Te encuentras en la páginas de Blogsperu, los resultados son los ultimos contenidos del blog. Este es un archivo temporal y puede no representar el contenido actual del mismo.

Comparte esta página:


Fecha Publicación: 2013-03-28T02:31:00.001-05:00

Llegué al punto. zombie. tratando de sonreir... no sé por qué, tal vez porque el lugar era horrible, la gente estragada, el ambiente denso: era un mercado grande, decadente y turbio cuyos ocupantes estaban a punto de ser desalojados. Ese era el motivo de mi visita, darle cobertura a tan llamativo evento.





Entonces mientras mi compañero camarógrafo trataba de filmar rigurosamente algunos detalles, o mientras bigardeaba fingiendo estar grabando algo menester, yo hablaba con la gente, así: bonito, tratando de usar jergas para que me entiendan: "claro pe´señito, lo injusto es lo injusto, no es justo que los boten.." A ese trote me gané la confianza de la gente, accedieron a que los entreviste, y para entonces ya muchos lugareños se habian reunido, muchas caras, muchos rostros, muchos ojos sobre mi y los mios sobre ellos: compatriotas, eso nos hace parecidos, pero no somos iguales.





Entonces me arranqué a entrevistar a una dama lugareña, que creo representaba a sus coterraneos oprimidos, y en uno de esos momentos perdí la mirada en la multitud, y fue como un imán que me atrajera su mirada, sus ojos. 


Era linda, y no era un sentimiento lascivo el que me hacía verla, o no exclusivamente, era algo más. Sentí que la había visto antes, en algún lado, en alguna circunstancia... estaba vestida así nomás, casualmente, no parecía ser de por los alrededores, pero sino ¿de dónde?





Debía ser de ese lugar, lo que alejaba totalmente la probabilidad de que la conociese, sin embargo todos los momentos que cruzamos las miradas, yo no sólo sentía que la había visto, sentía también que la conocía, que ella me conocía a mí, que eramos algo, o que fuimos... sentí que conocía más que su rostro, más que su mirada: su alma en sí.





Entonces me sentí profundamente perturbado, sentí que ella y yo teníamos alguna clase de historia, alguna vida pasada tal vez, ¿por qué no?, era una locura, pero fue esa locura la teoría más certera. Cuando terminé de entrevistar a la estragada dama, la multitud se fue disipando, y vi como ella se marchaba, entonces me apuré y traté de avanzar hacia ella: "permiso, profe...disculpe, señito... un permisito, mi brother" Sin embargo no pude. Había mucha gente, ella se perdió doblando en una esquina.




No me pude recomponer, seguí pensando, más que en ella, en nosotros, ahora perturbado, ahora siendo un fiel creyente de las vidas pasadas, de una vida pasada intensa que me ha seguido hasta esta misma.

Etiquetas: [los nuevos]  [manos a la cobra]  [corte de cabello]  [peluqueria]  [julio fernandez]  [lo ultimo que recuerdo]  [tonto]  [spa]  
Fecha Publicación: 2013-01-31T23:10:00.002-05:00


Lo que puede determinar un inocente corte de cabello, ¿no? No va que, a riesgo de resultar narcisista, es importante hacer un recontar de las profundas desventuras (por no decir catástrofes) que puede implicar un acto terrorista en el área capilar.



como el entrañable año pasado fue para mi uno sabático, esa lectura le doy, pues logré vivir sin trabajar, sólo de escribir... haciendo, claro, las salvedades de que para mi escribir no es trabajar, y vivir de escribir no significa si quiera tener un sueldo modesto... me entregué al descuido y la veleidad de no pisar peluquería alguna, y dejar que mi cabello crezca a la par de mi entonces buenavida.



sin embargo, como me prometí que haría de este año uno decente, uno que no que me haga distinguido (ya que haber publicado dos libros solo te da una distinción entre las dos o tres personas que leen en tu entorno), y entonces: ¡Bingo!, consigo un puesto de trabajo...



Apenas me hice del puesto me fui a cortar el pelo, porque uno siempre tiene que estar con cara de idiota en un trabajo nuevo, ¿no? Pero, qué suerte la mía, me topo con una peluquera que según me confesó era también nueva en su salón de belleza, y en ese momento fui un redoblado idiota, una bestia peluda, y sin más me puse en manos de aquella aventurera de las tijeras.



paso que daba la estilista, cagada en la que incurría. Yo perplejo, solo oraba en silencio, rogando piedad. La estilista reía, coquetona era, "vas a quedar con tu corte de moda" me decía. Para cuando terminó el espejo me devolvió una imagen terrible, con una cabellera que no le deseo a nadie, o a "nadies" como decía la estilista.



con el folclórico arte de la peluquera plasmada en mi cabello, me dirigí a mi centro de labores, y la aceptación que tuvo fue tal, que perdí todo respeto. Lo sé, o lo intuyo fuertemente al menos. La gente cree que soy un chiquillo tonto, trémulo, nervioso, pueril... cojudo. Y yo no sé cómo demostrar todo lo contrario, pues cualquier acción que haga, bajo el marco de un peluquín en forma de casco, solo me hace terminar más ridículo de lo que parezco.
Etiquetas: [niño]  [manos a la cobra]  [blog]  [bosque]  [julio fernandez]  [lo ultimo que recuerdo]  [nave espacial]  [el pequeñin]  [cohete]  
Fecha Publicación: 2012-12-28T03:38:00.000-05:00





Llegó de la manera más inesperada, de una forma
sorprendente, como lo era todo en él. Yo lo conocí casi por casualidad, es
decir, vi su nave instalada en medio del bosque, una nave pequeña de punta roja
y lucecitas tintineantes. Sentí ganas de huir, sin embargo algo me obligó a no
hacerlo, el destino seguramente.





Me acerqué con cuidado, con miedo de él y con miedo a no
espantarlo, y de pronto ya estaba escudriñando su nave, y pasando mis manos por
ella, intrigado, ansioso, y de pronto, por la ventanita redonda del cohete,
apareció su rostro, se asomó un segundo y luego se ocultó reprimiendo una
risilla pícara.  





Ese primer contacto me encantó, me dejó atónito, embelesado:
su rostro era cándido, sus ojillos resplandecientes, su sonrisa entera, con
hoyuelitos a los lados, y el pelo revoloteado, como un arbusto color castaño.
Totalmente atraído por el pequeñin, me acerqué a la nave y le di uno toques
suaves, pasándole la voz. El pequeñin se volvió a asomar, infló los cachetes y
movió la cabeza en señal de un “no”. Luego me sacó la lengua y se escondió
nuevamente.





Decidí no molestarlo, no quería hacerlo enfadar, no quería
que me guarde rencor. Me alejé un tanto y me apoyé sobre un árbol a descansar.
Desde allí, vi como el pequeñín bailoteaba, moviéndose graciosamente, como un
pececillo, moviendo los diminutos hombros enfundados en su traje color azul.
Cuando terminó de danzar lo aplaudí, pero él no me hizo caso.





Me animé a preguntarle su nombre, y tras insistirle con
aquella duda, terminó por señalarme las estrellas. Asumí que me estaba
ignorando, que no guardaba interés en mí, pues se veía maravillosamente feliz
en su mundo, sin necesidad de nadie más. Me permití una sonrisa a modo de
despedida, y volteé para marcharme, sin embargo, su voz me detuvo: Cuidado en
el bosque, moradito.





Extrañado, volteé. No sabía mi nombre, me llamaba con cariño
por el color de mi suéter. Debo reconocer que lo amé, lo amé de tanta
admiración y ternura. El pequeñin estaba apoyado en la ventana de su nave,
mirándome, escudriñándome a mí y al bosque. Un conejo pasó retozando, pero no
le hice caso, yo estaba expectante a cualquier actuación del pequeño. “¿no te
gusta el animalito?”, me preguntó, con una pequeña voz ronca. “No, no es eso,
me encanta”, exageré.





El pequeño forastero me observó largo rato más, a veces
también perdía su mirada en el cielo. Entonces, recogí del pasto al conejo, y
lo alcé en brazos, arrullándolo. El pequeñin, apoyado el mentón sobre las
manos, me dijo: “Exagerar es igual a mentir”. Quedé desconcertado, apenado de
repente. “Y mentir es herir… ¿no te gusta mucho el animalito, verdad?”, añadió,
más comprensivo que acusador.





“No te equivocas”, le dije, y antes de proseguir el
forastero tomó la palabra: “Tal vez cuando tu corazón no exagere, podamos ser
amigos”, y luego se retiró de la ventanilla, dejándome estupefacto. La nave
empezó a hacer ruidos raros. Me preocupé, muchísimo, sentí mucho miedo. Los
propulsores se encendieron y la nave se levantó de los suelos. “¡Hey, espera,
¿a dónde vas?, espera!”, me atolondré, entonces el pequeñin apareció de nuevo
en la ventana, y me señaló la estrella más grande: “voy de regreso, te enseño
donde vivo para que sepas que algún día volveré”.





Casi tenía lágrimas en los ojos, fuera de orgullos realmente
añoraba su amistad. Lo último que me dijo me alivió, pero igual no quería
resignarme: “¡vuelve, podríamos dar un paseo!”. La nave estaba ya varios metros
elevada, y solo detuvo su trance unos instantes para dejarme oír al pequeñin: “Cuidado
en el bosque, moradito”. Luego partió dejando una estela brillante. Meditabundo,
me abrí paso entre las ramas, regresé al bosque donde todo seguía igual y me
perdí entre los árboles con la certeza de que no podría dejar de pensar en él.  

Etiquetas: [yo soy]  [manos a la cobra]  [centro de lima]  [serenazgo]  [loco vargas]  [plaza san martin]  [julio fernandez meza]  
Fecha Publicación: 2012-11-05T04:12:00.000-05:00





Sin ánimos de nada, odié la noche cayendo sobre mis hombros,
recordándome la soledad. Calcé unas zapatillas y salí de casa, de mi
habitación, de aquel encierro asfixiante. Tomé un colectivo solo por subir a
alguno, y luego me bajé en el centro, que es un lugar que suele acogerme de noche últimamente,
como a tanto estragado que transita por allí. La plaza es horrible, y de noche
más aún. Hay mendigos, rufianes, ancianos platicando sobre el país que es una
mierda, y gente como yo que camina sin nada mejor que hacer.





Me acerco a una bodega y compro algo de beber, una botella
chica de ron, y luego regreso a la plaza a bajármelo, ahí sentado en una banca,
a vista cómplice de los esforzados serenazgos que tienen mejores cosas que
hacer, como escuchar su salsita rica por la radio de bolsillo que llevan. Solo
a veces pasa alguno por mi lado y divertido me dice: “oye, ¿tú no eres el que sale en
la televisión imitando al Loco Barrios?”. Y, yo me hago el idiota y me río con
él y le digo: "yo soy, yo soy".





Porque ese efectivo de la ley tiene razón, he salido en
televisión nacional de señal abierta, en programas decadentes, sonriendo y dando
declaraciones fatuas, mientras me daban cabida por parecerme a una estrella de
futbol del dolido pueblo peruano. Así mismo he tenido apariciones en tv por
motivo de mis libros, o de movimientos en pro de la cultura en el país, pero
eso es aburrido, eso no es bacán, bacán es joderme porque me parezco a un
futbolista.





Un par de chicas del centro se me acercan y se sientan en la
misma banca que yo. Cuchichean pero yo no les hago caso, no me interesan. Han
dicho “ese salió ayer en el programa de chistes”. Me causa gracia. Ellas me
pasan la voz y yo volteo con una sonrisa vacía, pero con una sonrisa al fin;
platicamos largo rato y luego incluso compartimos mi botella de ron. Ellas, tan
dedicadas me regalan ciertos afectos que yo no dudo en recibir, y, desde luego,
en corresponder.





Rato después se marcharon, dejándome en las profundidades
del alcohol y la madrugada. Algo eufórico divagué unos instantes, y luego me metí a
ese antro de la equina, que siempre me acoge a altas horas de la noche. Un par
de tipos están haciendo su colita para entrar, bien a la casaca de cuerina,
bien engominado el pelo, y cuando me ven se alegran y me pasan la voz “hey, el
Loco”, y yo los saludo con el más falso de los cariños, al igual que saludo al
vigilante, que me palmotea la espalda y me deja entrar sin hacer cola y sin pagar.





Allí me siento un payaso, y me siento importante, y me
siento un fracasado. Los parroquianos me saludan, algunos bonito, otros en tono
burlón. Otros me abrazan y hacen brindis conmigo, me invitan su cervecita
tibiona y horrible, algunas chicas me miran de forma inescrutable. No me
amilano, al contrario, sigo el juego de lo lindo, no hay cosa que sepa hacer
mejor que el hecho mismo de hacerme el tonto. Tomo sin moderación, flirteo y
dejo que lo hagan a sus anchas conmigo, y sólo me detengo cuando veo el cielo
aclarándose por la ventana.





Entonces salgo zigzagueante, despidiéndome de medio mundo, y
con la firmísima convicción de que algún día escribiré una novela sobre todo
ello, sobe mí, sobre el Loco Barrios, sobre el centro, y, sobre todo, acerca del antro
este, que tanto podría contar si hablase. 

Etiquetas: [manos a la cobra]  [blog]  [el camino]  [charlie]  [julio fernandez meza]  
Fecha Publicación: 2012-10-04T01:30:00.000-05:00







Camino y qué diferente se ve todo si no estás. Soy un tipo
simple, me conformo con salir y pasear un rato: por donde sea; lento, fingiendo
apuro; sin ningún lugar al que ir, con marcado interés por llegar a cualquier
parte. Soy feliz con poco, ese ritual es mi versión de tener vida social.





Trato de pasar desapercibido, sé que es algo que logro sin esfuerzo, pero mi
actitud redobladamente narcisista me impide creerme un peatón más, y entonces
siempre ando con mohines, con medias sonrisas, intentado emprender una
tranquilidad que no tengo, con la que no cuento. No como cuando caminaba junto
a ti, entonces sí lograba ser alguien: yo mismo.





Mis últimos destinos suelen ser parques, terminó en ellos y me arrellano en
alguna banquita acogedora, y pienso, pienso mucho, pienso sobre todo en qué
estarás haciendo, y entonces un ramalazo de melancolía y culpa me invaden, y es
allí cuando suelo pensar que no debo pensar más en ti, y también en que no debo
escribir sobre lo que significas, pero nada de eso logro concretar, y
finalmente termino haciendo todo lo contrario.





Tengo que confesar que lo que me anima a salir y caminar, es el hecho improbable
de que alguna vez podamos cruzarnos en el camino. Dado que tú no sabes eso, si
alguna vez nos cruzamos, habré sido yo el que irrumpió en tu camino, y no una
obra de la tan etérea coincidencia.





Como aquella vez en que, sin que lo sepas, nos topamos de casualidad (una
casualidad que podría haber llevado mis intenciones). Yo merodeaba por unas
calles cerca a tu casa, admirando con nostalgia algo que alguna vez me fue tan
familiar, y mientras cavilaba en eso y trataba de imaginarte por allí, de
repente te dibujaste en la acera de en frente, y yo me froté los ojos
incrédulo, como si se tratase de un espejismo.





Te vi y dude en presentarme, no era lo correcto, sabía que no debía, pero tú ya
sabes cómo soy, a veces tan atolondrado. Así que corrí a cruzar la acera, y
luego a seguirte los pasos mientras te veía de espaldas, con tu cabello
ensortijado moviéndose de un lado a otro. Caminé cada vez más rápido porque te
alejabas, luego volteaste en la esquina, casi corriendo hice lo mismo, pero ya
era tarde, habías subido a un taxi y yo solo pude verte apoyada sobre el
cristal, pensando seguramente en cualquier cosa, menos en que yo te estaba
observando.





Pienso que tal vez salir a dar un paseo no sea algo tan simple después de todo,
quizá hay algo más, tal vez no se trata de caminar, sino de caminar hacia ti,
de repente no se trata de un paseo, sino del hecho egoísta de buscarte
inocentemente. Es una reflexión valida, jamás podré mentirte, no soy un tipo
simple, sino más bien uno orgulloso. 


Etiquetas: [oficina]  [after office]  [manos a la cobra]  [julio fernandez]  [oficinista]  [trabajo]  [café]  
Fecha Publicación: 2012-09-15T03:34:00.001-05:00







Fue mientras deambulaba por el parque Kennedy, precisamente
venía de bajarme un heladito bienhechor, y caminaba alegre por eso mismo,
refugiado entre los árboles del parque. Entonces de pronto crucé miradas con un
tipo de terno y cabello engominado, y luego me di cuenta que era mi viejo amigo
Diego, mudado a las fachas de un maniquí de tiendas Él.





Nos saludamos con cariño, pues fuimos grandes amigos alguna vez, cuando
vivíamos en el pujante barrio de Magdalena, y jugábamos a la pelota cada tarde
de verano. Aquellos días en la víspera de nuestra juventudes fueron
fantásticas, cómplices y memorables, por eso el gran Diego me dijo, con
nostalgia, para tomarnos un café y hablar de los viejos tiempo. Acepté animado,
sobre todo por lo que dijo al final: yo invito.





Fuimos a un cafetín bien acogedor, con sus mesitas limpitas y sus sillitas de
madera, y los mozos bien uniformados, con su bigotín y sus chalequitos, y nos
sentamos en la terraza mientras ordenábamos un lonchecito así nomás, suave,
tela, monse. Y fue monse porque el gran Diego, con astucia, con notable empeño
por no ser tomado de idiota, no me dejó ver la carta, y, en cambio, el se mandó
a pedir dos cafés y un par de sanguchitos, porque de seguro pensó: a este
conchudo de Vincenzo no lo dejo pedir, las huevas, será para que me deje
esquilmado.





Yo estaba con mi sonrisita tranquila nomás, como diciendo todo bien, cuando en
el fondo tenía el creciente presentimiento de que no fue buena idea venir a
platicar con Diego, porque él solía ser frío, y calculador, y tacaño, y porque,
sobre todo, uno no debe confiar en un sujeto after office.


En fin, nos trajeron los cafés y ambos platicamos un par de cosas, nimiedades
para calentar: clima, futbol, política, y ya luego arrancamos con el protocolo
(el cual, admito, inicié yo) porque me mandé con la hipócrita pregunta de ¿cómo va el trabajo, los negocios? Y el
brillo en los ojos de mi amigo me indicó que había cometido el peor error, que
le había puesto pilas duracel a un radio despertador sintonizado en el
noticiero.





En efecto, el canalla de Diego me habló de su trabajo, que es lindo, el edificio modernísimo, las secretarias un
amor
. Y de su cargo, que es
súper-importante, que su curriculum está mejor que nunca
. Y de su sueldo, que no es el mejor pero que está bien, y
que, ahora que lo piensa, está de putamadre, estoy forrado, chino, alucina
.
Y de sus planes, que me ascienden el otro
mes, que voy a estudiar la maestría, que seguro también otra carrera
.





Yo lo escuché derrotado, tomando de a sorbos el café que, encima, estaba
amargo, amargo como la plática. Y entre tanto pensaba que a este tipo no le
creo nada, ni jota, que si su vida fuese tan prometedora no estaría bajándose un
café cagón conmigo en vez de seguir su linda rutina. Así que en un arrojo
torero, lo atropello y le pregunto por su novia, por algo más humano, y él me
dice que no, que no tiene tiempo de nada, que después del trabajo va a casa y
ve televisión hasta quedarse dormido, hasta su siguiente jornada laboral.







¿Pero en los fines de semana?, le
pregunto, ¿sales con alguien, no sé, vas
al cine por lo menos?
Y él me dice que no, que usa los fines de semana para
descansar, para alistar las cosas del trabajo, para ver el programa de Gisela
los sábados por la noche. Con más pena que asombro le pregunté si le gustaba
ese tipo de vida, tan pródigo en bienes materiales, y tan austero en la vida
misma, y él claro pues, chino, estoy
tranquilo, facturando mi platita, pero si ah, no creas que soy un aburrido, con
la gente de la chamba salimos también, nos vamos al karaoke a veces, a comer, a
tomar algo por allí. 





Me alegré por él, le dije que era algo saludable eso. Diego continuó sin
hacerme caso, son unos rajes bravos esas
salidas, carajo, nos matamos de la risa hablando de los últimos chismes de
la ofi, rajando con la gente, haciendo lo que no podemos durante la chamba
.
Yo sentí que ese sujeto era uno muy triste, uno que se creía rey nadando en una
piscina de niños, sin saber que en sus narices se alargaba una vida, una selva
por explorar.   





Puesto a irme cuanto antes, le dije a mi amigo que era un poco tarde, que debía
partir, que gracias por el cafecito. Y Diego, sin darme mucho crédito, contó
que mañana tenía una reunión importante, una cosa de recursos humanos y
motivación, son unas charlas pajisimas,
me dijo, nos hacen interactuar, dibujar, aportar creativamente a la empresa, y
nos asignan animales según nuestros perfiles, yo soy un delfin, inteligente,
bondadoso y  solidario…





Me estoy yendo, Diego, cuídate mucho.
Diego pasó una mano por su cabello engominado y te pasaré la voz para una salida, te vas a matar de risa con la gente de
la ofi, ¡cómo rajan, le dan duro al señor Paniagua!...
Y yo, encantado de la vida, Diego, me avisas nomás,
y luego salí caminando a toda prisa, urgido por oler una bocanada de aire puro.


Etiquetas: [al pacino]  [the godfather]  [manos a la cobra]  [scarface]  [el padrino]  [marlon brando]  [gangster]  [julio fernandez]  [cara cortada]  [antonio montana]  [corleone]  [perro]  
Fecha Publicación: 2012-07-30T04:12:00.000-05:00







Hay dos cosas que se han vuelto una constante en  mi vida, dos cosas de las que no me puedo
librar y que se han apoderado de mis días: Las películas de gánster, y el perro
que tiene como mascota el vecino de abajo.






Desde luego, ambas llegaron a mí de esa forma en que arriban
las cosas que te van a marcar: sin buscarlas, buscándote ellas a ti, es decir,
de manera involuntaria. No sé si califiquen como un castigo, pero algo por el
estilo son, digamos, un estigma, un tatuaje, una marca.




Me hice fan de las películas de gánster viendo El Padrino. ¡Oh,
Dios santo! Recuerdo haberme soplado la película entera viendo boquiabierto a
esos italoamericanos disparar y recibir disparos, matar por placer y morir en
su ley, hablar con sonsonetes y hablar en italiano, ver a Marlon Brando y ver a
Al pacino.




Me hice enemigo del perro de abajo desde hace mucho. Porque
no me gustan los animales, menos los perros, menos los feos, y mucho menos los
agresivos, y este es todo aquello resumido en un amasijo con cola, colmillos y
orejas puntiagudas. 






Después de ver El Padrino, es un problema ver una película
conmigo, ya no existe otro género para mí que no sea el que involucre La Mafia.
Cuando alguien me propone ir al cine, yo respondo con la ahora pregunta cliché
de “¿Ya viste Scarface, ya viste El Padrino, la uno, la dos, la tres?, creando
un verdadero malestar en mis acompañantes, que por lo general quieren ver algo
más fresa, como alguna película entendible de Adan Sandler.






Después de que ese perro se cruzó en mi vida, ya no puedo
hacer otra cosa que odiarlo. Pues, en poco tiempo se ganó mi total rechazo y
desprecio, y en tiempo record nos hicimos enemigos a causa de sus ladridos
nocturnos, de sus meadas en mi escalera, y de su sin igual esmero en cagarse en
la entrada de mi casa.






A propósito de Scarface, ¡qué locura!, ¡cómo amo esa cinta!
Me gusta tanto Cara Cortada, que la he visto cientos de veces, en ocasiones,
dos veces en un día, e, inevitablemente, me he memorizado partes enteras de la
magnífica actuación de Al Pacino, sobre todo esa parte de “…Antonio Montana, and you? What you call
yourself?




Hablando del perro, ese ejemplar de la más selecta retahíla de
impresentables, son muchas las veces en que me ha mordido el pantalón, me ha
mostrado sus colmillos amarillentos, y me ha dejado con la terrible sensación
de que soy un idiota, y de que es un ser más bravo de lo que yo puedo llegar a
ser.




Una noche, terminando de ver El Padrino no sé qué número,
bajé a comprar unos chocolates, y mientras retornaba a casa el perro me saltó
encima. Mala idea la del can, déjenme decirles, pues yo, como siempre me
ocurre, tras ver una película termino muy involucrado con la misma, si es una
película que me ha gustado más aún. Así que venía yo con los modismos, lenguaje
y poses de un gánster italoamericano.






El perro me bramó y se me lanzó de pecho, más avezado que
nunca, y yo (más mafioso que ninguna otra vez) le aventé una patada y un par de
puñetazos en el hocico. El perro se mostró sorprendido, tremendamente
confundido por mi arremetida. Y yo, no contento con haberlo dejado con el rabo
entre las patas, le propiné un escupitajo y una patada más.







El sabueso partió llorando, mientras yo lo correteaba uno
pasos, a los gritos Al pacinescos de “I told
you, motherfucka, don´t fuck with me, don´t fuck with me
”.




Aquella noche mágica se juntaron mis dos últimas constantes,
mis estigmas, mis tatuajes. Usé una para vencer a la otra, al menos por esa
noche, pues el perro del vecino aún se sigue meando y cagando en mi pórtico, lo
que me hace pensar que debo ver algunas veces más Cara Cortada, para
envalentonarme y meterle un tiro definitivo entre los ojos. 
Etiquetas: [literatura]  [lima]  [cuarto oscuro]  [manos a la cobra]  [equivocada]  [julio fernandez]  [no debes extrañarme]  
Fecha Publicación: 2012-06-25T05:51:00.001-05:00




Ha pasado un día más, es cierto, pero le pareció un año
entero. Han pasado días, semanas y meses, y cada uno resultó peor que su
predecesor. Le ha parecido un año el último día, sobre todo el último, porque
durmió un poco a la mañana, reptó por la habitación a la tarde, y la noche y la
madrugada fueron un castigo inenarrable. Una tropelía. Lo más feo fue que
intentó llorar para al menos dejarse arrastrar por el momento, pero ni esa
victoria pírrica se le concedió: no pudo.





Escuchó música y se asqueó, hasta las canciones que antes le
pudieron parecer sublimes, esta vez le causaban repudio, y las repudiaba más
porque no eran capaces de sacarlo de sus trances, de sus vendavales de culpa,
remordimiento, pena y melancolía.





Con los ojos clavados en ninguna parte, se retorció por
dentro pensando lo inconfesable, pensando en sus bajezas, en cada una, viéndolas
claramente, erigiéndose una tras otra como naipes del destino. La tormenta,
sentía una tormenta. Todas las bajezas no era lo que él pensó, todas ellas no
eran circunstancialidades, no eran momentos, no eran lapsos. No. Eran
canalladas y estupideces que llevaban su nombre, su firma, y sus vulgares
intenciones.





Sacó algunas fotos del baúl, fotos de rostros, de tiempos,
de momentos, de vísperas de sus fechorías, y al verlas se dio cuenta de que
nada sería como antes. Antes pasaba los dedos por las fotos, como tocándolas,
como amándola en secreto, como pidiendo perdón, y luego esbozaba una sonrisa
porque creía haber encontrado cierta disculpa, una suerte de sosiego, una especie
de promesa de que alguna vez será. Esa esperanza lo llenaba y lo alimentaba,
pero de eso antes.





Observó las fotos y se sintió paralizado por la ausencia de
todo, de todo menos de la culpa. El alma, él estaba seguro de que era su alma
la que lo había abandonado a su suerte. Ya sin alma no sintió nada más que la
verdad, la crudeza, la crueldad de la realidad, del pasado, del presente y de cada
abyección.





Ese momento fue tan duro porque fue la suma de muchos, de
sus engaños, de su falso arrepentimiento, de su traición, de su tonta espera,
de su estúpida ilusión que rezaba al universo y al destino de que algún día
todo volvería a la normalidad. Entonces con las manos en el cabello comprendió
que jamás nada se arreglará, que su historia jamás tendrá un final feliz, y que
tampoco, al menos para él, tendrá si quiera un final, una muerte, sino que
continuará con pesadillas y recuerdos turbios, en una agonía vitalicia.





Susurró entre dientes mil perdones, alzó la voz, gritó. Todo
en vano, en el fondo sabía que esos perdones iban a ningún lugar, o a
cualquiera menos a donde él quería que fuesen. Las manos en el piso, nauseas, rompió
las fotografías, las despedazo repitiendo que ya no merecía ni eso, ni verla a
la cara a través de un papel.





Tomó un poco de agua del vaso, engulló el líquido que pasaba
frio por su garganta. Intentó tragar del mismo modo las consecuencias suyas,
las de sus nimiedades, pero fracasó, los hechos lo acorralaban y no tenía si
quiera sentido rehuir de ellos, escapar, esconderse, acobardarse, nada tenía
caso, ellas estaban ya en todos lados.
Etiquetas: [yo soy loco vargas]  [seleccion peruana]  [loco]  [fiorentina]  [manos a la cobra]  [julio fernandezmeza]  [futbol peruano]  [blog futbol]  [juan manuel vargas]  [loco vargas]  [peru]  [clon loco]  
Fecha Publicación: 2012-05-11T00:52:00.001-05:00







Estaba enfurecido, molesto, crispado por algún tema que en
el momento me hacía maldecir y amenazar a alguien. Seguramente algunos de los
enamorados sentados en las bancas ajenas se volvieron a verme, o los varios
niños que jugaban a la pelota más allá, por el quiosco; o quizá no, tal vez nadie
se dio cuenta de mi amargura aquella noche.


Estaba en la banca de un parque grande y silencioso, de cariz amarillento como
sus lucecitas en los faroles añejos. Un lugar tranquilo, cuya única vejación
era yo, mi enajenación y mi rabia contra el enemigo furtivo, que me habría
hecho algo malvado seguramente, algo bajo y deplorable, pues yo estaba deseándole
el peor de los finales.


Fue precisamente en esos instantes, mientras yo espeté “te voy a matar, cabrón”,
que volteé de un respingo, pues vi una sombra acercarse al acecho. La imagen
que vi después fue tan extraña como familiar. 


Era un niño, un pequeñuelo de no más de ocho años, uno de los que andaba jugando
a la pelota cuando llegué al parque, quien, con mano trémula me alcanzó un
cuaderno (el cual noté que era uno de utilidad escolar) y un bolígrafo.
Entonces el pequeñuelo me dijo un par de cosas que no llegué a entender porque
estaba yo sorprendido, o porque había estado enfurecido,  porque él balbuceó y no habló, o por todo ello
a la vez.


Al rescate, varios de sus compañeritos fueron a brindarle sentido apoyo moral,
y se colocaron detrás de él, como diciéndole “estamos aquí, contigo, hazlo, termínalo
y ya”.  Paladeando con astucia lo que
ocurría, dejé que el primer chiquillo me diga lo que había venido a decirme,
pretendiendo quizá ver hasta dónde llegaba. Y el pequeño me zarandeó una vez
más el lapicero y me dijo “puede darme un autógrafo, a nombre de Erick”. Su voz
resonó en mi conciencia y sonreí porque ya tenía claro el asunto.  Igual, para variar, seguí haciéndome el tonto.


“¿Un autógrafo?,  ¿para quién?, ¿por qué?”.
Los niños se miraban entre sí y susurraban cosas que yo no alcanzaba a escuchar,
hasta que uno de ellos, con real arrojo pero con una inocencia envolvente, por
fin rompió los escarceos: “¿Tú no eres el Loco Barrios?”


En aquél momento me sentí azorado, no enfadado como en otras ocasiones, cuando
me confunden con ese futbolista en cada lugar al que voy, o esté en las
circunstancias que esté (y no con esto digo que es una maldición la similitud,
algunas buenas cosas he granjeado por ella, hasta un par de comerciales publicitarios,
que me dejaron lo suficiente como para vivir un mes, pero claro, no es lo mismo
que cuando estás en un bar, y los oligofrénicos de al lado cuchichean y luego
uno, creyéndose vivo, te dice: “habla Barrios” y tú piensas “sí, idiota, claro”),
pero bueno, esta vez me sentí azorado porque veía el rostro de esos niños y me conmovían
de una manera extraña, de la manera linda que es sentir que te pasa algo muy
puro, cuando has estado deseando matar a alguien.


Como siempre, y sin ánimos de embaucar a los niños, les dije “Lo siento, no, no
soy” y ellos se miraron entre sí, inescrutablemente, y luego percibí en ellos
cierta desilusión, cierto bajón y desanimo, sentí la certeza de que si el
cabrón del Loco Barrios hubiese estado ahí, el también les habría dicho que no
es, que se han confundido. Por eso, con un ánimo improbable, añadí “¡soy su
primo!”.


Los muchachos, todos pequeñuelos, sin superar los diez años, empezaron a
retozar, y uno dijo “es su familiar”, y otro “es su hermano”, y otro “es él”. Y
entonces, dispuesto a exacerbarles el sarao, agarré por fin el cuaderno y el
bolígrafo y escribí “para mi amigo Erick, con todo el cariño: El Loco” y luego
se lo entregué al pequeñuelo, que se reunió con los demás a enseñarles su
victoria.


Luego los chicos se fueron por ahí, desaparecieron viendo el cuaderno firmado,
me devolvieron mi espacio. Entonces noté que las parejas de enamorados, todas y
cada una, me estaban lanzando miradas y sonriendo, y creyendo seguramente que
era yo un imbécil, o creyendo tal vez que era el legítimo Loco Barrios. Así que
ante esa incertidumbre me puse de pie y empecé 
a caminar, alejándome lentamente de mi banca.


De repente, volteo atónito sobre mis pasos, porque escucho que todos los niños
estaban por ahí, agrupados, y gritando emocionados: “¡Loco, Loco, Loco!”, y a
ellos se les sumaron las señoras del quiosco y algunos padres que también
andaban por ahí, y luego las parejas de enamorados incluso, todos a una sola
barra, incansable y orgullosa “¡Loco, Loco, Loco!”.


Extendí una mano, a modo de despedida, y todos los presentes avivaron sus
gritos y emprendieron algunas palmas. Y  Yo me perdí en la oscuridad de aquél parque,
agradecido porque todas esas buenas personas le devolvieron paz y alegría a mi
atribulado corazón. 





Etiquetas: [enamorados]  [no debes]  [manos a la cobra]  [instituto italiano]  [julio fernandez]  [marihuana]  [no debes extrañarme]  [novela peru]  [amor]  
Fecha Publicación: 2012-04-23T01:37:00.007-05:00
Rumbo al instituto, aquel lunes de ambiente mustio y triste, sentía que podía colapsar en cualquier momento. Cada vez faltaba menos para ver a Melanie tras pasar un fin de semana lánguido y tedioso. En mi mente sólo rondaba la idea de que me sentía como una quinceañera en su primera cita, así, emocionadísima, ilusionadísima, saltando y retozando por las estragadas calles de la diezmada Avenida Arequipa.
Llegué a la academia y antes de entrar al salón peiné un poco mi cabello, el cual cada vez estaba más largo, cada vez me tapaba más los ojos, y siempre tenía que estar peinándolo hacia un lado, y entonces entré en cuenta de que Melanie tenía razón, en verdad parecía un Beatle.

Entré al salón con una sonrisa innegable, con una cara de “por fin estoy aquí”, con una actitud de “hoy ganamos, Nico, hoy ganamos”, y entonces paso al aula y me mando con un registro panorámico del lugar, y atisbo a la profe–gorda–pesada, a los chiquillos apirañados y a las muchachas morenitas–feítas–cola–de–caballo, y entonces ¡coño, Melanie aún no llega! Así que mi sonrisita ganadora se va disolviendo y me siento medio idiota parado en frente de la clase, y para colmo la profesora –que, había olvidado, debe estar dolidaza por el desplante que le hicimos Melanie y yo hace un par de clases–, agarra y, vengativa, me dice: “oiga, alumno, qué pasa, está perdido o qué”, insinuando que nunca me ha visto, insinuando que no sabe qué carajos hago yo allí, en su clase cagona y mediocre. Odio en silencio a la profesora, pero uno tiene que guardar la compostura, uno tiene que demostrar su educación después de todo, así que vuelvo a mostrar una sonrisilla pícara y levanto las cejas como diciendo “hola, hola, qué tal, profe”, y paso a sentarme al fondo del aula que huele a indio muerto, caramba, por eso ni bien me siento empiezo a abrir las ventanas que hay atrás de mí, porque los desconsiderados y kamikazes alumnos del curso estaban macerándose, encerrados entre cuatro paredes con las ventanas bien cerradas.

Superado el tema de mi ingreso al aula, aguardo con poca paciencia a que llegue Melanie. La espero moviendo los pies como un loco, mordiendo mi lapicero, comiéndome las uñas, y al borde de sufrir un ataque nervioso. Y es que así no es, pues, uno ha esperado con toda la calma del mundo dos días enteros para ver a la chica de sus ojos, y la muy malvada no aparece y ya pasó como cuarenta minutos de empezada la clase y es lógico que esté saltonazo comiéndome las uñas, ¿no?
Mientras me encuentro frisando la condición de orate, me doy cuenta de que no han sido pocas las veces que he deseado fumar marihuana mientras me sentía intranquilo. Así también, confirmé que deseaba tanto meterme coca, que si alguien me hubiese facilitado una línea, la aspiraba en el salón delante de la profesora y ante la mirada atónita y veleidosa de mis compañeros, sin importarme nada más que el hecho mismo de aspirar ese edulcorante del alma.

La profesora deja algunos ejercicios, saca a algunos alumnos a la pizarra, en una ocasión me llama a mí al frente. Le digo que paso, que no sé el ejercicio que me está conminando a realizar. Ella suspira adusta y murmura diciendo que no sabe qué hago en su clase, para qué asisto. Yo no le hago caso, no me interesa responderle, a mí sólo me interesa y preocupa la ausencia de Melanie, su asiento vacío, su obvio desinterés por volverme a ver. Me decepciono pensando que fui el único que contó las horas para reencontrarnos.
Suena el timbre, la clase terminó. La profesora nos despide y luego el salón se va despoblando hasta que luce vacío, decadente, con una sola carpeta ocupada, la mía, con mi frustración, con mis ilusiones garabateadas, eso es lo que hace decadente el salón: yo.

Extracto de la novela "No Debes Extrañarme" (abril 2012)
Etiquetas: [manos a la cobra]  [julio fernandezmeza]  [hipster]  [groupie]  [rock]  [banda]  [fans]  [guitarra]  [crees]  
Fecha Publicación: 2012-02-28T22:06:00.003-05:00
A veces, llego a creer que no entiendo nada más. Elizabeth se enfureció conmigo, se resintió e hizo un escándalo intrascendente, a causa de algo, obviamente, más intrascendente aún. Estábamos haciendo nada por ahí, en la circunstancia perfecta (ahora lo veo así) como para emprender una discusión que nos mude al hecho de hacer algo que supere la nada absoluta.

Ella se quejó conmigo porque nunca la invité a alguna de mis presentaciones, en los antrillos en los que suelo pararme a crear la ilusión de que canto, acompañado siempre por dos o tres pillarajos como yo, que también crean la ilusión de ser músicos distinguidos y disforzados. En fin. Ella se quejó porque no tuve nunca la delicadeza de invitarla a uno de esos jueguillos llamados shows.
Yo le expliqué que no era bueno que ella acudiese a esos eventos, porque nunca me ha gustado llevar cola a las presentaciones, sobre todo por el hecho mismo de que son impresentables. Sin embargo, aquella respuesta mía estuvo por debajo de lo que esperaba oír mi acompañante, y por eso soltó a bramar en mi contra, cual cachorrito abravado sin su correa sobre el cuello.

Primero la ignoré, y la ignoré de una manera bastante cordial: haciéndome el tonto, asintiendo a lo que espetaba. El reclamo no cesó. Luego la contradije un momento, saqué algunos puntos en su contra. El reclamo se inflamó. Finalmente, puesto a discutir, disparé un par de cosas punzantes, un par de dagas: un tú no me comprendes, un tú no sabes nada de mi vida.
Elizabeth lloró, sin embargo, este hecho no le impidió a que siguiese insultándome. Yo, ahora ofendido, le presenté como duda el hecho de que le importase tanto ir a un show de mi banda, y le importase tan poco leer los cuentos que he publicado, o si acaso mi nueva novela, o algo de lo que haya perpetrado con esfuerzo y vocación. Ella intentó excusarse, pero fue en vano, ya la había desenmascarado.

Elizabeth sabía que, años atrás, con entusiasmo formé una banda de música, y cuando esa empresa iba cuajando, los tres o cuatro adefesios que recluté me dijeron que querían continuar la banda sin mí. Elizabeth se enteró también que yo perpetraba canciones y más canciones resguardado en mi alcoba, y que las interpretaba con sentimientos muy fuertes con una guitarra prestada… eso no le gustaba, o le daba pena, o sentía que no significaba ser un músico. Elizabeth se enteró recién, que un grupete que formé con unos conocidos, se había lanzado a la búsqueda de un reemplazo para mí, y ella, al enterarse, me apretó la mano y sentí que me decía: estoy contigo, mi amado.

Ay, la palabra “hipster” y los pecados que se cometen en su nombre.
Elizabeth supo mucho y sufrió lo que yo nunca. Incluso sabiendo que yo sirvo sólo para escribir, y que mi vida es eso y nada más, ella desconoce que no me interesa la banda de música, o las que tuve, o las que tendré. Y no me interesarán jamás porque yo sólo soy un actor que hace el papel de cantor y nada más. Porque yo no quiero ser músico, sino escritor. Porque yo asumo la realidad y sólo juego a ser músico, y no soy hipócrita como los otros, que saben que están jugando, que saben que no llegarán a nada, que se saben perdedores, pero mantienen la farsa hasta lo que dé, hasta montar una vida falsa, hasta tener la gran ostia de decir que tocan en conciertos y que tienen seguidores.

Elizabeth partió llorando, llorando y renegando a la vez. Ella se fue maldiciéndome y pensando que soy un desalmado por nunca haberla invitado a uno de mis conciertos. Y yo metí las manos en mis bolsillos y di la vuelta, deseándole mejor suerte, que consiga algún día concretar el sueño de ser una groupie.

Fecha Publicación: 2012-02-02T16:19:00.000-05:00
Etiquetas: [fin de año]  [manos a la cobra]  [año nuevo]  [asia la encontrada]  [julio fernandez]  [sunset]  [loco vargas]  [vacaciones]  [asia]  [casa de playa]  [cangrejos]  
Fecha Publicación: 2012-01-11T11:45:00.006-05:00
Solo en el mar, en el océano. Varado en pleno manto de cristales viendo el sol, el poderoso sol, calentándome la piel y coloreando mis hombros de un rojo ardiente, cual cangrejo, como los cangrejos que maté por diversión y desestrés en los peñascos de Asia.

Pero voy algo más atrás, al menguante diciembre que me arañaba los sesos con la idea de que se venía el nuevo año y yo ni enterado, bah, mejor dicho, sin ningún plan a la vista, con propuestas terribles alrededor, con la displicencia de los tres o cuatro amigos que poseo por querer pasar un año nuevo tranqui, sin excesos, sin chicas lindas y dispuestas a todo al lado… y yo pensando que, después de todo, no era tan mala la idea de pasar el año nuevo escribiendo con una pizza al lado.


Pero al final nunca hago eso. Antes de terminar el año me mudé hasta Asia (la playa, no el continente, obvio) y terminé haciendo cosas que nunca planeé en el mejor de los casos. No por eso, por referirme a que me ocurrieron cosas escandolasamente bellas, las citaré y terminaré rumiando un calendario lascivo. No. Hay mejores cosas aún, como las cosas que te suceden y te pueden cambiar la vida, aunque todo dure algunos instantes nada más.

Recuerdo aquél peñasco inmerso en el océano, desafiante, amenazante, ostentoso, y sonrío recordando como lo trepé la primera vez, sintiendo el dolor de las rocas filudas entre mis pies, los erizos endiablados, mis manos sobre las rocas, y luego, al final, desde lo alto, la laguna brava que se extendía metros hacia abajo, intimidando mi corazón por la incertidumbre de la feroz naturaleza, chocando contra las rocas y a la vez recordándome su profundidad y, obvio, mi ineptitud para el nado…

A veces me aparecía por la concurrida piscina. Después de andar en el mar, la piscina era aburrida, sin embargo, era menester relajarse en una tumbona y disfrutar de la explícita sensualidad que se desbordaba por el lugar. Era magnifico tener miles de sueños con cada una de las siluetas a mi alrededor y luego correr a las aguas de la piscina y reírme como un “loco” de todo y de lo azul de mi entorno…

Antes de que caiga la tarde, como haciendo hora para el sunset, me perdía en un extremo de la playa hasta llegar a un malecón inmenso y tenebroso. Aquella edificación debe ser la más extraña y de cuidado que haya visto. Al caminar por aquella pasarela de concreto, el mar se veía muy a lo lejos allá abajo, y yo andaba por ahí, hasta el final, y luego me echaba sobre el asfalto y le arrojaba piedras a los cangrejos grandes y gordos que se paseaban por ahí. Primero por diversión, luego por inquina. Aventaba rocas descomunales a los cangrejos y me encantaba verlos atontados por mi amenazante poder…

Fue un lindo tiempo arrellanado en la arena, solo, bajo una sombrilla blanca, como las casas, como todo; y escuchar música y pensar en la nada que termina siendo mi todo. Recordar a ese grupo de féminas que me preguntaron si les podía tomar una foto en la playa, y a las que les terminé tomando mil y cobrando favores por mi chapucero trabajo. Escuchar a Florence por los audífonos, viendo el manto de diamantes, y sus olas, y la arena.


Ese momento fue genial. Saltar de las rocas del peñasco, sin saber que me deparaba allá abajo, y encontrarme con un océano inmenso, con algas, con pequeños peces bailando. Escuchar que desconocidas se refieren a mí, al chico de la tumbona junto a la piscina, y me dicen “hey, loco Barrios, ¿hacemos algo?”. Y el crujir de los cangrejos, de todos por igual, sometidos por mi armamento de rocas, flagelados por mi buena puntería y yo hablando solo, como un orate, sobre el rico chupe de camarones que me voy a mandar.