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Etiquetas: [Epístolas Vampíricas]  
Fecha Publicación: Thu, 03 Jan 2013 13:05:37
Primer texto del "universo Blaine" escrito por un autor distinto de mí; en este caso, me refiero a Juana Olazábal, a quien considero una prometedora escritora en ciernes, y que, aunque en numerosas ocasiones me ha referido que no se siente cómoda escribiendo historias largas, hizo una excepción en este caso.





Este texto, de nombre "Conversaciones Nocturnas" ha sido extraído del blog "El mal necesario" (http://elmalnecesario.blogspot.com/) y estaba escrito en siete partes. Aquí, el texto completo.





Agradezco a la señorita Olazábal por el interés mostrado en los personajes de "Blaine - Crónicas de un vampiro real" y sobre todo, en Christian Blaine, protagonista absoluto de mi primera novela.





Micky Bane.














Conversaciones Nocturnas (2008)









Todo estaba oscuro, las luces estaban apagadas, no se escuchaba ningún ruido, todos dormían excepto yo, que movía rápidamente los dedos sobre el teclado de la computadora, escribiendo.





En el monitor, una nueva ventana de conversación se abre, bajo el título de:





“Rodrigo Christian Blaine de Quijandría desea iniciar una conversación contigo”





Me siento intrigada, no conozco a nadie con ese nombre, llego a pensar que se trata de una broma, a pesar de mis dudas, la curiosidad me traiciona y me lleva a aceptar la invitación para entablar una conversación virtual con él.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Ahora, sentado aquí frente a esta computadora, moderna, trato de entender cómo las personas se pueden comunicar de esta manera.





Mi curiosidad aumenta, es cómo una puerta que siento debo cruzar a pesar de desconocer los peligros con los que me podría encontrar.





Mi primera reacción hubiera sido preguntar si se trataba de una broma, hasta que leí con detenimiento el nombre de mi interlocutor.





-“Blaine”-





Dije casi susurrándole al monitor, con la boca entreabierta me quedé observando esas 5 palabras que formaban el nombre del vampiro sobre el que tanto sabía y sobre el que quería saber aún más.





Era imposible, no podía ser él.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Algún día entenderé esto del messenger. Debo salir, la noche espera. Me quedan apenas algunas horas para el amanecer.


¿Con quién hablo? ¿Tienes tú algo que ver con mis memorias?





Era él, el vampiro Blaine a quien he tenido la oportunidad de investigar gracias a la confianza de su editor, Miguel Ángel quien me concedió la oportunidad de leer sus memorias.





Si era él ¿Será prudente dejarlo hablando solo por varios minutos?





Juana Fernanda dice:


Si, he tenido la oportunidad de leer algo sobre ti, ¿O desea que lo trate de usted?





Si, era él, mi corazón empezó a latir con más fuerza, me acomodé en la silla como si hubiera estado a punto de desmayarme ¿Fue esa la primera frase correcta para comunicarme con un ser inmortal que ha visto ya 3 centurias de la historia del mundo?.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


La verdad, la lejanía que me evoca este tipo de comunicación, hace que me dé igual la manera en la que me puedas tratar.





Su modo de responder me resultaba hipnotizante, la elegancia que transmitía iba más allá de las palabras visualizadas en el monitor de la computadora, pensé muy bien en qué palabras usaría para responderle.





Juana Fernanda dice:


Muy bien, mi nombre es Juana Fernanda, he tenido oportunidad de leer sus memorias y siempre había querido hablar con usted aunque sea por un momento.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Pero mis memorias aún no han sido publicadas. Es más, todavía no termino de escribirlas. Le he cedido ese encargo a Miguel Ángel. Lo está haciendo muy bien, a decir verdad.





Me sentía una impertinente, una niña curiosa que había hurgado en las pertenencias de un desconocido al que, quizás le moleste e incomode mi acción ¿Sería así? ¿Habría sido demasiada mi curiosidad? Podría haber provocado la ira de uno de los seres más fuertes que existen.





Rápidamente traté de excusarme, tecleé con torpeza mi excusa mientras repetía en voz baja:





-“Ay no…”-





Juana Fernanda dice:


Así es, hace un buen trabajo, me tomé la libertad; al enterarme de que era él quien se estaba encargando de escribir sus memorias, de pedirle que comparta el archivo conmigo, espero que no lo tome como una falta de respeto, de mi parte o por parte de Miguel Ángel.





¿Por qué me costaba tanto responderle? Tenía que leer 3 o 4 veces cada frase escrita, es un personaje lleno de historia, de misterio, me sentía afortunada de poder conversar con él y por eso, cuidaba mis palabras, quería cada frase sea escrita al mismo nivel en que él me escribía, me costaba trabajo evitar que mis dedos me traicionen escribiendo alguna innecesaria tontería.





Me mordía las uñas esperando una respuesta, al no obtener una, me preocupé ¿Se habría ofendido?. Tuve que insistir.





Juana Fernanda dice:


Disculpe, ¿Está usted ocupado?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Estaba pensando. No recuerdo haberle permitido hacer tal cosa.





Después de leer su respuesta un suspiro profundo inundó el silencio de la noche, hasta ese momento había olvidado qué hora era y había olvidado también que me encontraba sola en medio de una oscuridad débilmente opacada por el resplandor por el monitor de la computadora.





Juana Fernanda dice:


Mil disculpas realmente, fue mi curiosidad e insistencia acerca de usted y su historia lo que eventualmente hizo que Miguel Ángel me permitiera leer sus memorias.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Si finalmente serán publicadas algún día, pienso que no hay mayor problema.





Había comprendido mi curiosidad, me parecía irreal lo que ocurría, observando la pantalla con el resplandor blanquecino que despide el monitor reflejado en mis anteojos, me acomodo el cabello y me digo a mi misma con decisión:





-“No puedes perder una oportunidad así”-





Mi dedo índice se deslizaba lentamente sobre las teclas, una a una iban apareciendo en la pantalla hasta formar una frase.





Juana Fernanda dice:


Disculpe, ¿Le molestaría que yo le haga algunas preguntas?





Con las palmas de las manos apoyadas al borde del teclado, los puños cerrados y mordiéndome los labios, esperaba una respuesta, con suerte, una evasiva.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No me molesta, adelante.





Una amplia sonrisa invadió mi rostro, no podía dejar de sonreír. Voy a tener la oportunidad de hacerle las preguntas que desee.


Yo no soy periodista, ni siquiera he estudiado nada relacionado a ese tipo de trabajo de investigación, sólo era una curiosa mortal que por cuestiones que aún no conocía se había cruzado en el lugar menos probable con un vampiro.





Juana Fernanda dice:


Gracias, en lo que he podido leer de sus memorias; Miguel Ángel y usted tratan de exteriorizar sus sentimientos al estar en esta época, pero me gustaría leerlo ahora ¿Cómo se siente al estar a más de 200 años de la época en la qué vivió?, no estoy segura de utilizar correctamente la palabra "vivió" , espero que comprenda mi pregunta.





No tenía ánimos de invadir su privacidad, nunca he deseado molestar a un vampiro, no sabía cual sería su respuesta.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Vivir. Esa palabra tiene un significado más grande del que puedas imaginar.


No me siento viejo. Ahora, después de todo este tiempo, me siento más fuerte.


Esa fuerza se gana con los años. Puedo jactarme de tener una sabiduría realmente envidiable.





No podía alejarme del monitor, cada palabra que escribía me resultaba más intrigante que la anterior. Me gusta el modo en que me explica las cosas, como si yo no las fuera a entender del todo bien.





Juana Fernanda dice:


En los seres humanos es al revés, nosotros con la edad nos debilitamos e incluso llegamos a olvidar mucho de lo que aprendemos a lo largo de nuestra vida.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Hay cosas que he olvidado, pero lo narrado en mis memorias son hechos que recuerdo, tal cual hubieran sucedido ayer.


Hechos que han marcado mis dos existencias. La humana y esta nueva naturaleza a la cual me acostumbré hace ya tantos años.





Mencionaba con naturalidad y calma ambas existencias, tenía tantas interrogantes en mi mente.





Juana Fernanda dice:


Usted recuerda el momento de cambio de humano a vampiro? Que le ocurre a usted en ese momento, ¿Qué siente?





Pensé que había sido demasiado, creía haber hecho una pregunta muy personal, basándome en lo visto en películas y distintas fuentes de información el momento del cambio de humano a vampiro es difícil de explicar y es un momento muy… especial.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Las palabras están exentas de adjetivos que me permitan narrar algo semejante.


Morir no es una sensación placentera, como, quizás, muchas personas puedan imaginar.





Morir, no podía obviar mi duda, la pregunta que todos los mortales nos hacemos en algún momento de nuestras vidas.





Juana Fernanda dice:


¿Qué se siente morir?





Cruzando mis brazos, apoyé la espalda en el respaldar de la silla, como preparándome para recibir una respuesta chocante.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Morir es renacer. La Muerte es subjetiva. Si la pregunta va dirigida hacia lo físico, puedo definir la Muerte como algo doloroso.


Infinitamente doloroso.





Una mirada de ternura y compasión se dibujó en mi rostro, era un ser que había pasado por mucho dolor y aún así estaba dispuesto a compartir su historia conmigo, mi mayor duda seguía siendo ¿Por qué yo?.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Un vacío. Una presión incesante.





Esa última frase provocó que una lágrima cayera sobre el teclado, estaba rompiendo con cualquier idea que yo haya tenido acerca de los vampiros.


Cuando la ternura se disipó, dio paso al morbo, que me obligaba a hacer preguntas que quizás no estuviera dispuesto a responder.





Juana Fernanda dice:


¿Un vampiro siente placer alguno con el dolor? Sea propio o ajeno





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Es relativo. Mi personalidad nunca volvió a ser la misma desde mi muerte humana. Mis sentimientos son ambiguos. Pero he aprendido a no disfrutar del dolor ajeno.


Mi dolor no me produce placer. El dolor de algún ser querido, de ninguna manera.





Los vampiros tenían alguna clase de sentimientos, al menos mi interlocutor, aprendía y me sorprendía con el correr de los minutos.





Juana Fernanda dice:


Okay, me sorprende lo que me dice realmente, actualmente se tienen muchos mitos y creencias sobre los vampiros basadas más que nada en relatos de ficción.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Exacto. He ahí el valor de mis memorias. Ahí radica el principal problema. Todo lo escrito previamente ha sido por manos mortales.





En medio de mi deslumbramiento con la conversación note que al lado derecho de la ventana de conversación virtual se encontraba una imagen, una pintura antigua.





Por unos segundos la contemplé e inmediatamente después, como si él pudiera leer mi mente me dijo:





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Pido disculpas por la pintura. No tengo fotografías recientes. Y la ilustración, aunque no es real, me retrata de una manera muy parecida a lo que podría lucir en persona.





Algo en su respuesta me provocó temor ¿Sabía él lo que yo pensaba? Había algo cautivante en la imagen, en él, no podía entender bien que pasaba por mi mente.





Juana Fernanda dice:


Me parece una imagen muy hermosa, si no le incomoda que se lo diga.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


En lo absoluto.


Aunque la belleza, por lo menos en los mortales, es efímera. Eso me provoca dolor.





Belleza, me pregunté si un ser tan bello físicamente pero tan sombrío al expresarse alguna vez se habrá enamorado, decidí preguntarle con el temor de meterme en un tema que no debo mencionar.





Juana Fernanda dice:


¿Usted puede enamorarse?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Puedo.


Pero no recuerdo esa sensación.





Juana Fernanda dice:


Estuvo enamorado cuando fue mortal ¿no es así?





Recordé lo leído en sus memorias, habla del amor cuando fue mortal.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Lo estuve. Esos recuerdos prefiero mantenerlos enterrados. Disculpa si no deseo hablar de eso.





Juana Fernanda dice:


No, para nada, no hay problema, no quiero incomodarlo ni tocar un tema que usted no desee tocar.





Por temor a que decidiera terminar la conversación abruptamente debido a mis impertinencias cambié de tema.





Juana Fernanda dice:


Ahora, entrando a un terreno totalmente más mundano ¿Come usted alguna comida preparada como la de nosotros los mortales?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Aunque quisiera, no podría. Alguna vez, de una manera ingenua, quizás, lo intenté. Fue repulsivo.





Por alguna razón, aquel comentario me causó risa, el sólo imaginar ese delicado rostro con una expresión de asco al comer aquello que nosotros los mortales comemos diariamente me provocaba cierta ternura y gracia.





Juana Fernanda dice:


¿Por qué?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No puedo digerir la comida "normal".


Podría darte un ejemplo. Imagina comer una masa insípida que tu estómago no tolere.


Que el cuerpo lo devuelva no es algo que se sienta bien.





Mi risa había estado de más, era algo complicado y penoso, un tema acerca de la nutrición de los vampiros que los mortales nunca entenderemos como tantos otros misterios que los rodean.





Juana Fernanda dice:


No me imaginaba que ocurría eso.


Ahora, ¿La sangre de animales es igual a la sangre humana? en relación a su nutrición





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Así ocurre.


No estoy al tanto de eso. Por lo menos, en todos estos años, jamás indagué al respecto. Pero el sabor, no es desagradable. Por mi experiencia puedo decir que cuando me he encontrado en mal estado o debilitado, la sangre animal no me ha ayudado mucho a recuperarme.





Se alimentaba de sangre de humanos, por un segundo el temor de que al ponerme de pie lo encontraría, elegante, sombrío y bello de píe y silencio bajo el dintel de mi puerta me distrajo de la conversación.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


En ese sentido, puedo pensar que la sangre animal no es buena; y lo que es peor, no produce esa sensación de placer el ingerirla.





El miedo empezaba a agitarme, sentía calor y nerviosismo, decidí seguir con el ritmo de la conversación y tratar de camuflar mi miedo.





Juana Fernanda dice:


Entonces es algo más acerca de la sangre humana, aparte de la nutrición le provoca a los vampiros placer al beberla?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Es comparable, en tu caso, a beber agua después de no haberlo hecho en mucho tiempo o comer tras mucho tiempo con hambre. La sangre me da paz. Sosiego.





¿Sosiego? ¿Paz? Quedé sorprendida, ¿Era posible que un vampiro pudiera diferenciar esta clase de sentimientos?





Juana Fernanda dice:


¿Es cierto que los vampiros son almas atormentadas que viven siempre con culpa y miles de sentimientos así de oscuros?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Los vampiros somos como los mortales. En ese sentido cada uno es diferente de otro. No puedo asegurar si otros vampiros han vivido atormentados o no.


Particularmente, mi vida no ha sido un camino fácil de transitar. Por lo menos, hoy, mi existencia goza de una calma inusitada. Espero que continúe así.





Conocía muchos aspectos de la vida de mi interlocutor, gracias a sus memorias sé lo que ha sufrido.





Me quedo observando la imagen de la ventana de conversación y veo un pequeño mensaje en la ventana:





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría está escuchando Fur Elise de Beethoven





Nunca imaginé ver a un vampiro escuchando música clásica en una computadora, sonreí mientras digitaba mi siguiente pregunta en el teclado.





Juana Fernanda dice:


Okey, veo que le gusta la música clásica ¿Ha tenido oportunidad de escuchar música actual?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Desde luego.


No todo es de mi agrado, pero prefiero la música de salón. Me remonta a épocas que extraño.





Esperaba esa respuesta, debe sentirse bastante extraño y desubicado al haber vivido tanto tiempo y haber conocido y sido testigo de las variaciones de la música.





Juana Fernanda dice:


Cuando yo era pequeña, me llamaban mucho la atención las historias de vampiros entre ellas, escuchaba el clásico ajo que aleja a los vampiros, las cruces y algo que recuerdo es que decían un vampiro no puede ser retratado ¿Es cierto? ¿La ilustración que tiene usted fue hecha cuando era mortal?





Me refería a la imagen antes vista.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


La ilustración evoca un retrato mío de cuando aún era mortal. Lamento no poder verme reflejado en un espejo. Los recuerdos de cómo luzco son muy lejanos. Por otra parte, el ajo tiene un olor gracioso, mas no me afecta. Las cruces reafirman mi Fe, pues yo creo en Dios y en su Único Hijo, aunque muchas veces haya llegado a pensar que me han abandonado. Mi Fe me mantiene en este mundo.





Juana Fernanda dice:


Tengo que confesarle que estoy fascinada con la conversación pues me da respuestas que no esperaba ni nunca hubiera imaginado tener, es usted creyente, vaya.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Perdón por tutearla y tratarla de usted indistintamente, pero aún me confunde esto de hablar con relativa confianza a alguien que no se conoce.


Y sí, soy creyente.





Juana Fernanda dice:


Por favor, soy yo la que está confundida realmente, no creo que todos los días tenga la oportunidad de conversar con un vampiro y usted puede tutearme si desea, no hay ningún problema





Nunca había oído hablar de un vampiro que creyera en Dios, Rodrigo era una caja de Pandora que me llevaba por una montaña rusa de conocimiento, hay tanto que no sabemos acerca de ellos





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Hay cierto parecido entre la ilustración que poseo y la fotografía que a usted acompaña. Por lo menos en la postura.




Él se refería a una imagen del actor Gerard Butler sin camisa que adornaba mi ventana de conversación virtual.





Me avergoncé ¿Qué pensaría? Después de todo él tiene más de 200 años, las normas de moral verían muy mal que una mujer tengo de adorno la imagen de un hombre con el torso desnudo ¿Qué me diría?





Juana Fernanda dice:


Si, hay un cierto parecido, aunque su imagen es mucho más delicada, la mía es de un actor a quien no se le ve para nada delicado.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Debo entender que le agradan los hombre de ese tipo.





Me sonrojé, me intimidó mucho el que me haga ese comentario, me sentí insignificante.





Juana Fernanda dice:


No, honestamente no, me gustan los hombres delicados pero fuertes, con un equilibrio entre belleza y fortaleza, es difícil de definir.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Estoy convencido de que la fortaleza se lleva por dentro. La fuerza física no pasa de ser eso. Mera fuerza física.





Juana Fernanda dice:


No me refiero a la fuerza física. Me refiero a la fortaleza espiritual, la inteligencia, la personalidad y físicamente la delicadeza me gusta mucho.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Entonces, veo que tienes gustos refinados.





Estaba yo, con las piernas cruzadas, con la espalda pegada al respaldar de la silla hablando de qué tipo de hombre me gusta con un vampiro de más de 200 años de edad, sin saber como expresarme correctamente para no quedar en ridículo.





Juana Fernanda dice:


Me va a disculpar que me falten palabras para expresarme pero el hecho de que usted esté hablando conmigo acerca de que tipo de hombre me gusta me resulta abrumador y no parece real.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No te dispenses. Esta es una conversación casual. No tengo problema de saber sobre tus gustos personales, a menos que tú sí.





El morbo que sentí minutos antes al querer saber acerca del placer que podía sentir ante el dolor, era ahora un morbo acerca de su sexualidad, ¿Podría un vampiro tener relaciones sexuales? ¿Le es necesario tenerlas? Tenía que elegir correctamente las palabras a utilizar para que no me considerara insolente.





Juana Fernanda dice:


La siguiente es quizás una pregunta totalmente abusando su confianza... o desconfianza, no lo sé bien, pero de todos modos lo diré.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Adelante.





Su “Adelante” escrito me resultó tentador, cautivante, desafiante, como si estuviera listo a responder cualquier pregunta que yo pudiera hacerle, sentí un escalofrío recorriendo mi columna que me hizo arquearme en la silla y cambiar de posición.





Juana Fernanda dice:


Tiene usted apetito sexual? es decir, no sé como explicarme, espero que comprenda la pregunta.


Y le pido por favor que no lo tome como una falta de respeto.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Me parece graciosa esa pregunta. No tiene nada de malo sentir curiosidad. Debo decir que ese aspecto va más allá de lo meramente carnal. Es algo que, aunque suene paradójico en mi caso, va de la mano con la espiritualidad.


El apetito sexual de un vampiro está anexado al amor. En mi caso, por lo menos, salvo cuando fui mortal, no recuerdo haber sentido apetito sexual por alguien a quien no haya amado.





Me lo podía imaginar, sentando escribiendo y riendo de la naturaleza de mis preguntas era una imagen bastante interesante.





Juana Fernanda dice:


Porque, se tiene esa imagen de los vampiros, son un símbolo de la sexualidad, que son amantes apasionados, realmente tienen una muy buena imagen en ese aspecto y pues las mortales que tienen la suerte de llegar a enamorar a un vampiro a mi parecer son afortunadas pues pueden corroborar ese punto.





Qué ridiculez, le estaba hablando de sexualidad a un ser que puede poseer a cualquier mujer que desee.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Una vez me enamoré de una mortal. Cuando leas sobre ello sabrás más detalles al respecto. Fue muy doloroso. Prefiero no hablar de ello. Miguel Ángel se encargará de hacerle llegar esa parte de mi vida. La imagen que tienen los humanos sobre nosotros nunca es la correcta.


En cuanto a la imagen apasionada o sensual de los míos, no puedo opinar, porque en este caso, hablo únicamente por mí.





Juana Fernanda dice:


Okey, entiendo, le agradezco por no incomodarse por la pregunta.





En mi cabeza, una idea acerca de la pregunta realizada daba vueltas mientras mis dedos desean escribir más. Me contuve, de pronto recordé lo visto en distintas producciones de Hollywood acerca del poder que tienen los vampiros de leer la mente.


Si es así y Rodrigo podía leer mi mente, quedaría en ridículo.





Juana Fernanda dice:


Ahora, usted mencionó esa imagen que tenemos por ejemplo, respecto a los poderes que se supone tienen ¿es cierto? ¿Puede usted leer la mente de los mortales? ¿Puede leer mi mente en este momento?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Puedo. Pero en este momento no, pues no la conozco. Nunca la he visto en persona. Quizá hay un pequeño vestigio de ese poder, porque antes de que lo preguntaras pensé: "me preguntará sobre si puedo leer su mente". Si algún día llego a hablar con usted personalmente, podré leer su mente.





-“Uff…”-





Dije exhalando.


La posibilidad de que leyera mi mente me atemorizaba.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No todos pueden hacerlo. Depende de quien fue quien convirtió al mortal en vampiro y de la edad que tenga. Los vampiros puros sí pueden hacerlo, desde y para siempre. Desde el día en que ven la luz, metafóricamente hablando.





Había escrito algo que me provocó curiosidad, la opción de alguna vez hablar con él, personalmente ¿lo dirá en serio?





Juana Fernanda dice:


Me encantaría conversar personalmente con usted, quizás suene bastante cursi pero sería como un sueño hecho realidad el conocerlo en persona.





¿Habría sido innecesario ese comentario? ¿Sentiría que soy simplemente una seguidora una groupie más que idolatra los vampiros?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Dudo que sea tan placentero como imaginas.





Juana Fernanda dice:


No entiendo por qué, realmente estoy encantada con la conversación, es usted un maravilloso libro abierto que estoy dispuesta a leer si usted me lo permite claro está.





La idea de conocerlo personalmente me llenaba de excitación, ver su piel, sus ojos ¿Será cierto que la mirada de los vampiros es tan fuerte que los mortales no toleran el contacto visual? ¿Cuán fría será su piel? ¿Qué sensación provocará en mí el roce de sus labios?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Puedo pasar por un mortal si voy por la calle, pero definitivamente hay un halo distinto en mi aura.


Quizás eso te asustaría.





Juana Fernanda dice:


No me asusto con facilidad y si un susto es el costo por conocerlo pues no tengo problema en pagarlo ese costo.


Disculpe mis errores al escribir, entienda que yo, como cualquier mortal a esta hora se encuentra durmiendo y estoy luchando contra el sueño para no caer dormida sobre el teclado.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Sueño es lo que menos podría tener yo a esta hora. Entiendo que este medio de comunicación, pese a su modernidad, conserva algo rústico en su esencia. Por tanto entiendo que puedan haber errores al escribir. Si ya se inventó el teléfono, no logro entender del todo por qué razón existe un medio como éste.





Juana Fernanda dice:


No le quito más tiempo de su preciosa noche.


Estoy infinitamente agradecida por su tiempo, me gustaría que se repitiera este encuentro en otra ocasión. ¿Es posible?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No tienes por qué agradecer. Para mí es un placer hablar con mortales. Es una especie a la que amo y admiro y respeto.


De día descanso, de noche me marcho. Pero en algún momento puedo volver a usar mi ordenador para este fin y no sólo para escribir mis memorias.





No quería dejarlo ir, de haber sido personal esta conversación lo habría tomado del brazo en un vano intento de detenerlo con grandes posibilidades de ver el lado agresivo de Blaine.





Juana Fernanda dice:


Perfecto, hay tantas preguntas que me gustaría hacerle, tanto que quiero saber de usted y de su vida en otras ocasiones de ser posible.





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


No te preocupes. Siempre hay oportunidad. Definitivamente no tengo preocupación con respecto al tiempo.


Salvo cuando es de noche.





Mi nerviosismo aumentaba ¿Habría sido esto un sueño? ¿Acaso cuando me despida nunca más volveré a saber de él? De haber sido un sueño hubiera preferido dormir todo el día, tenía que arriesgarme.





Juana Fernanda dice:


Es cierto, Bueno, no le quito más tiempo, estoy encantada de conocerlo y conversar con usted, muchas gracias.


No sé como despedirme de usted.


¿Qué le puedo decir "Cuidate"? ¿"Un abrazo"?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Un "buenas noches" no estaría mal.





Juana Fernanda dice:


Ideal, Buenas Noches y una última pregunta.





La curiosidad me traiciona, tenía que saberlo.





Juana Fernanda dice:


Va a alimentarse hoy al salir?





Rodrigo Christian Blaine de Quijandría dice:


Desde luego. Por lo menos hoy no pienso hacer otra cosa.


Si me permites, buenas noches.





Juana Fernanda dice:


Buenas Noches.





“El usuario Rodrigo Christian Blaine de Quijandría ha abandonado la conversación”





Me quedé observando la pantalla sin reaccionar, no podía creerlo, fue cierto.


En medio de la oscuridad de la madrugada me puse de pie, apagué la computadora y salí del estudio. 





Al subir a mi habitación pase por las enormes ventanas que dan hacia la calle, pasé lentamente observando hacía afuera, creo que muy en el fondo, esperaba verlo, caminando por la vereda del al frente y que en medio de la oscuridad de la noche y su apetito gire su cabeza y nuestras miradas se encuentren.














Etiquetas: [Epístolas Vampíricas]  
Fecha Publicación: Thu, 03 Jan 2013 13:05:24














Abotonando el último botón de mi casaca, oscura como el resto de mi atuendo, escuché una
risotada en la sala. No puede ser otro más que Cassiano quien, seguramente,
acababa de terminar con la lectura de alguna novela.









Con
calma terminé mi labor. No es que viviera preocupado por mi apariencia —como el
propio Cassiano—,  pero es necesario andar
presentable si uno va a acercarse a las personas. En mi caso no es cuestión de
placer, sino de subsistencia.









Caminé
con tranquilidad hacia la sala del pequeño departamento donde me hallaba alojado,
cierto tiempo y, en efecto, vi a Cassiano con la expresión divertida y un libro
en su regazo. La pregunta se caía de madura:




—¿De
qué te ríes? —pregunté mientras me sentaba en el sofá contiguo. Era temprano no
había prisa por salir.




—Es
que esta novela, simplemente es… —no terminó de hablar y soltó otra risa.




—¿Divertida?
—pregunté con sonrisa leve. Su alegría me había contagiado.




—¡Es
patética! —vociferó como un loco al tiempo en que se ponía de pie— ¿Es posible
que las personas crean en estas cosas?




—¿A
qué te refieres?  —pregunté, calmado. No
me sorprendió la reacción del portugués. Era muy incisivo a la hora de criticar
lo que leía.




—¡Esta
novela! Se llama Cincuenta Sombras de
Grey
y es una de las peores cosas que he leído.




—¿Cosas?




—¡Sí,
cosas! ¿Hay algo de malo en que diga «cosas»?




—No
es eso, sino que… cuando he publicado me han llamado inculto por usar dicha
palabrita…




—Ese
no es el punto, Blaine. Esta novela me ha hecho reír, pero por las razones
incorrectas.




—Vamos,
no puede ser tan mala —dije e hice un gesto con la mano.




—¿No
puede ser tan mala? ¿No puede ser tan mala? ¡Es malísima! —aseguró Cassiano y
dejó caer el puño cerrado sobre la pasta del libro que sostenía en la otra
mano.




—A
veces eres muy exigente; vamos, dale algo de crédito a su autor.




—Oh,
Blaine, Blaine, Blaine…  Pecas de ingenuo.  Y seguramente que esta vez harás lo mismo que
cada vez que no me gusta un libro.




—¿Leerlo
para demostrarte que estás equivocado?




—¡No!
Leerlo para estar seguro de que es tan malo como aduzco.




—¿«Aduzco»?
Estás mejorando tu español —dije, y sonreí.




—Me
pregunto qué diría Leopold sobre este libro.




—Estoy
seguro de que no lo leería, por el mero hecho de ser un best seller.




—¿Y
cómo leyó tus memorias?









Sonreí
con estridencia. Cassiano , cada cierto tiempo, sacaba a relucir el tema: que
Leopold leyera mis memorias y no las suyas. Lo que el portugués ignoraba era
que Leopold, por el contrario, las había leído e incluso las había disfrutado,
pero quería herir el enorme ego de su autor, razón por la que había mentido.




—¿Partimos?
—pregunté.




—Estoy
de mal humor. Adelántate, luego te alcanzo —respondió sin mirarme.









Sonreí,
me puse de pie y palmoteé su espalda. Cassiano siempre fue un donjuán,
educadísimo y noble, una gran persona para quienes lo conocemos, y no tanto
para quienes no, aunque, pese a eso, tenía sus cosas —sí, cosas—, sus manías, y
así había aprendido a quererlo. Creo que el resto del clan también se
acostumbró a él y lo quería y respetaba. 
De no ser así, el Clan Divino no hubiera sobrevivido a los siglos, unidos como hasta
hoy.









Esa
misma noche pasé por una librería en San Isidro. Estábamos por Lima en esos
días. Compré la novela y cuando terminé de leerla, a la noche siguiente, me
quedé con una idea rondando por mi cabeza: la literatura está muriendo.









Quizás
el quid del asunto era ese; a lo mejor la cólera de Cassiano estaba cobijada en
su inconsciente o en el mío, y fue provocada por el simple hecho de saber que
aquellos autores leídos en siglos pasados, de diversos lugares y con distintos
idiomas, ya no estaban más y nunca más volvería a aparecer ninguno que les
llegara siquiera a los talones. Todo se había resumido a contar historias y a vender
libros.









Sentado
en el sofá, leyendo a oscuras la última hoja de dicho libro, y con una honda
desesperanza contenida, sentí la mano del portugués sobre mi hombro y dejó oír
su voz en un susurro:









—Malísima,
¿verdad, camarada?




—Verdad,
camarada.







Nos
fuimos a descansar.









Christian Blaine




Santiago de Chile, 14 de febrero
de 2012


Etiquetas: [Poesía]  
Fecha Publicación: Tue, 23 Oct 2012 08:58:50








IMXXXVI





Eres todo carne, como un animal cualquiera


Si te mataran y te cortaran y te frieran y te comieran


Sabrías como sabe cualquier carne


Como un animal cualquiera.





Tus ojos frágiles, como ojos cualquiera


Son los del perro, el roedor o la iguana


Ellos ven mejor en ciertas circunstancias


Tus ojos no pasan de eso,


De ser como cualquiera.





Tu lengua, tus dientes, tus huesos,


Tus cabellos, tu nariz, tu grupa,


Tus lomos, tus ancas, lo que fuere


No distan en nada de los de una rana.





Distintos, sí, iguales, también,


Piensa,


Eres todo carne y morirás como toda carne.


No importa cómo mires, cómo comas, como vivas.


Te extinguirás en tu materia.








Serás polvo.





No importa cómo seas, cómo vistas, cómo andes


Estás hecho de lo mismo que todos


Y apestarás muerto y alimentarás a otros


Que también apestarán


Como cualquiera, como todos. Como tú




Que eres todo carne.







Etiquetas: [Cuentos]  
Fecha Publicación: Thu, 03 Jan 2013 15:31:48















—¡Ah, un día más! ¡Qué cómodo es estar aquí!
—dijo él, el
huésped, mas nadie lo escuchó. Nadie lo escuchaba porque se
encontraba allí solo,
como desde hacía dos meses.





Y la verdad era que el lugar donde reposaba era
muy cómodo y
cálido. Quizás el ambiente necesitaba más luz, pero no por ello
dejaba de ser
confortable.





Se hallaba solo, como desde que había llegado
allí. No podía
recordar cómo, pero allí estaba y se sentía agradecido y
complacido.





Quizás hubiera sido insoportable para él, el
huésped estar
solo en ese lugar, porque aunque cómodo, era oscuro y solitario,
pero, la
cálida voz que de cuando en cuando oía, le daba el valor para
permanecer allí
durante todo el tiempo que fuera necesario. Era una voz masculina,
cálida y amable
que muchas veces ser perdía entre la estridencia de una voz
femenina que estaba
cargada de amargura e ira y no le gustaba escucharla. Las voces se
entremezclaban
en una discusión sin fin:





—¡No lo quiero! ¡Me va a joder la vida!


—Pero, Xime… Él no tiene la culpa de nada.


—No me importa, huevón, ¡me va a cagar la vida!
—y lloraba.





Cuando ella hablaba así de los ojos cerrados
del huésped
brotaba un líquido. No comprendía bien qué era, pero dolía. Era un
dolor
inexplicable y profundo, un dolor áspero que lo lastimaba.





Nuestro huésped se encontraba en una especie de
descanso.
Todo lo que hacía era estar en la estancia oscura y cómoda,
esperando a salir.
Lo malo era que en apenas dos meses de estar allí, a veces, la voz
de la mujer dejaba
oír palabras incompresibles que también lo lastimaban:





—No te quiero, ¡ojalá te mueras!





Y a continuación sentía algunos golpes y todo
se movía. Los
golpes le hacían daño y el frágil cuerpo de nuestro huésped —que
sentía más
dolor que cualquier otro por su fragilidad— no podía soportarlo.





El dolor se convertiría en algo cotidiano.





El huésped tenía tres meses en su cálida
estancia. La
comodidad había desaparecido. La voz femenina que no le gustaba
escuchar ahora
lloraba de amargura y decía palabras que él no llegaba a entender.
De pronto
volvió a escuchar una voz masculina que no era la voz del
simpático hombre que
discutía con la odiosa mujer, sino una extraña:





—Es riesgoso, debe saberlo —dijo la voz del
extraño hombre.


—No me importa, ¡sólo sáquemelo de aquí! —dijo
ella
sollozando.





Por un momento el huésped se sintió feliz,
porque tras la
voz de ella escuchó con claridad la voz de su amigo, por quien
sentía mucho
cariño:





—Ximena, no. Todavía estamos a tiempo. No lo
hagas…


—¡Que no quiero esta mierda! —gritó ella fuera
de sí.





De repente, silencio.





El cálido líquido en que nuestro huésped
flotaba en esa
confortable y apacible estancia, donde se dejaba llevar en un
vaivén natural,
comenzó a tornarse frío.





Sintió un olor peculiar, uno que no había
sentido antes,
pero era ácido, o quizás salado. No podía distinguir de qué se
trataba.





Comenzó a oír un ruido metálico que se hacía
cada vez más
estridente y la profunda oscuridad en que había vivido por tres
meses comenzó a
iluminarse. Abrió un tanto los ojos y finalmente pudo saber dónde
se hallaba.





Vio unas enormes pinzas acercarse hacia él, su
tacto era
frío. Tuvo miedo. Durante todo el tiempo que estuvo allí, nunca
había tenido
tanto miedo. El contacto de las pinzas metálicas que como
monstruos invadían su
hogar, tanteando el territorio, de pronto pilló una de sus
piernas. El objeto
hizo un ruido al engancharse a su miembro y giró, luego, se torció
y sonó un
terrible crack que
generó una mueca de
dolor en su rostro todavía no formado por completo.





Quiso gritar pero no pudo, porque todavía no
tenía voz.
Escuchó la voz de la mujer que no lo quería, llorar. Las pinzas
metálicas
sonaron al contacto con otro recipiente metálico en el que cayó
una sangrante y
diminuta pierna.





Ella gritó con toda la fuerza que le fue
posible; él, el
hombre amable, sujetaba su mano sin mirar al otro hombre, que era
quien maniobraba
el instrumento quirúrgico.





Después, el huésped sintió el fuerte olor de
algo que no
supo distinguir, pero que al contacto con su cuerpo ardía, y cómo
ardía. El
metal aprisionó uno de sus brazos y tras el crack
que ya había escuchado antes sintió un dolor áspero e inenarrable.
Le habían
arrancado el brazo.





El pequeño huésped no entendía lo que ocurría,
pero desde su
posición, se movía, evitando sentir el dolor que le provocaba el
instrumento
metálico que se acercaba cada tanto a ocasionarle el mayor dolor
que jamás
había sentido.





Qué impotencia. No podía gritar ni pedir
auxilio.





Mientras las pinzas le arrancaban la otra
pierna, nuestro
pequeño huésped tuvo una visión. En ella veía imágenes en las que
un niño jugaba
con sus papás en un parque, riendo a carcajadas. La visión se
esfumó por el
dolor que ocasionó las pinzas sobre el brazo restante.





El instrumento volvía a sonar al contacto con
otro metal. La
mujer gritaba, el buen hombre lloraba con ella y el hombre malo
que manipulaba
el arma hablaba con frialdad, haciendo recomendaciones para el
futuro y la
salud de ella.





El huésped ya no tenía fuerzas para seguir y se
dejó llevar.
Quiso pensar que ese niño que reía era él mismo, que ese niño a
quien sus
padres amaban era él y que jugaría con ellos al salir de allí y
cuando dejara
de sentir tal dolor.





Dentro de ese mismo dolor, sonrió, pero la
sonrisa se borró
del rostro cuando las pinzas metálicas lo arrancaron de sus
pensamientos,
trasladándolo a un lugar horrible que el jamás había visto ni
soñado.





Sujeto del pequeño tórax por la gran pinza fría
y metálica
se vio flotando, adolorido y muerto de frío por un lugar iluminado
en donde vio
a una hermosa mujer echada sobre una cama con las piernas abiertas
y un
muchacho bien parecido a ella sujetándola de la mano.





Debajo de él vio retazos de un pequeño cuerpo
destrozado, que
era su cuerpo, cubierto de un líquido rojo. El tipo que lo
sujetaba, vestido de
blanco y que lo arrancaba de su estancia, lo dejó caer de cierta
altura sobre
aquel recipiente en donde yacía el resto de su cuerpo sumergido en
un extraño
líquido rojo.





Cayó y quedó inerte sobre el frío recipiente,
oliendo y
sintiendo la textura de ese líquido que no conocía, intentando,
quizás, decir
algo, o moverse para intentar salir de allí y buscar la calidez de
su estancia,
allí donde fue feliz por un breve tiempo y adonde quería volver.





El pequeño huésped ya no pudo ver más, pero se
imaginó a la
mujer llorando. Ahora comprendía que era su madre  y supo que moriría, que no la
volvería a ver
más y lloró unas lagrimitas que nadie vio porque se mezclaron con
sangre.





El dolor desapareció y se sintió feliz por
ello. Volvió a
una estancia cálida, y allí escuchaba solo voces llenas de amor y
ternura que
le daban la bienvenida, y se olvidó de todo el dolor sentido en
esos minutos
que parecieron eternos.





Y ella sintió que le había arrancado algo que
jamás
recuperaría y se sintió vacía. No se sintió como creyó que se
sentiría. No se
sitió liberada ni mucho menos.





Entonces, el buen hombre se acercó al doctor
con los ojos
llorosos y dijo:





—Doctor, ¿se recuperará mi hermana?


—Sí, no hay problema, que solo descanse
—respondió
fríamente—. ¿Fue producto de una violación, no?


—Sí, así es.


—No hay nada de qué preocuparse. Saben el
trabajo fue bien
hecho, con esto de que es legal para 


las violadas….





El joven volvió al lado de su hermana. Ella no
lo vio, tenía
la mirada perdida a un lado de la cama y balbuceando y medio
muerta, con una
tristeza inconmensurable dijo  para
sí:





—Era mi derecho…

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Fecha Publicación: Mon, 17 Sep 2012 13:39:03








Bram Stoker era su nombre y un virtual desconocido para mí. Nunca había oído ni su nombre ni su proceder, mucho menos su trayectoria, si es que tenía alguna.



De una forma extraña no confiaba en él. El mero hecho de acercarse a un vampiro así, sin mostrar temor -de tenerlo- era admirable y estúpido a la vez. ¿Cómo había dado conmigo? Lo ignoro, en mi respuesta a su misiva había sido esquivo. Probablemente algunos de esos patéticos vampiros errantes con vago pasado y ausente futuro habían hablado de mí.



-He viajado mucho para conocerlo -dijo el joven irlandés con flema británica. Estábamos de pie en el salón principal de mi residencia.

-Stoker, ¿verdad? -pregunté observándolo con atención, intentando averiguar sus intenciones.

-Así es, señor. He de confesar que estoy cumpliendo un sueño de infancia -agregó con sonrisita insoportable-. He devorado tantos libros sobre ustedes y jamás dudé de su existencia.

-Me alegro -contesté parcamente.

-Yo mismo quiero escribir una historia de horror en la que el personaje principal sea uno de los suyos, señor.

-¿Historia de horror, dices? -inquirí y sonreí. Sabía que un mortal jamás podría expresar en palabras el horror de vivir o presenciar un mundo como el nuestro-. ¿Y en qué puedo servirte, Stoker?

-Todo lo que sé está basado en conocimientos adquiridos a través de libros, muchos prohibidos, otros de ficción. También de enciclopedias o compendios de tratados sobrenaturales; sin embargo, quiero ser el primer "mortal" (como usted dice) que obtiene datos de una verdadera fuente de conocimientos.



Me pareció un muchacho tan valiente como ingenuo. Su atuendo mostraba pulcritud aunque no ostentación de gran fortuna. Digamos que, aunque no tuviera dinero para ropa nueva, al menos se preocupaba por conservarla presentable.



-Pues, a decir verdad -aseguré-, dudo mucho que seas el primer mortal que tiene la oportunidad de entrevistar a uno de los nuestros. De lo que sí estoy seguro es del mal fin de esos que se atrevieron. Si obtuvieron la información que necesitaban no creo que les sirviera de mucho.



El joven tragó saliva y perdió un tanto la confianza con que había llegado. Quizás mis palabras sonaron amenazantes.



-No te preocupes -dije con tono templado-, de haber querido, ahora mismo tu sangre estaría circulando en mi interior. Vivo o no, ya no serías el mismo.



-Bueno, perdone usted si lo inoportuno -respondió aquél un tanto nervioso-, ¿podrá  brindarme un fragmento de su valioso tiempo?



Asentí.



-La verdad, y como se lo hice saber en mi carta, quisiera que usted pudiera brindarme información sobre el más famoso de ustedes, al que llaman conde.



-Lo sé, pero, lamento decirte que, aunque sabemos más que cualquier mortal, ni siquiera por ser vampiros sabemos de él como imaginas.



-Cualquier cosa, señor, cualquier dato sería muy importante para mí. Por pocos que sean, preferiría tenerlos de primera mano y no inventarlos, como sé que han hecho otros autores.



-¿Has escrito algo que haya leído? -pregunté, conociendo de antemano la respuesta.



-Lo dudo, señor. Estoy intentando hacerme de un nombre en Inglaterra, por desgracia, en mi tierra natal no he tenido éxito.



-¿Y por qué hablar de quien fuera nuestro líder?



-Por la importancia de su nombre, por el poder que tuvo... Porque me parece fascinante.



-¿Conoces que él no está más?



-Lo sé, señor, pero me interesa muchísimo su vida. Creo que no dejó a un sucesor.



-Te equivocas, jovencito -dije, sabiéndome mayor en edad que él, pero pareciendo menor en apariencia-. En nuestra sociedad su sucesor es considerado poderoso, tan o más que el propio Drácula. Quizás exageran, pero así lo consideran porque se ha hecho amar, se ha ganado el cariño y respeto de su "pueblo" y, por lo menos, momentáneamente, se respira tranquilidad en el Mundo Oscuro.



-Bueno, señor, no sé de quién me habla usted.



-Lo sé. Su nombre no es conocido entre los tuyos.



-¿Y por qué, señor?



-Porque un vampiro tendría que lavarse la boca antes de hablar de él.



-¿Tanto así, señor?



-Tanto así, jovencito.



Noté algo que me avergonzó un poco y se lo hice saber a mi interlocutor:



-Disculpa mis malos modales. Toma asiento.



-Está bien -respondió, y se sentó en el pequeño sofá de la sala de estar.



-Puedes preguntarme lo que quieras, pero sólo te contestaré lo que sé... y lo que quiera, el resto puedes inventártelo si deseas, la verdad, no me importa.



Me sentí cruel por haberle hablado así al pobre aspirante a escritor, pero era cierto. Me daba igual lo que aquél hiciera con la información que estaba a punto de proporcionarle.



Sacó del morral de cuero el frasquito de tinta y el plumín, dispuesto a tomar notas de toda respuesta mía.



Me sorprendió la vehemencia del muchacho, las ganas que tenía de escribir y de contar al mundo una fabulosa historia de vampiros. Sonreí.



Era cierto que no sabía tanto del Conde, quizás no tanto como su sucesor, su Hijo de sangre, ese vampiro que en aquel entonces era muy famoso y querido entre nosotros y de quien nadie hablaba más que en secreto. Pensándolo bien, hubiera sido mejor para el joven Stoker entrevistarlo a él y no a mí, a él que era el líder máximo de todos los vampiros del mundo y mi entrañable amigo. 



- Para empezar -dije-, el título de Conde era falso...









Cassiano Do Bragança.



Lisboa, 17 de marzo de 1893
















Etiquetas: [Poesía]  
Fecha Publicación: Tue, 08 May 2012 18:00:07



Siento un dolor presente


Sobre algo que no existe


Es un dolor ciego, caluroso


Que me envuelve.





La cúpula del cielo está


Cada vez más lejos


Y duele que en el cuerpo


Se acalambre el alma.





Sudor negro, de sangre


De vino, de agua


Mi corazón sangrante


Muere un poco con el alba.





Mucho no queda


Poco sí, menos, quizás


De lo que se imaginan


O quiero yo mismo imaginar.


 ...
Etiquetas: [Cuentos]  
Fecha Publicación: Tue, 08 May 2012 18:18:19







La quise desde siempre, mas ella nunca lo supo. Los años fueron transcurriendo y seguí muy de cerca su vida, sus noviazgos, su boda... Estuve a su lado cuando nacieron sus hijos y hasta fui el padrino de uno de ellos.




Su rostro se iluminaba cuando me veía, su sonrisa me turbaba dolorosamente. Yo la amaba, pero ella no lo sabía. No sabía que era mi amor imposible.




Jamás me casé, por la simple razón que quería vivir para ella. Nunca me atreví a insinuarle nada sobre mis sentimientos y, un día, ella enfermó. ¡Todo paso tan rápido!... 




Sabíamos que moriría pronto. Iba a verla, me quedaba largos ratos a su lado, y ya no había alegría en su bellísimo rostro, tan pálido, como mi corazón desesperanzado.




Y en un momento sentí su mano apretar la mía con las pocas fuerzas que le quedaban, abrió sus ojos, tristes, llorosos y alzó la mirada. 




Sus labios susurraron las palabras que siempre esperé en mis sueños, que con angustia imaginé, pero jamás creí que sería posible escuchar. Muy suave, lentamente, dijo:




-Mi amor, gracias por todo lo que me diste. Te diré un secreto: te quiero. Te amé como a nadie en esta vida, pero no tuve el valor de contártelo. Tuve miedo de que no me amaras...
Etiquetas: [Epístolas Vampíricas]  
Fecha Publicación: Mon, 13 Feb 2012 18:04:30










Jamás olvidaré la expresión de pavor de Cassiano al enterarse en la sala de cine -porque no había querido leer los libros antes- que los vampiros brillan como diamantes ante la luz del sol. No sabía descifrar si su expresión se debía a la sorpresa, al susto o a la indignación. Pero algo sí me sorprendió de él, y es que, rompió su clásica caballerosidad y encanto para proferir una risotada estentórea que logró que el resto de los asistentes volviera la mirada hacia él.



Yo permanecí calmo y sosegado observando algo en esa pantalla que llamaba mi atención por las razones incorrectas, mientras que Leopold contemplaba la escena con una expresión indescifrable. Sólo los tres asistimos a esa función nocturna en Londres, como siempre que salía alguna nueva película de vampiros luego de haber leído el libro en que se basó.


A lo largo de los años hemos tenido distintas impresiones al respecto. Por curiosidad más que por otra cosa, he intentado leer todo lo que hay sobre vampiros en la literatura -en mis memorias hablo de ello- y desde que existe el cine, he tratado de ver esas impresiones que tienen los mortales sobre los nuestros. Por su parte Cassiano lo hace por la simple necesidad del divertimento y una marcada curiosidad sobre si hablarán sobre él en alguna película o libro. Leopold nos acompaña en raras ocasiones y prefiere mantenerse al margen, mas, estoy seguro de que casi nunca disfruta lo que ve, porque él no lee nada sobre vampiros que haya sido escrito por el hombre.


No disfruté en lo absoluto las novelas escritas por la autora aquella. No tanto por ser mala escritora -aunque no digo que no lo sea-, sino, más bien, porque la historia me parecía la de dos amantes (que bien pudieron ser vampiros o no) que ven negada la posibilidad de ser felices juntos, pero el aciago destino no lo permitía. Demasiado simple.


¿Y qué es esa pequeñez en la vida de alguien que lo ha vivido todo? Percibí inverosímil la historia, pero a pesar de ello, Cassiano me convenció de acudir al cine aquel invierno de 2009 y yo no le puedo decir nunca -o casi nunca- que no. Su tono y acento me doblegan.


Y el portugués rió tan fuerte aquella noche en la sala de cine que tuvo que salir para no despertar sospechas de su condición. Es sabido que no debemos ser observados con atención, razón por la que tratamos de pasar siempre, o casi siempre, desapercibidos.


Le seguimos y salimos todos. Afuera departimos brevemente mientras caminábamos a casa de Leopold. Era increíble saber que la mansión aquella en la tierra que lo vio nacer aún le perteneciera a pesar de los siglos acontecidos. Y caminando por las calles de una de las ciudades europeas que más me gustan, departimos:

-¡Qué insulso! -dijo Cassiano riendo- ¡Los vampiros brillan! Soltó otra risotada que supo asolapar tapándose la boca con su pañuelo de seda- ¡Y no duermen!
-Todavía quisiera saber de dónde sacan estas ideas -respondí con tranquilidad-. Si bien hay buenas obras de vampiros, hay otras que, realmente, dejan mucho qué desear. Pero entiendo los fines comerciales de estas y que atraigan al público de hoy.



Leopold se mantuvo silencioso.


Cassiano caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón de pana azulado. Yo con las manos entrelazadas en mi espalda. Entonces volví la mirada hacia mi derecha. Vi a Leopold meditando, caminando igual que yo, pero, con esa expresión de seriedad y altivez que siempre le hemos conocido, aunque parecía meditar sobre algo que no alcanzábamos a descifrar pues había cerrado su mente hacia nosotros. Su larga cabellera negra azabache brillaba bajo la luz de esa luna llena londinense haciéndome recordad cuán majestuoso me había parecido desde el momento que lo conocí.


No le pregunté nada, total, él era de pocas palabras. Caminando nos perdimos en la nublada noche alejándonos de ese cine pensando cada quién a su modo: "por qué los mortales nos ven así". Eché de menos a Fabio y a Jean-Luc, al italiano y al frances. Los dos que completan a esos cinco que conformamos al "Clan Divino", pero Fabio no es muy adepto al cine y el parisino se hallaba, precisamente en su tierra, viendo algunos asuntos personales.


Al final, aceptamos que el desprestigio del que gozan los vampiros ahora, que son la imagen del "amor de adolescentes", aunque nos molesta, no nos afecta, pues es ignorado y desconocido por todos que realmente estamos aquí, lo cual está bien para nosotros. Incluso Cassiano y su vanidad han aceptado que pertenecemos a la oscuridad y que la eternidad aguarda en su infinidad para ser nuestra compañera, como siempre ha sido y siempre lo será.




Christian Blaine.
Viena, 14 de agosto de 2009.


Etiquetas: [Misceláneos]  [Cuentos]  
Fecha Publicación: Mon, 17 Sep 2012 14:01:39










No quiero temblar. El sólo hecho de hacerlo acrecienta mi miedo. Me da miedo saber que tengo miedo, porque eso me hace vulnerable. 





Desde pequeño he tenido problemas para dormir y tiemblo, siempre tiemblo. Porque vienen a mí las imágenes más lúgubres, sórdidas, irreales, fantasmagóricas y aterradoras que la mente humana pudiera crear jamás en un día de imaginación exacerbada y, hoy, debo decir en estas líneas, que jamás el miedo que ocasiona una imagen mental supera al infartante peso de la realidad, sobre todo cuando es tan absurda como esta.





He sido testigo de lo que sería estupendamente narrado en cualquier historia de horror, porque cuando vi lo que vi, estuve allí, en un lugar muy lejano de mi hogar; mi alma estuvo allí.





Una noche, como todas, me puse de rodillas antes de dormir, todavía con la curiosidad propia de aquel que vio en la televisión, minutos antes, una entrevista al más célebre espiritista y brujo de la ciudad hablando sobre el "desdoblamiento"; palabreja que lo único que quiere decir es: "salirse el alma del cuerpo". Y a pesar de ser un miedoso de primera me interesó saber si realmente era posible, y peor aún, hacerlo a voluntad, según palabras de este hombre que bien podría ser un hombre sapientísimo o bien un gran charlatán.





Oré, pues soy fiel creyente de Dios y su Hijo Unigénito y cuando tengo miedo repito su nombre, pero jamás este amor por Dios podría librarme del terror en el que vivo atrapado desde aquella noche. Una noche que empezó conmigo de rodillas orándole a ese Dios del que hoy dudo, porque si existiera, la escena que vive perenne en mi memoria desde aquel momento, no hubiera sido posible, porque no podría creer que Él hubiese creado al terror encarnado con el único afán de enloquecerme.





Escribo desde un lugar al que algunos llaman manicomio, aunque sé que no estoy loco. Porque lo que vi existe, existió y existirá, no sólo en mi mente, hoy como recuerdo, sino en el mismo lugar diabólico adonde se ha ido. ¿No me entienden? Permítanme exponerlo, y lo haré ahora mismo, antes que mi cancerbero decida apagar la luz y yo no pueda seguir escribiendo y tenga que sumirme, sin así quererlo, en el profundo horror en el que vivo desde la noche que presencié esa escena.





La relato y me despido, pues no aseguro que mi corazón soporte lo que escribo, realmente no puedo decirlo y espero las dispensas si esto es alguna vez leído, y, paradójicamente, espero fervientemente que así sea.





De rodillas rezando aquella noche de invierno, solo como el hongo que siempre he sido  -y me refiero a solitario, no tanto a lo de hongo- me puse de rodillas pidiendo con fe que nada malo me ocurriera y que durmiera tranquilo. Pedí a quien fuera el encargado allá en el Cielo, que me concediera el favor de poder salirme de mi cuerpo y deambular como un alma para visitar lugares lejanos, según dijo el señor de la tele y lo que no sonaba nada mal, incluso divertido.





Cuando estuve a punto de quedarme dormido, atrapado en ese punto semi inconsciente entre el sueño y la realidad, vino a mí el sonido de motores que me taladraban los oídos. La laxitud se apoderó de mí, a tal punto que no podía, ni siquiera, mover las cuerdas vocales para suplicar auxilio y que alguien me sacara de ese trance. Mi espina se blandió sobre su sitio irrefrenablemente y un hormigueo me recorría todo el cuerpo dentro de la inmensa oscuridad de la solitud de la vieja casona donde moraba. Un sudor frío se deslizaba por mis sienes, porque no podía moverme un centímetro y había perdido la voz. Si esto era "desdoblarse" quería volver a mi anterior estado. Toda curiosidad había desaparecido.





De pronto, sombras aparecen ante mí sobre la pared a la que mi cama está pegada y hacia donde miro desde mi posición fetal, como esas sombras que dejan los automóviles al pasar por la sombría carretera abandonada, y ante mí aparece el rostro de la Madre de Dios, la Virgen María, con lágrimas de sangre y la boca tan abierta que mi corazón se quiere salir del pecho.





"¿Estaré soñando o esto es real?"





Siento mi cuerpo levantarse pesadamente después de una lucha ardua por intentar moverme. Finalmente lo consigo.





"Me muero de frío, estoy helado".





Con la imagen de esa María demoníaca, y ya de pie, sin saber bien mi estado de conciencia, intento acercarme al interruptor de luz, pero no puedo. Comienzo a flotar de un modo incontrolable, como un globo de gas, sin poder hacer nada por detenerlo. Nuevamente el terror me invade, pues mientras asciendo, veo almas en pena con terribles rostros mirándome amenazantes; salen de debajo de mi cama y de mi clóset. 





"Siempre estuvieron allí y nunca lo supe".





Sin saber cómo, yazco sobre una vieja cama. Estoy despierto. Esta es la realidad. Me toco, me pellizco y me duele.





"¿Qué hago aquí? ¿Cómo pude llegar a esta cama? ¿Sonambulismo?"





Imposible. No estaba en la ciudad. Era improbable, entonces, que sonámbulo hubiera llegado hasta allí. Lo supe porque cuando me levanté de aquella cama extraña y pestilente, con sábanas tan añejas como los siglos y paredes de madera mohientas y húmedas como esas que se ven en las películas de horror, bajé unas escaleras sonoras y crujientes en esa oscuridad hostil de un bosque abandonado. Y esas ventanas cubiertas por tules que fungían de cortinas, me reflejaban que afuera había apenas una tenue luz de luna que acompañaba con cierta melancolía siniestra unos suaves pasitos que se hacían escuchar sobre las hojas secas.





No dormía, esto no era un sueño. Me toqué los ojos y lloraba. Sentí una pena tan grande que no comprendía. Era una pena extraña, no miedo. 





"Qué raro. No tengo miedo".





Exploré la casa en su tétrica obscuridad. Encontré un candelabro en una mesa y se encendió al contacto con mi mano. Y en ese momento hubiera preferido mil veces seguir sumido en la oscuridad, porque mis ojos y me memoria no pueden recuperarse de lo captado, de lo vivido, de lo sentido.





"Las palabras no dan para tanto. Jamás podría describir lo que estoy viendo".





Perdí el sentido y desperté en la misma cama, pero esta vez de día. Bajé temeroso y no había nada. Salvo por el crujido de las paredes de madera y el viento silvando afuera de la casa, no había nada de qué temer, sino sólo al recuerdo vívido de lo que había presenciado.





Si era un sueño real, quería despertar. Quería volver a mi casa, a mi vida. Pero no sabía qué hacer. Entonces me dispuse a buscar el camino de vuelta, cuando de pronto, sonó la puerta: al abrirla no vi nada, pero alguien me jaló del pantalón pijama que tenía ya dos días sobre las piernas y llamó mi atención. Al bajar la cabeza vi a una niña, misteriosa ella, pues su largo cabello negro me impedía mirarla directamente a los ojos. De pronto me habló, y cuando lo hizo, me vi a mi mismo en esa puerta hablando con ella. Era como si viera a mi alma interactuar con ella, o quizás el alma era yo mismo viendo a mi cuerpo interactuar con aquella niña. Aún hoy lo ignoro. De pronto aquel yo al que vi de pie ante el umbral de la puerta habló:





-¿En qué puedo ayudarte, niñita?





La niña sujetaba un pequeño jarro. La mañana gris y húmeda enmarcaron el misterio de esa niña con un halo que no puedo entender pero que me da pavor recordar.





-¿Puede regalarme un poco de azúcar, señor? -preguntó finalmente la pequeña.


-Cómo no -respondió mi otro yo, estirando la mano.





Mi vista se centró en mi propia imagen cogiendo la taza y caminando hacia la cocina. Cuando él volteó hacia la puerta a ver a la niña esta había desaparecido. Yo mismo me di cuenta de ello al mismo tiempo que él, que mi otro yo.





Permanecí allí en lo que habían parecido unos minutos, pensando en lo extaño de la situación. En lo extraño que era todo, sin entender por qué estaba yo en esa casucha abandonada viéndome a mí mismo allí como si fuera mi hogar, sin la menor preocupación. Ese otro yo vivía allí, quizás en alguna realidad alterna, paralela... ¿Quién puede decirlo?





En ese cavilar que para mí fueron minutos, pasó el día con su noche y volvió a amanecer. La vieja puerta volvió a sonar y se repitió el mismo cuadro de los minutos previos, en cuya realidad había pasado todo un día completo.





-Señor, ¿me puede regalar un poquito de azúcar? -fueron las palabras de la misteriosa niña, cuyos ojos eran tan o más misteriosos que ella misma pues no dejaba vérselos. Su batita blanca lucía sucia, con algunas manchas de color ocre.





-Como no -respondió mi otro yo recibiendo la taza. Otra vez mi vista se centró en él y perdí por un segundo la vista de ella. Bastó esa centésima en el tiempo para que volviera a esfumarse. La taza en la mano de él también desapareció.





La escena se repitió muchas veces en varios días que para mí habían sido, apenas, unas cuantas horas:





-Señor, ¿me regala un poquito de azúcar? -él la miró fijamente intentando buscar su mirada. Viró la cabeza para no perderla de vista, mirándola con los ojos fijos. Bajó la mirada un instante y cuando volvió hacia la niña esta ya no estaba. Lo raro era que a mí también me pasaba lo mismo. 





La noche siguiente -para ellos- volvió a tocar la puerta como todas las mañanas. Mi otro yo, aquella imagen de mi propio ser actuando por sus propios medios, viviendo en esa realidad absurda, quería saber de una vez por todas qué era lo que estaba ocurriendo. Compartíamos la misma curiosidad.





Sonó la puerta esa mañana lluviosa y abrió la puerta. Los árboles secos de ese bosque muerto y gris encuadraban un escenario que acompañaba la pequeña y frágil figura de esa niña descalza y pobremente vestida de largos cabellos negros y ojos ausentes.





-Señor, ¿no me regala un poquito de azú...?


-¡Espera un momento! -interrumpí yo, o bueno, él. Aquel yo.





La niña se mostró sorprendida. Su pálida piel pareció ponerse más pálida aún. Él la observó detenidamente. Esta vez no volvería la mirada para ningún lado. Esta vez intercambiarían algo más que las palabras de siempre:





-Dime, niña. De casualidad tú no estarás... muerta?





Y la niña:





-¡¡¡SÍ!!!





Dijo aquello mirándolo con las cuencas vacías de los ojos, dejando escuchar la voz de mil demonios ensordecedores, a la vez que estiraba la pálida manito, arrancándole el corazón de cuajo para meterlo en la taza y descender al infierno.