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Etiquetas: [anécdota]  [olores]  
Fecha Publicación: 2014-10-22T13:33:00.000-05:00
Algunos ya saben que el olfato es uno de los sentidos que me más placer me provee. Un aroma puede ser la puerta perfecta de ingreso a mis mejores deleites. Un buen olor, no necesariamente un perfume, puede causarme las mejores de las erecciones. Mi nariz y su sensibilidad es el anexo de mi pene, ostenta la vicepresidencia de mi eroticidad, es mi órgano sexual visible.

Pero también, literalmente, me hace llorar. Es que cuando huelo algo extremadamente desagradable, me salen lágrimas de asco.

Siempre fui nauseoso. Ir al mercado los sábados cuando era niño y cruzar la zona de pescados y mariscos de la mano de mi madre, hacía que tuviera que cerrar los ojos, respirar hondo para no tener que vomitar. El olor me producía arqueadas, salivaba, lloraba y emitía un sonido con la boca que parecía ser el preámbulo para arrojar el estómago completito.

Recuerdo aquella vez que como copiloto del hermano de mi amigo, iba yo sentado apenas a un metro de distancia. Se trataba de un muchacho regordete, de piernas cortas y con un cuello tan grueso como el de un paquidermo. Estábamos en pleno verano. Serían las tres de la tarde y el susodicho transpiraba como si estuviera en algún recodo de la sabana tanzana. Conducía por la ciudad y no había ningún lago cerca donde él pudiera sumergirse y aplacar ese olor fétido. Yo empecé con mi cuadro de desfallecimiento, a punto de suplicarle que se estacionara discretamente cerca de algún árbol donde pudiera vomitar. Desde aquella vez, nunca más, pude estar cerca de un hombre obeso y sudoroso.



Ayer por la tarde, camino a Vivanda, me encontré en el camino con mi cartero. Detuvo su bicicleta. Se me acercó cortésmente y en cuestión de segundos, una ola vaporosa y violenta atacó fieramente mi nariz. Me extendió la mano y las lágrimas ya habían empezado a recorrerme las mejillas y me era imposible pronunciar palabra alguna. Solo pude balbucear porque todas mis fuerzas estaban convocadas para contener las nauseas. El buen hombre expelía un olor a desmonte, a flores podridas, a espectro maligno. Sonreí, solo sonreí y acerté a mover la mano en señal de una despedida honrosa y educada.

Si Dios me manda al infierno, ya sabe cómo y con quién me pone en la misma celda.

    
Etiquetas: [anotaciones]  [familia]  [sociedad]  [vicho]  
Fecha Publicación: 2014-10-20T13:18:00.001-05:00

El lado paterno de mi familia suele convocar entusiastamente  a todos los miembros para celebrar ocasionalmente. Hay cumpleaños, misas de difuntos y matrimonios y demás.

¿Cómo decirles que a mi no me interesan sus vidas? ¿Cómo decirles que lo que ellos celebran, para mí no es motivo de celebración?

Ayer, la hermana de mi padre cumplía 90 años. Y la verdad es que me importó un carajo asistir.

La sangre o el apellido son atributos que ya han perdido vigencia. Son condiciones que a mí, ya no me condicionan. Una tía es menos que una vecina. Un primo es poco menos que un transeúnte de una avenida contigua a la de mi casa.

Algo sucedió en mí que me distanció de todos ellos. Siempre me gustó, y ahora más que nunca,  tomar control de mis afectos y rodearme solamente de ellos. Hoy, detesto lo impreciso de un parentesco. Con pequeños actos y actitudes he seccionado todo vínculo. Me he convertido en un apátrida de la historia familiar, un expatriado de mis raíces. Me he divorciado de toda mi genealogía. Perdonen, pero, a la mierda mis ancestros.




Es por eso que cuando veo esos reencuentros eternizados en fotografías y esas sonrisas y esos ritos, se me escarapela la piel y vuelvo gloriosamente a mi socavón personal. No hay más clanes artificiales en mi vida. Ya no cazo en manada. Conscientemente, de un homo-sapiens, me he convertido literalmente, en un homo-antisocialis
Etiquetas: [amor]  [amor de pareja]  [amor humano]  [reflexión]  [relaciones]  [relaciones humanas]  
Fecha Publicación: 2014-10-18T13:32:00.000-05:00


Por más que pasa el tiempo, en realidad aún no hemos aprendido de qué va el amor.

Estamos enredados en mil concepciones de él, en nuestras experiencias personales y en nuestras limitadas teorías. Cuando alguien te dice -te amo- habría que preguntarle qué es lo que concretamente entiende y quiere decir con esa afirmación. Mejor dicho, habría que preguntarle qué es lo que podría hacer o dejar de hacer, gracias al amor que le tiene a quien dice amar.

Esa creencia romántica de que se trata de un espasmo en el corazón o un vuelo colectivo de mariposas en el estómago son lo que más problemas han traído a nuestras relaciones amorosas. Las han convertido en baratas, problemáticas, erráticas e insuficientes. Reducir el amor a un sentimiento, es como decir que una playa del caribe es el océano entero. Creer que es un trueque emocional es como creer que el mundo es una juguetería a la que vamos con nuestra tarjeta de crédito a comprar osos de peluche.  




Mis años de vida y observación, me han demostrado que el amor, ese puro y medular, no tiene que ver mucho con los lazos afectivos y sensibleros. El amor que latentemente reclama nuestra existencia más básica, del que provenimos evolutivamente y al que de manera vehemente queremos regresar es un impulso que solo puede desembocar y consumarse en actos concretos y visibles.


No me importa mucho el amor, me importan los actos de amor. 
Etiquetas: [musito]  
Fecha Publicación: 2014-10-15T12:32:00.001-05:00
Mi Musito es -no lo digo yo, unánimemente lo dicen mis amigos- muy guapo. Y hay noches, mientras se pone a ver esos sus programas futurísticos que tanto me aburren, en que yo lo observo de reojo y me pregunto dónde exactamente reside su belleza tan explícita, si en su rostro simétrico, en su nariz recta, en su barba tupida y sedosa, en sus ojos color butterscotch, en su dentadura esculpida por Fidías, en su piel…




Nada de eso, el Musito no está hecho para mirarlo. Tampoco para escucharlo, porque él tiene como yo, sus persistentes episodios de silencio. Él está hecho para sentirlo como la brisa marina en un día soleado de playa, como un punto de azúcar en un platillo de la dieta mediterránea, como una vibración de medianoche en una calle desierta.

Con él, no quiero usar más la palabra belleza. Con él, ese concepto cobra un significado y una vida diferente y pierde su carácter abstracto y estético. Me quedo con su presencia certera, acogedora, invisible, detenida, mía.  


Sí, su belleza es mía.  
Etiquetas: [aceptación]  [filosofía]  [sentido de la vida]  [vida]  
Fecha Publicación: 2014-10-13T11:28:00.001-05:00



Hay quienes han tenido la vida más difícil que otros. No es mi percepción. Es un hecho objetivo. Podría muy bien, recoger evidencias para demostrar esta afirmación.





Unos hombres, desde su nacimiento han resbalado como por un tobogán lubricado, directamente a cultivar sus frutos. Otros han tenido que luchar durante toda su existencia contra la gravedad de sí mismos, contra la geografía de sus cumbres y lo desfavorable de sus entornos sociales. ¿Por qué unos simplemente dejan caer sus cuerpos y terminan llegando donde quieren, mientras que otros, tienen que entrenarse cada segundo, alinear sus músculos, alzar sus cervices hacia cumbres por escalar y que difícilmente coronarán?

Unos la tienen más fácil. Unos nacen con estrella, otros, estrellados.

Por más psicología positiva que haya, por más compendios y compendios de literatura motivacional y evangelios y ejércitos de optimistas y trovadores y vendedoras de flores, unos, parece que no han venido a este mundo para vivir, sino, para intentar vivir.


Por más que traten de convencerme de que en toda vida hay gloria y derrota, cal y arena, claroscuros, viernes y domingos, arcoíris y tormenta, cumbre y llanura; mi deducción final es que hay dos especies distintas: los hombres que nacieron para vivir como hombres y los que nacieron para morir como hombres.   
Etiquetas: [comunicación]  [divorcio]  [intransigencia conflicto]  [niñez]  
Fecha Publicación: 2014-09-25T13:26:00.001-05:00

Ella es una mala madre. Ella es una interesada. Ella es una ridícula. Ella es una insoportable. Ella es una egoísta. Ella es una intratable. Ella es una acomplejada. Ella es una loca.


Él es un mal padre. Él es un interesado. Él es un ridículo. Él es un insoportable. Él es una egoísta. Él es un intratable. Él es un acomplejado. Él es un loco.







He sido testigo de la intransigencia. Es decir, ese estado de inamovilidad de posiciones sobre algún tema que proviene de creer que solo yo tengo la razón y que es el otro quien debe cambiar su forma de pensar y su comportamiento. Seguidamente, se dedica a juzgar y calificar a quien no concuerda y no se aviene a esa razón.

No habría problema que la gente sea testaruda, si no hubiera en el medio, personas que sufren las consecuencias de esa resistencia. Como es el caso de los niños con padres divorciados. Es patético. Es penosísimo. Es injusto. Es cruel. Es todo un drama ver cómo todos los perjuicios recaen en aquellos, mientras que los padres no ceden ni un ápice en sus actitudes y punto de vista. Cada una de las dos facciones cree tener la razón absoluta sobre qué es lo que le conviene a los niños, sobre cómo deben ser criados y orientados, con qué valores, con qué normas y con qué recursos. Es entonces que se inicia el fuego cruzado donde las responsabilidades, culpas, compromisos, insultos y reproches impiden llegar a acuerdos, a conciliar, a hallar armonía.

La intransigencia no tiene su origen en una idea que se defiende tenazmente. Es el fiel reflejo de una emoción negativa arraigada contra el otro. No cede, no escucha, no considera al otro, desacredita su posición como mecanismo de violencia. No quiere convencer, quiere herir. Ejerce las cuotas sobrantes de poder que aún mantiene sobre el otro. Su irritación, su rabia, su animadversión, su resentimiento se libera con las ideas que no quiere cambiar ni abandonar. No quiere ganar, quiere que el otro pierda, aunque tengan que perder todos.


La flexibilidad no se exige, se practica. Cuando empiezo a cambiar yo, cambiará el otro. 
Etiquetas: [personaje]  [personajes]  [piel]  [relato]  
Fecha Publicación: 2014-09-24T12:42:00.001-05:00
El problema de la señora Rosales es su piel oscura. Siempre la odió, desde que en el jardín de infancia, la pequeña Helen, le gritó -india-. La señora Rosales podrá amar a sus dos poodles marrones y a sus nietos, podrá amar a su madre anciana, la que posa en esa foto tan bella, al lado del piano;  pero cuando de reojo se compara con otras, como sus vecinas; cuando su piel queda expuesta después de un baño caliente, cuando se la seca envuelta del vapor y la toalla blanca, ella odia a sus antepasados que le dieron esa sangre, ese gen, ese color.

¿Qué tanto puede importar la raza? Para la Señora Rosales, la vida misma. Se ofrendaría gustosamente a algún dios escandinavo por poseer un velo de seda rosado cubriéndole el alma que ha cultivado, sin nubes grises, sin esa tonalidad que parece una sombra eterna, sin esa vellosidad oscura, sin esos contrastes. Sus ángeles son rosados, sus vajillas son del color de la nata hirviendo, sus sábanas de ese lavanda suave, su cielo, su automóvil y su cotidiano éxtasis.

Su piel le recuerda la muerte y sus señuelos, sus duelos y sus amores frustrados. Ha vivido desencantada con la luz del día que revela  su imperfección. Nunca pudo verse reflejada ante un espejo como ella se sentía por dentro. En su pasado, desde que tomó consciencia, solo existió la luna colgando del espacio, pero sobrevivió enamorada del sol prohibido. La señora Rosales odió que solo la noche la abrazara.  


Su piel no es su piel, es ella misma.  


Etiquetas: [consuelo]  [duelo]  [melancolía]  [tristeza]  
Fecha Publicación: 2014-09-18T12:54:00.000-05:00


No es fácil vivir días como este en que se mezclan en un solo recipiente el pasado, el presente y el futuro. Uno no sabe si lo que se está pensando es un recuerdo o una ilusión. La respiración se convierte en expiración. Los ojos permanecen abiertos pero solamente se dirigen hacia dentro, como observando una danza taciturna y pausada que se dispone en las rugosidades del alma. Baila la vida. Bailan las vidas.

Si no se abrazaran los días como hoy, si no se confesaran, si no se escribiera sobre ellos, habría vencido la muerte. Asumir que aparecen la tristeza y los dolores en la vida, es un acto humano de valentía y humildad; pero sobre todo, es una declaración de paz ante la guerra, una abierta invitación a las próximas mañanas de eternidad y una ración de aire para tomar aliento.




Después de acariciarme y consolarme, me pongo de pie y continúo mi camino. Ha escampado, el día ha cedido su paso a otros días.
       
Etiquetas: [arte]  [creatividad]  [límites]  [ser]  
Fecha Publicación: 2014-09-17T12:53:00.001-05:00

Recuerdo que hacia los cuatro años, cuando ya estaba en “colegio grande” la profesora de entonces, como a todos los niños, me obligaba a no salirme de la raya al momento de colorear figuras. Llegué a dominar el pulso, a ser escrupuloso con los espacios y a diferenciar dónde intervenir con mis colores y dónde no.

Pero un día, decidí liberar mis impulsos, extender mis trazos, llevar el lápiz de color más allá de los bordes. Mis manos transportaron mis genios embotellados. Por mucho tiempo, una energía había sido controlada esforzadamente. Desconocí los límites impuestos y mis dedos se perdieron en el espacio abierto e infinito.


Para mi sorpresa, el resultado fue inimaginable. Del dibujo aparecieron estrellas, rayos, chorros brillantes de color en cielos desconocidos, figuras mitológicas con rostros desiguales, astros y florestas, un universo disuelto y nuevo a lo largo del lienzo blanco.


Ahí estaba yo, sin demarcaciones ni cercas. Captado y libre. Se desplegó una ignorada creación de mí mismo. La obra empezaba.  
Etiquetas: [confesion]  [infancia]  [niñez]  [vicho]  
Fecha Publicación: 2014-09-16T12:33:00.002-05:00


Nunca he dejado de ser niño. No lo digo como reproche ni como justificación. A pesar de ser un tío que empieza a tener sus años, aún me entretengo las tardes de los sábados con mis juguetes de cartón, me quedo un buen rato deslumbrado mirando mis zapatos nuevos, dibujo avioncitos, me dan rabietas que concluyen a solas y con la puerta cerrada del cuarto de baño, ensucio las medias cuando camino por toda la casa descalzo, imagino castillos de cristal y árboles de chocolate…

Pero lo aflictivo es no haber llenado mis vacíos de infancia, esas ansias de que alguien descifrara mis dibujos siempre redondeados y multicolores que hacía a escondidas, de que alguien se quedara conmigo a cultivar habichuelas en el jardín y a cazar mariposas, en lugar de ir a jugar un partido de fútbol al parque. Lo que aún duele es que nunca me bastó el amor de mis padres ni hermanos, de compañeros de escuela, ni de tíos ni primos. Siempre fui flaco de cuerpo y corazón. Tuve una anemia que nunca conocí. Mi voracidad fue secreta, porque ningún afecto fue suficiente y nadie lo supo. Alguna parte de mi estómago siempre se mantuvo con hambre de abrazos, de caricias tontas, de simplísimos tequieros, de escuetos todovaestarbien. Fueron tupidas hiedras las que fueron convirtiendo mi desierto en selva. Crecieron por dentro y en segundos y en años, me aplastaron como los personajes en los dibujos animados.


Fui un niño que no fue niño. Pero hoy, soy un adulto que se quedó siendo niño. Aún permanezco en ese mundo donde no importa crecer, concebir ni proyectar, solo defenderse y seguir coloreando figuras abstractas. Sigo inventando historias para contarlas algún día a quien se siente a mi lado.  



Etiquetas: [filosofía]  [nacer]  [pensar]  [relato]  [sentido de la vida]  [ser]  [vida]  
Fecha Publicación: 2014-09-15T12:38:00.004-05:00
Al final de la Avenida Estabridiz, estaba ubicada la maternidad de la ciudad. Era el mediodía y desde lejos aprecié, similar al de todos los días, un gentío de hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes y ancianos corriendo por alcanzar la calle, huyendo presurosos fuera de aquel lugar donde habían nacido y renacido mil y una veces. Todos corrían hacia el mundo que les esperaba, hacia la vida, hacia sus destinos finales. Acababan de ver la luz y hacia ella corrían encrespados, enloquecidos. Aquella escena habitual era su éxodo a tierras nuevas por conquistar.

En cambio yo, con paso reposado, aquel día, volvía a encontrar decididamente mi umbral y origen. Retornaba a aquel lugar donde se había iniciado toda esa incomprensible hazaña que le llaman vivir. Tenía que inspeccionar la abertura oscura donde nací.    


   ...

Esa maldita sensación de estar intentando infructuosamente entrar a un portentoso edificio por una puerta de ingreso giratoria; pero a la vez, impedido por una atropellada multitud que intenta escapar de él. Me cierran el paso. Esa impresión de estar siempre en contra del tránsito. De remar opuesto a la corriente. De perder las fuerzas y de desconfiar que estás yendo en la correcta orientación. Pero si todos huyen, ¿por qué soy el único que quiere ingresar? ¿Por qué cuando todos vienen, yo recién estoy yendo?

Mi elaborada razón me dice que todos tienen sus propios caminos, que los tiempos de los otros, no son mis tiempos, que cada quien tiene su propia brújula. Mis libros de psicología me subrayan la auto-confianza que debo tener para llegar a mis metas. Mi recuerdo de sermones pasados me aguijonea a seguir instrucciones vocacionales y reservadas, que hay llamadas que nadie más que yo escucha.

Debería guardar silencio. Confiar. Mirar al Cielo. Apaciguar mi sentido común. Empujar mi espíritu. Pero no quiero. Quiero más bien, como los demás, salir disparado, perseguirlos a donde ellos vayan, que me señalen el camino y la pauta, el ritmo y el norte. Estoy cansado de los itinerarios solitarios, de mi desgaste, de mis pasos involuntarios, de obedecer vientos que nadie percibe, de trazar líneas invisibles, de entrar cuando todos salen.

Pero el tesoro al que otros renunciaron me aguarda. Hay un sol por volver a encender y un plano por desdibujar. Para eso he nacido. Este ha sido mi viaje y seguirá siéndolo.



Etiquetas: [deseo]  [encuentro]  [Miraflores]  [sexo]  
Fecha Publicación: 2014-09-11T13:03:00.000-05:00


Tiene todo lo que las mujeres ( y muchos hombre también) podrían considerar atrayente. Físicamente, tiene ese cuerpo bien trabajado, perfilado escrupulosamente músculo a músculo, espaldas anchas, sonrisa irresistible, voz ronca y un utensilio inferior que amenaza a sus interlocutores cuando despierta. Su personalidad es templada, de pocas palabras, de gestos medidos, de trato amable e iniciativas audaces.

Me está llamando a menudo. Durante la conversación, hace memoria de lo bien que lo pasábamos en esas ocasiones en que su paso por Miraflores inmediatamente le hacían pensar en mí como su refugio entre semana. Fueron encuentros esporádicos pero muy intensos donde su energía contenida y voluptuosidad desembocaban eficazmente en mis brazos.

Aquella época yo buscaba ese tipo de intercambios, esas sesiones de delirio y escape, de carne y humedad, de evasión y éxtasis. Me satisfacía con su cuerpo modelado pero sin saborearlo, como se traga una copa de tequila, sin ahondar más allá, sin entrar a sus fuentes de emoción. Poco me importaba qué pensaba o qué sentía. Solo me dejaba mecer por sus vibraciones y convulsiones.

Hoy me insinúa e insiste cada vez que llama por teléfono, pero lo confieso, no podría socorrerlo en sus naufragios intempestivos. Mi playa se ha clausurado. Ya no tiene olas para correrlas sin perder el equilibrio. No me basta su decisión de practicar deporte conmigo luego de sus jornadas de vida desconocida. Su piel me espinaría el espíritu, sus músculos me sofocarían, su proximidad me cortaría el oxígeno.


Alex, no me importa que vivas. Hoy, me importa vivir yo.  Vete al sur, busca otros litorales.      
Etiquetas: [artículo]  [reflexión]  [sentido de la vida]  [vida]  
Fecha Publicación: 2014-09-10T15:46:00.003-05:00

A menudo me inquieta ver tantos casos de personas muy simpáticas y realizadas que no consiguen tener una relación íntima estable. Me vienen a la cabeza varias de mis amigas que son chicas bellas por dentro y por fuera que ya han empezado resignadamente a tener el discurso que están mejor solas que mal acompañadas. Lo malo es que cuando converso un poco más a fondo con ellas, todas en verdad, quieren tener a alguien en su vida. Se sienten solas.

Estuve revisando hace unas semanas, una aplicación del smartphone que en cuestión de segundos, gracias al GPS, te muestra una relación interminable de hombres en línea con sus fotos que buscan a alguien para tener una cita, un encuentro sexual o entablar una amistad. Es una suerte de catálogo online de parejas para todos los gustos. La oferta es asombrosa, atractiva, pero interminable.

Prendo el televisor y hago un zapping por los más de 200 canales de cable. Es una revisión veloz de todas las opciones para entretenerme. Lo que hoy me sucede, y sé que a la gran mayoría le pasa lo mismo, es que no llego a ver nada. Me quejo y critico la programación y apago todo. Termino más aburrido que nunca.

Recuerdo a mi mamá. Ella, cuando iba a hacer las compras de la semana, directamente iba a su casera de las verduras, a la del pescado, a la de los abarrotes, a la de la fruta y a la de las carnes. Ella era amiga de cada una de ellas, conversaban, se reían, se contaban cómo les había ido durante la semana. Hoy se va al supermercado, se recorren los pasillos, se lee producto por producto, entre los veinte tipos de cereales para el desayuno, todos del mismo precio, nos irritamos y finalmente compramos cualquiera, que paradójicamente termina siendo el que menos nos satisface.

¿Qué pasa? Algunos psicólogos hablan de la Impotencia aprendida. Es decir, llegamos a un punto tal que sentimos perder el control de nuestras vidas y desistimos de todo. Nos sentimos desbordados frente a tantas posibilidades que terminamos inmovilizados y cargados de absoluta negatividad. La ansiedad se encarga de hacer todo lo demás y la depresión asoma.

Es la gran paradoja que hemos construido en esta sociedad. Nos sentimos muy libres porque tenemos miles de alternativas para escoger a nuestro antojo. Pero se ha producido el efecto inverso, cuantas más alternativas, finalmente percibimos que no hemos tomado una buena decisión, que por el solo hecho de haber desechado otras, nos hemos quedado con la peor. A más opciones, más arrepentimiento.


¿Qué hacer? Modestamente, afirmo que de lo que se trata es de elegir racionalmente lo bueno y no necesariamente elegir lo mejor. Decidir y afrontar nuestras decisiones. Integrarnos. Complacernos. Romper ese paradigma de que nos merecemos lo mejor. Ser satisfactores y no maximizadotes. 
Etiquetas: [aceptación]  [amor humano]  [cambio]  [conflicto]  [dilema]  [Identidad]  [necesidades de estima]  [relaciones]  [relaciones humanas]  [ser]  
Fecha Publicación: 2014-08-27T13:08:00.000-05:00



Difícil ese arte de conjugar el insistente deseo de causar una buena impresión a alguien en particular y el de ser honesto con uno mismo. Ambos extremos siempre están presentes en nuestra vida a manera de un dilema que asfixia. Por un lado querer agradar y por otro soltarse tal como uno es.

Por todo lado escuchamos eso de “yo soy como soy y punto”. La gran mayoría afirma tener bien puesta su personalidad. Pero lo cierto es que cuando uno abre bien los ojos, el mundo muestra una creciente uniformización. Nos cuesta mucho ser diferentes. Los medios de comunicación señalan descaradamente cómo debemos ser, pensar, sentir y actuar para ser parte del grupo y no sentirnos desplazados y proscritos. Las mujeres tienen que usar tacones altos para ser más elegantes. Los hombres no deben desarrugar su sensibilidad si no, pierden su masculinidad.


Yo puedo hablar con autoridad sobre este tema.

Por un lado, he tenido que pasarme media vida acomodando mis piezas individuales de tal forma que pudieran encajar en el orden establecido. No podía desentonar ni en mi familia ni en mi entorno. No fue fácil adecuar mi personalidad, maneras y estilos al rompecabezas social. La batalla dentro y fuera de mí se hizo mortífera por momentos. Una vez, de niño, a manera de consejo de familia, aunque cortésmente, me instaron a que no caminara con las manos levantadas y que pensara en los soldados cuando desfilan con los brazos adheridos a los costados. Otras veces, fui recibiendo instrucciones sutiles de borrar palabras como “lindo” de mi vocabulario. Seguramente me saldría la mariconada. Asomaban rasgos naturales y esporádicos que anunciaban ya en qué me convertiría de adulto.

Por otro lado, cuando las cosas ya estaban claras, cuando había empuñado ya mi orientación homosexual y alineación personal, la cruzada continuó. El campo de batalla se trasladó a ese tedioso proceso de encontrar pareja, al momento cumbre de la aproximación a los posibles candidatos para establecer relaciones sentimentales más o menos duraderas. Tenía que causar una buena impresión. Durante las decenas de entrevistas personales, libré una guerra personal por encontrar ese fino equilibrio entre ser lo que yo era y lo que los pretendientes buscaban.

Creí que estaba obligado a engancharme a sus gustos, a sus necesidades, a sus expectativas. Habría de ser el detergente ideal para su lavadora. Si uno buscaba una futura pareja, adusta y apocada, con poca avenencia en el mundo gay, entonces proclamaba que yo era así, un chico discreto, un salido del closet que vivía en el closet. Si otro buscaba un party lover, entonces me mudaba al alma de una plumífera vedette.

Pero uno se cansa. Los años pesan. Las alas se extienden para no oxidarse. Uno se arma de valor y llega al resultado final y definitivo que es uno mismo.

¿Cuál es el punto de armonía? ¿Cuán flexible habrá que ser? ¿Qué es lo que se negocia y qué no?

Mi respuesta es simple: Ser precisamente aquello con lo que me siento a gusto a solas y con lo que todos puedan sentirse a gusto. La desafiante concordia es ese estado de fluidez que me permite enganchar con otra persona que busca lo mismo en ella sin pretender cambiar a nadie. Encontrar a quien se queda conmigo tanto como yo me quiero quedar consigo. Ser para él, lo mismo que él es para mí.





Etiquetas: [amor]  [cuento]  [escena]  [relato]  
Fecha Publicación: 2014-08-25T13:23:00.002-05:00


Saúl es portero de un edificio aquí muy cerca en Miraflores. Desde hace unos meses, está feliz con su trabajo. Es eficiente y querido. Se siente un poco el terrateniente, un poco el patriarca juguetón y responsable de todas las instalaciones y de todos los vecinos.

Su jornada comienza a las siete y se extiende por toda la noche hasta que le cede su posición por las mañanas a Eduardo, el portero del otro turno. Para él, no es una molestia ni bochornoso el tener que hacer la limpieza de las áreas comunes hasta dejarlas brillantes. Ni sacar la basura. Ni el sueño que a veces lo desafía. Ni tener que bregar de cuando en cuando con la señora Marjorie del tercer piso que es insomne y mal educada y saca su perro a pasear a las dos de la mañana todos los días precisamente cuando él está a punto de echarse una pestañeada. Como un buen pastor urbano, él aprecia el silencio de esas horas mientras todos su rebaño duerme. Prefiere no prender la radio que tiene, ni ninguna televisión que le han ofrecido prestar para que pase la noche entretenido. Su reinado no tiene precio.

Su momento de recreo, el esplendor de su día y por qué no decirlo, el sentido de su vida, es ahora subirse a las cinco y media de la mañana a la azotea del edificio, justamente cuando la atmósfera se empieza a cambiar de vestido y la luz empieza a despuntar cumplidora y delicadamente. Desde el piso ocho, vislumbra el amanecer. Para Saúl, no existe mejor espectáculo que ese. Aprecia con atención y asombro cómo esa oscuridad empieza a desvanecerse como si fuera un chorro de tinta en una fuente de agua cristalina y toda esa parte de la ciudad comienza a despertar de lo que ella llama descanso. El cielo a esas horas sintetiza la sensación que gran parte de los hombres busca en sus vidas, esboza ese proceso de ir encendiendo débilmente lo que el tiempo fue apagando y exhibe esa magia ante los ojos, producida grandiosa y a la vez humildemente, de convertir la noche en día.




Podría asegurar que Saúl está enamorado del sol, pero su amante es la luna. Es de esos hombres que no quiere pensar con cuál quedarse. No le pidan escoger. No le compliquen con amores profundos ni compromisos. Se toma el tiempo para cada uno. Reparte su vida, su mirada, sus mimos, su éxtasis, su alimento con los dos.

Pero es plenamente feliz en ese preciso instante cuando los primeros rayos luminosos silban su llegada, en que ambos acarician su vida, sin reclamos ni celos. Es el breve encuentro, el veloz cortejo, la conjunción hechicera y primorosa de los tres que prometen un romance hasta que dure la eternidad.


Saúl, no vive en ese edificio, no trabaja ni reina. Saúl, pertenece al cielo.  


Etiquetas: [eucaristía]  [oración]  
Fecha Publicación: 2014-08-18T17:00:00.000-05:00
Pasé de frente. A pocos metros estabas Tú, expuesto y escondido a la vez, en un trocito de pan. No quise entrar al santuario para estar contigo. Algo se rebelo dentro de mí. No quise cruzarme contigo ni cruzar palabra.

Los hombres que somos tan complicados, que vamos tan enrevesados por las calles mordiéndonos las entrañas y evitando los valles de viento fresco, pasamos de frente. No queremos trocitos de pan, buscamos banquetes. No queremos bocanadas de oxígeno, preferimos el aire contaminado de nuestras cavernas.

Hoy, yo no te quiero. Hoy es de esos días en que me basto a mí mismo aunque después vaya apresurado por tu auxilio. Todavía hay algo de corrientes de aire en mis pulmones, polvo delicado en mis pensamientos y fibra en mis piernas. El desierto es espeso pero no dura toda la vida.


No me esperes Señor que pronto me tendrás a tus pies, refrescando mi rostro inclinado. Ahí estaré. 














Etiquetas: [Miraflores]  [Pardo]  
Fecha Publicación: 2014-08-15T01:10:00.001-05:00
6 pm

Apenas dejo mi casa y me arrojo a la calle, se inicia una huida extenuante e inmisericorde. Tengo que abrir mares y cortinas de humo rojo. Caminar por el centro de la Avenida Pardo es como un desfile sin ritmo. Los árboles orgullosos me van mostrando la ruta, las hojas secas y pérfidas van señalándome el rumbo. El sol tímido y saltarín no dice nada, se va a dormir.




El día se traga toda mi energía. Saborea mis esforzados pasos. Y me deja ahí, en medio de esa gente que no existe. Miro en trescientos grados. Es el mismo mundo de ayer pero con otro aire que no se puede respirar. Me desoriento con cada semáforo, con cada bocina lejana.


Quién sabe donde he ido. Dónde está ese círculo que empecé y que debo continuar eternamente. Cuándo estuviste tú, cuándo estuve yo. 
Etiquetas: [amor]  [dinero]  [felicidad]  [relaciones]  [relaciones humanas]  [salud]  
Fecha Publicación: 2014-08-14T12:25:00.002-05:00


En varias partes de Latinoamérica, apenas uno estornuda, si hay alguien cerca, te desea, primero salud, después, dinero y al final, amor. Esto lo he escuchado toda la vida. Aparentemente es un gesto de educación pero lo que no hemos caído en la cuenta es que hemos repetido e instalado un paradigma en nuestras mentes.



Por un lado, nos recuerdan que esas son las tres condiciones únicas para ser feliz o que son los tres mejores deseos que alguien puede tener hacia los demás. En segundo lugar nos deslizan delicadamente cuál es más importante y qué orden de prioridades han de tener.

“La salud ante todo”. Es bastante cierto. Nuestro cuerpo necesita de un cierto nivel de funcionamiento para ser felices. Nadie puede negarlo. Pero ¿qué sucede en todos esos casos que conozco de personas que adolecen de enfermedades crónicas o que han crecido a pesar de tener graves defectos congénitos? ¿Jamás podrían ser felices?

“Buen caballero es don dinero”. Parece ser que es nuestra máxima más afianzada. Pongámonos de acuerdo ¿da o no la felicidad el dinero?. Pues muy posiblemente nuestra respuesta dependerá de cuánto tengamos en la billetera o de cuán satisfechas están nuestras necesidades más básicas. Pero lo que es cierto, probado científicamente, es que aquellas personas que se sacaron la lotería, después de la euforia y embriaguez del golpe de suerte que dura alrededor de unos 6 meses, vuelven a ese mismo punto de origen, a sus mismos niveles de insatisfacción personal.

“Love is all that matters”. Se dice por todo lado, se canta, se piensa, se escribe: el amor es todo. Si es así ¿por qué lo colocamos al final de nuestros deseos? Y también, apelando a nuestras experiencias, podemos concluir que eso de “contigo, pan y cebollas” no es muy realista ni venturoso.

Si yo estornudara solo una vez y por tanto, tuvieran que desearme solo una cosa, que sea el estar siempre en relación con los demás. La Felicidad no es un estado de ánimo, ni una forma de vivir. La Felicidad es una forma de convivir. Y no hablo de relaciones amorosas porque ¡vaya uno a definir lo que es el amor! Sencillamente hablo de relaciones con otras personas (sean amigos, parejas, familiares, compañeros, correligionarios, etc.) donde los componentes sean la espontaneidad y amabilidad, intimidad y cercanía, respeto y sinceridad, generosidad y grandeza, consuelo y dulzura, correspondencia, calidez y confianza.


Con relaciones personales así, puedo enfrentar cualquier otra carencia o adversidad que la vida pueda imponerme. Los momentos más infelices de mi vida serán siempre aquellos en que me enfrente desguarnecido y solo ante la desgracia. 




Fecha Publicación: 2014-08-14T00:56:00.000-05:00
-Quiero verte
-¿Ahora mismo? Es que estoy por irme a dormir- argüí
-Sí, estoy saliendo del trabajo. En media hora me desocupo y mejor te encuentro en el tercer óvalo de Pardo.
-Hmm. Bueno. Me daré un duchazo, me peino, me perfumo..,
-No. No lo hagas. Me gusta el olor humano.
-Sonso

Después de saludarnos, con algunas gotas de la pileta que salpicaban la noche, de manera extravagante comenzamos a hablar de la caverna de Platón y el mundo de las apariencias, algo de lo que había escrito recientemente.

El cafetín donde pensábamos ir, ya estaba cerrando, así que optamos por ir a caminar por esos atajos de tierra que conducen al barranco. Ahí, con todo la inmensidad del océano como espectador, hablamos impúdicamente de cómo nos sentíamos. Él prendió un cachito de marihuana y yo, mi cigarrillo de la noche para entibiar el aire y el conmovedor encuentro. A medida que nos íbamos contando pasajes de nuestra vida reciente, empezó el proceso de desnudarnos el alma.   

-Vamos a mi casa, que hace frío

Pusimos algo de música. Una canción él, una yo, desde nuestros celulares hacia el bluetooth. Fue al baño. Regresó a los minutos y antes de volver a su ubicación en el sofá, se acercó intempestivamente y sin ningún reparo me dio un beso en la boca.


Podría describir esas milésimas de segundos antes, durante y después,  en cuatrocientas páginas seguidas de una próxima novela: desde que fue aproximándose veloz y resueltamente, centímetro a centímetro, mientras  yo, observando y sin saber qué es lo que estaba disponiéndose a hacer con tanta cercanía, hasta que de pronto, abriendo y cerrando los ojos, aprecié la textura de sus labios, esa humedad, ese sabor, esa súbita y cruda intimidad, esa mirada cómplice, ese temblor, esa evidencia del impulso.

Y lo que pensé y sentí después del beso. Mi reacción química. Y lo que sucedió dentro de mi pecho, por todo mi torrente sanguíneo, en mis suspendidos nervios. Y la sinapsis que fue entorpecida sin saber qué es lo que ahí estaba sucediendo a pesar de tener cabalmente mi boca contra la suya. Ese tiempo detenido. La confundida sensación de estar ahí con la de haberme evaporado o de haberme convertido en algún intrigante y etéreo personaje de mis relatos de ficción.

- ¿Ah? ¿Ah? ¿Qué fue eso? tartamudee
- Eso, se llama beso



Etiquetas: [frases]  [Hojas verdes de Vicho]  [libro]  [pensamientos]  [respuestas]  
Fecha Publicación: 2014-08-13T12:42:00.000-05:00
Las mejores respuestas a mis grandes preguntas, no me las dan otros hombres. Las mejores respuestas las obtengo de la Realidad.

Las mejores explicaciones, no las oigo, las veo. 












Etiquetas: [comunicación]  [lenguaje]  [mirar]  
Fecha Publicación: 2014-08-11T13:27:00.001-05:00
Se pasaron media hora vociferando palabras entrecortadas. Escupían insultos. Relataban discusiones pasadas. Eran los conocidos trapitos al aire. Cada afirmación era más virulenta que la anterior. Estoy harto de ti. Cada día te soporto menos. Por mí, muérete. Hasta un Vete a la mierda. La habitación se llenó de calificativos hirientes, letales como la diseminación de un gas mostaza sobre un campo de batalla. Solo querían incapacitar al enemigo.

Y comprobé lo falsa de aquella frase que he escuchado tantas veces de que “hablando se entiende la gente”. Atestigüé en aquella escena que hablando también se mata la gente. Yo desde mi silencio y a un lado de las hostilidades, abaleado con tal feroz conversación puse especial atención a sus gestos, a los mensajes que habían detrás de tanta rabia desatada. Sus lenguajes corporales los delataron. Ambos estaban tristes y desconsolados. Ese amor del que les hablaron y del que siempre disfrutaron, que es comprensivo, servicial, paciente y que no busca el mal les estaba pasando una pésima jugada, ese amor se había corrompido y deformado hasta convertirse en un monstruo salvaje. Eran dos almas reclamando el amor perdido, dos niños a los que el ogro feo del cuento, les había quitado su pedazo de pastel. Uno al otro, desde lo primitivo de su existencia pedía el retorno de lo dulce del pasado. Ambos, conteniendo sus lágrimas, con las palabras que encontraron más a la mano y con las frases como proyectiles rebuscaban en la nada, su otrora tierra prometida.

No siempre el fidedigno mensaje sale de nuestras bocas.  No hay que escuchar las palabras ni los ruidos que emitimos. Olvidemos las descargas de sonidos. Mirémonos más. Los ojos que hablan en silencio, que no saben de lenguajes, que no piensan, que son honestos podrían resolver gran parte de nuestros problemas.   


Mirándose, se entiende la gente. 
Etiquetas: [aventura]  [encuentro]  [noche]  [placer]  [Salvador]  [sexo]  
Fecha Publicación: 2014-08-08T12:26:00.000-05:00
Estoy en Lima, ¿no quieres que nos veamos? Puede ser, le dije. Mira que me quedaré por solo un par de días y estoy seguro que nadie te da lo que yo te doy, es tu gran oportunidad de pasear una vez más por ese recinto al que nadie te lleva, ven, ven. Pero ya son las casi una de la mañana, es muy tarde, me trate de disculpar. Ven, ven, tómate uno de esos taxis que te recogen en la puerta de tu casa y si quieres vente en pijama, la cosa es vernos, ven.

Ya tenía encendida la lamparita al pie de mi cama como preámbulo de la oscuridad. Había fumado mi infaltable último cigarrillo. Quise apagar mi celular para forzarme a no leer más sus mensajes pero se había abierto la compuerta esa que temo tanto, esa tan amenazante, esa tan incitante, esa que me borra los archivos de la sensatez. El cuerpo me empezó a temblar y el corazón a hacer toc toc toc toc. Esa región confusa que parece ubicarse en la entrepierna pero que se extiende por toda la piel, ya había comenzado a ponerse en voz de alerta. La sirena sin sonido que solo yo escucho, anunciaba la emergencia.

Una invitación así. Era Salvador pues. El que me trata como el último sobreviviente de su perdido planeta. El que habla ese idioma que solo yo conozco. El hábil piloto que busca su único copiloto. ¿Cómo resistir a su convocatoria para viajar con él y salir de mi atmósfera obstruida?

Miré de reojo. La pantalla del celular anunciaba su notificación. Te espero en la esquina de siempre. ¿Está bien? Abrígate que la noche está muy fría.


Crucé media ciudad. El chofer era amable y reservado, yo en su lugar hubiera querido despejar mi curiosidad y preguntar qué hace alguien tomando un taxi a esas horas, un día martes, cuando todos duermen y huyen de la llovizna y por las calles quedan solo los hombres solos. Durante el camino quise oír las diferentes voces que me hablaban, unas alertándome y condenando mi audacia, otras como risitas que me alentaban a vivir, a vivir lo que nadie vive. Traté de relajarme y asegurarme que la pasaría bien, que no había nada de malo en ir a recoger las provisiones para resistir un poco más en este mi mundo despoblado. Si siempre acudo presto al llamado del deber, ahora me tocaba responder al llamado del placer. 


puede ser que continúe
Etiquetas: [reflexión]  [sexo]  
Fecha Publicación: 2014-08-07T13:57:00.002-05:00
Creo que sería apropiado borrar -o por lo menos cuestionar- ciertas palabras del diccionario porque a la hora en que se contrastan sus significados consignados, con la realidad, se comprueba que hay una total incongruencia. Una cosa es  el contenido teórico de los términos y otra muy diferente son sus dimensiones prácticas.

Eso sucede con la palabra Sexo. (Del lat. sexus).
1. m. Condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas.
2. m. Conjunto de seres pertenecientes a un mismo sexo. Sexo masculino, femenino.
3. m. Órganos sexuales.
4. m. Placer venéreo.

¿Eso es Sexo? ¿Una condición, un conjunto de seres, un órgano, un placer? Lo cierto es que cada uno de nosotros, por un lado, concebimos mentalmente algo distinto cuando pronunciamos esa palabra. Y por otro, sabemos que encierra un significado abstracto, denso, ambiguo y limitado. Lo que yo quiero decir con “sexo” es algo muy distinto a lo que tú quieres decir con “sexo”.

Por ningún lado en el alcance propuesto por la Real Academia de la Lengua Española aparece su ángulo moral, cultural, singular, su formidable extensión subjetiva. Dado que puede incluirse en millones de contextos y que está sometida a millones de interpretaciones, podríamos concluir que una palabra como esta no basta para abarcar todo aquello que viene a nuestra cabeza cuando la escuchamos o la pronunciamos.


Hay veces que ni siquiera podemos usarla con libertad. Últimamente, me han estado preguntando acerca de qué temas escribo en mis libros. Cuando les respondo enumerando las variadas temáticas y les menciono la palabra Sexo, inmediatamente veo que el gesto les cambia, a algunos se les recorta la respiración, titubean otros, les acomete la curiosidad y la sorpresa. El Sexo suscita reacciones diversas porque tiene diversos sentidos.

Por tanto, yo escribo sobre mi Sexo, sobre cómo él ha cincelado mi vida, sobre cómo me deslió y reformuló hasta convertirme en un hombre integrado consigo mismo. El Sexo no es un tabú ni una actividad meramente fisiológica. Es un espejo que proyectó mi tercera dimensión y mi perfeccionada identidad. Es un piano que yo aprendí a tocar con dedos y fragmentos de alma. Es un trampolín a mí mismo. Una fiera que duerme la siesta conmigo, un guante de seda que acarició mis heridas, un escalón más cerca del infinito, un taxi al cielo, una gota de rocío en tiempos de sequía, un ofertorio donde dos nos sacrificamos voluntariamente, un chispazo de medianoche, una presencia indefectible de Dios y la nada, un dibujo en el vacío, una cortina movida por el viento, una orquídea en la podredumbre, un misterio revelado, un vuelo alrededor de la Luna, una clase magistral sobre la existencia humana, una lamida de mar, un discurso sin palabras, un instante, una eternidad.


El Sexo es una palabra más en mi diccionario personalizado. No tiene tiempo ni modo ni género. No es verbo ni sustantivo. No acepta reglas de conjugación. Su uso es exclusivo. Su fondo y su forma son mis propias entelequias. Llego y provengo de él. Yo no tengo Sexo, él me tiene a mí.   
Etiquetas: [besos]  [escribir]  
Fecha Publicación: 2014-08-05T14:58:00.000-05:00





Desde niño me preocupé callada y obsesivamente por llegar a ser un buen besador. Mientras me aburría en las clases de matemáticas, mientras borroneaba y coloreaba lienzos con chorros de témperas y mientras miraba películas en blanco y negro los sábados por la noche, mi mente imaginaba la textura, la humedad y los movimientos de mi boca en otros labios. Besar se convirtió en mi vocación y en mi asignatura irresuelta. Besé espejos, peluches, mi propia mano, maniquíes, marshmellows, fotografías y borrachos. Hasta que un día besé el alma de quien me miró y susurró mi nombre.

Espero haberme graduado con honores. Hoy mi boca guarda el sabor de mil bocas que fueron mis maestras y mis alumnas. Mis premios al mejor esfuerzo quedan por ahí, circulando entre mi sangre y mis recuerdos. Beso con amor y sin amor. Beso con éxtasis y fatiga. Beso muy vivo y muy muerto.


Ven aquí, acerca tus labios, cierra los ojos y aprende conmigo. 















Etiquetas: [escribir]  [palabras escribir]  
Fecha Publicación: 2014-08-03T01:20:00.005-05:00