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Viento
Hoy escribo desde el lejano oriente.
Más bien escribo encerrado en mi habitación, acabo de despertar, son las siete con treinta y siete minutos y mi cabeza explota como si dentro hubiese una bomba.
Pero en realidad ha sido solo el viento.
Hoy como nunca lo he sentido tan violento, demasiado agresivo azotando las paredes de la casa, y las ventanas. En especial las ventanas, todas las ventanas gritando y remeciéndose.
Escuchaba los goznes crujir a punto de reventarse, y sin embargo siguen allí, cuando desperté la casa sigue en su mismo lugar, la misma calle, las mismas personas caminando, los mismos perros rascándose las pulgas. Las ventanas en su lugar, abiertas como ojos inmensos hacia el vacio.
Sin embargo el estremecimiento ha sido muy real, lo he sentido a cada instante. Primero el room estrepitoso del viendo andando por las calles, luego el grrr de las paredes y las ventanas. No lo soporto y me cubro con la frazada. El calor es insoportable. Quiero huir. Mi cuerpo no se mueve, no reacciona ante nada. No tengo miedo.
Y mientras dormía alguien me habló, giré la cabeza para no responderle. Es un sueño pesado y pegajoso. Y el viento azotándose salvaje y hostil contra las paredes de las casas. Y mi cuerpo inútil, atascado en un sueño improbable. El viento está ahí fuera arrastrando todo lo que encuentra a su paso, destruyendo la cuidad, devorándose a las personas, llevándoselas.
No tengo miedo.
Despedidas y adioses
Durante algún tiempo, no sabría decir cuánto, quizá ocho o diez meses, disfrutó de la compañía de su amiga de la que me sentía atraído, Victoria. Era una chica una poco más baja que él y de cabello abundante que le gustaba llevar amarrado con cintas de diversos colores para que no le resbale en el rostro.
Durante aquel tiempo se dedicó a mostrarle sus sentimientos con entusiasmo, le hacía pequeños regalos que dejaba sobre su escritorio: una postal, un dulce, le enviaba mensajes de texto con buenos deseos, almorzaban juntos y charlaban amena y distraídamente sobre cualquier cosa.
Si bien es cierto, Victoria nunca le demostró algún fastidio por aquel trato con ella, sino que era todo lo contrario, parecía agradarle y él la veía sentirse contenta y sonreírle, sin embargo no demostraba más que agrado. Nada más.
No, nunca se atrevió a decirle algo más sobre lo que sentía por ella. No encontró la confianza necesaria para ello. Y en un momento pensó que a ella no le gustaba, y aún más las cosas cambiaron cuando comenzó a invitarle a salir y ella le decía que tenía otras ocupaciones, que mejor otro día. Y tampoco le reconoció novio alguno.
Una noche, él levanta el celular y piensa escribirle un mensaje de buenas noches. Fue un mensaje nunca lo envío, algo le detuvo y en su lugar digitó “cuídate mucho. Besos”.
Desde el día siguiente no volvió a escribirle, los almuerzos se hicieron menos frecuentes y, a los pocos días cada uno comenzó con una rutina muy diferente. Aunque es cierto, nunca dejaron de frecuentarse. Todo seguía, aparentemente, como si nada pasase.
Algunas emanas después, él recibe un mensaje en su celular: “por qué ya no me escribes, seguro tienes novia”, y mientras él pensaba en aquella frase, se quedó dormido y no regresó más al tema.
Esta historia se la contó a la chica con la que comenzaba a salir, una chica delgada y de rasgos finos de nombre Eliana. La había conocido en la biblioteca cuando ambos, como en las novelas más cursis de la TV, se acercaban sus manos al estante a retirar el mismo libro.
¿Qué puedo decir de su relación?, ¿fue especial?, no lo sé, duró apenas un mes exacto desde que se hicieron enamorados, se veían a diario, se besaban en todas partes, hacían el amor cada fin de semana hasta que, por fin, Eliana le dijo sin explicación alguna que ya no podía verlo otra vez, que por favor no lo llame nunca.
Es cierto, él maldijo toda su suerte y se embriago de manera descontrolada por mucho tiempo, hasta que un día, imagino que no soportó más y desapareció de todos nosotros sin dejar una pista de donde hallarlo.
La caja
No recuerdo haber visto la habitación tan brillante.
La habitación brillante me provoca lagrimitas y parpadeo. Las cucarachas caminan por las paredes y la mesa y sus caparazones relucen como pequeños diamantes vivientes, veo sus patitas moverse velozmente y sus antenas tiradas hacia atrás; huyen de mi presencia. En su lugar, las moscas son mucha más atrevidas, no huyen tan fácilmente. Agito los brazos para espantarlas y siento que miles tropiezan contra mi rostro, me cubro la boca y la nariz. Desespero y retrocedo.
Es una batalla perdida, son demasiadas y me obligan a correr. Elmer me empuja.
- Puta mare huevón, no la cagues, es ahora o nunca. Además fue tu idea, vamos de una vez.
- Ya, pero deja de joder...
Elmer y yo nos conocimos hace diez años, éramos vecinos cuando aún vivía en casa de Rebeca, la señora que me cuido hasta que me hice mayor. Con él huí a las calles. Y nos hicimos invencibles.
Esta vez amarro la chalina a mi rostro y me acerco. Observo la mugre. Esta vez sí, alargo el brazo e introduzco la mano en el agujero de la pared que está junto al muerto. Las moscas revolotean y se agitan salvajemente. Por un instante siento que pierdo el control pero Elmer me anima a seguir.
Recuerdo la tarde del siete de febrero hace ya montones de años, hacía un calor insoportable, recuerdo que vestía con una short azul y el polo lo tenía amarrado a la cabeza, el cuchillo en mi mano era una extensión de mi cuerpo. Esa fue la primera vez que maté.
Durante las noches que siguieron despertaba continuamente con pesadillas. Teníamos apenas tres meses viviendo en las calles y aun no estaba preparado para ese peso. “Así pasa pues, no seas marica carajo, de ahí se te pasa, vamos a tomar un par de chelas...”. Yo le creí y luego comprobé que siempre fue cierto, con los días, con las muertes inacabables, Elmer siempre estuvo conmigo, acompañándome, haciéndome sentir mejor, animándome a no deprimirme, a continuar con el destino que se tenía preparado para mi.
Allí continué por largos tres minutos hasta que por fin encontré la caja. La retiro con cuidado.
- ¿Esta es? – me pregunta.
- Si.
- Entonces ábrelo pe’ huevón.
Así aprendí a no sentir, a no morir, a que las pesadillas no me devoren. Cada noche Elmer estaba conmigo, diciéndome lo que debía hacer para callar las voces. Yo las callaba con otros sacrificios. De eso ya diez años.
Abro la caja, observo el cuchillo con la empuñadura de oro y la hoja brillante como un espejo. Le digo a Elmer que la había visto al viejo en la casa de empeño pero que el señor de la tienda no se la quiso comprar al precio que le pidieron por ella. “Es el cuchillo más hermosos que he visto en mi vida”, le digo a Elmer que mira entusiasmado el arma en mi mano.
- Cuando maté al hombre simplemente no puede coger el arma sin que estuvieras conmigo – Elmer ríe y me da un palmazo en el hombro.
- Ta’ bien carajo, te pasaste ah.
No recuerdo haber visto la habitación tan iluminada. Contemplo un instante más tan magnífica arma. La levanto, la agito en el aire e imagino deslizándose sobre un cuerpo desnudo, sobre la piel virgen.
Ni siquiera siento la presión de los huesos o la carne al introducirse en el pecho de Elmer que abre los ojos hasta casi desorbitarse. No grita, no dice nada. Ni siquiera siento su respiración forzada, y es como si de pronto se estuviera durmiendo porque le veo cerrar los ojos, parpadear y exhalar.
Las voces por fin se calman.
¿Quiénes somos?
¿Se imagina cómo sería el mundo si en vez de personas hubiésemos nacido cucarachas?
Seríamos seres asquerosos viviendo, no en departamentos ordenados o cuartos alquilados, no, viviríamos entre desperdicios, en basureros, en desagües o cloacas. ¿Se imagina al muchachón arrastrándose de un televisor a otro en un centro de arreglo informático?, digo, el dueño sería un gordo inmenso que mastica hamburguesas grasientas que las deposita encima de los teclados que debe arreglar, sobre los monitores y otros aparatos electrónicos; y, allí viviría el muchachón, mirando tv y huyendo de los manotazos del gordo grasiento cada ves que intenta darle una mordida a la hamburguesa.
Yo veo a Gabriela presentándonos una larvita de nombre Priscila, veríamos una casa alargada y blancuzca moviéndose de un lado a otro como diciendo, “mamá, ya voy a salir ah, consígueme un poco de basura”. ¿Y Roberto?, él tendría un nido, Vilma sería su reina cucaracha, cientos de larvas se agitarían en inmensos cuartos de donde luego emergerían montones de cucarachitas inquitas y voraces, devorándose los libros de texto escolares y metiéndose en las loncheras de los humanos.
Es que no seríamos humanos.
Parkin viviría en una bodega, caminaría en las telas de araña y se metería en los agujeros de estas solo para dormir, enamoraría a las polillas que, preseas de pavor, arrojarías sus cuerpos a la flama de las velas o los mecheros encendidos, y un día nos llegaría la noticia que se ha comido el DDT y que está en cama y necesita una dosis de esas medicinas que una no se han inventado para las cucarachas enfermas. Ah no, Parkin saldría a jugar feliz y divertido al jardín y les saludarías a las aves ¿aves?; las aves comen insectos. ¡corre Parkin, corre que te picotean! Y Parkin moverías sus patitas con todas las fuerzas que tiene, esquivaría la mala yerba, los restos de desperdicios y por fin se desmayaría a salvo pero nadie lo sabría y recibiríamos otra noticia, “Pucha, se lo comieron a Parkin...”
¿Se imagina, como seríamos se hubiésemos nacido cucarachas?
Mery sería una cucaracha con alas, esas cucarachas grandotas que saben volar y cuando uno las ve provoca una mezcla de admiración y repulsión. Es decir, te cruzas con Mery y ella te miraría con sus ojazos inmensos y tú (digo tú como si fueras humano, pero en realidad eres una asquerosa cucaracha) no sabrías si espantarla o acercarte. Mery, en cambio, haría zumbar un poco las alas y cuando uno comienza a entusiasmarse, ella elevaría vuelo y desaparecería de tu vista. ¿Mery, dónde estás?
Y qué decir de Renzo. Sería una cucaracha rojísima y de amplio caparazón, con surcos bien marcados sobre su espalda, la cabeza redonda y unas antenas larguísimas que se moverían al llamado de Silvia, su esposa. “oye, has esto”, ”oye, has aquello”, ”oye, qué estás haciendo...”. Ella dominaría la escena, más bien Silvia sería la de los pantalones bien puestos, la que se enfrenta a los depredadores naturales de las cucarachas, el hombre, ellas los gritaría, se enfrascaría en una lucha mortal de donde volvería victoriosa y triunfante.
¿Yessenia?, ella piensa que las Memorias hablan sobre la época de borracheras pero no se da cuenta que ella no podría ser una cucaracha, sino una araña patona: Una bola y sus ocho patas largas saliéndole del cuerpo, serían patas con vellosidades, una araña que lanza su red y zas atrapa a la cucaracha Raúl entre sus redes y luego de algún tiempo no sabrían quién atrapó a quién. Sería una araña patona y tragona.
Y tú ¿cómo serías se hubieses nacido cucaracha?
- ¿Por qué ya no hablamos?
- ¿Es una adivinanza?
- No, no lo es. Pregunto porque ya casi nunca nos decimos nada; estamos uno cerca del otro, pero ninguno dice nada, ¿no te inquita eso?
- No.
- A mi sí, me molesta ese silencio nuestro, tan nuestro por cierto, porque si recuerdas bien nos conocimos una madrugada hace ya más de quince años.
- Me acuerdo, éramos dos amebas aún... lo recuerdo y me da risa.
- ¿Por qué ya no hablamos?
- De repente porque nos han comido la lengua y lo único que se transporta entre nosotros son nuestros pensamientos.
- De repente porque estamos...
- ¿Dormidos o muertos?
- No, yo creo que estamos despiertos, demasiado quizás. Lo sé por esas gotitas de agua que se amontonan dentro de tus ojos y se van rebalsando hacia fuera, ¿ves?, mira – pasó un dedo por su mejilla y le mostró el brillo de su lágrima.
- No son lágrimas, bueno si, pero no estoy triste, es todo lo contrario, demasiado feliz, eso es, si, eso es.
- Pero, ¿por qué no hablamos?, ¿por qué no nos decimos lo que sentimos?
- Yo también te voy a extrañar.
- Yo también pienso que lo pájaros chillan demasiado fuerte.
Esa tarde, mientras almorzaban mirándose sin mirarse, hurgaban dentro de sí mismos las palabras que querían decirse y nunca se dijeron. Quizá fue lo mejor, quizá de esa forma absurda y despreocupada les quedó, aún, algo a que aferrarse; una tontería con la que mantener las esperanzas, aun sabiendo que con el tiempo estas se desvanecerían y quedaría de ellos solo una mera imagen de algo, de un aquello, de un de repente y de un quizá; aun sabiendo que con cada palabra no dicha estarían mucho más lejos y, sin embargo, estarías mucho mejor de lo que nunca estarían.
Ok, es justo que me ataquen, me pasé de la raya y ahora debería regresar, eso dicen, dar los pasos correspondientes hacia atrás. Pero no. Me es imposible.
Yo no sé cuando me convertí en un monstruo, digo, es cierto, no lo sé. Mis primeras imágenes son de cuando era niño. Muy de noche, despierto quien sabe por qué y descubro a mi madre arrastrando lo que sería mi regalo de navidad: un camión volquete. Mi hermana se subía en él yo la jalaba, paseándola por las calles hasta que el camión se destrozó y yo lo olvidé.
Olvidé demasiado. En mi memoria no hay nada conciso, solo un largo sueño.
Así que es totalmente justo el vapuleo, lo acepto, lo merezco por haber olvidado. Luego, esta parte me aterra, me produce la pesadilla cotidiana que desde hace semanas no me deja dormir en paz, la pesadilla que regresa a mí una y otra vez, miles de veces, desbordándose dentro de mí cuerpo y de mis venas, arrastrándome como a un muñeco. Pienso: Uno es lo que es, negarlo es nadar contra la corriente.
Pienso, fui yo quien dio el paso y cruzó la línea, crucé adrede, levanté el pie y avancé hacia mi propia imagen, como en las películas de terror en la que el protagonista introduce la mano en el espejo y lo atraviesa, entonces la imagen hace lo mismo; son la misma persona pero en diferentes espacios físicos. Así soy yo, una copia de mi mismo.
Una copia elaborada con retazos de recuerdos, una copia confeccionada con recortes de imágenes ilusorias, una persona cocida con el hilo del desastroso futuro.
Yo también me hago preguntas: ¿cuándo fue que comencé a odiar todo lo que me rodea?, ¿cuándo comenzó este desanimo generalizado?, es como un enfermedad incurable que un día comienza como una pequeña herida y que pronto se va haciendo inmensa hasta colmar todos los rincones de mi cuerpo y de mi alma. Yo no lo sé. ¿Cuándo dejé de sonreír?, ¿cuándo comenzaron a desmoronarse mis dedos?, ¿cuándo la música significó todo y nada? No tengo las respuestas.
Sé tan pocas cosas.
El sol entra por mi ventana, ya no siento más el frío, sino el sofocar de la tarde, el atardecer lento y cansino como una ola de aire caliente que me aprieta los huesos contra el piso. Me desmorono, me hago un charco y me desparramo por la suelo, abarco el piso, me extiendo por las escaleras, me alargo y me contraigo, me arrastro hasta la calle y me evaporo con el calor.
Y, ¿hasta cuándo seguirá este despertar?, este dormir sobre las rocas del río, este morir al golpe de la puerta, este volar y este navegar en este lecho marino y sobre este manto sagrado; estos agujeros en mi rostro, esta cabeza de pez, este cuerpo de serpiente o de alga. Estos huesos rotos son lo único que me queda para desandar los caminos, ¿desandar los caminos?, estas venas vacías son todo lo que tengo para inventarme el mundo que amo, para inventarme un único amor de piedra, un ídolo intocable, una diosa de centellas y estrellas fugases; estos ojos son lo poco que me queda para conocer el mundo, ¿qué queda de mi sino es el silencio y el desastre?, solo me quedan mis pies amoratados y mis manos enrojecidas por el frío.
Divago.
Constantemente me despiertan los ruidos de las aves, el ladrido de los perros, los enormes ojos de Clara, la gata siamés, que me devora el corazón cada mañana, qué me devora el corazón cada tarde y me atrapa con su lengua. Quiero ser un gato.
¿Y tú?, ¿qué sabes de mi, de mi sangre, de mis besos, de mi sexo y de mis palabras?, ¿acaso bebes de mi ser?, ¿acaso sabes cómo volverme a la vida? Soy una imagen de mi pasado, una proyección de mis recuerdos, un presente borroso, no soy lo que buscas de mí.
No busco a nadie. No merezco a nadie.
Hasta la desesperación requiere un cierto orden: Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo responsable. Le he quitado un elemento peligroso a la realidad. No me queda entonces sino asumir lo que queda: el mundo con un número menos.
El orden en materia de creación no es diferente. Hay diversas posturas para encarar este problema, pero todas a la larga se equivalen. Me acuesto en una cama o en el campo, al aire libre. Miro hacia arriba y ya está la máquina funcionando. Un gran ideal o una pequeña intuición van pendiente abajo. Su única misión es conseguir llenar el cielo natural o el falso.
Primero se verán manchas y, con suerte, uno que otro destello; presentimiento de luz, para llamarlo con mayor propiedad. El color es ya asunto de perseverancia y de conocimiento del oficio.
Poner en marcha un nebulosa no es difícil, lo hace hasta un niño. El problema está en que no se escape, en que entre nuevamente en el campo al primer pitazo.
Hay quienes logran en un momento dado ponerlo todo allí arriba o aquí abajo, pero ¿pueden conservarlo allí? Ese es el problema.
Hay que saber perder con orden. Ese es el primer paso. El abc. Se habrá logrado una postura sólida. Piernas arriba o piernas abajo, lo importante, repito, es que sea sólida, permanente.
Volviendo a la desesperación: una desesperación auténtica no se consigue de la noche a la mañana. Hay quienes necesitan toda una vida para obtenerla. No hablemos de esa pequeña desesperación que se enciende y apaga como una luciérnaga. Basta una luz más fuerte, un ruido, un golpe de viento, para que retroceda y se desvanezca.
Y ya con eso hemos avanzado algo. Hemos aprendido a perder conservando una postura sólida y creemos en la eficacia de una desesperación permanente.
Recomencemos: estamos acostados bocarriba (en realidad la posición perfecta para crear es la de un ahogado semienterrado en la arena). Llamemos cielo a la nada, esa nada que ya hemos conseguido situar. Pongamos allí la primera mancha. Contemplémosla fijamente. Un pestañeo puede ser fatal. Este es un acto intencional y directo, no cabe la duda. Si logramos hacer girar la mancha convirtiéndola en un punto móvil el contacto estará hecho. Repetimos: desesperación, asunción del fracaso y fe. Este último elemento es nuevo y definitivo.
Llaman ala puerta. No importa. No perdamos las esperanzas. Es cierto que se borró el primer grumo, se apagó la luz de arriba. Pero se debe contestar, desesperadamente, conservando la posición correcta (bocarriba, etc.) y llenos de fe: ¿quién es?
Con seguridad el intruso se habrá marchado sin esperar nuestra voz. Así es siempre. No nos queda sino volver a empezar en el orden señalado.
Luz del día, p. 79
Diario irrear, página 02
Esto no es vivir.
Esto de la tecnología es un fiasco, un desastre en toda medida; un día necesitas un iPhone y el precio es alucinante; la tecnología, definitivamente, es un vicio irremediable del que no puedo escapar, Messenger, varias cuentas de email, y todos (o casi todos) los servicios que ofrece Google.
Así que recurro el fiel y tradicional mensaje en la botella ¿Cómo funciona?, fácil, escribes un mail (como este) y lo envías por correo a todos aquellos contactos de los que esperas alguna respuesta (si tienes un blog mejor, lo publicas); les cuentas algunas mentiras bien intencionadas sobre algunas cosas (imaginarias) que te han sucedido en los últimos días, meses, años, en que los has dejado de ver.
Por ejemplo, les cuentas que hace pocos días dejaste de pensar coherentemente y que cada vez que hablas con quien sea, te das cuenta que la voz que sale de ti no es tuya, sino de otra persona, digamos de alguien que te habita dentro. Pero en realidad no te habita pues has cambiado tanto y en tantos sentidos que ya no te reconoces, y, al contrario, piensas, crees y vez que todos esos contactos a los que les escribes por mail (o los que leen el blog) no han cambiado en lo más mínimo y esa situación te parece una mezcla de tragedia griega y humor profano y provocador. Simplemente no lo entiendes, después de todo ya no conversas con ninguno de ellos desde hace día, meses, años. Ahora, eso de “hablar con ellos” es solo un decir, existe el internet y lanzas constantemente botellas con mensajes esperando alguna respuesta que nunca llega.
O mejor aún, cuéntales que el imposible amor se ha instalado adentro de ti nuevamente, no cuentes detalles, no digas nada que pueda revelar la identidad de esa persona a la que has a prendido a querer en silencio y en la distancia, bueno, quizá la inicial de su nombre (M.), bueno, quizá puedes contarles que nunca ha ocurrido nada más que una breve e inoportuna charla con M. y que no se llevan tan bien como debería ser en el imaginario amor, no se dicen frases melosas ni se hacen regalos bonitos, ni siquiera han almorzado alguna vez, ni aun han caminado juntos por más de media cuadra, no, todo lo contrario, pelean, como hoy justo antes de salir de la oficina, y ni siquiera pelean por la supuesta “relación”, no, pelean por cosas absurdísimas, como que a partir de hoy ya no se recibirán memoranda luego de las 5 de la tarde y cuando han conversado por el anexo cada uno se a aventado los auriculares y luego, al cruzarse por los pasillos, ambos se han mirado orgullosos y esquivos. Cuéntales, por ejemplo, que pronto toda aquella ilusión terminará abruptamente y no quieres darte cuenta, porque esa es la razón de tu ser y tu existir, inventarte ilusiones que luego deben morir y apagarse irremediablemente.
Hazlo, cuéntales mentiras divertidas y luego anexa una canción, igual de patética a todas las mentiras que arrojas al océano.
Breves
Debe haber un modo de ganar y de no desmoronarse.
Ejercicio
¿Quién habrá inventado este ridículo juego?, ¿acaso no es suficiente escabullirse en las cloacas?
resistencia
Debajo de sus ojos se pinta de azul.
caminar
Jirón Durazno, ese era el nombre, a mi me supo a mugre y a basura, un aroma de cigarrillo y mujer de poca esrima, no lo sé, a eso me supo, a sudor de borrachos y a canciones llorosas.
Concierto
En realidad estuvo muy bueno, cantamos, gritamos y saltamos hasta el éxtasis. Aunque el problema fui yo (nuevamente) y no los músicos que se esforzaron mucho y tocaron con muy entusiastas y alegres. Luego, también me gustó la luz azúl que me caía en los ojos y me hacía olvidarme de muchas cosas, pero la luz roja no me gustó, no sabría decir por qué.
calle
Hace fresco.
La moneda cayó por el lado de la soledad
hojas
Tengo hambre.
pronto
Es cuando te embarga el deseo de llorar, te aprieta el cuello y los ojos, se abraza a tu corazón y lo escurre y, de pronto, estás llorando.
en el vértigo
Sabes bien que te amaré de la única forma que sé amar.
despues
Por las calles, anchas y ajenas, escucho mis pasos sobre el cemento húmedo, sin saberlo, he andado demasiado tiempo, he visto la calle encogerse y casi desaparecer, solo pare resurgir, en otro momento, inmensa y hermosa hasta el vértigo.
Michi
Quizá solo necesito escribir la historia de alguien especial, quizá la historia del señor que me trae los diarios en las mañanas o la historia de la señora que con tanta amabilidad me vende los panes para el lonche. Quizá la historia de mi gato.
cigarrillo
El parque es grande y bonito. Increíblemente, siempre está verde pero a la apatía de los vecinos.
Despedida
M. tiene los ojos grandes y los labios delgados, el cabello se lo ha recortado y cada vez que la veo me recuerda un dibujo japonés. A mi me gusta verle los ojos, los surcos que se forman hacia los lados, sus párpados pintados de lila en tono suave; y su sonrisa imensa que enseña sus dientestan blancos que no puedo dejar de mirarle.
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