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Reacción alérgica
Esta mañana desperté listo para un gran nuevo día, decidido a darle una vuelta a la vida y quizás volver a regalar sonrisas, pero mi cuerpo tenía planes totalmente diferentes. Con los ojos bien abiertos y las ganas en la punta de la lengua, sólo podía mirar el techo de mi habitación, mi visión se limitaba a ese pedazo de concreto blanco que me devolvía un gesto de sorna, como si supiese más de lo que yo apenas podía imaginar. Intenté moverme y no pude, simplemente nada en mí funcionaba. Ya no tenía piernas ni brazos; mi pecho se inflaba con cada bocanada de aire, pero sentía que no estaba ahí; nada se movía.
Pasé cinco minutos o cinco horas en aquel estado, no lo sé ni realmente importa. El tiempo y el mundo estaban fuera de mi alcance; yo ya estaba a miles de años luz de distancia, atrapado en mi pequeña habitación, atrapado en un cuerpo lejos de mí. Quién sabe cuánto hubo de pasar para que comenzara a ver imágenes en ese techo burlón, tal vez alucinaciones, tal vez mis deseos, tal vez visiones del mundo que me había sido arrebatado. Vi tu historia, vi la de ellos y la de ellas, me vi, vi los posibles futuros de cada una de las decisiones que nunca tomé, vi las sonrisas que regalé y las que robé, vi alegría. Pero más que nada vi que no estaba aquí por pura suerte, sino por mi propia voluntad. Y entendí que nada sucede porque sí, que el techo bien podía ser un espejo.
Primero hice mías mis piernas; fue la parte más difícil, el primer paso. Congeladas o con un peso exorbitante sobre ellas se me hacía una tarea casi imposible mover siquiera uno de mis dedos, siquiera uno. Tras mucho esfuerzo y no con poca desesperación conseguí sentirlas otra vez, adoloridas pero mías. Pronto el resto fue mucho más fácil, fui recobrando las partes de mí mismo sobre las que no tenía control en un comienzo, hasta adquirir total poder sobre mí. Si bien estaba contento de estar completo, algo me hacía pensar que recuperarme había sido demasiado fácil, más fácil de lo que imaginaba.
Me levanté de la cama, y lo primero que noté al posar ambos pies sobre el suelo fue lo fría que se encontraba la alfombra. Pero no me detuve. Con dolor en mis extremidades bajas conseguí ponerme de pie y caminar hasta la puerta, pero fue en ese momento que comprendí que no había estado del todo equivocado al pensar cuán sencillo fue ser yo otra vez. O tal vez al pensarlo yo mismo ya estaba minando cualquier posibilidad de recuperarme. Si bien seguía de pie, mis piernas y brazos volvían a su antigua rigidez; los dedos de mis manos se contorsionaban y endurecían formando siniestras garras; un temblor recorrió mi cuerpo y me supe perdido nuevamente. Con la vista dirigida hacia la puerta y una mano agarrotada sobre su pomo, quedé mirando derrotado la única salida, y pensé: "Quizás, en el fondo, nunca quise salir de aquí".
Somos lo que decidimos ser y estamos donde nos llevan nuestras decisiones.
Desde adentro
¿Por qué sigo soñándote? ¿Tan grande es el poder de tus ojos que con una de tus miradas reservas un lugar en mis sueños? Incluso en ellos me encuentro contemplándote encandilado. Tu presencia pone un alto a lo que acontece en mi mundo, te vuelves protagonista y me conviertes en espectador de mis propias creaciones, otro tonto que se piensa importante en su propio mundo. Eres la chica de los ojos verdes, una ilusión allá afuera y no más real aquí donde podría hacerte mía. Eres dueña de mis pensamientos, al menos parte de ellos, justamente de aquellos que me permiten discernir entre lo que quiero y lo que sé que nunca desearé. Si no eres como te sueño, ¿por qué te conozco tanto?
La delgada división entre lo real y lo imaginario.
Yo estoy aquí
Lo peor no es imaginar la vida como un sueño, sino vivirla dentro de uno. ¿Pero qué sucede cuando la línea que divide lo real de lo fantástico se borra? ¿Qué hacer cuando ya no es posible distinguir las propias creaciones de todo aquello que ya es en sí mismo? ¿Cómo encontrar la diferencia? O ¿por qué hacerlo? Ya no puedo decir qué es verdad y qué una invención desesperada, pero sí maravillarme, sí disfrutar de lo que siento, sí aceptar lo que el mundo ya no puede contener. ¿Por qué negar la existencia de lo irreal cuando mis ojos no pueden ver otra cosa? Si soy feliz en una imaginación que desborda los límites del pensamiento, ¿quién soy para negar que algo de esto realmente esté sucediendo? Si vivir en un sueño es peor que considerar la vida como uno, ¿por qué no me siento culpable? Hay una sola respuesta: No estoy soñando.
El mejor sueño es el que se vive despierto.
No tengas miedo

En alguna parte de esta ciudad una persona acaba de morir, traicionada por una falsa esperanza y tres palabras de consuelo. Pienso en ella mientras camino de regreso a mi casa y lo sé, sin entender por qué, pero lo sé. Miro la acera, mis pies que se deslizan sobre ella, la luz de los faros que ilumina sus grietas; veo los rostros de aquellos que pasan a mi lado sin tener idea, tal vez sin querer tenerla. ¿Cuántos pies han tocado este preciso suelo? ¿Cuántos suelos han sido pisados por todos aquellos pies? ¿Por qué siquiera imaginarlo? Alguna vez caminó ella por aquí cuando aún vivía, y en ese u otro momento no pasó por su cabeza la idea de que yo, ahora, la estaría pensando y tratando de entender cómo es que sé de su muerte. Pero este saber es solo prestado, quizás hasta inventado, y mientras no esté seguro de qué sucedió con ella, la imagen de su cuerpo doblado en el asiento trasero de un taxi será sólo eso, una posibilidad en mil, una fantasía, la verdad para alguien más. Mejor será mezclarme con los rostros, ser uno más de aquellos que no saben nada, que prefieren no saber nada. Y vivir tranquilo en la ignorancia.
Sócrates lo dijo mejor que yo.
Rayo de luz
Hoy me adelanté a los primeros rayos del sol decidido a recibir despierto el amanecer, pero mientras la luz iba pintando el escenario al otro lado de mi ventana comprendí que la sensación que buscaba no estaba del todo ahí, que saludar al orbe dorado no era precisamente la razón de mi despertar. Quería ver el amanecer, sí, pero tal vez se trataba de algo distinto, otro tipo de comienzo, o quizás de una historia completamente diferente. Lo que deseaba estaba en el inicio de una vida, en el primer mordisco del manjar favorito, en el prefacio de un libro nuevo; lo que más quería ver, lo que moría por entender, no se hallaba escondido entre los rayos del sol matinal, sino en el principio de todas las cosas, en el extremo originario. Luego de minutos de angustia, desistí por fin. Derrotado regresé a la cama con la luz a mis espaldas y con el vacío reservado para algo que ya estaba muy lejos de aquí, al inicio de este anhelo.
Como la palabra en la punta de la lengua, pero muchísimo más feroz.
Encandilamientos
El día que mi reloj decidió detenerse, todo en lo que alguna vez creí dejó de ser. Perdí los segundos, y con ellos la noción de mi lugar, del espacio que me contenía, y así fue que dejé de saber dónde y por qué estaba. Luego se esfumaron las personas y toda huella de coherencia; rostros sin rasgos, palabras de nadie y una extrema sensación de soledad. Finalmente me quedé en silencio, rodeado por el inmenso peso de la oscuridad y el desconcierto. Quise gritar, quise llorar, quise maldecir y caer en el estupor que de a pocos me envolvía, pero de un momento a otro un lejano llamado cautivó mi atención, y en un parpadear el mundo regresó a lo que una vez fue. El reloj volvía a andar, y a mí, como dormido, no me podía importar menos.
Me he enamorado del redescubrir cotidiano.
Al desnudo
Ahí abajo, bien abajo, donde con un susurro la chica del ascensor dijo que fueras, se esconden los secretos del mundo, de las personas que lo habitan, y los tuyos también. El pasado plasmado en fotografías que penden de ganchos o pegadas en las paredes como ventanas que muestran historias que nadie quiere contar, tomadas por quién sabe qué depravado y curioso, qué sediento de conocimientos prohibidos. Te ves y los ves a todos, en sus peores momentos, cuando se creen cubiertos por el velo de la soledad y el anonimato; un ojo se ha abierto paso por entre muros, puertas y sombras y ha logrado capturar la esencia de la vergüenza, no una sino mil veces, y ahora es poseedor de tu vida y la del mundo. Y no puede parar. ¿Qué macabro plan tiene para la humanidad?
Saber es poder.
Tu cara me lo dijo
Cuando nos cruzamos por primera vez mi mirada se quedó atorada en tu lengua, sobre la cual se derretían dos pastillas amarillas. Siseaban llamándome. Salían pequeñas burbujas de ellas, tóxicas, suficientemente atractivas como para decidirme por atragantarme con ellas y llevar conmigo parte de lo que alguna vez fuiste, un pedazo sudoroso de carne salpicado con tierra. Deliciosa.
El mundo se desvaneció durante esos diez segundos, y cuando por fin abrí los ojos noté de inmediato que algo totalmente distinto había tomado su lugar. No me importó. Era el mismo mundo, de eso estaba seguro, y las personas no parecían haber cambiado más que en su aspecto externo, ahora eran de un color amarillo que irritaban mis ojos. Te busqué, desesperado traté de dar contigo. Pero en ese entonces no sabía que pasarían años antes de volver a verte. Años atrapado en mis pensamientos.
Deambulé por calles que conocía bastante bien, entré a los establecimientos donde sabía que me ayudarían a encontrarte, y en todo lugar sobre el que puse pie me dirigieron en la misma dirección. Sus sonrisas, sin embargo, me hacían pensar que se burlaban de mí. Fui al hotel del que me hablaron, un edificio sucio cubierto de ratas muertas en donde me topé con un viejo amigo. Éste había ido a encontrarse con alguien, un nombre que ahora no recuerdo. Conversamos unos minutos, y fue gracias a sus palabras que descubrí lo que me habías hecho.
No fue el mundo quien cambió, sino yo. El solo pensarlo me hizo vomitar. Algo en esas pastillas me había hecho mal, ahora tropezaba con cada uno de mis pasos, me costaba ponerme en pie luego de cada caída, reía solo y mis ojos lloraban. No sé cómo llegué al patio interior o cómo di a parar dentro del jacuzzi. El agua caliente cubrió mi cuerpo, penetró cada orificio de mi cuerpo, me ahogó hasta que al fin pude verte, allá abajo donde mis manos no podían alcanzarte, desnuda y con el pelo rubio danzando lentamente. Salí a la superficie.
Volví a vomitar. Tomé asiento en el borde del jacuzzi, esperando que el timbre en mi cabeza cesara. En ese momento pensé en ti, en tus olores, en lo desconocida que eras para mí, en cada uno de tus dedos, en tus uñas mugrientas y mal pintadas, en tus piernas esqueléticas y tu aliento sofocante. Me vi en tus ojos, vi cuán pequeño era, cuán diminuto me iba haciendo, en mi enorme cabeza y en la sonrisa que no podía descocer de mi rostro. Fue durante esos pensamientos que las pastillas dejaron de hacerme efecto. Y entonces supe que no te conocía, que nunca te había visto antes, y que después de todo esto haría lo posible por no volver a verte.
Los prejuicios matan la posibilidad de una nueva amistad.
Mesa para cuatro
Ya llevaba media hora desencantado con la conversación que mantenían algunos de sus amigos, sentados alrededor de una de las mesas de la fiesta a la que habían ido. La música, en su mayoría canciones que le desagradaban, sonaba con demasiada fuerza, lo cual volvía todo intento de atender a lo que los demás hablaban virtualmente fallido. Por ello había dejado de intentar.
En un inicio se contentó con observar a las dos chicas que ocupaban su mesa, ambas tan feas que le era imposible no mirarlas. Esto le hizo pensar en una piscina vacía con baldosas de un color celeste en particular que le causaba náuseas, y en cómo de chico casi se ahogó tratando de aguantar la respiración por más tiempo del que era capaz. Luego se fijó en los dos amigos que lo acompañaban, empecinados en impresionar a las chicas feas, desesperados por conseguir siquiera un beso o de repente un par de toqueteos inapropiados. Creyó escucharlos mencionar algo sobre correr tabla, aunque pudo haber sido "comer caca". Conociéndolos, cualquiera de las dos opciones habría sido totalmente posible.
Dio un corto sorbo a su cerveza e imaginó qué podría estar haciendo en ese momento en lugar de pasar un mal rato en una fiesta a la que desde un principio no tuvo deseos de asistir. Pensó en un bar, una atmósfera similar pero menos movida, con música decente y alcohol de calidad. Pensó en un restaurante cualquiera, dispuesto a pagar lo que fuese por un suculento plato de ceviche y un vaso de leche de tigre que, siendo honesto, no tomaría. Pensó en la calle, la pista y los carros, en cómo le gustaría caminar los ocho kilómetros de vuelta a su casa, empapar la camisa de sudor y llegar con las piernas adoloridas. Esta, parecía, era la mejor opción.
Cerró los ojos por unos momentos, se alejó de la mesa, de las feas y de los desesperados, de la música y de la cerveza. Durante unos instantes pudo hacer a un lado todo esto, pudo olvidarse de dónde se encontraba y concentrarse por completo en esa larga caminata que con mayor fuerza lo llamaba a realizar, que estaba decidido a hacer una vez que abriese lo ojos. Y cuando por fin lo hizo, se vio a sí mismo tomar las últimas gotas de alcohol que reposaban en su vaso, levantarse y caminar hacia la salida. A mitad de camino, sin embargo, algo nuevo pasó por su mente que lo hizo preferir regresar. Tomó asiento y sonrío a los otros como el tonto que siempre fue. Minutos más tarde estuvo bailando con una de las dos chicas, la menos fea.
Un único pensamiento o idea será suficiente para destruir a un hombre.
Desde entonces no hay día que haya dejado de hacerlo
Revoltijo de imágenes simultáneas, sucesión de eventos sin cronología, una vida en un segundo en sólo una página, un cuerpo en diecisiete lugares diferentes al mismo tiempo; y decisiones, miles de ellas, vitales e intrascendentes.
En la puerta de un cuarto de hotel, con la llave equivocada, con dos maletas de más y una familia que no es la suya, que lo mira, que lo olisquea, que de manera crítica se queda mirándolo a la espera de una palabra, al menos una, que no llega y que difícilmente volverá a salir de su boca. Entra a la habitación, cierra la puerta tras de sí, lanza la llave sobre una de las camas, devuelve la mirada a los presentes y grita. Tan solo por unos segundos.
En ese preciso instante, cuatro puertas a la izquierda y dos pisos más arriba, toma asiento en el suelo, junto a la banda musical y algunos de los fanáticos. El humo que ocasionalmente sale de sus bocas y de los cigarrillos distorsiona sus rostros, los vuelve una masa gris entreverada, pero distingue las sonrisas, es lo único que logra notar. Él mismo fuma un poco, y poco después siente cómo el alma se le va escapando con cada bocanada. Sonríe.
Cerca de allí, un grupo de gente lo acompaña acostados todos sobre el extenso jardín. Uno lanza la pelota contra otro, quien a su vez intenta golpear a un tercero con ella. El último imita al anterior y pronto todos forman parte del juego. Excepto él, quien luego de recibir el balón lo lanza desinteresado y comienza a irse. Un viejo amigo, también parte del grupo, recibe la esfera y, lejos de querer prolongar el juego, se le acerca y lo derriba de un pelotazo a la cabeza. El mundo da vueltas y lo único que quiere es irse.
Ahora sobre la bicicleta, una niña y un niño siguiéndolo tratando de no quedarse atrás. Un salto por aquí, otro por allá; dobla en la esquina, tres cuadras después vuelve a doblar; aumenta la velocidad, esquiva un peatón y evade los insultos de otro; otra esquina, otra cuadra, más rápido, más arriesgado. Da la vuelta para asegurarse de que los ha perdido, pero ambos niños siguen detrás de él. Baja de la bicicleta y se entrega rendido.
En mitad de la carretera, un bar llamado 'La Parada' lo recibe con brazos abiertos. Lejos de casa, lejos de todo, un hombre que lo dobla en edad lo invita a su mesa, estrecha su mano y se presenta. El desconocido es como él, otro viajero que ha perdido de vista su destino por concentrarse de más en su andar, otro pedazo de roca en el camino. Entonces lo observa más detenidamente, lo reconoce, y coincide en que es como él, pero nunca será él. Se levanta, sale del bar y no vuelve a mirar atrás.
La chica sin rostro interrumpe el juego de cartas, lo toma del brazo y lo saca de allí con la excusa de querer hacerle una pequeña encuesta. Él la sigue confundido, observa el papel que lleva en las manos sin poder leer lo que lleva escrito, pero nota que es sólo una oración. Regresa la mirada a esa cara sin ojos, nariz o labios; ella también lo observa, no sabe cómo, pero lo sabe. Cansado de esperar que suceda algo, se inclina hacia ella lo más que puede y consigue oler el aroma de su cabello, y, en esos preciosos segundos en que su nariz asegura ser feliz, se vuelve a enamorar del pasado. El papel muy lejos de su cabeza.
Una vida no es suficiente; por eso existen los sueños.
"Qué bonita es la vida, carajo"
Las últimas palabras que te oí decir resonaron en mis oídos mientras contemplaba la difusa línea que intentaba separar el cielo del océano. Por unos instantes creí que volabas, pensé que ibas elevándote con la misma corriente de aire que sentía en mi rostro y en mis brazos, fue como si realmente tuvieses alas y estuvieras despegando del mundo para contemplarlo desde insospechadas perspectivas. Pero la sensación no duró más de unos segundos, lo suficiente para perderte de vista entre la maleza y las piedras, allá abajo adonde los sueños y los buenos momentos van a morir. La ironía de tu frase dejó un amargo sentir en todo mi cuerpo, y pronto no pude contenerme más y me lancé del risco tras de ti, siguiéndote; alcanzándote. Hasta ser inmortales. Sin alas de cera sobre nuestras espaldas, llegamos más lejos que Ícaro.
A veces, y sólo a veces, para subir es necesario bajar un poco.
Volición
El primer recuerdo que apareció en mi cabeza luego de volver a poner pie en este lugar fue el tobogán oxidado que conservabas en tu jardín. No sé por qué, sólo pensé en él, en la última vez que me subí y cuando prometí que no habría otro lugar en el que me divertiría más. También recordé ese club de camping al que nunca me invitaste pero del que siempre hablabas, y me acuerdo perfectamente de la parrilla que llevaban, y del lugar donde la ponían. Recuerdo una tarde calurosa en el parque, no había nadie, sólo carros estacionados, muchas piedras y mis ganas incontrolables de romper algo. Ahora que he regresado todas esas imágenes llegan a mí y no sé qué hacer con ellas, no sé adónde ir o si te encontraré a ti o a los demás, si los recuerdos se mantienen fieles a las experiencias o si tal vez he decidido inventar una vida que no me pertenece. Si puedes escucharme, por favor despiértame.
¿Cuál es la fórmula química de las pesadillas?
Frenesí de fantasías incumplidas
No era dormir aquello que le molestaba. Podía aguantar la noche entera soñando; lo había hecho desde pequeño. Pero lo que causaba tremenda ansiedad en él era la posibilidad de tener un sueño repetido, volver a pasar por las mismas situaciones, recorrer de nuevo locaciones oníricas y experimentar sensaciones iguales otra vez. No era algo que sucediese muy a menudo, pero cuando sí era así, podía pasarse semanas reviviendo los mismos sueños, noche tras noche.
Quizás podía soportar con cierta paciencia aquéllos en los que pasaban cosas amenas o que lo hacían sentir bien; las mañanas siguientes debía convencerse de que nada de lo soñado había pasado realmente, que el buen humor con el que despertaba no debía influir demasiado en su forma de ser. Pero la historia era otra con las pesadillas. Abría los ojos en medio de la noche y sufría por mantenerse despierto lo que restaba de aquélla, seguro de que volver a dormir supondría regresar a experimentar miedo y dolor.
Cuando me contactó por ayuda estuve a punto de echarlo de mi oficina al creerlo un demente, pero mi curiosidad pudo más y tuve que averiguar qué le sucedía. Toda mi vida deseé crear una máquina que pudiese proyectar en forma de imágenes lo que soñamos, pero aunque aún no consigo hacerla realidad, sí puedo jactarme de ser uno de los pocos poseedores de un aparato capaz de medir las emociones de los sujetos mientras se encuentran en estado de sueño. Tuve que utilizarlo con él.
Durante las primeras sesiones lo notaba muy inseguro respecto a mis métodos, pero al final siempre lograba convencerlo. Lo recostaba sobre la camilla, le colocaba los implementos de medición, aplicaba el sedante y me pasaba el resto de la noche observando los datos en la computadora mientras el individuo soñaba. Durante el día me dedicaba a analizar los resultados e iba archivándolos con la esperanza de encontrar alguna clase de patrón. Todo un mes seguimos con el mismo procedimiento, él en la camilla y yo tras el escritorio, hasta que un día intenté algo diferente.
Como parte de mi investigación y experimentación para construir la máquina proyectora de sueños, había diseñado un cableado especial que no cumplía con la función para la que había sido hecho, sino una que vi útil para esta situación. Uno de los patrones que hallé en los sueños del sujeto, y guiándome por lo que me dijo, es que solía tener tres noches seguidas de "sueños positivos", dos de "pesadillas" y el resto de "no-sobresalientes". Así que, cuando noté que durante dos noches su nivel de emociones positivas se elevó por encima del promedio, la tercera le coloqué una extensión del cableado especial y el extremo opuesto lo conecté a mí mismo.
La idea era aprovecharme de su sueño, de las emociones positivas que tendría que haber experimentado y hacerlas mías. Me recosté en una segunda camilla, cerré los ojos y dejé que las sensaciones se adueñaran de mí. Sin embargo, una de las cosas que fallé en prever, una de las variables que no tuve en cuenta a pesar de haber dedicado horas al proyecto, fue deducir que aquello positivo para uno no necesariamente lo es para otro. Y, aunque mi intención sólo era nutrirme de las emociones, cumplí mis deseos, si bien de una manera totalmente diferente a la que había esperado, de ver los sueños ajenos.
Yo era el sujeto. Y él caminaba entre sombras hacia una ciudad de fuego, y yo sentía que había estado ahí antes, sabía que el aire y las cenizas que entraban por su nariz hasta mis pulmones nos eran familiares. Allá a lo lejos nos saludaba alguien desde la penúltima ventana de la derecha en el edificio más alto, pero al acercarnos notábamos, sin sorpresa, que era un ave atrapada intentando salir por esa misma ventana. Las pistas estaban cubiertas por roca carbonizada, y sobre ellas se deslizaban las cáscaras que eran las personas, algunas prendidas en fuego, otras humeando. Quise detenernos, dar la vuelta y escapar, pero en el fondo sabía que debía ser de otra manera. Mi corazón palpitaba con violencia y sus ojos estaban irritados por el calor. Podía sentir algo en mi costado, algo que se movía por debajo de la piel y mordía de a poquitos, cada vez más fuerte, cada vez causándonos mayor dolor.
Fue entonces que desperté en mi oficina, empapado de sudor y paralizado por el horror de la experiencia. Me costaba respirar, me atragantaba con mi propia saliva y en cada parte de mi cuerpo sentía una presión enorme, como si alguien o algo estuviese sobre mí aplastándome. Con desesperación y tras varios minutos pude ponerme en posición vertical y quedar sentado sobre la camilla, adolorido pero ya más en control de mis movimientos. Entonces noté la máquina medidora de emociones, en el suelo y hecha pedazos, aunque no me sentía mal, quizás embargado por la tranquilidad de saber que no me había pasado nada malo. En ese momento pensé en el sujeto y preocupado volteé la cabeza. Lo vi recostado sobre su camilla. Era yo. Y había muerto.
Soñar tiene sus riesgos.
Laberíntico
No sé si es la vida quien me lleva hacia ti o tú quien se acerca, y aunque intento no darle importancia, vuelves a aparecer frente a mí, como una señal que soy incapaz de entender, una serie de significados que han ido tejiéndose a tu piel para conformar esa imagen tan familiar que resuena en mis recuerdos, pero suficientemente difusa como para no reconocerte. Lo peor no es fallar en saber quién fuiste, sino verte dar pasos hacia atrás cuando yo los doy hacia adelante, o notar que vacilas cuando no hay paso alguno. Es por eso que hasta que no consiga descifrarte o yo mismo crear una imagen en tus pensamientos, me contentaré con llegar a la mitad del camino, donde tal vez la vida ya te haya llevado a ti.
La vida y sus inexplicables métodos.
Peor que los cigarrillos
Antes de salir de casa te cercioraste de tener los mil dolares en el bolsillo, aún sin saber para qué diablos te los había dado tu padre. Como todas las madrugadas, ibas de camino al paradero donde subirías al carro de siempre, dormirías la hora entera de viaje y pasarías cerca de ocho horas sentado detrás de un escritorio leyendo y firmando papeles en blanco. Pero un golpe en la cabeza hizo de esta madrugada algo totalmente distinto.
Cuando abriste los ojos notaste que estabas sentado detrás de un escritorio, pero en lugar de papeles había cuchillos, pinzas, sierras y herramientas que nunca habías visto en tu vida, todas brillando bajo la única lámpara del pequeño cuarto. Intentaste moverte, pero al instante notaste las cuerdas que te mantenían sujeto a la silla, así como la mordaza que cubría tu boca, y pronto una voz que provino de algún lugar de la habitación te hizo olvidar por completo lo anterior.
Luego de adaptarte un poco a la iluminación, conseguiste ver a quien hablaba, una silueta delgada inclinada en el umbral de la puerta con una mano en el bolsillo y la otra sujetando un cigarrillo prendido. Decía que habías sido raptado, que no tenías nada de que preocuparte, que las cosas sobre la mesa no serían usadas en ti sino que solían ser para otros trabajos. El corto tiempo que estuvo parado ahí, mientras terminaba de fumar, se dirigió a ti de manera muy amigable, mencionó que no te harían daño, que saldrías en libertad incluso si no pagaban el dinero pedido y hasta habló un poco de sí mismo, de lo mucho que le interesaba el béisbol. Después de eso se fue.
Minutos más tarde, quizás horas, regresó. Entró al cuarto, cogió uno de los cuchillos de la mesa y se acercó a ti rápidamente. El miedo que sentiste en ese momento no permitió que reparas en su rostro, ahora iluminado, sino en el arma, la cual llevó hacia ti de manera aparentemente amenazadora. Sin embargo, pronto notaste que se dirigía a las cuerdas, y en poco tiempo estuviste liberado. Pero antes de levantarte y salir corriendo, el sujeto te cogió de los brazos y dijo algo que no pudiste escuchar. No te soltó, como si esperase algo, tal vez una respuesta.
Pasaron unos segundos y volvió a hablar, y nuevamente no conseguiste escucharlo. Y otra vez quedó en silencio. Sin poder decir nada a causa de la mordaza, asustado, ansioso y desesperado, usaste toda tu fuerza para zafarte y golpearlo en la mejilla. Pero una vez que el individuo estuvo noqueado, escapar ya no estaba dentro de tus planes. Quien yacía en el suelo era un viejo compañero, un chico con el que habías perdido comunicación hacía ya casi doce años, el único amigo que hiciste durante las clases de béisbol en la academia.
Confundido, metiste la mano en el bolsillo esperando que no te hubiesen revisado al raptarte y de él sacaste los mil dólares que tu padre te dio aquella mañana. Los pusiste al lado del muchacho, tomaste uno de los cigarrillos que viste sobresalir de su camisa y lo partiste en dos luego de susurrar "esto terminará matándote". Saliste apresuradamente de la habitación y no miraste hacia atrás hasta que estuviste fuera del complejo en el que te mantenían prisionero. Al cabo de unas horas estuviste de vuelta en tu casa, con unas ganas increíbles de batear algo.
La rutina es peor que los cigarrillos.
Atrás no hay nadie
Nos tropezamos un lunes como hoy, hace siete días, te vi y por unos instantes no supe qué pensar de ti. Estabas sentada frente a mí dos meses atrás, hablando del amor y de la muerte mientras comíamos alfajores. Un año antes paseábamos por las tiendas de una galería y pedías que te grite como si estuviese enojado contigo, pero yo no quise. Varios días anteriores a eso regresabas de un viaje al extranjero y traías una maleta a pesar de haberte marchado con dos; decías que parte de ti se había quedado en el camino, que era mejor así. Hace cuatro años te hablé por primera vez, ya no sé ni cómo me atreví, y terminamos yendo al cine a ver una mala película. Estabas frente a mí cinco años atrás, no te había visto antes, no sabía quién eras o por qué mis amigos te conocían; sólo sé que ese fue el peor día de mi vida. Nos tropezamos un lunes como hoy, y desde entonces no te he vuelto a ver.
Un vistazo al pasado ayuda a aclarar el presente.
Eres como creo recordarte
La chica de los ojos verdes, perdida en el pasado como una imagen fuera de contexto, como la palabra a gusta en la punta de la lengua. Se escabulle entre tus sueños y los míos, disfrazada con recuerdos de una vida diferente pero familiar; es la fantasía de mis fantasías y el fantasma que te ronda, quizás recurriendo a sus encantos para salvarnos de algún mal camino, quizás solo aburrida. Se acerca, se abre paso entre miles como ella, extiende la mano y mira la tuya, pero antes de poder actuar la vista la pierde. No es más que una imagen, un efímero sabor. Y así de rápido como llega, aún más rápido se va.
Esa sensación de saber y conocer, y a la vez no tener idea.
El hombre de los cincuenta

Había escuchado que lo llamaban "el hombre de los cincuenta", aunque ella sabía que con quien ahora se encontraba conversando, por donde quiera que lo mirase, no podía pasar de los treinta años. Tampoco parecía mostrar rasgos que lo vinculasen a aquélla lejana década, así que el apodo debía referirse a otra característica. Su imaginación la hacía inclinarse a centenares de posibilidades, cada una más improbable que las anteriores, y fue esto lo que en definitiva ocasionó que optase por saciar su curiosidad, así que se lo preguntó directamente. El hombre frunció el ceño, como si no creyese lo que estaba oyendo, pero ella estaba decidida a resolver el misterio, así que presionó por una respuesta. Enfurecido, el hombre se puso de pie, sacó su gorda billetera desprovista de tarjetas de crédito y dejó el dinero que cubriría el pago de su café. La chica no lo vio irse; su mirada fija sobre todas las monedas de cincuenta céntimos amontonadas en la mesa. Sonrió satisfecha.
El mundo necesita más excéntricos.
Falso recuerdo
Anoche tuve un sueño acerca de un recuerdo, una serie de televisión que no veía desde muy niño, y no pude contener las lágrimas al despertar, conmovido por las emociones del momento. Durante esos reconfortantes minutos me aferré a la imagen en el sueño y me sentí invadido por nostalgia y alegría; me vi a mí mismo de pequeño disfrutando horas interminables de juego, me vi en una de las etapas más felices de mi niñez.
Sin embargo, una vez que los sentimientos evocados fueron disminuyendo en su fuerza, al tratar de no dejar ir el recuerdo de esa serie de televisión, noté que algo parecía estar fuera de lugar. Esa imagen en el sueño era lo único que podía rescatar, no tenía nada más de dónde sujetar aquélla memoria, no había otro recuerdo más que el soñado. Me veía a mí mismo de niño viviendo cosas que realmente pasaron, pero esa serie no aparecía en mis recuerdos.
Y fue así como entendí que nunca había existido tal programa; que, efectivamente, mi vida había sido feliz, aunque sin él. Lo que en un momento tomé como cierto no era más que un hecho que nunca pasó y que mi memoria trató de hacer real. Pero ¿por qué? ¿Por qué inventar una ilusión que, al fin y al cabo, no cambia en nada mi pasado? ¿Por qué soñar un recuerdo falso? Y, aún más importante, ¿sería el único?
El sentir es verdadero, no importa cuán falso sea aquello que lo causa.
Invisible a la vista (segunda parte)
Volví a verlo, esta vez en la playa, y recordé algunas de las cosas que había estado haciendo para recobrar la identidad que una vez perdió. Al comienzo no supe qué pensar, pues creía que no querría volver a ser él mismo y que por ello había apostado por conseguir una nueva persona. Pero tras meditarlo comprendí que ya no se trataba huir de sí mismo al vivir sin identidad, sino de volver a ser alguien, incluso si eso suponía regresar a ser lo que fue. Un año sin que el mundo lo reconociese o lo tomase en cuenta por más de unos segundos debe haber sido suficiente tormento.
Acudió a la casa de sus familiares en busca de una viejas videocintas en las que había sido grabado durante sus años de infancia. En ellas aparecía corriendo, saltando, jugando, gritando y llevando a cabo una serie de actividades comunes en cualquier niño de ocho años, pero para él era el material perfecto para hallarse, para analizar su comportamiento y rescatar su personalidad, su esencia. En las palabras pronunciadas, los gestos hechos y los actos realizados detectaba rasgos de lo que alguna vez fue, y de ellos se aferraba, de ellos pretendía armarse de vuelta.
Todo esto me hizo ver que su identidad no solo era desconocida por las personas en general, sino también por él mismo. Vivía en un cuerpo que le era ajeno y su comportamiento tendría que haber sido totalmente errático y desligado de consistencia, alguien diferente cada día, cada segundo. Y, sin embargo, un armatoste con características suficientemente cohesionadas, e insignificantes, como para saberse nadie en todo momento. Si alguna vez temió ser él mismo, no alcanzo a imaginar el terror que ahora le supone no ser alguien.
¿Soy lo que fui y lo que seré?
Lo intenté
¿Por qué la confusión? Prométeme que dejarás de dar vueltas en el mismo lugar, que comenzarás a darle color al mundo, tu mundo. Y que ya nada será para siempre.
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Ayer te vi por última vez, en aquella foto de hace años que aún guardo por si la memoria quiere obligarme a olvidarte, esa misma foto en la que aparece una niña retratada de espaldas. Cada vez que la miro es como si te viese a ti, un corazón que no conoce la libertad, un alma que no encuentra paz. La llevé a mi lugar favorito, ése allá en lo alto donde nos conocimos, y la enterré junto al gran árbol que siempre decías querer trepar.
¿Qué pasó contigo? ¿Por qué decidiste dejar de luchar? ¿Dónde fueron a parar tus sueños? Te encogiste de repente, aplastada por los barrotes imaginarios a los que fuiste limitándote, hasta que dejaste de ser tú; simplemente dejaste de ser. Juntaste los labios y no dijiste más. Por mucho tiempo acepté tu decisión, comprendí que estabas tan perdida como yo, y que encerrarte en ti misma era la mejor solución a un problema que ni siquiera hoy existe.
Pero estoy cansado de esperarte, y la paciencia que una vez me acompañó se ha ido diluyendo con las lágrimas. Ahora eres todas las mujeres de mi vida, una historia más a la que deseo poner fin y no puedo. Golpeo tu coraza desde afuera, grito por ti y por mí, y por todos los que te extrañan, y porque me dejaste aquí; y así vas reduciéndote.
Ya no queda mucho; muy poco de dónde aferrarse a lo que aún hay de ti, el vago recuerdo de un rostro, una sonrisa y ojos que me persiguen en sueños. Pronto el viento se adueña de ti, y en un instante no estás más. No más. Pero yo sigo aquí.
Nunca es demasiado tarde para hacer algo.
No
Jugaba fútbol con un par de amigos a la salida del colegio; habíamos improvisado una portería utilizando unas rejas y el árbol cercano, y pateábamos la pelota como si el mundo fuese a acabarse en unas horas. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, se hacía tarde pero no teníamos intención de irnos. En un momento se acercó un pequeño grupo de estudiantes que preguntaron si podían unirse a nuestro juego, pero, siendo mi balón, fui yo quien les dijo que no. Sin embargo, no se fueron.
Continuamos jugando un buen rato, hasta que uno de nosotros dio una patada muy fuerte y la pelota quedó atorada en una de las ramas superiores del árbol. Nadie quiso treparlo, así que empezamos a lanzar piedras con la esperanza de zafarla, pero nuestra mala puntería y la creciente frustración nos lo hacían especialmente complicado. De pronto, uno de los del grupo que se había quedado mirándonos subió al árbol con dificultad y consiguió la pelota tras algunas leves caídas y luego de hacerse varias magulladuras.
Una vez que estuvo de regreso en el suelo, se acercó con los otros de su grupo y volvió a preguntar si podían jugar con nosotros ahora que habían ayudado a recuperar el balón. Yo me acerqué a él, cogí mi pelota y le repetí que no quería que se unieran, que nunca les pedimos ayuda. Y como no quise seguir discutiendo no tuvieron más opción que irse, así que nosotros seguimos jugando como si nada hubiese sucedido. Ese fue el día que morí por dentro.
Experiencias aparentemente pequeñas pueden marcarnos de por vida.
El tipo con pistola
Eres la sombra detrás de la oscuridad, haciendo sólo lo que te hace sentir vivo mientras te escabulles tras una segunda víctima. Eres la mano en la boca, seguido por el grito ahogado, y una sonrisa chueca fuera de lugar. Eres la cadena que arrastras, el eslabón que aprieta despacito y parejo; despacito y parejo hasta el "¡crac!". Eres el tipo con pistola que cae al suelo en medio de un centenar de personas, y nadie sabe que estás ahí. Nadie sabe de ti. Y te escabulles por la tercera.
Hay quienes gritan por ayuda; hay quienes ayudan a gritar.
Me miras
A veces escucho que me llaman, como una voz en el viento que dice mi nombre y me hace voltear pensando que encontraré a alguien detrás de mí. En ocasiones reacciono sin pensar y grito a la distancia esperando que me contesten, creyendo que realmente he sido llamado, aunque nunca recibo respuesta. Pero la mayoría de veces solo sigo mi camino e ignoro el sonido. Y es en momentos como estos en los que me embarga la duda, en que pienso en la posibilidad de que sí haya alguien, de que ahora sí voltearé para ver a una persona detrás de mí, de que quizás sí he sido llamado después de todo. Pero la duda disminuye tras los primeros pasos, y, luego de unos segundos, sigo mi camino. Hasta que vuelvo a oírla.
Los fantasmas del pasado vienen y van.
Yo como acerrín
Recuerdo que te gustaba caminar bajo la lluvia; decías que estimulaba tu pensamiento, que ayudaba a tener mejores ideas y reflexiones más profundas. Quizás por ello siempre estabas resfriada la mayor parte del tiempo, aunque siempre con algo ingenioso e interesante por comentar.
Recuerdo una noche que desapareciste sin decir nada a nadie, te perdiste por las calles mojadas y caminaste por quién sabe dónde casi por tres horas, hasta que di contigo en la banca del paradero, sentada y tiritando de frío. Permaneciste en silencio todo el camino hasta la casa. Pero una vez allí, te escuché decir una frase que hasta el día de hoy sigue en mi cabeza.
Tal vez descubriste algo que el resto de nosotros ignora. Tal vez eres tan loca como dices serlo. Cualquiera sea la verdad, no estás sola. Y ahora creo entenderte.
Ser diferente no debería implicar vivir en soledad.