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Etiquetas: [Carlos Ibarguren Aguirre]  [Manuel Antonio Castro González biografía histórica]  
Fecha Publicación: 2014-07-22T23:50:00.001-03:00
Manuel Antonio de Castro.



                                                                  Por Carlos Ibarguren Aguirre*
         
           Manuel Antonio Castro y González, nació en Salta el 9-VI-1776 (no en 1772 como estampa el Doctor Levene, cuando se refiere al personaje en su estudio sobre La Academia de Jurisprudencia). Según yo vi en el Libro Nº 6 de Bautismos de la Iglesia de La Merced de Salta, al folio 177 consta que el 12-VI-1776 fue cristianado, por el Maestro Francisco Toledo, Manuel Antonio, “criatura de tres días”, hijo legítimo de Pheliciano Castro y de doña Margarita González; fueron padrinos del párvulo el Maestre de Campo Miguel Gallo y doña Angela Gallo.
           Después de recibir nociones primarias y secundarias de escolaridad en su ciudad natal, el joven Manuel Antonio ingresó a los 17 años, el 21-II-1793, al primer curso de Teología de la Universidad de Córdoba, para continuar el siguiente hasta fines de 1794. Entre sus compañeros de clase que se destacaron más tarde como sacerdotes, citaré a su comprovinciano José Domingo Hoyos y Aguirre, a Miguel del Corro — deudo lejano de Castro —, célebre orador diputado por Córdoba en el Congreso de Tucumán, y a Ildefonso Muñecas, el cura tucumano que fue uno de los propulsores del movimiento cuzqueño en 1814, y luego famoso guerrillero de indios en las luchas por la independencia, hasta que lo asesinaron en 1816.
            Sin embargo, nuestro alumno quería seguir la carrera de Derecho, que no se cursaba en Córdoba. Allí, a los 21 años, ya había alcanzado rango de catedrático. En efecto; el 4-IV-1797, el Gobernador Intendente de Salta, García Pizarro, le comunicaba al Virrey Olaguer Feliú “haber trasladado la orden de V.E. de 23 de Febrero del Maestro de Artes don Manuel Antonio Castro, para que continúe regenteando la cátedra de Filosofía”. Así y todo éste abandonó la “Casa de Trejo” y pasó a la Universidad de Chuquisaca, donde el año 1805 — uno después de Mariano Moreno y Antonio Sáenz, y dos antes que Tomás de Anchorena — Castro se recibió de abogado. (Con él también los salteños Mariano Joaquín de Boedo, futuro Diputado al Congreso de Tucumán, y José María de Otero Torres).
            
El doctor Castro se inicia en la función pública
           
            El historiador Vicente F. López pintó a don Manuel Antonio de esta manera en cuatro párrafos, sin demasiada simpatía; “Tenía una frente angosta y elevada, pómulos saliente, carrillos enjutos, cejas arqueadas y altas, ojos convergentes como los coyas, pero grandes y con forma de almendras; color bilioso, oscuro, busto tieso y cabeza ensimismada. Hombre serio y de probidad intachable, gozaba de mucha reputación y respeto ... Su estilo era árido y campanudo, de poca inventiva en el desarrollo y poca extensión en el movimiento de ideas ... Estaba habituado a hablar con imaginación y gusto literario, su frase era casi siempre afectada, engreída y pretenciosa, aunque correcta, honrada y regular”.
            Así pues, con su título doctoral debajo del brazo, no permaneció Castro inactivo en el Alto Perú. El Virrey le nombró subdelegado ante las autoridades de la Paz, de la región de Yungas; y el Gobernador Intendente de la Paz y Presidente de la Audiencia de Charcas, García de León Pizarro, lo convirtió en su secretario de confianza.
            Por entonces, García Pizarro y el Arzobispo de la Plata Benito María Moxó y Francolí, eran sospechado de “carlotistas”, y de ser meros instrumentos del Virrey “francés” Liniers. El 25-V-1809 una pueblada, dirigida por los Oidores y el bajo clero, al grito de “quieren entregarnos a los portugueses!”, “viva don Fernando VII!”, irrumpió por las calles de Chuquisaca. Las turbas se apoderaron del palacio; el Presidente García Pizarro fue hecho prisionero; la Audiencia quedó a cargo del gobierno, y el Coronel Arenales tomó el mando de las milicias lugareñas, a fin de salvaguardar el orden y sostener la rebelión.
            A raíz de este ruidoso motín, Manuel Antonio Castro, el leal secretario de García Pizarro, se alejó del Alto Perú y vino a refugiarse a Buenos Aires, donde el Virrey Cisneros lo recibió con los brazos abiertos; resultando, a la postre, en la capital del Virreinato, uno de los colaboradores más íntimos del excelentísimo don Baltasar. De la pluma suya salió el borrador de una nota reservada con instrucciones que el Virrey envió, el 27-II-1810, al Gobernador interino de Charcas, Vicente Nieto, referente al “tumulto de los cholos”. Asimismo, mi tío, redactó el oficio por el cual Cisneros le pedía al Cabildo testimonios del expediente actuado sobre su cesación en el mando; y también le escribió la protesta que hizo el Virrey cuando le exigieron la renuncia el 25-V-1810. Asimisno, tras la detención y extrañamiento sorpresivo de don Baltasar, Castro concurrió a la casa de la Virreina en desgracia, Inés de Gaztambide, a testimoniarle su amistad.

Nuestro hombre experimenta los procedimientos del “nuevo sistema”

            Todo eso le valió a Castro la inquina de Mariano Moreno — que fuera igual que él consejero de Cisneros la víspera de su caída. Por tanto Moreno, de su puño y letra, redactó el decreto de la Junta, de fecha 24-VI-1810, que ordenaba la prisión preventiva del “Abogado fugitivo de la ciudad de Charcas, por haberse constituído internuncio de órdenes y noticias a fomentar la división entre los Pueblos interiores y la Capital”. Y al siguiente día “siendo como las onze y media de la noche”, el conjuez audencial José Darregueira, con el Sargento Mayor Manuel Rafael Ruiz, el Escribano José Ramón de Basavilbaso y un pelotón de milicianos del cuerpo de Patricios, allanaron la casa de Manuela Ovarrios, donde se alojaba mi pariente salteño, y se incautaron de todos sus papeles.
            Castro intentó huir, vistió apresuradamente “los calzones y fraque”, y se arrojó desde los altos de su cuarto al corral de abajo. Tuvo mala suerte en el salto, pues lo encontraron Darregueira y sus acompañantes con “el pie derecho recalcado del golpe que recibió, y todo su cuerpo sumamente estropeado”. Llamóse a un “facultativo” (se me ocurre que a Justo García Valdéz, muy amigo del contuso), el cual le aplicó “algún medicamento”, y, enseguida, el maltrecho legista fue conducido en brazos de cuatro soldados al “quartel del regimiento Nº 3” (de “Arribeños”, que mandaba el morenista French), donde quedó incomunicado y prestó declaración indagatoria ante Darregueira. También en 1811 “el nuevo sistema” — o sea el Primer Triunvirato a instancias de Rivadavia y de Chiclana — lo confinó a Manuel Antonio Castro lejos de Buenos Aires, pero Pueyrredón lo “redimió” de tan dura penitencia.

Concrétase la vocación forense de don Manuel Antonio

            Tras haber sido promovido nuestro doctor, en 1812, como “Elector” para designar a la “Junta de la Libertad de Imprenta”, acompañado, entre otros, por mis antepasados Juan José de Anchorena y Antonio José de Escalada, el periódico El Censor — de Pazos Kanki — publicó una serie de siete artículos titulados “Reflexiones sobre el Reglamento de Institución y Administración de Justicia”, que — presume Ricardo Levene — fueron escritos por Manuel Antonio Castro, los cuales quedaron interrumpidos a causa de la extinción de esa hoja política. Lo cierto es que, poco después (24-V-1813), el gobierno lo nombró a Castro vocal de la Cámara de Apelaciones.
            Más adelante, el 25-II-1814, decididas las autoridades a poner remedio al estado decadente en que se hallaba el poder judicial y la ciencia del derecho, aprobaron un proyecto para establecer una “Academia de Jurisprudencia” que le fue presentado por la Cámara de Apelaciones, y cuyo inspirador resultaba Castro; Quien como era lógico, quedó nombrado director perpetuo de dicha corporación. Por su parte la Asamblea “del año 13” — en 1814 — sancionó el Reglamento de Adminstración de Justicia, con muchas reformas proyectadas por Castro. Agrego que por esas fechas aquella Cámara de Apelaciones estaba formada por Manuel Antonio Castro, Francisco del Sar, José Miguel Díaz Vélez, Gabino Blanco y José Miguel Carvallo. Y en 1815 la integraban — con el vocal Castro — Matías Oliden, José Darregueira, Alejo Castex y el Agente Fiscal Matías Patrón. Todos obligados a llevar “vestido corto de color negro y usarán bastón, que es la insignia de la jurisdicción que exercen”.
            El 21-XII-1815, por iniciativa del Padre Castañeda, el Director del Estado Alvarez Thomás inauguró una “Sociedad Filantrópica”, destinada al fomento de la agricultura, la industria y el comercio. Socios natos de la institución fueron el Dean Funes, el Camarista Manuel Antonio Castro, el Rector del Sagrario Julián Segundo de Agüero y el Secretario Antonio Alvarez.

El Congreso de Tucumán y el monarquismo de Castro

            Cuando el 22-VIII-1815 fueron convocados por el Cabildo en sesión solemne los “Electores” — 12 por la capital y 11 por la campaña — para proceder a la elección de los diputados porteños al Congreso General que se reuniría en Tucumán, Manuel Antonio Castro solo cosechó dos votos; el de José Arévalo y el de Juan José Puy. Sabido es que la representación de Buenos Aires al magno Congreso quedó integrada por estos 7 ciudadanos; Pedro Medrano, Juan José Paso, Antonio Sáenz, fray Cayetano Rodríguez, José Darregueira, Tomás Manuel de Anchorena y Esteban Agustín Gazcón.
            A esa altura de su vida, el doctor Castro — 40 años de edad, casado y con hijos, otrora colaborador virreinal de García Pizarro y de Cisneros — era monárquico y pueyrredonista, enemigo de caudillismos autocráticos y de tumultos populares; y su mayor aspiración consistía en que el inevitable tránsito del antiguo régimen a la nueva realidad social, que nos traía la independencia política, se efectuara en orden, sin apartarse, la flamante Nación, de la mejores tradiciones, jerarquías y valores del tiempo de nuestros mayores.
            Por eso fue monárquico — como San Martín, Belgrano, Rivadavia, Pueyrredón y tantos y tantos más. Por eso le escribió, el 3-VIII-1816, al diputado Darregueira — su encarcelador antaño, ahora amigo suyo —, quien con sus colegas acababa de proclamar la independencia en Tucumán: “Se dice que el Congreso piensa seriamente en la Monarquía Constitucional, con la mira de fijar la dinastía en la familia del Inca ... Vd. sabe mi opinión en este gran negocio ... Monarquía, compañero monarquías nuestras bajo de una Constitución liberal, y cesarán de un golpe las divergencias de opiniones, la incertidumbre de nuestra suerte y los males de la anarquía ... después de haber probado todas las formas republicanas infructuosamente. Todos los patriotas de juicio están decididos por esta opinión. Ella hará tomar a la masa general de los indios el interés que hasta aquí no han tomado por la revolución”. Y refiriéndose a sus dudas sobre la firmeza de Darregueira y de Paso en pronunciarse por la independencia, agregaba Castro; “Le pido a Vd. perdón y a mi compañero Passo por el concepto de tímidos en que los tenía. ¡Cáspita! ahora los tengo por héroes, cuando los he visto atarse los calzones y decir somos independientes!”.

Marginal disquisición monárquica

            Me aparto un momento de Castro para tratar aquella propuesta de monarquía incaica — que hoy nos parece estrafalaria — sometida por Belgrano a consideración del Congreso de Tucumán; que de haberse convertido en realidad, como lo dijo el diputado Tomás Manuel de Anchorena (12-VII-1816) en carta a su hermano Juan José; “todo el Perú se conmueve y la grandeza de Lima tomará partido en nuestra causa, libre ya de los temores que le infundía el atolondramiento democrático”. Dicho planteo de Belgrano mereció, tres décadas más tarde, un comentario despectivo del mismo Anchorena, al afirmar que de imponerse en 1816 aquella coronación aborigen — por llamarla así —hubiéramos tenido “un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería, para colocarla en el elevado trono de un monarca”.
            Exagera, don Tomás, al formularle semejante apreciación a su primo Rosas en 1846. Un escudriñeo genealógico nos lleva a conjeturar quienes, en un orden dinástico o sucesorio, pudieran haber sido — entre otros — candidatos en 1816 al trono de Manco Capac. He aquí algunos de los descendientes del linaje de los hijos del Sol que, si hubieran conocido su origen, acaso no les faltaría razones para invocar, en esas circunstancias, “derechos eventuales” al cetro del quimérico imperio sudamericano.
            Por de pronto — ante el estupor mayúsculo de los diputados directoriales — el “príncipe de los anarquistas” y caudillo de los orientales, José Gervasio Artigas; hijo de Juan Antonio Artigas y de Ignacia Javiera Carrasco; hija ella del Capitán Salvador Carrasco y de Leonor de Melo Coutiño; hija ésta de Simón de Melo Coutiño y de Juana de Ribera; hijo aquel de Francisco de Melo Coutiño y de Juana Gómez de Saravia; hijo dicho Francisco, de Juan de Melo Coutiño y de Juana de Holguín y Ulloa; hija ésta del conquistador Martín de Almendras y de Constanza de Orellana; nieta, Constanza, del conquistador del Perú Pedro Alvarez Holguín, quien se casó con Beatriz Tupac Yupanqui, hija del Inca Tupac Yupanqui (1471-1493).
            Otra candidatura escandalosa podría haber sido la del General montonero chileno José Miguel Carrera; hijo de Ignacio de la Carrera y Ureta y de Francisca Javiera de las Cuevas; aquel hijo de Miguel de la Carrera y Elguea y de Josefa de Ureta Prado; hija ésta del Capitán José de Ureta y de Francisca Prado; hija ella de Pedro Prado de la Canal y de María de Lorca; hijo aquel de Pedro Martínez de Prado de la Canal y de Petronila de Garnica; ésta hija del Capitán García de Medina y de María de Garnica; hijo ese García del conquistador del Tucumán Gaspar de Medina y de Catalina de Castro; hija Catalina del descubridor de Chile, con Almagro, García Díaz de Castro y de su mujer Bárbola Coya Inca, nieta de Manco II Inca (1534-1544).
            Otro vástago distinguido de Tupac Yupanqui era el clérigo liberal José Valentín Gómez; hijo de Jacobo Felipe Gómez y de Juana Petrona Cueli Escobar; hija ella de Manuel de Escobar Bazán y de María Carrasco Melo Coutiño; hija del Capitán Salvador Carrasco y de Leonor Melo Coutiño, cuya ascendencia, a partir de esta señora, es la misma que la de Artigas, hasta llegar al Inca Tupac Yupanqui.
            Descendiente de la “casta de los chocolates” era también el Coronel José Matías Zapiola; hijo de Manuel Zapiola Oyamburu y de María Encarnación de Lezica y Alquiza; hija ella de Juan de Lezica y Torrezuri y de Elena de Alquiza Peñaranda; hija esta del Maestre de Campo Felipe de Alquiza y de Juana María de Peñaranda Rengifo; ella hija del Maese de Campo Juan de Peñaranda Valverde y de Elena Rengifo y Avendaño, hija de Juan de Rengifo de Avendaño, encomendero en el Cuzco, y de María Josefa de Ampuero y Yupanqui; que tenía por padres al conquistador del Perú Francisco de Ampuero y a Inés Yupanqui Huaillas Inca, princesa hija de Huaynas Capac Inca (1493-1527).
            El último Inca reconocido como tal en la clandestinidad, fue Tupac Amaru I, ejecutado en 1571 por el Virrey Toledo. Una hija suya, Juana Pilcohuaco, tuvo por marido a Diego Felipe Condorcanqui, cacique de Surinama. Tataranieto de ellos fue el famoso José Gabriel Condorcanqui, el Tupac Amaru de la rebelión de 1780. Dominado ese alzamiento, al cacique revolucionario que se titulaba “Don Juan I por la gracia de Dios, Inca Rey del Perú, Santa Fé, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los mares del Sur”, se le arrancó la vida con cuatro caballos que tiraron a la cincha de sus extremidades hasta despedazarlas. También resultaron ajusticiados entonces la mujer del pretendido Inca; Micaela Bastidas, sus hijos Hipólito y Fernando, su cuñado Antonio Bastidas y el tío Francisco Tupac. En 1816 solo vivía de dicha familia; Juan Bautista Condorcanqui — hermano del desdichado Tupac Amaru —, el cual — dice Mitre — “hacía treinta y cuatro años yacía cautivo en las mazmorras españolas”, y no tenía herederos.

Y continúo con la historia de Castro

            En septiembre de 1816, días después de jurar nuestra independencia que había proclamado el Congreso de Tucumán, el doctor Castro, en su carácter de presidente de la Cámara de Justicia, pronunció un discurso considerando a la lucha por la emancipación política como contienda fratricida — no internacional como ahora enseña nuestra historia oficial —, y aludió al bravo Coronel realista Saturnino Castro — ultimado en 1814 a raíz de esas desinteligencias internas — con estas emocionadas palabras; “El Camarista que habla así, perdió un hermano muy amado, víctima de su patriotismo, y ha llorado la desolación de toda su familia”.
            Por entonces Castro había fundado El Observador Americano (apareció el 19-VIII-1816 y tiró 12 ejemplares hasta el 4 de noviembre siguiente), periódico destinado a defender el proyecto monárquico constitucional de Belgrano en el Congreso de Tucumán, sobre la base de la dinastía incaica. Le replicaban a Castro en La Crónica Argentina, su director Pazos Kanki (Vicente Pazos Silva) y Pedro José Agrelo, quienes, sin pelos en la lengua, fustigaban la coronación del Inca, ponderando el sistema republicano de Norteamérica, y violentamente le caían a Pueyrredón.
            Un curioso documento escrito en esa época por un informante hispánico antirevolucionario anónimo, así define a los tres periodistas nombrados; “Don Manuel Antonio Castro; Talento y puede sacarse partido de él. — Pazos, Don Vicente; natural de La Paz, clérigo apóstata que estubo en Londres y volvió a Buenos Aires vestido de pisaverde, insultando a la Religión y mofándose de las costumbres puras (se alude a que en Inglaterra se hizo protestante y de allí trajo una mujer). Todo hombre honrado le mira con horror; es licencioso, dado a todos los vicios, patriota desenfrenado, calumniador; suena como Editor de la Crónica Argentina, no siendo más que un testaferro, porque es bastante estúpido”. De yapa, el “Doctor Agrelo; Abogado, intrigante, sanguinario (como Juez de la conspiración de Alzaga) enemigo acérrimo de todo Europeo, a quienes afligió, robó y asesinó. Es detestado en el País y se le conoce por Robespier; tiene talento regular y moderada instrucción en derecho pátrio. Aborrece a España mortalmente, porque teme el suplicio; fue editor del Periódico atroz titulado la Crónica Argentina”.

Misión a las provincias de Córdoba y Salta

            A fines de 1816, Pueyrredón envió a Castro y al Deán Funes a Córdoba, con encargo especial de mediar en una revuelta cuyos protagonistas eran el Gobernador Ambrosio Funes — hermano del Deán — y el Coronel Juan Pablo Bulnes. Llegados los mediadores a destino, el orden ya estaba restablecido, por lo que ambos prosiguieron viaje hasta Tucumán. De ahí nuestro jurisconsulto pasó a Salta, para entrevistarse con Güemes — viejo amigo suyo. En los diálogos confidenciales que mantuvieron don Manuel Antonio y el Caudillo del Norte, éste recogió de labios de aquel sus impresiones acerca del estado del país. Quedó informado sobre los propósitos de los gobernantes bonaerenses de rechazar a los portugueses de la Banda Oriental; y acaso convencido de que el Congreso, con el Director surgido de su seno, era entonces la única posibilidad de salvación común.
            Güemes, por su parte, habríale asegurado a su paisano la absoluta lealtad de Salta para con el resto de los pueblos argentinos, y que en tanto la provincia permaneciera bajo su jefatura, “no se separará de la unión y ovediencia a las autoridades supremas, por más que algunos de los enemigos de la felicidad general se atrevan a intentarlo”.
            Esa resulta, en síntesis, la versión que surge de los documentos transcriptos por los historiadores Bernardo Frías y Levene a propósito de aquella entrevista. (Historia del General Güemes y La Academia de Jurisprudencia, respectivamente). Sin embargo, Ricardo Caillet-Bois en su monografía sobre el Congreso de Tucumán (Historia de la Nación Argentina Tomo VI), anota que “Castro se trasladó a Salta, tratando de obtener la incorporación de Güemes a la Logia. Esto era vital — agrega —pues el Congreso podía estar a merced de un golpe de mano afortunado del Caudillo”.
            Tal interpretación corre por cuenta del señor Caillet-Bois, gustoso de hacerla partícipe a la Masonería en los acontecimientos importantes de la historia patria. Si con posterioridad Güemes ingresó a la Logia Lautaro — y ello no supone necesariamente ligamiento con el sectarismo masón —, Manuel Antonio Castro nunca perteneció a esa sociedad política secreta. En efecto; el 26-VIII-1816, Castro le escribió desde Buenos Aires al diputado José Darregueira que estaba en Tucumán, estas recomendaciones; “procure Vd. ganar a los jefes militares para que la fuerza física sostenga la fuerza de la opinión ... si por otra parte San Martín no tiene inconveniente, sería el más adecuado a las circunstancias, a pesar de que, por lo respectivo a mi individuo, no me sería muy favorable porque sus amigos no son los míos”. A todas luces, tales “amigos” de San Martín son los cofrades de la Logia Lautaro que, como lo confiesa el propio corresponsal, no le eran muy favorables, no concordaban con él.

Preside Castro a la provincia de Córdoba. Hace después periodismo en Buenos Aires, reanuda su actividad judicial, y lo eligen Diputado al Congreso Nacional

            En 1817 el gobierno de Pueyrredón designa a Castro Gobernador Intendente de Córdoba en reemplazo de Ambrosio Funes. En la provincia mediterránea Castro restableció el orden; y en materia cultural reformó el plan docente de la Universidad y organizó la Biblioteca Pública en la ciudad de su mando. Estuvo al frente de Córdoba — y resultó ser el último de sus Gobernadores Intendentes — hasta que el día siguiente de la sublevación del Ejército del Norte en la posta santafesina de Arequito (8-I-1820); ocasión en que el General Juan Bautista Bustos, el Coronel Alejandro Heredia y el Comandante José María Paz, interpretando el sentir de las tropas, se negaron a participar en la guerra civil a favor de los proyectos centralistas y monárquicos del gobierno directorial.
            A raíz pues de dicho suceso, regresó Castro a Buenos Aires, donde publicó cuatro cartas en defensa de su amigo el General Belgrano, que formaron el opúsculo titulado; “Desgracias de la Patria. Peligros de la Patria. Necesidad de salvarla”.
            Posteriormente Manuel Antonio se asoció con Bernardo Vélez y con Buenaventura Arzac. Arrendaron la Imprenta de los Niños Expósitos a fin de editar — bajo la dirección de Castro — La Gazeta; desde el 29 de abril hasta el 12 de setiembre de 1821; fecha en que el otrora vehículo doctrinario de Mariano Moreno dejó de aparecer, por decidir el gobierno que el Registro Oficial cubría de sobra la información gubernativa. He aquí el texto de la renuncia de Castro dirigida al Ministro Rivadavia:
            “En 12 de septiembre de 1820 me encargó el gobierno superior de la provincia la redacción de la Gaceta ministerial, y tuve que aceptarla sin embargo de mis muchas ocupaciones, porque se me exigió este servicio especial en circunstancias muy peligrosas, porque nada quedase por mi parte de cuanto pudiese contribuir al restablecimiento del orden y de la tranquilidad pública. Pero hoy que felizmente se ha conseguido, y que el Registro Oficial hace menos necesaria la edición de la Gaceta, debo hacer presente que me distrae en parte de las serias y delicadas atenciones de la magistratura, con cuyo ejercicio no es muy conciliable, y me quita el corto tiempo de reposo que me dejan las funciones de mi empleo. Suplico a V.S. se sirva ponerlo en consideración del Exmo. Señor Gobernador y Capitán General, a efecto de que se digne, como firmemente espero, relevarme de este encargo. Dios guarde a V.S. muchos años”.
            Rivadavia aceptó la renuncia por decreto ese mismo día, señalando que Castro había desempañado la dirección de La Gaceta, “de un modo correspondiente a sus luces y delicadeza, y tan a satisfacción del gobierno y del público”; y como “el Registro Oficial, nuevamente establecido, llena los objetivos de aquel periódico, este queda suprimido desde el día de la fecha”.
            Finalmente en La Gaceta, bajo el título El Editor al Público, Castro se despidió de sus lectores con estas líneas; “Dejo de escribir con la satisfacción de que nunca tomé la pluma sin tener muy presente el respeto que se debe al público, y el que debe un hombre a otro; nunca la tomé con otro interés que el del bien y felicidad común; que siempre la tomé con firmeza para combatir los errores y los crímenes; y que al escribir he procurado purgar mi ánimo de pequeñas pasiones, sacrificando toda personalidad a la nobleza del objeto. Si alguna vez se han interpretado siniestramente mis escritos, mi intención ha sido pura como son puros mis deseos ...”
            Dedicado al ejercicio exclusivo de Camarista, Castro fue promovido a Presidente Perpetuo de dicho Tribunal. Con posterioridad lo eligieron representante por Buenos Aires al Congreso Nacional (1824-1827), de cuya Asamblea resultó el primer Presidente.

La pérdida del Alto Perú. Patriótica actuación parlamentaria de Castro

            El Congreso Nacional se declaró constituyente; no sin antes haber dictado una “Ley Fundamental” con propósito de afianzar “la independencia, integridad, seguridad, defensa y prosperidad de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, a punto de lanzarse a la guerra contra el Brasil en procura de reconquistar la Banda Oriental del Uruguay, ocupada por el Imperio de los Braganza.
            Para dicha “Ley Fundamental” integralista, sin embargo, fue letra muerta el destino de las provincias del Alto Perú — abandonadas a su propia suerte y luego sustraídas de la Patria común por un Mariscal de Bolívar —, mientras se votó otra ley que vino a convertir en Presidente de la República a Bernardino Rivadavia; y se federalizaron también la ciudad y parte de la campaña de Buenos Aires, lo que implicó la cesantía de sus autoridades locales y la división del territorio bonaerense en dos fracciones, quedando la más pobre y despoblada en situación de tener que organizarse de nuevo como distrito provincial.
            Un año antes de estas innovaciones — que resultaron novatadas funestas para el país — se supo en Buenos Aires que la guerra contra España había terminado en la llanura de Ayacucho. Entonces el gobierno de Las Heras le ofició al Gobernador de Salta, General Arenales, para que contemplara la posibilidad de marchar al frente de una fuerza militar al Alto Perú, con amplios poderes, a fin de requerirle a Olañeta una capitulación generosa o, en su defecto atacarlo y liberar esas cuatro provincias “altas”, las cuales, libremente, deberían resolver su futuro, integrando la vieja unidad rioplatense.
            Téngase en cuenta que dichas provincias argentinas, ocupadas por Olañeta, participaron con sus hermanas del sur en la Primera Junta de 1810, donde el Presidente Saavedra era potosino. Tuvieron como representante en la segunda Junta, o Junta Grande, al diputado por Tarija José Julián Pérez; y la Asamblea del año XIII se integró con delegados de Mizque, Charcas y Potosí, sin que les fuera posible incorporarse a los colegas de Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. En el Congreso de Tucumán, que declaró la independencia de las Provincias Unidas en 1816, tomaron parte, junto con los diputados de las provincias “abajeñas”, los representantes de La Plata, Cochabamba, Charcas, Chichas y Mizque. En la convención constituyente de 1819, que procuró estructurar el Estado bajo un régimen centralista, uno de sus más destacados voceros fue el chuquisaqueño José María Serrano. Y si tales antecedentes no bastaran para justificar una entrañable solidaridad revolucionaria, los hijos del Alto Perú, en todas sus clases sociales, habían combatido, y en ese momento proseguían la lucha emancipadora, enarbolando la común divisa azul y blanca ideada por Belgrano.
Así pues — luego de aquella nota con instrucciones de Las Heras a Arenales — Manuel Antonio Castro, en su carácter de diputado, presentó al Congreso Nacional, en la sesión del 11-II-1825, el siguiente proyecto de decreto; “Artículo único: El Gobierno encargado del Poder Ejecutivo General proponga urgentemente, y con toda preferencia, los arbitrios y medios que puedan adoptarse para estrechar al General Español (Olañeta) que oprime todavía a las cuatro provincias del Alto Perú, y cooperar eficazmente a su más pronta libertad”.
            Al fundar Castro esta moción, dijo entre otras consideraciones; “Después de la victoria de Ayacucho ... parecería natural esperar que el General Olañeta pensase a transigir de algún modo, pero por sus proclamas y diferentes cartas que de Salta han llegado, se ve que todavía bravea y que trata de sostenerse ... lo conseguirá y tendrá mucho de su parte si nosotros no ponemos mucho de la nuestra ... las cuatro provincias del Alto Perú que ocupa Olañeta han pertenecido y pertenecen hasta hoy a nuestro territorio. Ellas tienen un derecho a esperar todos los esfuerzos posibles de nosotros para su libertad, y nosotros tenemos un deber de dárselo, por haberlas llamado, provocado y comprometido a la causa de la revolución. Si antes de la disociación funestas de nuestras provincias y la falta de un gobierno general nos había impedido continuar la guerra que empezamos en 1810, hoy felizmente las provincias están reunidas, hay una autoridad central, y en estas circunstancias nosotros no tendríamos excusas manteniéndonos en estado de indiferencia. Por lo tanto, yo considero de absoluta necesidad que la fuerza que esta hoy en Salta ... se ponga en movimiento para poner a Olañeta en el último conflicto de abreviar la libertad de las provincias de la Sierra del Perú”.
            Por su parte el Canónigo Juan Ignacio Gorriti, diputado por Salta, apoyó los conceptos e iniciativa de Castro. El representante de San Juan, Bonifacio Vera, a su vez, presentó otro proyecto que renovaba la declaración de guerra “a la nación española”, y daba facultad al Poder Ejecutivo para organizar “una división de tropas con destino al Alto Perú, contra el General Olañeta”. Los diputados por Salta, Córdoba y Corrientes (Francisco Remigio Castellanos, Dalmacio Vélez Sársfield y José Francisco Acosta), manifestáronse de acuerdo en que las mociones de Castro y de Vera se trataran “sobre tablas”. Mas Julián Segundo de Agüero, porteño, y Santiago Vázquez, oriental que representaba a La Rioja, enfriaron aquel ambiente cargado de generoso patriotismo; y sus colegas se dejaron convencer por ellos de que el pronunciamiento del Congreso sobre la expedición libertadora al Alto Perú debía de quedar aplazado hasta que dictaminara al respecto la comisión de asuntos militares.
            En realidad el país era una Babel, pese a la aparatosa ficción de un Congreso Nacional, cuyos integrantes, poco después, eligirían como Presidente de una utópica República a Bernardino Rivadavia. Por cierto que para intervenir militarmente en el Alto Perú faltaba dinero; elemento que en escasa proporción solo poseía el gobierno de Buenos Aires, absorbido, a la sazón, en imponer el régimen centralista y en prepararse para la guerra contra el Brasil, a fin de arrojarlo de la Banda Oriental. Por eso la comisión compuesta por los diputados Lucio Mansilla, Juan José Paso, Alejandro Heredia y Ventura Vázquez, siete días después, eludió toda responsabilidad en apoyar aquella iniciativa de Castro, enderezada a que fuerzas argentinas cruzaran la frontera salteña en procura de liberar a sus hermanos del Altiplano. En consecuencia, aconsejó pasar “el expediente de esta moción al gobierno de la provincia, encargado del poder ejecutivo, para que tomándola en consideración provea a sus objetos en cuanto estime conveniente y esté al alcance de su poder”.
            El abogado Paso, con prudencia “pilatesca”, argumentó que nuestras posibilidades eran meramente defensivas; que ningún ataque a Salta debíamos temer por parte de Olañeta; y que era “muy verosímil que el ejército de Lima, mandándolo el libertador Bolívar u otro General, crea que no ha concluído su obra mientras deje una fuerza que debe destruir”. Por lo tanto, no bien Bolívar tomara la iniciativa, “será preciso que obremos en acuerdo con la fuerza del Perú”. Esto significaba, lisa y llanamente, colocarse al margen del conflicto; dejar las provincias altoperuanas a merced de los acontecimientos, abandonadas a la buena voluntad de las tropas de Colombia y del Perú, que asumirían los riesgos de la guerra.
            “Yo no proponía solamente la defensa de nuestro territorio libre — le replicó Castro al leguleyo porteño —, sino la restitución de nuestro territorio ocupado ... Yo no he podido jamás desconocer la obligación en que están las provincias del Río de la Plata de socorrer a las provincias oprimidas del Río de la Plata ... Se ha dicho que no es presumible que el General vencedor, que ha libertado el Perú, se contente con eso y deje a Olañeta sin hostilizarlo ... ¿y nosotros nos hemos de aquietar a la vista de estas tropas que ocupan parte de nuestro territorio?”
            “Me hago cargo — proseguía mi ilustre tío — que por de pronto no se puede ocurrir a los gastos que exige la formación de un ejército grande ... Pero ¿será difícil al Congreso General, bajo las garantías de las rentas que ha de tener el Estado, hallar cien mil pesos para un caso de esta naturaleza, y que tal vez no volverá a venir? Si fuese preciso echemos mano del empréstito de Londres reconociéndolo, y reconociendo sus intereses. ¿Importa tan poco la libertad de cuatro provincias muy numerosas, que extenderían nuestro limitado comercio?”
            Paso insistió en que para “obrar hostilmente internándose hasta Potosí” se necesitaba cuanto menos 5.000 hombres y 500.000 pesos para armarlos y equiparlos; y el bienpensante doctor unitario, a propósito de esa expedición guerrera, agregó estos conceptos blanduchos; “Yo no se si sería política, y si nos autorizarían los títulos de la unión pasada para hacerla, pues, a mi juicio, la libertad del Perú ha sido obra del ejército de Colombia, y cuando le falta un resto para concluirla no debía quitársele esta gloria”.
            Aclaró Castro entonces que él nunca pretendió arrebatarles la gloria a Bolívar y a Sucre; “He dicho que se coopere con ellos; y esto no es quitarles el derecho; es sí, ayudarlos a pelear, es hacer lo que tantas veces han solicitado. Porque el ejército libertador empezó la guerra en el Perú, ¿nosotros no hemos de tener el derecho y el deber de cooperar a la libertad de esas cuatro provincias?”. Pero enseguida el orador sacó a relucir ese complejo pacifista que — exceptuada la gestión internacional de Rosas — caracteriza a la diplomacia argentina; “No digo que vamos con el título de conquista; no por cierto, porque ya hemos sentado el principio del que quisiera no nos desviásemos jamás, y es el de no obligar a los pueblos a una asociación que debe ser el resultado de su libre voluntad”. Terciaron luego en el debate los diputados Heredia, Gorriti, el deán Funes y Arroyo, quedando el proyecto “defensivo” y expectante de Paso aprobado por el Congreso. Era una manera de “salir del paso”.
            Dos meses más tarde (8-IV-1825), el Gobernador de Salta Arenales recibió del Poder Ejecutivo central instrucciones en el sentido de manifestarles a los municipios de La Paz, Oruro y Santa Cruz de la Sierra, “que estaban en libertad para adoptar la forma de gobierno que creyeran más conveniente a su felicidad”. Y 22 días más tarde, ante una consulta de Arenales al Congreso referente a ese punto, dicho cuerpo — por intermedio de otra comisión formada por Manuel Antonio Castro, Juan Ignacio Gorriti, José Manuel Zegada, Manuel Antonio Acevedo y Elías Bedoya — se expidió así; “Se ha presentado ante todo a la comisión la idea de que las provincias del Alto Perú, desde el tiempo de la dominación española, pertenecían a un mismo gobierno con las nuestras; que hecha la revolución en ésta y demás provincias del Río de la Plata, aquellas las siguieron inmediatamente y comprometieron e identificaron con nosotros su suerte y su destino. Estos fuertes motivos conmovieron al Congreso en los momentos siguientes a la gran victoria de Ayacucho ... El primer y principal objeto de la expedición (de Arenales) es la absoluta libertad de las provincias hermanas del Alto Perú ... En cuanto a su destino, ellas deben elegirlo. El Congreso ha reconocido y consagrado el principio de que el origen legal de toda sociedad política es la libre elección de sus asociados”.
            Esta resolución pudo, quizás, haber obedecido al temor de que las provincias “altas” fuesen anexionadas al Perú por Sucre, que las ocupaba con el ejército colombiano. La socorrida retórica de marras, sin embargo — además de atentar contra la unidad nacional —, perdía autoridad moral aplicada por un Congreso que, poco después, por sorpresa y a la fuerza, les impuso a las provincias argentinas un régimen centralista unitario, con Bernardino Rivadavia como Presidente de la República; ello sin tener en cuenta para nada, “el principio de que el origen de toda sociedad política es la libre elección de los asociados”.
            “De una sola plumada — estampa el historiador boliviano Numa Romero del Carpio — el Congreso General Constituyente desbarató la visión genial del Congreso de Tucumán, y destruyó una estructura política de gran velamen y magnífico porvenir”. Y don Vicente Quesada razona a propósito de lo mismo, en su Historia Diplomática Latinoamericana; “Estas teorías disolventes de la nacionalidad no prevalecieron en la guerra de secesión de los Estados Unidos del Norte; y si en vez de esa libertad desquiciadora se hubiera conservado la unidad histórica y tradicional, no habría perdido la República las 4 provincias del Alto Perú, la provincia de Montevideo, la del Paraguay y la misma Tarija … Esas doctrinas emitidas y sancionadas por el Congreso — concluye Quesada — eran una amenaza para la unión nacional; y así resultó el desquicio y la caída del Congreso y la Presidencia, por no atender la opinión popular dominante. El localismo engreído y victorioso, en una palabra, venció al unitarismo doctrinario, imprevisor y petulante”.
           
Castro se opone al proyecto de capitalización de Buenos Aires

            El 22-II-1826 se trató en el Congreso la ley llamada “de capitalidad”, enviada por el gobierno de Rivadavia, la cuál declaraba a la ciudad de Buenos Aires capital del Estado nacional, nacionalizando todos sus establecimientos y dándoles por límites el territorio comprendido entre el puerto de Las Conchas (el Tigre) y el de la Ensenada de Barragán, y desde la costa del Río de la Plata hasta el Puente de Márquez.
            Defendió ese proyecto de ley en el recinto parlamentario el Ministro Julián Segundo de Agüero, y el legislador Castro — diputado por Buenos Aires, precisamente se opuso a aquella decapitación porteña con el argumento irrebatible de que “quedaba por este proyecto violado el pacto y la condición con que Buenos Aires entró a ser representada por el Congreso”. Si la Constitución unitaria, que además se propiciaba, fuera repudiada por los pueblos — argüía Castro — “¿no queda ya deshecha la provincia de Buenos Aires antes de dada la Constitución?”. Al desaparecer la Junta de Representantes y demás organismos provinciales bonaerenses, según lo proyectaba la ley del Poder Ejecutivo, quedaría Buenos Aires sin instituciones para poder aceptar aquella Carta constituyente. “Hay una razón robusta de ilegalidad que es la siguiente” — puntualizaba nuestro escrupuloso legista entre dos raciocinios; “No sabemos hasta que la forma de gobierno sea designada, si la República quedará en clase de gobierno representativo republicano de unidad, o federal. Yo por mi parte, desde ahora digo que jamás creeré al país feliz con la forma federal. Mi opinión es que debe regirse por un gobierno de unidad; mas esto todavía no se ha sancionado; y si no se establece un gobierno federal ¿como es que se quita a la provincia de Buenos Aires el derecho de entrar a componer la federación como Estado soberano?”
            Tal actitud parlamentaria de Manuel Antonio Castro en ese debate, en el que defendieron y votaron entre otros, y a favor del proyecto rivadaviano los diputados Valentín Gómez, Francisco Remigio Castellanos, Eduardo Pérez Bulnes, Santiago Vázquez, Manuel Bonifacio Gallardo, Lucio Mansilla, Dalmacio Vélez Sársfield, Jerónimo Helguera, Elías Bedoya y José Francisco Acosta; y — como el salteño Castro — señalaron su discrepancia los colegas Gregorio Funes, Diego Estanislao Zavaleta, Manuel Vicente Mena, Juan José Paso, Mariano Lozano, Juan Ignacio Gorriti, Mariano Sarratea, Francisco Delgado, Juan Ramón Balcarce, Manuel Moreno y Mateo Vidal. A par de los cuales, sumóse la protesta del Gobernador Las Heras, en defensa de las leyes de la provincia. Pero de nada valieron esos disensos, ni las públicas peticiones desaprobatorias de tantos conspicuos ciudadanos (ver las monografías acerca de los Anchorena y de Manuel H. de Aguirre), pues, el 4 de marzo, quedó sancionada la ley de “capitalidad” que el P.E. promulgó dos días más tarde, quedando, en consecuencia, cesante el Gobernador Las Heras y disuelta la Junta de Representantes porteña.
            Falta agregar, que la Constitución unitaria que sancionó el Congreso el 24 de diciembre siguiente, fue elaborada por nuestro jurisconsulto salteño, junto con sus colegas de comisión, los diputados José Valentín Gómez, Francisco Remigio Castellanos, Eduardo Pérez Bulnes y Santiago Vázquez. Y resultaron Castro y Gómez, sin duda, los principales artífices de esa Carta presidencialista, puesto que ambos, — inspirados en la Constitución monarquizante de 1819 — sostuvieron ardorosamente los debates y lograron hacer aprobar su proyecto.
           
Los legisladores abogan en las provincias a favor de la Constitución unitaria

            Entre tanto las discordias civiles agitaban el interior del país. El Congreso resuelto a neutralizar la hostilidad de los pueblos arribeños hacia el constitucional engendro que había sancionado, despachó a varios representantes suyos a las provincias contrarias al sistema unitario, para dar explicaciones y lograr la adhesión de los Caudillos a la política oficial. Así resultaron enviados Manuel Antonio Castro a Mendoza; Juan Ignacio Gorriti a Córdoba; Diego Estanislao Zavaleta a Entre Ríos; Francisco Remigio Castellanos a La Rioja; Manuel de Tezano Pinto a Santiago del Estero (Ibarra lo recibió en calzoncillos); Mariano Andrade a Santa Fé; y Dalmacio Vélez Sársfield a San Juan. Este acompañó a su amigo Castro hasta Mendoza, desde donde dirigiose por nota a Quiroga que estaba en San Juan. Facundo desairó a Vélez, devolviéndole el pliego, sin abrir, por mano del gaucho Cecilio Berdeja, y con una apostilla jactanciosa plagada de faltas de ortografía, a tono con el cerril mensajero.
            Llegado a Mendoza el 16-I-1827, el diputado Castro tuvo entrevistas con el Gobernador Juan Corvalán, jaqueado, a la sazón, por los montoneros de Quiroga que operaban en territorio sanjuanino. Expuso, el miembro del Congreso unitario ante la Junta de Representantes mendocina, la situación por la que atravesaba la República, en guerra con el Imperio brasilero, y acerca de la “necesidad de una cooperación activa por parte de las provincias a la defensa del Estado”. En otra sesión, analizó Castro las razones que tuvo el Congreso en aprobar la “forma representativa de unidad”, y acabó persuadido — como después informaría a sus comitentes de Buenos Aires — que no obstante haber quienes “hagan sorda oposición al Código constitucional”, el “voto general del Pueblo de Mendoza” era que su apoyo al orden nacional “no se desmentirá cuando se trate del honor y destino de la República”.
            Castro — al revés de algunos de sus colegas en otras provincias — fue recibido cordialmente por los mendocinos. Empero sus esfuerzos dialécticos resultaron inútiles. Poco más tarde, tras la infortunada primera tentativa de paz con el Brasil, caía el Presidente Rivadavia, y con él el Congreso, la famosa Constitución y el partido unitario.

Postreros años y muerte de don Manuel Antonio

            Vuelto a sus cargos de Presidente del Tribunal de Justicia y de Director de la Academia de Jurisprudencia, el abogado Castro apartose definitivamente de la política. En esa etapa, la última de su vida, se dedicó a concluir el Prontuario de práctica forense, el mejor de sus trabajos que resultó póstumo, y su viuda encargaríase de editarlo.
            Queda dicho con ello que nuestro personaje arribó a los 56 años de su edad con la salud quebrantada; acaso le había recrudecido cierta “enfermedad de la orina” o unos “cólicos biliosos” que lo aquejaron en 1816, según reveló entonces en cartas íntimas. Así pues agravados aquellos males sin remedio, don Manuel Antonio, el 16-VIII-1832, por ante el Escribano Luis López, titular del Registro Nº 1, otorgó su testamento.
            En esa escritura de última voluntad, el testador declaró ser “Presidente de la Exma. Cámara de Justicia en esta Provincia, vecino de la misma, natural de la ciudad de Salta, hijo legítimo de don Feliciano de Castro, ya finado, y de doña Margarita González, que hoy vive”. Hallándose enfermo en cama, ordenó que su cuerpo fuera sepultado en el cementerio público, y que sus funerales se realizaran en la Iglesia de San Francisco, “con la mayor moderación posible”. Dijo haber sido casado primeramente con “Doña Petrona Biyota” — Villota —, “de cuyo matrimonio legítimo tengo dos hijos menores nombrados don Manuel Antonio y don Tomás Felipe de Castro”. Luego contrajo segundas nupcias con “Doña Gertrudis Biyota”, hermana de su finada esposa, la que no le dió descendencia. Aclaró no poseer más bienes que sus muebles y “alhajas peculiares precisas de mi empleo, como son un par de evillas de oro, un bastón de oro y otras así de esta especie, de que están instruidos mis albaceas”. Llamábase su suegro “don Tomás Biyota” y sus cuñados “Estanislada Biyota, viuda de José García, y Alejandro Biyota, que se halla en Lima”. Finalmente nombró por albaceas, mancomunadamente, a su mujer doña Gertrudis y al señor Manuel José García — su compañero de causa en el Congreso de 1824 —, éste como curador de sus hijos; o, en ausencia suya, al doctor Marcelo Gamboa, prestigioso Juez y civilista. Testigos del acto fueron; Juan de Garay, Domingo de Escovedo y Francisco Luis de Chas; de todo lo cual dió fé el Escribano Luis López.

            Antes de una semana, el enfermo dejaba de existir, ya que el siguiente 22 de Agosto se reunieron los miembros de la Academia de Jurisprudencia con motivo del fallecimiento de su fundador, a fin de tratar sobre “el modo y forma en que debían acompañar los restos”. Se rindió el condigno homenaje fúnebre, y los académicos (Agustín Ruano, José Barros Pazos, Gregorio Gómez, Dalmacio Vélez Sársfield, Gabriel Ocampo, Manuel Belgrano — sobrino del General — y Juan Antonio Saráchaga, entre otros colegas) acordaron que la Institución “en cuerpo debe dirigirse a la seis a la casa mortuoria (calle Potosí Nº 11) y traer el cuerpo a la Iglesia de San Francisco, donde quedaría depositado hasta mañana, en que también deberá concurrir a oír misa que por su alma se dirá”.


*Los Antepasados, a lo largo y más allá de la Historia Argentina, Buenos Aires, 1983.
Etiquetas: [Clemente L Fregeiro]  [Julián Segundo de Agüero]  
Fecha Publicación: 2014-07-19T13:01:00.000-03:00

Julián Segundo de Agüero.


                                                                                I.

Nació en la ciudad de Buenos Aires en el último tercio del siglo pasado, y frecuentó las aulas del Colegio de San Carlos. Asistió al curso de filosofía dictado por el doctor D. Francisco Sebastiani de 1791 á 1793, y el 20 de Diciembre de aquel año sostuvo conclusiones públicas de lógica. En 1784 empezó el estudio de la teología que terminó á los dos años, graduándose en seguida en cánones. Es probable que después de terminar sus estudios de teología se transladara á Charcas, ó Santiago de Chile, como era habitual entonces, para graduarse en jurisprudencia y obtener el título de abogado, pues se sabe que en 1801 rindió ante la Audiencia Pretorial de Buenos Aires el examen facultativo que se exigia á los que aspiraban á inscribirse en la matrícula de abogados. Se cree que Agüero no ejerció jamás su profesión y que vivió completamente extraño á las luchas del foro, pues inmediatamente de terminar su carrera recibió las órdenes sagradas, consagrándose exclusivamente al ministerio de la Iglesia. Sin embargo, don Vicente Pazos asegura en sus Memorias histórico-politicas publicadas en Londres en 1834, que Agüero fué el abogado del representante del Consulado de Cádiz y de los comerciantes españoles, que se opuso en 1809 á la apertura de los puertos del Plata á los buques de procedencia inglesa. Agüero, dice Pazos, sostuvo en sus escritos que la medida que se pensaba adoptar era ruinosa para los españoles; y que además, no sólo era impolítica sino contraria á la religión del país que condenaba el hecho de comerciar con herejes. Sería de desear que las personas á quienes interesa el estudio de nuestro pasado, hicieran investigaciones formales sobre el paradero del expediente actuado con motivo de la medida referida, y sobre el grado de verdad de las afirmaciones de Pazos á propósito de la intervención de Agüero en dicho negocio. Hasta ahora sólo es conocido el luminoso alegato de Mariano Moreno, hecho en nombre de los hacendados. Moreno nombra efectivamente en él á un señor Agüero como representante del Consulado de Cádiz y de los monopolistas españoles. No sería extraño, pues, que ese Agüero fuera miembro de la familia del doctor Don Julián Segundo, y que con ese motivo éste hubiese aceptado la dirección facultativa de una causa tan ruidosa como importante por la magnitud de los intereses que se ventilaban en ella.

                                                                               II.

Agüero no figuró tampoco entre los hombres notables de la Revolución Argentina, y aun cuando concurrió al Cabildo abierto de 22 de mayo de 1810, se retiró sin haber manifestado su opinión en aquella emergencia. Á pesar de haber rastreado con interés su nombre entre los documentos públicos de épocas posteriores, han sido infructuosos nuestros esfuerzos: recién en 1817, es decir, después de declarada la Independencia, aparece pronunciando la oración patriótica de ese año en conmemoración del 25 de mayo. Entonces desempeñaba las funciones de cura rector del sagrario de la catedral de Buenos Aires. Juan María Gutiérrez al apreciar esa pieza de oratoria sagrada, ha dicho que bajo formas discretas y llenas de gala, Agüero justificó en ella de una manera concluyente y nueva la razón de la Independencia argentina; mostrando al mismo tiempo cuales eran las condiciones que la autoridad pública debía revestir en una sociedad llamada á vivir y progresar bajo el amparo de las austeras virtudes de la democracia. Esa oración se conservó inédita hasta que el mismo Gutiérrez la publicó en la Revista de Buenos Aires. En 1818 pronunció también una notable oración fúnebre con motivo del fallecimiento del doctor don Juan Nepomuceno Sola. Pero recién en 1821 aparece tomando participación en la política militante, en el carácter de diputado á la Legislatura de Bueños Aires. Más tarde fué elegido diputado por la misma provincia al famoso Congreso que elevó á la Presidencia al señor Rivadavia. Agüero se distinguió en él por su elocuencia y cierta claridad en la exposición, que le elevaron al rango de uno de los primeros oradores de aquella notable Asamblea.

                                                                                III.

Agüero fué también uno de los miembros más importantes y más influyentes del partido unitario. Por eso Rivadavia, apenas subió á la primera magistratura, le llevó á su lado en calidad de Ministro de Gobierno. Se ha dicho últimamente que Agüero inspiró á Rivadavia muchas de las disposiciones administrativas que dan brillo al corto periodo de su presidencia; pero creemos exagerada semejante afirmación y enteramente extraña á la verdad histórica. Sea cual fuere la participación que Agüero tuvo en los consejos de gobierno y la influencia que ejerció en ellos, es un hecho indudable que Rivadavia es el único autor del plan de reformas administrativas y de organización de la República que intentó llevar á cabo, con la colaboración de hombres distinguidos, y entre los cuales se contaba Agüero.

                                                                                IV.

Después de la renuncia de Rivadavia (1827) Agüero desapareció de la escena política, para reaparecer en diciembre del año siguiente dirigiendo el motín militar que derribó la administración de Dorrego. Él presidió la reunión que tuvo lugar en la capilla de San Roque, apresurando según se dice, el trágico fin que esperaba al distinguido ciudadano que tenía en sus manos las riendas del gobierno. Las desastrosas consecuencias que trajo el motín de diciembre, obligaron á Agüero á emigrar á Montevideo hacia 1829, én cuya ciudad creemos que residió constantemente hasta la época de su fallecimiento.

                                                                                  V.

En 1840 desempeñó varias comisiones delicadas como miembro de la Comisión argentina organizada para combatir la tiranía de Rosas, y proteger la empresa aventurada, pero heroica del general Lavalle, pasando basta el ejército de este cuando se hallaba todavía en la provincia de Entre Ríos. El general Paz que le trató en esas mismas circunstancias, y á quien no se puede negar sagacidad, hace un retrato de su persona moral que cuando menos la reputamos verosímil. Ni por sus maneras ni por su traje revelaba Agüero que fuese sacerdote, pues, dice Paz, afectaba las de un seglar de buen tono. Guardaba siempre una actitud reflexiva y meditabunda, y en su trato era sumamente reservado. « Son indisputables, añade, el talento y los conocimientos del doctor Agüero. Recuerdo que le he oído hablar en la tribuna del Congreso nacional y que no había orador que le sobrepasase en elocuencia: su tono, su metal de voz, su método, su lógica, todo arrastraba á la persuasión de lo que proponía inculcar; pero á fuerza de reservarse sin duda para las grandes ocasiones, se hacía insulso y hasta insoportable. Además se habia persuadido que podía manejar á los hombres á los jóvenes militares principalmente, hablándoles frivolidades sin excluir asuntos de amorios y libertinaje.»

Fuente:

Clemente L. Fregeiro, Vidas de argentinos ilustres, Buenos Aires, Pedro Igon editor, 1893.


Etiquetas: [El Matadero estampa de un sacrificio ritual]  [Esteban Echeverría]  [Hugo Francisco Bauzá]  
Fecha Publicación: 2014-07-14T23:08:00.000-03:00


                                                 Por Hugo Francisco Bauzá*

En afectuoso recuerdo de Antonio Cornejo Polar

«S'il y a réellement des crises sacrificielles, il faut qu'elles comportent un frein, il faut qu'un mécanisme auto-régulateur intervienne avant que tout soit consumé».

(R. Girard, p. 101)               



Este trabajo apunta a mostrar el vívido cuadro de costumbres de Esteban Echeverría como una suerte de sacrificio ritual, comprensible y hasta necesario -en un marco de pendencieros y matarifes-, y consumado por los bárbaros de la mazorca; se inscribe, en consecuencia, en una exégesis de corte sociológico. Esa lectio no invalida, obviamente, otras aproximaciones a esta estampa singular con marcados toques naturalistas, que es, también, «una protesta que nos honra» (J. M. Gutiérrez, p. 214), y en la que, con nitidez, apreciamos el caso de un escritor que, desplazando el miedo, deja de ser literato para convertirse en autor (Viñas, p. 14).
1. Este relato es «el primero en data entre los cuentos y bocetos descriptivos argentinos» (Battistessa, p. LXIV). A través de las páginas de este croquis o bosquejo (Gutiérrez, p. 210), que no parece haber sido diseñado para la publicación inmediata1, se evoca una historia siniestra ocurrida en el matadero del Alto de la Convalecencia, sito en el actual barrio de Parque Lezama, en la Cuaresma de 1839. Debido a la festividad religiosa se interrumpe la faena de ganado vacuno, lo que provoca angustia y desazón en una población especialmente habituada al espectáculo de la matanza y al consiguiente consumo de carne. A los ojos de esta población, es ésta una «peste» a la que se le añade otra suerte de flagelo bíblico, un diluvio que termina por anegar la zona. La situación límite producida por semejante conjunción de factores requeriría ser neutralizada con un sacrificio ejemplar. Pero, para júbilo de los hambrientos de carne, «la providencia gubernativa» (p. 153) -el Restaurador2- ordena el envío de cincuenta novillos al matadero: vuelve la carne con que aplacar el hambre y con ella vuelve también la sangre con que saciar el furor -forzadamente reprimido- de la facción política gobernante. El ritmo de vértigo con que se procede a la matanza rehabilita el cauce para una violencia previamente contenida y ahora exacerbada, que alcanzará su clímax en la escena de la vejación y muerte del unitario en el matadero, lugar donde -a los ojos de Echeverría- se rubrica el coraje de una sociedad carnicera y se fijan y consolidan sus roles.
Pero hay una muerte anterior que parece prenunciar este episodio climático. La imprudencia -o acaso el azar, la Tyche de los griegos- quiere que, al soltarse un lazo del asta de una de las bestias, la cuerda decapite a una criatura que jugueteaba por el matadero3. Mas luego, por medio de la inserción de otro episodio fortuito -esta vez cómico- la «chusma» olvida el luctuoso incidente del pequeño, al punto de que de él no queda «sino un charco de sangre» (p. 166). Echeverría describe entonces en crescendo dramático -no sin cierta perspectiva racista típica de la Weltanschauung de la época- las labores de la matanza a la par que las acciones grotesco-sarcásticas que caracterizan a los ínfimos grupos sociales habitantes de ese microcosmos4. Concluida la matanza, y cuando los matarifes se disponen a partir, uno de ellos advierte de la llegada de un unitario, «y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea» (p. 169). El resto del relato -y parte sustancial- narra la vejación y muerte del joven. Aun cuando parece que la canalla no hubiera querido verdaderamente matarlo -sino sólo divertirse (p. 177)-, es su macabro proceder el que provoca, al fin, la muerte del unitario. A modo de conclusión, fiel a su visión dicotómica de civilización y barbarie, añade Echeverría que «en aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina [...] con lo que puede verse a las claras que el foco de la Federación estaba en el Matadero» (p. 178). ¿Qué los llevó a cometer ese ultraje?
2. W. H. Hudson (1951), en su afán por comprender la extraña psicología del gaucho, recuerda que Darwin, al ocuparse del gaucho en suVoyage of a Naturalist, ofrece una visión que, si bien muy parcialmente, ayuda en este caso a comprender determinados comportamientos sociales acordes a los de los matones evocados por Echeverría. Refiere al respecto lo siguiente:
«Si un gaucho os cortara el cuello, lo efectuaría como un caballero», y aunque niño, comprendí que el gaucho ejecutaba tal faena como una criatura infernal, regocijándose así con su crueldad, hija del medio guerrero en que actuaba. Escucharía todo lo que su cautivo pudiera decirle para ablandarlo, todas sus plegarias y ruegos, para después responderle: «Ah, amigo (o amiguito, o hermano), tus palabras me traspasan el corazón. Yo te perdonaría, por consideración a tu pobre madre, que te crió con sus pechos, y por tu propio bien. He concebido, en el escaso tiempo que nos tratamos, una gran amistad por ti; pero tu hermoso y blanco cuello es tu ruina. ¿Cómo sería posible que me privara del placer de cortar semejante garganta, tan bien formada, tan suave y tan flexible? ¡Piensa en la vista de la caliente y roja sangre cayendo de esa blanca columna!».

(Op. cit.pp. 147-148)               



Pocas páginas más adelante, Hudson reflexiona sobre las opiniones contradictorias que despierta en él la figura de Rosas. Por un lado se le presenta como «el más grande e interesante de todos los caudillos de Sudamérica» y, por el otro, como el ideólogo de muchos actos criminales. A los «hechos inexplicables» protagonizados por tal figura -como el fusilamiento de Camila O'Gorman y del padre Gutiérrez-, que «para los extranjeros y para los que habían nacido en los últimos tiempos, podían aparecer como el fruto de una vesania», él les encuentra, sin embargo, cierta explicación. Estos hechos son «consecuencia de una peculiaridad sardónica suya», un «primitivo sentido del humor» muy atractivo para los gauchos, entre los que Rosas vivió desde la infancia y «con cuya ayuda alcanzó el poder supremo» (Op. cit., pp. 151-52).
Diversos estudios comparativos y de psicología social respecto del proceder de comunidades bastante diversas investigan la existencia de arquetipos que se presentan como universales y que, para nuestra mirada, pueden resultar patologías. Uno de estos arquetipos lo constituye la conducta violenta -según la entiende R. Girard-, que puede incluir la violación e incluso la muerte5. Por su parte, el helenista irlandés E. R. Dodds refiere que ese proceder violento responde muchas veces al temor de ciertas sociedades de ser víctima «no sólo del miedo a una contaminación peligrosa, sino del sentimiento profundo de un pecado hereditario» (p. 48), que es preciso erradicar de cuajo6. Los vejámenes de la violencia -incluyendo en muchos casos la violencia sexual como forma de posesión del dominador sobre el dominado- se erigen en rito insustituible de iniciación en algunas cofradías. La teleté o «ceremonia iniciática» exige del que pretende ingresar en los arcanos de esas sociedades, un sacrificio violento, en el que se conjugan sexo, sangre, y castigos corporales, llegando en casos hasta la muerte. El sadismo, independientemente del placer que pueda provocar al que lo cometa, es para esas corporaciones marginales la prueba que el victimario ofrece a sus congéneres de hasta dónde puede llegar en un rapto de locura.
En El matadero la vesania, como exteriorización de diferentes patologías -demencia, locura, furia, delirio, exacerbación, paroxismo-, no es otra cosa, para Echeverría, que el síntoma de la enfermedad de un grupo social. Esa enfermedad es el móvil que dinamiza a los matones deEl matadero que, amparados en la brutalidad de su naturaleza y en el poder que les proporciona la daga en la garganta del desarmado, hostigan colectivamente al unitario. Si bien los matarifes han terminado con la faena, aún pervive en ellos el espíritu criminal que dinamiza su oficio: son seres acostumbrados a la matanza y sin ella se hallan insatisfechos. La sed de sangre parece así connatural a ciertos hombres de los descampados, quienes no entienden otra ley que no sea la del cuchillo, siempre presto a ser utilizado. En ese sentido, la hoja afilada, más que un instrumento, es la extensión de su mano, con la que juegan en situaciones límite como la de este momento, cuando el matarife se regodea morbosamente con el filo de su daga, pasándolo sobre la garganta del unitario, mientras el coro exaltado lo incita a que con él le toque el violín, o mejor, «la resbalosa» (p. 170). Las escandalosas carcajadas y los vivas estertóreos con los que la «chusma» -ávida de sangre y violencia- alienta al captor del joven, ponen de manifiesto el placer sardónico que expresan esos marginados sociales, de forma semejante a como se aprecia en la evocación de Darwin transcrita más arriba. El hecho trasciende el placer que pueda experimentar «individualmente» el bárbaro, pues alcanza los ribetes de un placer o diversión colectivos.
3. Una corriente antropológica -representada principalmente por W. Burkert- explica que la inclinación hacia una violencia sádica en ese tipo de hermandad de rufianes se potencia cuando sus individuos se encuentran agrupados. El uso del cuchillo, el derrame de sangre o el reto a muerte funcionan en su código como una forma de hacer ostensible el coraje -rehuir esas faenas les parece cobardía-, y es por eso que el grupo alienta sin descanso para que tales vesanias sean cometidas. La demencia crece y se convierte en paroxismo orgiástico especialmente cuando los vejadores hostigan a un desvalido -se enfurecen contra él- pues su estado de indefensión los irrita en grado sumo. Se trata de una violencia incontrolable que genera más violencia y, cuando se desencadena, la sangre se hace visible por necesidad.
Para los antiguos griegos, a la hybris («soberbia») seguía necesariamente la áte («ceguera u obcecación») tras la cual era forzosa laapháneia («el exterminio del culpable»). En la narración que nos ocupa los roles están invertidos, ya que, a los ojos de los poseídos por esa furia indómita, el culpable es el otro -aunque sea la víctima-, a quien es preciso dar escarmiento para que se restablezca el orden (T. Todorov y M. Detienne han explicado con claridad esas conductas patológicas con referencia al otro, al que hay que eliminar). Conviene, además, tener en cuenta una circunstancia de carácter social: que, en el caso de este relato, el orden del matadero no es otra cosa que una microimagen del estado de cosas que -según Echeverría- rige en la Federación rosista. Así, por ejemplo, el hecho de que en la casilla donde cometen la tropelía esté escrito -significativamente en rojo- «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios», es todo un símbolo. «Los colores de este cuadro son altos y rojizos; pero no exagerados» -según sostiene Gutiérrez (p. 213)-. La alta saturación de los rojos lleva al máximo su posibilidad cromática, a la vez que remarca la nota sangrienta del relato. Sobre esa base Battistessa define con acierto este boceto como una «violenta sanguina» (p. LXIV). Por lo demás, resulta emblemático que este sacrificio ritual sea perpetrado en una suerte de templo laico -la siniestra casilla- bajo el amparo del nombre de doña Encarnación Ezcurra, celebrada por los bravucones como «patrona del Matadero» (p. 157).
Para el imaginario de esos seres cuyo código es la violencia, el unitario se impone como el inadaptado. En consecuencia, es forzoso exterminarlo, pues no encaja en la sociedad despótica que los gobierna y ante la cual su sola presencia provoca irritación. No trae la divisa federal en el frac, ni el luto de rigor en el sombrero; lleva corbata a la europea y usa la patilla en forma de «u» de los unitarios. A los ojos de esa canalla del arrabal, «el perro unitario» es un «cajetilla» (p. 169) -un hombre «empaquetado» en una apariencia ciudadana-, cuyo atuendo es el símbolo de la despreciable vida civilizada. Su vestimenta pone de manifiesto su no pertenencia a esa sociedad carnicera. Él es el otro, es el diferente, y por esta sola circunstancia -como medida de precaución dictada por el temor a lo desconocido-, a estas sociedades salvajes se les hace preciso eliminarlo. Con el sacrificio se pretende restaurar la armonía de la comunidad, dado que refuerza la unidad social. En ese sentido R. Girard sostiene que «c'est la communauté entière que le sacrifice protège de sa propre violence, c'est la communauté entière qu'il détourne vers des victimes qui lui sont extérieures» (p. 22). Desde esa óptica el sacrificio polariza sobre la víctima -en este caso el unitario- todas las disensiones ínsitas en su seno y a las que es preciso anular; la víctima deviene el phármakos que la sociedad inmola especialmente en época de calamidades, ya que éstas se sienten como la cólera de una deidad.
No importa que los matarifes del relato echeverriano no hubieran pretendido matar al unitario de forma consciente, pues mediante el ultraje en el que se solazan -que es también una suerte de rito- consiguen la muerte del desdichado, esto es, la preservación de la seguridad del grupo y el fortalecimiento del código que lo rige. La vejación se presenta como un rito necesario para que este grupo de matones canalice una serie de insatisfacciones y frustraciones que provocan un estado inarmónico en su habitat natural: la abstinencia cárnica, la inundación y el barro que se escurre por doquier, el ocio forzado e, incluso, la opresión a la que se encuentran sometidos tal vez sin darse cuenta. Hace falta un hecho extraordinario que los saque de la molicie y los devuelva a la acostumbrada barbarie o, en otro lenguaje, que los reinserte en su código de comportamiento. Es menester una víctima propiciatoria que, a través de su sparagmós («despedazamiento») ritual, neutralice el estado larval que los tiene anonadados. ¡Y hete aquí que se presenta el unitario!
4. El unitario es el chivo expiatorio que, en el imaginario de los bárbaros, parece cargar con la culpa de todos los males. La manera como Echeverría describe la vejación, tiene las características de una escena ritual: la víctima es llevada a la sala de la casilla -una parodia de las aras de sacrificio- y arrastrada al banco de los tormentos, en cuyo centro hay una mesa -una suerte de «altar»- donde los sayones ejecutan el sacrificio.
Del otro lado del rito, la víctima propiciatoria, impotente frente a ese trance desparejo, evidencia un acceso violento:
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.

(p. 173)               



La víctima está poseída por la rabia; se halla en estado de insania, presa de delirio. Desde la óptica de la historia de las religiones, parece estar en trance o iniciación: ¡el momento preciso para que los matones la inmolen a los dioses de la Federación! Y la vejación da comienzo atentando contra lo acicalado de su figura: se lo tusa a la federala -para lo cual utilizan las tijeras con que cortan las crines a sus caballos- y se afeitan sus patillas y barba, con lo que la víctima va adquiriendo de pronto un aspecto semejante al de sus verdugos. Más tarde deciden domarlo y, tras ese tormento, ordenan bajar «los calzones a ese mentecato cajetilla, y a nalga pelada» (p. 175) darle verga. La resistencia del joven es tenaz, pero inútil. El joven, boca abajo y con sus piernas amarradas «en ángulo a los cuatro pies de la mesa» (p. 176) está ya preparado para el «rito propiciatorio». La vejación ha llegado a su clímax. Para alcanzar este punto límite, no es necesario consumar la amenaza de la penetración anal del vencido -sí parece serlo usualmente en otras culturas, no en la pampa. Tras ese sometimiento en que las fuerzas y la moral están exhaustas, no le resta a la víctima otra cosa sino la muerte.
El sacrificio ha sido consumado. Los verdugos y quienes han asistido a ese ritual salvaje, tras el anonadamiento inicial, abandonan la casilla del matadero después de haber dado rienda suelta a una violencia contenida que les impedía estar en armonía consigo mismos. El cortejo de sacrificadores sale exultante como sucedía en ciertas procesiones dionisíacas tras haber inmolado a la víctima. A través de la macabra «diversión», se llena el vacío de los espíritus: «"-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él, y tomó la cosa demasiado a lo serio" -exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre» (p. 177). El sparagmós ha cumplido su cometido: ha restablecido el código que debe regir en el Matadero, que no es otro que el de la barbarie de la sociedad malsana que, según Echeverría, los gobierna y de la cual el matadero se erige como emblema.
Me resta referir que, para la cosmovisión del autor, la vejación del unitario es también una suerte de práctica didáctico-moralizante que amonesta respecto de lo que sucede con los librepensadores que se oponen al absolutismo del Restaurador. Operación masacre, de R. Walsh, y otras narraciones afines más contemporáneas, muestran -con algunos cambios de escenario y, naturalmente, de drammatis personae- la vigencia del motivo central expuesto en el relato de Echeverría, dado que, pese a los diversos esfuerzos procívicos, la tensión agónica entre distintos grupos políticos no ha logrado resolverse todavía. El Matadero de Echeverría o el sórdido relato de Walsh que hemos evocado sacan a la luz los aspectos más sombríos de la condición humana -homo homini lupus-. En situaciones extremas (la abstinencia entendida no como ayuno cristiano sino como flagelo impuesto, la inundación sentida como castigo, la plaga del autoritarismo que acucia por doquier o la «peste» física o moral que asfixia a los espíritus libres) estos componentes de nuestro lado oscuro se convierten en una vesania intemporal cuyo alcance es difícil de precisar, pero ante la que no hay que doblegar los brazos.



Bibliografía
  • Arrieta, Rafael A. «E. Echeverría y el romanticismo en el Plata», en Historia de la literatura argentina, (dirigida por R. A. Arrieta), Buenos Aires, Peuser, 1958, II, pp. 19-113.
  • Bermejo Barrera, José Carlos. Introducción a la sociología del mito griego, Madrid, Akal, 1979.
  • Burkert, Walter. Homo Necans. The Anthropology of Ancient Greek Sacrificial, Ritual and Myth, (traducción inglesa de P. Bing),Berkeley, University of California Press, 1983.
  • Casadio, Giovanni. «Préhistoire de l'initiation dionysiaque», en L'initiationMontpellier, Actes du Colloque International de Montpellier 11-14 avril 1991, Montpellier, 1992, vol. 2, pp. 209-213.
  • Detienne, Marcel. Dioniso a cielo abierto, (traducción española de M. Mizraji), Barcelona, Gedisa, 1986.
  • Dodds, Eric Robertson. Los griegos y lo irracional, (traducción española de M. Araujo), Madrid, Alianza, 1980.
  • Echeverría, Esteban. Escritos en prosa, en Obras Completas, (con notas y explicaciones por D. Juan M. Gutiérrez), Buenos Aires, Imprenta y Librerías Mayo, 1874, vol. V.
  • ——. La cautiva - El matadero, (fijación de los textos, prólogo, notas y apéndice documental e iconográfico de Ángel J. Battistessa), Buenos Aires, Peuser, 1964.
  • Girard, René. La Violence et la sacré, París, Grasset, 1972.
  • Hudson, Guillermo Enrique. Allá lejos y hace tiempo, (traducción española de F. Pozzo y C. Rodríguez de Pozzo y «Prólogo» de R. B. Cunninghame Graham), Buenos Aires, Peuser, 1951.
  • Lestrigant, Frank. Le cannibale. Grandeur et décadence, París, Perrin, 1994.
  • Maffesoli, Michel. De la orgía. Una aproximación sociológica, (traducción española de M. Mandianes), Barcelona, Ariel, 1996.
  • Todorov, Tzvetan. Nous et les autres. La réflexion franáaise sur la diversité humaine, París, Seuil, 1989.
  • Vernant, Jean-Pierre. La mort dans les yeux, París, Hachette, 1985.
  • Viñas, David. Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
 * http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-matadero-estampa-de-un-sacrificio-ritual/html/5e5dec2a-5257-11e1-b1fb-00163ebf5e63_2.html#I_0_
Etiquetas: [Francisco J Pestanha]  [Recordando al Pepe]  
Fecha Publicación: 2014-07-02T23:49:00.000-03:00
José María Rosa (Córdoba, 1951).



Por Francisco José Pestanha*


(Prólogo al Libro "OBRAS SELECTAS" de José María Rosa. Compiladora Ana Jaramillo. Próxima aparición. Editorial EDUNLA)


La resultante de los antagonismos y convulsiones que naturalmente acontecen en el devenir histórico de los pueblos, no suele manifestarse únicamente a través de cambios institucionales o modificaciones en las orientaciones políticas y geopolíticas de una comunidad o Estado determinado. Acostumbra, además, inmiscuirse en otros campos como la cultura y las ciencias; en especial en aquellas cuyo objetivo es el abordaje de la sociedad en alguno de sus aspectos. Tal es el caso de la derivación de las disputas entre unitarios y federales durante las primeras décadas del siglo XIX (aunque en rigor de verdad, algunos unitarios no fueron del todo unitarios; y ciertos federales, lo fueron tampoco).

Así las cosas, bien vale señalar que las contiendas de Caseros (1852) primero y luego de Pavón (1861) marcaron a fuego el transcurrir de una Argentina que visiblemente, y a partir del pensar y el obrar de una facción triunfante impregnada de una doctrina importada acríticamente —el iluminismo—  y de un liberalismo que se presentaba como “el motor conceptual del progreso”, imprimió al Estado surgente una cosmovisión que presuponía un modo específico de concebir e interpretar la historia y la ciencia histórica.

El triunfo de la entente heterogénea que enfrentó sucesivamente a Juan Manuel de Rosas y luego a Justo José de Urquiza, condujo inmediatamente hacia la consolidación de Bartolomé Mitre al frente de un Estado centralista, cuya matriz económica se fundó en el protagonismo de una oligarquía de base terrateniente, exclusiva beneficiaria de las pingües mercedes obtenidas de la renta de la tierra y cuya garantía principal estaba anudada a los términos de un intercambio determinado, casi exclusivamente, por el Imperio inglés. La impronta fundacional impulsó un Estado que aspiraba a constituirse en el motor de la modernidad, lamentablemente condicionado por una falsa antítesis —Civilización vs. Barbarie— donde lo bárbaro representaba “lo propio” y lo civilizado, “lo ajeno”.

        Conscientes de la importancia que el relato histórico posee en la construcción de rasgos identitarios comunes y dueños absolutos del poder político, los vencedores de las guerras civiles, conducidos por un estadista de dotes singulares, fueron concibiendo e integrando con científicos, intelectuales, y ensayistas una superestructura simbólica funcional al proyecto modernizador triunfante. En forma paralela, a través de las instituciones educativas y académicas del país fue puesto en circulación un relato histórico acompañado por un “olimpo” de próceres a la medida de un modelo de Estado que se proponía —entre otros desafíos— repoblar el país a partir de la idea fuerza “gobernar es poblar”, rudimento que a la vez convocaría a nuestras costas millares de extranjeros empapados del “espíritu de la modernidad y del progreso”.

Si bien el régimen fundado hábilmente por el mitrismo pudo gozar de algunas décadas de estabilidad, ya a fines del mismo siglo XIX comenzaron a manifestarse las primeras expresiones críticas al orden instituido. Algunas surgieron de los mismos inmigrantes que, junto a sus valijas cargadas de esperanzas, trajeron nociones e ideas que venían a cuestionar el régimen capitalista emergido a partir de la revolución burguesa. En consecuencia, antes de concluir la centuria, comenzaron a brotar instancias de organización obrera bajo doctrinas anarquistas, socialistas, clasistas y, desde estas corrientes, fuertes impugnaciones al orden establecido.

Pero a la vez, desde lo más recóndito de la diáspora federal de los sectores criollos, de los contingentes desplazados por el orden oligárquico, comenzó a germinar un movimiento que —aunque contradictorio e inconexo— apelaría a estrategias insurreccionales y que, ya bajo la conducción de Hipólito Yrigoyen, obtendría en 1912 una reforma electoral de consecuencias impredecibles, para el régimen imperante.

El siglo XX encuentra a nuestro país inmerso en una serie de contradicciones dentro del mismo orden instituido y, además, nutrido de los antagonismos generados por los cuestionamientos mencionados, a los que se le irá adosando una creciente prédica anticolonialista que intentará desnudar los lazos ocultos que sujetaban a la Argentina a un régimen de dependencia consentida con la metrópoli inglesa. Además, una profunda reacción antipositivista pondrá en cuestión los basamentos conceptuales e ideológicos sobre los que se sustentaba el régimen instituido y se irá generando una nueva escuela histórica a partir de profundas impugnaciones al relato difundido masivamente.

José María “Pepe” Rosa formó parte de una generación de la cual emergieron persistentes y perspicaces objeciones a dicho régimen: la historia fue el rudimento batallador elegido por este criollo nacido el 20 de agosto de 1906. Nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda presidencia, Pepe se recibió muy joven de abogado, profesión que lo llevó a desempeñarse como juez de instrucción de la provincia de Santa Fe. Ya en 1933 editó su primer libro, “Más allá del Código”, obra a partir de la cual describe sus vivencias como magistrado y donde, además, formula soslayadas criticas al orden normativo y judicial de la época.

Tres años después publica “Interpretación religiosa de la Historia”, texto recogido luego en su tesis doctoral y que recibe numerosas críticas por parte de los intelectuales alineados en el positivismo. Con respecto a este texto señalamos que, según el autor, las posiciones encuadradas en el materialismo histórico creyeron encontrar en la economía el espíritu de la sociedad, así como muchos etnógrafos creían haberlo encontrado en las razas. Para Pepe, este espíritu había que rastrearlo en la historia de las religiones; allí se encontraba el lenguaje ignorado en el que se escribió la historia: “La Nación es siempre un culto religioso. Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre”[1].

La caída de Hipólito Yrigoyen, la crisis del 30, la prédica anticolonialista de legendarios autores, la reacción antipositivista y, fundamentalmente, el Pacto Roca-Runciman que pone al desnudo el régimen asimétrico en el que se encontraba nuestro país respecto a la Gran Bretaña, son hitos que van marcando un derrotero intelectual y que lo encuentran militando en el Partido Demócrata Progresista (estructura política comprometida con el orden instituido) hacia las filas del campo nacional. Junto a otros prestigiosos pensadores, 1938, funda el Instituto de Estudios Federalistas, el cual comienza a constituirse en un centro de producción historiográfica como crítica a las corrientes oficializadas institucionalmente. Ya para 1943, su orientación nacional quedará plasmada en el libro “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”.

Las posiciones asumidas por Rosa le causan permanentes conflictos con la intelligentziasantafesina y lo llevan a radicarse en Buenos Aires. Durante la década correspondiente al primer peronismo publica legendarios textos: “Artigas, prócer de la nacionalidad”, “Nos los representantes del pueblo”, La Misión García ante Lord Strangford”, “El cóndor ciego”, entre otros.

La “Revolución libertadora” que desplazó ilegítimamente al peronismo del gobierno, lo priva de sus cátedras y lo encarcela por dar refugio a John W. Cooke. Una vez liberado, apoya el levantamiento del general Valle en junio de 1956. Fracasado el intento y perseguido por la tiranía, huye a Uruguay para luego radicarse en España, donde ejerce el periodismo y da conferencias. Respecto al exilio, sostuvo Pepe: “Me he dado cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado”[2].  De su correspondencia de la época surge nítidamente el espíritu de un hombre que “[…] no podía estar ausente de las circunstancias de su país. Dedica hojas enteras, a veces hasta los márgenes, a especular sobre la situación política argentina. También se intuyen los miedos de este memorioso: ‘Me choca que se me haya olvidado así. Nunca mencionan mis libros’"[3], le confiesa a su entrañable amigo y discípulo Fermín Chávez.

Vuelto al país en 1958, prosigue con su enorme producción: “El pronunciamiento de Urquiza” (1960), “El revisionismo responde” (1964), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1965), “Rosas nuestro contemporáneo” (1979), “El fetiche de nuestra Constitución”(1984), “Análisis histórico de la dependencia argentina”.

En forma paralela, sus aportes a la resistencia peronista lo hacen respetado y querido por las bases peronistas y sus obras son difundidas de manera extraordinaria dentro del movimiento. El 17 de noviembre de 1972 acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso definitivo, integrando el chárter que lo trajo de vuelta al país. Durante la presidencia peronista es designado embajador en Paraguay en reconocimiento por su contribución a la relación entre ambos Estados. Fallecido Perón —y a raíz de profundas diferencias con el canciller Vignes— es destinado a prestar servicios en Grecia.

En 1976 regresa a la Argentina y el bravío Pepe comienza a dirigir la revista “Línea”(“la voz de los que no tienen voz”). La publicación se constituye en una verdadera tribuna de resistencia del pensamiento nacional contra la dictadura, y Rosa debe enfrentar el secuestro de las publicaciones, allanamientos y procesos en su contra. Los chacales no se atrevieron a desaparecerlo. Así como Pepe se había jugado la vida con Valle en el legendario levantamiento, sigue poniéndose en la línea de fuego mientras algunos dirigentes políticos actúan con una prudencia a veces rayana con la complicidad. Cuenta Alberto González Arzac, su abogado: “…íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, [lo recibía] un juez del Proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. …Y, ¿cuál era la reacción de Don Pepe? …no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’ …A mí me corría frío por la espalda y él ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!”[4].

Su vida se apaga el 2 de julio de 1991. Al decir de Enrique Manson, su discípulo y biógrafo hasta el fin de sus días: “el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria. Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición, cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas”[5].

Desde el punto de vista filosófico, el historicismo de Rosa lo llevó a compartir la idea de que un acontecimiento del pasado puede ser, desde el punto de vista histórico, más actual y más trascendente que uno del presente. Para dar cuenta del historicismo en el que abrevó Pepe, puede coincidirse con el  filósofo Saúl Taborda en que para Rosa “…la vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura. La cultura acusa las direcciones espirituales al destino particular. La elabora todo individuo tocado de la conciencia de la vida y del mundo y es, por eso mismo, personal e intransferible. Personal e intransferible por más que sus productos necesiten verterse en la comunidad para aspirar la vigencia en el soporte que les asegura la perpetuidad con que el creador de valores supera existencialmente con ellos la finitud de sus días. La historia se refiere a la voluntad de ser inherente a toda comunidad política. Se expresa en hechos —en los hechos históricos, conviene recalcarlo—, pues es en ellos donde se exterioriza la dirección que ella asume y la continuidad que es su esencia”[6]. En forma coincidente, Ana Jaramillo sostendrá que “la verdadera historia es historia contemporánea”[7].

A partir de esta perspectiva, Rosa se inmiscuyó de lleno en los temas nacionales, hecho que, entre otros grandes temas, lo llevó a indagar profundamente en el período rosista. Los historiadores clásicos de tradición liberal —según su criterio— habían indagado este proceso con anteojeras eurocéntricas. Para Pepe, la historia en manos de escritores europeizantes había sido guionada sobre los acontecimientos operados en el Viejo Mundo y, aplicación analógica mediante, ubicaba a tal o cual personaje en el campo reaccionario o en el progresista, sin darse cuenta de que más allá de las influencias exteriores, la historia de cada comunidad posee su propio flujo y reflujo.

Pepe Rosa asigna a Rosas una sensibilidad territorial que, a su criterio, compuso un tipo de estadista siempre alerta y celoso de las fronteras de su Patria. Todo el gobierno de Rosas resultó, de esta forma, una adecuación  constante de la política a la estrategia. No inventó enemigos: sus enemigos fueron los naturales. Para Pepe, Rosas representó un tipo de jefatura política adaptada a la naturaleza, al terreno del país, a las fuerzas reales que operaban sobre la Patria. En ese sentido, hablando de las cualidades estratégicas de Rosas, Pepe coincide con Raúl Scalabrini Ortiz en que: “Rosas usa los mismos métodos británicos: soborna, corrompe, atrae, ultima y extingue en una política incansablemente dirigida a la unidad, a la fuerza, al bienestar de la Nación. Rosas tiene enfrente al político británico más cínico y más diestro. Tiene enfrente a Lord Palmerston. Pero todo lo que imagina, planea y arguye  Palmerston es anulado y contrarrestado por Rosas. Por eso, este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica; que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo Virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta. La reconstrucción de la historia documental de las luchas francas y de las luchas encubiertas e invisibles que Rosas debió sostener con la diplomacia británica para defender al país, será uno de los puntos de apoyo más firmes para toda acción futura”[8].

Otra de sus grandes obsesiones fue la figura de Francisco Solano López. Para analizar su postura bien vale recurrir al prólogo de la primera edición de “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”. Plantea allí Pepe que la guerra del Paraguay fue un epílogo: “… el final de un drama cuyo primer acto está en Caseros en el año 1852, el segundo en Cepeda en el 59 con sus ribetes de comedia por el pacto de San José de Flores el 11 de noviembre de ese año, el tercero en Pavón en 1861 y las ‘expediciones punitivas’ al interior, el cuarto en la invasión brasileña y mitrista del Estado Oriental con la epopeya de la heroica Paysandú, y el quinto y desenlace en la larga agonía de Paraguay entre 1865 y 1870 y la guerra de montoneras en la Argentinade 1866 a1868. El ocaso de la nacionalidad podría llamarse, con reminiscencias wagnerianas, a esa tragedia de veinte años, que descuajó la Américaespañola y le quitó la posibilidad de integrarse en una nación; por lo menos durante un largo siglo que aún no hemos transcurrido. Fue la última tentativa de una gran causa empezada por Artigas en las horas iniciales de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al cristalizarse la independencia, restaurada por la habilidad y férrea energía de Rosas en los años del sistema americano, y que tendría en Francisco Solano López su adalid postrero. Causa de la Federación de los Pueblos Libres contra la oligarquía directorial, de una masa nacionalista que busca su unidad, y su razón de ser frente a minorías extranjerizantes que ganaban con mantener a América débil y dividida; de la propia determinación oponiéndose a la injerencia foránea; de la patria contra la antipatria, en fin, que la historiografía colonial que padecemos deforma para que los pueblos hispanos no despierten del impuesto letargo. Causa tan vieja como América. Narrarla es escribir la historia de nuestra tierra, es separar a los grandes americanos de las pequeñas figuras de las antologías escolares”[9].

Con respecto de la obra de nuestro querido maestro, bien vale citar una referencia de un autor que si bien no compartió gran parte de las posiciones de Rosa, ponderó muy favorablemente su labor. Para Félix Luna: “…no puede invalidarse el saldo general de la obra de Rosa, nutrida de una honda pasión nacional y estructurada con seductora coherencia. Es el último ‘revisionista puro’… Rosa ha cumplido con su rol de vocero de la antítesis indispensable: aquella que debía enfrentar la tesis liberal ya indefendible. Su obra significa una apertura hacia una nueva conciencia histórica del país, mantenida a través de una firme consecuencia ideológica”[10].

Conocí personalmente al Pepe en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en una conferencia vinculada al plebiscito convocado con motivo del conflicto sobre el canal de Beagle durante la gestión de Raúl Alfonsín. Posteriormente concurrí a algunas de sus conferencias. Desde hace casi una década conozco a sus hijos y nietos —en especial a Eduardo—, quienes me consta, no solamente realizan aún patrióticos esfuerzos para reivindicar la obra de su antecesor, sino que ellos mismos constituyen un ejemplo de compromiso con las cuestiones del país.

El presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).

Pero antes de concluir cabe enfatizar que la obra de José María Rosa no se limita a los textos publicados ni tampoco a los citados en este prólogo. Se extiende a más de una treintena de libros entre los que se incluyen sus ya épicos tomos de Historia Argentina y una infinidad de artículos y conferencias que aún hoy, a pesar del ostensible ocultamiento de su producción, siguen enriqueciendo a nuevas generaciones de argentinos.




* Profesor Titular del Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano de la Universidad Nacional de Lanús.
[1] Rosa, José María: “Interpretación religiosa de la Historia”. Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1936.
[2] Bordón, Juan Manuel: “Recuerdos de José María Rosa, a cien años de su nacimiento”. Diario Clarín, 21/08/06. Referencias a cartas de J. M. Rosa a Fermín  Chávez.
[3] Bordón, Juan Manuel: “Recuerdos de José María Rosa”; ibídem.
[4]Manson, Enrique: http://institutonacionalmanueldorrego.com/index.php/biografias/item/183-biografias-jose-maria-pepe-rosa-por-enrique-manson
[5] Manson, Enrique: "José María Rosa - El historiador del pueblo". Editorial Ciccus, 2008.
[6] Taborda, Saúl: “La argentinidad preexistente”. Editorial Docencia. Segunda Edición. 1994.
[7] Jaramillo, Ana: La verdadera historia es historia contemporánea”. www.nomeolvidesorg.com.ar

[8] Citado por Enrique Bares en “Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo” de “Política Británica en el Río de la Plata, pág. 11.
[9] Rosa, José María: La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”. Buenos AiresHyspamérica1985.
[10] Luna, Félix: “El último revisionista”. Diario Clarín: sección literaria. Jueves 30 de octubre de 1969; pág. 6.
Etiquetas: [Historia de la Legislación Civil Argentina]  [Sandro Olaza Pallero]  
Fecha Publicación: 2014-06-10T08:34:00.000-03:00



                                                                                                Por Julio Leandro Risso

INTRODUCCIÓN

La Nación, en tanto comunidad imaginada (Anderson 1993), proyecta una identidad, un nosotros comunitario que se construye a partir de la lucha política, sobre la base de disputas por el sentido de la realidad, de experiencias encontradas, invenciones de memoria y tradición, de prácticas y expresiones culturales, políticas y sociales (Said 2005: 39) que van configurando una imago mundi, modos de percibir el mundo, el tiempo y el espacio. Los sujetos son adjetivados a partir de la idea de Nación, y van configurándose y definiéndose mediante la ficción de una comunidad unificada que cobra vida y se reproduce en los relatos. Desde esta perspectiva, puede decirse que la Nación y el sentimiento de identidad nacional constituyen realidades que se dicen y se leen. La Nación deviene entonces narración.
En el caso argentino, hacia la segunda mitad del siglo XIX y a partir del accionar político e ideológico llevado a cabo por la Generación del '37 -primer movimiento cultural con un propósito de transformación cultural total en el Río de la Plata (Mayers 1999)-, el poder de narrar, o de impedir que otros relatos emerjan o se formen en su lugar (Said 1996: 13), parece haber sido determinante e instituyente en la configuración de la Nación. Inscriptas en el complejo proceso de conformación del Estado Nación argentino, diversas narraciones-de-la-Nación comenzaron entonces a entramarse configurando una visión-de-mundo dominante cuya voz, abrogándose legítima, definirían lo mismo y lo otro, lo nacional y lo extranjero, contribuyendo así con el efectivo y hegemónico despliegue del proceso de territorialización inherente a los Estados Nación modernos, el cual afectaría no sólo al espacio sino también a los hombres1.
Muchos serían los letrados que se propondrían a partir de entonces cubrir con palabras el espacio nacional (Fernández Bravo 1999: 12), asignándole un pasado, un presente y un futuro, clasificando sus tipos sociales y costumbres y delineando sus límites. De este modo, las batallas por la tierra, definitorias del imperialismo moderno, tendrían su legitimación en producciones literarias que siendo victoriosas en las disputas por el sentido de la realidad pretenderían saldar la cuestión de la identidad nacional -sello de la cultura imperialista decimonónica (Said 1996: 30)- e irían configurando las fronteras culturales y geográficas de la naciente-Nación argentina. Se iría realizando entonces una colonización literaria (Fernández Bravo 1999: 12) de los espacios poco conocidos por el hombre blanco y aún dominados y habitados por los indios, que justificaría poco a poco la efectivización de la ocupación y colonización territorial de aquellos, a los cuales una vasta tradición discursiva venía definiendo como un desierto.
Entre tales espacios se encontraba la actual región pampeano-patagónica, la cual fue trasformándose progresivamente en el espacio-otro de la naciente-Nación y por lo tanto también, en la condición de posibilidad para su ser. Ese espacio, sus elementos y el indio que lo habitaba, aparecería entonces conjuntamente negado y anhelado a partir de diversas vertientes discursivas hegemónicas de la época: negado, en tanto un "no man's land" donde se presentaba imposible la vida política civilizada; anhelado, no sólo por su exotismo sino sobre todo porque la posibilidad de explorarlo, ocuparlo y explotarlo económicamente comenzaba a proyectarlo como la 'gran reserva económica' y simbólica que aseguraría el progreso del país en gestación.
En este contexto, muchos viajeros nacionales -continuadores de la tradición de insignes expedicionarios europeos productores de una vasta literatura de viajes- realizarían sus excursiones (físicas y textuales) más allá de la frontera que los separaban cultural y espacialmente del indio. Tales viajes se emprenderían como una peregrinación capaz de proveer un conocimiento único y valioso del Desierto. Así pues, la colonización textual (Fernández Bravo 1999: 14) que de ese espacio venían haciendo los viajeros europeos, sería percibida por las elites nacionales como una empresa inconclusa que debía retomarse: maniobra política que legitimaría la idea de asumir esos territorios misteriosos y/o desconocidos como propios, encausándose en la narrativa de viaje las reflexiones sobre la Nación y sus fronteras (materiales y simbólicas). En este sentido considero que, a partir de tales viajes, narrar el Desierto fue entonces un singular modo de narrar la Nación.
La construcción simbólica de ese espacio-otro supuso también la tensión política con un otro-del-nosotros. Ese otro era el indígena, sujeto que en los albores de la consolidación del Estado Nación fue expulsado de la imagen del nosotros argentinos, la cual se fundaría en el blanqueamiento identitario y la aún vigente ficción de que sólo somos "hijos de las naves". No obstante, ¿cuáles fueron los rasgos con que se construyó la alteridad indígena en los relatos de viaje de la Argentina decimonónica? ¿Qué implicancias políticas pudo haber tenido ese modo de representar e interpelar al otro-indígena? En función de tales interrogantes, y partiendo de una breve reflexión acerca de la experiencia del viaje y de las potencialidades políticas que a mi modo de ver presentó la narrativa de viajes moderna en occidente2, propongo re-pensar en las páginas siguientes los modos en que Francisco P. Moreno narró la Nación y presentó a la alteridad indígena en sus relatos de viaje a la Patagonia3.

DEL VIAJE Y SU RELATO: ITINERARIOS DE REALIDAD

El viaje, experiencias de intersticios fundadas en el movimiento entre lugares (locus-motio), se funda en la prolongación de un sujeto móvil a través del tiempo y del espacio (Cicerchia; 2005:13) Viajando el hombre, cuerpo y palabra, praxis y lexis (Arendt 2005), su identidad y (auto)percepciones, se extienden más allá:passage y locomoción signan su destino. El viajero no sólo proyecta un itinerario en medio de las discontinuidades de la realidad sino que al hacerlo también se proyecta a sí-mismo, a su propia percepción del mundo, a sus creaciones materiales y simbólicas. Pero esa extensión de la propia identidad hacia lugares-otros se despliega sobre un espacio de tensión, "zonas de contacto" (Pratt 1997: 22) y contagio que hacen del viaje una experiencia política a partir de la cual se definen y re-semantizan sujetos, objetos, fronteras materiales y simbólicas.
Extensión y expansión, creación e imposición parecen haber transformado al viaje en uno de los dispositivos privilegiados y consolidantes de la modernidad, entendida ésta como la dirección de la historia cuyo objetivo y modelo fue la Europa triunfalista y victoriosa (Mignolo 2007: 30) Desde el siglo XVI y hasta nuestros días, las representaciones y fundamentos del viaje fueron mutando en occidente. En tal trayecto, el viaje se iría transformando en una empresa con connotaciones cada vez más productivas, aunque también invasivas, que proyectaría la posibilidad de acumular información y de conocer el espacio para poder controlarlo (Dávilo y Gotta 2000), fundamentos caros al desenvolvimiento de la ciencia inductiva y observacional, al modo de producción capitalista y a uno de los binomios definitorios de la modernidad: el par "imperialismo/colonialismo" (Mignolo 2007: 192)
Ya desde principios del siglo XVII el mundo se había transformado en un objeto escindido del sujeto: hombre y naturaleza surcaban desde entonces caminos diferentes aunque encontrados en las certezas y corroboraciones exigidas por la expansión imperialista y la nueva realidad social definida desde Europa. En este contexto el pluriverso abierto por los encuentros del viajero con otros-lugares se ceñiría en la idea de un Universo observable, medible y cotejable, signado por el "dispositivo de la mirada" europeo (Dávilo y Gotta 2000): ojo en movimiento, acto de re-conocimiento destinado a reducir las incertezas de la realidad y a extender los límites del conocimiento.
Ahora bien, referir la experiencia del viaje como un dispositivo de expansión supone (implícita o explícitamente) discurrir sobre la narrativa de viaje. Viajar es también narrar. El viaje incita la narración, ya que "cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo" (Benjamin 1991) Narrar es un modo efectivo de renovar (discursivamente) la experiencia del viaje. El relato de viaje (oral o escrito) otorga realidad social al viaje, lo define y propaga entre-nos y así se hace constitutivo de esa experiencia, ya que sin él sería imposible que, exceptuando a su protagonista, alguien pudiese conocerla. Ausente el relato de viaje no hay trascendencia social posible de esa experiencia ni enunciación del espacio conocido: no hay confirmaciones, no hay contrastes ni novedad. En este sentido, los relatos de viaje modernos, desde Marco Polo en adelante, no sólo deben ser vistos como los 'difusores sociales' de experiencias singulares sino además como representaciones de una específica visión-del-mundo que, en la voz o la letra del viajero, impusieron y difundieron un sentido a la realidad, codificando un modo de representar(se) al mundo, y en él, a los sujetos y las relaciones sociales. De este modo, la narrativa de viajes fue transformándose en un género literario4 que pudo establecerse como "un arte propio, capaz de dar cuenta del mundo y, a la vez, de descifrar un mundo capaz de dar cuenta del arte." (Cicerchia; 2005: 11)
La literatura de viaje europea producida desde el siglo XVI al XIX fue tan extensa como los territorios de los que se ocupó. A partir del siglo XIX, el éxito de los relatos de viaje se fundó no sólo en la transmisión de la información que portaban sobre tierras y pueblos extraños (Trifilo 1959:9) sino también en los potenciales heurísticos que alimentaban la imaginación del lector decimonónico. El continente americano comenzó a ser entonces uno los territorios protagónicos de esa exitosa y vasta literatura: América fue así reinventada como objeto de conocimiento (Cfr. Pratt 1997; Prieto 2003)
En torno a tal reinvención, la actual región pampeano-patagónica se transformó en uno de los destinos más visitados (Livon-Grossman; 2001) que despertó en los viajeros europeos primero, pero luego también en los argentinos, un gran interés fundado en especulaciones principalmente de índole económico y científico. Los viajes a esas tierras provocaron una gran producción literaria y novedosa narrativa que postuló un singular modo de percepción de ese espacio y también del indígena que lo habitaba, generalmente concebido como un otro-salvaje distanciado cultural, espacial y temporalmente de la "sociedad civilizada".
En ese contexto, la narrativa de viajeros europeos -y principalmente de los ingleses- nutriría e inspiraría las primeras producciones literarias argentinas, e impulsaría a los narradores-viajeros nacionales a conocer y re-tratar otros espacios, y otros sujetos, contribuyendo así, directa o indirectamente, con los diversos intentos por postular una idea de Nación (Livon-Grossman; 2001) Transmitiendo su experiencia, el viajero-narrador in-formaría al espacio conocido en sus excursiones y según sus pautas lo nombraría y delimitaría, seccionando y jerarquizando específicamente su contenido (Prieto 2003: 11) y así predispondría el control de sus propiedades, esbozando una imagen singular y distanciada de ese lugar-otro. Pero además de esa imagen espacial, el relato del viajero también iría configurando textualmente la idea de un nosotros que plantearía (implícita o explícitamente) el encuentro con un otro-diferente. En este sentido, la descripción del espacio conocido supondría la re-presentación y afirmación del lugar propio (locus de enunciación) y la antedicha prolongación de la propia identidad sobre el nuevo espacio y sus sujetos (Dávilo y Gotta 2000: 13)
Frente a las discontinuidades (muchas veces desquiciantes) que suscita el conocimiento de lugares y sujetos extraños al nosotros, el relato (de viaje) se transformó así en un dispositivo que al prolongar la propia identidad familiariza al relator con lo relatado y al observador con lo observado, construyendo una continuidad sobre dichas discontinuidades que permiten dar coherencia a la realidad, estabilizando lo que aparece, en primera instancia, inestable. De ese modo, la "nueva realidad" se re-construye a partir de las "categorías de percepción" del viajero, quien la torna cognoscible, disponible y apropiable. Relato y política se hallan entonces consustanciados, ya que al decir de Norbert Lechner (1982: 35) "construir esa continuidad en la discontinuidad es la política. Es lo que se opone a lo fugaz y fútil, ordenando la discontinuidad. Lo que crea lo común, lo contiguo, lo contrario."
Considerando lo antedicho, podremos ver que esta configuración del nos-otros producida a partir de los relatos de viaje es evidenciable en la Argentina decimonónica donde, desde de la segunda mitad del siglo XIX, el entramado literario impulsado por las experiencias de viaje fue consignando, como lo insinué más arriba, la idea de un nosotros argentinos y de un territorio nacional. Al tiempo que durante el proceso de formación del Estado Nación se iban perfilando sus fronteras territoriales, la narrativa de viajes impulsaría la expansión de esas fronteras re-tratando las fronteras culturales de la Nación. En este sentido, los relatos de viaje no sólo pueden verse como "fábricas de realidades" (Cicerchia; 2005: 11) de la naciente-Nación argentina, sino que considero acertado también percibirlos como verdaderos dispositivos de poder (y colonizadores textuales) activamente participantes del proceso de territorialización inherente al proceso de formación de la matriz Estado-Nación-Territorio.

FRANCISCO P. MORENO Y LA EXPERIENCIA DEL VIAJE

Hacia finales de la década de 1860, la 'agenda política' de la clase dirigente argentina contemplaba progresivamente un problema inquietante que hasta el momento se presentaba irresoluto: la cuestión de la frontera interna con los indios. La presencia indígena y su control sobre regiones poco conocidas por el blanco, comenzaría a aparecer como un obstáculo para el avance territorial argentino. La actual región pampeano-patagónica, el Desierto, se presentaría entonces como el espacio por-conocer, resguardo económico del por-venir nacional que, dominado por la barbarie, debería ser explorado, ocupado y transformado por la civilización. El desarrollo de un saber territorial fue entonces la precondición para el efectivo control de esos territorios. El Estado, a través de sus agencias y aparatos, explotaría tal alternativa, y los narradores-viajeros devendrían viajeros-científicos que irían cobrando un protagonismo político inusitado. La lógica experimental, cuantificadora y homogeneizante del paradigma científico positivista fue matriz imprescindible para elaborar los planes de territorialización inherentes al Estado Nación en formación, la cual supondría delimitar los espacios explorados, nombrarlos y marcarlos generando a partir de ellos conciencia territorio-nacional.
A finales de la década de 1870 un número creciente de instituciones especializadas serían el receptáculo de los informes y diarios de viajes de científicos y exploradores nacionales cuyas publicaciones -en tanto continuadoras de las experiencias de viajes europeas sobre el Desierto- irían inventando territorios e iconografías nacionales que contribuirían con la fundamentación de la definitiva ocupación del Desierto y el posterior exterminio indígena iniciado con la ofensiva roquista de 1879.
En este proceso de re-semantización y codificación del espacio nacional, uno de los viajeros-científicos más destacados fue Francisco P. Moreno. Él era lo que podríamos llamar un hombre de Estado y de ciencia, cuya carrera -de viajero naturalista a director del Museo de La Plata, y de perito en las cuestiones limítrofes con Chile a diputado nacional- puede leerse como ejemplo emblemático del "Bildungsroman" nacional (Andermann 2000: 120) que supo narrar la Nación y forjar una idea de soberanía cernida en los intereses económicos y proyecciones políticas de la elite conservadora argentina de finales de siglo.
Nacido en 1852, hijo de una acomodada familia porteña, desde muy joven Moreno probó "el vértigo de lo desconocido" (Moreno; 2007a: 189) que sumado a su pasión naturalista lo impulsarían tempranamente a viajar a uno de los sitios más codiciados por los científicos decimonónicos: la Patagonia. Entre 1873 y 1880 Moreno realizó cinco viajes a dicha región5, los cuales describió en sus diarios de viaje a partir de una narración que imbrica al estilo autobiográfico con el científico (Blengino 2005: 99), donde pasión y razón se mezclan dando por resultado una narrativa que articula complementariamente al informe científico con el relato sentimental (Andermann 2000:107)
El viaje representaba para Moreno una experiencia que superaba al sólo hecho de recorrer leguas (Moreno; 2007a: 83), pues, según él lo afirmara, un verdadero viajero era aquel que sentía el impulso de conocer e impregnar a la razón con el impacto estético que provocan los paisajes, pretendiendo develar y comunicar lo desconocido para contribuir así con la apropiación y el imperio del hombre sobre la naturaleza (Moreno; 2007a:180). De allí su singular forma de narrar viajes y su particular modo de concebir a la labor del científico estrechamente vinculada con la experiencia del viajero, puesto que consideraba que la primera sólo podía seriamente definirse y desarrollarse mediante la segunda. De este modo, viaje y ciencia signaban su destino.
Moreno atribuía la definición de su vocación científica al contacto que desde muy pequeño había tenido con la narrativa de viajes. Con tal alusión abre el capítulo I de su libro Viajes a la Patagonia Austral (Moreno; 2007a:21), primer diario de viajes por él publicado. Allí se postula (y autodefine) como legítimo heredero -por placer y por sangre- de los grandes naturalistas viajeros a los cuales presenta como una suerte de linaje formado por mártires al servicio del conocimiento universal. No obstante, no sería sólo la curiosidad científica y la pretensión de seguir el ejemplo de los grandes viajeros precedentes lo que lanzaría a Moreno hacia la Patagonia sino, sobre todo, la posibilidad de contribuir con un imperativo mayor: explorar el Desierto, espacio sobre el cual "las cartas geográficas presentan grandes claros" (Moreno; 2007a: 25), para que fuese posible su incorporación productiva dentro de los márgenes territoriales de la Patria. Al respecto, son elocuentes las palabras que escribiera recordando su primer viaje en 1875 al Nahuel Huapi: "quería contribuir con mi esfuerzo a que aquellos desiertos dejasen de ser tales. Sí, el conocimiento de sus fuentes de riqueza nosdaría mayor fuerza para su defensa [...] contribuyendo a abrir la senda por donde la civilización llegara a los Andes y reemplazara al indio holgazán por el hombre de trabajo [...] Divulgaría, como pudiera, lo que es elsuelo de la patria..."6 (1999: 23-24)
Ese espacio que Moreno deseaba transformar, como se ve, es apropiado discursivamente por un nosotros desde el cual se enuncia. Viajar a 'esos claros' para transformar al Desierto -preconcebido como suelo patrio- suponía el encuentro con un otro: el indio. Sus viajes tendrían entonces como trasfondo una tensión nosotros-otros que configura, en sus narraciones, un relacionamiento social muy complejo. Sobre ello propongo reflexionar en el siguiente apartado. 

PRESENTACIONES DEL INDIO EN LOS RELATOS DE VIAJE DE MORENO

¿Cómo presenta Moreno al otro-indígena en sus relatos de viaje? Sostengo que la pregunta por un otro es en sí misma un cuestionamiento identitario que supone a su vez la existencia y re-presentación de un nosotros. Sugiero entonces que, antes de indagar acerca de la percepción del indígena en los relatos de Moreno, comencemos intentando reconfigurar el nosotros desde donde aquél narrara y a partir del cual ese otro es concebido.
En sus diarios de viaje Moreno encarna un nosotros que parece definirse, en términos generales y multifacéticamente, a partir de la idea de civilización. En tanto argentino patriota, cristiano, viajero y científico, Moreno se postula textualmente como hijo de la civilización, locus de enunciación desde donde concibiera y describiera la (su) realidad7. El nosotros que prefigura Moreno, el desde donde de su enunciación, se entrama a partir de diversos artilugios textuales donde el "yo" narrador -organizado a partir de los shifters de enunciación "yo he visto" o "yo he oído"- va articulando un "dispositivo de la mirada" (Davilo y Gotta 2000: 13) desde el cual proyecta sutilmente su primacía como testigo privilegiado de sucesos inéditos y paisajes desconocidos. Mostrándose entonces como la figura central de su relato Moreno configura la superioridad del observador sobre lo observado, sujeto cognoscente, exégeta de la naturaleza que interpreta lo que ha ocurrido y va haciendo ingresar en la historia, en término de corroboraciones científicas e impresiones estéticas, aquellos enigmas que hasta entonces constituían, según sus palabras, sólo un conocimiento difuso. El espacio y el tiempo del observador son entonces las matrices de medición universales a partir de las cuales se configura y representa a lo observado asignándosele valor de verdad mediante la escritura científica. El espacio explorado, la Patagonia, al considerarse desconocido se presenta como nuevo espacio, como territorio por conocer donde la civilización está por-venir. Moreno esperaba de ese Desierto hacer tierra fértil, y para ello la ciencia debía iluminar "las oscuras soledades del sur" (Moreno 2007a: 154) Mediante imágenes estéticas y corroboraciones científicas llena de sentido al espacio y lo hace cognoscible, controlable, lo domina y por ello también lo torna naturalmente apropiable. El observador se eleva sobre lo observado pretendiendo conocerlo-controlarlo y en esa praxis funda la superioridad del hombre (civilizado) sobre la naturaleza. La civilización se transforma así en la dueña legítima de la naturaleza y el científico explorador es el agente privilegiado cuyo conocimiento permitirá algún día "que el espíritu humano se entronice sobre todo lo creado o increado. El mundo será entonces digno pedestal del hombre." (Moreno; 2007a: 180)
Ese protagonismo textual que aparece en los relatos de viaje de Moreno se entrama además con la proyección de un protagonismo histórico nacional y universal. ¿Por qué? Porque él juzgaba que con sus viajes a la Patagonia no sólo se le abriría una vía libre para acceder al contacto con enigmas naturales aún no descifrados por sus predecesores, sino que tendría además la gran oportunidad de cumplir con el doble anhelo científico y patriótico de investigar y comprender cercanamente a la evolución de la naturaleza humana para así lograr reconstruir y difundir la historia del hombre primitivo y con ella la verdadera historia de los argentinos. Antes de su primer viaje a la Patagonia, y fuertemente influenciado por el evolucionismo científico y filosófico de Darwin y de Spencer, Moreno aspiraba contactarse con el "hombre primitivo", con el indio patagónico que sólo había conocido por la lectura de grandes relatos de viaje. Al igual que muchos de sus coetáneos, Moreno encontraba en el indígena del Desierto al antepasado del hombre contemporáneo, y más específicamente al del hombre argentino, ubicándolo en los estadios inferiores de la escala de la evolución humana, la cual se explicaba en orden ascendente desde las razas primitivas hasta las más evolucionadas. En relación con el hombre blanco y desde esa lógica evolucionista, los indios se mostraban inferiores al hombre blanco, quien representaba a la raza superior, la más fuerte, la sobreviviente frente a la cual perecerían las razas más primitivas y débiles8.
Viajando al Desierto Moreno pretendería re-inventar la genealogía de "nuestros antepasados congéneres" (Moreno 2007a). Por ello, según él mismo lo sostenía, quien quisiera reconstruir el pasado del hombre (desde la antigüedad hasta la modernidad) y explicar el derrotero del progreso hacia el futuro, debía necesariamente acercarse al indio patagónico y estudiarlo (Moreno 2007a: 199). Viajar a la Patagonia cobraba así el carácter de un viaje en el tiempo. Hacia 1873 el joven naturalista sentiría adentrarse en el pasado y se propondría conocer en persona el anacronismo (Blengino; 2005: 63-85) que tanto había estudiado, ese que explicaba la convivencia de dos estadios del tiempo: la prehistoria y la historia. Moreno sabía que ese anacronismo debería ser corregido. La evolución debía seguir su curso y eso significaba sincronizarlo todo. Inevitablemente la historia superaría a la prehistoria y los defasajes temporales quedarían finalmente corregidos. El pasado no podría convivir con el presente y entonces la existencia de esa prehistoria de "indios primitivos" y "desiertos" carecía de sentido en la actualidad, pues la ciencia otorgaba testimonios certeros de que ellos estaban "próximos a desaparecer".
En este contexto, Moreno parece haberse sentido el privilegiado protagonista de un momento histórico que debería documentar. Esto queda claro cuando, pensando en su primer viaje al Nahuel Huapi en 1875, escribía:
Mi objeto no era sólo estudiar las regiones que cruzaba [...] quería también, ver al indígena en su medio, lejos de la civilización, y vivir en el toldo para recoger entre aquellas tribus próximas a desaparecer, documentos que sólo conocía de oídas y que no me bastaban para mis propósitos. [...] Espero poder disponer de tiempo que dedicaré a referir mis impresiones en medio tan primitivo"9 (1999: 33)
Moreno era consciente de estar presenciando el último capítulo de la historia de seres y espacios primitivos, antes de la definitiva desaparición. En ese contexto, la imagen que transmitiera del indio sería plenamente anacrónica: "[Los indios] encarnan el nacimiento de la humanidad, en los primeros días en que ésta andaba a tientas; aquellos hombres aún envueltos en cueros, algunos; esas mujeres medio desnudas, miserables, incultas, y a cuya vista se evoca la dura época geológica pasada, son nuestros abuelos" (p. 223)
Al ver en el indio remanencias de nuestro pasado, Moreno no lo presenta como un otro real, es decir, no actualiza su alteridad sino que lo descubre como parte imperfecta del nosotros. El indio del presente10 es en realidad el reflejo anacrónico de nosotros. Mirar al indio actual es para él un modo de mirar nuestro pasado: mirarnos a nosotros a través del espejo del tiempo. El indio es de este modo asimilado a nosotros pero tal asimilación se torna plenamente anacrónica y por lo tanto incongruente con la actualidad del nosotros. En este sentido, tal como lo sugiere Vanni Blengino, en la perspectiva de Moreno si lo que nos vuelve semejantes al indio es el origen (haciéndonos humanos por igual), lo que nos diferencia es el anacronismo, es decir, el recorrido que el hombre moderno (blanco) ha cumplido desde la prehistoria.
Así pues, mediante esa asimilación anacrónica del indígena a nosotros, el indio se transforma entonces en un entre: no es completo en su pertenencia al nosotros pero tampoco lo es en su otredad. Siendo únicamente valorado en función de lo que fue, él es sólo resto, sólo cuerpo, un no-ser, un no-valor, un documento, un simulacro del pasado del cual, si bien ya se conoce su destino, se puede disponer para estudiarlo y así completar la genealogía del hombre contemporáneo. El indio actual se muestra entonces como un verdadero fósil: cuerpos anacrónicos, organismos no pertenecientes a la actualidad. Con su accionar en el Desierto, y a través de sus relatos, Moreno iría fabricando así una paleontologización del Otro (Andermann; 2000: 125) que otorgaría primacía a la imagen del indígena en tanto sólo cuerpo. El cuerpo del indio, exclusivamente, era la pieza valiosa, el dato científico exótica u original, siempre medible, trasladable, catalogable, coleccionable y pasible de ser expuesto en las vitrinas de un museo.
Moreno tenía la obsesión positivista de contar y medir permanentemente cuerpos indígenas vivos o muertos. Ritualizaba así la existencia del indio en tanto objeto arqueológico que debía ser recogido y coleccionado en favor del progreso científico. En sus relatos y cartas de viaje los cuerpos medibles, los cadáveres y huesos exhumados aparecen referidos reiteradamente con el sugerente término de una "cosecha". En este sentido son elocuentes las siguientes palabras que, durante su primer viaje hacia el Nahuel Huapi (1875), dirigiera en una carta a su padre:
Aunque creo que no podré completar el número de cráneos que yo deseaba, estoy seguro de que mañana tendré 70. [...] En otra ocasión, hubiera podido satisfacer mi deseo, pero hoy, con los barullos de los indios, es imposible. Creo que no pasará mucho tiempo sin que consiga los huesos de toda la familia de Catriel. Ya tengo el cráneo del célebre Cipriano, y el esqueleto completo de su mujer, Margarita; y ahora, parece que el hermano menor Marcelino no vivirá mucho tiempo... (p. 65)
Moreno ansiaba permanentemente la posesión de cuerpos indígenas. Como vemos en esta cita, el cuerpo (muerto) era muy valorado y toda resistencia u oposición frente a la apropiación del mismo se presentaba como un obstáculo al progreso de la civilización. Frente a la necesidad de completar la colección de cuerpos, no sólo resultaban irritantes los "barullos" de aquellos que pudiesen impedir la exhumación de cadáveres sino que también se transformaba en un estorbo la vida del indio cuyo cuerpo el antropólogo-coleccionista deseaba poseer y cuyo deceso esperaba ansioso para manipular el cadáver a su antojo. El indígena aparece entonces transformado en mero objeto. El indio es fisiologizado, deviene sólo indio-cuerpo, máquina biológica que se percibe de igual modo que a otros elementos de la naturaleza tales como plantas, animales, fósiles y rocas. Pero además, de cara al imperativo científico de conocer y revelar la secuencia evolutiva del hombre, los cuerpos-muertos parecen homologarse plenamente a los cuerpos-vivos con quienes compartía Moreno su expedición.El indígena pierde así la condición de sujeto y por lo tanto se esfuma toda consideración real de alteridad, ya que es inadmisible atribuirle a los objetos la condición de otros-como-nosotros.
Así, el indio es cosificado en tanto objeto de estudio del viajero explorador, lo cual supone, según pienso, una violencia simbólica cuyo trasfondo parece ser la subestimación del otro en tanto humano. No obstante, esa violencia con la cual se entabla en el texto la cosificación ritualizada del indígena, se desdibuja bajo el imperio del paradigma científico que Moreno re-produce en sus escritos. De hecho, tanto en Viaje a la Patagonia Austral como en Reminiscencias..., la escritura científica de Moreno, fundida con impresiones estéticas y matices románticos, produce en el texto un sujeto inocente (Andermann; 2000:122) que sólo observa, tomando distancia y naturalizando la violencia directa y el posicionamiento que su observación implica.
Por otra parte, Moreno, en tanto explorador naturalista, al ordenar y clasificar los contenidos del paisaje incorpora a su mundo al indio y al espacio recorrido, les su-pone una temporalidad existencial (un principio y un fin) y así suprime la lejanía y desdibuja todo enigma. Lo observado se familiariza con el observador, ya que sobre aquél todo es explicable, y se reconstruye como un dato objetivo de la realidad que adquiere un sentido desdiferenciado. El indio aparece como uno más de los objetos de la naturaleza y de la historia que, en tanto tal, parece reclamar la presencia del explorador naturalista como si la observación estuviese inscripta en su destino. El observador se presenta entonces como un sujeto neutral que sólo describe objetivamente sin ninguna otra intención que revelar el misterio de lo desconocido y favorecer el progreso de la ciencia y de la Patria11. En este contexto, la vinculación del observador con el indio no se presenta como una vinculación (social) entre sujetos porque, en tanto objeto de estudio, el indio (cosificado) se presenta como un no-sujeto.
Ahora bien, sería inexacto concluir que la relación de Moreno con el indígena plasmada en sus relatos de viaje se reducía sólo a la dimensión fundada por las antedichas anacronía y cosificación del otro. Sostengo, siguiendo a Tzvetan Todorov (2005: 195), que la relación con el otro no se constituye en una única dimensión. Incluso más allá de que los efectos políticos de dicha relación puedan ser coincidentes, los modos (prácticos y discursivos) de significar al otro son siempre diversos y complejos. Esta complejidad es evidente al analizar los relatos de viaje de Moreno. Propongo entonces indagar acerca de otras dimensiones de la significación que este naturalista hiciera de los indios patagónicos.
Luego de la Conquista del Desierto, Moreno defendió los derechos territoriales de algunas comunidades indígenas además de denunciar públicamente el trato sanguinario e inhumano que el ejército argentino tuvo sobre los indios sometidos. Tales apreciaciones son las que muchas veces reutilizaron sus biógrafos para exaltar en él la imagen de científico sacrificado, abnegado patriota y misericordioso cristiano. Si bien es cierto que en algunos casos tales "defensas" tuvieron alguna efectividad, sospecho que las mismas se basaron más en un sentimiento humanitario fundado en la piedad cristiana que en una convicción política que supusiera un reconocimiento efectivo de la otredad indígena. Así pues, desde esta dimensión misericordiosa, Moreno percibía al indio como un ser indefenso, pobre e inculto. Por ende, lo subestimaba. Tal subestimación se evidencia cuando reniega de "tantas matanzas inútiles" (Moreno 1999: 117) que se realizaron con las campañas militares sabiéndose (según él lo afirmara) que los indios eran fáciles de dominar, manipular y engañar por las vías "más pacíficas" de la persuasión y negociación. De hecho, el discurso de Moreno revela un trato paternalista de él hacia los indios, lo cual se observa, por ejemplo, cuando se refiere a ellos como "niños morales" que en su relación con los blancos "tienen manifestaciones verdaderamente infantiles" (Moreno; 2007b: 106-107)
Los indígenas eran para Moreno, al igual que para muchos de sus coetáneos, una suerte de niños indefensos que deberían ser cobijados por la civilización y protegidos por el Estado. En esta imagen del indio encuentro al menos dos efectos: por un lado se los presenta como sujetos inferiores que necesitan protección, pero por el otro se los transforma en seres menores, muy manipulables y engañables. Este posicionamiento (ideológico) parece fundarse en el sentimiento de superioridad que siempre engendra un comportamiento proteccionista (Todorov 2005: 47) Por ello, el hecho de que Moreno se compungiera frente a la miseria en que vivían los indios o de cara al maltrato que éstos recibían de parte de las autoridades militares, no es contradictorio con los engaños y manipulaciones que a lo largo de sus viajes dice haber sostenido con aquellos, ya sea para conseguir caballos, negociar alimentos o recibir información relativa al territorio o a otras comunidades indígenas. De este modo, Moreno proyecta repetidamente la inferioridad indígena ya sea a partir de actitudes compasivas que afirma haber tenido para con los indios, como así también cuando narra situaciones en que se propuso emborracharlos, entregarles obsequios, mentirles o realizarles promesas que él sabía imposibles de realizar bajo la firme convicción de que "para tratar con ellos hay que tener el mismo tino que para los muchachos; hay que tentarlos." (2007b: 111)
Según Moreno el indígena actual debía reconocer "la superioridad del cristiano sobre el indio [y] el fatal destino que el segundo tiene reservado" (1999: 123). Los intereses que llevaron a Moreno al Desierto eran producto del inter-est (estar entre) civilizado. Sus categorías de percepción de la realidad (que articulaban su dispositivo de la mirada) no serían alteradas en esencia al conocer al indio patagónico. Sus viajes a la Patagonia y su diálogo con los indios no se presentarían más que como una fáctica comprobación y documentación científica de aquello que ya había conocido en las bibliotecas. Por ello, la "novedad" en los relatos de Moreno es en realidad sólo "corroboración", "ratificación" y "reformulación" de aquello que él sabía iba a hallar en sus expediciones. Así pues, y tal como Todorov lo vislumbrara para Colón (Todorov 2005: 25-28), la figura de Moreno se me presenta como la de una suerte exégeta de la naturaleza, donde su diálogo con el indio parece haberse reducido sólo a una interpretación de la naturaleza en tanto orden dispuesto para buscar allí confirmaciones de una verdad que él creía conocer de antemano. En sus relatos las palabras del indio aparecen reiteradamente desacreditadas y frente a las del cristiano se muestran irrelevantes, mostrándose indudable que "no se debe dar mucho crédito a las palabras de los indios" (Moreno 2007a: 48) a menos que aquello que ellos dijesen tuviera algún grado de coherencia con lo que el observador buscaba estudiar, descubrir o corroborar. Nuevamente, como ocurriera en el caso de Colón (Todorov 2005: 28), "la única comunicación verdaderamente eficaz que establece con los indígenas se efectúa sobre la base de su ciencia."
En esta tesitura, encuentro que, en sus relatos de viaje, Moreno demuestra no haber tenido la firme intención de dialogar con los indios, de escucharlos en tanto otros, pues simplemente buscaba interpretarlos como datos, como documentos vivos que aportasen conocimientos sobre la naturaleza. Esta ausencia de comunicación efectiva con el otro conduce a una proyección del indio como un sujeto sin voz propia o, mejor dicho, sin voz legítima. Desde esta perspectiva, nuevamente el indígena deviene un no-sujeto ya que, tal como lo afirma Tzvetan Todorov (2005: 143), "sólo cuando hablo con el otro (no dándole órdenes sino emprendiendo un diálogo con él) le reconozco una calidad de sujeto, comparable con el sujeto que soy yo" La voz del hombre civilizado se proyecta entonces como la única voz legítima frente a la cual la voz del otro pierde relevancia y es sólo silencio o balbuceo. Como tal, la voz civilizada es la única que tiene el poder de "fabricar realidad", ya que al designar cosas y acciones, se arroga la autoridad de darles existencia.
Ese acto performativo se revela claramente a partir del poder nominador que encarna Moreno cada vez que, haciendo caso omiso o menospreciando los nombres indígenas de lagos, ríos y montañas (entre otros tantos ejemplos), los re-bautiza, presentando a esas operaciones como momentos instituyentes a partir de los cuales expresa la convicción de que es la llegada del hombre blanco a esas latitudes lo que les otorga existencia (Dávilo y Gotta 2000: 63) A partir del nombre, lo nominado, lo que se su-pone desconocido, se incorpora al mundo, toma forma y se hace comparable con lo conocido. Con respecto a esa actitud bautismal que ignora las nominaciones indígenas y subestima al otro, son ilustrativas las palabras de Moreno al momento de bautizar al Lago San Martín:
busco el nombre que he de darle a este lago. Somos los primeros cristianos que lo visitan [...] Este es un paisaje de los Alpes, pero triste, desconocido, sin nombre; sólo lo visita el indio que, de cuando en cuando, viene a plantar en sus orillas el toldo primitivo; llama al punto donde acampa Kellt-Aiken; pasa aquí algunos días sin darse cuenta de la belleza del paisaje [...] La civilización no lo conoce aún y es necesario buscarle un nombre que le sirva de égida de progreso, que atraiga la vida argentina para que el lienzo azul y blanco flamee entre el bullicio, como hoy lo hace agitado por el aire del crepúsculo silencioso. Llamémosle lago San Martín, pues sus aguas bañan la maciza base de los Andes, único pedestal digno de soportar la figura heroica del gran guerrero." (2007b: 142-143)
Podemos ver en esta cita cómo el hecho de nombrar a un lago, así como a lo largo del relato sucede con otros elementos y sujetos/objetos del espacio recorrido, es un acto de territorialización que su-pone sobre lo nominado una temporalidad existencial basada únicamente en el punto de vista (la vida y la historia) de quien nomina. En este sentido, el dar nombres equivale a una toma de posesión (Todorov; 2005:35) donde nombrar se transforma en una "estrategia de nacionalización simbólica" (Andermann; 2000:126) Por ello, en el caso del Lago San Martín, como en el de muchos otros sitios y elementos naturales, los actos bautismales de Moreno se presentan en el texto con un tenor de verdaderos rituales patrióticos. Moreno se proyecta así como un agente a partir del cual la Patria toma posesión de esos sitios. Bautizándolos entonces, los in-corpora simbólica, definitiva y conscientemente a la Patria y los dispone, los hace cognoscibles y ocupables para su uso, explotación e inserción productiva al mercado internacional. En este sentido, Moreno es sin dudas un sujeto imperial puesto que "nombrar el espacio es el a priori de la colonización: sólo la magia del nombre nuevo sostiene su flamante legitimidad de reclamar como suyo lo que designa y de superponerse a otro nombre." (Andermann 2000: 127)
Frente a estos hechos, el indio reaparece en el relato reducido a un lugar de inferioridad. El engrandecimiento del nosotros es imperativamente más importante que el de cualquier otro. En los relatos de Moreno el sentir de la Patria (identidad nacional) condensa sentido de pertenencia con conciencia territorial y se presenta como un imperativo prioritario del cual se desprenden todas sus acciones y decisiones, y por el cual ellas quedan plenamente legitimadas. El progreso de la Patria aparece entonces como la gran promesa, como la causa principal que legitima todo el accionar del científico comprometido con la ciencia y la Nación. En ese contexto es entendible que, aún teniendo una mirada comprensiva y piadosa de los indios de la Patagonia, y a pesar de su comprensión y los lazos que estableció, y de reconocer que los naturales eran los propietarios del suelo, Moreno haya considerado que esas regiones debían incorporarse a la República Argentina y haya actuado en función de esa idea (Curruhuinca-Roux 1985: 103)
Ya sea mediante la anacronía con que percibía al indio, o a través de su cosificación, al concebirlo como fósil o mero indio-cuerpo, e incluso en su valoración cristiana del mismo, al defender su humanidad y protegerlo como a niños, Moreno reproduce en sus relatos una y otra vez una subestimación de los indios y un menosprecio de su alteridad que, como lo hiciera Colón cuatrocientos años antes, se mece conjuntamente entre dos actitudes: o bien considera al indio como parte anacrónica del nosotros, y entonces su-pone y propugna un asimilacionismo que proyecta sobre ellos los propios valores del blanco desconociendo toda identidad cultural diferente; o bien los diferencia, pero siempre en términos de superioridad e inferioridad, donde el indio es, claro está, el ser inferior. En este caso, como lo afirma Tzvetan Todorov
se niega la existencia de una sustancia humana realmente otra, que pueda no ser un simple estado imperfecto de uno mismo. Estas dos figuras elementales de la experiencia de la alteridad descansan ambas en el egocentrismo, en la identificación de los propios valores con valores en general, del propio yo con el universo; en la convicción de que el mundo es uno" (2005:50)
Las predicciones científicas de Moreno anunciaban que el Desierto desaparecería al ser transformado por la civilización. Su labor desde la juventud parece haber sido sentida por él como un compromiso para contribuir con tal fin, para hacer del Desierto otro espacio, civilizado y cuantizado, donde floreciera el progreso por la activa mano del hombre productivo y moderno, ante el cual el indio sólo sería un simulacro del pasado. Bajo estas proyecciones la propiedad argentina sobre el espacio pampeano-patagónico se tornaba legítima expresándose en términos de soberanía nacional. No territorializar ese "espacio vacío", el cual parecía esperar ansioso la llegada del sujeto imperial, resultaba para Moreno un pleno absurdo (Moreno 1999: 22) Las armas acelerarían el proceso evolutivo, y la ley de la Historia se sincronizaría con la de la Naturaleza. El débil perecería ante el fuerte. Las campañas militares al mando de Julio A. Roca serían entonces la realización material de tal sincronización y cumplirían la predicción científica: la solución final para el Desierto y para los indios que lo habitaban. "Se justifica la guerra contra el indio como si una ley escrita por una fuerza superior, por un dios cuyo nombre es el progreso, hubiera ineluctablemente decidido el destino de esta gente. También Moreno sabe que el indio está condenado a desaparecer." (Blengino 2005:110)
La lógica inherente al proceso de territorialización propio a un Estado Nación atravesado por la matriz capitalista, lo homogenizaría todo y para ello se alimentaría de una diluyente destrucción de las diferencias previas, para generar luego nuevas diferenciaciones. El indio no sería admitido como tal en el proyecto hegemónico de país y se iría rápidamente invisibilizando por la violencia física y la simbólica, por el genocidio y el etnocidio.
Y así, mientras el Estado Nación desplegaba progresivamente sus lógicas, una vez puesta en marcha la fábrica de sujetos y delimitado su espacio de acción, se cumplirían los anhelos patrióticos del naturalista viajero; todo se igualaría bajo un común denominador que definiría a cada sujeto: el sentimiento nacional, el fervor patriótico, la conciencia de pertenencia a la matriz Estado-Nación-Territorio. Sólo entonces sería lógico afirmar, como él lo hiciera, que "todos los hombres son iguales cuando quieren de la misma manera al suelo en que han nacido" (Moreno 1999:23)

COMENTARIOS FINALES

Como lo insinué al iniciar estas páginas, considero que la vasta tradición discursiva entramada por los relatos de viaje es en mucho responsable del gran "relato de la modernidad" que acompañó la prolongación imperialista de Europa sobre espacios que se mostraban a la espera del sujeto imperial, ése que con su llegada los transformarían y los incorporarían al "viejo mundo" desconocedor de su existencia12. Discurrir acerca de la narrativa de viajes e indagar(me) acerca de la alteridad indígena en los relatos de Moreno, ha significado para mí hundirme en la trama de viajeros y sujetos imperialistas que hicieron cognoscibles y disponibles los otros-mundos.
Los modos en que Moreno retratara al indígena en sus relatos parecen hablar también de las condiciones en que el indígena se configuraba hegemónicamente en la argentina de fines del siglo XIX. Moreno escribía en un contexto de tensión política, coyuntura a partir de la cual si antes el indio era el malonero, el acérrimo enemigo del hombre blanco,y luego del argentino, más tarde se lo percibiría como sólo-cuerpo, raza inferior cuya vida en tanto otro-enemigo se iría reduciendo a la nada, ramificándose en el silencio hasta alcanzar la predestinada invisibilidad que para él fraguó "el Ochenta" (Andermann 2000: 120)
Es cierto que en los relatos de viaje de Moreno puede hallarse cierta funcionalidad de este protagónico personaje con el accionar político de su generación la cual, como sabemos, ha trascendido históricamente como fundante del Estado Nación argentino en cuyo seno el indio no sería considerado. Si bien esto parece haber sido así quiero advertir que tal conexión entre los relatos de Moreno y el destino final de los indios lejos están de ser la contundente conclusión de este ensayo. Me niego a concluir en ese sentido pero también en cualquier otro. Desde el inicio he tenido la cautela de evitar la formulación de conclusiones definitivas y simplistas. He anhelado, en cambio, que mi escritura se (me) proyectara en medio de la complejidad como una instancia de apertura y re-flexión donde los relatos de Moreno, y el pasado desde el cual los mismos se produjeron, se actualizaran en el presente y (me) motivasen la pregunta actual por nosotros y nuestros otros, nuestros silencios y exclusiones, ya que, como lo afirma Edward Said (1996:37) "(e)l modo en que formulamos o nos representamos el pasado, modela nuestra comprensión y perspectiva del presente"
El viaje es pura contingencia y sus relatos exceden siempre la coherencia. La escritura del viajero nunca es lo mismo, puesto que viajar (física o imaginariamente) supone el encuentro (negado o confirmado) con el otro que hay en nos-otros, es decir, no sólo nos lleva a conocer los rostros de aquellos sujetos que concebimos alejados de nuestra realidad sino que también nos obliga a una experiencia en la que uno se transforma y, a partir de los cuestionamientos que su viaje supone, puede siempre devenir otro. Los relatos de del perito viajero, como el de muchos otros y como nosotros, están habitados por la contradicción desde donde, además de signarse los límites del mundo que uno habita, también se fabrica la contingencia y nuevas discontinuidades.En este sentido, donde pareciera finalizar un viaje, siempre comienza uno nuevo.
Re-encontrando discursos, invocando fantasmas, presentando paradojas y pretendiendo "hacerle decir al texto lo que el texto mismo calla" (Viñas 2003: 161), sólo he buscado dar paso a la crítica y a la reflexión intentando desnudar cuestiones políticas, re-velar(me) la disputa por el sentido por la cual ambas (crítica y reflexión) están impregnadas y desde la cual se alimenta la política y se concibe toda realidad. En este sentido, estas páginas pueden leerse también como un viaje (relatado), un desplazamiento sobre una territorialidad imaginada a partir de la cual comprender la realidad, un passage textual por el cual, a partir de los relatos de Moreno, he pretendido entonces reacomodar las contradicciones que preñan mi propio mundo, poniéndolas en palabras, emitiendo juicios y sumergiéndome -como en todo viaje- en el infinito de distancias infinitas, partiendo de mí y volviendo a mí, para el reencuentro con lejanías que he intentado acercar y cercanías que ahora me resultan distantes, en un trabajo de análisis sobre el pasado que pretende interpelar permanentemente al presente. Es allí donde comienza un (nuevo) viaje que siempre está por-venir y por el cual, tal como lo sugerí en el primer apartado, relato y política se hallan intrínsecamente consustanciados.

Notas

1. Así pues, en el primer caso, el del espacio, el proceso de territorialización -al cual concibo como el conjunto de acciones y discursos a partir de los cuales se "fabrica" hegemónicamente territorio (Cfr. Gotta et. al.: 3)- se produciría en tanto comenzaba a "fabricarse" Territorio Nacional, mediante la progresiva definición estatal de explícitos límites geográficos de la soberanía "nacional"; en el segundo, el de los hombres, en tanto comenzaba a "formarse" a los sujetos nacionales, trazándose sus límites culturales e interpelándoselos como argentinos.
2. Vale aclarar que cuando hablo de occidente siempre me remito a una construcción (geográfica, histórica y cultural), a un producto del imaginario social que vinculo directamente con una hegemónica tradición de discurso (la europea, en sus raíces grecolatinas principalmente) que fijó un locus de enunciación (Mignolo 2007: 59) desde donde se re-producen y realizan la descripción, la conceptualización y la clasificación del mundo.
3. Entre ellos, específicamente se abordarán dos obras de Francisco P. Moreno: Viaje á la Patagonia austral emprendido bajo los auspicios del Gobierno Nacional, publicada por primera vez en 1879; y Reminiscencias del Perito Moreno (Moreno 1999), recopilación de notas, reminiscencias y documentos de viaje que publicara Eduardo V. Moreno hacia 1942. Para la lectura deViajes... dispongo de una edición reciente que ha publicado dicha obra en dos partes: (Moreno 2007a) y (Moreno 2007b)
4. El itinerario recorrido por la narrativa de viajes hasta transformarse en un género literario específico fue extenso, discontinuo y complejo. No obstante considero posible destacar algunas continuidades que signaron su derrotero en tanto tradición de discurso. Una de ellas se relaciona con el nacimiento del viajero moderno, es decir, el viajero-narrador representado en la figura mítica de Marco Polo, y más tarde de Colón (Cicerchia 2005: 28). Este nuevo viajero -que emprendió su travesía acorde con el proceso expansionista de Europa y el creciente (y secularizante) interés cultural en la ampliación empírica del conocimiento científico- fundó una nueva relación texto-lector basada en la autoridad (protagónica) del viajero sobre el texto, el cual a partir de entonces comenzaría crecientemente a valorarse según la importancia del hecho relatado. Así pues, este nuevo viajero-narrador sería quien le otorgaría "autoridad" (en tanto autor) y "autenticidad" al escrito. Este hecho maduraría con la consolidación dieciochesca del concepto de autenticidad -en tanto adjudicación de origen- como "valor de autoridad" de toda obra de arte (Benjamin; 1997), un criterio que en el caso de la literatura redefinió decisivamente la relación autor-texto-lector. Otra de las continuidades destacables refiere a la llamada "revolución de la lectura" de finales del siglo XVIII. Acorde con las transformaciones socioeconómicas y culturales de la segunda mitad de ese siglo, el siglo XIX se iniciaría al calor de una creciente masificación y especialización de la lectura de obras literarias, entre las cuales los relatos de viaje -particularmente aquellos de origen inglés- serían uno de los objetos de lectura más difundidos (Trifilo 1959: 9). Frente a un público masivo y curioso, los viajeros-narradores deberían satisfacer a lectores cada vez más exigentes. Entre aquellos el viajero alemán Alexander von Humboldt no sólo cumpliría con tal cometido sino que además revolucionaría los modos del decir (y del leer) la narrativa de viaje. A partir de Humboldt el viajero-narrador legitimaría la voz propia y se proyectaría como el observador-protagonista de su experiencia al involucrarse con el objeto de su observación. Cfr. Cicerchia (2005) y Prieto (2003)
5. En 1873 emprendió su primer viaje a la Patagonia llegando a Carmen de Patagones en búsqueda de fósiles. En 1874, inició su segundo viaje para recorrer los ríos Santa Cruz y Negro. El tercer viaje lo hizo en el año 1875. Persuadiendo a la Sociedad Científica Argentina de financiar esta expedición, la intención de Moreno era transformarse en el primer hombre blanco que llegase al Nahuel Huapi desde el Atlántico para luego desde allí cruzar hacia Chile. No pudo concretar plenamente su travesía porque luego de llegar al País de las Manzanas (triángulo neuquino bajo dominio mapuche), conocer el gran lago Nahuel Huapi y entrevistarse con el cacique Shaihueque, éste le negó el paso hacia Chile. Con la idea de mostrar a los argentinos el valor político y económico de la Patagonia, en 1876 realizó su cuarto viaje. Decidido a conocer las nacientes del río Santa Cruz llegó al lago que bautizó como Lago Argentino, al glaciar que hoy lleva su nombre, al lago San Martín y al volcán Fitz Roy (Chaltén). Finalmente hacia 1879, y habiéndose iniciado la Conquista del Desierto, Moreno emprendió su quinto viaje. Entonces surcó el Río Negro hasta internarse en la cordillera para llegar una vez más hacia el País de las Manzanas donde cayó prisionero de Shaiueque. De cara a la invasión del ejército argentino sobre las comunidades indígenas del lugar, Moreno fue enjuiciado por la comunidad de Shaiueque y condenado a muerte. La demora de su sentencia le permitió fugarse regresando a Buenos Aires en mayo de 1880.
6. El resaltado es mío.
7. Según podemos observarlo por la cita transcripta más arriba, a lo largo de sus relatos Moreno presenta a la Patagonia como el espacio aún no-civilizado que debe transformarse y desaparecer en tanto Desierto. Siendo esto así uno puede suponer que el viaje a esos territorios obligaba a Moreno a alejarse de la civilización. No obstante, no siempre un desplazamiento físico supone un desplazamiento cultural (Davilo y Gotta 2000: 14). Al menos, en el caso de Moreno, y a partir de la intertextualidad que caracteriza sus relatos, se hace evidente que su alejamiento del mundo civilizado era sólo físico, puesto que con sus viajes a la Patagonia, lejos de distanciarse parece haber reafirmando y afianzando su pertenencia a la civilización. Tal como lo plantea Vanni Blengino (2005: 91), Moreno -más allá de mostrarse conviviendo en sus viajes con indios, gauchos y otros personajes de status social y cultural muy diverso al suyo- sostiene en el relato un permanentemente "diálogo a distancia" con personajes del mundo civilizado. Considero que a partir de esa convivencia dialógica con destacados filósofos, poetas y científicos de la historia nacional y mundial, pero principalmente con grandes viajeros naturalistas predecesores o contemporáneos, no sólo matiza y enfatiza en el texto -autorizando y haciendo verosímiles- sus propias cavilaciones y hallazgos científicos sino que además reafirma permanentemente su conspicua procedencia.
8. Según Moreno esta secuencialización racial no sólo reglaba las diferencias entre indios y blancos sino que también era determinante entre los indios americanos. Al respecto refería a diversos grados de evolución de las "subrazas" indígenas. Si bien era sabido para él que todos los nativos americanos perecerían frente al avance de la civilización, Moreno explicaba que aquellos más evolucionados y civilizados (más fuertes) lo harían más tardíamente que los demás. En este sentido argumentaba que, entre los indios americanos, los habitantes del Desierto formaban parte de una de las razas menos evolucionadas y por ende proclives a extinguirse rápidamente. (Moreno 1999:145)
9. El resaltado es mío.
10. A partir de aquí, para referirme a los indígenas contemporáneos a Moreno lo haré en los términos de "indio/s del presente" o "indio/s actual/es".
11. Al respecto, son sugerentes las páginas introductorias escritas por Moreno en su Viaje a la Patagonia Austral... con el título de "Al lector". Allí (Moreno; 2007a:19) proyecta su "inocencia" al advertir que con la publicación de su diario no tiene "...pretensiones de ningún género..." más que describir los paisajes patagónicos para que "...con esta narración mis compatriotas puedan formarse una idea de lo que encierra esa gran porción de la patria, siempre denigrada por los que se contentan con mirarla mentalmente desde la bibliotecas." El contacto directo con el objeto de estudio, en este caso el paisaje, le otorga la autoridad moral e intelectual de presentarse como un pionero en el conocimiento y divulgación nacional del espacio patagónico -preconcebido sin dubitaciones como parte del territorio nacional. Esto representa un locus de enunciación que se encuentra velado por su advertencia de neutralidad ("sujeto inocente"), por la cual naturaliza los intereses políticos y económicos que motivan su viaje -hacer cognoscible al espacio y al indio para in-corporarlos al Estado Nación y al mercado capitalista- y que pueden colegirse de esa cita como de tantas otras a lo largo de sus relatos.
12. El "relato de la modernidad" habita nuestras identidades colectivas. Esto, en tanto "argentinos" y "americanos",se torna evidente siempre que nos cuestionemos -como lo hace Walter D. Mignolo- sobre el hecho de que la misma idea de "América" es el producto moderno y eurocéntrico de una trama discursiva históricamente hegemónica que, tejiéndose en torno a los relatos de viajea partir de los cuales se nombró, delimitó y cargó de sentido a un espacio (el "americano"), proyectaron a lo largo de 500 años una matriz de realidadque aún nos es constitutiva como sujetos sociales. De-construir esta realidad y disputar su sentido es la apuesta política que emprenden pensadores como Mignolo partiendo de la premisa de que ""América" nunca fue un continente que hubiese que descubrir sino una invención forjada durante el proceso de la historia colonial europea y la consolidación y expansión de las ideas e instituciones occidentales." (Mignolo 2007: 28)

OBRAS CITADAS

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RISSO, Julio Leandro. Narrativa de viajes, nación y alteridad: El otro-indígena en los relatos de viaje de Francisco P. Moreno (1872-1879). Rev. Pilquen,  Viedma,  n. 13, dic.  2010 .   Disponible en . accedido en  22  marzo  2014.
Etiquetas: [Florentino Ameghino]  [Homenaje a Florentino Ameghino en el centenario de su nacimiento]  
Fecha Publicación: 2014-03-13T22:10:00.002-03:00


La Comisión Directiva de la Asociación Geológica Argentina adhirió a la celebración del "Año Ameghino 1911-2011" con motivo de celebrarse el centenario del fallecimiento del primer sabio argentino, quien alcanzara repercusión internacional por sus aportes a la ciencia cristalizados en una obra extraordinaria. De esta manera una vez más la Asociación Geológica Argentina pone en relevancia la obra de Ameghino como lo hiciera con motivo del centenario del su nacimiento. En esa oportunidad en 1954 (v. 9(2): 73-74) le rindió tributo incluyendo además un artículo sobre "La obra de los Ameghino" de George G. Simpson, traducido por el secretario de la institución Dr. Horacio Camacho. En este artículo, despojado de las pasiones de la época de Ameghino, Simpson destaca el gran trabajo realizado y la genialidad de Florentino Ameghino, un adelantado para su época. Florentino Ameghino, geólogo, paleontólogo y antropólogo nació en Luján, provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854. En su momento se había puesto en duda la nacionalidad del sabio, aunque ya en 1916 una comisión ad-hoc de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, reunió y analizó los documentos que permitieron certificar su origen lujanense (La nacionalidad y la obra de Ameghino, 1916).

 
Retrato de Florentino Ameghino (1854-1911) realizado por Luis De Servi (1863-1945) en 1912 que preside el Aula Ameghino de la Sociedad Científica Argentina.

Proveniente de una familia de muy modesta condición, fue un niño aplicado e inteligente; su propia madre le enseñó a leer y escribir. Su curiosidad era atraída por los restos de huesos petrificados y de conchillas de moluscos que, en sus paseos observaba y recogía en las barrancas del río Luján. En esos años conoció también que un venerable médico y naturalista argentino, el Dr. Francisco Javier Muñiz quien vivía todavía allí en Luján, había descubierto y descripto algunos de esos fósiles. También que el Dr. Germán Burmeister, naturalista alemán a cargo del Museo Nacional de Historia Natural, había publicado varios volúmenes con hermosas ilustraciones que daban a conocer numerosas especies poco conocidas de aquellos mamíferos fósiles. Llegó a visitar el museo donde pudo admirar los megaterios, milodontes y gliptodontes y compararlos con los fósiles que el mismo había recogido, lo que incentivó el inicio de una colección de fósiles de las cercanías del río Luján, colección esta que en pocos años fue tan numerosa que ya no cabía en el sencillo hogar paterno de humildes y laboriosos emigrantes genoveses. A los 14 años leyó las obras de Charles Darwin y Charles Lyell; estudió casi en soledad los idiomas que necesitaba para leer libros extranjeros y llegó a conocer además del castellano e italiano, el francés, inglés y alemán. A los 16 años fue designado preceptor en la escuela "General San Martín" de Mercedes, institución en la que luego fue maestro y director. En su trayectoria científica se reconocen tres etapas principales. La primera, en su juventud, estuvo especialmente dedicada a las exploraciones del suelo pampeano y a estudios sobre la antigüedad del hombre en América que abarca desde 1875 a 1882. Se puede decir que en esta etapa Ameghino fue un antropólogo. En 1878 viajó a la Exposición Universal de París para exhibir su colección paleontológica. Al año siguiente tuvo una destacada actuación en el Congreso de Americanistas celebrado en Bruselas. En 1880 aparecieron sus obras Los mamíferos fósiles de la América Meridional (en colaboración con el famoso zoólogo y paleontólogo francés Paul Gervais) y La Formación Pampeana. Esta etapa culminó a los 28 años con la redacción de Filogenia en 1882 que marcaría su accionar futuro. Su segunda etapa es la más trascendente por su producción científica y abarca de 1882 a 1906. Vuelto de Europa con un gran caudal de conocimientos adquiridos del intercambio con sus colegas y en los museos de París, Bruselas y Londres y con el material que provenía de las expediciones de su hermano Carlos a la Patagonia, Florentino fue realizando un monumental estudio de cientos de fósiles, que interpretaba a la luz del evolucionismo darwiniano, aún cuando esta teoría no se hallaba por entonces firmemente arraigada entre los naturalistas. En 1884 publicó Filogenia y la Universidad de Córdoba lo invitó a ocupar la cátedra de Zoología y poco después le otorgó el título de Doctor honoris causa. Designado miembro de la comisión directiva de la Academia de Ciencias, fue un importante colaborador del boletín de dicha institución. En 1886, Francisco P. Moreno lo nombró vicedirector y secretario del Museo de La Plata, asignándole la sección de Paleontología, que Ameghino enriqueció con su propia colección. Pero fue poco el tiempo en que Ameghino y Moreno trabajaron juntos y luego de un año Florentino fue relevado de su cargo oficial y le fue prohibida la entrada al museo, situación que persistió hasta 1904. En 1889 presentó en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias su obra magna, compuesta por 1028 páginas y un atlas: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina. Esta obra le valió una medalla de oro y un diploma de honor en la Exposición Universal de París de 1889. Cuando se desempeñaba como profesor de Mineralogía y Geología en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata en 1902, fue convocado por Joaquín V. González, ministro de Justicia e Instrucción Pública, para hacerse cargo de la dirección del Museo Nacional de Historia Natural de Buenos Aires que estaba vacante tras la muerte del Dr. Carlos Berg. Con la dirección de Ameghino, el museo consiguió acrecentar notablemente su colección. Son también estos los años en los que más sufre y más lucha contra la pobreza; financia sus emprendimientos y las expediciones de su hermano Carlos a la Patagonia con las ganancias de una modesta librería y sólo en 1903, cuando prácticamente había completado su obra, recibió la primera designación duradera del Estado. Cierra esta etapa de su vida en 1906 con Formaciones sedimentarias del Cretáceo Superior y del Terciario de Patagonia, una obra de síntesis, más que descriptiva, ya que plantea hipótesis sobre la evolución de los diversos mamíferos hallados y analiza las distintas capas de la corteza terrestre y sus posibles edades. Finalmente, en su tercera etapa entre 1907 y 1911, vuelve Ameghino a su primitiva dedicación, el hombre fósil, las descripciones de los primeros habitantes, sus industrias y culturas. Ameghino murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911, en medio de una atmósfera de generalizado reconocimiento a su labor y a su figura. Ese mismo reconocimiento que le había faltado en la época de oro de su trabajo científico. En síntesis, Florentino Ameghino fue la primera figura de la ciencia nacional que alcanzó trascendencia internacional. Produjo obras que no tuvieron igual en su tiempo y en nuestro país, como la monumental Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina de 1889, que le valió el reconocimiento internacional, o Filogenia, principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas, que lo ubicó en ese momento entre las pocas figuras mundiales con un enfoque paleontológico de la biología evolutiva. En palabras de Sarmiento, Ameghino era entonces, "un paisano de Mercedes que aquí nadie conoce, pero que es admirado por los sabios del mundo entero". Para George Gaylord Simpson, uno de los fundadores de la Teoría Sintética de la Evolución, la obra de Ameghino fue "uno de los más notables logros en la historia de la ciencia". Es por ello un justo reconocimiento que hace la comunidad geológica a este sabio y colega, dedicando este año a homenajear su trayectoria. En este número tenemos un artículo invitado sobre "El legado lujanense de Ameghino: revisión estratigráfica de los depósitos pleistocenos-holocenos del valle del río Luján en su sección tipo", que rescata la importancia y trascendencia de sus observaciones geológicas en la región de Luján.
Buenos Aires, 25 de enero de 2011. 

Subcomisión de Publicaciones 
Asociación Geológica Argentina


TRABAJOS CITADOS EN EL TEXTO

1. Simpson, G.G. 1954. La obra de los Ameghino. Revista de la Asociación Geológica Argentina 9(2): 75-88. 

SUBCOMISION DE PUBLICACIONES ASOCIACION GEOLOGICA ARGENTINA.Prefacio: Homenaje a Florentino Ameghino en el centenario de su fallecimiento. Rev. Asoc. Geol. Argent. [online]. 2011, vol.68, n.1 [citado  2014-03-13], pp. 3-4 . Disponible en: . ISSN 0004-4822.


                                                                Por Diego A. Ballestero


En los últimos años se ha conceptualizado el trabajo de campo como una actividad compleja, de naturaleza colectiva y que implica la colaboración de un grupo social heterogéneo que incluye estudiosos, directores y personal de instituciones científicas, militares y estatales, y los residentes locales (Camerini, 1996, 1997; Kohler, 2002). Según Kuklick y Kohler (1996), el estudio del 'campo', en sí mismo, es posible a través del análisis de la dimensión material de las prácticas allí desarrolladas. Este aparece siempre como un espacio opuesto al de la ciudad y asociado a las prácticas de viaje. Sin embargo, en disciplinas tales como la antropología son los espacios netamente urbanos - ferias, circos ambulantes y exposiciones - los que constituyeron uno de los tantos escenarios donde los científicos se 'encontraron' con su objeto (Bruckner, 2003; Greenhalgh, 1988; Reichardt, 2008; Schneider, 1982). Este trabajo pretende colaborar con los estudios que han analizado y entendido los espacios anteriormente mencionados como lugares donde los antropólogos realizaron su trabajo de campo sin la necesidad de viajar. Como veremos aquí, lejos de plantear que el mismo carece de intermediaciones, observar en la ciudad también implicaba una articulación compleja de intereses y actores.
En una primera parte se dará cuenta del papel de los empresarios en la consolidación de los espacios en los cuales los indígenas fueron objeto de observación por parte del público y de los estudiosos. Posteriormente se repasarán los principales debates y estudios, en Francia y Alemania, que generaron la exhibición de indígenas del extremo sur de Sudamérica en el contexto de ferias y/o exhibiciones. Siguiendo estas ideas, en las páginas que siguen, se muestra la inserción de los estudios llevados a cabo por el antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche (1872-1938) en el marco de la Exposición Nacional de la Industria de Buenos Aires (1898), dentro de las discusiones internacionales en torno a los indígenas de Tierra del Fuego.

Exhibiciones, ferias y empresarios circenses en la consolidación de los espacios de exhibición de indígenas
La segunda mitad del siglo XIX presenciará la consolidación de las grandes exhibiciones de la industria y del comercio como espacio de promoción de determinados productos, territorios y de propaganda (Bruckner, 2003; Greenhalgh, 1988; Heizer, 2001; Reichardt, 2008; Schneider, 1982). Estos espacios comerciales serán, a la vez, grandes amplificadores de las estrategias de atracción de público ya presente en el mercado o feria de plaza. Así como el mercado semanal atraía charlatanes, espectáculos teatrales y musicales con personas disfrazadas de personajes 'exóticos' (Leonhardt, 2007), las grandes exhibiciones empezaron a promover la exhibición de indígenas 'reales'. Más allá de los intereses comerciales de los promotores de estas exhibiciones, las mismas se transformarían - al igual que los circos y los museos itinerantes (Podgorny, 2009a, 2009b) - en uno de los tantos espacios elegidos por los antropólogos para resolver el problema del viaje y de la observación de estos pueblos lejanos en tiempo y espacio (Fabian, 1990; Bruckner, 2003).
Rápidamente varios empresarios circenses o de entretenimiento popular establecieron vínculos y redes con los principales museos e instituciones científicas, obteniendo apoyo para sus emprendimientos y proveyendo de colecciones a los museos. Dos de los individuos más destacados en este mundo del entretenimiento, con base en la exhibición y despliegue de lo exótico, son Phineas Taylor Barnum (1810-1891) en los Estados Unidos y Carl Hagenbeck (1844-1913) en Europa. Reconocido showman y empresario estadounidense, Barnum supo cultivar importantes relaciones con los políticos y los científicos de Europa y, principalmente, de los Estados Unidos. Entre 1844 y 1847 recorrió Europa, visitando galerías, museos, zoológicos, circos y exhibiciones. A su regreso, Barnum comenzó a realizar presentaciones en las cuales podían verse personas con distintas malformaciones físicas (Betts, 1959). En la década siguiente, el público respaldó las iniciativas de Barnum. Presentándose en las principales ciudades, tales como Boston, Philadelphia y New York, satisfacía la demanda del público por participar en la observación de un mundo deforme, morboso y con un grado de exotismo capaz de generar atracción y ganancia (Morus, 2006). Barnum estableció contactos con Carl Hagenbeck, figura que en Europa encabezaría las innovaciones en las empresas del tráfico de personas y animales. Con un comienzo en la compañía circense de su padre, en 1866, se convertiría en el principal proveedor de fauna exótica en Europa gracias a una extensa red de cazadores profesionales en distintas partes del mundo (Hagenbeck, 1910; Reichardt, 2008). El decaimiento del comercio de animales, a finales de 1870, lo llevará a incursionar en el montaje de 'zoológicos humanos', emprendimientos que serán conocidos en Alemania como Völkerschauen, donde se exhibían poblaciones exóticas junto con animales salvajes propios de su hábitat natural. Estos espectáculos rápidamente cobraron popularidad gracias al interés burgués por el cuerpo humano y por el consumo de las novedades científicas de la época (Bruckner, 2003; Reichardt, 2008; Rony, 1996; Smith, 2005).1
Uno de los personajes que auxiliará a Hagenbeck para adecuar sus presentaciones etnográficas en formas respetables de experiencias educativas, combinando los aspectos comerciales, científicos, populares y de espectáculo, será el pintor e ilustrador alemán Heinrich Leutemann (1824-1905). La combinación de los estudios antropológicos llevados a cabo en las exhibiciones, junto con la publicidad hecha por periódicos de circulación masiva como Die Gartenlaube, sabrán reforzar la 'respetabilidad burguesa' entre las décadas de 1870 y 1890, brindándoles los elementos de una vida exótica y un pasado remoto (Reichardt, 2008, p. 45).2
Desde la primera exhibición que Hagenbeck organizara en 1874, la cual tendrá por protagonistas un grupo de lapones, insistirá en presentar a los indígenas en forma "simple" y sin ningún "accesorio vulgar" (Hagenbeck, 1910, p.16), convencido de que esto permitiría al público captar la 'primitividad' de los individuos exhibidos. Retrospectivamente en su biografía, Hagenbeck (p.19) insiste en este punto como uno de las explicaciones de su éxito.3 A esta exhibición seguirá la de los "Sami" (1874) y los "Nubios" (1876). Con una dedicación plena a la nueva orientación de su "empresa antropológica", se especializará con sus presentaciones en llevar grupos de indígenas jamás vistos en Europa, seguro que estos causarían una gran sensación.4 En su biografía, Hagenbeck detallará cómo, a partir de esta época, comenzará a utilizar nombres con referencia a la procedencia geográfica para referirse a los individuos a exhibirse en un claro intento comercial de asociar a estos últimos con las lejanas geografías que despertaban el interés del público (Hagenbeck, 1910; Reichardt, 2008). Así los grupos se exhibían con nombres tales como "Esquimales" (de Groenlandia y Labrador), "Fueguinos" (de Tierra del Fuego), "Singaleses" (de Ceilán), "Somalíes" (de Somalia) y "Patagones" (de la Patagonia). Futuros trabajos deberán analizar la relación que se va tejiendo entre los nombres, la cultura material, vestimenta, etc. que se exhiben comercialmente y las categorías de clasificación etnográfica que se consolidan en los museos y las monografías sobre estos grupos. Si las exhibiciones constituyeron los espacios de observación de los grupos, ¿no habrá consistido también en el espacio donde determinada cultura material se unió expositivamente con determinados individuos y geografías?
En 1878, Hagenbeck realizará la primera tentativa de traslado de fueguinos al Viejo Continente, al parecer, pedido por la Berliner Gesellschaft für Anthropologie Ethnologie und Urgeschichte (BGAEU). Este primer intento será infructuoso debido a las tensiones con el gobernador de Punta Arenas, Carlos Wood Arellano (1836-1905), quien presentará una queja aduciendo que la nacionalidad chilena del grupo fueguino impedía el traslado (Baez, Mason, 2006; Reichardt, 2008; Poignant, 2004).5 A pesar de no fructificar, establecerá bases y contactos para el traslado que se concretará en 1879, cuando a través de las gestiones del capitán Schwers y del promotor noruego Johan Adrián Jacobsen, se llevarán a Europa tres personas identificadas como aonikenk (un hombre, una mujer y un niño). Los tres individuos serán exhibidos en zoológicos de las ciudades de Hamburgo y Dresden (Baez, Mason, 2006; Hagenbeck, 1910; Poignant, 2004; Reichardt, 2008; Sordi, 1989). En este, como en muchos, la prensa promocionará las ventajas de estos espectáculos para estudiosos y personas no legas (Bruckner, 2003; Hagenbeck, 1910; Poignant, 2004; Reichardt, 2008; Rothfels, 1994; Sordi, 1989).
Entre 1881 y 1882, el traslado de 11 individuos alacaluf a Europa (cuatro hombres, cuatro mujeres y tres infantes) motivará una larga serie de investigaciones y debates por parte, principalmente, de estudiosos franceses y alemanes. Exhibidos en el Jardin d'Acclimatation de París, fueron observados por 400 mil personas, entre agosto y septiembre de 1881, en la exposición consagrada a Tierra del Fuego (Báez, Mason, 2006). Numerosos estudiosos, invitados por Albert Geoffroy Saint-Hilaire (1835-1919), aprovecharán la presencia del grupo de alacaluf para realizar observaciones y mediciones antropológicas (Manouvrier, 1881).6
Léonce Manouvrier (1850-1927), uno de los convocados, comenzaba el informe de su visita a la exposición evocando la tristeza que producía ver a los 11 indígenas con la poca vestimenta que llevaban y en absoluto silencio, atributos que le permitían asociar a estos "desgraciados salvajes" (Manouvrier, 1881, p.762) con los ancestros de la "época de piedra" (p.763). La extensa descripción de los caracteres externos7, tales como el pelo, la forma y color de los ojos, junto con la descripción del cráneo, permitía establecer un vínculo en primera instancia con una 'raza americana'. Se adjuntaba una extensa tabla de mediciones de las diferentes partes del cuerpo, conforme a lo estipulado por las instrucciones de la Société d' Anthropologie de París. Al final de la disertación de Manouvrier, Paul Topinard (1830-1911), Gabriel Mortillet (1821-1898), Abel Hovelacque (1843-1896), Joseph Deniker (1852-1918), Charles Bordier, Gustav Le Bon (1841-1931), Girad de Rialle y Ernest Th. Hamy (1842-1908) discutirán, en base a sus observaciones sobre los alacaluf, el trabajo y sus diferentes impresiones. Si bien los distintos intervinientes darán cuenta desde diferentes puntos de la 'inferioridad evolutiva' de los alacaluf, éstos no se alejarán de la tónica de la discusión, aportando datos u observaciones que confirmaban la 'inferioridad racial', siendo por lo tanto extensible a todos los grupos indígenas de Tierra del Fuego.8
En esas intervenciones, el espacio de observación parisino aparecía conceptualizado de tres maneras diferentes: por un lado, como una manera de acortar las distancias gracias a la intervención de los exploradores y empresarios; segundo, como un factor de modificación de la psicología original - ligada al lugar de procedencia -, y por último, de distorsión espacial, expresada en la pregunta por la 'real' ubicación geográfica de estos individuos. Como comentaba Hovelacque, el Jardin d'Acclimatation actuaba, a su vez, como espacio de verificación de lo observado en el terreno pero también servía de control para poder observar los cambios sufridos en el tiempo que transcurría desde su traslado.
Otro punto en común será el factor del ambiente como limitante tanto en el desarrollo intelectual y físico, siendo Paul Topinard el más pertinaz en esto. Una serie de caracteres físicos servían para determinar la 'inferioridad' (volumen cerebral, proporciones corporales, prognatismo, ángulo facial, etc.) pero el desarrollo corporal y la 'inferioridad intelectual' de los fueguinos debía verse como un producto de sus "misérables conditions d'existence" (Manouvrier, 1881, p.788).9 Las capacidades intelectuales de los indígenas podían cotejarse a través del establecimiento de paralelos, comparando dibujos, con las distintas etapas de desarrollo cognitivo de los niños europeos. A su vez, se recalcaba la importancia de contar con un grupo de indígenas en un espacio controlado como el Jardin d'Acclimatation10, el cual les permitía, gracias a la posibilidad de poder repetir observaciones, mediciones y descripciones, corroborar o desechar sus hipótesis sobre la inferioridad de las poblaciones indígenas, el origen del hombre y el recorrido evolutivo de la humanidad (Manouvrier, 1881).
Luego de ser exhibidos por tres meses, el grupo se redujo a diez personas debido al fallecimiento de la hija menor de una de las mujeres. En esas condiciones llegarían a Berlín, acontecimiento que sería anunciado antes en distintas publicaciones alemanas11, dedicando varias páginas a instruir al público a través de representaciones pictóricas, dibujos de diarios de viaje y obras de distintos estudiosos sobre las distintas características y peculiaridades a observar (Eissenberger, 1996; Reichardt, 2008). El recorrido del grupo alacaluf incluirá Leipzig, Munich, Stuttgart y Nuremberg. En el trayecto a Zürich, fallecerá una de las mujeres y su cuerpo será adquirido por el Departamento de Anatomía de la Universidad de Zürich (Baez, Mason, 2006). Rudolf Ludwig Karl Virchow (1821-1902) y Otto Bollinger (1843-1909) no solo obtendrán una cuantiosa información a través de las observaciones realizadas sobre el grupo vivo, sino también de las autopsias de los que iban muriendo. El tiempo de residencia en Europa mostraba que además de la psicología se alteraban las funciones vitales.
Virchow publicará "Die Feuerländer" (1881) como un estudio de la anatomía de los fueguinos. Complementando las mediciones y las observaciones realizadas con las fuentes documentales existentes, este escrito será valorado como uno de los aportes más significativos de la época (Garson, 1886).12 En las primeras páginas de su trabajo, Virchow llamaba la atención sobre las precauciones necesarias a la hora de recabar información sobre los indígenas exhibidos. Uno de los principales hechos a tener en cuenta serían los relatos, informes o descripciones elaborados por personas, como los encargados de transportar a los indígenas o de exhibirlos, que no se vinculaban con el mundo erudito o académico. Ellos hacían de sus aportes elementos carentes del rigor y criterio científico, propio de los estudiosos, teniendo, por lo tanto, mayor cautela y precaución a la hora de tener en cuenta sus contribuciones (Virchow, 1881). El estado 'primitivo', que podía inferirse de su fisonomía, se insertaba dentro de la evolución monogenética de la humanidad que proponía el estudioso alemán. Nuevamente las condiciones ambientales y climáticas serán los causantes de un estado físico e intelectual 'primitivo', característico de los grupos humanos estancados en los escalones más bajos del desarrollo humano (Darwin 1981, 1998; Darwin Keynes, 1979; Eissenberger, 1996; Narratives..., 1839; Reichardt, 2008; Virchow, 1881). Agregaba Virchow que las exhibiciones de indígenas eran extremadamente importantes debido a que permitían observar individuos de los más remotos rincones del globo, comparar los distintos grados de evolución del género humano y clarificar la posición de la población europea en la naturaleza y los caminos evolutivos que siguió (Fabian, 1983; Virchow, 1881).
Concluirá, en forma parcial, que debido a las evidencias físicas que encontraba en sus rostros, los patagones se encontraban entre individuos 'salvajes' y 'nobles' (Eissenberger, 1996; Reichardt, 2008). Finalmente, su análisis lo llevaba a postular el parentesco de la población americana con la raza mongólica, afirmación válida para los esquimales y para las otras 'tribus' americanas.13 Como veremos en el apartado siguiente, en la década de 1890, las exhibiciones de fueguinos se repetirán en las Exposiciones Internacionales de Génova (1892), Buenos Aires (1898) y París (1899).14

El salvajismo pintoresco en exhibición: La Exposición Nacional de Buenos Aires de 1898
El 16 de octubre de 1898 se inauguraba, en la Plaza de Retiro, la Exposición Nacional de la Industria. Según la prensa de la época, el objetivo de la misma apuntaba a congregar "todas las fuerzas vivas de la patria ... a través de lo más encumbrado de la banca, las artes, el comercio y la industria" (Caras y Caretas, 22 oct. 1898, p.1). La exposición incluyó la presencia de indígenas vivos: dos familias fueguinas, tal cual se leía en los principales diarios de la época, traídas por el gobernador de Tierra del Fuego, teniente coronel Pedro Godoy. En este caso no se trataba de alacaluf sino de un grupo de personas nombrado como onas, expuestos durante un mes en la Sección Femenina de la Exposición Nacional, siendo posible observarlos en su vida cotidiana (Figura 1). Presidida por Teodolina de Lezica de Alvear (1876-1967), hija de Luis Ricardo de Lezica Thompson y Teodelina de Alvear Fernández Coronel, la Sección Femenina se emplazaba en la parte superior del Pabellón Argentino. En la misma se exhibían "objetos de verdadera curiosidad y labores, hechas por damas o señoras de nuestra sociedad" (La Prensa, 16 ago. 1898, p.5). Destacaba el diario La Prensa la variedad de elementos que podían hallarse en esta sección, con vitrinas dedicadas a asilos y casas de pobres, compartiendo espacio con tejidos, bordados y telas.


El estímulo de las empresas de Ferrocarriles del Sur, Central Argentino, Buenos Aires y Rosario, quienes adjuntaban entradas gratis para aquellos que asistieran a la exposición, facilitará la concurrencia del público, aumentando el número de individuos que pudieron apreciar la gran variedad de elementos exhibidos (La Prensa, 14 oct. 1898). Además de los indígenas meritorios de observación, se llamaba la atención sobre diversos elementos, como la exhibición de minerales de las provincias de La Rioja, Salta, San Juan y Córdoba, o las distintas máquinas empleadas en la agricultura y la industria que posibilitarán el acercamiento a la 'ciencia' y las maravillas de la naturaleza y la tecnología (La Prensa, 3 oct., 16 oct. 1898).15
Los diarios y revistas de la época guiarán la observación de los indígenas proveyendo información descriptiva, histórica y en algunos casos 'científica'. Estas indicaciones, que tenían por objetivo 'educar' la mirada de los observadores, advertían al lector de los notables contrastes que debían tener en cuenta a la hora de observar a estos representantes 'primitivos' de la humanidad, como por ejemplo el habla, la vestimenta y la decoración de sus rostros, entre otros. Este aspecto contrastaba con la exhibición de los otros objetos desplegados en la exposición de los cuales solo se mencionaban o se ofrecían apenas unas breves líneas descriptivas, como si los objetos tuvieran su propia elocuencia. En cambio, las personas eran mudas y debían ser explicadas. En su edición del 7 de noviembre de 1898, La Prensa adjuntaba una extensa descripción de la vida y costumbres de los onas, incluido un dibujo que ocupaba la mitad de la página con el epígrafe "Tipo ona del natural" (Figura 2). Esto constituía una 'guía de observación' (Apéndice 1) que preparaba e instruía al público para que pudiera obtener el máximo provecho al observar a "estos retardatarios de la humanidad que viven aún en el territorio argentino". Agregaba que nunca habían sido, "como hoy, expuestos en un lugar apropiado, donde pudieran satisfacer la curiosidad de los que desearan conocer sus usos y sus costumbres" (La Prensa, 7 nov. 1898, p.3).


La Nación también introducía la novedad y exclusividad de poder presenciar a estos habitantes del extremo sur argentino. En su edición del 25 de octubre de 1898, informaba que "traerán consigo todos sus implementos usuales de trabajo, cueros curtidos, pieles, aves disecadas y otros artículos en que esos indígenas comercian", señalando que "ante el público harán flechas, arcos y otros utensilios de que se sirven" (La Nación, 25 oct. 1898, p.3). Agregaba La Prensa (4 nov. 1898, p.3) que "la exhibición de esta raza indígena en la Exposición Nacional tiene por fin que el público argentino conozca directamente los seres inferiores que pueblan todavía parte de la República".
El 3 de noviembre de 1898 las dos familias arribaron a Buenos Aires junto con el teniente coronel Pedro Godoy y el comisario de la gobernación, Atanasio Navarro (Caras y Caretas, 22 oct. 1898). Como marcaba La Nación en su edición de ese día, los indígenas transportaban todo el material que les permitiría "trasladar a la exposición toda la vida salvaje y pintoresca del extremo de nuestro territorio" (La Nación, 3 nov. 1898, p.5). Las familias estaban compuestas por dos parejas de individuos jóvenes, teniendo los varones 18 y 22 años y las mujeres, 20 y 16. En cuanto a los niños, se calculaba que tendría unos ocho años uno de ellos y el otro, unos seis meses. A su llegada, las familias indígenas fueron alojadas provisionalmente en los fondos del teatro de verano16, mientras se disponían las instalaciones donde se alojarían hasta su regreso a la isla. Fue tal el atractivo de esta exhibición que posteriormente debió construirse un cerco de alambre para evitar el amontonamiento y contener al público. Este cerco, sin embargo, se abría para aquellos interesados en tomar mediciones y observar científicamente a las personas exhibidas, como Robert Lehmann-Nitsche y Eduardo Castro.
Lehmann-Nitsche había arribado al país un año antes de la inauguración de la Exposición Nacional. Recomendado por Rudolf Martin (1864-1925), profesor de antropología en Zürich y München, al director del Museo de La Plata, Francisco Pascasio Moreno, como sucesor de Herman F.C. ten Kate (1859-1931) al frente de la Sección de Antropología del Museo de La Plata. Con tan solo 25 años, Lehmann-Nitsche arribaba al país con los títulos de Doctor en Ciencias Naturales, obtenido en 1893, y Doctor en Medicina, obtenido en 1897 (Bilbao, 2004; Cáceres Freyre, 1970; Farro, 2008, 2009; García, Podgorny, 2000; Marquez Miranda, 1938; Podgorny, 2006, 2007; Podgorny, Lopes, 2008, Teruggi, 1997; entre otros).
En 1915, más de diez años después de haber viajado él mismo a Tierra del Fuego en 1902, Lehmann-Nitsche (1915, p.174) se refería al atractivo que este grupo de indígenas había despertado en Buenos Aires: "Los indios habían llevado todo el equipaje ergologico de su civilización tan primitiva, y durante las horas de visita, el público se apresuró a ver este espectáculo exótico en la capital de Argentina, gozando de un cuadro vivo, que recordaba los tiempos prehistóricos".17
Los indígenas, al igual que las colecciones prehistóricas, antropológicas y etnográficas, contribuirían a "reconstruir - recurriendo en parte a la comparación con la cultura de los pueblos primitivos - las imágenes de este pasado despojado de narradores, pero, ahora, poblado de innumerables y mudos restos materiales" (Podgorny, 2009a, p.9). Lehmann-Nitsche contará, en un espacio controlado y cercano geográficamente, con representantes de los grupos más 'primitivos' del globo. De esta manera podía complementar las descripciones y datos pre-existentes, como así también la posibilidad de sumarse al debate internacional sobre los grupos 'primitivos', contando con conexiones de estudiosos europeos por un lado y con una gran cantidad de 'material' de estudio por el otro. A su vez, daba comienzo a las investigaciones antropofísicas stricto sensu. Recordemos que para Lehmann-Nitsche (1898, p.124), la antropología física era "la antropología propiamente dicha".
Parte de los trabajos realizados por el antropólogo alemán incluirán mediciones, fotografías y el acopio de dibujos realizados por los indígenas. Lehmann-Nitsche, en una conferencia de 1898, llamaba la atención sobre la necesidad del estudio de los "pueblos naturales" (Lehmann-Nitsche, 1898, p.123). El apremio de este estudio estaba dado por la naturaleza de un objeto de estudio, que como señalaba Lehmann-Nitsche, se encontraba a punto de desaparecer: "sucede que con nuestras tribus indígenas sud-americanas; aquí sí, hay que apresurarse y salvar lo que aún existe para poder fijar los caracteres de todas ellas destinadas a desaparecer" (p.123).
En un contexto donde parecía inevitable la 'extinción' de los pueblos, idiomas, animales y objetos que por siglos habían permanecido 'inmutables', el registro de estos futuros vestigios vivientes del pasado se volvía un imperativo (Podgorny, 2008). Los procedimientos empleados por Lehmann-Nitsche no pueden encuadrarse dentro de alguna 'escuela' específica. Éste adecuaba la metodología más apropiada conforme la naturaleza del objeto de estudio (Podgorny, 2006). Para Lehmann-Nitsche (1898, p.124), la antropología física, "como toda ciencia comparativa, tratará de descubrir toda semejanza y toda diferencia que permita una útil comparación". Los factores que determinaron las técnicas más apropiadas no residirán en el método sino en el objeto de estudio y las limitaciones del contexto local (Podgorny 2006).18 Esto le permitía recurrir a un abanico amplio de técnicas, las cuales eran para él fundamentales a la hora de definir un conjunto racial. Atribuyéndole un valor secundario al cráneo, al igual que Virchow, argüía que "para estudiar en seguida esas 'razas' y compararlas mutuamente se debe insistir (solamente con este fin y en este sentido) sobre sus diferencias" (Lehmann-Nitsche, 1898, p.125; resaltado en el original).
Estas diferencias estarán dadas por la comparación de estudios e investigaciones en los sistemas óseo, muscular y nervioso.19 De esta manera, buscaba superar las representaciones raciales hechas bajo la doctrina de Gustaf Retzius (1842-1919) que para Lehmann-Nitsche (1898) producía dos errores: por un lado, una representación insuficiente y por otro, una confusión al traspasar los indicios biológicos a los caracteres de la 'raza' propiamente dicha. Siguiendo las críticas elaboradas por Conrad Rieger (1855-1939), Aurel von Török y Paul Ehrenreich (1855-1914), proponía que la craneología se limitase a la determinación de los factores biológicos y luego a la determinación del tipo de raza. De esta manera se buscaba, siguiendo las recomendaciones de Rudolf Martin, la construcción de una tabla comparativa en la cual se podrían insertar las observaciones de los distintos 'pueblos' de la tierra. Tanto Martin como Lehmann-Nitsche, no negaban la evolución orgánica de los individuos, solo que limitaban el papel de las condiciones ambientales y el factor de 'lucha por la existencia' (Comas, 1966).
A pesar de que la obra de Rudolf Martin fuera dedicada principalmente a yaghanes y alacaluf, ésta será punto de referencia en lo concerniente a la metodología e instrumental antropométrico utilizado. Entre las principales obras de Martin se destacan "Ein Beitrag zur Osteologie der Alacaluf" (1892), en el cual se describe y se miden cinco esqueletos completos (dos masculinos y tres femeninos) de los alacaluf exhibidos por Hagenbeck en 1881 y fallecidos en Zürich. Esto será incluido en Zur physischen Anthropologie der Feuerländer (Martin, 1893). En esta extensa monografía, Martín coordinó gran parte de las fuentes existentes en torno a la anatomía de yaghanes y alacaluf. Esta tabla comparativa le permitiría insertar sus mediciones y compararlas no solo con la de los distintos autores, sino también con la de distintos grupos étnicos y de esta manera determinar la proximidad a las formas 'primitivas' o 'civilizadas', comparación que usualmente se hacía contrastando estas mediciones con realizadas sobre africanos, australianos y europeos.20 De la compilación y coordinación de los antecedentes, Martin extraería los datos concernientes a las mediciones realizadas sobre 21 esqueletos y 58 cráneos alacaluf y yaghan (Cooper, 1917; Martin, 1892), lo cual permitía mostrar la tendencia dolicocéfala de los fueguinos. Este sería el carácter que se tomaría como rasgo distintivo de los antiguos grupos que poblaron el suelo argentino (Podgorny, 2001).
En su trabajo, Martin (1892) llamaba la atención sobre la rareza y escasez en la literatura antropológica de monografías dedicadas al estudio sistemático sobre las distintas 'razas primitivas' que todavía habitaban el planeta y, más aún, sobre los indígenas de Tierra del Fuego. Agregaba a su vez que muchas veces el escaso material con el cual se disponía llevaba a teorías prematuras y generalizaciones demasiadas amplias. Criticaba la amplitud de medios de medición existentes y llamaba a una breve descripción de cada técnica utilizada a fin de obtener un control de las mismas y poder hacer un correcto uso de los datos obtenidos. Finalmente, insistía en la necesidad de monografías, especialmente osteológicas, sobre las 'tribus' de Tierra del Fuego. Según Martin, los indígenas de Tierra del Fuego pertenecían completamente a la variedad americana; sin embargo, ellos poseían ciertas diferencias considerables en comparación con los patagones, araucanos y pampas; mostrando por el contrario una concordancia mayor con botocudos, aymaras y guaraníes en lo referente a la forma general de la cara, proporciones del cráneo, estatura y pigmentación.21
Tanto Martin como Lehmann-Nitsche realizarán una aproximación, a través de la craneología, tanto de los indígenas de Tierra del Fuego y los botocudos de Brasil, con el cráneo de Lagoa Santa. Esta aproximación de los grupos sudamericanos al mencionado cráneo ya había sido sugerida por Ladislau de Souza Melo Neto (1838-1894), director del Museu Nacional do Rio de Janeiro, cuando un grupo de botocudos fueron exhibidos en el marco de la Primeira Exposição Antropológica Brasileira, realizada en 1882 en la ciudad de Rio de Janeiro. De acuerdo con Melo Neto, los grupos sudamericanos, como los botocudos o los indígenas de Tierra del Fuego, poseían una conexión evolutiva muy estrecha con los homínidos pre-humanos que se suponían habían habitado la América prehistórica y especialmente con el recientemente descubierto cráneo de Lagoa Santa. Dichas aseveraciones también fueron compartidas por João Lacerda (1846-1915), subdirector de las Secciones de Antropología, Zoología y Paleontología, para el cual la craneología de los botocudos era idéntica a la observada en el cráneo de Lagoa Santa (Andermann, 2006; Sánchez Arteaga, Nino El-Hani, 2010).
La primera aproximación de Lehmann-Nitsche (1898) será la determinación inmediata de las características externas, siendo por lo tanto la clasificación de la piel una de las primeras pruebas realizadas. Para dicho fin utilizará la tabla cromática de Broca para los hombres y la tabla utilizada por Sarasin, en su trabajo "Recherches sur les weddas de Ceylan", para mujeres e infantes. Los resultados oscilaban entre un color moreno-oscuro general, siendo más marcado en los infantes.
Eduardo Castro, director de la oficina antropométrica del Club de Gimnasia y Esgrima, también llevara a cabo mediciones, principalmente el desarrollo físico y fuerza muscular de los fueguinos. Castro proveerá los resultados de sus pruebas al diario La Nación (12 nov. 1898). En estos se concluía que los fueguinos eran individuos de desarrollo vigoroso y capaces de resistir grandes fatigas gracias a su complexión torácica y su fuerte musculatura. Las aseveraciones de Castro se basaban en sus trabajos que consistieron en la toma de la talla a través de un cartabón. El diario se encargaba de remarcar la desconfianza mostrada por los indígenas al momento de la aplicación de los dinamómetros que debían comprobar su fuerza muscular, la cual según el cronista alcanzó límites excepcionales. A diferencia de Castro, Lehmann-Nitsche (1915, 1927) dejará sentado, al principio de su trabajo, la personalidad amena y tranquila de los indígenas, destacando que en ningún momento de las observaciones y las mediciones opusieron algún tipo de restricción; y que ambas mujeres, animadas por sus esposos, permitieron ser medidas.
Siguiendo las indicaciones de Paul Topinard detalladas en su obra Éléments d'anthropologie générale (Topinard, 1885), Lehmann-Nitsche (1904) medirá a los indígenas sentados, comenzando por el fémur y combinando luego estas mediciones con las de la tibia. Así, supuestamente, se reducían los riesgos de equivocarse y se obtenía al mismo tiempo la longitud de la extremidad inferior del cuerpo, deduciendo la cifra de la talla de las mediciones generales.
Los estudios biológicos, según Lehmann-Nitsche, debían ser complementados con trabajos lingüísticos, o bien otros que pudieran penetrar e indagar en la psiquis de los indígenas. Destacaba, al pasar, la falta de conocimientos sobre esta área en la gran mayoría del territorio argentino. En línea con esta idea y en búsqueda de material para realizar un estudio comparativo de los dibujos de "las diferentes tribus indígenas entre sí y con los niños de la raza blanca", tomará relevo de las expresiones gráficas de los fueguinos (Lehmann-Nitsche, 1907, p.220). Este trabajo fue publicado en Museo, revista de los estudiantes de ciencias de la recientemente establecida Universidad Nacional de La Plata (Garcia, 2009), cuando Lehmann-Nitsche empezaba a ejercer el cargo de profesor de antropología en esta nueva institución.
Este tipo de trabajo había surgido a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX como búsqueda de elementos materiales o expresiones culturales que permitieran matizar la supuesta 'homogeneidad' biológica de las 'razas' gracias al carácter material y simbólico de los dibujos. Las principales referencias utilizadas por Lehmann-Nitsche serán los trabajos de Siegfried Levinstein y Georges-Henri Luquet (1876-1965), autores formados en los trabajos de James Sully (1842-1923) y Ebenezer Cooke (1853-1911). El eje rector de sus trabajos consistía en tomar las manifestaciones y las capacidades gráficas de los niños como un reflejo fiel de la imaginación, el espíritu y la actividad mental (Widlöcher, 1982). Estos trabajos contarán rápidamente, con seguidores a lo largo de Europa y América, por lo que el fin del siglo XIX verá un creciente número de trabajos dedicados al desarrollo del dibujo.22
En 1895 James Sully publicaría una obra, Studies of childhood, cuya idea medular será la relación que se puede establecer entre "los dibujos infantiles con los fenómenos de la cultura racial primitiva" (Widlöcher, 1982, p.42). En estos se proponía un modelo de desarrollo por etapas, donde el desarrollo mental se manifiesta en las marcas del garabato y los dibujos pre-esquemático, esquemático y realismo. Lehmann-Nitsche (1907) sostendrá que, como en el desarrollo físico, el niño representa y recapitula las distintas etapas del desarrollo morfológico. Lo mismo sucede a nivel espiritual, por lo cual tomará a los dibujos como un medio de expresión donde la representación gráfica no es más que el lenguaje de su pensamiento. Por lo tanto, la expresión gráfica es un claro indicio del desarrollo mental del autor del dibujo. Otros estudiosos como Jules Nicolas Crevaux (1847-1882), Richard Andrée (1835-1912), Karl von den Steinen (1855-1929), Theodor Koch-Grünberg (1872-1924) y E.Th. Hamy (1842-1908) consideraban que los grupos indígenas poseían un cierto grado de instinto artístico que le permitía reproducir, en una forma grosera y burda, los objetos de la naturaleza. Estos autores coincidirán que entre los grupos más primitivos (fueguinos, africanos, australianos) este instinto se encontraba reducido a los contornos más elementales.
Los dibujos de los fueguinos, según Lehmann-Nitsche, se caracterizarían por la falta de equilibrio entre formas y espacio, el descuido de toda perspectiva, la ausencia de proporciones, la exageración de algunos detalles, la supresión de elementos esenciales en la composición corporal de animales y seres humanos y la simplificación de los grupos por el procedimiento de la superposición (Figura 3). La falta de la evolución estética en espacio y tiempo que estos grupos presentan se ratifica estudiando a los niños, ya que "son los niños quienes van a informarnos abasteciéndonos"23 (Hamy, 1908, p.396). Hamy instaba a estudiar las obras espontáneas que ejecutan los niños, ya que allí se encuentran todos los elementos del arte salvaje y la serie de las edades reproducirá la escala ascendiente de las civilizaciones elementales (Figuras 4 y 5).






La prensa periódica también proveerá un análisis del grado de desarrollo cerebral de los fueguinos pero analizando la constitución morfológica de su frente: "La frente de los onas revela que en su cerebro es mínima la ideación; las impresiones que reciben no son debidamente transformadas en sus centros nerviosos" (La Prensa, 7 nov. 1898, p.3). Aunque el cráneo, como mencionamos antes, había perdido su relevancia en la antropología de la época, la prensa insistía en la asociación entre la observación externa de la cabeza y los caracteres psíquicos. Por otro lado, no deja de ser notorio que en el contexto argentino, los fueguinos estuvieran representados por los onas, destacados por su fuerza y, como se ve en las mediciones del representante del Club de Gimnasia y Esgrima, con características de resistencia cercanas a los gimnastas, donde la capacidad respiratoria, de concentración y de flexibilidad se había vuelto central en la preparación de los hombres que abrazaban la gimnasia como técnica de sí mismos. Mientras los alakaluf aparecían como mero relicto, los onas servían para entender mejor cómo lograr un tipo de entrenamiento del cuerpo masculino.
Finalmente los indígenas fueguinos dejarían de ser 'atractivos' para el público de Buenos Aires y la comisión organizadora de la exposición autorizaba al teniente coronel Godoy a proporcionarle, a los onas, ovejas y vacas por un valor total de 300 pesos para su viaje de vuelta a Tierra del Fuego. Agregaba La Nación (18 dic. 1898, p.4) que tal vez este suministro no alcanzaría ya que "los indios son capaces de comerse todo eso en cuatro días". Pocos después, La Prensa informaba, en su edición del 26 de noviembre de 1899, la llegada de 200 indios calchaquíes para ser exhibidos en Buenos Aires y el interés se desplazaría hacia otro lado. Como Hagenbeck bien sabía, el éxito de las empresas de entretenimiento se basaba en la renovación permanente de las cosas a mirar.
Los antropólogos de fin de siglo supieron aprovecharse de esos fenómenos, reconociendo con ello algo que la historiografía hasta ahora no ha destacado: que la autenticidad, con todo su peso, estaba en todos lados y que los indios exhibidos, transportados, alimentados tras las rejas, formaban parte del mundo contemporáneo y del espacio de la ciudad. Al aceptar a las ferias como un lugar legítimo de observación, incorporaron también la observación del mundo urbano y capitalista por el que estos indios eran trasegados o, directamente conchabados, como representantes y actores de sí mismos. Buscarlos en el campo, en sus condiciones originales de existencia, negando el paso del tiempo y de la historia sería un imperativo que llegaría poco después.

NOTAS
1 Hacia 1860, se notará un notable incremento del público francés, alemán e inglés en parques zoológicos, seguido de museos de historia natural y antropología (Reichardt, 2008; Stocking Jr., 1986; Zimmerman, 1998); posibilitado entre otras cosas por la unificación de Alemania y el consabido aumento de la actividad comercial entre puertos y ciudades (Penny, 2002).
2 Recordemos que entre 1840 y 1860 los avances tales como los tranvías, la iluminación nocturna de las calles y la apertura de zoológicos en la mayoría de las grandes ciudades impulsaron notablemente a que la clase media tomara parte "de cuestiones científicas" (Reichardt, 2008, p.23).
3 Según Hagenbeck, la presentación al aire libre, la ausencia de fondos artificiales y escenarios iba en pos de reproducir una copia realista de la forma natural de vida (Hagenbeck, 1910; Reichardt, 2008). Heinrich Leutemann, en varios artículos promocionales publicados en periódicos como Die Gartenlaube y Leipziger Tageblatt, acentuará la autenticidad de los grupos exhibidos y presentará a Hagenbeck como un experto en el área de las "identidades étnicas", superando incluso a algunos estudiosos (Leutemann, 1887; Reichardt, 2008).
4 La preferencia por tal o cual grupo indígena también gravitó en torno a la exhibición de grupos que incluyeran mujeres y niños a fin de poder simular momentos 'reales' de la vida cotidiana, siendo Heinrich Leutemann uno de los principales interesados en hacerlo. Recordemos para el caso la insistencia a Hagenbeck para la importación de plantas y animales de Escandinavia que debían presentarse junto con los sami (Hagenbeck, 1910; Reichardt, 2008).
5 Las protestas del gobernador serán presentadas ante el Ministerio de Relaciones Exteriores y colonización y ante el encargado de la mencionada sociedad alemana, J.W. Wahlen. Para mediar dicho conflicto, la BGAEU pidió al representante germano en Chile, Friedrich von Gülich (1820-1903), que intercediera ante el gobierno chileno explicando los fines netamente científicos que albergaba el traslado del grupo de fueguinos (Baez, Mason, 2006).
6 Según J.G. Garson (1886), los registros tomados por Léonce Manouvrier, Paul Topinard, Gabriel Mortillet, Abel Hovelacque, Joseph Deniker, Charles Bordier, Gustav Le Bon, Girad de Rialle y Ernest Th. Hamy eran de las más completas realizadas hasta ese momento.
7 Primeramente se observará el color de la piel, ya que como con otros elementos a ser observados, argüía Manouvrier (1881), no se precisaba la implementación de ningún instrumental. En cuanto a las características externas del rostro, se destaca el pliegue de los ojos, el cual presentaba la típica forma japonesa. El pliegue de la frente tenía cierta semblanza con la 'raza' mongólica. La cara larga y los pómulos salientes se correspondían con los rasgos faciales típicos de los pueblos 'salvajes'. La nariz hundida los emparentaba más con la 'raza negra' que con los indios de América del Norte.
8 Ya sea en el estudio de la tecnología de talla (De Cessac), el carácter (Gabriel de Mortillet), la modificación de la psicología (Nicole), la pertenencia geográfica exacta de los indígenas (Joseph Deniker), todos coincidían en el 'salvajismo' de los exhibidos y en las palabras de Abel Hovelacque quien destacaba la importancia del Jardin d' Acclimatation de París en "garantizar la perfecta veracidad de los exploradores que los vieron sobre el propio terreno" ("garantit la parfaite véracite des explorateurs qui les ont vus sur le prope terrain"; Manouvrier, 1881, p.783).
9 Topinard está refiriendo a lo elaborado por Georges Cuvier (1769-1832) en su "Principio de las condiciones de existencia" en el cual plantea la imposibilidad de existencia de un organismo si no existe una coordinación de las partes que lo componen entre sí y del organismo con el medio circundante.
10 El Jardin d' Acclimatation está vinculado a las actividades ejercidas por la Société Zoologique d'Acclimatation, fundada en París en 1854. Entre los objetivos principales de sus miembros se encontrarán mejorar la agricultura por medio de la aclimatación y la domesticación subsecuente de animales 'exóticos'. Abriendo sus puertas hacia 1860, el Jardin d'Acclimatation podrá exhibir a los ciudadanos parisinos elementos vegetales, animales y culturales no vistos en otras capitales europeas. A través de demostraciones etnográficas y conferencias, los escolares y el público burgués de París aprenderán sobre recursos y poblaciones más allá de la mar pero contenidos dentro de las colonias del imperio (Osborne, 2000).
11 Die Gartenlaube publicaba en una de sus ediciones un artículo que versaba sobre las distintas características de los fueguinos e incluía dibujos titulados "Feuerländer-Typen". Heinrich Steinitz, autor del mencionado artículo, apelando a autores como Oskar Peschel (1826-1875), Charles Darwin (1809-1882) y Louis Antoine de Bougainville (1729-1811) e invocando imágenes horrendas de la humanidad (Schreckbilder der Menschheit), caracterizaba a los fueguinos como "invitados salvajes" (wilde Gäste) (Reichardt, 2008).
12 La extensión de las redes de comunicación facilitarán ampliamente esto. Como se ha señalado anteriormente, muchos de los más importantes trabajos vinculados a observaciones de indígenas tenían una pronta traducción al francés, inglés y alemán. No solo apelará a escritos del siglo XVI y XVIII sino materiales recientes, tales como las observaciones de los estudiosos franceses en el Jardin d'Acclimatation de París o las observaciones del doctor Böhr (1881), cirujano naval a bordo del S.M.S Hansa que tomara medidas de la cabeza y la estatura de siete alacaluf en 1879.
13 Los indígenas de Tierra del Fuego reunían un número de características que los acercaba a las formas asiáticas: entre ellas, el color de la piel, sus cabellos, la prominencia de los pómulos, la formación de toda la región alrededor de los ojos, particularmente también los ojos mismos con sus hendiduras de párpados estrechos en varios ángulos exteriores que se proyectan hacia arriba y afuera oblicuamente (Virchow, 1881).
14 En 1892, y con motivo de la celebración del descubrimiento de América, el padre salesiano José Maria Beavouir (1850-1930) transportará a la Exposición de Génova tres alacaluf y un ona. Entre los principales estudios realizados sobre este contingente, se encuentran los de Raffaello Zampa y los de Jules Thédore Ernest Hamy. 'Capturados' en diciembre de 1888 por el ballenero belga Maurice MaÎtre en la bahía de San Felipe, 11 indígenas onas serán exhibidos en la Exposición Internacional de 1899, posteriormente en Londres y Bruselas. Luego de un extenso conflicto entre la South American Missionary Society, la cual rechazaba de plano las condiciones en los cuales los indígenas eran exhibidos (casi desnudos y alimentados con carne cruda), el cónsul chileno Carlos Antúnez, MaÎtre y los siete indígenas restantes fueron embarcados el 18 de febrero de 1890 en el vapor Orotaba con destino a Punta Arenas (Baez, Mason, 2006).
15 Entre los distintos pabellones y teatros montados, se podían observar: exposiciones de arte gráficas, tejido e hilado; la colección de modelos de los buques de la escuadra cedidos por el Centro Naval; la sección policial ofrecida por el señor Otamendi donde podrían apreciar herramientas empleadas por los ladrones y máquinas de imprimir billetes falsos; la ascensión de un globo aerostático; la exhibición del telectrófono (nombre que le dio el inventor italiano Antonio Meucci (1808-1889) a su versión del teléfono en 1870); una colección de obras de la Sociedad Científica Argentina; una muestra del Museo Provincial de Corrientes, dirigido por Pedro Scalabrini (1849-1916), entre los cuales podían verse objetos de arqueología, etnografía, criminología, botánica y zoología; una colección de minerales de las provincias de La Rioja, Salta, San Juan, Córdoba, Mendoza y San Luis, presentadas por el Departamento de Minas y Geología y muestras de productos químicos por parte de las principales farmacias del país (La Prensa, 3-16 oct. 1898).
16 Este teatro se encontraba en los jardines del Pabellón Argentino y era el único de los teatros que se encontraba al aire libre. Completaba el conjunto de teatros, el Celeste ubicado en el mismo Pabellón Argentino y el Teatro de Fiestas donde se desarrollaría la fiesta inaugural (La Prensa, 16 oct. 1898).
17 "Les indiens avaient apporté tout le bagage ergologique de leur civilisation si primitive, et pendant les heures de visite, le public se précipita pour contempler ce spectacle exotique pour la capitale de l'Argentine, et jouit d´un tableau vivant, qui rappelait les temps préhistoriques". En esta y demás citas en otros idiomas, la traducción es libre
18 Es posible encontrar una descripción de los métodos y técnicas empleados por Lehmann-Nitsche en un trabajo de 1899 dedicado a un grupo de indios guaycurues.
19 Otros elementos que deberían ser tomados en cuenta consistían en la pigmentación de la piel, los ojos, los cabellos y la fisonomía de la cara (Lehmann-Nitsche, 1898).
20 Si bien en 1898 Lehmann-Nitsche no realiza un parangón de sus mediciones con la de otros autores o grupos étnicos, sí lo hará en 1927 cuando publique sus investigaciones realizadas en Tierra del Fuego en 1902 donde tomará a los grupos matacos, chiriguanos y tobas como punto de comparación.
21 La similitud con los botocudos acercaba a los grupos fueguinos con la 'raza' de Lagoa Santa. De esta manera, apoyaba la postura de Joseph Deniker, para el cual los indígenas del sur, junto con algunas tribus del Gran Chaco, componían los restos ulteriores de una 'raza' temprana extendida en América del Sur. Asimismo, y apoyando la postura de Sergi, no descartaba la influencia mongoloide temprana, por lo cual postulaba mezclas intra-continentales y penetraciones mutuas a través de Asía (Martin, 1892). Con motivo del aniversario de la princesa Isabel, el 29 de Julio de 1882, se inauguraba en Brasil la Primeira Exposição Antropológica Brasileira siendo la principal atracción un grupo de botocudos traídos de las provincias de Goiás y Espírito Santo. Las publicaciones de la época describían a los botocudos como fósiles vivientes, representantes de las primeras etapas de la evolución humana (Sánchez Arteaga, Nino El-Hani, 2010).
22 Corrado Ricci (1858-1934) en Italia, Bernard Perez en Francia, James Sully en Inglaterra, Carl Gotze y E. Grosse en Alemania y D.Brown en los Estados Unidos (Widlöcher, 1982).
23 "ce sont les enfants qui vont nous informer en nous approvisionnant".

REFERENCIAS
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Apéndice 1
Los Onas Su vida y costumbres Ideas sobre las prácticas de las sociedades civilizadas Una visita a los que se exhiben en el certamen nacional (La Prensa, Buenos Aires, 7 nov. 1898)
El espectáculo que mas llama hoy día la atención de los concurrentes a la Exposición Nacional son las dos familias onas traídas recientemente de la Tierra del Fuego. Es grande el interés que en el público de Buenos Aires han despertado estos retardatarios de la humanidad que viven aun en el territorio argentino; pero que lentamente van desapareciendo o transformándose, debido a la influencia creciente de las fuerzas civilizadoras. No es de extrañar ese interés, dada la singular rareza de los "sujetos" que lo despiertan. Es cierto que algunas veces han venido a Buenos Aires individuos de esa raza indígena; pero nunca han sido expuestos, como hoy, en un lugar apropiado, donde pudieran satisfacer la curiosidad de los que desearan conocer sus usos y sus costumbres.
Las familias onas que nos ocupan han sido enviadas a esta ciudad, a solicitud de la comisión directiva de la Exposición, por el gobernador de la Tierra del Fuego teniente coronel Pedro Godoy.
Los indígenas presentados en el certamen nacional son seis; dos hombres, dos mujeres y dos niños, que constituyen dos familias. Los hombres son jóvenes, de 20 a 21 años; una de las mujeres no es mayor de 20 año, y la otra de 16; uno de los muchachos tiene siete años, y el otro nada más que seis meses.
Durante la mañana de ayer estuvieron expuestos en la gruta de la plaza San Martín, en cuyos alrededores levantarán hoy, probablemente, sus chozas primitivas.; por la tarde tomaron ubicación en el teatro de verano, situado en los jardines del Pabellón Argentino. Durante la noche recorrieron los salones y los jardines de la Exposición.
Los onas, indiferentes a las miradas de los curiosos, toman con la mayor despreocupación posiciones cómodas; ocupanse descansadamente en recordar las cosas de su tierra; o en comentar a su modo la admiración de que son objeto; comen a la vista del público, fuman, juegan, ríen; y, sobre todo, cuando logran librarse de la conversación de los cristianos, detiénense en admirar los objetos mas insignificantes, extraños para ellos. Durante largo tiempo permanecieron ayer tarde inclinados sobre la pared del Pabellón Argentino que da a la calle Florida, deleitándose en la contemplación de los carruajes, de las bicicletas y de los edificios.
Pero estas cosas que les producen admiración, no son suficientes para despertar en ellos apego a esta ciudad; desean regresar a la Tierra del Fuego, no por "amor a la patria", no por que sientan la nostalgia del destierro, sino por que allí gozan de mayor comodidad, son más libres, sienten los placeres del salvajismo.
Uno de los indios, llamado Manuel, que conoce el castellano, nos dijo que en Buenos Aires hacia mucho calor, que aquí no se hallaba bien, que las cosas buenas estaban en la Tierra del Fuego, que en esa comarca no había «gente curiosa».
Visten chillangos de guanaco, que, con mucha maestría, llevan sobre su cuerpo desnudo, y que no se les caen una sola vez a pesar de sus ágiles movimientos. Están descalzos, y los hombres llevan, como rasgo distintivo, un pedazo triangular de piel en la cabeza. Tal es su indumentaria primitiva, que han heredado de sus antepasados, y que, las generaciones que se suceden, muy contentas, no intentan modificar.
Puede afirmarse, sin incurrir en una exageración, que los dos hombres son relativamente hermosos. Altos, fornidos, de anchos pechos, con bíceps desarrollados, de cabellos negrísimos, lampiños, de postura arrogante, ágiles, llaman más la atención que sus mujeres.
Manuel - muy comunicativo, y más inteligente que sus compañeros - para probar la fuerza de sus músculos, pegó con el puño cerrado en la pared por repetidas veces, sin que diera muestras de haber experimentado dolor alguno.
Una de las mujeres está indispuesta, y Manuel padece de la garganta. Un médico los visitó ayer, y les recetó medicamentos de la farmacia moderna.
Los enfermos los tomaron, no sin cierta desconfianza; pero - como hombre prevenido nunca fue vencido - cuidaron de aplicarse también las recetas conocidas en su tierra. Así es que, delante del público, con mucha calma, pintaron sus pómulos con polvos blancos medicinales, que provocaron las risas de los curiosos. Sabido es que los salvajes no juzgan de la bondad de los remedios por sus propiedades, sino por las intenciones que sugieren a los "espíritus".
Los onas comen mucho. Manuel nos decía que, sobre todas las cosas, le gustaba "comer y comer". La comisión de la Exposición hizoles servir ayer algunos kilos de carne, que devoraron en un momento. Toman agua y leche; pero no ha faltado mas de un visitante que les ha proporcionado alcohol, que produce en ellos efectos desastrosos, En estos indígenas no está muy arraigado el vicio de la embriaguez, tan apetecida por otros salvajes, corno los australianos, que para procurarse bebidas llegan hasta consumar los actos mas vituperables.
De seguro que los onas no han asistido en su patria a un festín como el de ayer. Para ellos es una fiesta gastronómica notable el devorar los trozos crudos de una ballena que vara en la costa. Por lo general, el fueguino se alimenta con mariscos, y pescados: su alimentación es animal. El único alimento vegetal de que disponen, es una especie de hongo viscoso y azucarado que crece en su inclemente tierra.
Como su gusto es nada delicado, muchas veces comen la carne podrida de las ballenas. Sus estómagos fuertes digieren con facilidad esas sustancias. Las mujeres y los niños suelen devorar pájaros crudos; un naturalista tuvo ocasión de ver a un ona tragarse medio vivo un pez recién pescado. Pero hay más: en épocas de crisis, los hombres - como más fuertes - asfixian a las mujeres ancianas, y su carne les sirve de alimento. Dicen que deben comer antes a las mujeres que a los perros, porque estos "cazan" "íappos" (nutrias).
El medio en que vive el fueguino es sumamente pobre; con razón ha dicho un escritor que el dejar el Asia por la Tierra del Fuego, es abandonar la "tierra prometida" por el desierto. El ona logra, sin embargo, vivir en ese medio, satisfecho, bajo un clima riguroso, cubierto con su piel de huanaco y despreciando el calor del fuego.
La frente de los onas revela que en su cerebro es mínima la ideación; las impresiones que reciben no son debidamente trasformadas en sus centros nerviosos. Para todas las cosas, las que mas queremos nosotros, tienen una risa estúpida. Conocen solamente la materialidad de los placeres; su insensibilidad moral es completa; y hasta desconocen el, beso - esa delicada manifestación del amor.
Los hombres onas aspiran a trabajar lo menos posible; ese es su ideal en la vida. Echados sobre la tierra, inmóviles, pasan largo tiempo. De vez en cuando, toman su arco y lanzan sus flechas contra los guanacos, cuya carne y pieles aprovechan con mucha utilidad. Los visitantes de la Exposición tendrán oportunidad de conocer la maestría de los onas en manejar el arco.
El fueguino mantiene á la mujer en una condición de bestia de carga. Ella es la que entra en el agua, en toda estación, a pesar del rigor del clima, sea para recoger los mariscos, sea para sacar el agua de los botes; ella es la que constituye el toigwim rudimentario, la choza cónica, cubierta con pieles; ella es, a menudo, la que rema; ella cría sus hijos, que lleva, mientras hace todos sus trabajos, a la espalda, metidos en una especie de saco. El fueguino, entre tanto, juega con sus perros a los cuales tiene mucho cariño. Ayer los perros que han traído consigo pelearon entre si delante del público. Manuel, para poner termino pronto a la riña, los tomo de las patas, y los arrojo a gran distancia. Parece que este procedimiento es normal entre los onas y que sus perros fieles lo aceptan buenamente.
Inútil es decir que los onas ignoran hasta la música instrumental mas primitiva; que apenas si saben entonar pocos y monótonos cantos; que desconocen hasta el tambor primitivo, como el tam-tam de los hotentotes; que ignoran las tres danzas proverbiales en las sociedades humanas: la de la caza, de la guerra y del amor; que solo en las mujeres manifiéstase - aunque muy débilmente - el sentimiento del pudor, y que todos sus sentidos son poco delicados.
Estos salvajes conocen el matrimonio; hace tiempo que abandonaron la promiscuidad de mujeres. Cuando uno de ellos es hábil para la caza, cuando sabe robar un bote, tiene el derecho de poseer una mujer, y para conseguirla la roba, no dentro de su horda, sino entre las vecinas.
Su matrimonio es pues endogámico. Los hijos quedan al cuidado de la madre, pero no por mucho tiempo. EL amor filial es poco intenso. Darwin cuenta que un vez un viajero devolvió a sus padres el hijo que en otra ocasión les habla llevado, y que la entrevista que tuvieron con él, "fue menos interesante que la de un caballo con uno de sus compañeros que encuentra en el prado".
Los onas no conocen la propiedad territorial, pero sí la mueble. Ayer se quejaban de que algunas personas mal intencionadas les hubieran robado varias flechas.
El régimen que reina en sus hordas es la anarquía absoluta, no hay entre ellos jefes, todos son iguales; desconocen la esclavitud, lo mismo que otros salvajes como los hotentotes, como los cafres, que solo tienen una clase de parias: los balalas.
Lo que también llama mucho en ellos la atención es su lenguaje expresivo, que ha llegado ya a la forma aglutinante.
Apenas si saben contar más que con los dedos, y no tienen idea alguna de los números. Al preguntarle cuántos años tenia, Manuel nos enseñó dos dedos, y al interrogarle sobre la edad de un sobrino suyo: nos mostró tres. No tienen, pues, conciencia del tiempo. Tales son los hombres, próximos todavía según la teoría darwiniana, al tipo intermediario pitecanthropus erectus, descubierto por el doctor Dubois en Yava entre los pitecos superiores y la especie humana, que viven en una sociedad primitiva, que carecen de sentimientos elevados, de rudimentaria inteligencia, cuyo organismo está gobernado por los instintos, y que no han logrado libertarse todavía de la influencia poderosa de los elementos naturales.

BALLESTERO, Diego A..Los 'fueguinos', Robert Lehmann-Nitsche y el estudio de los onas en la Exposición Nacional de Buenos Aires (1898).
Hist. cienc. saude-Manguinhos [online]. 2011, vol.18, n.3, pp. 789-810. ISSN 0104-5970.  http://dx.doi.org/10.1590/S0104-59702011000300011. 
Etiquetas: [Crónicas del Hotel de Inmigrantes]  [Magdalena Insausti]  
Fecha Publicación: 2014-02-06T23:04:00.000-03:00
Hotel de Inmigrantes.


Por Magdalena Insausti *



Gobernar es poblar

El propósito de construir un alojamiento para los inmigrantes data de la llegada misma de la inmigración; pero la urgencia por llevarlo a cabo se hizo evidente en 1873, cuando el cólera asoló Buenos Aires.

Declarada la epidemia, le tocó en suerte a Guillermo Wilcken, ‑encargado de inmigración‑, ocuparse de conseguir un sitio donde ubicar a los inmigrantes que llegaban en cantidad, ya que, como él mismo advirtió en su carta al ministro Frías, "el cólera que, declarándose en el centro del municipio, causó la alarma que tantas y tan peligrosas preocupaciones engendró contra la inmigración, a la cual se pretendía hacer responsable de la epidemia”. (1)

En ese contexto, conseguir un lugar para los inmigrantes no era un asunto fácil. Los pocos propietarios que poseían grandes edificios, se negaban a alquilarlos, y los únicos disponibles ya habían sido destinados a lazaretos por la municipalidad.

Resuelta la contingencia, Wilcken planteó al ministro la necesidad de llevar a cabo la construcción de un complejo u hotel que contara con desembarcadero, hospital, dormitorios, oficina de trabajo y un sistema según el cual los inmigrantes pasaran sin transición, del hotel al vagón del ferrocarril que los llevaría a su destino.

Se trataba "nada menos que de construir el establecimiento destinado a atraer, modelar, preparar y entregar al país, la población que espera para elevarse al nivel de las naciones más florecientes”. (z) Un edificio de inmigración que ordenara y regulara la llegada de inmigrantes, desde el momento del desembarco.

El conjunto incluiría un edificio de dirección desde el cual se llevaría adelante la planificación, el análisis estadístico, la ejecución de las políticas migratorias, y un método de propaganda para atraer a la inmigración europea.

Como se ve, ya no se trataba sólo de la asistencia social al inmigrante. Para Wilcken, la construcción del hotel era fundamentalmente un asunto político.

Pero el edificio pensado por él debía ser, también, conceptualmente construido. Propuso, como primera medida, suplantar la palabra asilo, asimilada al alojamiento de inmigrantes, por "Hotel de Inmigración", "Departamento de Inmigración", o "Centro de Inmigración. El término asilo, afirmaba, "es impropio; bueno para un establecimiento de mendigos, implica una idea depresiva, aplicado al edificio que va a construirse para el servicio de los colosales intereses de la inmigración. Lo que entre nosotros se llama Asilo, en Nueva York es conocido con el nombre de "Castle Garden", jardín del Castillo, nombre que, si nada tiene de significativo, nada tiene tampoco de depresivo". (3)

Debía tratarse, en consecuencia, de una construcción capaz de llamar la atención en Europa, debía ser un reflejo de lo que la nación podía ofrecer a los que quisieran emigrar. Por ello, ‑aseguraba Wilcken‑,debería ser monumental, "más grandioso, si cabe, que el del Banco Provincial, construido con los adelantos del arte, dotando a sus oficinas de todo lo que contribuya a desarrollar el elevado y político pensamiento que entraña el axioma constitucional "poblar es gobernar". (4)

La vergüenza pública

Desde 1890, y durante dos décadas, mientras se resolvía el tema de la construcción del hotel, el antiguo panorama de Retiro, un edificio de forma octogonal, recubierto de madera, de aspecto tétrico, sirvió provisoriamente como asilo de inmigrantes.

El edificio, decía J. Rusiñol, "visto de afuera, no se sabe lo que es, pero da frío. Redondo como un circo de tablones, de color de barco abandonado, teniendo por fondo las grúas de los muelles... lo mismo parece una inmensa boya que un cinematógrafo arruinado. Adentro del edificio hay un patio cuadrado y otro más chico, uno rodeado de los comedores y otro de los dormitorios. Hemos visto muchos patios de miseria, pero como aquel, tan frío, tan simétrico... no hemos visto otro.

Aquí, en este edificio, descargan los barcos todo lo que Europa no puede mantener, lo que arrojan las inundaciones, lo que se salva de los terremotos, lo que abandonan los mares, lo que escupen los gobiernos y lo que huye de las revoluciones, todo lo que cae buscando las aguas del trabajo para salvarse de la miseria". (5)

Durante el período en que funcionó la Rotonda, paradójicamente, Buenos Aires se transformaba en un deslumbrante escenario que hablaba de la pujanza y la aspiración de una generación argentina. La ciudad comenzaba a perfilarse como la metrópoli poderosa que se mostraría al mundo. Lo que se construyó en esa época fue sencillamente colosal. Buenos Aires era, sin lugar a dudas, una ciudad majestuosa, aún para los europeos.

"Hay que ver aquellas caras que miran con asombro los adelantos edilicios de nuestra ciudad, que en su mayoría, seguramente, ni en sueños la imaginaron como realmente es”. (6)

Este paisaje de progreso, naturalmente, no admitía la vecindad de un asilo para inmigrantes. La vergüenza que su presencia provocaba en la sociedad era unánime. La prensa se hizo eco del repudio general.

Hubo críticas de todas clases. Algunas, las más moderadas, puntualizaban "la urgente necesidad que hay de buscar un local más apropiado para recibir dignamente a esos millares de obreros y agricultores que acuden a nuestro suelo, atraídos por el trabajo remunerador que aquí encuentran". (7)

Otros periodistas se ocuparon del sentir de los inmigrantes, alojados allí "sin comodidades ni higiene, en una confusión lamentable que hacía perder al que llegaba toda esperanza de prosperidad". (8)

Pero el recuerdo del cólera asociado a la inmigración había quedado en la memoria colectiva. "Francamente, ‑escribe un periodista‑, y sin querer hacer crítica rebuscada, aquello no puede continuar por mucho tiempo como hasta ahora, y aún por la misma salud de la población, que el día menos pensado se va a dar cuenta del posible foco de enfermedades que tiene en parte tan central; deben adoptarse medidas en tal sentido". (9)

"La mayor parte de la construcción es de madera y sumamente vieja; las sucesivas cepas de pintura con que se ha querido remozar no han cambiado mayormente, resultando que, aunque la limpieza interna se haga con prolijidad, siempre queda en mal estado. Y como si esto no fuera bastante, en las proximidades del edificio hay lagunas de aguas descompuestas que son una amenaza constante”. (10)

No faltó, tampoco, el toque de humor. En un extenso artículo sobre inmigración, el epígrafe de una foto del asilo dice "Ya llegará en que esto desaparecerá. Este no es verso: es una vergüenza edilicia”. (11)

Casi un siglo más tarde, en su historia del tango, Horacio Ferrer, al encarar la descripción de la ciudad de principios de siglo, no puede eludir el asilo de inmigrantes. El Hotel de Inmigrantes, dice, "esta allá abajo. En el barrancón de Retiro, sobre el río. ¿Hotel? ¿Llamar hotel a esa pajarera feroz? Eso es un hormiguero a donde van a parar con su documento y su atado de ropas los que recién desembarcan y aún no tienen conventillo conseguido”. (12)

Manos a la obra

Pasaron más de dos décadas hasta que, finalmente, en 1889, el Ejecutivo autorizó la construcción del hotel, cuyas obras comenzaron recién en 1906.

El edificio pensado por Wilcken, iba a ser llevado a ca­bo durante la gestión de otro director de inmigración, Juan A. Alsina. Su larga permanencia en el cargo ‑veinte años‑, además de permitirle orientar una política de largo alcance, también hizo posible la prosecución de las obras arquitectónicas.

El conjunto Hotel de Inmigrantes, concebido como una ciudadela, comprendía una serie de construcciones o pabellones dispuestos alrededor de una plaza central, rodeados por un muro de concreto que cada tanto alternaba con tramos de rejas de hierro pintadas de negro, en contraste con el riguroso blanco general. La superficie abarcaba 27.000 m2.

Naturalmente, el hotel se levantaría a orillas del río, en un sitio bastante aislado de la ciudad. A lo largo de la costa el desembarcadero, sobre el frente la dirección y oficinas de trabajo, a continuación el hospital y los lavaderos, y cerrando el perímetro, el edificio de los dormitorios y el comedor.

Este último, que se diferenciaba notablemente del resto por su volumen y diseño, adquirió, con el tiempo, el nombre aplicado al conjunto: Hotel de Inmigrantes, que conserva en la actualidad.

Perpendicular al desembarcadero, una avenida central unía los distintos pabellones con los jardines, y jerarquizaba la perspectiva entre el río y la estación del ferrocarril, que distribuía a los inmigrantes hacia el interior.

Las obras se ejecutaron según la urgencia operativa. Por ello, lo primero en construirse fue el desembarcadero, que era el sitio en el cual se llevaba registro y control de la llegada de inmigrantes.

Vale recordar que mientras duró la construcción del nuevo hotel, los inmigrantes, una vez desembarcados, iban caminando hasta el asilo de la Rotonda, donde pernoctaban.

En 1907, con la inauguración del desembarcadero, la prensa dio cuenta, una vez más, de la importancia que tiene el hotel en cuanto a la imagen del país, ya que "es como si dijéramos el vestíbulo de la nueva patria que los espera [...] su aspecto no debe rechazar, debe atraer. No debe auspiciar dolores y miserias, debe augurar futuras prosperidades”.

Por ello, concluye el cronista, "los diversos cuerpos de este verdadero palacio para pobres, serán construidos todos en cemento armado, estando las instalaciones de luz eléctrica y el sistema de cloacas a la altura de los mejores edificios de su índole”. (13)

Para octubre de 1910, el Hotel de Inmigrantes estaba prácticamente concluido. Sólo faltaban los pabellones de dormitorios y comedor. Pero con el triunfo electoral de Roque Sáenz Peña, Alsina deberá alejarse del cargo.

El 30 de ese mes, la revista El Hogar publicó un extenso y almibarado artículo destinado a exaltar su figura, "verdadero estadista, libre de prejuicios", pero, concluía, "es lástima que hombres tan útiles al país tengan que abandonar sus puestos, donde su laboriosidad e inteligencia se exteriorizan en tal forma, por los incidentes de la política". No obstante, advertía el cronista, "la obra del doctor Alsina quedará en la historia de nuestra administración como un precioso documento de cuanto puede el esfuerzo perseverante, la inteligencia y la buena voluntad, puestos al servicio de los bien entendidos intereses del país". (14)


Una noche inolvidable

A Juan Alsina le sucedió José Guerrico. Las primeras medidas que tomó, referidas al hotel fueron: rescindir el contrato con la empresa constructora Udina y Mosca y encomendarle el proyecto al arquitecto Juan Kronfuss, modificándolo de manera de reunir en un solo edificio los pabellones de dormitorios y comedor. Luego, inaugurar oficialmente el Hotel de Inmigrantes.

Estos cambios, contaron, naturalmente, con la anuencia de Roque Sáenz Peña, quien visitó el hotel. La revista Caras y Caretas registró el hecho desde una perspectiva bastante mordaz. "Es tan profunda en el doctor Sáenz Peña la afición a los viajes, ‑escribe el cronista‑, que necesita estar siempre en sitios que le recuerden sus muchas travesías oceánicas. Es así que presta toda su atención al Hotel de Inmigrantes velando, como buen jefe de estado, por el bienestar de todos los viajeros, aunque sean de tercera clase...” (15)

Con respecto a Guerrico, el periodista no fue más benévolo. Refirió que "en dicha ocasión los miembros de la comitiva notaron con cuanta dificultad el señor Guerrico seguía los pasos de su huésped. Opinaban la mayor parte de ellos, al comparar las piernas del uno con las del otro, que aquél era un caso clavado de handicap. El señor Guerrico no debía ser puesto en la obligación de llegar a la raya al mismo tiempo que el doctor Sáenz Peña, que es mucho más velero”. (16)

Pocos días después de la visita, el 26 de enero de 1911, Guerrico ofreció una gran fiesta, a la que asistieron Sáenz Peña, sus ministros, el clero, diplomáticos, en fin, lo más engalanado de la sociedad.

Como cabe imaginar, la fiesta del Hotel de Inmigrantes hizo las delicias de la prensa social.

La celebración se llevó a cabo al anochecer. En el edificio de la dirección, adornado con plantas, banderas y escudos, se alojaron los ministros y el cuerpo diplomático, para esperar la llegada del presidente Sáenz Peña.

Los jardines y galerías fueron profusamente adornados e iluminados. Sobre las cornisas de los edificios se habían colocado macetas de flores. "El aspecto de toda la casa ‑relata un cronista‑, era de indescriptible alegría”. (17)

En uno de los pabellones estaban alineadas las mesas del comedor de los inmigrantes, dispuestas para el lunch, cuyos mármoles blancos resplandecían a la luz de los focos.

Con la llegada del presidente, las bandas de policía y municipal ejecutaron la marcha de Ituzaingó, y a continuación el arzobispo bendijo los edificios. Terminado este acto, la comitiva se dirigió al salón destinado para la fiesta, y allí se cantó el himno nacional y se pronunciaron los discursos. En el suyo, Guerrico aludió a la construcción faltante, la que estaría terminada en seis meses.

Luego, la comitiva caminó hacia el desembarcadero, donde se hallaba amarrado el vapor "Arcona", adornado con banderas argentinas e italianas.

Una vez el presidente a bordo, la oficialidad hizo los honores y el brindis correspondiente. A continuación, se realizó un paseo por los jardines.

Las señoras, vestidas de gala, acompañaban la procesión. A la ida, advertía un periodista, "el presidente de la República daba el brazo a la señora Laura Carlés de Guerrico; el vicepresidente iba con la señora Lola Goñi de Güiraldes y el gobernador de la provincia acompañaba a la esposa del ministro de agricultura, señora Josefa C. Mayer de Lobos". Pero al bajar del barco, ya en los jardines, proseguía el periodista, "el doctor Sáenz Peña iba con la señora Teresa de Urquiza de Sáenz Valiente, el general Arias con la señora de Lobos, el ministro de marina con la señora Laura Carlés de Guernco, el doctor Plaza con la señora de Ortega, y el capitán de fragata Malbrán con la señora de Urquiza de Sáenz Valiente" (18).

La ciudadanía también fue invitada. Para atenderla, las empresas de ferrocarriles enviaron tres coches‑restaurantes con su correspondiente servicio. Los tres vagones, repletos de gente, se habían enganchado a una máquina del ferrocarril del puerto de Buenos Aires, cubierta de banderas y escudos argentinos.

A las 11 de la noche comenzaron los fuegos artificiales, y una hora más tarde apareció, entre dos vigas metálicas, un cartel formado con bombillas eléctricas que decía "Buenas Noches", dando por terminada la fiesta.

La celebración, naturalmente, tuvo amplia repercusión social y periodística, y algunos párrafos referidos al pabellón por construirse: "Ese edificio, cuyos planos están terminados, será de cuatro pisos, y su estilo será como el de los hoteles de Niza", (19) o "en la gran plaza que aparece en uno de nuestros grabados, se levantará el verdadero hotel, edificio de cinco pisos en el que se establecerán los dormitorios para seis mil camas". (20)

Un hotel con estilo


La idea de que el hotel era un palacio para pobres, pareciera haber estado generalizada entre la prensa. La casa, escribió un cronista a pocos días de la inauguración, "de lo mejor del mundo en su género, tiene tan excelentes condiciones que muchos de los que en ella se alojan sentirían tenerla que dejar" (21).

Una caricatura del mismo año que mostraba la transición del inmigrante, del hotel al conventillo, expresaba la distancia que existía entre la superabundancia nacional, de la cual valía la pena jactarse, y la paupérrima realidad del inmigrante. "Pero llega la hora de abandonar el hotel ‑dice la caricatura‑, para instalarse en la vivienda costeada con sus modestos recursos. ¡Se acabaron los menús exquisitos y las mesas paquetonas". (22)

En 1913, cuando el hotel funcionaba a pleno, la revista Caras y Caretas publicó un curioso artículo, con moraleja. El argumento giraba, naturalmente, en torno al mito de hacer la América. Para ello, el periodista se valía de una visita al hotel, la cual "proporciona siempre al espíritu ocasiones de meditación", aclaraba. "Si bien es verdad que en ese hotel no huele todo a rosas, y si es verdad, asimismo, que ciertas escenas de miseria no son muy gratas a la vista [...] los poderosos de hoy deberían visitar el hotel de inmigrantes, con objeto de abatir el demonio de la soberbia”. En lo que concierne al estado, observaba el periodista que "la providencia funcionaria les provee (a los inmigrantes) de suculenta sopa, de muelles camas", mientras ellos "pasean por los pabellones, por los jardines del vasto establecimiento en una ociosidad de bestias”. A continuación, el cronista advertía que el ocio de los inmigrantes preludiaba el trabajo, "el sudor, el polvo, la fatiga... Pero tambien acaso la fortuna”. (23)

Los servicios del hotel comprendían el alojamiento gratuito por cinco días, que eventualmente podía extenderse hasta que el inmigrante encontrara trabajo; la atención médica en el hospital a los que así la requerían, la oficina de trabajo, que se ocupaba de conseguirles empleo y de trasladarlos al interior, cursos y conferencias nocturnas acerca de las bondades del país, aprendizaje de maquinaria agrícola y de uso doméstico para las mujeres, y, por último, una oficina de interpretes.

El hotel tuvo, también, su propia agencia de prensa encargada de atraer a la inmigración, y, por supuesto, de promocionar sus actividades. Ya en épocas de Alsina, en las "Memorias" que la dirección confeccionaba anualmente, las ilustraciones contribuían a enriquecer los informes. Durante la gestión del director Manuel Gigorraga, sucesor de José Guerrico, las "Memorias" incluyeron una serie fotográfica de los servicios del hotel. Las mismas fotos, compuestas en álbumes, se obsequiaron a funcionarios del país y del exterior (24). Las fotos muestran cada una de las reparticiones del hotel, incluyendo el transporte de los equipajes en el momento en que los inmigrantes se iban de él.

En cuanto a la oficina de intérpretes, la revista P.B.T. ofreció su propia versión del asunto, en un artículo que denominó "el polígloto de la inmigración".

Tal vez movidos por la propaganda oficial, los periodistas se trasladaron al hotel a corroborar los servicios que prestaba. Allí resultó que la oficina de intérpretes se resumía en la persona de un muchacho, llamado Martín que, a duras penas, con más voluntad que escuela, lograba descifrar los misterios del ruso, polaco, búlgaro, sirio o rumano, según el caso. Para ello, Martín anotaba las palabras "tal como las escuchaba", en un cuaderno cuya fotografía integra el artículo. Así, por ejemplo, fader=padre, mader=madre, etc.

Pero, salvo indiscreciones como esta, la prensa coincidía con la información oficial, cuando no la condimentaba con exageraciones de cosecha propia.

En vísperas del declive que la crisis del 30' habría de causar a la inmigración, La Vida Moderna, editaba un extenso artículo "Cómo recibimos y tratamos a los inmigrantes".

Comenzaba el cronista afirmando que pocos países podían ser tan cordiales y hospitalarios para con el extranjero como el nuestro. "Desde que pisa el umbral de esta casa confortable y simpática, en el ánimo del inmigrante, por torpe que éste sea, una verdad irrecusable se le prende: nuestra generosidad”.

"Desde los comedores espaciosos y ventilados, ‑continuaba la nota‑, hasta la panadería, todo allí es blanco, de una blancura brillante. Las paredes, las mesas, los bancos, la cocina, los corredores, todo sin excepción. Da la sensación de una clara y luminosa sonrisa este hotel respaldado en el puerto cordial y accesible como un antiguo señor feudal”.

Terminaba diciendo: "Visión de patria en el cielo, cordialidad y amparo en la tierra... Francamente, es un orgullo ser argentina”. (25)

Tiempos difíciles

Durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial el saldo migratorio fue negativo, esto significa que no sólo no llegaban inmigrantes, sino que muchos volvieron a Europa a tomar parte en la lucha.

Por su parte, las autoridades de inmigración reforzaron las medidas con respecto al ingreso de refugiados o inmigrantes de la posguerra. Estas previsiones respondían a la consideración de que el fin del conflicto dejaría millones de personas física y mentalmente enfermas, sumidas en la miseria más absoluta, boyando por un continente devastado. Esta gente, por lo tanto, buscaría refugio en otros países donde pudiera subsistir. Uno de ellos sería, sin lugar a dudas, la Argentina.

Si bien la ley prohibía el ingreso de dementes, presidiarios y mendigos, no existía, en la práctica, forma de constatar, con total certidumbre, si la gente que entraba al país se hallaba en alguna de estas situaciones, ya que estos datos no se consignaban en ninguna documentación al momento del embarque. Por ello, a criterio del director de inmigración Gigorraga, era indispensable el dictado de un decreto que obligara a los inmigrantes a presentar un certificado de las autoridades judiciales de su país de origen, en el que constara que no habían estado bajo la acción de la justicia por delitos contra el orden social durante los diez años anteriores a su llegada, o por delitos que hubieran dado lugar a penas infamantes, ni padecido enajenación mental ni ejercido mendicidad.

Asimismo, el retrato del inmigrante debería estar adherido a su pasaporte, y este sellado por la autoridad que lo expidiera. Mediante el consiguiente decreto, estas medidas entraron en vigor durante el año 1916.

Los conflictos sociales que tuvieron lugar entre 1919 y 1921 (Semana Trágica y Huelgas de la Patagonia), y la ola de delincuencia que se extendió por el país desde la década del 20', con bandas como las de Chicho Grande y Chicho Chico, secuestros extorsivos, o la existencia de organizaciones dedicadas al tráfico de mujeres como la Zwi Migdal, obligaron, por otra parte, al recrudecimiento de las medidas restrictivas de ingreso al país.

A partir del año 1923, y de acuerdo con lo resuelto en la circular telegráfica 192 del Ministerio de Relaciones Exteriores, los cónsules no pudieron conceder más permisos de embarque para la república. Esto significaba que debían limitarse, únicamente, a visar los documentos de aquellas personas que reunieran todos los requisitos exigidos por dicha circular. Uno sólo que faltaba, y el cónsul no visaba los demás, ya que el pasajero, en esas condiciones, no sería aceptado en el puerto de Buenos Aires.

Vale la pena la enumeración de los documentos exigidos:

* 1‑ Libreta de enrolamiento para los argentinos nativos, mayores de 18 años.

* 2‑ Carta de ciudadanía o libreta de enrolamiento de los extranjeros naturalizados argentinos, acompañadas del certificado de buena conducta anterior, en seis meses, a lo menos, del día del embarque.

* 3‑ Cédula de identidad, cuando hubiere sido otorgada a los argentinos nativos.

*4‑ Cédula argentina de identidad de extranjeros residentes en el país, que acreditara una residencia en el país de más de cinco años, y acompañada por un certificado de buena conducta, expedido como máximo seis meses antes del día a ser utilizado.

*5‑ Pasaporte argentino expedido por la policía de Buenos Aires, debidamente legalizado. En el caso de extranjeros residentes, el pasaporte que otorga el consulado de su nación.

*6‑ Partida de nacimiento o la libreta de casamiento argentina, que presentaban las mujeres o los menores de 18 años, acompañadas de una fotografió sellada por la Dirección General de Inmigración.

*7‑ Permisos especiales o credenciales de desembarco expedidos por la Dirección General de Inmigración, a los que los cónsules debían agregar, en el momento de visarlos para el embarque, las fotografías de los interesados, selladas oficialmente.

*8‑ Pasaportes oficiales del país de nacimiento, con fotografía a los extranjeros que se embarquen para un puerto argentino.

*9‑ Certificados de las autoridades judiciales o policiales del país en que se haya expedido el pasaporte, que acrediten que el poseedor de este no ha sufrido condena por delitos comunes que merezcan pena corporal, y que no ha estado bajo la acción de la justicia por delitos contra el orden social en los cinco años anteriores a su embarco.

*10‑ Pasaportes expedidos en un país que no sea el de nacimiento del pasajero, en cuyo caso deberán estar acompañados de un certificado judicial o policial, que acredite que esa persona ha residido desde tal a tal fecha en dicho país.

*11‑ Certificado policial o comunal, que acredite que el pasajero no padece enfermedades físicas o mentales que disminuyan su capacidad para el trabajo.

*12‑ Certificado policial o comunal que acredite que el pasajero no ha ejercido la mendicidad.

*13‑ Ficha consular que acredite los datos personales del pasajero y los documentos.

*14‑ Partida de nacimiento con fotografió para los menores de 15 años, que vengan solos o acompañados.

Así, por ejemplo, para los de 2a y 3a. clase, extranjeros con pasaporte del país de nacimiento, es decir, inmigrantes, los documentos necesarios para ingresar al país eran los números 8 y 9 y 11 y 12 y 13.

De la época de esta circular son las "Instrucciones a los Cónsules", cuadernillos elaborados por la Dirección de Inmigración, en ese entonces a cargo de Juan Peralta Ramos, en los que se puntualizaban las medidas a que los funcionarios debían sujetarse: "Los cónsules no harán ninguna propaganda en favor de la inmigración; deben disuadir, en lo posible, de venir al país a toda persona que traiga el propósito de radicarse en las ciudades; la entrada al país está completamente cerrada para los que tengan defectos o enfermedades físicas o mentales o no posean la documentación que se exigencia" (27).

El cónsul argentino, de acuerdo a estas instrucciones, aún frente a documentos per­fectos, ante la mínima duda respecto de la situación moral, o la verdadera identidad del viajero, debía, por lo pronto, no sólo no visar sus documen­tos sino tratar de comprobar por todos los medios la auten­ticidad de los mismos. "El do­cumento solo es una presun­ción de identidad. General­mente, el elemento nocivo está bien, pero, falsamente docu­mentado; a veces lo está mejor que el hombre honrado que cree suficiente credencial el papel que acredita sencilla­mente quiénes".

Por ello, concluyen las Instrucciones, "un funcionario consular o de inmigración que escudado en que visa documentos perfectos, deja pasar a su poseedor sabiendo 0 sospechando que es un traficante de mujeres, o una mujer sola que será destinada a la prostitución, o cualquier otra persona que pueda ser sujeto activo o pasivo de un tráfico inmoral o ilícito, es un funcionario que no cumple con su deber". (28)

Pasaron los años, y con el declive de la inmigración la prensa olvidó el hotel que desde 1950 ya no recibía inmigrantes, sino soldados, empleados públicos, desamparados, prostitutas, en fin, aquello que las vicisitudes de la historia le acercaba.

Sitio emblemático, el Hotel de Inmigrantes resume la memoria tangible de un siglo de historia argentina. Sus paredes guardan el testimonio del sueño de grandeza que dio impulso a su construcción y del devenir de los hechos que signaron nuestra historia contemporánea.


Antonio y Giuseppe, crónica de una fuga

*29 de diciembre de 191126 ‑ de la División Investigaciones de la Policía de Buenos Aires, al Director de Inmigración, Manuel Gigorraga: "Tengo el agrado de dirigirme a Ud. para hacerle saber por lo que pueda interesarle, que se tienen noticias de que en el vapor francés 'Pampa', que llegará mañana a este puerto, viene a su bordo el llamado José Soro o Antonio Amberto sindicado como rufián".

*1° de enero de 1912 ‑ Acta de visita e inspección marítima: "Quedan detenidos por orden de la junta de visita, por causa de ser sospechosos de inmorales, Amberto Antonio y Soro Giuseppe, el primero francés de 28 años, soltero, y el segundo italiano de 24 años, ambos proceden de Marsella".

*2 de enero de 1912 ‑ De la junta de visita al jefe de desembarco: "Tengo el agrado de comunicar a Ud. que ayer a las 5.15 p.m. fue practicada la visita de inspección en la dársena norte al vapor francés 'Pampa' , de la matrícula y procedencia de Marsella y escalas en Barcelona, Almería, Dakar, Río de Janeiro y Santos. [...] Quedaron detenidos a bordo hasta resolución superior los pasajeros de 3a. Clase Amberto Antonio y Soro Giuseppe, francés e italiano respectivamente, por estar sindicados como rufianes, según nota de fecha 29 de diciembre pasado, del señor jefe de la División Seguridad Personal del Departamento General de Policía de la Capital".

*3 de enero ‑ Del jefe de desembarco al director de inmigración: "De acuerdo con la resolución que antecede cúmpleme en informar al Sr. Director que según la presente nota pasada por la policía de la Capital, debía llegar en el vapor 'Pampa' José Soro o Antonio Amberto, sindicado como rufián, y en vez de uno han llegado dos: Giuseppe Soro, italiano de 24 años y Antonio Amberto, francés de 28 años, los cuales han quedado detenidos abordo hasta tanto resuelva el Sr. Director. Dicen estos ser la primera vez que vienen al país, y proceden de Marsella. Es cuanto puedo informar al Sr. Director. (Nota al pie: "agréguese al parte del vapor 'Pampa' y téngase presente para resolver. Cigarreras'').

*3 de enero de 1912 ‑ Resolución N° 8: "Visto el parte del vapor 'Pampa' en que se da cuenta que han quedado detenidos a bordo los pasajeros de 3a. Clase Antonio G. Amberto y José Soro [...] y considerando que los sujetos Antonio G. Amberto y José Soro se dedican al inmoral tráfico de carne humana, circunstancia que los hace peligrosos e inconvenientes a la sociedad de nuestro país, y al no poder acreditar su moralidad y a levantar el cargo que se les imputa, los comprende la prohibición de entrada al país que prescribe el Art. 32 de la ley, el Director General de Inmigración Resuelve: 1ro. El capitán del vapor 'Pampa' reconducirá, a sus expensas, hasta el puerto de procedencia (Marsella), a los inmigrantes rufianes Antonio G. Amberto y José Soro, quedando pendientes las penalidades [...]".

*8 de enero de 1912 ‑ del jefe de sección de la oficina de desembarco al director de inmigración: "En esta fecha comparecieron en esta oficina el capitán del vapor 'Pampa' y el apoderado de la agencia del mismo buque, a quienes notifiqué de la resolución No. 8, que precede, manifestando su conformidad con ella y haciendo presente a la vez que los detenidos Antonio Amberto y José Soro, se habían fugado de a bordo, pero que practicarían todas las diligencias posibles para dar cumplimiento a la reconducción de dichos individuos.

*8 de enero de 1912 ‑ del visitador al jefe de la oficina de desembarco: "Comunico a Ud. Que en el día de la fecha me trasladé a bordo del vapor francés 'Pampa' a objeto de constatar la presencia de los detenidos Amberto Antonio y Soro Giuseppe. Hablé con el segundo capitán, por no encontrarse a bordo el primero, y requerí la presencia de los detenidos, a lo que se me contestó que el día viernes 5 del corrientes estos habían desaparecido de a bordo y que ignoraban su paradero.

*8 de enero de 1912 ‑Del jefe de desembarco al director de inmigración: "Tengo el agrado de elevar a Ud. la presente nota, en la que da cuenta el visitador, haberse trasladado a bordo del vapor francés 'Pampa', con objeto de constatar la reconducción de los detenidos Amberto Antonio y Soro Giuseppe, los cuales no se encontraban a bordo.

*8 de enero de 1912 ‑ Resolución N° 9: De acuerdo con el Art. 7 del Acuerdo de Gobierno de Marzo de 1880, reglamentario de la Ley de Inmigración, el Director General de Inmigración resuelve: lo. El capitán del vapor 'Pampa' reconducirá, a sus expensas hasta el puerto de procedencia (Marsella), a los individuos rufianes Antonio Amberto y José Soro, transportados en contravención al Art. 32 de la ley de inmigración, previa una caución que para el presente caso se fija en la suma de ($1.000) mil pesos moneda nacional por cada uno, o sean ($2.000)


Bibliografía y Notas


1- Revista Mundo Argentino, Cómo recibimos y tratamos a los inmigrantes, Año XIX, No. 940, enero de 1929.
2- República Argentina, Ministerio del Interior, Anexo de la Memoria del Ministerio del Interior, Memoria del encargado de la repartición de inmigración 1873, pág. 13, Imprenta, Litografía y Fundición de tipos a vapor, Buenos Aires, 1874.
3- Ibid, p. 15
4- Ibid, p. 16. Es interesante notar que Wilcken invierte los términos de "gobernar es poblar".
5- Citado en "La inmigración en la República Argentina, El período de gran expansión: 19081913, El Hotel de Inmigrantes", mimeo., pág. 91 (trabajo compilado por investigadores de la Dirección Nacional de Migraciones, s/d).
6- Diario La Nación, Suplemento Ilustrado No. 10, Los Inmigrantes, 6 de noviembre de 1902.
7- Diario La Nación, Los inmigrantes, 6 de noviembre de 1902.
8- Revista P.B.T., El Hotel de Inmigrantes, 4 de febrero de 1911.
9- Diario La Nación, Suplemento Ilustrado No. 10, Los Inmigrantes, 6 de noviembre de 1902.
10- Ibid.
11- Revista El Hogar, El inmigrante, 30 de octubre de 1910, Año XII, N° 163.
12- Ferrer, Horacio, El libro del tango, historia e imágenes, p. 73, Ediciones Osorio, Buenos Aires, 1970.
13- La vida moderna, El nuevo Hotel de Inmigrantes ‑Cómo es y cómo será dentro de poco, 28 de noviembre de 1907.
14- Ibid.
15- Revista Caras y Caretas, No. 643, Año XIV, 28 de enero de 1911
16- Ibid.
17- Diario La Prensa, Inaugura­ción del nuevo Hotel de Inmigrantes, 27 de enero de 1911, p. 12.
18- Ibid.
19- La vida moderna, 1 ° de febrero de 1911, p.23.
20- Revista P B.T., El Hotel de Inmigrantes, Año VIII, No. 323, 4 de febrero de 1911.
21- Ibid.
22- Ibid.
23- Revista Caras y Caretas, Los futuros millonarios, Año XVI, N° 746, 18 de enero de 1913.
24- E1 museo de Casa Rosada conserva uno de ellos.
25- La vida moderna, op. cit.
26- República Argentina, Ministerio de Agricultura, Dirección General de Inmigración, Expediente N° 19, "D", 1912.
27- República Argentina, Ministerio de Agricultura, Dirección General de Inmigración, Instrucciones a los cónsules, Talleres gráficos de la Penintenciaría Nacional, Buenos Aires, 1923
28- Ibid.




* Este artículo fue publicado en “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires”  (N° 8, Marzo de 2001), que autorizó su reproducción a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.
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Fecha Publicación: 2013-11-22T07:56:00.003-03:00

Hipólito Yrigoyen.




                                                                                                     Por Hebe Clementi


Cualquier biografía lleva la impronta insalvable de depender de su biógrafo, tanto o casi, como la autobiografía. Y carga también con el peso de la historia circundante, tanto más en el caso de personajes que han accedido a una figuración social. En el caso de la propuesta de una sumaria biografía de Yrigoyen, estas cuestiones prevalecen desde el vamos y se insertan en una suerte de inseguridad que quizá sea la causa de que las biografías de Hipólito Yrigoyen resulten tan escasas. Por lo mismo se pondera tanto la primera biografía sustancial y abarcativa que aparece sobre Yrigoyen en 1938 de la pluma de Manuel Gálvez, quien aporta un verdadero documento de época, emprendimiento que no ha vuelto a repetirse en esa magnitud. La razón sigue siendo la misma: subsiste la escoria del enfrentamiento con la fuerza omnímoda de los poderosos que fueron sus antecesores y enemigos que, hasta la llegada de Yrigoyen al gobierno, habían configurado los destinos y rumbos del país. Llegado el caso de intentar esta biografía lo cierto es que la multitud de factores adversos conspiran todavía hoy con el diseño inicial. Basta recordar para el caso que la noticia de su muerte en el diario La Prensa está dada en estas líneas: “Ha fallecido el ex comisario de la ciudad de Buenos Aires, que fue dos veces presidente”. Conste que no lo incluimos para culpa de nadie sino para insertar mojones que ayuden a la reflexión de que es casi imposible biografiar a Hipólito Yrigoyen dadas su modalidad reservadísima y su críptica expresión oral, aunque se reconoce la cordialidad de su trato con los más cercanos, sin por ello cancelar la reserva. Sobre su vida privada se sabe bien poco, salvo su adhesión a lecturas filosóficas que fundamentaban su accionar republicano. En nuestra documentación sobre su trayectoria como gobernante está presente la compulsa de los debates parlamentarios y las definiciones que llevan su marca, verdadera escuela de decisiones de buen gobierno. Un fiel radical, el profesor Sobral, un auténtico apóstol del yrigoyenismo de la transcripción fidelísima, ha incluido estos escritos en una cuidadosa serie documental, donde queda a la luz la integridad de Yrigoyen a lo largo de los años de gobierno, cuando un solo periódico, La Epoca, es el vocero del accionar presidencial, mientras los opositores de diverso signo tienen enorme difusión mediática. Ese material parlamentario, explicativo y decisorio a la par, configura un verdadero tránsito a través de la gestión oficial de Yrigoyen. El capítulo final de esta indagación es el famoso quinto memorial a la Corte, último texto que escribe Yrigoyen preso en la isla Martín García, donde es deportado luego de la Revolución de 1930, en el cual recapitula los cargos que se le imputan y defiende su inocencia con tensión dramática y expresiva. Un verdadero colofón de su accionar de vida. De origen modesto, nace en Balvanera en 1852, sobrino de un notorio adalid de la primera oposición política al núcleo bien calificado como Régimen. Estudia abogacía, enseña Filosofía en escuelas secundarias y milita desde muy temprano en una construcción política distinta al cabo de hechos decisivos que alteran el paisaje político del país, como fueron el mitin del Frontón y los sucesos del 90. Alcanza así una nutrida cohorte de adherentes con los que inicia su trayectoria proselitista, que conducirá a la creación del partido radical, consagrado institucionalmente en 1892, cuatro años antes que el preexistente socialismo, constituido en 1896. El crecimiento de esta parcela política se verá concertado por la adhesión de algunas figuras relevantes del pensamiento de entonces, con inclusión de personalidades provinciales. En esta gestión preliminar va sobresaliendo el perfil y la personalidad de Yrigoyen a través de alternativas relacionadas con diferencias de sentidos que él se encarga de propiciar con elocuencia y sistema, que todos le reconocerán en poco tiempo más. Así se lo verá en las contiendas electorales, en la resolución de diferentes políticas en provincias, en el acuerdo con problemas sindicales, y luego del triunfo electoral que lo lleva a la presidencia de la Nación vendrán las decisiones parlamentarias más complejas, en relación con la Primera Guerra Mundial y la no inclusión del país como beligerante, opción resistida por la presión de los dueños del poder y del dinero, exponentes de sectores que aunque han perdido la cúpula del poder siguen representando fuertes intereses estrechamente vinculados con el comercio ultramarino y a la gran producción cerealera y de carnes, imperiosamente necesitada por Gran Bretaña a raíz de la guerra. Esa misma situación crítica lo llevará a decisiones de envergadura frente a los grandes Estados participantes en la Sociedad de las Naciones y a las respectivas tratativas de paz. Al conocer la decisión de que serían los cuatro países más importante los responsables de las medidas cruciales, Yrigoyen ordenará a su predilecto Marcelo T. de Alvear –representante nuestro ante dicho organismo– el retiro inmediato, ante la consternación de todos. Su punto de vista, defendiendo la igualdad, era sin embargo el más justo y más correspondiente a la creación misma de ese concierto-cúpula de naciones. Hubo otros temas también vinculados con la guerra, que fueron objeto de discusiones y comentarios sin fin. Como la decisión de no entrar en guerra como nación beligerante y conciliar con Alemania los costos de algunas pérdidas de naves argentinas mediante importantes resarcimientos, lo cual probaba la inteligencia de no acceder a presiones y por otra parte beneficiar nuestra flota. Explicar la serenidad en la ruta educativa y social trazada desde el gobierno lleva a la doctrina generada en el krausismo y asumida por el yrigoyenismo, tal como la enseñara Yrigoyen en sus clases de filosofía o la impartiera a sus seguidores en las prácticas políticas. El bien común, la espiritualidad, el raciocinio y una creencia férrea en la libertad individual aplicada al accionar humano son constantes que iluminan la actividad política y garantizan las ventajas de la educación para todos, sin excluir a la mujer. Al parecer, Yrigoyen llevaba consigo como libro de cabecera una síntesis de las premisas krausistas, que impregnaron al radicalismo doctrinario, como primer acceso a la democracia totalizadora y legítima. Era la hora de la espiritualidad, que contrasta con la hora que anuncia el poeta Leopoldo Lugones hacia 1924 en Lima, con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho: La hora de la espada ha llegado, que se traduce en la denostación de la democracia política y la elección de la fuerza militar, el orden y la sumisión a una idea patriótica: “…pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado. Considero mejor a los militares que a los políticos y deseo con imparcialidad el gobierno de los mejores”. Eran las mismas bases seguidas por la Logia San Martín, organización secreta y paralela a la jerarquía del ejército, que comenzó su actividad tomando el control de la Comisión Directiva del Círculo Militar y desde allí presionó sobre el Ministerio de Guerra del gobierno de Yrigoyen, procurando desplazar a los oficiales que tuvieran actividad política en el gobierno. Hipólito Yrigoyen no se deja influenciar por manifestaciones revisionistas de un pasado real o ficticio, pero pasado. Lo inspira la construcción de una sociedad republicana, sin excluidos y con libertades, que pueda mantener los frutos y principios de una trayectoria liberadora y atenta a la justicia. Yrigoyen está alerta y en su mensaje-discurso del 7 de diciembre de 1929, al Senado de la Nación, señala su vigilia en la protección de los bienes de la Patria: “El país ha acumulado más experiencia sobre el manejo desordenado e imprevisor de las riquezas naturales que forman parte del patrimonio del Estado. Baste recordar lo acontecido con la tierra pública, cuya historia desastrosa mantiene una acusación ilevantable sobre los gobiernos del pasado y que fuera enajenada a precios viles, sin plan ni concierto, sustrayéndola a sus convenientes destinos económicos para hacerla servir de base a los extraordinarios enriquecimientos privados que se obtuvieron a expensas de la fortuna nacional, para sentir la aspiración fervorosa y el propósito inquebrantable de que no sea igualmente malograda la segunda gran riqueza con que los mandatos de la Divina Providencia han querido favorecer a nuestra tierra privilegiada”. Palabras cuya actualidad no necesitamos recalcar. La reclamación es específica, se trata de que el Senado sancione proyectos ya aceptados por la Cámara de Diputados respecto “al dominio y explotación exclusiva por el Estado de los yacimientos de petróleo e hidrocarburos fluidos, existentes en el territorio de la Nación”. Fue Yrigoyen quien encomendó al general Mosconi la tarea de organizar la explotación del petróleo en Comodoro Rivadavia...y de paso, recordemos que se dijo y se probó en fuentes documentales, que el golpe que derrocó a Yrigoyen en 1930 tuvo olor a petróleo... La multitud que acompañó los restos a su muerte fue testimonio inusitado de la buena memoria de un pueblo ante un líder querido, y la historia serena y bien documentada ratifica su mesura y su estro político en el camino de la reparación de errores y la provisión de medidas adecuadas. El respeto al otro y la mesura fueron también atributos sin mengua. La reivindicación integral todavía sigue siendo cuestión de limpieza de intenciones y desbrozamiento de acusaciones ilegítimas. La estatua tardía que mira sobre la Av. Córdoba de espaldas a Tribunales, está lejos de ser la estatua y el lugar que le corresponde.
Etiquetas: [Argentina Israel las relaciones en la era peronista 1946 1945]  [José María Di Giorno]  
Fecha Publicación: 2013-11-05T09:23:00.003-03:00
Juan Domingo Perón y Franklin Lucero.



Por José María Di Giorno



El ascenso del general Juan Domingo Perón a la Presidenciade la Nación, coincidió, entre otros acontecimientos de un  mundo convulsionado y arrasado por la Segunda Guerra Mundial, con la creación del estado de Israel, luego de largos y violentos sucesos. En todo el mundo se sucedieron acalorados debates y polémicas alternativas, no escapando nuestro país a las mismas.
Perón, surgido de una generación militar que había abrevado sus principios en los fuertes movimientos nacionalistas de Europa, representaba, para muchos, un estorbo para la visión y definición de las posturas que debían adoptarse, inquietud que era trasmitida por políticos y medios de comunicación, sumando a ello algunos recelos por parte de la comunidad judía en la Argentina.
Por otro lado, sectores minoritarios que se habían identificado con el derrotado nazismo, veían en Perón, a través de las medias que tomara, y que detallamos más abajo, una claudicación de lo que ellos consideraban “su” nacionalismo. La comunidad judía no escaparía a la nueva dicotomía que se había instalado a partir del 17 de octubre de 1945, entre los que empezaban a engrosar las filas del naciente peronismo y aquellos que se aferraban a viejas expresiones liberales o del marxismo.
Es por ello que vamos a encontrar a la sociedad, que incluía a los argentinos descendientes de israelitas, dividida en ambos polos. Mucho se ha escrito, investigado y adjetivado sobre el tema, razón por la cual, trascribimos y narramos los hechos y acontecimientos más importantes ocurridos en el período 1946-1955 en las relaciones entre Israel y la Argentina, soslayando juicios de valor, a fin de que cada lector pueda, con datos de la historia científica hacer su propia interpretación de lo sucedido.
En consecuencia, y a nuestro entender, el gobierno de Perón, logró a través de estas medidas y oportunidades brindadas a la comunidad judía, lo que también definió cada uno de sus actos con todos los sectores religiosos, culturales, sociales y raciales, dándoles a todos y cada uno la alternativa de sumarse a la nueva política que se iniciaba en el país, y que sería la alternativa válida para su desarrollo y consolidación de su independencia policía y económica.
La integración total, en lo que definiera como “la comunidad organizada” presentaba el camino para la unidad nacional. Las relaciones  entre Israel y la Argentina durante sus dos gobiernos y que detallamos, estaba pues, en total concordancia con estos principios.

Día 29 Junio de 1947: En el Luna Park es inaugurado oficialmente la Primera Conferencia Latinoamericana del Congreso Judío Mundial, con la presencia del doctor Nachum Goldman, miembro de la Conferencia Judía y Presidente del Congreso Mundial, asistiendo representantes de las instituciones y organizaciones de la colectividad de nuestro país y de países latinoamericanos.
El presidente de la Asociación Israelita Argentina expresó en su discurso inaugural: La República Argentina no solamente ha abolido para sus habitantes las prerrogativas de sangre y otros fueros nobiliarios, sino que ha reconocido solo dos dignidades: la de la honestidad y la del trabajo, en beneficio de todo el conglomerado social”.

Día 20 agosto de 1948: Perón y su esposa inauguran la sede de la Organización Israelita Argentina, cuyos integrantes simpatizaban con el movimiento peronista, sita en la avenida Corrientes 2025, en la ciudad de Buenos Aires.
El presidente de la OIA, Sujer Matraj dijo entonces: “Perón no es solo el celoso gestor de nuestra soberanía política sino también el gobernante que en un mundo dominado por la intolerancias supo levantar en la  Argentina la antorcha de la consideración y del respeto hacia todas las colectividades que  integran la nación, alejando de esta tierra el fantasma de la persecución y de la intolerancia”.
Perón en el acto manifestó: “son buenos argentinos cualquiera sea su raza o religión, si diariamente laboran por la grandeza de la Nación”.
En ese año se crea “Nueva Sión”; la Cámarade Comercio Argentino-Israelí y el Instituto Judeo- Argentino de Cultura e Información, presidido por Simón Mirelman; y el rabino Amran Blue es designado asesor presidencial en temas religiosos y ocupa una cátedra en la Facultadde Filosofía y Letras.

Día 14 febrero de 1949: Reconocimiento de la Argentina al Estado de Israel.
Por decreto N° 3668 el Poder Ejecutivo nacional de acuerdo al artículo 1° del mismo “reconocía al Estado de Israel como Estado Soberano”.
El día 17 se realiza una ceremonia pública, celebratoria del reconocimiento argentino, que tuvo lugar en la sede de la Oficialía de Enlace (de Israel), situada en la calle Larrea 744, donde se enarbolaron junto a la bandera nacional, la bandera israelí. Hoy tiene su sede la Fundación Congreso Mundial Judío.
Carlos Moises Grünberg fue el primer Representante del Estado de Israel ante el gobierno argentino, designado en 1948 por la Cancillería de Israel, siendo el primero en izar la bandera de su país en  Buenos Aires. Con la llegada del primer Embajador, Jacobo Tzur, fue designado Consejero honorario de esa representación.(ver día 30 de mayo de 1949).
Grünberg había nacido en Buenos Aires, hijo de  una familia de inmigrantes, fue hombre de letras y la cultura, allegado al grupo Florida y la revista Martín  Fierro, encontrándose con su coetáneo César Tiempo, quien decía: “Si algún mérito me cabe- decía César Tiempo- es haber descubierto con Carlos a las gentes judías y su ámbito en nuestro país, y que sin dejar el ghetto  tras  nuestro- un ghetto metafísico, entiéndase bien-, lo llevamos con nosotros, sin desfallecimientos ni concesiones, hacia los anchos horizontes, hacia las colinas azules, hacia la vida hervorosa, que está de espaldas a los muros y a las miserias que pugnaban por aprisionarlo”.

Día 30 mayo de 1949: Relaciones diplomáticas y consulares con el Estado de Israel, que quedan formalizadas a partir de esa fecha., en ceremonia que cuenta con la presencia del ministro  Dr. Atilio Bramuglia y el representante de Israel en nuestro país, Carlos Moisés Grunberg. (ver día 14 de febrero de 1949), y poco después se abriría en Tel Aviv, la primera representación diplomática latinoamericana en ese país.
La Argentina apoya el ingreso de Israel a la ONU

Año 1950: se inaugura el Cementerio Israelita de la Tablada.

Día 9 abril de 1951: Golda Meir visita la Argentina.
La entonces Ministra de Obras Públicas de Israel, quien luego fuera Ministra de Relaciones Exteriores de ese país entre los años 1956 y 1996, y, quien al imponerse en las elecciones de 1969 fuera electa Primer Ministro, visita la Argentina, entrevistándose con Eva Perón, ocasión en que agradece la ayuda recibida de la Fundación AyudaSocial al naciente Estado de Israel, concretando 17 embarques  con alimentos, mantas y ropa.

Día 3 agosto de 1951: Perón, junto a su esposa confieren la Orden del Mérito al embajador de nuestro país ante el gobierno de Israel, Pablo Manguel,en un acto con la presencia de la colectividad israelita desarrollado en Les Ambassadeur.
En el mismo se anuncia que otra imposición similar será entregada al primer presidente de Israel Jaim Weitzman, quien visita Buenos Aires.
Weitzman, bioquímico, profesor de las universidades de Suiza e Inglaterra, militante de la organización sionista durante las dos guerras mundiales, resultó electo en reconocimiento a su labor de casi cinco décadas en los preparativos del establecimiento del estado judío.
Año 1952: Se firmaba un Acuerdo Cultural entre Argentina e Israel, la formación del Instituto de Intercambio Cultural Argentino Israelí (IICAI), creándose el curso de estudios hebraicos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Día 7 de 1953: Primera Muestra del Libro Hebreo, organizada por el Instituto  Argentino-Israelí es inaugurada en el Salón de la calle Florida 530, con   la exhibición  de 600 ejemplares, que incluye libros sobre los más diversos temas, desde filosofía y religión hasta literatura contemporánea.
Abrieron la muestra el agregado cultural de la representación de Israel, Mordechai Avidá y el agregado de prensa. La muestra permanece abierta hasta el día 30.
El día 27 de ese mismo mes El Instituto Argentino-israelí abre su propia sede en la calle Montevideo 942, fecha en que se suscribe entre ambos países un Acuerdo de Intercambio Cultural.

Día 16 agosto de 1953: Se constituye la Confederación General EconómicaCGE -, creada por el empresario José Ber Gelbard, quien fue su presidente. Incluía en su estructura tres Confederaciones de la producción: del agro, industria y comercio, que representaban las hoy denominadas PyMEs.
En 1955 ya agrupaba a más de 1.700 entidades de primer grado, que agrupaban a 600.000 empresarios en todo el país. El 30 de diciembre de ese año, fue disuelta por el gobierno de facto.
En 1951 el gobierno nacional propuso la integración de las centrales empresarias CAPIC, UIA y CEA (Confederación Económico Argentina), integrando una comisión de orden nacional. A fines de ese año se  se formaron tres confederaciones: Confederación General de Industria (CGI), de Comercio (CGC) y de la Producción (CGP), que formaran finalmente la CGE.
En 1962 la CGE retoma su actividad y es en 1973, cuando el general Perón ofrece a Gelbard el Ministerio de Economía, con la idea de llevar adelante el Pacto Social, herramienta fundamental para el diálogo con los sectores productivos y del trabajo, de singular importancia en la vida institucional para la economía argentina.

Día 4 de enero de 1955: En Tel Aviv, el Gran Rabino de la Argentina Dr. Amram Blum se refirió a la vida religiosa de la comunidad judía residente en la Argentina y destacó particularmente la decisión del presidente Perón al establecer una Cátedra de Estudios Judíos en la Universidad de Buenos Aires.

Día 26 enero de 1955: La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas(DAIA) informó que en la fecha se inició en Israel la plantación del Bosque Presidente Perón, en la colinas de Judea al oeste de Jerusalén,  “con lo cual se convierte en realidad una hermosa iniciativa de la colectividad judía de nuestro país para rendir al primer magistrado un homenaje tan delicado y significativo, de reconocimiento por su acción antidiscriminatoria y el apoyo y comprensión hacia Israel”.
El primer árbol fue plantado por el primer ministro Sr. Moche Sharett, y se leyó un mensaje del presidente israelita Sr. Isaac Ben-Zvi.
Ben-Zvi fue el segundo presidente del Estado de Israel, líder del partido Laborista, que asumiera el 8 de diciembre de 1952, ejerciendo por dos períodos completos, y fue reelecto para un tercero.

Día 12 abril de 1955: Presenta sus credenciales el embajador de Israel Dr. León Kubovy por haber sido elevada dicha representación al nuevo rango. La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas expresó su satisfacción y manifestó su júbilo por este acto,  que “contribuirá a aproximar aún más a los pueblos”.


Etiquetas: [Juan Eduardo Leonetti]  [La expulsión de los jesuitas y la política fiscal en la América Hispánica]  
Fecha Publicación: 2013-09-12T10:15:00.002-03:00
San Ignacio de Loyola.


Por Juan Eduardo Leonetti*

La expulsión de los jesuitas se produjo casi simultáneamente con las reformas que Carlos III introdujo en la política fiscal para las colonias españolas en América.
Lejos de ser una mera coincidencia espacio-temporal ambos hitos se entrelazan en el ejercicio de una nueva forma de poder que declamaría por la libertad de comercio, y que en la práctica se encarnaría en medidas de neto corte absolutista, tendientes a asegurar el dominio de la metrópoli en estas tierras.
Resulta obvio que en este marco la presencia de la Compañía de Jesús era inquietante para el proyecto centralizador de la monarquía borbónica, que veía con temor las ideas de libertad que se iban abriendo paso en Europa, y que al poco tiempo irrumpirían con éxito en las colonias inglesas del norte.
Antes de que los ideólogos modernos hicieran públicas sus ideas, destinadas a triunfar en la Revolución Francesa, eminentes jesuitas como Francisco Suárez (1548-1617) y Juan de Mariana (1536-1624), a poco de haberse fundado la Compañía de Jesús, habían desarrollado las teorías del origen del poder en el pueblo; del tiranicidio para quien se apartara de la misión de atender al bien común; y respecto del contenido impositivo de esta última, diseñaron la teoría de la ley tributaria injusta, con caracteres indelebles de innegable actualidad.

El sistema tributario español en Hispanoamérica

Los primeros gravámenes aplicados en el territorio de la América Hispánicaconsistían en su mayoría en lo que hoy llamaríamos tributos al consumo y a las transacciones. Se pagaban impuestos al ingresar la mercadería –el mentado almojarifazgo– y al transar con los bienes, tal el caso de la alcabala, que era cobrada en cada etapa sobre el monto total de la comercialización quedando gravado el precio total, que incluía el impuesto de todas las etapas anteriores, operando en la práctica como algo similar al impuesto a las ventas que hasta 1970 rigió entre nosotros.
Como un rasgo propio de nuestra historia tributaria debe destacarse la gran cantidad de exenciones otorgadas a los adelantados con el objeto de fomentar la conquista, y las disvaliosas consecuencias que este generalizado trato exentivo produjo a la postre.
Con el fin de controlar el tráfico internacional, se creó en 1503, en Sevilla, la Casade Contratación, donde se depositaban los productos provenientes de las Indias hasta su venta, asignándosele en 1510 funciones fiscales como el cobro de impuestos, el contralor de la mercadería embarcada y la fiscalización de los bienes de los difuntos en Indias.
Esto configuró un burocrático sistema de recaudación y fiscalización tributario, donde gran parte del total de lo recaudado se desvanecía como por ensalmo en manos de una urdimbre de funcionarios inescrupulosos, y lo que quedaba para la Coronaa veces no justificaba el esfuerzo hecho para recaudarlo.

Los indios y la cuestión tributaria

Los indios, en principio, estaban exentos respecto de los frutos y especies que fabricaban con sus manos, pero no cuando comerciaban con quienes no estaban exentos. O sea que se hacía una diferencia, si bien dentro del territorio colonial, según quiénes hubieran sido los intervinientes en la relación comercial, para determinar la existencia o no del hecho imponible.
Lo cierto es que los naturales fueron los que más sufrieron la presión tributaria, a manos de los encomenderos y de las autoridades locales. Berta Ares Queija, en su estudio preliminar a la Visita de la Gobernación de Popayán – Libro de tributos para los años 1558-1559, de Tomás López Medel, analiza con rigor la labor de este oidor enviado por la Corona para revisar cuentas, investigar algunas rebeliones, ysobre todo tratar de solucionar la grave situación existente entre los vecinos de la gobernación y su obispo, Juan del Valle, a quien se acusa, entre otras cosas de usurpar la jurisdicción real. (Ares Queija. Madrid, 1989, p. XXXIV).
Este clérigo, que llegó al obispado a finales de 1548, comenzó una lucha incansable en defensa de los indios, desde su cargo de protector de ellos, insistiendo en que se realizara una visita para constatar la verdad, lo que recién consiguió –tras muchas vicisitudes– por provisión real de 1555.
En ella se manda tasar los tributos de los naturales –sigue diciendo Ares Queija– en «las cosas que ellos tienen o crían o nacen en sus tierras», previa información de sus posibilidades y de tal manera que paguen menos «que en tiempo de su infidelidad» y les quede para sus necesidades. Se ordena además suprimir los servicios personales, el trabajo en las minas y su utilización para el transporte de cargas. (Ares Queija. Op. cit., pp. XL-XLI).

Esto que se ordenaba desde España, no se cumplía en América, recurriéndose a diversas argucias para violar la letra de la provisión real, para continuar con la explotación de los indios por un lado y la distracción de impuestos para la Corona a manos de diversos funcionarios de distinta jerarquía por el otro.
La visita de Tomás López Medel a Popayán, ordenada en 1555, tuvo lugar recién en noviembre de 1558, extendiéndose hasta julio de 1559, lo que da una idea de la morosidad con la que se cumplían las órdenes, resultando además que la tasación muchas veces quedaba desvirtuada por hechos tales como exigir que el impuesto fuera satisfecho en mantas en lugares donde éstas no se producían, lo que obligaba a los indios a extraer oro en cantidades mayores a la tasación para poder adquirir las mantas necesarias para poder pagar su tributo.

El papel de la Compañía de Jesús en la política fiscal respecto de los indígenas

A estas manipulaciones de los personeros del poder se opuso en forma clara la prédica y la obra de la Compañíade Jesús. En la comunicación que envié al III Encuentro del Patrimonio Jesuítico organizado por el CICOP y la Manzana de las Luces en Buenos Aires, en noviembre de 2007 –“Influencia de la doctrina de la ley tributaria injusta en la obra americana de la Compañía de Jesús”–, tuve oportunidad de destacar la labor del jesuita español José de Acosta (1539-1600), citado por John Locke (1632-1704) en el Capítulo 8 de su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, en la que se refiere a la Historia Natural y Moral de las Indias (Sevilla, 1590), de la cual es autor Acosta, lo que no hace más que corroborar la importancia del pensamiento de este misionero.
En José de Acosta. Un humanista reformista, María Luisa Rivara de Tuesta transcribe un párrafo de la célebre misiva que el 7 de marzo de 1577 le escribe Acosta a Felipe II:
Ay también algunas otras cosas que parecen tener notable ynconveniente en especial el ser comunmente mas subidos los tributos de lo que comodamente los yndios pueden dar … Puedo certificar a vuestra majestad que después de las nuevas tasas se an visto graves daños en los yndios assi en su doctrina como en su conservación. (Rivara de Tuesta. Lima, 1970, p. 50).
Nótese que Acosta se refiere a lo que cómodamente los indios pueden dar; lo que significa contraponerse frontalmente a la servidumbre en la que estaban inmersos los naturales, y manifestárselo en forma directa nada menos que al Rey de España.
En las misiones guaraníticas, emprendimiento señero de la Compañía de Jesús en América por su extensión, desarrollo e importancia cultural, también debieron los jesuitas enfrentarse a la voracidad de los encomenderos, los que basándose en las Ordenanzas de Irala de 1556 pretendían que el tributo que debían abonar los indios, en razón del vasallaje a la Corona Española, fuera a través de su servicio personal, y dado que ello no estaba tasado, la gabela significaba en la práctica –como bien apunta Ernesto J. A. Maeder– una verdadera servidumbre[1].
Las Ordenanzas de Alfaro, dictadas en 1611, permitieron reemplazar este régimen de corte esclavista por el pago de un tributo anual que las reducciones jesuíticas pagaban de las ganancias que obtenían de sus explotaciones, modelos de desarrollo industrial para la época.
Obtuvieron también los misioneros la exención temporal del tributo para aquellos naturales recién ingresados a sus establecimientos, los que –salvo algunas excepciones en virtud de existir derechos adquiridos– quedaban libres de ser encomendados a un particular. La cuestión fue planteada a las autoridades en 1627 y se logró un plazo exentivo de veinte años, para permitir el desarrollo de las reducciones en ese lapso.
Afirma Magnus Mörner que los jesuitas de América se resistieron desde 1624 a pagar el diezmo sobre la producción agrícola e industrial de sus propios establecimientos, dirimiéndose el pleito recién en 1750 cuando la Corona dispuso que pagasen solo la treintava parte de lo producido, lo que fue drásticamente modificado en 1766 disponiéndose que el diezmo sería del diez por ciento y con efecto retroactivo[2]. La suerte estaba echada, y la expulsión era inminente.

El régimen impositivo de las misiones guaraníticas

Señala Oreste Popescu en El sistema económico de las misiones jesuíticas que el día que los jesuitas
… pudieron asegurar a los indios que formando voluntariamente reducción, no irían a servir a ningún encomendero, sino sólo al Rey, ese día empezaron a formarse pueblos como por encanto … La extensión “nacional” de la solidaridad se debió sin duda también a otros factores de carácter eminentemente político. Eran éstos, además de los puramente formales –reconocimiento tanto del lado eclesiástico como del civil, de un estatuto especial para las Misiones– el peligro común de todos los pueblos frente a las intrigas de los encomenderos y a los ataques paulistas[cazadores de indios para venderlos como esclavos], en una palabra: el común interés de defensa de los derechos y privilegios adquiridos con la ayuda de los jesuitas. Nuevamente coincidían los intereses de los Padres con los indios. Y el fruto de esta concordancia de intereses fue la extensión del sentimiento de solidaridad sobre las treinta misiones jesuíticas. (Popescu. Barcelona, 1967, p. 45).

En esos treinta pueblos cuyo territorio abarcaba parte de la Banda Oriental, de la Mesopotamia argentina, del actual Paraguay y del sur del Brasil, la obra misionera dio sus mejores frutos de civilización, y dentro de ella la cuestión fiscal ocupó un lugar de preponderancia, que de suyo era un hecho preocupante para la hegemonía española.
Ya los indios no eran expoliados por el impuesto injusto, dado que los padres misioneros, con la vista en el cielo y fuerte anclaje terrenal, centralizaban en sus manos la dirección espiritual y temporal de las reducciones por ellos fundadas, actuando en el tema impositivo como una suerte de agentes de retención por quienes pasaba la recaudación de los tributos, evitando que el indígena fuera percutido individualmente y en forma directa por la maquinaria fiscal de los representantes del poder secular.
A propósito del sistema de recaudación de impuestos instaurado por los jesuitas en sus misiones dice Adolfo E. Parry: 
… no existía en las misiones de los jesuitas otro tributo que el del trabajo personal … los jesuitas pagaban ellos el tributo de los indios en sus reducciones, que era de un peso por cada hombre de 18 a 50 años, exceptuados los caciques y sus primogénitos, los enfermos crónicos, los exceptuados por cédulas reales, etc. Pagaban además el diezmo a razón de cien pesos por cada pueblo. (Parry, Adolfo E. El marxismo y su aplicación práctica: bolcheviques, tahuantinsuyus y jesuitas. Bs. As., 1922, p. 301).

Es de destacar que desde el punto de vista de la imputación individual había en las misiones un solo tributo, mientras que el diezmo era un pago comunitario que encaraban los misioneros en nombre de la comunidad en su conjunto.
En la cuestión referente al tributo que debían pagar los indios –sigue diciendo Parry– han intervenido siempre los jesuitas, aun [respecto de] los que no estaban comprendidos en sus misiones, citando a título de ejemplo la ya mencionada carta de José de Acosta a Felipe II, del 7 de marzo de 1577.
A pesar de las continuas acechanzas de los funcionarios coloniales hacia la cuestión fiscal dentro de las reducciones, los jesuitas obtienen de Felipe V, el 28 de diciembre de 1743, el dictado de la llamada Cédula Grande, aprobando, al decir de Magnus Mörner, casi todos los aspectos de la administración jesuita en los pueblos guaraníes y confirmando sus privilegios, incluso el tributo de un solo peso por cabeza[3].
Esta medida, obtenida gracias a la eficaz acción a través de los tiempos de los hombres de la Compañía de Jesús ante las Cortes españolas, prolijamente narrada por Mörner, podría decirse que precipitó el curso de los hechos que, veintitrés años después, desembocarían en el extrañamiento de la Orden de todos los dominios hispanos.
Es de destacar que hasta pocos años antes de la rotunda decisión real de aplicar el diezmo tal como su nombre lo indica sobre toda la producción jesuita –lo que como vimos recién ocurrió en 1766– en el Catálogo de documentos referentes a jesuitas: 1584-1805, aparecen, hasta no más allá de 1753, varias cédulas reales con exenciones impositivas para los indios propiciadas por la Compañía de Jesús[4].

Influencia de la cuestión fiscal en el extrañamiento de los jesuitas

Ernesto J. A. Maeder, citando a Pablo Hernández S. J., afirma que las misiones establecidas entre los guaraníes nunca fueron otra cosa que parte de alguna provincia española, pero que dada la marginalidad geográfica de la región, su población exclusivamente indígena y la organización allí creada por los jesuitas, no puede negarse que poseyeron de hecho una cierta autonomía que dio pábulo a celos y acusaciones exageradas[5].
El mismo autor –en una comunicación remitida al Octavo Encuentro de Geohistoria Regional llevado a cabo en 1987 en la ciudad de Resistencia, Provincia del Chaco– pasa revista a una serie de acusaciones contra los jesuitas –como la conocida historia del Rey Nicolás– que intentan teñir de sospecha toda la conducta de la Orden, como fruto de una larga y consecuente propaganda[6].
Entre los detractores de cuño nacional, encontramos a autores como Paul Groussac, que acusa a los misioneros
… de estar ciento cincuenta años mandando a Europa el sudor monetizado de los pobres indios, sin dignarse siquiera introducir en las tribus más nociones de civilización que el manejo de las armas de fuego con las que se rebelarán abiertamente contra su señor el Rey de España cuando la cesión de aquellos terrenos a Portugal. (Groussac, Paul. Los Jesuitas en Tucumán. pp. 83 y sgts.).

Se refiere Groussac al levantamiento de la población indígena como consecuencia de la entrega de siete pueblos guaraníes al dominio portugués a cambio de la Coloniade Sacramento –en la actual República Oriental del Uruguay–, la que fue duramente resistida por la población autóctona alzada en armas, que fue derrotada en 1752 por un ejército mixto español y portugués de 2500 hombres[7].
La pluma erudita de Mariluz Urquijo dice respecto de este hecho:
No creemos que los jesuitas hayan participado de la guerra como se dijo alguna vez ni está probado que hayan intervenido en la preparación militar de los indígenas pero lo que no parece dudable es que buena parte de ellos miró con simpatía el esfuerzo bélico guaraní y alentó una campaña de esclarecimiento en la que se llega a cuestionar el derecho del rey a disponer de los pueblos. (Mariluz Urquijo, José María. El cambio ideológico en la periferia del imperio: el Río de la Plata. Madrid, 1997, p. 166).

La participación de los jesuitas en la resistencia armada en defensa de los legítimos intereses de civilización y progreso de la cultura guaraní, lo cual parece no ser advertido por el ilustrado Groussac, es también puesta en duda por Benítez de Almada, quien acierta al decir en defensa de la obra misionera que
… crimen fue salvar a doce mil indígenas del hambre, de la peste, de la catarata inmensa y de la indolencia natural … pero por sobre todo el crimen eran sus cuarenta y ocho escuelas y sus catorce colegios repartidos a lo largo de todo el territorio del Plata … y el último gran crimen haber asimilado la orden vástagos americanos consustanciándose la Compañía de Jesús con nuestra patria … (Benítez de Almada, Enrique. La leyenda negra jesuita: cuatro siglos bajo la calumnia. Buenos Aires, 1941, p. 37).

Mucho se ha dicho acerca de la participación personal de los jesuitas expulsos en el proceso independentista hispanoamericano, y ya volveremos sobre el tema. Baste ahora mencionar que la difusión de las ideas de Suárez acerca del origen del poder y de Mariana sobre el tiranicidio, llevan a afirmar a Batllori que desde el momento que el rey de España permitió que en América los jesuitas abriesen colegios y universidades se puso un dogal al cuello ya que las ideas de los nombrados habrían de desembocar fatalmente en la rebelión y en la guerra contra la tiranía de los reyes. (Batllori, Miguel. El abate Viscardo: historia y mito de la intervención de los jesuitas en la independencia Hispanoamericana. Madrid, 1995, p. 138).
En su extenso “Dictamen Fiscal de Expulsión de los Jesuitas de España”, rubricado en Madrid el 31 de diciembre de 1766, abordó Pedro R. de Campomanes varias veces la cuestión fiscal vinculada con la cuantiosa cantidad de bienes que poseía la Compañía, tanto en Europa como en las colonias.
Así, podemos leer en el numeral 510 del alegato acusatorio:
No es diferente la conducta inalterable de la Compañía en los pueblos de españoles de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay. Comercian abiertamente los jesuitas con fraude del erario … y además de perjudicar en los derechos reales y diezmos, usurpan los términos y pastos a los vecinos …(Campomanes. Dictamen..., p. 137).

El cuestionamiento de la soberanía y la doctrina del impuesto injusto

Advierte el Fiscal Campomanes en el numeral 520 que esta conducta uniforme de la Compañíade Jesús tenía por objetivo apoderarse de la soberanía misma, señalando que la Orden competía con la más poderosa monarquía de la tierra[8].
Es de destacar que el vasallaje encuentra en el pago del impuesto una de sus expresiones concretas, al límite de que una de las acepciones de la palabra significa precisamente tributo pagado por el vasallo a su señor, por lo que resulta evidente que la cuestión fiscal no es poco relevante para cualquier política de colonización.
Cabe recordar aquí que la que es hoy la nación más poderosa de la Tierra, nació a su independencia soberana al calor de aquellos colonos que protestaban por los tributos que debían pagarle al amo inglés; reino este que antes ya había sido conmovido en su territorio de origen cuando en 1215 los barones le arrancaron a Juan Sin Tierra algo de la infalibilidad real para crear gabelas, obligándolo a firmar la célebre Carta Magna que en lo que aquí interesa puede resumirse en la frase no taxation without representation (no habrá impuestos sin que los voten los representantes)[9].
El Dictamen de Campomanes señala que la Compañíade Jesús era un peligro para los intereses de la Corona, y más allá de lo tendencioso de tal aserto, es verdad que la obra misionera –sobre todo el espléndido desarrollo que ella había alcanzado en las reducciones guaraníticas– no solo cuestionaba el impuesto injusto, sino que había alcanzado a formalizar un sistema de recaudación inédito hasta entonces.
Y allí fue la Coronaa atacar de plano este emprendimiento, encomendándole al Gobernador de Buenos Aires, Don Francisco de Bucarelli –de quien España quiso que dependieran las misiones guaraníticas–, que pusiera especial atención no solo en el extrañamiento de los misioneros, sino sobre todo en el desmembramiento de este sistema implementado por los jesuitas, en el cual veían una alternativa al poder soberano de la Coronade España.

La ejecución del extrañamiento y sus consecuencias fiscales

La “Pragmática Sanción de Su Majestad en Fuerza de Ley”, por la cual Carlos III ordenó el extrañamiento de la Compañía de Jesús el 27 de febrero de 1767, fue ejecutada en todos los dominios españoles el día dos de abril de ese año, excepto en las Misiones del Paraguay, en las que Bucarelli recién pudo concretarla en agosto de 1768, lo que se debió a la dificultad de no contar con reemplazos entre los sacerdotes de otras órdenes que conocieran el idioma guaraní, y a la necesidad de actuar con cautela dada la magnitud de la organización de los jesuitas en las tierras guaraníes.
Julio César González dice en sus Notas para una historia de los treinta pueblos de Misiones: el proceso de expulsión de los jesuitas (1768) que:
… el gobernador de Buenos Aires, desplegando intensa creatividad y con mucho tacto, logró conquistarse la colaboración indígena. Buena parte del éxito debe atribuirse, no tanto a los medios persuasivos de Bucarelli, como a las promesas que hizo rodar entre los embelesados naturales. Así lo hace suponer el texto de una carta escrita en idioma guaraní, el 10 de marzo de 1768, que elevó unos días después al Conde de Aranda, para que la hiciera llegar a manos del Monarca. La versión castellana permite sospechar que la representación pudo haber sido redactada por la mentalidad simple e ingenua de un indígena, o la de algún español interiorizado en las expresiones nativas y aun cuando no podemos señalar el grado de influencia que ejerció el gobernador, ella se deduce del contexto. Los indios agradecen que los hayan sacado de la esclavitud [se refiere al dominio de los jesuitas] y hasta prometen aprender la lengua castellana. (González, Julio César. Bs. As., 1944, pp. 13/14).

Del lado de estos últimos hubo también misivas en guaraní bregando por la permanencia de la Ordenen sus misiones. Pablo Hernández S. J. transcribe en una de sus obras el Memorial del pueblo guaraní de San Luis a Bucarelli pidiéndole que no les quite a los padres jesuitas.
He de transcribir parte de la traducción que consta en la centenaria edición que pude consultar. Dice así:
Señor Gobernador: Dios te guarde a ti que eres nuestro padre, te decimos nosotros, el Cabildo y todos los caciques, con los indios e indias y niños del pueblo de San Luis. El Corregidor Santiago Pindó y D. Pantaleón Cayuarí, con el amor que nos profesan, nos han escrito pidiéndonos ciertos pájaros que desean enviemos al Rey. Sentimos mucho no podérselos enviar, porque dichos pájaros viven en la selva donde Dios los crió, y huyen volando de nosotros, de modo que no podemos darles alcance. Sin que eso obste, nosotros somos súbditos de Dios y de nuestro Rey, y estamos siempre deseosos de complacerle en lo que nos ordene … y trabajando para pagar el tributo …
Por eso llenos de confianza en ti, te decimos: Ah, Señor Gobernador, con las lágrimas en los ojos te pedimos humildemente dejes a los santos Padres de la Compañía, hijos de San Ignacio, que continúen viviendo siempre entre nosotros, y que representes tú esto mismo ante nuestro buen Rey en el nombre y por el amor de Dios.
Esto pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, indias, niños y muchachos, y con más especialidad todos los pobres.
No nos gusta tener Cura fraile o Cura clérigo. El Apóstol Santo Tomás, ministro de Dios, predicó la fe en estas tierras a nuestros antepasados, y estos párrocos frailes o párrocos clérigos, no han tenido interés por nosotros. Los Padres de la Compañía de Jesús sí que cuidaron desde el principio de nuestros antepasados, los instruyeron, los bautizaron, y los conservaron para Dios y para el Rey de España. Así que de ningún modo gustamos de párrocos frailes o de párrocos clérigos.
Los Padres de la Compañía de Jesús saben conllevarnos, y con ellos somos felices sirviendo a Dios y al Rey, y estamos dispuestos a pagar, si así lo quisiere, mayor tributo en yerba caamirí … (Hernández, Pablo, S. J. El extrañamiento de los jesuitas del Río de la Plata, y de las misiones del Paraguay por decreto de Carlos III. Madrid, 1908, pp. 362/369).

Esta carta fue fechada el 28 de febrero de 1768, y tal vez haya inspirado a la que Bucarelli remitió al Conde de Aranda con signo contrario diez días más tarde. Lo cierto es que había transcurrido ya un año desde que se impartiera la orden de expulsión y esta no se había aún concretado en las misiones guaraníticas.
El propio Conde de Aranda, responsable supremo de la ejecución de la Real Pragmática de Expulsión, había instruido precisamente a
… Virreyes, Presidentes y Gobernadores de los Dominios de Indias e Islas Filipinas que se llegue al complemento cabal de la Expulsión; combinando las precauciones y reglas con la decencia y buen trato de los individuos, que naturalmente se prestarán con resignación, sin dar motivos para que el Real desagrado tenga que manifestarse en otra forma; usando la fuerza que en caso necesario sería indispensable, porque no se puede desistir de esta ejecución, ni retardarla con pretextos. Sobre lo cual cada uno en su mando tomará por sí la deliberación oportuna, sin consultarla a España, sino para participarla después de practicada. (“Adicción a la Instrucción sobre el extrañamiento de los jesuitas de los dominios de S. M. por lo tocante a Indias e islas Filipinas”. Ed. facsimilar, en Biblioteca de la Academia Nacionalde la Historia, Bs. As.).

Siguiendo directivas de este singular personaje de la maquinaria borbónica Bucarelli no le confió a cada corporación de frailes más que dos reducciones inmediatas unas a otras, así, con una distribución a la que Fray Rubén González O. P. califica como la más arbitraria que pueda imaginarse, dominicos, franciscanos y mercedarios quedaron desperdigados a cargo del control espiritual de los pueblos guaraníes[10].
Ernesto J. A. Maeder en su obra Misiones del Paraguay: conflictos y disolución de la sociedad guaraní (1768-1850)enumera con precisión las causas y los efectos de la descomposición que trajo consigo la política de destrucción encarada desde la metrópoli. En el capítulo titulado Las Finanzas de Misiones: Recaudaciones y Gastos, bajo el subtítulo La recaudación de los tributos, traza Maeder un cuadro más que elocuente, con profusa inclusión de cuadros, del sistema tributario vigente tras la expulsión de los jesuitas[11].
Los impuestos impagos se acrecentaban año tras año de modo insospechado (por ejemplo: $ 97.467 –total de deuda acumulada hasta 1771– se incrementaron, entre 1772 y 1777, en $ 79.323 por encima de aquella suma, informando el Tribunal de Cuentas al virrey que esto era responsabilidad del administrador).
Cuando no hay fondos de tributos –concluía el órgano de control– no se pagan los sínodos, ni salarios del gobernador y tenientes. A todos se les deben considerables partidas; estos ajustes de presente nunca se llegan a hacer, y así todo es atraso, desorden y confusión[12].
Ante este cuadro de decadencia, el Gobernador de Buenos Aires, y futuro virrey Juan José de Vértiz , designó en 1775 a dos militares con fama de probos: Don Juan de San Martín (padre del Libertador) a quien destinó a Yapeyú, y Don Juan Valiente al que comisionó al Departamento de Candelaria, para indagar las causas de ese estado de cosas.
A los cuatro meses de su gestión auditora, Valiente le hace saber a Vértiz que el ex Gobernador Bucarelli fue el instrumento principal de esa eversión, dejando a los indios que hicieran lo que quisieran para utilizarlos para sus fines personales una vez relajadas las costumbres, llegando hasta la ocupación violenta de los bienes ajenos.
Propone entonces que haga que vuelva el método y Gobierno que estos pueblos tenían antiguamente, porque de otro modo puede V. S. contar con la perdición de ellos, agregando que en tiempo de los jesuitas (a quienes llama los expatriados) estaban tan diferentes como está la noche del día[13].
El laborioso sistema de producción jesuítico había sido destruido, las explotaciones comunitarias cayeron en poder de los inescrupulosos funcionarios locales, y los aborígenes fueron nuevamente sirvientes de ellos, aunque engañados con falaces declaraciones igualitarias.
José Manuel Estrada afirmaba en 1866:
Los jesuitas eran un motor vivo y fogoso: la administración española fue una invasión de retroceso en las tierras guaraníes, cuando les arrancaron la cabeza que promovía y dirigía sus adelantos o neutralizaba las fuerzas disolventes de la utopía … y el señor Bucarelli, pretenso reformador, nada hizo en la colonia, nada, sino echar en las fauces de las furias los pueblos niños de la república guaraní … Diez años después de la expulsión las florecientes reducciones estaban desoladas. En muchos de los mejores pueblos no quedaba una sola cabeza de ganado, no quedaba una sementera, no había un instante de paz ni de justicia: los curas, las administraciones locales y los gobernadores, se despedazaban mutuamente; los indios eran tiranizados, y emprendían en grupos inmensos el éxodo del destierro, a quien la patria prostituida arroja de su seno, rompiendo su alma con la eyección perpetua de las leyes y el delito sistemático de la tiranía. (Estrada. “Fragmentos históricos, Conferencia XI”, en Obras Completas, Tomo V, editadas por Librería del Colegio, Bs. As., 1901, p. 391).

Los levantamientos que sobrevinieron a la expulsión de los jesuitas y las reformas económicas de Carlos III

Mientras esto ocurría en las misiones guaraníticas hubo en diciembre de 1767 en Tucumán, a poco de haber sido expulsados los jesuitas, un levantamiento armado contra el Gobernador don Juan Manuel Campero, quien al parecer había manejado a discreción lo recaudado en concepto de sisa, que era un impuesto para solventar todo lo relativo al trato con los indios del Chaco, apoyado en la amplia impunidad que el particular sistema de organización colonial permitía, según afirma Edberto Oscar Acevedo[14].
Estas acusaciones contra Campero, a la sazón uno más de los funcionarios infieles a la Corona en los hechos, y rastreros regalistas en sus declaraciones y actitudes públicas, hizo que los jujeños de la Gobernación de Tucumán se levantaran contra su jefe, acusándolo de mal empleo de lo recaudado en concepto de sisa y del desvío de fondos provenientes de las temporalidades jesuitas, con intervención –según Acevedo– de quienes guardaban simpatías con la expulsada Compañía de Jesús.
Claro es que todo este clima de incertidumbre hacía que el total de lo recaudado para la Coronafuera cada vez más magro, y los gastos cada vez más altos, mientras la mercadería de contrabando circulaba libremente por el territorio colonial, al abrigo de la corrupción reinante.
Para paliar esta situación y asegurar la intangibilidad de los reales créditos fiscales, Carlos III encaró una serie de reformas de corte mercantilista que se consolidaron poco después de que éste ordenara en 1767 el extrañamiento de los jesuitas de todos los confines del imperio castellano.
En 1778 se dictó el “Reglamento de Libre Cambio”, o de “Comercio Libre”, el cual, como bien apunta Margarita González en su prolija reseña de las rentas de la Corona de Castilla en Nueva Granada, contrariamente a lo que podríamos pensar, éste no significaba la apertura ilimitada del comercio y menos la introducción de la libertad comercial que el país conoció luego a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
De libre comercio aquello tenía solo el nombre; junto a las reformas que se declamaban como liberales, y que se escamoteaban por absolutistas, se impuso la obligación para los comerciantes de exhibir ante las autoridades sus registros de ingresos y ganancias para convertirlos en la base de una nueva exacción fiscal proveniente del patrimonio individual[15].
José Manuel Restrepo en su monumental obra Historia de la Revolución de la República de Colombia, escrita en 1827, refiere algunas insurgencias aisladas que en el Virreinato de Nueva Granada precedieron y sobrevinieron al dictado de las reformas recién aludidas.
Así, menciona al levantamiento de los indios de las provincias de Quito que hicieron de tiempo en tiempo algunos movimientos revoltosos, asesinando a los colectores de tributos, de diezmos, o de otras contribuciones (Tomo II, pág. 7, op. cit.); destacándose la revolución de la plebe que sobrevino en 1765, y los acontecimientos que acaecieron luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, como reacción a tal medida.
Dice el insigne historiador colombiano que el extrañamiento de la Compañía de Jesús causó mucha sensación en la Nueva Granada, como en el resto de la monarquía española, a la vez que parece justificar la expulsión con fundamento en que multitud de propiedades que se vendieron, de las que correspondían a los jesuitas, dejaron de estar en manos muertas, y mejoraron la agricultura.
Respecto del reglamento de comercio libre dictado por Carlos III, dice que en un principio significó un estímulo para la importación y exportación de productos, superando algunas de las muchas trabas que tenía el gobierno colonial, pero que luego fueron desvirtuadas por la gran cantidad de gabelas impuestas a la población formando un reglamento muy opresivo para su cobranza; el que ha hecho derramar copiosas lágrimas a los pueblos, y privado a las familias de toda su subsistencia.
Estas medidas –concluye Restrepo– dieron pie a insurrecciones populares, sin señalar una presunta vinculación de estas con la participación de los jesuitas expulsos, como lo había hecho la Corona española cuando atribuyó a los jesuitas vinculaciones con el llamado motín de Esquilache en la ciudad de Madrid, que fue el pretexto desencadenante para su expulsión.
Los movimientos insurgentes proliferaron en estas tierras americanas como consecuencia de las políticas implementadas por la Casa de Borbón desde la metrópoli, repercutiendo con mayor o menor intensidad a lo largo y a lo ancho de todos los territorios ocupados por el colonizador, mereciendo destacarse –por lo difundido e investigado– lo acaecido en el Perú con la rebelión de Tupac Amaru, aplacada con la ejecución del caudillo reformista el 18 de mayo de 1781.
Este estado de cosas iba a desembocar –en ese año de 1781– en un hecho trascendental en la historia de la afirmación de la dignidad fiscal en tierras hispanoamericanas, como lo fue la llamada Revolución de los Comuneros de Nueva Granada, paradigmática protesta impulsada por intereses variopintos conjugados por todos los estamentos de la sociedad en pos de un único objetivo aglutinante: mancomunar esfuerzos ante las reformas fiscales encaradas por Carlos III.
Manuel Lucena Salmoral, en su obra El Memorial de Don Salvador Plata, los comuneros y los movimientos antirreformistas, describe con precisión los alcances de aquel movimiento integrado por muy diversos grupos con el objetivo de derribar un sistema oneroso de impuestos.
Uno de estos grupos –acota– era el de los terratenientes, en el que militaba Don Salvador Plata … otro era el de los mestizos … otro era el de los indios … Estos grupos caminaron unidos circunstancialmente hasta Zipaquirá, donde se creyó logrado el propósito de tirar por alto el sistema fiscal vigente, y se dio por concluido el matrimonio por conveniencia, disolviéndose el movimiento a continuación. (Lucena Salmoral. 1982, p. 9).

Esta protesta que podríamos llamar multisectorial, tuvo a mal traer a los esbirros del régimen. El referido Memorial señala que los enfrentamientos armados que provocaron las reformas carlistas recogieron el apoyo para los rebeldes de algunos de los propios funcionarios fiscales y hasta de los militares que el virrey mandó para sofocar la sublevación.
Enumera Lucena Salmoral la larga lista de levantamientos populares en el sur de la Américaespañola que precedieron al recién mencionado, afirmando que
… la verdadera causa impulsora de estos movimientos no es otra que la reforma tributaria y administrativa, que la Corona había emprendido desde 1763, cuando se pretendió transformar a unos empobrecidos reinos indianos en las florecientes colonias ultramarinas, mediante la aplicación de directrices de cuño francés. Surgieron de inmediato los primeros motines de protesta, como fueron los de Quito de 1765, contra la aduana y el estanco de aguardiente; los de Puno y Chuquito, producido por la numeración de los indios, así como el de Guamo del mismo año; los de Puebla, Guanajuato, los dos San Luis y Pátzcuaro de 1767 originados por el decreto de expulsión de los jesuitas … Nada se hizo a favor de estas protestas, salvo acallarlas por la vía de la represión. (Lucena Salmoral. Op. cit., p. 13).

Agrega Lucena Salmoral que en el Virreinato de la Nueva España los indígenas se levantaron, aunque con menos virulencia que en otras regiones, con motivo de la expulsión de los jesuitas, pero según este autor, siguiendo en esto al historiador Luis Navarro,
El mismo Visitador (Gálvez) nos ha informado de las complejas causas de aquellas turbulencias, que si en alguna manera obedecen al sentimiento por la salida de los Padres, en mucha proporción se originaron como protesta contra las crecientes cargas y trabas fiscales alcabalas, tabacos y contra los reclutamientos de milicias. En todo caso la protesta popular fue eficazmente acallada y la ejemplaridad de los castigos del Visitador garantizó la quietud del reino por muchos años. (Lucena Salmoral. Op. cit., pp. 14/15).

El grito general –dice Restrepo a propósito de estas revueltas antirreformistas– se dirigía a que se quitaran los pechos y las nuevas contribuciones con que los pueblos eran vejados y empobrecidos; mas al hacer su revolución, en cada uno de los lugares, protestaban que de ningún modo querían romper los vínculos a la nación española, ni el vasallaje que habían jurado al rey católico. No hubo, pues, espíritu alguno ni ideas de independencia. (Restrepo. Op. cit., p. 19).

Sobrevino entonces la etapa de radicalización de la Reforma en todo el territorio colonial español, con el aumento de gravámenes decretado el 26 de julio de 1776, unos días después que las colonias del Norte declararan su independencia, y unos días antes de la creación del Virreinato del Río de la Plata. Entrábamosya en la antesala histórica de nuestro primer gobierno patrio.

Presencia del pensamiento jesuítico en las reivindicaciones fiscales de la Hispanoaméricacolonial

Debo reconocer que ningún autor de los consultados atribuye participación directa, o aun indirecta, de los jesuitas en estas revueltas fiscales. Sin embargo sostengo que resulta sencillo vincular estas asonadas con la doctrina de la ley fiscal injusta acuñada –en forma no superada hasta el día de hoy– en el seno mismo de la Compañía de Jesús, por Francisco Suárez y Juan de Mariana.
Respecto de esto, dice Miguel Batllori  que:
En nuestros días la leyenda recogida con poca crítica por las más importantes síntesis históricas sobre la emancipación de Hispanoamérica, se ha convertido en un mito. Y aun se ha intentado valorizar el mito con la tradición política populista que los escritores de la Compañía –Suárez y Mariana, sobre todo y sobre todosperpetuaron gloriosamente en el período de la historia moderna conocido con el nombre de absolutismo. (Batllori. La cultura hispano-italiana de los jesuitas expulsos; españoles, hispanoamericanos, filipinos, 1767-1814. Madrid, 1966, pp. 591 y sgts.).

Según este autor hubo entre los expulsos solamente dos partidarios activos de la independencia: el mendocino Juan José Godoy, de la provincia de Chile, y el peruano Juan Carlos Viscardo, respecto de quienes relata sus tribulaciones y afirma que a pesar de haber coincidido temporalmente en Londres con Francisco de Miranda, hacia 1785 y 1798 respectivamente, no entraron en contacto personal con él, a quien Batllori considera una figura novelesca y mítica que permitió elevar la intervención de los jesuitas en la independencia hispanoamericana a la categoría de mito histórico[16].
Se excederían con largueza los límites de esta ponencia si intentásemos polemizar aquí con las afirmaciones de tan prestigioso investigador. Baste por el momento citar a García Rosell cuando dice:
Batllori, pese a que subestima el aporte de los jesuitas a la independencia de Hispanoamérica, no puede negar el interés con que los jesuitas “seguían” los cambios de la política europea y la influencia, la resonancia que éstos podían tener en los asuntos españoles y americanos, y el provecho que se podía sacar en contra de la monarquía … Un aporte sentimental, nutrido de la nostalgia de la patria ausente, y del odio profundo, irrefrenable, amargo que sentían por el rey y por la injusticia del destierro.(García Rosell, César. Miranda y los ex jesuitas desterrados: ensayo de interpretación histórica. Caracas, 1976, pp. 41/42).

Más allá de esto, y tal como lo señala Hanisch Espínola al reseñar las causas de la expulsión de los jesuitas de Chile, la doctrina de la no obligatoriedad en conciencia del impuesto injusto se erige como una de ellas junto a los reclamos sobre los diezmos, la exclusividad de las misiones, las propiedades agrícolas, etc.[17]
La obligación de pagar los impuestos en conciencia –dice Hanisch Espínola– era una idea que agradaba al gobierno español y más en un momento en que miraba a un reordenamiento económico, precisamente a base de impuestos, reformando los modos anteriores de cobrarlos … En esa época interesaba a los gobiernos obligar a sus súbditos en conciencia, como lo demuestra el juramento de fidelidad y otra serie de medidas que exigían obligar a los sujetos no solo ante el Estado, sino ante Dios. (Hanisch Espínola. Itinerario y pensamiento de los jesuitas expulsos de Chile (1767-1815), Santiago, 1972, pp. 23/24).

La vigencia del pensamiento jesuita sobre este tema en el proceso que llevó a la Independencia, desarrollado hasta la perfección por sus más preclaros pensadores, más allá de la participación activa que pudieran haber tenido los miembros de la Orden –ya sea antes o después de su expulsión– en las diversas manifestaciones revolucionarias, es un hecho que difícilmente pueda rebatirse a esta altura de la Historia.
¿Alguien podría negar la presencia de las ideas de Rousseau o de Voltaire en la Francia Revolucionaria de 1789, aunque ambos ya no estaban por entonces físicamente en este mundo?
Sostengo desde aquí que cada vez que se levanten las banderas de la dignidad fiscal en cualquier circunstancia en que la misma sea desconocida, allí estarán las ideas fuentes de esas formulaciones prohijadas en forma precisa del mensaje de Cristo por los hombres de la Compañía de Jesús, en cuanto reconozcan en el bien común la prístina razón de su existencia.

* XII Jornadas Internacionales sobre las Misiones Jesuíticas: “Interacciones y sentidos de la conversión”, Simposio: Economía, finanzas y administración misional, Buenos Aires, junio de 2008.


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[1] Maeder, Ernesto J. A. Aproximación a las Misiones Guaraníticas. Ediciones de la UCA, Bs. As.,  1996, p. 13.
[2] Mörner, Magnus. Actividades políticas y económicas de los jesuitas en el Río de la Plata - La era de los Habsburgos. Paidós, Bs. As., 1968, p. 142.
[3] Mörner, Magnus. Op. cit., p. 128.
[4] Catálogo de documentos referentes a jesuitas: 1584-1805, archivo de la Biblioteca Nacionalde la República Argentina, Bs. As., 1940, p. 42.
[5] Maeder, Ernesto J. A. Las misiones guaraníes y su organización política: evolución del sistema entre 1768 y 1810. Academia Nacional de la Historia. Separatade Investigaciones y Ensayos N° 35, Bs. As., 1987, p. 244.
[6] Maeder, Ernesto J. A. Antiguos panfletos sobre los jesuitas rioplatenses: la historia del rey Nicolás.Publicación del Octavo Encuentro de Geohistoria Regional, Resistencia, agosto de 1987. Publicado por el Instituto de Investigaciones Geohistóricas CONICET-FUNDANORD, Resistencia, 1988, pp. 213 y sgts.
[7] Conf. Ferrer Benimeli, José A. La expulsión y extinción de los jesuitas según la correspondencia diplomática francesa, II: Córcega y Paraguay. Universidad de Zaragoza-Universidad Católica del Táchira, Zaragoza-San Cristóbal, 1996, p. 288.
[8] Campomanes, Pedro Rodríguez de. “Dictamen Fiscal de Expulsión de los Jesuitas de España, 1766-1767”. Fundación Universitaria Española, Madrid, 1977, p. 138.
[9] Krause, Martín. “La rebelión fiscal a lo largo de la historia”. En diario “La Nación” del 22/06/08, Economía & Negocios, p. 3.
[10] González, Rubén, O. P. Los dominicos en los Treinta Pueblos guaraníes después de la expulsión de los jesuitas (1768-1821). Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, San Miguel de Tucumán, 1999, p. 6.
[11] Maeder, Ernesto J. A. Misiones del Paraguay: conflictos y disolución de la sociedad guaraní (1768-1850). Colecciones MAPFRE, Madrid, 1992, pp. 109 y sgts.
[12] Ídem ant., p. 114.
[13] Conf. Poenitz, Erich L. W. Edgar. “Causa de la decadencia de las misiones post jesuíticas. La investigación del Tte de gobernador Don Juan Valiente (1775)”.  Monografía. Instituto Regional de Investigaciones Científico-Culturales, Concordia, Entre Ríos, 1984.
[14] Acevedo, Edberto Oscar. “Noticia sobre la expulsión de los jesuitas del Tucumán y su trascendencia”. En Jahrbuch Für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, Bonn, 1967, pp. 521/542.
[15] Conf. González, Margarita. “Las Rentas del Estado”, en Manual de Historia de Colombia, Tomo II, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1984.
[16] Conf. Batllori, Miguel, S. I. El mito de la intervención de los jesuitas en la independencia hispanoamericana.En Razón y fe, revista cultural hispanoamericana, Madrid, 1952, pp. 1/17.
[17] Conf. Hanisch Espínola, Walter. Itinerario y pensamiento de los jesuitas expulsos de Chile (1767-1815). A. Bello, Santiago, 1972, p. 18.
Etiquetas: [Roberto Azaretto]  [YPF Yrigoyen Perón Fernández]  
Fecha Publicación: 2013-09-07T12:01:00.000-03:00
Hipólito Yrigoyen.



Por Roberto Azaretto*

 

Entre tantas tonterías y disparates que se dijeron con la confiscación de las acciones de Repsol, alguno asoció la sigla tradicional con tres presuntos promotores de YPF, en coincidencia con las iniciales de sus apellidos. Una falacia, otro mito nacional, el relato escondiendo la realidad.           

            Hay una historia del petróleo argentino vinculada al capital nacional que se remonta a mediados del siglo XIX y una historia del petróleo estatal que se inicia el 14 de diciembre de 1907, cuando el presidente Figueroa Alcorta, al enterarse del descubrimiento de petróleo en Comodoro Rivadavia, establece por decreto una reserva para el Estado de doscientas mil hectáreas alrededor del pozo.    

             No fue casual el descubrimiento. Al principio de la década, el presidente Roca crea la Dirección de Minas, Hidrología y Geología. El descubrimiento es fruto de un programa de exploración de búsqueda de agua y petróleo.             

Con la Y de Yrigoyen           

             En 1916 el presidente Yrigoyen llega al poder y disuelve el Directorio, que había nombrado Roque Sáenz Peña. Alejados sus integrantes, la burocracia del ministerio queda a cargo. Hay ineficacia y corrupción, que Mosconi citará en sus escritos.

             Siendo el general Mosconi responsable de los aviones del ejército, en 1919 no consigue adquirir nafta sin pagar al contado a la Standard Oil. Informado Yrigoyen, tres años después crea la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, semanas antes de concluir su   mandato.

             Alvear asume el 12 de octubre la presidencia de la Nación y nombra siete días después a Mosconi como titular de YPF. En su gestión se construye la destilería de la Plata y se instala una red de surtidores de nafta en Buenos Aires. Las utilidades se reinvierten en la empresa. El modelo que propone el después general Mosconi es el inglés, que impulsara Winston Churchill siendo primer Lord del Almirantazgo: una empresa mixta con fuerte participación, en ese caso de la Armada en el capital, pero de gestión totalmente privada.            

             Cuando regresa al poder Yrigoyen, el general Mosconi renuncia, no concuerda con el caudillo en su manera de gestionar ni en la cuestión petrolera. Pero ante la insistencia presidencial sigue al frente de la empresa aunque renuncia tres veces más.

             Mosconi, si bien ahora acepta una empresa monopólica, mantiene el criterio que la misma debe ser mixta y con el gobierno fuera de la gestión. También se opone a la expropiación de las empresas privadas existentes y que producían la mitad del combustible porque resta recursos a la capitalización de YPF. Además no acepta los precios políticos y los obstáculos para formar una red de estaciones de servicio con concesionarios privados.      

             Es Alvear con la colaboración de Mosconi, el presidente radical que fortalece a YPF y no Yrigoyen.                      

Con la P de Perón             

             Si bien durante la primera presidencia del general Perón se nacionalizan y estatizan los recursos mineros y energéticos, la posición personal de Perón en materia petrolera es ambigua según Nicolás Galano, economista que investigó minuciosamente la cuestión petrolera publicando un libro de más de setecientas páginas (“Historia del Petróleo en la Argentina”). Arturo Frondizi denuncia en 1947 un acuerdo secreto con la Standard Oil por el cual ésta perfora cuarenta pozos para YPF.      

              La empresa estatal se descapitaliza por el esfuerzo realizado en la Segunda Guerra Mundial y la falta de equipamiento por el bloqueo impuesto por Estados Unidos ante las veleidades nazis de la dictadura militar de esos años. Luego los precios políticos a los combustibles y el desplazamiento de técnicos y profesionales por partidismo, van disminuyendo la capacidad de YPF. Simultáneamente al crecer el consumo, la importación de combustibles llega al 30% del total de las importaciones, provocando escasez de divisas para el desarrollo   nacional.

              Como resultado de este proceso en 1953, en su segunda presidencia, el general Perón firma el contrato con la Standard Oil de California dándole en concesión gran parte de la provincia de Santa Cruz. Este convenio no estaba ratificado en el Congreso al momento del derrocamiento del fundador del peronismo.      

              En el exilio venezolano Perón escribe su libro: “La fuerza es el derecho de las bestias” donde destaca que en ese país ha comprobado las ventajas de las concesiones al capital extranjero para producir petróleo. Escribe Perón: “Creo que YPF no tiene capacidad organizativa, no tiene capacidad técnica, no tiene capacidad económica para autoabastecer a la Argentina de petróleo”.              

Con la F de Fernández                    

               Cristina Fernández y su marido apoyaron la escandalosa venta de YPF a Repsol, una empresa española de menor importancia y sin experiencia en la exploración y extracción de petróleo. Al poco tiempo del inicio del gobierno kirchnerista, se levantaron voces advirtiendo sobre la caída de la producción, la necesidad de construir una tercera destilería y de invertir en generación eléctrica.

               Se fundó la empresa estatal Enarsa para explorar el mar argentino. No concretaron un solo pozo en diez años.      

               Regalaron a la familia Eskenazi el 25% de las acciones a pagar con las utilidades de la empresa. Esto más los precios políticos, restaron fondos para invertir en exploración y extracción del            petróleo.

                Insultaron y ningunearon a los 8 secretarios de Energía de la democracia, radicales y peronistas, que advirtieron, hace 5 años, sobre la falta de inversión y sus consecuencias. Frente al relato fantasioso recobra vigencia la frase de Perón: “La única verdad es la realidad”. La realidad es la crisis del sector externo ante la necesidad de importar doce mil millones de dólares en combustibles. La realidad en la historia es que la misma se ha falseado por el partidismo y los prejuicios.   

                 La historia indica que el presidente que más hizo por la YPF estatal fue el ingeniero civil y general Agustín P. Justo, presidente de la Nación entre 1932 a 1938. Contó con la colaboración de su ministro de agricultura, Antonio Di Tomaso y el presidente de la empresa hasta el golpe fascista de 1943, el ingeniero Ricardo Silveyra. Eso y el papel del gobernador Rodolfo Corominas Segura y su sucesor Adolfo Vicchi, serán motivo de otra nota.


* Los Andes, Mendoza, 9 de junio de 2012.
Etiquetas: [Ernesto Quesada]  [Quesada y su método histórico hermenéutico]  
Fecha Publicación: 2013-07-22T12:36:00.000-03:00
Ernesto Quesada.




Por Alberto Buela



Cuando Ernesto Quesada (1858-1934) publica en 1893 su pequeño libro La Decapitación de Acha: El historiador Saldías y el General Pacheco y  continúa luego con una serie de monografías publicadas en los folletines del diario El Tiempo(en junio y julio de 1896); en la revista La Quincenade 1897 y en la Revista Nacional (1896), y en 1898 La Época de Rosas, no pensó que iba a producir el cambio metodológico más significativo en la ciencias del espíritu en esta parte del mundo.
Todos estos trabajos, junto a otros, fueron reunidos en una sola obra titulada La Epoca de Rosas publicada en una primera edición de 1926, que consta de cinco volúmenes: Lamadrid y la liga del norte (1840), el primero; Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, después; Pacheco y la campaña de Cuyo (1841), el tercero; Acha y la batalla de Angaco y el quinto Los Unitarios y la traición a la patria.
Como en el ordenamiento de estos volúmenes se siguió un criterio cronológico, el opúsculo sobre la época de Rosas que presta el título a la obra se encuentra incluido en este último volumen. Y su introducción, que es a todos los tomos, se colocó aquí, al final y no al principio como podría esperarse. Quesada lo explica. El primer volumen en editarse fue el quinto y no el primero. Lo más probable es que el editor haya hecho prevalecer su criterio comercial pensando que se podría vender más y mejor una obra con el título de Rosas que una sobre Lamadrid, Lavalle, Pacheco o Acha. Así comprando el primer volumen quedaban enganchados los futuros compradores de los otros.
Lo cierto es que en la Introducción a la Epoca de Rosas  es en el único lugar donde Quesada habla de los instrumentos teóricos y metodológicos de que se valió para su tarea, que en este caso se desarrolla en el domino histórico.
En un trabajo titulado Historia y Memoria nacional, comunicación al primer Congreso europeo de latinoamericanistas (Salamanca, junio 1996) sosteníamos: “La historia revisionista, como su nombre lo indica, es la que revisa la historia oficial, transformándose en su contrapartida.
Esta corriente se inicia con la reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas y tiene como antecedentes a Manuel Bilbao y su “Historia de Rosas”(1872) y a Adolfo Saldías con “Historia de la Confederación Argentina”(1892). Pero el revisionismo como corriente historiográfica nace con el trabajo de Ernesto Quesada “La época de Rosas”(1898), que es cuando por primera vez se denunció la necesidad de superar el método lineal-positivista de la historiografía liberal. Tanto Bilbao como Saldías tienen un propósito reivindicatorio, pero su método histórico es el liberal, pues “ninguno de los dos consiguió desaferrarse de la sujeción estricta a la letra escrita”(1), en cambio Quesada establece la diferencia metodológica entre la explicación liberal-positivista y la comprensión histórico -hermenéutica. De modo que el aporte de la corriente revisionista no se agota en lo reivindicativo sino que se extiende a lo metodológico”(2).
En este trabajo buscaremos fundamentar esta afirmación. En primer lugar cabe destacar que la Introducción y los capítulos I y II, fueron escritos entre 1896 y 1897, época temprana en el desarrollo intelectual de Quesada, habida cuenta que hasta entonces solo había trabajado sobre una sola monografía histórica (La decapitación de Acha) y, sí, varios temas de derecho (Sobre quiebras, Unificación de la deuda Argentina, Impuesto a la renta, La cuestión social y la Iglesia, Derecho de gracia), pues su título era de abogado.
La segunda época de Quesada se inaugura con el descubrimiento del controvertido pensador Oswald Spengler(1880-1936) autor de la renombrada, en su época,  Decadencia de Occidente (1918-1922) que como hace notar Horacio Cagni “ Aún no había aparecido el tomo II de la Decadencia cuando el Dr. Ernesto Quesada, antes que en ningún otro lugar del mundo fuera de Alemania, dedicaba el entero año 1921 a la “sociología relativista spengleriana”, cuarenta y cuatro conferencias dictadas en su cátedra de las Universidades de Buenos Aires y La Plata”(3).
 Y a partir de este momento los trabajos sobre el pensador alemán ocupan todo su interés intelectual: La sociología relativista  spengleriana(1921); La nueva doctrina sociológica (1922); La evolución sociológica del derecho según la doctrina spengleriana(1923); La evolución del derecho público según la doctrina spengleriana(1924); Spengler en el movimiento intelectual contemporáneo(1926).
Volviendo a nuestro tema, Ernesto Quesada comienza su Introducción afirmando: “La época más oscura y compleja de la historia argentina es, sin duda, la de Rosas”. El estudio de esta época lo apasiona en razón misma de los obstáculos que hay que vencer: a) avalancha de escritos de todas formas y lugares de parte de los unitarios enemigos de Rosas, y b) y solo la escueta información oficial del gobierno de Rosas.
Su lema es entonces el festina lente que aconsejaban los antepasados. Esto es, “apresurar con calma”, o “presuroso con circunspección”. En una palabra, obrar con máxima prudencia pero actuar rápido.
Y viene acá el meollo de su método: “ publicar fragmentariamente el resultado de la investigación en tal o cual punto o faz de la cuestión (festina), procurando así provocar la rectificación, aclaración o complemento eventual (lente), por parte de cualquiera de los que tengan posibilidad de hacerlo. Sea por conservar vivaces aún los recuerdos de cerca de un siglo entero, sea por poseer papeles o documentos que puedan arrojar vivísima luz sobre lo que parece, a primera vista, inexplicable”.
No es necesario ser un genio para darse cuenta que este método, el festina lente, al exigir la descripción del fenómeno (publicar fragmentariamente el resultado) y  reclamar la verificación intersubjetiva (provocar la rectificación o aclaración) de la investigación realizada, está más cerca del método fenomenológico de Husserl y del historicismo de Dilthey, que del positivismo de Comte o Spencer.
El estudio de la historia deja de tener por objeto formular leyes y preveer el futuro sino que busca comprender las intencionalidades que produjeron los hechos a través de un análisis de los vínculos de significación. Los historiadores a partir de Quesada buscaran hallar “las conexiones intencionales (significativas) teleológicas”, en lograda expresión de Franz Brentano y que incansablemente repitiera Pérez Amuchástegui desde su  cátedra de Introducción a la historia en la Universidad de Buenos Aires.     
Ya no es como en Saldías o Bilbao el método de “sujeción estricta a la letra escrita del documento”, según la sagaz observación del mencionado Amuchástegui.
Quesada le agrega y exige la hermenéutica, la interpretación intersubjetiva del documento, el descubrimiento de la intencionalidad.
Y es sabido que la hemenéutica, la ciencia de la interpretación, tiene por objeto vincular la comprensión y la explicación. En la comprensión se estudia el sentido del fenómeno estudiado y con la explicación se estudia la referencia al contexto.
Así Quesada busca una comprensión, en este caso la época de Rosas, sin perder la referencia, esto es, el contexto de la época. Intenta una representación plena; unir en un solo acto comprensión y explicación; sentido y referencia; intencionalidad y contexto.
Buscando la referencia del fenómeno (la época de Rosas) Quesada comienza por desmitificar las mentiras a designio de Sarmiento quien, “con el soberbio dogmatismo que lo caracterizó y tras el cual ocultaba magistralmente el vacío, a veces profundo, de su educación autodidacta y enemiga de las investigaciones profundas”, popularizó el error de sostener que el federalismo argentino fue implantado artificialmente por espíritu de imitación de Estados Unidos.
Por el contrario la génesis de la federación argentina está en la herencia de la confederación de los reinos españoles, de Castilla, Aragón, Navarra y la región vascongada con su legislación peculiar, sus fueros y sus ayuntamientos más o menos autónomos. Ello es lo que constituyó el régimen de la monarquía histórica.
La idea federativa entendida como la unión de entidades de soberanía limitada, con cabildos autónomos es la idea madre de la federación. Y esto es español por lo cuatro costados.
Y observa Quesada, agudamente: “lo nuevo, lo moderno, fue el nombre, porque federal, federación, confederación. No eran vocablos coloniales”.
El rey a pesar de ser absoluto y representar el poder supremo no absorbió ni centralizó la administración, que por los fueros, quedó en los reinos y en las comunas.
La sociedad colonial del Río de La Plata heredó del español su defensa de la descentralización administrativa que fue la base de los fueros.
El organismo colonial argentino, que no es el del Chile que por su configuración geográfica fue desde siempre una gobernación centralizada como capitanía, gira alrededor de la intendencias (el virreinato tuvo ocho) que tienen influencia regionales, y al calor de los cabildos con influencia local. “La idea federal estaba en la vida colonial por la naturaleza de las cosas”.
En cuanto al sentido del fenómeno (la época de Rosas) Quesada lo encuentra en la acción que durante 25 años de gobierno, deshizo el caudillaje, sofrenó los partidos, nacionalizó el país y cimentó el respeto a la autoridad central.
Conviene recordar que Rosas surge como consecuencia que al regreso de Brasil dos generales –Lavalle y Paz- cometen la acción incalificable de sublevarlo (al ejercito) y hacerlo servir a sus miras políticas. Lavalle toma Buenos Aires y fusila a Dorrego y Paz asalta Córdoba. La indignación fue tan profunda que el país entero se puso de pie. Rosas en Buenos Aires expulsa a Lavalle, López en Santa Fe captura a Paz  y Quiroga en Cuyo destroza a Lamadrid.
Rosas, caudillo como los otros,  comienza paciente y afanosamente a apaciguar primero y a dominar después a los otros caudillos y a acostumbrarlos “al principio de acatamiento de la entidad moral que se llamó Confederación argentina, e imponiéndoles al fin la preeminencia del gobierno nacional” .  La inquebrantable firmeza en medio de un período terrible con invasiones constantes de los unitarios y guerras con naciones más poderosas, sin recursos y luchando con todo género de inconvenientes internos y externos, hicieron que el sentido de su época fuera el de la consolidación nacional.
En este trabajo de hermenéutica histórica que realiza Ernesto Quesada queda por último el juicio valorativo, en este caso del historiador. “El error de Rosas fue creer que el régimen confederado era el ideal porque dejaba así a muchas provincias entregadas a la cuasi barbarie, y expuesta la estabilidad nacional a la inconsistencia. Su  política solo habría podido realizarse con un régimen de federación que imposibilitara a las provincias para considerarse republiquetas y que diera cohesión al país”.  Esto hubiera evitado la segregación de las provincias bolivianas, del Uruguay y del Paraguay. En Rosas está aun vigente el ideario de restauración del viejo Virreinato del Río de La Platay es por ello que entiende la unidad como Confederación y no como Federación.

Notas:

1.- Pérez Amuchástegui, Antonio: Federalismo e historiografía, Revista de la Escuela de Defensa Nacional N°13, p.21, Buenos Aires (sin fecha, circa 1973).
2.- Publicado luego en el libro Ensayos de Disenso, Ed. Nueva República, Barcelona, 1999, p.163.-
3.- Cagni, Horacio: Miradas cruzadas: Spengler en Iberoamérica, Buenos Aires, edición en Internet, 2003, p. 2.-
Etiquetas: [Carlos A Page]  [IHS]  [Revista semestral IHS Antiguos Jesuitas en Iberoamérica]  
Fecha Publicación: 2013-06-06T23:25:00.000-03:00


La Revista IHS es una publicación semestral del Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS), perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) Argentina. Aparece simultáneamente con la próxima conmemoración del bicentenario del restablecimiento de la Compañía de Jesús al mundo católico. Posee un formato on-line de acceso sin restricciones a todo su contenido desde el momento de su publicación. Cuenta con las secciones ArtículosNotas y ComunicacionesReseñas bibliográficas y Documentos históricos. Se propone publicar investigaciones originales que contribuyan al conocimiento, fomenten el debate entre investigadores y recojan variadas corrientes historiográficas. Las temáticas están abiertas a diversos aspectos de la historia de la Compañía de Jesús, abarcando el periodo comprendido entre la Fundación (1540) y la Restauración (1814) dentro del ámbito geográfico Iberoamericano.


AVISOS

CONVOCATORIA A PUBLICACION DE TRABAJOS INEDITOS EN LAS CUATRO SECCIONES DE LA REVISTA


IHS, Antiguos jesuitas en Iberoamérica invita a especialistas en la temática de la revista a enviar contribuciones para su próximo número hasta el 15 de julio de 2013.
Etiquetas: [El revisionismo actual no revisa el pasado pretende reescribirlo a su medida]  [Fabián Bosoer]  [Marcela Ternavasio]  
Fecha Publicación: 2013-04-28T19:04:00.000-03:00
Manuel Dorrego.

Por Fabián Bosoer


El buen conocimiento de la historia rechaza el estereotipo y la simplificación. Tampoco concibe la existencia de “una” verdad histórica sino aproximaciones a ésta a partir del cúmulo de estudios e investigaciones serias, honestas y rigurosas que aportan riqueza, desde los más diversos registros y perspectivas, a esa policromía de miradas sobre nuestro pasado. Son premisas básicas y evidentes pero se hace necesario recordarlas cada vez que se pretende establecer una historia oficial, con sus cánones de discusión, sus temáticas y relatos, sus consagrados y condenados, además de sus funcionarios vigilantes, mientras se desconoce o desdeña la rica producción historiográfica que se ha producido y se produce en nuestro país. En esos “combates por la historia”, de carácter ético antes que ideológico, interviene Marcela Ternavasio desde su lugar de historiadora de la UBA, profesora de la Universidad Nacional de Rosario e investigadora del CONICET. Es profesora titular de Historia Argentina en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR y autora, entre otros, de los libros Gobernar la revolución, 1810-1816; La correspondencia de Juan Manuel de Rosas y La revolución del voto, 1810-1852. Dirigió un volumen sobre Historia de la Provincia de Buenos Aires que acaba de publicar Edhasa.

¿El peso de la provincia de Buenos Aires en la política nacional es consecuencia del modo en que se organizó nuestro país?

Hay una gran identificación -y confusión- entre la historia de la Nación argentina y la de la provincia de Buenos Aires, como si se hubiera tratado de un mismo y único proceso. Esto está sostenido por ciertos lugares comunes muy difundidos, entre ellos el del centralismo porteño, cuando en realidad esa relación entre la construcción de la provincia de Buenos Aires y la del Estado nación fue muy conflictiva, cruzada y surcada por muchas tensiones. Esto se revela ya en las primeras décadas del siglo XIX, cuando la provincia se constituye como un Estado autónomo independiente, como el resto de las Provincias Unidas. El punto clave es que estaban desunidas, pero eso no significa que, en esa autonomía de cada una de las provincias, no haya existido una vocación por construir una unidad mayor.

¿Qué es lo que impidió esa construcción confederal? 

Si no se concreta antes, en gran parte, es precisamente porque lo que estaba en juego era cuál iba a ser el papel de Buenos Aires. Buenos Aires fue siempre la provincia más autónoma, la que impuso las reglas y los criterios para definir qué parte debía tener en ese Estado nacional. Entre otras cosas, porque era la provincia que podía sobrevivir como un Estado autónomo, porque tenía una geografía muy favorable y su autonomía le permitía tener, entre otras cosas, el puerto de ultramar, las condiciones para lanzarse a una expansión productiva, con sus tierras, el ganado y su inserción en el mercado internacional; porque tenía un capital cultural, una ciudad abierta al mundo y a las nuevas ideas; porque tenía las condiciones políticas para hacerlo. Esto le permite a Buenos Aires, desde 1820 en adelante, ocupar un papel central en ese proceso y, a la vez, poder darse el lujo de establecer las pautas para la futura organización nacional. 

¿Entonces triunfa el centralismo bonaerense? 

La relación entre centralismo y provincia de Buenos Aires es complicada. De hecho, es el mismo partido unitario, centralista, el que en 1825 propone una ley de capitalización, donde le cercena a la provincia una franja mucho más amplia que la que se le quita en 1880, cuando se da la federalización de Buenos Aires, que iba de San Fernando a Ensenada. Básicamente son las provincias las que se van a oponer a esta ley de capitalización, por la cual después van a luchar hasta 1880. Uno podría decir, casi provocativamente, que la construcción del Estado nación se hizo “contra Buenos Aires” y culminó con una guerra, en 1880, para lograr imponer esa federalización. 

¿Ni los unitarios eran tan centralistas ni los federales tan federalistas? 

Estas luchas se van fraguando con modulaciones y ondulaciones entre el 1820 y el 1880, pero lo que efectivamente dividió aguas, en la primera mitad del siglo XIX, es la cuestión del federalismo y el centralismo. Un centralismo que adopta el nombre de “unitarismo” recién en el tercer congreso constituyente de 1824. Allí, lo que dejan como herencia la crisis de la monarquía y la primera década revolucionaria, es precisamente cómo dirimir la distribución de poder y las futuras formas de gobierno. Es decir, ¿cuál va a ser el nuevo sujeto de imputación de la soberanía? ¿Una nación única e indivisible de carácter centralista o un Estado que adoptase una forma de gobierno federal? Este federalismo es una reivindicación de los pueblos, ciudades, luego provincias, que disputan un lugar en esa organización, con ciertas autonomías y poderes, y si fracasaron los tres primeros congresos constituyentes fue, en gran parte, por esta disputa. 

¿Es Rosas quien divide las aguas? 

Precisamente, a partir de 1829, cuando asume Juan Manuel De Rosas su primer gobierno en la provincia de Buenos Aires, se advierte un deslizamiento del uso político de los vocablos “unitario” y “federal”. Dejan de ocupar un lugar en la disputa entre las formas de gobierno, para pasar a ser dos términos que, en la disputa semántica de la política de aquellos años, están revelando hasta qué punto podía hacerse de ellos un uso político muy eficaz, como el que hizo Rosas, para dividir el cuerpo político. Rosas lo faccionaliza al máximo y por lo tanto los conceptos de unitario y federal pasan a utilizarse para dirimir esa disputa. De hecho, la forma de gobierno no se vuelve a discutir, Rosas va a ser el principal responsable de frenar toda tentativa de una organización nacional y reunir un nuevo congreso constituyente. 

¿Por qué lo hizo? 

La división entre unitarios y federales le permitió colocar al unitario como el enemigo de esa unidad federal. Así se naturaliza la idea de que lo federal es bueno y lo centralista es ontológicamente malo; se desplaza al unitario del plano de la legitimidad política. Entonces, de allí en más, lo unitario y lo federal deja de tener el viejo contenido de disputa en torno a cuál será el sujeto de imputación soberano y la futura organización del país, para ser un instrumento político en manos del rosismo y establecer las fronteras entre amigo o enemigo, entre los que estaban autorizados a formar parte de ese espacio político y los que no. 

¿Sigue vigente esa distinción entre unitarios y federales en los postulados revisionistas? 

Hoy se reactualizan las viejas disputas entre unitarios y federales; aparecen los panteones, entre ellos el revisionista, con Juan Manuel de Rosas a la cabeza como el gran campeón del federalismo, a partir de la construcción de una república federal y una confederación federal, donde el federalismo pasa a ser una idea indiscutible. Es decir, no se somete a discusión ni a revisión qué forma debía adoptar ese federalismo. Lo que tenemos en realidad es una forma institucionalmente confederal, con provincias autónomas, pero donde la provincia más importante, que es Buenos Aires, puede (a partir de un rosismo que hace del federalismo esta reivindicación, no en términos de forma de gobierno sino de lucha facciosa) imponer un sistema. Dentro de la provincia de Buenos Aires este sistema va ser de carácter unanimista y plebiscitario y, hacia afuera, gracias al pacto federal, le otorga a Buenos Aires las relaciones exteriores y los mecanismos para intervenir en las provincias. Todo esto acompañado con amenazas de coacción, el envío de ejércitos si era necesario, pero también con la convicción de que a través de mecanismos de consenso se podía lograr esta suerte de unanimidad federal en toda la confederación. Rosas logra hacer con el federalismo una gran bandera política, que le da mucho poder. 

¿Cuánto de esto se constituyó en una práctica política común en el siglo XX y hasta nuestros días? 

La Constitución de 1853, entre otras cosas, establece un punto fundamental para diferenciarse del rosismo y evitar los riesgos que un régimen unanimista podía acarrear al prohibir explícitamente el otorgamiento de facultades extraordinarias. Líderes con vocación plebiscitaria tuvimos siempre. Yrigoyen la tuvo; obviamente, Perón. Ahora, va adoptando distintos formatos y variantes en las prácticas políticas e institucionales, pero sin duda que esta reivindicación de una soberanía popular, que a través de la aritmética del voto busca refrendar determinadas políticas de Estado, está muy presente en nuestra historia y sigue vigente en nuestros días, aunque revista un carácter de novedad. Es una idea muy vieja, diría pre-constitucional. 

¿Hay algo de eso en la reivindicación revisionista que hace el kirchnerismo? 

El Gobierno tiene una vocación pocas veces vista por hacer un uso político del pasado, por reivindicar una línea específica de ese pasado. Lo está mostrando en las últimas iniciativas públicas, desde la conformación del Instituto Dorrego y lo que está ocurriendo ahora con los cambios en el Museo Histórico Nacional y otros espacios, como el Museo del Cabildo. Se pretende imponer una línea muy anacrónica, que reivindica un determinado panteón y ciertos personajes. Es una línea que no es nada nueva y se fue construyendo a partir de los años 30, con ese revisionismo histórico. Aquello que nació como una disputa ideológica frente al liberalismo hoy sorprende a gran parte de la ciudadanía y a los historiadores como una operación de reivindicar una línea que no revisa el pasado sino que pretende escribirlo a su medida. 

¿No alienta el debate esta confrontación de perspectivas? 

El Bicentenario fue un momento de oportunidad para enriquecer el gran debate en torno a nuestra historia; un debate donde se disputan las memorias históricas y las distintas interpretaciones. La sensación que tengo es que, lejos de abrir ese debate, lo que se hace es cerrarlo y tratar de imponer nuevamente a la historia como el gran tribunal que dirime entre buenos y malos. Faccionaliza el espacio historiográfico y es muy eficaz para sostener la división entre los distintos sectores ideológicos de nuestro país, pero le hace un flaco tributo a ese pasado, con toda la riqueza que éste tiene.
Etiquetas: [Juan Manuel de Rosas]  [Opiniones y conceptos sobre Juan Manuel de Rosas]  
Fecha Publicación: 2013-03-30T10:11:00.000-03:00
Juan Manuel de Rosas (óleo de autor anónimo).



“Si se perdiesen los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate. Hablar de la expectabilidad de Rosas es hablar de la expectabilidad del país que representa”. (Juan Bautista Alberdi, Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho).

“Yo fui su enemigo, lo recuerdo con disgusto”. (Juan Bautista Alberdi, Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho).

“No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar (Plebiscito del 26, 27 y 28 de marzo de 1835, en Buenos Aires). Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión...que el de Don Juan Manuel de Rosas” (Domingo F. Sarmiento, Facundo o Civilización y Barbarie).

“Se paseaba triunfante por las calles de Buenos Aires, hacía gala de su popularidad, recibía a todo el mundo, era un eco de alegría y de aplausos el que se alzaba por donde él pasaba; su casa era el pueblo, el pueblo lo amaba” (Florencio Varela, cit. en Manuel Gálvez, Vida de Juan Manuel de Rosas).

“Buenos sentimientos le guardan los mismos que contribuyeron a su caída, no olvidan la consideración que se debe al que ha hecho tan gran figura en el país y a los servicios muy altos que le debe y que soy el primero en reconocer, servicios cuya gloria nadie puede arrebatarle” (Justo José De Urquiza. Carta a Rosas del 24 de agosto de 1858, cit. en Mario César Gras, Rosas y Urquiza. Sus relaciones después de Caseros).

 “Rosas... llegó un momento en que dominó por completo el escenario del país y su acción trascendió los límites de Argentina... Rosas tuvo amigos entre gente importante y entre los humildes. Mas su prestigio como hombre lo afirmó en estos últimos; entre los importantes se incubaron sus enemigos... A los personajes federales del interior, los envolvió en una trama amistosa tan fuerte y sutil que sin su conocimiento haría inexplicable la acción política desplegada. Con Estanislao López y Juan Facundo Quiroga estructuró la confederación a partir de 1831 sobre la base de un íntimo entendimiento... En la correspondencia sostenida con uno y otro y los respectivos actos de conducta aparenta dos ecuaciones personales diferentes fruto de una conciencia política proteiforme. Es un Príncipe Criollo” (Emilio Ravignani, cit. en Fermín Chávez, La Vuelta de Don Juan Manuel).

“En muchas oportunidades como en una carta a Clarín en 1966, afirmé que es una triste muestra de inmadurez política y espiritual, el exilio póstumo de Juan Manuel de Rosas. Un hombre que luchó por la soberanía nacional contra potentes enemigos de afuera así como contra los argentinos que desde adentro los apoyaban...en esta ciudad de Buenos Aires hay calles que celebran la memoria de modestos concejales, por el sólo mérito, quizá, de haber promovido la lucha contra el tabaco, o exigido salivaderas en los lugares públicos; pero no hay una sola calle, y mucho menos una avenida, para hombres como Rosas y Quiroga” (Ernesto Sábato, 1974).

“El primero que después de San Martín muere en el exilio por haber defendido dignamente la soberanía popular y la independencia de la Patria. Los que se han dicho sanmartinianos, parecen no haber comprendido la lucha contra el colonialismo que realizó Rosas, lo que San Martín vio claro a quince mil kilómetros de distancia. Él le rindió a Rosas el mejor homenaje que un soldado puede rendir a otro soldado: su sable libertador...”. (Carta de Juan Domingo Perón a Fermín Chávez, 20 de octubre de 1970, cit. en Fermín Chávez, La Vuelta de Don Juan Manuel). 

“Juan Manuel es mi amigo. Nunca me he engañado. Yo y todos mis indios moriremos por él. Si no hubiera sido por Juan Manuel, no viviríamos como vivimos en fraternidad con los cristianos y entre ellos. Mientras viva Juan Manuel todos seremos felices y pasaremos una vida tranquila al lado de nuestras esposas e hijos. Todos los que están aquí pueden atestiguar que lo que Juan Manuel nos ha dicho y aconsejado ha salido bien...” (Discurso del cacique Catriel en Tapalqué por el segundo gobierno de Rosas, cit. en Adolfo Garretón, Partes detallados de la expedición al desierto de Juan Manuel de Rosas en 1833).

“Nuestro hermano Juan Manuel indio rubio y gigante que vino al desierto pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios, y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos” (Cacique Catriel, cit. en Julio A. Costa, Roca y Tejedor). 

“Que él había acompañado en cinco campañas a Juan Manuel y que siempre había de morir por él porque Juan Manuel era su hermano y el padre de todos los pobres” (Discurso del cacique Nicasio en Tapalqué por el segundo gobierno de Rosas, cit. en Adolfo Garretón, Partes detallados de la expedición al desierto de Juan Manuel de Rosas en 1833).

“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” (José de San Martín, 3° artículo de su testamento, cit. en Ricardo Font Ezcurra, Correspondencia entre San Martín y Rosas).

“Como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida Patria y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán encontrado; deseo que al terminar su vida pública se vea colmado del justo reconocimiento del pueblo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota” (José de San Martín, cit. en Ricardo Font Ezcurra, Correspondencia entre San Martín y Rosas).



Fermín Chávez.




                               Por Francisco José Pestanha*

“En verdad, la Nación y todo proyecto nacional, en el mundo de la periferia siempre fueron objetos de campañas destinadas a mantener el dominio o a conquistarlo. Los argentinos sabemos bien como funcionó el famoso dilema Civilización o Barbarie blandido como verdad científica. Hoy aquel primer termino de la vieja disyuntiva ha sido reemplazado por modernización, eficientismo, o poder tecnológico, contra el que no se puede” (Fermín Chávez).
                                                                                                                                

Su infancia     

Benito Enrique Chávez (Fermín) nació un 13 de julio de 1924 en El Pueblito, un caserío situado a 24 kilómetros de la localidad de Nogoyá, provincia de Entre Ríos. Hijo de Gregoria Urbana Giménez oriunda de Paysandú y de Eleuterio Chávez; el pequeño transcurrirá sus primeros años en un medio rural que nunca olvidará y que, probablemente, contribuyó a forjar en él una sencillez admirable.
Su padre fue agricultor hasta que a mediados de 1920 abandonó la actividad. Son tiempos de la crisis de un modelo agro exportador cuyos primeros indicios comenzaron a manifestarse en la periferia. Los pequeños y medianos agricultores se constituirán en las primeras víctimas de un crack internacional que hará tambalear al “granero del mundo”. A consecuencia de ello, don Eleuterio, deberá alternar su tiempo entre el oficio de peluquero y de fabricante de escobas de palma. Durante un breve lapso administrará un pequeño boliche de campo en el paraje de Crucesitas.

Desde muy niño sorprenderá a Fermín el cuño yrigoyenista de su progenitor quien militará activamente en el partido centenario hasta 1951. Según su propia confesión lo deslumbrará además esa misteriosa relación que se estableció entre el Peludo y el criollaje. Nuestro maestro interpretará años después que para muchos criollos, Yrigoyen, representó la reencarnación de la figura del caudillo y el resurgimiento de la estirpe federal. Sus primeros recuerdos políticos se remontan a la campaña de 1928, donde recuerda que su padre lo hacía subir a una mesita junto al camino que cruzaba delante de la casa para que les gritara a los del otro bando: “¡Viva Yrigoyen! ¡Yrigoyen presidente! ¡Melo, Gallo que             revienten!”[1].

            En los comicios de  1952 don Eleuterio votará por primera vez a Juan Perón.
 Desde niño recibirá la tradición López Jordanista de su abuela Martiniana, quien había contraído nupcias con Santiago Moreira un criollo que, integrando las tropas de Ricardo López Jordán, cayó prisionero en la batalla de Don Gonzalo el 9 de diciembre de 1873. En aquella legendaria contienda que constituirá un hito en la derrota de los federales, una columna del ejército nacional al mando de Juan Andrés Gelly y Obes a fin de dar cuenta de “gauchos de Jordán”, recurrirá a fusiles de repetición y asimismo, a una nueva arma: la ametralladora. El hijo de Moreira, Santiago Pantaleón, según reconoce el mismo Chávez, tuvo sobre él muchísima influencia debido a sus relatos históricos, además, la palabra de la abuela Martiniana “era palabra santa” en la intimidad familiar[2].

Su formación 

Una vez por semana llegaba al pueblito la revista Caras y Caretas publicación que alimentó las lecturas infanto juveniles de Fermín. Los Chávez no tenían radio, pero cada tanto, podían escucharla en la casa de su tía Vitalia López.
Su educación inicial estará marcada por las contradicciones entre el “relato oficial” de la historia que fue adquiriendo en la Escuela Provincial Nº 14 y las narraciones que circulaban dentro de su ámbito familiar. Mientras en la escuela Justo José de Urquiza aparecía como el inmenso prócer provincial con proyección nacional, en su casa, el verdadero “héroe” será Ricardo López Jordán.
La caída del caudillo radical en setiembre de 1930 será vivida por los Chávez como un verdadero drama; la crisis económica, los obligará a radicarse temporalmente en la ciudad de Nogoyá. Cohabitarán un tiempo en casa de su tía Rosa Moreira, y de regreso a El Pueblito, Fermín volverá a estudiar en la escuela 14. Recién conocerá la “gran ciudad” Paraná en 1936 oportunidad en que junto a sus padres, visitarán a su hermana mayor María Petrona.
A instancias de fray Reginaldo de la Cruz Saldaña (hombre de la Iglesiaal que le estará eternamente agradecido) Chávez proseguirá sus estudios en la ciudad de Córdoba en un colegio apostólico dominico orientado hacia las vocaciones sacerdotales. En cierta conversación nuestro maestro relatará que aquella oportunidad fue única, ya que en Nogoyá no había escuela nacional, y la de Victoria, estaba reservada sólo para las familias acomodadas. Concluido el ciclo secundario en la ciudad mediterránea viajará a Buenos aires a estudiar filosofía como novicio al convento de Santo Domingo, para posteriormente, partir hacia Cuzco con la intención de perfeccionarse en teología en un colegio internacional dominico.
Su estadía en la ciudad de Buenos Aires entre 1939 y 1942 será determinante en su posterior accionar intelectual y político, ya que coincidirá con el “cenit” de los cursos de cultura católica. El principal de la orden –el Padre Páez– enseñará en dichos cursos junto a Leonardo Castellani, Alberto Molas Terán, y César E. Pico. De esta forma Fermín se acercará al nacionalismo en una época donde el clima de la guerra influía nítidamente en la política local. En 1941 publicará su primer poema en Crisol un diario nacionalista argentino dirigido por Enrique P. Osés.
Tres años habían transcurrido de su estadía en el Perú cuando los acontecimientos del 17 de octubre de 1945 lo sorprendieron como a otros tantos, anoticiándose de lo ocurrido en su patria por radio. Fermín retornará al país recién en octubre de 1946 para, inmediatamente, incorporarse a la actividad cultural, intelectual y política. Su primer sustento económico lo obtendrá gracias a los buenos oficios de su amigo José María Fernández Unsain quién lo recomendará para la redacción diario Tribuna, un periódico de orientación nacionalista donde escribirán entre otros Gilberto Gomes Ferrán, Luis Soler Cañas y el mismísimo Jorge Massetti. En aquellos tiempos publicará en la revista Tacuara un poema en homenaje a Darwin Passaponti asesinado al anochecer del 17 de octubre de 1945.
Con relación a sus principales influencias intelectuales Chávez sostuvo en más de una oportunidad que la obra de Santo Tomás de Aquino y las enseñanzas de Jacques Maritain y de Réginald Garrigou-Lagrange marcaron a fuego sus primeras reflexiones. Pero además, hará especial hincapié en el influjo que sobre él ejercieron autores nacionales como Ramón Doll, Ernesto Palacio, la prédica del  periódico Crisoly en especial, los artículos de Osés. No obstante ello, en ciertas entrevistas, ha confesado ascendentes tempranos en Leopoldo Lugones y en Leopoldo Marechal entrelazados con fascinantes lecturas de Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández.
El maestro entrerriano relatará además que en aquellos tiempos, previos al peronismo, el único integrante de FORJA cuya labor intelectual conocía era Raúl Scalabrini Ortiz, ya que nacionalistas y forjistas, transitaban senderos paralelos. Mientras el nacionalismo ganaba la calle, los forjistas concentraban sus actividades hacia el campo de lo cultural y lo conceptual, aunque con el tiempo, las filiales de orientación yrigoyenista se irán multiplicando, obteniendo significativa presencia a principios de la década de 1940 en algunas provincias y localidades. Fermín admitió, además, la existencia en aquella época de una versión nacionalista elitista de orientación maurrasiana surgida durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear.
Entre 1926 y 1929 se producirá el nacimiento del periódico Nueva República y luego Liga Republicana en los que escribirán figuras como Ernesto Palacio, Roberto de Laferrére, Federico Ibarguren, Juan E. Carulla, Julio Irazusta, César E. Pico, Daniel Videla Dorna, entre otros, cuyos textos integrarán en la época los tiempos de lectura de Fermín junto con los clásicos grecolatinos. 
Al advertir el fracaso político de Uriburu algunos nacionalistas asumirán un antiimperialismo militante que los llevará a colaborar con las investigaciones realizadas por Lisandro de la Torre sobre la cuestión de las carnes –e inclusive– acompañarán la acción del radicalismo conspirativo durante la década infame. Aquel nacionalismo surgido a principios de siglo comenzará a evolucionar hacia 1935, surgiendo de allí una corriente popular.
Respecto a la relación entre el nacionalismo y Juan Perón, Fermín admitirá que varias de sus figuras “convergerán al peronismo, así como otras se opondrán: no quieren a Perón, y al rechazarlo a él rechazan al movimiento popular. Estos nacionalistas ven a Perón como un caudillo excesivamente pragmatista o para decirlo con las palabras que se utilizaron, no sólo desde el nacionalismo sino también desde el lado liberal como un oportunista que sabe hacerse cargo del momento histórico y que va adelante”[3]. Entre los nacionalistas que comprenderán al peronismo, Fermín destacará a Alberto Baldrich.
Para Chávez el nacionalismo argentino irá evolucionando desde una matriz originaria ciertamente elitista e influida por la obra de Maurras hacia una versión de nítida orientación popular. Trascurrido el año 1935, atestiguará el maestro, la gran acción del nacionalismo se expresará a través de publicaciones y periódicos que golpearán sistemáticamente al gobierno de Justo, textos en los que aparecerán ideas como la de justicia social. Ya iniciada la década de 1940, las tres banderas del justicialismo estarán prácticamente expresadas en el manifiesto que José Luis Torres redactará para el general Juan B. Molina en 1942[4].
Durante el primer peronismo, siendo ya agente estatal en salud pública a instancias de Ramón Carrillo, Chávez será destinado a la oficina de prensa de la GGTdonde colaborará con el órgano oficial de la central obrera. En 1950, conocerá a Eva Perón al integrarse a una peña de jóvenes escritores y poetas que se reunían todos los viernes en la sede del Hogar de la Empleada. Con Evita, compartirán también cenas e interminables tertulias en la residencia de Agüero y Alvear donde luego se trasladó la peña. Asimismo por esos años, contraerá matrimonio con Antonia Simó. De dicha relación nacerán dos hijos, Fermín (fallecido en un trágico accidente aéreo) y Simón, talentoso músico, fotógrafo y realizador. Además colaborará con la Dirección Generalde Cultura dirigida por aquel entonces por  José María Castiñeira de Dios.

Obra y militancia

Su primer libro de poesía Como una antigua queja será impreso en los talleres de la CGT merced al papel cedido por la Federaciónde Trabajadores del Papel, Cartón, Químicos y afines, y el segundo libro, Dos elogios dos comentarios, editado por la peña Eva Perón. En 1952, luego del fallecimiento de la jefa espiritual del peronismo, estrenará Un árbol para subir al Cielo fantasía para niños de su autoría dirigida por Lola Membrives. Entre 1953 y 1957 se desempeñará como redactor de la revista Dinámica Social.
Acontecida la revolución “Libertadora” y ya proscripto, su respuesta será inmediata; publicará su extraordinaria obra Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la Cultura Argentina, participando activamente al mismo tiempo en numerosas publicaciones clandestinas como De frente, El populista, y Norte.
En 1958, será designado por Juan Domingo Perón como miembro suplente del comando táctico creado para comunicar y difundir la orden de voto a Frondizi –pero al negarse a votarlo– será separado inmediatamente del cargo. En 1963 recaerá sobre su persona el rol de delegado interventor del Partido Justicialista de Santiago del Estero, y en 1964, la Fundación ScalabriniOrtiz publicará su obra Poemas de fusilados y proscriptos.
Entre 1973 y 1974, dictará Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y como periodista y columnista publicará, sus artículos en Crítica, Panorama, La Prensa, El Hogar, Crisis y Megafón.
Según Enrique Manson, la “ojeriza” de José López Rega lo excluyó de integrar la comitiva en el primer retorno de Perón. No ocurrirá lo mismo con el segundo y definitivo. Fermín respecto al viaje de regreso relatará que, debido a su buena orientación en el aire, notó inmediatamente que el avión cambiaba su rumbo para aterrizar definitivamente en Morón[5].
En 1990 recibirá el Premio Consagración Nacional por parte de la Secretaríade Cultura de la Nación, en 1991 dictará la materia Historia del Pensamiento Argentino en la Universidad de La Plata –y entre 1996 y 1998– Historia Social y Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidadde Lomas de Zamora. El 2 de octubre de 2003, a instancias de tantos compañeros como Arnaldo Goenaga, será declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por Ley Nº 1090/2003.
Fermín publicó más de 46 libros además de continuar la obra de su maestro y amigo José María Rosa con la colaboración de Juan Cantoni, Jorge Sulé, y Enrique Manson. Alguno de sus libros más destacados aparte de los ya mencionados: Vida y muerte de López Jordán (1957); José Hernández, periodista, político y poeta (1959); Historia del país de los argentinos (1967); Perón y el peronismo en la historia contemporánea vol. I (1975); Historicismo e iluminismo en la cultura argentina (1977); La recuperación de la conciencia nacional (1983); Perón y el justicialismo (1985); Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico (1994); La conciencia nacional (1996); Alpargatas y libros volúmenes. I y II (2003/2004). Además, editará numerosas obras de poesía sosteniendo desde siempre una profunda valoración de lo gauchesco como emergente de la autentica cultura popular. En este sentido publicó en 2004 Historia y antología de la poesía gauchescaun extraordinario trabajo de setecientas páginas donde reunió la obra de más de ochenta poetas de la gauchesca y nutrida producción gauchipolítica.

Fermín y la Historia

Desde el punto de vista historiográfico la concepción filosófica que inspiró a  Fermín Chávez fue el historicismo cuyo supuesto esencial radica en que, “...para estudiar cualquier ser colectivo sea que se considere o no a éste como un organismo, es indispensable conocer todos los elementos que lo forman y sus modos de funcionar, con resultados varios en su vida anterior y su vida presente[6].
En tal contexto, Chávez batallará incansablemente contra el recorte del relato histórico que acompañó al proceso de conformación del Estado nacional después de Pavón. Para Fermín el rescate integral e integrado de episodios y protagonistas obliterados en el relato  institucionalizado y su puesta en valor, resultará fundamental para superar ese verdadero desprecio por nuestro pasado que emergió durante el siglo de las luces (Aufklärung), período histórico donde se sobrestimó la capacidad de la razón humana (que para muchos filósofos de la época era siempre idéntica a sí misma, igual en todos los hombres y en todos los tiempos) –y donde lo racional– en palabras de Fermín debía sustituir a lo real en tanto este último, era juzgado como producto absurdo de la historia. 
Cabe señalar que para los historicistas como Fermín la redención del “ser histórico” no perseguía fines meramente académicos –sino muy por el contrario– objetivos “político culturales vitales en cuanto “lo pasado” es constitutivo de “lo presente” y determinante de “lo futuro”[7].
En ese orden de ideas, para el entrerriano y otros revisionistas, a mediados del siglo XIX, se consolidó en el poder del país una elite que se propuso “civilizar” por la fuerza a la barbarie nativa. Civilizar, en palabras de Arturo Jauretche, no solamente significó desnacionalizar mediante la importación acrítica de ideas, conceptos, valores y productos culturales, sino también cercenar la historia para acomodarla al proyecto político, cultural y económico triunfante.
El civilizar implicó, entre otros dispositivos, la importación a libro cerrado de la doctrina iluminista que para Fermín no sólo generó en el país un prejuicio moral y cultural respecto a nuestras raíces indo-hispánicas, sino que además, a partir de su influencia, empezó a germinarse una dicotomía donde lo bárbaro resultó paradójicamente lo propio y lo civilizado lo ajeno. La idea de barbarie empezará a cobrar para nuestro maestro un sentido peyorativo hacia adentro, trastornando los supuestos culturales “hasta el punto de hacerle creer a los nativos que nuestra propia civilización consistía en la silla inglesa y en la levita”. El iluminismo en nuestra región presupuso así una concepción naturalista y universalista de la sociedad “bajo la cual habría de sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra propia (…) germinación espiritual[8].
La oposición Civilización o Barbarie selló de esta forma una fuerte impronta fundacional en la formación del Estado argentino; dicotomía que por antinatural  –ya que los civilizados no eran tan civilizados ni los bárbaros, tan bárbaros– determinó la formación de una superestructura opresiva y alienante, que implicaba perturbar nuestro propio proceso de conformación nacional a partir de la negación u ocultamiento de elementos sustanciales de nuestro pasado.
Para el autor este fenómeno de índole sociológico, al consolidarse en el tiempo mediante su incorporación acrítica en los distintos estamentos del sistema educativo, fue transformándose en una deformación de índole ontológica, ya que ciertos preceptos y perjuicios se fueron expandiendo por vastos sectores de la sociedad. Por eso Fermín insistía que las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas. En síntesis: una de las principales líneas de investigación de nuestro maestro se orientó hacia el análisis de los mecanismos de coloniaje cultural y sus consecuencias, entre ellas, la disociación entre las elites “ilustradas” y el pueblo.
Chávez reconocerá que contra tal opresión alienante, surgirá desde el llano, una matriz resistente que se expresó esencialmente a través de la cultura popular y particularmente a través la poesía gauchesca. Luego devendrá una corriente de pensamiento nacional a la cual adscribirá. Fermín comprenderá como pocos que ese primer peronismo, germinará luego de una profunda revolución cultural impulsada por la llamada generación décima, progenie que reaccionó aguda e incansablemente contra el coloniaje y que se propuso la búsqueda de un sentido y destino colectivo. Se afirma en tal sentido que: “la revolución estética y el nacionalismo cultural se expresarán a través de una innumerable cantidad de artistas y autores, en todos los campos del quehacer estético-cultural”[9]. La importancia de lo cultural en la construcción de la autoconciencia nacional será vital en la obra del entrerriano.
Otro de los aportes sustanciales de nuestro maestro fue la valoración crítica de los aportes conceptuales de las distintas vertientes del nacionalismo argentino a la conformación de la doctrina nacional, popular y humanista que nutrió al peronismo. El abordaje que Fermín realiza de la producción teórica del nacionalismo y su evolución hacia un nacionalismo popular de cuño humanista, son imprescindibles no solamente para comprender al primer peronismo sino a aquella etapa de la historia argentina.
Para finalizar cabe reseñar que sus legados historiográficos fueron descollantes. No solamente los ampliamente difundidos respecto al Chacho Peñaloza y a López Jordán, sino los publicados respecto a José Hernández, Juan Manuel de Rosas y a distintos protagonistas de nuestra historia y de nuestra cultura. Su libro Vida y Muerte de  López Jordán constituye un antes y un después en la historiografía entrerriana, y las consecuencias de aquel texto, aún resultan admirables.
Perón, Evita y el peronismo tuvieron en Fermín Chávez a su máximo historiador.  Como enseña Alberto González Arzac: “…sobre ellos también dio a conocer numerosas obras, formando parte del Instituto Nacional que lleva el nombre del ex presidente de la Nación, a quien conoció conversando con fray Pedro Errecart el 20 de junio de 1943, en la vereda de la calle Victoria (ahora Hipólito Yrigoyen) al 300 de la ciudad de Buenos Aires; poco después, publicó en Nogoyá un artículo sobre Perón y el Derecho de Gentes, y en Buenos Aires: Perón y la humanización del capital. Esa adhesión política, cuando aún Perón no había accedido a la Presidencia, quedó confirmada a través del trato frecuente y afectivo que poco después recibió de Evita (con quien colaboró); ella hizo editar cuidadosamente los versos de Chávez titulados Dos elogios y dos comentarios (1950). En años de exilio, Juan Domingo Perón distinguió a Chávez remitiéndole cartas personales que atesoró en su nutrido epistolario e invitándolo a acompañarlo en el vuelo de retorno a la Argentina”[10].
 Admitiendo haber recibido influjos de autores como Johann Gottfried Herder, filósofo y escritor alemán que lo llevaron a publicar Herder el alemán matrero y de la Scienzanuova de Giambattista Vico en obras como Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico, la influencia del historicismo en la corriente nacional será reconocida por el autor quien en numerosas oportunidades nos desafió  recuperar la vertiente historicista en la Argentina.
Afortunadamente ese deseo comenzó a materializarse a partir del impulso de la Rectorade nuestra Universidad, Doctora Ana Jaramillo, quien acaba de publicar una obra: “El Historicismo de Nápoles al Río de la Plata” editado por  La Universidad Nacional de Lanús, texto que seguramente como aquellos clásicos de Fermín, desafiará a las nuevas generaciones a reencontrarse con una matriz vital para encarar un adecuado proceso de autoconocimiento.
          

*Texto incluido en la obra “Fermín Chávez; epistemología de la periferia”compiladora  ANA JARAMILLO. Ediciones Universidad Nacional de Lanús. 2013.





[1] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[2] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[3] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[4] Ibídem.
[5] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[6] Escalante, Wenceslao: citado por Fermín Chávez: “La conciencia nacional; Historia de su eclipse y recuperación”. Editorial Pueblo Entero. Año 1996.
[7] Pestanha, Francisco: “Las manos de Fermín”. En http://www.nomeolvidesorg.com.ar/nota0283.html
[8] Chávez Fermín: “Historicismo e iluminismo en la cultura argentina”. Centro Editor de América Latina. Año 1982.
[9] Wally, Juan W.: “Generación de 1940: Grandeza y Frustración”. Editorial Dunken.
[10] González Arzac, Alberto: “Recordando a Fermín Chávez”. En www.nomeolviodesorg.com.ar

Etiquetas: [Alberto José Bondesío]  [Rotary Club]  
Fecha Publicación: 2013-01-24T14:56:00.003-03:00
Paul Harris fundador del Rotary International.



Por Alberto José Bondesío



El Rotary Club, asociación de hombres, preferentemente de negocios y profesionales, que se proponen moralizar y mejorar los espíritus contribuyendo a la paz universal mediante la práctica de una moral sin dogmas y de un laicismo y naturalismo absolutos, es la masonería internacional esparcida por todo el mundo, como noviciado de la Orden, para probar, ensayar y conquistar adeptos.
Sus jefes son elegidos por los masones residentes en la ciudad norteamericana de Evanston, Illinois, cerca de Chicago, sede del organismo central.
Su nombre surgió de la costumbre de celebrar las reuniones del primer club por “rotación” en los distintos despachos de los socios fundadores.
El “mallete”, distintivo del venerable maestro de la logia masónica, es también el distintivo del presidente del club rotario; y la bandera blanca de los masones es el emblema de los rotarios, que han sustituido en ella el águila de dos cabezas por la rueda dentada.
Fue fundado el Rotary Club, o Círculo de la Rueda Dentada, el 23 de febrero de 1905 en Chicago por el abogado masón Paul Harris, estableciéndose en nuestro país el 8 de noviembre de 1919. Todos sus primeros miembros fueron masones, y hoy en día muchos masones son socios del Rotary como rotarios de la masonería.
Manifestó el fundador: “Nuestro plan hace caso omiso de todo credo y glorifica los hechos. Rotary está abierto a protestantes, católicos, judíos, musulmanes, cristianos, budistas y ateos. ¿Vamos a ser retrógrados, o debemos ir adelante con el progreso de los tiempos?.
El hacer caso omiso de todo credo y glorificar los hechos es uno de los postulados fundamentales de la masonería.
Expresado en otras palabras significa: racionalismo en doctrina, naturalismo o laicismo en moral e indiferentismo absoluto en religión.
En mayo de 1936 el Gobernador del distrito 63 manifestaba respecto a la religión: “nisiquiera debemos acordarnos de ella”.
Por otra parte el rotario William Mayer afirmaba en México que “todos y cada uno de los rotarios deben desterrar de sus mentes los prejuicios de religión y de nacionalidad”.
En 1944 el rotario argentino Dr. del Forno aseguró que “la moral sin dogmas forma la conciencia del Rotary”.
De estas declaraciones podemos inferir que para un rotario es muy fácil hablar de tolerancia religiosa en su propaganda laicista; pues, si en nada cree, todo para él resulta la misma cosa.
Por demás reveladoras resultan las palabras del rotario argentino Salvador Díaz Moreno quién afirmaba: “al Rotary no le interesa la religión ni los dogmas revelados; ni dioses, ni tampoco los santos. El Rotary vive de la realidad del presente; pero en sus entrañas se gesta una “nueva religión laica” de la amistad. El porvenir dirá si tendrá o no su Olimpo”.
El masón español Pérez Torreblanca decía en la Asamblea de la Masonería Simbólica de España: “Por sus orígenes los clubes rotarios cumplen una función internacional muy parecida a la masónica, aunque la limitación de sus fines los coloque en la situación de hermanos menores de nuestra Orden. La masonería debe colaborar en este movimiento para que no se desnaturalicen sus fines primordiales. El movimiento rotario, condenado por la Iglesia y perseguido por los obispos, merece una simpática consideración, e incluso el apoyo de integrarlo allí donde las posibilidades masónicas lo permitan”.
Cabría, luego de todos estos testimonios mencionar aquello de que “a confesión de parte relevo de prueba”.
El Episcopado español en pleno, a mediados del siglo XX condenó en forma expresa al Rotary Club.
El que fuera primado de Toledo, Monseñor Segura y Sáenz escribía en una pastoral: “El Rotary hace profesión de un laicismo absoluto y de una indiferencia religiosa universal, intentando moralizar a los individuos y a las sociedades con total prescindencia de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.Mientras predican una moral sin religión para llegar a la paz universal, ocultan, bajo un aspecto comercial, recreativo, filantrópico, pedagógico, neutral, pero siempre laico, la negación de la moral verdadera y de la verdadera religión, que tratan de sustituir con una religión que no es la de Jesucristo”.
En la Resolución Nº 87 del Episcopado Argentino (no derogada hasta el presente) ordena lo siguiente: “Deben nuestros fieles andar muy cautos en dar su nombre y apoyo a asociaciones de carácter internacional con principios doctrinarios opuestos a las enseñanzas de la Iglesia y con gobierno sustraído a toda dirección e influencia de la misma. Entre esas asociaciones se puede incluir con justicia al Rotary Club”.
El Santo Papa Pío XI  decía en su encíclica Mortálium ánimos del 6 de enero de 1928 al referirse a todo sistema ético que no se base en los principios cristianos: “..las tentativas de acuerdo en este terreno, no pueden, en ninguna manera, obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, igualmente buenas. Cuantos sustenten esa opinión poco a poco vienen a parar en el naturalismo y ateísmo”.
L’Observatore Romano, órgano oficioso de la Santa Sedehacía referencia en uno de sus números al “carácter antirreligioso y anticatólico del rotarismo”.
La Santa Sede, respondiendo a la consulta de los Obispos, lo prohibió terminantemente para todos los clérigos en su “non éxpedit” del 4 de febrero de 1929 y luego Pío XII  repitió tal prohibición el 11 de enero de 1951, añadiendo para los fieles en general  una exhortación, en la cual les aconseja que se cuiden de pertenecer a sociedades condenadas por la Iglesia, o simplemente sospechosas, a tenor del canon 684 del Código de Derecho Canónico.
Pablo VI en “Insegnamenti di Paolo VI”, III, Vaticano 1965 (867-868) manifiesta su deseo de que los clubes rotarios “sin cambiar su estilo y su programa, de la misma manera que es seria y elevada la expresión cultural y científica, mantengan una actitud respetuosa ante los valores espirituales y religiosos y no quede marginado el maestro de la Humanidad, Cristo Señor nuestro”.
La “invocación” que abre todas las reuniones de los rotarios ofrece una muestra de esta marginación. En ella está latente el deísmo, típico de la masonería regular ya que en su escueta mención a “Dios”, también en las regiones de mayoría cristiana, parece recoger la insistencia masónica en lo común a todas las religiones y en la igualdad de todas ellas, al menos en la vertiente pública. Lo específicamente cristiano o de cualquier otra religión queda así recluido en el foco interno de la conciencia individual o dentro de sus templos.
Estos importantísimos documentos al día de la fecha siguen teniendo vigencia habida cuenta que no ha sido emitido por el Vaticano nada en contrario.
En el año 1964 decía el masón W.Godward que la Masonería y el Rotary compartían por caminos diferentes los mismos objetivos.
En el año 1975 el rotario Juan Di Filippo (Rotary Club Rosario Norte) reconocía que solamente algunos rotarios y masones tenían acceso al conocimiento sobre el  estrecho vínculo que unían a ambas instituciones.
El célebre pensador inglés Chésterton la define como: “una organización sin alma, desprovista de toda dignidad espiritual. El compañerismo rotario no tiene nada de cristiano y su teoría de la propia suficiencia es la más negra de las modernas herejías. El hombre no se basta a sí mismo, debe apoyarse en Dios; y el rotarismo prescinde de toda idea divina en las relaciones humanas. La hermandad de los hombres necesita de la paternidad de Dios. Cuando se suprime o evita la creencia en lo sobrenatural, como hace el Rotary…….”.-
Cuando el fundador del Rotary afirmaba que “Nuestro plan hace caso omiso de todo credo y glorifica los hechos” es importante para nosotros, los católicos, tener muy presente lo que el Santo Padre Juan XXIII escribiera en su encíclica Pacem in terris: La Iglesia, a través de la historia, ha condenado repetidas veces los errores que pretendían reducir la actividad social al ámbito puramente material, y ha enseñado que la sociedad humana tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual”.
Anteriormente y en línea con este pensamiento había escrito el Santo Padre Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno: “Según la doctrina cristiana, el hombre dotado de naturaleza social ha sido puesto en la tierra para que, viviendo en sociedad y bajo una autoridad ordenada por Dios, cultive y desarrolle plenamente todas sus facultades para gloria y alabanza de su Creador; y cumpliendo fielmente los deberes de su profesión o de su vocación, sea cual fuere, logre la felicidad temporal y juntamente la eterna”.-
En el Rotary el tema religioso está dejado de lado siguiendo los postulados de su fundador….es por ello que todo credo es aceptado habida cuenta que ninguno importa…todos son iguales.
Un católico no debe ni puede aceptar alegremente esta conducta rotaria, no debe ni puede al decir de José María Pich (en su obra “La sal de la tierra” edit. Rialp) hacer que “la fe y la vida estén separadas en su persona dando con ello lugar a un falso cristianismo, un cristianismo descarnado y sin vida….ello es producto de un ambiente descristianizado en el que se ha ido perdiendo todo ideal espiritual, toda idea del sentido real, humano y divino, de la vida.”.
Escribía J. Escrivá de Balaguer en su obra Camino: “Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos…..cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa….”.
La tibieza y la falta de un compromiso auténtico y profundo con Cristo hacen que muchos católicos crean que se puede por un lado llevar adelante una vida de “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) en el seno del catolicismo y a su vez ser protagonistas en una institución que pone en un mismo plano de igualdad a la Iglesia Católica con todas las demás incluyendo a los ateos.-
Es muy preocupante el hecho que algunas instituciones católicas tengan respecto al Rotary una actitud ambivalente manifestada en el hecho de que miembros que pertenecen a ellas sean figuras prominentes en esta organización internacional sin que se tomen los recaudos necesarios para paliar esa triste situación.
Creo, sinceramente, que la razón de ello pasa fundamentalmente por el casi nulo conocimiento que se tiene sobre la misma….y agregaría por el poco interés en tenerlo.
Se convierten estas instituciones religiosas en funcionales a los supremos objetivos del Rotary….descristianizar a la sociedad…..
El escritor católico Armando Tonelli en su obra “La verdad sobre Rotary” (agotada pero se puede acceder a ella por Internet) en varios capítulos va desgranando toda la trama respecto a Rotary y la posición de la Iglesia Católica para con ella.
Una alta jerarquía de la Iglesia Católicaal ser consultada sobre qué posición debería tomar un católico sobre el Rotary contestó que dependía ello de lo que definiere el obispo de la diócesis a la que el fiel perteneciera.
Pobre respuesta…..implicaría aceptar que según la opinión de un Obispo el Rotary es bueno o malo. ¿Qué pasaría con la feligresía que teniendo un Pastor con opinión favorable fuese cambiado por otro que la tuviera en contrario?...
Aquí también cabría adjudicarle  esta respuesta al desconocimiento…es por cierto una actitud de tibieza ante un asunto importante.
Es curioso observar cómo algunos católicos miembros de Rotary manifiestan no estar de acuerdo con las afirmaciones del fundador de la institución y menos aún con los testimonios de Conferencias Episcopales y escritos y confesiones de prominentes masones y rotarios.
Creen  muchos de ellos que la misión trascendente de Rotary pasa por la filantropía  y la generación de buenas relaciones entre sus asociados….evidentemente no han profundizado y meditado sobre conceptos que son propios de la institución que, al menos para los católicos, deberían ser inaceptables.
Se puede “explicar” esta actitud desde el desconocimiento respecto a la propia institución a la que pertenecen o ya bien a otros intereses personales.


Etiquetas: [Desde Santiago del Estero el tejido de la identidad nacional]  [Hebe Luz Ávila]  
Fecha Publicación: 2013-01-20T19:49:00.000-03:00



Por Hebe Luz Ávila*


Para encarar nuestro relato histórico es menester determinar un comienzo de la historia argentina haciendo un corte en el devenir de los acontecimientos. Como todo ser que se origina, nuestro país “viene siendo” desde antes; ha ido configurándose en innumerables antecedentes. En efecto, su territorio ya existía desde tiempo inmemorial, lo mismo que su población aborigen. Pero así como es necesaria la unión de los padres para que se geste el nuevo ser, el encuentro de dos mundos fue punto de partida definitorio de lo que hoy es nuestra nación, por lo que a partir del 1492 se precipitan los acontecimientos que lo irán consolidando. Las primeras entradas de los conquistadores españoles –como la de Diego de Rojas en 1543- van prefigurando el inminente nacimiento, hasta la creación de la primera ciudad que perdure. De allí saldrán luego los fundadores y los recursos para la formación de otros pueblos y se establecerán las instituciones fundamentales para constituir lo que luego devendrá en una nueva nación. Y será la Ciudad de Barco la primera de lo que es hoy la República Argentina, fundada el 29 de junio de 1550 por el Capitán Juan Núñez de Prado y asentada definitivamente el 25 de julio de 1553, cuando Francisco de Aguirre la traslade con el nombre de Santiago del Estero.

Hacia una trama con todos los hilos

Entendemos que se hace necesario rescribir una historia más ecuánime, más cercana a los hechos, con todos los actores. Un texto –tejido- donde se muestren en su justo lugar los hilos que forman la trama, principalmente por eso de que “la historia es maestra de la vida”. Nuestro objetivo en la limitación de estas páginas será comenzar la urdimbre (1) o basamento de la historia argentina, es decir el principio que entendemos evidente, y señalar especialmente los “hilos” que hoy le faltan a la trama, concentrándonos en el protagonismo femenino y en el del sustrato popular, que contribuyeran en la conformación de nuestra actual identidad.

La urdimbre: mujeres de mundos encontrados

Obviamente, las primeras mujeres que habitaron el territorio de lo que hoy es nuestro país fueron las aborígenes. Casi no nos han llegado noticias de ellas, pues en las crónicas de entonces figuraban solo accidentalmente y despersonalizadas, y en especial las que pertenecían a niveles sociales privilegiados, o las emparentadas con los conquistadores. Del estudio de las cosmogonías y cosmovisiones contenidas en los códices, crónicas coloniales, y de las contribuciones arqueológicas, concluimos la tesis mayormente sustentada de las relaciones no jerárquicas entre sexos de las culturas prehispánicas. Así, no sólo hay una valoración equivalente del trabajo de ambos sexos en las sociedades campesinas originarias, sino que también se ha determinado un poder social compartido. De esta situación original se sale abruptamente y se ingresa al patriarcado español, con sus fuertes mecanismos de imposición colonial de orden legal, político y especialmente religioso. Ello provocó una total sumisión que derivó en la explotación económica, mayor en las mujeres indias que en los hombres, pues debían cubrir todas las tareas de los servicios domésticos, a la par que la humillación del abuso sexual, todo lo cual las colocaba en una situación de extrema vulnerabilidad. A las mujeres indias que ya habitaban lo que sería nuestro territorio, se les suman las traídas por los españoles en las primeras entradas y luego en la conquista y fundaciones. Se ha estipulado –con algunas diferencias en los registros- que los españoles de la primera entrada, con Diego de Rojas, eran aproximada ciento noventa, en tres columnas. Numerosos trabajos históricos indican hasta los nombres de los primeros conquistadores. Lo que no se ha podido establecer es cuántos aborígenes los acompañaban. En un documentado trabajo de Ricardo J. Nardi (2), leemos que venían “muy bien aderezados y apercibidos de armas y caballos y (…) había gran servicio de negros, negras, indios, indias, y muchos indios amigos”. Lo cierto es que, en 1573, en carta al rey de España, Jerónimo Luis de Cabrera informa de la existencia de más de seiscientas poblaciones que debían albergar a unos treinta mil indígenas, los que se extinguieron en breve lapso debido al esclavizante trabajo en las encomiendas. En el primer periodo de la conquista, la mujer española fue muy escasa. Los hombres se amancebaban con nativas de diverso origen étnico y social, aunque a veces se elegían princesas autóctonas, o hijas de caciques, como una manera de establecer relaciones de paz y cooperación con sus pueblos. En poco tiempo tenemos noticias de la presencia de mestizos, incluso ya en las primeras entradas desde el Perú en el territorio que luego sería argentino. Como ejemplo de lo que ocurría en todo el nuevo mundo, destaquemos que Asunción, establecida en 1537, fue llamada “El Paraíso de Mahoma”, pues como lo atestigua el capellán González Paniagua en una carta al rey en 1545 “acá tienen algunos a setenta [mujeres]; si no es algún pobre, no hay quien baje de cinco o de seis; la mayor parte de quince y de veinte, de treinta y cuarenta”. Las crónicas estipulan 500 mestizos en la Asunción de 1545 –a solo ocho años de sus comienzos- y en 1570, López de Velasco hace referencia a dos mil mestizos y otras tantas mestizas. Parte de estos “mancebos de la tierra” integrarían luego las expediciones para la fundación de nuevas ciudades en nuestro territorio, como Santa Fe en 1573, cuando setenta y cinco de ellos, cinco españoles y numerosos guaraníes acompañaron a Garay en la empresa. No conocemos referencias de que con Diego de Rojas entraran mestizos, pero Lucía Gálvez presenta el interesante dato de que “en la nómina de los hombres que acuden desde Santiago en 1567 convocados por Diego Pacheco para poblar la ciudad de Talavera del Esteco figuran once “mancebos de la tierra” (3). Diez años después, en la rendición de gastos del viaje del mismo Diego Pacheco para castigar a quienes participaron de la prisión de Francisco de Aguirre, se registran los nombres de también once “mancebos de la tierra” (4). Asimismo, del listado de los ciento once fundadores de la ciudad de Córdoba, el 6 de julio de 1573, veintitrés eran nacidos en América y eran blancos mestizos y un indio, de los
cuales Moyano Aliaga (5) destaca dos santiagueños. Mancebos de la tierra, mestizos de la tierra, o hijos de la tierra es la fórmula elíptica de callar a la madre india y a esta realidad del concubinato o amancebamiento -cuando no de adulterios- que termina justificándose: “Se hace más servicio a Dios en hacer mestizos que en el pecado que con ello se hace”. La expresión, que se atribuye a Francisco de Aguirre, no está exenta de dramaticidad, al intentar disimular el origen pecaminoso de los mismos. Doblemente marginada - como mujer y como india- sólo en contadas ocasiones la mujer indígena adquiere protagonismo. Ocurre así con algunos matrimonios entre español e india, generalmente cuando representaba una ventaja considerable para el blanco. Y es que los primeros colonizadores muy pronto tuvieron la aprobación de las autoridades para casarse con nativas. Es el caso, en nuestro territorio, de doña Teresa de Ascencio, hija del cacique de Angaco, que se uniera en matrimonio con el capitán don Juan de Mallea cuando se fundó la ciudad de San Juan. “Fue la primera mujer del valle de Tulum que unió su sangre a la raza blanca”, nos dice Elsa Jascalevich (6). Una historia similar nos llega de los Michilingües, que habitaban el Valle del Chorrillo y el sur de lo que hoy es la ciudad de San Luis. Desde su llegada, los conquistadores establecieron una alianza con un importante cacique llamado Koslay. Su bella hija Arocena, que luego fuera bautizada Juana, se casó con el oficial español Gómez Isleño, el que recibió la merced de las tierras de Río V, hasta el límite con Córdoba. A su vez, Juana fue condecorada con el honroso título de Señora de Primera Clase por una real cédula del rey de España. En la provincia de San Luis hay una importante localidad con el nombre de Juana Koslay, y una hermosa escultura de esta mujer, que se considera antecesora de notables familias puntanas y personajes reconocidos de la historia de esta provincia, como el Coronel Juan Pascual Pringles. No quedaron en las primeras entradas mujeres españolas en los pueblos fundados. Sí las aborígenes peruanas, araucanas y del Alto Perú que venían como compañeras o servidoras de esos hombres. Ellas cumplieron una valiosa función cultural, al armonizar con las de estas tierras su arte del hilado y el tejido y otras técnicas que traían de sus civilizaciones. Fueron estas mujeres – indudablemente numerosas a pesar del manto de silencio que hubo sobre ellas- las que contribuyeron a la vida social y doméstica, al inicio de la actividad económica y a que la vida se perpetuara en estas ciudades que estaban fundando la patria. Aunque casi no podemos identificar a las mujeres originarias, si conocemos los nombres de las tres primeras españolas que pisaron estas tierras, con la entrada de Diego de Rojas en 1543: Catalina de Enciso, María López y Leonor Guzmán. A partir de los intentos en estas últimas décadas de cubrir las oquedades de la historia, varios libros las erigen en protagonistas (7), sobre todo a la primera, compañera de Felipe Gutiérrez, por su vida novelesca. No quedaron a vivir en nuestro territorio, pero de los padecimientos sufridos en la expedición derivamos que deberían ser por lo menos decididas, abnegadas y valientes, pues los testimonios dan cuenta de que realizaron verdaderas hazañas. En Catalina de Enciso reconocemos una función muy propia de las mujeres en todos los tiempos: la de curar, atender heridos y enfermos. Sabemos que fue la que atendió a Diego de Rojas en su terrible padecimiento luego de que fuera herido con una flecha envenenada por los aborígenes y, al parecer, habría seguido a uno de ellos hasta descubrir las hierbas que empleaban como antídoto. A María López parece haberla distinguido su ferviente religiosidad. Desde el comienzo de la expedición se ocupa de preparar el altar para que el padre Francisco Galán, de la Orden de los Comendadores de San Juan, oficie sus misas. Cuando se acaban las hostias que cargaron al partir, ella fabricará nuevas con harina de maíz, nos cuenta Fina Moreno Saravia (1990). Luego de la muerte de Rojas, Francisco de Mendoza queda al mando de la expedición, y en Soconcho, a la orilla del actual río Dulce, funda Medellín. Se trata del primer asentamiento español del Noroeste, erigido con las formalidades de rigor, pero que no perduró. Allí el padre Galán, con especial ayuda de María López, levanta la primera capilla, con su altar y rústicos bancos de algarrobo. En ella se realizará “el primer casamiento ante un altar por Ley de Dios”(8), el de María López con Bernardino de Balboa. Recién cuando el poder estuvo consolidado llegaron las españolas en calidad de esposas, hijas y hermanas. La gran mayoría hoy nos son desconocidas, mujeres anónimas, que tras sus hombres – aunque muchas veces solas- se lanzaron a lo desconocido, al peligro de las lejanas Indias. Allí dejaron huellas, algunas dando carácter heroico a la gesta, y todas asentando las bases de un nuevo mundo, que más que el descubierto sería el creado por ellas, principalmente desde el ámbito de la familia y los hijos. La mujer española que vino a estas tierras tuvo desde un primer momento un papel importante, si se atiende a los objetivos de la colonización de América que, como postulaba Isabel I de Castilla, serían de evangelización y establecimiento de un modelo de familia cristiana, a fin de conformar una sociedad similar a la de la península. La reina hizo suyo el pensamiento de Nebrija (“Su alteza, la lengua es el instrumento del Imperio”) y pensó que este nuevo mundo siempre sería español si hablaba y rezaba en español. La evangelización fue el motor inicial de la empresa, y por ello afirmó que nuestra Santa Fe sería acrecentada y su real señorío ensanchado. Para evangelizar era necesario colonizar, y para ello se promovió la llegada de un número suficiente de mujeres como para instaurar en los nuevos territorios el modo de vida español y lograr que perdurase. En las primeras ciudades fundadas en lo que luego sería la República Argentina, los pocos nombres que toman relieve son los de señoras principales, como Doña María de Torres y Meneses, esposa de Francisco de Aguirre, quien luego de quince años en el nuevo mundo la mandó a traer de su Talavera natal, o doña Catalina de Plasencia, esposa del capitán Juan Gregorio Bazán, camarada de Aguirre en sus campañas. Luego de veinte años sin ver a su marido, esta última atravesó el océano acompañada de su hija, María, el marido de ésta y sus tres nietos. En el camino hacia Santiago del Estero, cerca del pueblo de Purmamarca, murieron en un feroz ataque de los indios el capitán Bazán y su yerno. Las primeras mujeres españolas que se instalaron en la época inaugural de la patria traen “los implementos de la cultura y la técnica europea”, “las telas para vestirse, los libros con qué enseñar, y la semilla o el animal destinados a dar vida a nuevas especies hasta entonces desconocidas en el nuevo mundo”(9).

Los hilos de la trama se entrecruzan

De entre estas mujeres españolas rescatamos algunos casos paradigmáticos con nombre propio, como el de la esposa de Jerónimo Luis de Cabrera, Luisa Martel de los Ríos, “la primera gobernadora que conoció Santiago y le ayudó con eficacia en su labor oficial y pobladora” (10). Abrevando en la Genealogía (11) encontramos datos muy interesantes de esta noble señora, como que fue hija de Gonzalo Martel de la Puente, Señor de Almonaster, Regidor de Panamá, y de doña Francisca Lasso de Mendoza Gutiérrez de Los Ríos. A los catorce años sus padres, trasladados al Cuzco, la casaron con el Capitán conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, de alrededor de 50 años. Éste había convivido con la Ñusta Isabel Chimpú Ocllo -nieta del último soberano del Tahuantinsuyo Huayna Capac- con la que engendró al que luego sería el famoso escritor Inca Garcilaso, del cual la joven Luisa se convertiría en madrastra. Con el veterano primer esposo Luisa tiene una hija, Blanca de la Vega y Martel, que fallece “en tierna edad”. También fallece el capitán Sebastián, por lo que su joven viuda, a los veinte años, se casa en segundas nupcias con Jerónimo Luis de Cabrera, en la ciudad de Lima, donde residen el primer tiempo y luego en la villa de Ica, fundada por Cabrera en el Perú. Allí irán naciendo sus hijos. En 1571, el Virrey Francisco de Toledo nombra a Jerónimo Luis de Cabrera Gobernador de la provincia del Tucumán, Juríes y Diaguitas, en lugar de Francisco de Aguirre, que había sido encarcelado en Lima por la Inquisición. De este matrimonio principal nos interesa destacar que, en pocas generaciones, su descendencia fue entrecruzándose con la de importantes protagonistas de la conquista y colonización, y en breve tiempo encontramos que las más ilustres personalidades se entroncan en ellos. Así, su hijo Gonzalo Martel de Cabrera se casó con doña María de Garay, hija de Juan de Garay, fundador de Santa Fe y Buenos Aires. De este matrimonio nacería Jerónimo Luis de Cabrera y Garay, el que en 1641 fue nombrado Gobernador del Río de la Plata, en 1646 se trasladó también como Gobernador de Chucuito, en el Perú y finalmente retornó a Tucumán, en 1659, como Gobernador y Capitán General de esa provincia, encargado de liquidar la guerra calchaquí. Este nieto de doña Luisa Martel de los Ríos y Jerónimo Luis de Cabrera contrajo matrimonio con Isabel de Saavedra Becerra, hija de Hernando Arias de Saavedra – Hernandarias-, cuatro veces Gobernador del Río de la Plata. A su vez, otro hijo de la pareja original, Pedro Luis de Cabrera Martel, fue Alguacil Mayor del Santo Oficio entre 1586-1587 y en distintas oportunidades, entre 1592 y 1619, Alcalde en el Cabildo cordobés, Alférez Real, Teniente de Gobernador, Regidor, Mayordomo del Hospital y Procurador General de la ciudad. En Córdoba se casó con Catalina de Villarroel, hija de Diego de Villarroel, fundador de Tucumán. De entre sus diez hijos, nos interesa nombrar a Luisa Martel de los Ríos, que casó con el General Sancho de Paz y Figueroa. Ellos dieron origen a los Paz y Figueroa, distinguida familia de la que desciende la beata Antonia de la Paz y Figueroa– “Mama Antula”, como la nombraban cariñosamente los aborígenes-, una de las personalidades más luminosas de América. El matrimonio será la base para componer el tejido social por medio del parentesco y –consecuentemente- reforzar la posición social de la familia y de los individuos que la constituían. Para los españoles que se establecían en las nuevas tierras, estas redes familiares comenzaron a planificarse en el siglo XVI y se desarrollaron en los siglos siguientes. De esta manera, la extensa e importante descendencia de este matrimonio - de la que solo mencionamos una mínima parte- va a desembocar, en 1816, en Jerónimo Salguero de Cabrera, Diputado por Córdoba al Congreso que declaró la Independencia Argentina en 1816 y casi un siglo después en el presidente argentino José  Figueroa Alcorta.

Un núcleo familiar paradigmático

Si hay un protagonista de esta gesta cuyo accionar de conquistador y colonizador abarca casi medio siglo de trajinar con reconocida intrepidez la mayor cantidad de territorio de América del Sur, desde Panamá hasta el sur de Córdoba, y desde La Serena en Chile, hasta la por fundar Santa Fe, éste es el Capitán Hernán Mexía de Miraval. Este sevillano, que a la edad de dieciocho años llega a las tierras de Tucma, a comienzos de 1550, acompañando a Núñez del Prado quien venía desde el Perú con la orden de “poblar un pueblo”, participará activamente de la fundación de al menos diez ciudades en la región. También cruzará los Andes para traer desde la Serena, en Chile, un sacerdote y las primeras semillas de trigo, cebada, algodón y árboles frutales para la recién fundada Santiago del Estero, y pacificará -combatiendo a los más beligerantes o aliándose con los más pacíficos- a los pueblos indígenas de todo el territorio por él recorrido. Este denodado conquistador y prudente colonizador será el que presentemos como fi gura paradigmática de la constitución de la familia y la procreación de la primera generación de criollos en nuestro país. Ya señalamos que las etapas iniciales de descubrimiento y conquista, por ser años de nomadismo y de inestabilidad, no quedaron mujeres españolas establecidas en la ciudad inaugural. Por otra parte, si bien no desconocemos los numerosos casos de violencia y arrebato de nativas, los pueblos originarios solían ofrecer sus mujeres a los conquistadores en prueba de amistad, lo que contribuyó en algunos lugares a establecer alianzas y una convivencia pacífica. Este parece ser el caso de la india bautizada María cuyo padre, un cacique jurí señor del Mancho, en Santiago del Estero, habría entregado a Hernán Mexía de Miraval allá por 1553. El testamento que medio siglo después hará María del Mancho o María Mexía, como también se la conoce, manifiesta una amorosa relación larga y fructífera de más de quince años (12). De la unión nacerían cuatro hijos: tres mujeres y un varón. Diversos estudios han demostrado de qué manera, en esta etapa marcada por la permisividad, la trasgresión a la normativa moral y legal caracterizó las relaciones de género en la sociedad colonial. La estructura familiar, heredera de la tradición hispánica, se definía por su carácter patriarcal determinante, lo que suponía una extensa red de parentescos dentro de la cual se inscribía una fuerte modalidad de nacimientos fuera del matrimonio. Consecuentemente, a partir de la naturaleza jerárquica de los vínculos, se daban como algo natural las relaciones de servidumbre. Recordemos que la instalación de los europeos en sus avances imperialistas siguió dos modelos: por un lado, el anglosajón, de sustitución étnica y marginación de los aborígenes, y por el otro el español, de apropiación de los recursos y el trabajo, el que implicó una fuerte mestización. A partir del nacimiento de los hijos mestizos, los conquistadores actuaron de diversas maneras, desde legitimándolos ante la Corona, hasta desconociéndolos con absoluta negligencia. Intermedia fue la actitud de Mexía Miraval, que los reconoció formalmente, convirtiéndolos de hijos ilegítimos en naturales, con responsabilidades directas en su crianza (13). De los detalles de la convivencia con la india María muy poco se sabe, aunque del testamento que ésta hiciera se conocen numerosos datos que echan luz sobre aquéllos. Guiándose por sus declaraciones y los documentos de la época, algunas autoras han escrito la historia de María con bastante verosimilitud (14). De esta manera, su fi gura termina apasionándonos, aunque dada la brevedad de este trabajo, no será el caso detenernos más en ella. Sabemos por su declaración que María no hablaba castellano, que era católica y pertenecía a varias cofradías, que el padre de sus hijos le dio un pasar holgado, pues tiene objetos valiosos, animales, indios a su servicio y trajes a la usanza española, que sus hijos y nietos la respetan y que seguramente amaba a Mexía Miraval porque encarga misas para su alma y acepta sumisa la situación de que éste se haya casado con una española. Pero si bien los primeros “hijos de la tierra” fueron fruto de las uniones entre españoles y aborígenes, muchos de ellos reconocidos como hijos legítimos, en el momento de educarlos fueron entregados a las esposas españolas que llegaron poco después. En efecto, en esta historia aparecerá años después la española (aunque tal vez nacida en América) Isabel de Salazar, la tercera no en discordia, sino para este caso en perfecta concordia. Isabel de Salazar había llegado a la capital del Tucumán desde Chile, con la comitiva del conquistador Gaspar de Medina, quien -además de un refuerzo de veintidós soldados para Francisco de Aguirre- traía a su familia (15) y a “nueve doncellas huérfanas con el propósito de casarlas con conquistadores”. Al poco tiempo de su llegada, se casó con Hernán Mexía de Miraval y se trasladaron al Perú a donde llevaron a las dos hijas mayores del conquistador, a fin de casarlas con personajes encumbrados. La joven Isabel es la encargada de españolizar las costumbres y modales de estas mestizas que tendrán entre sus descendencias las familias más encumbradas de Córdoba, entre ellos los Tejeda y los Cámara. De esta otra red familiar, ahora de base mestiza, descenderá el General Román Antonio Deheza (1781-1850), que como su antecesor de la conquista, blandiera su espada durante cincuenta años en pos de la emancipación primero y de la organización nacional después, y contribuyera también a la liberación de Chile y de Perú. A su vez, Isabel tendrá con Mexía Miraval cinco hijos, tres varones y dos mujeres. Una de ellas, Bernardina, casada con Francisco de Argañaraz y Murguía, será cofundadora de la ciudad de Jujuy y colaborará activamente en su sustento. De este matrimonio descenderá, varias generaciones después, Martín Miguel de Güemes, héroe de la independencia y gobernador de Salta. Y serán mujeres españolas como Isabel de Salazar las que, con su silencioso accionar en el seno del hogar, amalgamen esta nueva sociedad hasta lograr que se arraigue en estas tierras. Ellas establecieron modelos para los detalles de la vida cotidiana, como la vestimenta, la gastronomía, el cuidado de los niños. Trasmisoras de la cultura material y doméstica, serán las que implanten aquí el amplio bagaje traído de la península, que comprendía desde las técnicas para la producción de materias primas y manufacturas para abastecer la casa, pasando por las tradiciones, las costumbres y el idioma, hasta las normas morales y los valores sociales y religiosos. Como dato significativo de la valiosa función de la mujer española en estos primeros tiempos, relatemos que el Obispo Fernando de Trejo y Sanabria (segundo Obispo de la Diócesis, después de Victoria), al autorizar en 1604 la fundación de un convento dominicano en Córdoba, impuso la condición de “restaurar” el convento de Santiago del Estero, es decir fundarlo de nuevo en esta ciudad (16). Recién en 1614 se concretó la refundación, con la llegada del padre Hernando Mexía, hijo de Isabel de Salazar, quien le inculcó la fe y tuvo oportunidad de ayudarlo a levantar “el primer convento establecido en territorio argentino”, como lo atestigua Hernandarias, cuando informa al Rey en carta del 4 de agosto de 1615 que Mejía “deja fundado un convento en Santiago del Estero (...) con el favor de su madre y deudos” (17). Se ha establecido que la familia es el sistema primario más poderoso al que pertenece una persona. Y así, el fundamento de esta nueva sociedad que viene a cubrir el espacio inicial de lo que será la República Argentina lo constituirá la familia, desde donde la mujer española y la criolla transmitirán los valores que durante siglos sustenten la vida de la nación.

Los trabajos y los días

“Los Dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin trabajar por su cuenta, devoran el trabajo de las abejas.” Hesíodo

Algo más de tres décadas han pasado desde su fundación, y aparte del descomunal esfuerzo de fundar nuevas ciudades, poblarlas y dotarlas de los recursos y estructuras básicas para su defensa y funcionamiento, la capital del Tucumán ha ido tomando la envergadura de “un inmenso taller que utilizaba sus recursos materiales para alcanzar un armónico desarrollo agrario-artesanal autosuficiente” (18). De sus bosques se extraían más de 14.000 arrobas de miel y cera para luminarias, y maderas fuertes con los que se construían carretas, muebles y viviendas. Debido a la bondad del clima, su territorio servía para “la invernada de equinos, mulares y ganado de toda clase”, que se traían a sus campos antes de venderse en las ferias de Salta y el Alto Perú. El algodón, considerado “la plata desta tierra” se empleaba en “la confección de la ropa destinada para la población virreinal. Sus beneficios superaban los 100.000 pesos plata que incluían las industrias del añil y del tejido.” Sin embargo, cuando llegaron los españoles, la tierra no estaba improductiva. La visión de los campos sembrados de maíz y los algodonales fue la razón por la que Francisco de Aguirre denominara a la ciudad fundada “Santiago del Estero, Tierra de Promisión”. Debido a que los suelos estaban fértiles y protegidos por los bosques, se pudo desarrollar una economía agraria, pero también ganadera y de producción de manufacturas. No era solamente de subsistencia, puesto que, mediante el sistema de encomienda, los españoles conseguían excedentes de producción de los aborígenes, lo que llevó a comerciar con Potosí y a la vez obtener productos importados. Esto permitió que la vida en ese poblado precario, tan `a lo indio´, fuera españolizándose, pues sus chozas de barro y madera de los bosques nativos, se iban “vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería.” (19). A este bienestar material se agregan consecuentemente las inquietudes culturales, que van desde la instalación de las primeras bibliotecas a partir de 1578, a la presencia en estas tierras de tres poetas de reconocido prestigio. En efecto, Mateo Rojas de Oquendo llega acompañando al gobernador Ramírez de Velasco, participa de la fundación de La Rioja, en 1591, y es encomendero de indios en Santiago del Estero, donde escribe un poema hoy perdido titulado “El Famatina”, con una “descripción, conquista y allanamiento” de la región. El otro es Martín del Barco Centenera, que participó como protagonista en la fundación de Jujuy (1561) y vivió un tiempo en Santiago del Estero (1581), cuyo extenso poema Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros sucesos del Perú es el primer antecedente del nombre de nuestro país, que él llama “el argentino reino”. El tercero será Ruy Díaz de Guzmán, considerado el primer escritor, narrador y cronista criollo nacido en el Río de la Plata (20), que entre 1606 y 1607 fue Tesorero de la Real Hacienda en Santiago del Estero, luego de participar en la fundación de la ciudad de Salta, en 1582. Coincidentemente, su poema que comprende una crónica de la conquista del Paraguay y del Río de la Plata, se titula también La Argentina. Y si de manifestaciones culturales se trata, no podemos dejar de mencionar a doña Ana de Córdoba, que desde 1575 organizaba tertulias sociales animadas por su talento y su cultura” (21), y que por tener una de las mejores casas de la ciudad, alojó en ella al Obispo Victoria en los primeros tiempos de su Vicaría. A partir de 1580, con la fundación de Buenos Aires, los asentamientos hispanos irán conformando un arco entre el Alto Perú y el Río de la Plata. En el primero, Potosí con la explotación de sus minas de plata dominaba la economía de la región; en el último, se comerciaba y se recaudaba de la aduana (y del contrabando, agregamos). Serán las ciudades que permanecen en el medio las que produzcan y desarrollen industrias, lo que hará decir a Mariquita Sánchez de Thompson: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna” (22). Destaquemos que los obrajes textiles establecidos por el Obispo Victoria lograron en muy poco tiempo que su producción fuera una de las principales actividades económicas, tan cuantiosa que el primer cargamento que partió para su exportación al Brasil ocupaba treinta carretas. Llamados también obrajes de paños, pasaron a ser después de la conquista la forma productiva del territorio ocupado, como una variante del sistema de encomiendas, a manera de recompensa que se le otorgaba al conquistador, quien se comprometía a convertir al cristianismo a los aborígenes a su cargo. Eran verdaderas fábricas, que alrededor de 1585 abastecían a la colonia de ropa, calcetas, frazadas, sobrecamas, sombreros, cinchas, aparejos y hasta trigo y maíz.

La trama del mestizaje
Recordemos que, a la llegada de los españoles, el arte textil estaba muy desarrollado, pues algunas piezas de cerámica encontradas en estos territorios determinaron su existencia ya en el siglo X. Se trata de unos pequeños discos llamados torteros o muyunas, usados como contrapeso del huso de hilar, aparecidos junto a unos instrumentos de hueso que servían para ajustar la trama del tejido. Los arqueólogos admiten un auge de la industria textil durante esa época, no solo en el área del río Dulce, sino también en las poblaciones cercanas al Salado. El tejido había sido la principal y hasta sagrada actividad de las mujeres entre los incas, y el tejido seguirá siendo por siglos la actividad central de millares de aborígenes en este territorio inicial de la Argentina. De nuestros ancestros indios quedará en Santiago del Estero, “cuna de la tradición”, y en todo el Noroeste argentino, el rústico telar que hoy usan nuestras teleras, apoyado en dos horcones clavados en la tierra. En él tejerán con hilos del algodón, alpaca o vicuña, originarios de estas regiones, o de lana de las ovejas que alguna vez trajeron los españoles, tan naturalizadas ya y asimiladas a nuestra cultura. Y del telar saldrán los ponchos, esa prenda que comenzaron usando los indios (23), continuaron los criollos, y que representó y representa a los gauchos y hoy es símbolo de argentinidad en todos los ámbitos. Con los trabajos de hombres y mujeres y el pasar de los días fecundos, se dio en esta urdimbre de lo que sería el tejido de la patria, una dialéctica de la reciprocidad, pues factores relevantes de las culturas aborígenes se integraron con los hispánicos, y se conformó una nueva forma de vida: la criolla de base mestiza y afianzada a la tierra. Así, en un primer momento la mujer indígena, al unirse a estos conquistadores que habían llegado solos les proporcionó aliados, intérpretes y cuidado personal. Luego serán ellas las servidoras, amas y niñeras de las primeras generaciones de criollos (24), que con el trato diario y en la temprana edad, pasaron a ser las mediadoras entre ambas culturas. A su vez, la mujer indígena será algunas veces agente de cambio entre los suyos -como en la implantación de la religión católica que asumieron fervientemente-, y otras –especialmente las campesinas- de resistencia a lo hispánico. Este es el caso principal de la supervivencia de la lengua quechua – `la quichua´- hoy hablada únicamente en Santiago del Estero. Y de estas cosmovisiones que se entrecruzan en la trama de la identidad van a derivar nuestras fi estas populares –la Pachamama, San Esteban, San Gil y tantas otras- el complejo culto de los muertos, los mitos y creencias que perduran como el de la Salamanca, todo lo cual nos remite a un sincretismo entre lo cristiano y lo pagano. Siguiendo con nuestro enfoque de la vida cotidiana, en la que la mujer juega un rol primordial, atendamos a la alimentación, con sus dos núcleos encontrados: el maíz originario y el trigo llegado de Europa. Sabemos que el maíz, junto con la algarroba, son los dos grandes alimentos de los pueblos originarios del noroeste argentino. Los españoles, desconocedores de las ventajas del maíz para la alimentación humana, desde un primer momento intentaron sembrar trigo, al que estaban acostumbrados Por otra parte, el trigo y los cultivos europeos tuvieron muy baja repercusión dentro de la alimentación de los nativos, especialmente por el gran poder simbólico en su cosmogonía religiosa, donde el maíz era objeto de rituales y ceremonias. Paralelamente, el trigo representaba para los españoles el ingrediente básico del pan, fundamental en la mesa de los españoles y relacionado con la fe católica. Sin embargo, con el paso de los tiempos la harina de trigo ha perdido hoy toda connotación de hispanidad y resulta elemento primordial de la alimentación en casi todo el territorio argentino, al punto de que con ella se preparan los platos típicamente regionales, como las empanadas, las tortas fritas, chipacos, moroncitos, para no hablar de los reconocidos alfajores regionales.

La tierra como soporte

En todo proceso de construcción social de identidad, el territorio constituye una categoría central, en cuanto soporte material y a la vez entorno ambiental. Este marco y a la vez piso de sostén, es asociado a la madre tierra -la Pachamama- en las culturas originarias, al concebirse como un segundo seno que nutre, madre común de sus moradores. A la vez, el paisaje configura, de alguna forma, aspectos básicos de la cultura -recordemos su sentido etimológico de cultivar- local. Desde un comienzo, los conquistadores debieron adaptarse a las características del territorio y aprender a valerse de la novedad que contenía. Por estas razones, muy pronto aprendieron a confeccionarse “zapatos de la tierra”, a valerse de las “ovejas de la tierra”, como llamaban a la llama, a comercializar en la “moneda de la tierra”, que eran los textiles de algodón, la “plata desta tierra” y a acostumbrase a convivir con los hijos mestizos que habían engendrado: los “mestizos de la tierra”, o más significativamente los “hijos de la tierra”. Y, literalmente, hicieron sus viviendas de tierra, al adoptar el adobe de los aborígenes, es decir el ladrillo de barro. La tierra y todo lo que ella implica irá configurando una nueva identidad común, y aunque los primeros españoles sentían la falta de los elementos que conformaban el modo hispánico de vida, muy pronto las generaciones siguientes de mestizos y criollos consideraron que naturalmente formaban parte de ella. Así, los nuevos santiagueños, mendocinos, sanjuaninos, tucumanos, cordobeses, santafesinos, bonaerenses, salteños, correntinos, riojanos, jujeños, puntanos -por hacer referencia solo a las ciudades fundadas en los primeros cincuenta años- sintieron su arraigo definitivo, empezaron a amar su terruño y a tratar de engrandecerlo. En la historia que nos acostumbraron a leer no entra el accionar del pueblo sino de sus conductores; tampoco el de los soldados, sino el de los generales; apenas se nombran acontecimientos de los pueblos originarios, y se ocultan los de negros y mestizos. Sin embargo, si hubiera faltado alguno de estos elementos determinantes, hoy la realidad del país no sería la misma.

1) Urdimbre. f. Conjunto de hilos que se colocan en el telar paralelamente unos a otros para formar una tela. (DRAE)
2) “El quichua de Catamarca y La Rioja”, por: Ricardo L. J. Nardi, consultado en: http://www.adilq.com.ar/Nardi-CLR-05.html, el 17-10-09.
3) GÁLVEZ, Lucía (1990). Mujeres de la conquista. Buenos Aires: Planeta, 23.
4) Idem.
5) MOYANO ALIAGA, Alejandro (1990). Los fundadores de Córdoba: su origen y radicación en el medio. Córdoba: Instituto de Estudios Históricos Roberto Levillier.
6) JASCALEVICH, Elsa (noviembre 1971) “Las mujeres argentinas” en Todo es historia nº 55.
7) Consecuentes con nuestro intento de rescatar lo que queda `al margen´ de esa centralidad que desatiende lo que no está en el ámbito de su miope mirada, destacamos dos libros de escritores santiagueños: Historia de mujeres (1990), de Fina Moreno Saravia y Casas enterradas (1997, Faja de honor de la SADE, de Carlos Manuel Fernández Loza.
8) MORENO SARAVIA, Fina (1990). Historia de mujeres. Edic. de la autora, 15.
9) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 59.
10) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 61.
11) IBARGUREN AGUIRRE, Carlos F. Los Antepasados, A lo largo y más allá de la
Historia Argentina. Trabajo inédito, consultado en http://genealogiafamiliar.com/ getperson.php?personID=I10395&tree=BVCZ) el 14-10-09.
12) Del análisis de variados documentos inferimos este lapso, puesto que Isabel de Salazar, la que será luego legítima esposa del Capitán, llega a Santiago del Estero en 1566. Además, inmediatamente a la boda, el matrimonio se lleva las hijas mestizas para casarlas en el Perú.
13) Recordemos que en el título anterior ya vimos una situación similar con el Capitán Garcilaso de la Vega – primer esposo de Luisa Martel de los Ríos, que previamente conviviera con una ñusta inca- y su famoso hijo homónimo, autor de los Comentarios reales.
14) Además de las ya mencionada Mujeres de la conquista de Lucía Gálvez e Historia de mujeres de Fina Moreno Saravia, encontramos El perfume del amor (1994), de la salteña Zulema Usandivaras, donde recrea la historia en el cuento “La india jurí”.
15) Resultará significativo recalcar el hecho de que la esposa de Medina, Catalina de Castro, era hija del Capitán Garcí Díaz de Castro, Tesorero de la Real Hacienda de Chile, y de Barbóla Coya “sobrina del Rey Inga del Pirú”. Otra mestiza, aunque con sangre real.
16) “Historia de la Casa Santa Inés de Montepulciano, Santiago del Estero”, por Fr. Rubén González OP, en: http://www.op.org.ar/convento_santiago_01.php, consultado el 15-10-09.
17) Idem.
18) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 13.
19) GÁLVEZ, Lucía. “Santiago, madre de ciudades”, en La Nación, 25-07-03.
20) Relacionado con lo tratado en títulos anteriores, resultará significativo señalar que Díaz de Guzmán nació en Asunción, hijo del capitán Alonso Riquelme de Guzmán y de Úrsula, una de las hijas mestizas de Irala.
21) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 60.
22) O´DONNELL, Pacho. La historia que no nos contaron EL REY BLANCO, consultado el 18-10-09 en http://www.odonnell-historia.com.ar/anecdotario/EL%20REY%20BLANCO%20parte%20VIII.htm
23)  Al parecer, la primera vez que se registra la palabra poncho en nuestro país sería en San Luis, alrededor de 1600, cuando en un documento se consigna la presencia de tres tipos de vestidos entre los indios: “la camiseta, la manta y el poncho”.
24) Recordemos la niñera india de San Martín, Juana Cristaldo - más allá de las especulaciones de que sería su madre-, de quien doña Gregoria recordaba que lo consentía demasiado.

* Publicado en Producción Académica 2011, Santiago del Estero, Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, 2012.