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“Si se perdiesen los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate. Hablar de la expectabilidad de Rosas es hablar de la expectabilidad del país que representa”. (Juan Bautista Alberdi, Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho).
“Yo fui su enemigo, lo recuerdo con disgusto”. (Juan Bautista Alberdi, Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho).
“No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar (Plebiscito del 26, 27 y 28 de marzo de 1835, en Buenos Aires). Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión...que el de Don Juan Manuel de Rosas” (Domingo F. Sarmiento, Facundo o Civilización y Barbarie).
“Se paseaba triunfante por las calles de Buenos Aires, hacía gala de su popularidad, recibía a todo el mundo, era un eco de alegría y de aplausos el que se alzaba por donde él pasaba; su casa era el pueblo, el pueblo lo amaba” (Florencio Varela, cit. en Manuel Gálvez, Vida de Juan Manuel de Rosas).
“Buenos sentimientos le guardan los mismos que contribuyeron a su caída, no olvidan la consideración que se debe al que ha hecho tan gran figura en el país y a los servicios muy altos que le debe y que soy el primero en reconocer, servicios cuya gloria nadie puede arrebatarle” (Justo José De Urquiza. Carta a Rosas del 24 de agosto de 1858, cit. en Mario César Gras, Rosas y Urquiza. Sus relaciones después de Caseros).
“Rosas... llegó un momento en que dominó por completo el escenario del país y su acción trascendió los límites de Argentina... Rosas tuvo amigos entre gente importante y entre los humildes. Mas su prestigio como hombre lo afirmó en estos últimos; entre los importantes se incubaron sus enemigos... A los personajes federales del interior, los envolvió en una trama amistosa tan fuerte y sutil que sin su conocimiento haría inexplicable la acción política desplegada. Con Estanislao López y Juan Facundo Quiroga estructuró la confederación a partir de 1831 sobre la base de un íntimo entendimiento... En la correspondencia sostenida con uno y otro y los respectivos actos de conducta aparenta dos ecuaciones personales diferentes fruto de una conciencia política proteiforme. Es un Príncipe Criollo” (Emilio Ravignani, cit. en Fermín Chávez, La Vuelta de Don Juan Manuel).
“En muchas oportunidades como en una carta a Clarín en 1966, afirmé que es una triste muestra de inmadurez política y espiritual, el exilio póstumo de Juan Manuel de Rosas. Un hombre que luchó por la soberanía nacional contra potentes enemigos de afuera así como contra los argentinos que desde adentro los apoyaban...en esta ciudad de Buenos Aires hay calles que celebran la memoria de modestos concejales, por el sólo mérito, quizá, de haber promovido la lucha contra el tabaco, o exigido salivaderas en los lugares públicos; pero no hay una sola calle, y mucho menos una avenida, para hombres como Rosas y Quiroga” (Ernesto Sábato, 1974).
“El primero que después de San Martín muere en el exilio por haber defendido dignamente la soberanía popular y la independencia de la Patria. Los que se han dicho sanmartinianos, parecen no haber comprendido la lucha contra el colonialismo que realizó Rosas, lo que San Martín vio claro a quince mil kilómetros de distancia. Él le rindió a Rosas el mejor homenaje que un soldado puede rendir a otro soldado: su sable libertador...”. (Carta de Juan Domingo Perón a Fermín Chávez, 20 de octubre de 1970, cit. en Fermín Chávez, La Vuelta de Don Juan Manuel).
“Juan Manuel es mi amigo. Nunca me he engañado. Yo y todos mis indios moriremos por él. Si no hubiera sido por Juan Manuel, no viviríamos como vivimos en fraternidad con los cristianos y entre ellos. Mientras viva Juan Manuel todos seremos felices y pasaremos una vida tranquila al lado de nuestras esposas e hijos. Todos los que están aquí pueden atestiguar que lo que Juan Manuel nos ha dicho y aconsejado ha salido bien...” (Discurso del cacique Catriel en Tapalqué por el segundo gobierno de Rosas, cit. en Adolfo Garretón, Partes detallados de la expedición al desierto de Juan Manuel de Rosas en 1833).
“Nuestro hermano Juan Manuel indio rubio y gigante que vino al desierto pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios, y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos” (Cacique Catriel, cit. en Julio A. Costa, Roca y Tejedor).
“Que él había acompañado en cinco campañas a Juan Manuel y que siempre había de morir por él porque Juan Manuel era su hermano y el padre de todos los pobres” (Discurso del cacique Nicasio en Tapalqué por el segundo gobierno de Rosas, cit. en Adolfo Garretón, Partes detallados de la expedición al desierto de Juan Manuel de Rosas en 1833).
“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” (José de San Martín, 3° artículo de su testamento, cit. en Ricardo Font Ezcurra, Correspondencia entre San Martín y Rosas).
“Como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida Patria y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán encontrado; deseo que al terminar su vida pública se vea colmado del justo reconocimiento del pueblo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota” (José de San Martín, cit. en Ricardo Font Ezcurra, Correspondencia entre San Martín y Rosas).
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| Fermín Chávez. |
Por Francisco José Pestanha*
“En verdad, la Nación y todo proyecto nacional, en el mundo de la periferia siempre fueron objetos de campañas destinadas a mantener el dominio o a conquistarlo. Los argentinos sabemos bien como funcionó el famoso dilema Civilización o Barbarie blandido como verdad científica. Hoy aquel primer termino de la vieja disyuntiva ha sido reemplazado por modernización, eficientismo, o poder tecnológico, contra el que no se puede” (Fermín Chávez).
Benito Enrique Chávez (Fermín) nació un 13 de julio de 1924 en El Pueblito, un caserío situado a 24 kilómetros de la localidad de Nogoyá, provincia de Entre Ríos. Hijo de Gregoria Urbana Giménez oriunda de Paysandú y de Eleuterio Chávez; el pequeño transcurrirá sus primeros años en un medio rural que nunca olvidará y que, probablemente, contribuyó a forjar en él una sencillez admirable.
Su padre fue agricultor hasta que a mediados de 1920 abandonó la actividad. Son tiempos de la crisis de un modelo agro exportador cuyos primeros indicios comenzaron a manifestarse en la periferia. Los pequeños y medianos agricultores se constituirán en las primeras víctimas de un crack internacional que hará tambalear al “granero del mundo”. A consecuencia de ello, don Eleuterio, deberá alternar su tiempo entre el oficio de peluquero y de fabricante de escobas de palma. Durante un breve lapso administrará un pequeño boliche de campo en el paraje de Crucesitas.
Desde muy niño sorprenderá a Fermín el cuño yrigoyenista de su progenitor quien militará activamente en el partido centenario hasta 1951. Según su propia confesión lo deslumbrará además esa misteriosa relación que se estableció entre el Peludo y el criollaje. Nuestro maestro interpretará años después que para muchos criollos, Yrigoyen, representó la reencarnación de la figura del caudillo y el resurgimiento de la estirpe federal. Sus primeros recuerdos políticos se remontan a la campaña de 1928, donde recuerda que su padre lo hacía subir a una mesita junto al camino que cruzaba delante de la casa para que les gritara a los del otro bando: “¡Viva Yrigoyen! ¡Yrigoyen presidente! ¡Melo, Gallo que revienten!”[1]. En los comicios de 1952 don Eleuterio votará por primera vez a Juan Perón.
Desde niño recibirá la tradición López Jordanista de su abuela Martiniana, quien había contraído nupcias con Santiago Moreira un criollo que, integrando las tropas de Ricardo López Jordán, cayó prisionero en la batalla de Don Gonzalo el 9 de diciembre de 1873. En aquella legendaria contienda que constituirá un hito en la derrota de los federales, una columna del ejército nacional al mando de Juan Andrés Gelly y Obes a fin de dar cuenta de “gauchos de Jordán”, recurrirá a fusiles de repetición y asimismo, a una nueva arma: la ametralladora. El hijo de Moreira, Santiago Pantaleón, según reconoce el mismo Chávez, tuvo sobre él muchísima influencia debido a sus relatos históricos, además, la palabra de la abuela Martiniana “era palabra santa” en la intimidad familiar[2]. Una vez por semana llegaba al pueblito la revista Caras y Caretas publicación que alimentó las lecturas infanto juveniles de Fermín. Los Chávez no tenían radio, pero cada tanto, podían escucharla en la casa de su tía Vitalia López.
Su educación inicial estará marcada por las contradicciones entre el “relato oficial” de la historia que fue adquiriendo en la Escuela Provincial Nº 14 y las narraciones que circulaban dentro de su ámbito familiar. Mientras en la escuela Justo José de Urquiza aparecía como el inmenso prócer provincial con proyección nacional, en su casa, el verdadero “héroe” será Ricardo López Jordán.
La caída del caudillo radical en setiembre de 1930 será vivida por los Chávez como un verdadero drama; la crisis económica, los obligará a radicarse temporalmente en la ciudad de Nogoyá. Cohabitarán un tiempo en casa de su tía Rosa Moreira, y de regreso a El Pueblito, Fermín volverá a estudiar en la escuela 14. Recién conocerá la “gran ciudad” Paraná en 1936 oportunidad en que junto a sus padres, visitarán a su hermana mayor María Petrona.
A instancias de fray Reginaldo de la Cruz Saldaña (hombre de la Iglesiaal que le estará eternamente agradecido) Chávez proseguirá sus estudios en la ciudad de Córdoba en un colegio apostólico dominico orientado hacia las vocaciones sacerdotales. En cierta conversación nuestro maestro relatará que aquella oportunidad fue única, ya que en Nogoyá no había escuela nacional, y la de Victoria, estaba reservada sólo para las familias acomodadas. Concluido el ciclo secundario en la ciudad mediterránea viajará a Buenos aires a estudiar filosofía como novicio al convento de Santo Domingo, para posteriormente, partir hacia Cuzco con la intención de perfeccionarse en teología en un colegio internacional dominico.
Su estadía en la ciudad de Buenos Aires entre 1939 y 1942 será determinante en su posterior accionar intelectual y político, ya que coincidirá con el “cenit” de los cursos de cultura católica. El principal de la orden –el Padre Páez– enseñará en dichos cursos junto a Leonardo Castellani, Alberto Molas Terán, y César E. Pico. De esta forma Fermín se acercará al nacionalismo en una época donde el clima de la guerra influía nítidamente en la política local. En 1941 publicará su primer poema en Crisol un diario nacionalista argentino dirigido por Enrique P. Osés.
Tres años habían transcurrido de su estadía en el Perú cuando los acontecimientos del 17 de octubre de 1945 lo sorprendieron como a otros tantos, anoticiándose de lo ocurrido en su patria por radio. Fermín retornará al país recién en octubre de 1946 para, inmediatamente, incorporarse a la actividad cultural, intelectual y política. Su primer sustento económico lo obtendrá gracias a los buenos oficios de su amigo José María Fernández Unsain quién lo recomendará para la redacción diario Tribuna, un periódico de orientación nacionalista donde escribirán entre otros Gilberto Gomes Ferrán, Luis Soler Cañas y el mismísimo Jorge Massetti. En aquellos tiempos publicará en la revista Tacuara un poema en homenaje a Darwin Passaponti asesinado al anochecer del 17 de octubre de 1945.
Con relación a sus principales influencias intelectuales Chávez sostuvo en más de una oportunidad que la obra de Santo Tomás de Aquino y las enseñanzas de Jacques Maritain y de Réginald Garrigou-Lagrange marcaron a fuego sus primeras reflexiones. Pero además, hará especial hincapié en el influjo que sobre él ejercieron autores nacionales como Ramón Doll, Ernesto Palacio, la prédica del periódico Crisoly en especial, los artículos de Osés. No obstante ello, en ciertas entrevistas, ha confesado ascendentes tempranos en Leopoldo Lugones y en Leopoldo Marechal entrelazados con fascinantes lecturas de Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández.
El maestro entrerriano relatará además que en aquellos tiempos, previos al peronismo, el único integrante de FORJA cuya labor intelectual conocía era Raúl Scalabrini Ortiz, ya que nacionalistas y forjistas, transitaban senderos paralelos. Mientras el nacionalismo ganaba la calle, los forjistas concentraban sus actividades hacia el campo de lo cultural y lo conceptual, aunque con el tiempo, las filiales de orientación yrigoyenista se irán multiplicando, obteniendo significativa presencia a principios de la década de 1940 en algunas provincias y localidades. Fermín admitió, además, la existencia en aquella época de una versión nacionalista elitista de orientación maurrasiana surgida durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear.
Entre 1926 y 1929 se producirá el nacimiento del periódico Nueva República y luego Liga Republicana en los que escribirán figuras como Ernesto Palacio, Roberto de Laferrére, Federico Ibarguren, Juan E. Carulla, Julio Irazusta, César E. Pico, Daniel Videla Dorna, entre otros, cuyos textos integrarán en la época los tiempos de lectura de Fermín junto con los clásicos grecolatinos.
Al advertir el fracaso político de Uriburu algunos nacionalistas asumirán un antiimperialismo militante que los llevará a colaborar con las investigaciones realizadas por Lisandro de la Torre sobre la cuestión de las carnes –e inclusive– acompañarán la acción del radicalismo conspirativo durante la década infame. Aquel nacionalismo surgido a principios de siglo comenzará a evolucionar hacia 1935, surgiendo de allí una corriente popular.
Respecto a la relación entre el nacionalismo y Juan Perón, Fermín admitirá que varias de sus figuras “convergerán al peronismo, así como otras se opondrán: no quieren a Perón, y al rechazarlo a él rechazan al movimiento popular. Estos nacionalistas ven a Perón como un caudillo excesivamente pragmatista –o para decirlo con las palabras que se utilizaron, no sólo desde el nacionalismo sino también desde el lado liberal– como un oportunista que sabe hacerse cargo del momento histórico y que va adelante”[3]. Entre los nacionalistas que comprenderán al peronismo, Fermín destacará a Alberto Baldrich. Para Chávez el nacionalismo argentino irá evolucionando desde una matriz originaria ciertamente elitista e influida por la obra de Maurras hacia una versión de nítida orientación popular. Trascurrido el año 1935, atestiguará el maestro, la gran acción del nacionalismo se expresará a través de publicaciones y periódicos que golpearán sistemáticamente al gobierno de Justo, textos en los que aparecerán ideas como la de justicia social. Ya iniciada la década de 1940, las tres banderas del justicialismo estarán prácticamente expresadas en el manifiesto que José Luis Torres redactará para el general Juan B. Molina en 1942[4]. Durante el primer peronismo, siendo ya agente estatal en salud pública a instancias de Ramón Carrillo, Chávez será destinado a la oficina de prensa de la GGTdonde colaborará con el órgano oficial de la central obrera. En 1950, conocerá a Eva Perón al integrarse a una peña de jóvenes escritores y poetas que se reunían todos los viernes en la sede del Hogar de la Empleada. Con Evita, compartirán también cenas e interminables tertulias en la residencia de Agüero y Alvear donde luego se trasladó la peña. Asimismo por esos años, contraerá matrimonio con Antonia Simó. De dicha relación nacerán dos hijos, Fermín (fallecido en un trágico accidente aéreo) y Simón, talentoso músico, fotógrafo y realizador. Además colaborará con la Dirección Generalde Cultura dirigida por aquel entonces por José María Castiñeira de Dios.
Su primer libro de poesía Como una antigua queja será impreso en los talleres de la CGT merced al papel cedido por la Federaciónde Trabajadores del Papel, Cartón, Químicos y afines, y el segundo libro, Dos elogios dos comentarios, editado por la peña Eva Perón. En 1952, luego del fallecimiento de la jefa espiritual del peronismo, estrenará Un árbol para subir al Cielo fantasía para niños de su autoría dirigida por Lola Membrives. Entre 1953 y 1957 se desempeñará como redactor de la revista Dinámica Social.
Acontecida la revolución “Libertadora” y ya proscripto, su respuesta será inmediata; publicará su extraordinaria obra Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la Cultura Argentina, participando activamente al mismo tiempo en numerosas publicaciones clandestinas como De frente, El populista, y Norte.
En 1958, será designado por Juan Domingo Perón como miembro suplente del comando táctico creado para comunicar y difundir la orden de voto a Frondizi –pero al negarse a votarlo– será separado inmediatamente del cargo. En 1963 recaerá sobre su persona el rol de delegado interventor del Partido Justicialista de Santiago del Estero, y en 1964, la Fundación ScalabriniOrtiz publicará su obra Poemas de fusilados y proscriptos.
Entre 1973 y 1974, dictará Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y como periodista y columnista publicará, sus artículos en Crítica, Panorama, La Prensa, El Hogar, Crisis y Megafón.
Según Enrique Manson, la “ojeriza” de José López Rega lo excluyó de integrar la comitiva en el primer retorno de Perón. No ocurrirá lo mismo con el segundo y definitivo. Fermín respecto al viaje de regreso relatará que, debido a su buena orientación en el aire, notó inmediatamente que el avión cambiaba su rumbo para aterrizar definitivamente en Morón[5]. En 1990 recibirá el Premio Consagración Nacional por parte de la Secretaríade Cultura de la Nación, en 1991 dictará la materia Historia del Pensamiento Argentino en la Universidad de La Plata –y entre 1996 y 1998– Historia Social y Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidadde Lomas de Zamora. El 2 de octubre de 2003, a instancias de tantos compañeros como Arnaldo Goenaga, será declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por Ley Nº 1090/2003.
Fermín publicó más de 46 libros además de continuar la obra de su maestro y amigo José María Rosa con la colaboración de Juan Cantoni, Jorge Sulé, y Enrique Manson. Alguno de sus libros más destacados aparte de los ya mencionados: Vida y muerte de López Jordán (1957); José Hernández, periodista, político y poeta (1959); Historia del país de los argentinos (1967); Perón y el peronismo en la historia contemporánea vol. I (1975); Historicismo e iluminismo en la cultura argentina (1977); La recuperación de la conciencia nacional (1983); Perón y el justicialismo (1985); Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico (1994); La conciencia nacional (1996); Alpargatas y libros volúmenes. I y II (2003/2004). Además, editará numerosas obras de poesía sosteniendo desde siempre una profunda valoración de lo gauchesco como emergente de la autentica cultura popular. En este sentido publicó en 2004 Historia y antología de la poesía gauchescaun extraordinario trabajo de setecientas páginas donde reunió la obra de más de ochenta poetas de la gauchesca y nutrida producción gauchipolítica.
Desde el punto de vista historiográfico la concepción filosófica que inspiró a Fermín Chávez fue el historicismo cuyo supuesto esencial radica en que, “...para estudiar cualquier ser colectivo sea que se considere o no a éste como un organismo, es indispensable conocer todos los elementos que lo forman y sus modos de funcionar, con resultados varios en su vida anterior y su vida presente”[6]. En tal contexto, Chávez batallará incansablemente contra el recorte del relato histórico que acompañó al proceso de conformación del Estado nacional después de Pavón. Para Fermín el rescate integral e integrado de episodios y protagonistas obliterados en el relato institucionalizado y su puesta en valor, resultará fundamental para superar ese verdadero desprecio por nuestro pasado que emergió durante el siglo de las luces (Aufklärung), período histórico donde se sobrestimó la capacidad de la razón humana (que para muchos filósofos de la época era siempre idéntica a sí misma, igual en todos los hombres y en todos los tiempos) –y donde lo racional– en palabras de Fermín debía sustituir a lo real en tanto este último, era juzgado como producto absurdo de la historia.
Cabe señalar que para los historicistas como Fermín la redención del “ser histórico” no perseguía fines meramente académicos –sino muy por el contrario– objetivos “político culturales vitales en cuanto “lo pasado” es constitutivo de “lo presente” y determinante de “lo futuro”[7]. En ese orden de ideas, para el entrerriano y otros revisionistas, a mediados del siglo XIX, se consolidó en el poder del país una elite que se propuso “civilizar” por la fuerza a la barbarie nativa. Civilizar, en palabras de Arturo Jauretche, no solamente significó desnacionalizar mediante la importación acrítica de ideas, conceptos, valores y productos culturales, sino también cercenar la historia para acomodarla al proyecto político, cultural y económico triunfante.
El civilizar implicó, entre otros dispositivos, la importación a libro cerrado de la doctrina iluminista que para Fermín no sólo generó en el país un prejuicio moral y cultural respecto a nuestras raíces indo-hispánicas, sino que además, a partir de su influencia, empezó a germinarse una dicotomía donde lo bárbaro resultó paradójicamente lo propio y lo civilizado lo ajeno. La idea de barbarie empezará a cobrar para nuestro maestro un sentido peyorativo hacia adentro, trastornando los supuestos culturales “hasta el punto de hacerle creer a los nativos que nuestra propia civilización consistía en la silla inglesa y en la levita”. El iluminismo en nuestra región presupuso así una concepción naturalista y universalista de la sociedad “bajo la cual habría de sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra propia (…) germinación espiritual”[8]. La oposición Civilización o Barbarie selló de esta forma una fuerte impronta fundacional en la formación del Estado argentino; dicotomía que por antinatural –ya que los civilizados no eran tan civilizados ni los bárbaros, tan bárbaros– determinó la formación de una superestructura opresiva y alienante, que implicaba perturbar nuestro propio proceso de conformación nacional a partir de la negación u ocultamiento de elementos sustanciales de nuestro pasado.
Para el autor este fenómeno de índole sociológico, al consolidarse en el tiempo mediante su incorporación acrítica en los distintos estamentos del sistema educativo, fue transformándose en una deformación de índole ontológica, ya que ciertos preceptos y perjuicios se fueron expandiendo por vastos sectores de la sociedad. Por eso Fermín insistía que las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas. En síntesis: una de las principales líneas de investigación de nuestro maestro se orientó hacia el análisis de los mecanismos de coloniaje cultural y sus consecuencias, entre ellas, la disociación entre las elites “ilustradas” y el pueblo.
Chávez reconocerá que contra tal opresión alienante, surgirá desde el llano, una matriz resistente que se expresó esencialmente a través de la cultura popular y particularmente a través la poesía gauchesca. Luego devendrá una corriente de pensamiento nacional a la cual adscribirá. Fermín comprenderá como pocos que ese primer peronismo, germinará luego de una profunda revolución cultural impulsada por la llamada generación décima, progenie que reaccionó aguda e incansablemente contra el coloniaje y que se propuso la búsqueda de un sentido y destino colectivo. Se afirma en tal sentido que: “la revolución estética y el nacionalismo cultural se expresarán a través de una innumerable cantidad de artistas y autores, en todos los campos del quehacer estético-cultural”[9]. La importancia de lo cultural en la construcción de la autoconciencia nacional será vital en la obra del entrerriano. Otro de los aportes sustanciales de nuestro maestro fue la valoración crítica de los aportes conceptuales de las distintas vertientes del nacionalismo argentino a la conformación de la doctrina nacional, popular y humanista que nutrió al peronismo. El abordaje que Fermín realiza de la producción teórica del nacionalismo y su evolución hacia un nacionalismo popular de cuño humanista, son imprescindibles no solamente para comprender al primer peronismo sino a aquella etapa de la historia argentina.
Para finalizar cabe reseñar que sus legados historiográficos fueron descollantes. No solamente los ampliamente difundidos respecto al Chacho Peñaloza y a López Jordán, sino los publicados respecto a José Hernández, Juan Manuel de Rosas y a distintos protagonistas de nuestra historia y de nuestra cultura. Su libro Vida y Muerte de López Jordán constituye un antes y un después en la historiografía entrerriana, y las consecuencias de aquel texto, aún resultan admirables.
Perón, Evita y el peronismo tuvieron en Fermín Chávez a su máximo historiador. Como enseña Alberto González Arzac: “…sobre ellos también dio a conocer numerosas obras, formando parte del Instituto Nacional que lleva el nombre del ex presidente de la Nación, a quien conoció conversando con fray Pedro Errecart el 20 de junio de 1943, en la vereda de la calle Victoria (ahora Hipólito Yrigoyen) al 300 de la ciudad de Buenos Aires; poco después, publicó en Nogoyá un artículo sobre Perón y el Derecho de Gentes, y en Buenos Aires: Perón y la humanización del capital. Esa adhesión política, cuando aún Perón no había accedido a la Presidencia, quedó confirmada a través del trato frecuente y afectivo que poco después recibió de Evita (con quien colaboró); ella hizo editar cuidadosamente los versos de Chávez titulados Dos elogios y dos comentarios (1950). En años de exilio, Juan Domingo Perón distinguió a Chávez remitiéndole cartas personales que atesoró en su nutrido epistolario e invitándolo a acompañarlo en el vuelo de retorno a la Argentina”[10]. Admitiendo haber recibido influjos de autores como Johann Gottfried Herder, filósofo y escritor alemán que lo llevaron a publicar Herder el alemán matrero y de la Scienzanuova de Giambattista Vico en obras como Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico, la influencia del historicismo en la corriente nacional será reconocida por el autor quien en numerosas oportunidades nos desafió recuperar la vertiente historicista en la Argentina.
Afortunadamente ese deseo comenzó a materializarse a partir del impulso de la Rectorade nuestra Universidad, Doctora Ana Jaramillo, quien acaba de publicar una obra: “El Historicismo de Nápoles al Río de la Plata” editado por La Universidad Nacional de Lanús, texto que seguramente como aquellos clásicos de Fermín, desafiará a las nuevas generaciones a reencontrarse con una matriz vital para encarar un adecuado proceso de autoconocimiento.
*Texto incluido en la obra “Fermín Chávez; epistemología de la periferia”compiladora ANA JARAMILLO. Ediciones Universidad Nacional de Lanús. 2013.
[1] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez. [2] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez. [3] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez. [5] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez. [6] Escalante, Wenceslao: citado por Fermín Chávez: “La conciencia nacional; Historia de su eclipse y recuperación”. Editorial Pueblo Entero. Año 1996. [7] Pestanha, Francisco: “Las manos de Fermín”. En http://www.nomeolvidesorg.com.ar/nota0283.html [8] Chávez Fermín: “Historicismo e iluminismo en la cultura argentina”. Centro Editor de América Latina. Año 1982. [9] Wally, Juan W.: “Generación de 1940: Grandeza y Frustración”. Editorial Dunken. [10] González Arzac, Alberto: “Recordando a Fermín Chávez”. En www.nomeolviodesorg.com.ar
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| Paul Harris fundador del Rotary International. |
Por Alberto José Bondesío
El Rotary Club, asociación de hombres, preferentemente de negocios y profesionales, que se proponen moralizar y mejorar los espíritus contribuyendo a la paz universal mediante la práctica de una moral sin dogmas y de un laicismo y naturalismo absolutos, es la masonería internacional esparcida por todo el mundo, como noviciado de la Orden, para probar, ensayar y conquistar adeptos.
Sus jefes son elegidos por los masones residentes en la ciudad norteamericana de Evanston, Illinois, cerca de Chicago, sede del organismo central.
Su nombre surgió de la costumbre de celebrar las reuniones del primer club por “rotación” en los distintos despachos de los socios fundadores.
El “mallete”, distintivo del venerable maestro de la logia masónica, es también el distintivo del presidente del club rotario; y la bandera blanca de los masones es el emblema de los rotarios, que han sustituido en ella el águila de dos cabezas por la rueda dentada.
Fue fundado el Rotary Club, o Círculo de la Rueda Dentada, el 23 de febrero de 1905 en Chicago por el abogado masón Paul Harris, estableciéndose en nuestro país el 8 de noviembre de 1919. Todos sus primeros miembros fueron masones, y hoy en día muchos masones son socios del Rotary como rotarios de la masonería.
Manifestó el fundador: “Nuestro plan hace caso omiso de todo credo y glorifica los hechos. Rotary está abierto a protestantes, católicos, judíos, musulmanes, cristianos, budistas y ateos. ¿Vamos a ser retrógrados, o debemos ir adelante con el progreso de los tiempos?.
El hacer caso omiso de todo credo y glorificar los hechos es uno de los postulados fundamentales de la masonería.
Expresado en otras palabras significa: racionalismo en doctrina, naturalismo o laicismo en moral e indiferentismo absoluto en religión.
En mayo de 1936 el Gobernador del distrito 63 manifestaba respecto a la religión: “nisiquiera debemos acordarnos de ella”.
Por otra parte el rotario William Mayer afirmaba en México que “todos y cada uno de los rotarios deben desterrar de sus mentes los prejuicios de religión y de nacionalidad”.
En 1944 el rotario argentino Dr. del Forno aseguró que “la moral sin dogmas forma la conciencia del Rotary”.
De estas declaraciones podemos inferir que para un rotario es muy fácil hablar de tolerancia religiosa en su propaganda laicista; pues, si en nada cree, todo para él resulta la misma cosa.
Por demás reveladoras resultan las palabras del rotario argentino Salvador Díaz Moreno quién afirmaba: “al Rotary no le interesa la religión ni los dogmas revelados; ni dioses, ni tampoco los santos. El Rotary vive de la realidad del presente; pero en sus entrañas se gesta una “nueva religión laica” de la amistad. El porvenir dirá si tendrá o no su Olimpo”.
El masón español Pérez Torreblanca decía en la Asamblea de la Masonería Simbólica de España: “Por sus orígenes los clubes rotarios cumplen una función internacional muy parecida a la masónica, aunque la limitación de sus fines los coloque en la situación de hermanos menores de nuestra Orden. La masonería debe colaborar en este movimiento para que no se desnaturalicen sus fines primordiales. El movimiento rotario, condenado por la Iglesia y perseguido por los obispos, merece una simpática consideración, e incluso el apoyo de integrarlo allí donde las posibilidades masónicas lo permitan”.
Cabría, luego de todos estos testimonios mencionar aquello de que “a confesión de parte relevo de prueba”.
El Episcopado español en pleno, a mediados del siglo XX condenó en forma expresa al Rotary Club.
El que fuera primado de Toledo, Monseñor Segura y Sáenz escribía en una pastoral: “El Rotary hace profesión de un laicismo absoluto y de una indiferencia religiosa universal, intentando moralizar a los individuos y a las sociedades con total prescindencia de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.Mientras predican una moral sin religión para llegar a la paz universal, ocultan, bajo un aspecto comercial, recreativo, filantrópico, pedagógico, neutral, pero siempre laico, la negación de la moral verdadera y de la verdadera religión, que tratan de sustituir con una religión que no es la de Jesucristo”.
En la Resolución Nº 87 del Episcopado Argentino (no derogada hasta el presente) ordena lo siguiente: “Deben nuestros fieles andar muy cautos en dar su nombre y apoyo a asociaciones de carácter internacional con principios doctrinarios opuestos a las enseñanzas de la Iglesia y con gobierno sustraído a toda dirección e influencia de la misma. Entre esas asociaciones se puede incluir con justicia al Rotary Club”.
El Santo Papa Pío XI decía en su encíclica Mortálium ánimos del 6 de enero de 1928 al referirse a todo sistema ético que no se base en los principios cristianos: “..las tentativas de acuerdo en este terreno, no pueden, en ninguna manera, obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, igualmente buenas. Cuantos sustenten esa opinión poco a poco vienen a parar en el naturalismo y ateísmo”.
L’Observatore Romano, órgano oficioso de la Santa Sedehacía referencia en uno de sus números al “carácter antirreligioso y anticatólico del rotarismo”.
La Santa Sede, respondiendo a la consulta de los Obispos, lo prohibió terminantemente para todos los clérigos en su “non éxpedit” del 4 de febrero de 1929 y luego Pío XII repitió tal prohibición el 11 de enero de 1951, añadiendo para los fieles en general una exhortación, en la cual les aconseja que se cuiden de pertenecer a sociedades condenadas por la Iglesia, o simplemente sospechosas, a tenor del canon 684 del Código de Derecho Canónico.
Pablo VI en “Insegnamenti di Paolo VI”, III, Vaticano 1965 (867-868) manifiesta su deseo de que los clubes rotarios “sin cambiar su estilo y su programa, de la misma manera que es seria y elevada la expresión cultural y científica, mantengan una actitud respetuosa ante los valores espirituales y religiosos y no quede marginado el maestro de la Humanidad, Cristo Señor nuestro”.
La “invocación” que abre todas las reuniones de los rotarios ofrece una muestra de esta marginación. En ella está latente el deísmo, típico de la masonería regular ya que en su escueta mención a “Dios”, también en las regiones de mayoría cristiana, parece recoger la insistencia masónica en lo común a todas las religiones y en la igualdad de todas ellas, al menos en la vertiente pública. Lo específicamente cristiano o de cualquier otra religión queda así recluido en el foco interno de la conciencia individual o dentro de sus templos.
Estos importantísimos documentos al día de la fecha siguen teniendo vigencia habida cuenta que no ha sido emitido por el Vaticano nada en contrario.
En el año 1964 decía el masón W.Godward que la Masonería y el Rotary compartían por caminos diferentes los mismos objetivos.
En el año 1975 el rotario Juan Di Filippo (Rotary Club Rosario Norte) reconocía que solamente algunos rotarios y masones tenían acceso al conocimiento sobre el estrecho vínculo que unían a ambas instituciones.
El célebre pensador inglés Chésterton la define como: “una organización sin alma, desprovista de toda dignidad espiritual. El compañerismo rotario no tiene nada de cristiano y su teoría de la propia suficiencia es la más negra de las modernas herejías. El hombre no se basta a sí mismo, debe apoyarse en Dios; y el rotarismo prescinde de toda idea divina en las relaciones humanas. La hermandad de los hombres necesita de la paternidad de Dios. Cuando se suprime o evita la creencia en lo sobrenatural, como hace el Rotary…….”.-
Cuando el fundador del Rotary afirmaba que “Nuestro plan hace caso omiso de todo credo y glorifica los hechos” es importante para nosotros, los católicos, tener muy presente lo que el Santo Padre Juan XXIII escribiera en su encíclica Pacem in terris: “La Iglesia, a través de la historia, ha condenado repetidas veces los errores que pretendían reducir la actividad social al ámbito puramente material, y ha enseñado que la sociedad humana tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual”.
Anteriormente y en línea con este pensamiento había escrito el Santo Padre Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno: “Según la doctrina cristiana, el hombre dotado de naturaleza social ha sido puesto en la tierra para que, viviendo en sociedad y bajo una autoridad ordenada por Dios, cultive y desarrolle plenamente todas sus facultades para gloria y alabanza de su Creador; y cumpliendo fielmente los deberes de su profesión o de su vocación, sea cual fuere, logre la felicidad temporal y juntamente la eterna”.-
En el Rotary el tema religioso está dejado de lado siguiendo los postulados de su fundador….es por ello que todo credo es aceptado habida cuenta que ninguno importa…todos son iguales.
Un católico no debe ni puede aceptar alegremente esta conducta rotaria, no debe ni puede al decir de José María Pich (en su obra “La sal de la tierra” edit. Rialp) hacer que “la fe y la vida estén separadas en su persona dando con ello lugar a un falso cristianismo, un cristianismo descarnado y sin vida….ello es producto de un ambiente descristianizado en el que se ha ido perdiendo todo ideal espiritual, toda idea del sentido real, humano y divino, de la vida.”.
Escribía J. Escrivá de Balaguer en su obra Camino: “Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos…..cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa….”.
La tibieza y la falta de un compromiso auténtico y profundo con Cristo hacen que muchos católicos crean que se puede por un lado llevar adelante una vida de “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) en el seno del catolicismo y a su vez ser protagonistas en una institución que pone en un mismo plano de igualdad a la Iglesia Católica con todas las demás incluyendo a los ateos.-
Es muy preocupante el hecho que algunas instituciones católicas tengan respecto al Rotary una actitud ambivalente manifestada en el hecho de que miembros que pertenecen a ellas sean figuras prominentes en esta organización internacional sin que se tomen los recaudos necesarios para paliar esa triste situación.
Creo, sinceramente, que la razón de ello pasa fundamentalmente por el casi nulo conocimiento que se tiene sobre la misma….y agregaría por el poco interés en tenerlo.
Se convierten estas instituciones religiosas en funcionales a los supremos objetivos del Rotary….descristianizar a la sociedad…..
El escritor católico Armando Tonelli en su obra “La verdad sobre Rotary” (agotada pero se puede acceder a ella por Internet) en varios capítulos va desgranando toda la trama respecto a Rotary y la posición de la Iglesia Católica para con ella.
Una alta jerarquía de la Iglesia Católicaal ser consultada sobre qué posición debería tomar un católico sobre el Rotary contestó que dependía ello de lo que definiere el obispo de la diócesis a la que el fiel perteneciera.
Pobre respuesta…..implicaría aceptar que según la opinión de un Obispo el Rotary es bueno o malo. ¿Qué pasaría con la feligresía que teniendo un Pastor con opinión favorable fuese cambiado por otro que la tuviera en contrario?...
Aquí también cabría adjudicarle esta respuesta al desconocimiento…es por cierto una actitud de tibieza ante un asunto importante.
Es curioso observar cómo algunos católicos miembros de Rotary manifiestan no estar de acuerdo con las afirmaciones del fundador de la institución y menos aún con los testimonios de Conferencias Episcopales y escritos y confesiones de prominentes masones y rotarios.
Creen muchos de ellos que la misión trascendente de Rotary pasa por la filantropía y la generación de buenas relaciones entre sus asociados….evidentemente no han profundizado y meditado sobre conceptos que son propios de la institución que, al menos para los católicos, deberían ser inaceptables.
Se puede “explicar” esta actitud desde el desconocimiento respecto a la propia institución a la que pertenecen o ya bien a otros intereses personales.
Por Hebe Luz Ávila*
Para encarar nuestro relato histórico es menester determinar un comienzo de la historia argentina haciendo un corte en el devenir de los acontecimientos. Como todo ser que se origina, nuestro país “viene siendo” desde antes; ha ido configurándose en innumerables antecedentes. En efecto, su territorio ya existía desde tiempo inmemorial, lo mismo que su población aborigen. Pero así como es necesaria la unión de los padres para que se geste el nuevo ser, el encuentro de dos mundos fue punto de partida definitorio de lo que hoy es nuestra nación, por lo que a partir del 1492 se precipitan los acontecimientos que lo irán consolidando. Las primeras entradas de los conquistadores españoles –como la de Diego de Rojas en 1543- van prefigurando el inminente nacimiento, hasta la creación de la primera ciudad que perdure. De allí saldrán luego los fundadores y los recursos para la formación de otros pueblos y se establecerán las instituciones fundamentales para constituir lo que luego devendrá en una nueva nación. Y será la Ciudad de Barco la primera de lo que es hoy la República Argentina, fundada el 29 de junio de 1550 por el Capitán Juan Núñez de Prado y asentada definitivamente el 25 de julio de 1553, cuando Francisco de Aguirre la traslade con el nombre de Santiago del Estero.
Hacia una trama con todos los hilos
Entendemos que se hace necesario rescribir una historia más ecuánime, más cercana a los hechos, con todos los actores. Un texto –tejido- donde se muestren en su justo lugar los hilos que forman la trama, principalmente por eso de que “la historia es maestra de la vida”. Nuestro objetivo en la limitación de estas páginas será comenzar la urdimbre (1) o basamento de la historia argentina, es decir el principio que entendemos evidente, y señalar especialmente los “hilos” que hoy le faltan a la trama, concentrándonos en el protagonismo femenino y en el del sustrato popular, que contribuyeran en la conformación de nuestra actual identidad.
La urdimbre: mujeres de mundos encontrados
Obviamente, las primeras mujeres que habitaron el territorio de lo que hoy es nuestro país fueron las aborígenes. Casi no nos han llegado noticias de ellas, pues en las crónicas de entonces figuraban solo accidentalmente y despersonalizadas, y en especial las que pertenecían a niveles sociales privilegiados, o las emparentadas con los conquistadores. Del estudio de las cosmogonías y cosmovisiones contenidas en los códices, crónicas coloniales, y de las contribuciones arqueológicas, concluimos la tesis mayormente sustentada de las relaciones no jerárquicas entre sexos de las culturas prehispánicas. Así, no sólo hay una valoración equivalente del trabajo de ambos sexos en las sociedades campesinas originarias, sino que también se ha determinado un poder social compartido. De esta situación original se sale abruptamente y se ingresa al patriarcado español, con sus fuertes mecanismos de imposición colonial de orden legal, político y especialmente religioso. Ello provocó una total sumisión que derivó en la explotación económica, mayor en las mujeres indias que en los hombres, pues debían cubrir todas las tareas de los servicios domésticos, a la par que la humillación del abuso sexual, todo lo cual las colocaba en una situación de extrema vulnerabilidad. A las mujeres indias que ya habitaban lo que sería nuestro territorio, se les suman las traídas por los españoles en las primeras entradas y luego en la conquista y fundaciones. Se ha estipulado –con algunas diferencias en los registros- que los españoles de la primera entrada, con Diego de Rojas, eran aproximada ciento noventa, en tres columnas. Numerosos trabajos históricos indican hasta los nombres de los primeros conquistadores. Lo que no se ha podido establecer es cuántos aborígenes los acompañaban. En un documentado trabajo de Ricardo J. Nardi (2), leemos que venían “muy bien aderezados y apercibidos de armas y caballos y (…) había gran servicio de negros, negras, indios, indias, y muchos indios amigos”. Lo cierto es que, en 1573, en carta al rey de España, Jerónimo Luis de Cabrera informa de la existencia de más de seiscientas poblaciones que debían albergar a unos treinta mil indígenas, los que se extinguieron en breve lapso debido al esclavizante trabajo en las encomiendas. En el primer periodo de la conquista, la mujer española fue muy escasa. Los hombres se amancebaban con nativas de diverso origen étnico y social, aunque a veces se elegían princesas autóctonas, o hijas de caciques, como una manera de establecer relaciones de paz y cooperación con sus pueblos. En poco tiempo tenemos noticias de la presencia de mestizos, incluso ya en las primeras entradas desde el Perú en el territorio que luego sería argentino. Como ejemplo de lo que ocurría en todo el nuevo mundo, destaquemos que Asunción, establecida en 1537, fue llamada “El Paraíso de Mahoma”, pues como lo atestigua el capellán González Paniagua en una carta al rey en 1545 “acá tienen algunos a setenta [mujeres]; si no es algún pobre, no hay quien baje de cinco o de seis; la mayor parte de quince y de veinte, de treinta y cuarenta”. Las crónicas estipulan 500 mestizos en la Asunción de 1545 –a solo ocho años de sus comienzos- y en 1570, López de Velasco hace referencia a dos mil mestizos y otras tantas mestizas. Parte de estos “mancebos de la tierra” integrarían luego las expediciones para la fundación de nuevas ciudades en nuestro territorio, como Santa Fe en 1573, cuando setenta y cinco de ellos, cinco españoles y numerosos guaraníes acompañaron a Garay en la empresa. No conocemos referencias de que con Diego de Rojas entraran mestizos, pero Lucía Gálvez presenta el interesante dato de que “en la nómina de los hombres que acuden desde Santiago en 1567 convocados por Diego Pacheco para poblar la ciudad de Talavera del Esteco figuran once “mancebos de la tierra” (3). Diez años después, en la rendición de gastos del viaje del mismo Diego Pacheco para castigar a quienes participaron de la prisión de Francisco de Aguirre, se registran los nombres de también once “mancebos de la tierra” (4). Asimismo, del listado de los ciento once fundadores de la ciudad de Córdoba, el 6 de julio de 1573, veintitrés eran nacidos en América y eran blancos mestizos y un indio, de los
cuales Moyano Aliaga (5) destaca dos santiagueños. Mancebos de la tierra, mestizos de la tierra, o hijos de la tierra es la fórmula elíptica de callar a la madre india y a esta realidad del concubinato o amancebamiento -cuando no de adulterios- que termina justificándose: “Se hace más servicio a Dios en hacer mestizos que en el pecado que con ello se hace”. La expresión, que se atribuye a Francisco de Aguirre, no está exenta de dramaticidad, al intentar disimular el origen pecaminoso de los mismos. Doblemente marginada - como mujer y como india- sólo en contadas ocasiones la mujer indígena adquiere protagonismo. Ocurre así con algunos matrimonios entre español e india, generalmente cuando representaba una ventaja considerable para el blanco. Y es que los primeros colonizadores muy pronto tuvieron la aprobación de las autoridades para casarse con nativas. Es el caso, en nuestro territorio, de doña Teresa de Ascencio, hija del cacique de Angaco, que se uniera en matrimonio con el capitán don Juan de Mallea cuando se fundó la ciudad de San Juan. “Fue la primera mujer del valle de Tulum que unió su sangre a la raza blanca”, nos dice Elsa Jascalevich (6). Una historia similar nos llega de los Michilingües, que habitaban el Valle del Chorrillo y el sur de lo que hoy es la ciudad de San Luis. Desde su llegada, los conquistadores establecieron una alianza con un importante cacique llamado Koslay. Su bella hija Arocena, que luego fuera bautizada Juana, se casó con el oficial español Gómez Isleño, el que recibió la merced de las tierras de Río V, hasta el límite con Córdoba. A su vez, Juana fue condecorada con el honroso título de Señora de Primera Clase por una real cédula del rey de España. En la provincia de San Luis hay una importante localidad con el nombre de Juana Koslay, y una hermosa escultura de esta mujer, que se considera antecesora de notables familias puntanas y personajes reconocidos de la historia de esta provincia, como el Coronel Juan Pascual Pringles. No quedaron en las primeras entradas mujeres españolas en los pueblos fundados. Sí las aborígenes peruanas, araucanas y del Alto Perú que venían como compañeras o servidoras de esos hombres. Ellas cumplieron una valiosa función cultural, al armonizar con las de estas tierras su arte del hilado y el tejido y otras técnicas que traían de sus civilizaciones. Fueron estas mujeres – indudablemente numerosas a pesar del manto de silencio que hubo sobre ellas- las que contribuyeron a la vida social y doméstica, al inicio de la actividad económica y a que la vida se perpetuara en estas ciudades que estaban fundando la patria. Aunque casi no podemos identificar a las mujeres originarias, si conocemos los nombres de las tres primeras españolas que pisaron estas tierras, con la entrada de Diego de Rojas en 1543: Catalina de Enciso, María López y Leonor Guzmán. A partir de los intentos en estas últimas décadas de cubrir las oquedades de la historia, varios libros las erigen en protagonistas (7), sobre todo a la primera, compañera de Felipe Gutiérrez, por su vida novelesca. No quedaron a vivir en nuestro territorio, pero de los padecimientos sufridos en la expedición derivamos que deberían ser por lo menos decididas, abnegadas y valientes, pues los testimonios dan cuenta de que realizaron verdaderas hazañas. En Catalina de Enciso reconocemos una función muy propia de las mujeres en todos los tiempos: la de curar, atender heridos y enfermos. Sabemos que fue la que atendió a Diego de Rojas en su terrible padecimiento luego de que fuera herido con una flecha envenenada por los aborígenes y, al parecer, habría seguido a uno de ellos hasta descubrir las hierbas que empleaban como antídoto. A María López parece haberla distinguido su ferviente religiosidad. Desde el comienzo de la expedición se ocupa de preparar el altar para que el padre Francisco Galán, de la Orden de los Comendadores de San Juan, oficie sus misas. Cuando se acaban las hostias que cargaron al partir, ella fabricará nuevas con harina de maíz, nos cuenta Fina Moreno Saravia (1990). Luego de la muerte de Rojas, Francisco de Mendoza queda al mando de la expedición, y en Soconcho, a la orilla del actual río Dulce, funda Medellín. Se trata del primer asentamiento español del Noroeste, erigido con las formalidades de rigor, pero que no perduró. Allí el padre Galán, con especial ayuda de María López, levanta la primera capilla, con su altar y rústicos bancos de algarrobo. En ella se realizará “el primer casamiento ante un altar por Ley de Dios”(8), el de María López con Bernardino de Balboa. Recién cuando el poder estuvo consolidado llegaron las españolas en calidad de esposas, hijas y hermanas. La gran mayoría hoy nos son desconocidas, mujeres anónimas, que tras sus hombres – aunque muchas veces solas- se lanzaron a lo desconocido, al peligro de las lejanas Indias. Allí dejaron huellas, algunas dando carácter heroico a la gesta, y todas asentando las bases de un nuevo mundo, que más que el descubierto sería el creado por ellas, principalmente desde el ámbito de la familia y los hijos. La mujer española que vino a estas tierras tuvo desde un primer momento un papel importante, si se atiende a los objetivos de la colonización de América que, como postulaba Isabel I de Castilla, serían de evangelización y establecimiento de un modelo de familia cristiana, a fin de conformar una sociedad similar a la de la península. La reina hizo suyo el pensamiento de Nebrija (“Su alteza, la lengua es el instrumento del Imperio”) y pensó que este nuevo mundo siempre sería español si hablaba y rezaba en español. La evangelización fue el motor inicial de la empresa, y por ello afirmó que nuestra Santa Fe sería acrecentada y su real señorío ensanchado. Para evangelizar era necesario colonizar, y para ello se promovió la llegada de un número suficiente de mujeres como para instaurar en los nuevos territorios el modo de vida español y lograr que perdurase. En las primeras ciudades fundadas en lo que luego sería la República Argentina, los pocos nombres que toman relieve son los de señoras principales, como Doña María de Torres y Meneses, esposa de Francisco de Aguirre, quien luego de quince años en el nuevo mundo la mandó a traer de su Talavera natal, o doña Catalina de Plasencia, esposa del capitán Juan Gregorio Bazán, camarada de Aguirre en sus campañas. Luego de veinte años sin ver a su marido, esta última atravesó el océano acompañada de su hija, María, el marido de ésta y sus tres nietos. En el camino hacia Santiago del Estero, cerca del pueblo de Purmamarca, murieron en un feroz ataque de los indios el capitán Bazán y su yerno. Las primeras mujeres españolas que se instalaron en la época inaugural de la patria traen “los implementos de la cultura y la técnica europea”, “las telas para vestirse, los libros con qué enseñar, y la semilla o el animal destinados a dar vida a nuevas especies hasta entonces desconocidas en el nuevo mundo”(9).
Los hilos de la trama se entrecruzan
De entre estas mujeres españolas rescatamos algunos casos paradigmáticos con nombre propio, como el de la esposa de Jerónimo Luis de Cabrera, Luisa Martel de los Ríos, “la primera gobernadora que conoció Santiago y le ayudó con eficacia en su labor oficial y pobladora” (10). Abrevando en la Genealogía (11) encontramos datos muy interesantes de esta noble señora, como que fue hija de Gonzalo Martel de la Puente, Señor de Almonaster, Regidor de Panamá, y de doña Francisca Lasso de Mendoza Gutiérrez de Los Ríos. A los catorce años sus padres, trasladados al Cuzco, la casaron con el Capitán conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, de alrededor de 50 años. Éste había convivido con la Ñusta Isabel Chimpú Ocllo -nieta del último soberano del Tahuantinsuyo Huayna Capac- con la que engendró al que luego sería el famoso escritor Inca Garcilaso, del cual la joven Luisa se convertiría en madrastra. Con el veterano primer esposo Luisa tiene una hija, Blanca de la Vega y Martel, que fallece “en tierna edad”. También fallece el capitán Sebastián, por lo que su joven viuda, a los veinte años, se casa en segundas nupcias con Jerónimo Luis de Cabrera, en la ciudad de Lima, donde residen el primer tiempo y luego en la villa de Ica, fundada por Cabrera en el Perú. Allí irán naciendo sus hijos. En 1571, el Virrey Francisco de Toledo nombra a Jerónimo Luis de Cabrera Gobernador de la provincia del Tucumán, Juríes y Diaguitas, en lugar de Francisco de Aguirre, que había sido encarcelado en Lima por la Inquisición. De este matrimonio principal nos interesa destacar que, en pocas generaciones, su descendencia fue entrecruzándose con la de importantes protagonistas de la conquista y colonización, y en breve tiempo encontramos que las más ilustres personalidades se entroncan en ellos. Así, su hijo Gonzalo Martel de Cabrera se casó con doña María de Garay, hija de Juan de Garay, fundador de Santa Fe y Buenos Aires. De este matrimonio nacería Jerónimo Luis de Cabrera y Garay, el que en 1641 fue nombrado Gobernador del Río de la Plata, en 1646 se trasladó también como Gobernador de Chucuito, en el Perú y finalmente retornó a Tucumán, en 1659, como Gobernador y Capitán General de esa provincia, encargado de liquidar la guerra calchaquí. Este nieto de doña Luisa Martel de los Ríos y Jerónimo Luis de Cabrera contrajo matrimonio con Isabel de Saavedra Becerra, hija de Hernando Arias de Saavedra – Hernandarias-, cuatro veces Gobernador del Río de la Plata. A su vez, otro hijo de la pareja original, Pedro Luis de Cabrera Martel, fue Alguacil Mayor del Santo Oficio entre 1586-1587 y en distintas oportunidades, entre 1592 y 1619, Alcalde en el Cabildo cordobés, Alférez Real, Teniente de Gobernador, Regidor, Mayordomo del Hospital y Procurador General de la ciudad. En Córdoba se casó con Catalina de Villarroel, hija de Diego de Villarroel, fundador de Tucumán. De entre sus diez hijos, nos interesa nombrar a Luisa Martel de los Ríos, que casó con el General Sancho de Paz y Figueroa. Ellos dieron origen a los Paz y Figueroa, distinguida familia de la que desciende la beata Antonia de la Paz y Figueroa– “Mama Antula”, como la nombraban cariñosamente los aborígenes-, una de las personalidades más luminosas de América. El matrimonio será la base para componer el tejido social por medio del parentesco y –consecuentemente- reforzar la posición social de la familia y de los individuos que la constituían. Para los españoles que se establecían en las nuevas tierras, estas redes familiares comenzaron a planificarse en el siglo XVI y se desarrollaron en los siglos siguientes. De esta manera, la extensa e importante descendencia de este matrimonio - de la que solo mencionamos una mínima parte- va a desembocar, en 1816, en Jerónimo Salguero de Cabrera, Diputado por Córdoba al Congreso que declaró la Independencia Argentina en 1816 y casi un siglo después en el presidente argentino José Figueroa Alcorta.
Un núcleo familiar paradigmático
Si hay un protagonista de esta gesta cuyo accionar de conquistador y colonizador abarca casi medio siglo de trajinar con reconocida intrepidez la mayor cantidad de territorio de América del Sur, desde Panamá hasta el sur de Córdoba, y desde La Serena en Chile, hasta la por fundar Santa Fe, éste es el Capitán Hernán Mexía de Miraval. Este sevillano, que a la edad de dieciocho años llega a las tierras de Tucma, a comienzos de 1550, acompañando a Núñez del Prado quien venía desde el Perú con la orden de “poblar un pueblo”, participará activamente de la fundación de al menos diez ciudades en la región. También cruzará los Andes para traer desde la Serena, en Chile, un sacerdote y las primeras semillas de trigo, cebada, algodón y árboles frutales para la recién fundada Santiago del Estero, y pacificará -combatiendo a los más beligerantes o aliándose con los más pacíficos- a los pueblos indígenas de todo el territorio por él recorrido. Este denodado conquistador y prudente colonizador será el que presentemos como fi gura paradigmática de la constitución de la familia y la procreación de la primera generación de criollos en nuestro país. Ya señalamos que las etapas iniciales de descubrimiento y conquista, por ser años de nomadismo y de inestabilidad, no quedaron mujeres españolas establecidas en la ciudad inaugural. Por otra parte, si bien no desconocemos los numerosos casos de violencia y arrebato de nativas, los pueblos originarios solían ofrecer sus mujeres a los conquistadores en prueba de amistad, lo que contribuyó en algunos lugares a establecer alianzas y una convivencia pacífica. Este parece ser el caso de la india bautizada María cuyo padre, un cacique jurí señor del Mancho, en Santiago del Estero, habría entregado a Hernán Mexía de Miraval allá por 1553. El testamento que medio siglo después hará María del Mancho o María Mexía, como también se la conoce, manifiesta una amorosa relación larga y fructífera de más de quince años (12). De la unión nacerían cuatro hijos: tres mujeres y un varón. Diversos estudios han demostrado de qué manera, en esta etapa marcada por la permisividad, la trasgresión a la normativa moral y legal caracterizó las relaciones de género en la sociedad colonial. La estructura familiar, heredera de la tradición hispánica, se definía por su carácter patriarcal determinante, lo que suponía una extensa red de parentescos dentro de la cual se inscribía una fuerte modalidad de nacimientos fuera del matrimonio. Consecuentemente, a partir de la naturaleza jerárquica de los vínculos, se daban como algo natural las relaciones de servidumbre. Recordemos que la instalación de los europeos en sus avances imperialistas siguió dos modelos: por un lado, el anglosajón, de sustitución étnica y marginación de los aborígenes, y por el otro el español, de apropiación de los recursos y el trabajo, el que implicó una fuerte mestización. A partir del nacimiento de los hijos mestizos, los conquistadores actuaron de diversas maneras, desde legitimándolos ante la Corona, hasta desconociéndolos con absoluta negligencia. Intermedia fue la actitud de Mexía Miraval, que los reconoció formalmente, convirtiéndolos de hijos ilegítimos en naturales, con responsabilidades directas en su crianza (13). De los detalles de la convivencia con la india María muy poco se sabe, aunque del testamento que ésta hiciera se conocen numerosos datos que echan luz sobre aquéllos. Guiándose por sus declaraciones y los documentos de la época, algunas autoras han escrito la historia de María con bastante verosimilitud (14). De esta manera, su fi gura termina apasionándonos, aunque dada la brevedad de este trabajo, no será el caso detenernos más en ella. Sabemos por su declaración que María no hablaba castellano, que era católica y pertenecía a varias cofradías, que el padre de sus hijos le dio un pasar holgado, pues tiene objetos valiosos, animales, indios a su servicio y trajes a la usanza española, que sus hijos y nietos la respetan y que seguramente amaba a Mexía Miraval porque encarga misas para su alma y acepta sumisa la situación de que éste se haya casado con una española. Pero si bien los primeros “hijos de la tierra” fueron fruto de las uniones entre españoles y aborígenes, muchos de ellos reconocidos como hijos legítimos, en el momento de educarlos fueron entregados a las esposas españolas que llegaron poco después. En efecto, en esta historia aparecerá años después la española (aunque tal vez nacida en América) Isabel de Salazar, la tercera no en discordia, sino para este caso en perfecta concordia. Isabel de Salazar había llegado a la capital del Tucumán desde Chile, con la comitiva del conquistador Gaspar de Medina, quien -además de un refuerzo de veintidós soldados para Francisco de Aguirre- traía a su familia (15) y a “nueve doncellas huérfanas con el propósito de casarlas con conquistadores”. Al poco tiempo de su llegada, se casó con Hernán Mexía de Miraval y se trasladaron al Perú a donde llevaron a las dos hijas mayores del conquistador, a fin de casarlas con personajes encumbrados. La joven Isabel es la encargada de españolizar las costumbres y modales de estas mestizas que tendrán entre sus descendencias las familias más encumbradas de Córdoba, entre ellos los Tejeda y los Cámara. De esta otra red familiar, ahora de base mestiza, descenderá el General Román Antonio Deheza (1781-1850), que como su antecesor de la conquista, blandiera su espada durante cincuenta años en pos de la emancipación primero y de la organización nacional después, y contribuyera también a la liberación de Chile y de Perú. A su vez, Isabel tendrá con Mexía Miraval cinco hijos, tres varones y dos mujeres. Una de ellas, Bernardina, casada con Francisco de Argañaraz y Murguía, será cofundadora de la ciudad de Jujuy y colaborará activamente en su sustento. De este matrimonio descenderá, varias generaciones después, Martín Miguel de Güemes, héroe de la independencia y gobernador de Salta. Y serán mujeres españolas como Isabel de Salazar las que, con su silencioso accionar en el seno del hogar, amalgamen esta nueva sociedad hasta lograr que se arraigue en estas tierras. Ellas establecieron modelos para los detalles de la vida cotidiana, como la vestimenta, la gastronomía, el cuidado de los niños. Trasmisoras de la cultura material y doméstica, serán las que implanten aquí el amplio bagaje traído de la península, que comprendía desde las técnicas para la producción de materias primas y manufacturas para abastecer la casa, pasando por las tradiciones, las costumbres y el idioma, hasta las normas morales y los valores sociales y religiosos. Como dato significativo de la valiosa función de la mujer española en estos primeros tiempos, relatemos que el Obispo Fernando de Trejo y Sanabria (segundo Obispo de la Diócesis, después de Victoria), al autorizar en 1604 la fundación de un convento dominicano en Córdoba, impuso la condición de “restaurar” el convento de Santiago del Estero, es decir fundarlo de nuevo en esta ciudad (16). Recién en 1614 se concretó la refundación, con la llegada del padre Hernando Mexía, hijo de Isabel de Salazar, quien le inculcó la fe y tuvo oportunidad de ayudarlo a levantar “el primer convento establecido en territorio argentino”, como lo atestigua Hernandarias, cuando informa al Rey en carta del 4 de agosto de 1615 que Mejía “deja fundado un convento en Santiago del Estero (...) con el favor de su madre y deudos” (17). Se ha establecido que la familia es el sistema primario más poderoso al que pertenece una persona. Y así, el fundamento de esta nueva sociedad que viene a cubrir el espacio inicial de lo que será la República Argentina lo constituirá la familia, desde donde la mujer española y la criolla transmitirán los valores que durante siglos sustenten la vida de la nación.
Los trabajos y los días
“Los Dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin trabajar por su cuenta, devoran el trabajo de las abejas.” Hesíodo
Algo más de tres décadas han pasado desde su fundación, y aparte del descomunal esfuerzo de fundar nuevas ciudades, poblarlas y dotarlas de los recursos y estructuras básicas para su defensa y funcionamiento, la capital del Tucumán ha ido tomando la envergadura de “un inmenso taller que utilizaba sus recursos materiales para alcanzar un armónico desarrollo agrario-artesanal autosuficiente” (18). De sus bosques se extraían más de 14.000 arrobas de miel y cera para luminarias, y maderas fuertes con los que se construían carretas, muebles y viviendas. Debido a la bondad del clima, su territorio servía para “la invernada de equinos, mulares y ganado de toda clase”, que se traían a sus campos antes de venderse en las ferias de Salta y el Alto Perú. El algodón, considerado “la plata desta tierra” se empleaba en “la confección de la ropa destinada para la población virreinal. Sus beneficios superaban los 100.000 pesos plata que incluían las industrias del añil y del tejido.” Sin embargo, cuando llegaron los españoles, la tierra no estaba improductiva. La visión de los campos sembrados de maíz y los algodonales fue la razón por la que Francisco de Aguirre denominara a la ciudad fundada “Santiago del Estero, Tierra de Promisión”. Debido a que los suelos estaban fértiles y protegidos por los bosques, se pudo desarrollar una economía agraria, pero también ganadera y de producción de manufacturas. No era solamente de subsistencia, puesto que, mediante el sistema de encomienda, los españoles conseguían excedentes de producción de los aborígenes, lo que llevó a comerciar con Potosí y a la vez obtener productos importados. Esto permitió que la vida en ese poblado precario, tan `a lo indio´, fuera españolizándose, pues sus chozas de barro y madera de los bosques nativos, se iban “vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería.” (19). A este bienestar material se agregan consecuentemente las inquietudes culturales, que van desde la instalación de las primeras bibliotecas a partir de 1578, a la presencia en estas tierras de tres poetas de reconocido prestigio. En efecto, Mateo Rojas de Oquendo llega acompañando al gobernador Ramírez de Velasco, participa de la fundación de La Rioja, en 1591, y es encomendero de indios en Santiago del Estero, donde escribe un poema hoy perdido titulado “El Famatina”, con una “descripción, conquista y allanamiento” de la región. El otro es Martín del Barco Centenera, que participó como protagonista en la fundación de Jujuy (1561) y vivió un tiempo en Santiago del Estero (1581), cuyo extenso poema Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros sucesos del Perú es el primer antecedente del nombre de nuestro país, que él llama “el argentino reino”. El tercero será Ruy Díaz de Guzmán, considerado el primer escritor, narrador y cronista criollo nacido en el Río de la Plata (20), que entre 1606 y 1607 fue Tesorero de la Real Hacienda en Santiago del Estero, luego de participar en la fundación de la ciudad de Salta, en 1582. Coincidentemente, su poema que comprende una crónica de la conquista del Paraguay y del Río de la Plata, se titula también La Argentina. Y si de manifestaciones culturales se trata, no podemos dejar de mencionar a doña Ana de Córdoba, que desde 1575 organizaba “tertulias sociales animadas por su talento y su cultura” (21), y que por tener una de las mejores casas de la ciudad, alojó en ella al Obispo Victoria en los primeros tiempos de su Vicaría. A partir de 1580, con la fundación de Buenos Aires, los asentamientos hispanos irán conformando un arco entre el Alto Perú y el Río de la Plata. En el primero, Potosí con la explotación de sus minas de plata dominaba la economía de la región; en el último, se comerciaba y se recaudaba de la aduana (y del contrabando, agregamos). Serán las ciudades que permanecen en el medio las que produzcan y desarrollen industrias, lo que hará decir a Mariquita Sánchez de Thompson: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna” (22). Destaquemos que los obrajes textiles establecidos por el Obispo Victoria lograron en muy poco tiempo que su producción fuera una de las principales actividades económicas, tan cuantiosa que el primer cargamento que partió para su exportación al Brasil ocupaba treinta carretas. Llamados también obrajes de paños, pasaron a ser después de la conquista la forma productiva del territorio ocupado, como una variante del sistema de encomiendas, a manera de recompensa que se le otorgaba al conquistador, quien se comprometía a convertir al cristianismo a los aborígenes a su cargo. Eran verdaderas fábricas, que alrededor de 1585 abastecían a la colonia de ropa, calcetas, frazadas, sobrecamas, sombreros, cinchas, aparejos y hasta trigo y maíz.
La trama del mestizaje
Recordemos que, a la llegada de los españoles, el arte textil estaba muy desarrollado, pues algunas piezas de cerámica encontradas en estos territorios determinaron su existencia ya en el siglo X. Se trata de unos pequeños discos llamados torteros o muyunas, usados como contrapeso del huso de hilar, aparecidos junto a unos instrumentos de hueso que servían para ajustar la trama del tejido. Los arqueólogos admiten un auge de la industria textil durante esa época, no solo en el área del río Dulce, sino también en las poblaciones cercanas al Salado. El tejido había sido la principal y hasta sagrada actividad de las mujeres entre los incas, y el tejido seguirá siendo por siglos la actividad central de millares de aborígenes en este territorio inicial de la Argentina. De nuestros ancestros indios quedará en Santiago del Estero, “cuna de la tradición”, y en todo el Noroeste argentino, el rústico telar que hoy usan nuestras teleras, apoyado en dos horcones clavados en la tierra. En él tejerán con hilos del algodón, alpaca o vicuña, originarios de estas regiones, o de lana de las ovejas que alguna vez trajeron los españoles, tan naturalizadas ya y asimiladas a nuestra cultura. Y del telar saldrán los ponchos, esa prenda que comenzaron usando los indios (23), continuaron los criollos, y que representó y representa a los gauchos y hoy es símbolo de argentinidad en todos los ámbitos. Con los trabajos de hombres y mujeres y el pasar de los días fecundos, se dio en esta urdimbre de lo que sería el tejido de la patria, una dialéctica de la reciprocidad, pues factores relevantes de las culturas aborígenes se integraron con los hispánicos, y se conformó una nueva forma de vida: la criolla de base mestiza y afianzada a la tierra. Así, en un primer momento la mujer indígena, al unirse a estos conquistadores que habían llegado solos les proporcionó aliados, intérpretes y cuidado personal. Luego serán ellas las servidoras, amas y niñeras de las primeras generaciones de criollos (24), que con el trato diario y en la temprana edad, pasaron a ser las mediadoras entre ambas culturas. A su vez, la mujer indígena será algunas veces agente de cambio entre los suyos -como en la implantación de la religión católica que asumieron fervientemente-, y otras –especialmente las campesinas- de resistencia a lo hispánico. Este es el caso principal de la supervivencia de la lengua quechua – `la quichua´- hoy hablada únicamente en Santiago del Estero. Y de estas cosmovisiones que se entrecruzan en la trama de la identidad van a derivar nuestras fi estas populares –la Pachamama, San Esteban, San Gil y tantas otras- el complejo culto de los muertos, los mitos y creencias que perduran como el de la Salamanca, todo lo cual nos remite a un sincretismo entre lo cristiano y lo pagano. Siguiendo con nuestro enfoque de la vida cotidiana, en la que la mujer juega un rol primordial, atendamos a la alimentación, con sus dos núcleos encontrados: el maíz originario y el trigo llegado de Europa. Sabemos que el maíz, junto con la algarroba, son los dos grandes alimentos de los pueblos originarios del noroeste argentino. Los españoles, desconocedores de las ventajas del maíz para la alimentación humana, desde un primer momento intentaron sembrar trigo, al que estaban acostumbrados Por otra parte, el trigo y los cultivos europeos tuvieron muy baja repercusión dentro de la alimentación de los nativos, especialmente por el gran poder simbólico en su cosmogonía religiosa, donde el maíz era objeto de rituales y ceremonias. Paralelamente, el trigo representaba para los españoles el ingrediente básico del pan, fundamental en la mesa de los españoles y relacionado con la fe católica. Sin embargo, con el paso de los tiempos la harina de trigo ha perdido hoy toda connotación de hispanidad y resulta elemento primordial de la alimentación en casi todo el territorio argentino, al punto de que con ella se preparan los platos típicamente regionales, como las empanadas, las tortas fritas, chipacos, moroncitos, para no hablar de los reconocidos alfajores regionales.
La tierra como soporte
En todo proceso de construcción social de identidad, el territorio constituye una categoría central, en cuanto soporte material y a la vez entorno ambiental. Este marco y a la vez piso de sostén, es asociado a la madre tierra -la Pachamama- en las culturas originarias, al concebirse como un segundo seno que nutre, madre común de sus moradores. A la vez, el paisaje configura, de alguna forma, aspectos básicos de la cultura -recordemos su sentido etimológico de cultivar- local. Desde un comienzo, los conquistadores debieron adaptarse a las características del territorio y aprender a valerse de la novedad que contenía. Por estas razones, muy pronto aprendieron a confeccionarse “zapatos de la tierra”, a valerse de las “ovejas de la tierra”, como llamaban a la llama, a comercializar en la “moneda de la tierra”, que eran los textiles de algodón, la “plata desta tierra” y a acostumbrase a convivir con los hijos mestizos que habían engendrado: los “mestizos de la tierra”, o más significativamente los “hijos de la tierra”. Y, literalmente, hicieron sus viviendas de tierra, al adoptar el adobe de los aborígenes, es decir el ladrillo de barro. La tierra y todo lo que ella implica irá configurando una nueva identidad común, y aunque los primeros españoles sentían la falta de los elementos que conformaban el modo hispánico de vida, muy pronto las generaciones siguientes de mestizos y criollos consideraron que naturalmente formaban parte de ella. Así, los nuevos santiagueños, mendocinos, sanjuaninos, tucumanos, cordobeses, santafesinos, bonaerenses, salteños, correntinos, riojanos, jujeños, puntanos -por hacer referencia solo a las ciudades fundadas en los primeros cincuenta años- sintieron su arraigo definitivo, empezaron a amar su terruño y a tratar de engrandecerlo. En la historia que nos acostumbraron a leer no entra el accionar del pueblo sino de sus conductores; tampoco el de los soldados, sino el de los generales; apenas se nombran acontecimientos de los pueblos originarios, y se ocultan los de negros y mestizos. Sin embargo, si hubiera faltado alguno de estos elementos determinantes, hoy la realidad del país no sería la misma.
1) Urdimbre. f. Conjunto de hilos que se colocan en el telar paralelamente unos a otros para formar una tela. (DRAE)
3) GÁLVEZ, Lucía (1990). Mujeres de la conquista. Buenos Aires: Planeta, 23.
4) Idem.
5) MOYANO ALIAGA, Alejandro (1990). Los fundadores de Córdoba: su origen y radicación en el medio. Córdoba: Instituto de Estudios Históricos Roberto Levillier.
6) JASCALEVICH, Elsa (noviembre 1971) “Las mujeres argentinas” en Todo es historia nº 55.
7) Consecuentes con nuestro intento de rescatar lo que queda `al margen´ de esa centralidad que desatiende lo que no está en el ámbito de su miope mirada, destacamos dos libros de escritores santiagueños: Historia de mujeres (1990), de Fina Moreno Saravia y Casas enterradas (1997, Faja de honor de la SADE, de Carlos Manuel Fernández Loza.
8) MORENO SARAVIA, Fina (1990). Historia de mujeres. Edic. de la autora, 15.
9) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 59.
10) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 61.
11) IBARGUREN AGUIRRE, Carlos F. Los Antepasados, A lo largo y más allá de la
12) Del análisis de variados documentos inferimos este lapso, puesto que Isabel de Salazar, la que será luego legítima esposa del Capitán, llega a Santiago del Estero en 1566. Además, inmediatamente a la boda, el matrimonio se lleva las hijas mestizas para casarlas en el Perú.
13) Recordemos que en el título anterior ya vimos una situación similar con el Capitán Garcilaso de la Vega – primer esposo de Luisa Martel de los Ríos, que previamente conviviera con una ñusta inca- y su famoso hijo homónimo, autor de los Comentarios reales.
14) Además de las ya mencionada Mujeres de la conquista de Lucía Gálvez e Historia de mujeres de Fina Moreno Saravia, encontramos El perfume del amor (1994), de la salteña Zulema Usandivaras, donde recrea la historia en el cuento “La india jurí”.
15) Resultará significativo recalcar el hecho de que la esposa de Medina, Catalina de Castro, era hija del Capitán Garcí Díaz de Castro, Tesorero de la Real Hacienda de Chile, y de Barbóla Coya “sobrina del Rey Inga del Pirú”. Otra mestiza, aunque con sangre real.
17) Idem.
18) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 13.
19) GÁLVEZ, Lucía. “Santiago, madre de ciudades”, en La Nación, 25-07-03.
20) Relacionado con lo tratado en títulos anteriores, resultará significativo señalar que Díaz de Guzmán nació en Asunción, hijo del capitán Alonso Riquelme de Guzmán y de Úrsula, una de las hijas mestizas de Irala.
21) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 60.
23) Al parecer, la primera vez que se registra la palabra poncho en nuestro país sería en San Luis, alrededor de 1600, cuando en un documento se consigna la presencia de tres tipos de vestidos entre los indios: “la camiseta, la manta y el poncho”.
24) Recordemos la niñera india de San Martín, Juana Cristaldo - más allá de las especulaciones de que sería su madre-, de quien doña Gregoria recordaba que lo consentía demasiado.
* Publicado en Producción Académica 2011, Santiago del Estero, Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, 2012.
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| Emilio Hardoy. |
Por José Claudio Escribano
En 2007 se cumplen quince años de la muerte de Emilio Hardoy. Nadie como él encarnó en su época el carácter de un político conservador. En las líneas que siguen, preparadas para el prólogo de un libro de homenaje de sus amigos, procuraré describir el perfil de quien se atuvo a una máxima inscripta desde antiguo en Bodleian, la biblioteca de Oxford: “Estudia como si fueras a vivir eternamente y vive como si fueras a morir mañana”. Hombre de inmensas lecturas, ciudadano de interminables tertulias. Traté a Hardoy, por primera vez, tras la caída del presidente Perón. Era comienzos de 1956. Por aquel entonces, los políticos conservadores se debatían entre, por un lado, continuar una política de rotundo antagonismo hacia el fenómeno peronista de masas añorantes del jefe depuesto, o, por otro, acompañar la prédica de un “conservadorismo popular”, más conciliador con el movimiento político derrotado en campos de batalla militar. Asumía la dirección de esta última línea Vicente Solano Lima, quien terminaría acompañando al doctor Héctor J. Cámpora como vicepresidente de la Nación en el gobierno de corta existencia de 1973. Había para Hardoy algo de excitante, de seducción misteriosa en el rumor de multitudes. Y, en los inacabables monólogos introspectivos del hombre pensante, eso había competido, en los años cuarenta y cincuenta, con la decisión, no menos resuelta, de luchar y poner en riesgo hasta la libertad y la vida por las libertades públicas y los derechos y garantías del individuo agraviados por el régimen que aquellas mismas multitudes prohijaban.
Nada era ajeno en su corazón a los fenómenos más populares y, sin embargo, estaba en todo tiempo alistado para combatir en nombre y representación -¡ay!- de minorías recalcitrantes. En 1991, poco antes de su muerte, reconoció en un discurso la condición minoritaria del conservadorismo y dijo ilusionarse con la posibilidad de que esa fuerza creciera en el futuro “por poseer principios de respeto, flexibilidad en el trato con sus opositores, creer más en la evolución que en las revoluciones y respetar siempre la seguridad jurídica y los derechos humanos”. Aquella dualidad simultáneamente inclusiva de un interés por lo colectivo y por lo individual completa la fisonomía política esencial de Hardoy y explica, también, que alguna vez expresara: “Donde hay un hombre libre que tenga, además, conciencia de sus obligaciones sociales, hay un conservador”.
Sentido del deber
Había comenzado temprano la trayectoria política que compartió con el ejercicio de la abogacía y el periodismo, en el que descolló como jefe de Editoriales de La Prensa. Era un joven sin la edad suficiente establecida por la Constitución Nacional, cuando decidió pugnar por una banca en la Cámara de Diputados de la Nación. Resultó elegido, pero tuvo que armarse de paciencia. El cuerpo aplazó la aprobación del diploma hasta que cumplió 25 años, en 1936. El más importante de sus libros se titula Defensa de la responsabilidad. Nombre apropiado para un texto de quien decía que “el rasgo principal del espíritu conservador viene a ser el sentido de la responsabilidad”. Esa percepción del deber antes que de la sensualidad llamada al aplauso y al reconocimiento público le impediría, después de caído Perón, acercarse, con el entusiasmo de otros dirigentes conservadores, al movimiento político privado de su líder. Perón estaba desde 1955 en el exilio -apañado de modo sucesivo por regímenes de derecha variopinta y sin excepciones extrema, desde Stroessner al generalísimo Franco-, pero no por eso sumido en la inacción. En 1957, en Santa Fe, trabé con Hardoy relación diaria. Fue en la convención constituyente convocada por el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu. Se cumplirán en septiembre cincuenta años de ese cuerpo que contó, como el que más dentro de las experiencias legislativas argentinas del siglo XX, con individualidades de alta categoría política. Allí estaban los hermanos Ghioldi, Américo (socialista) y Rodolfo (comunista); Horacio Thedy, Luciano Molinas y Camilo Muniagurria (demócratas progresistas); Alfredo Palacios y Nicolás Repetto (socialistas); José Antonio Allende (demócrata cristiano), y un conjunto de políticos agrupados en lo que por primera vez se denominó “Bloque de Centro”. Entre ellos, además, de Hardoy, Pablo González Bergez, Emilio Jofré, Adolfo Vicchi, Guillermo Belgrano Rawson, Reynaldo Pastor y dos cordobeses de vena desopilante: José Aguirre Cámara y José Antonio Mercado. Recuerdo que una mañana concurrí a la sala que servía de biblioteca ad hoc de la convención. Observé allí cómo Hardoy componía, con llamativa velocidad, sin mirar el teclado de la máquina de escribir frente a la cual estaba sentado, la traducción al español de un texto jurídico en inglés. Luego supe que dominaba aún con más facilidad el alemán, que había aprendido de chico en el colegio Cangallo Schule. La convención de Santa Fe había nacido mal. Por una derivación perversa del sistema de representación proporcional D Hont, la Unión Cívica Radical Intransigente, del doctor Arturo Frondizi, había obtenido 79 bancas, contra 77 de la Unión Cívica Radical del Pueblo, que la había superado, sin embargo, por unos 150.000 votos. El quórum de la convención trastabilló desde la primera sesión. La tarde inaugural, después de impugnar la convocatoria dispuesta por el gobierno de facto, el bloque de la UCRI, presidido por el doctor Oscar Alende, se retiró definitivamente del recinto. A lo largo de veinte sesiones los convencionales manifestaron, como con acierto diría Hardoy más tarde, una verdadera “obsesión por el micrófono”. Tal vez la debilidad verborrágica, sobre la que no exageró nada, haya sido catarsis de la década precedente de silencio y mordazas. Por casi diez años la oposición al peronismo tuvo prohibido el micrófono en las radios. En 1955, después de los bombardeos de junio sobre la Casa Rosada, se hicieron tres excepciones, que fueron interpretadas como síntoma posible de un cambio de rumbo en el gobierno. La ilusión duró poco. Se permitió hablar, con días de diferencia, a los doctores Arturo Frondizi, Luciano Molinas y Vicente Solano Lima. Leyeron sus mensajes, pero con previo conocimiento por parte de las autoridades de los textos preparados. Lo que se había abierto con esperanzados aires de pacificación concluyó, como se sabe, con el discurso amenazante de Perón, del 31 de agosto siguiente, y la advertencia siniestra: “Por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”.
En más de una oportunidad discutimos con Hardoy el curioso destino de aquella convención conformada por tantos hombres valiosos, pero inorgánica y deficiente. Una réplica exacta, acaso, de esa Argentina de todos los días, con recursos humanos individuales de llamativa creatividad, pero en el fondo actores desaprovechados de una sociedad desarticulada, imprevisible. Aquella convención cumplió, después de todo, la misión primaria para la cual había sido convocada, que era elevar el rango jerárquico de la abrogación de las reformas de 1949. Aramburu había anunciado, en un discurso conocido como Proclama de Paraná, del 27 de abril de 1956, que quedaban sin vigencia las controvertidas modificaciones de 1949 a la Constitución Nacional. Por más de un año la Proclama no había tenido otro soporte legal que el de un decreto. Hardoy contribuyó, con la mayoría de sus compañeros de bloque, a asestar el golpe final a la convención de 1957. Esta se prolongó por más de dos meses. Ratificó no sólo la vigencia de la Constitución de 1857/60; sancionó, además, el artículo 14 bis, de derechos sociales, y facultó al Congreso de la Nación a dictar los códigos del Trabajo y Seguridad Social. Si Hardoy estuvo a la cabeza de quienes se retiraron intempestivamente de aquella convención y resultó ser, por añadidura, uno de los protagonistas de la ruptura del Bloque Centro, fue por su acendrada condición conservadora. Por contraste, cuatro convencionales de su bloque optaron, en nombre de consignas liberales, por permanecer en el recinto. Todavía por aquellos años el liberalismo expresaba, en la nomenclatura política argentina, algo menos estrecho que un compromiso dogmático con la libertad de mercados, pero más amplio y más próximo a las tendencias progresistas que se vinculaban en el pasado con Mayo, con Caseros y habían sido defensoras de la República Española. Se quedaron González Bergez (Buenos Aires), Belgrano Rawson (San Luis) y Aguirre Cámara y Mercado (ambos cordobeses). “Nos fuimos de la convención -dijo Hardoy- para no convalidar con nuestra presencia algunos de los proyectos de estatización de la economía, de reforma agraria o de privación para las provincias de sus riquezas naturales que abundaban en la Comisión Reformadora de la convención”. Poco después de que los conservadores abandonaran Santa Fe, la convención se desplomó con el concurso de los radicales que respondían al ex gobernador de Córdoba Amadeo Sabbatini.
El coraje de pedir perdón
Emilio Hardoy había nacido en 1911 en la Capital Federal. Por años de afincamiento se sentía vecino de Lomas de Zamora y de Adrogué. El primer Hardoy en llegar a estas tierras había sido un vasco francés. El padre había sido amigo de Hipólito Yrigoyen, a quien el inolvidable “Coco” convocaba en los recuerdos por el apelativo de “El Peludo”. A no ser por las dos veces que fue, siendo muy joven, comisionado municipal de Saladillo y San Martín, Hardoy estuvo apartado de los cargos administrativos. Fue lector voraz, sobre todo de temas históricos y, en particular, del género biográfico, por el que transitó su pluma privilegiada. Abordó, entre otras, las vidas de Adolfo Alsina, Carlos Pellegrini, Rodolfo Moreno -caudillo bonaerense a cuya esfera de atracción perteneció-, Trotski, Palmerston, Spengler, Einstein. “Las auténticas memorias -observó- siempre tienen como sustrato a la acción. Las meditaciones filosóficas, las hipótesis científicas, las ideas puras, no pueden trasvasarse al odre de las memorias, que necesariamente hay que llenar con hechos y conflictos de los que derivó el curso de los acontecimientos: la teoría de Einstein sólo fue historia cuando se convirtió en bomba atómica”.
Hardoy tenía coraje suficiente para contradecir, sin temor al escándalo o la maledicencia, el hábito complaciente de afirmar, sin reservas, que “el pueblo nunca se equivoca”. “Claro que se equivoca”, afirmaba dentro de la línea argumental en la cual podemos decir que todos, absolutamente todos, nos equivocamos, y caemos en el error innumerables veces, porque la imperfección se atenúa o se agrava con los años según los casos, pero nunca desaparece. Es congénita a la naturaleza humana. Era, pues, el hombre indicado para pedir perdón histórico, en nombre del conservadorismo argentino, por los fraudes electorales cometidos entre 1930 y la revolución de 1943. En 1992, poco antes de su muerte, invitado a participar de un acto en recordación de Marcelo T. de Alvear, se hizo cargo del agravio que había cerrado, en las elecciones nacionales de septiembre de 1937, el paso al poder a quien ya había prestado valiosos servicios a la República, en la década del veinte, como presidente de la Nación. “Ese fraude electoral -reconoció- fue un acto de locura y, más que eso, un crimen político que pagamos allanando el camino al advenimiento de la dictadura totalitaria”. Fue más allá todavía. “La patria -dijo- no perdonará el crimen político de los conservadores ni la dictadura de Perón ni el asalto de los centuriones al poder ni tampoco los errores y fracasos de los gobiernos radicales. Todos tenemos que confesar nuestras culpas”. En El racionalismo en la política, de Michael Oakesshott, se halla un retrato clásico del político conservador. Se diría que fue hecho a medida de Hardoy: “Ser conservador -escribió el pensador británico- es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica”. Lo indignaba oír hablar de una supuesta ideología conservadora. El conservadorismo es pragmatismo puro, reconvenía Hardoy, pragmatismo asentado sobre dos o tres grandes principios fundadores y que actúa con la voluntad de ser factor de equilibrio social, de culto de la tradición, de estímulo a la iniciativa privada y a la creación de riqueza al servicio de la prosperidad general. Lejos estaba, pues, de las ideologías, esas asociaciones de creencias muchas veces fortificadas, se ha hecho notar, en la petulancia de quienes las imaginan.
Fuente:
http://www.lanacion.com.ar/873183-emilio-hardoy-la-estirpe-de-un-conservador |
| Rodolfo Moreno. |
Por Lucio Pérez Calvo y Sebastián María Steverlynck
Pocas figuras del quehacer político nacional han tenido la integridad moral y formación intelectual que tuvo el doctor y catedrático don Rodolfo Moreno, quien fue el último gobernador conservador de la provincia de Buenos Aires, en la década de 1940, partido político otrora poderoso y del que hoy sólo existen unos cuarenta comités en toda la Provincia, incluyendo su histórico bastión del partido bonaerense de Lobos.
El doctor Rodolfo Moreno nació en Buenos Aires, el 20 de marzo de 1879, y fue bautizado el 4 de octubre de ese año, en la iglesia de San Nicolás de Bari. Fue su padre Rodolfo Moreno Montes de Oca, nacido en Santiago de Chile (aunque argentino por opción), el 26 de mayo de 1852; ingeniero civil por la Universidad de Buenos Aires, ejerció, durante años, como catedrático titular de matemáticas superiores en la facultad de Ingeniería, así como de álgebra y cálculo diferencial e integral en la universidad de La Plata, donde fue decano de dicha facultad.
Como ingeniero, Moreno Montes de Oca mensuró campos en los antiguos territorios nacionales y realizó importantes obras, como el puente sobre el río Luján que fue reemplazado en 1935 y que llevó su nombre; fue director de los ferrocarriles de la provincia de Buenos Aires, diputado en la Legislatura provincial de 1883 a 1891, presidente de la Cámara de Diputados en 1888, y ministro de Hacienda y de Obras Públicas de la provincia de Buenos Aires, durante la gobernación de Costa. Falleció en Buenos Aires, el 18 de marzo de 1929.
Y su madre fue Rosalina da Rocha Miró, nacida en Río de Janeiro, Brasil, el 5 de octubre de 1856 (hija de Joaquín Pedro da Rocha da Cunha, nativo de Río de Janeiro, cónsul general del Brasil en Buenos Aires, y de Rosa Amelia Miró de Freitas, también brasileña), y fallecida en Buenos Aires, el 7 de agosto de 1956. Los padres de Moreno se casaron en la ciudad capital argentina, el 28 de julio de 1877.
Rodolfo Moreno (hijo) se educó en Buenos Aires y, terminados sus estudios secundarios, egresó como abogado de la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en el año 1900, obteniendo ese mismo año el doctorado en jurisprudencia por la misma casa de altos estudios, con una tesis titulada "Proteccionismo industrial" . Ejerció muchos años como profesor de literatura en el colegio Nacional de La Plata, siendo más tarde profesor titular de derecho civil en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, miembro del Consejo Académico y secretario de la misma facultad y profesor titular de derecho penal en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Fue miembro, también, de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales, entre otras instituciones académicas de las que formó parte.
Incorporado al mítico partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, tuvo una actividad política brillante, siendo electo diputado nacional por dicha provincia durante cuatro períodos consecutivos; fue ministro de Obras Públicas bonaerense en 1913-1914, ministro de Gobierno en 1914 y 1934, secretario de la Procuración General de la Suprema Corte provincial y representante letrado de la Provincia en la Capital Federal.
En 1931, fue designado ministro interino de Hacienda, para ser, luego, presidente de la comisión de Reforma Constitucional de la Convención Constituyente de la Provincia (1934), y presidente de la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones Civiles (1935-1938). Posteriormente, aceptó el cargo diplomático de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Japón, donde estuvo destinado en 1939-1940, en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial.
Vuelto a la Argentina, fue electo, en 1941, gobernador de la provincia de Buenos Aires, cargo que ejerció hasta 1943, destituido por el golpe militar de ese año. Como gobernador, fue promotor de numerosas obras públicas de importancia; entre ellas, la ejecución de un plan completo de construcciones carcelarias, designando a Roberto Noble, futuro fundador del diario "Clarín", como ministro de Gobierno.
Paralelamente a su actividad política, fue un destacado académico y publicista, por cuyas obras fue incorporado como miembro por la Academia de Ciencias Sociales y Políticas de Filadelfia y la Academia de la Historia de Illinois, ambas de los Estados Unidos. Entre sus libros, se encuentran El problema penal, La ley penal argentina, Enfermedades de la política, La ley de seguridad social, El derecho de la mujer, Los tribunales de la costa sud, La cuestión democrática, y El Código Penal y sus antecedentes (7 tomos).
Si bien todas sus obras son destacables, merece un capítulo aparte El problema penal , que data de 1933, en la que enumera las problemáticas delictuales de su tiempo, que son de novedosa actualidad, las que emanan, según su criterio, de "los focos de mala vida", explayándose sobre ciertos criterios de los criminales y sus organizaciones, contra quienes, dice, debe existir una defensa constante y enérgica, enumerando entre los elementos tolerados, consentidos o estimulados los "guapos de profesión, los batidores, la trata de blancas y jugadores de oficio".
En ese mismo libro, traducido a varios idiomas, afirma que, para poder destruir las organizaciones criminales y producir el saneamiento social de sus miembros, es necesario chocar con muchos intereses creados, pero la nobleza y utilidad de su propósito justifica el empleo de toda la energía precisa para atacar el mal en sus raíces: "no se podrá intentar con éxito la defensa completa de la sociedad mientras no se extirpen los focos verdaderos de la enfermedad".
Otro comentario que resulta de interés lo da sobre los profesionales de la política: "debido a la incultura de malas prácticas, el matón profesional suele jugar un rol importante en los partidos políticos que disputan el predominio electoral; este guapo de comité es un sujeto que no trabaja, no sabe hacerlo, no tiene profesión, y vive acompañando a los caudillos". Personajes que, lamentablemente, siguen existiendo en la actualidad (denominados "punteros") y continúan proyectando fechorías a sus adversarios y gozando de completa inmunidad.
Otro tipo delictual analizado en su obra es el "batidor", como se denominaba al sujeto que delataba ante funcionarios policiales a sus compañeros de actividades ilegales, así la policía, por medio de sus confidentes, monitoreaba los movimientos de individuos a quienes se sindicaba como peligrosos. Moreno lo reprueba como procedimiento de custodia social, ya que "este contacto fraterno de la policía con los exponentes de mala vida es más probable que pervierta a los primeros que reforme a los segundos".
Y también se adelanta con la llamada "trata de blancas", hoy denominada prostitución, en cuanto considera que constituyen un peligro social las organizaciones dedicadas a ello, no sólo como una "lacra", sino como una incubadora para toda clase de delitos que siempre se hallan presentes en los episodios de bajo fondo.
Don Rodolfo Moreno falleció en Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1953. Había estado casado con Emilda Flores Levalle, con quien no tuvo hijos.
Fuente:
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| Arturo Jauretche en la apertura de la Sucursal Merlo del Banco Provincia. |
Por Sandro Olaza Pallero
Arturo Martín Jauretche, abogado, escritor y militante del revisionismo histórico, nació en Lincoln (Buenos Aires) el 13 de noviembre de 1901 y falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 1974.
En 1924 inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde formó parte del Centro de Estudiantes y en 1932 se graduó de abogado.
Fue miembro de la Comisión Directivadel Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas en las décadas de 1950 y 1960. Ocupó el cargo de vocal y brindó innumerables conferencias en la sede de dicha institución y de filiales y centros rosistas del interior: El derecho público en la vida del pueblo y en la doctrina (1964) y ¿Será un don de Familia? (1969).
La conferencia dada por Jauretche el día 20 de agosto de 1959 en el local del Instituto Juan Manuel de Rosas fue comentada en su Revista (1960): “El jueves 20 del mismo mes un viejo luchador don Arturo Jauretche se refirió ante un público que colmaba la capacidad del local y rebasaba a otras dependencias y a la calle, al tema La Falsificación de la Historia, base de la Política Antinacional. Señaló la necesidad de la Oligarquía Antinacionalde fundar su política contraria a los intereses del país en una historia falseada y sin atributos emocionales. Refirióse a la importancia de la labor que desarrolla el Instituto Juan Manuel de Rosas en el esclarecimiento de la verdad histórica y la necesidad de difundir esa verdad histórica por todo el ámbito de la Patria. Sudisertación fue ruidosamente aplaudida en varios de sus pasajes y a su término el orador, ovacionado, fue objeto de numerosas demostraciones de afecto por parte de los asistentes”.
En la comida de camaradería del Instituto Rosas realizada el 15 de septiembre del mismo año, donde se conmemoraba el 21º aniversario de su creación, ante una concurrencia de 1.500 asistentes, el vicepresidente Alberto Contreras se refirió a la obra de los ex presidentes y distinguió a varios socios entre ellos Oscar Suárez Caviglia, Ernesto Palacio, Juan Oscar Ponferrada, Leonardo Castellani, Ignacio B. Anzoátegui, Ricardo Caballero, Alfredo y Jorge Ortiz de Rozas, Diego Luis Molinari, Raúl Roux, Raúl de Labougle y Arturo Jauretche.
El 7 de octubre, Jauretche también se refería al tema mencionado precedentemente en la localidad de Junín, en un acto organizado por la Comisión provisoria de la filial del Instituto Juan Manuel de Rosas de dicha localidad llamado “Fuerte Federación”. Este evento se llevó a cabo en el local de la Unión ObreraMetalúrgica: “ante una concurrencia de obreros, estudiantes, profesionales, dirigentes políticos y gremiales y mujeres. El Dr. Jauretche hizo un análisis de cómo las fuerzas de la antinación necesitan de una historia falsificada para fundamentar su política a espaldas de las necesidades del país. Muy aplaudido por la concurrencia, el Dr. Jauretche fue objeto de varios agasajos antes de su vuelta a la capital”.
Jauretche en su Política nacional y revisionismo, en base a los apuntes de las conferencias mencionadas anteriormente, destacaba la falsificación de la historia y el papel de los historiadores revisionistas, quienes con una nueva mentalidad impulsarían la recuperación de los valores tradicionales que el liberalismo había intentado destruir:
“Los historiadores revisionistas tuvieron que unir su capacidad investigadora para penetrar en la oscuridad y ocultación organizadas, una gran conducta, porque debieron afrontar el sistema de la intelligentzia que así premia con el prestigio y la difusión a los serviles de la falsificación, castiga con el anonimato o la injuria al verdadero historiador…Para perjudicar a Perón lo identificaron con Rosas. Y Rosas salió beneficiado en la comprensión popular. Caseros se identificó con septiembre de 1955 y los vencedores con los gorilas…La historia falsificada fue iniciada por combatientes que, en el mejor de los casos, no expresaron el pensamiento profundo del país; por minorías que la realidad de su momento rechazaba de su seno y que precisamente las rechazaba por su afán de imponer instituciones, modo y esquemas de importación, hijos de una concepción teórica de la sociedad en que la que pesaba más el brillo deslumbrante de las ideas que los datos de la realidad; combatientes a quienes posiblemente la pasión y las reacciones personales terminaron por hacer olvidar los límites impuestos por el patriotismo para subordinarlos a intereses foráneos que, estos sí, tenían conciencia plena de los fines concretos que perseguían entre la ofuscación intelectual de sus aliados nativos”.
Bibliografía:
Chávez, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de Peronistas de la Cultura, Theoría, Buenos Aires, 2003, I.
Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 20, 1959.
Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 21, Primer trimestre 1960.
Jauretche, Arturo, “El derecho público en la vida del pueblo y en la doctrina”, en Revisión nº 12, Diciembre de 1964.
Jauretche, Arturo, “¿Será un don de Familia?”, en Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas nº 7, Octubre-Noviembre de 1969.
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| José Hernández. |
Por Francisco José Pestanha*
Deseo expresar ante todo un profundo agradecimiento embajador Carlos Piñeiro Iñiguez por la invitación cursada, al veterano de guerra César Trejo y congratularme además con las autoridades del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), por incorporar a este ciclo la cuestión Malvinas.
Constituye un especial privilegio para quien les habla la oportunidad de dirigirme a las mujeres y a los hombres sobre quienes -en un futuro no muy lejano- recaerá la responsabilidad de establecer las bases, construir las relaciones, diseñar las estrategias y determinar los fundamentos de una Argentina, que en pocas décadas, se consolidará como estado “bicontinental” antártico-americano, y cuya superficie marítima abarcará más del 50 por ciento de su territorio. Asimismo manifiesto públicamente el regocijo que me provoca compartir ambas jornadas con futuros diplomáticos de otros países iberoamericanos -quienes anhelo- acompañen esta aspiración argentina, ya que la transformación geopolítica de nuestro país redundará en beneficio de la región en su conjunto.
Reflexionaremos en ambos encuentros sobre algunos aspectos vinculados a lo que denominamos “Causa Malvinas”, tópico medular si los hay en materia de relaciones exteriores para nuestro país. Ambas disertaciones estarán acompañadas con la proyección del documental “Malvinas: Viajes del Bicentenario”, producido por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas, y dirigido por el prestigioso documentalista Julio Cardoso.
A modo de advertencia preliminar, corresponde precisarles que todas y cada una de las reflexiones de las que daré cuenta a continuación, se enmarcan en una modalidad epistemológica que autores como el escritor y pensador argentino Fermín Chávez han denominado como “Pensamiento Nacional”, modalidad que a su saber constituye toda una “epistemología de la periferia” y que ya posee más de 150 años de tradición en nuestro país.
Hago mención a tal circunstancia, ya que bajo ningún concepto aspiro a que mis expresiones sean entendidas como emanadas desde un “Olimpo de objetividad”. Tal hecho para nosotros constituye un “imposible teórico” en virtud de que, en cierto sentido, todos los seres humanos de alguna forma somos “prisioneros de nuestra propia subjetividad”. Mientras mi propia subjetividad está en juego al dirigirme a ustedes, intentaré que la honestidad se constituya en norte de mis reflexiones y mis afirmaciones.
Como he sostenido en alguna oportunidad, la modalidad del pensar a la que adherimos nos enseña, entre otras tantas cuestiones, que “los pueblos que han sido sujetos a total o parcialmente a improntas coloniales, suelen generar en forma natural sus propios modos o mecanismos de resistencia entre los cuales podemos encontrar:
I) La cultura popular.
II) La puesta en práctica de modalidades epistemológicas alternativas como el caso propio del “Pensamiento Nacional”.
III) Las causas con un nítido sentido unitivo o causas unitivas o nacionales, las que por su contenido identitario, por su poder convocante o, por su significación histórica, contribuyen a la autoafirmación con respecto a un otro.
En este último tópico incluimos la causa Malvinas que hoy nos convoca.
En orden a lo expresado precedentemente, las conclusiones, que expondré a continuación reflejan el producto de arduas jornadas de labor reflexiva, y constituyen una de las tantas miradas que recaen sobre el conflicto acontecido en 1982. No pretendo entonces presentar aquí “verdades absolutas” sino dar cuenta de algunos aspectos que componen una particular visión sobre la guerra y la post guerra y sus consecuencias. Quedará para cada uno de ustedes, de acuerdo a su sano criterio, el desafío de procesar lo que aquí se relate, y en su caso, extraer alguna conclusión al respecto.
Como me han señalado los responsables académicos del Instituto, en el marco de este seminario se han tratado aspectos históricos, jurídicos y diplomáticos vinculados a la cuestión Malvinas. Portal motivo me limitaré a referenciar aquellos hitos de las relaciones argentino-británicas que para nosotros acreditan fehacientemente que el Reino Unido de la Gran Bretaña, por diferentes razones históricas políticas, económicas y geopolíticas, ha demostrado poseer “intereses permanentes en la región”, y que tales intereses, se han ido exteriorizado durante un considerable lapso de tiempo a través acciones de índole militar unas veces, y otras, mediante sutiles acciones diplomáticas y operaciones de índole económico y financiero. Legendarios textos de Raúl Scalabrini Ortiz, Julio y Rodolfo Irazusta, José Luis Muñoz Azpiri y José Luis Torres, se instituyen en referencias bibliográficas necesarias, y los de Enrique Oliva, José Luis Muñoz Azpiri (h) entre otros tantos, nos entregan visiones actuales para reforzar tal hipótesis.
Constituyen para nosotros datos históricos plenamente acreditados que cuanto menos a partir del año 1765, los británicos comenzaron a incursionar en la región sur continental, y que en el marco de tales irrupciones, se incluyeron estudios geológicos, cartográficos, biológicos, antropológicos, etc., es decir una verdadera labor de “inteligencia”.
Es otro dato indubitable que en 1833 ocuparon por la fuerza el archipiélago y que además, las acciones militares de los ingleses no se circunscribieron a aquel episodio ni a esa particular región del país, sino que tal ocupación estuvo precedida –en lo que constituye nuestra actual geografía- por dos intervenciones militares (invasiones) en 1806 y 1807, y posteriormente, entre 1845 y 1850, junto a los franceses en un bloqueo que intentó violentar nuestra soberanía a través de una ilegítima incursión nuestros ríos interiores.
Entre otros hitos para comprender integralmente la magnitud de tales relaciones, podemos enunciar el pacto suscripto con la Baring Brothers en 1824, la consolidación a partir de 1860 del Reino Unido como principal comparador de materias primas argentinas (estableciéndose así un sistema semicolonial), circunstancia ratificada en medio de la crisis de 1930 apartir de la suscripción 1833 del ignominioso pacto Roca Runciman. Presupongo que ustedes, todos profesionales, conocen estas circunstancias con precisión por cuanto me limito aquí sólo a lo mencionarlas.
Tomando en consideración lo expuesto nos inclinamos a sostener que toda la historia de las relaciones bilaterales entre ambas naciones se operó en un marco de alternancia entre operaciones de inteligencia, conflictos militares y acuerdos diplomáticos y económico-financieros, dejando especialmente la incógnita para futuros historiadores y por qué no para futuros diplomáticos, el abordaje de las circunstancias que fundamentaron la suscripción de los tratados de Madrid y Londres de 1989 y 1990 y sus efectivas consecuencias en el posterior devenir del país. El estudio de tales acuerdos, es probable, pueda despejarles algunas dudas respecto a las circunstancias por las que atravesó el país durante la década 1999-2001. Eso sí, les anticipo que deberán sortear bastantes escollos, algunos vinculados al secreto de Estado.
Mediante esta apretadísima síntesis, he intentado dar cuenta de que, para a nuestro modo de observar los acontecimientos históricos, las relaciones bilaterales entre ambos estados se extienden hacia el pasado como un proceso que merece abordarse en su integridad, y que, tales relaciones, pueden perfectamente caracterizarse como “desiguales” en razón de haberse instituido entre una potencia que otrora constituyó un poderoso imperio y un país considerado “periférico”. A esta altura sólo la necedad puede negar el hecho concreto y específico de la existencia de un orden internacional caracterizado por relaciones desiguales del poder, circunstancia perfectamente aplicable a nuestra relación con los británicos.
A partir de las consideraciones precedentes e involucrándonos específicamente en la cuestión que atañe a estos encuentros, sostenemos como primera conclusión que bajo ningún concepto el acontecimiento bélico operado a mediados de 1982 puede ser abordado y analizado por fuera de la historia de las relaciones desiguales de poder existentes entre Gran Bretaña y la Argentina. El conflicto armado constituye un episodio más en la historia de las relaciones entre ambos estados. Les aclaro que recurro al concepto de desigualdad para dar cuenta de que las mismas nunca fueron encuadradas en un marco de reciprocidad mutua, y menos aún de igualdad.
Para el Pensamiento Nacional la cuestión Malvinasconstituye un aspecto central y en ese orden de ideas, bien vale recordar aquella advertencia formulada por José Hernández en un artículo publicado en El Río de la Plata en el mes de noviembre de 1869. Pertinente resulta enunciar que, si bien Hernández es conocido popularmente como el “poeta” autor del “Martín Fierro”, nos encontramos ciertamente ante un “hombre político” que dedicó parte sustancial de su existencia a la lucha, participando activamente en acciones que abarcan desde su integración a las huestes del caudillo entrerriano Ricardo López Jordán, hasta su desempeño como Ministro de Hacienda en la Provincia de Corrientes y como legislador en la Provincia de Buenos Aires.
A tal fin, voy a tomarme la licencia de leer textualmente un fragmento de ese artículo, rogándoles presten especial atención a los dos últimos párrafos del mismo.
Opinaba en aquel tiempo Hernández:
“… Se concibe y se explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquiete su existencia futura, como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne. La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.
Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita del aire para libre expansión de nuestros pulmones. Absorberle un pedazo de su territorio, es arrebatarle un derecho, y esa injusticia envuelve un doble atentado, porque no sólo es el despojo de una propiedad, sino que es también la amenaza de una nueva usurpación. El precedente de injusticia es siempre el temor de la injusticia, pues si la conformidad o la indiferencia del pueblo agraviado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo, o de usurpación?
El pueblo comprende o siente esas verdades, y su inquietud es la intranquilidad de todos los pueblos que la historia señala como víctimas de iguales atentados. Allí donde ha habido un desconocimiento de la integridad territorial, hemos presenciado siempre los esfuerzos del pueblo damnificado por llegar a la reconquista del territorio usurpado…”
Si bien los párrafos que acabo de leer en su versión original aparecen incluso en un artículo periodístico, el texto constituye una de las primeras reclamaciones de carácter político vinculadas a la usurpación británica de nuestras Islas, y digo político, ya que emana de la pluma de un hombre que, como ya indicamos, consagró su vida a ese quehacer.
Habiéndoles advertido que la cuestión Malvinasya en tiempos de Hernández era objeto del pensar de uno de nuestros autores más distinguidos, analizaré, desde esta particular perspectiva, alguna de las circunstancias más atrayentes de la posguerra de 1982.
Especial interés revista para el Pensamiento Nacional la aparición, a partir del cese de hostilidades operado el 14 de junio de 1982, de un componente que parte de la literatura política ha denominado “desmalvinización”. Cuando nos referimos a la desmalvinización, hacemos alusión a un dispositivo que, como enseña Gustavo Cangiano, estuvo orientado a deshistorizar la guerra “…hasta degradarla al nivel de un capricho de un puñado de oficiales, a quienes se presentó movidos por una enfermiza sed de poder y de gloria”. Para este autor, deliberadamente “se desligó el conflicto de una reivindicación nacional histórica de 150 años contra una de las potencias coloniales más crueles y agresivas de los últimos 3 siglos”.
Algunos autores atribuyen al intelectual francés Alain Rouquié la conceptualización de tal dispositivo a partir de opiniones y recomendaciones vertidas por este autor en una entrevista efectuada por Osvaldo Soriano para la revista Humor, creo, en su edición número 101 de marzo de 1983. Allí el entrevistado sostuvo:
“Quienes no quieren que las Fuerzas Armadas vuelvan al poder, tienen que dedicarse a ‘desmalvinizar’ la vida argentina. Eso es muy importante: desmalvinizar. Porque para los militares las Malvinas serán siempre la oportunidad de recordar su existencia, su función y, un día, de rehabilitarse. Intentarán hacer olvidar la ‘guerra sucia’ contra la subversión y harán saber que ellos tuvieron una función evidente y manifiesta que es la defensa de la soberanía nacional [...] Malvinizar la política argentina agregará otra bomba de tiempo en la casa Rosada”.
No obstante lo erróneo del diagnóstico de Rouquie, ya que concentró la cuestión Malvinas en lo castrense, ignorando la causa que persigue el pueblo en su conjunto, es de nuestra opinión que tal dispositivo (el de desmalvinización) fue concebido y puesto en marcha, inclusive días antes del cese de hostilidades, e impulsado ex profeso por la conducción cívico-militar y por las elites comprometidas con el régimen dictatorial de entonces.
Cuando enuncio el término elites, hago referencia aquella superestructura político-cultural, académica y mediática, enquistada en el poder de entonces, que intentó -por diversas razones y desde diferentes perspectivas ideológicas y conceptuales- deshistorizar, obliterar y descontextualizar toda referencia o apelación al conflicto que no fuera funcional a esa estrategia desmalvinizadora. Lo expuesto no implica que en la concepción de este dispositivo haya existido alguna posible “participación” externa, pero nos inclinamos a pensar que el mismo encontró fundamento inicial en una reacción interna inducida por aquellos sectores económico-financieros que aspiraban al restablecimiento de status quo anterior al 2 de abril.
En alguna oportunidad sostuve que la desmalvinización no comenzó con las ideas de Rouquié. Las condiciones en las que regresaron nuestros soldados al continente dan cuenta de que este dispositivo fue puesto en marcha inmediatamente después del cese de las hostilidades y tal vez concebido e inducido tiempo antes. La idea de "desmalvinizar" giraba ya en las mentes del poder, y la opinión de un "prestigioso" intelectual europeo sólo sirvió para reforzar cierta argumental.
Si bien la desmalvinización constituyó un dispositivo emanado desde la superestructura, su éxito relativo contó ciertamente con la apoyatura de algunos factores de índole sociológicos que nos comprenden e identifican como sociedad. Es evidente que nuestra comunidad no posee un “ethos” guerrero, y que la guerra en los términos en los que se produjo la de 1982, guardaba cierta relación de ajenidad con nosotros constituyendo, tanto sus circunstancias como sus consecuencias, hechos altamente traumáticos. Además la inédita ferocidad de la dictadura y necesidad de eyectarla del poder pusieron en segundo plano la cuestión reivindicativa y en primer plano la lucha por la recuperación institucional.
Se coincida o no con aquellas postras que emplean categorías de la psicología individual proyectándolas a las entidades sociales, es cierto que el sentido común nos indica que el dispositivo desmalvinizador en vez de contribuir con un adecuado procesamiento de la convulsión traumática generada por la guerra, ha dejado huellas profundamente negativas, ya que a través de una contradictoria apelación al olvido ha tendido un manto de opacidad sobre procesos y acontecimientos sociales altamente significativos para nuestro país, obstaculizando así un adecuado tránsito reconstructivo. En virtud del poco tiempo que resta, si a alguno de ustedes les interesa profundizar sobre este aspecto, pueden fácilmente buscar en internet un texto que publiqué hace unos años bajo el titulo ¿Otra mirada sobre Malvinas?
La desmalvinización constituyó, entonces, un dispositivo ejercido desde el poder con el objetivo de deshistorizar la guerra por las Malvinas eliminando del relato y del análisis todo vestigio del acontecimiento bélico que pudiera contribuir a fortalecer la causa histórica que representa nuestra reivindicación por las Islas.
Cabe ahora interrogarse respecto a ¿cuáles podrían constituir las razones para que este dispositivo fuera considerado y luego puesto en marcha?
I.- En primer lugar la derrota en el campo militar, a mi criterio, representó una razón de fundamento para ocultar lo acontecido en las Islas. La herida producida por el fracaso, sumada a la decadencia manifiesta por la que transitaba el régimen tirano de entonces, constituyeron per se las razones de peso para desmalvinizar. En cierto sentido la derrota militar fue una gran derrota política.
II.- La necesidad de impulsar lenta y sistemáticamente el restablecimiento de las relaciones bilaterales entre ambos estados para luego sentar las bases para determinar las condiciones reales y efectivas del cese de hostilidades.
III.- La necesidad de restablecer el sistema de intereses económicos y financieros de los británicos en la región.
IV.- La necesidad de neutralizar un espíritu y la conciencia nacional que había podido expresarse a partir del 2 de abril.
V.- La necesidad de impedir la rehabilitación de las fuerzas armadas tal lo recomendado por Rouquié.
Estas, entre otras, pueden haber sido las razones que impulsaron este dispositivo, que en términos generales constituyó lo que podríamos definir como un discurso hegemónico.
-Los discursos sobre Malvinas-
El dispositivo desmalvinizador presupuso, obviamente la construcción de un discurso que, con el tiempo y reconozco, con matices, fue instituyéndose como hegemónico. Un discurso que, al deshistorizar, obliteró y descontextualizó acontecimientos y componentes altamente significativos para nuestra historia, para nuestro presente y para nuestro futuro.
A través del discurso desmalvinizador se denostó desde la oportunidad hasta el método utilizado para intentar recuperar lo que por derecho nos pertenece, negando todo intersticio para intentar recuperar siquiera aquellos aspectos significativos y prominentes del conflicto entre los que se encuentran valerosas intervenciones de nuestros soldados y episodios de una épica notoria. El discurso desmalvinizador en cierto sentido pretendía y aún pretende una clausura sobre el tema.
La construcción de un discurso hegemónico desmalvinizador estuvo sustentado en una dicotomía muy presente en la historia argentina “civilización y barbarie”, donde la inversión “los bárbaros somos nosotros y los civilizados los otros” implicó un menoscabo integral a lo propio. En el caso particular de la guerra de Malvinas se llegó a extremos en donde desde algunos medios y sectores intelectuales locales se festejó la derrota como una contribución de la “civilización” para con la “barbarie”.
El discurso desmalvinizador se asentó entre otros aspectos en:
I) La deshistorización del conflicto por Malvinas y el ocultamiento de la existencia de relaciones bilaterales desiguales entre ambos estados.
II) El desconocimiento del protagonismo de nuestros soldados a partir de su victimización.
III) La negación de acontecimientos épicos protagonizados por nuestras tropas, la negación de la condición de héroes de nuestros caídos, y de aquellos combatientes que en el conflicto adoptaron conductas extraordinarias.
IV) El desconocimiento a pertinaz reclamación y labor de los familiares y la falta de apoyo para sus actividades, entre las que se encuentran la realización de más de 20 viajes, la inauguración del monumento ahora erigido en Darwin y cientos de actividades y conferencias negadas por la gran prensa.
V) La asimilación de la “causa Malvinas” a la Dictadura.
Podría continuar con la enumeración pero el breve tiempo que me resta me impide enunciar otros componentes del discurso desmalvinizador, y además, profundizar sobre cada uno de ellos. En tal sentido aclaro que la enumeración realizada no es taxativa, y que cada uno de los puntos merece un tratamiento y atención especial.
El Pensamiento Nacional al hacer especial hincapié en el rol que desempeña la cultura en la configuración de estrategias de resistencia que los pueblos periféricos motorizan para trazar su propio itinerario, pone especial énfasis en la respuesta popular. Si bien, como señalamos anteriormente a partir del cese de las hostilidades y desde “arriba hacia abajo”, fue impulsándose un dispositivo desmalvinizador que en uno de sus aspectos se configuró como discurso hegemónico, desde “abajo hacia arriba” a la vez fue germinando un discurso contra-hegemónico malvinizador, que hoy comienza a impulsar un cambio de paradigma en la reflexión sobre la cuestión Malvinas, y que además se ve reflejado en acciones políticas y diplomáticas concretas.
El acompañamiento de la Presidenta de la Nación a los Familiares con motivo de la inauguración del Monumento de Darwin, las pertinentes y persistentes reclamaciones argentinas, la inclusión del reclamo en la agenda regional, la referencia en los discursos a la palabra héroe, dan cuenta de una transformación que viene operándose. No de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba.
Lo realmente significativo, mis estimados y estimadas, es que este contra-discurso, provino del propio pueblo, quien a través del tiempo fue homenajeando a sus héroes mediante la construcción de monumentos, imposición de sus nombres a las calles, plazas, escuelas, adoratorios. Como enseña Rodolfo Kusch; “cuando un pueblo crea sus adoratorios, traza en cierto modo en el ídolo, en la piedra, en el llano o en el cerro su itinerario interior”. Uno podría agregar que cuando el pueblo crea sus adoratorios, también va trazando su futuro.
Nuestros estudios y observaciones advierten que la causa Malvinas y sus protagonistas constituyen tal vez el mayor objeto de recuerdo y homenaje en el país. Desde el poblado más pequeño, hasta la ciudad más numerosa encontramos cada vez más homenajes no solamente a los caídos, sino a la causa en sí misma y es a partir de este fenómeno que un cambio está operándose en la superestructura.
En el marco de ese reconocimiento debemos mencionar especialmente la persistente actitud de:
- Las diferentes agrupaciones de veteranos de guerra y su lucha permanente por la dignidad moral material y por el reconocimiento histórico.
- La actividad desarrollada por los Familiares de Caídos en Malvinas.
Las primeras, es decir, las agrupaciones, orientaron su lucha inicial hacia la conquista de la dignidad material y humana del veterano. Concluida esa etapa comenzó un segundo proceso tendiente hacia la recuperación del sentido histórico por el que fueron a la guerra, y van por su reconocimiento histórico protagonizando una verdadera batalla cultural.
Los segundos, es decir los familiares, encararon su batallar a fin de obtener el reconocimiento histórico de sus hijos y a través del sentido de su sacrificio.
Si bien ese discurso contra-hegemónico comenzó en el campo de la acción concreta a partir de las reclamaciones, nos encontramos en una etapa donde su construcción (del discurso) se está materializando a partir de la elaboración de documentales, muestras, libros, conferencias, obras de teatro como la que proyectaremos en este marco y que revela este cambio en las estrategias
Para dar cuenta de esta evolución en las estrategias y para profundizar algunos aspectos de lo aquí tratado, en el próximo encuentro proyectaremos “Malvinas, Viajes del Bicentenario”, un claro ejemplo de construcción de un discurso contra–hegemónico vinculado a la causa Malvinas. En ese marco les pido una relectura de los dos últimos párrafos del artículo de Hernández que ya advertía en esa época el rol de lo popular en la reclamación por Malinas.
* Conferencia pronunciada en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación el 19 de Setiembre de 2011.
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| Ernesto Palacio. |
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| Marcelo Sánchez Sorondo. |
Por Sandro Olaza Pallero
1. Introducción.
El presente trabajo trata del libro Teoría del Estado, originado en el discurso El realismo político de Ernesto Palacio pronunciado en 1948 en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Se analiza su contenido y su comentario bibliográfico por Marcelo Sánchez Sorondo.
A lo largo del primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón se organizaron actividades académicas en la Facultad de Derecho, con la participación de invitados extranjeros y argentinos que no eran docentes de esta alta casa de estudios.
En 1948 el decano Carlos M. Lascano implementó una encuesta académica sobre la reforma de la Constitución de 1853, donde varios profesores se pronunciaron a favor, otros adhirieron con reservas y algunos apoyaron puntos del proyecto de reforma de Carlos Ibarguren. Respondieron la encuesta, entre otros, Carlos Cossio, Fernando Legón, Ricardo Levene, Ricardo Levene (h), Héctor A. Llambías, Jorge J. Llambías, Carlos Moyano Llerena, Ramiro J. Podetti, Marcelo Sánchez Sorondo y Alfredo J. Molinario.[1] Hans Kelsen realizó una gira por Sudamérica que lo llevó a visitar Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro, entre agosto y septiembre de 1949.[2] Estos acontecimientos se dieron en el contexto de la etapa de la historia de la Facultad que va del año 1947 hasta 1955, donde predomina el sistema instaurado por el peronismo.[3]
2. Datos biográficos de Ernesto Palacio.
Ernesto Palacio nació en San Martín (Provincia de Buenos Aires el 4 de enero de 1900, hijo de Alberto C. Palacio y de Ana Calandrelli. Fue abogado, docente, escritor y periodista. Ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en 1919 y egresó como abogado en 1926.
Como docente fue profesor de Historia Antigua y de Historia Argentina en la Escuela Comercial de Mujeres (1931-1938), de Geografía en el Colegio “Justo José de Urquiza” hasta 1942 y de Historia de la Edad Media en el Colegio Nacional “Bernardino Rivadavia” (1931-1955).
Fue ministro de Gobierno e Instrucción Pública de la Intervención Nacional en San Juan (1930-1931). Se desempeñó como diputado nacional entre 1946 y 1952, donde fue presidente de la Comisión de Cultura (1946-1947).
Codirector junto a Rodolfo Irazusta de La Nueva República(1929-1931). Fundador en 1938 del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde dirigió y colaboró en su revista y fue miembro de la comisión directiva.
Palacio fue uno de los escasos intelectuales que evitó caer bajo la influencia materialista y fue descripto por Leopoldo Marechal como un “triunfante al haber impuesto su mentalidad a todo un mundo”.[4] Falleció a los 79 años el 3 de enero de 1979.
Autor de las siguientes obras:
- La Inspiración y la Gracia (Buenos Aires, Editorial Gleizer, 1929).
- El Espíritu y la Letra (Buenos Aires, Editorial Serviam, 1936).
- Historia de Roma (Buenos Aires, Editorial Albatros, 1939).
- Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma (Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946).
- Teoría del Estado (Buenos Aires, Editorial Política, 1949).
- La historia falsificada (Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1960).
- Historia de la Argentina 1515-1938 (Buenos Aires, Ediciones Alpe, 1954).
3. La Teoría del Estado de Ernesto Palacio.
A mediados de 1948 Palacio pronunció en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires su conferencia El Realismo Político y que fue la base de su libro Teoría del Estado publicado un año después.
Palacio señala que la realidad es la materia de la acción política “pero dentro de ciertos límites, determinados por su índole propia, y obediente a leyes que es preciso conocer”. Esta realidad es cambiante y debe contemplarse en la perspectiva del tiempo como historia. Pero aclara que no es mecánica porque “sus movimientos no son isocrónicos ni fatales, sino inesperados (aunque previsibles dentro de cierta latitud) y dramáticos”.[5] Para Palacio la realidad política es independiente de los sistemas de gobierno y destaca que los tratadistas de ciencia política “nos la muestran preferentemente bajo la forma de sistemas de gobierno sucesivos”. Luego de preguntarse dónde se encuentra el poder y si en la monarquía la ejerce el rey o en las democracias el pueblo, responde que “cualquier observador un poco atento de los fenómenos políticos deberá reconocer que la realidad histórica de los Estados rara vez corresponde a las categorías aristotélicas, y que hay aparentes monarquías absolutas que presentan rasgos acusados de oligarquía, democracias aparentes que son despotismos encubiertos, supuestas tiranías que se caracterizan por la debilidad del titular, instrumento dócil de camarillas militares o plutocráticas”.[6] El racionalismo y el realismo político no dejan de ser mencionados por Palacio quien cita una frase de Pedro Proudhon: “¡Que aprendan esos infelices que ellos mismos serán infieles necesariamente a sus principios y que su fe política es un tejido de inconsecuencias! ¡Y que quiénes tienen el poder, a su vez, dejen de ver, en la discusión de los diferentes sistemas de gobierno, pensamientos facciosos!”.[7] Respecto a la caracterización de la sociedad política critica a Gaetano Mosca que sostiene que una minoría gobierna y una mayoría obedece como el primer principio de la sociedad civil: “¿Puede señalarse en todos los casos quién manda y quién obedece? ¿No es lícito afirmar que los supuestos gobernados muchas veces gobiernan y que los supuestos gobernantes a menudo acatan?”.[8] La realidad estructural de la sociedad política está ejemplificada por Palacio como una relación constante de elementos que “(como la relación del lecho, cauce, corriente y orillas en ejemplo fluvial) constituye la estructura de la sociedad política, del Estado, lo que hace que sea tal sociedad y no otra cosa”.[9] Sobre la naturaleza de la estructura política menciona la clásica pirámide donde hay un poder personal, una clase gobernante y en la base el pueblo. Esta se repite en una monarquía absoluta o constitucional o de un régimen aristocrático, “como el de la república romana, o de una democracia moderna; así entre los abipones y los esquimales como en la España franquista o los Estados Unidos”.[10] Destaca Palacio que si bien la estructura política es inalterable, en la relación recíproca de sus elementos es dinámica y no estática. “Las condiciones de subsistencia de la sociedad política son permanentes. Los regímenes, en cambio, son accidentales y varían de acuerdo con ciertas leyes de la evolución histórica, que la filosofía de la historia trata de precisar”.[11] La sociedad política tiene períodos de estabilidad relativa en la historia “durante los cuales los pueblos trabajan y se engrandecen” y períodos convulsionados “en que la sociedad sufre y se desangra en la discordia civil”. Palacio destaca que el fenómeno revolucionario “puede prolongarse por espacio de generaciones, creando estados de perturbación endémica […] ¿No será la revolución consecuencia de un desequilibrio en el orden natural que trata de restablecerse violentamente, por una especie de imperativo biológico?”.[12] La esencia de la revolución para Palacio “consiste en la suplantación de una clase dirigente por otra, cualesquiera sean los principios que las informen. Haciendo caso omiso de los epifenómenos y de los medios instrumentales de que se hablará más adelante, comparemos los dos tipos más comunes de fenómenos revolucionarios, que son el de la revolución aristocrática contra el despotismo y el de la revolución popular contra la oligarquía. En ambos casos, la acción revolucionaria se define como el movimiento de una minoría encabezada por un caudillo, hacia la conquista del poder. En ambos casos, epifenómeno constante, el pueblo aclama y se adhiere, y el poder se conquista por instrumentos también constantes: fuerza militar o pueblo armado, que es, en sustancia, lo mismo. El caudillo de la minoría revolucionaria se llama Junio Bruto o Cronwell, que abaten la monarquía romana y la inglesa en nombre de la libertad; César o Lenin, que combaten el privilegio en nombre de la igualdad. Es interesante advertir que, no obstante los principios contradictorios que se invoquen, la dosación del poder personal y el minoritario no dependen tanto de los principios como de las personas”.[13] Palacio en su obra Catilina, una revolución contra la plutocracia en Roma menciona que la necesidad de la revolución “debe probarse, y de tal modo que no deje lugar a dudas. Pero como la proposición implícita en aquel enunciado afirma que todo orden legal es bueno mientras tenga probabilidad de subsistir, resulta en consecuencia, que sólo serán justificables las revoluciones triunfantes”. Esto dentro de los argumentos que Cicerón utilizó para desbaratar la revolución catilinaria.[14] La ley también está presente en Teoría del Estado, y Palacio sostiene que la ley –y no sólo la escrita- es una expresión de poder. “Por las exigencias de la estructura política todo poder es limitado […] La ley necesaria, la ley adecuada, la ley benéfica, es una manifestación de voluntad del legislador, en la cual éste obra como intérprete de la colectividad, dentro de los límites que la misma colectividad le marca y que no podrá sobrepasar so pena de no obtener su consentimiento. La ley tiránica, en cambio, es la manifestación de un poder usurpador; provoca las situaciones de tensión…”.[15] Para José Luis de Imaz esta obra fue una crítica a Juan Domingo Perón: “Años más tarde cayó en mis manos La Teoría del Estado de Ernesto Palacio, un magnífico estudio sobre la circulación de las élites, cuyo destinatario final, según se decía, era Perón, quien no acusó recibo de la crítica implícita en el libro. […] Yo por entonces no podía saber hasta qué punto Palacio era recipiendario de Wilfredo Pareto, y Gaetano Mosca, que, aunque citados en sus páginas, recién pude leer años más tarde en una estupenda biblioteca parisina”.[16] Luis C. Alén Lascano destacó a esta obra de Palacio como una de sus grandes creaciones que lo consagraron como uno de los grandes pensadores del país: “Aun cuando no se sintiera acompañado gubernativamente como lo había esperado en los comienzos revolucionarios, Palacio en este período de su vida produjo dos obras de sumo valor intelectual, suficientes para consagrarlo como uno de los grandes pensadores del país. […] Según su propia confesión, este estudio de la ciencia política le convierte en filósofo y busca despertar un renovado interés por el estudio de los problemas teóricos de la política en estos momentos en que la acción se resiente de anemia doctrinaria. Inspirado en los principios de Pollock y Mosca, glosa las ideas de Vico, Sorel y Pareto, en un análisis realista de la política al diferenciar el Estado de Derecho del Estado de Hecho, en lo que algunos críticos quisieron ver la influencia de Maurras”.[17]
4. El comentario de Marcelo Sánchez Sorondo.
La conferencia de Palacio publicada como Teoría del Estado(Buenos Aires, Editorial Política, 1949, 218 páginas) figura entre los libros remitidos a la Facultad de Derecho.[18]Marcelo Sánchez Sorondo realizó el comentario bibliográfico La teoría del Estado de Palacio y las formas de gobierno.[19] Alén Lascano también se refirió a este comentario: “Sánchez Sorondo en una nota bibliográfica aplaudió esta aparición y su apreciación de las élitesnecesarias al pensamiento y la acción de los líderes políticos. Y Jauretche pensaba que, en su brevedad, era lo mejor que se escribió al respecto, por su concisión, su estilo y su impecable argumentación doctrinaria”.[20] Sánchez Sorondo era consejero y profesor adjunto de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
“A cuantos se dedican al menudeo erudito les ha de parecer atrevido el que en someras páginas discurra un pensamiento sobre política. Palacio válese de sus entendederas antes que de autoridades y en el terreno elegido se mueve con la desenvoltura, con la osadía también, de un diletante; ardid de madurez, según presumo, porque hacer el diletante resulta el mejor recurso para eludir la profesión de sabio”.[21] Advierte Sánchez Sorondo que esta obra es un desafío a los ritos docentes: “Esta teoría del Estado, sin entrañas jurídicas, importa un desafío a los ritos docentes con que suelen, tras las consabidas abluciones librescas, paliarse los problemas políticos. Y es de veras plausible que desde un plano de culta experiencia alguien haya emprendido entre nosotros la tarea de rescatar la especulación política de las zonas soporíferas de los tratados. Al fin, los libros más eminentes de política han sido frutos de este tipo de contemplación, si no precisamente desde las alturas desde esas cimas, puestos en las cuales, las mismas alturas no se ven gigantescas y con nitidez que no se tiene en ellas se percibe la perspectiva, el relieve de las cosas”.
Señala Sánchez Sorondo que este trabajo no es un tratado ni una monografía: “Le faltan las piezas del santuario consagrado a los dioses de las fichas, panteón donde yacen los saberes ilustres. Es, sí, un libro antidigestoque prescinde de la instalación ex-cátedra y se lanza en busca de la presa intelectual con la destreza y esa decantada naturalidad propia de las páginas de los humanistas y de las especulaciones de los clásicos. Hasta qué punto las referencias obligadas de erudición han crecido en el transcurso de dos siglos es asunto a resolver pero que no justifica la necesidad de abrumar con su inventario para que sea accesible, verbigracia, la inteligencia del Estado. En todo caso no se ha propuesto el autor hacer un viaje de circunvalación alrededor de las doctrinas estatales, que es la postre la aventura con que en tales materias se acreditan incluso quienes profesan de enemigos del racionalismo y de las luces”.[22] Otra observación es que Palacio al referir el Estado al Estado de hecho consigue reducirlo: “En esta perspectiva realista el Estado recobra su ritmo de consorcio, de agrupamiento humano. Esta es la versión de una república habitada y mortal, antes que la de una organización indiferente, impávida”.
Sánchez Sorondo critica al liberalismo y a Montesquieu que no haya contemplado el sistema mixto en las formas de gobierno: “Quizá la gran inspiración del liberalismo en las postrimerías del Estado absoluto haya sido la forma mixta. Y su gran fracaso no haberla asistido en la vida de los usos […] Sin embargo, resulta curioso que el francés, tan proclive a la temperancia, tan finalmente clásico todavía, no haya registrado el gobierno mixto en su inventario de las formas. Justamente Montesquieu admiraba la constitución de Inglaterra por su cruza política o lograda mezcla de mandos –el rey, el senado, los comunes- de que da cuenta a lo largo del famoso capítulo”.[23] Hay una llamada de atención a Palacio por no incluir en el libro los elementos históricos: “Pues bien, el defecto de este libro, lo que empaña la excelencia de esta ojeada sobre datos reales y casi lo condena a ser demostración por esquema tan clara como superficial, deriva de su absoluta falta de sentido histórico. Palacio, que no considera los fines últimos o primeros principios del regimiento político –los trascendentales de la política-, sino la realidad circunstanciada –el orden político y su circunstancia-, prescinde, sin embargo de la estimativa histórica”.[24]
[1] Véase Encuesta sobre la revisión constitucional, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias de la Universidad de Buenos Aires, 1949. Son significativas las palabras de Ricardo Levene: “La incorporación de las cláusulas modernas de carácter social para asegurar la independencia económica del país, la nacionalización de servicios públicos, y la armonía en el ejercicio de los derechos individuales y la función colectiva del Estado”, p. 135. [2] Carlos Cossio había confiado en que su discípulo Ambrosio Gioja explicase a Kelsen los alcances de la teoría egológica, y en definitiva lograse convencerlo para viajar a la Argentina. La inmejorable impresión que Gioja produjo en Kelsen, así como la anunciada inauguración del nuevo edificio de la Facultad de Derecho para el año siguiente, le brindaron a Cossio la oportunidad para conseguir del decano interventor Carlos M. Lascano, el apoyo necesario para conseguir la invitación oficial y la cobertura de los costos respectivos. Confr. Sarlo, Oscar, “La gira sudamericana de Hans Kelsen en 1949. El frente sur de la teoría pura”, en Ambiente Jurídico nro. 12, Manizales, Facultad de Derecho-Universidad de Manizales, 2010, p. 7. [3] Tulio Ortiz denomina esta etapa como La autonomía cuestionada (1943-1955), que se va a caracterizar por las numerosas intervenciones (1943, 1945 y 1948) a pesar de que la Constitución de 1949 establecía el principio de la autonomía limitada en su artículo 37.4 IV. Ortiz, Tulio, Historia de la Facultad de Derecho, Buenos Aires, Facultad de Derecho-Universidad de Buenos Aires, 2004, pp. 23 y 26. [4] Hernández, Pablo, Para bien y para mal. Entrevistas a los que hacen la cultura nacional, Buenos Aires, Pera, 1991, p. 213. [5] Palacio, Ernesto, Teoría del Estado, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1979, p. 35. [14] Sostres, Miguel Ángel, “La retórica en las Catilinarias de Cicerón”, en Prudentia Iuris nro. 6, Buenos Aires, Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, Abril 1982, p. 110. [15] Palacio, Teoría del Estado, p. 123. [16] Passanante, María Inés, “De Imaz, maestro de sociólogos”, en Revista Valores en la Sociedad Industrial nro. 61, Buenos Aires, Universidad Católica Argentina, Diciembre 2004, p. 55. [17] Alén Lascano, Luis C., Ernesto Palacio. Política y Cultura, Buenos Aires, Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, 1999, pp. 26-27. [18] Véase Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales nro. 15, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Julio-Agosto 1949, p. 1063. [19] Sánchez Sorondo, Marcelo, “La teoría del Estado de Palacio y las formas de gobierno”, en Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales nro. 17, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Noviembre-Diciembre 1949, pp. 1509-1525. [20] Alén Lascano, Ernesto Palacio…, pp. 26-27. [21] Sánchez Sorondo, “La teoría del Estado…”, p. 1509. [22] Ibídem, pp. 1510-1511.  |
| Domingo F. Sarmiento. |
Por Alberto José Bondesío
Introducción.
Antes de desarrollar el accionar de la Masonería en nuestro territorio amerita que describamos sucintamente los fundamentos que la diferencian de la Fe católica. Fe que nuestros próceres supieron cultivar y defender durante su larga lucha por la independencia y el posterior período en que el Restaurador, Don Juan Manuel de Rosas, ordenó no solo a la provincia de Buenos Aires sino a la Confederación toda.
Nos basta para ello, entre muchas otras, traer a colación la Declaración de la Conferencia Episcopal Alemana del 28 de Abril de 1980 que sentenciaba lo siguiente:
“La Masonería no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana”.
Las principales razones alegadas para ello fueron las siguientes:
1.- La cosmología o visión del mundo de los masones no es unitaria, sino relativa, subjetiva y no se puede armonizar con la fe cristiana.-
2.- El concepto de verdad es, asimismo, relativista, negando la posibilidad de un conocimiento objetivo de la verdad, lo que no es compatible con el concepto católico.-
3.- El concepto de religión que tienen es relativista y no coincide con la convicción fundamental del cristianismo; el concepto de Dios, simbolizado a través del “Gran Arquitecto del Universo” es de tipo deístico y no hay ningún conocimiento objetivo de Dios en el sentido del concepto personal del Dios del teísmo, y está transido de relativismo, lo cual mina los fundamentos de la concepción de Dios de los católicos.
Cabe complementar lo precedente mencionando que el 17 de Febrero de 1981, una vez más desde el siglo XVII, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una declaración en la que afirma nuevamente la excomunión para los católicos que den su nombre a la secta masónica y a otras asociaciones del mismo género, con lo cual, la actitud de la Iglesia permanece invariable, e invariable permanece aún en nuestro días.
Las sociedades secretas antes y después de Caseros.
Desde 1806 hasta 1856 no hubo logias masónicas propiamente dichas en la Argentina; pero sí hubo masones aislados, que al infiltrarse en las sociedades secretas de los patriotas ganaron adeptos entre sus miembros, logrando formar grupos políticos de argentinos con mentalidad filomasónica, conscientes los menos e inconscientes los más. Los miembros de la logia irregular a la cual pertenecían, habrían penetrado en el Club de los morenistas y en la Sociedad Patriótica, y luego en la Logia Lautaro. Todos ellos ocultaron su verdadera personalidad en el secreto y clandestinidad que la secta mantuvo hasta Caseros.
Las ideas patrocinadas por estos pocos demoliberales con tendencias extranjerizantes, antitradicionalistas y anticriollistas, que pretendieron herir de muerte a la Patria en su íntimo ser nacional, y que desde sus albores, provocaron el general repudio de la parte más sana del pueblo criollo; reconocen todas ellas su paternidad masónica, en sus contenidos y en sus principios.
Estos no entendían que el patriotismo debe asumirse como cosa recibida en herencia, como un llamado de la tierra de los padres, como un legado acrecentado por el aporte de las generaciones. Pero la minoría urbana, de espaldas a la tierra, confundía el patriotismo con el esplendor de recetas aprendidas en la farmacopea de la filosofía liberal.
Federico Ibarguren al respecto nos decía: “debemos continuar el pensamiento y la política de aquellos patriotas, defensores de nuestra soberanía; para que renazca en estas tierras metalizadas una nueva era de Civilización y de Fe, siguiendo nuestra tradición, que no es cosa de archivos, sino que actúa en las entrañas de nuestro pueblo como la sangre que irriga nuestro organismo”.
Los masones, ocultos en esas sociedades habían definido a Juan Manuel de Rosas como “el más bárbaro y brutal de los tiranos de América Latina, el salvaje de la pampa que vomitó el infierno”.
El Salón Literario fue una de esas sociedades que, realizando trabajos antirosistas, fomentaba las diversas coaliciones para derrocar al Restaurador.
Si en algún período de la historia argentina pudieron intentar los masones instalar sus logias en nuestra patria, el menos adecuado fue ciertamente el rosista, durante el cual, según dicen ellos, debieron dormir su “gran sueño”.
Estas sociedades secretas infiltradas de masones desempeñaron un papel importante en los aciagos tiempos en que los unitarios habiendo conseguido la traición de Urquiza y el apoyo de Brasil consumaron la acción que se convertiría en bisagra de nuestra historia. Bisagra a partir de la cual empezamos el lento y continuado proceso de pérdida de nuestra identidad.
Después de Caseros, la principal sociedad secreta que se fundó fue la logia “Juan-Juan”. Integraban esta logia, entre otros, Miguel Estéves Saguí, José Mármol, Adolfo Alsina, Juan José Montes de Oca, José María Moreno, y los militares Pirán, Hornos, Conesa, Emilio Mitre etc. Todos ellos acicateados por Sarmiento desde Chile.
Su objetivo: generar una resistencia al gobierno de Urquiza y tratar de producir su eliminación física.
La intervención de Valentín Alsina y de Bartolomé Mitre hizo que desistieran de ello pero sí en cambio llevaron adelante la revolución del 11 de setiembre de 1852.
En 1856 aparece la sociedad secreta “Juan-Juanes” que se constituyó como “control de Estado” durante el gobierno porteño de Pastor Obligado y sus terroristas liberales.
Su ministro de Guerra, Coronel Bartolomé Mitre, sacrificó pasando por las armas a muchos ciudadanos como así también a los prisioneros de guerra. Entre ellos, el héroe de Martín García el general Jerónimo Costa.
Los emigrados Sarmiento y Mitre, los de mayor peso a la hora de escribir la historia de nuestra patria, fueron miembros de la Masonería en su Grado 33 (Rito Escocés Antiguo y Aceptado).
Si asociamos esto con el concepto que de Rosas tenía la masonería nos será sencillo inferir la razón fundamental por la que el Restaurador de las Leyes fue fuertemente denostado y calumniado en nuestra historia oficial durante tantos años…incluso hoy día.
Instalación oficial de la Masonería hasta el fin del siglo XIX.
La fundación oficial de la Masonería en la República Argentina data del 9 de marzo de 1856, con la apertura de la logia madre “Unión del Plata” que sesionó en sus primeras “tenidas” en una casa ubicada en la esquina de Brasil y Balcarce, junto al parque Lezama.
Después de Caseros, los primeros masones que instalan sus logias son los extranjeros. Los franceses fundan en 1852 la logia “Amie des naufragés”. Los ingleses crean la logia “Excelsior” en 1853.
Entre los primeros catorce masones argentinos inscriptos en 1856 en la logia madre para la República Argentina, figuran: Domingo Faustino Sarmiento, Santiago y Francisco Albarracín.
“Después de la larga noche de la tiranía rosista, dicen los masones, la Masonería que vivió oculta o semioculta, reabre sus “trabajos” para replegarse luego en el silencio de sus “talleres” al terminar el período inquieto de la organización nacional”.
Es innegable que la Masonería ejerce una considerable fuerza de atracción, porque halaga el orgullo del hombre, se muestra a las almas ansiosas de verdad y certeza, pero apartadas de Dios, como la religión universal del porvenir, de la cual todas las religiones pasadas y presentes no serían más que etapas históricas o pasajeras.
Al hablar de este período de nuestra historia dice Atilio García Mellid: “Después de Caseros y Pavón se inició la ofensiva destinada a abatir las substancias católicas de nuestra vida: programa compacto de abatimiento de nuestras bases religiosas. El liberalismo asimiló los principios naturalistas y positivistas, constituyéndose en una verdadera filosofía que negaba al ser y a la nacionalidad y a todo el conjunto de sus valores espirituales…”.
Uno de los acontecimientos masónicos de mayor trascendencia nacional fue la “Magna Tenida” del 21 de Julio de 1860 en la que se le confirió el Grado 33 “a los ilustres hermanos Santiago Derqui, presidente de la República Argentina; General Bartolomé Mitre, gobernador del Estado de Buenos Aires; Domingo Faustino Sarmiento, ministro de gobierno de Buenos Aires y Coronel Juan Andrés Gelly y Obes, ministro de guerra del mismo Estado; y regularizó en el mismo grado al Gobernador de Entre Ríos, General en Jefe de los Ejércitos de Mar y Tierra de la República, ilustre hermano Justo José de Urquiza”.
El masón Martín Lazcano bautizó este acto con el sugerente nombre de “compromiso de Honor Urquiza-Mitre”; que tendrá su explicación histórica inmediata en la “misteriosa” y “milagrosa” retirada de Urquiza en la batalla de Pavón del 17 de noviembre de 1861, dejando el triunfo fácil a Mitre.
La consecuencia de este hecho militar no trajo la paz, ya que los agentes de Mitre se dedicaron a sembrar el terror en las provincias, regando el territorio patrio con la generosa sangre criolla, “convirtieron al país en un vasto osario” según se lee en los periódicos de la época. Siguiendo de acuerdo con la consigna de Sarmiento de “no economizar sangre de gauchos”, a quienes apodaba “chusma criolla, incivil y ruda”.
Sarmiento y Mitre…la Masonería los cobijaba.
Los principios liberales que estos masones apuntalaban terminaban en las mayores tiranías que, en aras de la deidad masónica, sacrificaban también la fe de la más pura amistad y el culto supremo de la verdad.
Desde la instalación del Gran Oriente Argentino la masonería comienza a actuar como una fuerza de primer orden en la política y en el gobierno de la nación; y, desde Pavón, ya nada importante se cumplirá en el orden público sin que lleve el sello masónico.
El “trabajo” de la masonería explica la orientación decididamente laicista-liberal que tomó el país con su carácter centralizador que la acompañó; la hegemonía que adquiere Buenos Aires sobre las provincias y el predominio creciente de los hombres de la capital.
Cabe, finalmente, tener muy presente lo que escribía en 1951 Fabián Onsari, Gran Maestre de la Masonería Argentina: “La masonería jamás actúa como institución; son sus hombres los que, colocados en distintas esferas sociales, hacen sentir la influencia de sus enseñanzas”.
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| Miguel A. Cárcano, Ramón S. Castillo, Agustín P. Justo y Carlos Saavedra Lamas. |
Por Roberto Azaretto*
En la nota publicada en los Andes del jueves 7 de junio, el que escribe, se refirió a los mitos populistas sobre YPF. Siguiendo esa línea corresponde referirnos al gobierno del general e ingeniero Civil de la UBA, Agustín P. Justo, cuyo mandato de 6 años se extiende entre febrero de 1932 a 1938.
El presidente Justo designa como presidente de YPF al ingeniero Ricardo Sylveira, un hombre olvidado, que fue el que construyó la empresa que ha quedado, en la memoria colectiva del país, como un símbolo de la independencia económica.
En 1932, el Congreso aprueba la Ley Orgánica de YPF, demorada en la década anterior, redactada por el ministro de Agricultura Antonio di Tomaso. La Ley 11.688 posibilita el funcionamiento de la empresa estatal y establece el pago de regalías al Estado nacional o a las provincias, según la ubicación de los yacimientos, pues entonces existían los territorios nacionales.
En 1934, por decreto 4.431/34, se reservan todos los territorios nacionales para YPF. lo que es confirmado en la Ley 12.161 conocida como Ley del Petróleo, donde respeta el derecho de las provincias a la propiedad del subsuelo, a las que se les reconoce el derecho de percibir regalías.
En la gestión de Sylveira se avanza en varias líneas simultáneas. Las mismas consisten en ofrecer a las provincias condiciones atractivas para que le concedan a YPF su subsuelo desplazando a las empresas extranjeras. Industrializar el petróleo y construir una estructura de comercialización, que no pudo concretar Mosconi por sus diferencias con Yrigoyen.
A los avances en los territorios nacionales suma su presencia en Salta, que en la década anterior había negociado con la Standard Oil y los acuerdos con el gobierno de Mendoza.
En materia de industrialización promueve la ampliación de la destilería de la Plata, triplicando su capacidad de refinación y comenzando a elaborar gas oil, aceites lubricantes, asfaltos, gas licuado y supergás. Vendrá luego la construcción de la destilería de Godoy Cruz, la de Luján de Cuyo, San Lorenzo en las cercanías de Rosario y la de Salta.
En materia de comercialización organiza una red de concesionarios y el 10 de diciembre de 1936 firma el acuerdo con el Automóvil Club. Esta institución, al principio un club social de élite, con el crecimiento del parque automotor y las actividades comerciales e industriales que eso genera, crece en el número de socios, coincidiendo además con el avance de la red nacional de carreteras que alcanzará hacia 1943 los cincuenta mil kilómetros.
La Argentina contaba con un parque automotor de 450 mil vehículos, cifra que superaba a toda Sudamérica y, en proporción a la población, era superior al de Francia. Por eso la asociación entre YPF y el Automóvil Club tendrá alcances enormes para el desarrollo nacional pues a la red de caminos se agrega una red nacional de estaciones de servicios, auxilios, lugares de descanso. Esto se financiará con un descuento de dos centavos por litro de combustible vendido en esta red.
YPF construirá durante la gestión de Sylveira el edificio de la Diagonal Roque Sáenz Peña para sus oficinas y el famoso laboratorio de Florencio Varela.
En 1932 producía 673.592 metros cúbicos de petróleo, al retirarse de YPF en 1943 la producción alcanzaba a dos millones cuatrocientos mil metros cúbicos. La elaboración de lubricantes pasó de catorce millones de kilos a ciento cincuenta millones. El capital de doscientos millones en 1932, alcanza setecientos millones, 10 años después.
En 1936 se adquiere la Standard Oil (Esso), que no se concreta pues el Congreso no lo trata y la empresa rescinde el convenio de venta.
Todo esto ha sido ocultado maliciosamente por los escritos del nacionalismo, tanto el fascista como el populista.
YPF y los gobiernos de Mendoza
El 2 de diciembre de 1930 el interventor federal en la provincia, nombrado por el gobierno de facto del General Uriburu, decreta la prohibición de dar derechos de cateo a empresas privadas, lo que desmiente el mito sobre el golpe del 30 y el supuesto "olor a petróleo".
En el gobierno de Ricardo Videla, del partido Demócrata, retorna la explotación petrolera en Mendoza con las perforaciones exitosas en Cacheuta y el descubrimiento de ese hidrocarburo en Tupungato en 1934.
La empresa nacional reconoce una regalía del 11%. Luego seguirá la exploración exitosa cuyo resultado son los campos petroleros de Barrancas y Lunlunta.
YPF construye una destilería pequeña en Godoy Cruz, el excedente se envía por ferrocarril a la nueva destilería de San Lorenzo.
El gobernador, Rodolfo Corominas Segura, con mandato entre 1938 a 1941, llevará a cabo una negociación integral con la empresa petrolera del Estado que culmina en el convenio que firma con el titular de YPF, el 15 de junio de 1940, ratificado por ley provincial 1.388 y decreto nacional 75.550/40 de ese mismo año.
En ese convenio se establece, entre otras obligaciones de la empresa con Mendoza, la construcción de la Destilería de Luján de Cuyo, que se habilita con equipos estadounidenses en sólo once meses. El abastecimiento de los productos de la misma es para todo Cuyo.
En las áreas no explotadas se renegociarán las condiciones cada diez años, reservando la provincia sus derechos de concesionar al mejor oferente. Se fija un fondo para la construcción de 4 centrales hidroeléctricas con la mitad de las regalías y un aporte adicional equivalente de YPF a ese objetivo. Se promueve el entrenamiento, capacitación e ingreso de mano de obra mendocina y en el ámbito de la recién fundada Universidad Nacional de Cuyo la creación del Instituto del Petróleo para formar ingenieros especializados.
También se prevé la distribución del gas y el futuro oleoducto a San Lorenzo que redundará en la baja de fletes; parte del menor costo de transporte también ingresará a la provincia para la construcción de las centrales hidroeléctricas y la mejora del riego.
En 1941, el nuevo gobernador Adolfo Vicchi firma un convenio aclaratorio que dispone el depósito de las regalías y el aporte para la construcción de las centrales eléctricas en una cuenta especial.
Los gobiernos de entonces eran cuidadosos con el gasto corriente, por eso con estos acuerdos, además de promover la diversificación de la economía provincial, permitieron financiar obras públicas importantes como la red caminera, canales, escuelas, hospitales y los primeros barrios de vivienda.
Cabe recordar que el ingeniero Francisco Gabrielli, que participó de esos gobiernos como director de Vialidad Provincial y superintendente de Irrigación, cuando le tocó gobernar promovió el polo petroquímico, pues la destilería de Luján de Cuyo debía ser la base de una fuerte industria.
Personalidades de Mendoza integraron el Directorio de YPF en esa década; nos referimos, por ejemplo, a los ingenieros Alurralde y Emilio Rosas.
Sin duda había respeto por el federalismo en el poder central y dignidad en la defensa de los derechos de las provincias como lo demostraron esos gobernadores que se sucedieron hasta 1943.
En otra nota analizaremos la decadencia de YPF.
* Los Andes, Mendoza, 7-VIII-2012.
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| Carlos Ibarguren. |
Por Julián Otal Landi
El triunfo de Yrigoyen en las elecciones presidenciales de 1928, abrían el cauce a una situación más compleja que la de su primer presidencia. La confrontación era mayor incluso dentro del orden interno partidario (la escisión entre radicales personalistas y antipersonalistas) que provocaría que Yrigoyen se apoye definitivamente en la clase media, abandonando su alianza con los sectores más conservadores. La crisis económica es agravada con el crack mundial de 1929 que origina la debacle afectando en magnitud a los países exportadores primarios como lo era la Argentina. El descontento generalizado, notorio en la clase media que desprotegida le retira su apoyo a Yrigoyen, el ataque sistemático de la oposición, había dado rienda suelta a que los militares abandonen la indecisión y salgan de los cuarteles dispuestos a dar el primer golpe de estado, iniciando una serie de interrupciones democráticas que se darán a lo largo del siglo XX.
La revolución del 6 de setiembre de 1930 significó en realidad el triunfo de una coalición heterogénea cuyo objetivo fundamental era poner fin a la experiencia radical yrigoyenista. Conservadores, socialistas independientes, y radicales antipersonalistas habían contribuido a interrumpir la continuidad constitucional. No obstante, para los nacionalistas significaba algo más y su entusiasmo manifestaba tal convencimiento. Representantes de estos, Ernesto Palacio y los hermanos Irazusta desde el periódico nacionalista La Nueva República depositaban las esperanzas de acabar con la denostada democracia liberal e imponer urgentemente un gobierno nacional no partidario, un gobierno “impuesto por la fuerza militar y (...) el consentimiento y aun el auspicio de la opinión pública”.
No obstante, para decepción de estos grupos, el gobierno de Uriburu no contó con el apoyo y la decisión que estos invocaban lo que terminó determinando el gobierno de facto en un simple interregno político que preparaba debidamente el regreso de las fuerzas conservadoras al poder bajo la llamada Concordancia y el amparo del fraude patriótico. Sin embargo, esta crisis representativa no infundaba solo un problema político sino que lo acompañaba una acentuada crisis económica donde empezaban a vislumbrarse los hilos hasta entonces invisibles que tenían atada a la Argentina con el imperialismo británico. La denuncia del manejo de las relaciones entre los gobernantes y el capital extranjero salían a la luz. Julio Irazusta denunciaba desde La Nueva República:
“Nuestro público habitual no puede abrigar una sola duda respecto al sentido de nuestra campaña contra el liberalismo considerado instrumento del capital extranjero (...) (Pero) no combatimos el provecho legítimo de la riqueza extraña invertida en nuestro país...pero esas consideraciones de simple buen sentido no pueden hacernos pasar por alto el abuso surgido de aquella política. El capital extranjero, no contento con los enormes privilegios que le acuerda nuestra constitución, se toma otros, muchos mayores, en flagrante violación de la ley. La comunidad de origen con el régimen liberal, y la natural incapacidad de éste para la defensa de los intereses nacionales cuya gestión le está encomendada, facilita la consumación del abuso. Y eso es lo que nosotros combatimos. (...) Por eso es que gritamos contra los gobernantes que han sido o son abogados de compañías extranjeras, porque no creemos compatible la defensa de intereses particulares extraños tan cuantiosos con la defensa del interés nacional”. (1)
Con la sustancial crisis del orden liberal que acontecía, que no era ni más ni menos reflejo de Europa con el peligro comunista y el surgimiento del fascismo, se daba la necesidad de revisar cuales habían sido los errores que habían conducido al país a tal situación. La figura de Rosas como referencia patriótica será revisada desde diversos matices y objetivos. El conservador Carlos Ibarguren inauguraba esta revisita histórica hacia el Restaurador, sostenido por un importante recurso heurístico se publicaba el clásico Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo. No obstante, esta búsqueda reivindicadora hacia Rosas no establecía una ruptura hacia el paradigma histórico vigente por entonces, más bien tendía a la búsqueda de cómo incorporar la figura del caudillo dentro de la historia oficial. Aunque el fin de Ibarguren era infundar críticas hacia el orden liberal, no manifestaba una denuncia hacia la historiografía fundacional. Tendría que esperarse hasta 1933, cuando el escandaloso pacto Roca-Runciman despertara la indignación nacionalista.
NOTA:
(1) “Acerca del capital extranjero”, publicado en La Nueva República el 22 de octubre de 1931. Citado en IRAZUSTA, Julio, El estatuto del coloniaje (primera parte). Buenos Aires, Obligado, 1975. p. 121.
Carlos A. Page: Relatos desde el exilio. Memorias de los jesuitas expulsos de la antigua Provincia del Paraguay. CSIC, Fundación Carolina y CONICET, Asunción del Paraguay, 2011.
Con un sugerente prólogo del profesor José Andrés-Gallego comienza este trabajo de Carlos A. Page. Una de las personas que más interés ha mostrado por los territorios, la arquitectura y el funcionamiento de las misiones emplazadas en lo que fuera la Provincia de Paraguay, en la Antigua Compañía de Jesús. Aquella que fuera extinta por Breve pontificio en el verano de 1773 y que fue acusada de delitos tan impronunciables que Carlos III prefirió conservarlos en su real pecho ordenando en 1767, sin escrúpulos ni dilaciones, que salieran desterrados todos los jesuitas que misionaban esas tierras.
Un acontecimiento, este de la expulsión de los jesuitas de todos los territorios de la monarquía hispánica, que conmovió al mundo católico de la Modernidad sin dejar impasible ni a contrarios ni a defensores de la Orden de San Ignacio. Ambos escribieron, argumentaron y debatieron sobre este tema, unos desde la protección oficial de los gobiernos regalistas, otros desde la clandestinidad a la que les sumió la Pragmática por la que el monarca Borbón prohibía cualquier tipo de comentario referente a su regio mandato.
Esta fue una de las características más relevantes de los muchos diarios y escritos del destierro que dejaron impresos o manuscritos estos religiosos expulsos, el miedo a que fueran descubiertos, un temor solo comparable al que sentían al pensar que las acusaciones que se vertían sobre ellos podían quedar sin defensa. Esa necesidad de argumentar su inocencia unido a la nostalgia de los lugares en los que habían misionado les llevó a escribir algunas de las páginas que ahora, Carlos A. Page, con la maestría del experto y la pasión del erudito, ha sabido recopilar en un espléndido libro. Un volumen que nos acerca a aquellas misiones, a su realidad antes y después de la expulsión, a sus conocidos autores y a diferentes lugares y realidades en las que estos jesuitas trabajaron, consiguiendo así brindarnos una visión global de sus experiencias, de sus sentimientos y de los frutos que logró su labor misional.
Además el autor nos presenta el trasfondo histórico de lo que fue la expulsión de los jesuitas tanto en los territorios hispánicos como en los dependientes de la Corona portuguesa, haciendo un recordatorio imprescindible al Tratado de Límites de 1750 y a los conocidos como Motines de Esquilache. Dos acontecimientos que abrieron las puertas de ese destierro y que quedan explicados con maestría antes de dar paso a asunto central del libro: los diarios de algunos de los jesuitas más célebres y sus apasionantes relatos. Una impresión cuidada, una obra que ayudará a comprender este complejo acontecimiento histórico y las peripecias de sus protagonistas, un estudio cuidadoso, serio y necesario que agradecerá toda la comunidad científica al arquitecto y doctor en historia Carlos A. Page.
Inmaculada Fernández Arrillaga
Universidad de Alicante
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| Federico Pinedo. |
Por Roberto Azaretto*
No hubo en el siglo pasado un político -en una época en que todavía la dirigencia se reclutaba entre personas de prestigios personales- como Federico Pinedo, con su formación intelectual y su tesón para bregar por una Argentina republicana, próspera y prestigiosa en el mundo. Se recibió muy joven de abogado, dominaba el alemán, el inglés y el francés y conocía a todos los grandes pensadores que entre el siglo XVIII y su tiempo, aportaron a la gran transformación del mundo.
Pinedo fue mucho más que un gran político, era un estadista. Supo resolver la peor crisis mundial del siglo pasado y anticiparse a los grandes cambios que la segunda guerra mundial traería al mundo y sus repercusiones inevitables en la Argentina. De haber contado con la comprensión de la dirigencia de entonces, enredada en pequeñas disputas, tal vez la Argentina no hubiera soportado el largo ciclo de decadencia que debemos revertir.
En agosto de 1933 asume el Ministerio de Hacienda, bajo la presidencia de Agustín P. Justo, en plena crisis mundial convertida en depresión por los errores cometidos luego del estallido. A dos años del crack bursátil, en el mundo el PBI industrial ha bajado 37%, las importaciones 60% y los créditos internacionales 90%. El precio del trigo dos tercios.
La tasa de desocupación en Alemania alcanza al 44%, en los EEUU 27% y en Gran Bretaña 23%. En nuestro país caen las exportaciones 34% y la producción en 1930 baja 14%. La desocupación se extiende.
El ministro Pinedo encuentra un presupuesto equilibrado, se acababa de aprobar el impuesto a la renta, pero con la actividad económica paralizada y el sistema financiero por derrumbarse (pues los deudores no podían pagar y los activos que respaldaban los créditos, se habían desvalorizado), el ministro apunta a salvar las estructuras productivas del país y comprende que la clave está en el sistema financiero.
Con la revaluación de las tenencias de oro, la creación del Banco Central y la refinanciación de pasivos, el país se recupera rápido. Por otro lado se da un proceso de sustitución de importaciones. En 1934 el PBI industrial alcanza al agropecuario y 5 años más tarde lo duplica. La desocupación deja de ser un problema, se evitan la caída de Bancos que en los EEUU -con doce mil bancos quebrados- demoró la solución de la gran depresión.
En agosto de 1940 asume el mando el vicepresidente Ramón Castillo por licencia de Roberto Ortiz, dada su avanzada ceguera. Castillo lo designa nuevamente a Federico Pinedo como ministro de Hacienda.
El ya experimentado hombre público regresa al gobierno convencido que del conflicto bélico surgirá un nuevo escenario mundial, por lo cual, para emprender otro ciclo de crecimiento y progreso -similar al de la generación del 80- hay que adaptarse a las nuevas realidades. Pinedo siempre creyó que nuestro futuro sería exitoso, en la medida que supiéramos insertarnos en el mundo.
Presenta un plan económico al Congreso Nacional que consiste en proteger a los agricultores ante el cierre de los mercados de Europa por la ocupación nazi. Propone la promoción de la industrialización del país, especialmente la que requiere insumos y materias primas nacionales, vía créditos a 15 años y garantías de protección por una década a partir del fin de la guerra.
Viaja al Brasil a fin de convenir un plan de industrialización conjunta, para contar con mercados más grandes, debido a la poca población argentina (14 millones de personas) y el escaso poder de compra de los brasileños de entonces. Pinedo pretendía una industria capaz de exportar al exterior.
Toma la iniciativa -concretada después de su renuncia- de mandar una misión a los EEUU, que tiempo después logrará el primer tratado comercial con ese país. Es que el estadista comprende que los EEUU consolidarán su rol de gran potencia, mientras el Imperio británico no podrá evitar su decadencia, a pesar de triunfar en el conflicto bélico. Entiende que los EEUU no son sólo un gran país, sino una civilización distinta, como en 1847 lo advirtió Sarmiento y más tarde Carlos Pellegrini y Juan B Justo.
Pinedo tiene clara la necesidad de fortalecer las instituciones y de terminar con el fraude. Por eso viaja a Mar del Plata para entrevistarse con Marcelo Torcuato de Alvear, líder del radicalismo. Le pide apoyo a su programa y le propone trabajar en un acuerdo político para superar los enfrentamientos estériles y lograr una mayor calidad democrática.
En lo social proponía un sistema de préstamos a 30 años para la vivienda de los trabajadores, descartando las construcciones por el Estado, fuente de burocracia, sobreprecios y corrupción.
Logra la aprobación del Senado para sus propuestas económicas, pero no consigue el apoyo de la oposición en diputados. El radicalismo se pronuncia contra la industrialización y la vivienda popular. En cuando a las mejoras políticas, tampoco tiene Pinero apoyo entre los suyos y menos Alvear entre sus correligionarios. Aunque no será la última vez que Pinedo busca acuerdos patrióticos.
En 1953 sufre prisión por ser opositor. Desde la cárcel le envía una carta al ministro del Interior de Perón, Ángel Borlenghi, diciéndole que un gobierno con tan alto respaldo popular no necesita tener presos políticos y propone el diálogo entre gobierno y oposición para la pacificación y para encarar la solución de los problemas concretos que soportaba el país, con una economía estancada a fines de 1948, que soportaba situaciones parecidas a las actuales, como la crisis energética y el colapso del sistema de transporte, agravado -entonces- por la insuficiencia de las exportaciones argentinas.
La crisis que hoy soporta el planeta, también ofrece nuevas oportunidades. Viejos problemas estructurales de nuestro país, y otros que han reaparecido como el energético y la obsolescencia de los sistemas de transporte de cargas y pasajeros, nos marcan la ausencia de estadistas como Pinedo.
Seguramente de haber podido influir en los países centrales, les recordaría que para salvar los bancos hay que ayudar a los deudores a pagar, pues de nada sirve quedarse con sus activos o sus casas si las mismas se desvalorizan por falta de demanda.
A los argentinos nos diría, reduzcan el nivel de confrontación, elaboren una agenda constructiva, no se aíslen del mundo, profundicen los lazos con los países vecinos, mejoren la calidad institucional, terminen con la pobreza, restablezcan las instituciones republicanas.
*Publicado en Los Andes, Mendoza, 1/XI/2011.
RAÚL JORGE LIMA, Rosendo Brid del Pago de Areco. Una vida en tiempos de don Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Lucrecia Editorial, 2012, 239 p.
Puede decirse que las actuales Capital Federal y provincia de Buenos Aires –modernas, ocupadas, apuradas y cosmopolitas- hicieron desaparecer su añeja imagen.
Sin embargo, basta leer las páginas de este libro de Raúl Jorge Lima para que surja el tiempo pasado de seis décadas del siglo XIX. Pero se necesitan ciertas cualidades para hallarlo: curiosidad, paciencia y, especialmente, amor a las cosas nuestras.
No la pasión ciega que revisa apuradamente, sino la observación tranquila que da forma a lo encontrado. Este libro es obra de esta devoción.
Se la percibe en la delectación con que el autor se introduce en las fuentes para brindarnos una visión de la ciudad y el interior antiguos con sus pueblos y los sucesos, trascendentales o comunes, que tenían lugar en ella. Así, en el transcurso del tiempo, van apareciendo personajes como el protagonista de esta novela histórica, Rosendo Brid, su hermano Manuel Brid, Milagros y Pedro Lavayén, Juan Manuel de Rosas, Juan Felipe Ibarra, Domingo Cullen, Julián Segundo de Agüero, Juan Lavalle, etc.
El libro tiene 35 capítulos y en el primero, Lima nos muestra a los protagonistas en su juventud en el hermoso paisaje de San Antonio de Areco. La discusión de Rosendo Brid con su futuro cuñado Pedro Lavayén, le cambia su vida y lo lleva a trasladarse a los pagos de San Miguel del Monte, donde en una pulpería conoce a un paisano con el cual estaría vinculado varias décadas: Juan Manuel de Rosas.
No faltan episodios típicos de la época como los duelos criollos, la imagen de la pulpería, las pasiones partidarias, los tejes manejes por conseguir el poder, la lucha por la soberanía y el amor. El autor también nos lleva al Santiago del Estero federal, donde nos describe al caudillo Juan Felipe Ibarra y a la sociedad de esta antigua provincia madre de ciudades. Trata el polémico caso de Domingo Cullen y una descripción cruda de la ejecución del asesino del hermano del gobernador, Francisco Antonio Ibarra, víctima de una conspiración de Pedro Unzaga, Santiago Herrera y otros.
Rigor histórico y episodios con una belleza literaria caracterizan a los capítulos de este libro. En las páginas finales, Raúl Jorge Lima –como ameno corolario- afirma: “Pedro [Lavayén] nunca dio a la imprenta su manuscrito que, olvidado entre viejos papeles, amarillento por el paso del tiempo, ha retoñado en estas páginas”.
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| El triunfo (por Enrique Rapela). |
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Por Roberto A. Ferrero
El Comandante Simón Luengo (1825-1872), el “constante revolucionario de Córdoba”(1) -como lo calificara el Jefe de Policía Manuel M. Moreno en ese año ‘72 mismo-, eterno disidente del orden establecido por el liberalismo y esforzado luchador de la causa federal, fue tempranamente empujado por la historia oficial al purgatorio de los anales policiales, de donde no ha podido salir. Ni una calle de Córdoba lleva el nombre de quien tanto luchó por ella y sólo el Dr. Luís Rodolfo Frías se atrevió a reivindicar su figura. La sangre de Urquiza lo condena injustamente al olvido. El mismo Dr. Frías, aun aceptando como buena la definición de Moreno, prefiere llamarlo “el Quijote cordobés”, no sólo por su figura de alta y delgada estampa, su barba sobre la blanca tez de su rostro y una fisonomía que “denotaba un aire distinguido”, como le reconocía en 1867 el diario de Mitre, sino por sus actitudes realmente ”quijotescas”. Entre ellas -aparte sus tentativas revolucionarias- se cuentan dos paradigmáticas. Una: adquirió para instalar una de sus quintas, un terreno municipal “bastante estéril y desigual”, sometido a continuas invasiones del río Primero, abandonado por sus anteriores poseedores, que exigiría trabajos que ofrecería “mayores ventajas al público que al particular que lo costea” (2), como decía el agrimensor José María Casales informando a la autoridad municipal. ¿No es ésta una empresa quijotesca?, se pregunta su biógrafo. Otra: en la sublevación que protagonizó en 1867, con una suma de dinero incautada a la Nación, abonó sueldos y gratificaciones a Jefes y Oficiales de la guarnición local sin atribuirse un solo peso a sí mismo … “¿Y no es el desinterés prenda de todo caballero andante?”(3), vuelve a interrogarse Frías. Este hombre tan singular había nacido en nuestra ciudad el 27 de octubre de 1825, bajo el gobierno del Brigadier Juan B. Bustos, hijo de Manuel Luengo, español de Castilla la Vieja, y de doña Clara Pérez, cordobesa. Contrajo matrimonio con Margarita Tejerina, sobrina segunda de Dalmacio Vélez Sarsfield, el famoso autor del Código Civil. Sus medios de vida aparecían algo insólitos para un hombre constantemente alzado en armas: era quintero, propietario de cinco quintas situadas en lo que hoy es Barrio Alberdi, casi todas sobre la actual calle Santa Rosa, en la zona ejidal de la ciudad, “del otro lado” del arroyo La Cañada, en los “Altos de las quintas al Poniente”, como se le llamaba. En la “Quinta chica” -una hectárea rodeada por las calles Rioja, Santa Rosa, Mendoza y Coronel Olmedo- instaló su hogar en 1851 y allí habitó con su esposa, sus cinco hijos y sus dos hijas mujeres. Seis en doce años de lucha fueron los hechos de armas que le dieron fama al Comandante orillero de Córdoba. En 1860, con 34 años, se inicia en estas lides como uno de los “notables” de Córdoba que, junto con el futuro gobernador federal José Pío Achával, Rogaciano Narvaja, el comandante Pedro Maldonado, Manuel Antonio Cardozo, el Coronel Pedro Ávila y otros federales “netos” (duros o intransigentes) preparan la insurrección destinada a voltear al gobierno de don Mariano Fragueiro, que no obstante su filiación tibiamente liberal es amigo del Presidente de la Confederación Argentina, Gral. Justo José de Urquiza. La revolución tiene comienzos de ejecución con el apresamiento de Fragueiro el 23 de febrero, en el norte de la provincia, pero no tiene feliz culminación, ya que la plana mayor de los “rusos” (el partido federal o “Constitucional”) es capturada en Córdoba y los rebeldes reducidos por la acción del Coronel Manuel Antonio Pizarro, aquel enérgico liberal que siete años atrás había a su vez acabado con el gobierno filo-rosista de Manuel López “Quebracho” (1835-1852). Pero en Río Cuarto persiste alzado el Coronel Pedro Oyarzábal, quien insiste en la renuncia de Fragueiro, hasta lograrla por fin el 23 de marzo. Tres años después, ya destruida en Pavón la hegemonía nacional del federalismo por la traición de Urquiza, y siendo presidente Bartolomé Mitre, Simón Luengo y su mentor político, José Pío Achával, se lanzan a la acción por segunda vez. Gobierna en Córdoba, desde el 17 de marzo de 1862, el jefe del Partido Liberal autonomista, Dr. Justiniano Posse cuya administración -caracterizada por la cruel persecución a los federales-resulta amenazada por la invasión a la provincia que realiza el Chacho Peñaloza, quien se ha sublevado en La Rioja contra los procónsules que Mitre ha enviado a desangrar el Interior. El 7 de junio de 1863 el caudillo llanista baja hacia nuestra Capital desde el norte del valle de Punilla, causando alarma entre la “gente decente” de la ciudad. El dia 10 se produce un alzamiento de los presos federales, a los que Luengo proporciona armas y lo transforma en un gran movimiento popular. Posse es derrocado y se impone como nuevo Gobernador federal a Achával, quien en un Manifiesto del día 12 afirma que era preciso recordar que otros argentinos “sufrían el yugo opresor que nos ha legado la batalla de Pavón”(4). Al día siguiente, el Chacho entra a Córdoba y junto a Achával -dice Alfredo Terzaga- “saludó a las milicias cordobesas desde los balcones del Cabildo” mientras que el nuevo mandatario leyó una proclama en la “que exhortaba a liberar las demás provincias del yugo de Pavón para que pudieran gozar de la Constitución sin reformas”(5). Pero el procónsul que vigila a la rebelde Córdoba, el general uruguayo Wenceslao Paunero, incluyendo la caballería de su sanguinario paisano Ambrosio Sandes, logra derrotar al ejército riojano-cordobés, fuerte de 4.000 hombres, en la sangrienta batalla de Las Playas. Es el 28 de junio y Peñaloza y Luengo deben huir para salvar sus vidas. Los acompaña Agenor Pacheco, pero no Paulino Minuet, caudillo de Cruz del Eje -como afirma erroneamente Frías- porque éste había sido fusilado meses antes por el mismo Sandes. Justiniano Posse es repuesto en su cargo, pero renunciará el 28 de julio. Sin embargo, Luengo, fervoroso antimitrista, no se conforma. A mediados de 1866 gobierna don Roque Ferreya -un hombre a mitad de camino entre liberales y federales, comerciante antes que polìtico- en medio de un clima de oposición a la participación argentina en la guerra contra el Paraguay, sublevación de contingentes cordobeses destinados a aquel frente e invasiones de la montonera de Aurelio Zalazar. Se le oponen los federales “rusos” del Partido Constitucional, pero también los liberales autonomistas o “ultras”, hondamente agraviados por el asesinato de Justiniano Posse por parte del Batallón “Córdoba Libre”, creación de Ferreyra. Aislado políticamente el gobierno, Simón Luego se subleva nuevamente el 14 de julio e impone, después de algunas alternativas confusas y un interinato del liberal-fusionista Luis Cáceres, al Dr, Mateo Luque -federal derquista- como nuevo gobernador de Córdoba. Luque, a su vez, lo designa “Comandante General de Armas de la Provincia” y lo asciende al grado de Coronel de Guardias Nacionales de la Provincia. Urquiza, considerado jefe nacional del Partido Federal, en parte por la filiación no-urquicista de Luque y en parte porque ya está entregado al Presidente Mitre y los porteños, desautoriza a su fervoroso seguidor: “Yo no puedo aplaudir su conducta”, le escribe el 30 a Luengo, que comienza a desencantarse del entrerriano. “Sin necesidad de acudir a la violencia siempre funesta, podría haberse obtenido el terreno legal que dejan nuestras instituciones…” (6) ¡Instituciones provincianas contra rémingtons porteños! El 10 de septiembre siguiente, el jefe cordobès vuelve a escribir a don Justo, justificando la revolución contra Ferreyra, porque éste –dice- “en su insensato deseo de conservarse en su puesto que sus propios errores le habían hecho imposible, tuvo que rodearse de hombres violentos, arbitrarios y desacreditados”(7). Por esos meses, el fiel federal consigue desbaratar personalmente dos complots contra el gobernador Luque, uno en agosto, que le es denunciado por don Rafael Yofre, y otro a mediados de septiembre, que le hace conocer el propio Luque (8). Poco más de tres meses después, estalla en Cuyo la gran revolución antiguerrera y antimitrista de “los Colorados” de Carlos Juan Rodríguez, que confluirá con la montonera que dirigida por el Coronel Felipe Varela invade desde Chile. Influidos por la atmósfera revolucionaria, Luengo y Achával, afirma Beatríz Bosch, “piden directivas a Urquiza” (9), que es siempre esquivo en sus respuestas a su partidarios. Se ha vuelto “respetuoso del orden”…liberal-mitrista. Pero los federales cuyanos avanzan de victoria en victoria. En enero de 1867 vencen al gobernador liberal de San Juan y Luengo no espera más: el 16 de febrero se pronuncia en la plaza central, frente al Cabildo, contra Mitre, contra la guerra fratricida y contra los generales Paunero y Antonio Taboada, que amenazan al gobierno de Mateo Luque desde el sur y el norte respectivamente. Cuando llega el gobernador, Luengo y sus seguidores lo abrazan eufóricos y le dice que ahora debe pronunciarse él también. Luque, sin negarse ni comprometerse, más prudente que su subordinado/aliado frente al peligro liberal, logra desactivar diplomáticamente el movimiento, que hubiera traído indefectiblemente una tremenda represión de las tropas nacionales a la inerme Córdoba. Y no estaba equivocado en sus prevenciones: el general Juan Saá es derrotado en San Ignacio y Felipe Varela en Pozo de Vargas. La revolución federal del Oeste se desmorona, pero Luque sobrevive al cimbronazo. No por mucho tiempo. Efectivamente: en el marco de la polémica que sostiene con el Juez Federal Dr. Saturnino María Laspiur respecto a las responsabilidades de supuestos cómplices cordobeses de Rodríguez y Varela, aquel pide la ayuda de las fuerzas nacionales para hacer cumplir sus resoluciones, resistidas por Luque. Este, alarmado al enterarse del arribo de esas tropas a Río Segundo, viaja urgentemente a Buenos Aires a conferenciar con el Vicepresidente a cargo de la presidencia de la Nación (Mitre està “dirigiendo” la guerra contra el Paraguay), dejando como gobernador delegado a Carlos S. Roca. Luengo, enviado a reclutar paisano a Traslasierra para enviarlos al Paraguay, se resiste a esta violación de sus más íntimas convicciones americanas y vuelve a sublevarse el 16 de agosto de 1867, declarando su apoyo a la revolución federal de San Luis. Apresa al Dr, Laspiur, al Ministro de Guerra de la Nación, general Julián Martínez, y al comandante Juan Ayala, amenazando con fusilarlos. Enterado de la revuelta, con gran sorpresa de Luengo el Dr. Luque lo destituye y solicita el auxilio del General Emilio Conesa -liberal alsinista- y del gobernador liberal de Santa Fe, Nicasio Oroño, cuyos contingentes confluyen sobre Córdoba. Con tropas muy inferiores, el irreductible Luengo debe rendirse y huir. Luque es repuesto en su cargo, pero como antes Fragueiro, después Posse y por fin Roque Ferreyra, él también sale muy debilitado por la conducta de su Comandante de Armas, que le abre el camino a los liberales: debe renunciar el 25 de octubre y la Legislatura nombra Gobernador al ultramitrista Félix de la Peña, jefe de la gran burguesía comercial ligada a Buenos Aires. Como suele suceder con algunas acciones “ultras”, esta vez Luengo ha sido funcional a sus enemigos. ¿Cuál era el secreto de la efectividad de este hombre singular en sus tentativas victoriosas de derribar gobernadores? No la fuerza de la montonera, como en Facundo o Estanislao López, porque “Córdoba no le dio montoneras a Luengo” (10). Simón Luengo, explica Luis R. Frías, “encontrará prosélitos en la ciudad y sus contornos, de ningún modo en la campaña, algún medio centenar de pardos artesanos, contados vecinos de las quintas, desde luego sus compadres y ahijados y más de un asiduo contertulio de las innumerables esquinas de dudosa trastienda”, así como miembros de la pandillas rivales de abajeños y arribeños de los suburbios (11). Esta fuerza reducida pero decidida y la cercanía física a la sede del poder provincial explican la efectividad militar y política del Comandante Luengo, cuyos movimientos -algunas veces imprudentes- habían “exasperado” al general Urquiza (12), como dice Beatriz Bosch. El hecho es que, después de su última tentativa en Córdoba, el “constante revolucionario” es capturado en Copina el 30 de agosto y llevado a Buenos Aires cargado de cadenas y procesado por haber intentado ultimar a sus importantes prisioneros. En la Capital, “asumió su defensa el Dr. Miguel Navarro Viola”(13), ilustre abogado federal, pero el hombre de “las quintas al Poniente” -mientras sus cercos y sus manzanos quedaban en el abandono- tendría que esperar el advenimiento de la presidencia de Sarmiento y el feliz año ’69 para quedar el libertad y salir al exilio. Es liberado y deportado, pero en abril de 1869 ya ha reingresado al país: se encuentra radicado en Entre Ríos, sumado a las filas de los federales disidentes que responden al general Ricardo López Jordán. Tanto el cordobés como su jefe inmediato estaban totalmente desilusionados con el abandono de sus ideas y de su gente que había hecho el general Urquiza, y planeaban una revolución para despojarle del gobierno y reiniciar la lucha contra el liberalismo porteño. Se decide aprisionarlo y enviarle desterrado al exterior. Simón Luengo será el encargado de comandar la partida que se dirigirá al Palacio San José a tomar prisionero al Gobernador. El 9 de abril de 1870, López Jordan reúne en su propiedad de “Arroyo Grande” a unos treinta de sus seguidores, que deberán fusionarse con la partida que Luengo y el pardo Ambrosio Luna tienen en la estancia “San Pedro”, que administra “Nico” Coronel. Son alrededor de 50 hombres bien armados, que al atardecer del 11 de abril llegan a las inmediaciones de San José.
“Cuentan que el once de abril
cuando estaba atardeciendo
hasta San Josè llegaron
los hombres de Simòn Luengo.
Principiaba la Semana
en que a Cristo lo habían muerto.
Ellos no andaban de santos;
la única cruz que trajeron
asomando en la cintura
terminaba en punta e’ fierro”.
(Guillermo A. Wiede: “Jinetes de nombre muerto”)
“El coronel Simón Luengo imparte las últimas direcciones para el asalto” (14) y a las siete y media se produce el ataque. Urquiza se resiste a balazos y los rebeldes lo ultiman y huyen sin llevarse absolutamente nada. No eran salteadores, sino revolucionarios que “habían ido a sacar de por medio al tirano, que estaba vendido a los porteños” (15), como dijo uno de los participantes.
Luengo, al frente de su gente se retira hacia las nacientes del arroyo del Molino, donde se reúne con el general López Jordán, Compartirá su suerte por un tiempo, pero a mediados de junio de 1872 está clandestinamente de regreso a Córdoba. Desde la sencilla casa de su amigo Manuel Palacios, dos leguas y media al sur de la ciudad, donde se encuentra refugiado, planea un golpe contra el gobernador liberal de Juan Antonio Álvarez, que será parte de un plan nacional revolucionario contra la presidencia de Sarmiento. El gobierno cordobés descubre el complot y manda a arrestar al temible comandante. Rodeado en la noche del 26 por la partida policial de Gerónimo Rodríguez, Luengo intenta huir en la oscuridad cubriendo su retirada a balazos. Es alcanzado por Rodríguez en persona, quien lo sablea de atrás. Cae y es ultimado a tiros y culatazos por los miembros de la partida. El comandante Simón Luengo, federal inconmovible, uno de los “rusos aparaguayados” de Córdoba (16), como les llamaba el secretario de Mitre, José María de la Fuente, por sus simpatías con el heroico Paraguay de los López, acaba de morir en su ley, con las botas puestas, como había vivido.
Notas:
1) Manuel Modesto Moreno al Juez del Crimen, Córdoba 1872, cit. en Luis Rodolfo Frías: “Simón Luengo, el constante revolucionario de Córdoba”, en “Anuario del Departamento de Historia” de la UNC, Córdoba l964/1965, pag. 264.
2) Informe de José María Casales a la Municipalidad de Córdoba del 1° de diciembre de 1856, cit. en Luis R. Frías, op. cit., pag.279.
3) Luis R. Frías: op. cit., pag. 279.
4 )Efraín U. Bischoff: “Historia de Córdoba”, Editorial Plus Ultra, Lanús 1979, pag. 249.
5) Alfredo Terzaga: “Justiniano Posse: una trágica muerte y su lección política”, en “Claves de la Historia de Córdoba”, Universidad Nacional de Rio Cuarto, Rio Cuarto 1996, pag. 182.
6)Justo José de Urquiza a Simón Luengo el 30 de julio de 1866, cit. en Beatriz Bosch: “Urquiza y su tiempo”, EUDEBA, Avellaneda 1971, pag. 644.
7) Simón Luengo a Justo José de Urquiza el 10 de septiembre de 1866, cit. en Efraín U. Bischoff: “Imagen biográfica del Dr. Manuel Lucero”, Banco de la Provincia de Córdoba, Córdoba 1988, pag.153.
8) Luis R. Frías:”El Gobernador Luque y la política en Córdoba”, en “Revista Histórica” n° 3 del Instituto Histórico de la Organización Nacional, Buenos Aires, julio/diciembre de 1978, pags. 114/115.
9) Beatriz Bosch: op. cit., pag .645.
10) Luis R. Frìas: “¿Y el 80 en Còrdoba. Los acontecimientos políticos”, Secretaria-Ministerio de Cultura y Educaciòn de la Pcia de Còrdoba, Cordoba 1981, pag. 16
11) Idem, idem: pag.17
12) Beatrìz Bosch: op. cit, pag. 657
13) Maria Amalia Duarte: “Urquiza y Lopez Jordán”, Librería Editorial Platero, Buenos Aires 1974, pag. 200.
14) Beatriz Bosch: op. cit., pag. 713.
15) Cit. en Maria Amalia Duarte: op. cit., pag. 202.
Dice Guillermo A. Wiede en su poesìa “Jinetes de nombre muerto”: “Luengo piensa: ya no hay Patria/ Don Justo nos fue vendiendo/ a Mitre, a los unitarios,/ a ingleses y brasileños./ Tendrà que rendirnos cuenta/ por todos los montoneros/ que le entregaron su sangre”.
16) De la Fuente había sido enviado por el gobierno de Mitre para estudiar discretamente la opinión de las autoridades y pueblos de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba respecto a la infame Guerra de la Triple Alianza que el mitrismo, aliado a los “colorados” (liberales) uruguayos y el Imperio esclavista del Brasil había desatado contra el Paraguay para aniquilar su desarrollo independiente, tan odiado por los ingleses. El informe pinta la impopularidad que la guerra tenía en el pueblo cordobés y su partido, el de los federales rusos, “aparaguayados” a tal extremo –decía de la Fuente- que “quisieron festejar con serenatas el rechazo de Curupaytí” (de parte de las tropas guaraníes de Francisco Solano López a las de los invasores aliados). Cit. en Maria Amalia Duarte: op. cit., pag.119.
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| Eva Perón y José Espejo. |
Por Francisco José Pestanha
“El futuro que, sin lugar a duda recordará y juzgará el destino admirable de esta mujer, advertirá que no usufructuó ella de las circunstancias, sino que las circunstancias usufructuaron de ella como lo hace invariablemente la Historia con las vocaciones (o llamados) individuales que la misma historia usa, y con los cuales realiza o pone “en acto” sus acontecimientos posibles. Eva Perón escuchó ese llamado y respondió a él con heroica fidelidad ¿Y qué provecho sacó de las circunstancias? La vigilia, el cansancio, la enfermedad y la muerte” (Leopoldo Marechal).
La vida, la obra y la muerte de Eva María Duarte, así figura en la fe de bautismo datada el 21 de noviembre de 1919 bajo el folio 495 emitida por la Capellanía Vicaria de Nuestra Señora del Pilar, Partido de General Viamonte[1], estuvieron y aún están sujetas a una serie manifestaciones socioculturales, sobre las cuales, bien vale hacer breve referencia a pocos días de conmemorarse un nuevo aniversario de su precoz agonía.
- Evita sacralizada -
Mientras una acepción corriente del vocablo “sacralizar” nos remite a un procedimiento mediante el cual suele asignarse o atribuirse carácter sagrado a un elemento o individuo, para nuestro devenir indo-afro-ibero-americano, la sacralización constituye a la vez de un fenómeno frecuente, una forma de expresión profundamente arraigada en el sentir y en el obrar popular que, reconocemos, adquiere ribetes complejos.
Numerosos autores vinculados a esa matriz epistemológica que en el país constituye el “Pensamiento Nacional” nos han enseñado que en nuestra región, la sacralización constituye un instrumento a través del cual los sectores populares no solamente suelen volcar sus devociones, sino también ciertas expectativas, y en cierto sentido además, sus peculiares derroteros. Rodolfo Kusch, uno de los pensadores argentinos más originales, sentenciaba al respecto en su valiosísima obra “América Profunda” que "...cuando un pueblo crea sus adoratorios, traza en cierto modo en el ídolo, en la piedra, en el llano o en el cerro su itinerario interior..."[2]. Así esas circunstancias a las que refiere Marechal en el encabezado y que según él “se aprovecharon de Eva”, no hacen más que ratificar que la sacralización en nuestra América no solo contribuye a reforzar el sentido histórico del sujeto sacralizado, sino que además, lo instituye en presente y en futuro viviente. Arturo Jauretche, en plena sintonía, sostendrá en alguna oportunidad respecto a Evita que “… hay seres en los que se mete la historia y se expresa a través de ellos como si quisiera símbolos vivos que inútilmente la inteligencia trata de explicar.[3]
- Evita mitificada -
Sobre la abanderada de los humildes ha recaído, además, otro tipo de dispositivo de características no tan originales e imperecederas como el descrito precedentemente, y que supone, en alguno de sus de sus sentidos, el despliegue de una operación intelectual tendiente a transformar hechos acontecidos efectivamente o inventados, en relato creíble o plausible aunque la veracidad de tales circunstancias no pueda ser comprobada”.´ Me refiero especialmente a la mitificación.
Entre otros aspectos mitificados del transcurrir de Evita hay cuanto menos dos a los que suele apelarse con cierta frecuencia y que a nuestro criterio, han contribuido a desnaturalizar la realidad acontecida.
El primero nos vincula a la afirmación que Evita encarnó per-se la efervescencia justicialista, y que su pasión revolucionaria la llevó a ejercer una especie de jacobinismo contrastante con el conservadurismo de quien fuera en vida el conductor del justicialismo. El segundo, que su predica y acción pueden ser perfectamente separadas o disociadas de las del mismísimo Perón, con quien habría mantenido diferencias inconciliables.
El primero, llevado a extremos, ha llevado a compañeros de fuste como Roberto Surra a sostener que ante la imposibilidad de negar a Evita, ciertos sectores que en su tiempo la repudiaron y la combatieron, empezaron a exaltarla “… llegando al colmo de presentarla como a una dama que látigo en mano, dominaba a su macho (Perón) quien es presentado por esta particular y pintoresca visión de la historia, como un timorato dominado por su miedo de perder el poder y temeroso del carácter de su mujer”[4] . He aquí uno de las formas que ha asumido el evitismo un verdadero “artilugio intelectual de manual”, cuyo fin último estuvo orientado a minusvalidar y opacar la obra y la figura de Perón, recurriendo al enaltecimiento acrítico de Eva.
Sobre la vida de la Jefa espiritual del peronismo mucho se ha escrito. Alguno de los textos han aportado valiosísima información y rectificado otra que durante un tiempo fue aceptada sin constatación alguna. Otros constituyen simplemente un verdadero sancocho.
Pero de la simple lectura de las obras más serias escritas sobre ella, como del testimonio de los hombres y mujeres que la acompañaron de cerca hasta su muerte, como de sus propios textos que constituyen su herencia como la comprobada “La razón de mi vida” o el otrora cuestionado “Mi mensaje”, surge incontrastablemente que Evita encarnó la revolución “…no como un acto propio o un gesto individual, sino en el contexto de Juan Perón, su doctrina y su pueblo en marcha hacia la liberación”[5]. Ella misma afirmará tajantemente al respecto, tal vez recurriendo a una voz excesiva, pero plenamente sentida que: “todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón”. No existe así testimonio o prueba alguna que Eva Perón hubiese concebido la revolución peronista sin Perón.
El segundo de los artilugios está orientado a obliterar ese verdadero lazo amoroso que unió a la pareja y la admiración mutua que se prodigaron. Desde facciones provenientes especialmente del materialismo, se intentó presentar a la pareja como el producto de una relación de medios a fines, donde ella, en oportunidades, aparecerá como uno de los instrumentos a los que apeló Perón para concretar alguna de sus inconfesables intenciones, y en otras, en menor medida, donde él será presa de las ambiciones extremas de “esa mujer”.
Nada más alejado de la realidad. Más allá de las naturales y lógicas desavenencias que toda pareja sufre en su devenir, y de las cuales casi ningún vestigio comprobable ha quedado, todos los relatos coinciden que su relación fue próspera e indestructible, aún a pesar de complejísimas circunstancias históricas y personales que les tocó compartir.
En “Mi Mensaje”,[6] obra póstuma afortunadamente autenticada judicialmente gracias a los ingentes oficios de Fermín Chávez, entre las previsiones conspirativas respecto a sectores de la jerarquía eclesiástica y sospechas similares respecto a militares, Evita ilustrará al lector sobre su lealtad a Perón y reafirmará el proyecto de vida que eligió vivir junto al conductor del justicialismo. Sostendrá allí taxativamente:“Quiero vivir eternamente con Perón y con mi Pueblo. Esta es mi voluntad absoluta y permanente y será también por lo tanto cuando llegue mi hora, la última voluntad de mi corazón. Donde esté Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para quererlos con todas las tuerzas de mi vida y con todo el fanatismo de mi alma. Si Dios lo llevase del mundo a Perón antes que a mí yo me iría con él, porque no sería capaz de sobrevivir sin él, pero mi corazón se quedaría con mis descamisados, con mis mujeres, con mis obreros, con mis ancianos, con mis niños…” Algunos traficantes de la intelligentzia han recurrido a otras artimañas para transfigurar el sentido histórico de Eva Perón. El ocultamiento de cierta información vital para comprender integralmente a Evita se convirtió en otro de los artificios preferidos. Entre otros tantos datos obliterados, se encuentra la profunda fe que nutrió su pensar y accionar.
Afortunadamente, registros documentales y testimonios escritos y audiovisuales de, entre otros, su confesor y Director espiritual Hernán Benítez y del poeta y amigo José María Castiñeira de Dios, permiten resguardar esa y otra información para las nuevas generaciones.
Nadie seriamente puede dudar hoy que sus creencias religiosas y la espiritualidad profesada por Eva fueron decisivas, y que su vida estuvo plagada de jirones vinculados a tales circunstancias.
Eva, según coinciden sus principales biógrafos, mantuvo siempre una profunda fe, y promediando su vida, llego a profesar oración diaria. Valentín Thiebaut, director del legendario periódico oficialista “Democracia” declarará oportunamente que, entrevistada respecto a las circunstancias de su viaje a Europa, Eva expresó que su encuentro con el Papa fue la etapa más impactante del viaje[7]. La influencia de tal encuentro, y en especial la de Hernán Benítez, fueron decisivas en la concepción de esa fundación modelo que adquirió virtualidad categórica con posterioridad a aquel derrotero. Roberto Surra en el texto precitado sostendrá enfática e irónicamente, que el “Evitismo es uno de los inventos más inteligentes y perversos que concibió la oligarquía para alimentar al antiperonismo. No hay nada más antiperonista que el Evitismo, ya que supone una actitud independiente y hasta contrapuesta de los ideales de Perón. Y culmina: Quienes digan amar a Evita, pero no a Perón deberían leer más, estudiar más, hacer memoria, o ¡hacer terapia!
Sin llegar al extremo, las recomendaciones de Surra resultan oportunas para advertir a los lectores respecto algunos libelos que seguramente circundarán en estos tiempos, probablemente emergidos de algunos cenáculos donde suele recalar cierta vulgata revisionista.
[1] En “Eva Perón sin mitos”, obra de Fermín Chávez publicada por editorial Theoría en el mes de febrero de 1996, se halla incorporada luego de la página 49, copia de la partida original. [2] Kusch Rodolfo: “América Profunda” . Editorial BIBLOS Buenos Aires, 1999. [3] Jauretche Arturo Martín: “Juicios y testimonios”. Suplemento especial de la revista Dinamis. Año 1969. [5] Castiñeira de Dios, José María: “El esfuerzo de Evita, era antes que una misión, una forma de realización personal.” Diario la Opinión 26 de julio de 1972. página 16 [6] Perón Eva, Mi mensaje, Ediciones del Mundo, Buenos Aires, 1987. [7] Chávez Fermín: “Eva Perón sin mitos”. Editorial Teoría. Febrero de 1996. Página 188.  |
| Emmanuel Kant. |
Por Fernando Pagés Larraya*
* Se reproduce este trabajo de Fernando Pagés Larraya (1923-2007), uno de los nombres grandes del pensamiento argentino quien, como tantos otros, solo tiene presencia en pequeños círculos o es directamente desconocido. El autor nacido Mendoza, con algún pariente victimado en las guerras civiles del s. XIX, fascinado con las fuerzas enloquecedoras que devoran el Facundo y a su autor, fue médico a mediados del siglo pasado, luego psiquiatra y doctor en medicina (con la tesis Sociedades experimentales de animales, base de su libro Estudio de la simpatía a través de animales en sociedades experimentales (1957). Estudió en Europa con Ludwig Biswanger entre otros creadores en su campo y en EEUU con Koch. De vuelta al País alternó la docencia con su creciente inclinación hacia la denominada psiquiatría transcultural y la antropología psiquiátrica. Científico atento, se sirvió de las teorías como herramientas sin reducirlas a epifenómeno ideológico. En la década del 70, en plena ebullición política funda el Programa de Investigaciones sobre Epidemiología Psiquiátrica y extiende el relevamiento de las patologías mentales a todo el territorio argentino, excediendo los iniciales grupos aborígenes (en este campo produjo la Summa en cuatro tomos que es “Lo irracional en la cultura” (1982). Fruto de ese esfuerzo de campo el equipo encabezado por Pagés comenzó a publicar en 1980 los trabajos de la Documenta Laboris iniciado con la Teoría de las isoidias culturales argentinas y concluido con la Teoría de la locura de las masas. Epílogo del Programa de In vestigaciones sobre Epidemiología Psiquiátrica (1987). Su Barroco africano-Investigaciones de psiquiatría transcultural en poblaciones negras tradicionales de América Latina (1995) fue su profundo viaje por las enfermedades mentales de descendientes de africanos en América y, al igual que La Bacanal de los niños. Antropología del Chico de la Calle (1998).
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Como “espejo siniestro de la cultura” aparece esta “Metafísica de la locura” y el loco como víctima de la violencia de sus conflictos. Esto vino a reforzar la antropología “trágica” que ya estaba latente en las antiguas pestes, en las batallas, en los suicidios en masa. Se ha pretendido determinar el espacio de juego de la locura en nuestro contexto cultural por medio de una encuesta de síntomas avalada internacionalmente.
El análisis de la locura despliega una hermenéutica de múltiples niveles que permite sacar a la luz las estructuras más profundas y conflictivas de nuestra cultura. Si bien se aborda principalmente la locura como categoría psiquiátrica, no es menor su incidencia en tanto categoría de la antropología cultural, a lo que cabe agregar su consideración como categoría literaria, el desciframiento del discurso psicótico como categoría lingüística, la necesidad de su contextualización sociológica y su fundamentación en categorías filosóficas y hasta teológicas.
La locura como categoría del espíritu es el esfuerzo denodado de comprender su liberación “en esta trampa del destino que lo engaña en cuanto a una libertad que no ha conquistado”. Después de una consideración de textos de dos figuras decisivas para la historia filosófica de la locura —Kant y Hegel—, se recalca el puesto clave en tu historia de la psiquiatría de Ludwig Binswanger y su concepción de la Ideenflucht (fuga de ideas). Finalmente, la teoría de la locura de las masas (Massenwahntheorie de Broch —locura doble de fragmentación por una parte, y de extravío y paranoia del poder, por otra— muestra un análisis universalmente válido dentro del cual se inscribe el modelo particular, recurrentemente trágico, de nuestra cultura. Este modelo se identifica como Massenwahntheorie VII, es decir, como prolongación de la ingente obra emprendida por Broch.
TEORIA DE LA LOCURA DE LAS MASAS
“Se acerca Dios en pilchas de loquero y ahorca mi gañote con sus enormes manos sarmentosas; y mi canto se enrosca en el desierto. ¡Piedad!”
Jacobo Fijman, “Molino Rojo”
I. Introducción.
En una conferencia sobre Baruj Spinoza, dictada en la Sociedad Hebraica de Buenos Aires en 1926, el psiquiatra argentino Alejandro Korn (1860-1936) pareció identificarse, por su humor trágico, con el fervoroso Uriel Acosta, el del “arrepentimiento inútil” que se arrojó en el umbral de la sinagoga portuguesa de Amsterdam para morir hollado por las pisadas de los hombres.
Existe un momento en la vida del psiquiatra en que es acometido por la desesperación del moderno Edipo, que será devorado por la Esfinge, que no pregunta ahora acerca del cómo del hombre, sino de su porqué…y nada puede responderle con antropología.
Existe en la vida de Alejandro Korn un díptico que lo hace modelo del inexorable arrepentimiento del psiquiatra: el haber redimido por el fuego de Heráclito el pabellón de locas del manicomio de Melchor Romero; y haber utilizado la filosofía como camino de su desesperación, aunque se extraviara en él al buscar la solución al gran enigma.
La contemplación de la tragedia de la locura exige, por lo tanto, una suprema catarsis.
En una época ensombrecida de la historia argentina (1976-1983), se llevó a cabo una investigación acerca de la prevalencia de su patología mental en el contexto de una investigación antropológica.
Se utilizó como vademecun para detectarla, una encuesta de síntomas consagrada para el uso internacional y experimentada en las culturas de occidente, para indagar específicamente acerca de la esquizofrenia: una nueva “categoría” social en la que se agrupa a los hombres estatuas, fugitivos de los aguijones de la cultura, en cuya sugestibilidad omnímoda alcanza la masa, según Elías Canetti, su dimensión metafísica; en sus exempla, un hombre oía a 729.000 muchachas y otro la susurrante voz de la humanidad. Gilles Deleuze veía en ella, la encarnación de la palabra profunda, el emblema del cuerpo-colador, cuerpo-dividido y cuerpo disociado; en fin, el hombre que ya no se acompaña más con Jabberwockey – el nombre superficial del sinsentido— sino que es el sinsentido, más allá de los juegos de la lógica y la teoría de las ciencias.
En esta investigación que abarcó en su totalidad la masa de la población argentina, ante el espectro de su cultura que clamaba al pie de su sepultura como el coro de los lemures goetheanos del segundo Fausto, se evidenció un desgarramiento universal, en el que la descripción trascendió a una explicación del hombre, formulada en el silencio de sus descarnadas estadísticas.
El análisis epidemiológico de la locura en la Argentina, la aunó a sus antiguas pestes, a los suicidios en masa, a sus batallas y fue el indicador de una marca ontológica.
II. La locura como hermenéutica de la cultura.
A través de monografías ásperas y desparejas, poseídas por un ritmo interior desconcertante, centradas en el tema único de la locura, que se oculta y transfigura en los textos en el juego de ensoñaciones y de una lingüística exasperada por el hermetismo de su tema, apareció el elipse barroco de nuestra cultura americana, nacida “de árboles, de leños, de retablos y de altares, de tallas decadentes y retratos caligráficos y hasta neoclasicismos tardíos; de ese barroquismo que surge de la necesidad de nombrar las cosas”.
Hubo locos de la luz y de la sombra, de fastos de glorias delirantes, los hubo quebradizos, y de empresas, alguno de ellos cargó sobre su cabeza un Espíritu Santo de dos metros por cuatro, y otro escuchó las discordancias en que no reparó Pitágoras, en la música de las esferas cósmicas.
Trasuntó en la locura la tristeza de nuestra etopeya latinoamericana, que expresara Alejo Carpentier en un oxímoron de sus actos memorables: mencionado en la Crónica de Alfonso XIII, de quien sólo se sabe que gobernó, reinó dos años y murió comido por un oso, o por hablar de tu mundo, aquel Bartolomé Cornejo que en San Juan de Puerto Rico abrió, y con la anuencia de tres obispos, la Primera Casa de Putas del Continente, el día 4 de agosto de 1526”.
La locura reveló también la raíz precolombina de América, en los desteñidos despojos de las culturas arcanas, utilizados para explicar y redimir la intensa tragedia que emergía de su tierra lacerada.
El análisis de la locura en la “masa” argentina dio lugar, como en la construcción de la Muralla China de Franz Kafka, a un viaje a través de las almas de casi todas las provincias. .“Sus pruebas no sólo consistían en escritos y crónicas, sino en investigaciones sobre el terreno mismo, sabiendo que la obra fracasaría y debía fracasar por la debilidad de sus cimientos”. Como en “Die Prüfung”, el relato necesario de ese autor, que completa el viaje circular e interminable, la obra debía fracasar, porque “el examen” implícito en ella sólo era aprobado por el que no respondía a sus preguntas.
El topos de la locura origina magnitudes semánticas variadas, categorías de significación tributarias del núcleo cardinal que las genera: la locura como objeto de la gnoseología psiquiátrica; la locura como categoría cultural, inexplicable sino en el seno de una determinada cultura tópica; la locura como categoría literaria, componente del nivel semántico, dentro del orden descriptivo de la inventio, del universo semiológico textual, status tropológico, en la que se transfigura en entidad metasemiótica; la locura como categoría lingüística, que tiene su “cifra”, su código propio de escritura en el discurso psicótico; la locura como categoría filosófica, u onto-teológica; como síntoma sociológico; como iluminación de la poesía y el éxtasis... Un abismo, en fin, tan insondable muerte.
La locura es una hermenéutica de la cultura.
João Guimarães Rosa en la magna novela americana Gran Serton: Veredas, describió la locura ontológica y la de los encadenados, como entelequia del gran año de nuestra tierra:
“¿Eh? ¿eh? Lo que más pienso, atestiguo y explico: todo el mundo está loco. Usted, yo, nosotros todas las personas. Por eso es por lo que se necesita principalmente la religión: para desenloquecerse, desenlocar. El rezo es el que sana de la locura...”
“Como le dio a una moza, en el Barrizal-Nuevo, aquella desistió un día de comer y sólo bebiendo por día tres gotas de agua de pila bendita, a su alrededor empezaron los milagros. Pero el delegado regional llegó, trajo a los reclutas determinó el desbande del pueblo, trasegaron a la moza para el hospicio de locos...”
“Por que en un crujido del tiempo, ya había surgido viniendo millares de seres, para pedir cura, los enfermos condenados: lázaros de lepra, tullidos por horribles formas, heridientos, los ciegos más sin gestos, locos encadenados, idiotas, héticos, hidrópicos, de todo: criaturas que hedían”.
“No te parece a ti que todo el mundo está loco? ¿Qué uno sólo deja de estar loco en los momentos en que siente el valor completo o el amor? ¿O en los momentos en que consigue rezar?”
José María Arguedas, en el memorial de su suicidio, en el que nos arrebató a todos. El zorro de arriba y el zorro de abajo, utilizó como sus escrituras al loco Moncada:
“Yo soy torero de Dios, soy mendigo de su cariño, no del cariño falso de las autoridades, de la humanidad también. ¡Miren!”
“Miren cómo toreo las perversidades, las pestilencias. Yo soy lunar negro que adorna la cara... Yo soy lunar de Dios en la tierra, ante la humanidad. Ustedes saben que la policía me ha querido llevar preso otras veces porque decían que era gato con uñas largazas de ladrón. Yo no niego que soy gato, pero robo la amistad, el corazón de Dios, así araño yo...”
“Orbegozo Moncada, presidente del Perú, dueño de la hacienda Moncada. ¡Never! ¡Never!, luego señaló el muñeco. Este negro calumniado, colgadito, de quien se acordarán los siglos de los siglos. Dios vino descalzo como él; como a él lo colgaron, no como a mí. A mí, una vez de las patas en la comisaría”.
Julio Cortázar en Rayuela, su libro sagrado de nuestras mutaciones, transforma: la ciudad en circo, y éste en manicomio:
“... y se iba acostumbrando a sustituir tragasables por esquizofrénicos, y fardos de pasto por ampollas de insulina”.
“Y los Campos Flegreos, y lo que Horacio había murmurado sobre el descenso, una insensatez tan absoluta, que Manú y todo lo que era Manú y estaba en el nivel de Manú no podía participar en la ceremonia, porque lo que empezaba ahí era como la caricia de la paloma, como la idea de levantarse para hacerle una limonada a un guardián, como doblar una pierna y empujar un tejo de la primera a la segunda casilla, de la segunda a la tercera. De alguna manera habían ingresado en otra cosa, en ese algo donde se podía estar de gris y ser de rosa, donde se podía haber muerto ahogada en un río... y asomar en una noche de Buenos Aires para repetir en la rayuela la imagen misma de los que acaban de alcanzar, la última casilla, el centro del mandala, el Ygdrassil vertiginoso por donde se salía a una playa abierta, a una extensión sin límites, al mundo debajo de los párpados que los ojos vueltos hacia adentro reconocían y acataban”.
El poeta Antonio Campbell, de Nicaragua, buscó la redención de la locura cotidiana mediante la instauración de la “locura mayor”:
“Los locos son como respuestas que nadie ha pedido. Son como los rayos de una carreta sin ejes, como la lluvia que azota de abajo hacia arriba, como pilotos de pruebas atascados en el barro celeste. La ciudad respira por los pulmones de sus locos, va en los automóviles que conducen sus locos; ordena, obedece, y hace trampas a través de sus locos.
El abogado diseña las casas y el hechicero canta la misa, el maestro vende pescado y el camillero sirve en las cátedras. Se necesitaría una locura mayor para acabar con este manicomio”.
Las tres gotas del agua de pila del alimento celeste, la profecía alucinada, el obscuro destino de los perros de los Campos deshonor de las rosas que mataron a Rainer Maria Rilke y el sacrificio del poeta por la amabilis insania, nos conducen al tratamiento de metafísica de la locura, para la demostrar y explicar nuestra aventurada tesis de que es ella el espejo siniestro de la cultura.
El grito del Poimandres tratado por Hermes Trimegisto, la sombra de Hécate inventora de la hechicería, perra, yegua tricéfala, loba de la noche, que engendra la locura de los encadenados, son máscaras, que caen ante el saber filosófico.
Debemos partir, para acercarnos a ese saber, de la noche de la Bonneval en el otoño de Paris de 1946, en la que Jacques Lacan, fundado en la filosofía hegeliana, desterró el último intento hipocrático – del órgano-dinamismo de Henry Ey – de aherrojar la locura a la descomposición de nuestro cuerpo, y la liberó para tratarla con las categorías del espíritu: ‘En fin je crois qu’a rejeter la causalité de la folie dans cette insondable décision de l’étre oú il comprend ou méconnait sa libération, en ce piége du destin qui le trompe sur une liberté qu’il n’a point conquise,je ne formule rien d’autre que la loi de notre devenir, telle que l` exprime la formule antique:

*
Las Gernütskrankheiten de Immanue1 Kant, los juegos dialécticos de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, y la ideenflucht de Ludwig Binswanger, nos brindarán las tres categorías metafísicas de la locura, que no son sino las de nuestro espíritu.
La Anthropologie in pragmatischer Hinsicht (1978), de Immanuel Kant, constituye sin duda el tratado más importante de la psiquiatría del siglo XVIII. En esta obra desprolija y apasionada, escrita después de las tres críticas, Kant radica la locura en el campo de la filosofía y afirma que el loco debe ser enviado, para su tratamiento, a la facultad que se ocupa de ella: “...ihn an dic philosophische Fakuktät verweisen”.
Como prolegómeno de su tratamiento se enuncian las dimensiones de la imaginación, tan importantes para sustentar una teoría acerca de ella: imaginatio plastica (espacio), imaginatio associans (tiempo), affinitas, y facultas diyinatrix. Pero la locura en sí está en el campo del conocimiento, el apartado en el que se realiza su conceptualización tiene una dimensión clara y específica, el de las debilidades y enfermedades del alma con respecto a su facultad de conocer: “Von den Schwächen und Krankheiten der Seele in Ansehung ihres Erkenntnissvermögens”.
¿Qué diferencia fundamental existe, entonces, entre el loco y el hombre que no lo es aun entre el loco y el hombre más sabio, estando también este último condenado a la incognoscibilidad radical de los nóumenos?
Su concepción procesal de la enfermedad mental -“Unsinngkeit oder Wahnsinn” etimológicamente: el sinsentido o el sentido vacío—, radica en una discordancia de la imaginación con las “leyes” de la experiencia, y es aquí donde alcanza su más curioso encumbramiento la teoría kantiana; distingue en ella: “Phantas” (Grillenfänger), fantaseador cazador de grillos, que habitan en él; “Enthusiast”, en el que alienta la emoción vesánica (Wahnwitz oder Aberwitz); y “Raptus”, de inesperados arrebatos... No hay nada, por cierto, que extrañe a los continuos y arrebatados juegos de la imaginación del tiempo, el espacio, la affinitas y la facultas divinatrix, del hombre kantiano.
Nada agrega a ello su bello tratamiento de la taciturnidad, del cavilar sin finalidad alguna, y sus disquisiciones acerca de la superstición.
La contemplación del loco, como un espejo deformante de nuestra alma, es tratado por Kant como “sympathetisch Rasender...”, en quien la conmoción y el contagio sobrevienen ante el “furioso” ciceroniano, en el que el furor es un equivalente latino de la manía divinizada en el Fedro de Platón; la fascinación por el loco, que lleva a asomarse a su celda; la tropología popular —que aparece en la nomenclatura kantiana—, como el “würment” el tener gusanos en la cabeza de los locos, o grillos (“eine Grille”), o el cabalgar sobre caballos de palo (“das Steckenpferd”); y en fin, la percepción en ellos de una qualitas occulta, una capacidad de presentir o profetizar.
Kant distingue la “enfermedad del alma” (Seelenkramkheit) y la ausencia o falta del alma (Seelenlosigkeit), como ocurre en los cretinos de Walliserland.
Las enfermedades del ánimo -“Gemütskrakheiten” -son: la Grillenkrankheit (Hypochondrie) y la Manie.
Kant realiza una descripción magnifica del delirium. Al tratar la Hypochondrie, la enfermedad de los “grillos en la cabeza”, la asocia al temor a la muerte acompañado por una irreprimible angustia.
La melancolía puede también ser, para él, una mera ilusión de ser desgraciado, que lo lleva al tormento de sí taciturno.
En el momento crucial de su meditación admite la imposibilidad de sistematizar la locura, a la que considera esencia e incurable, como una categoría oculta del alma humana.
La locura es, para él, un extravío en lo ignoto. El único síntoma universal de la locura es la pérdida del sentido común y el sentido privado lógico, que lo reemplaza. Das einzige allgemeine Merkmal del Verrücktheit ist der Verlust des Gemeinsinnes (sensus communis) und der dagegen eintretende logische Eigensinn (sensus privatus)...
Sus cuatro dimensiones son: Unsinnigkeit (Amentia), que es la imposibilidad de ordenar las representaciones (Vorstellungen), en la conexión necesaria, ni siquiera para que sea posible la experiencia; Wahnsinn (Dementia), se cumplen en ella las leyes formales del pensar, que hacen posible la experiencia, mas a causa de una “falsa imaginación plástica”, se tiene por percepción representaciones ficticias; Wahnwitz (Insania), es un juicio perturbado, esta locura es ciertamente metódica, pero sólo fragmentaria; la mente es engañada por analogías que se confunden con conceptos de cosas semejantes entre sí, y de esta manera la imaginación desarrolla un juego similar al del entendimiento, enlazando cosas incongruentes y presentándolas como el universal bajo el que estaban contenidas estas últimas representaciones. El loco de esta especie es incurable, porque -como el poeta en general-, es creador y está entretenido por su polifacetismo: Aberwitz (Vesania), en la que el enfermo psíquico se remonta por encima de la escala entera de la experiencia, se figura concebir lo inconcebible...
La modernidad de la psiquiatría de Kant lo lleva a analizar el efecto psicotizante de algunas drogas. Cuenta por ejemplo que James Harrington (1611-1677) cayó -a consecuencia de una dosis demasiado fuerte de guayaco-, en su delirio en el que afirmaba que sus espíritus vitales se evaporaban en forma de pájaros, moscas, grillos...
Todo el texto, apasionadamente contemporáneo de Immanuel Kant, es una contradictio in adjecto.
Al reducir a una cohorte de locos la imposibilidad del conocimiento, reduce a la nada esa imposibilidad esencial del conocer que emerge de las dos críticas, contradice, por lo tanto, las tres leyes seculares del pensamiento, expresadas, con su natural criticismo, muy simplemente en el manual de Morris R. Cohen y Ernest Nagel de la siguiente forma: si una cosa es A, ella es A; nada puede ser al mismo tiempo A y no A; ninguna cosa puede ser o A, o no A... Vale decir que la reflexión nos lleva a afirmar, que la antropología de Immanuel Kant, es en su aspecto esencial, lo mismo que su antropología de la locura. Como en el caso de la tortuga de Lewis Carroll, nuestra reflexión kantiana de la locura, como tragedia del conocer, hace un llamado a una regla de un nivel superior que la justifica, tal es la condición de incognoscibilidad esencial de hombre.
La locura es en Kant una forma de comprensión del conocer, y por lo tanto se integra en su concepción del hombre, ya que en el nivel trascendental de la gnoseología kantiana, se unifican en su esencia, y el loco deviene así el ser marcado por la tragedia del sujeto cognoscente frente al enigmático objeto del conocimiento.
La antropología kantiana afirma nuestra tesis de la que la locura es una forma hermenéutica, una explicación por el asombro, de la cultura.
George Wilhelm Friedrich Hegel, ahondó la modernidad metafísica de la locura en la Enziklopädie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse (1830), mediante un enunciado trascendental para la gnoseología psiquiátrica:
A causa de la inmediatez, por la que todavía está determinado el sentimiento de si mismo, vale decir, a causa del momento de corporeidad que es todavía diferente de la espiritualidad, y en la medida en que el sentimiento mismo es también una corporificación particular y aun cuando el suieto se haya formado culturalmente hasta llegar a ser una conciencia razonable (verständiges Bewubtsein), es todavía susceptible de enfermedad, por el hecho de que pueda aferrarse a la particularidad de su sentimiento de sí, (particularidad) a la que no puede preelaborar (verarbeiten) y superar hacia una idealidad. El sí mismo cumplido (das erfüllte Selbst) de la conciencia razonable es el sujeto como la conciencia consecuente que se ordena según su particularidad y a ella se atiene tanto en conexión con la posición exterior como respecto de su mundo ordenado interiormente. Pero prisionero (el sí mismo) de la determinación particular, no le indica a tal contenido el lugar razonable y la subordinación que le compete en el sistema cósmico individual que es un sujeto. El sujeto encuentra de esta manera la locura (Verrücktheit)* en la contradicción entre la totalidad sistematizada de la conciencia y la determinación particular no fluidificada, ni ordenada ni jerarquizada en ella (en la totalidad). Al considerar la locura (Verrucktheit), ha de anticiparse al mismo tiempo la conciencia formada y razonable (das ausgebildete, verständige Bewubtsein), sujeto éste que es simultáneamente el sí mismo natural del sentimiento de sí (naturliches Selbst des Selbstgefühls). Dentro de esta determinación, es capaz de caer en la contradicción entre su subjetividad libre y una particularidad que no llega a ser ideal en ella y se fija (o detiene) en el sentimiento de sí. El espíritu es libre y por ello incapaz de esta enfermedad para sí. Fue considerado por la metafísica anterior como alma, como cosa cuanto cosa es decir, como algo natural y entitativo es capaz de locura (Verrücktheit), de la finitud en él. Por eso, es ella una enfermedad de lo psíquico; sin separar lo corporal y lo espiritual, el comienzo puede aparentar salir más de un lado que del otro y, del mismo modo, la curación. En tanto sano y ponderado tiene el sujeto una conciencia presente (präsentes Bewusstsein) de la totalidad ordenada de su mundo individual, en cuyo sistema subsume y jerarquiza -en el lugar razonable cada contenido particular de la sensación, de la percepción, del deseo, de la inclinación que se presenta; es el genio dominante (herrschende Genius) sobre estas particularidades. Es como la diferencia entre la vigilia y el sueño, pero el sueño cae aquí dentro de la misma vigilia. El error (errancia: Irrtum), y cosas semejantes, es un contenido recibido consecuentemente en aquella conexión objetiva. Pero, concretamente, es muy difícil decir cuándo empieza a ser “sin sentido” (Wahnsinn). Así una vehemente pero, de acuerdo con su contenido, insignificante pasión de odio, etc., puede aparecer como un estar afuera de sí del (Wahnsinn) contra la ponderación y mesura (equilibrio: Halt in sich) más elevadas que han de ser presupuestas. Pero éste (Wahnsinn) contiene esencialmente la contradicción de un sentimiento que ha llegado a ser corporal entitativo (seiend) contra la totalidad de las mediaciones que es la conciencia concreta. Es enfermo el espíritu que está tan sólo determinado como entitativo en la medida en que semejante ser se encuentra sin diluir en su conciencia. El contenido que se hace libre en esta su naturalidad, son las determinaciones egoístas del corazón: la presunción, el orgullo y las otras pasiones, y las ficciones, esperanzas, amor y odio del sujeto. Este terreno deviene libre en la medida en que retrocede el poder de la ponderación y de lo universal, de los principios teóricos y morales respecto de lo natural, poder que comúnmente mantiene a lo natural sometido y escondido; ya que este mal está en sí en el corazón porque éste es, en tanto inmediato, natural y egoísta. Lo que llega a ser dominante en la locura (Verrücktheit) es el genio malo del hombre en oposición y contradicción con lo mejor y razonable que está al mismo tiempo en el hombre, de modo tal que este estado de conmoción y desgracia del espíritu en él mismo.- Por eso, el tratamiento propiamente psíquico sostiene también el punto de vista de que la locura (Verrücktheit) no es una pérdida abstracta de la razón, ni por el lado de la inteligencia ni de la voluntad y su imputabilidad, sino tan sólo locura (Verrücktheit), tan sólo una contradicción en lo que hay todavía de razón, así como la enfermedad física no es una pérdida abstracta, vale decir, total de la salud (semejante pérdida sería la muerte), sino una contradicción en ella. Este tratamiento humano, vale decir, tan complaciente como razonable -Pinel merece el reconocimiento más alto por los méritos a causa de este tratamiento- presupone al enfermo como racional y en esto tiene su apoyo firme para captarlo por este lado de la corporeidad en su condición de viviente que, en tanto tal, todavía contiene salud en sí.
La tesis de Hegel sobre la locura sostiene que ésta no es la pérdida lisa y llana de la razón, como tampoco en el caso de una enfermedad física hay pérdida total de la salud, lo cual implicaría la muerte. Por el contrario, tanto para él como para Descartes, la razón es un punto de apoyo firme, un verdadero punto de Arquímedes a partir del cual se efectúa la movilización propia de la conciencia.
Sin embargo, hay locura en la medida en que la subjetividad —enfrentada con una triple contradicción— fracasa en el intento de mediación dialéctica y deja los polos de la contraposición abstractamente enfrentados, detenidos en su particularidad.
La primera contradicción surge en la inmediatez característica de momento de corporeidad. El mismo sentimiento de si está en ella como corporificado, prisionero de lo particular fijo y en franca contradicción con esa totalidad dialécticamente sistematizada que es un sujeto considerado como sistema cósmico individual.
Una segunda contradicción se establece ahora en el nivel psíquico, en el que lo corporal y lo espiritual todavía no se han separado. Se trata aquí de la contradicción entre la anticipación de una subjetividad libre y la particularidad que se enquista en la finitud de un sentimiento de sí atado a lo natural y entitatívo.
La tercera contradicción tiene por campo de batalla el espíritu mismo. El genio como instancia de unificación de la vida, ha perdido su poder dominante y, convertido en genio maligno, hace penetrar en el espíritu el torbellino de la desgracia. Es la contradicción entre el corazón malo —inmediato, natural, egoísta— y la conciencia concreta y presente de la totalidad de las mediaciones propias del espíritu.
Un eje recorre todo el texto: la subjetividad que, encaminándose hacia su propia libertad, es detenida y fijada, prisionera de una particularidad y finitud (que persiste hasta en el entendimiento, Verstand) y obstaculiza la mediación dialéctica de la razón (Vernunft).
Los trabajos de Theodor Bodammer; J. Simon; J. Derbolav; Fr. Schmidt; H. Lauener; K. Löwith, y muchos otros han destacado la existencia de una lectura segunda de Hegel, consistente en el desciframiento de su lenguaje, en que esconde profundos e intencionados desarrollos filosóficos; conviene por ello desentrañar dos términos que aparecen en el pequeño juego lingüístico de la locura que hemos expuesto, Verrücktheit y Wahnsinn, tratados en un orden complementario y emergente: el torcimiento, desplazamiento, y la elevación al “sin sentido”. Verrückt de verrücken, en alto alemán medio significa desplazar de un lado a otro, sacar a alguien fuera de sí, confundir.
Wahnsinn, tiene su forma más antigua en la palabra wanwitze, plena de significados esotéricos.
La etimología de Wahn es wan en alto alemán antiguo y medio: opinión insegura, sin fundamento; esperanza. Corresponde al sajón antiguo y anglosajón wan. Es posible que se pueda derivar de la raíz uen de las lenguas indogermánicas (cf. venus en latín) que significa: lo que despierta deseos (Hoffnung).
Wahnwitz probablemente de wanawizzi en alto alemán antiguo, wanwitze en alto alemán medio, compuesto de wana: carecer de; y wizzi (alto alemán antiguo) o witze (alto alemán medio): saber, entendimiento (razón). En composición (Wahwitz) significa: falta de razón (entendimiento), sabiduría.
Si se aplica al estado mental, se piensa probablemente en la vieja comparación de la mente con un reloj. En este caso, dos elementos del reloj han sido desplazados fuera del orden normal.
Advertimos en la complementariedad de estas palabras la dinámica inmanente del pensamiento hegeliano.
El término verrückt, enuncia el poder de lo negativo.
Wahnsinn, entraña la “ilusión del sentido”, esa ilusión que vemos desvanecerse progresivamente en las figuras de la conciencia, que emergen en la Phänomenologie des Geistes.
La distinción establecida por Gottlob Frege, entre Sinn y Bedeutung, ahondará la trama significativa de esta interpretación: hablar, por ejemplo, del cuerpo celeste más alejado de la tierra tiene sentido (Sinn), aunque carezca de referencia (Bedeutung). Si agregamos a ello, como ejemplo complementario, la crítica de la permanencia y la causalidad de David Hume, decir que el mismo sol se levanta todas las mañanas, es una mera ilusión (Wahn).
Nicolai Hartmann afirma que no hay análisis, ni teoría alguna que ayuden a demostrar la esencia de la dialéctica: ella es una especie de iluminación, que corona, como un milagro, el esfuerzo y el sufrimiento del pensar.
Quizás lo que Hegel llama el poder de lo negativo, que mueve e impulsa el pensar, para que se eleve a una nueva “ilusión”, esté implícito en ese juego lingüístico que propone Hegel para tratar la locura.
Gladys Swain, estableció como constraste entre las “épocas” kantiana y hegeliana de la locura, lo siguiente: “La oú I`on voyait chez Kant un fou sènfermant de plus en plus dans une folie prenant de plus en plus le caractére d´une totale déraison, on voit à I`inverse le fou selon Hegel se déprendre de sa folie au fur et à mesure que la profoundeur de son déchirement interne s`accentue”.
Esta distinción es obviamente exacta, pero entraña un aspecto más general, que es a mi parecer la esencia de ese contraste; ambos momentos son los exempla de una antropología; uno es el del loco conocimiento, otro el del “loco de la dialéctica”, ya que la locura es el espejo trágico de la cultura.
En fin, la tercera categoría de la metafísica de la locura, como explicación de la cultura surgió, para nuestro siglo, de un filósofo de Zürich, proveniente de la psiquiatría: Ludwig Biswagner (1881-1966).
Ciertas piedras de colores constituyen la imagen constelada que se fragua en el movimiento constante del caleidoscopio del tiempo. Su círculo mágico cambiante e irisado se detuvo en Zürich en 1916. Como un presagio de iluminaciones y catástrofes, se congregaron en la ciudad elegida: Albert Einstein, Wladimir Illich Ulianof y Tristan Tzara.
Esta constelación explosiva del universo contemporáneo, se complementó, en lo que a nuestro tema específico se refiere, con la peregrinación a ella de Elías Canetti, el filósofo de la masa, y la publicación en ella de la obra de Ludwig Binswagner, Uber Ideenflucht (1932), una revelación antropológico-psiquiátrica del espectro del hombre ideofugitivo de nuestro tiempo.
La originalidad de Ludwig Binswanger estuvo en ese momento de su meditación acerca del lenguaje, como esencia del hombre, ya que luego claudicó en un heideggerismo ingenuo, que lo hizo obscurecerse en un justificado olvido.
Para Ferdinand de Saussure, que murió el 22 de febrero de 1913, el pensamiento era una nebulosa que adquiría forma lenguaje. El uso de la palabra “espíritu” lo inquietaba profundamente; sin embargo, reivindicaba su esencia en esa inquietante aseveración, ya que aun en su concepción revisionista del pensamiento, debido a la singularidad del fenómeno lingüístico, considera al significado un fenómeno irreductible a las leyes de la naturaleza.
Ludwig Binswanger conocía profundamente la obra del ginebrino y consideraba que este autor había transgredido, en su concepción del lenguaje, el riguroso positivismo en el cual se lo ubicaba, ya que su concepción del significado y el significante estaba contaminada de cierto idealismo cartesiano.
Ludwig Binswanger consideraba que la separación de pensamiento y lenguaje era una falacia filosófica y una segregación analítica artificiosa, generadora de equívocos insalvables. En el lenguaje, pensamiento y lenguaje constituían una unidad singular en la cual ninguno de esos elementos era separable, y carecían de ser al estar disociados: esta es la meditación esencial que domina la Ideenflucht.
La Ideenflucht no es una fuga de significantes como suponía la psiquiatría tradicional, ni tampoco la constitución de un sinsentido esencial, como suponían los psiquiatras semantólogos, a la manera de Kurt Schneider, que la calificaban como el emblema de la Wahnstimmung, del humor delirante, del trance delirante surgido de una percepción equívoca, y de la Wahnwahrnehmung, la transformación psicótica del universo.
Por el contrario, la Ideenflucht, es la fuga del “pensamiento-lenguaje” de hombre, es un universo percibido como caos, y por ello: el constituyente antropológico fundamental del hombre contemporáneo encarnado en la desgarradora verdad de la locura.
Gran parte de la filosofía de este siglo está destinada a la antropología de la Ideenflucht, a la incomprensibilidad esencial, a la inexistencia de leyes universales indudablemente válidas, que subordinen el ser de esa unidad desconcertante del “pensamiento lenguaje”.
Un insondable ejemplo, es el abismo que separa el Tractatus Logicophilosophicus (1921) de Ludwig Wittgenstein, de sus Philosophische Untersuchungen (pronunciadas según Eike von Savigny desde 1930), en las que se fundamenta su filosofía de la perplejidad. Al determinar Ludwig Binswanger la fuga de ideas como manifestación de la locura, en un mundo ideofugitivo la transformó en el espejo de Dionisos, que nos refleja y nos fascina.
A través de desesperadas mutaciones, el conocimiento, la dialéctica y el logos binswangeriano, se transforman en arcanos del mundo contemporáneo.
III. Massenwahntheorie* VII.
La investigación epidemiológica de la llamada enfermedad mental en la Argentina, nos enfrentó con un hecho cuya importancia trascendió nuestras hipótesis: locura de la masa.
Este descubrimiento desasosiega e impone categorías singulares al pensamiento y la elaboración, en base al modelo que surge de la observación, de una teoría que lo explique: Massenwahntheorie VII.
La masa en delirio ideofugitivo es, por lo tanto, nuestra unidad de análisis.
En 1937 anunció José Ortega y Gasset, luego de un severo estudio filosófico comenzado en 1926, su rebelión y omnipotencia. Lo hizo teniendo a la vista el mismo lugar que habitó en 1642 Descartes, el descubridor moderno de la razón: “... este lugar llamado Endegeest, cuyos árboles dan sombra a mi ventana, es hoy un manicomio. Dos veces al día —y en amonestadora proximidad— veo pasar los idiotas y los dementes que orean un rato a la intemperie su malograda hombría”.
Ya no se trata de una horda que tan finamente explicó Sigmund Freud, sino del hombre en su situación actual de integrante de una multitud, a la que constituye, siendo determinado por ella, y qué ha sido substraído inexorablemente de su individualidad.
La masa es la humanidad actual. En ella las separaciones temporales y espaciales, las formas caprichosas y cambiantes no hacen sino ahondar la corporeidad trágica que la aúna en un organismo monstruoso e imprevisto, una especie de Golem, creado por el hombre en un simulacro de los dioses, y en constante fuga, temeroso que sea borrada la enigmática letra Aleph que le otorga la vida.
No es extraño que la locura de la masa sea anunciada esta vez entre nosotros, ya que Jorge Luis Borges, el supremo vate, que adivina y profetiza, determinó como nuestro emblema, el laberinto, la luna y el espejo, y en la metáfora del Aleph constituyó el nombre de su cosmología de la infinitud.
El análisis de la llamada enfermedad mental de la masa, es un tropo que se estremece en el abismo de nuestra alma en la que aparece en un juego de contrarios con la desesperación de Kierkegaard, “una enfermedad para la muerte” y sólo comparable con ella.
La muerte y la locura se aúnan en una pareja de contrarios.
La “enfermedad para la muerte” sólo puede ser conjurada con la locura, y así resulta trascendente la Theorie de Hermann Broch, que expondremos oportunamente, para quien la masa se constituye para ocultar la muerte, como una especie de clamor vital, desgarrador y terrificante.
El hombre como criatura que deambula sin destino entre la desesperación y la locura, tiene como desideratum actual, la fragmentación o la perplejidad, el delirio o la catatonía, la funcionalidad de la esquizofrenia.
En la obra de Sigmund Freud de 1921, Massenpsychologie und Ich – Analyse, se enuncia una tipología general de las masas, cuyas especies no son sino piezas desarticuladas de un puzzle en cuya imagen general encuentran sentido, ya que integran una estructura dinámica, en la que cada uno de los componentes se hace comprensible dentro de una totalidad, que —aunque emergente de ellas—, las integra a todas: determina así la existencia de masas efímeras y duraderas, homogéneas y heterogéneas, naturales y artificiales (como el ejército y la iglesia), primitivas y diferenciadas con un alto grado de organización.
El sofisma de la “schismogenesis” de la fragmentación, señalada por Gregory Bateson, en el tratamiento de algunos aspectos de las ciencias del hombre, le otorgan a esta masa un carácter circunstancial y accidental.
La masa que se explica en la luminosa obra mencionada, es la de Gustave Le Bon, la de William McDougall, la de Wilfred Trotter: es la masa efímera, homogénea, natural o artificia1 y primitiva.
La teoría freudiana alcanzaba ya en esa época un carácter sistemático, y por el método hipotético-deductivo, se hacían comprensibles sus fenómenos, a través de la sustitución del Ideal del Yo, por el Objeto —tal vez el Führer— y la Identificación de sus integrantes.
La “arqueología” de la masa, enunciada en el apartado final de la Massenpsychologie..., está expresada como un tránsito de la psicología de la masa arcaica a la psicología individual.
La masa actual es de un refinamiento, una integración, y una funcionalidad interaccional, que contraría ese curso evolutivo que esperanzadamente instituyó Freud, apoyado en algunos mitos darwinianos.
Su evolución lleva un camino contrario, ha apresado al individuo dentro de sus propias redes y posee los atributos que se creían privativos de él: continuidad, tradiciones, costumbres, campos infinitos de acción, modalidades especiales de adaptación... aunque carece del más trascendental del hombre, la autoconciencia.
Las masas de Freud no son ahora sino el clamor de una masa única que nos subordina a todos, sutil, perfecta y sistemática como un delirio, programada como una monstruosa computadora para una escatología terrificante.
En este tratado de Sigmund Freud existen designios desconcertantes: identifica, por ejemplo, su concepción sobre el amor, con la expresada por el Apóstol Pablo en la Epístola a los Corintios; y surge de las sombras que lo circundan, la figura de Nietzsche, que es citado explícitamente, minimizando su concepción del Superhombre —Übermensch—, al que se asimila al padre de la primitiva horda darwiniana. Parecería que en Freud se ocultaba un miedo subliminal a ese Golem que abrazaba progresivamente al mundo, escapando de la imaginería del ghetto de Praga que, ahondando su maldición y hegemonía, trocábase en hacedor del hombre contemporáneo.
Esta obra de Freud que abre el pórtico de los tiempos modernos en el tratamiento de la masa, tiene su eco en el trascendente ensayo de Elías Canetti acerca de la masa y el poder -Masse und Macht (1960).
Este fue programado por su autor en Zürich, en el año de la encrucijada de 1916. Trabajó Elías Canetti su tema, tenazmente, hasta la segunda mitad de nuestro siglo.
Este libro complejo, en el que se conjugan las siete ambigüedades del pensar poético descriptas por William Empson se realizó a través de modelos antropológicos, para fundamentar una teoría inspirada indudablemente en el mito de Empédocles.
Esta obra tiene su cifra en la novela de Elías Canetti de 1936, Die Blendung. Ella fue escrita en Viena, en un cuarto situado sobre la colina de Hacking, en la Hagenbergasse, en las cercanías del zoológico de Laonz, con la perspectiva cotidiana del manicomio de Steinhof, en el que vivían 6.000 locos. En este libro se desarrollan una estática de la locura, ya que el autor considera que la llamada salud mental, es una especie de embrutecimiento.
El nombre de su personaje Peter Kien, es altamente significativo ya que significa leña resinosa, capaz de convertirse en tea ardiente. Según cuenta Elías Canetti (36) en el Auto de Fe de su ensayo Das Gewissen der Worte, pudo llamarse también Kant, como el de las críticas trascendentales. Peter Kien, sinólogo, sabedor de 40.000 ideogramas chinos, vive en su universo de 20.000 libros, de los cuales es separado para ser absorbido por la masa, de la cual se redime como Empédocles, por el fuego que abrasa a él y sus libros. Las reflexiones del manicomio, el cosmos simbólico de Elías Canetti, pueden intuirse en este párrafo.
“Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa. A perderse en ella sin redención, como si nunca hubiese existido: un hombre aislado...
No menos que la lucha por el hambre y el amor, practicarnos la lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Sin embargo, ésta se robustece tanto bajo tales circunstancias que obligan a actuar al individuo en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses.
La humanidad existía ya como masa, mucho antes de haber sido diluida, en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exhuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras misma smadres.
Es, pese a su edad, el más joven de los animales, la criatura esencial de la tierra, su meta y su futuro.
Pero nada sabemos de ella y vivimos supuestamente como individuos.
No obstante; la masa se abate sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo... ya no habrá más yo, ni tú, ni el él, sino sólo ella: la masa”.
El mito de Empédocles ritualizado por Peter Kien es la salida santificante del hombre condenado al Apocalipsis de la masa, una fuerza diluvial, expansiva, con una tendencia constante a crecer, homogeneizante, densa e ideofugitiva.
En un retorno a la sabiduría presocrática Elías Canetti simboliza la masa con los elementos de la

: el fuego; el agua (mar, río y lluvia); la tierra (arena, bosque y trigo); y el aire, como viento que gime y aúlla.
Sus cuatro dimensiones son descubiertas mediante los modelos antropológicos, que revelan su estructura cambiante: ellas son denominadas las jaurías, Die Meute.
Hay “jaurías” de caza, lamentación y de multiplicación, siendo esta última la marca de nuestro tiempo.
En la dialéctica del presidente del senado de Dresde, D. P. Schreber y su psiquiatra Flechsig, simboliza la paranoia del poder. El psiquitra de Schreber es una especie de

, mediador entre él y los dioses, que distorsiona los mensajes, trastocando el poder en vesanía.
La única salida para el imperio de la masa se realiza, como hemos dicho, a través del método de Empédocles, incinerándose en el ámbito más bello de nuestro espíritu.
A las distintas voces de este organum, es necesario agregar la sentencia de la Negative Dialectik, de Theodor Adorno, para quien “toda cultura después de Auschwitz, junto con la crítica contra ella, es basura”.
Esta sentencia nos sirve de introducción a una obra, con la que culmina el saber acerca de la masa en nuestro siglo, cuyo autor, Hermann Broch, poseído del espíritu profético y de la revelación oracular, tituló: Massenwahntheorie, la “teoría de la locura de las masas”.
En la voz final de esta desgarradora polifonía de los últimos tiempos se enuncia, con serenidad estoica, la locura de la masa, y la necesidad de crear en el ámbito de la totalidad del hombre, un instituto para su investigación.
La Massenwahntheorie, de Hermann Broch, de esencia axiológica, se estructura en seis pequeñas teorías o hipótesis constitutivas, cuyo sentido podemos entresacar de un breve texto de su novela Der Tod des Virgil, elegía del poeta latino, que agoniza con el pensamiento de la inutilidad de las obras humanas:
“Wehe dem Menschen, der sich der ihm widerfahrenen Gnade nicht gewachsen zeigt, wehe dem Zerknirschten, der seine Zerknirsch ung nich erträgt, wehe dem kreatürlichen Seinrest, der das Seiende nicht abtun will, ach, nicht abtun kann, weil das ausgelöschte Gedächtnis in Leerheit weiter besteht; wehe dem Menschen, der trotz, seiner Zerknirschung und unabänderlichungelöst zum Kreatürlichen verdammt bleibt! um ihn herum bricht aufs neue das Lachen auf, und es ist das Lachen des Grauens, kein Weibslachen mehr und kein Mannslachen, nicht das der Götter und nicht das der Göttinnen, es ist das leere Kichern des Niehts, es ist der für den Sterblichen niemals verschwindende Seinrest im Nichts, der kichert und zum Lachen aufbricht, der damit sich selbst als das Seiende im Nichts, als das Nichts im Seienden enthüllt, als die Vereinigung von Scheinsein uns Scheintod, als das lachennahe Wissen um solch scheintotes Sein, als der furchtbare und furchttragende Wissensrest innerhalb de Leerheit, irrsinnsgeschwängert, irrsinnsverlokkend in seinem stummen Lachen, das anschwillt und anschwillt, bis die Leerheit in nacktes Grauen umgeschlagen ist”.
¡Ay del hombre que no se muestra a la altura de la gracia que le sobrevino, ay del compungido (Zerknirschten) que no soporta su desazón, ay del resto de ser de creatura que no quiere, ay no puede suprimir lo que es, porque la apagada memoria continúa en la vaciedad, ay del hombre quien, a pesar de su desazón, queda condenado —sin cambio ni solución— a la condici6n de creatura. Alrededor de él despunta de nuevo la risa, y es la risa del horror —ya no risa de mujer ni de varón ya, no la de los dioses ni de las diosas— es la risita vacía de la nada, es el resto de ser en la nada que no desaparece nunca para los mortales, que de la risita prorrumpe en risa; que con ello se devela a sí mismo como el ente en la nada, como la nada en el ente, como la reunión del ser aparente con la muerte aparente, como el saber cercano a la risa sobre semejante ser con apariencia de muerte, con el resto del saber —terrible y portador del terror— dentro de la vaciedad, preñado de locura (irrsinnsgeschwängert), tentador de locura en su risa muda, que se hincha (anschwillt) y se hincha hasta que la vaciedad se trueque en desnudo horror.
El manifiesto de Hermann Broch, sobre la locura de la masa, considerado como el paradigma aristotélico de nuestro siglo, es una obra serena, meditada, y construida con rigor científico.
Parte de una observación empírica “Alemania 1939-1941” y en base a ella va elaborando un modelo teórico, en el que, liberado a las más trascendentales intuiciones, va realizando los reajustes y modificaciones necesarias que surgen de su confrontación experimental.
La Massenwahntheorie es de naturales axiológica y parte de la conciencia del hombre de su abandono y su soledad metafísica, la de su muerte.
De la soledad raigal surge la conversión del mundo en valor.
Quien ha ampliado su yo hasta convertirlo en el mundo total ha superados la muerte: Ich bin die Welte.
TEORÍA DE LA LOCURA DE LAS MASAS
Todos los componentes del mundo que no pueden ser incorporados al yo, actúan como advertencias del miedo, como símbolos de angustias metafísicas, como señales de la muerte… como la muerte a secas.
La liberación del miedo metafísico del yo es el agente de todas las acciones de valor del ser humano: su meta es el éxtasis. Estas acciones son simbólicas y destinadas a sí mismo, a sentirse imagen y semejanza de la divinidad.
La enunciación de la Massenwahntheorie en seis teorías subsidiarias permite su análisis espectral:
La Massenwahntheorie I (1939 - 1941) se funda en una fenomenología de los estados crepusculares en las masas —Phänomenologie der Dämmerzustände in der Masse-.
En ella se desarrolla el aspecto conceptual más primitivo de la masa, que conjura el sentimiento nuclear de la teoría axiológica; Es la explicación de la horda de Sigmund Freud, y de las jaurías de Elías Canetti.
Su ordenamiento en sistemas cerrados y abiertos, no alcanza a conjurar el honor del crepúsculo de la masa en éxtasis de destrucción.
La Massenwahntheorie II (1939-1941) establece dentro del contexto de la teoría axiológica, los ciclos recurrentes de la procesalidad de las masas, en cuatro fases:
1º el establecimiento de un valor central, que ordena la construcción cultural; 2º abarca la época de “locura hipértrófica”, en la que la “teleología” del sistema ha llegado a su límite infinito; 3º, el restablecimiento de una realidad externa e interna precaria; 4°, la fragmentación, que va acompañada de una “locura”de desgarramiento”, y búsqueda de un nuevo valor.
La Massenwahntheorie III (1939-1941) abarca la correlación entre el estado crepuscular y el liderazgo (Führerschaft) en la que se ahonda la concepción del extravío y paranoia del poder, expuesta por Elías Canetti, que es enunciada aquí dentro de una concepción ordenada e irreversible de la locura de la masa.
La Massenwahntheorie IV (1939-1941) entraña un desarrollo teleológico de los fundamentos políticos —en el sentido aristotélico— de la modificación de la locura de las masas.
La Massenwahntheorie V (1939-1941), expresa la primera parte de su teoría de la conversión —Theorie der Bekehrung.
Un tratamiento práctico de la locura de la masa sólo puede ser expresado ex-cathedra, y debe ser objeto de una investigación tenaz.
Esta teoría de psicología política trasciende por su agudeza y profundidad los límites de la exégesis. En ella expone Hermann Broch la grandiosa hipótesis de la desvalorización de la victoria.
La Massenwahntheorie VI (1939-1941), complementa la teoría de la conversión: en ella trata la conversión política mediante un descarnado análisis del fascismo y el comunismo, teorizando el pasc de la locura de “hipertrofia” a la de “disgregación”, que arrebata nuestro tiempo.
En toda la obra de Hermann Broch se advierte una desgarradora búsqueda de esa iluminación filosófica que procuró Georg Friedrich Hegel a través de la “autoconciencia” —Selbstbewusstsein—: una conquista lúcida y creativa de una nueva conciencia, que supere la conciencia actual estragada por el inconsciente.
La antropología básica de Hermann Broch, cumbre teorética de la locura de las masas, nos hace reunir humildemente a ella nuestra Massenwahntheorie VII, nombre que entraña un homenaje al iluminado pensador elegíaco. Hemos utilizado para dar sustento a nuestra teoría el soledoso modelo argentino (1976-1983), la investigación de epidemiología psiquiátrica.
IV. Kénosis.
Jorge Luis Borges recuerda en su prólogo al Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, que James Joyce consideraba que la historia era una pesadilla de la que deseaba despertar...
¿Existirá acaso el hombre al despertar de esa pesadilla?
La revelación del Facundo es la irredimible agonía del acaecer argentino, emboscado en un dilema inexorable y sin redención.
“Sub specie aeternitatis, el Facundo es aún la mejor historia argentina”... y tal vez la única.
En ella debemos buscar la clave de la hora de la barbarie.
Nuestra Massenwahntheorie VII se basa en un modelo particularizado de esa locura universal de la masa, que proclama la teoría de la que es subsidiaria; ella se entreteje en el acaecer recurrentemente trágico de nuestra nación.
El exemplum de Domingo Faustino Sarmiento de la locura de la barbarie argentina, es el apóstata domínico Fray Félix Aldao, que marca la historia argentina con el signo del fraticidio... y cuya “justicia” no ha sido reglada por las leyes de la tierra”.
Ninguno como él ostentó con tanto terror y estremecimiento el emblema de la barbarie: “Religión o muerte”.
Descifrando este oráculo, podremos explicar —sub specie aeternitatis— nuestra exasperada teoría de la locura de la masa.
El abogado de Mendoza, Isidoro Larraya, que alcanzó cierta notoriedad en los anales de la sombra por haber cometido —como el clazomenio Anaxágoras y Eratóstenes, el bibliotecario de Alejandría— suicidio por inanición, dedicó su tiempo al estudio de la vida del coronel homónimo Isidoro Larraya —su antepasado muerto con el enigmático número de 33 oficiales por Facundo Quiroga—, paralelamente con la del general Fray Félix Aldao.
A través de los avatares de la servidumbre de la limeña, una de las esposas del fraile, obtuvo un Misal editado a fines del siglo XVIII, que le había pertenecido. Cruzando una de las páginas de las antífonas ad introitum estaban escritas con letras de Aldao, estas dos palabras: Occidere Deus, y en el gradual: Evitare Condemnatio.
¡Matar a Dios para evitar la condenación!
He aquí la clave del oráculo. . . ¡Religión o muerte!...
El dilema no existe, pues ha triunfado la muerte.
Es sentido trascendental de este despojamiento de la sacralidad del hombre, que evidencia esta imposición descarnada de un bien perdido, es el parámetro de nuestra teoría del delirio: la kénosis.
El término Kénosis deriva del griego

, y significa el despojamiento, el anonadamiento de lo sagrado, por eso ha sido utilizado en la dogmática luterana para señalar el éxodo de los elementos divinos en la humanidad de Cristo.
La kénosis revelada en nuestro descarnado experimento, ahonda la soledad metafísica del hombre, enunciada en la teoría axiológica de Hermann Broch, y constituye la esencia de nuestra Massenwahntheorie VII, trasfondo obscuro de esa masa humana, en la que se desintegra nuestro ser.
En la sencilla introducción a la edición de Les Stoiciens, que escribe Emile Bréhier, nos recuerda que en esa doctrina, las almas individuales son fragmentos del ama universal y están sometidas al orden único del Destino, que es la grandiosa conexión de las causas.
Fuente:
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| Gaucho Facón Grande. |
Por Sandro Olaza Pallero
1. Introducción
La política internacional dio al presidente Julio Argentino Roca un factor de triunfo y un escenario para la acción. Pero la situación interna era agitada por la cuestión social.
El año 1902 fue crítico: en noviembre se paralizó el trabajo en el puerto por la huelga de los estibadores, seguidos por los barraqueros del mercado central y los conductores de carros. Mientas en la cúspide se había desarrollado una interna por el poder nacional entre los notables del Partido Autonomista Nacional, el mitrismo y el radicalismo; en la base de la pirámide social se sucedieron luchas por la conducción de las organizaciones obreras. En los medios obreros e intelectuales se produce una crisis entre anarquistas y socialistas que llegan a la ruptura ese año a raíz del Segundo Congreso de la Federación Obrera. El anarquismo militante llevaba en esa época la delantera y la mayoría de los obreros estaban afiliados a esta ideología inspirada en Pedro Gori.
Se dividen las organizaciones obreras: la F.O.R.A. queda en manos de los anarquistas y surge la U.G.T. conducida por los socialistas. El socialismo doctrinario se difunde por la acción intelectual de Juan B. Justo. Pero el anarquismo ganó la calle y esto alarmó al gobierno de Roca.
Roca sacó adelante un proyecto del senador Miguel cané, sobre la residencia de extranjeros. El presidente y su ministro del Interior, Joaquín V. González, deciden propiciarlo como base de la ley 4144, conocida como “de residencia”, por la que autorizaba al Poder Ejecutivo a expulsar del territorio nacional a “todo extranjero, por crímenes o delitos de derecho común” y a disponer la “expulsión” de los extranjeros cuya conducta comprometiese la seguridad nacional o perturbase el orden público.
A esta medida legislativa siguió la declaración del estado de sitio mediante la ley 4145.
2. Búsqueda de respuestas adecuadas: Joaquín V. González y Carlos Pellegrini
La “cuestión social” había sido tratada por los católicos, inspirados en la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII (1891), por los socialistas, por los anarquistas y por los radicales, aunque éstos últimos reconocieron que su pensamiento en la materia fue deficitario. Los miembros del sector conservador prestaron atención a este problema, así en 1903 el Presidente Roca abordó el asunto en su mensaje anual al Congreso, aludiendo a las huelgas como expresión de un problema que reclamaba la atención del legislador y como traducción de “elementos extraños” a los verdaderos intereses sociales.
Durante 1902 se produjeron 27 huelgas violentas, que a su entender justificaban la represión. Se trataba de defender al Estado y de restablecer “el tráfico comercial”. El discurso de Roca se adaptaba a una perspectiva del problema a una mentalidad. La Prensa, denunció a su vez los abusos en la represión apoyada en legislación cuestionada y los excesos policiales, que hacían desbordar las facultades constitucionales apropiadas para enfrentar la crisis.
Joaquín V. González elaboró un proyecto de Ley Nacional de Trabajo que contenía 466 artículos que contemplaban casi todos los aspectos de la “cuestión social”. El proyecto fue enviado al Congreso en 1904, precedido por un mensaje del Poder Ejecutivo y finalmente no fue aprobado. Según Horacio Cuccorese, su fracaso pudo ser porque el “estadista doctrinario de formación europea” que era González vio impedida su acción política reformista dentro del sistema por una “burguesía política argentina (que) como grupo de presión e invisible gobierno paralelo impidió todo intento de cambio estructural dentro del régimen tradicional”. O bien, porque el proyecto según Carlos Pellegrini en carta desde París a su hermano Ernesto del 16 de diciembre de 1904, era una “olla podrida” en la que había de todo -reglamentación y organización del trabajo, higiene industrial, reglamentación de la inmigración, misiones de indios, prostitución, descanso hebdomadario, etc.- y cansó incluso a los pocos que terminaron de leerlo. Carlos Floria y César García Belsunce se inclinan por esta última postura.
Las reacciones fueron diversas: el anarquismo repudió el proyecto; el socialismo lo aceptó en general y los sectores dirigentes no lo estudiaron en profundidad y sus legisladores no lo aprobaron.
El Proyecto de González contemplaba principalmente: a) La regulación legal de las horas de trabajo; b) El establecimiento de tribunales de arbitraje para los conflictos entre patronos y obreros; c) El derecho del obrero o su familia de ser indemnizados en caso de daño o muerte del trabajador en horas laborales; d) El derecho a una pensión por ancianidad; e) La restricción de la inmigración de los extranjeros indigentes; f) La posibilidad de conceder préstamos a los obreros para comprar sus viviendas, y el alojamiento de los pobres en lugares adecuados.
Si bien el Proyecto no fue aprobado en nuestro país, tuvo influencia en el título sexto “Del Trabajo y de la Previsión Social” de la Constitución de México de 1917 y que contenía la siguiente normativa: a) Duración de la jornada máxima en ocho horas;
b) Junta Central de Conciliación y Arbitraje que se establecerá en cada Estado; c) Los empresarios serán responsables de los accidentes del trabajo y de las enfermedades profesionales de los trabajadores; d) Los empleadores pagarían una indemnización por muerte o incapacidad temporal o permanente de los trabajadores; d) Se establecía una Ley del Seguro Social para invalidez, de vida, cesación involuntaria del trabajo, enfermedades y accidentes de trabajo; e) Tendrían utilidad social las cooperativas para la construcción de casas baratas e higiénicas destinadas para ser adquiridas por los trabajadores en propiedad por plazos determinados.
Carlos Pellegrini escribió a su amigo Estanislao S. Zeballos, desde Nueva York, el 28 de agosto, y le prometió un artículo sobre la organización del trabajo y que salió publicado en la Revista de Derecho, Historia y Letras, t. XX, del mismo año. Pellegrini se entrevistó en Estados Unidos con representantes gremiales y con el Jefe del Departamento Nacional del Trabajo, dependiente del Ministerio del Interior, el señor Carroll D. Wright. Sus conclusiones fueron las siguientes:
1) ¿Se pueden evitar las huelgas? Efectivamente, si se cumplieran las siguientes condiciones: a) Que el trabajador tuviera una condición cómoda y digna; b) Que la justa remuneración esté en relación con el trabajo hecho; c) Que las divergencias puedan resolverse sobre bases jurídicas previamente establecidas.
2) ¿Cuándo tendrán principio de ejecución las condiciones precedentes? Se necesita esperar hasta que llegue un momento propicio de tranquilidad social.
3) ¿Cuál es el fin? El objetivo primordial es el de transformar la lucha entre capital y trabajo en un acuerdo constructivo.
4) ¿En qué forma? Haciendo desaparecer, por el camino de la comprensión, la desunión tradicional entre patrones prepotentes y obreros disconformes. Creando al mismo tiempo, una auténtica asociación entre capitalistas y trabajadores.
5) ¿Esto es toda una revolución social? No precisamente. Es una evolución hacia la justicia social.
Hay que recordar una pequeña anécdota de la historia laboral. El 7 de agosto de 1902 se allanó por orden judicial el local de la Federación Obrera Argentina. Fue como consecuencia de la huelga declarada por los obreros panaderos. El procedimiento resultó arbitrario y la Federación decidió acusar al juez de violación de domicilio ante los tribunales. El Dr. Malagarriga declinó substanciar la causa y entonces la Federación pensó que Pellegrini podía ser su defensor. El periódico La Organización expresó días después: “¡nada menos que a Pellegrini!”, y añadió: “felizmente se dieron cuenta que era un absurdo y no fueron a verlo”.
3. La masacre del 1° de Mayo de 1909
La Prensa en su edición del 13 de enero de 1908 atribuye a “elementos transplantados de Europa” las gestiones y huelgas por mejoras salariales. Señala a “elementos descamisados poseídos de ideas inaplicables sobre los problemas del capital y el trabajo”.
El 1° de Mayo de 1909 ocurre un disturbio de grandes proporciones cuando militantes anarquistas festejan el Día del Trabajo con un mitin en la plaza Lorea. Como el acto no fue autorizado, la policía lo disuelve cumpliendo órdenes de su jefe el coronel Ramón L. Falcón. Los trabajadores resisten y una descarga policial asesina a ocho y hiere a más de cuarenta de ellos. La noticia fue conocida por los militantes de la U.G.T. que en ese momento realizaban su acto en la plaza Colón.
Ocurren escenas dramáticas en el sepelio de los obreros caídos en plaza Lorea y los socialistas en solidaridad a los trabajadores asesinados y como repudio a Falcón declaran la huelga general. El 7 de mayo, La Prensa exige la renuncia de Falcón y pide a los obreros que cumplan la huelga.
El gobierno responde con la declaración del estado de sitio, la detención de varios dirigentes y la aplicación estricta de la ley de residencia. A pesar de que estas medidas terminan con la huelga, la agitación sigue.
El 14 de noviembre el joven anarquista ruso de 18 años, Simón Radowitzky, arroja una bomba al carruaje del coronel Falcón y su secretario Juan Lartigau, y éstos mueren. Radowitzky es detenido, se salva de la pena de muerte por ser menor de edad y es recluido al penal de Tierra del Fuego. En 1930 será indultado por el presidente Hipólito Yrigoyen.
4. Leyes sociales
Cuando el socialista Alfredo L. Palacios llegó al Congreso en 1904, impulsó la sanción de varias leyes que contemplaban la situación de los trabajadores, entre ellas la ley de descanso dominical (1905), inspirada en el proyecto laboral de Joaquín V. González. Palacios desde la banca parlamentaria, la cátedra y la doctrina, atacó la libertad absoluta de contratar, emergente de la concepción liberal, inspirada en el código civil. Proclamó la necesidad de una legislación del trabajo que atenuase los efectos perniciosos provocados por el abuso del capitalismo y elevara las condiciones morales y materiales del obrero.
Se crea el Departamento Nacional del Trabajo, a cuyo frente se coloca a José Nicolás Matienzo. Además se regula el trabajo de menores y mujeres; se reglamenta el descanso de las madres obreras; se indemnizan los accidentes de trabajo y enfermedades profesionales; se crean agencias gratuitas de colocaciones; se dispone la inembargabilidad total de sueldos, jubilaciones y pensiones de escaso monto; se fija la forma y la condición del pago de las remuneraciones; se prohíbe el trabajo nocturno en las panaderías y se limita la jornada de trabajo.
A pesar del acceso al poder de Hipólito Yrigoyen sostenido por amplias bases populares, la agitación obrera sigue en movimiento. Se sancionan nuevas leyes laborales: reglamentación del trabajo a domicilio y jubilación de obreros y empleados de empresas particulares de servicios públicos.
Los conflictos obreros liderados por anarquistas y comunistas se suceden: en 1917 hubo 138; en 1918, 196; en 1919, 367. Las huelgas y los sabotajes se multiplican, y el gobierno se ve impotente para impedirlo. Se enfrentan grupos antagónicos en las calles porteñas, y el país vivió la terrible Semana Trágica en enero de 1919 y contempló absorto los fusilamientos represivos de Santa Cruz en 1921.
5. La Semana Trágica (1919)
El 2 de diciembre de 1918 se produce un conflicto por reivindicaciones de normas de trabajo y mejoras salariales en la Compañía argentina de hierros y aceros Pedro Vasena e hijos. Una pequeña minoría del personal de la empresa se opuso al movimiento el trabajo prosiguió con dificultades de toda suerte. Al prolongarse el movimiento era inevitable que se produjesen choques entre los huelguistas y los rompehuelgas.
Entre el 2 y el 11 de enero de 1919 se gesta la llamada Semana Trágica con un resultado de 800 muertos y 4.000 heridos. Se prontuariaron a 55.000 personas en todo el país.
El general Luis Dellepiane distribuyó en la ciudad efectivos de la guarnición militar e hizo llegar fuerzas de la segunda división de Campo de Mayo. La agitación popular era intensa a pesar de los calores sofocantes de aquel tiempo y menudearon los hechos de fuerza y las agresiones de la irritación dominante. No fue un movimiento preparado, disciplinado, controlado, sino una explosión espontánea irreprimible.
Los muertos y heridos de las primeras horas de la tarde del 7 de enero produjeron en los medios obreros una incontenible irritación. En solidaridad se produjo una huelga general marítima y fueron acuarteladas las tropas de la Prefectura de puertos, estableciendo severa vigilancia en la dársena norte y en el Riachuelo.
La Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos declaró la huelga general del gremio para acudir al 8 al sepelio de los muertos de la víspera. Lo mismo hicieron la F.O.R.A. del quinto congreso y la del noveno congreso. El paro fue total.
Al declinar el movimiento tumultuario, hicieron su aparición núcleos de jóvenes armados congregados en torno a la Liga Patriótica, constituida en el Centro Naval y liderada por Manuel Carlés y Luis Zuberbühler y la participación de Miguel de Andrea, Tiburcio Aldao, Rodolfo Lagos, Alejandro Schoo, Manuel M. de Iriondo, Federico Leloir, Manuel Domecq García, entre otros. Se inventó la fantasía de un complot maximalista y se hizo aparecer a supuestos cabecillas de apellidos rusos. Hubo ultrajes y asesinatos en los barrios judíos de Buenos Aires.
Como resultado de este suceso, los huelguistas de la casa Vasena volvieron al trabajo; la jornada sería de ocho horas como máximo; se aumentó un 20 por ciento los salarios de más de 4, 89 pesos diarios y un 30 por ciento para los que ganaban entre 3 y 4, 89 y de 10 por ciento para los que ganaban entre 5 y 6 pesos. El trabajo extra sería voluntario y el dominical recibiría un ciento por ciento de prima.
6. Los sucesos de Santa Cruz
La situación de los arrieros, ovejeros y peones de las estancias patagónicas era penosa y ajena a todo amparo. Se trabajaban 12 a 15 horas diarias y los salarios eran ínfimos y muchas veces pagados en documentos o en moneda extranjera con fuerte deterioro al haceros efectivos. Las autoridades locales respondían a los deseos y órdenes de los latifundistas, y dependían de ellos más que del gobierno nacional.
Para contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río Gallegos se formó una Liga de grandes comerciantes y latifundistas, la que unida a la Sociedad Rural, inició una ofensiva contra la organización obrera. Tras la detención de obreros, se decretó una huelga general y un manifiesto de noviembre de 1920 menciona algunas estancias que admitieron las exigencias de los trabajadores, pero la mayoría siguió considerando a sus peones con más menosprecio que a sus animales, pues éstos costaban dinero y los obreros no valían nada y podían reponerse con facilidad. Un sentimiento solidario animó a los trabajadores de la Patagonia.
En el paraje denominado “El cerrito” fueron tomados entre dos fuegos por la policía que los guía desde Lago Argentino y la que salió a su encuentro desde Río Gallegos. Los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo muertos y heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran prensa del país que llenaba páginas diariamente sobre los “bandoleros del sur”.
Fue entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al teniente coronel Héctor Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas de caballería y marinería. Se impuso a los obreros estas condiciones: deposición de lasa armas, entrega de los rehenes; la justicia entendería en la responsabilidad por los hechos de sangre ocurridos.
Apenas abandonaron las tropas el sur patagónico, fortalecido el movimiento obrero por los acontecimientos y sin resultado, comenzó la reacción patronal en los puertos del sur y en las estancias del interior. Una manifestación obrera en Río Gallegos fue atacada de improviso dejando un muerto y cuatro heridos como saldo. Los puertos de Deseado, Santa Cruz, San Julián y Río Gallegos quedaron paralizados en agosto por una huelga general. Lamentablemente se reprimió dejando un saldo trágico de centenares de obreros asesinados.
Fuente:
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, México, Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, 1947.
Bibliografía:
Abad de Santillán, Diego, Historia Argentina, Buenos Aires, Tea, 1971, t. 4.
Cuccorese, Horacio Juan, “El pensamiento económico social de Carlos Pellegrini y la organización del trabajo”, en Trabajos y Comunicaciones nº 17, La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación-Universidad Nacional de La Plata, 1967, pp. 89-109.
Floria, Carlos Alberto-García Belsunce, César A., Historia de los argentinos, Buenos Aires, Larousse, 1992.
Tau Anzoátegui, Víctor-Martiré, Eduardo, Manual de Historia de las Instituciones Argentinas, Buenos Aires, Emilio J. Perrot, 2005.
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| Luis C. Alén Lascano. |
Por Edgardo Atilio Moreno
El 25 de septiembre de 2010 los santiagueños perdimos a uno de los máximos exponentes de nuestra cultura. En ese triste día se nos fue don Luis Alén Lascano.
Para quienes no lo conocieron, digámoslo de entrada nomás, cosa que no quede ninguna duda; el maestro Luis Alén fue un eminente historiador identificado con el revisionismo histórico; hispanista y católico declarado; investigador, maestro, y divulgador de los hechos de nuestra historia, enfocados desde una óptica nacional.
Había nacido en Santiago del Estero, un 10 de octubre de 1930. Ejerció la docencia en varios colegios de nuestro medio y fue profesor por concurso en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero.
Siendo muy joven se unió al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Mas adelante, su solvencia intelectual le permitió formar parte de la Academia Nacional de Historia, así como de diversas instituciones prestigiosas, entre ellas la Academia Sanmartiniana.
En lo político Alén Lascano provenía del radicalismo irigoyenista y como tal adscribió al pensamiento de Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche y Homero Manzi. Fue candidato a diputado por el radicalismo en 1954 y 1958, y diputado nacional constituyente en 1957. Se desempeñó como diputado provincial en 1963-1966.
Su obra historiográfica abrevó en autores de la talla de Adolfo Saldías, Vicente Sierra, Manuel Gálvez, José María Rosa y Ernesto Palacio. Escribió numerosos libros, opúsculos y artículos, así como una gran cantidad de prólogos a libros ajenos.
De su producción podemos destacar “Ibarra y el federalismo del norte”, libro en el que reivindica la figura del caudillo santiagueño, y que fuera premiado por la Comisión Nacional de Cultura del Ministerio de Educación Nacional en 1970.
Igual mención, en esta apretada nota, merece su obra “Rosas, el gran americano” escrita en 1975. En ella Luis Alén Lascano traza una excelente síntesis de la vida de don Juan Manuel de Rosas, resaltando el enfrentamiento del Restaurador tanto con la oligarquía portuaria como con la clase terrateniente durante el bloqueo imperialista.
Su obra monumental, sin lugar a dudas, fue la “Historia de Santiago del Estero”; punto de referencia obligado de todo aquel que quiera estudiar el pasado santiagueño. Su importancia es tal que, como dijo el Dr. Raúl Lima,
“en ella abrevaron legiones de alumnos del profesorado de historia, y todos nuestros profesores y licenciados de historia”[1].
Algún día se deberá hacer una adecuada reseña de su ingente producción, así como un concienzudo análisis de sus aportes.
Digamos finalmente, y ya en el plano humano, que Luis Alén Lascano no solo fue un brillante historiador sino que también fue un distinguido caballero, amable y servicial con todos los que requerían de sus servicios. Justamente por ello fue director de numeroso tesistas, a quienes les brindo generosamente su apoyo y su biblioteca. Lamentablemente muchos de sus antiguos discípulos se olvidaron del gigante sobre el cual se montaron oportunamente y hoy alejados de su magisterio caminan henchidos de orgullo a pocos metros del terrenal suelo.
Vaya entonces de nuestra parte el agradecido reconocimiento, y el justísimo homenaje, para aquel que providencialmente nos develó la verdad de nuestro pretérito y nos brindó la calidez de su persona.
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Julio Argentino Roca en su primera presidencia.
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Nació en la ciudad de Tucumán, el 17 de julio de 1843, siendo sus padres, el coronel guerrero de la Independencia, del Brasil y del Paraguay, D. José Segundo Roca, y doña Agustina Paz, virtuosa matrona perteneciente a una de las familias más distinguidas de aquella ciudad, hija de Juan Bautista Paz y de doña Plácida Mariño Lobera Castro.
Hasta la edad de 13 años concurrió a la escuela primaria de su ciudad natal y a fines de 1856 pasó al Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, donde han recibido su educación tantos hombres ilustres de este país. Dos años después, al inaugurarse el curso escolar, se estableció una clase militar de infantería y caballería, dirigida por el coronel Martínez Fontes, presentándose muchos jóvenes para seguir aquel curso, entre los cuales se encontraba
Julio A. Roca, que se distinguía por ser el de menor edad del grupo. Pocos meses después, el entonces Presidente de la Confederación Argentina, general Urquiza, remitió despachos de Tenientes y Subtenientes a los que seguían aquellos cursos. A Roca le correspondió el despacho de Alférez de artillería, el 20 de marzo de 1858, con antigüedad del lº del mismo mes y desde aquel momento quedó incorporado al ejército de línea, sin perjuicio de proseguir sus estudios en el Colegió Nacional. Revistó como agregado a la Brigada de Artillería “7 de Octubre” Nº 1 de Línea. El 20 de septiembre de igual año ascendió a teniente 2º.
En 1859 estalló la guerra civil entre Buenos Aires y la Confederación Argentina. Urquiza se preparaba para abrir la campaña y todo Entre Ríos se puso sobre las armas. El Rector del Colegio de Concepción, Dr. Larroque, reunió a sus alumnos y les preguntó si deseaban algunos acompañar al general Urquiza, como acto voluntario, pues él, lejos de querer imponerle tan condición, preferiría que continuasen tranquilamente los estudios.
Una gran parte aceptó hacer la campaña, y al presentarse Roca, el rector le observó que era muy joven pues no contaba más de 15 años, pero el futuro Presidente, que se había criado, puede decirse, en el cuartel del piquete de Tucumán, no desistió a pesar de aquellas observaciones muy justas. Pocos días después se ponía en marcha con 8 ó 10 de sus compañeros y se presentaban en el palacio de San José, donde fueron prestamente distribuidos en los cuerpos de línea, correspondiéndole al teniente Roca, en el Regimiento de Artillería que mandaba el coronel Simón Santa Cruz.
En el Rosario recibió su bautismo de fuego, pues en las distintas oportunidades que la escuadra de Buenos Aires cañoneó aquél puerto, Roca estuvo al lado de sus piezas, disparándolas contra el enemigo. Se incorporó después al ejército de operaciones contra Mitre y se encontró en la batalla de Cepeda, librada el 23 de octubre de 1859. Terminada la guerra al regresar a Entre Ríos, el joven Roca recibió orden del coronel Santa Cruz de volver a las aulas y proseguir sus interrumpidos estudios, pero su permanencia en el Colegio Nacional no debía durar dos años más, pues en 1861 estalló nuevamente la guerra entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires. Asistió a la batalla de Pavón, sirviendo en el mismo regimiento de artillería. En la batería que mandaba el entonces capitán Juan Solá, arma que tuvo actuación principal en el combate; Roca, conjuntamente con el capitán Solá, salvaron los cañones de su batería, retirándose al trote del campo de batalla. Fue promovido a teniente 1º e1 4 de octubre de 1861, pero con antigüedad de 17 de septiembre.
Disuelto el ejército confederado a raíz de la derrota sufrida, y habiendo asumido el general Mitre la autoridad nacional, Roca regresó a Buenos Aires, donde ya residía la mayor parte de su familia y se encontraba en esta ciudad cuando su tío, el Dr. Marcos Paz, fue designado interventor de las provincias del Norte, quien llevó al joven sobrino en carácter de secretario.
Desde el 1º de enero de 1862 al 31 de marzo del mismo año, Roca prestó servicios en la comandancia en jefe del 1er. Cuerpo del Ejército.
Concluida la intervención, el general Paunero ordenó el 1º de octubre de 1862 que Roca pasase al Regimiento 6 de infantería, en calidad de teniente 1º, encontrándose con este cuerpo en las batallas libradas contra las montoneras del Chacho, en Lomas Blancas (La Rioja) y en Las Playas de Córdoba. Terminada la campaña allí, el regimiento pasó a las fronteras de San Luis: Río Diamante, Fuerte Nuevo, Villa Mercedes y Fuerte Diamante, donde se encontraba cuando estalló la guerra del Paraguay. Ascendió a ayudante mayor el 22 de diciembre de 1862 y a capitán, el 17 de febrero de 1864.
Roca marcha a la zona de guerra el 4 de enero de 1866, y allí se encuentra en múltiples acciones bélicas que atestiguan su valor, mereciendo citarse los que a continuación se expresan por ser los más importantes: en el Paso de la Patria, abril de 1866; en el Estero Bellaco, el 2 de mayo del mismo año; en la sangrienta batalla de Tuyutí, el 24 del mismo mes y año; Yatayti-Corá, 11 de junio; Boquerón, 18 de julio; y en Curupayti, el 22 de septiembre de 1866. En este terrible asalto, todo el tiempo que duro el ataque, Roca permaneció sobre su caballo, al frente de su batallón, bajo aquella terrible lluvia de proyectiles: cuando se impartió la orden de retirada, aquél batallón contaba solamente la mitad de sus efectivos. Roca fue uno de los pocos jefes que se retiraron a caballo, respetado por las balas y fue una de las figuras más notables en aquél día memorable, en el cual ejerció el comando en comisión del Batallón Salta, que desempeñaba por enfermedad de su jefe, Aniceto Latorre.
Destacado de la zona de los esteros paraguayos, ya con el grado de mayor, conferido el 5 de septiembre de 1866, a fines de este último año, marchó al interior del país, formando parte de las fuerzas nacionales, que bajo el mando del general Paunero, tuvo la misión de reducir la revuelta producida en las provincias de Cuyo y del Oeste, encabezada por Juan de Dios Videla, Carlos Juan Rodríguez, Juan Saá, etc.; montoneras que fueron batidas sucesivamente en las acciones del Portezuelo, de los Loros y de San Ignacio. Roca asistió a esta última función de guerra librada por Arredondo, el 1º de abril de 1867; división que había sido desprendida desde San José del Morro por el general Paunero, y de la que formaba parte el 6º de Línea, al que pertenecía Roca.
El 13 de Julio de 1867 ascendió a sargento mayor efectivo y fue nombrado segundo jefe del Batallón 7º de infantería, que so hallaba a la sazón en San Juan, pasando en el mes de septiembre a La Rioja y en abril del 68 a Córdoba, guarnición que alternó con la de Río IV.
El 3 de noviembre do 1868 le fueron extendidos despachos de teniente coronel con antigüedad de 15 de septiembre de igual año.
Por su brillante actuación en la guerra del Paraguay, recibió más adelante las, condecoraciones siguientes: cordones de Tuyutí, escudo de Curupaytí y medallas por la terminación de la guerra acordadas por los tres gobiernos aliados. Bueno es recordar que en el terrible asalto de Curupaytí el sargento mayor Roca rescató de las trincheras enemigas al comandante Solier, que se hallaba herido.
En enero de 1869 marchó con el batallón 79 de Línea, cuyo mando ejercía desde su promoción a teniente coronel, a la provincia de Salta, para combatir contra las montoneras del célebre caudillo Felipe Varela, el cual sufrió una completa derrota en las Salinas de. Pastos Grandes, el 12 de aquél mes y año, y marchando en dirección a Antofagasta, se vio obligado a refugiarse en Chile, dejando prisionera casi toda su gente. Sólo lo siguieron unos 20 hombres. Derrotó a Varela en aquella acción una fuerza salteña a las órdenes del comandante D. Pedro Corvalán.
Roca fue nombrado el 16 de noviembre do 1869, jefe de la Frontera de Orán, con retención del mando del 7º de Infantería; cuerpo con el cual acampó en febrero de 1870 en Los Laureles, provincia de Tucumán. El 2 de Septiembre de este último año se dispuso que bajase con su batallón a la ciudad de Córdoba, donde permaneció hasta el mes de noviembre; marchando después a la provincia de Entre Ríos, donde se hallaba en pleno furor la rebelión jordanista.
Se incorporó al ejército quo organizaba el comandante Santiago Baibiene, gobernador de Corrientes, en esta provincia, para hacer frente a los rebeldes, y a sus órdenes asistió a la célebre batalla de Ñaembé, el 26 de enero de 1871, en la cual, el teniente coronel Roca, al frente del 7º de Línea tomó a la bayoneta las baterías jordanistas, en lo más recio de la lucha; valeroso comportamiento que fue premiado por Baibiene, proclamándolo coronel sobre en el campo de batalla, ascenso confirmado por el Presidente Sarmiento por despachos de 4 de febrero de igual año.
Poco después bajó a Buenos Aires y marchó a la frontera de Córdoba, siendo designado el 19 do agosto de 1873, jefe de las fuerzas destacadas allí, constituidas por los batallones 7º y 12º. También actuó en la segunda campaña contra López Jordán.
El 28 de septiembre de 1874, el Presidente Sarmiento lo nombró “Comandante General y Jefe del Ejército del Norte”, al tener conocimiento de la muerte del general lvanowski y el estallido de la revolución encabezada por Arredondo. Organizadas sus fuerzas, el coronel Roca marchó contra este último, que el 29 de octubre había vencido a las fuerzas provinciales mandadas por el teniente coronel D. Amaro Catalán, en la Hacienda de Santa Rosa, el que murió en la acción. Roca marchó sobre aquel punto, intimando la rendición de Arredondo, quien contestó con proposiciones inaceptables, razón por la cual aquél atacó a los revolucionarios el 7 de diciembre de 1874, habiendo operado en la noche anterior una hábil maniobra de flanco, que inutilizó casi totalmente el valor defensivo de la posición enemiga.
Arredondo debió capitular después de un combate sangriento en el que perdió la vida el comandante Dr. Carlos Paz; se rindieron numerosos jefes, oficiales y tropa, que quedaron prisioneros de Roca. Este triunfo le valió los entorchados de general y poco después fue nombrado comandante general de las fronteras de San Luis y Mendoza, con fecha 6 de julio de 1875, puesto en el cual se dedica ardorosamente a estudiar un plan general de conquista del desierto, de modo que cuando el Ministro de la Guerra, Dr. Adolfo Alsina hizo conocer el suyo, Roca pudo discutirlo con toda altura y pleno conocimiento de causa, pero sin que existiese una disidencia fundamental, que le impidiese colaborar sinceramente con su jefe.
Señaló con plena franqueza las fallas que a su juicio militar presentaba el plan formulado, pues la idea de Roca era avanzar toda la frontera y de una vez, hasta los ríos Negro y Neuquén, limpiando al mismo tiempo de indios todos los territorios situados al Norte de los mismos, y establecer la nueva frontera en esta línea, marcada por ríos caudalosos, de solo 70 leguas, esto es, 350 kilómetros de longitud, la cual siendo mucho menos extensa que la línea fronteriza de entonces, seria mucho más fácil para defender y sus guarniciones mucho menos costosas, pues era suficiente establecer fuertes destacamentos en los tres pasos de Choele Choel, Chinchinal y Confluencia, sobre el Río Negro y los más contados que ofrece el Neuquén. Roca sostenía que la operación no solamente era factible, sino que la maniobra de reducir a los salvajes sería rápida y proporcionaría a la civilización una zona extensa y rica, para explotar. El 15 de marzo de 1877 Roca fue autorizado para restablecer la guarnición de la línea de Morteros, en la Frontera Norte de Córdoba.
El 1º de enero de 1878 asumió la cartera de Guerra y Marina[2] , cargo que implicaba la obligación de llevar a la realización su plan de conquista y al efecto, inmediatamente de ocupar el ministerio, dispuso dar ejecución al mismo, dividiéndolo en dos etapas: 1a. Batida general del territorio comprendido entre la frontera y el Río Negro; 2a. Marcha del ejército hasta los Ríos Negro y Neuquén y fijar sobre ellas las guarniciones acordadas en el proyecto. Cumplimentando aquella resolución, el general Roca ordenó la batida del territorio, impartiendo instrucciones a los distintos Comandantes de frontera, disponiendo que operaran en sus respectivos frentes, con columnas ligeras, las que debían efectuar prolijos reconocimientos del territorio y atacar en sus guaridas a los indios; cada comandos debía organizar varias columnas y utilizarlas alternadamente, de manera que unas se preparasen y estuviesen en descanso mientras que otras estaban en campaña.
Las instrucciones recomendaban hacerse sentir por todas partes, al mismo tiempo y reiteradamente. Desde el 21 de julio de 1878, es decir, un mes apenas de haber sido nombrado ministro, ya comenzaban a llegar los partes de los diferentes jefes de fronteras, dando cuenta de los encuentros con los indios, capturando prisioneros y rescatando muchos cautivos. Casi cuatro meses duró la tarea de batir el territorio, efectuándose reconocimientos que sobrepasaron los ríos Negro y Limay. A fines de septiembre, el ministro Roca ordenaba que las tropas pasaran a descanso, que se repusieran y engordaran las caballadas harto trabajadas y se alistaran para la gran marcha hacia el Sud; entretanto el territorio debía ser recorrido por simples patrullas que mantuviesen a los salvajes en alarma constante. El 14 de agosto del mismo año, Roca había sostenido al Congreso un proyecto de Ley, solicitando 1.600.000 pesos fuertes para ejecutar la ley dictada en 1865 quo ordenaba establecer la frontera sobre la margen Norte de los ríos Negro y Neuquén.
El proyecto que las Cámaras sancionaron coma Ley, el 4 de octubre, con sin igual diligencia, empezó el Ministro a darle principio de ejecución. La expedición se planeó para abril de 1879 y tomó la dirección superior el general Roca, siendo su jefe de estado mayor, el coronel Conrado Villegas, y el total de las fuerzas estaba distribuido en cinco divisiones cuyos objetivos fueron:
1ra. División (Roca), Choele Choel; 2da. División (Levalle), Trarú Lauquen; 3ra. División (Racedo), Poitagüé; 4ta. División (Uriburu), el Río Neuquén hasta su confluencia con el Limay; 5ta. División: columna Lagos, Malal o Toay (se estableció en Luan Lauquen); columna Godoy, Naincó o Ancó, como la designa este jefe en sus comunicaciones. La ocupación se prosiguió sistemáticamente por las cinco divisiones del ejército y la frontera quedó trasladada a los ríos Negro y Neuquén.
Requerido el general Roca por las necesidades de la Cartera de Guerra y Marina y también con el fin de acelerar los abastecimientos de las tropas en campaña, harto difíciles, después de reconocer el río Negro hasta su origen, descendió par el mismo hasta Carmen de Patagones, donde se embarcó a comienzos de Julio con destino a Buenos Aires, expidiendo a su paso por Choele ChoeI, el 24 de junio, una Orden del Día por la cual reorganizaba la 1a. División, constituida por la Línea Militar del río Negro, con la primera y cuarta Divisiones y designaba comandante en jefe al coronel Conrado Villegas, quien bajo la presidencia de Roca, completaría la obra civilizadora iniciada por este último; la ocupación de los territorios situados más al Sur.
Aquella expedición eliminó millares de indios, ya por muerte, o reducidos, formándose con éstos dos colonias, y restituyéndose a sus hogares más de 480 cautivos, se redujeron 14.000 indios, y se entregó a la colonización más de 1 5.000 leguas cuadradas de territorio. El 11 de octubre de 1879 renunció al Ministerio de Guerra, reemplazándolo Pellegrini; pasando a la Plana Mayor Activa.
Lanzada su candidatura a la Presidencia de la República, auspiciada por el mandatario saliente, Dr. Nicolás Avellaneda, se originó una revolución encabezada por el gobernador de Buenos Aires, Dr. Carlos Tejedor, con la alianza accidental de la provincia de Corrientes. Después de algunos sangrientos encuentros en Olivera, Azul, los Corrales, Puente Alsina, etc., el mandatario bonaerense abandonó la lucha, renunciando al cargo, y la Legislatura fue disuelta por una ley del Congreso, la que permitió que el general Roca ocupara el Supremo Poder, el 12 de octubre de 1880, por espacio de seis años. El 28 de septiembre del mismo año el Congreso lo ascendió a brigadier general. Su administración fue una de las más progresistas que ha tenido la República: envió nuevas expediciones al Desierto, bajo el mando del general Conrado E. Villegas, que ya lo hemos visto actuar anteriormente, prosiguiendo así su colosal obra civilizadora, concretada en pocas palabras por su Ministro de Guerra y Marina, general D. Benjamín Victorica:
“Mientras el estímulo del patriotismo y del “honor militar lucían en cuanto destacamento se encontraba en la lucha o el peligro, las comisiones científicas que lo seguían, se sentían animadas del mismo aliento, y revelando la topografía de esas lejanas comarcas, marcando en sus planos los prados, sus bosques, sus lagos numerosos, y el famoso Paso de Bariloche, que suprime la Cordillera en la fértil región de Nahuel Huapí, abriendo un cercano puerto en el Pacífico a las poblaciones que allí acudan en busca de una prosperidad segura”.
Envió expediciones científicas y militares a todos los puntos de la República, incluso al Polo Sud, fomentó la instrucción pública, el comercio, los ferrocarriles, etc.
Igualmente, tomó medidas .importantes con el fin de modernizar el ejército argentino y al efecto destacó a las escuelas de Europa distinguidos oficiales que debían completar su instrucción allí, donde la práctica de las últimas guerras, había trazado rumbos diferentes en la educación militar y entre aquellos oficiales se encontraba uno, el entonces teniente 1º D. Pablo Riccheri, que se incorporó a la Escuela de Guerra de Bélgica, donde egresaría con el más alto concepto el segundo puesto entre sus compañeros de curso y que con el correr de los años sería su Ministro de Guerra en la segunda Presidencia y el verdadero reorganizador del Ejército Argentino.
El 12 de octubre de 1886 entregó la Presidencia de la República a su sucesor, el Dr. Miguel Juárez Celman y una vez libre de las preocupaciones gubernativas, se trasladó a Europa: visitó muchos países, especialmente Alemania, de cuyo ejército quedó prendado. En una revista de la guarnición de Berlín había entrado a esta ciudad, junta con el Emperador, a la cabeza de las maravillosas tropas. Pensaba en el ejército de su Patria. Quería reformarlo, modernizarlo, elevar su moral arrancándole coma punto de partida el sistema de su formación: tropa enganchada, no siendo pocos los soldados argentinos que habían sido delincuentes. Era necesario implantar el servicio militar obligatorio. Desde el 4 de octubre de 1888 al 9 de agosto de 1890 fue senador par la capital al Congreso Nacional, y fue Presidente provisional del Senado, cuya banca renunció para ocupar el Ministerio del interior. Desde el 12 de octubre de 1886 revistó en “Lista de Oficiales Superiores”, coma teniente general, según lo dispuesto par la Ley de 3 de noviembre de 1882.
Permaneció en Europa mucho tiempo, y a su regreso al país permaneció alejado de la vida pública, hasta que en julio de 1890 estalló la revolución contra el Presidente Juárez Celman. Carlos Pellegrini, sucesor de éste, confió a Roca la cartera del Interior. En 1891, el general Mitre fue proclamado candidato a la Presidencia de la República par la Unión Cívica, por lo que Roca renunció a presentar la suya; pero como no se llegase a un acuerdo en otros extremos, Mitre también retiró, la suya, y fue proclamado candidato Luis Sáenz Peña, que fue elegido, para renunciar tres años después, sucediéndole José Evaristo Uriburu. El general Roca, el 30 de septiembre de 1893, fue nombrado comandante en jefe del ejército en campaña contra los revolucionarios (Bosch, Ayala, Vintter y Arredondo)[3].
En las elecciones presidenciales de 1898, el general Roca fue el candidato triunfante, integrando la fórmula el Dr. Norberto Quirno Costa. Su segunda presidencia fue singularmente feliz para la República: en los momentos en que ocupaba el sillón presidencial, era extraordinariamente tirante el estado de las relaciones con Chile, por las cuestiones de límites. Roca, con gran sagacidad y acierto, detuvo la tormenta y se arregló pasajeramente el asunto, aprovechando el tiempo para acrecentar las fuerzas navales y militares de la República. Adquirió nuevas unidades para la escuadra; creó el Ministerio de Marina, cuya cartera fue confiada al comodoro Martín Rivadavia. Nombró Ministro de la Guerra al Coronel D. Pablo Riccheri, toda una esperanza para el Ejército Argentino, quien de inmediato presentó proyectos tendientes a colocar a la institución armada en el alto pie en que se halla hoy: creación de numerosas escuelas de especialidades, tanto para la tropa, como para los oficiales; reorganizó la Escuela Superior de Guerra, creada en 1899, pero sobre bases inconvenientes; presentó el proyecto de ley creando el servicio militar obligatorio, discutiéndose el mismo en la Cámara de Diputados, en más de 20 sesiones, en las cuales el joven Ministro hizo gala de una preparación técnica insospechada en el país, venciendo al fin, con sus sólidos fundamentos a la oposición entre la cual se encontraba algún general de sólido prestigio, pero al final, vencieron los argumentos incontestables del Ministro y la Ley fue un hecho, Ley que no solo nos dio un soldado en cada ciudadano, sino que anuló automáticamente los antiguos ejércitos provinciales, que de acuerdo con la Constitución, mantenía cada una de las provincias federales., ejércitos que solo servían para promover continuas revoluciones, de modo, que el servicio militar obligatorio ha sido una verdadera providencia para la República, una gran escuela de civismo y una escuela primaria para los millares de ciudadanos que se incorporan a las filas sin saber leer y escribir.
Se adquirió el Campo de Mayo, para maniobras del Ejército y esto sin recargar en un centavo al Presupuesto: simplemente con un millón de pesos economizado en un año por el Ministro Riccheri, sobre los 13.000.000 del Presupuesto de Guerra, con un cuidado y patriotismo, que ojalá se copiara con frecuencia. También tan gran Ministro tenía un gran Presidente que respaldaba todos sus actos con una clarividencia que honra a la República Argentina. Cuando en 1901 se produjo la segunda tirantez de relaciones con Chile, el Presidente Roca estaba seguro de la fuerza del país que mandaba y utilizando su habilidad clásica, revelaba a los representantes de Chile en Buenos Aires que estaba completamente dispuesto a abrir la campaña antes que ceder en un ápice a las pretensiones desorbitadas de los vecinos, mal acostumbrados por la debilidad de otros gobiernos y así, los pretendientes a una nueva faja de nuestro territorio, se sometieron de buena o mala voluntad al fallo arbitral británico. Se firmaron los pactos de mayo, en 1902, que terminaron definitivamente las cuestiones de límites ultracordilleranas y el país pudo dedicarse con tranquilidad a la obra de laborar su grandeza futura.
Los ferrocarriles, las obras públicas, el fomento de la instrucción primaria, el acrecentamiento de la riqueza material y moral en toda la República, fueron tópicos que el gran Presidente no descuidó un instante: el general Roca puede considerarse el gobernante de la época más feliz para el país y el que preparó la grandeza que debía aparecer en toda su magnitud años después. Con sus hábiles medidas militares de previsión, contuvo hasta el final de su progresista administración, una revolución, que debiendo estallar en 1904, no lo fue hasta el año siguiente, gracias a las medidas tomadas por Roca y su incomparable Ministro Riccheri.
Estrechó igualmente las relaciones con el Brasil y así, Buenos Aires recibió alborozado la visita del presidente Campos Salles en los últimos meses de 1900. En un solo punto el gobierno de Roca sufrió el grito de la disconformidad del pueblo: en el proyecto de unificación de las deudas, presentado por el Gobierno y el cual dio lugar a apasionadas discusiones y a tumultuosas manifestaciones públicas en el año 1902. Este asunto produjo el rompimiento definitivo entre el general Roca y el Dr. Carlos Pellegrini, unidos por tantos años.
En su presidencia, el general Roca había realizado un viaje hasta Punta Arenas, en febrero de 1899, para tener allí una entrevista con el Presidente de Chile, a bordo del acorazado O’Higgins, la cual tuvo lugar el día 15 del mes citado. Era Presidente de Chile, D. Federico Errázuriz. Esta entrevista fue la que calmó momentáneamente la tormenta que se había empezado a formar en las postrimerías de la presidencia de Uriburu y permitió continuar la tarea de armar la República por mar y por tierra, para afrontar posibilidades futuras.
Aprovechando este viaje, el Presidente Roca recorrió gran parte de la costa de los territorios del Sud y muchas de sus poblaciones y se pudo imponer de visu de sus necesidades más apremiantes. Fue un viaje realmente provechoso para la Nación.
El gran secreto del general Roca fue saber transmitir al país un espíritu de disciplina, pero no el de la disciplina militar, rígida y mandona, sino la disciplina civil, que se traduce en orden, regularidad en el cumplimiento de sus deberes por cada ciudadano, en el acatamiento a las leyes y reglamentos que rigen la vida del país y en la inculcación de un alto espíritu de trabajo y de progreso que constituyen la grandeza de cada estado.
El general Roca gobernó con la oligarquía, se apoyó en ella y se sirvió de ella porque en aquellos momentos constituía lo mejor dentro de la sociedad argentina. El general Roca tuvo siempre la intuición y el horror a la demagogia: prefería lealmente la flecha de los bárbaros antes que la presuntuosa postura de los falsos apóstoles que adulaban al pueblo. Por eso fue enemigo decidido y leal de personajes que después rigieron los destinos de la Patria para hundirla en el caos que presenciaron los argentinos hace poco más de un lustro. En su gobierno siempre trató de rodearse de los hombres más importantes y capaces en cada orden de cosas y de ahí resultó una máquina perfectamente montada que produjo los más felices resultados para la vida administrativa nacional.
El 12 de octubre de 1904 entregó el bastón presidencial a su sucesor, el Dr. Manuel Quintana. Al dejar el gobierno, abandonó la vida pública y se retiró a disfrutar de un descanso bien merecido, del que solo fue sacado en 1913, año, en el cual el Presidente Roque Sáenz Peña le encomendó una misión diplomática al Brasil, que el General Roca desempeñó con marcada habilidad y tacto exquisito, misión que anudó más los lazos de amistad y comercio entre las dos grandes naciones de la América del Sud. Roca ha sido uno do los Presidentes argentinos que mejor inteligencia mantuvo con los Estados Unidos del Brasil, relaciones que se han afirmado con el correr de los años.
Aquella misión diplomática fue el último acto público del gran argentino y su viaje a Río de Janeiro, el postrero de su vida, pues falleció en la ciudad de Buenos Aires, el 19 de octubre de 1914, siendo sus funerales una profunda y elocuente exteriorización del intenso pesar que causó su muerte entre el pueblo argentino, que perdió con él a uno de sus más grandes hijos.
Su hijo homónimo, el Dr. Julio A. Roca, ocupó de 1932 a 1938, la Vice-Presidencia de la República Argentina.
El general Roca después de abandonar la segunda Presidencia paso a “Lista de Oficiales Generales” hasta el 22 de julio de 1908, en que pasó a situación de retiro por edad. El 28 de febrero de 1910 se le concedieron dos años de licencia para trasladarse a Europa.
El 22 de agosto do 1872 contrajo matrimonio en Río IV, provincia de Córdoba, con doña Clara Funes, hija de D. Tomás de Funes, puntano, que el 28 do noviembre de 1840 casó en la ciudad de Córdoba con doña Eloisa Díaz y González (hija del coronel José Javier Díaz). La esposa del general Roca falleció en Buenos Aires, el 2 de mayo de 1890.
[1] Yaben, Jacinto R., Biografías Argentinas y Sudamericanas. Buenos Aires: Metrópolis, 1939.
[2] El General Roca fue nombrado con esta fecha, pero una grave dolencia impidió al vencedor de Santa Rosa, ocupar su Ministerio hasta junio de 1878. [3] Roca fue senador por Tucumán desde el 6 de mayo de 1895 al 12 de octubre de 1898.
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Óleo del Gral .Prudencio Ortiz de Rozas (pintado en Sevilla por José Roldán, 1855).
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Por Prudencio Martínez Zuviría
La familia Ortiz de Rozas, llega a las orillas del Plata a mediados del siglo XVIII.
Don Domingo Ortiz de Rozas, Teniente General de los Ejércitos Reales, es nombrado por el Rey de España, como Gobernador y Capitán General de Buenos Aires llegando a ésta a bordo del navío francés “El lis”, el día 12 de junio de 1742. Nueve días después toma posesión de su cargo.
El hijo de su hermano Bartolomé, Caballeros ambos de la Orden de Santiago, también de nombre Domingo Ortiz de Rozas es a la sazón designado, edecán de su tío, siendo destinado como Capitán del Batallón de Infantería Antigua de Buenos Aires, el 5 de noviembre de 1741.
Tres años después el Gobernador Ortiz de Rozas, es nuevamente mandado por el Rey como Capitán General de la Real Audiencia de Chile, entregando el mando a su sucesor, don José de Andonaegui, el 22 de noviembre de 1745. Tiempo después sería agraciado por el Rey de España con el título de Conde de Poblaciones.
Mientras tanto, su sobrino carnal, el Capitán don Domingo Ortiz de Rozas sienta reales en Buenos Aires y el 10 de abril de 1759 contrae matrimonio con doña Catalina de la Cuadra.
Un sobrino del Gobernador Ortiz de Rozas, el General Francisco María Solano y Ortiz de Rozas, Marques del Socorro, gobernador de Cadiz, es asesinado por una turba en esa ciudad, siendo defendido ese día por su edecán, el joven oficial don José de San Martín.
Del matrimonio de D. Domingo y doña Catalina nació León Ortiz de Rozas, el 11 de abril de 1760, quien siete años después ingresa como Cadete del Batallón de Infantería Antigua de Buenos Aires, teniendo una impecable carrera militar, habiendo intervenido en la Reconquista de Buenos Aires (1806) y la Defensa de la misma (1807). Obteniendo en 1809 su retiro del servicio de las armas.
D. León Ortiz de Rozas contrajo matrimonio en esta ciudad el 30 de septiembre de 1790, con la joven Agustina Josefa Teresa López de Osornio, hija del Comandante General de Campaña y rico estanciero don Clemente López de Osornio, muerto por los indios junto a su hijo Andrés en un malón que asoló su Estancia El Rincón, el 13 de diciembre de 1783.
El matrimonio de D. León y Dña Agustina tuvo veinte hijos, de los cuales sobrevivieron diez, ellos fueron:
Don Juan Manuel que se casó con Encarnación de Ezcurra.
Doña Andrea casada con Francisco Seguí.
Doña Maria Dominga casada con Tristán Nuño Baldez.
Doña Gregoria casada con Felipe de Ezcurra (hermano de Encarnación)
Don Prudencio casado con Catalina de Almada.
Don Gervasio que murió soltero.
Doña Agustina que se casó con el héroe del combate de Vuelta de Obligado don Lucio Norberto Mansilla.
Doña Manuela casada con el norteamericano Guillermo Hope Bond.
Doña Mercedes casada con el Dr. Miguel Rivera.
Doña Juana que falleció soltera.
De todos ellos, D. Prudencio, nació en la ciudad de Buenos Aires, el día 28 de abril de 1800, recibió el óleo y crisma al otro día de nacer con los nombres de Prudencio Domingo del Corazón de Jesús, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced.
Recibió una educación esmerada, igual a la que recibían todos los niños de familias distinguidas del Buenos Aires de esa época.
A principios del verano, comenzaban los preparativos para pasar una larga temporada en la vieja estancia del Rincón de López. Los viajes duraban varios días, eran duros, existiendo muchos peligros, se viajaba en galera, la que era manejada por un diestro cochero de confianza, detrás venían las carretas con grandes ruedas, en donde iba el personal de servicio y el equipaje, por último estaban los postillones a caballo que generalmente eran indios o mestizos, que hacían una suerte de guardia y de paso llevaban los animales de recambio.
Con el olor de los campos y la libertad de la pampa, entre los verdes pastos, creció el niño Prudencio, quién juntamente con su hermano Gervasio recorrían a caballo las grandes extensiones del Rincón mientras aprendían las duras faenas del campo. Su hermano Juan Manuel a partir de 1811, administraba la heredad.
Los viajes al Salado dependían mucho del tiempo y del camino, pasando por la guardia militar de Chascomús se llegaba al Rincón.
Habiendo dejado la administración de los campos Juan Manuel, don León llevó a su hijo Prudencio al Rincón a efectos de que los ayudase en la difícil tarea del manejo del mismo.
Pero Prudencio sintiendo vocación por las armas, siguió el ejemplo de sus mayores, y se hizo soldado, su vida es una sucesión de hechos militares, vivió combatiendo contra el indio o contra los enemigos de la Federacion. En 1826 lo encontramos como Teniente y Teniente 1° del Regimiento 3 de Milicia Activa de Caballería a cargo de un destacamento que guarnecía el fuerte de la Ensenada de Barragán . Interviene en varios combates, entre otros en la toma de San Miguel del Monte, combate de las Vizcacheras, acción de las Pajas, asistió al Combate del Puente de Márquez, estuvo en la acción de San José de Flores, tomó parte activa de la campaña contra Lavalle y contra el Gral. Paz, y comandó a las tropas federales en la Batalla de Chascomús.
El 17 de febrero de 1823 contrae matrimonio con una joven de una distinguida familia de Buenos Aires, llamada Catalina de Almada.
En 1830, dos años antes de la fundación del pueblo del Azul, funda una estancia fortín llamada Santa Catalina, la que llegó a tener 27 leguas de los mejores campos del Azul, en ella tuvo su asentamiento el 6° de Caballería, bajo su mando.
En un censo de propietarios, levantado en 1839, Prudencio Ortiz de Rozas, declaraba tener 27.000 vacunos, 2800 lanares y 770 yeguarizos. La estancia Santa Catalina estaba defendida por tres hileras de zanjas de tres varas ancho por otras tantas de profundidad, con una extensión de dos cuadras de largo. Por el otro costado, lo limitaba el arroyo azul y un pequeño afluente que desembocaba allí mismo. Entre estos causes de agua, se hallaba el primitivo casco, construido de ladrillos y techo de azotea.
El 21 de febrero de 1831, el Coronel Ortiz de Rozas dirige una proclama desde Chascomús a los carabineros para formar la base del Regimiento 6° de Caballería, al emprender la marcha contra el Gral. Paz.
En 1833, reúne numerosas fuerzas al Sur de la Provincia, con las que se aproxima a la ciudad de Buenos Aires, siendo éste uno de los núcleos del llamado “Ejército Restaurador de las Leyes”, teniendo encuentros armados en los arrabales de la ciudad, después de la renuncia de Balcarce y la asunción de Viamonte, el Gral. Agustín de Pinedo y el Coronel Prudencio Ortiz de Rozas, hacen su entrada triunfal al día siguiente en la ciudad con 6000 jinetes y 1000 infantes, el 18 de noviembre el Coronel Ortiz de Rozas despachó a los Regimientos 5° y 6° de Milicias de Caballería de Campaña de su inmediato comando, cuerpos que el 25 del mismo mes llegan a Chascomús lugar de sus acantonamiento.
En los siguientes años, su vida transcurre entre Buenos Aires, la guardia del Salto, donde permanece a cargo de la línea de frontera, el Azul y Chascomús.
El 20 de mayo de 1839, el Coronel Ortiz de Rozas le manda una carta a su hermano Don.Juan Manuel:
“Hermano de mi aprecio.
He sido invitado por el Juez de Paz de Chascomús para asistir a las funciones el 25 del presente, pues los vecinos de aquel pueblo se proponen solemnizar el aniversario del gran mes de mayo. Yo pienso ir si no tengo algún inconveniente y al mismo tiempo pasaré a la boca del Salado y daré algunas instrucciones a Olmos, que son muy escasos los conocimientos que tiene, y tomaré todas las medidas que estén a mis alcances, aguardo tu contestación para aprontarme o no. Es todo tuyo tu hermano.
Prudencio Ortiz de Rozas
PD.Un ayudante que he propuesto para capitán quisiera mandarlo instruir la milicia a la boca del Salado, pero seria bueno que fuese de capitán para que pueda mandar los oficiales”
D. Juan Manuel de Rozas, tenía conocimientos desde hacía un tiempo, que se estaba gestando un movimiento revolucionario en la campaña de Buenos Aires, el que estaba combinado con la conjuración de Maza, es más, pocos meses antes de la insurrección, recibió una carta del Gral. D. José de San Martín, escrita desde Grand Bourg, y fechada el 10 de junio de 1839, en donde el viejo soldado de la Independencia le decía:
“Grand Bourg, a 7 leguas de Paris, 10 de Junio de 1839.
Excmo. Sr. Capitán General. D.Juan Manuel de Rosas.
Respetable General y Señor
Es con verdadera satisfacción que he recibido su apreciable del 24 de enero del corriente año; ella me hace más honor de lo que mis servicios merecen, de todos modos la aprobación de éstos por los hombres de bien es la recompensa más satisfactoria que uno puede recibir.
Los impresos que Ud. ha tenido la bondad de remitirme, me han puesto al corriente de las causas que han dado margen a nuestra desavenencia con el gobierno francés: confieso a Ud., apreciable general, que es menester no tener el menor sentimiento de justicia, para mirar con indiferencia un tal abuso del poder; por otra parte, la conducta de los agentes de este gobierno, tanto en este país como en la banda oriental, no puede calificarse sino dándosele el nombre de verdaderos revolucionarios, ella no pertenece a un gobierno fuerte y civilizado; pero es que ni en la Cámara de los Pares, ni en la de Representantes no ha habido un solo individuo que haya exigido del Ministerio la correspondencia que ha mediado con nuestro gobierno, para proceder de un modo tan violento como injusto, esta conducta puede atribuirse a un orgullo nacional, cuando puede ejercerse impunemente contra un estado débil o a la falta de experiencia en el gobierno representativo y a la ligereza proverbial de esta nación; pero lo que no puedo consentir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede desaparecer.
Deseo a Ud. acierto en todo y una salud cumplida, igualmente el que es sinceramente su afecto servidor y compatriota.
José de San Martín
El libertador veía desde la misma Francia, la traición a la patria, en la que estaban insertos los conjurados, aliados a la escuadra francesa, no nos olvidemos que desde el mes de junio de 1838, Francia le había declarado la guerra a la Confederación Argentina, bloqueando sus puertos y tomando por la fuerza la isla de Martín García, heroicamente defendida por el joven oficial Jerónimo Costa.
El Restaurador, sabía de todo esto, por lo que decidió tomar los recaudos necesarios, y enviar armas, municiones y buenas caballadas a los jefes militares de los departamentos de campaña: al Gral. Pacheco, que mandaba en el norte, al Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas (su hermano) que estaba en Azul, al Cnel. Del Valle en Tandil, ,al Cnel. Granada, jefe accidental en Azul situado en Tapalqué, al Cnel. González en Monte, al Cnel. Quesada en Mulitas, al Cnel. Ramirez en Morón, y al Cnel. Aguilera que estaba en San Vicente, dándoles la orden de que estuvieran listos a la primera señal, tal como lo estuvieron cuando estalló el movimiento en la ciudad de Dolores.
Lo que D. Juan Manuel esperaba con ansia, prevenido como estaba para sofocar el movimiento con todas las fuerzas con que contaba, era una carta de su hermano D. Prudencio, en la cual éste debía hacerle saber, tan aproximadamente como lo consiguieran sus partidas, destacadas en las principales estancias del sud, y el conocimiento que él y sus subalternos tenían de los que las poblaban, el número de ganados que habían engrosado las filas de los revolucionarios, y el modo como se habían incorporado a las filas de estos.
Rozas, recibió esta carta en el amanecer del día 2, y entonces pudo darse cuenta cabal de la situación. En ella se le decía , la manera como se había procedido en sus estancias y en las de los Anchorena, incorporando los peones de éstas a las filas de los revolucionarios. D. Juan Manuel, pudo ver que su prestigio no estaba quebrado todavía en la campaña, y que plantándose él allí, podía levantarla en su favor, aún en el caso improbable de que los revolucionarios obtuvieran alguna ventaja sobre las fuerzas que inmediatamente lanzó sobre ellos. A esas horas, escribió a su hermano D. Prudencio, que una vez que se le incorporara la división del sud, marchara sobre los revolucionarios, que si los batía, desarmara inmediatamente a todos los paisanos revolucionarios y les ordenara se dirigieran a sus respectivos domicilios (orden, que como veremos más adelante, cumplió D. Prudencio), y en caso contrario, que tomara posiciones y esperara las fuerzas que al mando de los Coroneles Ramírez, Aguileña y Costa, iban a incorporársele.
El Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas, en la tarde del día 3, salió de Azul al frente de 1300 soldados veteranos, llegando en la tarde del 5 a la estancia de Villanueva, cerca del rió Salado
El día 6 de noviembre D. Prudencio acampó con toda la División a su mando en el paso del Salado, llamado del Venado en la parte interior, donde comió la tropa, y tomando caballos de diestro, levantó el campo y se puso en marcha después de oraciones. Mientras las fuerzas de los Coroneles Ortiz de Rozas y Granada, vivaqueaban junto a sus tropas, a la orilla del Salado y a pocas leguas de Chascomús, Crámer, Marquez, Mendiola, Rico, Villarino, Lacasa, junto a los Ramos Mejía, Castelli y otros más, eran agasajados con una velada danzante, en la que corrieron los brindis por la futura victoria de las fuerzas revolucionarias.
Ya entrada la noche, la que fue bastante obscura, sumamente tormentosa y ventosa, el Cnel. Ortiz de Rozas, se dirigía en dirección a la villa del pueblo de Chascomús; por distintos conductos tenía informaciones que allí se encontraban los sublevados al Gobierno de su hermano, D. Juan Manuel de Rozas, según las últimas noticias recibidas se hallaban acampados en número de mil quinientos hombres cerca de la estancia del Juez de Paz de Chascomús, D. Felipe Girado, como media legua al sur del Pueblo.
Calculando su marcha a fin de sorprender a los enemigos, el Cnel. Ortiz de Rozas dispuso las fuerzas de su mando por escalones del siguiente modo: Toda la fuerza de línea formó en escalones al mando del mismo, los de la izquierda al mando del Coronel Graduado D. Manuel del Carmen García, los del centro al mando del Sargento Mayor Graduado D. Florencio Villanueva, los de la derecha al mando del Tte. Cnel. Efectivo D. Ramón Bustos, edecán del Restaurador, y a la derecha los indios amigos y varios milicianos voluntarios al mando del Sr. Cnel. D.Ventura Miñana, mientras que los escalones de reserva se encontraban al mando del Sr. Cnel. D. Nicolás Granada; en esa actitud y después de colocadas las guerrillas necesarias al centro y costados, siguió la marcha el ejército federal en dirección al lugar indicado anteriormente, no encontrando en su camino más fuerza que cinco milicianos al cuidado del ganado que tenían encerrado en el corral del Sr. Girado. Por las declaraciones de estos, se supo donde se hallaban los enemigos, siguiendo el Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas su marcha a inmediaciones del pueblo de Chascomús, dando vuelta hacia el campo enemigo, tomando en esta marcha un miliciano pasado y dos paisanos sin armas que discordaban en sus declaraciones, pues unos decían que los unitarios se había marchado al Monte y otros que no, que estaban acampados en las inmediaciones del pueblo, sobre la laguna, hacia el lado del camino de Ranchos, y creyendo que los enemigos se hubiesen marchado la tarde anterior para el Monte, el Cnel. Ortiz de Rozas, mandó una partida para que sacase del pueblo al Juez de Paz, inmediatamente supo por una de las partidas descubridoras, que los enemigos se hallaban en el lugar expresado; efectivamente, a poco de andar, descubrieron las guerrillas rosistas a la fuerza enemiga y reconocida la misma por D. Prudencio, ordenó el mismo, que siguiese la marcha de la división al trote, permaneciendo el enemigo en su posición, formados en batalla; una de las guerrillas federales de la izquierda rompió el fuego sobre otra de la derecha enemiga, que siendo cuatro veces superior en número, al romperse el fuego, se puso en movimiento el enemigo, siendo obligada a volver caras la guerrilla federal, el Cnel. Ortiz de Rozas, mandó protegerla mientras hallaba la oportunidad de cargar.
En ese momento el Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas se puso a la cabeza de los primeros escuadrones, dirigiéndole a sus tropas las siguientes palabras
“Soldados fieles a la Patria, preparaos a pelear, ahí teneis a esos salvajes unitarios, ellos son cobardes, he contado con vosotros soldados y compañeros de armas para salvar a la Patria, nuestra querida tierra: entre esas filas enemigas hay innumerables paisanos federales amigos de nuestro Restaurador D. Juan Manuel de Rozas y míos, ellos son engañados y por la fuerza han podido estar con esos malvados, pero los abandonaran, se unirán a nosotros y las consideraciones con que sean tratados los consolaran de una decisión que no han merecido. Soldados, mi divisa es honor y fidelidad que sea esta también la vuestra, con ella y la ayuda de Dios vamos a triunfar”.
El Cnel. Ortiz de Rozas, sabía que muchos de los soldados del 5° Escuadrón del Regto. N°6 (del que era Comandante en Jefe) de milicias de Caballería de campaña al mando del Tte. Cnel. D. Juan Francisco Olmos, el que se encontraba encargado de guarnecer la boca del salado de los barcos bloqueadores, no estaban de acuerdo con el levantamiento, prueba de ello, es la desconfianza que le tenía D. Prudencio a Olmos, como hemos podido ver en la carta mencionada más arriba que le enviara a su hermano D. Juan Manuel, y no le faltaba razón, ya que la actitud traidora del Tte. Cnel. Olmos evidenciaba la desconfianza manifiesta contra el, enseguida se tocó a la carga por orden del Cnel. Ortiz de Rozas y como le pareciese al nombrado que se retardaba la derrota de los sublevados mandó tocar por segunda vez a la carga. El enemigo sufrió y dio varias cargas, pero destrozada su izquierda, la mayor parte de los sublevados se precipitó a la laguna, buscando en ella su salvación, ya que de otro modo no la hallarían, parte de los sublevados huyó al pueblo donde fueron perseguidos. Cuando el Cnel. Manuel L.Rico dio la orden de cargar a la segunda compañía del Regimiento de Olmos, la misma se negó a entrar en batalla contra sus propios compañeros federales, y su Capitán D. Francisco Javier Funes, levantó su sable con un pañuelo blanco atado en su punta en señal de rendición. El centro y la derecha enemiga, ya desordenada sólo trató de huir pero como no podía volver casas, porque la reserva federal, al mando del Cnel. Nicolás Granada, les había tomado la retaguardia, y no pudiendo volver hacia el pueblo por impedírselo unos zanjones de las quintas del mismo pueblo, atropellaron ya de un modo desordenado en un grupo muy considerable, llevándose en su fuga envueltos varios soldados de un escalón federal que no pudiendo resistir la velocidad y empuje con el que fueron penetrados, no tuvo más designio que fugar, desordenando en su fuga, también a algunas de las caballadas rosistas. El número de cadáveres enemigos de que estaba sembrado el campo de batalla, el no ver la derecha federal que perseguía la izquierda enemiga dentro de la laguna, el estar dueño del campo de batalla y que la izquierda, centro y reserva se hallaban muy distantes del campo de batalla en persecución de los enemigos, hizo que el Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas, mandase tocar reunión por varias ocasiones, hasta que logró reunir las fuerzas, menos algunos que por estar muy embebidos persiguiendo al enemigo no se pudieron reunir hasta mucho después. Algunos soldados de línea y milicia de las caballadas, abrumados con el gran grupo de enemigos, los creyeron victoriosos en los primeros momentos, incorporándose casi todos luego de la batalla, siendo el resultado de esta victoria que duró como tres horas, más de doscientos cincuenta muertos y más de quinientos entre pasados y prisioneros. Entre los primeros se encontraron los cadáveres del francés Ambrosio Crámer, que hacia de Gefe del Estado Mayor de la fuerza enemiga, el de Zacarías Marquez, Capitán de Milicias que hacía de Coronel, el del Capitán de milicias José Mendiola que hacía de Comandante de Escuadrón, el de D. Domingo Lastra y su hijo, el del Tte.1° de milicias D. Vicente Belazquez, el de D. Antonio Laredo, el de un francés llamado Juan, una bandera que fue remitida a D. Juan Manuel, tres carretillas de á caballo, gran cantidad de caballadas, muchos fusiles, tercerolas, lanzas y sables. Mientras que las tropas federales tuvieron tres soldados de línea y cuatro milicianos muertos y como quince heridos, entre ellos el Sargento Mayor Graduado D. Florencio Villanueva, y el Tte. D. Crisostomo Alvarez, levemente, tanto que los nombrados Oficiales no dejaron de hacer sus servicios, luego de la batalla.
La División federal constaba entre Jefes y Oficiales de sesenta y un hombres entre los cuales no hubo ningún muerto.
En el parte de batalla que eleva el Cnel. D. Prudencio Ortos de Rozas a su hermano D. Juan Manuel, fechado en el Campamento en las inmediaciones de Dolores, el 11 de Noviembre de 1839, dando cuenta de la acción conseguida contra los salvajes unitarios en la villa de Chascomús, al finalizar el mismo, hace mención especial, cumpliendo con el deber que le imponía su obligación, en recomendar a S.E. el Gobernador, el valor y la heroica decisión federal con que se ha distinguido el benemérito Cnel. D. Nicolás Granada, el de igual clase. D. Ventura Miñana, el Sargento Mayor Graduado D. Manuel del Carmen García, el Tte. Cnel. D. Ramón Bustos, seis ayudantes de campo, el Tte .Cnel. D. .José Ramón de Isla, D. Pedro Rosas y todos los demás Jefes Oficiales y tropa de esta virtuosa y valiente División, llenando todos con bravura y energía y haciéndose acreedores á la consideración del Superior Gobierno y de todos los hombres libres del mundo de Colón.
Terminada la batalla, el Cnel. D. Prudencio Ortiz de Rozas, en fiel cumplimiento de la orden emanada de su hermano, liberó a los paisanos prisioneros, a quienes les dijo: que el Gobernador D. Juan Manuel de Rozas, prefería creer que habían sido engañados y obligados por la fuerza, a castigarlos como rebeldes y traidores unidos a los Franceses que hostilizaban la República, y que se retiraran a sus respectivos domicilios, teniendo presente que el gobierno estaba resuelto a hacer uso de todos los medios que estaban en sus manos para conservar el orden público, a pesar de los ataques que le llevaban sus enemigos interiores y exteriores.
La rapidez con que fue sofocada la rebelión (nos sigue diciendo Saldías) sin hacer uso de otros recursos que los que reunió en los primeros momentos el Cnel. Ortiz de Rozas, mostró que ella no tenía la importancia que al principio se le atribuía. Y el haber reproducido colectivamente los que la llevaron a cabo, declaraciones de que su causa era común con la de los franceses bloqueadores, no sólo la privó de adhesiones importantes, sino que exacerbó a la opinión tumultuaria, y empujó a todas las clases de la sociedad a que reprodujeran a su vez sus declaraciones de adhesión al gobierno federal y a la persona de D. Juan Manuel de Rozas.
Al otro día de la batalla, D. Prudencio Ortiz de Rozas, le escribe una carta a su amigo D. Francisco Serantes.
Viva la federación
Costa de Merlo, nov. 8 de 1839.
Sr. D. Francisco Serantes
Amigo querido: ayer 7 del corriente a la madrugada avisté la fuerza de los malvados unitarios que en número de más de mil quinientos hombres estaban formados en las inmediaciones del pueblo en la costa de la laguna, ellos sin duda contaban con el triunfo; más los miserables no tienen sino palabras, pues en cuanto los avistamos, los vencimos y los derrotamos completamente, mas de doscientos hombres se echaron a la laguna, con ánimo de atravesarlo al otro lado y algunos encontraron su muerte en esta operación, otros de los enemigos huyeron por dentro del pueblo donde murieron muchos dentro de las quintas y calles del Pueblo y la más parte dispararon por el costado del pueblo y nuestra fuerza que los perseguía, siendo el resultado, haber quedado más de doscientos cincuenta cadáveres de los enemigos en el campo de batalla y quinientos hombres entra pasados y prisioneros, entre los prisioneros está Pedro Capdevila y Fernando Otamendi y entre los muertos se encuentra, unitario afrancesado que se titulaba Comandante Zacarías Márquez, el francés unitario Crámer, el Capitán Mendiola de Chascomús, un hijo de Villarino y uno de los Ramos.
En fin el triunfo más completo hemos obtenido, tres carretillas de caballos y una gran cantidad de armas de todas clases se han recogido del campo de batalla y quintas y algunas en las calles del pueblito, no soy más largo porque no tengo tiempo, le incluyo unas proclamas para que las reparta y avise a todos los amigos de esta victoria.
Por disposición del Señor Coronel don Prudencio Ortiz de Rozas.
Pocos días después vuelve a escribirle al mismo Serantes una nueva carta, fechada el 18 de noviembre de 1839, pero desde el Puesto del Tuyú:
“Viva la Federación
Puesto del Tuyú, noviembre 18 de 1839
Señor don Francisco Serantes
Estimado amigo: He recibido su favorecida del 11 del corriente y por ella veo los sustos que Ustedes han tenido, causa de algunas falsedades de algunos flojos y viles de los nuestros que dispararon, no porque los persiguieran los enemigos, sino porque dispararon de sus mismas sombras, y esto es un hecho, porque nuestros dispersos que esparcieron esas funestas noticias huyeron de los enemigos que iban huyendo en un grupo perseguidos por nuestros bravos. La mayor parte de los cabecillas muertos. El francés Crámer, Zacarías Márquez, José Mendiola, Domingo Lastra y su hijo y más de doscientos y pico muertos y como setecientos prisioneros, tres carretillas, una bandera y gran cantidad de armas y las caballadas fueron los frutos de esta espléndida victoria – después de la acción entramos al pueblito y la tropa se campó en el mismo campamento que el enemigo en la costa de la laguna hacia el lado del camino de Ranchos. Advierta Usted que si no se tocó reunión hubiera sido infinitamente más el número de muertos a pesar que fueron perseguidos mas de dos leguas, en dirección a las mulas y lagunas de don Mariano Fernández. Nosotros hemos tenido siete muertos de tropa de línea y milicias y quince heridos levemente incluso un jefe y un oficial, y muy pocos dispersos que incluso ya se han incorporado excepto unos cuatro.
El quince del corriente fue encontrado en un monte de las isletas de los Montes Grandes, el caudillo Pedro Castelli por una partida pequeña franqueadora de esta fuerza y no queriéndose entregar lo mataron los milicianos de la partida y me presentaron la cabeza, la que mandé al pueblo de Dolores para que puesta en palo se colocase en la plaza del pueblito, lo que se ejecutó amaneciendo este saludable espectáculo el día 16 de este. En la misma noche del 15 mandé prender al unitario Martín José Serna que se hallaba en la Estancia del Tala de los S.S. Anchorena en una reunión de hombres y me lo presentaron en esa misma noche – los cabecillas que aún estaban con gente reunida en este punto han disuelto la fuerza y se han embarcado, con algunos hacendados y mayordomos que los han querido seguir, a la sola noticia que nosotros nos aproximábamos dejando más de tres mil quinientos caballos, muchas armas y veintiún medias tercios de yerba – Yo marchó devuelta hacia Dolores, pues esto es ya acabado – Con que vea amigo, mi derrota en lo que ha consentido, en que de un solo palo que se les pegó ya no se enderezaron y tan no se enderezarán que les quedará escarmiento para muchísimos años a esos salvajes.
Mis afectos a su señora y demás familia y Ud. Disponga de la buena voluntad de su buen amigo y Gral. Q.B.S.M
Prudencio Ortiz de Rozas
En los días sucesivos a la batalla, el Gral. D. Prudencio Ortiz de Rozas repone en su cargo al Juez de Paz, don Felipe Girado, por lo que el pueblo de Chascomús vuelve a su tranquilidad,
Se producen las lógicas detenciones contra todos aquellos que se habían sublevado contra el gobierno con el apoyo de los enemigos de la Confederación Argentina, es decir la escuadra francesa al mando del almirante Le blanc., pese a ello, D. Prudencio decide indultar a una enorme cantidad de sublevados, recibiendo el apoyo de los ciudadanos de Chascomús, como lo demuestra el siguiente documento que suscribieran el Juez de Paz, el Cura Vicario y más de un centenar de ciudadanos federales:
¡Viva la Federación!
El Juez de Paz y Comandante Accidental.
Cura Vicario y ciudadanos que suscriben.
Diciembre/839
Chascomús, Nov. 30 de 1839
Año 30 de la libertad, 24 de la Independencia
y 10 de la Confederación Argentina.
Respetuosamente manifiestan a S.E. la imperiosa necesidad de expulsar de este pueblo y su partido a los cabecillas promotores y secuaces que escandalosamente dieron y secundaron el grito de rebelión el día dos y tres del mes que concluye, tomaron armas y cometieron los más graves atentados contra la causa sagrada de la Confederación Argentina y contra la existencia y fama de su ilustre jefe y otros distinguidos patriotas federales, y piden su expulsión.
Excmo. Señor
El Juez de Paz y Comandante Accidental, el Cura Vicario y demás ciudadanos federales que suscribimos respetuosamente nos dirigimos a V.E.exponiendole sucintamente las razones de conveniencia pública para solicitar con el mayor empeño la expulsión de este pueblo y su partido, de los cabecillas y promotores y secuaces del horrendo crímen de traición y rebelión cometido en este pueblo en los días dos y tres del que concluye por salvajes unitarios, que habitando en esta jurisdicción y gozando de consideraciones e influjo en el resto de la población, han traicionado del modo más infame al Ilustre Jefe del Estado y al mismo tiempo, la confianza y condescendencia que les dispensaba el vecindario federal.
Hace años, Excmo. Señor, que los vecinos federales de este pueblo han sufrido, sin cesar, todo género de vejaciones, insultos, calumnias y aún la más tenaz persecución, dirigida con disfraz y habilidad por esos jefes infames y traidores, que vestidos con la máscara lisonjera de federación, y rodeados de un orgulloso círculo de salvajes unitarios, que por una triste fatalidad se hallaban con influjo y poder para humillarnos, favorecidos por las buenas relaciones y por la distancia que los alejaba de la vista de la suprema autoridad. Todo este pueblo Excmo. Señor es un testigo irrecusable de o que dejamos enunciado. Las personas, los intereses y también la fama de los verdaderos patriotas federales ha sido la presa de preferencia sobre que se han ......de tiempo en tiempo aquellos salvajes para destruir con mas acierto los fundamentos del orden, las columnas de la suprema autoridad; para prepararse el camino a la usurpación del poder, cooperando con los corifeos de la anarquía para lograr la dominación de la patria que les vio nacer sobre las ruinas de sus fieles hijos.
Esta mancha han seguido constantemente los cabecillas promotores y secuaces de la rebelión en este pueblo y que con descaro, con furor y atrevimiento ha acreditado por sus hechos a la vista de todos: Todos ellos con las armas en las manos han gritado la muerte del tirano Rosas, han asesinado y fusilado su retrato, han gritado también la muerte de distinguidos patriotas federales de este pueblo y maltratado a otros, han atentado y atropellado las casas e intereses de varios federales, y han dado repetidos gritos de execración contra la patriótica y justa administración de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes. Esto y mucho más han hecho a los ojos de este pueblo, se han manifestado a clara luz, y si no se les corrige con firmeza, si no se les aleja de la escena donde fraguaran de nuevo nuevas traiciones, quedaremos expuestos a su ferocidad y alevosía, y de trastorno en trastorno marcharía la Patria a su completa ruina. Solo la muerte podrá en ellos la esperanza de esclavizarnos. Poseídos de la más justa indignación y llenos de ira patriótica V.E. se dignará dispensar la enérgica manifestación de nuestros sentimientos, suplicando encarecidamente y con el mayor respeto, se digne atender con la más detenida consideración las razones que dejamos expuestas y la petición que con el mayor empeño le dirigimos, y es que los cabecillas promotores y secuaces, salvajes unitarios que en Chascomús dieron el grito de rebelión sean expulsados de su territorio al punto que les convenga, ó que disponga V.E.; único remedio por que podrá verse este pueblo libre, en lo futuro, de las asechanzas y males que ha sufrido por abrigar en su seno esa inmunda plaga.
Con la mayor confianza suplicamos la superior resolución de V.E., respecto de lo que pedimos.
Dios guíe a V.E. muchos años.
Excmo. Señor.
Felipe Girado Juan Carlos Sandoval, Cura Vicario
Lucas Balan Ramón Gorostizu
Antonino Bullinos Jose A. Linesa
Por D. Elías Girado, Alc.Greg.Espinosa Dionisio Roman
Por el Tte. Alc.D.Juan Cruz, Greg.Espinosa Nicasio Arrascaete
Por el Tte.Alc. José sosa, G. Espinosa Jose M. Castello
Lucas Aristegui y siguen las firmas
Por su triunfo en la batalla de Chascomús, D. Prudencio, obtuvo despachos de General de los Ejércitos de la Confederación Argentina. Cuando el Gral. Lavalle invade la provincia de Buenos Aires por San Pedro en 1840, el Gral. Ortiz de Rozas que se halla en Chascomús al frente de los Regimiento 5° y 6° de Caballería, toma el mando en Jefe de todas las fuerzas del Sur de la Provincia con los que se aproxima a Buenos Aires para ir en su defensa si la misma era atacada por el Ejército Libertador, mientras tanto, el Gral. Lavalle, en conocimiento que iba a encontrar numerosos enemigos en sus frentes y en sus flancos decide replegar sus fuerzas.
Durante su vida errante de militar, su familia permanece en Buenos Aires, en la vieja casona de la calle del Perú, la misma era una gran casa de altos, con grandes rejas voladas, haciendo esquina con la calle de Cuyo, la que tenía una gran puerta de entrada por el nro.95 de la calle del Perú y otra por la calle de Cuyo nro.85, en su interior había varios patios, existiendo en uno de ellos un aljibe, con gran cantidad de plantas, jazmines, diamelas, madreselvas y santaritas que trepaban graciosamente por las paredes, era muy común en ese tiempo, que cuando llovía, las calles que eran de tierra se inundaran fácilmente, por lo que se convertían muchas de ellas en arroyos torrenciales, lo que permitía que los niños se divirtiesen jugando con los calzones chapaleando en el agua o en el barro.
En la época Federal, se pagaba una contribución de serenos, como así también una por el alumbrado publico.
Los serenos en los tiempos de D. Juan Manuel, vestían capote con caperuza y lanza corta sin regatón, llevaba cada uno un farol con el que recorrían su manzana anunciando el estado del tiempo, con sus cantilenas de “las doce han dado y nublado”, “las doce han sido y lloviendo”, “las once han dado y sereno”, en los suburbios donde los salteos abundaban, había serenos de caballería, después durante la guerra del Paraguay desaparecieron.
El alumbrado público era escaso y malo, generalmente las esquinas, estaban ocupadas por negocios y pulperías, allí siempre había un farol, y por lo general era el pulpero el encargado de colocar el aceite o las velas, y limpiarlos.
Los primeros faroles eran apenas un armazón de madera y para proteger la lumbre se colocaba papel, pues el vidrio escaseaba, se llamaban “Fogariles”, después de 1810 los faroles fueron alargados y estrechos, en su interior estaba la vela de sebo o de baño, que se encendía mediante una mecha, a medida que se consumía la vela, los pequeños vidrios de los faroles se opacaban por el humo, no esparciendo por consiguiente claridad alguna, generalmente se los prendía al toque de la oración, y a eso de las diez de la noche su luz ya estaba extinguida, por lo que las calles, siempre estaban en la sombra.
En el mes de junio de 1844, fallece Catalina de Almada su esposa, Don Prudencio queda solo con sus hijos aún niños: Corina, León, Basilia, Prudencio, Catalina, Adela, Manuela y Agustina; los dos hijos mayores, Blas y Francisco, lo ayudan en la administración y manejos de sus campos, sus dos hijos menores Carlos y Domingo, morirían en la infancia.
Al año siguiente en 1845 contrae nuevamente enlace con una bella joven de 15 años llamada Etelvina Romero, ese año su gobierno le ordena salir a campaña, orden que acata don Prudencio, fiel federal, parte con su familia a Chascomús, y allí se radica comprando varias propiedades. Su casa, una colonial casona, tiene media manzana de frente, mientras que sus fondos llegan al fin de la cuadra, está ubicada frente a la plaza principal, tiene también en la zona varias estancias: La Segunda, La Adela, Santa Ana y otras un poco más alejadas.
Ese mismo año (1845) marcha con sus regimientos como reserva, a la prov. de Santa Fe, en apoyo del Gobernador Echague. Y al año siguiente desde Chascomus se lo encuentra comandando las fuerzas del sur de la provincia de Buenos Aires.
En sociedad con su amigo y socio Don. Juan Nepomuceno Fernández, fundan un saladero, su trabajo es muy duro, viaja constantemente a uno y otro lado, aunque se encuentra afincado ya en Chascomús El ocaso de la Federación lo encuentra en esta ciudad y después de los últimos cañonazos de Caseros, decide volver a Buenos Aires.
El pueblo de Buenos Aires recibe con indiferencia el resultado de la batalla.
Cuando el Gral. Urquiza, al frente del ejército aliado entra en la ciudad, no encuentra en la gente el entusiasmo que pensó, por el contrario, lo que le produjo un gran disgusto.
Ese mismo día, las tropas brasileras, mientras desfilaban, fueron recibidas con silbidos, por los habitantes agolpados en las aceras y balcones para poder ver el desfile de la victoria.
Debe de haber sido muy doloroso ver pasearse triunfante las banderas del Brasil por las calles
de Buenos Aires, y seguramente más de un sobreviviente de Ituzaingo, habrá llorado al ver tamaña traición, no por casualidad ese mismo día se cumplían 25 años de la batalla de Ituzaingo.
D. Prudencio no se piensa ir de Argentina. Su hermano Juan Manuel ya está en Inglaterra. A fines de marzo de 1852 recibe una carta del General Urquiza:
“Viva la Confederación Argentina.
El Gobernador y Capitán General de la Prov. de Entre Ríos, general en Jefe de los Ejércitos Aliados.
Cuartel Gral. en Palermo de San Benito
Al Gral. Prudencio Rozas.
Habiendo recibido por diferentes conductos que algunos individuos, desconociendo sus deberes y faltando a la dignidad que se debe al Gobierno, y más que todo, abusando de la posición en que creen que los ha colocado el triunfo del ejercito aliado, han cometido con V.S. algunos desafueros, espero que se servirá decirme, quienes han sido, porque no puedo consentir que a la sombra de mi nombre quieran ejercer sus mezquinas animosidades, en contradicción con los principios solemnemente consignados en todos mis actos públicos y privados.
Dios guarde a V.S.
Justo José de Urquiza.
El Gral.Ortiz de Rozas, el mismo día le contesta
“Viva la Confederación Argentina
El Gral. Prudencio Ortiz de Rozas. Bs.As. Marzo 27 de 1852.
Al Excmo. Sr. Gobernador y Cap.Gral. de la Prov. de Entre Ríos, Gral. en jefe del ejercito Aliado. Brigadier D. Justo José de Urquiza.
El infrascripto ha recibido con intima satisfacción la respetable nota de V.E. fecha de hoy.....
Tan benévolas y distinguidas expresiones no han podido menos que tocar vivamente mi corazón y doy íntimamente reconocido las gracias a V.E. por un acto que me saca de la muy difícil posición en que me encontraba. Con efecto, diariamente he sido objeto de ataques y exigencias escandalosas que no encontraba otro medio de cortarlas que poniéndolas en el alto conocimiento de V.E. Pero V.E. ha venido a prevenir mis deseos en la digna nota que contesto, y ruego a V.E. permita a que dando una prueba mas de la moderación, que ha caracterizado todos los actos de mi vida, calle los nombres de los individuos que han abusado indignamente de la posición en que se creen que los ha colocado el triunfo de V.E.
Unicamente me atrevo a suplicar a V.E. que en desagravio de los desafueros que se han cometido conmigo, se sirva permitirme publicar la distinguida nota de V.E. y su contestación.
Dios guarde a V.E. muchos años.
Prudencio Ortiz de Rozas.
A fines de 1852, se sucede el Sitio de Hilario Lagos, don Prudencio no interviene en él, pero sí sus hijos, los que una vez terminado el sitio, son perseguidos. Sus sobrinos Alejandro Baldez Rozas y Franklin Bond Rozas, sus hijos León y Prudencio huyen al campo, son buscados, los odios comienzan a crecer, su vida aquí no vale nada, corre peligro. En un momento se le prohibe salir de la ciudad, la suerte está echada, rápidamente comienza a vender algunas de sus propiedades:
La casa de la calle San Martín, hotel de Provence, al Cura de la Merced, Dr. Perez,
La casa de la calle Cuyo, a D.José María Laprida
Otra casa en la misma calle a D. José Mejías
Una casa en Chascomús a Mr. Josue Whit
También vende un saladero a sr. Panton, y las siguientes estancias:
La Segunda, en Chascomús a Ochoa e Ynsiarte
Santa Ana, en Chascomús a Wilfrid Latham
La Adela, en Chascomús al Sr. Bell y Com.
Arroyo Chico a D. Nicolás Coronel
Tandil-Leoufu a D. José Yraola
Y las Chacras de Quilmes a D. Isaac Coronel.
1853 es un año duro y de muchos cambios para la familia de D. Prudencio, el 4 de Septiembre se casa el segundo de sus hijos varones, llamado como su padre Prudencio, con la joven Juana de Gastelou, días después, el 18 del mismo mes, lo hace una de sus hijas, Catalina, con su primo hermano Lucio Victorio Mansilla, ya se sabe en la familia que partirán a Europa.
Junto con su mujer Etelvina, sus hijos, entre ellos el hijito que junto con su esposa, adoptaran en Chascomús cuando murieron sus padres, de nombre José María Ortiz de Rozas, conocido en la familia como Pepito y a cuyo niño profesaban el mayor cariño y afecto como reza en el testamento de don Prudencio, acompañados por su amigo y administrador Fernando Oyuela, en la mañana del 20 de octubre, D. Prudencio junto con gran parte de su familia, consigue pasar la capitanía de puerto y viaja a Montevideo. Allí, en el mes de diciembre de 1853, se casa otra hija Adela, con otro primo hermano también, Alejandro Baldez Rozas, hijo de su hermana María Dominga, y su sobrino preferido, a raíz de ello le envía una carta a su hermana
Noviembre 24, 1853
Mariquita Hermana.
Anoche me hablaste sobre mi consentimiento para que tu hijo se enlazara con mi hija Adela por el sagrado vinculo del matrimonio, yo no tenia el animo tranquilo, pues las muchachas acostumbradas hacer con Etelvina lo que han querido, han querido hacerlo conmigo, tomando facultades que no tienen, y que tu hijo tubo parte entrándose a una finca privada, yo no abuso jamas de la confianza, y no me gusta que lo hagan conmigo, por fin esto se hizo sin meditación y esta ya terminado.
Te conozco a vos y a tu buen esposo, y creo que tanto el cómo vos, tratarán a mi hija con todas las consideraciones posibles, te entrego hermana mía, una hija querida, por esto conocerás que estoy conforme en que se efectúe el matrimonio de Alejandro y Adela lo mas pronto posible.
Es tu hermano amigo.
Prudencio Ortiz de Rozas
A principio de 1854 don Prudencio Ortiz de Rozas con su esposa Etelvina y sus hijos Basilia, Manuela, Agustina y Pepito, parten rumbo a Europa, ya no volverá más al Plata. En el mes de febrero se radica en Lisboa, Portugal, donde compra un palacio, lo amuebla, pero no le sienta lugar, por lo que decide viajar a España, donde llega a Cadiz, para luego pasar a principios del mes de abril, a la ciudad de Sevilla, en la dulce y florida capital de Andalucía es donde se radica.
Desde allí le escribe a su sobrino y yerno Alejandro Beldez Rozas:
Sevilla, Capital de Andalucía
Plaza de la Contratación Nro.92
A 25 de Mayo de 1854
Sr. Alejandro Baldez
Mi querido hijo.
Tengo a la vista dos cartas tuyas de fechas 31 de abril y 1 del actual, antes las hubiera contestado, pero no me ha sido posible, hace poco mas de un mes que he fijado mi residencia en esta ciudad, pero a los cinco días un caballo me apretó una pierna y llevo mas de un mes de padecer, pero gracias a Dios ya voy mejor.
Estuvimos en Lisboa, pero no me acomodaba a la calidad del terreno, y determinamos pasar a Cádiz, en donde estuvimos cerca de un mes, hoy pienso permanecer en esta Capital.
Los sentimiento que me manifiestas son propios de un corazón bien justo, y mis votos al cielo siempre serán por tu felicidad y la de mi querida Adela.
Me dices que te envíe la cuenta de los gastos que hice en Montevideo, yo no tengo cuenta ninguna que mandarte, pues lo que se gastó fue en obsequio de mi muy querida hija, ojalá hubiera podido hacer mas por ella y por ti.
A Adela que tenga esta por suya y mi hermana, tu digna madre que la saludo con cariño.
Adiós hijo mío y cuenta con el afecto sincero de tu padre.
Prudencio Ortiz de Rozas.
Compra varias propiedades, una de ellas la más importante, es el Palacio de San Vicente o de Monsalud, una típica casa-palacio Sevillana, construida a principios del siglo XVII por los Marqueses de Villamarín, dicho palacio está ubicado sobre la calle San Vicente, frente a la Iglesia del mismo nombre. Compra varias propiedades más y dos huertas.
nuevamente le escribe a su yerno Alejandro Baldez:
Sevilla, julio 30 de 1855
Al Sr. Alejandro Baldez.
Mi querido hijo.
Contesto tu carta creo que fue de octubre del año anterior, a la cual no he tenido contestación, y creo que no la habrás recibido, en ella te decía que yo no te había dispensado consideraciones ninguna, sino que había hecho mi deber, tanto por vos como por una hija querida. Con cuanta satisfacción supimos Etelvina y yo que nuestra Adela había tenido mellizos, y no tuvimos poco sentimiento cuando supimos que los había perdido, es preciso paciencia y conformidad en los trabajos de la vida. Qué gusto hubiéramos tenido en ser padrinos de los desgraciados mellizos. En mi poder tu apreciable carta del 4 de abril, por ella tuvimos noticia de otra fatal desgracia que tuvieron con la irreparable pérdida de tu buen padre, los compadezco, pero no hay mas remedio que conformarse con la voluntad del ser supremo. A mi querida Adela y a tu madre, que tengan ésta por suyas, y que tanto ellas como vos, cuenten con el afecto de tu padre.
Prudencio Ortiz de Rozas
Don Prudencio mantiene en Sevilla una vida social muy importante. Su vida cambia radicalmente, ya no se encuentra en Buenos Aires, ni en Chascomús donde la pampa es casi infinita, aquí en el palacio tiene varias doncellas, cocineras, sirvientes y cochero con librea, ya no están los viejos amigos de la federación, sus amistades entre otras, son los Duque de Alba, Eugenia de Montijo, el Duque de Montpensier. Su hija Manuela se compromete con el Marqués de la Concordia. Casi diariamente los jóvenes pretendientes les cantan serenatas, a los pies de las ventanas del Palacio de San Vicente, en las perfumadas noches sevillanas.
Es invitado a las fiestas reales, viaja a Madrid, a París, allí conoce a Napoleón III con quién traba amistad.
Estando en Sevilla se declara una epidemia de cólera en la que muere gran cantidad de gente. Su hija Basilia le cuenta en carta a sus hermanos en Buenos Aires ”el cólera se ha presentado aquí de un modo espantoso, pero felizmente no ha durado más que un mes, el primer día murieron 500 personas de 1500 atacados y 30 personas de la alta aristocracia, era una cosa horrorosa, en menos de cuatro horas morían, sin alcanzar los auxilios de la religión, por las calles no se veían más que camillas recogiendo los atacados en la calle, cajas de muertos y los padres llevando el santo óleo.
En menos de un día salió toda la gente acomodada y me han asegurado que más de 30.000 personas ya se han ido de la ciudad.
La vida en Sevilla es de mucho sufrimiento y tristeza, hay menos amistades, la bella capital de Andalucía es linda y encantadora pero Buenos Aires está lejos y en ella ha quedado parte de la familia, a los que ya el Gral. no volverá a ver más.
En la noche del 1° de junio de 1857, y tras una penosa enfermedad, muere cristianamente, en el Palacio de San Vicente, rodeado de sus seres queridos, el Gral. Prudencio Ortiz de Rozas de tisis laringea, su hija Basilia en carta a sus hermanas nos cuenta:
Corina querida de mi alma, Catalina y Adela de mi vida, esta triste carta, me parte el corazón el enviarla, nuestro padre ha muerto como un buen cristiano, acordándose de todos nosotros y dándoles desde aquí su bendición ¡pobrecito! Cuánto ha sufrido, que enfermedad tan terrible Hay Corina que horrorosos momentos! Pero ya no puedo continuar, estoy muy enferma y las fuerzas me faltan. Tu, Alejandro mío que tan consecuente has sido siempre con tu pobre prima, a ti te encargo que consueles en mi nombre a mis pobres hermanas, adiós, tuya de corazón.
Tu Basilia.”
“Etelvina me encargó para vosotras mil cosas, es increíble como ella asistido a papá, no se ha separado un momento del lado de su cama hasta que expiró. Tu no puedes imaginarte los buenos de todos los señores que aquí nos han acompañado como si fueran de la familia; al otro día de morir papá se le hizo el entierro, todo lo mejor que se le ha podido hacer, ha estado brillante, lindísimo, todos los nobles han enviado sus carruajes para el acompañamiento. Además de 30 que nosotros alquilamos.
Basilia
La misma Basilia le escribe otra a su hermano León, contándolo también la muerte de su querido padre
León, hermano querido mío.
Que momentos León, que horror, nuestro pobrecito padre hace dos días ya dejo de existir, que desesperación Dios mío, el se ha acordado de todos Uds. al morir, a cada momento te nombraba, Etelvina, que se ha portado con el como la mejor esposa, no lo ha abandonado hasta que expiró, pobresito de mi alma León, hay, que horror.
Vente sin demoras. Adiós León de mi alma.
Basilia
Al día siguiente de morir se efectuó una misa de cuerpo presente, en la Iglesia de San Vicente, frente a su palacio, la dieron 65 sacerdotes, 19 monaguillos, 8 músicos y 6 cantores, y tuvo un entierro cantado hasta la puerta de la Macarena, camino al Cementerio de San Fernando, en donde fue enterrado ese día. Su cuerpo fue exhumado y vuelto a enterrar en otra tumba en 1869 y en el año 1872 su familia decide traerlo a Buenos Aires, donde descansa junto a sus padres, su hermano Juan Manuel y tantos otros en el viejo cementerio del Norte o de la Recoleta.
Años después de su muerte, en septiembre de 1859, su familia vende el Palacio de San Vicente y demás propiedades. Su hija Basilia un año antes (1858), caminando por la calle de las Sierpes en Sevilla, conoce y se enamora del joven General húngaro Juan F. Czetz, con el cual un año después se casa, retornando luego ambos a Buenos Aires con un hijo nacido en Lisboa. Su viuda y las hijas menores Manuela y Agustina, juntamente con León también vuelven. El que queda con su padre en Sevilla, es su amado hijo Pepito, el niño que adoptara don Prudencio en Chascomús, según cuenta la historia y que murió pequeño, después que su padre..
La vida del exilio fue dura y triste para toda la familia. Vuelta la misma Buenos Aires, comenzó el reencuentro con todos los seres queridos, allá lejos, en Europa, quedaba el Gral. Y su pequeño hijo. Su viuda doña Etelvina Romero volvió a casarse con el Dr. Miguel García Fernández en 1873. Sus hijos formaron sus propias familias.
Blas se casó con Jacinta de Insaurralde, con sucesión
León, falleció soltero víctima de la fiebre amarilla en 1871
Prudencio se casó con Juana de Gastelou, con sucesión
Corina, se casó con José Higinio Solveyra, sin sucesión
Adela, que se casó con su primo hermano Alejandro Valdez y Rozas
Basilia, se casó con el Gral. Húngaro Juan F. Czetz, con sucesión
Catalina, se casó con su primo hermano el Gral. Lucio Victorio Mansilla., con sucesión
Manuela, se casó dos veces, en su primera juventud con Alejandro Martínez Nieto, fallecido este se desposo nuevamente con el Coronel Austríaco Guillermo Hoffmeister fallecido en 1871 con la fiebre amarilla, no dejando ninguna sucesión
Agustina, se casó con Francisco Pereyra, con sucesión.
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Luis Quiterio Calvimonte.
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Por Sandro Olaza Pallero
El historiador Luis Quiterio Calvimonte nació el 25 de agosto de 1935 en la Villa del Valle de Tulumba (Córdoba). Fue integrante de varias instituciones académicas: presidente de la Comisión Pro Glorificación de Fray Mamerto Esquiú en la que trabajó con paciencia y fervor por la divulgación de la vida y obra del Venerable Fray Mamerto Esquiú; Miembro de Número de la Junta Provincial de Historia de Córdoba; miembro correspondiente por Tulumba del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Córdoba; del Instituto de Estudios Históricos “Roberto Levillier” y de la Academia del Plata.
Profesor de Historia, ejerció la docencia en las cátedras de Historia, Geografía y Ética Profesional en institutos terciarios. Se dedicó a la investigación del norte cordobés y entre sus obras se destacan libros, folletos y artículos periodísticos: Tulumba. Aspectos Históricos de la Villa y sus contornos (Córdoba, edición del autor, 1982); Los curatos del Norte de Córdoba, período hispánico (Córdoba, Editorial Copiar, 1990); La muerte de Francisco Ramírez y el Coronel Francisco de Bedoya (1990); El antiguo Camino Real al Perú en el Norte de Córdoba [en colaboración con Alejandro Moyano Aliaga] (Córdoba, Ediciones El Copista, 1996); Guayascate, 1585-1988 (1998); “San José de la Dormida, un pueblo con Historia” (Córdoba, La Voz del Interior, 1998); Tulumba y los Reynafé (Córdoba, Editorial Copiar, 2000); Las misiones de Esquiú en los curatos de Tulumba, Ischilín y Río Seco (Córdoba, Editorial Trejo, 2001); Tulumba, su historia civil y eclesiástica (Córdoba, edición del autor, 2002); Movimientos militares en la frontera este y norte y su relación con “Coalición del Norte” (Córdoba, Junta Provincial de Historia de Córdoba); Historia de la Estancia de Caroya [en colaboración con Alejandro Moyano Aliaga] (Córdoba, Junta Provincial de Historia de Córdoba, 2003); “Churqui Cañada. Reseña histórica” (Córdoba, Gobierno de la Provincia de Córdoba, en Edición de Historias Populares Cordobesas, 2005); etc.
También participó en Congresos internacionales, nacionales y provinciales y eventos de difusión histórica organizados por la Academia Nacional de la Historia, Junta Argentina de Historia Eclesiástica, Junta de Historia de la Cumbre y del Concejo Deliberante de la Cumbre.
El doctor Arturo H. Iturrez afirmó que Calvimonte “fue un ejemplo de vida, de cristiano, de ciudadano comprometido con su Patria y con su Historia”. Calvimonte falleció de cáncer en Córdoba a los 76 años el 8 de julio de 2011 y sus restos descansan en el Cementerio Parque del Recuerdo.
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| "Cuentos del 17 de Octubre", por Adolfo Diez Gómez (1948). |
Por Teresa Laura Artieda y Hugo Cañete
1. Introducción
Este trabajo se propone aportar al conocimiento de la escena de lectura escolar durante los dos primeros gobiernos peronistas (1946-1955), y presenta aproximaciones iniciales al análisis del soporte de dicha escena, el libro de lectura. Toma en consideración los libros que se editaron entre 1952 y 1955 siguiendo las orientaciones de los nuevos programas de estudio dictados por el Ministerio de Educación de la Nación.[1] Se ocupa entonces de los libros que la historiografía educativa de Argentina denomina “textos peronistas” por haber sido “muchos de ellos expresamente elaborados con el propósito de servir de instrumento para la difusión del ideario peronista.” [2]
El trabajo se inscribe en la historia social de la lectura y se apoya en producciones del Proyecto Historia Social de la Lectura y la Escritura dirigido por Rubén Cucuzza, con sede en la Universidad Nacional de Luján.[3] Considera como concepto central la “escena de lectura” entendida “como el lugar donde se realiza/materializa lo escrito como práctica social de comunicación”[4]. Y la escena de lectura escolar como “la resultante de procesos de larga duración en la que se sintetizaron y subordinaron otras diversas y variadas escenas de lecturas registradas en la historia cultural de la humanidad." [5]
Se focaliza en las representaciones icónicas de las escenas de lectura que se encuentran en los libros de lectura mencionados, además de tomar en consideración los textos que las acompañan, y propone respuestas iniciales a interrogantes de un protocolo de análisis de autoría del citado Cucuzza, quien considera un conjunto de variables consistentes en finalidades, actores, espacios, tiempos, modos de lectura, soportes materiales y objeto portador. Para esta entrega se trabaja con las siguientes variables e interrogantes,
“Los actores
¿Quién o quiénes intervienen en la escena? Individual/colectiva, masculino/femenino, niño/adulto, joven/anciano.
Las finalidades
¿Para qué fines se lee? Explícitos/simbólicos, formación cultural/placer, crecimiento personal/goce estético, otros.
Los espacios
¿Cuál es el marco espacial del lugar en que se lee? Interior/exterior, trabajo/ocio, escolar/otros, público/privado, oculto clandestino/abierto manifiesto, abierto/cerrado, individual/colectivo, particular/institucional
Los tiempos
¿Puede determinarse el momento de la lectura? regular periódico/ ocasional casual, Día/noche, planificado/espontáneo.
Modos de lectura
¿La escena supone una lectura silenciosa o en alta voz?
Los soportes materiales o la tecnología de la palabra
¿Cuál es el objeto portador? Cuadernos, libros, diarios, revistas, pizarras, paredes, cartas, carteles, monumentos, letreros, panfletos, etc.
¿Cuál es el lugar del objeto en el espacio representado? Centralidad/marginalidad.” [6]
2. Los textos peronistas
Son numerosos los estudios que en la última década dan cuenta de los rasgos típicos de los textos escolares del segundo gobierno peronista, y del uso de los mismos como estrategia en la lucha por una nueva hegemonía.[7] Las imágenes relevadas son coherentes con los rasgos típicos de dichos textos. Colocan al obrero en el centro de la escena; vinculan las escenas de lectura con los derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad y de la educación y la cultura, sancionados en el artículo 37 de la Constitución Nacional de 1949; resaltan las obras de gobierno; colaboran en proponer una clasificación de lo “real” significativamente diferente a la de los textos escolares de las décadas anteriores signados por la visión de mundo de las clases dirigentes, ofrecida bajo la apariencia de neutralidad. Son parte del propósito de “subversión cognitiva” de esa visión del mundo social, al mismo tiempo que participan de la intención de reeducar en un nuevo imaginario.[8] Contienen también tensiones como las que el discurso peronista encierra sobre los roles tradicionales y disruptivos de las mujeres, y expresan una estética más propia de la burguesía urbana que de la cultura popular de la época.
3. La infancia de los sectores populares
Los huérfanos leen, los hijos de los obreros leen, o escuchan a los adultos que les leen. No son “desertores, huérfanos, vagabundos, abandonados”.[9] Los niños pobres no están en la calle con “malas compañías”; no son víctimas, culpables ni futuros delincuentes, figuras típicas de los libros de lectura desde fines de siglo XIX y principios del XX. En la “Nueva Argentina” son lectores; en la escuela, la biblioteca, el jardín y otros espacios abiertos, pero especialmente en la paz del hogar, el hogar propio o el de la Fundación Eva Perón (ver imágenes 1 y 2).
Los niños juegan, estudian y leen. Estudiar y leer es el trabajo que los adultos (padres, abuelos, Perón y Evita) les demandan para ser copartícipes de la construcción de un futuro colectivo. Están incluídos en esa construcción, se los interpela, se los necesita como “vanguardias políticas del futuro” en el discurso de Eva Perón.[10] La lectura es uno de los vehículos privilegiados y condición imprescindible de tal modo de inclusión. Pero una lectura, un texto, el del relato “peronizado” del pasado, el presente y el futuro nacional.
En la lectura “El plan quinquenal”
“El papá dice a Julián y a Marta:
- Chicos, es necesario que en este año, sean más aplicados que nunca.
- ¿Por qué, papito?
- … Porque hay que ser cada vez mejor, y porque este año, es preciso que todos los argentinos, grandes y chicos, trabajen con entusiasmo.
…
- El general Perón, presidente de los argentinos, necesita que todos lo ayudemos a cumplir el plan quinquenal.
Y Juliancito, que es el chico mayor y lee mucho, explica a sus hermanas:
- El plan quinquenal es un programa de trabajo y progreso que dura cinco años.” [11]
Los textos escolares en análisis se editan en el segundo gobierno, cuando
“…se hizo notoria la presencia de enunciados vinculados con la idea de construcción de una generación (…) que indican un desplazamiento de los discursos hacia el problema de la continuidad y futuro del peronismo ante la situación de crisis que amenazaba al gobierno. La niñez devino en sujeto de atención preferencial dentro de un dispositivo que incluyó gran cantidad de elementos político-doctrinarios y que pretendía proyectarse hacia el futuro: la niñez pasó a ser objeto de una transmisión ideológica de un poder que quería perdurar en el tiempo.” [12]
Es en este marco político que cobra su sentido la figura de la infancia lectora. Qué lee la infancia y para qué, tienen respuestas subordinadas a este proyecto específico. Más allá de la lectura por placer, por obligación, por formación moral y cultural; de la lectura silenciosa e individual y de la lectura en familia o entre amigos, todas presentes, de lo que se trata es que las diversas finalidades confluyen en una, la lectura para la formación política en la doctrina peronista devenida en doctrina nacional.
Un corpus de análisis privilegiado en relación con la preeminencia de la formación política en la doctrina peronista, que excede los propósitos de este trabajo, es la colección Biblioteca Infantil “General Perón” con títulos como “Aventuras de dos niños peronistas”, “Una mujer argentina doña María Eva Duarte de Perón”, “Historia de las elecciones argentinas” y “Cuentos del 17 de Octubre”.[13] Este último finaliza con una explícita interpelación a la infancia lectora para su constitución como futura generación peronista.
“¡Ojalá ese memorable día de abnegación, civismo y democracia sea ejemplo y guía para las generaciones que vendrán!” [14]
4. La escena de lectura en la familia obrera
Las escenas de lectura en familia son frecuentes. La lectura aparece como una actividad naturalmente incorporada a la cotidianeidad de la familia obrera, y favorece la comunión del grupo (padres, abuelos, hijos) en los momentos de descanso y de intimidad. Lee el padre a los hijos, a los varones preferentemente, la madre a la niña; lee el abuelo, incorporado en el cuadro familiar, aunque con una lectura silenciosa, individual, y autónoma.
El padre ocupa el lugar central de la escena y le sigue el hijo varón mayor. En general, las mujeres escuchan o acompañan en un segundo plano mientras realizan tareas hogareñas o juegan, según sean la abuela, la madre o la niña. Es clara la relación jerárquica que se privilegia entre géneros y roles, como la tensión entre la figura tradicional de la mujer (madre, esposa, ama de casa) y la figura que incorporó el movimiento, es decir, la mujer politizada, movilizada a la par del hombre en la calle y en Rama Femenina del partido, y con derecho al voto. De todos modos, importa matizar esta observación señalando que hay otras escenas que no transcurren dentro del grupo familiar y en las cuales las niñas leen. Lo hacen solas, entre amigas o mientras la madre se ocupa de tareas del hogar (ver imágenes 3 y 4).
En la escena familiar se leen libros, periódicos, cartillas. Así como la lectura forma parte de las actividades habituales, el libro integra el conjunto de objetos cotidianos, familiares, a la vez que se distingue, se reitera, se multiplica. Los textos están sobre escritorios y bibliotecas, pero también sobre mesas auxiliares, bancos, alfombras, pisos; cerrados y abiertos; en pequeñas pilas o solos; compartiendo el lugar con juguetes y niños. También la lectura comparte tiempos y espacios con el juego, el bordado, la charla. Se lee al finalizar el día, mientras están todos reunidos, se lee antes de dormir. En la casa del obrero se lee del mismo modo, con la misma naturalidad con la que se lleva a cabo el resto de actividades rutinarias de cualquier familia “tipo” que está terminando el día. En la casa del obrero se tienen libros y se lee, como en cualquier otra casa del país.
Pero además el obrero y su familia están felices y disfrutan de una vivienda confortable. Sillones mullidos para la lectura del padre y del abuelo, o la madre y la niña, alfombras donde se sientan los niños y la madre, cortinados en las ventanas, arañas con caireles, aparadores de estilo, lámparas de pie. Un obrero con mameluco, sentado en el sillón de un hogar burgués. ¿Los “cabecitas negras” mojando sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo, invadiendo los espacios que transitaba la oligarquía? ¿Los “descamisados” en su casa propia, iguales en lujos y comodidades que el hogar burgués?
La estética de estas imágenes, contrastante con la cultura popular, es congruente con la que se conoce de la Ciudad Infantil.[15]
“La importancia adjudicada a la infraestructura y al bienestar material fue un rasgo arquetípico de esta institución, ligado con (un)…sentido de democratización radical de las condiciones de pobreza infantil. Los testimonios destacan que el ambiente era bello y agradable, se contaba con salas enormes, con mucha luz, baños amplios y grandes jardines, y que existía un equipamiento exhaustivo y de alto nivel.”[16]
Queda a cuenta de desarrollos futuros, y de estudios que exceden el que nos ocupa, la interpretación acerca de esta iconografía en los libros de lectura. ¿Cuál es el sentido de imágenes que enuncian, por contraste, las diferencias de las condiciones de vida entre las clases sociales de la época? ¿En qué medida están expresando las aspiraciones, los sueños de la vivienda propia y digna de los sectores obreros y trabajadores en general?[17] Sería importante analizar además la fisonomía de los obreros y sus familias, más propias del mencionado origen burgués y de una procedencia ‘gringa’ que de los “cabecitas negras”.
Una “acuarela de Humberto Gómez, artista argentino contemporáneo” que se reproduce en varios libros de lectura de la época, condensa los rasgos de la escena de lectura que describimos en los párrafos anteriores. Al pie de la misma se lee: “Derechos del Niño, de la Ancianidad, del Trabajador, de la Familia y de la Educación y la Cultura”. La vivienda propia, el salario justo, la protección de los ancianos y los niños, y el acceso generalizado a la lectura, son derechos sociales de valor equivalente para el conjunto de los trabajadores (ver imagen 5).
5. El trabajador lee
El trabajador lee en la casa, pero también en la fábrica porque
“Los derechos del trabajador se respetan puntualmente en la fábrica del papá de Horacio, y sus obreros están muy contentos con él, porque es un patrón comprensivo y bueno, que cumple al pie de la letra las doctrinas justicialistas.”[18]
“Biblioteca, duchas calientes, comedor, vacaciones pagas, aguinaldo o un mes de sueldo y asistencia médica”,[19] son los principales derechos que el papá de Horacio asegura a los trabajadores.
En la biblioteca de la fábrica, obreros sentados a una larga mesa, rodeados de anaqueles repletos de libros y favorecidos por un espacio amplio y luminoso, realizan una lectura atenta, individual y silenciosa. Ocupan horas que suponemos permitidas dentro del horario de trabajo ¿para capacitarse, para recrearse, para ampliar su universo cultural?
El obrero lee en la universidad y con ello cumple un sueño largamente acariciado, e inalcanzable en el tiempo anterior al gobierno de Perón.
“Un sueño que se realiza.
Alfredo pone una pausa en su trabajo. Enjuga el sudor de su frente y piensa. Su mayor ambición es la de estudiar. Se sabe inteligente y capaz. …
Cursó los estudios primarios; robando horas al sueño, completó los secundarios.
Ahora quiere ingresar a la Facultad.
Obligaciones superiores lo atan. Con su trabajo debe sostener a su madre y sus hermanos.
El no se debe a sí mismo.
Esos sueños son para otros.
…………………………………
Alfredo sigue trabajando, pero ya no sueña con una visión inalcanzable.
Sus sueños se realizan.
Al fin las puertas de la Universidad se abren para todos aquellos que posean inteligencia clara y vocación.
La actual reforma cultural ofrece un plano de igualdad para todos los estudiantes. Un nuevo sentido de argentinidad forma el clima de las aulas.
Parafraseando a Dussel y Pineau (1995), podemos decir que Alfredo vivió en el tiempo en el que “la clase obrera entró al paraíso”, metáfora con la que estos autores aluden al ingreso de dichos sectores a la Universidad Obrera Nacional inaugurada en 1953 durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, y cerrada con el golpe militar de setiembre de 1955 que lo derrocó.[21]
Finalmente dejamos enunciado que la lectura no es dominio exclusivo de los trabajadores urbanos. También lo hacen los trabajadores rurales y sus hijos, quienes se instruyen acerca de los Derechos del Trabajador, entre otros.[22] Además los trabajadores leen, y escriben, en otros portadores de textos y otras situaciones. Son pancartas con los nombres de Perón y Evita en las movilizaciones. Trabajos que dan cuenta de la figura de sujeto “movilizado, politizado, plebiscitario, organizado” [23] dentro de un contexto de vigilancia y control de la ‘ortodoxia’, nos alertan respecto de la necesidad de análisis más complejos de ‘escenas de lectura’ como la que señalamos.
6. La Razón de Mi Vida
La Razón de Mi Vida, libro autobiográfico de Eva Perón,[24] se adoptó por ley como texto escolar en 1952 para todos los niveles del sistema educativo, previo debate en el Congreso de la Nación. [25]
El contenido de las lecturas que reproducen fragmentos del libro o se refieren al mismo, es congruente con el cierre del discurso del entonces diputado peronista Héctor J. Cámpora durante dicho debate. Decía el diputado Cámpora,
“Los que quieran ver un símbolo político en este libro están equivocados. El amor no es política y el libro de Eva Perón es un breviario de amor, de lucha y de eterna vigilia para inculcar a su pueblo la verdadera, la única razón de su vida: darse sin sosiego y sin pausa para la redención social de sus descamisados.”[26]
Acompasando ese discurso, en la lectura “La Razón de Mi Vida” se lee,
“Las páginas de este libro son un canto de amor a todos los descamisados de la patria. En todas las lecturas vibra su rebeldía contra la injusticia y su preocupación por el bienestar y felicidad de los trabajadores de la patria. Y en todas sus frases sin excepción, el fervoroso amor a Perón y a su pueblo que fueron ‘la razón de su vida’.”[27]
En algunas lecturas lo leen las niñas, alentadas por sus madres, quienes les regalaron el libro. Eva Perón, a cierta distancia, presencia la escena. Interesante cadena de transmisión entre mujeres que, cuando menos, supone el intento de contribuir a la “construcción y refuerzo de la figura de Eva Perón como imagen mítica del panteón simbólico peronista ejecutada durante los momentos inmediatos a su deceso.” [28] (ver imagen 6).
Las niñas comprenden el libro a pesar de las “palabras difíciles” para la poca edad.
“Un libro.
- ¿Qué lees, Anita?
- Leo “La Razón de mi Vida”.
- Pero, eres muy pequeña para comprender ese libro…
- Sin embargo, lo puedo comprender, mamita.
- No sé cómo te las arreglas.
- Es muy fácil, verás: Eva Perón lo escribió poniendo en él toda su alma, y esas cosas las entiende todo el mundo. Ya sé que muchas palabras son difíciles para mí, pero… el sentido es claro, muy claro. Evita quería tanto a los pobres, que todo lo que hacía era por ellos. ¡Y hasta murió trabajando para ellos, mamá!
- Veo que has entendido, hija mía…” [29]
Es una clara respuesta a la disputa por las posibilidades metodológicas del libro, que se sumaba a las disputas ideológicas por su contenido, temas de debate en las citadas sesiones de la Cámara de Diputados.
7. Preguntas para seguir pensando
En el marco de la lucha ideológica que sostuvo por la apropiación discursiva de determinadas interpretaciones clave, el peronismo resignificó la escena de lectura. En pos del propósito de subversión de la visión del mundo, se apropió del valor pedagógico de la lectura que durante décadas sostuvo la cultura normalista y le imprimió sentidos acordes con su proyecto político. La lectura importaba como medio de alfabetización política en la nueva doctrina; la alfabetización pensada no para un ciudadano sumiso del orden oligárquico conservador, sino para uno que se identificara entre los ‘constructores de la Nueva Argentina’, alguien que dejara de conformar “una masa (objeto de la historia)”, y se convirtiera en “pueblo (sujeto de la historia). … El aumento del nivel cultural general de la población era primordial para la consecución de (los)…objetivos políticos” en el modelo político de Juan Domingo Perón. [30]
La resignificación de la escena de lectura conllevaba la transformación, cuando menos, de las finalidades, los sujetos y los textos. Junto con la lectura para la formación en la doctrina de modo de lograr apóstoles que la predicaran, se ampliaron los lectores (el trabajador, el anciano y la infancia pobre y huérfana) y se reemplazaron los textos que se utilizaron, claramente, “como instrumento de lucha ideológica en momentos de ruptura hegemónica.” [31] Los Derechos del Trabajador, la Constitución de 1949, la Razón de Mi Vida, el Segundo Plan Quinquenal… La lectura es condición de inclusión en la Nueva Argentina porque permite informarse y formarse como peronista.
¿Las imágenes de la lectura consideradas como parte de las actividades cotidianas de las familias obreras, se correspondían con lo que ocurría en la realidad de dicha familias? ¿Era el libro uno de los objetos importantes de la casa? ¿Había en ellas tantas bibliotecas como se mostraba en las lecturas? Las imágenes, ¿expresaban la realidad o el deseo? A Perón, ¿se lo escuchaba y además se lo leía entre los trabajadores urbanos y rurales? De acuerdo con estudios previos, “La práctica de ‘leer’ a Perón y el surgimiento de una escolástica interpretativa correspondería a la ‘larga’ y ‘compleja’ etapa…del exilio,…”,[32] esto es, a una etapa posterior a la vigencia de los libros en análisis.
¿Cuál es el texto que más se leía? ¿El impreso? ¿El de los símbolos y los actos cotidianos? Finalmente, ¿de qué tratan esos textos que se leen bajo la luz protectora y la “mirada vigilante”[33] de Juan Domingo Perón y de Eva Duarte de Perón?
8. Bibliografía citada
CARLI, Sandra (1998/1999) “Infancia, política y educación en el peronismo (1946-1955). De los derechos del niño a las vanguardias políticas del futuro”. En Anuario de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación (núm. 2), Buenos Aires, Miño y Dávila, pp. pp. 103-121.
CORBIERE, Emilio (1999) Mamá me mima, Evita me ama. La educación argentina en la encrucijada, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
CUCUZZA, Rubén H. (2008) Retórica de las escenas de lectura en las carátulas del libro escolar, Biblioteca Virtual del Proyecto RELEE, Redes de Estudios en Lectura y Escritura. Ministerio de Educación, Argentina.
CUCUZZA, Rubén H. (dir.) PINEAU, P. (codir) (2002) Para una historia de la enseñanza de la lectura y escritura en Argentina. Del catecismo colonial a La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Miño y Dávila.
CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2001) “Representaciones sociales en los libros escolares peronistas. Una pedagogía para una nueva hegemonía”. En OSSENBACH, G. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. Los manuales escolares como fuente para la historia de la educación en América Latina, Madrid, Ediciones UNED, pp. 209-244.
DUSSEL, I. y PINEAU, P. (1995) De cuando la clase obrera entró al paraíso: La educación técnica estatal en el primer peronismo. En PUIGGROS, A. (dir.) Discursos pedagógicos e imaginario social en el peronismo, Buenos Aires, Galerna, pp. 107-173.
SOMOZA, Rodríguez M. (2006) Educación y política en Argentina. 1946– 1945, Miño y Dávila/UNED, Buenos Aires.
SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (1997) Una mirada vigilante. Educación del ciudadano y hegemonía en Argentina (1946-1955). En CUCUZZA, Héctor R. (dir) Estudios de historia de la educación durante el primer peronismo. 1943-1955, pp. 115-147.
Fuentes consultadas
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ARENA, Luis (1955) Senda Fragosa. Libro de lectura para sexto grado, Buenos Aires, Angel Estrada y Cía editores.
ARENA, Luis (1954) Agua Clara. Libro de lectura para segundo grado, Buenos Aires, Angel Estrada y Cía editores.
BRUZONNE, Amalia Luisa (1953) Ronda del gran amor. Texto de lectura de tercer grado, Buenos Aires, Angel Estrada y Cía editores.
COZZANI de GILLONI, G.R. (1953) Mensaje de Luz. Libro de lectura para tercer grado, Buenos Aires, Angel Estrada y Cía editores.
DASTUGUE, María (1955) El tambor de Tacuarí. Libro de lectura para tercer grado, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre.
H.M.E. (1953) Auras Argentinas. Libro de Lectura para tercer grado, quinta edición, Buenos Aires, editorial H.M.E.
JORDÁN, Sofía (1954) Mi Escuelita Blanca. Libro de Lectura para segundo grado, 3° edición, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre.
RAGGI, Angela (1953) Pueblo Feliz. Libro de lectura para segundo grado, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre.
Biblioteca Infantil “General Perón”
DIEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Aventuras de dos niños peronistas, Buenos Aires, Peuser.
DIEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Cuentos de Hadas, Buenos Aires, Peuser.
DIEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Cuentos del 17 de Octubre, Buenos Aires, Peuser.
DIEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Historia de las Elecciones Argentinas, Buenos Aires, Peuser.
DIEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Una Mujer Argentina. Doña Maria Eva Duarte de Perón, Buenos Aires, Peuser.
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| Eva Duarte de Perón. |
[1] CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2001) “Representaciones sociales en los libros escolares peronistas. Una pedagogía para una nueva hegemonía”. En OSSENBACH, G. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. Los manuales escolares como fuente para la historia de la educación en América Latina, Madrid, Ediciones UNED, pp. 209-244. [3] Entre otros que se citan posteriormente, CUCUZZA, Rubén H. (dir) y PINEAU, P. (codir) (2002) Para una historia de la enseñanza de la lectura y escritura en Argentina. Del catecismo colonial a La Razón de Mi Vida, Buenos Aires, Miño y Dávila. [4] CUCUZZA, Rubén H. (2008) Retórica de las escenas de lectura en las carátulas del libro escolar, Biblioteca Virtual del Proyecto RELEE, Redes de Estudios en Lectura y Escritura. Ministerio de Educación, Argentina. [6] Ibid. Se transcribe parcialmente el protocolo según la selección utilizada para este trabajo. [7] Además de los mencionados CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M.; COLOTTA, P., CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2002) Textos y lecturas escolares durante el primer peronismo: Evita también fue palabra generadora. En: CUCUZZA, Rubén H. (dir) y PINEAU, P. (codir) Para una historia…, op. cit., pp. 301-335; SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2006) Educación y política en Argentina, Buenos Aires, UNED/Miño y Dávila; PLOTKIN, M. (1993) Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955), Buenos Aires, Ariel; CUCUZZA, Héctor R. (1998) Ruptura hegemónica. Ruptura Pedagógica: “La Razón de mi vida” como texto escolar durante el primer peronismo. En Anuario Galego de Historia de la Educación, núm. 2, Universidad de Vigo, 153-179. [8] Seguimos a SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (1997) Una mirada vigilante. Educación del ciudadano y hegemonía en Argentina (1946-1955). En CUCUZZA, Héctor R. (dir) Estudios de historia de la educación durante el primer peronismo. 1943-1955, pp. 115-147. Somoza Rodríguez toma el concepto de subversión cognitiva de Pierre Bourdieu para interpretar lo que considera como el sentido pedagógico de las prácticas políticas de Juan Domingo Perón. [9] CARLI, Sandra (1998/1999) “Infancia, política y educación en el peronismo (1946-1955). De los derechos del niño a las vanguardias políticas del futuro”. En Anuario de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación, (núm. 2), Buenos Aires, Miño y Dávila, pp. 103-121, pp. 107. [11] DOMÍNGUEZ, María A. (1955) Ronda Infantil. Libro de lectura para primer grado superior, Buenos Aires, Kapelusz, p. 97 y 98. En CORBIERE, E. (1999) Mamá me mima, Evita me ama. La educación argentina en la encrucijada, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, cf. 126 y 127. El destacado es nuestro. [12] CARLI, Sandra (1998/1999) “Infancia…,op.cit., pp. 107. [13] La primera edición de los títulos mencionados corresponde a los meses de julio, agosto y setiembre de 1948. DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Historia de las elecciones argentinas, Buenos Aires, Peuser; DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Cuentos del 17 de Octubre, Buenos Aires, Peuser; DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Una mujer argentina. Doña María Eva Duarte de Perón, Buenos Aires, Peuser; DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Cuentos de hadas, Buenos Aires, Peuser; DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Aventuras de dos niños peronistas, Buenos Aires, Peuser. [14] DÍEZ GÓMEZ, Adolfo (1948) Cuentos del 17, op. cit., s/p. [15] “La Ciudad Infantil Amanda Allen … se inauguró en julio de 1949….ubicada en el Barrio de Belgrano (Buenos Aires) … estaba destinada a niños de entre 2 y 6 años…(que) pertenecían a hogares que ‘por motivos diversos’ no podían atenderlos convenientemente.” En CARLI, Sandra (1998/1999) “Infancia.. op.cit., pp. 112 y 113. [17] Tomar distancia de la política social conservadora caracterizada por el ascetismo, el ahorro y los grises de la pobreza, habría sido un propósito explícito de la política social peronista. Ver ibid. especialmente pp. 111 a 115. [18] JORDÁN, Sofía (1954) Mi Escuelita Blanca. Libro de Lectura para segundo grado, 3° edición, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre, pp 20 y 21. [20] BRUZZONE, Amalia Luisa (1953) Ronda del gran amor. Texto de lectura para tercer grado, Buenos Aires, Angel Estrada y Cía editores, pp. 135 a 137. [21] DUSSEL, I. y PINEAU, P. (1995) De cuando la clase obrera entró al paraíso: La educación técnica estatal en el primer peronismo. En PUIGGROS, A. (dir.) Discursos pedagógicos e imaginario social en el peronismo, Buenos Aires, Galerna, 107-173. [22] RAGGI, Angela (1953) Pueblo Feliz. Libro de lectura para segundo grado, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre, pp. 62 y 63. [23] SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (1997) Una mirada vigilante, op.cit., pp.120. [24] Entendemos que la polémica sobre su autoría no es una cuestión relevante para este trabajo. Ver REIN, M. y REIN, R, (1996) en CUCUZZA, Héctor R. (1998) Ruptura hegemónica. Ruptura Pedagógica: “La Razón de mi vida”, op.cit. [25] Un análisis del debate parlamentario y de razones de la introducción del texto en cuestión en la escuela, en COLOTTA, P., CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2002) Textos y lecturas escolares durante el primer peronismo, op.cit. y CUCUZZA, Héctor R. (1998) Ruptura hegemónica. Ruptura Pedagógica: “La Razón de mi vida”, op.cit. [26] Discurso de Héctor J. Cámpora en ocasión de presentar el proyecto de ley para adoptar “La Razón de Mi Vida” como texto escolar, en julio de 1952, citado en COLOTTA, P., CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2002) Textos y lecturas escolares durante el primer peronismo, op.cit., pp. 324. [27] RAGGI, Angela (1953) Pueblo Feliz…, op.cit., pp. 75 [28] CUCUZZA, Héctor R. (1998) Ruptura hegemónica. Ruptura Pedagógica: “La Razón de mi vida”, op.cit., pp. 173. [29] JORDÁN, Sofía (1954) Mi Escuelita Blanca. Libro de Lectura para segundo grado, 3° edición, Buenos Aires, Editorial Luis Lasserre, pp. 27.
[30] SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (1997) Una mirada vigilante, op.cit., pp. 124 y 126. [31] COLOTTA, P., CUCUZZA, Rubén H. y SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (2002) Textos y lecturas escolares durante el primer peronismo, op.cit., pp. 326 [32] CUCUZZA, Héctor R. (1998) Ruptura hegemónica. Ruptura Pedagógica: “La Razón de mi vida”, op.cit., pp. 173. [33] SOMOZA RODRÍGUEZ, M. (1997) Una mirada vigilante, op.cit.