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Fecha Publicación: 2012-04-16T00:54:00.009-07:00
Si la música no propicia un aliento sobrecogedor, si es mecánica, utilitaria, si la música no tiene silencios, es vaga y sus notas son intrascendentales, descártala. La música debe ser una experiencia que afecta al espíritu más imperturbable hasta revolcar la azotada alma, hasta pisar y doblar su discernimiento, hasta entender los lados de esa urbe ensimismada de los sentidos. La música nos engendra, nos acompaña hacia la muerte con cierto compas pendenciero, con cierto enlace. La música es la prolongación de los sonidos -apenas perceptibles- en reposo, los ecos sentimentales del minimalismo humano. La música nace también de la forma más espontánea, entre huesos, troncos y cañas, con resonancias y retumbos ocultos por esa necesidad de expresarnos un día cualquiera, de expresarnos libremente. La música también es capaz de encapsular la historia con una frase entonada, con una parábola usual. Antiguamente acompañábamos nuestras penas y nuestras dichas con canciones que parecían simples, con antiguos instrumentos artesanales para unir y comunicar, nuestro tiempo, la voluntad, el dolor, la malicia, el ánimo; con nuestros espíritus soplando música para el frio. La música es la expresión más tangible de quienes somos dentro de nuestra cultura. La música socializa la creatividad y la confianza de ese posible idioma común. Si un hombre ordinario coge una guitarra o cualquier otro instrumento musical, se reta y se turba emocionalmente hasta ensimismarse, si logra penetrar en esa cascara curtida hasta sacudirnos la voluntad por cuestión de segundos, es un músico a mi entender. Entendemos que este ejercicio no se consigue a diario. Acaso somos conscientes hoy, de cuánto bien nos causaría esta destreza repetida mil veces, para nuestra buena salud mental. Saludo a aquellos curiosos y sedientos buscadores que se exaltan y persiguen esa hermosa habilidad humana de dolor y goce que muchas veces nos cuesta aperturar. La música deberá ser un camino para algo más; a no confundirla, ni endiosarla como una cosa que procrea bondad por sí misma. A pesar de su magia deberá independizarse de los dogmas y navegar en esa libertad del encuentro, entre nuevos matices y fusiones. La música no cambia al hombre, ni al mundo; el hombre altera la música, la vuelve a interpretar para continuar sus reproducción hasta obtener su propia voz. Es así que el hombre deberá acompañarse hasta su expiración. A nuestra desorejada sociedad le cueste apreciar su cuantioso valor. Esto debe importar a los más conscientes y no poco. Nuestro tiempo es más comercial, las grandes industrias musicales pretender encaminar lo que debemos y no debemos escuchar, masificando la estupidez. Esto solo ha incrementado nuestras sorderas. Cuando un hombre atrapa, una flauta, una armónica, un cajón, una trompeta, un órgano, un arpa, un saxofón tendrá que tener en cuenta que este poder bien cuidado, en sus más rigurosas formas, es capaz de despertar a los oidores más acostumbrados, estresados y sometidos de esta malsana colectividad. Por tal motivo deberá persistir en su perfección, hasta que su música cubre y ,mida las formas de sus perspectivas. A mi parecer el músico deberá luchar por salvarnos de esta sordera. Siempre he pensado que un hombre con un instrumento musical deberá ser como un ángel negro capaz de llevarnos de un sablazo a los 7 infiernos de Dante, y a su vez hacernos sentir la uña acústica de un dios amical rascarnos el pecho. Así como la música crece a cada rasgueó, a cada hinchazón de las gargantas, a cada nueva fusión, a cada ensayo, a cada hermoso y productivo error. Crece el hombre con un estímulo. Se ensancha, se conduce dentro de sí mismo y acompaña a otros a desgastar su tiempo con melodías coherentes llenas de cadencias, de universos simples y confortables.