Te encuentras en la páginas de Blogsperu, los resultados son los ultimos contenidos del blog. Este es un archivo temporal y puede no representar el contenido actual del mismo.

Comparte esta página:

Ésto que soy


Fecha Publicación: 2011-01-27T23:02:00.000-08:00

¿Qué es una promiscua sin deseo sexual? A veces me asalta (soy humana) y quisiera concretar las notas musicales en besos y caricias. Luego recuerdo el sudor y los olores. Me resisto, no, es demasiado aparatoso, problemático, pesa, ocupa lugar. Prefiero esperar. ¿A que él me haga una visita de quince días, dentro de algunos meses? ¿Y si, para entonces, lo he olvidado? ¿Deberé forzarme a amarlo, como lo hice ya, con tanta naturalidad? No sé. Sólo comprendo que, por lo pronto, es la mejor opción.

Las ilusiones se recuerdan con nostalgia, pero el amor maduro las aplasta y prevalece. La confianza, la seguridad.

Ha pasado mucho tiempo ya...

Cuestión de estilo (segunda parte)


Fecha Publicación: 2010-08-16T14:37:00.000-07:00

Fue uno de esos despertares pesados en los que deseas borrar todo lo ocurrido la noche anterior, encontrarte en otro lugar, retroceder el tiempo algunos años. Estaba en el sofá de su habitación, no recordaba claramente en qué momento me pasé allí. Él, desde su cama, me vio abrir los ojos (¡diablos!) y se acercó a tientas, sonriendo, alargando los buenos días con suspiros. Nuevamente sobre mí, besos y palabras suaves:

"Mi querida Malu, esto no se puede repetir".

Respuesta inmediata: OK.

Él, argumentación: ¿Por qué? Porque yo tengo novia, es una relación seria y me siento fatal...

Tk, tk. No te he preguntado por qué, te he dicho OK.

Ah, vale.

Momento oportuno para ponerme en pie y ya que estamos en confianza, ¿me prestas una toalla? Quisiera ducharme antes de ir a casa (somos amigos, ¿no?). Por supuesto.

...

Llamó luego de varias semanas para contarme que se iba de nuevo al África, o tal vez a Centroamérica. Mis días, por entonces, estaban plagados de malos recuerdos, necesidades económicas y jefes abusivos, así que poco tiempo más pude dedicar a historia tan torpe. Le auguré un buen viaje y fui sincera al desear que nos volviésemos a encontrar en un plan más amable, ya sin cuestiones carnales. Y claro, se fue.

...

Pasaron varios meses antes de encontrarlo por MSN. Supe que su sólida relación pasaba por una crisis, pues me propuso matrimonio. Las razones: "me caes bien, siento cariño por ti y el sexo es bueno". Aquella última afirmación me descolocó por completo, pues no recordaba que ese único encuentro hubiera sido siquiera aceptable. Igual él se lo pasó bien (los hombres y su asociación biológica eyaculación = orgasmo), pero yo guardé imágenes diferentes. Sé que estuve agobiada, que me sentí sola y desprotegida, que no percibí la más mínima empatía. De hecho, ese episodio fue el inicio del fin, el epílogo de una alocada huida hacia la nada, la negación de mi propia capacidad de amar.

Si mal no recuerdo, ya había conocido a S por aquél entonces.

...

Y con S, maldito y bendito S, aprendí que el amor no siempre tiene los matices y olores a eternidad que contaban nuestras abuelas. Historia conocida que no repetiré.

...

Una comentarista amable me dijo, a propósito de el último post antes de esta serie, que las relaciones plenas no requerían infidelidades. No he tenido una relación plena en años, es decir, de esas que prometen convivencia y familia. Mentiría si afirmo que es lo que quiero en mi vida, tal vez sí, pero aquello me enfrenta a una aguda contrariedad: no me educaron para eso.

Sé ser fiel, no lo niego, tan fiel como un perro. Pero claro, no soy un perro.

...

G me llamó hace pocos meses, estaba de regreso en la ciudad y había decidido asentarse. En vías de ruptura con la novia formal, tuvo ganas de invitarme a cenar. No acepté. Tiempo después, vino nuevamente a mí, esta vez ya roto y con actitud conciliadora. Bien, me dije, ahora sí parece inofensivo. Comimos algo rápido y bebimos algunas cervezas, no cesaba de contar sus aventuras alrededor del mundo, sus ligues, sus amores, sus prejuicios, sus temores. Yo oía atenta sin considerar ideas negativas, después de todo, cada relación está llena de matices y ésta no se libra. Cariños retorcidos.

Continúa...

Cuestión de estilo (primera parte)


Fecha Publicación: 2010-08-12T15:08:00.000-07:00

Voy a contar algo que me sucedió hace poco tiempo, a propósito del post anterior. En principio, quiero decir que tuve el esperado encuentro con el amigo ese que me movía el piso, pero no pasó a mayores ligas, porque el buen hombre, en su afán de conseguir tirar conmigo, no hizo más que echarse lodo encima. Por mi parte, descubrí que en verdad no despertaba mi deseo, sino en retrospectiva, y dado el modo en que ocurrieron las cosas, me acabó de enfriar.

Lo cierto es que a primera vista, me gustó. Pero esto data de hace más de dos años. Estaba yo buscando a alguien por los pasillos de mi centro laboral de entonces y vi que se acercaba un moreno guapísimo, hablando por celular. Lo miré tímida y él, experto en estas lides, me devolvió una sonrisa enorme y me saludó. Evidentemente, se me subieron los colores (porque, pese a todo lo que escribo en este blog, me sonrojo en situaciones embarazosas) y apuré el paso. Pensé que no le vería más.

Días después, en una aglomeración de gente frente a uno de los departamentos de desarrollo, volví a encontrarlo. Esta vez se acercó a mí sin ninguna vergüenza y se presentó. Me llamo G, ¿y tú? Yo soy Malu. Encantado, ¿de dónde eres?

Resultó que el blanquito de turno conocía Perú. No sólo eso, era un aventurero de los viajes, había trabajado en muchos proyectos internacionales y coordinado varios programas de gestión de aguas en el África. Ya notaba yo algo familiar en su atuendo “hippie, pero de marca” que los cooperantes y derivados suelen utilizar. Por supuesto, me encantó, pues por aquél entonces andaba yo buscándome historias de ese tipo, sólo para contrariar.

No llegamos a mucho, sin embargo. Unas cuantas cervezas, un porrito de jachís y algunos besos en la puerta de mi casa (no tenía ganas de acostarme con un desconocido en la primera cita, pues estaba recién llegada y tenía mis reparos). El príncipe valiente prometió llamarme en breve y, de hecho, lo hizo dos días después. Para entonces, yo había pescado un resfriado de los bestias, y apenas podía hablad con ciedta cladidá. El hombre, prudente como pocos, decidió que no se acercaría a mí hasta saberme curada, porque claro, no tenía intenciones de llevarse algún virus raro a Sudán, su próximo destino.

Afortunadamente me sobre-mediqué con Ibuprofeno y acabé quizás menos resfriada, pero con una tremenda sensación de estar flotando en una nube densa y cálida, así por una semana entera. Eso implica que no le vi. Dos meses después (o así), me envió un SMS desde Darfur, saludándome amablemente. Para entonces, yo ya estaba saliendo con alguien más.

Pasó el tiempo. Nos escribimos algunos e-mails, de hecho, fui suficientemente estúpida como para contarle cosas que me estaban pasando, vía Messenger. Amoral como buen primermundista capitalista y adinerado, resultó ser un pésimo consejero y un peor analista de los dolores ajenos. No obstante, debo admitir que su intención era noble y que en muchas ocasiones actuó de buena fe.

Empecé a tomarle cariño y confiar en él. Supe que tenía una novia con quien llevaba una relación a distancia, que solían tener crisis largas, que tendía a la infidelidad, pero conservaba su relación "porque no quería quedarse solo", entre otras cosas. De lejos, a veces, resultaba vulnerable y encantador. De cerca, siempre se comportó como un chulito insoportable, el gallo del gallinero, el “macho alfa” de la manada.

En marzo del año pasado organizó una excursión con sus amigos, fuimos a hacer una caminata de alta montaña. Me vino genial, pues por entonces me encontraba seriamente deprimida, aislada y debilitada, y necesitaba amigos desinteresados y distracción. Pese a haberme visto triste, llorosa y vulnerable, no dudó en lanzarse sobre mí una vez que estuvimos solos en su casa. Me dirán: ¿Y qué hacías tú en su casa? Y yo podría responder muchas cosas, pero me quedo con una verdad sencilla: no quería estar sola, necesitaba de una persona querida que me permitiera abrazarle y llorar.

Pero sus abrazos tenían precio y yo, como mujer, debía pagar con carnes el haberle provocado, porque claro, estando ahí tan expuesta y vulnerable, tenía que comprender y respetar el instinto masculino, mira cómo les hacemos sufrir, pobrecillos, y encima nos quejamos (para quien no lo haya notado, estoy siendo sarcástica).

Por entonces creía que, en efecto, era mi obligación complacerle, ya que había sido bueno conmigo. Y lo hice, tiré con él esa noche, pero con tan pocas ganas que estuve todo el tiempo pensando: “por favor, por favor, acaba de una vez”...

Continúa...

Estoy a punto de... ¿serle infiel?


Fecha Publicación: 2010-05-09T12:14:00.000-07:00

He quedado con un chico llamado G para mañana a la tarde, después de sendas jornadas laborales. S aún no lo sabe y no sé si debería decírselo. En un post anterior señalé: “mantengo una relación relativamente estable con S”, pero la verdad es que rompimos hace algún tiempo. Pocos días antes de que me tocara largarme, él me dijo: “No quiero que te vayas. Si te quedas, haré lo posible por ser más abierto”. Le dije que no me valía en tales circunstancias, que era un “te amo” en la pista de abordaje. Pero en fin, me quedé y esperé esa “apertura” que nunca llegó.

Somos amigos. Él es mi protector y compañero, estamos juntos la mayor parte del tiempo, nos damos besos desapasionados, andamos abrazados, le escucho, me escucha, nos mantenemos ajenos al daño que otras personas podrían hacernos. Le debo muchísimo y confío en poder compensarle alguna vez, cuando mi situación económica mejore. Espero quererle el resto de mi vida y jamás olvidarnos.

Pero se mantiene firme en su postura: tiene problemas consigo mismo y no, no me considera apta. Estoy cansada de eso, aunque afirma que no es culpa mía, que soy maravillosa, que soy lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo, que le hago bien, que le aporto dulzura, afecto, que su trato es más cálido con los demás desde que me conoce, que esto y aquello...

Llevamos más de dos meses sin hacer el amor. Fui yo quien corté porque sentí que la relación no iba a ningún lado. Hace algunas semanas debí quedarme a dormir en su casa, por un atasco de metros, y conocí a su madre. La buena mujer, intuitiva, me preguntó: ¿Ustedes son amigos o algo más? Él, hecho una furia, le respondió: “Si hubiera algo qué contar, ya lo sabrías”...

Si mi corazón estaba herido para entonces, terminó de hacerse añicos. No esperaba que admitiera algún tipo de relación conmigo, pero tampoco que fuera tan duro...

Por supuesto, me ofreció disculpas luego del “caballazo” aquél, y yo sonreí, lo besé y le dije que le quería tanto, tanto, que no importaba. Él sabe que lo quiero.

Como ya dije, le debo mucho. Me causa ternura su modo de andar, su modo de hablar, sus manos enormes, sus ojos verdes, la manera en que me mira entristecido cuando estoy triste, sus abrazos fortísimos, su confianza en mi capacidad...

Pero no soy su novia, ni lo seré. No me visualiza en su futuro, no quiere quererme de ese modo, aunque me quiere, se preocupa por mí.

El otro día hablamos sobre nosotros, estuve a punto de abofetearlo, no sabía de qué otro modo hacerle reaccionar. Seguimos saliendo, conversando, dándonos besos secos. Continúa ayudándome, acompañándome, andando a mi lado, pero mantiene su posición de “local”, de “autóctono” respecto a una extranjera. No soy su novia, no lo seré.

Y yo, que he estado tranquila y me he mantenido leal a él, como un perro, tengo ganas de algo más, con alguien más. Y no hablo de amor, queridos míos. Hablo de deseo, de toma y da, apaga y vámonos, de una cana al aire que no es tal, dado que no me encuentro dentro de ninguna relación.

No entiendo por qué me siento tan mal.

Sobre guapas y feos


Fecha Publicación: 2010-05-04T03:25:00.000-07:00


Luego de pensarlo mucho, he decidido no cerrar este blog, lo que no significa que sigo siendo una promiscua. Aunque no menosprecio tal estado emocional -y corpóreo-, creo en la libertad de elección. Hoy por hoy, no tengo muchas ganas de ir de aquí para allá y mantengo una relación bastante estable con el famoso S, aunque no estoy muy segura de que acabemos viviendo juntos. En todo caso, esas preocupaciones han pasado a segundo o incluso tercer plano, pues me encuentro en un momento bastante decisivo, y lo más inteligente ahora es concentrarme en mi desarrollo profesional.

Noto, sin embargo, que a veces suelo darle vueltas a dudas y recuerdos relacionados con los temas de este blog, con los motivos que me llevaron a abrir este blog. Así que, pasadas, presentes o futuras, aún hay historias para compartir.

Hoy sólo quiero hacer una reflexión acerca de aquella insistencia interesada en la “espiritualidad del querer”, enarbolada sobre todo por personas de estética “no convencional” (es decir, feas y feos). En mi entorno, que se jacta de trascendente e intenso, abundan esa clase de afirmaciones y juicios de valor. Suena mal decir directamente: “No me gusta porque es feo”, o “porque la tiene pequeña”, aunque sea justamente eso lo que estamos pensando.

El otro día discutí con un hombre al que aprecio mucho, quien ha tenido la pésima idea de sentirse enamorado de mí. Digo pésima, porque se trata de una persona de casi cincuenta años, es decir, suficientemente “adulto” como para no dejarse llevar por las primeras emociones que puede provocar la cercanía de una mujer desinhibida (en cuanto a trato de franca amistad). Habría sido más sensato de su parte admitir que me tiene ganas, pero “enamorarse” sin motivo, habiendo sufrido una reciente ruptura y estando solo en esta ciudad, no me parece honesto, ni maduro, ni ná.

¿Y quién soy yo para juzgar la forma que cada quién tiene de enamorarse? Buena pregunta. Sólo puedo decir que “no me huele bien”, aunque sus sentimientos sean sinceros. Quizás he pasado por demasiadas malas experiencias y me he acostumbrado a observar “más allá” del picor en la entrepierna y los latidos del corazón (que también tienen que ver con el dichoso picor, no nos hagamos los tontos), antes de admitir que una relación “podría funcionar”.

De todos modos, ya él ha dado un “paso en falso”, ha utilizado un arma que nunca debió utilizar para condicionarme emocionalmente. Me ha preguntado si acaso no puedo corresponderle porque él es feo, precediendo con esto una serie de suposiciones que ponen en duda mi capacidad de “amar espiritualmente”.

¡Qué sinvergüenza!, pienso yo. ¡Me está pidiendo un esfuerzo que él mismo no está haciendo! ¿Quiere que lo quiera pese a que lo percibo feo? Muy bien, ¿y acaso él “me quiere” encontrándome “fea” a mí? ¡De ninguna manera! Esto es algo que los hombres NUNCA entienden cuando se ven rechazados, creen que es una obligación nuestra corresponder a sus atenciones, aunque a nosotras no nos atraigan ni un poquito. Ponen cara de tristeza y, en tono de reproche, nos dicen: “Las mujeres tienen el control, porque son ellas las que deciden”. Pues sí, puede ser, pero es que la mayoría de las veces nos vemos obligadas a decidir entre opciones que nos son impuestas, tenemos que decir SÍ o NO a hombres que nos han escogido. Aún es mal visto en algunos ambientes que nosotras nos demos el lujo de escoger.

Y para colmo, tenemos que aguantar lamentos de amantes frustrados, carajo...

Piensen un poco, esto que he dicho es menos superficial de lo que parece. Y sí, creo sinceramente que el “amor” va más allá de “lo físico”, pero entre eso y la atracción pura, hay un trecho. Es cuestión de prudencia y tiempo.

(...)


Fecha Publicación: 2010-01-05T09:19:00.000-08:00

Hace algunos años estuve muy enamorada de un chico. Me gustaría decir que guardo bonitos recuerdos de esa relación, pero mentiría: gané mucha experiencia y admito que él me quiso también, fue formal y bueno conmigo. Sin embargo, algo sucedía en nuestro interior que acabó haciéndonos mucho daño. Yo, por lo menos, quedé profundamente herida y, aún hoy, siento que perdí más de lo que gané y me debilité mucho.

De todos modos, no puedo culparle de todas mis posteriores malas decisiones. Pero sí le guardo rencor por haberme hecho sentir causante de la ruptura y no haber sido, luego de todo lo vivido, mi amigo. Supongo que aún falta tiempo…

Ayer sucedió algo con S que me hizo recordar un episodio con mi exnovio, por Messenger, cuando él se había ido a trabajar a Lima (su familia lo envió, pues “en el pueblo no tenía nada que hacer”). Me comentó que intentaba buscar un trabajo en una ciudad costera, para estar cerca de mí. Ahora bien, yo sabía que él resistía muy mal el sol (alguna vez enfermó por caminar mucho rato en el desierto, rumbo al mar) y que el lugar mencionado no era precisamente un buen sitio para sus aspiraciones y las de su entorno: calles sucias y desoladas, buitres por todas partes, vísceras de pescado, asaltos constantes, entre otros.

Si esto me ocurriese hoy, tampoco querría que mi pareja fuese a trabajar allí, sencillamente porque YO NO ME IRÍA A VIVIR CON ÉL A UN LUGAR ASÍ. Pero claro, por entonces mis preocupaciones eran otras y mi capacidad para defender mis intereses ante los de la persona amada estaba en desuso.

El caso es que le dije: “No, cariño, no busques trabajo allí, no vas a estar bien, no te vas a sentir cómodo”…

Se lo tomó fatal. De hecho, fue uno de sus argumentos para dejarme (ya que estamos buscando tres pies al gato, mira, te lo pongo en bandeja). No podía entender cómo una chica que decía amarle y que sufría por su ausencia rechazara la idea de que busque un trabajo cerca. Era, sencillamente, inconcebible.

Pues, a saber.

Ayer conversé con S y le comenté, por teléfono, que él no les gustaba a mis amigas de Perú, pues decían que si su cariño fuese verdadero, se casaría conmigo para prolongar mi estadía cambiando de estado civil. Él, con la voz algo cortada, me hizo tres preguntas:

Cariño, ¿tú te quieres casar conmigo? - Pues, la verdad es que nuestra relación no está a ese nivel, así que, por lo pronto, no.
Muy bien, ¿y te quieres casar, conmigo o en general, por papeles? – No.
¿Y quieres quedarte aquí? – Sólo puedo decirte que me gustaría tener mejores condiciones tanto para quedarme, como para volver. Lo que no quiero es seguir aferrándome a medidas desesperadas.

Entonces, agregó: “Ambos tenemos aún cosas personales por resolver, ¿verdad?” – Sí.

Luego, ya totalmente descompuesto, me pidió que nunca dudara de su cariño, y observó: “La primera foto que vi de ti fue la de tu visado, te la hiciste tomar en Perú antes de venir aquí. Brillabas. Aquí, en cambio, sólo te he visto llorar. Has sonreído conmigo, sí, y me has dado mucha alegría también. De hecho, has sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Pero te veo cada día más triste y temo que sea este país el que te tiene así. No quiero interponerme en tus decisiones, no quiero que te marchites por culpa mía. Deseo que las cosas sigan un curso natural y confiar en que no nos vamos a dejar de querer. Yo iré a verte, te reconoceré en tu entorno y ya iremos viendo. Pero quiero que estés bien, que te sientas a gusto y que seas feliz."