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Etiquetas: [alberto zelada]  [archelon o el hombre perfecto]  [otoños de bolsillo]  [cuento]  
Fecha Publicación: 2013-03-16T21:47:00.001-05:00
Una tortuga marina es como un tanque que vuela. Resignada a no poder ocultar sus brazos, aletea empujando su enorme y pesada coraza contra el mar. Es como tener todo en contra y estirarse para alcanzar un paso adelante. La tortuga, al igual que yo, tomamos nuestro impulso del mismo medio que nos cobija o detiene. Y, pesados primero, ligeros después, planeamos entre los límites de la historia.

El hombre perfecto no existe. La tortuga marina nos lleva millones de años de reflexión y lucha. Yo me arrastro perezosamente por las orillas de mi biblioteca. Alguien más ya ha escrito todo, alguien más se esforzará sin concluir una vida intachable saturada de reconocimientos.

Para no leer, veo un documental sobre animales que entierran sus huevos en las playas. Los bebés de esta especia, apenas ven la luz, se internan valientemente hacia el océano lleno de trampas. Me compadezco de estos pequeños. Su existencia es una duda inmensa y su porvenir una posibilidad remota.

El hombre perfecto es un ser lejano. El reflexionar acerca de esta utopía o el de compadecerme frente a las pequeñas tortugas adentrándose en el mar, son mi única acción plausible.

fósil de archelon
 
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Etiquetas: [alberto zelada]  [otoños de bolsillo]  [cuento]  [la villa]  
Fecha Publicación: 2013-01-12T22:10:00.004-05:00
Entre los años cuarenta y cincuenta del presente milenio, el compositor Von Hanz, considerado el último genio en cuanto a música clásica se refiere, ha perdido una maleta la cual contenía las notas más importantes de su nueva sinfonía.


El vuelo iba a ser de rutina. Escala en Madrid y después directo al ayuntamiento en donde tomaría un auto privado que lo transportaría a una pequeña villa en donde se encerraría a terminar su obra maestra.
El lugar no podía ser más idóneo: grandes árboles, una fuente natural y el clima perfecto. Sin embargo, al desempacar sus pertenencias, ha caído en la ingrata sorpresa de que su preciado equipaje estaba incompleto.
Desde aquel día el compositor no ha vuelto a ser el mismo, afirmaba Heindrick Müller, uno de sus más cercanos amigos y quien le acompañó durante el trágico viaje.

Ya instalado, se sentó al piano a intentar recomponer lo que le pareció un mal remedo de la pieza original. Se pasaba horas frente al teclado sin siquiera tocar una clavija. Todos respetaban ese silencio. El genio está a punto de crear algo grande, decían. Y nada. Von Hanz seguía allí mirando hacia los marfiles sin arrancarles siquiera un sonido.
Hasta que un día explotó de repente: lo encontraron gritándole a unas aves que con su trino anunciaban la mañana desde la ventana. ¡Plagiarias!, vociferaba el músico. ¡Me han robado la melodía!
Desde entonces era intratable. Creía escuchar fragmentos de su obra maestra en todos lados. Cierto día culpó al jardinero por imitar de manera lamentable los tambores con su máquina de podar el césped. En otra ocasión le hallaron abstraído en seguir el perfil de las rejas del gran ventanal desde donde había acusado a las aves, delineando pentagramas imaginarios. Y solfeaba, dibujando claves de sol en cualquier parte de la arquitectura del lugar.


Al salir del salón Müller estaba consternado. Entonces, doctor, usted cree que al menos podamos mantenerle calmado.
El psiquiatra le miró gravemente. Me temo que ya no hay remedio, respondió. Debieron traerlo a La Villa mucho antes.

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Etiquetas: [alberto zelada]  [una difícil decisión]  [cuento]  [13 cuentos para 1 viernes]  
Fecha Publicación: 2012-12-11T22:10:00.000-05:00
No tengo agallas para apretar el interruptor. Pero, o son ellos o nosotros. Y ellos, en fin, ya no tienen posibilidades. Si dejo las puertas abiertas, el fuego se expandirá y sólo alargaré unos minutos su muerte, mientras que nosotros seríamos alcanzados por las llamas. Ya casi se puede sentir el calor y el aire es pesado, ardiente y con un terrible olor a humo que hiere al aspirarlo. Las paredes también queman y nos obligan a apretarnos unos contra otros. Todos protestan y me apuran. Desde que se inició el fuego todo ha ido de mal en peor. Los rociadores no actuaron a tiempo y los elevadores se han atascado. Me apuran. Cerrar las puertas es nuestra única esperanza, aunque debamos dejar que otros mueran. Yo no tengo agallas, les digo por último. Y me retiro o me apartan. Me hacen a un lado para, desesperados, comprobar que el interruptor tampoco funciona.
electro-harmonix-switch-blade-spliter
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Etiquetas: [alberto zelada]  [otoños de bolsillo]  [cuento]  [delito]  
Fecha Publicación: 2012-11-18T21:18:00.000-05:00
Teseo, madeja en mano, se adentra en el laberinto. Es una lana extraña, resistente y algo pegajosa, como la telaraña del tiempo o de la vida. Recorre los traicioneros corredores en busca del Minotauro. Teseo camina; escucha a lo lejos un bramido, como un grito de terror; avanza cauteloso mientras deja un rastro enhebrado que se pega en las esquinas de los muros.

Han pasado muchos días desde que el héroe se adentró hacia la hazaña buscando a la bestia. Ariadna, preocupada, ha aprovechado la noche para huir de la vigilancia de su padre y buscarle. Es un acto arriesgado. La historia y las artesanías están llenas de ese tipo de acciones. La princesa encuentra rápidamente la punta del ovillo y empieza a seguirlo. A la escaza luz puede distinguir hilos e hilos que se entrecruzan, se anudan y separan en varias direcciones. Se le hace difícil seguir el rastro inicial.


Los hombres ya no nacen ni mueren. Atrapados entre los hilos, cual insectos presos, Ariadna, Teseo y el Minotauro, siguen pidiendo que los rescaten del olvido. Hace siglos que el laberinto ha sido cerrado y que los reyes dieron paso a nuevas formas de gobierno. Nadie habla ya de héroes o princesas; mucho menos de la Historia.

Las Parcas han colocado un aviso que nadie responde:

SE BUSCA MADEJA ROBADA POR JOVEN INCAUTA

teseo y el minotauro - vasija griega

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Etiquetas: [alberto zelada]  [reflexiones de un clavo]  [otoños de bolsillo]  [cuento]  
Fecha Publicación: 2012-09-25T12:54:00.000-05:00
A solas, en la habitación vacía, rebota sus pensamientos contra las paredes. Contra el piso y el techo, sin que nadie le responda. Sus dudas se disparan hacia las esquinas, dan media vuelta y apuntan nuevamente hacia él. Duro y terco, con esa rigidez de la pereza, ha visto pintarse la pared una y otra vez, compartiendo a veces su alegría y color. Indeciso, con esas ganas estancadas que tienen los resortes, hace planes imposibles que deja de lado por falta de tiempo para seguir planificando.

Si alguien quisiera, colgaría algo útil, piensa en su cabeza dura. Yo estoy destinado a una gran sala, a sostener una idea admirable, se dice. Y espera.

A veces, alguien le ubica, le toma por sorpresa y pone sobre sus hombros el peso de un reloj a pilas, echando por tierra sus pretensiones. El tiempo pasa y él lo soporta. En silencio estoico, sueña con lo que debería ser.

Recuerdo aquellos días en que todo era más fácil. Uno iba y venía por donde quisiera. Entraba y salía de las cosas sin interesarse en ellas. Pero uno nunca sale igual. En cada situación, en cada acción, uno se involucra, lo quiera o no. Ya no es el mismo. Ya no soy el mismo. Ahora, aquí, con la misma irreverencia de antes, que me visita por ratos, pretendo resolverlo todo en un golpe de suerte. El instante final siempre ha sido mi especialidad. Ya no recuerdo cuántas veces me metí en algo sin saber si saldría fácilmente de allí. Siempre he sido arriesgado. Mas ahora, con el pasar de los años, me he vuelto más prudente. Y sé que esa prudencia se basa en mi necesidad de trascender. Trascender más allá de este cuarto, de este papel al que me he visto sometido. Presentarme al mundo con algo que les cambie la vida para siempre…

En la habitación ociosa, ha decidido muchas veces algún cambio, antes de que alguien venga y le ponga un color o le obligue a cargar una imagen sin sentido. Ha reiniciado sus proyectos para luego quedar en silencio, rebotando mecánicamente sus ganas inertes ante la sorpresa pálida de las paredes que también esperan.

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Etiquetas: [alberto zelada]  [poemas de cal]  [imitación de la sombra de una hierba]  [poesía]  
Fecha Publicación: 2012-03-24T12:34:00.004-05:00
fotografía de walt whitman

Yo no sé abarcar lo que Walt Whitman.
Yo también soy un corazón que
se encoge y revuelca
buscando razones o prodigios.

Que estalla y renace tratando
de expandir, quebrar o desbordar
más allá de su cárcel de costillas...


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Etiquetas: [alberto zelada]  [otoños de bolsillo]  [gaia]  [cuento]  
Fecha Publicación: 2012-01-18T10:33:00.001-05:00
Una anciana jugaba con una semilla entre sus manos añosas. Y a la semilla no le importaba. Rezaba una vieja oración con los ojos entrecerrados y la simiente era una cuenca en su rosario infinito. En su largo susurro la anciana hablaba con remota lengua. Enumeraba hechos como si su memoria fuera el tiempo mismo. A la semilla esto no le interesaba. El grano rodaba entre los dedos marcados por el trabajo aumentando cicatrices y erosión en su áspera piel. Y a la semilla esto tampoco le preocupaba. La anciana parecía contar cada uno de los pliegues, contar incluso el peso mismo de la simiente y proyectar sus ramajes futuros. Aquellos brazos en oración hacia el cielo donde las aves también morirían. Enumerar la caspa y el frescor de las estaciones. Remontarse y penetrar en la tierra hasta la primera generación de semillas.

La anciana, hastiada de este ejercicio, suspiró contra el atardecer. Se extrajo las sobras de su diente cariado con la simiente. Se limpió la boca con el reverso de una mano. Y arrojó la semilla a la tierra.

Por último, se levantó con algo de esfuerzo, hizo un ademán de hasta pronto y la enterró con el pie.

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