Anton Chejov,
Guy de Maupassant,
Edgar Allan Poe,
James Joyce.
Anton Chejov
Vanka
Vanka Chukov, un muchacho de nueve
años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para
que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.
Cuando los amos y los oficiales se
fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió
del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y,
colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.
Antes de empezar dirigió a la
puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el
icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.
El papel se hallaba sobre un
banco, ante el cual estaba él de rodillas.
«Querido abuelo Constantino
Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las
Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá;
sólo te tengo a ti...
Vanka miró a la oscura ventana, en
cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino
Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores
Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor.
Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con
los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en
torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña
plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo
acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre:
era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones;
aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie
confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia
jesuítica.
Le gustaba acercarse a la gente
con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia
robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces
había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más
apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.
En aquel momento, el abuelo de
Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la
iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para
calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.
-¿Quiere usted un polvito? -les
preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.
Las mujeres estornudarían. El
viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas
manos los ijares.
Luego les ofrecería un polvito a
los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño
de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita,
ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el
rabo.
El tiempo sería soberbio. Habría
una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la
noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las
chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el
cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía
Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran
lavado y frotado con nieve...
Vanka, imaginándose todo esto,
suspiraba.
Tomó de nuevo la pluma y continuó
escribiendo:
«Ayer me pegaron. El maestro me
cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido
arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y
yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra
cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son
mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen
robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi
siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas
gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa,
ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además,
tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito:
sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho
respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me
moriré.»
Vanka hizo un puchero, se frotó
los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.
«Te seré todo lo útil que pueda
-continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo
puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño.
Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo
escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado
frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no
permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el
descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.
«Moscú es una ciudad muy grande.
Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros,
pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una
tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con
ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de
primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos
cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe
dónde los cazan.
«Abuelito: cuando enciendan en
casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y
escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga
Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»
Vanka suspira otra vez y se queda
mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta,
cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque
con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas;
pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido,
encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka.
Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el
hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto,
saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en
precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y,
agachándose, gritaba:
-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
Luego el abuelo derribaba un
abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era
preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo
que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía
en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer,
a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre,
el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su
abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que
aprendiese el oficio...
«¡Ven, abuelito, ven! -continuó
escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor
te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el
mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y,
además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio
un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto
no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al
cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien
y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto
VANKA CHUKOV
Ven en seguida, abuelito.»
Vanka plegó en cuatro dobleces la
hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego,
meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:
«En la aldea, a mi abuelo.»
Tras una nueva meditación, añadió:
«Constantino Makarich.»
Congratulándose de haber escrito
la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo,
corrió a la calle.
El dependiente de la carnicería, a
quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían
echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través
del mundo entero.
Vanka echó su preciosa epístola en
el buzón más próximo...
Una hora después dormía, mecido
por dulces esperanzas.
Vio en sueños la cálida estufa
aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka.
El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo...
FIN
Los muchachos
-¡Volodia ha llegado! – gritó alguien en el patio.
-¡El niño Volodia ha llegado! -repitió la criada Natalia irrumpiendo
ruidosamente en el comedor- ¡Ya está ahí!
Toda la familia de Korolev, que esperaba de un momento a otro la llegada de
Volodia, corrió a las ventanas. En el patio, junto a la puerta, se veían unos
amplios trineos, arrastrados por tres caballos blancos, a la sazón envueltos en
vapor.
Los trineos estaban vacíos; Volodia se hallaba ya en el vestíbulo, y hacía
esfuerzos para despojarse de su bufanda de viaje. Sus manos rojas, con los
dedos casi helados, no lo obedecían. Su abrigo de colegial, su gorra, sus chanclos y sus cabellos
estaban blancos de nieve.
Su madre y su tía lo estrecharon, hasta casi
ahogarlo, entre sus brazos.
-¡Por fin! ¡Queridito mío! ¿Qué tal?
La criada Natalia había caído a sus pies y trataba de quitarle los
chanclos. Sus hermanitas lanzaban gritos de alegría. Las puertas se abrían y se
cerraban con estrépito en toda la casa. El padre de Volodia, en mangas de
camisa y las tijeras en la mano, acudió al vestíbulo y quiso abrazar a su hijo;
pero éste se hallaba tan rodeado de gente, que no era empresa fácil.
-¡Volodia, hijito! Te esperábamos ayer... ¿Qué tal?... ¡Pero, por Dios, déjenme abrazarlo! ¡Creo que también tengo derecho!
Milord, un enorme perro negro, estaba también
muy agitado. Sacudía la cola contra los muebles y las paredes y ladraba con su
voz potente de bajo: ¡Guau! ¡Guau!
Durante algunos minutos aquello fue un griterío indescriptible.
Luego, cuando se hubieron fatigado de gritar y de abrazarse, los Korolev se
dieron cuenta de que además de Volodia se encontraba allí otro hombrecito,
envuelto en bufandas y tapabocas e igualmente blanco de nieve. Permanecía
inmóvil en un rincón, oculto en la sombra de una gran pelliza colgada en la
percha.
-Volodia, ¿quién es ése? - preguntó muy quedo la madre.
-¡Ah, sí!- recordó Volodia. Tengo el honor de presentarles a mi camarada Chechevitzin, alumno de segundo año. Lo he invitado a pasar
con nosotros las Navidades.
-¡Muy bien, muy bien! ¡Sea usted bienvenido! -dijo con tono alegre el padre-. Perdóneme; estoy en mangas de camisa. Natalia, ayuda al señor Chechevitzin a
desnudarse. ¡Largo, Milord! ¡Me aburres con tus ladridos!
Un cuarto de hora más tarde Volodia y Chechevitzin, aturdidos por la acogida ruidosa y rojos aún de frío, estaban sentados en el comedor y tomaban té. El sol de invierno,
atravesando los cristales medio helados, brillaba sobre el samovar y sobre la
vajilla. Hacía calor en el comedor, y los dos muchachos parecían por completo
felices.
-¡Bueno, ya llegan las Navidades! -dijo el señor
Korolev, encendiendo un grueso cigarrillo-. ¡Cómo pasa el tiempo! No hace mucho que tu madre lloraba al irte tú al
colegio, y ahora hete ya de vuelta. Señor Chechevitzin, ¿un poco más de té?
Tome usted pasteles. No esté usted cohibido, se lo ruego. Está usted en su
casa.
Las tres hermanas de Volodia -Katia, Sonia y Macha-, de las que la mayor no
tenía más que once años, se hallaban asimismo sentadas a la mesa, y no quitaban
ojo del amigo de su hermano. Chechevitzin era de la misma estatura y la misma
edad que Volodia, pero más moreno y más delgado. Tenía la cara cubierta de
pecas, el cabello crespo, los ojos pequeños, los labios gruesos. Era, en fin, muy feo, y sin el uniforme de colegial se le hubiera podido confundir por un pillete.
Su actitud era triste; guardaba un constante silencio y no había sonreído
ni una sola vez. Las niñas, mirándolo, comprendieron al punto que debía de ser
un hombre en extremo inteligente y sabio. Hallábase siempre tan sumido en sus
reflexiones, que si le preguntaban algo sufría un ligero sobresalto y rogaba
que le repitiesen la pregunta.
Las niñas habían observado también que el mismo Volodia, siempre tan alegre y parlanchín, casi no hablaba y se mantenía muy grave.
Hasta se diría que no experimentaba contento alguno al encontrarse entre los
suyos. En la mesa, sólo una vez se dirigió a sus hermanas, y lo hizo con
palabras por demás extrañas; señaló al samovar y dijo:
-En California se bebe ginebra en vez de té.
También él se hallaba absorto en no sabían qué pensamientos. A juzgar por
las miradas que cambiaba de vez en cuando con su amigo, los de uno y otro eran
los mismos.
Luego del té se dirigieron todos al cuarto de los niños. El padre y las
muchachas se sentaron en torno de la mesa y reanudaron el trabajo que había
interrumpido la llegada de los dos jóvenes. Hacían, con papel de diferentes
colores, flores artificiales para el árbol de Navidad. Era un trabajo divertido
y muy interesante. Cada nueva flor era acogida con gritos de entusiasmo, y aun
a veces con gritos de horror, como si la flor cayese del cielo. El padre parecía también entusiasmado A menudo, cuando las tijeras no
cortaban bastante bien, las tiraba al suelo con cólera. De vez en cuando
entraba la madre, grave y atareada, y preguntaba.
-¿Quién ha agarrado mis tijeras? ¿Has sido tú, Iván Nicolayevich?
-¡Dios mío! -se indignaba Iván Nicolayevich con voz llorosa. ¡Hasta de
tijeras me privan!
Su actitud era la de un hombre atrozmente ultrajado pero, un instante
después, volvía de nuevo a entusiasmarse.
El año anterior, cuando Volodia había venido del colegio a pasar en casa
las vacaciones de invierno, había manifestado mucho interés por estos
preparativos; había fabricado también flores; se había entusiasmado ante el
árbol de Navidad; se había preocupado de su ornamentación. A la sazón no
ocurría lo mismo. Los dos muchachos manifestaban una indiferencia absoluta
hacía las flores artificiales. Ni siquiera mostraban el menor interés por los
dos caballos que había en la cuadra. Se sentaron junto a la ventana, separados
de los demás, y se pusieron a hablar por lo bajo. Luego abrieron un atlas
geográfico, y empezaron a examinar una de las cartas.
-Por de pronto, a Perm -decía muy quedo Chechevitzin- de allí, a Tumen....
Después, a Tomsk...
-Espera... Eso es de Tomsk a Kamchatka...
-En Kamchatka nos meteremos
en una canoa y atravesaremos el estrecho de Bering, henos ya en América. Allí
hay muchas fieras...
-¿Y California? -preguntó Volodia.
-California está más al sur. Una vez en
América, está muy cerca... Para vivir es necesario cazar y robar.
Durante todo el día Chechevitzin se mantuvo a distancia de las muchachas y
las miró con desconfianza. Por la tarde, después de merendar, se encontró
durante algunos minutos completamente solo con ellas. La cortesía más elemental
exigía que les dijese algo. Se frotó con aire solemne las manos, tosió, miró severamente
a Katia y preguntó:
-¿Ha leído usted a Mine-Rid?
-No... Dígame: ¿sabe usted patinar?
Chechevitzin no contestó nada. Infló los carrillos y resopló como un hombre
que tiene mucho calor. Luego, tras una corta pausa, dijo:
-Cuando una manada de antílopes corre por las pampas, la tierra tiembla
bajo sus pies. Las bestezuelas lanzan gritos de espanto.
Tras un nuevo silencio, añadió:
-Los indios atacan con frecuencia los trenes. Pero lo peor son los
termítidos y los mosquitos.
-¿Y qué es eso?
-Una especie de hormigas, pero con alas. Muerden de firme... ¿Sabe usted
quién soy yo?
-Volodia nos dijo que usted es el señor
Chechevitzin.
-No; me llamo Montigomo, Garra de Buitre, jefe de los Invencibles.
Las niñas, que no habían comprendido nada, lo miraron con respeto y un poco de miedo.
Chechevitzin pronunciaba palabras extrañas. Él y Volodia conspiraban
siempre y hablaban en voz baja; no tomaban parte en los juegos y se mantenían muy graves; todo esto era
misterioso,
enigmático. Las dos niñas
mayores, Katia y Sonia, comenzaron a espiar a ambos muchachos. Por la noche,
cuando los muchachos se fueron a acostar, se acercaron de puntillas a la puerta
de su cuarto y se pusieron a escuchar. ¡Santo Dios lo que supieron!
Supieron que ambos muchachos se aprestaban a huir a algún punto de América
para amontonar oro. Todo estaba ya preparado para su viaje: tenían un revólver,
dos cuchillos, galletas, una lente para encender fuego, una brújula y una suma
de cuatro rublos. Supieron asimismo que los muchachos debían andar muchos
millares de kilómetros, luchar contra los tigres y los salvajes, luego buscar
oro y marfil, matar enemigos, hacerse piratas, beber ginebra, y, como remate, casarse con lindas
muchachas y explotar ricas plantaciones. Mientras las dos niñas espiaban a la
puerta los muchachos hablaban con gran animación y se interrumpían.
Chechevitzin llamaba a Volodia "mi hermano rostro pálido" en tanto que Volodia llamaba a su amigo "Montigomo, Garra de
Buitre".
-No hay que decirle nada a mamá -dijo Katia al oído de Sonia mientras se
acostaban. Volodia nos traerá de América mucho oro y marfil; pero si se lo
dices a mamá no le dejarán ir a América.
Todo el día de Nochebuena estuvo Chechevitzin examinando el mapa de Asia y
tomando notas. Volodia, por su parte, andaba cabizbajo y, con sus gruesos
mofletes, parecía un hombre picado por una abeja. Iba y venía sin cesar por las
habitaciones, y no quería comer. En el cuarto de los niños, se detuvo una vez
delante del icono, se persignó y dijo:
-¡Perdóname! Dios mío, soy un gran pecador. ¡Ten piedad de mí, pobre
y desgraciada mamá!
Por la tarde se echó a llorar. Al ir a acostarse abrazó largamente y con
efusión a su madre, a su padre y a sus hermanas. Katia y Sonia comprendían el
motivo do su emoción; pero la pequeñita, Macha, no comprendía nada,
absolutamente nada, y lo miraba con sus grandes ojos asombrados.
A la mañana siguiente, temprano, Katia y Sonia se levantaron, y una vez abandonado el lecho se dirigieron
quedamente a la habitación de los muchachos, para ver cómo huían a América. Se
detuvieron junto a la puerta y oyeron lo siguiente:
-Vamos, ¿ quieres ir? -preguntó con cólera Chechevitzin- Di, ¿no quieres?
-¡Dios mío! -respondió llorando Volodia-. No puedo, no quiero separarme de mamá.
-¡Hermano rostro pálido, partamos! Te lo ruego. Me habías prometido partir
conmigo, y ahora te da miedo. ¡Eso está muy mal, hermano rostro pálido!
-No me da miedo; pero... ¿qué va a ser de mi pobre mamá?
-Dímelo de una vez: ¿quieres seguirme o no?
-Yo me iría, pero... esperemos un poco; quiero quedarme aún algunos días
con mamá.
-Bueno; en ese caso me voy solo -declaró resueltamente Chechevitzin-. Me pasaré sin ti. ¡Y pensar que has querido cazar tigres y luchar contra
los salvajes! ¡Qué le vamos a hacer! Me voy solo. Dame el revólver, los
cuchillos y todo lo demás.
Volodia se echó a llorar con tanta desesperación, que Katia y Sonia, compadecidas, empezaron a llorar también. Hubo algunos instantes de silencio.
-Vamos, ¿no me acompañas? -preguntó una vez más Chechevitzin.
-Sí, me voy... contigo.
-Bueno; vístete.
Y para dar ánimos a Volodia, Chechevitzin empezó a contar maravillas de
América, a rugir como un tigre, a imitar el ruido de un buque, y prometió en
fin a Volodia darle todo el marfil y también todas las pieles de los leones y
los tigres que matase.
Aquel muchachito delgado, de cabellos crespos y feo semblante, les parecía a Katia y a Sonia un hombre extraordinario, admirable. Héroe
valerosísimo arrostraba todo el peligro y rugía como un león o como un tigre
auténticos.
Cuando las dos niñas volvieron a su cuarto, Katia con los ojos arrasados en
lágrimas dijo:
-¡Qué miedo tengo!
Hasta las dos, hora en que se sentaron a la mesa para almorzar, todo estuvo
tranquilo. Pero entonces se advirtió la desaparición de los muchachos. Los
buscaron en la cuadra, en el jardín; se los hizo buscar después en la aldea
vecina; todo
fue en vano. A las cinco se merendó, sin los muchachos. Cuando la familia se
sentó a la mesa para comer, mamá manifestaba una gran inquietud y lloraba.
Buscaron a Volodia y a su amigo durante toda la noche. Se escudriñaron, con
linternas, las orillas del río. En toda la casa, lo mismo que en la aldea,
reinaba gran agitación. A la mañana siguiente llegó un oficial de policía. Mamá
no cesaba de llorar. Pero hacia el mediodía unos trineos, arrastrados por tres
caballos blancos, jadeantes, se detuvieron junto a la puerta.
-¡Es Volodia! -exclamó alguien en el patio.
-¡Volodia está ahí! -gritó la criada Natalia, irrumpiendo como una tromba
en el comedor.
El enorme perro Mirara, igualmente agitado, hizo resonar sus
ladridos en toda la casa: ¡Guau! ¡Guau!
Los dos muchachos habían sido detenidos en la ciudad próxima cuando
preguntaban dónde podrían comprar pólvora.
Volodia se lanzó al cuello de su madre. Las niñas esperaban, aterrorizadas,
lo que iba a suceder. El señor Korolev se encerró con ambos muchachos en el
gabinete.
-¿Es posible? -decía con tono enojado-. Si se sabe esto en el colegio los pondrán de patitas en la calle. Y a usted, señor Chechevitzin, ¿no le da
vergüenza? Está muy mal lo que ha hecho. Espero que será usted castigado por
sus padres... ¿Dónde han pasado la noche?
-¡En la estación! -respondió altivamente Chechevitzin.
Volodia se acostó, y hubo que ponerle compresas en la cabeza. A la mañana
siguiente llegó la madre de Chechevitzin, avisada por telégrafo. Aquella misma
tarde partió con su hijo.
Chechevitzin, hasta su partida, se mantuvo en una actitud severa y
orgullosa. Al despedirse de las niñas no les dijo palabra; pero tomó el
cuaderno de Katia y dejó en él, a modo de recuerdo, su autógrafo:
“Montigomo, Garra de Buitre, jefe de los Invencibles”.
FIN
Guy de Maupassant
Adiós
Los dos amigos acababan de comer. Desde la
ventana del café veían el bulevar muy animado. Les acariciaban los rostros esas
ráfagas tibias que circulan por las calles de Paris en las apacibles noches de
verano y obligan a los transeúntes a erguir la cabeza, incitándolos a salir, a
irse lejos, a cualquier parte en donde haya frondosidad, quietud, verdor... y
hacen soñar en riveras inundadas por la luna, en gusanos de luz y en
ruiseñores.
Uno de los dos -Enrique Simón- dijo, suspirando
profundamente:
-¡Ah! Envejezco. Antes, hace años, en noches como
ésta, el mundo me parecía pequeño, era yo capaz de cualquier diablura, y ahora,
sólo siento desilusiones y cansancio. ¡Es muy corta la vida!
Estaba ya un poco ventrudo. Tenía una esplendorosa
calva y cuarenta y cinco años, aproximadamente. Su acompañante -Pedro Carnier-
algo más viejo, pero también más ágil y decidido, respondió:
-Para mí, amigo mío, la vejez llegó sin avisarme; no
lo noté siquiera. Yo vivía siempre alegre; siempre fui vigoroso, divertido,
emprendedor, y continúo siéndolo. Como nos miramos al espejo todos los días, no
advertimos los estragos de la edad, porque su obra es lenta, incesante,
acompasada, y modifica el rostro de una manera tan suave, tan continua, que
resulta para cada cual imperceptible; no hay en su labor transiciones
apreciables. Por eso no morimos de pena, como sin duda moriríamos advirtiendo
en un instante los desmoches que sufre nuestra naturaleza en dos o tres años
solamente. No podemos apreciarlos. Para que uno se diese cuenta de lo que
pierde, sería necesario que pasara sin mirarse al espejo seis meses. ¡Oh! ¡Qué
sorpresa tan desoladora recibiría!
"¿Y las mujeres, amigo mío? Son más dignas de
compasión que nosotros. Yo compadezco mucho, con toda mi alma, compadezco
sinceramente a esas pobres criaturas llamadas mujeres. Toda su dicha, todo su
poder, toda su gloria, todo su orgullo, toda su vida se reducen a su belleza,
que dura diez años.
"Yo envejecí sin darme cuenta, me creía un
adolescente aún, mientras andaba ya rondando la cincuentena. No padeciendo
ningún achaque, ninguna dolencia, ninguna debilidad, vivía como siempre,
dichoso y tranquilo.
"La revelación de mi vejez se me ofreció de una
manera sencilla y terrible, que me dejó anonadado, aturdido, macilento durante
una temporada. Luego, acabé resignándome, y aquí me tienes otra vez tan fresco.
"Como nos acontece a todos, los amores turbaron
con frecuencia mi tranquilidad, pero un amor, uno principalmente, me llegó a lo
vivo. ¡Qué mujer aquella! La conocí a la orilla del mar, en Etretat, un verano,
hará doce años aproximadamente, poco después de terminada la guerra. Nada tan
delicioso como aquella playa, tempranito, a la hora del baño. Es pequeña,
redonda como una herradura; la rodean altas costas blanquecinas horadadas por
los rudos embates de las olas, formando esas aberturas extrañas que se llaman
las Puertas: una, enorme, avanzando en el mar su estructura gigantesca; la
otra, enfrente, achatada, como si se hubiese acurrucado.
"Numerosas mujeres, formando espléndida
muchedumbre, se reúnen y se apiñan sobre la estrecha extensión pedregosa que
cubren de vestidos claros, convirtiéndola en un jardín cercado por altas peñas.
El sol cae de lleno sobre las costas, sobre las sombrillas de brillantes
matices, sobre el mar de un azul verdoso; y todo aquello es alegre, vivo,
encantador; todo sonríe a los ojos.
"Plácidamente sentadas junto al agua, vemos a las
bañistas. Bajan envueltas en sus peinadores de franela, que abandonan con
airoso y resuelto ademán, en cuanto llegan a la franja espumosa de las olas
tranquilas. Entran en el mar, avanzando rápidamente, hasta que un
estremecimiento frío y delicioso las detiene y las turba un instante,
produciéndoles una breve sofocación.
"Pocas bellezas resisten al examen que permite un
baño. Allí se las juzga, se las analiza desde los pies hasta el pelo. Sobre
todo, la salida es terrible, porque descubre todas las imperfecciones, aun
cuando el agua de mar es un poderoso remedio para las carnes lacias.
"La primera mañana que vi en el baño a la mujer
que debía enamorarme como ninguna, me dejó ya encantado y seducido. Sus líneas
eran perfectas y sus formas bien pronunciadas y firmes. Además, hay rostros
cuyo encanto nos penetra y nos domina bruscamente, invadiéndonos,
conquistándonos de pronto. Imaginamos que aquella mujer es la que debe hacernos
felices, que sólo nacimos para quererla y adorarla. En aquel momento sentí esa
extraña sensación, esa violenta sacudida que nos dice: «Aquí está la única, la
deseada.»
"Me hice presentar a ella, y bien pronto me hallé
apasionado como nunca -ni hasta entonces, ni después- lo estuve. Sus encantos
me abrasaban el corazón.
"Es a un tiempo delicioso y terrible verse de tal
modo poseído, dominado por una mujer. Es casi un suplicio, y asimismo es una
dicha incomparable. Su mirada, su sonrisa, los cabellos de su nuca oscilando
traviesos, los menores detalles de su rostro, sus gustos más insignificantes me
desconcertaban, me arrebataban, me enardecían. Ella era mí dueña, mi voluntad
era suya y suyo todo mi ser; me atraía, esclavizándome, con sus palabras, con
sus ojos, con sus ademanes, hasta con sus vestidos y con sus adornos; todo lo
que la hermoseaba, ejercía sobre mí una influencia diabólica.
"Me hacia suspirar su velillo puesto sobre un
mueble, me desconcertaban sus guantes abandonados sobre un sillón. La hechura y
la elegancia de sus vestidos me parecían inimitables. Ninguna mujer llevaba
sombreros como los suyos.
"Era una mujer casada. Su marido iba todos los
sábados a verla para volverse los lunes. Aquellas visitas no me apuraron: vi
siempre al marido con la mayor indiferencia. No me daba celos. Ignoro el
motivo; pero jamás hombre alguno de los que traté influyó tan poco, tuvo tan
poca importancia en mi vida, ni ocupó menos mi atención.
"¡Cuánto la quería! ¡Qué apasionado estaba yo por
aquella mujer! Y ¡qué bonita era! ¡Qué graciosa! ¡Qué joven! Era la juventud,
la elegancia, la frescura misma. Nunca pude convencerme, como entonces, de que
la mujer es una criatura deliciosa, fina, elegante, delicada, hecha con todos
los encantos y todos los primores. Nunca pude convencerme, como entonces, de la
belleza seductora encerrada en la curva de una mejilla, en el mohín de unos
labios, en los repliegues de una oreja, en la forma del órgano estúpido que se
llama nariz.
“Aquello duró tres meses, al cabo de los cuales me fui
a los Estados Unidos con el corazón traspasado. Su recuerdo no me abandonaba,
persistente y triunfante.
"Aquella mujer me poseía de lejos como de cerca
me había poseído. Pasaron los años, pero no la olvidé. Su encantadora imagen se
ofrecía constantemente a mis ojos, no se borraba ni un solo instante de mi
pensamiento. Aquel amor inextinguible me dominaba; era un cariño constante y
fiel, una ternura tranquila, como la memoria venerada y dulce de lo más
hermoso, de lo más encantador que había conocido yo en mi vida.
* * *
"¡Doce años representan muy poco en la existencia
de un hombre! Tanto es así, que apenas podemos darnos cuenta de que pasan. Uno
tras otro, los años transcurren a la vez apacible y atropelladamente, lentos y
precipitados; parecen interminables y se acaban en seguida. Se van sumando con
tanta rapidez, se empujan y suceden de tal modo, que no dejan casi un rastro
perceptible. Desvanecidos a la sombra de nuestros deseos, de nuestros afanes,
pasan de continuo. Y si queremos volver atrás los ojos para discurrir acerca
del tiempo que ha pasado, no podemos darnos clara explicación de cómo
envejecimos. La vejez sorprende al hombre un día, y el hombre se pregunta de
dónde sale aquella triste compañera, que no le abandonó un solo instante.
"Al cabo de doce años, me pareció que habían
pasado sólo algunos meses desde aquel verano delicioso en la encantadora playa
de Etretat. De regreso en Paris, un día de la última primavera, me fui a
Malsons-Laffitte, para comer con unos amigos. En la estación, casi al momento
de ponerse en marcha el tren, subió al vagón una señora obesa, escoltada por
cuatro niñas. Apenas me digné mirar a la madre llueca, tan abultada, tan
redonda, tan mofletuda, tan poco interesante, que remolcaba con dificultad su
respetable mole y su numerosa descendencia.
"Respiró agitada, como si estuviese ahogándose,
fatigada por la prisa que se dio para llegar a tiempo. Las niñas comenzaron a
charlar. Yo, desdoblando un periódico, empecé a leer.
"Acabábamos de pasar la estación de Asnières,
cuando mi compañera de viaje me interrogó de pronto:
"-Dispense usted la pregunta, caballero: ¿No es
usted el señor Carnier?
"-Sí, señora.
"Entonces ella soltó la risa; una risa franca de
mujer tranquila y modesta. Pero noté en su acento un asomo de triste
desencanto, al preguntarme:
"-¿No me conoce usted?
"Dudé de contestar. En efecto, creí haber visto
en alguna parte aquella cara: sus facciones me recordaban algo, alguien... Pero
¿quién? ¿Dónde? ¿Cuándo las había visto?
"Y respondí:
"-Efectivamente... Creo..., si... no... Yo la
conozco a usted; no hay duda... Si me diera usted su nombre...
"Ella, ruborizándose un poco, pronunció:
"-Julia Lefévre.
"Nunca he recibido impresión tan violenta. Me
pareció que todo acababa para mí en un segundo, como si de pronto se hubiera
desgarrado ante mis ojos un velo tras el cual se me revelarían desventuras
amenazadoras y terribles.
"¡Era ella! Una señora obesa y vulgar, ¡ella! Y
había lanzado al mundo aquella nidada, ¡cuatro niñas!, durante mi ausencia. Las
criaturas me asombraban tanto como su madre. Obra suya; eran los retoños de su
vida. Crecieron y ocupaban ya un lugar en el mundo; mientras la deliciosa
hermosura, la maravilla de gracia y belleza que yo conocí, se había
desvanecido, ya no inspiraba ningún entusiasmo. ¿Cómo se realiza una
transformación tan espantosa en tan breve tiempo? En un día..., porque hubiera
jurado que horas antes la vi como era... ¡y la encontraba de pronto cambiada!
¿Es posible? Un sufrimiento, una congoja me oprimía el corazón, y también una
protesta indignada, rebelándome contra la Naturaleza, contra esa obra infame de
brutal destrucción.
"La contemplé angustiado. Luego, al oprimir su
mano, acudieron lágrimas a mis ojos. Lloré su juventud perdida; lloré su muerte.
Había muerto la que yo conocí, la señora mofletuda y abultada que se me
presentó era otra; ¡yo no la conocía!
"También ella, emocionándose, balbució:
"-He cambiado mucho, ¿no es verdad? Así es el
mundo; ¡todo pasa! Ya lo ve usted; ahora soy una madre solamente, una madre
cariñosa, una madre buena. Lo demás, pasó, acabó, no volverá. ¡Oh! Ya supuse
que usted no me reconocería si por casualidad nos encontráramos, como ha
sucedido. También usted ha cambiado bastante. Tuve que fijarme bien, que
reflexionar mucho, que discurrir algo, para estar segura de no engañarme. Tiene
usted ya el pelo blanco. Naturalmente. ¡Hace mucho tiempo! Mi niña mayor, tiene
diez años. ¡Hace ya doce años!
"Miré a la niña y descubrí en ella un encanto
semejante al que tuvo su mamá en otro tiempo; las facciones, las formas de la
criatura, recordando las de su madre, aún eran de contornos indecisos, de una
expresión vaga, pero anunciaban un delicioso porvenir.
"Y la vida se me apareció rápida, como un viaje
en ferrocarril.
"Llegamos a Maisons-Laffitte. Besé la mano de mi
amiga. En mi conversación con ella, sólo se me habían ocurrido vulgaridades; no
encontré ni una frase feliz. Estaba demasiado aturdido para reflexionar.
"Por la noche, y aprovechando un cuarto de hora
que mis amigos me dejaron solo, contemplé detenidamente mi rostro en un espejo.
Y acabé recordando mi fisonomía como era en otro tiempo; imaginé mis bigotazos
y mis cabellos negros, mis facciones juveniles, mis ojos penetrantes...
"Ya todo había cambiado. Me hallé viejo.
"¡Adiós!"
FIN
El Asesino
El culpable era defendido por un jovencísimo abogado,
un novato que habló así:
-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi
cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha
asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me
permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin
atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.
Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy
honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso. Este es su crimen:
¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos,
del que únicamente parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha
desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas,
para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al
sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no
soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha.
No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto
de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se es respetuoso.
El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos
muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que
es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros
que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados
de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos
los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los
vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con
complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para
defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro
oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen,
nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de
corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos
muy bien cómo ocurre todo, cómo todo se da, cómo todo se vende. Plazas,
funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio
de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente por
un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar
nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y
quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene,
como el asesino sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan
arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.
Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del
aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad
personal y de orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega,
innata, brutal, como este hombre.
Déjenme contarles su vida.
Fue educado, como se educaba antaño a los niños,
dividiendo en dos clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que
está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le
hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no
pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven
los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde
nacen estas distinciones.
Creció, pues, religioso y confiado, entusiasta e
íntegro.
Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una
prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte
inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que
hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración
que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se
reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión,
apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia
absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila
dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se
le pudiera engañar a él.
Algún tiempo antes de su boda había entrado como
contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días.
Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la
señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de
toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère
fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de
deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad.
Se le trataba, por otra parte, con la consideración
merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la
especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en
boca de todos.
Unos días después, ella murió de unas fiebres
tifoideas.
Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor
frío y tranquilo en su corazón metódico. Sólo se vio en su palidez y en la
alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido.
Entonces, señores, ocurrió algo muy natural.
Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde
hacía diez años tenía la costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre.
Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a
casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido
del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal
que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el
transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material
de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco
indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables
tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería
vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada
distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de
las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las
discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a
veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por
quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su
corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo
de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador
donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente
por tratarse de una mujer.
Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy
agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se
tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su
consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada
día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda
su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra.
La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que
podría sacar partido de este ingenuo y buscó cuál sería la mejor forma de
explotarlo. Lo más seguro era casarse.
A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.
Tengo que decirles, señores del jurado, que la
conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner
freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada.
Por juego natural de la astucia femenina, pareció
cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su
despacho. Digo "con todos". Tenemos cartas, señores. Pronto se
convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo,
ignoraba.
Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir,
sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo
espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor
Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por
amistad hacia su
empleado, sintió, viendo
a su hijo
entre las manos, -debería decir
entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.
Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y
de hablarle impelido por su indignación paternal.
Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del
crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la
instrucción:
"Acababa de saber que mi hijo había donado, la
misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que
mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère,
pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.
Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía
obligado a privarme de sus servicios.
Él permanecía de pie delante de mí, azorado, sin
comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad.
Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de
naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de
delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de
esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.
Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó
a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción.
Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que
me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara.
Se quedó de pie algunos segundos, mirándome con ojos
huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para
recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mí
con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho,
sin sentir ningún dolor."
He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su
muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda
mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.
Después de una
corta deliberación, el acusado fue absuelto.
FIN
Edgar Allan Poe
Morella
Un sentimiento de profundo pero singularísimo afecto me inspiraba mi amiga
Morella. Llegué a conocerla por casualidad hace muchos años, y desde nuestro
primer encuentro mi alma ardió con fuego hasta entonces desconocido; pero el
fuego no era de Eros, y amarga y torturadora para mi espíritu fue la convicción
gradual de que en modo alguno podía definir su carácter insólito o regular su
vaga intensidad. Sin embargo, nos conocimos y el destino nos unió ante el altar,
y nunca hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, no obstante, huyó de la
sociedad y, apegándose tan sólo a mí, me hizo feliz. Es una felicidad
maravillarse, es una felicidad soñar.
La erudición de Morella era profunda. Tan cierto como que estoy vivo, sé
que sus aptitudes no eran de índole común; el poder de su espíritu era
gigantesco. Yo lo sentía y en muchos puntos fui su discípulo. Pronto descubrí,
sin embargo, que quizá a causa de su educación en Presburgo exponía a mi
consideración cantidad de esos escritos místicos que se juzgan habitualmente la
escoria de la primitiva literatura alemana. Eran, no puedo imaginar por qué
razón, objeto de su estudio favorito y constante, y, si con el tiempo llegaron
a serlo para mí, ello debe atribuirse a la simple pero eficaz influencia del
hábito y el ejemplo.
En todo esto, si no me equivoco, mi razón poco participaba. Mis opiniones,
a menos que me desconozca a mí mismo, en modo alguno estaban influidas por el
ideal, ni era perceptible ningún matiz del misticismo de mis lecturas, a menos
que me equivoque mucho, ni en mis actos ni en mis pensamientos. Convencido de
ello, me abandoné sin reservas a la dirección de mi esposa y penetré con ánimo
resuelto en el laberinto de sus estudios. Y entonces, entonces, cuando escudriñando
páginas prohibidas sentía que un espíritu aborrecible se encendía dentro de mí,
Morella posaba su fría mano sobre la mía y sacaba de las cenizas de una
filosofía muerta algunas palabras hondas, singulares, cuyo extraño sentido se
grababa en mi memoria. Y entonces, hora tras hora, me demoraba a su lado,
sumido en la música de su voz, hasta que al fin su melodía se inficionaba de
terror y una sombra caía sobre mi alma y yo palidecía y temblaba interiormente
ante aquellas entonaciones sobrenaturales. Y así la alegría se desvanecía
súbitamente en el horror y lo más hondo se convertía en lo más horrible, como
el Hinnom se convirtió en la Gehenna.
Es innecesario explicar el carácter exacto de aquellas disquisiciones que,
surgidas de los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo
casi el único tema de conversación entre Morella y yo. Los entendidos en lo que
puede designarse moral teológica lo comprenderán rápidamente, y los profanos,
en todo caso, poco entenderán. El impetuoso panteísmo de Fichte, la παλιγγενεσία modificada de los pitagóricos y, sobre todo,
las doctrinas de la identidad preconizadas por Schelling, eran
generalmente los puntos de discusión más llenos de belleza para la imaginativa
Morella. Esta identidad denominada personal creo que ha sido definida
exactamente por Locke como la permanencia del ser racional. Y puesto que por
persona entendemos una esencia inteligente dotada de razón, y el pensar siempre
va acompañado por una conciencia, ella es la que nos hace ser eso que llamamos nosotros
mismos, distinguiéndonos, en consecuencia, de los otros seres que piensan y
confiriéndonos nuestra identidad personal. Pero el principium
individuationis, la noción de esa identidad que con la muerte se
pierde o no para siempre, fue para mí, en todo tiempo, un tema de intenso
interés, no tanto por la perturbadora y excitante índole de sus consecuencias,
como por la insistencia y la agitación con que Morella los mencionaba.
Mas en verdad llegó el momento en que el misterio de la naturaleza de mi
mujer me oprimió como un maleficio. Ya no podía soportar el contacto de sus
dedos pálidos, ni el tono profundo de su palabra musical, ni el brillo de sus
ojos melancólicos. Y ella lo sabía, pero no me lo reprochaba; parecía
consciente de mi debilidad o de mi locura y, sonriendo, le daba el nombre de
Destino. También parecía tener conciencia de la causa, para mí desconocida, del
gradual desapego de mi actitud, pero no me insinuó ni me explicó su índole. Sin
embargo, era mujer y languidecía evidentemente. Con el tiempo la mancha carmesí
se fijó definitivamente en sus mejillas y las venas azules de su pálida frente
se acentuaron; si por un momento me ablandaba la compasión, al siguiente
encontraba el fulgor de sus ojos pensativos, y entonces mi alma se sentía
enferma y experimentaba el vértigo de quien hunde la mirada en algún abismo
lúgubre, insondable.
¿Diré entonces que anhelaba con ansia, con un deseo voraz, el momento de la
muerte de Morella? Así fue; mas el frágil espíritu se aferró a su envoltura de
arcilla durante muchos días, durante muchas semanas y meses de tedio, hasta que
mis nervios torturados dominaron mi razón y me enfurecí por la demora, y con el
corazón de un demonio maldije los días y las horas y los amargos momentos que
parecían prolongarse, mientras su noble vida declinaba como las sombras en la
agonía del día.
Pero, una tarde de otoño, cuando los vientos se aquietaban en el
cielo, Morella me llamó a su cabecera. Una espesa niebla cubría la tierra, y
subía un cálido resplandor desde las aguas, y entre el rico follaje de octubre
había caído del firmamento un arco iris.
-Éste es el día entre los días -dijo cuando me acerqué-, el día entre los
días para vivir o para morir. Es un hermoso día para los hijos de la tierra y
de la vida... ¡ah, más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!
Besé su frente, y continuó:
-Me muero, y sin embargo viviré.
-¡Morella!
-Nunca existieron los días en que hubieras podido amarme; pero aquella a
quien en vida aborreciste, será adorada por ti en la muerte.
-¡Morella!
-Repito que me muero. Pero hay dentro de mí una prenda de ese afecto -¡ah,
cuán pequeño!- que sentiste por mí, por Morella. Y cuando mi espíritu parta,
el hijo vivirá, tu hijo y el mío, el de Morella. Pero tus días serán días de
dolor, ese dolor que es la más perdurable de las impresiones, como el ciprés es
el más resistente de los árboles. Porque las horas de tu dicha han terminado, y
la alegría no se cosecha dos veces en la vida, como las rosas de Pestum dos
veces en el año. Ya no jugarás con el tiempo como el poeta de Teos, mas,
ignorante del mirto y de la viña, llevarás encima, por toda la tierra, tu
sudario, como el musulmán en la Meca.
-¡Morella! -exclamé-. ¡Morella! ¿Cómo lo sabes?
Pero volvió su cabeza sobre la almohada; un ligero estremecimiento recorrió
sus miembros y murió; y no oí más su voz.
Sin embargo, como lo había predicho, su hija -a quien diera a luz al morir
y que no respiró hasta que su madre dejó de alentar-, su hija, una niña, vivió.
Y creció extrañamente en talla e inteligencia, y era de una semejanza perfecta
con la desaparecida, y la amé con amor más perfecto del que hubiera creído
posible sentir por ningún habitante de la tierra.
Pero antes de mucho se oscureció el cielo de este puro afecto, y la
tristeza, el horror, la aflicción lo recorrieron con sus nubes. He dicho que la
niña crecía extrañamente en talla e inteligencia. Extraño, en verdad, era el
rápido crecimiento de su cuerpo, pero terribles, ah, terribles eran los
tumultuosos pensamientos que se agolpaban en mí mientras observaba el
desarrollo de su inteligencia. ¿Cómo no había de ser así si descubría
diariamente en las ideas de la niña el poder del adulto y las aptitudes de la
mujer; si las lecciones de la experiencia caían de los labios de la infancia;
si yo encontraba a cada instante la sabiduría o las pasiones de la madurez
centelleando en sus ojos profundos y pensativos? Cuando todo esto, digo, llegó
a ser evidente para mis espantados sentidos, cuando ya no pude ocultarlo a mi
alma ni apartarla de estas evidencias que la estremecían, ¿es de sorprenderse
que sospechas de carácter terrible y perturbador se insinuaran en mi espíritu,
o que mis pensamientos recayeran con horror en las insensatas historias y en
las sobrecogedoras teorías de la difunta Morella? Arrebaté a la curiosidad del
mundo un ser cuyo destino me obligaba a adorarlo, y en la rigurosa soledad de
mi hogar vigilé con mortal ansiedad todo lo concerniente a la criatura amada.
Y a medida que pasaban los años y yo contemplaba día tras día su rostro
puro, suave, elocuente, y vigilaba la maduración de sus formas, día tras día
iba descubriendo nuevos puntos de semejanza entre la niña y su madre, la melancólica,
la muerta. Y por instantes se espesaban esas sombras de parecido y su aspecto
era más pleno, más definido, más perturbador y más espantosamente terrible.
Pues que su sonrisa fuera como la de su madre, eso podía soportarlo, pero
entonces me estremecía ante una identidad demasiado perfecta; que sus
ojos fueran como los de Morella, eso podía sobrellevarlo, pero es que también
se sumían con harta frecuencia en las profundidades de mi alma con la intención
intensa, desconcertante, de los de Morella. Y en el contorno de la frente
elevada, y en los rizos del sedoso cabello, y en los pálidos dedos que se
hundían en él, en el tono triste, musical de su voz, y sobre todo -¡ah, sobre
todo!- en las frases y expresiones de la muerta en labios de la amada, de la
viviente, encontraba alimento para una idea voraz y horrible, para un gusano
que no quería morir.
Así pasaron dos lustros de su vida, y mi hija seguía sin nombre sobre la
tierra. «Hija mía» y «querida» eran los apelativos habituales dictados por un
afecto paternal, y el rígido apartamiento de su vida excluía toda otra
relación. El nombre de Morella había muerto con ella. De la madre nunca había
hablado a la hija; era imposible hablar. A decir verdad, durante el breve
período de su existencia esta última no había recibido impresiones del mundo
exterior, salvo las que podían brindarle los estrechos límites de su retiro.
Pero, al fin, la ceremonia del bautismo se presentó a mi espíritu, en su estado
de nerviosidad e inquietud, como una afortunada liberación del terror de mi
destino. Y, ante la pila bautismal, vacilé al elegir el nombre. Y muchos
epítetos de la sabiduría y la belleza, de viejos y modernos tiempos, de mi
tierra y de tierras extrañas, acudieron a mis labios, y muchos, muchos epítetos
de la gracia, la dicha, la bondad. ¿Qué me impulsó entonces a agitar el
recuerdo de la muerta? ¿Qué demonio me incitó a musitar aquel sonido cuyo
simple recuerdo solía hacer afluir torrentes de sangre purpúrea de las sienes
al corazón? ¿Qué espíritu maligno habló desde lo más recóndito de mi alma
cuando, en aquella bóveda oscura, en el silencio de la noche, susurré al oído
del santo varón el nombre de Morella? ¿Quién sino un espíritu maligno
convulsionó las facciones de mi hija y las cubrió con el matiz de la muerte
cuando, sobresaltada por esa palabra apenas perceptible, volvió sus ojos
límpidos del suelo al firmamento y, cayendo de rodillas en las losas negras de
nuestra cripta familiar, respondió «¡Aquí estoy!»?
Precisas, fríamente, tranquilamente precisas, cayeron estas simples
palabras en mi oído y de allí, como plomo derretido, rodaron silbando a mi
cerebro. ¡Los años, los años pueden pasar, pero el recuerdo de aquel momento,
nunca! No ignoraba yo las flores y la viña, pero el acónito y el ciprés me
cubrieron con su sombra noche y día. Y perdí toda noción de tiempo y espacio, y
las estrellas de mi sino se apagaron en el cielo, y desde entonces la tierra se
entenebreció y sus figuras pasaron a mi lado como sombras fugitivas, y entre
ellas sólo veía una: Morella. Los vientos musitaban una sola palabra en mis
oídos, y las ondas del mar murmuraban incesantes: «¡Morella!» Pero ella murió,
y con mis propias manos la llevé a la tumba; y lancé una larga y amarga
carcajada al no hallar huellas de la primera Morella en el sepulcro donde
deposité a la segunda.
FIN
Berenice
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.
|
-Ebn Zaiat
|
La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme
sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus
colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan
íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris!
¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la
paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia
del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada
beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los
éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi
apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi
melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios,
y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en
los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los
relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la
galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la
peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para
justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con
este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí
murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había
vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No
discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay,
sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos,
de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una
memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una
sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol
de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la
larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de
hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y
la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos
asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi
juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el
cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es
asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la
inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes.
Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones,
mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no
en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera
existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la
heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en
melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos
por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí
mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella,
vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o
en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre...
¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se
conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los
primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo,
fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre
sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que
no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como
el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la
arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera
más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y
venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la
reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por
la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y
físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie
de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la
disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos,
brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no
debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente,
asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y
extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un
incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en
una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia
psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me
entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la
inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad
del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear
términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del
universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención
clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar
la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía
oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche
en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del
fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente
alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición,
dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o
de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo
prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas
provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero
sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y
mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe
confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que
se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como
pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa
tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el
soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo
pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de
él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de
voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones
desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era
invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión
perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que
aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original
como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del
ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese
interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal.
En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya
lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la
especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad
para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por
su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del
trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano
Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de
San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi,
cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia
ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó
mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo
por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla
Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la
feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor
llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de
duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su
desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa
intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo
explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal,
su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y
dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los
prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan
súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de
mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían
presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno
se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la
constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su
identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable,
seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los
sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de
la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque
a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había
flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva,
palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la
tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino
para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación
tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y
palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia
y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le
hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias
cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos,
serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté,
creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los
ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la
atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises
vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e
indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo
hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi
cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad
devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante
sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez
era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del
contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida;
y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella
sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio
reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la
melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían
sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los
labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión
peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis
ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y,
alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del
desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco
y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra
en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no
se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un
momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas
partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los
pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que
habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía
y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los
múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los
dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos
los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos
eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible
individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a
todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus
características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación.
Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en
imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios,
una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous
ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor
seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste
fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que
los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la
paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y
se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se
acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí
sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible
ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre
las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un
grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de
turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi
asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la
antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no
existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora,
al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los
preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo.
Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que
era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero
del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos,
definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más
horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz
en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros,
espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una
y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito
de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo
pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me
respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había
junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo,
pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a
mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser
tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un
libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae
visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas
se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la
biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas.
Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca,
ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje
grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para
buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido,
cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado,
sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de
sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de
uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo
miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y
me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de
la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos,
entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con
treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por
el piso.
FIN
James Joyce
Una nubecilla
Ocho años atrás había despedido a
su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher
hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de lana bien
cortado y su acento decidido. Pocos tenían su talento y todavía menos eran
capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón
de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.
Desde el almuerzo, Chico Chandler
no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la
gran urbe londinense donde vivía Gallaher. Le decían Chico Chandler porque,
aunque era poco menos que de mediana estatura, parecía pequeño. Era de manos
blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y maneras refinadas. Cuidaba
con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto perfume en el
pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever
una fila de blancos dientes de leche.
Sentado a su buró en King's Inns
pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había
conocido con un chambón aspecto de necesitado se había convertido en una
rutilante figura de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de
su escrito fatigoso para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El
resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un
generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos decrépitos que dormitaban en
los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños que corrían gritando por los
senderos de grava y todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella
escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre que pensaba en la vida) se
entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su alma. Sintió cuán inútil
era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de sabiduría que le legó la
época.
Recordó los libros de poesía en
los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de
una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado
de tomar uno en sus manos para leerle algo a su esposa. Pero su timidez lo
cohibió siempre: y los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía
a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo consolaba.
Cuando le llegó la hora, se
levantó y se despidió cumplidamente de su buró y de sus colegas. Con su figura
pulcra y modesta salió de entre los arcos de King's Inns y caminó rápido calle
Henrietta abajo. El dorado crepúsculo menguaba ya y el aire se hacía cortante.
Una horda de chiquillos mugrientos pululaba por las calles. Corrían o se
paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes a los quicios de las
puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral. Chico Chandler no
les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas sabandijas y
pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había
baladronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del
pasado porque su mente rebosaba con la alegría del momento.
Nunca había estado en Corless's,
pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía que la gente iba allí después del
teatro a comer ostras y a beber licores; y se decía que allí los camareros
hablaban francés y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto
detenerse los coches a sus puertas y cómo damas ricamente ataviadas,
acompañadas por caballeros, bajaban y entraban a él fugaces, vistiendo trajes
escandalosos y muchas pieles. Llevaban las caras empolvadas y levantaban sus
vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas alarmadas. Había pasado siempre
de largo sin siquiera volverse a mirar. Era hábito suyo caminar con paso rápido
por la calle, aun de día, y siempre que se encontraba en la ciudad tarde en la
noche apretaba el paso, aprensivo y excitado. A veces, sin embargo, cortejaba
la causa de sus temores. Escogía las calles más tortuosas y oscuras y, al
adelantar atrevido, el silencio que se esparcía alrededor de sus pasos lo
perturbaba, como lo turbaba toda figura silenciosa y vagabunda; a veces el
sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja.
Dobló a la derecha hacia la calle
Capel. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa londinense! ¿Quién lo hubiera pensado
ocho años antes? Sin embargo, al pasar revista al pasado ahora, Chico Chandler
era capaz de recordar muchos indicios de la futura grandeza de su amigo. La
gente acostumbraba a decir que Ignatius Gallaher era alocado. Claro que se
reunía en ese entonces con un grupo de amigos algo libertinos, que bebía sin
freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al final, se vio involucrado en
cierto asunto turbio, una transacción monetaria: al menos, ésa era una de las
versiones de su fuga. Pero nadie le negaba el talento. Hubo siempre una
cierta... algo en Ignatius Gallaher que impresionaba a pesar de uno mismo. Aun
cuando estaba en un aprieto y le fallaban los recursos, conservaba su
desfachatez. Chico Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo ruborizarse de
orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando andaba escaso:
-Ahora un receso, caballeros
-solía decir a la ligera-. ¿Dónde está mi gorra de pegar?
Eso retrataba a Ignatius Gallaher
por entero, pero, maldita sea, había que admirarlo.
Chico Chandler apresuró el paso.
Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por
primera vez su alma se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de la
calle Capel. No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que
largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan
miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció de las chozas, tan
chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus
viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín, estupefactos a la vista del
crepúsculo y esperando por el primer sereno helado que los obligara a
levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría escribir un poema
para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un periódico de
Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería expresar,
pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético le creció
dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido.
Cada paso lo acercaba más a
Londres, alejándolo de su vida sobria y nada artística. Una lucecita empezaba a
parpadear en su horizonte mental. No era tan viejo: treinta y dos años. Se
podía decir que su temperamento estaba a punto de madurar. Había tantas
impresiones y tantos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía
en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La
nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una
melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla. Si
pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería
popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría conmover a un pequeño
núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como
miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de sus poemas;
además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las oraciones y
frases que merecerían sus libros. "El señor Chandler tiene el don del
verso gracioso y fácil..." "Una anhelante tristeza invade estos
poemas..." "La nota celta". Qué pena que su nombre no pareciera
más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo apellido delante del
primero: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler. Le
hablaría a Gallaher de este asunto.
Persiguió sus sueños con tal ardor
que pasó la calle de largo y tuvo que regresar. Antes de llegar a Corless's su
agitación anterior empezó a apoderarse de él y se detuvo en la puerta,
indeciso. Finalmente, abrió la puerta y entró.
La luz y el ruido del bar lo
clavaron a la entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero se le iba la
vista confundido con tantos vasos de vino rojo y verde deslumbrándolo. El bar
parecía estar lleno de gente y sintió que la gente lo observaba con curiosidad.
Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer
ver que la gestión era seria), pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie
se había vuelto a mirarlo: y allí, por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de
espaldas al mostrador y con las piernas bien separadas.
-¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por
fin llegas! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a tomar? Estoy bebiendo whisky: es mucho
mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo
soy lo mismo. Le echa a perder el gusto...
Vamos, garçon, sé bueno y
tráenos dos líneas de whisky de malta... Bien, ¿y cómo te fue desde que te vi
la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos poniendo! ¿Notas que envejezco
o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no?
Ignatius Gallaher se quitó el
sombrero y exhibió una cabeza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada, pálida
y bien afeitada. Sus ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su
palidez enfermiza y brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata.
Entre estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin
forma. Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo.
Chico Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se volvió a poner el
sombrero.
-El periodismo -dijo- acaba. Hay
que andar rápido y sigiloso detrás de la noticia y eso si la encuentras: y
luego que lo que escribas resulte novedoso. Al carajo con las pruebas y el
cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que encantado, te lo digo, de volver
al terruño. Te hacen mucho bien las vacaciones. Me siento muchísimo mejor desde
que desembarqué en este Dublín sucio y querido... Por fin te veo, Tommy. ¿Agua?
Dime cuándo.
Chico Chandler dejó que le aguara
bastante su whisky.
-No sabes lo que es bueno, mi
viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Apuro el mío puro.
-Bebo poco como regla -dijo Chico
Chandler, modestamente-. Una media línea o cosa así cuando me topo con uno del
grupo de antes: eso es todo.
-Ah, bueno -dijo Ignatius
Gallaher, alegre-, a nuestra salud y por el tiempo viejo y las viejas
amistades.
Chocaron los vasos y brindaron.
-Hoy me encontré con parte de la
vieja pandilla -dijo Ignatius Gallaher-. Parece que O'Hara anda mal. ¿Qué es lo
que le pasa?
-Nada -dijo Chico Chandler-. Se
fue a pique.
-Pero Hogan está bien colocado,
¿no es cierto?
-Sí, está en la Comisión Agraria.
-Me lo encontré una noche en
Londres y se le veía boyante... ¡Pobre O'Hara! La bebida, supongo.
-Entre otras cosas -dijo Chico
Chandler, sucinto. Ignatius Gallaher se rió.
-Tommy -le dijo-, veo que no has
cambiado un ápice. Eres el mismo tipo serio que me metías un editorial el domingo
por la mañana si me dolía la cabeza y tenía lengua de lija. Debías correr un
poco de mundo. No has ido de viaje a ninguna parte, ¿no?
-Estuve en la isla de Man -dijo
Chico Chandler. Ignatius Gallaher se rió.
-¡La isla de Man! -dijo-. Ve a
Londres o a París. Mejor a París. Te hará mucho bien.
-¿Conoces tú París?
-¡Me parece que sí! La he
recorrido un poco.
-¿Y es, realmente, tan bella como
dicen? -preguntó Chico Chandler.
Tomó un sorbito de su trago
mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un viaje.
-¿Bella? -dijo Ignatius Gallaher,
haciendo una pausa para sopesar la palabra y paladear la bebida-. No es tan
bella, si supieras. Claro que es bella... Pero es la vida de París lo que
cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan alegre, tan movida, tan
excitante...
Chico Chandler terminó su whisky
y, después de un poco de trabajo, consiguió llamar la atención de un camarero.
Ordenó lo mismo otra vez.
-Estuve en el Molino Rojo
-continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se llevó los vasos- y he estado
en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada aconsejable para un puritano
como tú, Tommy.
Chico Chandler no respondió hasta
que el camarero regresó con los dos vasos: entonces chocó el vaso de su amigo
levemente y reciprocó el brindis anterior. Empezaba a sentirse algo
desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de expresarse no le gustaban.
Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal vez fuera
resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la competencia periodística. El
viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales
aparatosos. Y, después de todo, Gallaher había vivido y visto mundo. Chico
Chandler miró a su amigo con envidia.
-Todo es alegría en París -dijo
Ignatius Gallaher-. Los franceses creen que hay que gozar la vida. ¿No crees
que tienen razón? Si quieres gozar la vida como es, debes ir a París. Y déjame
decirte que los irlandeses les caemos de lo mejor a los franceses. Cuando se
enteraban que era de Irlanda, muchacho, me querían comer.
Chico Chandler bebió cinco o seis
sorbos de su vaso.
-Pero, dime -le dijo-, ¿es verdad
que París es tan... inmoral como dicen?
Ignatius Gallaher hizo un gesto
católico con la mano derecha.
-Todos los lugares son inmorales -dijo-.
Claro que hay cosas escabrosas en París. Si te vas a uno de esos bailes de
estudiantes, por ejemplo. Muy animados, si tú quieres, cuando las cocottes
se sueltan la melena. Tú sabes lo que son, supongo.
-He oído hablar de ellas- dijo
Chico Chandler.
Ignatius Gallaher bebió de su
whisky y meneó la cabeza.
-Tú dirás lo que quieras, pero no
hay mujer como la parisina. En cuanto a estilo, a soltura.
-Luego es una ciudad inmoral -dijo
Chico Chandler, con insistencia tímida-. Quiero decir, comparada con Londres o
con Dublín.
-¡Londres! -dijo Ignatius
Gallaher-. Eso es media mitad de una cosa y tres cuartos de la otra. Pregúntale
a Hogan, amigo mío, que le enseñé algo de Londres cuando estuvo allá. Ya te
abrirá él los ojos... Tommy, viejo, que no es ponche, es whisky: de un solo
viaje.
-De veras, no...
-Ah, vamos, que uno más no te va a
matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo, supongo?
-Bueno... vaya...
-François, repite aquí... ¿Un
puro, Tommy?
Ignatius Gallaher sacó su
tabaquera. Los dos amigos encendieron sus cigarros y fumaron en silencio hasta
que llegaron los tragos.
-Te voy a dar mi opinión -dijo
Ignatius Gallaher, al salir después de un rato de entre las nubes de humo en
que se refugiara-, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades! He oído de casos...
pero, ¿qué digo? Conozco casos de... inmoralidad...
Ignatius Gallaher tiró pensativo
de su cigarro y luego, con el calmado tono del historiador, procedió a
dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración imperante en el extranjero.
Pasó revista a los vicios de muchas capitales europeas y parecía inclinado a
darle el premio a Berlín. No podía dar fe de muchas cosas (ya que se las
contaron amigos), pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni
clases ni alcurnia. Reveló muchos secretos de las órdenes religiosas del
continente y describió muchas de las prácticas que estaban de moda en .la alta
sociedad, terminando por contarle, con detalle, la historia de una duquesa
inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico Chandler se quedó pasmado.
-Ah, bien -dijo Ignatius
Gallaher-, aquí estamos en el viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada.
-¡Te debe parecer muy aburrido
-dijo Chico Chandler-, después de todos esos lugares que conoces!
-Bueno, tú sabes -dijo Ignatius
Gallaher-, es un alivio venir acá. Y, después de todo, es el terruño, como se
dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle cariño. Es muy humano... Pero dime
algo de ti. Hogan me dijo que habías... degustado las delicias del himeneo.
Hace dos años, ¿no?
Chico Chandler se ruborizó y
sonrió.
-Sí -le dijo-. En mayo pasado hizo
dos años.
-Confío en que no sea demasiado
tarde para ofrecerte mis mejores deseos -dijo Ignatius Gallaher-. No sabía tu
dirección o lo hubiera hecho entonces.
Extendió una mano, que Chico
Chandler estrechó.
-Bueno, Tommy -le dijo-, te deseo,
a ti y a los tuyos, lo mejor en esta vida, viejito: toneladas de plata y que
vivas hasta el día que yo te pegue un tiro. Estos son los deseos de un viejo y
sincero amigo, como tú sabes.
-Yo lo sé -dijo Chico Chandler.
-¿Alguna cría? -dijo Ignatius
Gallaher. Chico Chandler se ruborizó otra vez.
-No tenemos más que una -dijo.
-¿Varón o
hembra?
-Un varoncito.
Ignatius
Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.
-Bravo, Tommy -le dijo-. Nunca lo
puse en duda.
Chico Chandler sonrió, miró
confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con tres dientes
infantiles.
-Espero que pases una noche con
nosotros -dijo-, antes de que te vayas. A mi esposa le encantaría conocerte.
Podríamos hacer un poco de música y...
-Muchísimas gracias, mi viejo
-dijo Ignatius Gallaher-. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo
que irme mañana por la noche.
-¿Tal vez esta noche...?
-Lo siento muchísimo, viejo. Tú
ves, ando con otro tipo, bastante listo él, y ya convinimos en ir a echar una
partida de cartas. Si no fuera por eso...
-Ah, en ese caso...
-Pero, ¿quién sabe? -dijo Ignatius
Gallaher, considerado-. Tal vez el año que viene me dé un saltito, ahora que ya
rompí el hielo. Vamos a posponer la ocasión.
-Muy bien -dijo Chico Chandler-,
la próxima vez que vengas tenemos que pasar la noche juntos. ¿Convenido?
-Convenido, sí -dijo Ignatius
Gallaher-. El año que viene si vengo, parole d'honneur.
-Y para dejar zanjado el asunto
-dijo Chico Chandler-, vamos a tomar otra.
Ignatius Gallaher sacó un relojón
de oro y lo miró.
-¿Va a ser ésa la última? -le
dijo-. Porque, tú sabes, tengo una c.t.
-Oh, sí, por supuesto -dijo Chico
Chandler.
-Entonces, muy bien -dijo Ignatius
Gallaher-, vamos a echarnos otra como de deoc an doirus, que quiere
decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.
Chico Chandler pidió los tragos.
El rubor que le había subido a la cara hacía unos momentos, se le había
instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se sentía caliente,
excitado. Los tres vasitos se le habían ido a la cabeza y el puro fuerte de
Gallaher le confundió las ideas, ya que era delicado y abstemio. La excitación
de ver a Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en Corless's,
rodeados por esa iluminación y ese ruido, de escuchar los cuentos de Gallaher y
de compartir por un momento su vida itinerante y exitosa, alteró el equilibrio
de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el contraste entre su vida y la de
su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba por debajo suyo en cuanto a
cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa mejor que lo hacía o lo
haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedestre, con tal de que
le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su maldita
timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía
ver lo que había detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación.
Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba
perdonando a Irlanda con su visita.
El camarero les trajo la bebida.
Chico Chandler empujó un vaso hacia su amigo y tomó el otro, decidido.
-¿Quién sabe? -dijo al levantar el
vaso-. Tal vez cuando vengas el año que viene tenga yo el placer de desear una
larga vida feliz al señor y a la señora Gallaher.
Ignatius Gallaher, a punto de
beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió,
chasqueó sus labios rotundamente, dejó el vaso y dijo:
-Nada que temer por ese lado,
muchacho. Voy a correr mundo y a vivir la vida un poco antes de meter la cabeza
en el saco... si es que lo hago.
-Lo harás un día -dijo Chico
Chandler con calma.
Ignatius Gallaher enfocó su
corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo.
-¿Tú crees?
-le dijo.
-Meterás la cabeza en el saco
-repitió Chico Chandler, empecinado-, como todo el mundo, si es que encuentras
mujer.
Había marcado el tono un poco y se
dio cuenta de que acababa de traicionarse; pero, aunque el color le subió a la
cara, no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher
lo observó por un momento y luego dijo:
-Si ocurre alguna vez puedes
apostarte lo que no tienes a que no va a ser con claros de luna y miradas
arrobadas. Pienso casarme por dinero. Tendrá que tener ella su buena cuenta en
el banco o de eso nada.
Chico Chandler sacudió la cabeza.
-Pero, vamos -dijo Ignatius
Gallaher con vehemencia-, ¿quieres que te diga una cosa? No tengo más que decir
que sí y mañana mismo puedo conseguir las dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues
lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué digo cientos?, miles de alemanas ricas
y de judías podridas de dinero, que lo que más querrían... Espera un poco, mi
amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido. Cuando yo me propongo
algo, lo consigo. Espera un poco.
Se echó el vaso a la boca, terminó
el trago y se rió a carcajadas. Luego, miró meditativo al frente, y dijo, más
calmado:
-Pero no tengo prisa. Pueden
esperar ellas. No tengo ninguna gana de amarrarme a nadie, tú sabes.
Hizo como si tragara y puso mala
cara.
-Al final sabe siempre a rancio,
en mi opinión -dijo.
Chico Chandler estaba sentado en
el cuarto del pasillo con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían criados,
pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía una hora, más o menos, por la
mañana y otra hora por la noche para ayudarlos. Pero hacía rato que Mónica se
había ido. Eran las nueve menos cuarto. Chico Chandler regresó tarde para el té
y, lo que es más, olvidó traerle a Annie el paquete de azúcar de Bewley's.
Claro que ella se incomodó y le contestó mal. Dijo que podía pasarse sin el té,
pero cuando llegó la hora del cierre de la tienda de la esquina, decidió ir
ella misma por un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Le puso el niño
dormido en los brazos con pericia y le dijo:
-Ahí tienes, no lo despiertes.
Sobre la mesa había una lamparita
con una pantalla de porcelana blanca y la luz daba sobre una fotografía enmarcada
en cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Chico Chandler la miró,
deteniéndose en los delgados labios apretados. Llevaba la blusa de verano azul
pálido que le trajo de regalo un sábado. Le había costado diez chelines con
once; ¡pero qué agonía de nervios le costó! Cómo sufrió ese día esperando a que
se vaciara la tienda, de pie frente al mostrador tratando de aparecer calmado
mientras la vendedora apilaba las blusas frente a él, pagando en la caja y
olvidándose de coger el penique de vuelto, mandado a buscar por la cajera, y,
finalmente, tratando de ocultar su rubor cuando salía de la tienda examinando
el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le trajo la blusa, Annie lo
besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero cuando él le dijo el precio,
tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un atraco cobrar diez chelines con
diez por eso. Al principio quería devolverla, pero cuando se la probó quedó
encantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro beso y le dijo
que era muy bueno al acordarse de ella.
¡Hum!...
Miró en frío los ojos de la foto y
en frío ellos le devolvieron la mirada. Cierto que eran lindos y la cara misma
era bonita. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué eran tan de señorona
inconsciente? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo
desafiaban: no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que dijo
Gallaher de las judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, tan llenos
de pasión, de anhelos voluptuosos... ¿Por qué se había casado con esos ojos de
la fotografía?
Se sorprendió haciéndose la
pregunta y miró, nervioso, alrededor del cuarto. Encontró algo mezquino en el
lindo mobiliario que comprara a plazos. Annie fue quien lo escogió y a ella se
parecían los muebles. Las piezas eran tan pretenciosas y lindas como ella. Se
le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿Podría escapar de la
casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida aventurera como Gallaher?
¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles, todavía. Si sólo pudiera
escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría camino.
Un volumen de los poemas de Byron
descansaba en la mesa. Lo abrió cauteloso con la mano izquierda para no
despertar al niño y empezó a leer los primeros poemas del libro.
Quedo el
viento y queda la pena vespertina,
Ni el más leve céfiro ronda la enramada,
Cuando vuelvo
a ver la tumba de mi Margarita
Y esparzo las
flores sobre la tierra amada.
Hizo una pausa. Sintió el ritmo de
los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta melancolía! ¿Podría él también
escribir versos así, expresar la melancolía de su alma en un poema? Había
tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente
de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo...
El niño se despertó y empezó a
gritar. Dejó la página para tratar de callarlo: pero no se callaba. Empezó a
acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos se hicieron más penetrantes. Lo meció
más rápido mientras sus ojos trataban de leer la segunda estrofa:
En esta
estrecha celda reposa la arcilla,
Su arcilla
que una vez...
Era inútil. No podía leer. No
podía hacer nada. El grito del niño le perforaba los tímpanos. ¡Era inútil,
inútil! Estaba condenado a cadena perpetua. Sus brazos temblaron de rabia y de
pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:
-¡Basta!
El niño se calló por un instante,
tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Se levantó de su silla de un salto
y dio vueltas presurosas por el cuarto cargando al niño en brazos. Sollozaba lastimoso,
desmoreciéndose por cuatro o cinco segundos y luego reventando de nuevo. Las
delgadas paredes del cuarto hacían eco al ruido. Trató de calmarlo, pero
sollozaba con mayores convulsiones. Miró a la cara contraída y temblorosa del
niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipidos sin parar y se llevó el
niño al pecho, asustado. ¡Si se muriera!...
La puerta se
abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.
-¿Qué pasó?
¿Qué pasó? -exclamó.
El niño,
oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.
-No es nada,
Annie... nada... Se puso a llorar.
Tiró ella los
paquetes al piso y le arrancó el niño.
-¿Qué le has
hecho? -le gritó, echando chispas.
Chico
Chandler sostuvo su mirada por un momento y el corazón se le encogió al ver
odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear.
Sin prestarle atención, ella
comenzó a caminar por el cuarto, apretando al niño en sus brazos y murmurando:
-¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito!
¿Te asustaron, amor?... ¡Vaya, vaya, amor! ¡Vaya!... ¡Cosita! ¡Corderito divino
de mamá!... ¡Vaya, vaya!
Chico Chandler sintió que sus
mejillas se ruborizaban de vergüenza y se apartó de la luz. Oyó cómo los
paroxismos del niño menguaban más y más; y lágrimas de culpa le vinieron a los
ojos.
FIN
La pensión
La señora Mooney, hija de un
carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se
bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente
principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no
bien hubo muerto su suegro, el señor Mooney empezó a andar en malos pasos.
Bebía, metía mano a la caja registradora del dinero y se entrampó hasta los
ojos. De nada servía hacerle prometer enmienda: a los pocos días,
infaliblemente, quebrantaba el solemne juramento. A fuerza de reñir con su
mujer en presencia de los parroquianos y de comprar carne mala, terminó por
arruinar el negocio. Una noche persiguió a su mujer con la cuchilla, y ella
tuvo que dormir en casa de un vecino.
Desde entonces vivieron separados.
La mujer acudió al cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los
hijos. No daba dinero al marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio
obligado a entrar como oficial de justicia. Era un borrachín astroso,
encorvado, de cara blanca y bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus
ojillos surcados de venas rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el
santo día sentado en el cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran
algún servicio. La señora Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras
la liquidación de la carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke
Street, era una mujer grande e imponente. Su casa albergaba una población
flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en
cuando, artistas de vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de
empleados de oficinas y del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con
diplomacia y mano firme; sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con
severidad o hacer la vista gorda. Los residentes mozos, cuando hablaban de
ella, la llamaban todos la Patrona.
Los jóvenes pupilos de la señora
Mooney pagaban quince chelines semanales por la pensión completa (cerveza en
las comidas aparte). Eran todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta
razón reinaba entre ellos franca camaradería. Discutían entre sí las
probabilidades de sus caballos favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona,
empleado con un agente comercial en Fleet Street, tenía reputación de ser un
tipo difícil. Era aficionado a soltar obscenidades de cuartel, y por lo general
llegaba a casa de madrugada. Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna
diablura que contarles, y siempre estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo
bueno: un caballo o una artista con posibilidades. También el boxeo se le daba
de maravilla. Y las canciones cómicas. Las noches de los domingos solía haber
reunión en la sala principal de la señora Mooney. Los artistas de vodevil
participaban con gusto, y Sheridan tocaba valses y polkas e improvisaba
acompañamientos. También solía cantar Polly Mooney, la hija de la señora.
Cantaba:
Soy una...
niña traviesa.
No tienen por
qué fingir:
Ya saben que
soy así.
Polly era una muchachita delgada,
de diecinueve años; tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y
rotunda. Sus ojos, grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar
miraditas hacia arriba cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto
de una pequeña madonna perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija
en la oficina de un tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial
de justicia de pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí
y otro no rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre
volvió a llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como
Polly era muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los
pupilos jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no
muy lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora
Mooney, juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como
pasatiempo: ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho
tiempo, y la señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de
mecanógrafa, cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo.
Vigiló a la pareja y no dijo esta boca es mía.
Polly sabía que la vigilaban; sin
embargo, el persistente silencio de su madre no podía interpretarse
erróneamente. No había existido complicidad manifiesta entre la madre y la
hija, connivencia de ninguna clase; pero aunque los huéspedes empezaban a
hablar del asunto, la señora Mooney continuaba sin intervenir. Polly empezó a
volverse un poco rara en su comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba
desazonado. Por fin, cuando estimó que era el momento oportuno, la señora
Mooney intervino. Contendió con los problemas morales como cuchilla con la
carne; y en aquel caso concreto había tomado ya su decisión.
Era una luminosa mañana de
principios de verano, prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca.
Todas las ventanas de la pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se
inflaban suavemente hacia la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo.
El campanario de San Jorge repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos,
cruzaban la pequeña glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de
intento su propósito en el pío recogimiento con que iban no menos que en los
libritos que llevaban en sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado
de desayunar, y aún estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de
huevo, piltrafas y cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón
de mimbre, vigilaba a la criada Mary que estaba retirando las cosas del
desayuno. Le mandó recoger las cortezas y mendrugos de pan que servirían para
hacer el budín del martes. Una vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos,
guardados bajo llave y candado el azúcar y la mantequilla, la dueña de la
pensión se puso a reconstruir la entrevista que había tenido con Polly la noche
de la víspera. Todo era, en efecto, como ella sospechaba: se había mostrado
franca en sus preguntas, y Polly no lo había sido menos en sus respuestas. Las
dos pasaron su apuro, desde luego. Ella por deseo de no recibir la noticia de
una manera demasiado franca y desconsiderada, ni parecer que había hecho la
vista gorda, y Polly no sólo porque las alusiones de ese género siempre se lo
causaban, sino también porque no quería dar pie a la sospecha de que ella, en
su sabia inocencia, había adivinado la intención oculta tras la tolerancia de
su madre.
Cuando advirtió, en su
ensimismamiento, que las campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la
señora Mooney echó una mirada instintiva al relojito dorado que había sobre la
repisa de la chimenea. Pasaban diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más
que de sobra de solventar el asunto con el señor Doran y plantarse antes de las
doce en la calle Marlborough. Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía
de su parte todo el peso de la opinión social: era una madre agraviada. Había
permitido al seductor vivir bajo su techo, dando por supuesto que era hombre de
honor, y él había abusado de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta
y cinco años, de modo que no podía alegarse como excusa la irreflexión de la
juventud; tampoco podía ser disculpa la ignorancia, ya que era hombre con
sobrado conocimiento del mundo. Sencillamente se había aprovechado de la
juventud y la inexperiencia de Polly; eso era evidente. ¿Qué reparación estaría
dispuesto a hacer? He aquí el problema.
En tales casos se debe siempre una
reparación. Para el varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco,
después de haberse holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica
tiene que pagar el precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante
sumas de dinero; había conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella,
por la pérdida de la honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.
Repasó de nuevo todas sus cartas
antes de enviar a Mary arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba
hablar con él. Estaba segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un
libertino ni un escandaloso como los otros. Si se hubiera tratado del señor
Sheridan o del señor Meade o de Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más
ardua. No creía ella que Doran arrostrase la divulgación del caso. Todos los
huéspedes de la pensión sabían algo del asunto; algunos hasta habían inventado
pormenores. Además, llevaba trece años empleado en la oficina de un comerciante
en vinos, católico cien por cien, y la divulgación tal vez significara para él
la pérdida del empleo. Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser
para bien. Sabía ella que el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte
sospechaba que debía de tener un buen pico ahorrado.
¡Casi la media hora! Se levantó y
se miró en el espejo de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y
rubicundo la satisfizo, y pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de
quitarse a sus hijas de encima.
El señor Doran estaba en realidad
muy nervioso aquel domingo por la mañana. Había intentado por dos veces
afeitarse, pero tenía el pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una
barba rojiza de tres días orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se
le empañaban los lentes, de suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con
el pañuelo. El recuerdo de su confesión de la pasada noche le causaba profunda
congoja; el cura le había sonsacado hasta el último detalle ridículo del
asunto, y al final había exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se
le concediera un respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba
hecho. ¿Qué podría hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la
ciudad? No iba a tener la desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se
hablaría del caso, y sin duda alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es
una ciudad tan pequeña..., todo el mundo está informado de los asuntos de los
demás. En su excitada imaginación oyó al viejo señor Leonard que con su bronca
voz ordenaba: «Que venga el señor Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio
un vuelco tan grande el corazón que casi se le sale por la boca.
¡Todos sus largos años de servicio
para nada! ¡Sus trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en
grande, por supuesto; había blasonado de librepensador y negado la existencia
de Dios en las tabernas ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado;
había concluido totalmente... o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds's
Newspaper cada semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve
décimas partes del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero
suficiente para tomar estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a
la chica con menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y
por si fuera poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama.
Tenía sus barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando
del asunto y riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y
«hubieron». ¿Mas qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir
si apreciarla o despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había
hecho también. Su instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez
que uno se casa es el fin, le decía.
Estaba sentado al borde de la
cama, en camisa y pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando
ella dio unos golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se
lo dijo todo, que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z,
y que su madre hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los
brazos al cuello, diciendo:
-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer?
¿Qué voy a hacer?
Terminaría de una vez con su
existencia, dijo.
Él la consoló débilmente,
diciéndole que no llorara, que todo se arreglaría, que no había que temer.
Sintió la agitación del pecho femenino contra su camisa.
No fue del todo culpa suya que el
hecho sucediera. Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los
primeros roces fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido
como caricias para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se
desvestía para acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta.
Quería encender su vela en la de él, pues una corriente de aire se la había
apagado. Se había bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de
franela estampada. Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas
de piel, y bajo su epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus
manos y de sus muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado
aroma.
Cuando volvía tarde por las noches,
era ella quien le calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía,
sintiéndola tan cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo
solícita que se mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin
dudas habría allí un vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser
felices juntos...
Solían subir la escalera de
puntillas, cada cual con una vela, y en el tercer rellano se daban muy a
disgusto las buenas noches. Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus
ojos, el contacto de su mano, el delirio en que aquello terminó por
precipitarlo...
Pero el delirio pasa. Se hizo eco
ahora de la frase de ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le
advertía que no se comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido
del honor le decía que por tal pecado debía efectuarse una reparación.
Sentado así con ella en el borde
de la cama, apareció Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la
sala. Se levantó para ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que
nunca. Una vez vestido, se acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría,
no había que temer. La dejó llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh,
Dios mío!»
Cuando bajaba por la escalera se
le empañaron de tal forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos.
Hubiera querido salir por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás
volviera a saber nada de aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba
escalera abajo, peldaño por peldaño.
Las caras implacables de su patrón
y de la señora parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto.
En el último tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la
despensa con dos botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con
frialdad, y los ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia
fisonomía de perro de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie
de la escalera, echó una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo
desde la puerta del recibimiento.
Entonces recordó la noche en que
uno de los artistas de vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a
Polly bastante desenfadada. La reunión casi terminó de mala manera debido a la
violenta reacción de Jack. Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil,
un poco más pálido que de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no
lo había dicho con mala intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si
cualquier individuo intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana,
por su alma que le iba a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.
* * *
Polly continuó un rato sentada en
el borde de la cama, llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo.
Mojó la punta de la toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el
agua fría. Se miró en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo
por encima de la oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un
largo rato las almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y
dulces recuerdos. Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se
abandonó a sus ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su
rostro.
Siguió esperando paciente, casi
alegremente, sin sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco
a esperanzas y visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y
visiones que ya no veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni
recordaba que estaba esperando algo.
Por fin oyó a su madre que la
llamaba. Se puso de pie automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.
-¡Polly! ¡Polly!
-Aquí estoy, mamá.
-Baja, hija mía. El señor Doran
quiere hablar contigo.
Entonces recordó lo que estaba
esperando.
FIN
