El reloj marcaba las 4 y 54.
El reloj había estado en la familia por generaciones, desde que Paco lo compró en una tienda de antigüedades. Era un reloj bastante atractivo a la vista por el excelente acabado de madera y el oro con el que relucía. Además, emitía cierta nostalgia hacia un pasado que -aparentemente- nunca volverá... "Le hará bien a la casa", pensó Paco al comprarla. El reloj había visto todas las disputas familiares, como la de la primogénita Lucía, cuando casi se va de casa para vivir con su enamorado. También había visto cómo vivió la familia el luto por la muerte de Paco, por aquellos días de Agosto...
Ahora, tan sólo observaba a Lucía, quién esperaba a Rodolfo. Éste acababa de bajar del bus que tomó en dirección a la casa de Lucía. "Tan sólo un par de cuadras y la veré" pensaba, un pensamiento que le causaba una sonrisa.
El timbré sonó y Lucía corrió hacia la cocina para responder el intercomunicador.
- ¿Quién es?
- ¿Es que esperabas a alguien más? Soy yo, Rodolfo.
Lucía se mordió los labios y le respondió que bajaría a abrirle.
Un abrazo y un beso en la mejilla. Un "hola" casi susurrado, porque ambos siempre se sorprendían de ver al otro, era cómo si cada vez que se veían, se enamoraban una vez más, o quizás el amor que se tenían se reafirmaba cada vez que se veían a los ojos.
Subieron en silencio las escaleras. Mientras Lucía buscaba las llaves del apartamento en su bolsillo, Rodolfo trató de enviarle un mensaje silencioso. Apenas ella sintió el roce de la mano de su enamorado, le respondió tomándole la mano.
- ¿No hay nadie? - preguntó Rodolfo, aún tomado de la mano con Lucía.
- No - respondió ella y lo llevó al sillón - estamos completamente solos: Mamá está de viaje, papá trabajando y mi tío salió hace media hora.
- Bueno, tenemos toda la casa para nosotros.
No malinterpreten las últimas palabras de Rodolfo. Lucía y él se conocieron en una fiesta, casi fueron empujados por sus respectivos círculos sociales (amigas y amigos) para que se hablaran, pero en verdad nadie esperaba que su relación llegara a los niveles en los que ahora estaban. Era deportista y ostentaba una saludable vida, pero no por eso caía en la categoría de "patán musculoso", en verdad Rodolfo era una persona de alma pura instruida en el catolicismo, cuyas mejores ideas hizo suyas. Además, todo el amor que le impartió su madre y en general, toda su familia, lo guiaron bien. Entre sus amigos era conocido por ser bueno, bastante efusivo y divertido. Entre sus pocos enemigos invisibles había cierto recelo, pero ninguno de ellos lo odiaba, tan sólo tenían ciertas pequeñas diferencias con él...
- ¿Qué quieres hacer? - preguntó entonces Lucía.
- Hablemos, ¿qué has hecho hoy?
"En el colegio no ha pasado mucho, reprobé Geografía pero si apruebo el próximo examen salvo la nota... Mamá llamó y dice que está pasándola excelente y que el trabajo que hace por dónde está también está yendo de maravilla. Papá me dijo que..."
- ¡Cierto! Papá me dijo que te fueras antes de que anochezca.
- ¿Sabía que vendría? - preguntó Rodolfo sorprendido.
- ¡Claro! - continuó Lucía - Pero no te preocupes por nada, le caes bien, así que no tiene problemas con que estemos solos en casa. Sólo vete antes de que anochezca y no tendremos problemas.
- Está bien, no tengo problemas con eso.
- Él piensa que debes tener cosas qué hacer, aunque no lo creas, no sólo se preocupa por mi, también por ti...
- Lo sé, tienes un gran padre. Aunque no debe preocuparse mucho por eso, yo hago todo lo que dejan en el colegio antes de venir a verte. A ti en cambio, no te vendría mal una ayuda en matemáticas - dijo, bromeando.
- Jaja, tienes razón... - susurró delicadamente, acercándose a los labios de Rodolfo.
Empezaron a besarse, siempre con amor. El beso parece un ritual, en el que no se dice nada pero aún así se entiende todo. Se entiende lo que hay detrás de cada roce entre labios, se entiende lo que pasa con las manos, que se mueven casi al compás del beso.
El reloj observada todo, inmutado por naturaleza, exceptuando el movimiento de sus agujas, que simbolizaban en pasar de segundos, minutos y -si el beso era muy largo- horas.
Primero era lento y delicado. Sus cuerpos se movieron en sincronía hasta que estaba uno sobre otro en el gran sillón. Sus piernas se encontraron y se entrelazaron.
El beso era largo y estaba lleno de pasión que ambos amantes consentían. Ya no controlaban sus propios movimientos, sino que se habían vuelto tan sólo títeres del amor pasional que sentían por el otro.
Las manos de Lucía pasaban por la espalda de Rodolfo suavemente y las de éste también hacían lo mismo, aunque se detenían en ocasiones en la cadera de su enamorada y la apretaban suavemente. También, de tanto en tanto sus manos se encontraban y se entrelazaban con fuerza.
Los labios de ambos encontraban respuesta en los del otro, por lo que continuaba el beso hasta que una de las partes rompiera el contrato. Era un beso completo.
El beso empezó a exaltarse.
Las manos de Rodolfo dejaron las caderas de Lucía y fueron hacia la espalda, apretando cada vez más. Lucía consentía el beso por la forma en la que sus manos también pasaban por la espalda de su enamorado y también por la forma en la que su boca se habría en sincronía con la de Rodolfo.
Él empezó a notar lo que pasaba... No era un beso normal, lo sabía. Pero él no cambiaría el paradigma, tan sólo lo mantendría en beso pasional, nada más...
Eso pensaba cuando la mano de Lucía, en medio del beso, tomó la suya y la condujo hasta su espalda.
El beso siguió al ritmo del tiempo, que al principio constaba de minutos y luego se volvió un par de horas.
El reloj marcó entonces las 6 y 49. Lucía recordó lo que le había dicho su padre antes de irse, por lo que el beso se detuvo y ella miró hacia el reloj.
- ¿Qué hora es?
- 6 y 49 - respondió Rodolfo, quién podía ver mejor al reloj desde su lugar.
Lucía se separó de él y fue hacia la ventana. Aunque ya no se podía ver al sol, aún quedaba un poco de iluminación...
- Ya me tengo que ir, ¿verdad?
- Sí - respondió Lucía con resignación.
- Acompáñame abajo.
Rodolfo se levantó del sillón y se acercó a la puerta, esperando que Lucía lo acompañase. Antes de que ambos salieran, él dio una última mirada al apartamento y en específico, al reloj, cómo despidiéndose.
Ambos estaban acalorados por la situación que habían vivido juntos y que el sillón había presenciado directamente. Aún respiraban extraño por el aire que se quitaban mutuamente durante el beso.
- Hasta mañana - pronunció delicadamente Lucía.
- Espera...
- ¿Qué sucede?
- ¿Me excedí hoy?
Lucía sonrió.
- No, mi amor, no te preocupes por eso.
- Sólo pregunto, me gusta saber qué piensas...
Ella se acercó a sus labios.
- Pienso que... Lo repetiremos mañana. - dijo, mordiéndole los labios.