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Internet, la lectura y el libro
Giancarlo Stagnaro Hará cosa de un mes, en el avión que me traía de Cusco a Lima, estuvo sentada a mi lado una pareja de esposos estadounidenses, ya entrados en años. Cada uno de ellos venía leyendo: el esposo, un libro convencional; y la señora llevaba en sus manos un aparato que a primera vista se [...]

AmazonKindleGiancarlo Stagnaro

Hará cosa de un mes, en el avión que me traía de Cusco a Lima, estuvo sentada a mi lado una pareja de esposos estadounidenses, ya entrados en años. Cada uno de ellos venía leyendo: el esposo, un libro convencional; y la señora llevaba en sus manos un aparato que a primera vista se me antojó desconocido, si no fuera por la marca reconocible de un portal web: Amazon. Se trataba del famoso Amazon Kindle, un dispositivo para descargar, guardar y leer libros electrónicos.

Resulta difícil que un objeto así deje de llamar la atención. No es cotidiano su manejo en el Perú, ya que sólo se puede adquirir en el referido portal. Me llamó la atención no sólo la destreza con que la señora manejaba el dispositivo, sino la manera en que avanzaba en su lectura, desplazándose con un cursor. Pensé entonces que quizás marido y mujer podían haber estado compartiendo la misma lectura, sólo en soportes distintos. En ese sentido, la imagen se asemeja notoriamente al futuro utópico planteado recientemente en El País, y cuya visión optimista Edmundo Paz Soldán sintetiza de la siguiente manera:

Los nuevos lectores digitales (…) harán esto más fácil y transformarán no sólo nuestra forma de leer; también la idea que tenemos de la literatura. Pronto, no será extraño estar leyendo una novela en un lector digital y encontrarnos con un enlace a un vídeo en YouTube o a un dato en Wikipedia. Tampoco que los lectores puedan mandar, en tiempo real, sus comentarios al autor de un relato o un poema, y que, debido a ello, este decida cambiar la trama de un relato o la rima de un soneto. El autor no morirá, pero la literatura se hará más interactiva. No hay razones para alarmarse: la creación literaria ha demostrado una extraordinaria inventiva para adaptarse a los desafíos de otros medios.

La historia de la literatura demuestra que también es “compatible”: si pudo adaptarse a los cambios de Gutemberg –la primera expansión del libro que originó un cambio sin precedentes en el pensamiento feudal europeo– y luego a la explosión gráfica de los siglos XIX y XX –que derivó en el experimentalismo vanguardista–, también es capaz de hacerlo en estos tiempos de ritmos digitales. Una posición similar es planteada por el narrador argentino Ricardo Piglia:

Lo que ha cambiado básicamente es el acceso a los textos que se pueden leer (…). Las nuevas tecnologías democratizan el acceso a la cultura en sentido amplio y establecen una relación personal muy dinámica con todo ese conocimiento disponible. Ahora, aceptado esto, hay que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra relación con la temporalidad, no sólo porque la tematiza en los tiempos verbales, sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar.

Es un hecho que el tempo de la lectura no ha cambiado. Buena fe puede dar de ello la señora que pausadamente, sin la prisa neurótica de las 500 palabras por minuto, leía su libro en el Kindle, seguramente con la finalidad de entender cabalmente el propósito del texto que venía leyendo. Sin duda, uno de los desbarajustes que genera la lectura compulsiva es que, poco a poco, el lector entienda menos y abandone al fin lo que conocemos como el placer del texto.

Ahora, el problema, para algunos, es que Internet hace imposible llegar a ese placer: quienes suscriben esta idea, como el historiador de la lectura Alberto Manguel, sostienen que Internet sólo es capaz de proveernos “una lectura necesariamente superficial”. Manguel rechaza el postulado de que los libros electrónicos permiten una mayor interactividad: “Un libro se puede comenzar por donde se quiera, se puede meter en el bolsillo y llevarlo a otro sitio, se puede asociar con otro; mientras que la lectura en Internet es interactiva sólo en el sentido que permite el programa”.

¿Cuál es la intención de Manguel de criticar Internet o el libro electrónico? Ya en nuestro artículo “Una aventura intelectual” señalábamos lo siguiente:

En su artículo “Homo legens”, el escritor ecuatoriano Bolívar Echevarría sostiene que quienes fungen de detractores de Internet y las nuevas tecnologías en verdad son aquellos que sienten nostalgia por un modo peculiar de entender la cultura, cuando a ésta sólo accedía una elite determinada, cuya educación evidenciaba superioridad ante el resto del cuerpo social. Nos encontramos aquí ante la noción de ciudad letrada enunciada por Ángel Rama (1984). El muro levantado por las instituciones letradas –universidades, medios de comunicación, industrias editoriales, camarillas de poder– genera expresiones de resistencia cultural que, o bien son desdeñadas por la cultura oficial o bien son recicladas (pervertidas, sería el término más exacto) para convertirse a su turno en mecanismos de legitimación.

De ahí que la desconfianza hacia Internet no sea otra cosa que la angustia frente a la pérdida de esferas representativas e institucionales que la potencial expansión de la red desestabilizaría. Por ello, ya se han producido intentos de asimilar los contenidos del ciberespacio, como reglamentarlos desde una usanza jurisdiccional que permite, si no reprimirlos, al menos mantener cierto “control” sobre ellos. Otra estrategia reside en condicionar los sitios web adscribiéndolos a una institución determinada, como sucede con las versiones en línea de algunas publicaciones, que se cuelgan de un patrocinador para obtener prestigio simbólico, pero a la larga limitan su capacidad crítica y están condicionados a los requerimientos institucionales del sponsor.

¿Cuánto ha cambiado esta percepción con el auge de la Web 2.0? En ciertas partes del mundo, el acceso a páginas como YouTube o Wikipedia está restringido. Por otro lado, se encuentran las discusiones sobre la generación de contenidos o de cómo estos son administrados. Si bien se ha venido planteando una mayor interactividad con la Web 2.0, sus efectos “reales” no han sido del todo esperados, al menos no en el Perú, que en la esfera sudamericana posee el menor índice de penetración por país (a pesar del auge de las cabinas). Después de todo, lo que el usuario más usa cuando entra a una cabina es el correo electrónico y el chat.

En ese sentido, es atendible la observación que formula Sandro Marcone, de la Red Científica Peruana, en un artículo publicado la semana pasada en El Comercio. Es cierto que el problema pasa por una evidente cuestión de infraestructura, pero también es cierto que, en comparación con otros países, la presencia peruana en Internet es muy baja. Es decir, no sólo no generamos acceso, sino que también brillamos por nuestra ausencia en lo que a contenido, inventiva y rigurosidad se refiere.

Pero también ese cuestionamiento que propone Marcone se vincula inexorablemente con la manera en que interpretamos el problema. Por lo general se suele creer que Internet es un subproducto de la cultura juvenil masiva –ellos, después de todo, componen la mayoría de usuarios–, que contiene evidentes roles comunicativos, pero que no se entiende o no es percibido como un factor de cohesión social. Y lo puede ser, dado que las herramientas están ahí, pero no se le entiende de ese modo.

Lo que al fin y al cabo tenemos es un problema de lectura. De igual modo como nos comportamos frente al libro, cuyo potencial de fomento ciudadano aún resulta terra incognita para muchos de nuestros compatriotas, como los aún “exóticos” Kindle o Sony Reader, en coexistencia pacífica con el libro impreso. Es evidente que con una mayor capacidad lectora, fomentada por una cultura democrática del libro, aumentarán exponencialmente nuestras competencias en el manejo de la virtualidad. Y ese es un reto no de mañana, sino de nuestro presente urgente e inmediato.



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Porta 9
Acaba de aparecer Porta 9, un nuevo espacio para la literatura virtual. Dirigida por Francisco Ángeles, esta página web ofrece un anticipo de las entrevistas en formato de video con diversos escritores nacionales. Por el momento, sólo podemos ver un avance promocional. Pero se anuncia que, desde el lunes 7, el portal iniciará sus publicaciones periódicas. [...]

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Acaba de aparecer Porta 9, un nuevo espacio para la literatura virtual. Dirigida por Francisco Ángeles, esta página web ofrece un anticipo de las entrevistas en formato de video con diversos escritores nacionales.

Por el momento, sólo podemos ver un avance promocional. Pero se anuncia que, desde el lunes 7, el portal iniciará sus publicaciones periódicas. Estaremos esperando.



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“La pata de mono” y Enrique Congrains
Giancarlo Stagnaro Gracias a una gentileza de José Donayre Hoefken, responsable de ediciones Copé (Petroperú), damos a conocer estos videos alrededor de la presentación de la novela El narrador de historias, de Enrique Congrains Martin. La novela, como se sabe, relata la historia del narrador oral Cayetano Cómpanis, que se presenta en una convulsionada ciudad de [...]

Giancarlo Stagnaro

Gracias a una gentileza de José Donayre Hoefken, responsable de ediciones Copé (Petroperú), damos a conocer estos videos alrededor de la presentación de la novela El narrador de historias, de Enrique Congrains Martin. La novela, como se sabe, relata la historia del narrador oral Cayetano Cómpanis, que se presenta en una convulsionada ciudad de Mendoza para dar su versión del cuento de horror “La pata de mono”, de W. W. Jacobs.

El primer video describe la presentación de Congrains en Crisol, el lunes 14 de enero. Los tres siguientes constituyen la presentación final de la “semana Congrains”, en la Casona de San Marcos, el viernes 18, donde el autor peruano, fiel a su estilo, narra el cuento de Jacobs.

Presentación en Crisol:

Congrains en la Casona (primera parte):

Segunda parte:

Tercera y final:



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Puto el que lee esto
  Marlon Aquino Ramírez Cuando vivía en Argentina, una de mis mayores satisfacciones era comprar la revista Ñ de El Clarín. La había leído antes, por internet, pero será inolvidable para mí la primera vez que me acerqué al quiosco y, tras entregar un peso (o peso y medio, no recuerdo bien), el amable vendedor me alcanzó [...]

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Marlon Aquino Ramírez

Cuando vivía en Argentina, una de mis mayores satisfacciones era comprar la revista Ñ de El Clarín. La había leído antes, por internet, pero será inolvidable para mí la primera vez que me acerqué al quiosco y, tras entregar un peso (o peso y medio, no recuerdo bien), el amable vendedor me alcanzó la versión impresa de dicha publicación cultural. Me parecía increíble que por tan módica cifra (un peso argentino equivale a un sol peruano) pudiera tener acceso a tan valioso material. Al recorrer sobreexcitado sus páginas, por momentos recordaba al antiguo, bastante antiguo, “Dominical” de El Comercio que, además de tener muchas más páginas que el raquítico “Dominical” de estos tiempos, presentaba artículos extensos y profundos. Sin embargo, pienso que ni ese viejo suplemento nuestro puede compararse con el argentino. Esto se explica claramente: ley de la oferta y la demanda. Los argentinos están más interesados en la cultura que los peruanos, por ello demandan y compran cultura; por ello hay una oferta de calidad.

Este comentario viene a raíz de un texto de Roberto Fontanarrosa que encontré ayer entre mis cajas - archivo y que quería compartir con ustedes. Estaba dentro de una de esas revistas Ñ que compré en mi travesía argentina. Transcribo sólo una parte del mismo. Si quieres ser escritor, tienes que leerlo completo.

PUTO EL QUE LEE ESTO

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora. La leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.

No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo. El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas.

Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.

Roberto Fontanarrosa



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Escribir en tiempos de la novela histórica
Alejandro Vázquez Ortiz No es coincidencia que la única forma de narratividad que últimamente ha tenido un éxito apabullante, sea la novela histórica. No es casualidad que junto a ella, sólo se alzan algunas sombras paliduchas que recogen la estafeta de la historia y la prolongan sobre los individuos, o ficciones inocuas. No dudemos [...]

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Alejandro Vázquez Ortiz

No es coincidencia que la única forma de narratividad que últimamente ha tenido un éxito apabullante, sea la novela histórica. No es casualidad que junto a ella, sólo se alzan algunas sombras paliduchas que recogen la estafeta de la historia y la prolongan sobre los individuos, o ficciones inocuas. No dudemos que en el fondo de todo esto no hay sino el anhelo, por demás positivista, de que algo se pueda rescatar, como conocimiento, de los discursos literarios. No es coincidencia que si bien la novela se perfeccionó para entretener las imaginaciones de la nueva burguesía del Renacimiento que disfrutaban de mucho tiempo de ocio; la novela histórica surja, no como divertimento para el recreo –aunque en el fondo lo sea–, sino como una ocupación más para los hombres que, a pesar de que no tienen tiempo libre alguno, deciden convertir su tiempo libre –la lectura– en un trabajo.

El mandato del capitalismo es, por supuesto, producir. Y la forma que ha encontrado la novela histórica ha hecho que el disfrute del ocio se convierta en un episodio más de la instrucción académica, o por lo menos así tiene que parecerlo. La novela tiene que producir: no ya como mero trofeo de los best-sellers, sino como un conocimiento que pretende deslindarse, a fuerza de repetirse, de su carácter subjetivo.

Estas consecuencias han sido nefastas para toda la producción literaria. Puesto que, por necesidad, toda novela tiene que rescatar el sentido más esencial de la ‘producción’, su sentido etimológico: del latín pro-ducere, que sería algo así como “poner en muestreo” o “mostrar”, “conducir un desocultamiento”. Toda la narración enuncia, pues, una verdad. Puesto que aquello que surge con un movimiento tal que se nos aparece es ya de por sí una verdad que nos trastoca y nos transforma. ¿A quién le importa, que en el fondo, todo o parte del contenido histórico de una novela, sea mentira? ¿No ha encendido los debates sobre el cristianismo la novela de Dan Brown, tal y como lo hacían en su momento las reformas eclesiásticas y los cismas vaticanos? La gran promesa de redención de la verdad tenía que ser no una crítica, sino un Gran Desvelamiento, una gran producción histórica, que sea falsa o no, se nos aparece con una insólita cristalinidad que no tienen ni las revistas de arqueología ni las ediciones críticas de los evangelios apócrifos.

Y la triste contrapartida de este edificio luminoso, que ha hecho las veces de máquina de batalla de los editoriales, es justamente la literatura marginal y sus tratamientos consecuentes. Una literatura de la “se-ducción” (como contrapartida directa de la “pro-ducción”, es decir la literatura del “ocultamiento”), esa que también se llama “maldita”, no pueda ser sino arrumbada a las márgenes de la literatura y de las fraguas editoriales. Hasta que, pasado un tiempo, se les rescata, eso sí, ya como producción: acompañadas con sendos estudios filológicos, perfiles biográficos, análisis psicoanalíticos y críticas apologéticas que nos “muestren” la lógica de los autores y rescaten el “verdadero” secreto sentido que “realmente” producían.

Así, el Marqués de Sade nos mostró el lugar que ocupa la sexualidad que lucha contra la represión; Baudelaire nos muestra el vacío melancólico que sobreviene ante la falta de mitos modernos y reconstruye toda la psicología de la posmodernidad; Heinrich von Kleist un antecesor de Kafka; y el propio Kafka un profeta que “muestra” las insólitas consecuencias de los idilios de los gobiernos con la burocracia.

Todo es, pues, cuestión de mostrar, enseñar, aplicar; tal y como en la ética capitalista del contexto y la ciencia, un conocimiento es totalmente inútil si no se aplica y produce. El imperativo está, pues, en escribir para dar cuenta de esa verdad, y no puede ya el escritor saltarse esa relación que le ata a sí mismo como sujeto. No puede el escritor ocultarse, sino que su mandato primero es mostrarse: y mostrarse de maneras bien particulares… En realidad, toda su producción está condenada, ya de por sí, a mostrarlo. Es casi una tautología y, por supuesto, es de lo más absurdo intentar salir de ese círculo: su palabra, quiéralo o no, ya da cuenta de sí misma…

Así pues, incluso esta literatura “maldita” es obligada a hablar, está obligada a fungir como documento histórico. Y desde esa obligación es, necesariamente, colocada en los escaparates de las librerías. Bien claro esto resulta la imposición de este muestreo descarado hasta en los aspectos más nimios y últimos de las vidas y obras de los escritores: claro que esto nos remitiría a un problema más complejo que es el del lector como figura democrática del libre escoger. Es decir, ¿por qué un lector no escoge al azar el libro que ha de leer? Contemplar esta pregunta es la remanofacturación de otra más peligrosa: ¿qué es elegir, sino someterse a los regímenes de la producción, de la “muestra”? En cualquier caso, esto es otro tema.

Obviamente, la novela histórica no necesita que los críticos y filólogos se sumerjan en ella para dar cuenta de su verdad. Principalmente por la absoluta nulidad de los sujetos (sujetos-personajes y sujeto-autor) que no son (como en la Historia misma) mas que meros accidentes de un devenir arquitectónico y estructural, un devenir histórico… Por ello no se necesita ninguna especie de fino oído para escuchar reverberar el hilo de la verdad que se recorre, sino que es justamente el lugar más puro y limpio en donde la palabra da cuenta de sí misma o, mejor aún, en donde la palabra da cuenta de la humanidad entera y su destino.

Por parafrasear a Hegel, cuando nos asomamos a la novela histórica, contemplamos, en cierta forma, el Sepulcro de Cristo, en donde los cruzados vieron el semblante de Dios que no era otra cosa que el espejo de la modernidad, forjada a palos y a sangre por la Historia. La Historia da cuenta de sí misma para, por fin, detenerse.

Escribir en tiempos de la novela histórica es escribir en el lugar del “eterno retorno”; espacio de la total exposición de la palabra, desnudez de los significados, que tienen a su disposición toda una batería jurídica, psicológica, moral y filosófica, que los descifra y los muestra como mercancía barata, para disfrute de sus consumidores. Lugar del que no se extrae ningún espacio público, ni ningún diálogo, ni ningún debate… sino que, todo lo contrario, impide que la Historia continúe, desde el espacio que la propia Historia funda para contemplarse a sí misma y las características que le son propias de sí misma.



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Testimonio de parte
Giancarlo Stagnaro   Pude conocer a José B. Adolph en 2003, a propósito de la salida de su reciente libro para entonces: la novela Un ejército de locos, continuación, si cabe el término de La verdad de Dios y JBA. Tocando nuevamente los terrenos de la distopía y la crítica a la religión, Un ejército de locos [...]

fotoadolph.jpgGiancarlo Stagnaro

 

Pude conocer a José B. Adolph en 2003, a propósito de la salida de su reciente libro para entonces: la novela Un ejército de locos, continuación, si cabe el término de La verdad de Dios y JBA. Tocando nuevamente los terrenos de la distopía y la crítica a la religión, Un ejército de locos revela la pugna mundial por el control del mundo de dos corporaciones: Unisoft y Macrosoft. Este conflicto enmarca, con cierto aire new age, los debates entre ciencia, religión, sexualidad, los orígenes y fines del mundo, entre otros tópicos.

Nos citamos en el famoso restaurante Las Mesitas, de Barranco, e hicimos unas fotos en los pasajes colindantes a la avenida Grau. A la cita también asistieron su pareja, la pintora Delia Revoredo, y Daniel Salvo. La conversación, amenizada por un potente plato de tacu tacu con milanesa, giró en torno a la ciencia ficción, la crítica literaria peruana, el cine y temas colindantes. Adolph siempre obsequiaba a su conversación preguntas y observaciones absurdas y sarcásticas que volvían nuestras verdades asumidas absurdas y sarcásticas.

Es decir, la personalidad de Adolph siempre se dedicó a socavar nuestra centralidad como sujetos, las pocas seguridades que nos quedan, mediante un sarcasmo provocador e implacable. Maestro del humor negro, Adolph siempre cuestionó los criterios de autoridad y cómo éstos eran naturalizados a través de la educación, los medios de comunicación, la tradición, la literatura canónica (y la manera de comprenderla)…

De ahí que resultara normal hasta cierto punto –aunque se podría decir que “normal” era un término desconocido para el vocabulario adolphiano– que la revista El Hablador lo entrevistara para su tercer número, a propósito de un dossier sobre ciencia ficción en marzo de 2004.

En esta ocasión, la cita fue en su casa de la calle Ocharán, en Miraflores. La conversación parecía prolongarse horas. Cierto es que hablar de ciencia ficción en el Perú se asemeja a la búsqueda de una aguja en un pajar. Para el alemán Wolfgang Luchting, el género es irrealizable en el país debido a nuestras endémicas carencias modernas y tecnológicas. Sin embargo, los años se han encargado de rebatir este aserto cargado de eurocentrismo (como aquella versión de que las Líneas de Nazca fueron hechas por extraterrestres y no por una civilización andina). Hay escritores de ciencia ficción en el Perú, pero requieren de mayor difusión, como muchas manifestaciones artísticas en el país. El interés por este género sigue latente.

En todo caso, Adolph no prefirió el encasillamiento. Practicó distintas formas literarias. Antes de conocerlo recuerdo haber leído la magistral “Marita en el parque”, en la antología del cuento fantástico peruano de Harry Beleván, en el que la verdad de un infanticidio se muestra tan insoportable que es mejor no decirla. Otro relato memorable es “Impunidad”, aparecido inicialmente en el número 38 de Hueso Húmero, en el que el narrador asume el punto de vista de un cazador de nazis camuflado como periodista en Lima, en busca de uno de los responsables por la matanza de miles de seres humanos en los campos de concentración del nazismo, un ser diabólico: el mismísimo Josef Mengele. El fugitivo se oculta en la Selva amazónica peruana. Cuando el cazador de nazis finalmente arriba al pueblo donde se encuentra el asesino para ajusticiarlo en nombre de sus víctimas europeas, los pobladores señalan a un ser beatífico, un médico que prodigaba atención y cuidados a los más necesitados y olvidados del Perú.

El Hablador le agradece muchas cosas a Pepe Adolph. Estuvo en primera fila durante nuestra presentación en el centro cultural de España, allá por abril de 2004. También ha sido lector conspicuo de la revista y comentó positivamente esta bitácora en un artículo de su columna “El señor de los colmillos”, en la revista Caretas.

Hay muchas cosas que aproximan a Adolph con “otros habladores”, como Pablo Guevara. Considero que ambos son los mayores representantes del humor literario en el Perú en los últimos años. El primero desde la narrativa, el segundo desde la poesía. El primero, dueño de un sentido corrosivo y crítico; el segundo, de índole más rabelesiana y menos cáustica. Pero ambos compartían ese afán desmitificador e iconoclasta que los volvía tan solicitados y escuchados por las jóvenes generaciones.

Precisamente, muchos de ellos han venido reivindicándolo en los últimos años. No es casual que en el reciente congreso de narrativa en Huanchaco se organizara una mesa en torno a la ciencia ficción en el Perú, con tres ensayos de Jorge Luis Obando (Universidad Federico Villarreal), Ronny Vásquez y Elton Honores (UNMSM) sobre la obra de Adolph, más uno de Christian Elguera sobre Clemente Palma. Todos ellos estudiantes de no más de 25 años. Muestra más que suficiente sobre el impacto que el autor de Mañana, las ratas ejerce en los lectores contemporáneos y que, estamos seguros, continuará en los años venideros.

Hasta entonces, Pepe.



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Seamos más sinceros, por favor
Marlon Aquino Ramírez Roberto Bolaño es ahora un escritor omnipresente. Recuerdo que la primera noticia que tuve de Los detectives salvajes fue en 1999, cuando en El Comercio leí un artículo celebratorio sobre ella, pues acababa de ganar el premio Rómulo Gallegos. El título me hechizó de inmediato, me hizo pensar [...]

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Marlon Aquino Ramírez

Roberto Bolaño es ahora un escritor omnipresente. Recuerdo que la primera noticia que tuve de Los detectives salvajes fue en 1999, cuando en El Comercio leí un artículo celebratorio sobre ella, pues acababa de ganar el premio Rómulo Gallegos. El título me hechizó de inmediato, me hizo pensar en una vertiginosa historia de aventuras, misterio, intrigas y, claro, violencia. Quise leerla de inmediato, pero en ese tiempo el precio del libro, como ahora, andaba por las nubes.

Pasaron los años y la novela del chileno seguía siendo para mí una deuda que no veía cuándo saldar. En San Marcos nunca escuché hablar a nadie de ella, nunca la encontré en las bibliotecas. Cuando iba a la Feria del Libro (que por entonces se realizaba en la avenida La Marina), siempre me conformaba con mirarla desde lejos en los estantes, podía haberla cogido y echarle un vistazo, pero no quería ilusionarme con algo que aún escapaba a mi presupuesto de universitario chalaco.

Pero el día del encuentro llegó finalmente, y no fue aquí, sino en Argentina (en Córdoba, para ser más precisos), cuando un amigo, que le tenía una fe ciega a Bolaño ciega porque lo idolatraba sin haber leído mucho de su obra literaria me la prestó. Y así, tendido en la incomodidad de mi estrecho camarote de la pensión de la calle La Rioja, leí Los detectives salvajes de cabo a rabo.

Sin embargo, confieso que la terminé de leer por obligación, acaso por vanidad. La primera parte me atrapó, es decir, los fragmentos del diario del jovencísimo, bohemio y poeta, García Madero, cuyos pasos me llevaron a recorrer un D.F. laberíntico, sórdido, casi kafkiano. Pero la segunda parte, con toda esa construcción caleidoscópica de puntos de vista, niveles de realidad y voces, terminó por hundirme en el tedio. Obviamente, no fue la polifonía lo que me aburrió, pues este recurso generalmente produce efectos placenteros sobre el lector y le da mayor profundidad psicológica y existencial a las narraciones (la alusión a Faulkner es inevitable). Lo que me aburrió fue algo que muchos celebran, que consideran el punto clave de la propuesta estética de Bolaño: sus inclinaciones postmodernas.

En la segunda parte de Los detectives salvajes, por ejemplo, hay decenas de historias que no tienen la construcción clásica de Planteamiento- Nudo- Desenlace, no, los relatos apenas si tienen suspenso y no hay ninguna meta a la cual llegar. Bueno, me dirá alguien, “la vida es así”, la vida son fragmentos sin sentido, las historias quedan truncas, la novela positivista quedó atrás. Y claro que tendría razón, pero, al menos a mí, las novelas que me subyugan son aquellas que oponen un orden al caos de la vida (o, en todo caso, un “desorden organizado”, valga de ejemplo aquí Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que cito para que no se piense que soy un conservador en cuanto a estética literaria). Por eso, leer las casi seiscientas páginas de la novela fue todo un suplicio (casi comparable al de la lectura de otra obra premiada con el Gallegos, Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías, que, aun así, me gustó más que la de Bolaño).

En fin, todo es cuestión de gustos y criterios. El mío, eso sí, no puede entender cómo Vila-Matas pudo escribir aquello de que Los detectives salvajes supone un “carpetazo histórico y genial al Rayuela de Cortázar”, novela esta que también es crónica de una persecución metafísica, pero que es, ciertamente, mucho menos nebulosa, más interesante como narración.

Pero Bolaño reina actualmente. Es ese ídolo que toda comunidad siempre necesita adorar (y los lectores de ficción también son una comunidad). Lamentablemente, dudo mucho que la mayoría de sus seguidores idolatren su obra, más bien pienso que admiran su vida, porque vivió como quiso vivir, porque se inmoló con tal de ser fiel su vocación, es decir, porque tuvo esas agallas, esa valentía, esos cojones que ellos, simples observadores, tal vez jamás podrán tener. Y pienso que no está mal que se le admire por eso, porque yo también me quito el sombrero ante el Roberto Bolaño ser humano. Pero, por favor, en el juicio literario, seamos más sinceros, por favor. Yo recuerdo siempre ese viejo cuento del traje invisible del emperador.



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