existen los  llamados talleres literarios y los libros que nos enseñan cómo se llega a sus entrañas. 
El mundo actual parece estar en contra de la poesía y del sentido poético de las cosasComprendo a quienes dicen: “Con la poesía, nada”. Los comprendo, pues sé cómo se aburren al menor contacto con ella. Sin embargo, todavía hay gente que la lee, la escribe y tiene deseos de aprender de sus bondades. 
En un artículo anterior, sostuve que las causas para el descrédito generalizado son varias: los poetas, por su propia condición de “marginados”, se han vuelto herméticoslos lectores han ido empobreciéndose o banalizándose; y la poesía, en general, no ha impulsado un cambio de paradigma, a diferencia de las artes plásticas o la música, que la acerque a la ciencia y la tecnología para potenciar sus recursos expresivos. 
Los seres humanos que leen y escriben poesía son una minoría y marchan solos por el camino de la cultura. Se trata de un arte de culto, no tengo la menor duda. En sus filas abundan los soñadores, los idealistas, los utópicos y los ilusos. Osho sostuvo que  uno de los estados supremos del ser es la creatividad y que dentro de la creatividad la poesía ocupa un lugar relevante. Según su visión, “un poeta está más cerca de Dios que un teólogo”. 
Octavio Paz afirma que hay poesía sin poemas; por ejemplo, personas, paisajes y hechos que por su belleza nos mueven a un estado anímico superior. Y es poético dice Paz aquello que ha sido tocado por una “condensación del azar o es una cristalización de poderes y circunstancias ajenas a la voluntad creadora del poeta”. La vida en general, si nos atenemos a las afirmaciones del ensayista mejicano, sería poética. “Lo poético es la poesía en estado amorfo”, sostuvo el poeta mejicano. Proscrita de la vida cotidiana, la poesía se ha quedado en el único lugar donde siempre fue bien recibida: los poemas y, por añadidura, en el corazón de los que la escriben y la leen.  
Gracias al corazón de los que la leen y la escriben existen los talleres de poesía y los libros que nos enseñan cómo se crea. A mí me gusta recomendar siempre, en este sentido, El ABC de la lectura de Ezra Pound y El arco y la lira de Octavio Paz. Ahora tengo que añadir un libro de reciente aparición: El análisis de la poesía de Enrique Verástegui, sobre todo los capítulo dos y tres: Poema y metáfora: una realidad autónoma y Poesía: música verbal y estructura. Se trata de tres conferencias donde desarrolla el análisis que la poesía podría realizar sobre el mundo.  
El capítulo dos es en realidad un relato apretado sobre el origen de la poesía, los vínculos de esta con el esoterismo y la filosofía, el valor y el sentido de las metáforas, los principales aportes de los grandes poetas y corrientes literarias de Occidentes, así como consejos para lograr el ritmo y la estructura. Gracias a gente como Paz, Pound y Verástegui la poesía existe y seguirá existiendo, así sea como un arte de minorías.