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Fecha Publicación: 2011-12-10T08:47:00.001-08:00

  1. Primer punto ¿qué es la filosofía?
A diferencia de la mayoría de artes y ciencias la filosofía no gozadel privilegio de tener una definición firme y sólida que le permita serentendida de una misma forma en distintas culturas y épocas. Al explorar suhistoria es notorio que una de sus características es ser una actividad que seejerce siempre desde diferentes ópticas y perspectivas, es decir, que parte desu esencia es el cambio y la transformación permanente de su propia identidad.Mientras que la arquitectura ha sido desde siempre la actividad de construirestructuras con fines ocupacionales y la poesía el arte de combinar laspalabras para expresar sensaciones de la filosofía no se puede decir lo mismo.Unas veces ha tenido por objetivo el saber, otras el orientar al ser humano,otras el ordenar al mundo y otras el delinear un tipo de cultura. Incluso serefieren a ella como la manera cómo se razona o se conforman las palabras paraque éstas tengan sentido. De cada definición o punto de vista han surgidocorrientes de pensamiento y, como derivados, distintos enfoques acerca de loque el ser humano debe hacer con su vida. Incluso se podría hablar de unarelación directa entre los intereses de los poderes de turno y las diferentesmaneras de filosofar, convirtiéndose la filosofía en una especie de respaldo ojustificación del porqué determinado grupo se impone sobre los demás.
En vista de ello no queda más que aceptar que, si bien la filosofíaes una actividad propiamente humana y que puede ser ejercida indistintamente,ella no se sujeta a un patrón definido y navega al vaivén de los tiempos. Unaprimera conclusión de esto sería que ella se presta a la subjetividad de quienla practique y a su interrelación con el poder; algunas veces se la vesustentándolo y otras enfrentándosele. Además, aunque se lo niegue, elfilosofar es visto como algo peligroso debido a la facultad que tiene demodificar las creencias de las sociedades.
Por todo ello se puede decir que es imposible establecer unadefinición única de filosofía a pesar que teóricamente sí se dice que existe. Loque se tiene son aproximativos pero sujetos a los cambios que se dan y estosmayormente se asientan en una redefinición de la filosofía como primer pasopara crear otro modo de hacerlo. Dicho mediante un ejemplo, para que surja unafilosofía cristiana se tuvo que buscar otra interpretación de lo que era elfilosofar; si hubieran permanecido los parámetros griegos clásicos ello hubierasido imposible tanto para San Agustín como para Santo Tomás. Hasta en la épocacontemporánea se sigue dicho esquema y la filosofía se ejerce según sea elfilósofo que afirme que lo está haciendo. El que esto sea aceptado o no por lagente depende de una serie de factores que son más de índole política y socialque de principios o teorías propiamente dichas.
Pero desde esta perspectiva se llegaría a la conclusión quecualquier cosa podría ser entendida como filosofía, y eso tampoco es lo ideal. Paraevitar ello una primera posición por la que se podría optar es por aceptar su condiciónpeculiar de no poder encuadrársela en un estándar definitivo. La segunda, queella siempre está íntimamente relacionada con su época y las circunstancias quela conforman. Y la tercera que siempre debe buscar el consenso de la sociedaden donde nace y se desenvuelve para que sea considerada como tal y tenga algunavigencia.  
Siendo esto así se podría intentar entonces un primer acercamientode definición al decir que la filosofía es una actividad estructurada delpensamiento cuyo fin principal es elaborar ciertas ideas que los seres humanostienen sobre sí mismos y sobre su entorno. Al decir estructurada se le estádando una cualidad organizativa específica diferente del simple pensarcircunstancial e inconexo.
Es obvio que esta especie de definición tampoco satisfará a nadie oa muy pocos por las razones ya expuestas, pero al menos posibilita intentar unaubicación más cercana a las marchas y contramarchas de la filosofía a lo largodel tiempo. Además, y ello tiene que ver con el objetivo de este trabajo,permite romper el corsé de la definición actual para poder abordarla desde unángulo diferente a fin de encontrarle otras potencialidades que hasta elmomento no son conocidas. De algún modo esto se atiene a lo que se ha dichoacerca del filosofar y de cómo depende de quién lo haga, es decir, que cadafilosofía es hija de un filósofo, es su obra y creación, de modo que con cadanuevo pensador aparece en el devenir del tiempo una nueva forma de ver lascosas antes nunca imaginada.

  1. ¿Existirá una filosofía andina?
Esta pregunta debe exigir una aclaración previa: ¿hablamos de unafilosofía que se practicó antes de la llegada de Occidente a las tierrasamericanas y que ya no existe, de una que aún pervive pero escondida tras lasbambalinas de los Estados modernos —hechos a la usanza de la civilizaciónoccidental— o de una reciente creación que está formada tomando como baseciertos elementos locales? Estos tres planteamientos podrían ser perfectamenteválidos dependiendo de qué se quiera sustentar. Si se hiciera un recuento delos esfuerzos por establecer la existencia de tal filosofía andinaprobablemente todos ellos encajarían dentro de alguna de estas opcionesmencionadas. En el caso las ideas aquí planteadas éstas se aproximarían más a latercera de ellas en vista que lo que se procura es dar una visión contemporáneautilizando referentes autóctonos.
Entonces, retomando la definición de filosofía esbozada en párrafosanteriores, se podría decir que sí existiría una filosofía andina en la medidaque un filósofo así lo sostenga. Ahora bien, que éste tenga éxito en su empresadependerá de factores ajenos a su interés, pero sí podría llegar a elaborar uncuerpo orgánico y con sentido que fuera aceptado por una gran parte de lapoblación. A partir de ahí todo quedará supeditado a los avatares políticospudiendo ésta convertirse en una filosofía “oficial”, en un “pensamientosubversivo” o en una curiosidad inofensiva con la cual muchos pueden distraersesin que ello cause ninguna inquietud.

  1. Una redefinición del ser humano
Como se ha mencionado al principio, no existe una sola manera de concebirla filosofía y cada transformación que se ha dado en ella ha implicado unaprevia redefinición de cómo se la entiende. Por lo visto en esta materia, adiferencia de las ciencias, el objetivo no es sumarse a lo ya establecido sinopor el contrario modificarlo, y con cada cambio surgen nuevas filosofías que,dependiendo de su eficacia, pueden llegar a trastocar profundamente las basesde las sociedades existentes. En vista que la actual academia no acepta otrafilosofía que no sea la occidental imperante entonces lo que habría que hacer paragestar una nueva filosofía es partir de una enunciación distinta para no caeren las mismas conclusiones ya sabidas. Para ello será necesario empezar desdeel principio: desarrollar una propia concepción del ser humano y de ahí deducirtodo lo demás.
Hecha esta precisión se podría decir que el hombre casi en sutotalidad no tiene ninguna diferencia con respecto a los demás seres de lanaturaleza. Hasta hace poco se creía que por lo menos su cerebro era el factor primordial,pero tanto por la observación simple como por las investigaciones científicas estáclaro que básicamente tanto animales como humanos poseemos los mismos elementosnaturales, y que el volumen, masa o funciones de dicho órgano no sonsuficientes para hacer tal afirmación. Algunos dirán que en lo que somosdistintos es en la capacidad de nuestra razón, que nosotros sí la tenemos y elresto no, pero eso no parece ser tan cierto puesto que el razonar es propio detodos los seres vivos para poder ejercer algún tipo de acción y no comportarsecomo autómatas. Hasta el más pequeño ser razona o evalúa qué hacer ante undeterminado estímulo, y no todos sus congéneres hacen lo mismo pues siempre hayquienes optan por otros caminos. En ello se basa la variabilidad ysupervivencia de la vida: en que no todos los seres reaccionan de la mismamanera sino según su propio criterio.
De ser así no sería nuestra razón la que nos hace humanos.Ciertamente que nosotros la usamos de un modo distinto y que el tamaño denuestro cerebro y su capacidad es más compleja que la de otros, pero también loes que, después de millones de años de hacer cosas diferentes a lo que manda lanaturaleza, es obvio que nuestros órganos han sufrido variaciones. Dicho deotro modo, el cerebro no es el responsable de lo que somos sino es más bien laconsecuencia de lo que hemos hecho.
Entonces si no es el cerebro ni tampoco la razón lo que nos hace excepcionalescon respecto al resto de los animales ¿qué es? Al respecto se dan dosversiones: la de un Dios Creador y la de un Diseño Inteligente. En el primercaso el asunto es simple: hay un dios, que no vemos ni podemos demostrar que existe,quien es el directo responsable de lo que somos al habernos puesto sobre laTierra para que vivamos. Este asunto pertenece a la fe y sobre ello es poco loque la filosofía puede hacer puesto que no hay posibilidad de evaluar,cuestionar o hacer algún tipo de precisión al respecto. El segundo caso, elDiseño Inteligente, se refiere a que la naturaleza tiene un tipo de proyecto ovoluntad propia y que ha planificado desde hace mucho nuestra presencia a lamanera de una obra de arte que se va perfeccionando con el tiempo. Seríamos,según dicho programa, el producto más elaborado de ella misma, su culminación,su apoteosis máxima, lo cual apuntaría a convertirnos en superhombres como meta.El problema con esta idea es que se basa en el supuesto de vernos a nosotroscomo seres superiores, como el último eslabón de la cadena, y ello es algosumamente subjetivo pues en este juicio somos juez y parte. De igual forma sepodría decir también que somos una anormalidad de la naturaleza y, por lotanto, un “error” de ésta por cuanto, siendo criaturas teóricamente superiores,no somos capaces ni siquiera de saber quiénes somos ni cuál es nuestra funcióno papel en este concierto que es la vida. Como se ve, las cuatro ideaspresentadas, Razonalismo, Evolucionismo, Creacionismo y Diseño Inteligente,tienen cada una sus respectivas dificultades y cuestionamientos.

  1. El impulso filosofante
Deductivamente es posible ir retrocediendo en el tiempo y llegar alpunto de quiebre en el cual los humanos dejamos de ser una criatura más de lanaturaleza para convertimos en este extraño ser que somos. Ante el panorama laprimera pregunta que saltaría a la mente es porqué la naturaleza produciría unaentidad que, proviniendo de ella misma, fuera a la larga en contra de todo loque es y ha establecido. El Evolucionismo resuelve esto diciendo que somos unaconsecuencia lógica del desarrollo de la vida y, por lo tanto, tiene sentido queexistamos. Sin embargo, si este fenómeno fuera algo tan lógico como se afirmatendría entonces que ser repetitivo, no único ni exclusivo, con instanciasintermedias y estarse produciendo permanentemente en diferentes especies y adistintos niveles, tal como pasa con todo lo demás en el terreno de la biología.El problema es que la naturaleza no parece tener tal iniciativa y tampoco que lahaya tenido en su remoto pasado. Algo tan peculiar como el ser humano no encajadentro de sus milenarios parámetros y no da la impresión de ser una constanteen su forma de operar.
Visto esto lo que aquí se va a proponer es una nueva hipótesis: loque nos hizo humanos no serían acontecimientos meramente físicos ni místicossino más bien un fenómeno que hasta ahora no nos podemos explicar y al cual selo ha bautizado como impulso filosofante. La naturaleza no produce sereshumanos espontáneamente —entendiendo a lo humano como un organismo que no seciñe a sus leyes naturales para sobrevivir. Pero si ella no puede ser“generadora de seres antinaturales” porque es un absurdo —y sin embargoexistimos— quiere decir que algo debe haber ocurrido para que no seamos losseres normales que deberíamos ser. El hombre, mal que bien, tendría que ser un animalmás, con las mismas estimaciones y conducta que cualquier otro puesto que asíes la vida en todas sus manifestaciones. Pero no lo somos y esa es la paradoja.¿Puede la naturaleza producir seres que renieguen de lo que son? Si nosatuviéramos a los defensores del Diseño Inteligente responderíamos que sí, quela naturaleza es capaz de generar su propia contradicción. Pero entonces, ¿quéde inteligente puede tener crear un ser que va a ir en su contra y destruir lafuente que lo creó?
De modo que aquí hay un misterio, y como tal, deberíamos admitirque ignoramos realmente qué fue lo que pasó (y qué está pasando pues el sucesocontinúa). Claro, es más fácil salir al paso y hacer una afirmación contundenteapelando a Dios o a la ciencia, pero nos guste o no las dudas persisten y a losfilósofos no se les pasa eso por alto. Quizá políticamente sea un acierto dejarlasde lado y entronizar tal o cual verdad publicándola en los textos educativos yhaciendo lo mismo a través de los medios de comunicación; pero ello es unengaño. Incluso se puede manipular a ciertos filósofos académicos para que reafirmendesde su púlpito la verdad oficial; sin embargo aún así no es fácil desviar elfoco del problema. Tarde o temprano toda persona, en un momento de su vida, seenfrentará ante la muerte y allí se dará cuenta que todo lo que se le asegura acercade nuestro origen y destino no logra satisfacer los cuestionamientos eternos yexistenciales. Nadie, ante la tumba de un ser querido, puede evitar pensar: “¿Existiráun dios?” “Y con esto ¿todo se acaba?” “Con la muerte ¿nos desvanecemos comopolvo y nada más?” Si las afirmaciones que se hacen desde el poder fuesen incuestionablesy absolutas nadie tendría porqué dudar de ello. Se llega entonces a laconclusión que realmente lo que somos sigue siendo todavía algo inexplicable yque lo que hemos hecho es tan solo tratar de encontrarle una justificación yaque, de no hacerlo, caeríamos en la más profunda depresión.  
Ante este drama, ante esta profunda desolación que causa el noentender porqué somos lo que somos, no nos queda otra cosa que acudir a lasideas, a las propuestas que supuestamente nos dan la respuesta salvadora y nostranquiliza con sus aclaraciones. ¿Y cómo se puede llamar a tal actividad? Filosofía.El ser humano para no caer en la desesperación necesariamente tiene queelaborar un mecanismo que le permita sostenerse como tal, como ser humano, nocomo animal, y ese es el filosofar. Por ejemplo, la filosofía moderna loexplica todo apelando a las necesidades suponiendo que somos seres denecesidades. Ello no suena mal, sin embargo esa es solo una manera de ver lascosas. No somos solo animales ni vivimos tratando de serlo; por el contrario, procuramosalejarnos del mundo de la necesidad para vivir en el mundo de lo humano, de lasapariencias y de las nociones. Todas nuestras ansiedades y temores parten de loque se da en el artificial mundo creado por nosotros mismos, no por lanaturaleza. Si bien las necesidades básicas son fundamentales más importantes sonpara nosotros las humanas; sin ellas no se explicaría lo que somos ni sucesossociales como la guerra, que nos lleva a matar y ser matados únicamente porcuestiones de creencias que nada tienen que ver con los hechos materiales.
Este análisis lleva a la suposición que, desde el primer día en queel hombre se dio cuenta que había dejado de ser un animal, lo primero que hizofue apelar al mismo impulso filosofante que lo “sacó” de su existencia naturalpara crear, mediante los propios elementos actuantes de dicho fenómeno, un “nuevoorden no natural” evitando de esta forma morir de angustia. Significa entoncesque la filosofía sería el primer acto propiamente humano (y el único hastaahora) el cual tiene por función elaborar sistemas de vida artificiales paraque los hombres puedan sobrevivir pese a hallarse dentro de una, para ellos, “ajenay extraña naturaleza” a la que antes pertenecían. Se trataría entonces de unacto desesperado para evitar la terrible soledad de encontrarse en un medio quese volvió súbitamente “hostil y animal”. El enajenamiento de la naturaleza,principal efecto del impulso filosofante, le ocasiona a cualquier ser que lopadezca un estado traumático imposible de soportarse sin una opción alternativa.De ello se desprende también que el factor humano no sería obligatoriamente homínido,o sea físicamente tal como somos nosotros, sino que se podría darse encualquier otro ser vivo. Basta con que un organismo se sienta fuera de lasleyes de la naturaleza e imposibilitado de aceptarlas para que automáticamente seconvierta en un ser humano, sin importar la forma que éste tenga. Enconclusión, la filosofía sería un método que hace viable que los seres humanos,de este planeta o de otro, homínidos o no, generen una forma de vida quesustituya a la de la naturaleza.

  1. Los métodos filosóficos
Si, como se ha dicho, la filosofía fuera el arte de concebir mundosque reemplazan al de la naturaleza entonces la idea de lo que hasta ahora ella hasido cambiaría radicalmente. De lado quedarían las viejas definiciones acercade sus objetivos (la sabiduría, el conocimiento, la verdad, etc.) para pasar aser una estructura de pensamientos sistematizados que responden a las preguntasmás acuciosas del hombre desde su aparición como tal. La filosofía tendría porfunción elaborar los discursos que explican tanto el origen del ser humano comocuál es la mejor manera de alcanzar el viejo anhelo de superar lasconsecuencias del impulso filosofante.
Estos discursos se podrían agrupar, en líneas generales, en tresgrandes sistemas o métodos, cada uno basado en una específica facultad delorganismo: el sensorial, el razonal y el intuitivo. De la facultad sensorialsurge el método del mismo nombre que prioriza la información proveniente de lossentidos puesto que sostiene que, si hay algo real, al margen de la opiniónhumana, es precisamente lo natural, lo que actúa orgánica y materialmente sin laintervención de la voluntad del hombre. Con esta idea dicho método asegura quela manera más adecuada de retornar a la tranquilidad de naturaleza, a sus leyesy enseñanzas, es acogiéndose a ella lo más fidedignamente posible. Por su parteel método razonal afirma que es la razón el único medio por el cual el hombrepuede recuperar ese estado primigenio pues solo pensando y organizando lopensado es cómo se llevan a cabo las cosas. Por último el método intuitivoaduce que lo principal está en saber qué hay detrás de todo el misterio, por loque la respuesta se encontrará en el indagar acerca de qué voluntades o fuerzasactúan en la naturaleza para que todo sea así, de tal manera que con ello se descubrala pauta que conducirá al inicio de todo.
De cada uno de estos métodos es que se desprenden la mayoría de lascorrientes filosóficas que se han dado en la historia. No es que éstas se denen su forma pura pues todas tienen algo de las tres, pero siempre es posibledetectar cuál es el principio que priorizan. La hegemonía actual de Occidente llevaa creer que el método que ésta civilización ha seguido, el razonal, es el únicoexistente y válido, pero no es difícil darse cuenta que, con una mirada más ampliade lo que es el proceso humano, las cosas no siempre son como se dicen en elmomento en que se pronuncian. Ha habido muchos imperios y cada uno en su tiempose consideró a sí mismo el poseedor del método correcto, negándoles a los demásla veracidad del suyo. Incluso en el propio Occidente se han presentadodistintas tendencias de su método razonal producto de las permanentesinfluencias de los otros dos (como puede ser el renacer de la ciencia debido ala influencia del método sensorial o las orientaciones orientalistas oespiritualistas producto de las influencias del método intuitivo).

  1. El método sensorial
De los tres métodos señalados el que particularmente interesa eneste estudio es el sensorial ya que tiene que ver con el tema de si existió o puedeexistir la llamada filosofía andina. Como se ha dicho, los tres métodos tienenel mismo objetivo: proporcionarle recetas al ser humano para calmarle lainquietud acerca de su origen, su razón de ser y su destino e intentardevolverle con ello la paz y la integridad con la naturaleza perdidas a causadel impulso filosofante. La diferencia entre ellos está en la manera cómo lohacen efectivo, empleando para eso cada una de las tres facultades principalesconocidas y de las cuales adquieren sus respectivas denominaciones.
Cuando se filosofa considerando a la sensorialidad como el métodomás seguro de lograrlo la importancia la tiene todo aquello que los sentidos seancapaces de percibir de la realidad. La idea que hay detrás de esto es queasimilando e imitando a la naturaleza el ser humano se acercará más a ella envez de alejarse ―como ocurrió a causa del fenómeno filosofante. Esa cercanía teóricamenteproduciría en él una reconfortante sensación de hallarse donde debía estar yhaciendo lo que debería hacer, situación que acabará definitivamente con eldolor que significa el ir en contra de las normas establecidas. No es difícil desconocertal situación debido a que cada vez que por algún motivo nos “liberamos” de lapesada carga de asumir el modus vivendi de ser seres humanos y actuamosnaturalmente, desnudos y sin prejuicios, sentimos un alivio muy grande ygratificante. Eso mismo deben haber experimentado los primeros humanos queaparecieron sobre la Tierra —si nos atenemos a los más antiguos mitos que nosrevelan de algún modo cuál era la forma de vida de nuestros antepasados.
Dicho esto se podría afirmar que el método sensorial sí es unarealidad, que desarrolla una filosofía auténtica y completa, paralela a larazonal —lo mismo que la intuitiva—, solo que hoy es desconocida o negada porquienes practican exclusivamente la filosofía razonal imperante. La filosofíasensorial permite los mismos logros que obtienen las otras dos y quienes lautilizan llegan a alcanzar plenamente las expectativas de las culturas que lahan asumido.

  1. Los discursos filosóficos
Toda filosofía, para ser transmisible, debe plasmarse mediante undiscurso estructurado. Pero cada método ha desarrollado su propio tipo dediscurso. En el caso de la filosofía sensorial los elementos que emplea son losmás afines a los sentidos y comprenden: el espacio físico, las percepcionesvisuales o imágenes, los objetos, los sonidos, las emociones, los olores y lasactividades propias del ser humano. Se trata en suma de cuentas de discursostopográficos y cinéticos cuyas unidades de sentido no son el logos ni los símbolospuestos sobre una superficie plana (como en el caso de la escritura). En lafilosofía sensorial los ladrillos con que se construyen las ideas son las cosastangibles y visibles y cómo éstas se manifiestan y se desplazan a nuestroalrededor. Es así que tanto una piedra como un árbol, al igual que cualquierobjeto mayor como el Sol o el viento, constituyen las piezas fundamentales parahilar los pensamientos y con ello desarrollar mensajes complejos. Muchasdanzas, por ejemplo, son largos discursos filosóficos para quienes las sabeninterpretar sin que ellas requieran ser traducidas en palabras para sercomprendida. Precisamente a esto, en tal filosofía, se le llama comprender, ydicho acto no pasa necesariamente por un análisis razonal. Lo que se busca en estetipo de filosofía es que el receptor comprenda las cosas, no que las conozca —comosucede en el caso de la razonal— o que las entienda —como pasa en el de laintuitiva. La humanidad, mucho antes de inventar la escritura, filosofaba demodo sensorial y con ello creó muchas de las civilizaciones conocidas. Lafilosofía razonal aparece tiempo después, cuando ya el factor humano, tal comolo conocemos, estaba completamente desarrollado.

  1. La filosofía andina
Recapitulando lo dicho, se propone aquí que el posible origen de lohumano sea un factor todavía desconocido al que se le ha puesto por nombreimpulso filosofante. Cuando ello ocurre, en el ser afectado se produce un “desenganche”de su normal y habitual comportamiento —sujeto estrictamente a las leyesnaturales—y toman conciencia de haber adquirido un estado de ajenidad conrespecto al entorno en donde se encuentra. Dicha ajenidad lo que le provoca es unainevitable sensación de soledad y abandono, a diferencia de la seguridad yconfianza que significaba el estar apegado ciegamente a la naturaleza. Se le hallamado impulso filosofante debido a que su acción es obligar al ser que lopadece a identificar e individualizar el medio en el que vive y al que ya no puedever como parte de él, como algo natural e indivisible, sino como una cosa extrañay amenazante, situación que de algún modo es una condición típica del filosofar.Nada produce temor cuando se desconoce, y la naturaleza no asusta a sus seres másallá de su contexto específico pues cada cual vive su propia y única realidad. Encambio con el impulso filosofante se resquebraja este sistema y se producentemores pánicos frente lo que antes no tenía porqué ser percibido, entre ellasla muerte, miedo que va más allá de lo que siente un ser ante a un ataque o unasituación riesgosa. Los animales de por sí no conciben la muerte, mientras queel que sufre el impulso filosofante logra precisarla y comprende su magnitud,situación anómala para todo ser vivo y que ocasiona la imposibilidad de llevar unavida plena y sin aprensión.
Todo esto es un drama nada grato y cuyo único remedio ha sido hastaahora el recurrir al mismo impulso filosofante para elaborar, usando suspropias características filosofantes, diversos paliativos. Se trata entonces deproponer estilos de sociedades que imiten la organización y estructura de lanaturaleza donde todo tiene sentido, explicación y encaja en su lugar. De esamanera el afectado, el humano, puede llegar a pensar que está recuperando suinterrelación con el medio y que no está perdido ni abandonado en un lugarincierto.
En el caso particular del pensar andino ―y al decir andino se involucraen este concepto a una serie de culturas desarrolladas en las distintasaltitudes y latitudes de la cordillera de los Andes― podría decirse que, dadasus peculiaridades, encaja muy bien dentro del sistema o método sensorial,aquel que sostiene su accionar sobre la noción de que, para alcanzar el estadooriginal y recuperar la vida equilibrada, se debe observar a la naturaleza yextraer de su comportamiento las normas fundamentales que el ser humano debeasumir durante su vida. Esta observación e interpretación lo que busca es elcomprender, al captar el ritmo y sentido real de las cosas tal como deben ser yno como el hombre las ha deformado por causa del impulso filosofante. Elfilosofar sensorial se desenvuelve sobre el terreno natural; no utiliza ellogos o el estros, que son los elementos propios de los otros dos métodos, sinoel factos, que viene a ser la unidad de sentido conformada por las cosasfísicas o las acciones humanas ejecutadas sobre ellas. Si vale la comparación,es lo mismo que si, en vez de redactar un libro empleando palabras, esto mismose hiciera pero usando objetos puestos sobre un determinado espacio. Tanto lalectura gráfica como la fáctica hacen lo mismo: descifrar signos, y quiendescifra lo hecho por un filósofo sensorial puede llegar a comprender lo queéste ha querido decir.
Existen diferencias entre los conceptos comprender, conocer yentender en la medida que cada uno de estos conceptos llevan filosóficamente a objetivosdiferentes: con el comprender no se busca modificar el interior ni laconstitución real de la naturaleza; solo se persigue orientarla y utilizarla.En cambio con el conocer se pretende identificar su estructura básica paraformar otras nuevas que la propia naturaleza no ha dispuesto. Con el entenderlo que se procura es descubrir qué fuerzas actuantes se dan detrás de cadafenómeno y objeto que el ser humano percibe, pues tal como los ve no son comorealmente son.
Con esto se explicarían muchas cosas que hasta ahora, usando elmétodo razonal, no han sido posibles de ser comprendidas debido a lapersistencia en encontrar un logos como eje central del pensamiento filosóficoandino. Como un ejemplo sencillo se puede mencionar el caso del Cápac Ñan o elgran camino inca del Cusco. Al hacer su recorrido se tiene la sensación de irtranscurriendo por cada página de un libro desde su inicio hasta el final y elcual no es producto de la casualidad sino obra de filósofos quienes pensaronmuy bien la manera de trazarlo, colocando en su trayecto los respectivos signoso mensajes que todo caminante debería interpretar. De esta manera se transmitenconceptos, nociones e ideas diversas sobre el mundo y el hombre inserto dentrode él. Lo mismo se diría de ciertos lugares expuestos ante el hombre que habitaen la selva y de cómo estos se pueden leer y comprender con solo saber la fórmula.
Se podría objetar esto diciendo que solo se está dándole unainterpretación subjetiva a lo natural y que eso no es obra del ser humano. Perosi se observa detenidamente nada por donde el hombre transita ha dejado de sertocado por él mismo, y hasta la más humilde trocha contiene una lectura. Lasaltas culturas andinas optaron por este método, del mismo modo que decidieronemplear elementos propios para todo orden de cosas como en la arquitectura,donde escogieron a la piedra como alma máter, o en la contabilidad, donde emplearonhilos o semillas para realizar las más complejas operaciones numéricas. Noutilizaron la rueda no por desconocer el círculo ―pues lo usaron en muchas desus manifestaciones culturales― sino por no considerarlo como el modo adecuadopara desplazarse. Mientras para los fenicios la superficie de barro fue la idealpara la escritura para los andinos no lo fue, aunque podría haberlo sido puesconocían perfectamente la capacidad de dicho material para perpetuar lossignos. La inteligencia no consiste en aplicar todo lo que se tenga a la manosino en servirse bien de aquello que se sabe manejar.
Cada día se descubren nuevas culturas milenarias en el mundo andinoy con ello el reto de comprender su modo de filosofar aumenta. En todos loscasos lo que se nota son distintas y variadas propuestas o rutas a tomar,algunas contradictorias con otras, lo que revela algo que es común al filosofary es que no se trata de un pensar monocorde y uniforme sino de un sinfín deproposiciones hechas por otros tantos filósofos con espíritu crítico. Quererunificar miles de años de vivencia a través de una sola expresión simbólica,mítica o filosófica es un error tan grande como querer tomar un solo idioma ―porejemplo el quechua― como el único válido, dejando de lado los muchos otros que huboy que todavía se dan. Esa es la explicación de porqué en este trabajo no se consideraconveniente que se deba buscar en las palabras o logos andinos la esencia de sufilosofar puesto que ello fue empleado solo para el habla, para lacomunicación. El verdadero filosofar andino está plasmado en la mismanaturaleza a la cual pretende imitar, hecho que abarca expresiones humanas tanvariadas como la música, la danza o el arte.

  1. Conclusión
Al abandonarse la definición clásica de filosofía hecha desde lamirada occidental, aparecen nuevas posibilidades de ampliar su campo de accióny sus potencialidades. De ese modo caben opciones no contempladas antes, entreellas la existencia de una filosofía andina. Ésta se ejerce plenamente pero no empleandoel logos, la palabra ―como se hace en Occidente― sino utilizando el factos, quees una unidad de sentido que comprende todos los objetos de la naturaleza máslos hechos humanos. Con ello es posible construir discursos filosóficos quetienen por objetivo el cumplir con la finalidad última del filosofar que es elprocurar devolverle la tranquilidad al ser humano perdida por causa del impulsofilosofante, responsable de su humanización y alejamiento de la naturaleza.

  1. Coda
Lo que se ha querido expresar aquí es tan solo un acercamiento auna nueva manera de ver las cosas, no así exultar una idea que puede sonar muybien pero que puede ser vana o equivocada. El objetivo ha sido simplementemotivar a quien escuche a que se incentiven en su mente otras posibilidades quepuedan resolver viejos enigmas o inspirar mejores caminos hacia suentendimiento. Como se dijo al principio, si no se osa abrir senderos dondeparece no ser viable es difícil ejercer la filosofía y solo se terminarepitiendo lo ya consabido sin opción a salir de tal círculo vicioso. Ojalá queestas reflexiones cumplan con ese anhelo y sirvan en la mejor medida paraencontrar las respuestas que desde siempre el ser humano ha tenido. 

Fecha Publicación: 2011-10-28T13:47:00.000-07:00

*Este artículo lleva el mismo nombre de uno anterior pero el contenido es distinto

Resumen
En la mesa redonda “Racionalidad de los pueblos ancestrales y el desarrollo sostenible” —dentro del marco del Primer ‘Encuentro Internacional sobre Educación para el Desarrollo Sostenible, Movilización en defensa de la vida frente a un futuro incierto’, desarrollado en Lima del 8 al 10 de junio de 2011— se presentó esta ponencia la cual propone un cambio de visión sobre la civilización andina: plantea no verla como un objeto de estudio histórico sino como una propuesta de modelo a seguir para un desarrollo sostenible en la medida que sus estructuras filosóficas y sociales coinciden perfectamente con la búsqueda de una forma de vida futura que armonice con el medio ambiente e interaccione positivamente con la naturaleza. La razón que lo sustenta es que este modelo ha venido siendo utilizado durante milenios por los pueblos andinos con excelentes resultados comprobados en la práctica y no hay motivo para creer que no pueda aplicarse actualmente.  
 
Introducción
Los llamados pueblos ancestrales son vistos por los países desarrollados como si fueran menores de edad que habitan territorios muy ricos en recursos naturales pero inexplotados por la incapacidad de ellos mismos. Igualmente son concebidos como carentes de alguna virtud que pueda significar un aporte útil para la humanidad. Sin embargo ¿podrían ser considerados de otra manera y no como sociedades incapaces de aprovechar la riqueza o susceptibles de compasión o receptoras de políticas asistenciales? Lo que se pretende exponer aquí es que en una cultura como en la andina se encuentran los elementos esenciales que permitirían responder a las grandes inquietudes contemporáneas como por ejemplo: ¿existirá un modelo de desarrollo sostenible que pueda reemplazar al capitalismo depredador? ¿Cuáles serían las bases de su sustentación? ¿Cómo se podría comprobar si es efectivo?
 
Metodología
Debido a que es un razonamiento filosófico se empleará el análisis comparativo y, en algunos casos, tanto la deducción como la inducción, amén de no desechar lo más valioso que es la intuición. Diversas ciencias como la historia y la sociología aportan distintos elementos de juicio con los cuales se pueden formar nuevas propuestas a través de enfoques no convencionales, distintos a los que se plantea en la actual academia. Muchas veces lo que cambia no es el dato sino la manera de interpretarlo, tomando como referencia lo expuesto por Thomas Kuhn cuando planteó la tesis del paradigma en su obra La estructura de las revoluciones científicas.
 
Tres nociones básicas para entender el pensamiento andino
A continuación voy a exponer en forma sucinta y con carácter introductorio tres conceptos andinos traducidos de la mejor manera posible a una estructura de pensamiento occidental. Ante esto es obligatorio decir entonces que se parte del presupuesto que existe un pensamiento no occidental, desechándose para ello ciertas tesis que sostienen que la manera de entender e interpretar al mundo es una sola y que sus etapas básicas corresponden a las llamadas culturas primitivas mientras que las más elaboradas a la Occidental. Enfocar las cosas de esta manera es ya de por sí un cambio en la manera de juzgar que trae consecuencias fundamentales a la hora de hacer estudios y extraer conclusiones.
Solo considerando esta mirada menos prejuiciada es que se obtiene más soltura para ver las cosas sin las barreras de tener que encajarlo todo en un mismo esquema, método que de por sí no ha resuelto cuestiones básicas que muchos de los contemporáneos exigen ser replanteados. Entre estos últimos están numerosos pueblos andinos quienes, lejos de sentir que desaparecen y que son relegados por la historia, juegan hoy un papel principal en el destino de varias naciones como Bolivia, Ecuador, Venezuela además de gran parte del entorno andino.
La investigación teórica no puede estar al margen de esta realidad centrándose solo en temas que provienen del mundo occidental y vinculados a las preocupaciones propias de ese medio; el pensamiento latinoamericano viene luchando desde hace mucho por reenfocar el objetivo de sus propuestas dirigiéndolas hacia una sociedad y un mundo que no es Europa o Estados Unidos. En consecuencia la esencia de las ideas que serán expuestas a continuación son producto de ese enfoque, de esa peculiar necesidad nuestra de mirarnos los latinoamericanos a nosotros mismos como un hecho real y principal, no marginal ni supeditado a las perspectivas de las sociedades dominantes de turno. Las tres nociones que se van a tratar son: sobre el origen del hombre andino, sobre su mandato imperativo de vida y sobre su finalidad: la belleza.
 
  1. El origen del hombre andino
Es común que debido a las relaciones de poder que gobiernan el mundo actual se piense que las creencias imperantes son las correctas. Sin embargo la experiencia nos demuestra que muchas veces éstas corresponden más a las necesidades de configurar un sistema de dominio que a lo que podríamos llamar como “la verdad”. No hay imperio que no pueda evitar tener que establecer ciertos cánones sobre los cuales sostener su dominio. Entre los muchos esquemas que existen se puede mencionar el de la noción de ser humano, cómo se piensa acerca de lo que es el hombre. Para tocar este punto debo apelar a mis propios trabajos sobre el tema los cuales están plasmados en las obras La promesa de la vida humana y, más ampliamente, en El impulso filosofante aún sin publicar. En inevitable hacerlo puesto que, sin ello, no se podría citar un texto orgánico que sirva de apoyo a lo que voy a intentar sostener: que el hombre andino ha configurado su forma de interpretar al mundo en función a una relación sensorial con éste, de ahí que el eje central para la configuración de sus ideas sea lo que denomino como el factos, la unidad básica de pensamiento con la cual éste conforma sus discursos. El factos es el acto con sentido, que tiene una explicación y una orientación y que puede ser transmitido y entendido. La suma de muchos factos es una idea y la acumulación de muchas de ellas viene a ser el discurso.
Ciertamente que todos los seres humanos hacemos lo mismo y en distinta magnitud, pero lo que caracteriza al hombre andino es la priorización de dicho método para el filosofar. Sé que ahondar más en esto puede complicar las cosas hasta correr el riesgo de salirnos del tema, pero el hecho es que cuando se emplea tal forma de pensar el producto que surge de ello es diferente al que se obtiene mediante los otros dos métodos que vienen a ser el razonal (típico de Occidente) y el intuitivo (de Oriente).
Si hay algunos seres humanos, como el caso del andino, que consideran que la abstracción se puede plasmar en elementos concretos físicos y no solo en palabras es lógico que las explicaciones sobre sí mismo varíen diametralmente de las de otros, asunto que no debe extrañar. A quienes están acostumbrados a definirse como “seres razonales” para diferenciarse de los animales les parecerá extraño que haya quienes no lo entiendan así puesto que no consideran a la razón como el elemento prioritario para identificar lo humano. En el caso andino, debido a la preponderancia del factos sobre el logos, la definición recae en el acto, en la obra, siendo así que el hombre se diferencia del animal no por emplear su razón (pues todos los animales también la tienen a su manera) sino por “hacer cosas” que otros seres vivos no hacen. En Occidente fue recién con la aparición de las teorías evolucionistas que se cuestionó el papel de la razón para darle mayor valor al “homo faber” como base para entender su esencia.
Visto esto se comprenderá que el andino se entienda a sí mismo como un producto de su relación activa con la naturaleza, de un dar y recibir información que es lo que finalmente lo identifica y de lo cual piensa que él ha surgido. No es por lo tanto ni un producto divino ni tampoco una exacerbación de su razón sino una obra hecha al alimón con la naturaleza. Esto explicaría muchas cosas, entre ellas, la ausencia de textos o libros o el no uso del lenguaje común para el ejercicio del filosofar; sí en cambio la preocupación por poner las ideas “sobre” el mismo mundo en el que vive y donde solo viviéndolo es posible leerlas. Haciendo un paralelo con Occidente, mientras que allí se filosofa con el logos y se tienen que construir discursos orales-escritos, en el Ande se filosofa con el factos y se tienen que diseñar escenarios y coreografías. Mientras que los filósofos occidentales son dramaturgos los andinos son escenógrafos y coreógrafos, pero en ambos casos se deja entender qué y cómo piensan dichos hombres. Para el andino existen otros sentidos además del de la vista con los cuales interactuar con el mundo. Un ejemplo de ello es el llamado “Camino del Inca”, en la ciudad del Cusco, que viene a ser una experiencia que, al ser recorrida, deja entender muchas cosas específicas hechas por el hombre al igual que cuando se recorre con los ojos los textos de un libro occidental. El método es diferente pero se logra el mismo fin: comunicar.
 
  1. El mandato imperativo de vida
En vista de lo primero resulta inevitable que, si se desarrolla una relación tan intensa y elemental con la naturaleza, se reconocerá en ella una serie de atributos esenciales. Debemos recordar que recién hasta hace poco en Occidente, con el auge de la ciencia, el hombre razonal de aquellos lares comenzó a considerar a la naturaleza ya no como su enemiga sino como un objeto de su interés y estudio, además de la fuente de toda su riqueza. Esta civilización vivió durante miles de años tratando de verse a sí misma como algo más que naturaleza, como alejado de ella y de su “salvajismo”; lo importante era que el ser humano razonara y eso era su mayor valor y conquista. Sin embargo con la revolución y la caída del Cristianismo como poder político dicha sociedad reconsideró tal autopercepción y hasta el día de hoy sigue intentando acercarse a la naturaleza con un verdadero afán, aunque todavía sin darle otro valor que el de cosa. Los rezagos del razonalismo aún le impiden aceptar una igualación con el resto de los seres vivos y eso se demuestra con el predominio que le da a las leyes del mercado por sobre las de la realidad, siendo ello un síntoma de que a Occidente le importan más sus propias concepciones de las cosas que los hechos concretos tal cual son.
En el caso del mundo andino, donde el ser humano vive más cerca de la experiencia sensorial que a la especulación razonal, el conocimiento es más un “entendimiento” de lo que es la naturaleza. Si Occidente se formó con la convicción que el conocer era aprehender las causas de todo, qué origina y ocasiona lo que nos rodea, en el Ande la idea imperante es la de captar el modus operandi de la naturaleza. He allí también la distinta orientación de la ciencia pues, mientras que en el primer caso es de tipo cognitiva —acción que es interpretada como “el descubrir las causas”, llevando ello a abrir la materia para ingresar a su interior y ver de qué está hecha y cómo funciona— en el segundo lo es de entendimiento, en el sentido de que hacer ciencia no es otra cosa que “entender” a la naturaleza, saber cómo ésta se comporta para de ahí extraer las normas básicas de lo que el hombre debe hacer durante su existencia.
Si es así, el hombre sensorial encuentra sus explicaciones en lo observable y verificable, en aquello que tiene delante y que le muestra la esencia de la vida. La naturaleza toda es coherente, nada se halla fuera de lugar y emplea siempre en la misma lógica. Al hombre lo que le compete es desentrañar de ella las enseñanzas que le explican todo lo que necesita saber para desarrollar su existencia. Uno de los idiomas originarios andinos, el quechua, expresa mediante un concepto —ajeno para Occidente— la más importante ley que el hombre puede llegar a aplicar: kamay, cuya traducción lo explica como un imperativo que emana de un poder superior al hombre, una obligación, una orden o un mandato. La idea subyacente es que la realidad es una estructura compleja pero que tiene su propia fuerza que la anima y toda ella interactúa de manera recíproca y solidaria, donde nada está dado al azar pues todo tiene un fin y un porqué, además de una función indispensable. Si desde lo más insignificante hasta lo más grandioso cumplen cada cual un papel entonces el ser humano, criatura que forma parte de este concierto, debe tener también su razón de ser y su misión en la vida. No puede estar exento de ella.
Siguiendo con esta secuencia se deducirá que la principal preocupación del hombre andino será primero averiguar qué es lo que le corresponde hacer para insertarse dentro del Universo y luego de qué manera debe cumplir con dicha tarea. A diferencia de la visión occidental donde el ser humano es un ente aparte de la naturaleza, con objetivos y funciones ajenos a sus dictados y cuya “misión” es usufructuarla según le indiquen las ideas del momento, la del andino es compenetrarse en su ritmo y formar parte activa en su desenvolvimiento. Los seres vivos se realizan plenamente solo cuando desarrollan todo su ser tal como son, por lo tanto el hombre solo alcanzará su plenitud cuando haga algo que salga de sí y que esté dirigido a “colaborar” para que la naturaleza siga siendo lo que es. En pocas palabras, el humano “es” cuando, como humano, pone de su parte todo lo que está a su alcance para contribuir con la existencia del todo. De modo que no está llamado a transformarse en otra cosa que en humano, a diferencia de lo que en Occidente se dice cuando se le imputa a éste un destino de conquistador del Universo, dominador de la materia o de futuro habitante de un cielo o de un infierno después de muerto.
Si el andino cumple con lo dispuesto para él por el kamay (el mandato) que viene a ser “lo que es” —puesto que no hay otra cosa fuera de la naturaleza (y donde la nada es un imposible en la medida que es solo una noción mental, no real)— entonces su vida habrá tenido sentido y él será dichoso. Si no lo cumple, si no colabora con el orden tal como es entonces se habrá salido de lo correcto y actuado en contra del mandato que le obliga a ser útil para la naturaleza que le dio la vida. Esto explica porqué todos los dioses son tectónicos o seres propios de la naturaleza (en Occidente califican esto de “panteísmo” o “animismo” insinuando con ello una visión “primitiva” de la vida) y porqué el andino se inclina a lo evidente antes que a lo abstracto, situación que lo aleja de las especulaciones teóricas muy entrañables para el occidental pero que le resultan extrañas e incomprensibles en vista que la naturaleza no es ni oscura y misteriosa sino clara y sencilla en sus manifestaciones. Con ello también se aclara en parte la razón del carácter y temperamento de dicho hombre ante la existencia.
 
3.     Su finalidad: la belleza
Un tercer concepto fundamental para abordar el pensamiento andino es aquel que entenderíamos como su meta o finalidad, cuál sería el objetivo ideal que él persigue durante su vida, tanto como individuo como sociedad. Si hemos visto que él es distinto en cuanto a su forma de entender al mundo y a la realidad a como estamos acostumbrados —o sea, a la manera occidental— pues no filosofa con la razón sino con la sensación, con el factos, y por ello le da más peso a lo que obtiene como información de la propia naturaleza que de su imaginación, se podría decir que si lograse aplicar todo lo que observa de ella para ejecutar su función humana entonces tendría por resultado una obra tangible y real que formaría parte del contexto natural, significando ello un aporte para que la propia naturaleza sea lo que ella ya es: perfecta. Si la flor, si la hormiga realizan su “trabajo” y con ello realzan al todo, el hombre no puede ser menos; también tiene que hacer algo para que ésta vaya bien, como debe ser. De modo que el aporte suyo tendrá que revertirse en la misma naturaleza y ello será un ladrillo más dentro de la armonía del conjunto, armonía que, cuando se da, produce equilibrio y paz, estabilidad y tranquilidad, cosa que es la mayor gratificación posible para el ser humano. Ese estado agradable lo que genera es una sensación de ver, de sentir, de compartir con satisfacción. Es, en suma de cuentas, un estado de belleza, puesto que la belleza no es otra cosa que la contemplación de la armonía, lo cual vendría a ser el gran objetivo de la existencia para el ser humano desde el punto de vista andino.
Toda obra humana, en la medida que produzca un beneficio común, tanto para el hombre como para la naturaleza, será siempre bella, de tal manera que la estética se medirá en función a cómo se insufla en la materia los elementos que producen armonía. No se trata de “imitarla” sino de “ayudarla” a seguir siendo lo que es. Cuando no se cumple con lo que se debe se produce el desorden, el desequilibrio, la falta o el pecado (tomando un concepto cristiano) y ello solo se repara cuando las cosas vuelven a su cauce, a lo que deberían ser. Cuando todo está en su lugar y actuando de acuerdo con el mandato imperativo se obtiene la belleza, situación que en el hombre es un estado contemplativo extático que llena su espíritu con una sensación de gozo. La diferencia que hay con el concepto “felicidad” es que no es algo que está únicamente en el interior de una persona, como pasa en Occidente, sino que necesariamente tiene que provenir del exterior; es decir, no es un placer privado: es un hecho concreto que tanto a la naturaleza como a los otros hombres les debe constar que es real. No se “busca su felicidad” sino la “belleza”, algo más impersonal pero que sí es posible de lograrse y de comprobarse en la práctica, mientras que la felicidad puede tratarse de una ilusión pasajera, egoísta o perversa, donde tanto los demás como la propia naturaleza están ausentes de esa experiencia.
Esto explicaría el porqué en el mundo andino se habla hoy de “el buen vivir” (en quechua allin kausay) que engloba muchas más cosas que un simple estado de felicidad individual. En el buen vivir están implícitos numerosos conceptos como, por ejemplo, el que nadie puede obtener este buen vivir por sí mismo; es necesariamente un acto colectivo donde sin la participación de los demás no se puede lograr. Sería imposible, para el andino, gozar mientras el entorno sufre puesto que éste es parte de su ser (en la felicidad sí puede darse en la medida que se trata de un estado íntimo supeditado solo a las metas personales, sin importar si éstas sean o no contraproducentes con el bien para las mayorías y para la naturaleza y los seres que la habitan). Si el equilibrio está roto, si la naturaleza sufre una quiebra en su estructura, si los seres con los que se cohabita igualmente sufren será inútil intentar encontrar la belleza buscada y se vivirá con pena, tristeza y amargura. En cambio si se restaura el equilibrio las cosas se encontrarán en su lugar y cumplirán con la misión encomendada. Y si el hombre andino ha puesto su cuota de esfuerzo para que eso se dé entonces el resultado será la contemplación de la belleza de la obra y ello lo llenará de dicha.
Se comprenderá que frente a esta lógica el transformar a la naturaleza en algo que no es o no tiene que ser resulta una deformidad; y que el hacerlo conlleva un desequilibrio que termina en fealdad. Para el andino el trastocar la naturaleza para que el hombre haga con ella lo que no está dentro del mandato imperativo solo puede producir desgracias y destrucción, arrastrando al ser humano a una tragedia. Ello permite entender el porqué de la animadversión que genera en él la mentalidad razonal que ve a la naturaleza como un objeto de consumo para el hombre; el porqué de su indiferencia ante un tipo de ciencia que no es la suya y su rechazo a integrarse incondicionalmente a una civilización que ve al mundo, al Universo, como contrincantes o presas a las cuales debe someter a su servicio.
 
Conclusión
El modelo ancestral andino contiene en sí mismo el esquema de un desarrollo sostenible porque proviene de una concepción cuya principal preocupación es la simbiosis y el equilibrio con la naturaleza de lo cual se deriva todo lo demás. De modo que si se quisiera encontrar modelos alternativos de desarrollo al actual lo que se propone es tomar las estructuras fundamentales de dicha cultura como patrón de organización y sus ideas centrales aplicarlas, con las necesarias adaptaciones del caso, a un nuevo formato de sociedad.
 
Bibliografía
 
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Fecha Publicación: 2011-10-09T12:12:00.000-07:00

El señor Javier Bellina de los Heros publica el viernes 7 deoctubre del 2011 en su blog memoriasdeorfeo.blogspot.com un conmovedor artículoen el cual hace un llamado a la indignación que siente por el desinterés tantode los medios de comunicación como de las autoridades por la divulgación de laciencia. Me parece oportuno hacer un comentariosobre el mismo aprovechando ello para ampliarlo hacia una crítica alpensamiento occidental sobre cómo ve éste a la ciencia.

Es muy justificable la indignación que siente el señorBellina ante la actitud de los medios de comunicación y de la sociedad engeneral con respecto a la ciencia. Quizá habría que decir que lo mismo siententodos los demás con referencia a sus propios temas (los poetas de la poesía,los músicos de la música, los deportistas del deporte, etc.) de modo que elseñor Bellina no está solo sino por el contrario muy bien acompañado pornumerosa gente. Más aún, a ello habría que agregar que se sumarían a suinquietud los obreros con respecto al trabajo, las amas de casa sobre lacomida, los niños abandonados sobre la protección infantil y otro largoetcétera. En realidad, todos los latinoamericanos, y quizá, todos los pueblosno occidentales del mundo, tenemos ese mismo pensamiento: no le dan importanciaa lo que nos interesa a cada uno en especial.
Pero para no salirnos del tema tendríamos que decir que laactitud de las sociedades no occidentales ante la ciencia tiene su explicación.Ella no está por cierto en una ausencia de capacidad mental; insinuarlo seríavolver a las teorías de antaño donde la inteligencia dependía de la raza ocultura. Pienso que se encuentra en las diferencias intrínsecas, en lasesencias que conforman cada tipo de cultura o civilización. Pero no solamenteeso; también en los momentos que cada una de ellas atraviesa. Por ejemplo, nopodemos negar que la ciencia durante el antiguo Egipto llegó a una cúspide quehasta hoy resulta un misterio para Occidente; claro, no era la misma cienciacomo se la entiende ahora, pero eso no significa que no lo fuera. Si se juzgael pasado según los parámetros contemporáneos llegaríamos siempre a la mismaconclusión: todo pasado es equivocado y falso, y está basado en supuestos yengaños. Pero esto es un absurdo: tendríamos que calificar a Einstein y a losdemás contemporáneos de errados solamente porque hoy creemos que sus ideas sehan superado.

A lo que nos lleva este razonamiento es que la ciencia nopuede ser entendida como una sola y en proceso de formación constante. Esta esmás bien la noción que se maneja teóricamente hoy, pero ello es solo un puntode vista. El error está en partir de un presupuesto y admitirlo como válido:que la historia humana es una acumulación constante hacia un estado deperfección, una línea recta hacia un futuro común liderado por la culturaoccidental. En pocas palabras, todo lo hecho hasta ahora ha sido un pre, unaetapa preparatoria para llegar a lo que somos. Esta es más o menos la tesis quesostuvo el “filósofo” Francis Fukuyama, pensador integrante de un Think Tanknorteamericano del Departamento de Defensa y famoso por su libro El fin de la historia. Pretendíahacernos creer que existía un único plan universal para que llegue el día enque la humanidad sea occidental, cristiana y capitalista, liderada por EstadosUnidos. Esta posición imperial ha sido duramente criticada, pero no deja dereflejar que así piensan la mayoría de los países desarrollados.

Entonces, si la historia no es una evolución hacia laModernidad como fin último, no se puede hablar de una sola ciencia que vasumando conocimientos con el paso del tiempo. Sabemos que diversas culturas hantenido desarrollos notables en el campo científico (entendido éste como elconocimiento del comportamiento de la naturaleza) pero que luego han sidocondenados y olvidados, por no decir marginados. Un claro ejemplo de ello es elinterés que se muestra en un pequeño sector de la ciencia moderna en temas comola llamada Medicina Tradicional, un saber comprobado que ha perdurado por suefectividad durante miles de años. La gran ciencia occidental lo sigueconsiderando como un saber práctico, sin base científica y, por ello, sinninguna relevancia. El prejuicio, el orgullo, la prepotencia y los intereses delos laboratorios hacen que los más grandes científicos desechen sus propiosprincipios, el conocer realmente a la naturaleza, por sostener un edificio de conocimientosorientado estrictamente hacia el actual mercado.

Lo que en última instancia no se quiere admitir es que lanaturaleza puede ser abordada de varias formas y obtener diferentes resultados,y el laboratorio es solo una de ellas. El problema es que la opción occidentalestá construida bajo la idea experimentalista basada en el cartesianismo por unlado y en el principio del tercio excluido por otro (una cosa es solo ella y nopuede ser otra). Si se toman estas nociones como si fueran una verdadfundamental y eterna por supuesto que se termina pensando que la cienciaverdadera y única es la que se practica en el Occidente moderno. El tema es quese ha partido de una creencia, respetable sí, pero creencia a fin de cuentas.Occidente no es capaz de reconocer que lo que hace es una versión de cómoconocer a la materia, pero que eso no agota el saber.

Otros pueblos de otros tiempos y lugares han abordado elproblema de la naturaleza con ojos distintos obteniendo diferentes resultados.En el caso andino es notorio que no se la ha visto como “cosa” sino como“ente”. Esto porque, a diferencia de los griegos antiguos, el pensamientofilosófico de esta parte no utilizó la razón como herramienta para el conocimiento:empleó la sensación, el conocimiento objetivo, algo que Occidente recién haceun par de siglos asumió aunque a su manera. Cuando se cree que la razón es lapanacea se cae en la suposición que solo el hombre cuenta en la vida pues “es elúnico que razona”, mientras que el resto solo existe por existir, sin ningúnsentido ni función. A lo más el cosmos está para darle soporte al hombre, el finúltimo de todo el Universo. En cambio, en sociedades como la andina, a lamateria se le otorgó el mismo nivel que el del ser humano, y más aún: al hombrese lo ubicó en un plano de igualdad con ella, con una función específica quecumplir, ni mejor ni peor que la de ésta. De modo que, siendo así, la cienciavendría a ser, en este sistema, no el conocimiento de la “cosa” sino el conocimientodel “ente”, del ser vivo y con derechos, con fines y objetivos, con una razónde ser.

¿Y qué tiene que ver esto con la preocupación del señorBellina? Que lo que a él le inquieta realmente es que en Latinoamérica, como enel resto del mundo no occidental, “no hay interés por la ciencia occidental”,una ciencia que no la sentimos nuestra y que no vemos que contribuya realmente anada bueno. ¿Las pruebas? Vayamos al mismo escenario de espanto del señorBellina: Huancavelica, Perú. Observemos todas las cosas vinculadas a la cienciaoccidental. Los medios de comunicación: estos solo transmiten los programas ylas órdenes de Lima, siempre orientados a dar una visión occidental del Perú yrelegando a lo andino a un nivel de “primitivo y folclórico”; las mineras, lasúnicas entidades que utilizan la más reciente tecnología: tienen por resultadola contaminación y desaparición de la vida natural; otras tecnologías, como losvehículos o las armas: cuando se hace un balance sobre su contribución aldesarrollo y a la vida humana se puede decir que traen más destrucción ydesestructuración pues imponen por la fuerza una forma de vida ajena a larealidad. En suma de cuentas, la ciencia, en Huancavelica, es un sinónimo deimperio, imposición, desprecio, supremacía del extraño y contaminación. ¿Se lepuede tener interés a esto con tales resultados? Imposible.

Hay quienes se apoyan en la medicina para argumentar queOccidente sí le hace un bien a la humanidad gracias a su ciencia. Pues bien,cuando se mira el panorama lo que se observa es un desencuentro entre lasnecesidades reales de una población y lo que pretende imponer el Estado comonoción de salud. Para Occidente la salud se basa en una ideología “taller”donde solo es saludable el que consume medicina. Incluso su nueva estrategia,la de “prevención”, es una versión de lo mismo pues implica ir al taller“antes” que la máquina se malogre; es decir, doble gasto. Desde ya estafilosofía de la salud se estrella directamente con otras concepciones nooccidentales donde ésta significa armonía con el medio, donde estar saludablees integrarse al entorno con equilibrio, sin dañarlo, pues hacerlo es perjudicarseuno mismo. Ahí viene la confrontación ya que para Occidente la explotación dela Tierra es lo fundamental, y la medicina que practica es para curarprecisamente las consecuencias de dicha explotación. Es, finalmente, una saludpara sostener la forma de vida moderna, no para evitar hacerle daño a la naturaleza.

Terminaría diciéndole al señor Bellina que loslatinoamericanos no consideramos que sea valioso apoyar la ciencia occidentalno por tozudez o negación ciega sino por los resultados que ésta genera.Gracias a la ciencia occidental es que el abismo entre unos pueblos y otros seha incrementado a niveles nunca antes vistos; gracias a la ciencia occidentallos países que la utilizan pueden llevar muerte y destrucción con comodidad y adistancia, imponiendo sus gustos e intereses por toda el planeta; gracias a laciencia occidental hoy el mundo se encuentra como nunca antes en serio peligrode destrucción puesto que los radioisótopos actúan durante miles o millones deaños sobre los seres vivos, inocentes de estos afanes “científicos”. Cómoentonces, señor Bellina, creer que el saber dicha ciencia puede significar unbeneficio para alguien que no sea el Pentágono y las transnacionales. Laalternativa sería, a mi entender, desarrollar precisamente esa otra ciencia, laciencia de la vida, la cual se encuentra inserta en la filosofía y forma de serdel mundo andino. No digo que sea la única opción; puede haber otras. Pero espreferible a la que actualmente emplean los dominadores y destructores del Universo.
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Fecha Publicación: 2011-09-18T10:52:00.000-07:00

Ponencia a cargo del filósofo Luis Enrique Alvizuri en la mesa redonda “Racionalidad de los pueblos ancestrales y el desarrollo sostenible” dentro del marco del Primer Encuentro Internacional sobre Educación para el Desarrollo Sostenible, Movilización en defensa de la vida frente a un futuro incierto. (Lima, 8, 9 y 10 de junio de 2011).

Distinguidos señores:

Es para mí muy grato poder estar presente esta noche en tan importante panel junto a las distinguidas personalidades que lo integran. Agradezco previamente a la organización el haberme invitado y espero estar a la altura de las circunstancias. El tema en cuestión es “La racionalidad de los pueblos ancestrales y el desarrollo sostenible”, y al respecto quisiera iniciar mi presentación con un comentario. La denominación de pueblos ancestrales es, en mi opinión, un tanto discutible puesto que presupone la idea de un aislamiento y una política de preservación que no se condice con la realidad puesto que tales pueblos, en su mayoría, ya están incorporados a la llamada Comunidad Universal debido al intercambio de información con la consiguiente modificación de conducta que ello supone. En pocas palabras, se trata de pueblos actualizados y, en muchos casos, modernizados, si bien no totalmente. Por otro lado la palabra diera la impresión que solo ellos provinieran de un pasado remoto cuando en verdad todas las personas que estamos sobre el planeta descendemos del mismo tronco común, por lo tanto, un neoyorkino es tan ancestral por sus raíces como un fueguino o un ona. Pienso que se debería buscar una denominación más adecuada a tono con la apertura y respeto que hoy se le quiere dar a la interculturalidad.

Pasando al tema en cuestión, quisiera pedirle al auditorio que tenga la paciencia y comprensión para escuchar algunas reflexiones e ideas poco convencionales que son producto de mis propias elucubraciones. Esto por cuanto yo trabajo particularmente el tema de la filosofía andina y ello me obliga a buscar conceptos y propuestas fuera del ámbito del pensamiento convencional.

En primer lugar, soy de los que piensan que el mundo andino no es un sinónimo de pasado ni de folclor, una visión más turística que social. Es mi opinión que estamos ante una civilización muy viva y actual, no congelada en una etapa pretérita, y que constantemente se encuentra renovándose y asimilando la época que le toca vivir. Lejos de la perspectiva tradicional —que da a entender que las culturas no occidentales se dedican solo a mantenerse tal como eran al momento en que aparecieran los occidentales— creo que la mayoría de las culturas vivas continúan con sus procesos de desarrollo propios incorporando el factor ajeno en sus esencias. Precisamente su capacidad de asimilación es lo que demuestra que están activas, a diferencia de otras de las cuales solo quedan sus restos como expresión de museo y que son objeto de un estudio histórico más no de campo.

Esto es sumamente importante para evaluar mi posición pues ello cambia radicalmente el punto de vista. La mayoría de los que estudian dicha cultura solo la abordan con una mirada antropológica considerando a sus elementos no occidentales como los únicos válidos sin darse cuenta que toda cultura es un proceso de incorporación de valores, costumbres, filosofías y ciencias provenientes de todas partes. Es así que, por ejemplo, no se acepta que el idioma castellano sea también andino al igual que la religión cristiana y otros usos y tradiciones. Se contempla solo aquello que parezca menos occidental con lo que se termina por configurar una imagen ubicada instantes antes de la llegada de los europeos, hecho acaecido hace más de 500 años.

La persistencia en el uso del quechua o el aimara como elementos básicos identificatorios, lo mismo que asumir la tecnología campesina actual como si no hubiese habido otra más urbana y elaborada, deforman la realidad e impide establecer un juicio certero de cómo ha evolucionando dicha cultura y en qué instancia se encuentra hoy. Esto trae como consecuencia la creencia popular que hablar de lo andino es referirse a un tiempo remoto, a algo no existente o solo visible en su expresión agraria sobreviviente (visión influida por una egiptología banalizada y el cine de aventuras). De ahí que es lógico que a dicha cultura se la vincule con la pobreza, el atraso, el abandono y demás apelativos inferiorizantes. En última instancia se termina por creer que lo andino es un sinónimo de “en vías de extinción”, de incapacidad de incorporar la realidad presente y de marginalidad y explotación.

Pero si cambiamos esta óptica descubriremos no solamente que ella está viva y creciente sino que porta una serie de propuestas que incluso pueden competir como planteamientos serios para reemplazar aquellos obsoletos o cuestionados provenientes de Occidente. La tendencia contemporánea es a reafirmar nociones filosóficas hasta hace un tiempo rechazadas y que propician la relación hombre-materia pero en igualdad de condiciones, frente a la idea cartesiana de hombre versus naturaleza, la cual tenía que ser vencida y dominada para que estuviera a su servicio. Hoy se ven las consecuencias desastrosas de esa forma de pensar y el mundo entero se encuentra a la búsqueda de ideaciones menos perniciosas en vista de los resultados provocados por los excesos de la Modernidad. Pero para ello se deben superar ciertos escollos o prejuicios como los anteriormente mencionados y considerar que muchas de las culturas llamadas “ancestrales” pueden aportar con sus conocimientos y visiones de la vida a construir un nuevo imaginario colectivo para la humanidad. El primer paso, como ya se dijo, es no verlas muertas o inferiores pues eso, de arranque, significa aislarlas y menospreciarlas. Luego debe abordárselas en paridad de condiciones y no con la soberbia del investigador clásico que afronta el tema más como una aventura misteriosa que como un intercambio de experiencias.

Pero no quiero eludir el punto central del tema que es la racionalidad. En ello nuevamente expongo mis modestas discrepancias puesto que se parte de un supuesto de que lo que identifica al ser humano es la preeminencia del uso de la razón como si ésta fuera el eje central para describir al género homo. Es comprensible que aún quede tal idea antigua debido a su inveterado arraigo, pero desde una perspectiva más renovada se encuentra cuestionada debido a que, en principio, sobredimensiona una parte sin contemplar la interacción con el todo (el ser humano es más que su razón, también está su cuerpo, sus pensamientos, sus sentimientos, su vivencia interior, etc.) y por otro lado la racionalidad ha sido solo uno de los caminos asumidos por el hombre para construir su mundo: también ha empleado sus sentidos y su intuición.

Si consideráramos que la filosofía fuera, no solo una especulación vana y ociosa como dice hoy, sino la configuración de las estructuras básicas para la elaboración de sociedades entenderíamos el porqué existen las diferencias entre las culturas. Así como ha habido aquellas que vieron la realidad con el orden y secuencialidad de la razón y sobre ello hicieron contextos similares, igualmente se han dado otras que emplearon la sensorialidad y los sentidos, para tratar de interpretar y acomodar el mundo al ser humano. Y además hubo otras que optaron por la intuitividad como mecanismo fundamental para su interrelación con la realidad. Tendríamos así tres vías distintas con tres maneras de ver al fenómeno humano en su transcurrir sobre la Tierra. Sería problemático intentar, en culturas no racionalistas, el encontrarles su racionalidad como factor principal sin contemplar que para éstas lo más importante es su relación directa con la naturaleza o su interrelación con las fuerzas desconocidas de la misma, del mismo modo que sería más provechoso no usar criterios culturales propios para medir y comprender a los demás sino más bien salirse de ellos para descubrir o innovar otros que posibiliten la cercanía y la apertura a diferentes visiones de la vida.

Dando estos pasos iniciales sería viable el suponer futuras experiencias que permitan reinterpretar conceptos que tienen el problema de provenir exclusivamente del lado occidental sin recibir los aportes de otros frentes culturales. Nociones como ‘desarrollo’ tienen que presentarse lo más desnudas posibles, sin las connotaciones economicistas actuales, para que sean recipientes que se puedan llenar con los criterios y valores provenientes de aquellos a quienes queremos incorporar en un proyecto común que traspase las barreras de lo personal para convertirse en un universal. El mundo tiene que ser visto, entonces, no como una prolongación de la occidentalidad sobre los pueblos de la Tierra sino como una integración y confluencia de todos aquellos que compartimos el mismo drama de ser seres humanos.

Muchas gracias.

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Fecha Publicación: 2011-07-24T12:57:00.000-07:00

¿Cómo se plantea la educación actualmente y cuál es el drama que ésta genera tanto a los pueblos como a sus clases gobernantes? ¿Qué es educar: modernizar, conservar los valores, cambiar, mejorar? ¿Qué consecuencias trae la aplicación de estas diferentes visiones en las distintas naciones? ¿Habrá alguna mirada futurista que nos augure una solución al problema, no solo de la educación, sino también de la humanidad misma? Intentemos algunas respuestas.

Un poco de teorización

¿Por qué la educación es un tema prioritario y coyuntural para todos los pueblos? Porque a través de ella es cómo estos se consolidan y perpetúan, de ahí que la garantía de que lo elaborado tan trabajosamente no se pierda en el tiempo es legarlo y encargarlo a las generaciones venideras. Es un impulso natural que los seres humanos tenemos hacia la prolongación de nuestro ser más allá de la muerte, una manera figurada de derrotarla y eternizarnos.

Siendo esto entonces algo tan gravital, como si de una repartición de herencia se tratase, es que ella debe ser trabajada con el mayor cuidado posible, tarea que tienen a su cargo todos los Estados y gobiernos del mundo casi sin excepción. Por lo general dicha labor la asumen determinadas personalidades especializadas quienes procuran recopilar los principales conceptos que sus gobernantes consideran como prioritarios.

Pero como todo gobierno y Estado es diferente es muy común que lo que se dicta en una nación no coincida con lo que hace en otra, y esto se debe a las diferentes realidades que cada una posee. Si la educación fuese un ente neutral y universal, como se dice que es la matemática, no habría diferencias en ningún lado; sin embargo las hay, por lo tanto la educación no cumple con la noción de ser un estándar cultural.

Eso quiere decir que pretender universalizar una forma de educación para crear un solo tipo de ser humano no solo es una contradicción (pues no existe ello en la realidad) sino es más bien una imposición de parte de una determinada cultura sobre todas las demás, producto de un proceso conocido como imperio. Desde este punto de vista la noción “globalización” no sería otra cosa que un término creado para llamar de una manera indirecta a lo que es imperio.

Ello nos obliga entonces a entender el proceso educativo desde ópticas ajenas a las posturas de moda (como la de la Sociedad de Mercado) y tratar de enfocarla más como una estructura interna correspondiente a la identidad e individualidad de cada grupo humano que como un constructo teórico. La desaparición de la diversidad puede ser un ideal para algunos pero ello no se corresponde con un consenso universal, de modo que cada quien siempre considerará que la herencia de sus padres es preferible a asumir la de otros con quienes no tiene nada en común y que, por el contrario, lo relegan a planos menores dentro de las estructuras sociales.

Dos maneras de entender la educación

Este planteamiento nos lleva de la mano a un debate interno: cuál de las dos vertientes (la educación oficial y la tradicional) sería la más conveniente para una nación. En la mayoría de los casos las elites gobernantes, debido a sus múltiples alianzas y compromisos establecidos con la potencia dominante, optan por asumir la cultura de su par superior, e incluso su nacionalidad, considerando esto como un acto de “sensatez y racionalidad” en la medida que ello produce beneficios. Eso se traslada hacia las instituciones públicas quienes se ven en la obligación de acatar tal filosofía política, estableciéndose como consecuencia un perfil de “individuo a lograr” que por lo general no suele coincidir con el del habitante del pueblo.

Desde esta perspectiva la educación se convierte, más que una conservación de los valores propios, en un esfuerzo gigantesco por desculturizar y reaculturizar a la población, una cuesta arriba que solo puede producir resultados desastrosos que se hacen visibles a través de la confusión de los valores, la desorganización y el caos reinante en los pilares de nuestras sociedades. Se invierte el sentido de educar-conservar por el de educar-cambiar, proyecto siempre fracasado pero que es una triste realidad en la mayoría de los países y pueblos dominados. Ni se logra asimilar a la otra cultura ni se consigue erradicar la propia.

Eso quiere decir que, en épocas imperiales, se da por sentado la existencia de una “cultura” específica entendida como una noción universal (cultura que suele coincidir totalmente con la del pueblo dominante) y de una “subcultura” o seudocultura que se presupone atrasada, incompetente y que es la causa de todos los males de la humanidad. Cuando vemos por ejemplo los argumentos que utiliza la actual potencia mundial (Estados Unidos) para justificar sus variados actos de invasión estos se suelen referir a que “se busca cambiar la situación de atraso e ignorancia que ocasiona en tales pueblos el apego a sus culturas originarias”.

Consecuencias de la existencia de estas dos educaciones

Esa relación de poder dominante-dominado ha llevado a la creación de una serie de dicotomías como las de “modernizar versus conservar”, “Occidente y resto del mundo”, “conocimiento e ignorancia”, sumadas a la de “progreso versus atraso”, “avance versus retroceso”, “mejora versus empeoramiento”. Se han formado así dos polos opuestos donde en el “positivo” se hallan los valores propios del imperio de turno mientras que en el “negativo” están aquellos del avasallado. Es obvio que en los programas educativos oficiales de las naciones dominadas no se lo presenta así, de una manera gruesa, sino sutilmente, empleando mecanismos atenuantes para no causar rechazo entre la gente que va a ser “educada” (o mejor dicho, reeducada, pero en los esquemas dominantes).

Pero creer que la educación solo le compete al Estado es un error, puesto que ya se ha visto que se trata de un proceso de transmisión de valores y a ello también se dedican otros estamentos de la sociedad entre los que tenemos a las fuerzas armadas, las religiones, las fuerzas productivas y los medios de comunicación. Estos también aportan su cuota para completar o cerrar el círculo comunicativo de tal modo que no queden espacios libres que debiliten la difusión de los mensajes. Dichas entidades, como dependen también del Estado y de su clase dirigente, suelen adaptarse al discurso oficial y acomodar sus criterios a la visión oficial en la que educar tiene por objetivo orientar, transformar y consolidar el tipo de ser humano que el Estado prefiere (y que es el aculturado).

Quiere decir que en los países colonizados o sometidos se produce un tremendo desencuentro cultural que proviene de esta lucha de criterios. Por un lado está la tradición, que no es otra cosa que la suma de toda la historia de un pueblo, y por el otro los intereses de los gobernantes deseosos de moldearlo para los fines inmediatos que demanda el imperio. Mientras que la tradición cuenta con el respaldo que proviene de la propia realidad, con conocimientos surgidos del contacto directo y milenario con el medio en el cual ésta se desenvuelve, la cultura oficial solo tiene a su lado la fuerza y la promesa de ganancias gracias a su cercanía con el poder, careciendo sin embargo de una verdadera contrastación con la realidad, cosa que la vuelve irreal, indemostrable e impráctica, válida solo en su relación con la metrópoli.

Una visión de la educación en el mundo andino

Como clara demostración de tal divorcio se pueden ver dos casos concretos representados por individuos provenientes de los dos medios más representativos del mundo andino. Para aquel que es nativo de una ciudad cosmopolita —por lo general la capital—, que pertenece al grupo dominante, que ya está asimilado en la cultura “global” (la del imperio) y que cree fielmente que ésta representa lo universal, lo válido para todas partes, la visión de la educación será: un proceso de occidentalización como sinónimo de superación, mejora, avance y logro.

Mientras tanto, para aquel que es nativo no cosmopolita, nacido en provincias o en un pueblo y que no pertenece al grupo dominante, la idea de educación seguirá siendo la de preservar sus valores, sus costumbres, su tradición y su forma de ver al mundo. A la educación oficial la considerará más bien como una manera de “penetrar al otro mundo”, mundo que le es ajeno pero con el cual tiene que negociar, transar, para no verse avasallado o aniquilado.

Cuando un joven aculturado occidentalmente piensa en “su” educación la percibe siempre como “suya”, como “la de él”, como aquella que le va a dar las herramientas necesarias para obtener lo que piensa que es bueno “para él, para su familia y sus hijos”. Se educa pero “para sí”, para su bolsillo y su individualidad, esté en su país de origen o en cualquier otro. Se ve a sí mismo como “un ciudadano del mundo” y no como nativo de algún lugar. Hay en él un necesario proceso de desnacionalización o desidentificación con respecto al sitio en donde nació, arrastrado por un pragmatismo transmitido tanto por su medio (su familia, su entorno) como por la cultura oficial a la que pertenece.

En cambio, cuando se trata de un joven no aculturado, nacido y crecido dentro de un contexto tradicional o no imperial, éste ve a la educación como “un camino para todos”, una solución a un problema que nota que es común, una fórmula para que, los que han vivido igual que él, puedan superar dicha situación. Es una mirada obligadamente colectiva por cuanto su realidad siempre lo ha sido así, colectiva, y los principios que ha asimilado han sido elaborados en base a un “nosotros” y no a un “yo” como en el caso anterior. Ello explica por qué siempre los jóvenes de los segmentos tradicionales suelen inclinarse por seguir la carrera magisterial debido a que la consideran como el instrumento para ayudar a toda su comunidad a defenderse de la “agresión” que representa la cultura oficial. En pocas palabras, apoderándose de ésta, de la ajena, piensan que pueden controlarla y hacerla convivir con la suya. Educar es, por lo tanto, para ellos, un acto social de consecuencias colectivas, no así un aprendizaje privado de técnicas para enriquecerse.

Una mirada hacia el futuro

Hay quienes creen que las ideas “colectivistas” son un invento occidental del siglo XIX sin darse cuenta que es el pensamiento más básico que se ha dado en la historia de la humanidad. Consideran a aquellos que no se enfrascan en un individualismo extremo como “atrasados ideológicamente”, pues hacen creer que toda colectivización es parte de un pasado “ya superado por el hombre”. Eso en verdad solo oculta una cosa: el temor a la unión de las mayorías en contra del sojuzgamiento por una minoría. “Divide y vencerás” dice el refrán, y la noción de humano-individuo, pero desconectado de su entorno, es la que la Sociedad de Mercado y la injusticia necesitan para perpetuarse.

Si consideramos el panorama mundial podemos observar fácilmente que, entre las muchas posibilidades de cambio que tiene el mundo, no es posible identificar por ahora ninguna otra que no sea la propuesta andina. De las canteras del pensamiento occidental ya no proviene nada nuevo ni bueno y solo se encuentra únicamente desazón y repetición. Su germen creativo civilizacional se ha agotado. Y si se busca fuera de allí, en lugares como el Oriente o África, no se percibe que exista ni remotamente alguna opción; solo se contempla una occidentalización tecnológica y un notorio retroceso de parte del pensamiento tradicional, arrinconado cada vez más como “pasado remoto y obsoleto”. En conclusión no hay, ni en los libros contemporáneos ni en las universidades del planeta nada que prometa ser una transformación hacia una vida mejor, salvo en la propuesta andina.

Porque la concepción andina —no sus costumbres, su indumentaria o su folclor antiguo como suelen mencionar los que quieren negarla tratando de burlarse (como si cuando se hablara de lo occidental implicara que se usen togas o sandalias y se viviera en el Partenón)— es la única forma de sociedad que se opone frontalmente a la actual Sociedad de Mercado donde el objetivo central es el hombre, mientras que la sociedad andina pone su centro en la vida misma, sea humana o no.

Y allí está su gran diferencia y su oposición. No se trata de una reforma ni de un maquillaje de la actual sociedad: es un cambio total de concepción, una modificación radical de valores que prácticamente implica la negación de la cultura imperante (como ha pasado y pasará siempre en la historia). Porque sobre los restos de una cultura negada siempre se levanta la nueva, remozada y vigorosa, dispuesta a refrescar las ideas acerca del destino del ser humano en su devenir por la Tierra.

De modo que, si de algo tendría que hablar la actual educación, sería de estos nuevos valores que nos prometen ese futuro por venir, promisorio, el único que ofrece, no solo a unos, sino a todos los seres humanos un cambio de objetivo y de existencia.

Etiquetas: [Filosofía]  
Fecha Publicación: 2011-07-22T10:28:00.000-07:00

La filosofía no es ciencia (algo que, lamentablemente, en la época actual se ha entremezclado y se cree a pie juntillas) y este error lo vienen cometiendo a todo nivel tanto los más reputados académicos como los estudiantes que los siguen. Las fronteras entre las dos actividades humanas, muy específicas y diferentes, se han borrado y ya no se sabe cuándo se está haciendo ciencia y cuándo filosofía.

Pero ello no es novedad; ya en la Edad Media europea, cuando imperaba la religión, la filosofía se apegó a ésta y ambas también se confundieron dando origen a diversas corrientes de pensamiento originales e interesantes (la patrística entre ellas). La línea adoptada por la filosofía actual se debe fundamentalmente a la preponderancia de la Sociedad de Mercado la cual necesita de la ciencia —en especial, de la tecnología— para la elaboración de sus productos de consumo.

De modo que no porque la religión o la ciencia provean de valiosa información la filosofía tiene necesariamente que adaptarse como un camaleón solo para “no sentirse inútil”. El filosofar tiene un objetivo completamente ajeno a estas dos respetables actividades humanas y es: el problema del hombre como Ser Humano (la ciencia lo enfoca como cuerpo y la religión como espíritu).

El tema de ¿qué es la Humanidad, lo humano? (no qué es su organismo en particular) es lo propio de la filosofía, aspecto que incluye a la ciencia y a la religión como productos de tal fenómeno. Pensar que pueda existir la ciencia o la religión fuera del hombre es todavía una teoría; hasta ahora estos son conceptos derivados de las ideas que el hombre tiene según las circunstancias por las que atraviesa en su devenir histórico.

Siempre el humano vivo y contemporáneo cree tener la mayor razón y piensa poseer el conocimiento “más grande jamás alcanzado por la humanidad”. Eso es parte de nuestra naturaleza y comprenderla y estudiarla es lo propio del filosofar (no así la investigación de la materia, de las cosas en sí).

La ciencia puede y debe estudiar todo lo que quiera a la naturaleza, pero ello no implica que lo que se diga sobre ésta es un fiel reflejo de lo que ella es. Recordemos que las leyes de la física han sido abordadas de muchas maneras y todos los métodos han respondido a los intereses del momento, lo cual significa que no existe una sola y única forma de conocer el mundo no humano. Incluso hasta ahora existen modalidades desconocidas que han manipulado a la materia con mejores resultados que los que se obtienen con las técnicas más modernas.

Esta visión panorámica del hombre y del conocer va más lejos que la científica pues ésta solo se limita y debe limitarse a lo concreto, a lo objetivo, mientras que el estudio del hombre como ser, como ente ajeno a las leyes naturales y como realidad compleja, es terreno de la filosofía. Querer abordar un campo con las herramientas del otro puede ser muy creativo e innovador, pero muchas veces lleva a conclusiones ficticias.

Una de estas es el caso del conocer. La ciencia no es autora ni de lo humano ni tampoco de la noción de conocer. Quien estudia, determina y aplica la idea de “qué es conocer” es la filosofía, pues es un mecanismo netamente humano y que, por lo que se sabe, no se da fuera de ese contexto. Recién a partir de la formación de una idea sobre “el conocer” es que la ciencia puede empezar a ejercer sus funciones. Sin esa base teórica y previa un individuo puede vivenciar múltiples experiencias y acumular ingentes cantidades de objetos sin saber qué hacer con ellos.

De modo que el terreno filosófico se concentra en el estudio de la realidad humana integral y es allí donde debe estar; ir más allá (como algunos “filósofos científicos” pretenden) sería imprudente pues se toparía con las funciones propias de la ciencia y de la religión. Esto no implica que no pueda existir una sana interrelación entre ellas pues eso retroalimenta nuestra existencia (ya que la vida no es un conjunto de estancos o casilleros ajenos los unos de los otros sino todo lo contrario).


Fecha Publicación: 2011-07-16T12:40:00.000-07:00

Si pudiésemos tener una imagen no humana de la realidad (cosa harto difícil de realizar, como se comprenderá) probablemente la observaríamos como un todo único y uniforme, tan interconectado que sería imposible diferenciar dónde termina y empieza cualquier cosa. Es algo parecido a lo que sucede cuando se observa mediante un poderoso microscopio y se descubre que los límites de la materia no son fronteras diferenciadas sino más bien etapas de transición continuas.

Seguramente para cualquier animal que conocemos la naturaleza debe ser así, pero eso al ser humano no se lo puede aplicar en la medida que él no es animal. Si el hombre no es animal entonces no puede tener una “mirada animal” de la naturaleza. Necesariamente tendrá una humana. ¿Y qué es lo humano? Ahí está el debate, y ello no es científico sino filosófico.

El ser humano, para seguir siéndolo, necesariamente tiene que adaptar su mirada a lo que él es y para ello ha “inventado” algo que en la naturaleza no se da: la división, la particularización, la matematización del todo, la partición de lo que es uno. La mayoría de los mitos precisamente se refieren a ello (si es que consideramos al mito como un mensaje del pasado y no como una “mala lectura de la realidad”) y nos hablan de un momento en que el hombre, para conocer humanamente, decidió partir la unidad en cuantas fracciones pudiese para identificar cada una en particular.

Y tal vez una de las primeras particiones de lo entero fue la creación del tiempo. Fuera del ser humano, al igual que la materia, el tiempo en sí no existe; la idea que tenemos de él es una forma humana de dividir por partes y etapas un proceso que es uniforme e indivisible en la práctica. Si el ser humano quisiese llevar a los hechos la tal “división del tiempo” se vería en un sinsentido pues, fuera de nuestra concepción y nuestros aparatos para “medirlas”, tales instancias temporales no se dan.

Eso solo se comprende y se nota cuando se sale de la cárcel humana y se asume una mirada integral, de gigantes, que puede abarcar el todo sin necesidad de segmentarlo para “intentar comprenderlo”. Es como si una hormiga tratara de entender una carretera desde su perspectiva mientras que nosotros, desde un avión, la contemplamos en su totalidad. Para la hormiga “la carretera” no existe pues, para ella, el trozo que contempla es una unidad diferenciada del resto. Jamás concebirá la existencia de tal cosa, al igual que nosotros no podemos concebir al tiempo como una realidad única e indiferenciada.

La ciencia juega un papel importante en nuestra existencia, pero no hay que olvidar que, antes que ella, se necesita una serie de “reglas de juego” que tienen que ser establecidas por la filosofía sin las cuales los datos que aporta no tendrían sentido ni utilidad (recordemos las diferentes etapas vividas por la humanidad y cómo todo ha estado supeditado, no al conocimiento de la materia, sino al drama de cómo debería vivir el ser humano, que en el fondo es lo único que a todos nos importa).

Porque ¿de qué nos sirve “conocer” (o creer que conocemos) innumerables cosas acerca de la naturaleza si eso no nos hace felices o, por el contrario, nos destruye? ¿Vive acaso el ser humano solo para investigar la realidad (tal como lo plantean algunas teorías de moda) o en verdad vivimos solo para poder entender nuestro ser y poder tranquilizar nuestros espíritus de las angustias que ello nos causa? Entre salvar la vida de nuestros hijos o encontrar la paz y saber de qué está hecha tal o cual estrella ¿cuál de las dos pesa más en el espíritu y la voluntad humanas?

Quizá la época moderna e industrial nos dé la sensación de que sus ideales y virtudes que dice tener sean lo único real posible, pero el estudio filosófico del hombre nos demuestra que eso es solo una percepción momentánea producto de una instancia en nuestro proceso, mas no es la verdad definitiva. Tal vez esa verdad nunca la hallemos porque no existe, pero el andar humano sigue siendo el mismo: el de una búsqueda en pos de unas respuestas que hasta ahora éste no encuentra.

Etiquetas: [Filosofía]  
Fecha Publicación: 2011-07-12T11:18:00.000-07:00

La filosofía no es ciencia (algo que, lamentablemente, en la época actual se ha entremezclado y se cree a pie juntillas) y este error lo vienen cometiendo a todo nivel tanto los más reputados académicos como los estudiantes que los siguen. Las fronteras entre las dos actividades humanas, muy específicas y diferentes, se han borrado y ya no se sabe cuándo se está haciendo ciencia y cuándo filosofía.

Pero ello no es novedad; ya en la Edad Media europea, cuando imperaba la religión, la filosofía se apegó a ésta y ambas también se confundieron dando origen a diversas corrientes de pensamiento originales e interesantes (la patrística entre ellas). La línea adoptada por la filosofía actual se debe a la preponderancia de la Sociedad de Mercado la cual necesita de la ciencia —en especial, de la tecnología— para la elaboración de sus productos de consumo.

De modo que no porque la religión o la ciencia provean de valiosa información la filosofía tiene necesariamente que adaptarse como un camaleón solo para “no sentirse inútil”. El filosofar tiene un objetivo completamente ajeno a estas dos respetables actividades humanas y es: el problema del hombre como Ser Humano (la ciencia lo enfoca como cuerpo y la religión como espíritu).

El tema de ¿qué es la Humanidad, lo humano? (no qué es su organismo en particular) es lo propio de la filosofía, aspecto que incluye a la ciencia y a la religión como productos de tal fenómeno. Pensar que pueda existir la ciencia o la religión fuera del hombre es todavía una teoría; hasta ahora estos son conceptos derivados de las ideas que el hombre tiene según las circunstancias por las que atraviesa en su devenir histórico.

Siempre el hombre vivo y contemporáneo cree tener la mayor razón y piensa poseer el conocimiento “más grande jamás alcanzado por la humanidad”. Eso es parte de nuestra naturaleza humana y comprenderla y estudiarla es lo propio del filosofar (no así la investigación de la materia, de las cosas en sí).

La ciencia puede y debe estudiar todo lo que quiera a la naturaleza, pero ello no implica que lo que se diga sobre ésta es un fiel reflejo de lo que ella es. Recordemos que las leyes de la física han sido abordadas de muchas maneras y todos los métodos han respondido a los intereses del momento, lo cual significa que no existe una sola y única forma de conocer el mundo no humano. Incluso hasta ahora existen modalidades desconocidas que han manipulado a la materia con mejores resultados que los que se obtienen con las técnicas más modernas.

Esta visión panorámica del hombre y del conocer va más lejos que la científica pues ésta solo se limita y debe limitarse a lo concreto, a lo objetivo, mientras que el estudio del hombre como ser, como ente ajeno a las leyes naturales y como realidad compleja, es terreno de la filosofía. Querer abordar un campo con las herramientas del otro puede ser muy creativo e innovador, pero muchas veces lleva a conclusiones ficticias.

Una de estas es el caso del conocer. La ciencia no es autora ni de lo humano ni tampoco de la noción de conocer. Quien estudia, determina y aplica la idea de “qué es conocer” es la filosofía, pues es un mecanismo netamente humano y que, por lo que se sabe, no se da fuera de ese contexto. Recién a partir de la formación de una idea sobre “el conocer” es que la ciencia puede empezar a realizar sus funciones. Sin esa base teórica y previa un individuo puede vivenciar múltiples experiencias y acumular ingentes cantidades de objetos sin saber qué hacer con ellos.

De modo que en el estudio de la realidad humana integral se concentra el campo filosófico y es allí donde debe estar; ir más allá (como algunos “filósofos científicos”) sería imprudente pues se toparía con las funciones propias de la ciencia y de la religión. Esto no implica que no pueda existir una sana interrelación entre ellas pues eso retroalimenta nuestra existencia (ya que la vida no es un conjunto de estancos o casilleros ajenos los unos de los otros sino todo lo contrario).

Y justamente sobre ello, sobre los casilleros, estaría centrado el debate acerca del tiempo. Si pudiésemos tener una imagen no humana de la realidad (cosa harto difícil de realizar, como se comprenderá) probablemente observaríamos la realidad como un todo único y uniforme, tan interconectado que sería imposible diferenciar dónde termina y empieza cualquier cosa. Es algo parecido a lo que sucede cuando se observa mediante un poderoso microscopio y se descubre que los límites no son fronteras sino más bien etapas de transición continuas.

Seguramente para cualquier animal que conocemos la naturaleza debe ser así, pero eso al ser humano no se lo puede aplicar en la medida que él no es animal. Si el hombre no es animal entonces no puede tener una “mirada animal” de la naturaleza. Necesariamente tendrá una humana. ¿Y qué es lo humano? Ahí está el debate, y ello no es científico sino filosófico.

El ser humano, para seguir siéndolo, necesariamente tiene que adaptar su mirada a lo que él es y para ello ha “inventado” algo que en la naturaleza no se da: la división, la particularización, la matematización del todo, la partición de lo que es uno. La mayoría de los mitos precisamente se refieren a ello (si es que consideramos al mito como un mensaje del pasado y no como una “mala lectura de la realidad”) y nos hablan de un momento en que el hombre, para conocer humanamente, decidió partir la unidad en cuantas facciones pudiese para identificar cada una en particular.

Y tal vez una de las primeras particiones de lo entero fue la creación del tiempo. Fuera del ser humano, al igual que la materia, el tiempo en sí no existe; la idea que tenemos de él es una forma humana de dividir por partes y etapas un proceso que es uniforme e indivisible en la práctica. Si el ser humano quisiese llevar a los hechos la tal “división del tiempo” se vería en un sinsentido pues, fuera de nuestra concepción y nuestros aparatos para “medirlas”, las tales instancias temporales no se dan.

Eso solo se comprende y se nota cuando se sale de la cárcel humana y se asume una mirada integral, de gigantes, que puede abarcar el todo sin necesidad de segmentarlo para “intentar comprenderlo”. Es como si una hormiga tratara de entender una carretera desde su perspectiva mientras que nosotros, desde un avión, la contemplamos en su totalidad. Para la hormiga “la carretera” no existe pues, para ella, el trozo que contempla es una unidad diferenciada del resto. Jamás concebirá la existencia de tal cosa, al igual que nosotros no podemos concebir al tiempo como una realidad única e indiferenciada que solo existe en nuestras dimensiones.

La ciencia juega un papel importante en nuestra existencia, pero no hay que olvidar que, antes que ella, se necesitan una serie de “reglas de juego” que tienen que ser establecidas por la filosofía sin las cuales los datos que aporta no tendrían sentido ni utilidad (recordemos las diferentes etapas vividas por la humanidad y cómo todo ha estado supeditado no al conocimiento de la materia sino al drama de cómo debería vivir el ser humano, que en el fondo es lo único que a todos nos preocupa).

¿De qué nos sirve “conocer” (o creer que conocemos) innumerables cosas acerca de la naturaleza si eso no nos hace felices o, por el contrario, nos destruye? ¿Vive acaso el ser humano solo para investigar y conocer la realidad (tal como lo plantean algunas teorías de moda) o en verdad vivimos solo para poder entender nuestro ser y poder tranquilizar nuestros espíritus de las angustias que ello nos causa? Entre salvar la vida de nuestros hijos o encontrar la paz y saber de qué está hecha tal o cual estrella ¿cuál de las dos pesa más en el espíritu y la voluntad humanas?

Quizá la época moderna e industrial nos dé la sensación de que sus ideales y virtudes que dice tener sean lo único real posible, pero el conocimiento filosófico del hombre nos demuestra que eso es solo una percepción momentánea producto de una instancia en nuestro proceso, mas no es la verdad definitiva. Tal vez esa verdad nunca la hallemos, pero el andar humano sigue siendo el mismo: el de una búsqueda en pos de unas respuestas que hasta ahora no encuentra.

Etiquetas: [Filosofía]  [Mundo andino]  
Fecha Publicación: 2011-07-01T17:59:00.000-07:00

La primera cosa que el ser humano creó, ya siendo humano, fue el tiempo. Por lo tanto el tiempo, fuera del hombre, no existe. Y desde ese día hasta la actualidad la humanidad vive en medio de dos ideas: el pasado y el futuro. No puede dejar de transmitir a sus descendientes dichas nociones, por eso es que desde que despertamos lo primero que nos preguntamos es ¿en qué parte del tiempo estoy?

Porque somos lo que somos gracias a que hemos dividido la eternidad, o el no-tiempo, en etapas, en partes. Solo quien concibe que la realidad pueda ser entendida segmentadamente puede imaginar dimensiones que no se dan en ella. Porque si el tiempo solo existe para el ser humano ¿cómo creer que éste se encuentre también fuera de él? Desde muy antiguo el hombre se percató de ello y en sus mitos retrató esa creación. Siempre al principio fue el uno, el todo, hasta que llegó algo o alguien quien lo cortó en pedazos para así dar paso a la pluralidad y, con ello, a la sensación de que un hecho importante ocurrió previamente al momento actual.

¿Qué se deduce de esto entonces? Que tal vez solo una mirada humana pueda imaginar al todo como un conjunto de partes o etapas. Porque si, haciendo un ejercicio proyectivo, supusiéramos que esa partición significara una materia hecha de ladrillos, de unidades ―cada una con su tiempo― al llegar a lo más profundo de ella nos toparíamos con que la unidad más ínfima posible de darse no es una unidad ni una parte (un átomo, un quark) sino más bien un todo continuo, una fuerza o una energía existiendo permanentemente y sin tiempo.

Lo mismo si hiciéramos el ejercicio al revés, yendo hacia el espacio y observándolo con mirada de gigantes, viéndolo en su total integridad; nos daríamos cuenta que todo lo sucede en su interior es tan veloz que solo pasa en un instante tan corto que prácticamente no permitiría la existencia del tiempo, igual que como si miráramos un mate burilado (calabaza seca y pintada) donde toda la historia está contada pero tanto su inicio como su final existen en una sola superficie sin tiempo, en un eterno presente (ejemplo que he utilizado en mi libro Andinia, la resurgencia de las naciones andinas). Entonces todo depende de en qué lugar nos pongamos para observar fuera de nuestras dimensiones humanas y tratar de comprobar si en verdad existe o no el tiempo.

Ahora bien, si descubrimos que la materia, que nos parece conformada por partes, no es así si no más bien es un todo de energía o fuerza, entonces ella no está sujeta a tener un tiempo. La más pequeña partícula concebible no es en verdad un objeto en sí sino solo un movimiento continuo y perpetuo; es un todo único y uniforme. Si ésta es la esencia de la cual surgen todas las cosas entonces habría que deducir que existe una esencia universal eterna y sin tiempo a partir de la cual nace toda una organización enorme y múltiple. Pero por muy grande que ésta organización sea ella tampoco puede poseer la cualidad de tiempo que el hombre, por su limitación, le atribuye.

De modo que si el ser humano, para entenderse y entender al mundo, lo dividió inventando al tiempo es lógico pensar entonces que ello es solo una forma de cómo nuestro ser encuentra respuestas a sus inquietudes particulares sin que por eso todo lo que suponga tiene que darse de tal modo en la realidad (traducimos la realidad a un lenguaje humano pero ella no es así).

¿Qué sentido tendrían las teorías que implican al tiempo como una dimensión en el espacio? Solo serían válidas para una manipulación exclusivamente humana, fuera de la cual no tendrían razón de ser. Alguien no humano (premisa perfectamente viable dado el tamaño y posibilidades del Universo) podría, o bien no tener tiempo o simplemente entenderlo de otra manera. Incluso, de ser ciertas las ideas milenarias que nos dicen ―en todos los idiomas― que los dioses existen sería posible que estos vivan en el no-tiempo, en el eterno presente, única dimensión en la que el hombre no vive (porque, como mencioné antes, nos encontramos atrapados en una intersección entre “el pasado” y “el futuro”, ambos conceptos solo válidos para nosotros pero no para el resto de los seres vivos.

En la concepción protoamericana del tiempo (aquella que se desarrolló y difundió por todo dicho continente al margen de la impuesta por los occidentales) éste también se ha dado pero en función al Universo y a su ritmo, no de acuerdo a los caprichos humanos. La presencia del pasado, a diferencia de Occidente ―que lo ubica como lo que fue pero ya no es― no está fuera del campo de acción del hombre sino conviviendo con su futuro. Porque lo que en la proto América se piensa es que sin acudir al pasado es imposible proyectarse al futuro y viceversa, de modo que la idea de “olvidar el pasado” o “superarlo” solo es concebible en la Modernidad occidental. Los hombres del continente americano, a diferencia de los occidentales, procuran mantener vivo al pasado y hasta alimentarlo puesto que ello surge de la observación de la naturaleza en la que se ve que ésta requiere cumplir un ciclo para ser completa (ciclo que es un todo en el cual se puede ubicar al “pasado” y al “futuro” en el mismo proceso, de manera simultánea); y que cuando se da preferencia a una “etapa” de éste, como lo hace el hombre, tal ciclo se deforma o se rompe, con lo cual se produce el mayor de los males imaginables en este ámbito cultural: el desequilibrio.

El tiempo es visto entonces como el desarrollo de un proceso y no como una sucesión de cambios radicales, de un olvido de lo anterior para dar paso a algo nuevo o “mejor”. Cuando se observa detenidamente a la materia en realidad no hay nada nuevo en ella; siempre es y será la misma, tanto en su esencia como en su combinación de posibilidades. El Universo en verdad nunca es nuevo; siempre es el mismo y es el sin-tiempo; por lo tanto, siempre será un eterno presente, algo sin pasado ni futuro. Él está donde está siempre y no puede hallarse de otra manera. Si éste tuviera tiempo sería entonces tan pequeño y confuso como el hombre; pero el Universo es no-humano, por lo tanto no puede adquirir ni poseer características humanas.

La concepción protoamericana ve al tiempo como una pulsación, como el corazón, cuyos latidos son siempre los mismos y tienen que serlo pues si no sería un síntoma de que algo anda mal. La uniformidad y permanencia de las cosas es fundamental para que éstas sean lo que son; si se dieran dentro de una noción moderna de “cambio, superación y evolución”, si existieran en un “tiempo” nada, ni las leyes físicas, serían comprensibles puesto que siempre estarían siendo “nuevas” para el hombre. Gracias a que la materia no es “moderna” es que el ser humano puede creer que existen dichas “leyes eternas”. Quiere decir que tanto el tiempo como los cambios solo son dables dentro del imaginario humano, pero fuera de él la materia permanece estable y en constante presente.

Para poder superar el entrampamiento en el que está la Modernidad como pensamiento es necesario que los seres humanos volvamos a las raíces de la observación de la naturaleza tal como ella es y no como Occidente la piensa. Para eso previamente se deben modificar las reglas de juego sociales que hacen que la ciencia sea solo un instrumento útil para la Sociedad de Mercado pues, mientras ésta se encuentre a su servicio, ella solo mirará con las anteojeras de la necesidad, del poder y de la producción, sin ser capaz de abordar a la naturaleza en su real dimensión y tal como ella es.

El punto de vista protoamericano, si bien sigue siendo humano y por ello es solo relativo, se acerca sin embargo mucho más a esa verdad procurando que el hombre se avenga al ritmo universal de la naturaleza para que él pueda navegar sobre ella como el surfista sobre la ola o el canoísta por el río. Ello implica una reestructuración de la sociedad humana haciendo que ésta vaya de la mano de la realidad evitando crear micro-mundos antinaturales -como las actuales ciudades-mercado, donde se instauran tiempos que no se sintonizan con la armonía del Universo y, por lo tanto, generan deformidades espantosas que devienen a la larga en una autodestrucción.

Etiquetas: [Filosofía]  [Mundo andino]  
Fecha Publicación: 2011-06-20T11:35:00.000-07:00
Cada vez se hace más conocida la iniciativa de plantear una alternativa a la Sociedad de Mercado que provenga de las canteras andinas. Hasta el momento una de las más exitosas es la concepción del Buen Vivir (Allin Kausay, Sumak Kausay o en aimara Ñande Reko en su denominación quechua) que está siendo utilizada hasta por diversos gobiernos latinoamericanos, como Ecuador y Bolivia, en sus mismas legislaciones.

Si bien esta expresión recoge un valioso pensamiento propio de la cultura andina lo que aún falta es una sustentación dirigida hacia los sectores “no indígenas” (los llamados mestizos) que escape de su ámbito étnico. Si no lo hace se corre el peligro de caer en posiciones extremas y peligrosas que llevan, en vez de a la unión intercultural, a una imposición exclusiva de una raza o cultura. Eso finalmente solo lleva al rechazo y a una condena universal, justa o injusta, que hoy se ha hecho patente debido a la estrategia norteamericana de identificar a sus enemigos de manera cultural y religiosa (el mundo musulmán).

Por lo tanto es necesario subsanar esta posibilidad haciendo el máximo esfuerzo para que el análisis de las ventajas de dicha idea sea compartido y entendido por todas las personas de todos los orígenes y criterios, asumiéndolo no como la expresión de la rebeldía de un pueblo sino como una verdadera alternativa para toda la humanidad.

Para ello se requiere acudir a otros elementos de juicio de carácter más universal; y tal vez uno de los más apropiados sea la filosofía. Al igual que la arquitectura, el arte o la poesía, la filosofía es también una manifestación propia del ser humano, independiente de la cultura que éste profese. No hay pueblo en la historia que haya carecido de estos universales, de modo que mal se haría en pensar que solo algunos puedan haber poseído determinados atributos que otros no tuvieron. Incluso los pueblos trashumantes, que no edifican ciudades, cuentan con nociones y aplicaciones de cada una de éstas, como lo demuestran la elaboración de tiendas de campaña que son los rudimentos para futuras manifestaciones arquitectónicas. Que dichas obras no están tan desarrolladas como en otras sociedades no les quita su esencia de ser lo que son.

De modo que para poder desarrollar el concepto del Buen Vivir entre aquellos que no pertenecen a una comunidad ancestral andina o latinoamericana se debe necesariamente entroncar ello con una manera específica de filosofar que no provenga de las canteras occidentales. Si no fuera así se caería en el riesgo de terminar donde lo hacen todos: en el entrampamiento de tener que definir las cosas a través de los ojos griegos y latinos y de cómo ellos imaginaron al hombre y al mundo. Eso culminaría en inútiles esfuerzos por encontrar la manera occidental de traducir dicha idea con lo que se llegaría a los lugares más comunes de la filosofía académica contemporánea, la cual se halla lejos de tener dicha preocupación y temática.

Lo mismo para el caso de la filosofía. Decir que solo un determinado grupo cultural la ha tenido es lo más cercano al racismo y totalitarismo étnico que ignora lo obvio en pro de una imposición y un dominio prepotente. Más allá de los intereses propios de la política de turno lo cierto es que todos los pueblos practican necesariamente una filosofía. El problema radica en que si se quiere entenderla solo a la manera de uno de ellos es lógico que no se la va a encontrar en ninguno otro. Similar a lo que pasa con la arquitectura si es que se pretendiera decir que a ésta solo se la puede llamar así cuando se realiza a la manera occidental o como la hicieron los antiguos egipcios, lo cual es un absurdo.

Pero si bien está clara la intención el problema radica en el cómo, de qué manera se puede asumir la existencia de un filosofar andino distinto al occidental pero igualmente válido. Para ello obligatoriamente habría que amplificar la mirada hacia atrás, hacia una etapa previa a la de los griegos, para así encontrar el tronco principal del cual parten todas las filosofías o, si se quiere, la filosofía como tal. Llegando a las raíces iniciales será más sencillo deducir hacia dónde se extienden el tronco y las ramas. Con este panorama más universalista es cómo se lograría escapar de una cárcel cultural y comprender al fenómeno humano como una experiencia transcultural y no un proceso civilizacional de Occidente.

Únicamente así es cómo se podrá entender los orígenes y fines de la filosofía y cómo ésta adquiere diferentes matices y estilos a lo largo de la historia. Allí se descubrirá que en cada cultura la filosofía se manifiesta de un modo particular y específico de lo cual surgen todas las sociedades dadas (y se entenderá también que antes del acto está el pensamiento, la idea, y que ella antecede a todo lo demás, por lo que la filosofía tiene que ser de todos modos el precedente del accionar humano).

No es motivo desarrollar en este escrito tan amplio tema sino solo sembrar la inquietud entre quienes comparten dicho intento y creen en las capacidades que esta propuesta le puede ofrecer al futuro del ser humano. Más adelante daré algunos adelantos sobre este particular no sin antes decir que todo ello se encuentra en mi libro El impulso filosofante de pronta publicación.