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Fecha Publicación: 2013-04-16T02:25:00.000-05:00

Ayer tuve una jocosa reunión con algunos de mis compañeros historiadores conmemorando el onomástico de mi buen amigo Ernesto Moreno. Nos pasamos la cena recordando nuestras épocas universitarias, la mejor que me ha tocado vivir. De nuestras entrenadas memorias resurgieron los partidos de fulbito que jugábamos en aquellos años y de los torpes movimientos con el balón de compañeros como Elvis Encalada e Iván Palomino, dignos de los más fascinantes bloopers que arrasarían el rating de transmitirse en televisión abierta.

Un rato después, cuando mis compañeras Rosa, Jessica y Paola se atoraban de la risa con nuestros relatos futboleros, empezaron a tocar el tema de las broncas, o mejor dicho de los ensayos de ellas entre algunos de nuestros ya profesionales colegas. A la mesa llegó el recuerdo del cocacho de Luis Ángel a Iván, o la vez que una joven Paola fingió un desmayo ante el supuesto ataque de un ebrio armado de un filudo corta uñas.

Durante toda la reunión no paré de reír, sin embargo no puedo evitar narrar una verdadera querella de proporciones memorables para los que viven en mi barrio, el Imperio del Callao. Quizá estimados lectores nunca han escuchado hablar de esa pequeña franja de tierra que me acoge en el distrito de Bellavista, pues se las presento. El Imperio, José Gálvez y Proción son tres pequeños barrios que sirven de límite a dos grandes urbanizaciones ubicadas entre las avenidas Faucett, Venezuela y Colonial (u Oscar R. Benavides). La primera es Jardines Virú, una zona que se puede llamar residencial, donde los jóvenes gozan de buena educación y de bonitas casas. Al oeste está la Ciudad del Pescador, donde la pobreza ha dejado su huella y la delincuencia campea en muchas de sus esquinas, a pesar de que tengo muy buenos amigos allí.

Mi niñez transcurrió entre estas dos grandes urbanizaciones, adoptando la postura del forajido de la Ciudad cuando la necesitaba y la vestimenta y el buen hablar del chiquillo pituco de Virú para otros necesarios momentos. Todos mis amigos somos producto de esta amalgama por vivir en esta frontera de distintas realidades. Ninguno de nosotros fue un delincuente, pero tampoco el lorna del salón de clases, teníamos nuestra calle, la esquina nos formó para sobrevivir en el Callao y nos dábamos el lujo de ir a las más bravas fiestas rodeados de malhechores, o a una tranquila reunión al ir en dirección contraria.

Los habitantes de la Ciudad del Pescador nos veían como “pavos”, y los de Jardines Virú, como “pirañas”, pero vivir así nunca fue un estigma, al contrario, nos formó en las artes de la pendejada, de la viveza, aprendimos a ser camaleones en una tierra que solo poseía el blanco y el negro. Yo no tuve la suerte de mi padre que vivió en La Perla durante toda su vida, peleando para defenderse de los más grandes que él y enamorando a mi madre desde los catorce.

Sin embargo sí tuve la suerte de pelear a su lado, tremendo privilegio que pocos han gozado como yo. Aquí es cuando retrocedo a aquel momento en el que tenía dieciocho años, yo ya era un palomilla de ventana, las fiestas eran mi vida y mi adicción al cigarro era barajada con mucha colonia robada de él. Los domingos de ceviche eran clásicos con mi mejor amigo Chino, al cual he olvidado voluntariamente y sin justificación. Uno de esos domingos un sujeto al que llamaban Lavaggi, como los fideos, me agarró a golpes en medio de la calle, simplemente por el hecho de que no le agradaba mi caminar y porque me veía demasiado seguido en su territorio, la Ciudad del Pescador.

Que yo recuerde caminaba normal, pero siempre con la mirada desconfiada hacia él porque sabía de sus malas borracheras a sus casi treinta años. Al parecer se dio cuenta de eso y después de propinarme varios golpes cogió un cuchillo y empezó a perseguirme para hacerme algún daño irreparable. Nervioso, cogí una inmensa piedra y con ella en la mano empecé a correr en dirección a mi barrio, lanzándosela cuando pude, ya en mi cuadra una tribu de peloteros salió en mi defensa, conteniendo la inexplicable furia de mi agresor fuera de la cancha, gracias a Dios, enrejada por el alcalde de turno.

Estaba iracundo y lleno de un terrible sentimiento de venganza. Mi padre al enterarse me dijo que esa vil acción contra su hijo no se quedaría así. Horas más tarde, sin medir consecuencias salimos de nuestra casa y juntamos un pequeño contingente compuesto por mi padrino “el loco Raúl”, un personaje emblemático en muchas cuadras a la redonda, nadie se metía con él y mucho menos con su familia, los Salcedo, quienes han logrado que una de sus integrantes ocupe un importante puesto en la municipalidad de nuestro distrito. También estaban dos tíos, Hugo y Lucho, dos hermanos que no dudaron en sacar sus vehículos y bates de beisbol para enfrentar a nuestros ocasionales enemigos. Otro integrante de nuestra pequeña banda fue “el feo Lee”, desaparecido hace varios meses, nadie sabe si vivo o muerto. Además de ellos estaba Humberto, un hombre que muchos años atrás le había clavado un cuchillo de cocina a mi padre en el cuello, felizmente sin consecuencias fatales, él era odiado por mi madre, y ese día tuvo al menos mi perdón.

Mi único contemporáneo era mi mejor amigo Chino, ahora preso esperando salir del encierro a reclamarme su abandono. Eran las cinco de la tarde y Lavaggi se apareció con un grupo de quince secuaces, de los cuales conocía a casi todos pues eran mis incógnitos compañeros de borracheras y malogradas. Pero ahora eso no importaba, mi barrio había chocado contra el suyo y la guerra estaba declarada.

Lavaggi gritó “quiero hablar con el Churro”, apelativo de mi señor padre, pero éste achorado le respondió “yo no he venido a hablar concha de tu madre”. Se había terminado la diplomacia. Mi padre se lanzó contra sus piernas y tumbó a mi agresor al suelo dejándole las marcas de sus puños en las mejillas hasta hoy. Lavaggi, al ser un hombre corpulento logró voltearlo y ponerlo contra el piso, forcejeando con mi padre para inmovilizarlo. Hasta ese momento la pelea era justa y ninguno de los bandos empezaba la inminente batalla campal. Todo cambió cuando Lavaggi sacó de su pantalón un inmenso cuchillo al estilo del que portaba Rambo e intentó clavarlo en el pecho de mi padre, que ya tenía la frente bañada de sangre.

Nuestra defensa no se hizo esperar. Mi padrino “el loco Raúl”, fiel a su sobrenombre, le empotró el bate de béisbol en la cabeza al cobarde del cuchillo, dejándolo atolondrado y permitiendo que mi padre, adolorido, escape de su alcance. Allí sonaron las trompetas y mandaron su infantería, su numerosa carne de cañón. Los puñetazos iban y venían, los palazos rompían cabezas y el efecto psicológico de la pulsión de muerte se apoderó de nosotros. No pensábamos en otra cosa que no fuese hacerles daño. Yo, al lado de mi padre, peleamos cuerpo a cuerpo, a unos metros mi fiel amigo Chino se batía por primera vez contra tres de su tamaño, saliendo airoso, entrenando para la futura ocasión en la que me salvaría la vida al defenderme de otra horda de veinte cobardes que me rompieron la cabeza con una piedra, unos años después.

Ese día hicimos destrozos en la pista, las botellas rotas, las piedras, los palos, cualquier objeto era utilizado como arma, los puños enrojecidos y las caras magulladas fueron los artífices de nuestro orgullo. Recuerdo en particular una escena, mi padre corriendo a mi lado, persiguiendo esta vez nosotros a nuestros enemigos, sacándolos temerosos de nuestros dominios imperiales, los que abandonaron huyendo. Allí terminó la batalla.

Semanas más tarde Lavaggi pidió disculpas por su errático comportamiento, claro está, después de que mi contingente le destrozara la puerta de su casa y amenazara con quemarla si se atrevía a tocarme de nuevo. Pero el conflicto quedó allí, ahora mi padre y Lavaggi se respetan mutuamente, y cuando me lo cruzo, me saluda con mucha amabilidad, ya estamos viejos para cojudeces, me dijo hace muy poco.

Desde ese día ya no nos miran como “pavos”, sino como lo que fuimos en ese momento, hombres enfurecidos luchando por respeto en un barrio donde la única forma de ganárselo es peleando por él. Tuvimos que aprender esa lección con sangre.

Esto ocurrió un dieciséis de abril, y cada año hasta hoy, lo he celebrado en el silencio.

Fecha Publicación: 2013-04-15T02:15:00.001-05:00

-          Isaac, tu padre ha venido a verte, está muy cerca de aquí.


El reloj no movía sus minuteros y los segundos sonaban sin avanzar, nada raro. No había ni luna ni sol, y la sensación de frío hacía pensar que el invierno había empezado, sin embargo aún era verano.  En la extraña tierra de Moriah las estaciones iban y venían en un abrir y cerrar de ojos, y los años pasaban como si fueran días. Isaac tenía la edad de un anciano cuya alma había abandonado su cuerpo de pura pena. Su padre lo había abandonado de pequeño, pero aún de bebé, cuando todavía no abría sus ojos, lo vio por última vez. Su recuerdo borroso debido a la claridad de su memoria había expulsado de sus párpados su imagen, que se aparecía de vez en cuando tomando la forma de un fantasma mientras dormía.

-          Me gustaría evitar ese encuentro.
-          Isaac, ve a conocerlo, él está arrepentido – dijo la insistente voz de Taré, su abuelo paterno.

Taré estaba en su lecho de muerte, esperando su hora para nacer de nuevo. De su boca salían melodías robadas del canto de una sirena, y al igual que ellas, encantaban al oído. Isaac amaba a su abuelo y accedió a una de sus últimas voluntades, conocer al hombre que le dio la vida, y que se la quitó también. Su nombre era Abraham, así lo llamaban imaginariamente porque nadie lo conocía, Isaac, el único ser que sabía cómo se llamaba, nunca lo mencionó, hasta ese día.

-          Le voy a escupir la cara a ese mal nacido. – Dijo Isaac a pesar de que Abraham no tenía cumpleaños.

Abraham parecía un niño al lado de su hijo. Su faz expresaba un desvergonzado relajo al ver a Isaac acercarse. Había llegado el momento en que hablarían por primera vez de las cosas que nunca debieron hablar.

-          ¿Dónde estuviste durante esta eternidad? – preguntó el incólume Isaac.
-          Perdido en el pasado hijo mío, he regresado para exhortar tus perdones y que disculpes mis agravios.
-          ¿Cuáles agravios, si nunca estuviste para cometerlos?
-          Mírame Isaac, aún soy un niño y tú ya envejeciste por mi culpa, tu mirada es de odio y tus cejas encierran una atractiva maldad, te pareces a mí.
-          Lo sé. Yo he vivido muriendo al tener que abrir mis ojos y no encontrarte para cerrarlos, he ahí mi gris apariencia y he ahí también mi precoz senectud. Sin embargo tú sigues siendo un niño, debido a que nunca asumiste responsabilidades.
-          No me hables tan duramente, recuerda que soy tu padre.
-          Yo tengo dos padres, uno de ellos es el tuyo, el otro, el padre de mi madre, y el hecho de que tu fantasma se haya aparecido hoy no cambiará nada.
-          No soy un fantasma, soy de carne y hueso, tócame Isaac, no he venido a sacrificarte sino a entregarte mi vida.
-          No te creo ni una sola palabra. ¿Pero sabes qué?, gracias por haber venido. He desperdiciado mi camino a la muerte durante mucho tiempo, odiando tu recuerdo, y ahora que te reconozco frente a mí, me he dado cuenta de que he perdido mi tiempo en odios inútiles. – Una expresión de tranquilidad se reflejó en el oscuro rostro de Abraham –. Y lo he perdido porque no vales la pena ni para ganarte mi desprecio.
-          Abraham, al escuchar la última frase empezó a llorar para adentro, una torrentosa catarata de lágrimas se apoderó de él y la culpa empezó a desgarrar su inundado cuerpo, que ya empezaba a desaparecer.

Isaac se levantó de la piedra que le servía de asiento, pero contrario al relato bíblico, su padre había sido degollado sin cuchillo.

-          ¿Cómo te fue Isaac? – preguntó Taré al ver a su nieto con apariencia más juvenil.
-          Abuelo, soy un hombre nuevo, me he quitado las arrugas de dolor, como ves ya no cargo mis pesados años, hoy se fueron con un fantasma que no se parece en nada a ti, a pesar de ser tu hijo. Desde este instante se terminó mi odio y mi vida ya no será un camino hacia la muerte, sino, tal y como tú serenamente aguardas, un sendero que deberé transitar para nacer de nuevo.

Taré murió al poco tiempo pero, tal y como todos en Moriah, volvió a nacer. Un día, nunca se supo cuándo, en el maravilloso escenario de los sueños, una brillante luz se posó en la cabeza de Isaac.

-          ¿Eres tú abuelo?

Nadie respondió. Al despertar Isaac fue a visitar su tumba, y vio como un fantasma huía de su mirada. Pensó que era Taré, su querido abuelo, pero no, era Abraham, que bajaba su entristecida mirada de niño. Isaac, hecho ya un hombre fuerte, le restó importancia a su presencia, y derramando una pequeña lágrimilla sobre el suelo donde yacía su abuelo, observaba como Abraham desaparecía entre los lirios de mayo, andando hacia su propio purgatorio, una vez más y para siempre.

El fantasma de Abraham no volvió a atormentarlo y las lágrimas solitarias de Isaac terminaron por ahogar su recuerdo. El odio que había fertilizado su amargura, las carencias que endurecieron su alma, la maldad de sus expresivas cejas, y todos los calvarios padecidos fueron a parar a un viejo hoyo y los enterró como en un sepulcro. Nadie volvió a saber de Abraham, y salvo hoy que se le ha mencionado, su nombre ya nadie lo recuerda. En cuanto a Isaac, sé que ahora vive, y lo más importante, es que ya dejó de morir.

Fecha Publicación: 2013-03-31T23:42:00.001-05:00

Hace ya cuatro estaciones, cuando el calendario marcaba este mismo día, me senté frente a esta misma PC y empecé a escribir un breve pero significativo relato, para mí. Aquel caluroso mes de marzo, en medio de mi madrugada antisocial, acompañado únicamente de mi desalmada manía insomne y dominguera de esperar los lunes despierto, un nombre femenino obnubilaba mis ideologías sin merecer tamañas atenciones.

Ese nombre era Sheyla y me era harto conocido, al igual que su supuesto cumpleaños. Primer gran engaño, su nombre no era ese, el verdadero (y lo sé porque ya pude ver su DNI), es Sheela, lo descubrí inesperadamente, en una fecha de sinceramientos voluntarios. Aquella perdida noche, siendo un enamoradizo ladrón de besos, me lo confesó con maldad, preparándome para el segundo, el de su falso cumpleaños, el cual no es en mayo como muchos creen, sino en el mes que más le gusta, en el mismo en que habría nacido Jesucristo, el niño Dios, siendo ella un pequeño demonio tentador de bienestares.

Fuera de ello, al amanecer del veintiséis de marzo, en un post publicado para el deleite de su ego, expresaba públicamente mis firmes intenciones de pasearme con ella de la mano, a pesar de que no la conocía como se debía, y ni siquiera porque estaba enamorado. Lo hice, y me cogen confesado, para llamar su atención, y aunque adulador y exagerado, logré mi interesado objetivo, a pesar de que el resto de ese cruel dos mil doce me mantuvo al margen de sus intimidades, empujándome finalmente, después del primaveral setiembre, a renunciar a sus caricias y aislados y arcanos besos infrecuentes.

Un mal día no quiso verme más, un bajo golpe a su elevado orgullo fue el detonante de sus kilométricas distancias, su voz, después de aquel desafortunado suceso, era de odio, de dolor, y de reclamo, sin embargo yo no me lo merecía, así ella haya argumentado que era un infeliz mujeriego, un hombre inestable y un cobarde desconsiderado. Viendo aquel cuadro fenecido, me veo pintado en él como un fantasma, atado de pies y manos, incitado a emprender la fugaz ruta que tomé ante sus desatenciones y constantes desaires, pero en el diván del escrutinio, algo me decía que me la volvería a encontrar, y no me equivoqué.

Un buen día, cuando la razón causante de su furia ya no significaba un peligro, le envié un pequeño mensaje de texto. Era domingo y la extrañaba, y mis dedos fueron los culpables de lo escrito. El texto, brevísimo e irónico se traducía en la pantalla de su celular como “Extraño tu maldad”. Pasaron dos minutos y recibí una llamada, era su inconfundible voz que me decía “Sal que estoy por tu casa”. Me quedé en una pieza, fue uno de esos extraños momentos en que por arte de alguna desconocida magia o improbable casualidad, pareciese que la hubiese llamado con el pensamiento.

Salí al balcón de mi casa y la vi acercándose, caminando lentamente por el parque. Acepto que me emocioné al verla, más aún cuando minutos antes había estado deseando su compañía con entusiasmo y que nada tenía ella qué hacer por allí ya que no era ni el distrito de su residencia. Bajé mi escalera y cuando la tuve a centímetros, opté por darle un fuerte abrazo. Comprobé que la había extrañado en demasía, me dio un gusto infinito poder sentirla después de casi dos meses de su ausencia y a pesar de los dolores que nos habíamos causado.

El almuerzo de ese domingo fue distinto, sin embargo fue un inicio, a pesar de que ella había presagiado un nuevo final. Ella había dado el primer paso, así que yo tenía que dar los saltos subsiguientes. Y lo hice. El domingo que siguió me llamó muy temprano invitándome a la playa, yo reacio por el respeto que le tengo al mar pero a sabiendas que es su lugar favorito hice el sacrificio de ir, a pesar de que hacía años que no pisaba esas calientes arenas. Fue allí, con el agua a la altura de mis miedosas rodillas que nos dimos un tierno y salado beso inaugural, y obligándome a declararme después de lustros de falta de práctica, empezamos una nueva aventura, ante la mirada complaciente de su familia, testigos de toda la historia incluso no narrada en ninguna de las partes de esta trilogía.

Sheyla es mi talón de Aquiles, mi piedra en el zapato, es la única mujer que ha logrado tener mi absoluta atención a pesar del tiempo transcurrido y de las vivencias desafortunadas, ella es el ave de rapiña que consigue que su presa (que lleva mi nombre) vuele siempre hacia su peligroso nido, a sabiendas que su verdugo aguarda en él, a sabiendas que en cualquier momento le puede perpetrar una herida mortal y matarlo desangrado.

Pero dentro de estas satíricas y crueles metáforas, estar a su lado me ha llenado una vez más de quietud, me ha alejado de las noches festivas y de los domingos de flojera. Solo tengo un objetivo al levantarme los fines de semana, tenerla conmigo para llenarla, como lo estoy haciendo, de cariño, y en esta ocasión, contraria a las anteriores, estoy siendo correspondido. Lo noto en sus ojos, esta vez no me puede mentir, a menos que sea demasiado buena actriz o yo esté tan aturdido con sus atenciones que no sea capaz de detectar tan bien urdido engaño. Mi espíritu no cree en tanta maldad.

Siendo la una y treinta de la madrugada, y el sueño ganándome la batalla, puedo decir que ya puedo dormir, y solo le pido a la brillante noche que apague su luna, y adormezca de una vez a sus estrelladas centinelas, para que amanezca más rápido, y poder gozar en la realidad de aquellas aspiraciones oníricas que mañana puedo llevar a cabo, porque una parte de Sheyla ya es mía, porque el destino quiso que aquella muchachita que conocí cuando tenía diecisiete años, sea ahora la que me roba el sueño y produce que cada mañana me pregunte cómo será su día.

Sheyla es ahora parte de mi vida. Y esto es para ella. Por ahora no me preocupa nada más que no sea su bienestar, cuenta con todo mi respaldo y apoyo, y la quiero, mucho más de lo que parece, a pesar de las frases antes redactadas que parecerían todo lo contrario ante las mentes estrechas, ella es la mujer que me mantiene atrapado en sus encantadoras redes, de las que no quiero liberarme tan fácilmente, porque es mi talón de Aquiles, porque es ella, mi pequeña y problemática muchachita del Lucky Strike.

Mis ojos se cierran y su imagen se me presenta en la somnolencia de estas horas, dejaré que el peso de mis párpados venza esta batalla, pero estoy seguro que finalmente, ella ganará la guerra. Solo me queda esperar que mis fortalezas sean suficientemente fuertes para contener su próxima arremetida, sea esta de verdadero amor, o de inhumana indiferencia.

Mis ojos ya no dan más, se cierran, pero con la esperanza de abrirse de nuevo y que la primera imagen sea la de ella, una vez más, intentando habitar dentro de mi mirada, y yo indefenso tendiéndole el puente para que pase las veces que quiera, porque soy adicto de su falso nombre y de su falso cumpleaños, porque confieso que estoy enamorado de ella, porque sí, estoy enamorado de esta mujer que dice llamarse Sheyla, pero cuyo nombre no es ese, ni mucho menos muchacha del Lucky Strike.
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Fecha Publicación: 2013-03-31T22:50:00.000-05:00

Silvio Rodriguez, en una oceánica canción, nos deja una interrogante aterradoramente urgente de responder: “Compañeros de historia, tomando en cuenta lo implacable que debe de ser la verdad, quisiera preguntar, me urge tanto, qué debiera decir, qué fronteras debo respetar, si alguien roba comida y después da la vida, qué hacer, ¿hasta dónde debemos practicar las verdades, hasta dónde sabemos?”. Y cito esta triste melodía porque el mundo entero se ha puesto en alerta, nuevamente por la lucha de poderes entre sus líderes, y porque la certeza aún me atormenta con su repetitiva ausencia.

¿Quién es el héroe y quién el villano? En 1962, la desaparecida U.R.S.S. levantó rampas de lanzamientos de misiles en dirección a los EE.UU. desde el castigado país de Cuba, y como en la actualidad, el mundo aterrado vislumbró una III Guerra Mundial. Hay una frase atribuida a un reconocido físico que desaprobaba matemáticas en el colegio: “Yo no sé cómo será la III Guerra Mundial, pero sé cómo será la IV, con piedras y palos.” Y es que ahora, contrario a lo esquivo de aquel comentario que esbozó magistralmente Albert Einstein, lo podemos decir con todas sus letras, estamos frente a un escenario peligroso, el temido, destructivo e inhumano uso de armas nucleares para ganar las nefastas guerras.

Compañeros de historia, como diría el viejo trovador cubano, afortunada o fatalmente sabemos que los países actuales, al menos donde Occidente ha irradiado su influencia, han nacido producto de distintas pugnas territoriales, felices sean los partidarios del materialismo histórico, pues sí, acepto que la violencia moviliza en gran parte, sino todo, a nuestro devenir, es su contaminador motor que hace avanzar el tiempo y logró que el altivo conquistador olvide que en su cuna fue un pobre y harapiento hidalgo criador de cerdos.

Pero qué más da, eso fue hace muchos siglos. Sin embargo, y ya que estamos recordando personajes fenecidos, si viviese el incomprendido Hegel estaría contento de nuestra aparente espiral evolutiva, y quizá con cercanía post mortuoria, y desde el más allá, compararía su natal Alemania, otrora dividida en dos facciones, con las dos Coreas enfrentadas por distintas ideologías. El Muro de Berlín ya se derrumbó pero los hombres que la construyeron siguen naciendo, y lo más triste, es que aún están sentados en tronos levantados con las armas, y en otros, paradójicamente, con las urnas.

En la Cuba del revolucionario Fidel Castro y del mitificado Ernesto Guevara se optó por el comunismo, garrafal error para sus sufridos habitantes, el bloqueo económico los ha empujado literalmente a lanzarse en endebles botes hacia el mar, rumbo a Miami, a disfrutar, tal cual lo hizo el envidiado Tony Montana, del Capitalismo. ¿No fue acaso este sistema el que lanzó las nefastas bombas en Hiroshima y Nagasaki asesinando con su impacto la muerte de miles de inocentes vidas en pos de su expansión?

Kim Jong – un, tercer líder consanguíneo en línea paterna que gobierna, o mejor dicho, tiraniza Corea del Norte, ha lanzado una terrible roca que ha remecido, cual potente terremoto, el cuadro internacional, ha dejado el negativo de la foto al descubierto, nos ha hecho recordar que el mundo que conocemos bien podría convertirse en un verdadero infierno, y que lo que ven nuestros ojos, es solo la imagen que quieren que observemos, mas no las profundidades de aquel mar que se traga a los que buscan la libertad en un contexto de oscuridades.

Hoy la U.R.S.S. ya no existe más, pero China, el gigante asiático, ha tomado su posta. EE.UU. le teme por su grandeza y porque se perfila como la potencia de nuestro complicado siglo. Y como en décadas pasadas, los países satélites pagan los platos rotos, Corea del Norte y Corea del Sur, el primero apoyado por los poseedores del pliegue mongólico, y los segundos por los consumidores de Mc Donalds. Los últimos, con absoluta irresponsabilidad y desparpajo permiten que aviones estadounidenses sobrevuelen sus cielos a sabiendas que su situación con los del norte de su península están a la espera de cualquier provocación, ya que formalmente nunca firmaron la camaleónica paz en un papel.

EE.UU. le critica a los coreanos del septentrión su desmesurado armamentismo, utiliza a la ONU para presionar a la comunidad internacional debido al millón de personas que integrarían sus fuerzas armadas. China hace un llamado expreso de tranquilidad, pero trata el tema con pinzas de cirujano, Alemania y Australia ya evalúan sanciones contra sus habitantes. Si bien no es una isla, ya quieren que se pierda en el horizonte de algún desconocido charco. Me parece que deberíamos pensar que EE.UU. vela por nuestra seguridad, pero ¿por qué no le pide a Israel o a la misma Corea del Sur que también detengan su producción de armas nucleares?, simple, porque son sus aliados. No quiero pecar de mal pensado, pero sería muy raro que China lo haga con los suyos.

Hoy se terminó la Semana Santa de los cristianos, y a pesar de que si se llega concretar la anunciada segunda guerra entre las Coreas, esta no será una Yihad, sino tal y como todas las guerras, no tendrá nada de santa, y terminará siendo como todas, es decir, demostrándonos una vez más, que los seres humanos somos entre sí, nuestros peores enemigos, muy a pesar de pertenecer a una misma especie que ad portas de una catástrofe ambiental, deberíamos preocuparnos por salvar nuestro único refugio, y no por destruirlo como lo venimos haciendo desde que se concretó la I Revolución Industrial.

Esperemos que los tambores belicosos dejen de sonar, por el bien de todos.
Etiquetas: [historia]  [historiadores]  [UNMSM]  [Ciencias Sociales]  
Fecha Publicación: 2013-03-23T14:48:00.000-05:00

El tema que abordaré en esta columna inaugural me sabe a justificación, y empiezo a escribir, lo admito, con desasosiego pero con pasión, debido a que me toca la tarea de responder a ustedes, estimados lectores, sobre el por qué de la presencia de un historiador en una página dominada por sociólogos, antropólogos, economistas y comunicadores; explicarles qué necesidad hay de leer a un anticuado “amante del pasado”; qué podría aportar a una página web que básicamente centra sus publicaciones en el inmediato presente tratándose mi especialidad, contrariamente a su tendencia, de lo “pretérito”. [1]

Empezaré por defender la subjetividad en las investigaciones sociales, y si usted finalmente lee estas líneas es porque el comité editor se apiadó de mis incómodas grafías o porque realmente valora la libertad de expresión. De ser así agradezco la difusión y de no, de igual manera por el tiempo perdido. Y señalo esto porque por más pretensiones cientificistas que tengamos, la objetividad no es cruz de nuestra cabecera, es por eso que defiendo la opinión que aspira a buscar certezas en medio de mares de incertidumbres a las sentencias de los que creen haber llegado a su utópica isla de la verdad. ¿Y qué tiene que ver este párrafo con el tema que nos compete?, lo pasaré a explicar.

Escribí líneas atrás que el desasosiego me abruma, pues sí, porque todos los días al prender mi moderno celular leo las columnas de los principales “líderes de opinión” en formato digital, y por más detallada búsqueda que realizo no encuentro a muchos colegas historiadores que gocen de espacios donde difundir un análisis desde la perspectiva histórica. ¿No es acaso el historiador un “científico social”?, pues depende de la Universidad. Aún así, de serlo o no, esto no lo desacredita para emitir una opinión, más aún cuando goza de las herramientas hermenéuticas y conceptuales para emprender un análisis concienzudo y desde una perspectiva distinta a la de otros profesionales tan subjetivos, o quizá, tan aspirantes a la objetividad como él, así sea considerado por algunos como un romántico humanista, un aburrido teórico pasadista o por otros como un empolvado y vejete anticuario.

¿Es casualidad que los historiadores no tengamos el privilegio mediático de nuestros primos sociólogos o periodistas? La respuesta es evidentemente negativa. Pero hay factores que explican esta situación y con ese ánimo “justificatorio” que señalo al inicio procederé a enumerar tres que a mi parecer son las principales causas de este ostracismo en muchas ocasiones voluntario.

La primera es la temporalidad. Hay la creencia generalizada de que para escribir Historia hay que dejar pasar un tiempo “prudente”, a veces de décadas enteras para no ser absorbidos por el espíritu de la época, porque desde “lejos” analizaremos los fenómenos sociales más de “cerca”, con menos ponderación y con más moderación, es decir, con mayor “objetividad”. De ser cierto esto, ¿es excusa o limitación para no emitir comentarios sobre una determinada coyuntura o fenómeno social reciente? Mi conclusión es que no, y los propios historiadores nos ponemos el bozal encerrándonos en nuestro aterrador academicismo y “pasillismo” universitario.

En los últimos años hay una herramienta gratuita utilizada por algunos historiadores: el blog. Sin embargo muchos de estos blogs se ciñen exclusivamente a tratar temas de carácter histórico, entiéndase este último adjetivo como pasado. Es por eso que sus administradores permanecen allí donde comenzaron, escribiendo para un público muy limitado, “amante del pasado”, siempre bajo el manto ensombrecedor de la blogósfera, atrapados en la red interminable de espacios virtuales que pocos frecuentan, sea por desconocimiento de su existencia, o porque en el Perú el lector promedio prefiere el estilo del anónimo Búho, de El Trome.

La segunda causa es el eterno debate sobre nuestra verdadera función social, es decir, responder a la secular interrogante ¿para qué existimos?, y de acuerdo a las divagaciones filosóficas, políticas o acomedidas de los inquisidores, surge la pregunta, ¿debe el historiador emitir opinión?, y si lo hace, ¿desde qué perspectiva teórica?, y de acuerdo a esto ¿con qué finalidad? Repasemos algunas escuelas. Desde un punto de vista positivista, no existiría juicio ni opinión, el historiador debería solamente narrar la historia, fiel a sus fuentes de información; desde un punto de vista marxista, se debería aplicar el análisis dialéctico de la sociedad para finalmente, en pocas palabras, llegar a concretar la revolución eternamente postergada por el capitalismo internacional. Podría citar más ejemplos pero por ahora me bastan.

La tercera es que los historiadores no encajamos en el actual sistema productivo. Nosotros no producimos best – sellers a menos que escribamos novelas históricas que, aceptémoslo, terminan siendo literatura. A Hobsbawn, y hagan una pequeña encuesta familiar, no lo conoce nadie. A Herodoto, nuestro más emblemático antecesor, mucho menos. Mejor ni preguntemos por Jenofonte o por E. P. Thompson porque creerán que son personajes de algún desconocido libro de elefantes o de alguna marca de champú. Nuestra misma formación curricular muchas veces no se ajusta a las exigencias de un mundo tecnológico y cambiante, donde el manejo de la información debe ser nuestra principal motivación y excusa para ir a clases. El sistema capitalista nos ha expulsado de sus planes, en un mundo que privilegia la inmediatez y el mercado en detrimento de las tradiciones y del conocimiento del pasado como herramienta para entender o explicar los acontecimientos presentes.

Frente a ello nuestros compañeros de Facultad (al menos en la UNMSM) como los sociólogos y antropólogos fueron más inteligentes y han encontrado una salida, sus planes curriculares incluyen herramientas que los acercan más al terreno por donde en su futuro profesional deberán transitar, es por esto que ante la sociedad están más autorizados a interpretar la realidad contemporánea, porque precisamente se nutren de ella para sus investigaciones y la utilizan como fuente de ingreso. El caso más conocido de opinólogo televisivo es el de Julio Cotler, cuyos comentarios son tomados como una especie de vaticinio sociológico o su persona como el oráculo de Delfos.

Si hablamos de historiadores mediáticos, sin duda el IEP los tiene entre sus filas, entre los más importantes están Cecilia Méndez y Antonio Zapata, pero ojo, ¿son ellos las voces autorizadas de un gremio?, en lo absoluto. La diversidad de opiniones en la comunidad de historiadores es tan variopinta como en la de comunicadores, antropólogos o entre los mismos sociólogos o economistas. Y afirmo esto porque en la complejidad de las distintas teorías, los historiadores tenemos un ingrediente si no adicional, distinto, la identificación del sujeto con otros momentos históricos, es decir, con su objeto de estudio, que nos permite entender cómo veía un molinero el cosmos a través de un juicio inquisitorial de hace cientos de años. Si podemos interpretar las mentalidades de sociedades antiguas, ¿por qué no acercamos el análisis hacia los tiempos actuales? Me parece que no hay noticias de que se haya encontrado una tabla de mandamientos donde se nos indique que no nos salgamos de nuestro marco temporal que no sea el de los siglos fenecidos. El dogma se encuentra en nuestra cabeza y no en santas escrituras.

Para terminar déjenme mencionar el principal motivo por el cual los historiadores debemos tener vitrina, aunque como ya lo dije, puedo estar absolutamente equivocado porque soy un ser subjetivo, porque tengo toda una carga emocional, política y moral, pero esto, al igual como le sucede al sociólogo, al periodista o al antropólogo, no me amarra las manos ni paraliza mis neuronas. Y es precisamente defendiendo a estas últimas que los historiadores debemos escribir más seguido y con mayor divulgación, porque si con algo debemos estar comprometidos es con la memoria de los pueblos, en la medida de que logremos rescatar lo acaecido, difundirlo y aplicar la experiencia que nos proporciona la comprensión del pasado para entender mejor el presente, es allí donde encontraremos nuestro principal objetivo como intelectuales o como obreros constructores de conocimiento, nuestra verdadera utilidad, nuestra verdadera función social.

El prolongado silencio de la Historia, perdido entre las fuentes que resguardan los archivos, debe romperse a través de sus voceros, de sus modernos adalides hoy escondidos detrás de libros que no llegan a los sectores populares, ni mucho menos tienen acogida en los principales medios de comunicación. Pues cambiemos ese esquema. Y si temen, estimados compañeros lectores y de Patio de Sociales, que se lancen en esta esquina hipérboles desafortunadas o constantes manifestaciones desasosegadas, tengan solo una certeza de que eso no sucederá, porque la mesura aparecerá cuando la pasión que me llevó a escribir esta noche ceda paso a la ecuanimidad de la segunda columna, que por lo que me dicen y espero no se arrepientan de leer y publicar, aparecerá dentro de un largo mes y será un verdadero escrito “académico” acorde con las exigencias de tan prometedora iniciativa como lo es esta interdisciplinaria página a la que agradezco la cordial invitación.

Solo hasta ese día, habrá un historiador menos que se deja escuchar.



[1]Este texto iba a ser enviado para su evaluación a la página web del Círculo de Estudios Interdisciplinarios, pero no creí conveniente mandarlo ya que el tenor de lo que allí se publica difiere de lo que aquí se ha escrito. Es por eso que lo publico en esta mi bitácora, con el compromiso a los señores de Patio de Sociales, nombre que lleva su sitio de divulgación, de aportar en lo humanamente posible con mis reflexiones desde un punto de vista histórico, que injustamente es lo que han dejado de lado. Gracias a Julio Chumpitazi por la cordial invitación.
Este es el sitio, visítenlo: http://www.patiodesociales.com/(ISSN 2306-7896)

Etiquetas: [Lourdes Flores]  [Elecciones Municipales]  [Fuerza Social]  [revocatoria]  [Susana Villarán]  
Fecha Publicación: 2013-03-18T02:15:00.002-05:00

Marco Tulio Gutiérrez, el revocador, el rostro que quisieron, equivocadamente, hacer visible en la campaña que tenía por consigna sacar a Susana Villarán del sillón municipal, acaba de escribir su propio epitafio, ingenua y solidariamente, al parecer para salvarle el pellejo a un chuponeado personaje a su vez nada solidario, a pesar también de que su partido lleva esa palabra como la primera de su nombre, Luis Castañeda Lossio. [1] Lo acabo de ver ojeroso, derrotado en señal abierta, enfrentándose a las cámaras de Frecuencia Latina, al lado de Mariátegui, del tristemente llamado “Alditus”, y de su perspicaz co – conductora, la eternamente asediada por Alan García, Mónica Delta.

De la derrota, él es el gran culpable dicen algunos, el SÍ no pudo tener mayor y más efectivo auto – goleador, sus comentarios fronterizos con la misoginia en dos ocasiones fueron determinantes en el emotivo voto de los peruanos, las mujeres le dijeron NO en unísona voz, a pesar de que muchas iban a decirle que SÍ. Si Luis Castañeda Lossio era el Quijote, no pudo elegir peor Sancho escudero, ¿acaso como políticos no saben que en campaña no deben meterse con el mal llamado “sexo débil”, ni con el sentimiento religioso, ni con las razas?, cualquier lector medianamente informado sabe que estos temas sensibles alborotan la llama y empujan el lapicero de los votantes hacia la otra opción en tiempos electorales.

Cuando la balanza se inclinaba “positivamente” y Marco “Turbio”, perdón, Tulio Gutiérrez casi llegaba al éxtasis de la victoria, en el orgasmo de las urnas le dijeron que los días fértiles del triunfo se le iban de las manos, y como un frustrante “coitus interruptus” tuvo que aceptar que estaba metiendo la pata, y fue expulsado por el oscuro líder de Solidaridad Nacional a cerrar campaña en terrenos menos hostiles, San Juan de Lurigancho, donde seguro no le iba a caer la lluvia de insultos que mucha gente indignada le quería enrostrar en su nada agraciada cara de palo.

Pero basta de sexuales metáforas, hablemos con cigarro en mano y con la respiración menos agitada, este señor en realidad representa a varios colectivos que no se pueden llamar de “derecha”, su real definición es un misterio pues son escasos de ideología, y antes de encasillar a sus integrantes con un insolente adjetivo, creo pertinente señalar, en la medida de mis subjetividades, una serie de características que sí comparten: su conveniencia política, su falsa preocupación por la tres veces coronada, su deseo de generar caos, la atroz ansia de poder que manifiestan sus principales voceros, y su absoluta ingenuidad al trabajar, finalmente, para otros viejos zorros de la política, el PPC.

Pues sí, los resultados a boca de urna difundidos en las últimas horas auguran un escenario sino ideal, al menos optimista para sus regidores, excepto para uno.[2] Era muy predecible que los horrores de un padre hayan por extensión afectado a su hijo, que por una buscada casualidad en su inscripción, lleva su mismo nombre, Luis, y su mismo apellido, Castañeda, curiosamente el regidor del PPC con mayor porcentaje de cruces en su recuadro del SÍ. Parece que el audio donde su padre orquesta el cierre de campaña fue un catalizador de la furia de los electores, que se sintieron engañados al haber este negado siempre ser partícipe en la revocatoria.

Ahora que la pelea se dará en otro terreno, vale la pena reflexionar acerca de qué nos deja esta consulta popular.

¿Qué consiguieron los revocadores?

En primer lugar, ocasionar un tremendo desorden dominical y un tráfico de vehículos terrible, eso es lo que más recordarán los limeños, como les dicen, de a pie;

En segundo, que el municipio al cual dicen defender de la mala gestión de Fuerza Social, gastara millones de soles en un proceso en el que el tiro les salió por la culata, pues el hijo del “chuponeado” ex candidato Castañeda sería finalmente revocado gracias a su padre, según los datos de las encuestadoras; [3]

En tercer lugar, generar incertidumbre en las empresas privadas que están realizando las obras en la capital de la República y que como todo parece indicar, han ganado las licitaciones limpiamente;

En cuarto lugar, que los sufridos y estresados limeños acudan nuevamente a otro escrutinio en los próximos meses, ya que los rostros, que haciendo un ejercicio de sinceridad nadie conoce a cabalidad, y a los cuales sí se ha revocado, deberán ser reemplazados, generando nuevamente otro escandaloso gasto de un dinero que se podría utilizar para fines diferentes y más útiles; [4]

En quinto lugar, revelar el negativo de la fotografía del año: la de Susana Villarán junto a Lourdes Flores Nano. Una jugada maestra de la política más importante del Perú, digna de Kasparov, la del voto cruzado, voten 40 veces por el NO, decían (como en el meme), cuando en realidad era, voten por el NO para nuestros regidores, pero por el SÍ cuando se trate de los izquierdosos, eso nadie me lo quitará de la cabeza; [5]

En sexto lugar, que Lourdes Flores aproveche el momento político para desligar su nombre del de Luis Castañeda, tan cuestionado por el caso Comunicore. Una maravillosa oportunidad para Alejandro Toledo para hacerle carga montón al APRA y al Fujimorismo. Un desgaste a Fuerza Social que ha sentido el daño, definitivamente, por la cantidad de sus correligionarios regidores que indefectiblemente serán revocados. De Fernán Altuve, el recordado “huevo duro” de Cambio Radical, nadie se preocupa, a lo mucho correrá, lanzando vivas revolucionarias por todo el Jirón de la Unión, queriendo tomar a la fuerza el Palacio Municipal, pensando “habemus papa”, pero también, la “habemus cagau”.

Esto nos deja el finado proceso de revocación de autoridades municipales, pero como zombies de The Walking Dead, los vecinos de Lima irán nuevamente un domingo de este año a votar por el bien de la ciudad, desesperados por malgastar su día libre y familiar haciendo una pesada cola, queriendo asesinar al aparente culpable de todas sus miserias, don Marco Tulio, el revocador, el supuesto artífice de la fallida consulta, el rostro malcriado que piensa que las damas siempre dicen que NO pero terminan diciendo que SÍ, si esta individuo pretende establecerse en el hábitat selvático de nuestra política con frases tan infelices, pues sus verdaderos jefes, es decir, el poder económico que se ha valido de la política para mantenerse en su pedestal, debería encontrar mejores operadores, y no un personaje tan nefasto para sus propios intereses.

Susana Villarán y no la izquierda se queda en Lima, sino hubiese ganado en las zonas populares, ella ha ganado en las zonas donde habita la clase media y alta, ¿y los habitantes de los bolsones de la pobreza, su supuesta base popular, dónde están?, pues se sienten abandonados a su suerte, porque si bien ella representa la propuesta de la izquierda no está realizando los cambios necesarios que Lima necesita para con los más despojados. Un exhorto para que en estos días no se vaya de vacaciones, sino que se dedique a trabajar, porque eso es lo que debe hacer un verdadero líder, predicar con el ejemplo y no dormirse en sus laureles una vez obtenido el triunfo, más aún cuando este tiene sabor a derrota para sus más cercanos seguidores.
Etiquetas: [UNMSM]  [Chile]  [Guerra del Pacífico]  [Julio Abanto Chani]  [Ciencias Sociales]  
Fecha Publicación: 2013-02-12T00:14:00.000-05:00

Hace varios años, cuando me desempeñaba como “apoyo” en la biblioteca de Ciencias Sociales de San Marcos (y ganaba diez soles diarios), conocí a Julio César Abanto Chani. Era el año 2006 si mal no recuerdo, aquella época de incertidumbres, el tercer año en que todo estudiante se cuestiona si lo que estudia lo alimentará, cuando nos ponemos a pensar seriamente sobre la difícil realidad laboral que nos espera por estudiar la carrera que amamos y muchos se tiran para atrás, Julio, solitariamente, se dedicaba a fichar la interminable bibliografía de la guerra del Pacífico, aprovechando el puesto que de “apoyo” desempeñaba a mi lado en nuestra querida y “macondiana” Facultad.

Los usuarios de la biblioteca no se percataban (y tampoco nuestro jefe, el señor Julio Díaz), pero él, cuando no había mucho que hacer, se movilizaba entre los anaqueles con lápiz y papel, anotando, moviendo libros y revistas, revisando y leyendo, con todas las facilidades que te brinda trabajar teniendo los textos a la mano, y no esperar a que los “bolsistas” como él o como yo, nos diésemos un tiempo para atenderlos.

Casi en forma paralela, Julio y yo también coincidimos en el Comité Asesor que impulsó al profesor Francisco Quiroz al puesto de Director de la Escuela de Historia. Recuerdo que Julio era el que con sus iniciativas encabezaba al variopinto grupo, que también integró Peter Flores, Jorge Aliaga y Alex Gómez (personajes que también han dado que hablar en nuestros recorridos pasillos). Entre todos sacamos adelante la currícula (ahora criticada) que rige los destinos académicos de los estudiantes que serán nuestros futuros colegas. Sin embargo, en aquellas reuniones en las que yo proporcionaba los chocolates, Julio, involuntariamente, entre los borradores de oficios y propuestas de las “bases”, dejaba ver sus interminables anotaciones sobre el tema de investigación que le apasionaba: la nefasta guerra fratricida que nos enfrentó con Chile.

Hace unos meses me llegó la noticia de que Julio iba a sustentar su tesis. La alegría me embargó. El trabajo que había emprendido hace años por fin daba sus frutos. Evidentemente salió aprobado gracias a su férrea dedicación, a su creencia en la profesión histórica y a un arduo trabajo silencioso pero productivo.

Hoy recibí otro mensaje, me avisaban que el primer libro de Julio estaba saliendo de la imprenta y que será presentado por el reconocido historiador Heraclio Bonilla. El título completo de su libro es: Encarando el desastre. El conflicto hegemónico entre la burguesía limeña y los terratenientes serranos del norte en la Guerra con Chile (1881 – 1884). El evento cuya fecha aún está por confirmar, estoy seguro que reunirá a toda la comunidad intelectual y como testigo del dedicado trabajo de su autor, espero continúe con la renovación de este espinoso tema historiográfico, tal y como ya lo hizo Carmen Mc Evoy con su texto “Guerreros civilizadores”.

La publicación de este libro debe ser difundida, porque muy aparte de que Julio sea mi amigo, defiendo la idea de Gerardo Trillo: “Esta contribución a la producción historiográfica sobre la Guerra del Pacífico desde un graduado de nuestra casa de estudios amerita la difusión del esfuerzo en la investigación sobre nuevos tópicos de la guerra”.

Esperaremos con ansias la presentación. Felicidades Julio, y que tu labor sirva como ejemplo para los que aún no terminamos la postergada tesis y dé impulso a los jóvenes investigadores que aún dudan de la Historia como profesión.

Fecha Publicación: 2013-01-17T22:36:00.000-05:00

En noches tremebundas como esta, 
cuando la indigente paz se ha marchado, 
el obsequio del destierro, 
voluntario y silencioso, 
me hace escritor, 
y mis manos, 
con frases infelices por crear, 
son esclavas de sus propias decisiones, 
sudando como si de llanto se tratase, 
se mueven solas, 
al compás de tu voz que ya no suena, 
y del olor que en noches, 
tremebundas como esta, 
ya no poseo. 
Si he de morir mañana, 
con el recuerdo de tu pesar a cuestas, 
no habrán más noches como esta, 
y la paz, 
la indigente paz, 
volverá a mis puertas tocar, 
aunque la expulse, 
con gran dolor y pesar, 
atormentado por la cerrazón, 
en pos de la indulgencia de tu corazón, 
que sé no llegará. 
Si he de morir mañana, 
que sea en noche tremebunda, 
y que la indigente paz,
 me regale su pobre riqueza,
aquella que tuve,
y que no supe cuidar.
Etiquetas: [Hugo Chávez]  [política]  [Venezuela]  
Fecha Publicación: 2013-01-05T04:22:00.001-05:00

Parece inminente, la muerte del mandatario venezolano Hugo Chávez se anuncia en diversos sitios, algunos con afán sensacionalista, y en otros, con gran pesar. Al margen del corazón y de lo que pondrán en su epitafio si es que esta noticia es verdadera, ¿qué significa para Venezuela el deceso de este personaje?

Primero, que este país entrará en una etapa de desconcierto político y por ende gubernamental; segundo, que la amplia red de padrinazgo tejida por el partido de gobierno deberá reacomodar sus fichas si quiere mantenerse en el poder; tercero, que los anti – imperialistas perderán a una de sus figuras más representativas y mediáticas; cuarto, que millones de pobres desearán cargar su pesado féretro; quinto, que comenzará una persecución política a los partidarios del revolucionario “Comandante”; sexto, que los enemigos de Estados Unidos tendrán que buscarse quién les regale otra espada de Bolívar; séptimo, que su población tendrá que decidir nuevamente el camino a elegir, seguramente veremos maniqueas campañas de la “élite” contra el “pueblo”; octavo, que los izquierdistas radicales deberán buscarse un nuevo mesías político para colgarse de su cruz al ser crucificado; noveno, que seremos testigos del grado de corrupción y de patrimonialismo que se esconden tras las paredes de sus instituciones; y décimo, que la era del populismo petrolero podría tener un negro final.

Para América Latina, región en la que se han puesto de moda los gobiernos de centro izquierda, la pérdida de Chávez encarna una reconfiguración general de su política internacional y de las relaciones diplomáticas entre las naciones que la conforman. El Tío Sam festejará en una pata con una buena presa grasosa de KFC y renovando envejecidos embajadores. Para el Perú, una misiva de condolencias, porque en el ámbito económico la relación no variaría casi en nada, a menos de que en las próximas elecciones ganen los derechistas y liberalicen más su estatista mercado, cosa que no estaría nada mal para nuestros acaudalados exportadores.

Chávez no deja un sucesor sanguíneo, porque aunque sus enemigos lo acusen, nunca fue un sátrapa ni un dictador de la talla de Fidel, Chávez es autoritario muy a su estilo, como dijo en alguna ocasión Levitsky, él jugó al “autoritarismo competitivo” y muy bien, anexándose medios de comunicación, copando los cargos públicos en las instituciones y financiando injustas campañas con dinero del Estado, sin embargo su régimen no deja de ser una democracia con libertades controladas, con oposición débil y con periodistas perseguidos, muy cercana a la idealmente planteada en los textos de politología y a la que vivimos en el Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori. [1]

Nicolás Maduro, vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela tiene sobre sus hombros una gran responsabilidad de fallecer Chávez. Su hija, la decisión de desconectarlo si lo que informa la prensa internacional es cierto, que está en coma inducido a la espera de la guadaña mortuoria que le pondría fin, nos guste o no, a su apasionante vida.[2]

¿Y la historia, qué dirá de él? Eso dependerá del ganador de las futuras elecciones y de su Ministerio de Educación. Pero en nuestras memorias quedará el recuerdo del Hugo Chávez que hablaba durante horas frente a una cámara de televisión, los recuerdos de sus discursos barrocos impregnados de frases prestadas de los libertadores de América del Sur, imborrables serán sus exabruptos expropiadores de terrenos en Caracas, su palabra “exprópiese” fue temida entre empresarios e incluso entre inocentes propietarios de viviendas en zonas emblemáticas, nadie olvidará cuando el rey Juan Carlos le gritó “¿Por qué no te callas?”, o cuando le dijo a Alan García “truhán, mentiroso, corrupto y ladrón de cuatro esquinas”.

Tampoco olvidaremos que fue un maestro de la demagogia, o que le vendió a su archi – enemigo George Bush, “Mr. Danger”, el petróleo para que éste invadiese Irak e incursione en otras zonas del Oriente del mundo, para que el segundo, con la excusa de llevar libertad, deje de depender del petróleo venezolano porque ahora a través de la invasión de los pueblos musulmanes, tiene el suyo propio.

Ollanta Humala, de ser ciertas las acusaciones de que recibió maletas repletas de dinero provenientes de Venezuela, ya no tendría que pagarle porque su acreedor yacerá tres metros bajo tierra dentro de poco. Chávez despertará pasiones entre sus seguidores y adversarios, pero de morir en Cuba, su cuerpo deberá ser sepultado en Venezuela, y sus exequias, me atrevo a decir, serán como las de aquel 24 de diciembre de 1977, cuando uno de sus principales referentes, Juan Velasco Alvarado, falleció en Lima. En aquella ocasión miles de personas salieron a despedir al General, arrebatándole a la comitiva oficial el ataúd, y llevándolo en hombros en medio de llantos desgarradores y vivas revolucionarias.

Chávez nunca fue santo de mi devoción, pero aceptémoslo, es un personaje que al fiel estilo de la historiografía de la primera mitad del siglo XX, será motivo de sendas biografías poetizadas, en las cuales la objetividad campeará entre ventarrones nostálgicos por una revolución que a mi parecer nunca llevó a cabo.

Fecha Publicación: 2012-12-26T02:05:00.001-05:00

El once de agosto del dos mil once, exactamente a las diez con cincuenta y cuatro de la noche, una ventana del chat se abría con un clásico saludo. Era una pequeña señorita que se encontraba a miles de kilómetros, en algún lugar de Argentina. Su nombre era Mariella, me sorprendió que me dirigiese la palabra porque nunca habíamos cruzado ninguna a pesar de frecuentar el mismo círculo de amigos, mi sorpresa fue mayor cuando entendí que ese primer cruce de frases sería para solidarizarse conmigo ante una traición de la que fui víctima, gesto que ni algunas personas cercanas a mí pensaron en realizar, y que por el contrario apañaron con su silencio la consumación de aquel acto infame.

Me pareció extraño que a pesar de nunca haber conversado ella tuviese ese gesto solidario, fue una conversación indignada de su parte y dolorosa de la mía. Me hizo comprobar, en primer lugar, que aún había gente en la que podía confiar, y en segundo, que todos habían sido testigos de mi sufrimiento, que mi pena se dejaba sentir en las fotos felices de un par de nuevos amantes que habían pisoteado mi orgullo y autoestima. Ella fue un aliento de optimismo en medio de mi antigua tristeza y vergüenza, sin embargo no volvimos a hablar durante mucho tiempo, ella tenía sus propios problemas, y quizá más amargos que los míos.

El dos mil doce inauguró una nueva era, mi otrora tormento traicionero ya se había disipado de mis malos recuerdos y las lágrimas que debieron caer ya habían secado mis lagunas, definitivamente, no había más llanto que emanar de mis ojos. Es así que daba rienda suelta a mi condición de soltero, enamorándome muy de vez en cuando de la misma mujer, la cual me postergaba sin cansancio, poniéndome en su lista de espera, una y otra vez. Ella, una muchacha morena que cargaba siempre una cajetilla de Lucky Strike, fue la dueña de gran parte de este año que ya termina, pero no de su final. En el epílogo de esa historia sin inicio, Mariella inesperadamente reapareció, pero ya no tecleando desde la tierra del Che y Maradona, sino en la que la vio nacer a ella y a mí, el Callao, sin saber estaba por escribir un nuevo exordio.

El primero de noviembre, cerca de la una de la madrugada y con una botella de ron en la mano para regalar, me aparecí en la casa de un amigo cumpleañero, yo sabía que ella estaría allí y por alguna casualidad no tan casual del destino terminé por coronarla en medio de la sala, a punto de recitarle una poesía que iba a improvisar en ese instante, con arrodillada de yapa y haciendo las veces de repartidor de papas fritas cada vez que ella me lo requería. Bailamos toda la noche, pude apreciarla en persona otra vez después de varios años y ya no a través de sus tentadoras fotografías en el Facebook, resultó ser una mujer encantadora, directa, sencilla, habladora por demás y con mucha experiencia por la vida que le tocó vivir.

Aquella noche la acompañé a su pequeño departamento sin parar de reírnos de los demás durante todo el camino, rajando de toda la fiesta, burlándonos de ridículas situaciones que se habían dado esa noche, situaciones que produjeron que termináramos contentos de caminar juntos, a pesar de ser dos conocidos completamente desconocidos, y de haber estado tan cerca durante tanto tiempo y tan lejos a la vez. Ella, de condición nómade, había transitado entre Perú y Argentina, regalando años a ambas tierras, adoptando el inconfundible acento gaucho y el tonillo aguardentoso de los habitantes de los defensores de Las Malvinas, aunque sabe disimularlo muy bien, “no es lo mismo decir ché boludo vení que oye huevón ven”. Muy cierto.

Dos fotografías sellaron ese inicial encuentro. Posteriormente los mensajes, llamadas y paseos nocturnos hicieron que tomase decisiones que si bien al inicio me dolieron tomar, tuve que llevarlas a cabo por mi propio bien. Yo no tenía ninguna certeza de lo que ella pensaba de mí, pero literalmente me jugué el pellejo, me lancé a la piscina sin saber si tenía agua, podía morir producto de un golpe contra el fondo, o finalmente ahogado por no llegar a pisar el resbaloso suelo. De cualquier forma era peligroso, pero ella, su simple compañía valía la pena, y vaya que ahora lo sé. Lo comprobé el día que confundidos en un inolvidable abrazo, unas ajenas lágrimas de felicidad mojaron mis mejillas, ella al parecer deseaba lo mismo que yo, aquello que tanto busqué durante todo este año que está a punto de terminar, algo tan sencillo y gratuito que lleva por nombre paz, la paz que encuentro cuando nos miramos durante minutos, la paz que provoca que no conteste ninguna llamada telefónica, la paz que ha conseguido que deje de escribir en este blog, la paz que logró que duerma temprano esta Navidad, la paz que ya no despierta demonios sino ángeles como la variación de su primer nombre.

Y es que a mis veintiocho años ya estoy cansado, quizá ella pueda ayudarme a tranquilizar mis interminables noches callejeras, quizá ella pueda domar a la bestia que liberada aparece, aunque cada vez menos, cuando abro la reja adrede para que goce de un poco de libertad, quizá ella, Mariella, sepa entender que mi pasado fue duro, pero no tanto como el de ella, y que por eso, mientras ella lo permita, mi compañía le regalará el respaldo que necesita, la tranquilidad que requiere y la paz que ella también anda buscando. Ella se lo merece, porque entre todas las personas que conocí este año, y esto le dolerá a algunas, es la única que me ha brindado cariño y atenciones de las formas más desinteresada que me hubiera podido imaginar, con esa mirada que demuestra que le gusta mi presencia a su lado, con esos abrazos extremadamente fuertes y tiernos a la vez, con eso que solo ella me ha podido ofrecer, un lugar en su vida y no solo momentos.

No sé qué pasará en el futuro, en el peor de los casos tal y como ella me lo dijo, sea solo un sueño del cual despertemos mañana, porque todo es tan perfecto que parece irreal, tan utópico como las novelas de Moro o de Bacon, tan preciso que parece hecho a la medida de ambos. Por ahora que he encontrado la paz no participaré en más guerras, las noches serán diferentes a partir de hoy porque siento que alguien sí me estará esperando, porque estoy seguro que no puedo desperdiciar tanta tranquilidad, porque cambiaré mi número de celular, y porque le diré adiós a muchas cosas consideradas en otras épocas irremplazables. A partir de ahora ella será mi princesa y mis atenciones su reinado, hasta que el cruel e inhumano destino me despierte o termine transformando mi fugaz felicidad en una de sus repetitivas pesadillas a las que ya me tiene acostumbrado. Ya es la una y treinta de la madrugada, veintiséis de diciembre, y confieso que a pesar de haber pasado varios de estos días libres acompañado de ella, ya la empecé a extrañar.

Etiquetas: [Caminando por ti]  
Fecha Publicación: 2012-12-23T17:44:00.001-05:00

La avenida Néstor Gambeta luce como de costumbre, salpicada de arena, que empujada por el viento del desierto, invade y dora la carretera en nuestro viaje de regreso. Es sábado por la tarde, el payaso con la sonrisa pintada y los inmensos zapatos sucios ya cobró por sus servicios, la bailarina, muy joven para usar la minifalda que lleva, mira atolondrada y calurosa por la ventana de la vieja combi Volkswagen que nos transporta, una vez más.

Mi hermana reposa en el asiento más trasero, soltando su clásica risita de inocencia eterna, me gusta, un compañero loco abraza a su enamorada, y digo loco porque ya le quiere regalar un anillo, los años han pasado ya, es hora de un matrimonio. Más personas nos acompañan, cansados por subir al alto cerro, ya muchos se aferran a las dos décadas y pugnan por no entrar en la tercera. Alex maneja el vehículo y yo voy a su costado, ya que no fue Gonzalo. Esta Navidad no será muy diferente.

Nos han sobrado regalos, pero nos faltarán, los niños al lado de la carretera esperan ansiosos que personas como nosotros detengan sus vehículos para abalanzarse sobre ellos y literalmente desvalijarlos con su permiso. Entre el chacoteo natural de la infancia se trasluce su triste realidad, sus zapatos los delatan porque en muchos casos no existen, el calor de la arena calentada por el sol podría traspasar mis zapatillas Skechers con tranquilidad, pero no bajamos de nuestra combi. Avanzamos y los ignoramos, son demasiados, en ese momento supe que estábamos cerca de la Navidad, pero una vez más no podíamos ayudar a todos, sin duda, ya era Navidad.

La visita al albergue que habíamos hecho no me enterneció, quizá porque ya no participo del show, el dinero había sustituido el ímpetu de mi juventud y ya no quise jugar con niños sucios y abandonados, pensé que la insensibilidad que tanto critiqué en algunos de mis compañeros había terminado por invadirme. Pero en el camino de regreso, al ver las numerosas hordas de pequeños pobres ansiosos por recibir la lúdica caridad de espontáneos que se transportan sobre ruedas, me hizo pensar en que estos ilusionados niños de la calle esperan con ansias esta fecha, me pregunté, ¿quiénes nos creemos para quitarles esa ilusión?

Tengo un amigo, que desde hace poco ya no es tan amigo mío, que critica las visitas navideñas, “enséñales a pescar brother, no les regales pescado”, es su repetitivo corillo. Por ahí leí que es como premiar a sus irresponsables padres por traer hijos al mundo sin poder mantenerlos, que equivocado raciocinio, no quiero parecer sofista porque me considero un estagirita, pero ¿qué culpa tienen los niños de los errores de sus padres?, si podemos colaborar para que tengan un instante de alegría a las doce del veinticuatro, qué nos impide colaborar para tan desinteresado fin.

Algunos critican un supuesto “figuretismo” o “pose solidaria”, otros el “facilismo” de entregar una pequeña cantidad de dinero en lugar de hacer algo más trascendente. A ellos les respondo hoy, pues no puedo quedarme callado ante tan equivocadas conclusiones que nacen de mentes que al parecer solo buscan dar la contra y precisamente caen en lo que tanto reprochan, en el “figuretismo” del criticón y en el “facilismo” del enemigo de la razón.

Es lícito utilizar la publicidad, es reconfortante entregar algo de nuestro peculio para un fin altruista, aunque algunos lo consideren cruel, es importante que se difundan estas iniciativas para recibir más apoyo, los niños terminan felices, aunque sea por una corta temporada, y ese recuerdo les quedará de por vida, en mi opinión, eso es algo trascendente, el que ellos se den cuenta que no todo el mundo está podrido y que hay personas que sí pueden y quieren ayudar, quizá de esos flacos niños aparezca un gran líder algún día, inspirado en las desinteresadas iniciativas de extraños, que lo único que buscaron fue apoyarlo y a los de su condición.

Quizá ese líder pueda hacer algo más trascendente, como eliminar el lastre inhumano de la pobreza de nuestras cifras oficiales. No quiero caer en aburridos ni indescifrables tecnicismos, pero la medición “monetaria” de la pobreza ya está desfasada, su “multidimensionalidad” revela su verdadero rostro, no todo tiene que ver con aquel mal necesario llamado dinero, sino con la educación en la que uno se forma, el suelo donde se pisa y el agua que calma nuestra sed.

En ese sentido compete a nuestras autoridades hacer lo que se les pide a los grupos de ayuda social, para eso elegimos alcaldes, congresistas y un Presidente que ocupe el sillón de Pizarro. Tenemos un excelente equipo humano en el MEF, una Cancillería de primera, un mandatario que dejó los radicalismos porque felizmente abrió los ojos, y por último tenemos a los que no ganan plata realizando labores sociales sin el apoyo de nadie más que de ellos mismos. No le busquemos tres pies al gato por favor, porque no los tiene, tiene patas y para colmo cuatro.

La responsabilidad de redistribuir los beneficios de ese mundialmente llamado boom macroeconómico por el que atraviesa nuestro país recae en nuestras autoridades, y la sociedad civil debe encargarse de fiscalizar el manejo de esos ingentes recursos, pero esa no es función de los grupos de labor social, para ello existe la Contraloría o la implacable SUNAT. Los grupos de labor social son iniciativas desinteresadas que se encargan de regalar momentos gratos a niños en condición de extrema pobreza, en abandono o en etapas terminales de enfermedades incurables, ¿qué de criticable encontramos allí?, todo lo contrario, por eso es que integro uno, aunque no con la fuerza ni las ganas de antes.

¿Quieren cifras?, pues googleen que me da flojera adjuntar los enlaces, hay muchas navegando por la web, quizá se sorprendan estimados amigos citadinos de la cantidad impresionante de gente que vive en el ámbito rural, sin acceso a servicios básicos, de salud, de un plato de comida digno, ni internet, seguro esto último, lo más escandaloso e irremplazable para muchos de mis lectores, consumidos por sus celulares con conexión ilimitada y Facebook las veinticuatro horas, entre los que me incluyo. Cuando sean testigos de las necesidades de otros, recién se darán cuenta que vivimos en un paraíso en comparación de muchos de nuestros compatriotas.

Pensé no escribir nada durante este mes, pero dadas las circunstancias que reviví el día 22 con el grupo “Caminando por ti” me vi obligado moralmente a hacerlo. No quisiera volver a ver a niños de Ventanilla al lado de la avenida, sentados en la arena, esperando la solidaridad de visitantes navideños, no quiero verlos correr detrás de mi vehículo a la espera de un regalo, quizá el único que puedan recibir en el año, me gustaría más ver a mi país totalmente liberado de ese monstruo indigente que se roba los futuros de aquellos, mientras muchos, y me vuelvo a incluir, vivimos tranquilos en nuestras casas, con pavo regalado y una familia a la cual abrazar.

Hay gente que no la pasa tan bien, deberíamos reflexionar sobre ello más seguido, especialmente hoy, cuando una especial persona me lo demostró.

Una vez más, gracias “Caminando por ti”, espero volver a acompañarlos el próximo año.
Etiquetas: [crónicas nocturnas]  
Fecha Publicación: 2012-11-26T02:48:00.001-05:00

Es domingo, once y cuarenta y cinco pasado meridiano, la medianoche se avecina violentamente trayendo la soledad y el silencio que me permiten garabatear el monitor. El hálito del insomnio se manifiesta en mi gata que maúlla, a mis pies, y el arrebato literario que maquino ya mueve mis dedos sin cesar, como si tuvieran vida propia, sin poder detenerlos a pensar en consecuencias.

En este preciso momento vuelvo a ser escritor, olvidándome nuevamente de la Historia y del pudor, ella me empuja a brindar certezas y hoy, no las tengo, por ello acudo a la Literatura, ella sí se prostituye, ella sí puede disculpar este nuevo exabrupto de mis noches sin dormir. Una de las pocas certidumbres que puedo poseer es saber que las dos personas causantes de este post están durmiendo, ajenas a mis noctámbulas divagaciones mujeriegas, espero sepan comprender mi necesidad de expresión, mi grito literal, mis dudas desahogadas.

Sin posibilidad de victoria empiezo una guerra, peleando en dos frentes del sexo de Pandora, dejando de lado la paz, peor aún, desarmado, a expensas de los infames comentarios, o de los exagerados elogios patrañeros. Insisto, es el escritor quien se manifiesta en estas líneas, es el romántico embustero letrado que se esconde tras un reconocido seudónimo, cuyo significado indagador le regala título a este desgraciado blog.

Mientras prendo un cigarrillo evoco el pasado, y recuerdo que la vida parecía más fácil, aunque algunas cosas nunca cambiarán, el humo es el mismo del de hace años y el frío de esta madrugada (porque ya es lunes) se siente igual que hace dos. A mis veintiocho inviernos ya siento la indiferencia de mi almohada por la noche y los abrazos abrigadores que esperaba recibir, hoy no los tengo.

Pero no todo ha sido una constante de dolor solitario, hubo islas en este mar que me asfixia por no saber nadar sin compañía, hubo costas en las que pude descansar plácidamente, las cuales tenían por destino hundirse sin ninguna gloria. Sin embargo, en el archipiélago femenino que me salvó de morir ahogado hay las que sí merecen un acápite, y así como ellas en su momento, hoy yo las rescato, aunque sea a dos, precisamente las dos que hoy me obligan a redactar este suicidio ruidoso.

Fue en diciembre, hace poco menos de un año, una visita a la casa de un fiel amigo terminó en un brutal desafío, me había gustado su prima y lo reté a que en alguna ocasión futura, él me vería de su mano. Ella era una tentadora mujer morena que me sedujo solo con un Lucky Strike en sus labios y su maligna indiferencia. El romance no existía en su vocabulario, mucho menos en su corazón, un dolor pasado se lo había arrebatado de la forma más cruel y desconsiderada. Ella vivía aferrada a un recuerdo que se hacía presente de vez en cuando, postergándome en la lista de espera.

Tuvimos una breve y fugaz relación, en la que la flojedad y el desinterés primaron por sobre los afectos, su modus vivendis me parecía exagerado y el mío nunca dejó de ser el del soltero empedernido. No era nuestro momento, pero cuando nos separamos el extrañamiento se hizo cotidiano, su anunciada maldad, que ella dice no poseer, se me hizo necesaria, padecí por la ausencia de su mirada fija, y por ende, la frecuenté de vez en cuando solo para que me regalara su compañía y unas horas de atención, hasta que algunas circunstancias me obligaron a alejarme de ella, al menos por un tiempo. Primera confesión, me gusta su malicia, porque volví a caer en su lado oscuro.

Llegó noviembre y me regaló sorpresas, su antiguo descuido por mí experimentó un inesperado giro, un abrazo sincero me demostró que también me había extrañado y la sensación de regocijo que tuvo al tenerme parado en su puerta después de un prolongado tiempo, la hicieron repensar sobre los actos que terminaron por alejarme y que desviaron mi atención hacia otra señorita, la misma que en el corto tiempo que la conozco y que sin tener ningún vínculo emocional ni físico, ha sabido ganarse mis buenas intenciones.

Mi ex enamorada, la chica del Lucky Strike, la morena tentación, estaba dejando de tener protagonismo en mis pensamientos, pero tengo que decirlo, aún no del todo.

No me culpen por favor por mi desorden, soy un ser humano que corre el peligro, al igual que todos, de caer víctima de la belleza de las hijas de Eva. Hay veces en que la razón se cae cansada de tanto pensar, y uno actúa salvajemente por instinto, peor aún cuando las cosas suceden sin aviso, de manera casual, como fue el caso que a continuación relato, porque sí, ahora voy a hablar de la otra, la causante de mis nuevas motivaciones.

Hace poco, también en el nefasto noviembre, conocí a una bella mujer, su acento extranjero me sedujo de inmediato, su espontaneidad me cautivó y terminé literalmente arrodillado en medio de un salón lleno de gente, a punto de recitarle una mal obrada copla improvisada en ese mismo instante por mí, felizmente no lo hice, pero me hizo prometerle que se la escribiría en cualquier momento, promesa que aún no cumplo y que espero realizar, aunque ella no lo sepa.

En la actualidad es mi amiga, y pido perdón por mi escondido machismo, pero en mi aberrante opinión no hay amigos del sexo opuesto, siempre hay un ligero interés detrás de una invitación, de una llamada telefónica o de un mensaje de texto. Eso es innegable, y a ver quién me refuta, quién lanza la primera piedra. No puedo revelar su nombre angelical, porque quizá yo esté soñando despierto, quizá ella no sea como yo, y quizá sí crea en la amistad entre hombres y mujeres. Pero qué más da, ella sabe que me gusta, y confieso, la segunda de la noche, que su tatuaje es una atractiva razón por la que prefiero no mirarla por detrás.

La vida me ha puesto en una desalmada encrucijada, entre la relativa estabilidad que me ofrece la primera, está la posibilidad de que su desinterés retorne a mis tristes días, y que su potente poder alucinógeno termine por volverme adicto, ella es fuerte, quizá más que yo, y temo que acabe dominándome completamente, pero a su lado podría empezar a pensar en algo trascendente, podría ser el primo político de uno de mis mejores amigos y empezar a pensar como hombre y ya no como hijo.

La segunda, la muchachita gaucha de la copla prometida, la de la corona de princesa, solo me ha ofrecido su amistad, pero mi esperanza es larga, y vuelvo a caer en confesos, me gusta en demasía, pero quizá esté soñando despierto, lo repito, quizá ella sí crea en la amistad de los sexos opuestos, sé que no sería el primero que se enamora de ella y termina con el corazón roto por falsas interpretaciones, por confundir la amistad con esa cercanía que algunos locos llamamos amor.

Ambas saben de la existencia de la otra, ambas me han aconsejado lo mismo, que me aleje, no de ellas, perdón, sí, de ellas mismas, pero de la otra, ¿se entendió?, es tarde y ya no pienso tan bien como temprano, ya escribe mi pasión, y no el literato.

Siendo las tres de la madrugada debo descansar, el señor insomnio ya me abandona para cederle paso a Morfeo. Confesado puedo dormir en paz a la espera de la guerra de mañana, resignado  por las vueltas que daré en la cama hasta las cuatro, como todas las amanecidas de los lunes, amanecidas en que puedo escribir cosas como estas y sanar mis sangrantes estigmas personales que barajo con autoflagelamientos, y que denomino altaneramente crónicas nocturnas.

Si el fin del mundo se avecina, este me cogerá confesado. Amén y que se haga la voluntad de los azares.

Fecha Publicación: 2012-11-15T00:27:00.002-05:00

La melancolía de tu segundo diciembre
ya se apodera de mí
el recuerdo impío
tu secreto gris
la vanidad de tus presentes luces.

El vestido corto de la fiesta lunar
me envuelve
ahoga mis lentas ganas
de respirar
la forma que marcaste.

Los trece aislados del reloj
que ya no suena
el abrazo en la puerta
veintitrés
y tu cadena.

Si subo sin querer la vista al cielo
mirando al firmamento
perplejo
una estrella me regala tu sonrisa
y sus brillos tu reflejo.

Y pasan los calendarios despojados
calvos
espacios indefensos
sin guardias evoco confesando
tus cabellos de diciembre.
Etiquetas: [Orson Welles]  [Franz Kafka]  [El Proceso]  
Fecha Publicación: 2012-11-12T02:50:00.000-05:00

A inicios del 2011, durante una de las etapas más dolorosas de mi vida, leí “El Proceso” de Franz Kafka. Su lectura, lejos de equilibrar mis corrompidos días, esterilizó peor aún mis voluntades. Los libros y las noches licorosas eran mis románticos refugios, los primeros porque me transportaban hacia otras realidades, y las segundas, porque me devolvían a la mía. Los textos de historia habían quedado en el cadalso de mis cosas en desuso debido a que hablaban del pasado, del cual quería escapar con desespero. La literatura y el cine prostituyeron su compañía y se acostaban conmigo, el resultado, que me sintiera más escritor sin serlo y menos humillado por su ficción.
El argumento de la obra redactada por el austriaco literato me cautivó desde el inicio, su atmósfera de desasosiego hizo que adoptara su lectura como el infecundo padre al encontrar un niño parecido a él, para poder engañar sobre su falsa progenie. Sin embargo, no resumiré la seductora labor de Kafka por temor a caer en el redundo, ya que al navegar por el extenso mar de la red, se encontrarán con numerosos aventureros reseñadores. Esa no es mi intención.
Este año, al haberme vuelto un putero consagrado de los clásicos cinematográficos, pude regocijarme viendo la adaptación que hiciera Orson Welles sobre esta, en mi humilde y poco importante opinión, existencialista novela, allá por los lejanos años de 1962[1]. Solo basta con decir que Josef K., un exitoso gerente bancario, un día amanece y se da con la sorpresa de que se le había iniciado un proceso judicial, el delito, desconocido. Lo que sigue es una ola de incertidumbre que se apodera de su existencia al enfrentarse a un enemigo que desconoce y que lo acusa ferozmente en lugar de defenderlo, el Estado y su tercer poder, el judicial.
Sin duda alguna puedo decir que Kafka es uno de los escritores que menos me gustan para compartir y que jamás le recomendaría a mis seres más queridos, debido a que sus obras están plagadas de ingredientes que combinan el marxismo y la filosofía existencial, que tan duras son con las realidades, sin embargo su genialidad es innegable y en su caso se demostró que algunos escritores son como las estrellas, porque brillan más cuando ya no existen, esto es, en forma de supernovas.
Dicen los anormales entendidos fanáticos del cine y de la literatura que nunca una película supera al libro adaptado a la pantalla, pues yo tengo que discrepar, o al menos dudar de ese apriorístico enunciado en esta ocasión. Welles, otro genio adelantado y por ende incomprendido, hizo suya una titánica labor, llevar al cine a K. e inmortalizar su nombre entre los creadores de las verdaderas obras maestras que nada tienen que ver con lo convencional, sino más bien con la atrevida y peligrosa innovación, a la que pocos individuos locos y revolucionarios se aventuran.
La película, homónima de la novela, dura casi dos horas, pero en tiempos tan rápidos como estos se termina en menos. Empieza con la pesadilla kafkiana del hombre queriendo traspasar la puerta de la ley, misión que intenta conseguir incluso sobornando al guardia que custodia la entrada hasta el día de su muerte. “Acepto lo que me das solo para que tengas la certeza de haberlo intentado todo”, son las palabras del guardia ante los sobornos del infeliz. Pero dejando de lado las escenas en concreto, quiero ir a los detalles que son los que me han dejado encandilado, por no decir escandalizado con el ingenio de su creador.
Si no han visto la película, estimados y seguramente incrédulos lectores, debajo está el link que los llevará a ella, en una buena sub titulación pero con mala calidad de imagen, pero no tienen de qué quejarse, es gratis y seguramente bajada de una versión pirata. Igual da, no estamos para exquisiteces. Y me gustaría que antes de seguir leyendo este post escrito en la madrugada del lunes, hicieran clic en el enlace para que reconozcan al igual que yo las causas de mi asombro y por qué no, de mi amargo disfrute que acompaña a mi dominical insomnio. Si se engañan a sí mismos y no la quieren ver entonces sigan leyendo mis líneas, aunque advierto que nada de lo que diga se acercará ni remotamente al efecto visual que abruma la vista desde que empieza el claroscuro film.
La película es en blanco y negro y bebe del surrealismo, es la lógica de una pesadilla, toda ella está envuelta en una atmósfera espeluznante que rinde tributo a la tristeza y al absurdo, el juego de los sonidos, del reloj despertador al inicio y de las cientos de máquinas de escribir al medio, son por una parte, patéticamente predecibles, como por otra, ensordecedores. Los techos bajos que recuerdan a presidios, el asfixiante lugarejo aplastado desde arriba y que encoge libertades, el ángulo de las cámaras, las tomas prolongadas, la fotografía es precisa para tan surreal escenario.
Un tufillo de desconcierto se respira, el mal aliento del pesimismo debido al final anunciado desde el inicio, la culpabilidad aceptada por el individuo acusado, atrapado en la utopía de una justicia, que ya lo condenó. Vistazos de desprecio por ser el acusado, cuya cúspide se representa en la mirada de sus compañeros de oficina, que lo observan, acusándolo tácitamente, sin saber de qué. El desasosiego del protagonista por la situación inesperada, las inmensas habitaciones, los extensos pasadizos, las largas caminatas, todo aquí es desesperación. Ancianos desnudos y culpables cuyo único distintivo es un número que les cuelga en el pecho, alegoría del holocausto judío en plena Guerra Fría.
Se presenta una crítica directa a los funcionarios y burócratas abusivos que violan impunemente por ser los monopolizadores del poder, los grandes pórticos que el protagonista atraviesa, cuyo simple movimiento hace más difícil la entrada a los tribunales, laberínticos caminos solo para llegar a ellos y cientos de acusadores que solo se burlan de su infructuosa lucha. Dos policías azotados detrás de una puerta, la enseñanza, nadie sabe lo que pasa detrás de algunas, y por lo general, cuando alguien sabe de lo que se comete detrás de una, poco o nada hace por ayudar.
La imagen omnipotente del juez, cuyo escritorio es tan alto que hay que trepar en él, el discurso del descontento, el ultraje consentido y celebrado de una mujer, el mundo de una pesadilla, ya lo dije una vez. Decenas de acusados esperando resolución, sumisos, espectros en vida, temerosos ante la pisada del Leviatán, rostros resignados, asfixiados entre miles de miles de expedientes judiciales que pasan de una oficina a otra, y de mano en mano corrupta.
Calles vacías y al parecer solo una persona cuerda, la pequeña Irmie, la joven quinceañera que huye de sus clases para ir a visitar a Josef K. En el otro extremo está Titorelli, un desquiciado pintor de cuadros decadentes de jueces retratados a la antigua, como sus ilustres predecesores importantes, el cual vive en un ambiente atroz, rodeado de pérfidas niñas que acosan a sus visitantes y a él mismo. Su habitación emana una enfermiza sensación pedofílica y aberrante, y para colmo de males, la salida de emergencia limita con las oficinas de los tribunales, por las que K. escapa después de comprarle tres desagradables cuadros.
Solo tiene dos opciones, la absolución aparente o un aplazamiento indefinido, pero en ambos casos la acusación regresará y nuevos oficiales irrumpirán en su domicilio, una y otra vez. Titorelli le anuncia que nunca hubo una absolución definitiva, presagiándole su oscuro porvenir. Sus verdugos no tienen voz, lo que señala su esclavitud ante sus superiores, ante el injusto sistema social que lo atropella y que lo hace literalmente explotar en su delirio final y a ellos mantener silencio.
Una obra maestra del cine, un elogio a su propia vanidad ya que Welles se incluyó en su reparto y su voz es la que narra, una película de aquellas que no se pueden olvidar, no por su final feliz, sino por todo lo contrario, porque al terminar de verla, a pesar de lo extraordinario de su producción, se desea no haberla visto jamás.
De todas maneras más tarde, al ir a trabajar al estudio de abogados que me provee mi sustento, miraré dentro de las oficinas a ver si encuentro el retrato apolillado de un antiguo juez, y al recibir los documentos antes de ser guardados en sus respectivos files, veré si son procesos perdidos de antemano, o si todavía quedan esperanzas en el mundo, ya que al ver esta película, más incluso que al leer el libro, la sensación de desasosiego me ha vuelto a invadir y seguramente una pesadilla me levantará antes de que suene mi celular – despertador a las seis de la mañana.
Mi proceso ha terminado y aguardo ángeles que sustituyan a esa colosal estatua de la muerte que, gigantesca, se levanta en dos escenas y que en algún momento se me pasó por la mente saludar de cerca y de forma prematura, determinación que felizmente, no me atreví a llevar a cabo.
Termino este ensayo de crítica cinematográfica parafraseando al abogado interpretado por el propio Welles: “Estar encadenado es a veces más seguro que ser libre”. 







[1] Max Brod, amigo y editor de Franz Kafka publicó “El Proceso” en 1922, post mortem del autor.
Etiquetas: [Ollanta Humala]  [revocatoria]  [Susana Villarán]  [La Parada]  
Fecha Publicación: 2012-10-29T01:00:00.003-05:00

Hace meses que olvidé (volitivamente) escribir sobre política, los relatos cortos de naturaleza literaria me han consumido por completo, he relegado mi otra pasión al rincón de la lectura resignada de los titulares de los diarios, ya no insisto en pelearme con amigos por colores o posiciones, ni por Ollanta, ni MOVADEF.

Sin embargo, los últimos acontecimientos acaecidos en este seductor contexto (y debido al insomnio dominical del que adolezco), me empujan a digitar algunas reflexiones nocturnas sobre tres temas que están en la agenda política y en el muro de mis mil doscientos “amigos” del Facebook.

El primero y quizá más espinoso es el improbable indulto que se busca para el ex presidente (y ahora condenado por delitos de lesa humanidad) Alberto Fujimori Fujimori. Ollanta Humala, en su época también improbable presidente del Perú, ya tiene el pedido formal de los hijos del también pintor de cuadros y fotos psicosociales. La gran pregunta que se hacen millones de peruanos es si verán a Fujimori saliendo de la cárcel en el corto plazo, pues sin aspirar a la predicción que se la dejo a los augures, estoy casi 100% convencido de que por ahora esa posibilidad es solo una utopía. Las razones de mis convicciones pesimistas para sus anaranjados seguidores son debido a que el mencionado no se está muriendo, o más elegante, no tiene cáncer terminal, porque en su celda tiene atención médica instantánea, porque un gran sector del país no está preparado para el perdón (que no quiso pedir) y porque experimentados juristas se han pronunciado con propiedad, y con el Código Penal bajo el brazo.

Políticamente un indulto sería beneficioso para el Gobierno en algunos aspectos, pero en el nivel coyuntural, porque el 50% de la población está de acuerdo con sacarlo del encierro, la alianza humalista con el fujimorismo en el Congreso sería la consecuencia natural si Ollanta firma el dispositivo legal que le abriría las puertas de la DIROES. El costo sería que Nadine debería decirle adiós a una posible candidatura presidencial, ya que perdería el favor electoral de los que votaron por Gana Perú, solo por oposición a los fujimoris. Reacción contraproducente, tiro por la culata en el largo plazo, definitivamente a nuestro actual presidente, no le conviene. A Keiko, quien vive una dura odisea por ser la hija (y que no necesariamente ha heredado el genio maligno de su papá), se le escaparía el caballito de batalla, ya que la mística fujimorista es precisamente la reclusión de su líder, de liberarlo, ya no habría preso político al cual explotar, los principales dirigentes de Fuerza 2011, sin ideología aparente, perderían a su mártir, y me atrevo a decir, basándome en algunos de sus más indeseables referentes, que preferirían verlo morir en el presidio.

El segundo tema que quería tocar es la terrible manifestación de barbarie que todos hemos visto en La Parada, la insania de los delincuentes, el frenesí de la depredación, el ultraje de la gente que sí trabaja, de la muerte y la sangre derramada de peruanos enfrentados a otros peruanos, como siempre. La anomía en su máxima expresión, el total irrespeto por el principio de autoridad, la decadencia civil en pro del pillaje, de la rapacería golosa por echarse al hombro las pertenencias de los otros. Vergüenza ajena, tristeza moral, piedras en la cabeza. ¿Qué pasa por la mente cruel de una persona que demuestra su brutalidad apedreando a un policía que finalmente resulta ser (oh surprise) un ser humano?, ¿los sociópatas pueden campear a sus anchas, tomándose un cafecito en el desayuno en la temible calle de San Pablo y no pasa nada?, cárcel a esos malhechores, que se coman sus añitos.

No es posible que la violencia nos haga sus inocentes víctimas, que el caos impere por encima de nuestra civilidad, para eso tenemos códigos, normas de convivencia, para eso tenemos autoridades que nos representan, Lima no es tierra de nadie, aunque en muchas zonas sigue siendo “la horrible”. Y esto me lleva al tercer tema, la revocatoria de la señora alcaldesa Susana Villarán.

¿Casualidad que el mismo día del anuncio de la revocatoria se produzca el operativo?, perdóneme verdaderos amigos de izquierda y también a los caviares (por extensión), pero no lo creo. Si bien la alcaldesa ya se pronunció diciendo que este operativo estaba planeado desde hace semanas, las coincidencias en política, léanlo bien, no existen, pregúntenle a ese brillante escritor de apellido Maquiavelo, mejor dicho léanlo pues ya murió. Ahora, el oportunismo político de algunos oscuros personajes me parece tan deleznable como el robarse, cual pájaros carroñeros, las prendas y maniquís de una tienda de Gamarra. Ya salió Alditus criticando a diestra y siniestra, sus reporteros, cual payasos o bufones de un déspota ilustrado no hacen más que entorpecer en lugar de aportar. Un carga montón de acusaciones, búsqueda de la carne viva desde donde picar y devorar el cadáver de la única autoridad que ha tenido la valentía de afrontar y enfrentar el reto de mover este inmenso muladar de informalidad y fechorías.

Lamentablemente existe algo que los sociólogos denominan “costo social”, cientos de estibadores se quedarán sin su sustento, decenas de mendigos sin sobras qué recoger, pero también un nuevo espacio público se verá erigido por sobre los escombros del mercado mayorista, sin mafias que alquilen los puestos a precios atmosféricos, ni manilargos o cogoteros que ataquen por la espalda. Si queremos una Lima ordenada y moderna al estilo de las grandes urbes latinoamericanas, se tienen que hacer cambios, pues les guste o no, la alcaldesa los está haciendo, aunque no lo hizo en el mejor momento, ni con las condiciones adecuadas. ¿Falta de experiencia política o improvisación policial?, creo que de ambas fuentes se nutrió el fatal desenlace, cuatro ciudadanos muertos (y una yegua). Ya me imagino los rostros sonrientes de Castañeda, de Luna Gálvez y de Marco Tulio Gutiérrez.

Entre el indulto, la barbarie y la revocatoria, la política peruana se sigue moviendo, pero este aprendiz de escritor ya se va a dormir, porque el insomnio cedió paso al miedo por una visita que hice al cine para experimentar el suspenso de una terrorífica película llamada Actividad Paranormal. Prometo no volver a ver películas de terror, y procuraré no escribir otra vez de política, a pesar de que los que me conocen de verdad saben que lo último es una gran mentira y que hoy me despertaré de madrugada, por las pesadillas que seguramente tendré.

Fecha Publicación: 2012-10-26T01:32:00.001-05:00

“Diana después del baño” - Francois Boucher (cuadro del siglo XVIII) 


Hoy salí de la rutina del “lunes a viernes”, aquella que me esclaviza desde las seis de la mañana, que me viste de saco y corbata, que me jala al puesto de periódicos a comprar el diario de setenta céntimos, la que me empuja a un colectivo que me cobra cuatro soles hasta el céntrico Parque Kennedy miraflorino y que me hace subir y bajar ascensores hasta el piso veintiuno del edificio hermano del Marriot, frente al exclusivo Larco Mar.

Hoy no salí del trabajo a las siete pasado meridiano, mi mano estiró mi tarjeta y marqué una hora antes la salida, armado de un lapicero, un cuaderno prestado y un folder sustraído de la empresa abordé una combi y me dirigí a una conferencia, que además estuvo interesantísima y en extremo pedagógica para los interesados en temas que a pocos le competen.

Un día cualquiera el gimnasio hubiera sido mi nocturno destino, aquel templo de los vanidosos, o de los inseguros que buscan seguridad, se ha vuelto mi inesperado refugio, mi capilla donde el único adorado soy yo, mi salón de los espejos donde admiro el producto de mi propia fortaleza y de mi esfuerzo. Pero hoy no pisé esa hoguerilla de inmodestias y testosterona, hoy volví a jugar el papel de alumno en una silla, de esos que cruzan las piernas como las mujeres, que levantan el lapicero a la altura de la sien y una mano a la barbilla, como rascándola en pose pensativa y vallejiana.

Salí de aquel lugar y el deja vu del cigarrillo se encendió en medio de la pista que aún no terminaba de cruzar, los albinos audífonos extraídos del bolsillo de mi pantalón, desenrollándose fueron a parar en mis orejas. Mientras una pareja de la mano cogida se besaba frente a mí, noto que la mano del enamoradizo muchacho se mete en el bolsillo ajeno, tocando la nalga (que no tiene) de su jovencita enamorada, bien por él pienso, y miro la escena mientras sintonizo la radio setentera que se llama Felicidad, haciendo uso del inocente voyerismo, a pesar de la fealdad de los observados.

Después de diez bocanadas de humo recuerdo que estoy resfriado y elimino el dañino placer pisándolo con fuerza, como castigándolo por mi adicción y enfermedad, echándole la culpa por mi debilidad tabacalera y por mis catorce años de fumador. Subo al medio de transporte que me dejará cerca de mi casa y un gesto de asco me recibe, huele a cigarro dice la señora de gris, sin necesidad de ningún vocabulario. Me alejo de ella para no causarle molestias y un bigotón (apestosísimo) me recibe con una gran sonrisa bonachona, se la devuelvo pero cambio de ubicación los billetes que no cargo en billetera.

Ya en mis dominios territoriales le subo el volumen a la canción Amnesia de José José, paradójicamente, recordando, sin querer, explotando la memoria en tiempos que ya no se cuentan en minutos, viendo imágenes que solo se conservan en invisibles reminiscencias de un pasado en el que la alegría era la que me dibujaba la sonrisa y no el licor de los esperados sábados interminables. No quiero contrariarme, pero yo, sí la recuerdo, y sí, anduve por ahí de bar en bar, llorándola sin podérmela olvidar, gastándome la piel en recordar, su juramento.

Pero bueno, ¿para qué recordar maravillosos periodos si no van a volver?, basta de torturas pienso, llamo a la persona que ocupa los momentos en que quiero estar acompañado y no me contesta el teléfono, qué novedad, parece que yo no soy la compañía que ella desea o su celular no reconoce ya mi repetitivo número en su pantalla, no importa, es una historia sin inicio y por ende, sin final. Es jueves y no es mi día.

Sigo caminando y otra pareja en un parque se abraza con ternura, la chica me mira y yo le sonrío con evidente nerviosismo, la reconozco, en algún momento sus labios besaron los míos y sus manos acariciaron mi rostro, hacía mucho tiempo atrás, su enamorado se pone celoso por nuestro cómplice coqueteo y le coge el trasero (que sí tiene), queriendo dejar en claro sus pertenencias, pero yo miro de frente y hago como que nunca los vi, y sigo mi sendero a espaldas del Mall, en el Callao, caminando pensativo, pesando en ucronías amatorias (para los que lo entienden).

Mi perro mueve la cola al verme llegar, mientras mis tres gatas, verdaderas celosas, maúllan sobando sus torsos en mis pantorrillas, mi hermana Estefanía abre la puerta y me deja entrar, mi madre en el Facebook, mi padre durmiendo, Meryjean con su enamorado y Gianfranco en el Play Station, yo, quitándome mis fieles audífonos, me dispongo a escribir, hoy salí de la rutina, pero mañana volveré, a las seis de la mañana, al saco y la corbata, al colectivo, al Kennedy, al Marriot y a la espectacular vista que me acompaña todos los días desde mi oficina en el piso veintiuno, la del mar infinito que se extiende y que se traga al sol al llegar la noche.

Y solo me queda pensar en dos cosas, que yo, sí la recuerdo, pero con gratitud, no con amor, y que debería empezar a escribir una nueva historia, una cuyo nombre de Diosa protectora de la naturaleza, encaje perfectamente en el nombre de un vals de criollos embajadores, y que observo desde el silencio de la soledad por el incógnito gusto de una artística imagen en blanco y negro.

Etiquetas: [UNMSM]  [Memorias del Inquisidor]  [Ciencias Sociales]  
Fecha Publicación: 2012-10-07T17:05:00.001-05:00

Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo lo sé, golpes tan fuertes como el odio del mismo Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma. Con este “parafraseamiento” mal hecho del inmortal empiezo este vil relato, un relato recordado solo entre cuatro paredes de una habitación de Carmen de la Legua, siempre acompañado con botellas verdes de cerveza o de vasos de añejo ron barato y rompe gargantas.

Erase un viernes cualquiera en las afueras de la Universidad San Marcos. Cuatro estudiantes de Sociales bebían, como era su dañina costumbre, piscos de dos soles, de aquel que denominan fabricado con alcohol metílico, de ese que nunca se debe probar. Era la segunda ronda de licor, cuando uno de ellos, Magno, decidió que había sido suficiente, él compraría un vino de tres soles, y aliviaría un poco nuestros sufridos hígados.

Jeampier lo acompañó a la bodega, Joel, a quien en adelante llamaremos Lechuga, se quedó conmigo terminándonos nuestra inversión en un parque ubicado al frente de la puerta tres, muy cerca de la avenida Universitaria. Habían estado libando en el parque de la Facultad de Derecho con todo el A 2, su salón de Integrado, pero sus ansias de seguir con la tertulia superó sus deberes de irse a casa.

Magno nos sorprendió al traer tres botellas de vino, Jeampier, en esa época un estudiante metalero de izquierda, llevaba en el bolsillo los cigarros encargados por mí. Lechuga se encontraba sentado con las piernas cruzadas, fiel a su estilo, y yo prendía un cigarrillo y procedí a fumar.

-          Salud Magno, ese vino pinta lengua se ve bueno.
-          Claro pues Mafla, esto es calidad, no esa basura de pisco.

Es evidente que a nuestros 22 años no sabíamos el verdadero significado de esa palabra y que nuestros bolsillos vacíos nos obligaban a tomar estos licores de dudosa procedencia.

Discutíamos sobre política, Jeampier, al igual que Magno, eran de izquierda, Lechuga, un anarco punk que gustaba de los boleros, seguía las tesis de no sé qué autor del caos, yo, un tanto aburguesado, era y sigo siendo un puto social demócrata, que a veces camina con el pie zurdo pero que disfruta levantarse con el derecho. La conversación fluía con la naturalidad de los borrachos, es decir, entre griteríos, pisadas de puchos y vasos baboseados, pero siempre inteligente, a la altura de los diálogos de dos sociólogos y de dos historiadores en formación.

Todo transcurría con normalidad hasta que un grupo de jóvenes de apariencia hostil pasó al frente de nosotros, entre ellos, una guapa señorita de jeans demasiado apretado, polo extremadamente estrecho y de cabello muy, demasiado largo, como me gusta. Me impactó su belleza callejera, barrial, y no dudé en lanzarle una desvergonzada mirada de pies a cabeza y un piropo que la embriaguez ya me hizo olvidar.

No sé por qué, pero mis atrevidas palabras ofendieron a sus acompañantes masculinos, quienes se fueron gritándonos groserías y amenazándonos de muerte.

-          Ya se cagaron hijos de puta – nos dijeron, alejándose hacia la oscuridad que ofrecía la noche.

No pasaron ni cinco minutos y estaban de regreso, pero esta vez no eran tres sino cinco. Nos superaban en número pero quizá no en experiencia en grescas errabundas, al menos no sé si a mí porque ya había experimentado en más de dos ocasiones peleas grupales en contra de brutales enemigos, al igual que Lechuga, quien se ufanaba con su clásica frase: “Soy de Cárcamo”. Magno y Jeampier eran cosa distinta, ambos eran pacifistas, el primero más que el segundo, aunque nunca se llega a conocer del todo ni a los mejores amigos, como ellos lo son.

Los sujetos vinieron directamente a atacarnos. Al percatarme de su cercanía cogí una botella vacía que yacía en el césped, era mi arma defensiva, pero su rapidez para robarnos las demás excedió la de mis compañeros, quienes se limitaron a pedirles que nos las regresaran. En ese momento levanté el brazo en señal de amenaza, si no nos devolvían nuestro licor se las iba a empotrar en la cabeza, Lechuga se levantó de su asiento e intentó quitarle una botella llena de vino a uno de ellos, el cual lo empujó empezando la batalla.

Me abalancé hacia otro de ellos y logré arrebatarle el trofeo licoroso, ahora tenía dos botellas en mi poder y podía lanzar la vacía. Cuando Jeampier y Magno se pusieron en posición de combate, nuestros enemigos emprendieron la huida y se fueron corriendo hacia una calle que tenía una sola salida. Como la adrenalina había invadido mi cuerpo y tenía dos armas que debían ser utilizadas, empecé a correr detrás de ellos, perseguido por mi contingente, mis tres fieles compañeros.

Cuando entré a la calle lancé la primera botella contra ellos, luego la segunda, craso error, me había quedado sin municiones, volteé a ver a mis compañeros y ellos ya no estaban, su sentido común, seguramente, les hizo creer que era una trampa, en la que fatalmente yo caí. Volví a voltear mi cabeza hacia la calle y de la única salida los cinco enemigos se convirtieron en ocho. Era una tribu de salvajes predadores y yo su indefensa presa. Intenté correr pero el equilibrio me jugó una mala pasada, resbalé y fui a dar contra el suelo, en donde fui un balón de fútbol, pateado por iracundos jugadores.

El instinto me hizo proteger mi cabeza y mi aparato reproductor, pero aún así los vengativos sujetos hacían lo imposible por hacerme daño. Yo gritaba por piedad, me defendía mirando al piso, cubriendo mi mochila y mi antiguo reloj Casio, regalo de una persona muy especial cuyo nombre no podrá ser revelado. Imploraba gritando que dejen de golpearme.

-          Ya fue brother, ya fue, párala huevón, me vas a matar – le decía al que pude identificar como el líder del grupo, el macho alfa, seguramente pareja de la guapa señorita que me hizo perder el control hormonal causante de la trifulca.

Uno de ellos, iluminado por el Santo Espíritu, o porque ya estaba cansado de masacrarme, dio la voz de alto.

-          Ya dejen a esta basura, así aprenderá a no meterse con la jerma de otros.

Y pateándome por última vez, uno a uno, se fueron por aquella poco iluminada calle, dejándome tirado en medio de un pozo de tierra, magullado por la furia de sus golpes, rabioso por no haber podido hacerles ningún daño. Cuando pude incorporarme busqué a mis compañeros, estaba tan furioso que les dije que eran unos cobardes, que debieron haberme defendido, al menos pidiendo auxilio, pero yo no escuchaba excusas, no quería oírlos y caminé con dirección a la avenida Venezuela seguido por Lechuga.

Mientras nos dirigíamos hacia allá por la vereda que está pegada al muro de la Universidad, una roca se incrustó en la pared, prácticamente nos rozó la coronilla y vimos con espanto como de la oscuridad de una gruta salían nuevamente tres sujetos. Corrí como ratero en fuga para abordar el primer vehículo que pudiera salvarme de otra lluvia de golpes, vi hacia atrás y observé como Lechuga era impactado por una piedra en la cabeza, cuya cicatriz aún conserva como recuerdo. Él corrió para salvar su vida logrando huir de sus atacantes. Yo aún corría perseguido por tres maleantes armados con más y más piedras.

El destino generoso puso a una combi en mi camino, cuando la vi grité como desquiciado.

-          ¡Abre la puerta!, ¡me quieren matar!

El buen cobrador abrió la puerta y me lancé adentro de la combi cayendo a los pies de los asustados pasajeros.

-          ¡Pisa huevón! – le grité al chofer, el cual aceleró de cero a cien en menos de tres segundos. Estaba salvado.

El lunes que siguió a ese letal fin de semana Lechuga acudió a la Universidad con gorro, escondiendo los puntos que le habían puesto debido a la herida, fue un preludio de su posterior operación, como para que se acostumbre a las cocidas corporales. Por mi parte tenía varios bultos en la cabeza producto de la golpiza, algunos rasguños en los brazos y la espalda destruida, pero nada de gravedad hospitalaria. Magno y Jeampier se burlaban de sus dos machacados amigos y llegado el viernes ellos invitaron el vino, los dos que no pudieron terminarse debido a la interrupción de aquella guapa señorita de cabello largo, de belleza callejera y de gestos de muchacha con esquina.

Al final, algo tendremos para contarles a nuestros hijos, a pesar de que aún ninguno los tiene.

Saludos compañeros sanmarquinos y salud por esos maravillosos años.
Etiquetas: [historia]  [UNMSM]  [historiadores peruanos]  [Ciencias Sociales]  
Fecha Publicación: 2012-10-02T03:09:00.000-05:00

Un terremoto ha estremecido el ambiente intelectual bajo la forma de un texto apócrifo, cuyo epicentro nació producto de la pluma de un autor inexistente, un autor que apunta con el dedo acusador a personajes de carne y hueso, personajes que pululan entre los mortales, pero cuyas tumbas aún no merecen tales epitafios.
Dicho escrito es directo, iracundo, heraldo de la indignación, Quijote de la pataleta, se nota escrito con pasión, con furia, como en un combate por la historia, en una guerra que al parecer, recién ha sido declarada. En él no existe diplomacia, no se busca la pax social, los adjetivos campean como el Cid, arrasando enemigos que solo enfrenta con insultos.
Hace unas semanas una llamada telefónica alteró mi intranquila tranquilidad, me pedían, una vez más escribir sobre mis letras, prostituir este espacio gratuito con un escrito cuyo autor decía ser de mi “base”, su nombre, “José Miguel Trejo Ramos”, me recordó a la nada, este señor no existía, pero había adquirido forma a través de un correo electrónico que llegó a mi bandeja de entrada del desusado Hotmail.
Al abrir el archivo noté que era un texto violento, pero salido de una cabeza cultivada y de un hígado a punto de estallar, un texto bilioso que vio la luz, estoy seguro, al detonar la noticia de la destitución del profesor Francisco Quiroz de su cargo de Director. Al terminar de leerlo, le respondí al remitente que la cantidad de adjetivos que lanzaba a diestra y siniestra debía mostrar una cara, exponer una faz, o al menos una voz que responda debido al polvo que desde ese momento me di cuenta levantaría, y no me equivoqué, hoy “José Miguel Trejo Ramos” no aparece y sus palabras solo quedaron para ser carnecita de cañón de sus feroces críticos.
Pero si bien aquella vez me negué a publicar un texto que no era de mi autoría, esta vez será diferente, el siguiente es un texto “anónimo”, que no me atreví a “difundir” con anterioridad simplemente porque no existía hasta hoy, y creo que no lo hice porque muchos se sentirían identificados, e inevitablemente renegarían de él, estoy seguro algunos voltearán su mirada al ver reflejados sus presentes en este envejecido texto que desenmascara una realidad de la que pocos hablan y que irónicamente se manifiesta en lo postrero.



“Buenas noches estimado Inquisidor, disculpe la intromisión en su blog, pero le pediré disculpas anticipadas por ni siquiera escribir bajo seudónimo, peor aún, ni siquiera le daré mi nombre, simplemente soy él, el historiador desconocido, aunque mucha gente sepa ya de mi incógnita pero evidente identidad. Ingresé en el 2004 a la UNMSM, a una variopinta Facultad, soberbiamente llamada de Ciencias Sociales, contraria a su fin, productora de unos cuantos humanistas, quizá como yo, otro soberbio sin laureles.
Elegí esta romántica profesión porque me gustaba la lectura, no como otros que aseguran querer cambiar el mundo a través de artículos que pocos conocen y que difunden sin cesar, más puede la vanidad de ver el nombre impreso y los escritos comentados. Yo no soy un revolucionario seguidor de izquierdas, soy un individualista hijo de la posmodernidad, yo no sé de metarrelatos, sé de microhistorias, sin embargo procuro escribir, y no morir en el intento.
Yo no me considero un científico social a cabalidad, la prueba más fehaciente de ello es que terminé siendo un vulgar y enamoradizo bloguero, aunque eventualmente escritor de revistas que nadie lee, obviamente, de Historia. Me formaron para ser investigador del pasado, pero historio muchos presentes, como en esta repetitiva y nada grata ocasión en la que espero no aburrir a sus distinguidos lectores, entre ellos estudiantes, egresados, profesores y escritorcitos palomillas de ventana.
Y como este relato no le interesa a nadie que no sea historiador, porque los historiadores no le interesamos a nadie, me he tomado la libertad de contarle mi experiencia solo para conocimiento de nosotros mismos. Con esta premisa empiezo esta suerte de desesperado grito, de socorro por atención, soy historiador pero nadie me conoce, mucho menos a mi oficio, tan necesario como construir edificios y rellenar los bolsillos de los acaudalados banqueros.
El integrado, formativa etapa, introductorias lecturas al infierno de los fenómenos sociales, tan esquivos de explicar, tan equívocos de Bunge. ¿Tuve profesores buenos?, sí, como muchos malos, más aprendí a fumar cigarros, y mientras me envenenaba los pulmones, leía las separatas que finalmente me daban mis buenas notas. Nunca publiqué absolutamente nada siendo estudiante, ni del integrado ni en especialidad, mea culpa, crucifixion now, ¿la razón?, no tuve motivación, y mucho menos tiempo. Curiosamente, estimado, el profesor Reyes, tan criticado en el texto apócrifo de Trejo Ramos, fue el que me introdujo en el apasionante mundo de la investigación. Todavía recuerdo que muchos de mis compañeros, ahora respetables historiadores de archivos públicos, fruncían el ceño al saber que debían perder el tiempo en el Fondo Reservado, que mal por ellos, no se dieron cuenta que de eso debían vivir algún día.
Salí de la Universidad con el segundo puesto de mi base gracias a que mi amigo Hernán Arana (hoy una promesa de la abogacía) abandonó la carrera historiográfica, y oh sorpresa, no tenía dónde ejercer mi respetable y marginal oficio de investigador. La Universidad no me ofreció ningún incentivo académico, por ahí una beca pregunté, “nada señor”, fue la respuesta que recibí. Al primer puesto, también ahora estudiante de Derecho y relator de la prensa deportiva, Ernesto Moreno, lo desanimaron completamente con una beca que solo lo exoneraba del examen de ingreso a una maestría, el resultado, que se vaya a estudiar Derecho renunciando a la Historia y engrosando la lista de los innumerables talentos perdidos que se alejan por la falta de oportunidades y de apoyo al estudiante, incluso destacado.
Mi destino fue distinto, terminé trabajando en archivos del sector privado, pero otra vez, oh sorpresa, el curso de Archivología de la profesora Ruth Borja había sido insuficiente, no malo, insuficiente. Tuve que empezar desde abajo, quizá como algunos de sus lectores, sacando grapas, cargando cajas llenas de papeles, siendo el último en la jerarquía de “la empresa” o “la institución”. Luego intenté ser docente, terrible experiencia para mí, no sabía nada de pedagogía ni de técnicas para despertar a los somnolientos alumnillos. Renuncié, porque para colmo de males, una acosadora joven de dieciocho se había enamorado de su profesor de Historia de veinticinco, di un paso al costado y se los dejé a los expertos, a los docentes de profesión.
Así pasé de empresa en empresa, errante, sin rumbo fijo, ganando más experiencia que dinero, siempre alejado del selecto grupo de los historiadores mediáticos, o de los que buscan serlo, hasta que di el gran salto, decidí publicar algunos artículos, y hoy lo he hecho en seis países. Si me pregunta, estimado Inquisidor, si recibí el apoyo de alguien, es decir de mi Universidad, mejor no le respondo, porque no quiero bajarle la llanta a los muchachos que recién ingresan, déjelos que sigan viviendo en la utopía de la universidad pública.
Veo muchos colegas exitosos, pero si los comparamos con el grueso de egresados, veremos que casi ninguno se dedica a la investigación, creo, humildemente que nuestra Facultad debe ser reformada, y que en ese proceso no se haga manifiesta la cacería de brujas que algunos quieren perpetrar, por favor, esos peroles pueden ser utilizados por nosotros algún día y no nos gustaría recibir cucharazos tan hirientes.
Alguna vez leí esto en un olvidado rincón de la web, ¿por qué no se nos prepara profesionalmente en determinados campos?, por ejemplo, en la producción de audiovisuales, videos, cortos, documentales, en la promoción cultural, en cómo diseñar cursos de gestión cultural, en cómo entrar en los municipios, aprovechar el boom del turismo, en capacitar docentes, en archivística administrativa, incluso en pedagogía. Sin las herramientas para construir, nuestras obras no durarán mucho tiempo, y lamentablemente sin maestros, me seguiré sintiendo un seudo científico social, y nunca dejaré de pensar en mí primero, antes que en el bienestar de mis semejantes.
Espero no haber colmado su paciencia, estimado Inquisidor”.
Un cordial saludo de su amigo “Anónimos”.


Estoy seguro que han descifrado al autor... y perdón por la ironía...




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Etiquetas: [Economía Nacional de Mercado]  [Chile]  [Perú]  [integración]  
Fecha Publicación: 2012-09-23T01:24:00.001-05:00

La guerra del Pacífico (1879 – 1883) fue un episodio que marcó para siempre las relaciones bilaterales entre nuestro país y Chile permaneciendo cual fantasma en la memoria colectiva de Chile, Bolivia y Perú.[1] El pretexto fue la creación del impuesto de los diez centavos que recaería sobre una empresa que explotaba salitre en Antofagasta. Al fracasar los intentos diplomáticos entre La Paz y Santiago, el Perú fue arrastrado a la guerra debido a que había firmado el Tratado de Alianza Defensiva con Bolivia, perdiendo territorios en el sur.

Durante esta guerra hubo dos campañas, la naval y la terrestre, y de ellas han salido nuestros héroes más representativos, entre ellos Miguel Grau y Francisco Bolognesi, ambos baluartes del patriotismo peruano y que nuestros libros de historia explotan muy bien para crear nacionalismo entre la ciudadanía en general, extendiendo la sombra de un supuesto enemigo sureño así como la eterna rivalidad que hemos desarrollado, tanto peruanos y chilenos a lo largo de más de un siglo, aunque esta competencia se remonte a tiempos coloniales, cuando Valparaíso peleaba con el Callao por ser el puerto más importante de América del Sur.

El rencor que existe entre algunos sectores de ambos países se reproduce en racismo, intolerancia y discursos confrontacionales de sus líderes, esto sumado al expansionismo chileno y a la inestabilidad que ha caracterizado a la política peruana desde su fundación, han hecho que la sociedad en general vea al vecino país siempre bajo una óptica de desconfianza. Esto sumado a la creación de algunos símbolos post bélicos como el clásico cuadro del “Repase” donde se ve a un chileno asesinando a los sobrevivientes después de una batalla o la extendida creencia en Chile de que los peruanos fuimos traicioneros al firmar el Tratado con Bolivia a sus espaldas, pintan un escenario en el que los resentimientos estarán presentes hasta que exista la voluntad de dejar atrás las heridas de una guerra que todavía no cicatrizan.

Los modelos económicos de Chile y Perú

Chile:

El modelo económico chileno es en teoría el de una economía social de mercado, en otras palabras un neoliberalismo con rostro humano que basa su economía principalmente en la explotación de sus recursos naturales. Chile es uno de los países más fuertes de la región y se ubica, según el Ranking del Centro Mundial de Competitividad (IMD) en el puesto 25 y según el del Foro Económico Mundial (FEM) en el 31.[2]

En Chile todo trabajador está obligado a cotizar el 13% de sus ingresos en cualquier AFP, el Estado entrega en concesión las carreteras, aeropuertos y otras obras de infraestructura al sector privado, el sistema de salud estatal es deficiente mientras que el privado es de excelente calidad, aunque la ciudadanía se queja de los altos costos, es por eso que hay cierta percepción de que el consumidor está desprotegido por el Estado.

La educación escolar y universitaria ha sido parcialmente privatizada, lo que ha generado las protestas de estudiantes lideradas por Camila Vallejo y que han dado la vuelta al mundo llamando la atención en el debate internacional sobre los excesos del lucro en el sistema educativo, práctica que perpetúa la desigualdad de oportunidades a pesar de que Chile ha crecido durante los últimos veinte años, gracias a las reformas de su dictador Pinochet y posteriormente con las reformas del gobierno de la Concertación.

Su modelo económico ha sacado de la pobreza a una gran porción de la población. Para muestra un botón, para 1990 la pobreza era del 38% y la pobreza extrema del 13%, pero para el 2009 las cifras muestran un resultado alentador, con 15,1% y 3,7% respectivamente, esto se ha materializado con un logro que es visto con optimismo por los chilenos en general ya que cerca del 50% de ellos puede decir en la actualidad que se ubica en el grupo que comprende la clase media.[3]

Otra característica de la economía chilena es su dependencia de sus recursos mineros, cuyos precios como bien sabemos los peruanos, están a la deriva de los mercados internacionales. Por otro lado en los últimos años se ha gestado un fuerte expansionismo comercial, principalmente hacia nuestro país, las cadenas de tiendas, boticas y otras grandes inversiones provenientes de Chile son la prueba más clara de esta tendencia.

Por último, vale la pena resaltar que a pesar de su buena ubicación en los distintos rankings internacionales todavía existen profundas diferencias sociales que separan a la sociedad chilena, es decir, la brecha de la desigualdad sigue siendo uno de los lastres de la mala distribución de la riqueza. Las economías en general llamadas de mercado ponen al Estado en un sitio secundario en la explotación de sus recursos, asimismo en el aparato productivo y en la creación de puestos de trabajo, ya que muchas de estas funciones son delegadas a las empresas privadas. El reto de la economía chilena para el futuro es garantizar que el sector privado, motor importante de su boyante crecimiento, tenga las garantías para realizar sus actividades y ofrecer a sus consumidores (ciudadanos) las mismas para protegerlos bajo su manto.

Perú:

El Perú experimenta en la actualidad lo que la comunidad internacional ha llamado “el milagro peruano” debido a su crecimiento económico que lo coloca entre los países con las mejores expectativas económicas y más competitivos de América Latina. Según el ranking del IMD, el Perú se ubica en el puesto 43 por debajo de Chile y por encima de Brasil, mientras que para el del FEM estamos en el 67.[4]

Desde el 2004 la economía peruana ha crecido en 60%, esto se debe en gran parte al alto precio internacional de las materias primas, de las que el Perú con su economía de carácter primario es exportador tradicional. Las actividades en las que el Perú desarrolla sus actividades son la explotación y exportación de recursos naturales (mineros, agrícolas y pesqueros), la agroexportación y los servicios.

El sistema de pensiones se divide en dos, el público y el privado, siendo el Sistema Nacional de Pensiones el administrado por el Estado, mientras que el Sistema Privado de Pensiones por las AFP, de las cuales hay toda una variedad para elegir, cada una con sus tasas y distintos beneficios. Lo mismo que en Chile, en el Perú la administración de la salud pública es deficiente siendo la privada la que cuenta con mejores instalaciones en sus distintas clínicas.

Si hablamos del sistema educativo, veremos que el Perú esta ubicado en los peores lugares a nivel mundial, esto va en desmedro de la competitividad del país ya que la futura fuerza de trabajo no tendrá una buena educación. Esta situación ha llevado a que proliferen los centros de enseñanza privada, tanto a nivel escolar como universitario, muchas veces en desmedro de la calidad educativa y de la formación idónea de profesionales que el mercado requiere.

Para nuestros observadores internacionales, el Perú es uno de los más fuertes en lo que respecta a su manejo macroeconómico, comercio internacional, inversiones, precios y en generación de empleo, sin embargo sigue siendo un país inseguro, lo que podría devenir en desconfianza para los potenciales inversionistas, debido a los conflictos sociales y a la violencia que impera en algunas zonas del país.[5]

El crecimiento peruano que fluctúa entre el 6% y el 7% anual es producto de las reformas implantadas en la década de 1990, cuando ocurrió el llamado Fujishock que liberalizó el mercado y lo abrió a la comunidad internacional, luego, con la caída del régimen fujimorista, la democracia continuó con las reformas que si bien han permitido el crecimiento económico, aún no logra erradicar los problemas más visibles de la desigualdad.

Hoy en día se ha controlado la inflación y hay 50 millones de dólares en proyectos que se encuentran en cartera y que se vienen aprobando progresivamente, el mercado interno también se ve robustecido con la apertura de industrias y centros comerciales que prueban el dinamismo de las regiones, prueba fehaciente del crecimiento no solo de los índices macroeconómicos sino de los bolsillos de los ciudadanos. Vale la pena anotar que a pesar de que muchas inversiones son nacionales, también las hay extranjeras, entre ellas las chilenas.

Asimismo las divisas provenientes de los emigrantes son fuente importante de este crecimiento, como también el boom del turismo, de la gastronomía y de la recién lanzada Marca Perú a nivel mundial.[6] Todos estos indicadores nos revelan un optimismo que peligra por la inminente crisis internacional, sin embargo incluso el ex – candidato presidencial PPK ha aceptado que el actual gobierno está manejando la economía responsablemente a pesar del anuncio de cambiar el modelo peruano a una economía “nacional” de mercado.

Conclusión:

Tanto Chile como Perú pertenecen a América del Sur, una de las regiones más olvidadas y con mayores desigualdades en el orbe, la guerra que libraron estos países en el siglo XIX generó un resentimiento que respiramos hasta la actualidad y que no ha permitido una integración económica a pesar de compartir fronteras y la misma lengua. Sin embargo vemos importantes inversiones chilenas en nuestro país y de parte del Perú, aunque menos difundidas, también en territorio chileno.

Solo la integración económica y la equitativa redistribución de la riqueza podrán acercar a estos dos pueblos, la globalización hace lo suyo pero las personas deben mirar hacia el mismo horizonte, el de la integración, no solo económica y financiera, sino cultural y social, los gobiernos y en especial los diplomáticos deben hablar no solo del diferendo marítimo, sino de las formas en que ambos deben mirar al futuro en vista de que una crisis podría llegar y asolar, al igual que en los combates navales y las batallas terrestres de la nefasta guerra, a ambos países, cuyas economías a pesar de todo siguen siendo dependientes de los vaivenes del mercado internacional.



[1] MC EVOY, Carmen. Guerreros civilizadores. Política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico. Lima, Centro de Estudios Bicentenario, 2011, Pág. 13.
[2] GUEVARA, Rubén. ¿El Perú avanza en competitividad?. En Poder Setiembre 2011, Lima, Pág. 59.
[3] NAVIA, Patricio. Fortalezas y debilidades del modelo chileno. En Poder Setiembre 2011, Lima, Págs. 65 – 67.
[4] GUEVARA, Rubén. ¿El Perú avanza en competitividad?. En Poder Setiembre 2011, Lima, Pág. 59.
[5] ROHTGIESSER, Hans. ¿El talón de Aquiles del modelo peruano?. En Perú Económico Volumen XXXIV, N° 1 Enero 2011, Lima, Págs. 9 – 15.
[6] CORVERA, Luis. Motor interno. En Poder Setiembre 2011, Lima, Pág. 39.

Fecha Publicación: 2012-09-12T01:21:00.001-05:00
Muchas cosas unen a los peruanos de a pie, es decir, al ciudadano promedio del país, y aunque nos duela reconocer lanzo algunos ejemplos que seguro a mis compañeros científicos sociales les arde la sangre cada vez que se mencionan (como a mí), la comida de Mistura y Gastón, el pisco abanderado del antichilenismo, Machupichu y Yale, y ahora Guerrero y la selección. Y a pesar de lo que digan, estimados colegas, así es en el imaginario colectivo, y lo aclaro, en el imaginario de las masas que integran aquellas creaciones del hombre llamados países y no en el de las mentes que tuvieron el privilegio de leer a los teóricos como Vovelle, debemos reconocer, aunque sea a oscuras y en absoluta soledad, que nos sentimos orgullosos de los chicharrones de Grimanesa, del licor de Ica en detrimento del de Chile, de nuestra maravilla incaica del mundo y del desprendimiento físico de Paolo entrando a la cancha en los últimos cinco minutos.

Sin embargo, todos los motivos de unión antes mencionados no pasan de ser elaboradas piezas de un gran elefante blanco, todos ellos son producto de la publicidad, de la exaltada Marca Perú, de los genios del Marketing que transformaron a nuestro país en un confeccionado producto, cual castillo de naipes que se camufla, bajo el disfraz quimérico de Italia Loreto, en lo que nos debe unir, en lo que nos debe hacer más peruanos. Pero qué pasa cuando dejamos de ser multitud, o una muchedumbre gritando a los cuatro vientos un gol de Perú, qué pasa cuando demostramos cómo somos a nivel individual, simplemente lo que vimos el día de hoy en diversos noticieros, nos volvemos, sin pena ni gloria, en intolerantes organismos vivientes.

Hoy me levanté, aburguesado por mi nuevo trabajo, acicalado por la comodidad de trabajar con vista al mar de Miraflores, adormecido por los billetes en mi bolsillo, alejado de las bibliotecas y de mi histórica pasión, celebrando mi triunfo personal sobre el fracaso, siendo partícipe del denominado “progreso”, y lo primero que veo en la televisión es a jóvenes de una evidente privilegiada posición social vociferando frases como “chola de mierda”, terminé de ver el nefasto reportaje, y vi mi elegante traje, mi billetera llena, mis zapatos nuevos, recordé a los gringos que comparten mi oficina, al personal de limpieza cabizbajo, y me vi al espejo, y me di cuenta de que seguía siendo cholo, un cholo burgués, un cholo educado, pero finalmente un cholo, me indigné, ¿acaso por ser cholo debo ser una mierda?, puedo ser una mierda, pero no por ser cholo, conozco muchas personas que lo son sin serlo, y muchas que sin serlo lo son.

Ha quedado demostrado que las exportaciones, el turismo, el boom de nuestra economía, y todo aquello con lo que se nos bombardea son solo una prueba más de nuestra utopía, de nuestro clásico proceder material por encima de cualquier cosa, pregunto, ¿de qué nos vale hacer crecer nuestras cuentas bancarias si no toleramos a nuestros compatriotas de distinto color?, ¿de qué nos sirve comprarnos ropa cara si por dentro somos miserables?, ¿de qué nos sirve rellenarnos los bolsillos si tenemos vacías las cabezas?, ¿de qué vale gritar los goles de Farfán si cuando los falle le diremos negro bruto? Seré un disco rayado una vez más y la palabra educación será mi repetitivo coro.

¿Por qué no basamos nuestra identidad en nuestras danzas, en nuestras lenguas, en nuestra historia?, ¿por qué estereotipamos a las personas por su raza?, ¿por qué el afroperuano debe ser “ratero”?, ¿por qué el andino debe ser “ignorante”?, ¿por qué el gringo debe ser “mejor”?, ¿por qué el blanco, antípoda del negro, alude a la armonía, y éste al caos?

Salí de mi casa con rumbo al trabajo, el edificio se veía igual que siempre, ya en el ascensor, un gringo me dijo “hola” en su castellano masticado, en el siguiente piso subió un hombre de marcados rasgos andinos y saludó a ambos con reverencia, al gringo le dijo “buenos días señor”, a mí me dijo “buenas”, yo sonreí, el gringo se bajó en la embajada del piso quince, yo en el estudio de abogados del veinte, el hombre de los marcados rasgos andinos esperó a que ambos bajáramos para ponerse a limpiar, más tarde el gringo en la “Tiendecita Blanca”, yo en Saga y el hombre de los marcados rasgos andinos seguía trabajando, porque él trabaja doce horas incluidos los sábados, algo que ni el gringo ni yo debemos soportar, tenemos suerte pues, no nacimos en los Andes, por suerte él vio la primera luz en algún país anglosajón y yo en la costa chalaca.

Así es la vida pues, seguimos siendo racistas y por lo visto muchos no quieren que esto cambie, porque de haberse hecho algo al respecto, ese hombre de marcados rasgos andinos hubiera podido acceder a una buena educación y trabajando de limpieza no bajaría la mirada como lo hizo cuando sacó su trapo y mirándose en el espejo del ascensor renegar por las oportunidades que no le dieron simplemente por no ser de otro color.

Educación señores, educación, ese es el estribillo que debemos aprender antes que las no sé cuantas estrofas de nuestro laureado himno nacional. Solo la educación acabará con la marginación, con la exclusión y con el terrible racismo que todavía arrastramos, así meta gol el “negrito” Farfán o el “colorado” Pizarro, igual da, todos somos peruanos, nos guste o no. Y así como en los libros escolares nos han enseñado a odiar a nuestros vecinos del sur (en mi caso perdieron el tiempo), enseñen a nuestros niños a tolerar, sean del Markham College de Benavides o del Glorioso de Puno, todos llevan un sello indeleble, nacieron en el Perú y eso no se les borrará jamás.

Fecha Publicación: 2012-09-04T02:00:00.004-05:00

Agosto 2011, una pantalla alumbraba la oscurecida habitación, una conversación era la razón del ruido de las teclas, una sonriente fotografía lo observaba desde un recóndito lugar, al otro lado de la pantalla led de su compartida computadora. Su nombre se le olvidó solo por respeto, su difícil mirada de pájaro aprendiz de volador, la principal causa de su estrepitosa caída, su largo cabello negro, su principal motivación. Un cambio en su estado laboral fue su perfecta excusa:

-          Suerte en tu nuevo trabajo – fueron sus primeras palabras.
-          Gracias – ella, inocentemente respondió.

Así comenzó todo, su maquiavélico plan había experimentado el estreno, el presagio del final nadie lo intuyó, ni siquiera él. Ocho de la noche, una calle de La Perla era el punto de reunión, ella lo vio y se avergonzó, él, lentamente se acercó.

-          Hola, un gusto conocerte – le dijo.
-          Así que tú eres el inquisidor – respondió.

Un bello sillón soportaba su peso, él, un poco panzón, pretendía esconder su exceso de comida y abultada camisa, ella se cubría el cuello con un chal, de esos que tejen las abuelas del pasado y que hoy pocas nietas usan con orgullo.

-          A mí también me encanta la Antropología – mintió.
-          ¿Qué sí?, no puedo negar que a mí también me fascina la Historia – dijo ella, sintiendo que iba demasiado rápido.

Días después, ella radiaba de alegría, él, entusiasta, se imaginaba muchos futuros.

-          Tengo que conquistarla – pensó.

Un domingo en el Mall, el sábado en la Minka, horas de telefónica conversación.

-          Te extraño, tengo la necesidad de verte – él se adelantó.
-          ¡Qué curioso!, yo también lo deseo – fatalmente, ella aceptó.

Sus padres habían viajado al norte del país, ella quedó de vigilante hogareña, su hermana llegaría tarde, la oportunidad siempre llega, siempre.

-          Te cocino, habla, qué dices – se apresuró en decir.
-          Ya pues, pero si está feo te lo comes tú solo.
-          Verás que tengo buena sazón, pero si necesito ayuda, te la voy a pedir – sentenció.

Un buen fin de semana, el carrito del supermercado rebozaba de vegetales, condimentos, y pollo en filete, él lo empujaba, ella, compraba los helados para el camino. Llegaron a su casa. Los cuchillos, la sartén, el limón para la limonada, todo estaba impecable. Empezó el ritual. El plan estaba saliendo como una comida gourmet de exquisito, en su punto ideal, él le hacía creer que no sabía nada, que se olvidó la receta, fingió, le dio a entender que necesitaba que ella se parase a su lado para una culinaria asesoría.

-          Me dijiste que sabías cocinar – dijo ella con cuchillo en mano.
-          Sí, pero prefiero que estés aquí, a mi lado, así el almuerzo saldrá mejor, te necesito para seguir, no voy a poder solo, quiero que disfrutes la comida tanto como yo.

Uno al lado del otro pelaron las papas, cortaron la decolorada col, calentaron el aceite. Ya doradas, él las retiró.

-          ¡Me quemo! – gritó.

Una mano blanca de inmediato lo auxilió, él la cogió y el silencio de la cocina se apoderó. Caviló en abrazarla y proporcionarle un beso, pero no.

-          Mejor le doy un poco de suspenso -  decidió.

La mesa adornada por ella los esperaba, y aunque fea, la comida agradaba. Terminaron y regresaron al sillón, el testigo de su primera conversación, faz a faz, face to face (gracias Face…)

-          ¿Te puedo dar un beso? – la sorprendió.
-          No lo sé, no creo que esté bien.

Él la besó sin su permiso, ella, le correspondió.

La vieja táctica del “cocinero inexperto” funcionó. Durante varios meses, él la frecuentó, y solo malos sabores de boca, él le dejó.

-          Fuiste lo peor que le pasó a mi vida, inquisidor – se despidió.
-          Fuiste demasiado buena para este malhechor, me retiro por tu bien, deseo que encuentres alguien a tu altura, que no sea un aprovechador.

Setiembre 2012, una pantalla alumbra la oscurecida sala, una y treinta de la madrugada, no hay conversación, una fotografía de luto lo observa desde el otro lado, no hay sonrisa en su rostro, solo una mortificante paz silente. De vez en cuando escucha su voz, la misma de aquel día en La Perla, cuando la conoció, uno de los mejores de su año, pero el peor de la mujer con ojos de ave aprendiz de volador, del cabello negro arreglado, del chal de la abuela tejido, de la mirada triste, que él nunca mereció.

-          Ten una buena vida, por favor, y olvida los malos ratos, espero algún día encontrar, finalmente, tu perdón, “ese” inquisidor, por fin murió – le dijo por última vez, mentira o no, esta historia, ya terminó.
Etiquetas: [Ecce Homo]  
Fecha Publicación: 2012-08-24T22:16:00.003-05:00

En el año 33 de nuestra era, un bíblico Poncio Pilato presentó a un maltrecho hombre ante una hostil multitud, su nombre, Jesús de Nazareth, autoproclamado Hijo de Dios y Rey de los Judios. ¡Ecce Homo!, gritó, sometiendo su destino a la voluntad popular, que, salvando a Barrabás, lo llevó a morir en una cruz. El resto es historia conocida.

Lo que pocos conocen es la trascendencia de la frase que vociferó aquel que se lavó las manos. Ecce homo pasó a la historia como una trágica expresión latina que inspiró a artistas de todo el mundo a retratar ese instante en el que Jesús fue exhibido, después de sufrir torturas de parte de los romanos, frente a los judíos, “he aquí el hombre” significa, este es, ¡este!, el que quiere tomar el lugar del César, miren cómo terminó, una advertencia.

Desde ese momento, pintores y escultores han aparecido queriendo captar la imagen del Mesías cristiano horas antes de morir, precisamente con ese nombre, Ecce homo, mostrándolo magullado previo a la Pasión, para emerger frente al gentío que finalmente cumpliría su providencialista misión, crucificarlo para la salvación de todos los pecados de la humanidad.

Una de esas obras artísticas fue la que pintó Elías García Martínez en el Santuario de Misericordia en el desconocido, hasta hoy, pueblo de Borja en Zaragoza, España. Pregunto, ¿alguien sabía de la trascendencia artística de esta imagen pintada en un muro?, ¿alguien oyó alguna vez hablar sobre ella?, es más, y con todo el respeto que se merecen las poblaciones pequeñas, ¿alguien conocía Borja si no es por el apellido de una profesora sanmarquina?, pues disculpen mi ignorancia, pero yo no.

La encargada de hacer conocida esta obra del arte católico fue una mujer octogenaria, restauradora ella, “he aquí la mujer”, Cecilia Giménez, la culpable y posiblemente futura enjuiciada por “atentar” contra tan preciado patrimonio cultural y religioso. Ella, de buena fe y gratuitamente, “restauró” la deteriorada imagen hasta convertirla en una verdadera pintura surrealista, con el permiso del sacerdote local, argumenta, pero nadie le cree.

Ella ahora cargará una pesada cruz que espero soporte por su salud, porque hasta sufrió un colapso nervioso debido al revuelo ocasionado por su artística labor. Vuelvo a preguntar, ¿acaso no estará contento el sacerdote local porque el templo que administra recibirá más visitas, y por ende más limosnas o “donaciones”?, ¿acaso las autoridades locales y la gente del pueblo no aumentarán sus ingresos debido al turismo?, porque las últimas noticias nos lo dicen, “miles ya planean un viaje para retratarse junto al Ecce Homo con cara de mono que dio la vuelta al globo”.

Y es que el arte es así, ¿qué sería del retrato de Van Gogh si él mismo no se hubiese cercenado la oreja?, ¿qué sería del retrato de la Última Cena si no se ciñesen tantas historias de misterio en torno a él?, ¿acaso no saben que el cuadro más famoso de la historia del arte, la Gioconda o Mona Lisa, al ser sometido a exámenes científicos delata varias capas, una más imperfecta que la anterior, o que las esculturas de desnudos de inmortales renacentistas que adornan el Vaticano carecen de pene por ordenes papales, es decir, sufrieron una castración que aunque lítica, dolorosa por exhibir las “vergüenzas” humanas?

Cada obra tiene su historia y su propio valor. Lo que ha logrado la Sra. Giménez es darle valor mediático, y por qué no artístico a la desconocida imagen, acción inconsciente que quedará impresa en los futuros libros de historia del arte como un blooper del pincel y como un escándalo global por ver el nacimiento de una obra de arte, en un mundo en el que cada vez son más difíciles de encontrar, y que para colmo de males se difunde por el Facebook, gratis, y no en las exclusivas galerías donde se exhiben solo a pintores que venden y que poco crean.

No hemos cambiado nada, los villanos del hoy, serán los héroes del mañana, se los aseguro.


Nota aparte: En el arte hay innumerables obras inspiradas en pasajes bíblicos, se me viene a la mente el trágico relato de Salomé (hijastra de Herodes) y de Juan el Bautista, pero escribiré de ello en otra ocasión, no quiero que pidan mi cabeza en bandeja de plata.
Etiquetas: [Alexis Humala]  [Ollanta Humala]  
Fecha Publicación: 2012-08-20T22:43:00.001-05:00

El presidente Ollanta Humala carga una pesada cruz, su nombre es Alexis, su apellido es Humala, es su hermano, el mismo que protagonizó el errático viaje a Rusia, junto a un congresista que ahora dirige la Comisión de Presupuesto en nuestro ilustre y magnánimo Congreso de la República, donde unos votan por otros y roban TV por cable a discreción.

Hay quienes tenemos mala memoria, pero hay escenas memorables, de esas que nunca se olvidan aunque pasen años, ejemplos, el 13 en la nalga de Susy, el “disolver” del chino, el “que Dios nos ayude” de Hurtado Miller, “Beto” Kouri en el SIN, y, más reciente, la imagen de Alexis sentado en una mesa de negociaciones rusa. Para el recuerdo.

Krasny del Perú es una empresa en la que el hermano del Presidente peruano es accionista, una cuarta parte le pertenece, venden medicamentos al Estado, a varias carteras, seguro se habrán terminado las pastillas para el dolor de cabeza, dada la evidente jaqueca que tendrán por varios meses. Medio millón de soles en el último año, que gran faenón, está bueno el botín, la billetera está gruesa.

No envidiamos su éxito empresarial, denunciamos su mal proceder, hay una ley que se debe respetar en las licitaciones, es la Ley de Contrataciones del Estado, que reza, cual dogma incuestionable, que los parientes por consanguinidad hasta el cuarto grado de los funcionarios públicos no pueden participar de estos procesos, ni tampoco por afinidad, hasta el segundo, entonces, ¿qué pasó aquí?

Por ende llamemos a las cosas por su nombre, ayuda por favor señores letrados o lingüistas, ¿acaso corrupción?, quizá, que se investigue, qué extraño que una camioneta del Estado haya estado parada frente a la empresa, qué raro que sus ocupantes no hayan sabido qué decir ante las preguntas, su silencio es sospechoso, su presencia cuestionable.

Pero en fin, es una “humalada” de Alexis, que lo aconseje Ulises, quizá sea como el homérico héroe, un poco más sabio que su hermano. Bien dicen los gringos de Ollanta, su propia familia son sus peores enemigos políticos, que lo confirmen Antauro y Don Isaac, los más radicales del clan.

Hay que intentar sanear la política, pero con personajes como estos estamos lejos del objetivo. No podemos decir nada más, la justicia se debe hacer cargo caiga quien caiga, eso también es democracia.
Etiquetas: [Memorias del Inquisidor]  
Fecha Publicación: 2012-08-19T22:19:00.000-05:00

Anónimo sábado, año inconcluso, la ducha amenizada con Camilo y Perales quemaba su piel, el agua caliente empañaba el espejo y hacía emanar vapor de sus hombros, su voz, horrible, cantaba en el baño, su madre reía, “hijo, mejor cállate, cantas bien feo”. Él pensó “debe ser la canción”, cambió de emisora encontrando Felicidad, “Ese hombre” fue la nueva melodía en las voces de Pimpinela y Django, la letra le es familiar, con esa alguna vez lloró, producto de una olvidada felonía.

Sus amigos del barrio Imperio ya estaban conviviendo con mujeres, o peor aún, ya se habían casado, él aún no, he aquí la causa de sus largos ratos de ocio, de sus prolongadas jornadas de reflexión, de su abundante tiempo libre para escribir, y de su destierro. Sin embargo una mujer más se le había cruzado de improviso, de manera tan veloz que en el momento menos pensado ya la había invitado a salir, “me enamoro de vez en cuando, no puedes culparme por eso, vámonos a Pueblo Libre”. Un sí le contestó al otro lado del teléfono.

Ella, después de despachar a uno de sus más fieles pretendientes, se encontró con él cerca de la línea del tren. “¿A dónde vamos?”, preguntó, “a un bar pisquero, el Magdalena Vieja, cerca del Queirolo”, “no lo conozco, pero suena interesante”, “lo es”. Abordaron un taxi, el conductor dijo “diez soles hasta allá”, Naldo pensó “qué barato, se hizo una este viejo”. “Vamos tío, Zelda, sube por favor”.

Emprendieron la huida de las miradas fisgonas, de los familiares celosos, de los candidatos a enamorados y de las calles chalacas para conocerse mejor, y por primera vez a solas, bajo la sombra de un techo alto, esquinado, lejos de sus casas, con mesas que resguardaban parejas cariñosas y ebrias en jardines y salones. Una mujer pequeña les alcanzó la carta, “una res por favor”, le dijo Naldo sin leerla. Luego Zelda, “se nota que ya has venido por aquí”, “tengo un par de amigos que siempre visitan estos barcitos, Gonzalo y Alex, con ellos siempre voy a la Quinta Bolívar, que está a media cuadra, pero preferí decirte que me acompañaras a este sitio porque no sé, creo que es más íntimo y se puede conversar tranquilo”, “¿Magdalena Vieja, no?, me gusta”, agregó ella.

El traicionero pisco ya había movido sus sillas del lugar inicial, a las dos de la madrugada estas se hallaban más juntas y ellos más impacientes. Hablaban de sus pasados, “creí que el único sufrido era yo”, pensaba él, “al parecer hay más dolor por allí del que se aparenta” meditaba ella. Naldo deslizaba su vista por el rostro moreno de Zelda, ella, al darse cuenta de esa incitadora señal miraba al suelo para impedir el pecadillo, para prolongar la agonía, coitus prolongatus se dice en latín, pero para otras situaciones, “¿por qué no me besas huevón, o estás esperando que yo lo haga?”, pensaba.

De improviso, la cabeza de Zelda se apoyó en el hombro derecho de Naldo iniciando la entelequia que duraría meses, él volteó y mirando a sus ojos la besó tiernamente, había aprobado el examen de ingreso hacia la puerta de su interés, escoltado por la sinceridad que emanaba de su boca y de un poco de licor, que siempre elimina la vergüenza.

Era tarde y ella debía regresar a casa. Naldo observó que la botella de pisco estaba a la mitad, “mejor me la llevo”, se dijo. Ya en el taxi de regreso las cosas cambiarían, Zelda parecía distante, culpable de haber cometido una traición contra uno de sus recuerdos, él, un poco ebrio abrazaba la botella del trago bandera e intentaba besar a Zelda de rato en rato. Este narrador no puede evitar mencionar a Francis Scott Fitzgerald y a su novela Suave es la noche, relato autobiográfico del representante de la trágica Generación Perdida, no sé por qué.

“No hay un primer beso, hay varios primeros besos, cada historia es diferente, y casi siempre, una es más triste que la otra, espero no sea este el caso”, especulaba Naldo al día siguiente mirando la botella vacía al lado de su ropero. Se recordó bajando de un taxi en un parque, caminando hacia un grupo de amigos drogos después de dejar a Zelda en la puerta de su casa. Muchos abrazos de festejo lo recibieron al verlo llegar, luego, producto de las lagunas de la embriaguez apareció en su cama, con solo memorias a medias y una resaca infernal.

-          Brother, ¿cómo estás, y esa botella? – le habían dicho.
-          Es lo que queda de una buena noche.
-          ¿Dónde has estado?
-          En el Magdalena Vieja, con una amiga.
-          Ah ya, en Pueblo Libre, ¿y por qué esa cara de baboso?, seguro no ganaste.
-          Es de felicidad brother, no seas pendejo, y ni me pidan mi pisco porque me lo voy a terminar solo.
-          Normal Naldo, pero quédate, no te achores, estamos lanzando algunos tronchitos.
-          Lancen nomás, despeguen, no se palteen, pero tiren el humo por otro lado, hoy tuve mi primer beso, y como comprenderán no quiero salir de este mundo, por el contrario, quiero permanecer en él.

Ratos después uno de los drogos con marihuana en mano, viendo alejarse a Naldo con la botella casi vacía camino a su hogar, dijo en voz alta expulsando el demencial alucinógeno de sus pulmones: “Ese Naldo es la muerte, se ilusiona muy rápido el huevón, ojalá no lo destruyan y que él no destruya a nadie” –. Y pasándole la droga a otro, este agregó – “Necesitamos que haya gente así, sino de qué estaríamos hablando en este momento”. – “Sí pues”.

El beso en el Magdalena Vieja fue un capítulo más, pero no fue el definitivo, por ello Naldo nunca pudo escribir un epílogo, más aún cuando se trató de una historia que nunca comenzó y por ende no tuvo por qué terminar. Mientras, la botella continúa en su cuarto, vacía, a la espera de ser desechada, y que el espacio ocupado por ella sea llenado por otra, eso sucederá, pero no por ahora, no aún.
Etiquetas: [crónicas nocturnas]  
Fecha Publicación: 2012-08-14T03:32:00.001-05:00

Diego: Aló Kja, ¿qué planes?
Kja: Ninguno Dieguito.
Diego: Ven a mi departamento, vendrán un par de amigas y necesito un soltero.
Kja: No lo sé brother, acabo de venir de La Molina, de un cementerio pituco y demasiado lejos incluso para un muerto, estoy cansadísimo.
Diego: No seas flojo hombre, no te vas a arrepentir, te lo aseguro.

Sábado ocho de la noche, Kja había esperado un mensaje femenino que nunca llegaría, el frío de agosto le obligaba a llevar abrigo, una clásica casaca de cuero negra, una de las cuatro que rellenan su ropero y que la gente confunde con una sola. Salió de su casa con rumbo a la tienda, dos cajetillas de Hamilton y una barra de Halls eran la causa, la bodeguera le preguntó dónde iba tan “oloreado”, tan “acaballerado” y tan apretado, él no respondió, “présteme su encendedor”, le dijo, y recordó el Zippo del Jockey por el que había preguntado, “500 soles, es una barbaridad”.

Caminó hacia la avenida Faucett, justo en el límite de San Miguel y Bellavista y recibió una llamada, era uno de sus “patas”, un mujeriego, putero y cara dura que gusta de los largos viajes y damas “centro limeñas”, de esas que acuden al “Aires Peruanos”. Le preguntó dónde iba, Kja le respondió y aquel desistió de acompañarlo, “prefiero irme a Huacho, allí conozco una jerma que se caga por mí, habla ¿vas?”, “no jodas”, sentenció Kja y colgando el celular abordó un taxi.

Por lo general Lavoe, con su calle tristeza, esquina agonía, lo acompañaba mentalmente, esta vez una melodía de William Luna sonaba tras los parlantes del viejo automóvil, “no me mientas, yo te vi ayer, en los brazos de un nuevo querer”, tarareaba, “si yo sabía que tu amor no era verdad”, recordaba mirando hacia la avenida Venezuela, con dirección al Callao, con los ojos puestos en la luna opaca por la falta de limpieza de aquel descuidado pero buen oidor taxista chalaco.

La Javier Prado lucía vacía, “es sábado en la noche pues, qué huevón, a esta hora nadie trabaja”, dijo mirando al KFC de Las Flores. “Apúrese señor, usted va muy lento, mi brother me está esperando”, “no se desespere joven, dudo que las muchachas se vayan tan temprano”, dijo el conductor en tono cadencioso pero nada amigable. La calle Federico Villarreal contenía la dirección buscada, Kja tocó un timbre, Diego, al otro lado del auricular, le abrió la puerta automática, “sube Kjita, mis amigas están por llegar”.

Whisky Swing, ron Bacardi, pisco y vino Queirolo, vodka Absolut, cerveza Pilsen, queso parmesano y dos controles remotos llenaban la mesa de la sala, un televisor proyectaba el unplugged de Líbido, después del extraordinario concierto flamenco de Bebo y Cigala, para ceder el paso, posteriormente, al de Alejandro Sanz, con su aprendiz o con su Madrid está lloviendo, en donde todo pasa lentamente y donde todo sigue como siempre. “Faltó comprar hielo, me hubieras avisado pues Fundichely”, dijo Kja aludiendo al parecido de Diego con el actor que tuvo el privilegio de besar a Angie, la Cepeda, en una vieja novela peruana.

Las muchachas al fin llegaron, Diego y Kja habían estado cantando románticas canciones de la “radio sufrimiento”, extensión novedosa del emblemático “USB de la desdicha” de su loco amigo Lechuga, pero más moderno, Gianmarco, Alejandro Fernández, Luis Miguel “El Sol de México” y un desconocido cantante, amigo de la familia de Diego, en Youtube y al lado del mítico Augusto Ferrando frente a miles, “no siguió su sueño, no tuvo coraje”, pensó Kja, “pudo haber sido un grande de los criollos, pero no se tuvo la suficiente fe, una lástima, un desperdicio de dones”.

El acogedor departamento con luz violeta para la ocasión, buena música “lenteja”, y compañía femenina completaban un marco ideal para estos amigos de la infancia, “¿de dónde las conoces?”, “de un tono, un amigo me las presentó”, respondió Diego, “parecen bailarinas”, “sí, les gusta frecuentar discotecas”, punto en contra, a Kja no le gustaban las discotecas ni las chicas bailarinas porque lo dejaban en ridículo en la pista, prefería las mujeres discretas, de esas que parecieran esconder algo y que se dejaran llevar por él.

La combinación licorera alimentaba los diálogos, Diego, un arquitecto ilustrado, hablaba de Nietzsche y de su vigente filosofía, y Kja, historiador infrecuente, disertaba sobre arquitectura colonial y de su más reciente investigación, el art decó. Las chicas, pasmadas por no entender nada, solo atinaban a sorprenderse, y cada una eligió a su presa ante la apetencia producto de los instantes conversados y de las poses intelectuales inconscientes de las manos en las barbillas. Las miradas se cruzaban, indecisas en el flirteo de la conveniencia, “este tiene depa”, “este es florerazo”, “este se ve muy serio”, “este se ve misión imposible”, “este, definitivamente me haría cachuda”. Tácita decisión, la más alegre se sentó junto a Diego, la del aspecto más oscuro, a Kja.

“Es hora de divertirnos muchachos, vamos a tonear”, las chicas gritaron ante la frase libertadora de Diego, “puta madre, no quiero ir a bailar”, pensaba Kja mientras se ponía su casaca y se terminaba su vaso de Bacardi, “¿y si mejor nos quedamos?”, “no seas aburrido Kja, recién son las doce, la noche es muy larga aún”, dijo una de ellas, lo convencieron.

El bullicio de la calle Risso era insoportable, gente alegre por todos lados deseosa de placeres sabatinos, madrugadores, sudorosos, sexuales. Se metieron a una discoteca cuyo nombre se perdió en el basural de la memoria por su irrelevancia, el reggaetón, la cumbia, la salsa, “Qué linda flor”, “Culiquitaca”, “Ansias” de Ledesma, todo era tan repetitivo, tan idéntico a nada, tan insignificante, “qué chucha le ven a este siseo, deberían decirlo de frente, vamos a “tirar” amigo (o amiga) y dejar de moverse como patos, como monos o como perritos hasta el suelo”. Sin embargo y a pesar de que siempre piensa negativamente del baile, a los quince minutos Kja danzaba como un poseído y Diego a su lado besaba a la joven alegre. Kja evitaba la mirada de su pareja, con miedo de observarla tan de cerca que pudiese confundirla con otra al perderse la faz de la individualidad en la oscuridad de las luces sicodélicas.

La noche anunciaba las dos antes meridiano, las chicas extasiadas ya bailaban solas, Kja miró a Diego como diciendo “vámonos brother, esto no es para mí, estoy viejo para estas idiotas y evidentes seducciones”, y al parecer su amigo lo entendió. Unos minutos después se oía “adiós Kjita, me avisas cuando llegues a tu casa”, decía Diego abrazado de las dos ebrias señoritas, “nos vemos otro día Kjita”, le repetía mientras este se apretaba contra la ventana de la combi pirata estacionada en la avenida Arequipa, observando a Diego alejarse rumbo a su departamento con las dos mujeres, les iba a prestar su cuarto para que duerman le dijo.

Por un momento víctima de la tentación, pensó en bajarse del vehículo, “un depa a mi disposición, flacas, trago, pocas veces estoy en esta situación”, pero en lugar de ello cogió su celular, y como no encontró el mensaje que debió llegar hacía horas, leyó los anteriores, los que había recibido esa misma tarde, cerca de Jockey Plaza, “niño impuntual, ahora te tocará esperarme a mí”, y luego su respuesta, “te estoy esperando desde hace tiempo, lo sabes”.

Su cama, a las tres, lo estaba esperando vacía. Kja, el fantasma de la calle Imperio, apareció en su casa deambulando como siempre sin asustar a nadie, se ha vuelto tan silencioso que hasta la soledad le huye debido a sus abismos, siempre rodeado de gente, pero con nadie a su alrededor, como en aquella discoteca de Risso, en la que priman la frivolidad de los cuerpos bellos y la hipocresía facial de todos los que pretenden esconderse de sí mismos, barajando la congoja con movimientos sensuales que atraen, pero que finalmente terminan por resultar peligrosos y que los alejan del verdadero objetivo de la vida humana, que es la búsqueda de la felicidad prolongada y no fugaz, tan fácil de conseguir para algunos, pero tan difícil de hallar para otros que aterra.

Al parecer fue un buen sábado, pero el mensaje aún no llega.