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Ultimos post del blog Mil Orillas | ¿Quién me enlaza?
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Juan


8. Anamnesis I


Dicen que Dios nunca estuvo conmigo.

Que atropellé a un romántico que iba a la deriva.

Que soy verde por culpa de las galletas.

Que robé mantequilla.

Dicen que jamás volaron mis colmillos.

Que prefirieron dejarse caer,

marchitos,

talados,

vencidos por la química de la medicación.

El dolor me dejó una sonrisa con ventanas, un río en la espalda y sin Gioia que se fue con el gato.

Antes de cerrar la puerta me dijo:

Amo tus rizos de león.

Pero no tanto.


Me alimento con pequeñas pastillas de menta.

Corono la punta de mi lengua con una.

La empujo por la ventana izquierda.

Recorre mi encía inferior

Reconociendo cada diente.

Achispando.

Hago presión con la barbilla y obligo al caramelo a entrar por la ventana derecha.

Vuelve a la lengua.

Lo aplasto contra el paladar.

(Está roto)

Siento como de desprenden hilos de carne

(mi carne)

desde el cielo de mi boca.

El cielo de mi boca.

Lo que fue el cielo de mi boca.

Dios me invitó a robar un buggy.

Dios me ayudó a robar la mantequilla.

Dios me obligó a atropellar a Isidoro.

Dios compró a Gioia y sedujo al gato.

Dios sí que estuvo conmigo.

He debido escuchar mejor a mamá cuando me habló de las buenas y de las malas compañías.



Ausencia/ Gelman



ESTABA




Cuando todos los miembros del cuerpo


son vos, puerta nocturna


que abre ciega a la dicha,


el tamaño del tiempo es una luna


que alumbra lo que fuimos.


El pensamiento, un dedo libre


que hojea páginas pasadas.


Los años no obedecen, suena


un violín mudo. La piel quema


lo que hubo, tan lejos.


Te picotean los gorriones


que comieron mi pan.


Un sueño en abierto


Trato de que no se escape y como loca salto para recoger las
palabras
que ya flotan,
suben,
buscan el sol.

Me resigno y pienso en lo que queda.
Un niño con una pistola.
Mira a todos.
Me escoge.
Dispara.
Siento la bala penetrar mi cuello.

Siento que las voces de los que me rodean se ahuecan.

Siento que me desenchufo.

Esto es morir, entonces.

Pero no.

No muero.

Pasan las horas, dejo de sangrar y no muero.

Nadie se ocupa de mí.

Me creen un caso perdido.

Alguien con una herida incompatible con la vida.

Digo a un médico que está entre mis amigos:


- Tengo hambre.


Me mira con asombro.


- No puede ser....estás muerta.
- ¿tengo la bala en el pulmón?

- No. La tienes en el corazón. Te lo rompió.


Le digo que no.

Que casi.

Que la bala se detuvo en la nada.

Que no me afectó.

Que dejó un agujero limpio, claro, redondo.

Que nada me duele.

Que tengo hambre.


- ¿Hambre vaga o hambre de fuerza?

- De fuerza. Hambre de fuerza.


Luego en fragmentos y fracturas alguien me habla de acentos.

La maestra de niños encantada porque escucha mil ritmos.

Dice que antes sólo se aceptaban acentos homologados.

La palabra homologados me asquea.

Lo pienso mientras veo que mi camisa blanca tiene una mancha de sangre lavada.

Tan lavada que es una rosa.

Alguien que dejó a alguien por otro dice:


- Yo lo amé tanto que ni siquiera quise cambiar su forma de hablar.


Alguien dejado por otro se venga.

Se encuentra al abandonador en la calle y le lanza comida.

Una y otra vez.

Yo camino con un hueco en la garganta mientras me explican la relación proporcional entre
ángulos y recepción.

Mi hueco silba.

Lo siento de plata.

Puerta de bala.

Me gusta.

Me siento imbatible.


Podado, no talado.

A Camila le talaron el romero.
Helga dice: Podado. No Talado.
Y mal disimula una sonrisa.

Camila mira de arriba hacia abajo.
Ni rastro del arbusto que de tan preñado de hojas y flores parecía una promesa.
Ni sombra del tronco que se abría en ramas que saludaban.
Sólo quedó un tocón chamuscado.

Había un nido de bichos. Quemé un poco. Retoñará.

Incrédula y furiosa buscó una bolsa de tela para recoger las ramas que se salvaron de la quema.
Helga hizo el amago de ayudarla pero la mirada de su nuera la paralizó.

Podado, no talado, volvió a decir.
Y también volvió a mal disimular, esta vez el miedo.

Los ojos de Camila eran los de una Valkiria que ya había decidido la suerte de alguien.

Ahogaste las bromelias porque para ti son feas.
Regalaste las orquídeas porque se casaba la hija de tu mejor amiga.
Pisaste los rosales porque te bebiste cuatro vodkas y te pareció gracioso.
Arrancaste los girasoles porque querías cosechar las pipas.
Destrozaste la lavanda porque te olía a muerto.
Desapareciste el tomillo porque trae mala suerte.
Y ahora esto.
Tendrás que acarrear con las consecuencias.


Helga se asustó un poco.
Nunca había visto a Camila así.
Le encantaba porque con ella podía ejercer de suegra de la mejor de las maneras:

jodiendo,
echando varilla,
metiendo cizaña,
intrigando,
obstaculizando,
tocando los quecos,
envainando,

todo esto vestida de frufrú, con sonrisa de colibrí y hablando en arrullos para no molestar.
Su nuera era la compañera de juegos perfecta.
Le daba holgura. Estiraba la cuerda todo cuanto podía y Camila allí, al pie del cañón, enterándose de todo pero sin decir ni ñe.
El sumun del deleite era cuando Elías, derretido por la concordia, las abrazaba a las dos a la vez, conformando un trío en el que su mirada era de miel y la de ellas de azufre.
Tenía la sensación de que esta vez no había calculado bien,
tal vez lo del romero fue mucho.
Pensó en Elías y recuperó la confianza en sí misma.

Él es un inocente, un ingenuo, un buenote.
Me adora por encima de todo.
Y de todas.
Nada me puede pasar.
Estoy a salvo.
Es que madre, sólo hay una.

Pensó en tejer un contraataque.
Dos segundos después rechazó la idea.
No pasaría nada.
Porque nunca pasaba nada.
Camila callaría como siempre.
Helga sonreiría.
Elías las abrazaría.

Y así fue.
O casi.
Camila no dijo nada.
A la hora de la cena se limitó a servir la comida.
De primero sopa de cebolla y romero.
Elías tomó una cucharada y levantó una ceja.

- ¿Quién cocinó hoy?
- Yo, cariño, ¿pasa algo?
- La sopa no está como siempre.


Pero se la comió.
De segundo sirvió conejo.
Elías se entusiasmó al verlo.
Era su plato favorito.
Trinchó con alegría un trozo y se lo llevó a la boca para escupirlo inmediatamente en el plato.

- ¿Qué pasa aquí?

Las paredes retumbaron.
Elías estaba rojo de la ira.
Helga se llevó la mano al pecho.
Y Camila siguió comiendo como si nada.
Cuando acabó su plato dijo:

A ver cariño, es el romero. No pasa nada si un día dejas de tomarlo. A decir verdad, será más de un día. Es que hemos tenido un pequeño problemilla con el árbol. Nada que no se pueda remediar.
Con tiempo y paciencia…¿Verdad, Helga?


Los ojos de Elías se inyectaron en sangre.

- ¿Qué le ha pasado al romero?

Nada, hijo. Lo podé y se me fue la tijera. Tenía un nido de bichos y se me fue el fuego. Total, que no hay romero. Bueno, no hay ahora, pero habrá. Con tiempo y paciencia como dice Camilita.

Camila habló para decir que no todo estaba perdido.
Que pudo salvar algunas ramas.
Que estaban un poco quemadas.
Por eso el sabor ahumado de la sopa y del conejo.

Hubo permuta de miradas.
Él las miraba con azufre.
Ellas lo miraban y se miraban con miel.
Ambas echaron el resto.

Helga buscó su arrullo más dulce:

- ¿Quieres que te cocine otra cosa hasta que se compre romero en el híper?...Ya sé, unas barritas de pescado. Te gustaban mucho.

Camila retrucó. Subió su falda hasta las ingles y, partiendo de la rodilla, leyó su pierna:

Oleré tu cuerpo.
Perfumaré mi piel contra tu piel

Me mojaré de ti
(en ti)

Y besaré cada punta
cada extremo
cada margen
cada brecha

Asaltaré tu centro
decidida
dedicada
(paciente)

Intentaré doblegarte

Vuelta sorpresa
(esto sólo comienza)

obligarás a mi boca
someterás mis extremos

resisto/me puedes

detenido buscarás en mis ojos

inmóvil buscaré en los tuyos

los cuerpos
que se intuyen desde siempre
se reconocerán
y librarán una batalla

jugarán a la derrota
para vivir una fiesta

Las pupilas de Elías se dilataron.
Ciertas venas también.

Helga se supo vencida.

Besó a su hijo para despedirse.
También a su nuera.
Mientras la besaba le dijo:

Eso es trampa, zorra.

Camila, una vez más, se hizo la sorda.

Con el tiempo los volvió a visitar.

Nunca más pisó el jardín.

Juan


6. Las Galletas de María


El secreto de las galletas de María está en la mantequilla.
No es una mantequilla cualquiera, no.
María es una repostera de las de antes, de las que cuidan cada detalle, de las que sólo trabajan con los mejores ingredientes. Ecológicos. Sin aditivos.
Guarda en una libreta secreta un listado con los mejores proveedores del país.
Nadie sabe quién le da la harina, los huevos, la leche, la especias.
Por eso a María no le importa compartir la receta de sus galletas.
Nadie jamás podrá hacerlas como ella.
Y es que María hace su propia mantequilla.
Para ello compra la leche fresca de las vacas de Atanasio.
Atanasio tiene dos vacas mantequilleras a las que cuida con mimo. Sólo las alimenta de hierbas.
Nada de pienso.
No las hormona, ni las vacuna.
Son vaquitas realengas, terreras, libres, alegres.
María deja que la leche repose.
Juega con la nata y con la sal como sólo ella sabe hacerlo y con un proceso secreto en el que el hielo y el fuego alternan, fabrica la pasta mágica.
Luego la mezcla con harina, almendras fileteadas, azúcar y huevos. Revuelve con mucha suavidad hasta lograr una masa homogénea.
La refrigera durante media hora, tiempo que aprovecha para precalentar el horno, cubrir las bandejas con papel encerado y revisar los pedidos que tiene para esa semana.
María es muy exigente con los pedidos.
No acepta como cliente a cualquiera.
Porque, cuando de sus galletas se trata, la cosa es muy seria.
Nunca llegarás a ser cliente suyo si no estás recomendado.
María estudia con mucha atención las solicitudes que llegan a su obrador.
Hace una preselección y envía un cuestionario por correo a los que aprobaron la primera criba.
Luego de leer las respuestas escoge con paciencia y mirada de lupa a los afortunados y los invita a una cata- entrevista.
La gente que espera conocer a María en persona se lleva una decepción.
María es muy tímida.
No da la cara.
Los finalistas son recibidos por un médico nutricionista.
El médico los mide, los pesa, les hace preguntas relacionadas a sus hábitos alimenticios, les da a probar dos galletas y los observa.
María también mira escondida tras un cristal.
Y sonríe complacida.
Nada le gusta más que otorgar placer.
La cata – entrevista dura dos horas.
Si el comprador supera la prueba, María le vende galletas.
La cantidad depende de su volumen corporal.
Un paquete mensual de medio, uno, o dos kilos.
El cliente paga y se va feliz, con los ojos muy brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.
En el envoltorio una etiqueta reza:
Las Galletas de María. Deliciosas y adictivas. Se sugiere prudencia.

Juan es cliente habitual de María.
La primera vez que probó las galletas, sus nervios se calmaron, sus fobias se apagaron y pintó con soltura inusitada.
El paquete de medio kilo le alcanzaba para un mes.
Pero Juan comenzó a engordar.
Y a necesitar más galletas.
Tras una primera evaluación, el médico del obrador consideró que se le podía dar el paquete de un kilo. Con la condición de que hiciera dieta.
Quince días después, Juan volvía a tocar la puerta del obrador.
Tocaba la puerta, daba gritos, lloraba.
Necesitaba las galletas para levantarse en la mañana, para ir al baño con regularidad, para disfrutar del café de media tarde, para besar los recovecos de Gioia, para reír de los chistes de su madre, para leer con gusto a Bukowski, para entristecer cuando el gato se escapaba, para consultar a Dios.

Le dieron un portazo en la cara.
Fue entonces cuando comenzó a planificar el robo.
Haría uso de su reserva de emergencia para preguntarle a Dios.
Él sabría qué hacer, el cómo y el cuándo.


A veces, evitándome, me descubro en el texto...

A Patricia, la ventana desnuda...



Los Hermanos Chang se pusieron creativos....para muestra:



ESTE BOTÓN....



La entrevista a la autora de estas ficciones:



AQUÍ!!!!



(Gracias Bro´s, panas, patas, colegas....)



Peso Pluma



Finalmente lo conseguí.
Después de muchos sacrificios y mucho aprendizaje alcancé mi meta:
Perder 28 kilos.
Tardé tres años.
Me atendí con los mejores especialistas.
El endocrino notó que mi metabolismo era perezoso.
Me recetó medicamentos para acelerarlo y me refirió a una esteticista.
La esteticista diagnosticó una acusada retención de líquidos.
Sugirió deshacerme del exceso de fluidos con cataplasmas calientes de algas de mar.
Convino en que para reforzar su trabajo estaría muy bien acudir al homeópata y me recomendó uno de su entera confianza.
El homeópata tenía lista de espera de un año pero cuando mencioné a la esteticista me hizo un hueco para la misma tarde en que llamé.
Me examinó meticulosamente.
Resaltó una leve inflamación en el páncreas que pudo detectar estudiando con atención mis pupilas. Me dio un preparado de Natrum Phosphoricum y garantizó que al mes de tomarlo sentiría el bienestar.
Preguntó si sentía mucha hambre.
Sin esperar mi respuesta llamó al Doctor Zhia, sabio oriental experto en acupuntura, y pidió hora para mí.
Con seis agujas distribuidas en mi cuerpo marché a la nutricionista.
Ella explicó que tenía que hacerme una analítica para conocer la relación de mi cuerpo con los alimentos. Con el resultado me diseñaría un régimen exclusivo y específico.
Me vendió un libro, Cocina ligera para pesos pesados y apuntó la dirección de una guía espiritual.
Por curiosidad llamé a la guía que resultó ser coach personal.
Me explicó que estaría a mi lado a lo largo de “este proyecto” , que se convertiría un apoyo sólido pero que sería muy dura si las circunstancias así lo precisaban.
Subrayó que no permitiría que un perdedor arruinara su impecable palmarés.
Me matriculé en un Master en Salud y Dietética, contraté a un entrenador personal, asistí a terapia sicoanalítica cuatro días a la semana, a terapia grupal una vez al mes, me sometí a sesiones de hipnosis, sufrí dos hidroterapias de colon y depuré mi organismo bebiendo en ayunas la pócima resultante de hervir cáscaras de naranja agria, de piña y de plátano.
Nunca me importó ser gordo hasta que alguien me dijo que me podía morir.
Eso me hizo reflexionar y tomar la decisión de adelgazar.
Valió la pena.
Hoy soy ligero como una pluma.
Siento que el viento me lleva a su antojo.
Vuelo libre.
Debe faltar muy poco para estrellarme contra el asfalto.
Entonces seré plenamente feliz.
Me aterraba la idea de que los periódicos reseñasen mi peso al dar mis datos.
Logré mi propósito.
Ya puedo morir tranquilo.
Nunca seré un cadáver gordo.


Juan




6. El falso muerto fantasma persigue a Juan.

La primera vez fue en el 11 a las nueve de la mañana.
Juan leía los clasificados.
Sintió que alguien leía por encima de su hombro.
Buscó un ángulo imposible para aquella mirada intrusa pero la seguía percibiendo allí, en su periódico, en el apartado de compra y venta de coches de ocasión, ojos que espiaban los círculos rojos con los que él había marcado los anuncios que más le interesaban, ojos fisgones sobre los números telefónicos que él había destacado con resaltador.
Pensó que el mirón le iba a robar el coche de sus sueños.
Así era fácil. Se ahorraba comprar la prensa y se ahorraba estudiar las ofertas. La forma más directa de comprar un buen auto es subirse al 11 y mirar a escondidas el estudio de mercado que ha hecho un artista.

Pues no.

Lo miró enfadado pero el falso muerto fantasma sonrió sin levantar la vista del papel.

Cambió de sección. Deportes. Allí la mirada. Farándula. Allí la mirada. Loterías. Caballos. Horóscopo. Crucigrama. Garfield. Dick Tracy. El Fantasma. Lorenzo y Pepita.
La mirada siempre.

La escena se repitió durante meses.
A las nueve tomaba el bus y veinte minutos después sentía sus ojos indiscretos. Con el tiempo dejó de molestarle. Descubrió que era agradable leer a dúo sin cruzar más palabras que las escritas.

El falso muerto fantasma decidió prolongar su visión.
Bajó del 11 y acompañó a Juan a todas partes.
Si iba al tomar un café, el falso muerto fantasma estaba sentado en la mesa de enfrente.
Si invitaba a Gioia al cine, vendía las entradas.
Si iba a hacer la compra, le recomendaba el pescado del día.
Si pasaba un día en la playa, era el salvavidas.

Juan comprendió lo que pasaba.
Don Ojos Acechantes era Dios.
Omnipresente y Omnipotente lo había elegido a él para alguna misión importante.
Al principio aceptó su compañía en silencio.
Trataba de ignorarlo pero ÉL siempre estaba allí.
Juan esperaba que ÉL le hablase, que le contara qué encomienda tenía que llevar a cabo, a quién tenía que salvar, si acaso quería usar sus manos de pintor prodigioso para elaborar una obra maestra con su mensaje divino.
ÉL sólo miraba.

Juan descifraba cada mirada como un mensaje.
Se sentía frustrado porque los mensajes eran más bien domésticos:

esa lubina no es de anzuelo, que no te engañen; la peli es un bodrio; ¿doble mocca frapuchino con nata? ¡no te metas eso en el cuerpo!; no entres que no sabes nadar; es el tercero que fumas en veinte minutos...¿no te basta con las galletas?...

Juan esperaba paciente.
Un día, en una de sus lecturas conjuntas, ÉL le dio un mensaje diferente. Describió una circunferencia con el dedo alrededor de un anuncio:

Buggy. Buen estado. Remato.
Lucy Fernández: 681 552 289
Abstenerse intermediarios.


Lo miró incrédulo.
ÉL insistió en lo señalado.
Se encogió de hombros.
Tenía en mente otra cosa, algo más espacioso, más cómodo, pero ¿quién era él para contradecir a Dios? ¿y si el buggy era fundamental para la misión?
Resolvió la compra misma tarde y regresaron a casa en coche.
Juan estaba tan contento que se dio un homenaje con un kilo de galletas. Quiso comer más pero el tarro estaba vacío.
Falso muerto fantasma miraba la puerta con apremio. Juan entendió el mensaje.
Dejó masa lista para hornear más galletas a la vuelta.
Pidió permiso para fumar y Él se lo concedió.
Fumó lo más rápido que pudo, tomó las llaves y salieron.
ÉL señaló la ruta.
Tomaron la autovía express.
Miró el velocímetro.
Juan aceleró.
Miró el volante.
Juan dobló en el desvío.
Un semáforo en ámbar.
Un hombre que cruza mirando las estrellas.
(un romántico)
Juan frena.
El falso muerto fantasma le ordena que siga.
Juan se niega.
El falso muerto fantasma le da con el puño cerrado en la boca.
(Dos colmillos que vuelan)
Juan se resiste.
El falso muerto fantasma hace un conjuro.
(ángeles vengadores sobre dragones).

Juan tiembla de miedo y el falso muerto fantasma aprovecha el momento, coge la rodilla de Juan, la presiona, el pie cae sobre el pedal, se hunde, libera al buggy que arranca como un caballo brioso y se lleva por delante al hombre que cruza en ámbar mirando las estrellas, al romántico, a Isidoro.

Huye de ti.

Huye de mí.

Huye de las galletas, dice el falso muerto fantasma en tres miradas que son alaridos.


Ausencia/ Pessoa




Lo que se ha perdido



Lo que se ha perdido,

lo que se debería haber perdido,

lo que se ha conseguido y ha satisfecho por error,

lo que amamos y perdimos y,

después de perderlo,

vimos,

amándolo por haberlo tenido,

que no lo habíamos amado;

lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos;

lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción;

y el mar en todo,

llegando allá,

rumoroso y fresco,

del gran fondo de toda la noche,

a agitarse fino en la playa,

en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar.


Fernando Pessoa


No way out




Alexia miraba, comparaba y comprendía.

Ella: una ensalada de verdes múltiples aderezada con limón. Una sopa de habas que no pidió. Crackers. Agua.

Él: Pot pourri de mariscos gratinados. Alitas de pollo picantes. Pan con mantequilla de maní. Merengada doble de chocolate.

Igual a la comida, la conversación.

Ella: Monosílabos orales y gestuales.

Él: logorrea hardcore.

Los sentaron en una de las mejores mesas, junto al ventanal de la explanada.
Jimmy no reparaba en la vista. Comía y hablaba sin parar.

De sus ex. Que todas lo adoran. Que son sus mejores amigas. Que no mueve un pie sin consultarles. Que tener novia pasa primero por el visto bueno de ellas.
No te preocupes. Ya te han visto. Te observaron en tu trabajo y en el gimnasio sin que te dieras cuenta. Son muy consideradas. Les encantas. Ahora sólo falta que me conquistes.

De sus viajes. Que conoce medio mundo. Que poco de lo que ha visto le ha gustado. Que el mundo debería hablar una única lengua. Que odia el agua del extranjero. Que los olores son raros.
Pero este sitio sí es maravilloso. Es lo mejor. Lo tiene todo. Por eso te traje. Lo conozco muy bien. Siempre repito. Déjate guiar por mí.

De sus pasiones. La velocidad. La acción. La fantasía. La sorpresa controlada. El espacio. La aventura. La música. El misterio.
Soy rudo y tierno a la vez.

Alexia pensó que eso podía ser interesante en una habitación.
Podría taparle la boca, hacerlo callar y obligarlo a ejercer su rudeza y su ternura.
Jimmy había terminado sus mariscos con queso.
Ella preguntó por las cáscaras de gambas.
Me las como, contestó.
Come basura.
Habla basura.
Miró hacia el ventanal.
Siete jirafas paseaban. A lo lejos creyó distinguir un impala.
Llanuras del Serengeti.
Le parecía un fiasco.
No entendía tanto entusiasmo.
Dentro del comedor estaban bien pero afuera el calor era insoportable.

Jimmy atacaba las alitas. También se comía los huesos.
Trituraba todo aquello que entraba por su boca y luego lo expulsaba convertido en papilla de palabras, en discurso lúteo, en ruido de papel plata.

Llegó la carta de los postres.
Jimmy pidió el especial de la casa para dos.
Te va a encantar, Ale. No puedes decir que no.
Ella se resignó.
Veinte camareros cantando en fila india lo trajeron.
Elefantes, cebras, tigres, rinocerontes, hipopótamos…toda la fauna del safari reproducida en mazapán descansaba sobre una pradera de helado de pistacho. Los camareros terminaron su canción y el cabeza de fila dio a cada uno una cuchara en forma de escopeta.
¡A por ellos, cazadores! gritaron en coro antes de retirarse a atender otras mesas.

¡Qué buen gusto! ¿verdad? Es que esta gente sabe lo que hace, Ale. Por eso siempre vengo. Y si me atrapas también vendrás. Qué suerte tienes…al principio me gustaba más tu amiga, la rubia. Luego me di cuenta de que habla mucho, no se calla. Así que me decidí por ti.

Alexia miró su reloj.
12:39. 3 de agosto.
Quedaban muchas horas para que acabara el día.
Muchos días para que acabara la semana.
Seis días.

Esta noche otra sorpresa. Cenaremos en el castillo. Tengo reservada una mesa preciosa.

Miró la selva. Las acacias. Una nube de tierra levantada por un todoterreno.

Paso por tu habitación a las siete. Aquí cenamos temprano. Desde la mesa verás todo. El desfile. Los fuegos artificiales. No perderás detalle. No olvides tu cámara.

Seis desayunos, seis almuerzos y seis cenas por venir.
Confinada y amarrada junto a este plomo en un parque temático.
Un pack completo.


Mañana te levanto temprano. Iremos al mundo miniatura. Inglaterra, Francia, Alemania, España, México, Argentina, China, Japón, Jordania, Egipto…Todo en un mismo sitio. Te va a encantar. Ve pensando en qué país quieres comer y en qué país quieres cenar. Te dejo escoger.
El desayuno en el hotel. No puedo vivir sin las tortitas con forma de ratón
.

No había salida de emergencia.
Estaba atrapada.
Sin escape.


Juan



V. Bitácora Terapéutica


Yo:

Estudiante de Derecho.
Memoria desbordada.
Talento poco común para la pintura y para la escritura.
Sensibilidad acusada.
Dolor ante las desigualdades sociales.
Tendencia a la dispersión y al desorden.
Cuatro fobias claras y seis soterradas.


Lo que fue:

Ni un código más. Ni una ley.
Milán, el Giotto, Archimboldo, Bizancio.
Cierro la puerta del infierno (Derecho).
Abro la puerta del cielo (Bellas Artes).
Abro las puertas de la gloria eterna (abro las piernas de Gioia).
Me huyo en un tren.
Ángeles robotizados vienen por mí.
Portan fuego en sus lanzas, en sus ojos.
Sus cabellos son ramas de sauce llorón.
Sus ropajes sangran azules varios.
Yo corro.
Ellos siempre me alcanzan.
Encontré una moneda.
La introduje en la boca de una niña.
Escuché a mi padre.
Le dije: Sálvame.
Mi padre dijo: manantial.
Mastiqué manantial.
Manantial.
Hontanar.
Alfaguara.
Venero.
Fuente.
Así llegué allí.
Yo mismo me llevé.
El reclusorio Aguas recibió mis escombros.
Me recuerdo como un saco.
De huesos. De penas. De olvidos.


Lo que es:

Ahora visto de verde.
El traje que me dio Simona es un recordatorio y una condena.
Verde por fuera, verde por dentro.
Sigo sin poder pintar el mar.
Pero ya no me preocupa.
Otras ideas rondan mi cabeza.
El reclusorio es una fábrica de elefantes.
Un lugar en el que la masa corporal crece sin parar.
Si comes masa eres masa.
Pienso en cómo cambiar eso.
Porque tal vez, un día, tenga que volver…

(No más finger food.)

Si no puedo pintar tengo que hacer otra cosa.
Tal vez cocinar.
Cocinar comida para el reclusorio.
Comida sana, inocua.
Pensar en platos para cautivos.
Platos para ser comidos sin cubiertos.

Post Data para mí:

Me he tomado una foto.

He adelgazado.

Verde.

Soy verde.


Romántico


Para Xavi.



Ciegos de hambre pidieron, con la amabilidad que la urgencia les permitía, una mesa.

El maitre iba a despacharlos sin miramientos cuando reparó en el amor que proyectaban sus ojos extraviados, en el sudor frío de la mano del chico y en la tormenta de truenos del estómago de la chica.

Ella jugaba al equilibrio sobre sus tacones de aguja para así poder simular que tropezaba. Era una excusa para dejar caer sus pechos tibios sobre la espalda de su novio.
Él buscó su mano, la apretó fuerte, exhaló un ¿estás bien? inaudible.

Estamos completos. Pero tengo un reservado, una mesa para dos. Es muy íntimo y poco iluminado. Supongo que no será problema para ustedes, añadió con un guiño cómplice.

Noche romántica para dos.
Por orden del maitre no se encendieron las velas de la mesa.

Retiren las briseras, tomen nota y no los molesten.

Ordenaron ensalada de bogavante, fondue de carne y champagne rosado.

Él pidió descorchar.
El mesonero trajo la comida, la bebida y los dejó a solas.
Ella tanteó el aire buscando su mano.
Él agitó la botella para que el corcho saliera con arte.
Tras el plop de costumbre se escuchó un sonido mullido seguido de un sollozo.

¿Qué tienes, gatita?

Estoy un poco emocionada, dijo entre lágrimas.

Trenzaron sus brazos y brindaron.
Él mojó su piel en la de ella. Esa humedad lo confundía, ave de vuelo desorientado, derrotado apenas por un roce.
Pero el hambre…

Ella se hizo con el bogavante.
Separó la cola y las pinzas.
Tomó las tenazas y atacó el caparazón. Le pareció que estaba suave. Seguramente estaba sobre cocido.
Tal vez no era bogavante sino cangrejo de concha blanda.

Decidió callar. La velada seguiría siendo perfecta.
Escarbó el interior de la pinza con la espátula y trinchó lo que pudo de la carne del bogavante/cangrejo.
Sintió que su novio se estremecía.
Acercó el tenedor a la boca de él.

¿Qué tienes, brujete?

Muero de amor por ti, rubia, le dijo con voz temblorosa.

Ciegos de amor comían desde el otro y en el otro, se tocaban, tragaban y se decían, bebían y se bebían, se leían con las yemas de los dedos, con la respiración, con la punta de la lengua. Se nutrían mutuamente, dedicaban bocados, besos y mordiscos, a la comida, al ser amado.

Un sonido les indicó que el aceite hervía.
Ensartaron la carne en los pinchos y la sumergieron en la cazuela.
Un olor muy dulce invadió la mesa.
Les gustaba poco hecha.
Cada quien tomó su pincho, liberó la carne cocida en el plato y la salseó.
Ella en dijon para él, él en finas hierbas para ella.
El tenedor de él apuntó hacia ella, el de ella hacia él.
Así pasó la velada.
A cada bocado un gemido, un escalofrío, una caricia líquida, ahogos, susurros desfallecidos que acabaron en el silencio más puro.

Cuatro horas más tarde Isidoro, el Maitre, gritaba a la policía su inocencia.
Sólo quiso hacerlos felices, se veían muy enamorados, ¿cómo iba a saberlo?

Mi único pecado es ser un romántico.

Los encargados taparon los cuerpos con una sábana.
A ella le faltaba un ojo.
En su lugar había un corcho Dom Ruinart Rosé del 96.
Tenía el rostro y el cuello perforados.
Un tenedor se había clavado innumerables veces.
Tocó la yugular en cuatro ocasiones.

Él tenía los dedos de las manos destrozados.
Las tenazas del bogavante los habían triturado.
Estaban descarnados.
Exponían sin pudor sus falanges.
No tenía nariz. Tampoco boca.
El torso de tan agujereado parecía un colador.
La única sangre que le quedaba en el cuerpo la contenía el pene.
Tenía y mantenía una erección mayúscula.
Los forenses, entre risas, no daban crédito.

Murieron desangrados.

Ciegos de hambre.
Ciegos de amor.
Ciegos totales.

Eran ciegos, idiota… ¿cómo no te diste cuenta?...¿a quién se le ocurre dejar cenar a una pareja de ciegos sin supervisión?

A un romántico, contestó Isidoro, el Maitre, cuando el estupor se lo permitió.


Juan


4. Una Semana antes del ataque de llanto o de cómo nació Johnny Carb.

La visita a Simona lo dejó en la carraplana.
Simona le esquilmó el alma, la autoestima y la cartera.

El plan de trabajo era el siguiente:

- Consulta teórica una vez a la semana.
- Consulta práctica seis veces a la semana.
- Material de trabajo para un mes.
- Apoyo técnico quincenal.
- Seguimiento a través de la bitácora terapéutica.

Tiempo estimado del tratamiento: Dos años.

Le extendió una factura sin iva y una planilla para que la rellenara.
Juan obedeció resignado.
Al principio rellenó con desgano las casillas. A medida en que avanzaba el cuestionario, las preguntas le resultaban cada vez más estimulantes y el espacio para contestarlas se le hacía escaso.
Necesitaba ayuda. El proceso no tenía por qué ser aburrido, mecánico o doloroso. Muy por el contrario, podía ser una experiencia divertida.
Si voy a estar dos años en esto más vale que me sea grato.

Simona le preguntó por el peso cuantitativo y cualitativo.
Juan dijo que el cuantitativo lo desconocía y que el cualitativo se sentía igual al peso cuantitativo pero elevado al cubo.

Decidió contestar el cuestionario a su manera.
Un juego de preguntas de selección simple, otro de verdadero y falso, una serie de datos bioemocionales y biogeográficos no iba a ser suficiente información para los especialistas.

Necesito más papel, dijo.
Simona le extendió dos hojas.
Más.
Simona le alcanzó un cuaderno.
Necesito una resma.
Simona lo miró seca. Luego hizo un gesto a su secretaria y agregó:
Esta va por la casa. Si necesitas otra resma la compras. Me la compras a mí, a la librería, a una tienda especializada. Pero la pagas.
Junto a la resma dejó dos bolígrafos, uno azul y otro rojo.
¿Tienes creyones de cera?
El silencio de la terapista fue la respuesta.
No, claro. No tienes.
Leyó las cuartillas con preguntas pre establecidas y con instrucciones para contestar. Las usaría como guía.


¿Cuánto pesa? Peso cuantitativo y peso cualitativo.

Peso Cuantitativo: N

Peso Cualitativo: N a la tres o al cubo.

¿Qué pudo motivar un aumento tan sustancial en su peso cuantitativo?



Esa es fácil. Variadas razones que confluyen en una.

Vida Sedentaria:

Una habitación de cinco por cinco.
Desplazamiento de la cama al baño: Ocho pasos.
Del baño a la cama: Ocho pasos.
Viajes al baño: cuatro al día.
Número de pasos diarios: sesenta y cuatro.
Patio de área no calculada por tener un diseño geométrico imposible.
Visitas una vez a la semana si y sólo si:

- No llueve.
- No hay trifulca
- Guardia Mayor está de buenas.
- Isidoro está retenido en el cuarto especial.

Visitas al patio en cuatro años: Una y media.


Malos hábitos alimenticios:

Alimentación denominada por los expertos nutriólogos como finger food. Ausencia de cubiertos para los huéspedes forzosos. Tener que comer siempre con las manos.
Para protegerme desarrollé autodefensas.
Recordé que en muchas culturas es lo apropiado.
Imaginé ser de otra cultura.
Me proyecté comiendo tabule y kibbe crudo con pan ácimo en medio del desierto con un cielo negrísimo sobre mi cabeza. Creí con todas mis fuerzas que comía manjares exquisitos, en lugares maravillosos, (un delicioso cus cus sentado en el piso de una jaima, dátiles y granadas en un oasis junto a una odalisca), cuando la cruda realidad es que comía sentado en el piso de una habitación microscópica un plato de tallarines con carne molida. Con las manos.

Intenté saciar el hambre a pesar de la humillación. Es muy difícil, casi imposible. Destrozo moral que genera más hambre.

Por la boca muere el pez o adelgazar se logra cerrando el pico:

Verdades irrefutables.
Del tipo de verdades que dicen las madres.
Verdades categóricas.
Verdades de campanada de gong.
Verdades cuya contundencia nos obliga a ignorarlas, a subestimarlas. Eso pasa factura.
Para ser feliz la única clave radica en la boca.
El secreto se esconde allí.
Hay que controlar lo que entra a través de ella. Comida, bebida, estimulantes. Pero también hay que controlar lo que sale.
La boca es una vía doble.
Entrada y salida.
La gran equivocación es pensar que sólo lo que entra engorda.
Lo que sale de la boca nos puede engordar mil veces más.
Ante la situación tan denigrante que suponía el comer sin utensilios, decidí hacer algo.
Primero traté de hablar con mis compañeros. Pero el derecho de reunión en este tipo de hospedajes es limitado además de peligroso. La directora/anfitriona sentía cierta simpatía por mí. Ya se sabe, pintor joven, poeta, bohemio (eso creía ella) de buen ver, sexy, interesante (eso creía yo)…Le pedí una audiencia. Me la concedió.
Le llevé un ramo de flores en acuarela y mil quejas amargas.
Le supliqué: la dignidad es lo único que nos queda, por favor, si hay que comer sin tenedor, busquen comida adecuada, fácil de asir, sin salsas que pringuen, tibia y nutritiva.
Ella entrecerró los ojos como quien pesca un velero perdido en el horizonte y dijo:

Fingerfood…¿cómo no lo había pensado antes?

Me fui cabizbajo.
Mi ignorancia me hizo creer que la directora/anfitriona hablaba de la última película de Bond, James Bond.
Me equivoqué.
Sí me escuchó.
Y se tomó al pie de la letra mis sugerencias.

Al día siguiente cambió el menú:

bollos, pan, bocadillos, pizza, croquetas, tartaletas, quiches, empanadillas, molletes, aros de cebolla, bolitas de queso y de carne, barritas de pescado, patatas fritas, perritos calientes, bagels, pretzels, cocas saladas y cocas dulces, donuts, eclairs, macarrones, bizcochos, pastas de té, mini profiteroles, ensaimadas, torrijas, rosquillas de anís….
Desayuno, almuerzo y cena de fritanga y carbohidratos.

La causa madre de mi peso es el encierro.
Los cuatro años de encierro.
Ahora no tengo ropa y no puedo pintar el mar.
Sólo pinto tenedores.
Me dijeron que saldría redimido y ligero.
Salí redondeado, pesado, adicto a las harinas, a los lípidos y con las manos mudas.
No me importa estar relleno, gordo, obeso, rotundo…pero lo de mis manos no lo puedo soportar…quiero mis manos de vuelta.

Juan quiso extenderse, trató de hablar de lo que lo llevó al encierro, del peso cualitativo, de sus colmillos perdidos, del collar de Casal, de las novias erróneas, de los mitos, de los ángeles guerreros, de Duke Ellington, del muerto fantasma, de los seres de luz y de Isidoro….pero una pared de agua caía inagotable desde sus ojos y Simona tenía aquella mirada de a ver si te vas de una buena vez a tu casa….Juan había agotado la resma limpiando los charcos de agua que dejaban sus lagrimones. Se enjugó el rostro con la manga de su traje sabana.

Simona sintió piedad.

Espera. Toma. Esto te va ayudar.

Juan cogió la bolsa con obediencia perruna.

Cuando se levantó un crujido rompió la tarde y la silla en dos pedazos simétricos.

(continuará...)


Un cuento, muchos cuentos....






Contar al cuento....
Saber al cuento....
Saborear, deglutir, asimilar al cuento....


¿Dónde?...

Click aquí:

Menú de degustación de Los Hermanos Chang



¿La especialidad de esta Casa ?:



Click acá:

Un cuento con cuentistas



Enjoy your food!!!!



Juan


3. Lo que escribió Juan una semana después de la consulta.



Soporto tu ausencia como puedo

con estoicismo frágil

con resignación de papel

Me auto convenzo

Me rezo en letanía

(No es nada)

Me miento

(Yo puedo)

Cada palabra no enunciada

Es un puñal en mi lengua

Cada risa abortada

Es una quemadura en las muñecas

Tu voz perdida en el cielo

agujas que se clavan

en los dedos de mis pies.

Invoco pasos caminados juntos

alivio de fuerza que sobre viene

Me recompongo

Me rearmo

Y recuerdo el juramento

Entonces el horizonte

Y la espera.
Cerró su bitácora terapéutica, liberó el DVD de la pausa, y siguió viendo películas a blanco y negro mientras lloraba a moco tendido.
Extrañaba mucho todo.
Y de tanto extrañar, se erosionaba por dentro....
(continuará...)


Juan



2. Blue Fork


Enero/January/Janvier/Gener 2008


Semana 4 Jueves/Thursday/Jeudi/Dijous
24/342 San Francisco de Sales



  • Ir a Dondo El Redondo a comprar ropa.

  • Comprar cuatro blocs para dibujo, dos lápices 4B y una caja de carboncillos.

  • Pasarme por El Heraldo .

  • Llamar a Simona para saludar y pedir cita.

  • Ir al supermercado.

  • Hacer la lista de la compra antes.

  • Pasar por Café Ideal. Hoy se reúne la Peña Giordano Bruno.



Una vez hecha la lista llamó a la pizzería del barrio y encargó dos pizzas familiares

(masa gruesa, doble queso, champiñones, pimentón, aceitunas, maíz, calabacín y huevo frito)

y dos botellas de Kola light tamaño gigante.

Tal vez, con algo en el estómago…. Soy nulo sin desayunar.


Repasó la lista.

Comprar ropa.¿Cómo iré? No puedo salir a la calle con la túnica sábana. De ninguna manera. Pensarían que soy un exhibicionista acosador de ninfas, duendes y abuelitas.

Cogió la grapadora de su escritorio y cosió con grapas las aberturas laterales e interiores de su carpa.
Dejó cuatro huecos, dos para las manos y dos para los pies. Transformó la sábana túnica en un traje guante.

Sin recurrir al espejo sabía que le faltaba algo a su vestimenta.

Buscó una bufanda de lana de sus tiempos de estudiante de arte en Milán y se la enrolló al cuello.

Supo que estaba algo más que hermosón cuando la bufanda, a la que siempre daba cuatro vueltas, sólo dio para una y con mucha dificultad.

¿El cuello también engorda?

Quiso vestir su cabeza con un sombrero. Sólo le servían los gorros tejidos. Se decidió por el más colorido.

Listo y dispuesto para recomenzar su vida se sentó a esperar su desayuno frente al lienzo fallido.

Sus tripas retumbaban.

De nuevo el timbre.

Segunda entrega del día.

Sin monedas de propina arrebató las dos pizzas y los refrescos al motorizado y dio un portazo.

Puso las dos cajas en la mesa y las destapó.

El olor a grasa y queso requemado atufó la estancia.

Juan aspiró con delectación.

Cuando el aroma se esfumó corrió al baño, se hizo con un rollo de papel higiénico y volvió con él a las pizzas.

Cortó un trozo de papel del largo de su brazo, lo dobló cuatro veces sobre sí mismo y sirvió sobre él un trozo de pizza.

Repitió la operación hasta que ambas pizzas quedaron desmembradas.

Se deshizo de las cajas.

Abrió una botella de Kola light y la situó al centro de la mesa.

La mesa invadida con trozos de pizza sobre papel toilett.

La botella de Kola como faro.

Sin platos, sin cubiertos, sin vasos, sin compañía.

La estampa duró segundos.

Una voz interna gritó al ataque y Juan, dócil y entusiasta, la obedeció.

A bocado por trozo de pizza.

Bocado y trago de Kola directamente de la botella.

En nueve minutos estaba listo. Y satisfecho. Había desayunado.

Volvió al lienzo, al azul cerúleo y al mar.
Esta vez prescindió de Jim Morrison. No quería culparlo de lo sucedido y mucho menos que pasara a formar parte de su caja de música gafe.

También prescindió del pincel.

Quizá lo mejor era acercarse al mar de la forma más natural, más panteísta, más primitiva, más intensa: pintaría con los dedos.


Embadurnó sus manos con la pintura.

Replegó los brazos, abrió los dedos en forma de abanico, tomó impulso y aterrizó sobre el lienzo.

Movió las extremidades como un japonés loco. Trazos, manchas, lunares…los dedos se deslizaban en juegos contrarios: decididos y confundidos, enérgicos y retraídos, potentes y tímidos.


Sintió que el cuadro comenzaba a tomar cuerpo.

Cerró los ojos y tomó distancia.

Quince pasos hacia atrás.

Se tronó los índices. Estaba listo.

Al abrir los ojos no se topó con el mar.

Al abrir los ojos se encontró con un tenedor azul.

Había pintado un tenedor azul.

Cambió el orden de la lista de cosas por hacer:

Llamar a Simona para pedir cita. La saludo en consulta-
(continuará...)



Juan


I. Un lienzo en falso.




A un querido gato sorpresa.



Los cuatro años que Juan estuvo encerrado engordó significativamente.
Él no sabía la cantidad exacta de kilos.
Se sentía hermosón pero no quería pesarse.

Al volver a casa volteó los espejos y pensó en usar las monturas para sus cuadros.
Abrió su armario y dio un grito de alegría….
¡allí seguía toda su ropa….!
!qué ganas tenía de usarla después de tanto tiempo!

Acarició una a una cada camisa.
Abrió la gaveta de la ropa interior y olió sus calzoncillos.
Separó cada calcetín de su par y se acarició el rostro con ellos.

En un arrebato se despojó con violencia de la ropa que llevaba puesta y comenzó la reconquista de su armario…
Se probó todo.
Pieza que se probaba, pieza que tenía que dejar a un lado porque no le servía.
Una hora después había una montaña multicolor en el suelo de su habitación.

Intentaba embucharse en unos jeans que no cruzaban la frontera de sus rodillas cuando sonó el timbre.
Súbitamente cogió la sábana superior de la cama, le hizo un agujero en el centro y pasó su cabeza por él.
Parecía la carpa de un circo.
Ya estaba vestido.
Se sentía muy cómodo.
Abrió la puerta.
Su pedido estaba allí.
Seis lienzos de gran formato, un bote de trementina y una caja de óleos.
Dio unas monedas al chico de reparto, cerró la puerta con el pie desnudo, corrió las cortinas y abrió las ventanas.
Aspiró el aire de aquella mañana y pulsó un botón para que Jim Morrison fuera testigo de su alegría.

Soy feliz. Soy feliz. Soy feliz.

Voy a pintar el mar. Hace cuatro años que no lo veo, que no lo huelo, que no lo siento
.

Lo dijo en voz alta, casi gritando, mientras espachurraba el tubo que guardaba el azul cerúleo sobre la paleta.

Se hizo con su mejor lengua de gato, alzó el brazo y cuando iba a hundirlo en el óleo se frenó.
Lo intentó tres veces más y la escena se repitió.
Era como si una pared invisible obstaculizara su movimiento.
Miró perplejo el lienzo inmaculado.
El blanco impoluto de la lona le hirió los ojos y cinco lágrimas bajaron por sus ahora redondísimas mejillas.

No. Otra vez no.

Pensó en llamar a Simona.
Tras unos minutos decidió darse una oportunidad.

Son cuatro años sin pintar.
Es normal que pase esto.
El encierro merma la creatividad.

Abandonó el pincel.
Buscó una agenda.
Comenzó una lista.

Tengo que ordenar mi vida.
Comenzaré por el principio.


24 de enero de 2008

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Entre langostas y vodka

A Adriano González León.




Fotografía Karim Dannery


Te vi hace tres años.

Estabas casi como siempre.

Acodado en la barra, vaso en mano, rodeado de gente y de humo.

¿Eres tú?, pregunté…

¿Dónde has estado? ¡tengo mucho sin verte!, contestaste.

No te creí.

Miré tu vaso.

Hielos a la deriva.

Y soda.

Sonreí.

Entonces sí hablabas tú.

Sí me habías pensado.

No confundías recuerdos.

No había nubes.

Ibas sin aquellos filtros mágicos

que juntan rostros sobre rostros,

que obligan a hablar a la desesperada,

que nos arrancan la piel

dejándonos con la soledad en carne viva.


Nunca hablamos de letras.

No entiendo por qué.

O quizá sí hablamos.


(Bebíamos tanto...)


Tú.

Una tarde.

Preso en mi carro.

Una tranca, un trancón, un atasco

nos impedía llegar al bar.


Gritabas.

Blasfemabas.

Insultabas.

Amenazabas.


Me bajo. Me voy a pie. No puedo
.


Me cansé.


Te dije:

Si no te callas te bajo yo. A patadas.

Me importó un bledo tu altura intelectual.


Callaste.


La noche terminó entre langostas y vodka

Y tú ejerciendo de cuenta cuentos.


¿recuerdas?


Una excursión al mar.

Una chica pensativa en la roca.

El motor calado de una lancha.


Tu casa, un restaurante.

Tu aula, un restaurante.

Tu refugio, un restaurante.

Tu mirada última, un restaurante.


Ódiame.


No paro de preguntarme qué comías

cuando el rayo te partió.


Si voy a Madrid te llamo...

(intercambiamos números y servilletas)

...aunque ya no beberemos vino.


Esa llamada no será.

Ahora me quedas en papel.


Adiós Adriano querido...


http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2577



Gastroperversiones II



Tite


Tite dice ser un animal de sangre caliente.

Se escucha así:

Soy un bicho caliente.
Por eso la tierra, las mujeres y la sopa me gustan calientes.

Akiko, la hermana de Tite, lo escucha aburrida, entorna los ojos y sirve la mesa.

Tite destapa la olla de la sopa.

Tres columnas de humo fragante suben hacia la campana extractora y se convierten en líquido.

Con cierta solemnidad, Tite saca un termómetro de bolsillo y lo introduce en el caldo.

90 grados. Le falta.

Akiko le planta cara.

De eso nada. La sopa está lista. No se va a calentar más.

Tite se encoge de hombros y limpia el termómetro con una tela que tiene especialmente reservada para ello.
Lo coloca en la mesa junto a la cuchara.

¿Te sirvo, hermano?

No, hermana. Me sirvo yo.

Busca en el estante el servicio de fondue.

Sirve su porción de sopa en el cazo de hierro.

Enciende el quemador y posa el cazo con sopa sobre la fuente de calor.

Abre el quemador para darle paso a una llama fuerte.

Tite está concentrado en su marmita.

Los trozos de char siu bailotean frenéticamente.

Los fideos se retuercen.

El picadillo de bok choy y de shitakis se amolda a las paredes de la fondue formando una corona vegetal que late.

Tite cuenta:

Cinco…cuatro….tres….dos….uuuuno….cero…YA!

La sopa rompe a hervir y él sonríe feliz.

Busca en su bolsillo un tubo metálico que atesora un Hoyo de Monterrey torcido a mano.
Con una guillotina corta la parte trasera del puro y con una cerilla larga lo enciende.

Intercala caladas y cucharadas de sopa.

De pronto para.

Perdona mis modales Akiko.
Buen provecho, hermana.

La respuesta de Akiko fue una mirada de ónix.

Tite la sintió.
Tras diez caladas y diez cucharadas de sopa le replicó:

No me mires así. Tú fumas después del café y yo no me quejo.

Avivó la llama del quemador y siguió disfrutando de habano y sopa.


Olivas y Vermouth


El genio del amor y el genio del hambre, dos hermanos gemelos, son los motores de todo lo que vive. Todo lo que vive se pone en movimiento para alimentarse, para reproducirse. El amor y el hambre…su meta es la misma. Es necesario que la vida no cese jamás; es necesario que se mantenga y cree.

TURGENIEV Pequeños poemas en Prosa XXIII

Salud!

Feliz 2008!

Gastroperversiones I





Henar


Henar es de combinaciones osadas.

Le gusta juntar lo salado y lo dulce en un mismo plato.

Pelayo, su marido, es gastro ortodoxo.

Militante fundamentalista de la cocina sana, simple y clásica.

Cenan juntos todas las noches.

Ensalada verde.

Pescado a la plancha.

Agua fresca.

Comen, se miran y se toman la mano.

Él la quiere ayudar a recoger los trastos.

Ella lo mira con ternura,

le dice que no es necesario,

lo anima a descansar.

Ya lo hago yo, cariño.
Ve al sofá.
Hoy es miércoles.
Hay fútbol.


Él la mira travieso,
le pellizca el trasero,
la besa,
se va.

Ella recoge.
Decide lo que se comerá mañana.
Lo descongela.
Hace la lista de las cosas pendientes.
Se mira las manos.
Se lima las uñas.
Saca todos los platos de los estantes.
Los recoloca.
Lee los clasificados.
Hace un crucigrama.
Y mira el reloj.

Una hora.

Aguza el oído.
Contiene la respiración.
Camina de puntillas hacia el sofá.

Pelayo ronca.

La luz del televisor reverbera en la oscuridad del salón.
El mando a distancia cayó a la alfombra.
Ella pasa su mano frente a los ojos de su marido.
Lo hace como quien limpia un vidrio.
Luego tose suave y espera.

Nada.

Tose más fuerte.

Nada.

Entonces sonríe.

Vuelve a la cocina.

De la nevera saca un chuletón con portentosas vetas de grasa.
Lo cocina en una sartén de hierro.
Cuando está listo lo pone en un plato de barro.
Coge el bote de nata montada de un litro.
Lo agita y lo vacía sobre la carne.
El suspiro de la cánula le indica que la nata está a punto de agotarse.
Hace una figura caprichosa.
Termina su obra de arte coronando la crema con una aceituna y una cereza.

Oye un ruido.

Es su estómago que brama feliz.

No puede esperar más.

Devora con fruición el plato.

A escondidas, a solas y en silencio.

Como todo vicio inconfesable.


Odilé




Odilé corrió las cortinas de la terraza.
La luz del sol lo invadió todo.
Un día prometedor…
Miró hacia afuera.
La calle bullía.
Qué bien!, pensó entusiasmada.
Se sentía feliz.

Antes no.
Antes era una desgraciada.
Tenía éxito en todo aquello que emprendía.
Menos con los hombres.
Su relación con ellos era tema aparte.
De adolescente fue siempre la amiga de la tía buena.
Los chavales se acercaban a ella para llegar a otras.
Se hizo popular.
Siempre rodeada de chicos.
Sólo eso.
Rodeada.
Porque ninguno se interesó en ella.

Las cosas cambiaron un poco cuando entró en la universidad.
Era la amiga de la tía buena y una gran organizadora de guateques.
Pensó que a mayor cantidad de hombres mayor probabilidad de que uno se fijara en ella.
No sucedió.
Llenó 17 agendas con números telefónicos y se convirtió, por causalidad, en la mejor relaciones públicas de la ciudad.
La más competente, la más divertida, la más “in”, la más irreverente, la más deseada, la que todos querían…como amiga.
Así vio a sus amigas tontear, enamorarse y casarse.
Asistió a pedidas de mano, bodas, bautizos y comuniones.
Siempre de espectadora.

No es que no hubiera catado varón, no señor, faltaba más.
Odilé era una fiesta también en la cama.
Los hombres que estaban con ella llegaban al cielo.
Pero cuando la fiesta acaba los invitados se van contentos y el anfitrión se queda sólo para recoger los restos del naufragio.
Y todos sabemos que una buena fiesta es irrepetible.

Cuando cumplió los 40, Odilé dijo sanseacabó.
Buscó en su agenda de Soluciones Urgentes y Emergentes.
Allí estaba. Una tarjeta en azul croma y letras góticas:


Queen Ludmila

Pitonisa
Quiromantica
Tarotista
Esoterican Consultant

678982165
972625626

Pregunte por nuestro servicio de globoterapia.

Sin pensarlo dos veces pidió cita.
El secretario de Queen Ludmila le dio cita para dentro de mes.
Odilé dijo su nombre y su apellido.
El secretario cambió la cita para dos semanas.
Odilé gritó su soledad.
El secretario le dio cita para dos días.
Odilé le habló de dos fiestas multitudinarias que requerían los servicios de una maga.
El secretario le dio cita para ya.

Dos minutos de consulta con Queen Ludmila le aclararon su problema.
Sopla, le dijo a Odilé, mientras le ofrecía un globo.
Odilé infló el globo y lo ató.
La maga cogió una rosa y clavó las espinas en el globo.
Explotó.

No hay duda. Tienes la maldición de la amiga.
La deflagración no miente. El globo habla claro.
Es grave. No tiene cura.Tiene tratamiento
.

El tratamiento pasaba porque ambas escribieran sobre un papel.
Queen Ludmila escribió un ritual lleno de fórmulas mágicas.
Odilé escribió un cheque lleno de ceros resultones.

En todo esto pensaba Odilé.
¡Cómo me ha cambiado la vida!
Sintió un cosquilleo en el estómago.
Miró su reloj…
Hora del aperitivo.

Buscó en la cocina…
Tenía para mucho donde escoger.
Ricardo la esperaba en la mesa.
Se acercó amorosa.
Le lamió los labios.

Qué rico estás….
Te como entero…


Lo cogió de los pies y lo dejó colgando.
Ricardo agitaba los brazos con desesperación.
Abrió media baguette,
la roció con aceite de oliva
y con un movimiento rápido
cerró el bocadillo y le dio dos mordiscos.

Miró el resto de la lata.
Allí la esperaban Diego, Santiago, Edgard, Mauricio, Rubén y Luis.
Apretados y acojonados.
Hombres en lata.

Cogió a Luis por la nariz y se lo llevó directamente a la boca.
Sin pan.

mmmmmmmmmmmm
…suspiró…mientras bebía un trago de su vermut…
qué delicia….


Caléndula

O breve ejercicio narrativo para pasar página...


Para María Mercedes Grosso.


Caléndula abrió con delicadeza el paquete de azúcar.

Rasgó un trozo del tope dejando así una abertura mínima.

Un pequeño triangulo, un piquito.

Se fue a la puerta de entrada y allí comenzó.

Vertió cuidadosamente el azúcar mientras caminaba de espaldas.

Un camino de polvo blanco se fue dibujando sobre la madera del piso.

Un camino serpenteante y diamantino, con curvas que marcaban el paso del salón a las habitaciones, del pasillo a la cocina, de los servicios al estudio.

Cuando llegó a su cuarto, la línea de azúcar desafió la ley de gravedad, subió a la cama y dibujó un corazón inmenso.

El paquete quedó vacío cuando se cerró el corazón.

Hizo una bola con él y lo tiró por la ventana.

Al caer golpeó la cabeza de Jacinto.

El hombre miró hacia arriba.

Descubrió a Caléndula en la ventana.

El viento hacía bailar sus cabellos.

Él sonrió.

Ella sonrió.

Cerró la ventana y

(desnuda)

se acurrucó en el centro del corazón de azúcar.

Allí esperaría.

No temía quedarse dormida.

Sabía que el sonido de los cristales explotando bajo los zapatos le avisaría que su amor llegaba.

Quería amar con ruidos de azúcar.

Las palabras de Queen Ludmila fueron esas:

Cazarás a tu amor con azúcar.

Cerró los ojos después de elevar una plegaria para que no se tratase de un diabético.

Y se relajó.

Un paréntesis por el NO rotundo


Porque no hay que comer obligado.

Porque no hay que comer lo que no nos gusta.

Porque hay que evitar la comida basura a toda costa.

Porque no queremos la papilla instantánea en nuestras bocas.

Porque el menú único es aborrecible.

Porque no hay nada como pasar de lo salado a lo dulce, de lo agrio a lo ácido.

Porque no queremos saboreen por nosotros.

Porque eres lo que comes.

NO TRAGUES.

DI NO.


Día de Acción Bloguero

Envite / Convite






Los ojos de Alice centelleaban rabia.
Acababa de perder una mano.
La espada de Benny era de las mejores.
Ella lo sabía.
Se enfrentó a él simulando que tenía un arma superior.
La blandió con destreza.
Intentó intimidar al enemigo.
Batalló con frialdad y elegancia.
Pero no pudo ser.
Benny ganó el pase y se quedó con la mano.

Tal y como habían acordado pararon el combate unos minutos.
El tiempo que tomaba al ganador disfrutar del refrigerio.
El pacto así lo establecía.
Se apostaba y se luchaba.
El perdedor cedía su parte.
El vencedor hacía un alto para gozar del botín, comer y reunir fuerzas para el encuentro siguiente.

Benny comenzó a juguetear con su comida.
La tomó y la recorrió con la lengua, muy despacio, de ida y vuelta, sin apartar la mirada de los ojos de Alice.
Alice salivaba.
Con un cruce de piernas disimuló un escalofrío bajo.
Permaneció impertérrita a pesar de que se sentía desfallecer.
Después de lamer y sorber su tentempié, Benny decidió no comerlo. Lo dejó a un lado pensando en ganar los lances que restaban y así darse un auténtico banquete.

Alice perdió su segunda mano.
Esta vez Benny tenía un caballo.
Peleó como una jabata pero pudo hacer muy poco.
Un combate desigual entre cinco copas y un caballo otorgó la mano a Benny.
Él la depositó junto a la otra.
Indiferente, se abstuvo de comer.
Alice lo lamentó.
Le gustaban sus lametones.
Sin saber muy bien por qué se sintió ofendida.
Un escozor caliente se adueñó de su nuca.
Quería que Benny comiera.

La suerte le sonrió a Alice en la tercera ronda.
Tenían armas similares pero ella era más fría que él.
Usando estrategias de escarcha lo puso nervioso.
Subió la apuesta.
Benny aceptó.
Dos veces.
Cuando quiso subir la tercera, él se plegó.
Alice pensó en el premio.
Volvió a salivar.
Le apetecía lanzarse sobre la recompensa,
devorarla de un bocado,
saciarse.
Sintió que sus pensamientos eran transparentes,
que él la sabía entera.

Las pupilas de Benny se dilataron.
Miró a Alice de arriba abajo.
Estudió su piel.
Dio cuenta de sus relieves y depresiones.
Al pensar en oquedades sintió un pájaro en el pecho.
Asomó una sonrisa sardónica.

Alice calculó a Benny.
Hasta ella llegaba su olor a cedro.
Le tentaba su lengua,
le apetecían sus brazos,
intuía en su pelvis una promesa.
Pensaba en él y sus huesos se convertían en gelatina tibia.

Lo sopesaron bien.
Se morían del hambre.
Querían todo.
Hicieron el envite al mismo tiempo:


Todo o nada.

La lidia duró horas.
Oros contra sotas.
Reyes contra bastos.
El hambre los debilitaba.
La idea del otro en bandeja de plata los proveía de una energía inusitada.
Ambos deseaban ganar.
Quedaron tablas.

Eres buena, reconoció él.
Eres bueno, correspondió ella.
Estrecharon manos.

¿comemos? preguntaron a la vez…

No dejaron pasar un minuto.
Él le arrancó una oreja de un mordisco.
Ella arrasó con su brazo izquierdo.

Entre mordiscos, lengüetazos, patadas y rasguños
Desocuparon la mesa de juego.

Había que comer como Dios manda.





La foto: http://alexwilsonphoto.com/


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