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No me vengas con huevadas que tu hijito está en el extranjero, trabajando y ganando la plata que quiere. Eso, no me mueve el piso para nada. Ni intentes creerlo. Ni presumir. No pienses que tu hijito, que siempre lo agarré de pavo en la primaria, sería (es, para tu mente estúpida) mejor que yo. Y yo tampoco creo ser mejor que él. Por si creías que había perdido la humildad. Te lo repito: No soy mejor que tu hijo. Grábame para que nunca lo olvides.
No saques pecho. No levantes la voz.
Estamos en la reunión por los setenta y cinco de mi abuelo. ¿Se te han subido las tres chelas que has tomado? Control alt, gordito. La gente no tiene porqué enterarse que tu hijo está trabajando en un crucero y yo, pateando latas con estilo y efecto impresionante.
Me pasas la botella de cerveza para tomar contigo. Pero lo que quieres es seguir refregándome en la cara el triunfo de tu estúpido hijo. Chupar es lo de menos, quieres seguir rascándome con tu victoria familiar. Que tu hijo sea un dulce señorito y trabaje en crucero y que gane lo que quiere y que está feliz y que está muy bien y que está megaarchiultrasuper feliz. Que te llama todas las noches para contarte que ha conocido a una francesa hermosísima. Y que él le habla de Lima y ella de París. Que cuando no está trabajando, él le invita un café y ella no le deja de sonreír. Que cree que le gusta, que le encanta. Que está ilusionado con todo lo que le está pasando en Altamar.
¿Acaso no sabes que tu hijo es bon chi bon chi bom bom bom? ¿Que en primaria se metía al baño a joderme cuando sacaba mi vaina? ¿No te ha contado que no es francesa sino ruso, y bien alto?
Que sólo me dedique a sentarme frente al computador y escribir huevada y media en Word, eso no te interesa. Que salga con mis mejores amigos. Que me meta en conversaciones ajenas de temas literarios y políticos. Que hable de una manera elegantona y soberbia y cojuda, no te interesa. Que patee una pelota todos los santos días cuando el reloj marca las cuatro con treinta. Que te hable de Bayly como Bayly y de Ortiz como Ortiz, no te interesa. Que no busque trabajo. Que no haga nada por postular. Eso, gordito lindo, no te interesa.
¿No te interesa que seas homofóbico? ¿Que odies a rabiar al MHOL? Espérate unos añitos más y ven a visitarme, please.
Mándale mis saludos a tu hijo cuando te llame más tarde. Dile que espero que cuando él crezca, no sea como tú. ¿No entiendes? Claro, sígueme rompiendo las bolas y después cuando te llame tu hijo pregúntate qué ganaste con toda esta ponencia victoriosa.
Levanta la voz, si quieres sacar tu título de cojudo máster. Dale, gordito picarón, infla el pecho y ajusta el culo.
¿Cuándo vienes?
Son siete y veintiséis y ya me voy,
no quiero seguir atrincherado en tu corazón
como si fuera un comando suicida.
Beto Ortiz
Soy el hombre de mi vida (pag 25)
He visto nacer el día.
Esperaba en plena calle, para ver cómo el cielo se aclaraba, de poco en poco, hasta hacerse totalmente celeste. Y con mis manos en los bolsillos, enchompado, enchalinado y tiritando, reposando mi espalda en el viejo árbol que da la bienvenida a mi casa, escuchaba clarito cuando los gallos comenzaban con la melodía-despertador que hace bostezar a más de uno.
Salían las primeras personas, elegantísimas, a la misa del domingo. Otras, las deportistas, le sacaban la vuelta al frío con shorts cortísimos y politos de tiras más que delgados, se tapaban las orejas con el iPod que hace ameno el trote, mayormente, juvenil. Me miraban al pasar. Me miraban raro, como si fuera un indigente o un marciano o un drogadicto que no sabe qué hacer, qué decir. Algunos salían a pasear a sus perros chuscos con correas muy bonitas. Los hacían cagar en el pasto de sus casas. Les hablaban como si fueran el amigo borracho de turno y se contentaban tan sólo con una movida de cola.
Mientras jóvenes y señores pasaban raudos, saludaba a quien conocía rogando que no me pregunten qué hacía parado como un completo huevón mirando a la ventana de mi casa. La chalina me tapaba la boca y me envolví en la chompa que vestía. Contemplé el pasar del panadero. Cruzó rápido la cuadra, sin tocar una vez su chillona bocina. Ni me miró, ni de reojo. Antes, le compraba pan calientito, religiosamente, a las 8 am, nos quedábamos hablando un rato y seguía su rumbo. Ahora, ni chis. Aunque sea, me he enchanchado con el olor del pan recién salido del horno de la panadería que está a unos pasos. He llenado mi hambre feroz con el olor del pan yema que es un manjar cuando se combina con el café pasado que prepara mi vieja.
Son las ocho de la mañana del domingo de pascuas y quiero seguir como un ente, recostado en el árbol, haciendo de todo para que los ojos no se me cierren. No necesito más. Sólo tus besos ausentes y tus caricias frías. Exacto, tu vago recuerdo que no se me escapa ni un segundo de mi cabecita. Este recuerdo que juega con las hojas del árbol, y con la brisa que se disipa poco a poco, para que la gente salga de sus casas y empiecen con el quehacer matutino.
No pienso dormir. Quiero quedarme esperando tu ansiada vuelta, y hasta que no pegues el regreso, no sigo la marcha. Y me quedo cagándome de frío y viendo a las gentes que pasan cual procesión con sus ramos en las manos, bien a la tela y bien al perfume y al gel, tarareando esas cancioncitas cristianas que me van samaqueando el bobo como quien no quiere la cosa.
1
No tenía planes dónde ver el partido. Un Perú-Chile que lo esperaba mordiendo los dientes y furia contenida. Con sabor a venganza deportiva por lo que pasó en Santiago. Un partido que quería verlo parado, porque parado se ven los partidos que quieres jugarlos. Estaba nervioso, impaciente. Pensé que una copita de pisco puro, acholado, me calmaría.
2
Nadie me llamaba. Se acercaban las 8 de la noche y nadie me invitaba a ningún lado. Pensé en ver el partido solo. Hago mi ceremonia y lo veo solo, solísimo. Pero es Perú, no es Alianza. Y yo, solísimo, veo los partidos de Alianza Lima. Aunque cuando Perú, juega Alianza. Y cuando Alianza está bien, Perú está bien. Sí, son excusas. La cuestión, acá, es que no quería ver solo el partido.
3
Me llamó un buen amigo. ¿Dónde estás?, le pregunté al instante. En San Isidro para ver el partido con mi papá, respondió. Asentí y empezamos a hablar de otra cosa. Colgué. Uno menos.
4
Se acercaba la hora del partido y nadie tenía la intención de verlo conmigo. Me voy al Casino Fiesta solo, pensé. Y como un hongo, parado, gritar solo, chupar solo, malhumorarme solo si los jugadores no ponían los huevos que tenían que poner. Y con tanta gente que estará apachurrada de su novio de turno. O los amigos, y las amigas que no se encontraban desde el fin pasado. Todo, solo. Como un hongo, ¿no?
5
Diez minutos antes de las nueve de la noche. Por la televisión se veía el Nacional repleto, las gentes pintando con el colorido de sus polos la totalidad del estadio. Los largos globos que se suspendían en el aire y esperaban la salida de los equipos a la cancha. El hambre por meter gol en el arco donde se pare el portero chileno. Nueve de la noche. Una llamada tras otra. Me sentí raro al responder, a todas, que el partido lo veía solo porque Perú es Alianza, y cuando Alianza está bien el Perú está bien, y cuando Alianza juega… Lo que no entiendo es por qué cuando explicaba mis razones todos me insultaron, me mandaron a la mierda y me colgaron recordándome a mi madre.
¡Arriba Perú!
Con gesto compungido, fui a votar solo.
Había tomado la noche anterior. Había tomado ron, güisqui y tres chelitas al polo para terminar el festejo del cumpleaños de un amigo del barrio. Tomé y tomé, y en algún momento que no recuerdo, pregunté a la multitud: pero qué, ¿acaso hoy no es Ley Seca? Se rieron de mí. No sé si por mi borrachera o por tremenda conchudez de hablar de leyes si estábamos chupando como condenados. También sonreí. Lo único que me quedaba. Y me serví un poco más de ron con Coca-Cola y prendí el quinto cigarro que fumaba en toda la noche.
Y así desperté, con la boca pastosa oliendo a ron y a chelas, y mi polo y mi pelo trinchudo, oliendo a cigarro no tan barato. Olvidé completamente que ya había llegado aquel domingo que esperaba tanto. Iba a sufragar por primera vez, me iba a sentar solísimo en una cámara y encerrado, pensando bien y marcando tranquilo, iba a decidir, seguramente, el futuro de Lima, el de Susanita Villarán, y quizás el de tanta gente que no sabe qué hacer y dónde está parada. Participaría en una Revocatoria, que después de hablar con tanta gente metida en esto, entendí que era pura pantalla, que había alguien detrás, que alguien -muchas personas, mejor dicho- querían beneficiarse y que por eso, se estaban rajando las vestiduras que muy limpias no las llevan. Una Revocatoria, con pinta de venganza y puntitos amarillos de corrupción, por aquí y por allá, por donde se le vea o se le quiera mirar. Un proceso promovido por un inepto Marco Tulio que ahora dice que no ha perdido porque nunca compitió (perdóneme, todos, pero ¿esa no es una típica frase del perdedor dolido con el corazón roto en su propia ley? No, cómo pensar eso, ay, carambolas, qué tonto soy, tontos todos, pues…).
Me lavé la cara con agua muy fría. Eran como las doce y la gente ya se alborotaba en las calles para llegar rápido a donde tenían que sufragar. Veía, por el noticiero, que los buses pasaban repletos, que los choferes, aparte de renegar, ya estaban cansados de hacer sonar su chicharra tantas veces seguidas, y que los cobradores, que mayormente eran jóvenes de 15 o 16, ya no llamaban gente porque la voz se les iba en gritarle al auto de adelante para que le dé un chance para entrar y seguir la marcha. Pero nadie cedía. Las bocinas reventaban las orejas de los pobres transeúntes que a paso ligero querían llegar, y votar. Y los autos no se chocaban de milagro. Tremendo caos en las calles, todo captado por el lente de la cámara del gran joven reportero que le ha tocado -infelizmente para él pero qué gratificante- cubrir este pandemonio.
Salí a la calle caminando lento, caminando solo, caminando ebrio. Llevaba el DNI en la mano. Unos lentes negros cubrían la violación de la ley en mis ojos (en mi sangre, tal cual). Sorteaba a los que pasaban como camiones en plena estrecha vereda. Ni los veía. Ni me veían. Era una marcha de los que iban y los que venían. Los compungidos, los que insultaban, los alegrones, los que iban en bicicleta, los que esperaban, los que iban con sus amigos, con la enamoradita de turno, los malcriados, los que vociferaban su voto por todo el camino, los que te preguntaban por quién ibas a votar, los que no querían decir nada, los que hablaban del tono de ayer, los criticones, los pacíficos, los aburridos, lo que tenían a la señora madre del gran Marco Tulio en la punta de lengua. Estuvieron todos los que quisieron estar. Algunos, por noticias posteriores, no estuvieron porque se les pegó las sábanas y la irresponsabilidad tocó su puerta de habitación. Otros, prefirieron hacer caso omiso, pagar sus 74 soles de multa y cagarse de la risa de los que sí cumplimos un deber cívico, una fiesta popular, un jolgorio de insultos a los promotores de esta tonta revocatoria, y que ahora se esconden pero dicen no haber perdido, que no compitieron, cuando en el primer mes ya habían comprado el Kid de Revocatoria, porque jamás esperaron, porque en política se conoce la real venganza y el real puñal hecho hombres y mujeres con voz fuerte y labia impresionante.
Y pues, entré al colegio Saco Oliveros tras esperar como treinta minutos en una cola que no avanzaba pero sí retrocedía. Busqué mi mesa, subí tres pisos, esperé, esperé, esperé, como una hora más y seguí esperando… entré, me demoré un minuto y medio en votar y firmé, mi huella, documento, sticker y salí. Siempre con los lentes negrísimos. Bajé las escaleras, tres pisos, no esperé tanto para salir del colegio. Prendí un cigarro y suspiré por haber votado por primera vez. Alguien me miró muy raro. Alguien, creo que me conocía, y a la vez, se avergonzaba de mí. Y un policía comenzó a decir que despejen el área, que sólo iban a entrar los que iban a votar, sin acompañantes, por favor, a esperar afuera… Y yo, completamente solo, enrumbé hacia el barrio donde crecí a cerrar la Ley Seca con tres chelitas celebrando mis primeras equis para unirme a los que están en contra de la Revocatoria y esas jugarretas de mala mano, floro barato y chorreos de platita que siempre llega sola.
Volverte a ver,
es todo lo que quiero hacer.
Volverte a ver,
para poderme reponer…
Volverte a ver - Juanes
Te estoy buscando en mi cabecita loca que solo piensa en ti, que sólo juega con las miraditas de ayer, que sólo recuerda las palabras que me dijiste cuando se me había subido la cerveza y te contemplaba cuando estabas hablando con tu señor jefe.
He agarrado la costumbre de buscarte todos los sábados. Me alisto y me perfumo como mejor puedo. Siempre voy en short para estar más cómodo. Visto el pollo de cuello que me he comprado recién y calzo las negrísimas zapatillas Converse que tanto te gustan. Me engomino el pelo y me peino para un lado, bien ordenado, bien pegado, como galán de telenovela. Llevo bien la barba, que no está crecida, menos mal.
Camino como modelo por todo Barranco: fumando Malboro rojo, cambiándolo de mano cada tanto, cogiéndolo entre los dedos muy elegantemente. Quedo mirándome con toda la gente que pasa. Me miran de arriba abajo. Yo a las mujeres me quedó mirándoles las piernas, luego les miro la cara. A los hombres, los relojes, después el peinado. Y sigo caminando con poses de barranquino bohemio acostumbrado a estas largas caminatas en busca de un poco de chela y buena música.
Veo gente orinando a las paredes. Sonrío y ellos también, me dicen qué miro y yo respondo que nada, sonriendo. También sonríen. No tienen roche alguno de sacar el pito y escribir su nombre en la pared de alguna casa deshabitada. Veo, también, y muy temprano, pasar algunas muchachas que se tambalean por la borrachera. Son ayudados por sus amigos de juerga, que están algo más parados que la que está a punto de besar la rota vereda por la que pasa más gente de lo pensado. No es un sábado cualquiera, me llego a enterar por un muchachón que prende su bate sin temor alguno y fuma como yo termino de fumar mi cigarrillo. Me invita y también fumo. Lo miro, sonreímos juntos y me hace un gesto para que siga fumando. Te vendo, me dice, mostrándome una bolsilla rellena hasta la mitad de hierba que huele rico. Es la rica, agrega, y sonríe y otro gesto. Asiento con la cabeza. No hablo, no hago nada, fumo y miro al cielo para botar el humo lento, alucinando una nube encima de mí y sonriendo de los gestos estúpidos que me hace el pasajero dealer para que - recién comprendo- le devuelva el bate porque quiere fumar y seguir fumando. Le doy 5 cinco soles, y me da la bolsita. Que chau, que adiós. Era argentino, o la hierba me estaba cagando o él había fumado más de la cuenta.
Y llego sólo para contemplar tu caminar apurado cargando dos chelas. Si puedo te hablo. Es que no puedo, me dices y me haces un gesto que ya vuelves. Me quedo esperando, sentado en la plaza. Fumo un poco de hierba. Sonrío con los extranjeros que llegan sólo para computar blancas mujeres de piernas anchas. Sonrío cuando sales, para buscarme y no me encuentras. Te veo, encuentro tu mirada entre la muchedumbre y leo tus labios que me dicen, quédate un rato, ya vuelvo. De nuevo, ya vuelves, ya vuelvo. Te sigo esperando bajo el negro cielo barranquino que acoge a los chibolos movidos por el alcohol y sonrientes por la rica hierba que consumen. Te sigo esperando porque la hierba que estoy fumando no me hace sonreír tanto como contemplar tu ligero cargando tanto que parece fácil.
“Vota a aquel que prometa menos.
Será el que menos te decepcione.”
Bernard M. Baruch (1870-1965)
Financiero y asesor presidencial estadounidense.
Nunca confíes ciegamente en alguien [...]
Acá en la capital peruana estamos viviendo la fiebre por la revocatoria y el sí y el no y todas esas vainas de la política cochina. Que dale por el SI, que Susana es la Lady Vaga, que no hace nada, que sólo habla mal de Castañeda, que se joda, que se largue. Que dale por el NO, que Lima no puede parar, que hay muchos proyectos que tienen que seguir su rumbo, que las cosas van bien, que si no habla no es que no esté haciendo nada, que no roba.
Susana María del Carmen Villarán de la Puente es la alcaldesa de Lima. Tiene 63 años. Y es la primera mujer que ha sido elegida alcaldesa de Lima Metropolitana, por medio de elecciones. Tiene algo que ver con Kouri, Flores, Toledo y García, y también con el presidente Humala. Ah, y cómo no con Castañeda, su antecesor en el sillón municipal. Es izquierdista, activista y defensora con uñas y dientes de los Derechos Humanos. (Acepto que todo esto lo saqué de Google. Yo hubiera puesto lo siguiente. “Nombre: Susanita Villarán. Alias: Lady Vaga. Ola Ke Ase: No sé. No habla. No opina. No hace ni mierda.” Rápido y simple, y entendible).
He conversado con varias personas metidas en política y esos rollos, y que tienen relaciones amicales y de labores con Villarán. Y digo, de verdad, que no me han convencido. Me han parloteado y sacado al fresco cifras, juntando números al azar y yo sólo asentía, mostraba mi rostro sorprendido y continuaba la charla con alguna pregunta interesante. Pero, en realidad, carcajeaba por dentro. Eran tan exactos para mentir. Tan creíbles. Eran tan estúpidas sus excusas para ayudar a alguien que sólo entró al poder para fiscalizar a un tipejo que robó, trabajó y tampoco no habló. Por eso, no defiendo a nadie. Ni a Castañeda. Ni a Villarán. Ni a los que vendrán, seguramente. Lima merece un cambio drástico. Una bomba, quizás. Y debo reconocer, que aún creo en Lourdes Flores Nano para este cargo. La eterna candidata.
Decía que he hablado con varias personas allegadas a la doña y me han dado unas extensas ponencias de porqué votar por el NO a la Revocatoria. Muchos, la llamaban: ¡NO a la Rovocatoria!. Y me río, me río, me río, me ríoooooo… como la canción del Puma. Y seguro ellos pensarán ahora, leyendo esta columna: En mi propia cara, ante mis propios ojos, con un amigo del alma, se ve que no te importo, nada… Te has burlado de mí… Y me sigo riendo. Perdónenme todos, señoras y señores.
Le he mentido a toda esa gente. A todos aquellos que me hablaron bonito de Villarán. A aquellos que pensando que diciéndome cifras y comparando los años de poder con otros gobernantes, iba a cambiar mi opinión. Les metí. Actué perfectamente, ahora me doy cuenta. Me creyeron hasta los gestos. Me dijeron que era inteligentísimo y me invitaron a cenar a sus casas, y allí seguimos hablando de la corrupta política peruana y un poco de literatura como para sentirme local.
Pues, creo, no habrá otra ocasión,
para decirte que no me arrepiento,
de haberte entregado el corazón...
Camila
El juego se terminó en una noche calurosa de febrero. El juego, acabó entre guiños y molestias de todas las partes. Te fuiste, apenas acabó el jugueteo, sin mirar. Tu pelo se alocaba con el viento que entraba por la ventana abierta de par en par. Tu pelo revoloteaba por tu cuello y parecía que quería quedarse pero tú mandabas otra cosa, y entonces los largos cabellos negros obedecieron y siguieron su rumbo sosteniéndose en el ventarrón fresco que se metía sin permiso a la casa, donde estábamos reunidos, fingiendo tranquilidad.
Y fue que el juego culminó mientras abrías la puerta con furia. Sin mirar atrás, sin retroceder un paso, sin dudar, sin hablar. No hiciste nada. Abriste la puerta y en menos de un segundo fugaste como el ladrón que ya tiene el motín y no le interesa más, sólo correr derechito como caballo de carreras, con la adrenalina en la garganta seca por los nervios. Porque así caminaste, rápido, fluido, rapidito. No hiciste una parada. No te cansaste o no querías cansarte. No dudaste.
Te veía, impaciente. Trataba de hablar, pero callaba si alguna palabra lograba ser susurrada por mi boca que no podía mantener cerrada. Pensaba qué decir, y te miraba con ojos tiernos para que no te vayas nunca, pero fue en vano. Te fuiste. Y yo contemplaba tu huida feroz. Me dolió. Fue un puñal. Un puñete directo a la boca del estómago. Me dejó frío. Sin habla. Sin aire. Hincado, y sin nada, porque contigo se fue todo lo poco que podía tener. Y emprendiste el vuelo, para quizás no volver más. Sin despedirte, abriste las alas y planeaste, cuculí. Sin hacerme adiós con la mano. Sin mirarme. Sin, quizás, ni siquiera pensarme.
Y así, el juego culminó con tu salida sin chistar. Y las palabras que se quedaron en mi boca con ganas de salir. Aún están. Y no son las que te estoy escribiendo en esta llorona y cursi carta. Y esas ganas locas de enrollar tus lacios cabellos en mi pecho endeble para olvidar el mal momento y jugar de nuevo, también lo tengo aquí, amarrado entre el corazón y la garganta seca, sin saliva, sin un poquitito de amor.
La cosa es querer mucho, querer con ganas, con ganas locas, pero sin llegar a la locura. Aunque a veces querer con locura es bacán, cool, recontra chévere, pero no es algo que me quite el sueño. La cosa es también que te quieran, y que lo sepas. La cosa no es escribir que te quieren. La cosa es que te quieran. Simplemente que te quieran más, mucho, poco, pero que te quieran. Y cuando lo escribes es porque la cosa es que no te están queriendo. O sí. Pero poco, muy poco, poco y nada. Pero a veces, también, la cosa no es hacerse preguntas. Que si te quieren. Pues no lo sabes y listo. Más bacán. A lo secreto. Más cool. Sólo querer sin saber si te quieren o no. Tú quiere. No conjugues más. El verlo querer déjalo tranquilo. Hazlo tú, y no esperes. Ejecuta, jugador.
La cosa no es hacerse el dolido. La cosa es llorar por dentro si algo sientes y reír para seguir queriendo. La cosa es reír. Y llorar, pero sin que te vean. No seas huevón. La cosa no es que te vean. Es que te conozcan. La cosa es que si te conocen, no actúes. La cosa es que quieras naturalmente. No mientas. La cosa es que si te conocen y actúas, eres un completo y triste huevón. Y ella lo sabe.
La cosa es querer. Que no te importe lo demás. Si algo dicen, si murmuran, si callan, si ríen. Que te resbale. Eso, no interesa. La cosa que sí interesa es que quieras de verdad. Que si te gusta, quieras. Que si quieres, no mientas. Que si piensas en mentir, entonces eres un huevón más. La cosa no es ser huevón. La cosa es que piensen que eres huevón, estúpido, mediocre, saco largo, porque, simplemente, quieres con ganas, con ganas locas, con furia contenida, con la pasión que te sale por los poros. La cosa es amar desenfrenadamente. La cosa es gritar para que todo el mundo lo sepa. Es gritar y cagarse de la risa. La cosa, claro está, es gritar por amor, jubilosos, inflando el pecho, parándonos en firmes, mi soldado.
La cosa es decirle te amo, diariamente, a la chica que amas. Si la amas. La cosa es decirle perdóname, mi vida, cuando sientas que de verdad hace falta unas disculpas para seguir amando. Porque no se deja de amar así porque sí, de la noche a la mañana, porque me picó un mosquito, o porque pasó la más rica del barrio. Amor es una cosa loca. Amar, es una cosa loquísima, una cosa que te saca del cuadro, que te hace pensar en segundos y sonreír al despertar. La cosa es esa, amar sin pausas, en cada momento, en cada instante. Claro, la cosa es el instante.
La cosa es escribir cuando quieres. Si un escritor se enamora, la persona a la que le escribe no muere jamás. La cosa es no pensar en morir. La cosa es vivir. Y soñar. La cosa es amar. Y seguir soñando. La cosa es seguir escribiendo. La cosa, entonces, es querer escribir cuando se quiere, porque si se quiere tanto como se escribe… La cosa, es querer. Ya está. Sin pensar. Sin preguntar. Sin ciencias. Sin doctores. Querer y punto. La cosa es decir te quiero sin miedos. La cosa es, querer y escribir porque se quiere. Porque se ama. Porque se sueña. Esa es la cosa, al fin y al cabo, sin ton ni son, sin blanco ni negro. La cosa es la cosa. Simple y llanamente.
A, Fernanda Vera.
¿Recuerdas cuando te llamaba y te decía para vernos, aunque sea un ratito, a las doce y media de la noche? ¿Recuerdas cuando te decía te quiero, mil veces, y te mordía la oreja y te susurraba en el cuello? ¿Recuerdas cuando entrelazábamos los dedos cuando te abrazaba y te decía que tenía frío y metía mis flacuchentas manos en el bolsillo de tu chompa? ¿Recuerdas cuando me mordías el cuello? ¿Y, cuando me decías con voz de niña engreída: te quiero, mil veces, gordo, te quiero?
¿Recuerdas mis berrinches cuando chateábamos? ¿Recuerdas tu cara de molesta cuando te bromeaba con cuanta mujer pasaba por la acera? ¿Y cuando la miraba? Me miraban… yo no miraba a nadie, sólo a ti. ¿Y, recuerdas, cuando te miraba, y te decía: por ti estoy feliz, soy feliz? ¿Recuerdas cuando te decía que contigo era feliz y me hacías la vida contenta? ¿Y los días y las noches, y el cielo y el mar no eran nada sino estabas tú? ¿Recuerdas cuando te llamé, cierta noche, cuando caminaba por el Malecón para pensar las cosas? ¿Tú has pensando bien las cosas? ¿Sigo teniendo la culpa? ¿Sigo pensando y no hago nada?
¿Recuerdas que te dije que no teníamos fotos juntos? ¿Recuerdas la foto en Miraflores, después de la salida en grupo? ¿Y Joan: Ven, mierda… hablen, ya, carajo…? ¿Se notaba mi felicidad? ¿Mi nerviosismo? ¿Te abracé fuerte? ¿Te estrujé el corazón?
¿Recuerdas cuando se me hacía difícil decirte que quería que seas mi novia? ¿Cuánto me demoré? ¿Poco? ¿Mucho? ¿Recuerdas la esquina donde esperábamos el carro que me llevaba a mi casa? ¿Nidito de amor? ¿Me voy ahí… No, no, en el otro… y así una hora esperando el carrito de rayas celestes y blancas? ¿Recuerdas los golpes en la frente, y los insultos de cariño? Te digo imbécil de cariño, gorrrrdito ¿ya? ¿Recuerdas a los noctámbulos? ¿A los que esperaban el carro con nosotros? ¿Y los que tenían la pinta de no esperar el carro sino cualquier estúpido que tenga una buena prenda o reloj o billetera gruesa? ¿Recuerdas mi cara de pelinco? ¿Y tu cara de miedosa? ¿Y mis palabras? ¿Y mis abrazos en plena noche calurosa? ¿Tus miradas?… aún las siento en las noches que camino solo, fumando el cigarrillo que nunca se termina…
¿Recuerdas cuando caminábamos lento? ¿Cuando te dije vamos para la Brasil, y nos estábamos yendo para la Católica? ¿Recuerdas mi cara de vergüenza? ¿Y de enamorado? ¿Recuerdas mi cara de templado? ¿Recuerdas cuando hablé con tu papá? ¿Y tú mamá: mírala a los ojos…? ¿Recuerdas la película que veía tu papá y me dijo para verla juntos? ¿En blanco y negro, en su habitación, en silencio? ¿Muy divertida? ¿Por eso nos fuimos a jugar ludo?
¿Recuerdas mis ojos cuando te veían? ¿Y mi corazón palpitando? ¿Recuerdas mis besos alocados? Pues, déjame decirte, que yo los recuerdo y los extraño.
¿Recuerdas cuando caminábamos de la mano? ¿Cuando te agarraba más fuerte? ¿Cuando no te soltaba, para nada? ¿Recuerdas cuando te besaba la mano, el brazo y el hombro? ¿Recuerdas cuando me mordías el hombro, y el omóplato? ¿Recuerdas los besos prohibidos en el ascensor? ¿Los besos robados…? ¿Recuerdas cuando nos quedamos dormidos en el sofá de tu casa, cuando Perú perdió en el Sudamericano Sub20? Me intereso más contemplar tu cara que el partido… Que el equipo local… ¿Si me hacías feliz? ¿Si fui feliz? Sí… fui feliz… y ahora también estoy feliz porque te escribo… Y ahora también soy feliz porque me he sentado a escribirte seiscientas palabras sólo para volver a sentir lo que era estar contigo, caminar contigo, reír contigo, ser feliz… contigo…
Te quiero.
Te extraño.
Te escribo.
F.
A, doña Flor.
Recuerdo sus ojos azules llorando, al ver a la Tata en ese cajón elegantísimo, con flores de todos los colores y aromas a su costado. Recuerdo las palabras de aliento que me daba, sus abrazos que lo sentía como los de mi Tata cuando me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo, su pelo blanco, su voz cariñosa y dulce. Recuerdo, su perfume, su caminar pausado, sus miradas coquetonas. Recuerdo sus llamadas por la tarde para que suba al instante: no le hacía esperar y en la puerta a medio abrir estaba ella, sosteniendo un plato de seco o ensalada, para que comas rico, me decía y yo, agradeciendo y no sabiendo qué más decir, bajaba contento con el plato en las manos, mirando para arriba, sonriendo por la buena salud que mostraba doña Flor.
Recuerdo, sus chancletas marrones. Y su casa, que también es mi casa, oliendo a flores e incienso, con las ventanas abiertas, con el aire paseando. Recuerdo sus llamadas de teléfono cuando alguno de mis amigos venía y no tocaba el intercomunicador: creo que alguien te está buscando, me decía y colgaba enseguida. La recuerdo contenta, sosteniendo la copa de champán en año nuevo, diciéndole a mi tía que se quede para cenar juntos. Y es que subimos un rato porque papá tenía que madrugar para ir a trabajar, mi tía estaba resfriada y yo, ir al cine donde me pagan por no hacer nada.
Pero ya no escucho su risa contagiosa cuando me pego a la ventana que da a la calle. Recuerdo cuando se sentaba a esperar a su nieto, y miraba a la puerta del edificio, anhelando su llegada. Recuerdo, cuando yo llegaba antes y cerraba las cortinas: sonreíamos juntos. Recuerdo, cuando la miraba y cuando se reía. Recuerdo su paciencia y preocupación por personas que no eran su familia. Recuerdo sus uñas largas, pintadas; sus labios con un rojo sobrio y las chapas bien coloradas para salir unos minutos a comprar el pan.
Y un lunes cualquiera, Lima anochecía con la panza de burro acostumbrada. Y fue la panza de burro que se convirtió en una caída de estrellas que detenían su viajar en el piso cochino y lleno de caca. Un lunes que atardeció rápidamente y una noticia inesperada llegó al contestar la llamada diaria de mi padre. No te creo, le dije, sudando frío. Y agarré fuerte el teléfono porque lo sentí caer por mi cachete helado. No sabía qué hacer, qué decir, qué insinuar, qué… Ya no estaba la doña que cuando mi abuelita se fue tranquilita, me llamaba para darme medio kilo de papa canchán o un plato bien taipá de tallarines verdes con churrasco. Porque cuando la Tata se fue, en doña Flor refugié mis alegrías y conversaciones íntimas, conversaciones que ahora revelará a su amiga de siempre, cuando las dos me miren y se rían como siempre se reían al verme hacer payasada y media.
Y ya no está. Y la extraño como extraño a la Tata que se fue de estos caminos llenos de mierda hace como un año y medio, si no me equivoco. Ya no está, y ahora juntas revolotean y ponen de vuelta y media el cielo infinito del que tanto hablaban todas las tardes-noches cuando salían a regar el jardincito que hoy está más florido que nunca.
Silent Night,
night of love ...
everyone sleeps around ...
Falta muy poco para que los cohetones exploten en el cielo negro y cochino. Muy poco, para que los niños griten por romper sus regalos y los perros chillen en la azotea de la casa. Para que las abuelitas contemplen a su nieto recién nacido y le agradezcan al señor que acaba de nacer (mientras lo acomodan en el pesebre nuevo). Y para que los padres, llenos de gozo, inflando el pecho, le digan al hijo mayor, esto es por hacer bien las cosas, y le entregan la ansiada Mac.
Falta muy poco, casi nada, para que la mamá, ayudada por los tíos que acaban de llegar del extranjero, diga que ya se pueden sentar a la mesa, que el pavo está que espera, que todo está lindo para esperar la llegada del Niño Manuelito. Muy poco para que toda la familia, se reúna y rece frente a Jesucito. En un ambiente denso, con el estallar de las Mama Ratas y Huanuqueños que hacen saltar del susto a cualquier errante. Y los más perjudicados, los que ladran y maúllan.
Falta muy poco, poquísimo, para que los chibolos rompan los papeles que cubren los regalos y sepan qué les dejó Papá Noel. Una pelota, un carrito, un polo, un scooter, unos patines. Una Barbie, un set de manicure, una casita con Ken adentro, una bebe tamaño original que caga y mea y chilla y ropita para cambiarla. Muy poco, para que los chibolos salgan a la calle y jueguen con los obsequios de sus amiguitos del barrio y compartir porque Navidad es compartir y amor.
Falta muy poco, nada, para que todos se abracen, mientras contemplan por la ventana el juego de luces multicolores y se tapan los oídos evitando el fuerte reventar de los cohetes que nunca paran. Quieren involucrarse en el jolgorio popular. Esa fiesta de gentes y costumbres que ahora extraño porque vivo en un departamento que pertenece a un edificio de viejos que solo saben saludarse, tomar chocolate caliente y dormir encapuchados. No, ruidos molestos. No, cohetecillos. No, lucecitas de bengala. No, alegría. Bah. Never, papacito.
Falta muy poco y nada para que el niño Jesús nazca. Para que la nieve nunca caiga. Para que el trineo no ande más. Para que los regalos sean juguetes rotos. Para que la familia se vuelva a distanciar. Para que la fiesta termine. Para que la vida continúe.
Te he dicho que te cambies de calzoncillo a diario, no uses uno un par de días (porque si te olvidas y no te bañas, tres o cuatro días). No seas cochino. Te he dicho que te bañes un día sí un día no. Que no te laves el pelo todos los días que entres a la ducha, porque se te cagará y te quedarás pelado como tu padre. Te he advertido que laves tus medias todos los días, déjalas remojando toda la noche y en la mañana las refriegas y las tiendes. Te he dicho que uses talco. Que uses agua refrescante. Que te seques el pelo con secadora, y no con toalla, tu pelo es lindo, claro, que no se queme, no seas huevón.
Te he repetido, un millón de veces, que no juegues con las mujeres, que tienes una hermana y que no te va a gustar que le hagan lo mismo. Te he dicho, que enamorarse es lindo, que si te gustaría estar solo como tu padre, solísimo y cachándote cuanta puta se te atraviese, entonces sigue jugando con las buenas mujeres que se posan ante ti. ¡Entiende! No las ilusiones. No les digas te quiero. Tampoco, te amo, te extraño. Menos, le escribas huevadita y media y lo publiques en esa vaina, bloc, log, blon, esa cojudez.
Te he dicho, hasta el cansancio, que quieras a tus padres. Que, de vez en cuando, les dejes un chocolate o un caramelito de limón. Es el gesto. También, te he dicho que seas considerado con tus abuelos. Cuando vas a visitarlos, a regañadientes, ellos te saludan con un beso y apapacho. Y tú, a las justas, los miras a la cara. Si te preguntan algo, respondes de mala gana. Si te quieren hacer cariño, te apartas. Ellos se dan cuenta, y no te lo dicen, lo dejan pasar, algo debe tener el muchacho, cuchichean. No seas huevón… quiere a tus abuelos, abrázalos con ternura, dale un beso en la frente a cada uno, carcajea con ellos. Te he dicho que confíes en tu familia. Te he dicho, que nunca te olvides de los tuyos. Que tu familia, al fin y al cabo, siempre estará contigo, en las buenas y malas.
Te he repetido, miles de veces, que dejes de extrañarla. Que ya no estará. Que ya no volverá. Que ya no quiere ni mierda contigo. Te he dicho, claro, que ya no te quiere. Que te hagas de la idea que se murió y que nunca más la verás. Te he dicho, también, que olvides los momentos bonitos que pasaron. Que no te hace recordarla. Que te vuelves un estúpido y empiezas a escribir sin razón alguna, cartas, poemas, que no publicas y los quemas en medianoche, cantando Decir adiós. ¡No jodas, pues!… Te he dicho, que ya no jorobes la pita con la misma cantaleta de que el amor de tu vida huyó y te destrozó el bobo. Ya, no hinches las pelotas, desahuévate y anda.
Te he dicho, para ir terminando, que camines con cuidado. Que mires antes de cruzar la pista. Que estés alerta, atento, siempre mirando a todos lados. Que contemples el semáforo. La calle está peligrosa, y de noche, peor. Y a ti te gusta ir de acá para allá de noche, cuando los grillos comienzan con las sinfonías. Te he dicho que camines erguido, frente en alto, cabello peinado. Como te ven, te tratan. Sonríe, saluda, agradece. Entiende, mierda, como te ven te tratan. O te escupen, o te hablan. O te ordenan, o te hablan. Como te ven… Bueno, tú ya sabes.
Te he dicho, que no escribas cuando hayas fumado hierba. No te conviene. La hierba siempre te juega mal. Es que no escribes mal. Y eso es lo que pasa. Te he dicho, amigo mío, que no te emborraches. Que no le digas a tu amigo, ven a mi casa… no hay nadie. Que no le digas a tu novia, sorry, gorda, tengo problemas. Por eso, no tomes. Y menos, solo. Y cuando tomes no escribas. Y menos, solísimo.
Y, listo, para darle punto final... Te he repetido, hasta morir, que cuando yo hablo, tú chitón nomás. Escuchas, piensas y actúas. No reclames. Estoy dentro de ti. Sabes quién soy. Pero no me conoces.

La chica cuida su esquina enseñando los dientes. Y también, las tetas. Se acomoda siempre su pelo largo y rubio sobre el hombro derecho. Se peina cada tanto, y juega con los rulos que se le forman. Se recuesta en un poste lleno de afiches de perros perdidos y mensajes llenos de esperanza. Descansa su espalda desnuda, tratando de no ensuciarse. Busca algo en su cartera… un cigarro. Lo enciende, mientras tararea una canción de Calamaro y respira, para comenzar la faena.
Hace frío, y está lejos de casa. Y es que la calle es su lugar, ella sabe bien. Y contenta, risueña, mira cada auto que pasa por la Arequipa, despacio, viendo el material… Le piropean, ella sonríe, se toca; ellos le dicen algo, carcajean, siempre van en grupo, ella siempre está sola, solísima. Y muestra una sonrisa pendeja, coquetona. Se arregla la falda, se la sube un poco. Se junta las tetas. Se pinta la boca con carmín. Se mira en un espejo que siempre lleva, rajado por la mitad, en su cartera con hartos compartimentos. Sonríe, guarda el espejo y enciende su segundo cigarrillo.
Pasa un Mazda negro, con lunas polarizadas, y se para frente de la muchacha que no se da cuenta que el auto se ha estacionado a pocos pasos suyos. Ella, habla por teléfono, mirando a la nada, y fuma impulsivamente. Alguien baja la luna del auto y comienza a silbar. La chica sigue hablando, pareciera que atendiera a un cliente porque le habla sensual y con un tono bajo –como hablan esas putas de mierda a las que llamas cuando no tienes nada qué hacer y quieres dártela de pendejo con tus manchita, pe’ causa–. Más silbidos… la chica voltea y mira el auto estacionado, la luna baja, alguien dentro. Trata de reconocerlo pero está muy lejos y no ve nada, sólo una silueta que no distingue bien. Se acerca lentamente, mientras los silbidos cesan. Hay murmullos, susurros. Hace frío, mucho frío.
Es la una de la madrugada y la calle se va pintando con la Navidad. Las amas de casa hacen su mayor esfuerzo para decorar las fachadas con lucecitas de melodías chillonas y papanoeles que trepan para el techo y bajan por la chimenea. Y ahí, ahí, está la muchacha que conversa con su cliente de la noche… primero, único, sólo ella lo sabe. Sonríe mientras conversa. Mete casi medio cuerpo al auto, le toca los timbales al que esté dentro… juguetea, nada más. Cuando ya todo está consumado y han pactado todo lo concerniente… Ella, mira a todos lados, se acomoda el pelo e ingresa al auto, al lado del conductor.
Se va, se va, la chica de pelos rubios y mirada triste. Se va, y se esfuma el amor en sus tacones y ese perfume riquísimo de chocolate que con tan sólo sentirlo la imaginas entre sábanas blancas de un hotel de Barranco. Se va, la muchacha que fuma como condenada... Y se esfuma de mi vista esa puta que me enamora cuando camino por la Arequipa, todas las noches de diciembre, llorando mis putas penas.
Ejecuto pasos de bailes exóticos, contorneando mi cuerpo flacuchento, ante la mirada cojuda de los chicos que se olvidan de repartir bebidas gaseosas y comer pop cornpara verme y sonreír placenteramente. Me toco y soy una draq queen sin ropa extravagante y maquillaje multicolor. Una vedette novel que se ensucia las manos de grasa y saca combos de Coca-Cola con panes con hot dog larguísimos, lo más rápido posible, pensando al segundo, escuchando y haciendo, diciendo y volando, siempre en puntitas para estar más agiles y al acto con el cliente que espera ver su película atragantándose bien rico en la última butaca de la sala 3D.
Converso con E, una directora peruana de cine. Apoyo mis codos al mostrador donde vendo y vendo, y encorvado, le hago el habla coqueta a la coqueta que me ha visitado al trabajo. Hablamos de pastillas, de pura mierda, de chucherías. Ha ido al cine a ver una película de terror, una de las tantas que han entrado a la nueva programación. Me cuenta, adormitada, que la película fue un bodrio, que no existe otra película más asquerosa que esa, que debería haber devolución de dinero cuando el cliente se caga de sueño y se coloca en posición fetal para encontrar la muerte deseada y dejar de ver un largometraje americano tan cochino como Bush. Me habla en sueños, tiene los ojos chinos y el pelo amarrado por una pita gastada. Se recuesta, de vez en cuando, en el mostrador. Me deja ver más allá de una simple blusa anaranjada y suelta... muy bonita, por cierto. Me cuenta, además, que hay varias películas de terror que han venido al Perú y las han acogido como grandes proyectos y las han venerado, y nada que ver, el tiro por la culata, otra más para dormir. Con cuántos largos me he quedado jato, me dice, y se caga de la risa, aplaudiendo como chibolo festejando su propia payasada.
La conversa cambia de rumbo y el jugueteo maricón traspasa los límites prohibidos. F pasa por mi lado y me besa el cuello. Sonrío y lo presento en sociedad. (F es moreno, alto, guapetón. Siempre tiene el pelo engelado y mojado. Se ha hecho mi amigo y compañero de conversas nocturnas. Es, un ángel, un proyecto de amigo ideal que todos esperan pero nadie tiene, salvo yo y los chicos del cine). Y, le digo a E que es mi pareja, que no hay nadie como él. E me mira, sonríe, se tapa la cara y comienza a susurrar algo que yo ni escucho ni entiendo, pero pinto una sonrisa en mis labios aceptando la gracia. Ella sabe que es una broma, pero me dice que soy un rico maricón, un bonito, y me empieza a hablar de la homosexualidad como hablar de qué has tomado de desayuno hoy y me crea un guion en el acto de una idea pastrula que se ha inventado al escuchar a dos lesbianas que han ido a comprar dos canchitas medianas y un hot dog jumbo con harta pero haaaarta mostaza.
Hay barullo y comienza la catana y los pedidos de todo un poco, minutos antes de que algún muchachón de polito azul bien sucio y visera sin pega pega grite que a su sala ya pueden ingresar dejando el boleto rosado y consintiendo su veloz chequeo a los paquetes. Es como un juego que nunca termina, y los jugadores nunca se cansan, los de adentro y los de afuera, los que piden y refunfuñan y quieren todo para ayer, y los que hacen y corren y gritan y sacan bandejas negras llenas de chucherías que los comensales cargan felices y van adonde se va a proyectar la película que han sabido escoger.
Cuando la marea baja y las gentes están adentro de las salas con el aire acondicionado a mil, nos recostamos y suspiramos y nos vamos a mojar la cabeza en el baño, descansando de la chamba jodida y los olores a canchita y el pegoteo al poner el brazo en cualquier lado, porque la gaseosa se derramó y ahora toca la operación limpieza. Hay muchos caídos… unos, se sientan en el suelo lleno de grasa y boletos rotos; otros, se quedan en el baño quince minutos y los más cansados (me incluyo), se llevan a un cuartito prohibido las bebidas que nunca salieron como pedido y de un solo sorbo se la toman y dejan para que el compañero que llegue también sacie su sed. Y comen canchita escondiéndose de todos. Y juguetean entre sí, riéndose a carcajadas, y vociferando cual reunión hablando de las ex que te siguen jodiendo y los chicos que te gustan y esos ojos lindos y esa carita de pasaporte y qué haras más tarde, darling… ¿un puchito? ¿puede ser?.
Y así se pasa la tarde gris en un cine donde creo trabajar. Todos, hablando de la novela que no pueden ver porque tienen que marcar tarjeta antes de las dos con treinta. Barriendo para hacer finta cuando los supervisores pasan a chequear qué hacen estos chibolos del carajo, qué hablan, porqué están conglomerados en una esquina, carajo… Así, se me pasan las nuevas tardes que ya me estoy acostumbrando a recibir sin mala gana ni el puchero de cólera.
Yo no quiero
saber porqué lo hiciste.
Yo no quiero,
contigo ni sin ti.
Lo que yo quiero,
muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí...
Y morirme contigo,
si te matas.
Y matarme contigo,
si te mueres.
Porque el amor
cuando no muere mata.
Porque amores que matan
nunca mueren.
Sabina y Páez.
Ay, cuánto te extraño. Tu pelo ensortijado acariciando mi cuello, cuando nos besábamos. Extraño tu caminar apurado en plena calle, en un ambiente congestionado por el claxon y risas estúpidas y miradas penetrantes. Ay, tu pelo, tus rulos negrísimos, tu andas achorado. Extraño joderte en cada pisada, molestarte y abrazarte, decirte que eras la única, que besos como los tuyos, jamás encontraré. Extraño tu decires, mis decires coquetones. Tus ojos marrones, mis ojos enamorados.
He vuelto al Kennedy, donde solíamos andar de la mano, caminando lentito. He extrañado caminar lentito contigo. Sólo contigo. Riéndonos de los gatos que trepaban presurosos. De los locos que iban a tomar fotos. De los automóviles último modelo que queríamos tener. Y, ahora, recuerdo cuando estábamos sentados en una de las tantas bancas del parque, y vimos pasar a un niño de la mano de su padre, vestido de overol azul y un gorrito anticucho, era blanquito, tenías muchas pecas y el cabello rubio… nos reímos, yo quiero tener un hijito así, me dijiste; te miré, completamente enamorado y no te dije nada. Ese día, te amé más que nunca.
Recuerdo tu fotografía, nuestra fotografía frente a la playa. Tremendo beso que nos dimos. Estabas loca por una foto con el fondo de la playa y las gaviotas. Ahí, ahí, quédate tranquilo, me decías para capturar bien el momento. Estaba nervioso, sudaba frío. Pero estaba contigo. ¿Y, por qué sudaba frío? ¿Por qué tantos nervios? ¿Por qué el amor te vuelve imbécil? ¿Por qué sigo siendo un imbécil para escribirte?
Te recuerdo con los ojos tristones y el corazón exaltado. Tu paciencia única. Tus gritos enloquecidos. Tu risa contagiosa. Las recuerdo tocándome el pecho, sintiendo mi latir desesperado, maldiciendo el momento en que te dejé ir, o te fuiste sin decir nada, sin avisar, sin mencionar que huías. Pero, ya todo está hecho. Habrá que llorar, y escribir. Escribir, y tratar de no volverte a recordar.
Bonsoir, mademoiselle.
Morales es mi amigo y no llega a los dieciocho. Es guapo, flaco, blanquiñoso y alto, muy alto. Siempre usa el mismo peinado y el mismo perfume. Siempre viste bien, ropa de marca, zapatillas de moda. Vive en un departamento chorrillano, con su incondicional Skyper, su bigotón y pelinco schnauzer.
Morales hace un par de meses que camina por la vereda del amor chibolo. Hace un par de meses que juguetea con el bombeo ilusionado de su corazón al recibir un mensaje de su amada. Deambula con ella por el limbo de edificios de quince pisos con la melodía de los claxon que lo siente como una ejecución de piano, sonriendo y haciendo ojitos. Conozco a su chica, la he visto por fotos: simpática, chata y flaquísima.
Cada vez que nos juntamos para conversar, siempre me tiene que hablar de la chica que le gusta. Lo escucho con atención, le aconsejo, nos cagamos de risa. De repente su teléfono comienza a sonar, agacha la cabeza y comienza a escribir rápido, sin tregua. Sé que está escribiéndole a su chica porque una sonrisa pendeja lo delata. Y cuando deja el teléfono a un lado empieza con su ponencia del amor y esas vainas que he preferido aislar por un tiempo. Que debería tener novia, me dice. Le digo que mejor debería tener novio, uno fortachón y de ojos verdes, nos reímos y un nuevo sonido del teléfono lo excita a sobremanera.
Ayer hemos salido a una reunión y Morales no me ha hablado de su chica. Cosa más rara. Lo sentí frío y distante. No quería tocar el tema. Se fastidiaba, se malhumoraba. Cuando su teléfono sonaba, veía quién era y lo volvía a guardar, inmutado. Le pregunté por ella, insistiendo. Me dijo que estaba bien, y me cambiaba de tema. Yo, jodido, le pregunté qué le pasaba, qué había ocurrido con su chica que no quería hablar de ella. Y ladró: que la chica le había dicho que no se enamore de ella, que él merece algo mejor, que ella no es lo que él busca, que ella prefiere la universidad que a él, que no sea cojudo. Me habló entre lágrimas, suspirando por su loco amor no correspondido. Por esa ilusión que le desbordaba por los poros y ahora lo manda a morder la almohada en plena noche de octubre. Esa ilusión que le estruja el corazón y le desgarra lo más profundo de su alma. Que lo hace escribir como un demente, poemas que rompe y quema a medianoche.
Ahora, Morales juguetea con el destino que le ha dejado de sonreír. Ese destino que no le deja caminar tranquilo y contento, enseñando la sonrisa Colgate, vociferando la ponencia enamorada. Ese destino que lo devora y carcome. Ese destino que se traga las putas páginas de su chibola vida como quien masca un chicle y lo escupe y antes de que caiga le mete un señor patadón hasta mandarlo al carajo. Que se viste de corto y agarra de pelota a su tristón corazón que está aventurándose en la decepción adolescente. Ay, ese maldito destino que lo condena a la hoguera de la soledad. Como me condenó a mí, cierta tarde del año pasado, cuando la morena me dijo que no me quería, que no era buena para mí, que podía estar bien solo. Ay, ese destino de mierda que le joroba la pita y le saca más lágrimas que María Magdalena a los pies de la Santa Cruz. Ay, ese destino, hijo de la gran fruta, que lo seguirá jodiendo hasta no verlo arrodillarse en chapitas de Coca-Cola, susurrando el nombre de la muchacha, suicidándose despacito.
Hoy, Morales ha despertado intentando rebelarse y romper sus cadenas con la fuerza que nace de sus tiernos cojones. Quiere gritar. Quiere zafarse del dolor que le causa el pobre amor perdido. Entonces afila los dientes y cumple con severidad las lecciones para chillar en soledad. En su habitación, cuando duerme, cuando escribe, cuando piensa en la chica que lo choteó: ahí chilla y gime y suspira, en la soledad de sus cuatro paredes. Afuera se vuelve fuerte, happy. En la calle todos son fuertes, solos y contentos. Morales ha amanecido con ganas de cumplir cada una de las pautas para conseguir el título de payaso callejero, caminante achorado, cireador de putas de esquina, hablantín de sexo sin poncho y cacherito de las amigas con mejor culo de la facultad.
Es un día gris, como los que siempre me tocan. En la brea, las sucias crazy combis vuelan cual flechas de cupido, hacen carreras y se cruzan y chillan con los claxon, coqueteando con la muerte que acecha en la pista de Chorrillos. Y sube sube, pisa pisa, gritan en plena marcha los cobradores, sacando medio cuerpo por la débil mica que llaman ventana, luciendo una típica gorrita deportiva de marca trucha y logo gringo. Llaman a la gente escupiendo las palabras, sacando pecho, mascando chicle, alargando el brazo y dejando el olor rancio de su sobaco en las narices de los cansados peatones que esperan el bus que los llevará a su destino.
Unos borrachos que yacen al pie de algún poste de alumbrado público, rascan el piso cobijándose en la pichi y caca de cuanto perro pasó, y jugueteando con botellas de Pilsen Callao con el pico roto. Otros, balbucean, tirados en las bancas del parque con un tremendo campus de tierra y árboles flacos y podados y palomas que te cagan desde lo más alto que ni las ves y sólo maldices y las mandas a la mierda, y te vuelven a cagar, como riéndose de tu desgracia.
Y las más viejas salen a caminar con sus nietos, los pasean en coches o los tienen bien agarrados de la mano. Lucen el hábito morado cubierto por un saco o abrigo porque ya llegó octubre y como costumbre, todos los santos años, es su ropa diaria y salen y caminan y pasean al perro y juegan con el nieto, llevando a Cristo, rindiéndole un homenaje diario, venerándolo con el traje que siempre esperan vestir en el décimo mes del año. Esperan al primer día del mes y lo desempolvan porque estaba guardado en el clóset, llenándose de moho y suciedad que no margina por religión ni edad ni clase social. Lo sacan con cuidado, poniendo suave las manos, cogiendo delicadamente el ropón que cubre el cuerpo entero y queda sujeto por un cordón blanco, delgado o ancho, nuevo o viejo, depende la dueña.
Cinco pe eme de un miércoles malcriado. Doña Julia vive en el tercer piso departamento 302 del Edificio Residencial Acapulco del rico Chorrillos. Es una viejita de pelo blanco que desde hace catorce años camina encorvada, con la mirada enterrada y la sonrisa coqueta, ayudándose por un bastón de madera que le facilita el paso cansado. Yo, salgo a comprar pan a las doce, gozando de mi vida ociosa, y me recuesto en el viejo árbol que está saliendo del edificio y que soporta jóvenes parejitas calentonas cada noche de rumba. Junto mi espalda con su tronco y me siento aturdido por los claxon que hacen apresurar a los demás carruajes y molestar a las gentes que esperan y esperan, como yo, riéndome del caminar apurado de unos negros que van por aquí y por allá, en busca de relojes plateados en muñecas débiles, de carteras sostenidas por mujeres tristes, de patinetas montadas por niños indefensos que visten pantalón pegadísimo y camisa de cuadraditos multicolores por la rica moda skater. Y en esa marea caótica de gentes y combis y choros y perros calatos que persiguen gatos techeros, doña Julia sale a pasear por la Alejandro Iglesias, despacito, arrastrando los pies, y cuando me ve, me alza la mano y me pongo en firmes decidiendo acompañarla a su acostumbrada travesía urbe que el doctor le ha recomendado porque ayuda para la buena circulación de la sangre.
Y contemplo su hábito morado ajustado por un cordón blanco, delgado y viejo. Le pregunto que desde hace cuántos años viste el traje en octubre, y me responde, con nostalgia y los ojos vidriosos, desde que mi mamá murió: ella lo usaba, y yo la sigo, porque un día cuando caminaba con ella me dijo que yo debía hacer lo mismo, e ir a la procesión, seguir al Señor, oler el incienso y la mirra y escuchar los cánticos de las señoras… y mírame, ahora vieja y así, soy cantora y este es mi último año en la hermandad donde mi mamita estuvo como diez años, papito lindo. Me quedo perplejo y en el dudar de mis acciones le pregunto que si le gusta seguir al Señor o sólo lo hace por su madre. Me mira, me acaricia los cachetes y sonríe, que soy un muchachito loco, me dice, el Señor siempre nos guía y mi madre está mejor allá arriba, me evade, me cambia de tema, me caga, me calla, y caminamos lento, sonriendo y tirándole flores a la buena labor del chino alcalde de Chorrillos city.
Voy por la calle, andando al compás de doña Julia que, prendida de mi brazo izquierdo cual quinceañera presentando a su chambelán, saluda a todas las viejas, sonriendo y alzando la mano como Miss Perú, que hola, mamita linda, le dice a una, corazoncito mío, buenas tardes, le dice a otra que no usa bastón pero sí unos lentes-poto-de-botella que pareciera que ni con eso logra distinguir a su hijo maricón que la saluda desde la otra acera. Veo que la cegatona también luce el hábito morado cubierto por un sacón verde oscuro y una chalina recontra gruesa que la salva del frío. Entra a la tienda pidiendo cosas desde la puerta, una botellita de aceite y un paquete de sal, paga con un billete de diez soles y se va, caminando ligerito, rapidito, nos cruza, se me quema el arroz, Julita… le dice a la doña que al escucharla, levanta la mirada que clava en los baches y le hace adiós, sin voltear, agitando la mano.
El cielo se está poniendo anaranjado y las señitos salen a caminar por el malecón lleno de piletas y luces y carros y el sonido de las olas que mueren en la orilla y vuelven jalando los peces de Grau y suspiros de templados y locos calatos y artistas lanzas y estonazos por vocación. Lo recorren porque el doctor les dijo que caminen una hora al día, mejor si es cuando cae el sol y respirando aire fresco, y si es cerca al mar, por la arena, a pie cala y enseñando los juanetes, mucho mejor. Y salen, todas, con el hábito morado apretado a la cintura por el cordón blanco, deshilachado por 1) viejo e 2) instrumento sustituto de la correa mojada y el San Martincito con espinas. Y salen las de antaño, se saludan, se hacen gestitos en pleno trayecto Pescadores-Agua dulce, ida y vuelta, cuchicheando alborotadas e inhalando por la nariz y exhalando por la boca, lento, muy lento, a pasito de tortuga, señora mía, que se aloque el bobo que ya va por los descuentos, señora mía. Todas, uniformadas de purple por ser la moda de octubre, cumpliendo con la anual veneración al Señor de los temblores que sale en procesión por las calles limeñas, calles por las que los más achorados, van y vienen y huelen y se alegran por el tesoro escondido en una bolsita blanca o en unos retazos de papel periódico que venden en el sitio más caleta del pendejo Centro de Lima, o la hierba happyque te la juegan al choque de palmas o en el cuchitril que queda en medio del callejón de un solo caño que no conoce de agua.
Chorrillos, octubre del 2012.
"Píntame su boquita
para yo poder besarle.
Píntame sus ojitos
para que me pueda mirar.
Píntamela enterita
que no se pueda borrar".
Elvis Crespo
Mientras te exponía mi discursito cursi.
Ayer. Cuatro de la tarde. Un frío de mierda.
Leías el tabloide nacional más culto y más aburrido que existe. Te confundías entre titulares Arial 36 negrita, y fotografías de muertos frescos tapados con páginas y trapos cochinos, en plena Evitamiento y a la salida de una concurrida discoteca del cono norte limeño. Mantenías la mirada enterrada en las grises hojas de El Comercio y sus fuentes pequeñas y pequeñísimas que te hacían acercar la cara y maldecir la próxima medida de anteojos que tienes que comprar.
Me gustan tus lentes, querida. Esas dos lunas redondas enmarcadas elegantemente en plástico celeste, te hacen ver recontra guapa, déjame decirte. Pero qué cólera, carajo, para que no me hicieras caso. Me perfumé el cuello y tú, nada. Pelo engelado, camisa de dril y tú, nada. Canté una de Miguel Bosé, recontra bajito, porque sé que te vacila, después de practicar arduo, mañana tarde y noche, las cabronadas, gestos y esas vainas, y tú, mamita querida, naca la pirinaca.
Esa vincha que te sujetaba los pelos locos que habitan en lo más alto de tu cabeza te quedaba recontra linda, déjame decirte. Te veías como una niña inocente y yo, como un completo imbécil. Más ignorado que los subtítulos después de la pela y la canchita y la gaseosa y los manoseos si estás con tu hembrita. ¿Por qué, ah? ¿Por qué me choteas, ah? ¿Te he hecho algo malo, acaso? Mírame, pues, y cágate de la risa. Tengo ojos bonitos y cejas peludas, y peinado de moda. Mírame, pues, no seas malita. Mírame con esos ojos tristones para alegrarlos un poquito que sé que puedo. Deja ese diario cultito y dame frente. Píntame una sonrisa. Mírame fijo. Clávame un dardo. Yo me dejo, haz conmigo lo que quieras, tienes entrada libre. Pero mírame. Párame balón, pues, dame ese placer. No seas así. Sé que quieres. Se te nota.
UNO
La habitación es chica: dos veladores, un mueble para el televisor y disc compacts, una cómoda que las polillas adoran, una silla donde cuelga la ropa del día y una cama de dos plazas que se hunde por el peso del ocupante. Un amarillo sobrio pinta las paredes que lucen sin raspones ni manchas enormes, excepto detrás de los veladores donde tres rayas y una mancha como de leche derramada malogran el regular pintado. Cuadros del Alianza Lima están colgados en tres paredes, y en la que da a la cabecera de la cama luce colgada la camiseta del gran César Cueto. El cuarto huele mal, a pedo pichi caca poto. La ventana siempre permanece cerrada. La luz de la lámpara, prendida.
DOS
Sigue durmiendo. La puerta de su habitación maloliente está cerrada con seguro, hay unas marcas de pisadas y unos rasguños a la altura de la chapa. No se escucha nada, ni nadie. El silencio comienzo a cuchichear.
TRES
Los rayos del sol se meten por la ventana pero no logran abrirle los ojos, ni molestarlo, ni hacerle cosquillas. Se quita la frazada estirando la velluda pierna, pateando instintivamente. Cambia de cachete, se voltea rápido y continúa babeando la almohada fofa.
CUATRO
Siente que su madre le habla y se pone en firmes de un solo salto, al costado de la cama, con los ojos como salidos. Habla, susurra, le dice que todo va a estar bien, le miente, sonríe, mira al techo, vuelve a sonreír, vuelve a mentir. Se vuelve a recostar, y ayudándose con los pies se tapa hasta la cintura y cierra los ojos con el recuerdo de su madre que juguetea en su cabecita stone.
CINCO
Su madre murió hace un año y medio y él aún no lo supera. Está derrumbado, está dolido, está hecho una verdadera mierda. Vive solo en un departamento barranquino, frente a un parque que es campo de borrachos y putas y drogadictos y arrechos jovencitos cada fin de semana, y al costado, una asistencia pública donde sólo saben colocar curitas y gasa y estabilizar la presión arterial. En esa asistencia pública falleció su madre, una madrugada rara y fría, muy fría.
SEIS
El televisor se prende de improvisto, ha sido programado para encenderse a las nueve con treinta en el canal 8, en el programa de las noticias deportivas. Haciendo el menor esfuerzo, coge el control remoto de su mesita de noche y tanteando dar en el punto de la tele, aprieta varias veces el botón de apagado y tras muchos intentos, el televisor cesa y vuelve a negro.
SIETE
El señor del 301, como todos los santos días, comienza a hacer gárgaras a las diez o’clock. Se limpia la boca, la garganta, el esófago, la faringe, la laringe, los dientes, la lengua, el estómago, los pulmones, qué no se limpia ese huevón… Produce sonidos maravillosos que no lograría una guitarra, ni un cajón peruano. Es un beat boxer, y no lo sabe, está perdiendo plata, que alguien le diga, alguien, por favor… Qué cojudo ese causita, segurito que no sabe lo que es beat box. Qué tremendo cojudo, cojudazo, tiene una boca privilegiada ese hijo de puta que me jode todas las mañanas, siempre treinta minutazos.
OCHO
El bello durmiente comienza a hablar solo, habla dormido, tratando de abrir los ojos, despegarlos de los párpados que lo aprisionan a seguir jateando plácidamente. Balbucea, grita, se tranquiliza, insulta, susurra, pelea, jode, gime, ladra, ríe, se lamenta… dormido.
NUEVE
Un hambre voraz lo hace pararse de la cama a regañadientes. Se acomoda el short, se pone un polo maltrecho que encuentra en el piso y abre la puerta con furia contenida. Camina arrastrando las pantuflas, arrastrando la infelicidad que lo acompaña adonde vaya. Saca un pan de la bolsa de papel que está en la alacena y mastica mirando fijo a la nada. Actúa compungido, y de los ojos que le saltan automáticamente por el consumo de drogas, una lágrima es la cerecita del pastel que recorre su pómulo prominente hasta caer en un cuadro de loseta de la cocina. Y, con el ceño fruncido, pasa el bocado, cierra la alacena y se va de la mano con la mierda revuelta, y la cabeza gacha.
DIEZ
Despierta y con el dedo índice babeado se saca las legañas que le joden al querer abrir bien los ojos tristones. Se mira en el espejo y se pasa la mano en los cabellos negros como peinándose, se desenreda el pelo y como le duele hace gestos con la boca y pestañea y juega con la lengua. Sonríe mientras se huele la mano, mientras se mira en el espejo jugando con los perfumes y el labial de su viejita.
«Escribo porque no tengo perro que me ladre»
Por favor, no me beses (Pag 13)
Aprendí a ser solo. Sí, porque estar solo es una cosa muy diferente a ser solo. Yo soy. Y eso lo aprendí leyendo, lamentablemente, a Beto Ortiz.
Aprendí a ser loco y loca: loca cuando se necesita y loco cuando quiero. Aprendí a escribir como un tremendo cabro. Aprendí a caminar como una bella doncella. Aprendí a cruzar las piernas al sentarme. Aprendí a comer sin poner los codos en la mesa. Aprendí a ser varón, a tener palabra de hombre, a dar el asiento cual caballero. Falté a la clase para aprender a ser macho y aprendí a ser macho-macho-meeen.
Aprendí a jugar dominó, solitario Spider, buscaminas, pacman y algunos jueguitos de mesa que no sabía que se podían jugar solo, solísimo. Aprendí a hacer pataditas en mi habitación maloliente y darle a la pared alucinando que estoy en un entrenamiento pichanguero de precisión absoluta: derecha, zurda, cabecita, culo, cabecita… mano, sí, porque meter mano no es falta cuando juegas con nadie.
Aprendí a recitar con esa voz estúpida que utilizan los poetas cuando quieren leer en voz alta sus primeros versos para darse un baño de fama prole. Aprendí a decir te quiero pegando el cachete a la ventana, una noche cualquiera, siempre y cuando sea estrellada y el recuerdo de tu perfume me conmueva. Aprendí a ser cursi, a leer poemas apenas me levanto, a escribir cartas y guardarlos en el último cajón de mi cómoda, junto con los chocolates y peluches que nunca te regalé. Aprendí a decir te extraño, ahora que contemplo tu foto enmarcada en la pared donde están los anaqueles sosteniendo mis libros preferidos. Aprendí a bailar tango. Aprendí a bailar salsa, timba y guaracha. Aprendí a bailar rocanrol. Aprendí a bailar el vals para quinceañera, despacio, tratando de no mezclar el lento con la timba y cruzar las piernas y toma, negrita… cintura, mami, cintura.Aprendí a bailar el lento con mi soledad. Aprendí haciendo palmas, primero, tirándome un paso, después, y metiéndome al baila que te baila, con alegría y quimba y saborcito, coloradito, para ser un máster en salsa de salón, Ricky ricón. Aprendí a cantar Amiga mía de Alejandro Sanz. Aprendí a cantar, mientras comía lomo saltado, mientras tomaba una sopa archi-ultra-mega-súper-caliente, mientras me endulzaba los labios con una gran bolsa de esos caramelitos que parecen pelotitas y tienen la bandera de algunos países en la envoltura. Aprendí a bailar tango escuchando a Gardel. Aprendí a recitarte en las mañanas escuchando a Sabina.
Aprendí a tomar café, y a prepararlo. Aprendí a sumergir la galleta Óreo en leche fresca y comérmela en bocados pequeños para que dure. Aprendí a saborear la comida que tenga al frente. Aprendí a distinguir el agua hervida del agua de caño. Aprendí a escuchar. Aprendí a escucharme. Aprendí a tocar lo que no se debe. Aprendí a no tocarme cuando quiero. Aprendí a seguir tocándome cuando ya no hay ganas. Aprendí a decir stop, y no hacerme caso. Aprendí a hacer caso cuando alguien me dijo go, go, run it all free, y sin voltear, fui pa’ lante, jugador, y salí ganao, contento y en carcajeos.
Aprendí a amarte más que nunca. Aprendí que los para siempre casi nunca son para siempre y que los nunca, casi siempre no se cumplen. Porque nunca dejaré de pensar en ti. Y te amaré para siempre, mi vida.
Aprendí a caminar derecho, a mirar a los ojos, a no arrastrar los zapatos. Aprendí a llamar a mis amigos por sus apellidos paternos. Aprendí a enviar mails. Aprendí a ver televisión cultural. Aprendí a escuchar Radio Mágica, la hora de The Beatles. Aprendí a escuchar radio Capital y RPP y pelearme con los interlocutores y venerarlos cuando pienso que están bien. Aprendí a no decir pe, jerma, batería. Aprendí a cruzar las manos cuando expongo algo. Aprendí a meter las manos en los bolsillos cuando el frío cala en los huesos.
Aprendí a dormir a las dos de la madrugada, ni un minuto más. Aprendí a leer antes de dejarme llevar por el cansancio y el sueño absoluto. Aprendí a tomar Coca-Cola sin helar, antes de irme a la cama con el libro de turno. Aprendí a limpiar la caca del gato antes de servirme gaseosa negra en la taza blanca. Aprendí a escribir huevadita y media, antes de meterle mano a la tina donde El Negro mea y caga y uno limpia y limpia como su chacha personal que es. Aprendí a descansar de tres a seis, religiosa y disciplinadamente. Aprendí a experimentar con la comida. Aprendí a romperme la cabeza para saber qué cocinar y agarrar dos bolsas de fideos canuto, Salsati o Campomar, y sancochar, mezclar y tragar. Aprendí a escribir cuando quiero, y no cuando puedo. Aprendí a no escuchar música cuando escribo. Aprendí a escribir en voz alta para ver si las palabras van sonando bonito. Aprendí a escribir de diez a una pe eme. Aprendí a barrer la habitación que no es mía, a trapear la cocina que no es mía, a sacarle el polvo a los adornos que tampoco son míos. Aprendí a cantar música criolla, moviendo de lado a lado la escoba de frágiles cerdas. Aprendí a escuchar a Luchita Reyes y Lucía de la Cruz, apenas bajo un pie de la cama. Aprendí a recitar un poema a viva voz apenas me siento nuevamente con vida. Aprendí a respirar tres veces, antes de abrir los ojos… a decir buenos días a nadie, a voltear siempre a la izquierda para ver si El Negro aún duerme o ya está metiendo el hocico a su plato verde lleno de galletitas de Cat Chow. Aprendí a sacarme de encima la frazada con dibujitos y carritos, imitando a mi mamá. Aprendí a ponerme las pantuflas sin ayudarme con las manos como me enseñó mi papá. Aprendí a despertar solo, a beber un sorbo de agua para que la sangre me lleve a la mocha loca.
Y desde que aprendí a despertar solo, a decirle buenos días a nadie, a suspirar mirando el cielo gris, a cocinar lo que se me ocurra, a mantener limpio un departamento que no es mío. Desde aquel triste día, aprendí a ser sólo, porque estar y ser son cosas muy distintas.
Y sí pues, infeliz, estúpido pero tranquilo. Y solo. Carajo, solísimo, ¿manyas?
Aprendí a ser solo.
A Alan García, piurano querido.
Te escribo, desnudo, mientras me pinto los labios con el carmín que me regalaste la primera noche de tragos que tuvimos en tu depa. Sonrío y me sonrojo. El rojo me queda bien. Me queda precioso. Me veo más maricón que antes, más mujer, mas lady. Siento ganas de besarte, de apachurrarte con mis brazos enclenques, de morderte el cuello y hacerte vibrar, que me digas ya no más, stop, tranqui, que me pellizques susurrándome soy sólo tuyo, hazme lo que quiera, corazón de melón.
Estoy calato, como Dios me trajo al mundo. Recién salgo de la ducha. Me he bañado con agua tibia para recordar el calor de tu cuerpo. Me he tocado, me he chupado. He gritado como puta cuando me he enjabonado pensando en tu nombre y en tu sexo. Cuando el jabón se me cayó y lo recogí despacio, te sentí detrás de mí, sentí tu bulto, tu aliento en mi nuca. Es un placer recordarte con mucha ternura. Sonreí, delicado, casi me resbalo pero supe cogerme fuerte. El agua chorreaba por mis partes, recorría delicadamente mi cuerpo. Me sobaba, con cuidado. Me eché el champú que usabas cuando vivíamos juntos, me masajeé la cabeza por más de media hora, me sentí bien, más calmado, más tranquilo. Me sobé la cabeza como tú lo hacías, lento y fuerte, metiendo los dedos entre los cabellos furiosos que tengo y rascando con las uñas bien cuidadas.
Me visto, paciente. En calzoncillo voy al ropero y escojo el jean negro que te gustaba porque me quedaba apretado, qué rico culo, me decías, y me dabas una palmadita para que avance erguido. Busco un polo en la cómoda, uno blanco, de cuello, con rayas azules, formalito, como para buscar novia en Miraflores fumando un pucho. Medias de colores, no son pares, encuentro las mejores y me las pongo en el acto. El pantalón me ajusta los huevos, me jode, quiero quedarme con el pantalón y quitarme los huevos, no me sirven para nada. El polo de cuello hace que me vea más varón que de costumbre. Zapatos de taco mínimo, en punta, elegantes, negros. Este polo me gusta, me queda perfecto, pero me hace ver muy hombre.
Me perfumo con la colonia que alguna noche me dijiste esta te hace sentir un machazo y nos reímos del chiste. Sí, el frasco azul, transparente, con letras negras y tapa blanca. Rocío un poco en mis manos, me sobo los cachetes, el cuello, me peino tratando de aromatizar mis trinches castaños. Recuerdo tu olor, tu cuello, tu pose machaza cuando hablabas con Karina, ¿recuerdas? ¿Recuerdas a esa mierda? Esa puta te quitaba mucho tiempo y sólo ibas a mi casa en las noches, media hora, no más. Ibas cansado, con el polo sucio y arrugado. No me gustaba verte así, pero era el único momento que podía acariciar tu piel delicada, y me olvidaba de todo y te llevaba a mi cama para jugar. Recuerdo los juegos y mis risas. Recuerdo tu enojo cuando me callabas, no hagas bulla, huevón, me decías, poniéndome el dedo en la boca, mientras yo lo chupaba y te manoseaba por encima del pantalón.
Estoy bien vestido, muy formal y varonil. Me siento raro, aunque me haya sentido así desde que me dijeron que tenía que enamorarme de mujeres bonitas, blancas, de ojos y cabellos claros. Estoy perfumado, huelo rico, huelo a ti, a tu recuerdo. Me veo como una verdadera puta, puta en celo buscando un macho galante que tenga gruesa la billetera y el muñeco.
Tengo los labios pintados de un rojo chillón. Me pinté los labios para recordarte. Tú lo hacías. Te gustaba llamar la atención, puta de mierda. Lo primero que hice, cuando salí de la ducha, fue pintarme los labios, calato, mostrando mis pequeñeces a nadie. Camino calato en mi casa. Juego a que me miran y me ruborizo, y paro el culo para ver si alguien le da una manito. Pero te recuerdo, de repente, y soy tuyo, sólo tuyo, tu propiedad, y canto ese tema de Evita Ayllón que me dedicaste en una madrugada borracha.
Para que sepan todas, que tú me perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente. Para que te respeten aún con la mirada, y sepan que tú eres mi propiedad privada… Cantabas, con el pecho inflado, chupando de a pico una chata de ron, molestísimo. Porque mi pobre alma se retuerce de celos, y no quiero que nadie respire de tu aliento. Cantabas a pulmón lleno, carraspeando. Me cantabas a la cara, me gritabas, me ordenabas, me decías qué hacer. Asentía y me cagaba de la risa, también estaba borracho. Sonreía y te abrazaba, tú no querías abrazarme, me cantabas con furia loca, porque te pertenezco, me levantabas la cara cogiéndome del mentón, y me seguías cantando. Me escupías. No dejaba de sonreír, mientras me mirabas fijo, quitándome lo poco que me quedaba de ropa.
Ahora te recuerdo, tocándome lento por encima del pantalón, modelando para nadie, mirándome en el espejo roto, besando de rojo pasión a la soledad que me estruja los huesos cuando quiere y puede, pintándome el recuerdo rojo de tu amor maricón.
Mar Cueva Mori;
Happy Birthday, querida. Que todo sea felicidad en tu vida. Todo color rosa, pinki, todo de sonrisas y claveles. Nunca dejes de sonreír, de mostrar tus dientes bonitos y alineados. Sonrisa Colgate, nunca lo olvides. Cuando puedas, tómale una foto, a tus ojos y a tu sonrisa. Sé que pido mucho si te digo que me las envíes por mail para contemplarlas toda la noche antes de irme a dormir. Sé, también, que no debo decirte nada, ni escribirte, pero más puede el corazón que el estúpido orgullo. Así que aguántate la puteada y ódiame por piedad, yo te lo pido.
Aún te amo. Pero no te pido que me perdones ni que me respondas a esta carta. Sólo quiero que recuerdes lo que ya sabes. Que no encontraré a nadie como tú, con esos ojos pardos de los cuales me enamoré y aún siguen coqueteándome los sueños. Esos cabellos lacios, castaños, que aún me hacen cosquillas cuando me echo en la cama, cuando el silencio juega con mi soledad. Esa voz serena, melodiosa, que escucho susurrándome un poema de Rubén Darío, porque tu voz, tu dulce voz, tu voz persiste; anida en el jardín de lo soñado, inútil es decir que te he olvidado.
Duermo solo, duermo con un frío de mierda que me congela desde los pies hasta la cabeza, haciéndome tiritar y respirar acelerado, esperando que llegue el cansancio para cerrar los ojos y encontrarte en el limbo. Duermo solo y frío y triste. Muy triste, cuando suelo escribirte una carta antes de ir a la cama, llorar y sentir un fuerte dolor en el pecho, y no sentirte, no besarte, no hablarte al oído y enrollarme con las frazadas que se entreveraban con nuestras piernas temblorosas.
No estás, y quizás ya no estés más. Por eso te escribo, para que me odies cuando leas que te amo, para que me odies cuando leas que tu voz sigue en mi cabecita loca, para que me odies cuando leas que la soledad tocó mi puerta cuando tú saliste, que tocó mi puerta y se metió hasta mi cama, que duerme conmigo y mi tristeza. Te escribo para que me odies con ternura, porque el decir que estoy feliz y moviendo la cola, es sólo un consuelo. No estoy feliz, y no le muevo la cola a nadie. No existe nadie. Y nadie soy yo, porque al fin de cuentas, me he quedado solo y así no planeaba vivir, me he quedado solo y sin ti, es tan fácil volverse loco.
En el día de tu santo, que la pases feliz, pinki. Sonrisa Colgate, siempre.
Un beso, y mis lágrimas.
Fabrizzio Velaochaga.
Columna de todos los viernes en La Pichanga.
He quedado ronco. He gritado con mi voz de cabrilla adulta todo el maldito partido. He insultado al árbitro cuantas veces he querido, tocando mi televisor, queriendo atravesarlo cual pela terrorífica para meterle un lapo y ordenarle que cobre la falta que yo creí que fue. Me he quedado ronco, insultando a lady Pizarro cuando falló el penal, a los pocos minutos que empezó el partido. Que se vaya a la mierda, decía, está maldito ese gringo de puta, agregaba. He quedado ronco, también, porque he escupido todos los insultos que no creía jamás vociferar, en la habitación de mi padre, con la ventaba totalmente abierta y el viento que entraba como Pedro en su casa.
Me mantuve sereno hasta una hora antes del Perú-Argentina. Amigos me preguntaban, me pedían pronósticos, yo ignoraba las peticiones y ejecutaba un plan de salida con un cambio de tema espectacular. Nadie me creía, sabían que no quería hablar de fútbol y me empezaban a preguntar por mujeres. Asentía, alegremente, cuando la mencionaron, escribí un par de cosas y seguí con lo mío. Sonreí cuando me dijo un amigo argento que íbamos a perder por goleada, me mandó un extenso mail diciéndome que nuestra relación amical no se verá afectada por la pérdida de la noche y más vainas, respondí conciso que todo se vería a las ocho con treinta, en el campo de juego, y me despedí, mandándole saludos y besos cariñosos. El tipo me había enviado otro mail: Sos un hijo de puta, ¿crees que le darás pelea a Messi y todo su séquito? Tuve la delicadeza de responderle: El mejor del mundo sabrá jugar como mejor lo hace y en mi Perú querido. Haremos hasta lo imposible, che. No envió más y contento esperé la hora de la hora, ¿de nuestra muerte, amén?
Mis pies comenzaron a moverse cada vez más rápido, incontrolables. Son los nervios, pensé. En el Twitter la gente publicaba al segundo: En el Nacional el público… La selección ya está en camino… Messi luce confundido… Guerrero en la banca… Más me entraban los muñecos y me alucinaba a los jugadores que estarían en la zona de guerra, con toda la afición hinchando y reventándoles los tímpanos, coreando sus nombres y al insignificante yerro, el insulto respectivo. Me imaginaba a cada uno contra esos cucos gauchos tan soberbios que vinieron tan confiados que hasta prepararon parrila en el living del hotel.
Canté el himno con el pecho inflado, llorando como nunca había llorado. Estaba ansioso, quería que el árbitro pitara el inicio. Por la tele pasaban las caras de Mascherano, de Messi, de Higuaín, los puteé con ganas locas, hijo de puta, cabrón de mierda, les decía, pensando que me escuchaban, sacando el maleante de ventana que ciertas veces me acompaña. El árbitro pitó y se movió la redonda. Pasando el minuto de juego, Farfán desbordó y Di María le metió un señor patadón karate kid, cometiéndole penal. Lo grité, volví a llorar y el bobo se me puso a mil. Lady Pizarro salió a la pasarela, agarró el balón y en puntitas lo colocó en el point, retrocedió pensando en Barbies, corrió pensando en sus caballos, y falló, se arregló el peinado, nervioso, y alentó a sus compañeros frente a un contexto que le quería sacar la entre puta.
Grité el gol que no fue, recité el diccionario lisuriento que alguna vez mi abuelita me enseñó a memorizar, en orden, las más tranqui al comienzo, después las bombardas y el piquito chabacano. Marca ahí, carajo, gritaba. Tírate, huevón, que no la tenga, que no la tenga tanto tiempo, agregaba. Messi y la puta que te parió, decía cuando la tenía La Pulga. ¡Ronaldo, eres el mejor, diablo!, decía y un peruano, en carretilla, le sacaba el balón al enano que nunca se supo parar en el remodelado Nacional que lució espectacular.
Tiro libre, a ver las prácticas con el Mago. Saca Lobatón para Cruzado, al costadito, despacito. Rinaldo le saca un pase de la nada a Advíncula que corría por la banda derecha, el negro que corría tipo Bolt-choro-monce se encontró el balón y sacó un pase a ras de piso para el centro del área argentina. La encontró Zambrano que la punteó y empezó a correr para gritar el primero con toda la gente de Occidente. Grité como nunca. ¡Gol carajo! ¡Argento maricón! ¡Y dónde están, y dónde están…! Grité tanto que los vecinos del edificio tuvieron que bajar para tranquilizarme y darme agüita de Azahar que tomaba de a pocos, gritando con lo poco que me quedaba de aliento y garganta.
Me sigue doliendo el pecho que me golpeé ayer como Tarzán de la selva en el primer gol. Me zumban los oídos. Tengo un dolor espeluznante en la cabeza, me vuelve loco, me saca de quicio, me hace caminar malhumorado y contestar feo y no dejar que Dianita ladre a cuanto salvaje se pone a jugar en el Acapulco. He gritado como nunca, he puteado como nunca, he golpeado mi televisor como nunca, pero está intacto, no se ha roto, no se ha rajado, no se ha quiñado, y eso me saca una sonrisa maricona. Le escupía a la tele, pisaba fuerte, como parando un balón, pateaba la cómoda como tratando de patear -cual cañón en 28 de julio- cuando lady Pizarro estaba al frente del balón, en ese penal que no supo mandar a romper las redes del cuadro de Messi y compañía.
Se fue sin decir adiós,
sin un grito ni un lamento,
creo que iba contento...
Tam Tam Go
Él, pertenece a las más altas esferas de la escritura urbe limeña. Sir, magnífico. Va a pie y le apesta todo. El claxon de las crazycombis le aturden la cabecita loca, me revientan los tímpanos, piensa, y le empieza a doler la mollera, hace un stop repentino y, desconsolado, se derrumba en una banca del parque del centenar de felinos.
Juega a ser bi, chilla como la chilindrina y saca el varón que no tiene cuando las papas queman. Abre sus alas mariposa para volar por senderos desconocidos, de la mano de su hermosa compañera, miss y lady y madamme. Ella le aguanta sus caprichos, sus deseos y engreimientos. Lo protege de la intemperie malvada que lo quiere corromper y hacer añicos, que le quiere destruir su acelerada carrera de escritor. Que le quieren robar sus textos publicados en la web, porque el muchacho escribe en el extranjero y tiene un futuro prometedor.
Escribe desde muy chico, desde que se dio cuenta que le gustaban tanto las mujeres como los hombres. Escribe sobre esos besos dulces que llegaron a su cuerpo blanquiñoso y que con el tiempo se convirtieron en ácidos ósculos que reniega al recordar. Reniega de los machos que pasaron y dejaron huella. Reniega por las huellas. Por los machos. Por lo que nunca pasó. Reniega y reniega, y chilla como top model posando para la portada SoHo.
Camina por la sombra y los piropos callejeros le hacen abrir las alas multicolores. Sonríe la muy puta, o el muy cabrón. Sonríe pero se siente hombre y sigue caminando con la cabeza gacha, ajustando el culo y pisando fuerte, pisando fuerte. Las mujeres más bellas lo conocen, saben de qué pie cojea, qué le gusta y qué detesta. No le dicen nada, es uno de los suyos pero con otra pinta, con voz más ronca, con pelo corto y actitudes alborotadas. Las que no lo conocen, le silban, lo miran, él las detesta, las mira, les sonríe, juguetea con su mirada cabrona y ellas carcajean en grupo, cuchichean. Dicen que escribe, comentan las muchachas, paran el culo e inflan las tetas. Él, aguanta el grito chavón dentro suyo, les miente, y sonrisitas y parada de macho.
Se envalentona cuando la sonrisa no lo acompaña y el jugueteo fácil se vuelve tosco e insípido. Le hierve la sangre cuando pisa débil, estando él, el más lindo de la facultad, el de los ojos azul y pelo castaño, largo, lacio hasta los hombros. Frunce el ceño cuando tiene que decir las cosas crudas: respira, duda y escupe, lento y pausado. Habla fuerte, pero el aire se le escapa. No puede, se achica, pinki promise, querida. El más lindo de la facultad lo conoce, el más lindo también es linda, lo coge fuerte del brazo, tú no me engañas, le dice, y lo sujeta como novio recontra templado. El vale todo empieza con una guiñada maricona, que cómo estás, qué onda, y caminan a paso de procesión por los lares más pipilisnáis de la Lima coquetona. Él está bien happy con el sueño cumplido. Se le hizo a la maricona. El sol apremia. Caminan por la sombra y hablan de los muchachos del Golden Gym. Escribiré una crónica del día, le dice, contemplando sus ojos azules que brillan por los rayos del gringo imponente, mientras le mira el bulto a esos tíos de saco y corbata que salen de un conocido casino en plena Larco.
El Perú, años atrás, se caracterizó por jugar bien al fútbol, al toque pícaro, a la gambeta quimbosa, a las paredes desde la media cancha hasta gritar gol en el arco rival. Ahora no hay nada de eso, no existe esa pasión desde el primer minuto hasta los descuentos, claro, cuando juega la blanquiroja todos estamos prendidos de la tele (si juega de local, en el estadio), pero es porque nos llama la tierra, la sangre, las ganas de ser mejor que todos, la nación, la gente, el pueblo, eso llama.
Cómo olvidar a Cueto, con esa zurda que cuando quería escribía un poema de pase, pintaba un cuadro con ese pincel hecho pierna y al delantero le decía ya, métela compadre. Cómo olvidar el regate de Uribe, ese negro diamante que brillaba con luz propia cuando llevaba el balón pegado al pie, cuando escondía la redonda ante la mirada atónita de los franceses que se quedaban lelos, como postes, en el verde. Cómo olvidar a Cubillas, al Cholo Sotil, a Oblitas, al Trucha Rojas. Cómo olvidar al Patrón Velázquez, mordiendo en ese mediocampo de lujo, haciendo respetar la camiseta, poniendo la mano en la cara a quien tenía que ser, a quien se pintaba de malcriado frente a esos jugadores que la sudaban y jugaban bonito, a toque limpio, terso, gritando gol a todo pulmón cuando la gordita chocaba con las redes de los argentinos que nos tenían respeto.
Ahora damos todo por Pizarro, Farfán, Guerrero y Vargas. Está bien, son buenos jugadores, nadie lo discute: Pizarro, el mejor extranjero en toda la historia del fútbol alemán, okay. Farfán, indiscutible titular en el Schalke 04, okay. Guerrero, dejó el Hamburgo para llegar al campeón de la Libertadores (bien, aunque mucha gente diga que es un retroceso. El fútbol brasileño está en alza, digo). Vargas, de la Fiorentina al Genoa, siempre en el balompié italiano, okay. Es simple, en menos de diez palabras describo: Pizarro, cada vez que viene no le sale nada con la sele (no quiere o no puede o presión, no sé, pero no le sale nada). Farfán, la indisciplina puede más, las juergas y mujeres (aunque debo aceptar que a veces digo: si este negro juega como siempre lo hace, que haga los tonos que quiera, pero que invite también). Guerrero, mis respetos, cuando toda la presión la tenía Pizarro, el depredador metió el único gol en el partido que jugamos frente a Senegal, en Matute (partido amistoso previo a la Copa América, y todos sabemos lo que pasó en esa copa: goleador, mejor jugador, tercer lugar, ¡Ay, Guerrerito!), desde ahí comenzó todo, desde ahí se vendían sólo sus camisetas, desde ahí siempre era él quien gritaba gol, desde ahí no le pesó la sagrada, desde ahí pienso que es el capitán. Vargas, el loco, el gordito, no lo querían en el cuadro violeta y pasó al cuadro donde seguramente jugará con Andy Polo. Vargas era el que le metía cojones a la selección, era él, ahora con Guerrero basta y sobra, loquillo, digo nomás, no me mires feo.
Acá quería llegar. Mucha cosa con los 4 Fantásticos, pienso yo. No, señor, no señora, no mamita, no papito, no son fantásticos y no son 4. No chibolito, no te desesperes más, abre los ojos, no te dejes llevar por la prensa amarillista que compras cuando tu sele está bien. Repeat after me: Cua-tro-fan-tás-ti-cos-ya-no-más. No pues, no mintamos más, no más vende humo, la gente necesita cosa seria, la gente necesita jugadores que quieran sudarla de verdad, que se rajen por su selección, que jueguen por amor a la camiseta, que cuando se les llame vengan felices, con ansias de hacer las cosas bien, con hambre de gloria. No más 4 Fantásticos, please. No más mentiras. Fantásticos lo de antes, lo que hacían del fútbol un arte para la afición conglomerada en la tribunas del Nacional, los viejos saben de lo que hablo. Fantásticos deberíamos ser todos, los jugadores, la prensa, el hincha, los dirigentes, Burguita please, lárgate, haz de tu vida lo que quieras; te doy cinco segundos o si no te saco la… sagrada camiseta con la franja roja en el pecho.
Una pregunta para terminar, siento esto y quiero compartirlo con ustedes en forma de interrogante, a ver si con la mano en el corazón, responden: ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de titulares a Pizarro, Vargas, Farfán y Guerrero? ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de capitán a Pizarro porque pesa en la FPF? ¿Acaso Pizarro pesa más que el propio director técnico? ¿Tenemos director técnico? Gracias, Phillip Butters.
Aquí, paramos la redonda.