Poca inspiración para escribir el día de hoy. Leyendo cosas del trabajo. Me gustaría, alguna vez, tomarme un asunto totalmente en serio. He pensado en medusas. Hice este vídeo:
Mayo podría ser portador del VIH. ¿En qué más se puede pensar, mientras se espera el minuto libre de la trabajadora social de un ambulatorio, a ver si te pueden dar cita con el médico, o no? Para estas cosas hay que estar preparada siempre, Lucía. Un libro, por lo menos, y evitamos comernos el coco.
. Aún no sale el resultado de los segundos análisis. Los primeros fueron positivos, pero vaya usted a saber qué cosas se habría metido el buen Mayo dentro y a lo mejor desequilibró su química interna. En algún momento vino la imagen de aquél otro muchacho piurano, tan inmensamente amado en algún periodo de nuestra historia. Su hermosura afeándose en uno de sus abruptos ataques de superioridad, llamando "lacra" a los amigos más queridos por ser diferentes, mundanos, libres a su modo.
Recordaste, apretaste los puños y te prometiste entre dientes, Lucía, que si el segundo análisis de Mayo sale positivo, no te morirás sin buscar a ese ex – todo, a quien no has vuelto a ver desde que te rompió el corazón, y le romperás la boca, por eso, por "superior". Porque te lo imaginas en su caja de cristal pequeñoburgués-católico, despotricando de la gente "rara" (tal vez como tú) y repitiendo con altanería que siempre tuvo razón.
. ¿Y eso, ayudaría a Mayo?
. No, no ayudaría. Es más, sabes bien que el ex aquél es buen tipo, a fin de cuentas. Buen cristiano, por decirlo claro. Hablará, juzgará, así es su especie. Pero si tiene oportunidad, hará algo, qué sé yo, donará sangre (y es cuando recuerdas su broma aquella de: "Yo no donaría mi sangre para que se la pongan a cualquier cholo" y decides dejar de recordar, porque acabarás vomitando en el ambulatorio y no estamos para armar escándalos, mi pequeño saltamontes inmigrante)…
. Piensas si tienes derecho a pensar y escribir sobre esto. No lo sé, niña. Ya es pasado, ¿no? Esta mañana, luego de dejar hablando a aquella mujer en el ambulatorio, cuando te diste cuenta de que la asistenta social no te iba a atender porque había unas cuantas más con cita, antes que tú, te preguntabas si acaso no hubiera podido ser él un mejor primer novio, no poner tanta metralla en el explosivo, siquiera para evitar las esquirlas.
. ¿Una secuela? Mira la fecha de emisión de tu pasaporte y tu carita cadavérica de la foto, por más mueca de sonrisa... ¡PORLAREPUT…!
. Sí, pues, hay que saber ser el primero, digo yo. Es verdad que al final en tu cabeza mandas tú, y tú otorgas derechos a otros para hacerte daño. Chévere, punto para los especialistas en autoayuda. Pero a veces, los soldados españoles matan a los indios. No son los indios quienes imaginan que los españoles están matándolos. Mal ejemplo. Da igual. Que hay que portarse bien, evitar hacer daño, es lo que quiero decir. Y para eso es necesario cierto nivel de madurez, cualquiera no puede. En fin. Que vivan los niños y los locos.
. Mayo está loco. No. Mayo es un niño. Tampoco. A veces ha estado loco, otras ha sido niño, pero también le ha tocado ser plenamente consciente de. Es humano. Un buen humano, autodestructivo él, y bien solidario, digno representante de nuestra ya disgregada comuna. Disgregada por culpa mía, supuestamente yo les pariría sobrina y nos dedicaríamos a cuidar de ella, en nuestros ratos libres de la vida real. Heme aquí, al otro lado del mundo, alimentando patos en una laguna artificial y comiéndome la bilis, que por qué carajo tiene que ser tan complicado hacerse ver de un médico aquí. Como en Bilbao o peor, joder. Nos automedicaremos, pues, Lucía, que en selección de drogas legales soy más o menos buena. ¡Jodida manía de enfermar cuando andamos lejos!
.. El otro día un chileno (ecólogo cincuentón y sexy) me dio la solución al mal trato que sufrían los peruanos en su país: "Que se regresen a Perú, pues nadie les obliga a estar ahí". Sí, québuenagraciapó… Discutir sobre Derechos Humanos y cosas de esas, ¿Pa’ qué? Luego, ¿Qué nadie les obliga? Vamoavé, es verdá que no existe una persona llamada Augusto Fujichet (o así) que vaya a buscarte a tu casa, te ponga una pistola en la cabeza, te obligue a endeudarte con un billete de avión y demás trámites (legales o ilegales), te acompañe hasta aterrizar en Santiago y te meta en una barriada de esas que ocupan nuestros compatriotas en el país vecino del sur, pero… Pero, pero, pero… Que no sé, sin más. ¡Qué viva la globalización!
. Y que viva también mi amigo Mayo. Que vivan los errores en las pruebas de VIH y en pocos días tengamos buenas noticias de ultramar.
. No sé por qué me acerqué tanto a la laguna artificial ésta, ahora me he empeñado en calcular el fondo. No me suicidaría aquí ni a palos, me moriría de frío. Y, para colmo, algo sé nadar. El agua turbia. ¿Tan fría como en el Titicaca, al lado de Amantaní, ahí donde, toda ecológica tú, te fuiste a lavar la ropa ya apestosa que llevabas a esas alturas de la excursión con el Sr. Fernández Barrena, hace casi dos años? Mira, los pececitos, esos que les dieron fritos para cenar, y el reflejo del sol, y esa agua cristalina, y me dolían las rodillas y los dedos de los pies, porque mis zapatos eran muy malos y piso mal, como pato, sí, pato, por eso me gustan los patos, porque de niña caminaba como pato, pero igual me metí al lago y descubrí que ya adentro no debemos dejar de patalear y movernos, o nos haremos cubitos de hielo y nos hundiremos hasta el fondo, el fondo, el fondo, el…
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Actualización a día 14 de noviembre:
¡El examen de Mayo salió NEGATIVO! ¡Él y su novia están BIEN! ¡VIVAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
En esta foto, que tomó mi padre hace 24 años, aparece aún adolescente uno de los hombres más valientes que tuve el gusto de conocer en mi niñez. Fue durante un mitin de Alfonso Barrantes, durante su candidatura a la presidencia, cuando Izquierda Unida empezaba nuevamente a desunirse y, entre las montañas abruptas y pueblos más empobrecidos de Perú, germinaban sin pudor semillas de violencia, sembradas por décadas de injusticia y exclusión social.
Pero el valiente de mi relato, que no es relato, sino una suma de recuerdos vagos de esas que suelo hacer en este blog, no se destacó precisamente por su militarismo en algún bando político (no de manera activista, en todo caso), sino más bien por haber sido el primer hombre en Sullana que se atrevió a ir por la calle vestido con ropa de mujer.
Una mujer elegantísima y guapa, dicho sea de paso. Enorme, bien formada, delicada y coqueta. Yo, a mis ocho años de edad, no podía sino quedarme mirándolo embobada, pues su belleza, andrógina, superaba cualquier estereotipo motivado hasta entonces por la televisión y los comentarios familiares.
Fue valiente porque, poco tiempo antes, los chiquillos de barrio podían unirse y perseguir a pedradas a cualquier homosexual que tuviera la mala idea de pasar por ahí (y loco o loca, tullidos varios a quienes pudiera relacionárseles con maldiciones y brujería, etcétera).
Fue valiente, además, porque empezaba a difundirse información atemorizante sobre "una enfermedad apocalíptica, transmitida por drogadictos, prostitutas y, sobre todo, maricones”. Así murió Simón, el gran varón de Willie Colón. Así se dijo de tantos otros, a quienes bien podría habérselos llevado el cáncer, la tuberculosis o la sencilla vejez. La sociedad fue implacable en aquello que las masas saben hacer mejor: prejuzgar. Sigue siéndolo, en muchos casos.
Y Armín, que así se llamaba, fue capaz de pasar por sobre todo aquello, con los tacones bien puestos y el maquillaje intacto.
Tantas veces se dijo que tenía Sida y el supuesto virus ya le ha durado casi veinte años, sin manifestación alguna. Chismes estúpidos. Su padre, amigo y compañero de trabajo del mío, un señor sencillísimo, ya ancianito, que llora de emoción cada que consigue verme, entre viaje y viaje, solía hablarnos de inyecciones de testosterona y rehabilitación (sí, cosas que aconsejaban los psiquiatras por entonces). Pero nada, nada. El chico seguía pretendiendo ser chica y exponiéndose al maltrato emocional que implica ser diferente (en un lugar pequeñito, pequeñito).
Una vez, mi padre y varios amigos presenciaron un amago de desprecio por parte de unos jovenzuelos desconocidos (porque ninguno del barrio se habría atrevido a levantar un dedo contra Armín, se le conocía desde niño, continuaba el cariño). Los hombres se apresuraron a defender a “la señorita”. Ese día entendí un poco mejor eso de la justicia y el respeto. Sobre todo, respeto. .
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. Tenía ganas de escribir sobre mí, contar que ayer recibieron mis papeles en la policía y ahora resta esperar. Que si me prolongan el permiso de residencia podré respirar tranquila y si no, siempre se puede apelar. Que tengo un margen de tiempo para buscarme un trabajito de media jornada y estoy hasta el pescuezo de laburo “especializado”, entre las prácticas oficiales y mis cachuelos. Que me siento contenta y da igual si llueve, porque ya no se mojan mis pies (gracias a las botas que Kari la bella me obligó a comprar en Lima, claro). Que la victoria de Obama dice mucho sobre las buenas intenciones de la sociedad estadounidense y quiero tener esperanza.
Pero recordé a Armín, pues mi madre me contó hace poco que el súper hombre había ganado un concurso de cosmetología en la capital y su centro de belleza tenía ahora más prestigio que nunca. Se ha convertido en un personaje respetable y sin escándalos. Bien por él y por algunas otras reinas de mi pueblo, hombres y mujeres, entre ellas, mi mamá.
Mira tú lo que me viene a inspirar el coro de "Journeyman", otra de Iron Maiden. Y es que, pese a mi narcisismo, el mundo no gira entorno a mi ombligo (menos mal, qué aburrimiento si así fuera). Bonita letra. Gran interpretación (son maestros). Así nos pasa a quienes disfrutamos de aquello llamado sinestesia. La vida en los dedos. La vida. Me callo. Ahí va:
Sé lo que quiero, digo lo que quiero y eso nadie me lo puede quitar…
He dejado de lado mi trabajo para escribir este post, que lleva algunos días dándome vueltas en la cabeza. Ha sido resultado de una interesante mezcla de emociones, gracias a sucesos vividos las últimas dos semanas:
PRIMERO:
Mi nuevo arribo a España. Sí, era lo que quería. Sin embargo, pensé quedarme en Lima, tenía ya casi un trabajo y todo. El trabajo no salió, entonces debí revisar nuevamente mis opciones. Ay… El calor y la paz que llegué a sentir al pensar en permanecer cerca de mi familia, amigas y amigos fue tan dulce… Dudas.
Dos cuestiones determinantes: tenía un pasaje de vuelta y aún permiso para retornar, sin problemas en migraciones. Habría sido un escupitajo al cielo no tomarlo (al cielo y a cientos de personas que, a diario, luchan por tal oportunidad). Aunque tomarlo, a su vez, fue otro escupitajo, quizás de mayor envergadura, eso sólo el tiempo lo dirá.
El caso es que estoy aquí, satisfecha una parte de mi esquizoide espiritualidad. Pero lejos, muy lejos de todo lo que más amo en la vida, de lo único que aún puede hacerme sentir cargo de conciencia por alejarme: mi familia. Mi mamá. Mis adolescentísimos hermanos.
Sobrellevar este costo de oportunidad sin tener aún logros compensatorios sólo es posible adoptando un saludable cinismo o manteniendo un comportamiento evasivo, fácil de conseguir sumergiéndome en el trabajo, la socialización entre gente nueva e interminables lecturas de textos rebuscados y películas difíciles que siempre terminan haciéndome llorar.
Eso sí, una cosa que no podemos olvidar nunca las personas que migramos por temporadas, de manera desagregada, es la clara y contundente posibilidad de no encontrar, al volver, todo tal como lo dejamos. Ni a todos los seres amados. No es pesimismo, ni determinismo, no señor. Es, ni más ni menos, experiencia.
SEGUNDO
La incertidumbre. Sí, ya estoy aquí. ¿Y ahora qué? Esta temporada, a pesar de mí misma, no tengo proyectos precisos a mediano plazo, que dependan totalmente de mi control. Los factores externos pesan mucho. Encontrar un trabajo (prioridad absoluta, con todo y crisis) y conseguir renovar mi permiso de residencia. Esto último ha presentado dificultades. La policía me pide pruebas de que tengo dinero para vivir aquí y quieren saber cómo he vivido hasta hoy. Lo último es fácil de demostrar, ya está hecho, no aparecí en Bilbao por generación espontánea. Lo primero, complicado.
Y mientras mis hadas, hados y yo pensamos en una solución razonable, me considero afortunada al poder dedicar buena parte del día a las prácticas del máster. Una de mis compañeras posee un rigor metodológico admirable para cada acción, para estudiar cada documento. Hoy descubrí parte del motivo: es historiadora. En general, además, se les nota buena fe a las colegas. Conocimientos favorables para una trotamundos con ganas de trabajar en proyectos sociales y dar clases en universidad. Nada ambiciosa.
TERCERO:
El encuentro con recuerdos buenos, malos, tristes, alegres, interesantes, intensos, recorriendo las calles de Bilbao. Esta ciudad, ahora tan mía y ajena como otras ciudades del mundo (incluyendo aquella donde nací) consigue conmoverme al punto de la familiaridad. Sabrá Dios si se trata de una buena señal. Sabrá Dios cualquier cosa.
CUARTO
La confirmación del desarraigo. La irrupción del ego inquieto que se empeña en alejarme de mis afectos más sinceros, porque algún filósofo paterno le convenció en su más tierna edad de que las cajas de cristal no son el lugar más adecuado para vivir y aprender.
Será cuestión de carácter. Hay quienes consideran que echar raíces es una muestra de madurez. Las personas como yo, quizás por pura conveniencia, pensamos que la madurez no ha de estar peleada con el propio bienestar (masoquista bienestar, en algún momento, hay que reconocerlo).
En todo caso, a algunos bichos nos corresponde aprender a desenvolvernos en cualquier espacio, sin bajar la mirada.
Se trata de una búsqueda. Buscamos algo difícil de explicar con un discurso expositivo bien elaborado. A veces, para describir y transmitir lo que estamos buscando, hace falta música, colores, aromas o, sencilla y lógicamente, encontrarlo.
Eso, la confirmación del desarraigo. Nos damos cuenta de ello cuando nos es absolutamente posible abandonar cualquier espacio y, al mismo tiempo, se nos quiebra el corazón al dejarlo, pues hemos tenido tiempo de construir afectos entrañables ahí.
Nos adaptamos a cualquier lugar con mucha facilidad, pero no llegamos a pertenecerle, ni nos interesa poseerle.
QUINTO
La bendición de tener amigas y amigos. Es hermoso saber que existen estas personas en mi vida. No estoy sola. Donde quiera que me lleven la curiosidad y terquedad gatunas, no estoy sola. Y puedo darme el lujo de confiarme, confiarme tanto que ni siquiera me interesa no tener dinero suficiente para un pasaje de regreso en temporada baja (y es aquí cuando el pensamiento evasivo debe entrar a tallar para salvarme de una crisis de pánico o algo peor).
SEXTO
La lectura constante de estudios sociológicos y documentos centrados en el complejo tema de la cooperación internacional y el desarrollo humano. Vaya, tendríamos que agradecer a todos los dioses por habernos dado a una figura como Amartya Sen, para recordarnos cómo debemos comportarnos las personas respecto a otras, con justicia y demás.
Intentando digerir las buenas intenciones de las cincuenta primeras páginas del borrador del nuevo Plan Director de la Cooperación Española 2008-2012, encontré perlitas repetitivas que hablaban solemnemente de potenciar el desarrollo de capacidades en los seres humanos, para que puedan escoger el tipo de bienestar que prefieren, entre una serie de opciones, remarcando la importancia de que esta elección se haga mediante un proceso valorativo individual y adecuado, lo cual hace necesario: 1, que haya más de una opción (lo otro sería determinismo, fascismo o comunismo tradicional… ¡Venga, ya!); y 2, que haya total conciencia y capacidad de elección (ídem).
Bueno, veamos, mi país, Perú, tiene uno de los índices más lamentables en cuanto a acceso a la educación, lo cual resulta estrepitosamente peor en zonas rurales. De salud, ni hablar. Esto, a niveles gubernamentales. Luego están los/las héroes y mártires de toda la vida, con corazones enormes, fina capacidad de indignación e incansable vocación de servicio.
De ese dulce pandemonio, muchas veces, surgen especímenes como esta servidora, con ganas de tocar pelotas y pellizcar paredes internas de úteros varios, preguntando a la cooperación cosas de tipo:
Señoras y señores donantes, yo, una “socia” del “Sur”, en condición de inmigrante en su pobrecito país asolado por la crisis, quiero saber si tengo derecho a procurarme la libertad de tránsito y estancia pasajera en cualquier lugar del mundo, estudiando y trabajando, sin despertar sospechas, ni toparme con todos los muros administrativos que me corresponden por haber nacido donde nací. Eso, como opción válida para obtener el desarrollo que a mí me da la gana alcanzar… ¿No se trata acaso de elecciones personales? ¿O es que está bien que nos desarrollemos, pero sin salir de nuestras fronteras? A ver, ya que tanto hablan de políticas coherentes...
¿Nada?... ¡Bah! Luego no quiero oírles hablar mal de Berlusconi.
…
Libertad de tránsito, sin necesidad de tener dinero o ser diplomática… ¿Por qué no? Libertad para buscar y encontrar.
La necesidad apremia, el dinero siempre es necesario, pero a veces hay más motivaciones, diferentes, contradictorias y aún así complementarias.
Libertad para mantener esas motivaciones escondidas en mi más secreta intimidad.
…
Anoche me desvelé viendo la película Persépolis. Genial Sátrapi. Sátrapi migrante. Dejo un segmento que se entiende perfectamente en su contexto: la protagonista ha pasado una temporada deprimida, medicada y todo. Motivo: la no pertenencia a ningún lugar. En esta escena, despierta de aquello (previa conversación con Dios y Marx). Muy animada. Muy realista, hasta en lo de las piernas velludas (es lo que tiene esto de pasar varios días en cama hecha un moco). Nunca la canción “Eye of the tiger” me pareció tan bien utilizada. Hay muchas “Marjanes” dando vueltas por ahí…
Acaba de estallar una bomba en Pamplona, aquí al lado, en la Universidad de Navarra… Ha retumbado todo...
He llegado a Pamplona. Esta tarde. Fue una bonita tarde. Clara. Dulce. Ahora me muero de miedo, como siempre que empiezo algo nuevo, da igual si ya pasé por esto antes o hace ocho años di alguna vuelta por esta ciudad. . Bilbao, bien, gracias. Lluvioso, humillante, afectuoso a su modo. . Días extraños. Eso. Lo único que quiero es que me lleves lejos de aquí (y de cualquier otro lugar). Creo que, sin querer, en algún momento lo has conseguido. Nada más por ahora. Te quiero, pero este afán de autodestrucción. Gracias por entender y no darme la espalda. Mil gracias.
Hoy es mi última noche en casa. No es la primera vez, sin embargo echo de menos la adrenalina de otros tantos episodios similares, pues gracias a ella, sentí menos la incertidumbre y la lejanía futura, tan cercana, tan autoimpuesta, tan sin sentido a veces y tan... tan... ¿inútil?
Tal vez, por primera vez no sé el motivo, ni encuentro alegría en lo que (ya sé) me voy a encontrar. Si tan solo tuviera un poco más de paciencia, un poco más de fuerza, un poco más de dinero, un poco más de tiempo.
Me siento enferma.
Será que... la incertidumbre no me emociona más. O la certeza de que el mundo está lleno de buenos amigos y amables rompecorazones (da igual hacia dónde mire). O este jodido no encajar, este ir y venir del carajo y tanto afecto despediciado, a cambio de ingratitud y culpabilidad, pues dicen las teorías nuevas que cada quién es culpable de dejarse hacer, justamente por dejar hacer... Dejar hacer.
Corrupción por televisión. Otro presidente vociferante. Puro cinismo.
El saxofonista Jhonny Carter, en el hospital, respecto a sus médicos y demás:
Lo que pasa es que se creen sabios –dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades. Anoche se me ocurrió mirarme en este espejito, y te aseguro que era tan terriblemente difícil que casi me tiro de la cama. Imagínate que te estás viendo a ti mismo; eso tan sólo basta para quedarse frío durante media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido claramente que no era yo, lo agarré de sorpresa, de refilón y supe que no era yo. Eso lo sentía, y cuando algo se siente… Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra… Apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras… No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres tú. Claro, pero cómo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esta cicatriz. Y la gente no se da cuenta de que lo único que aceptan es la baba, y por eso les parece tan fácil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?
Ayer Lucía fue amablemente invitada a escarbar en su pasado y esto le produjo un dolor de corazón de esos que quitan el aire y dejan escurrir un poquito de vida entre los dedos.
Entendió claramente las trampas de los sentimientos. La realidad, la lejanía, por mucha información nueva y museos de Van Gogh, no disminuirán el amor con que se amó al primer amor, ¿para qué seguir negándolo? Eso, aunque racionalmente haya entendido desde hace varios lustros que habemos personas nacidas para permanecer alejadas unas de otras, pues nuestras almas están compuestas por sustancias que al acercarse se vuelven tóxicas y dañinas.
Así, en perspectiva, aprendizaje y biología de lo abstracto. Pero el amor florece en las heridas y hace pensar difuso. Otorga sensaciones de fuerza y alegría peligrosas, pues son ajenas. Envalentona en presencia del ser amado, pero debilita totalmente en su ausencia.
Lucía reconoce: ¿Para esto tanto paliativo? Y sonríe su soberbia pensando en aquellos angelitos imbéciles que colmaron noches intensas desde entonces al hoy, y se pregunta qué les habrá hecho pensar que ella podría amarlos. Quererlos sí, mucho, muchísimo. ¿Amarlos? ¿Con qué mérito? ¿Para qué?
En idas y venidas ha aprendido a conceptualizar su esencia. Cuando amó, no sabía, no podía interpretar. Luego fue tan sencillo: no me gusta que me lleven de la mano por ningún sendero nuevo, sino que me indiquen y yo, tomando aire para vencer el miedo y a mi propio ritmo, avanzaré. Avanzaré sola, me perderé, me encontraré y aprenderé. No conozco otra manera de aprender.
No sé qué nos sucede, mi querida Lucía. No nos gusta que nos acompañen. No nos gusta que piensen por nosotras. No nos gusta que nos señalen un lugar seguro donde debamos permanecer quietas. Sin embargo, disfrutamos de la compañía y nos encariñamos como un gatito, siendo inmensamente felices según la ocasión. Somos tan raras, cariño…
Hace tres años, Lucía supo que, pese al amor, no es saludable vivir los sueños de alguien más, porque los propios se resistirán a morir y la agonía será dolorosa. Hace pocos meses, entendió que no sólo la coincidencia de sueños genera amor.
Ahora, sola y pese a los momentos tristes -cuando la soledad no es tan dulce como en los alegres-, no concibe mejor manera de vivir y llevar su linda carga de ilusiones y esperanzas. ¡Silencio! No debemos interrumpir.
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Ella está en proceso y este proceso no admite extras, ni muertos, ni heridos. Si acaso llegara alguien que merezca un espacio, más le valdrá sabérselo ganar o pasará inadvertido, o será un nuevo ángel de esos a los que se les quiere con todo el corazón, pero si no dan para más, pues no dan para más y ya.
Lucía quiere una verdadera rosa azul. Una rosa azul que pueda ver con sus ojos, no sólo con el corazón.
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(¡Y el p%to “Alejandro” que no aparece de una j%$?da vez!)
Sin tomar conciencia de que estoy pensando mucho en animales alados que acaban chamuscados o derretidos por el fuego, estuve dándole toda la tarde a mi favorita de Iron Maiden, “Flight of Icarus”, cuyo corito he puesto repetidas veces en el subnick del msn y pocos seres humanos dignos de hablar conmigo lo han identificado.
Recordé a la Doncella de Acero al releer las aventuras de Marji en la genial “Persépolis”, obra maestra del cómic moderno, aunque su protagonista me sabe mucho a una especie de Mafalda versión iraní, bastante más tirada a izquierdas, claro (la anárquica hija de Quino tenía a Libertad para salvarla de caer en algún extremo político y podía dedicarse a criticar con maestría todo lo sucedido -¡y por suceder!- en su entorno mundial).
Estuve pensando… ¿Qué necesita una persona para hacerse famosa con sus dibujos o sus escritos, además de ser muy buena (a veces)?. Me refiero a cuestiones autobiográficas. El autor de American Splendor triunfó escribiendo un diario público ilustrado de su “triste y mediocre vida”, todo un icono de la contracultura underground estadounidense. Tal vez él no sospechaba (ahora ya lo ha de saber) la capacidad motivadora de su pasotismo que, a fin de cuentas, no es sino una manera desgarradoramente irónica de vivir contracorriente en (in)sano y pacífico individualismo. Gran tipo, el Harvey ese.
Mi vida no es contracultural y lo de contracorriente es más bien interno, por tanto abstracto, por tanto incomprensible. No va. Tampoco he crecido en un ambiente convulsionado por los conflictos sociales, sólo normalito para la época: mi padre, comunista convencido y activista de los buenos, con un mal carácter reprochable, discutible sentido del humor, federado bancario y luego, fotógrafo y comerciante independiente. Mi madre, profesora de aquellas muy cultas, que se iba a la huelga nacional habiendo adelantado clases y evaluaciones a sus alumnas, pues su conciencia no le permitía dejarlas en el aire (y porque tenía tiempo, seamos francos, que yo, por entonces hija única, no daba tanto trabajo como mis adorables hermanos).
Nada inusual respecto a los demás miembros de la familia. Mentira, sus intrincados historiales bien habrían podido recrearse en una extensión de Macondo, pero como nadie aquí tiene la genialidad de García Márquez, así lo dejamos nomás.
Tal vez algún día me anime a escribir sobre los jóvenes de mi pueblo, que apedreaban maricones, cojos y locos, en mancha*, bien valientes ellos; o acerca de los helicópteros del ejército que pasaban cerquita de nuestras infantiles cabezas, todos con mandíbulas y ojos diabólicos pintados, llevando tropas a la frontera ecuatoriana. Ah, esas épocas de conflicto, apagones, alarmas y cierres de colegios (¡lo bueno de la temporada!). ¡Quédense con su violencia terrorista histórica, compatriotas del nororiente, centro y sur! ¡Nosotros tuvimos guerra de soldados, con tanques y todo!
Es que acabo de recordar a una compañera del master, peruana también, quien siempre buscaba atribuir a su región el sufrimiento de los peores desmanes históricos ocurridos en nuestro bonito país, a cuenta no sé de qué.
Y bueno, Iron Maiden. Se les quiere más (a estos y bichos parecidos) cuando se sabe que las juventudes de otros países no sólo tenían que pasar por sobre sus abuelitas cucufatas y curas desinformados para amarlos con todo su corazón, sino exponerse a la opresión absoluta de un aparato estatal fundamentalista. Bien ahí, Marji.
Y la Doncella dice:
Fly on your way like an eagle, fly as high as the sun. On your wings like an eagle, fly and touch the sun…
Lucía despertó y era una polilla. Sus alitas temblaban impacientes, pero la habitación, demasiado pequeña, no le dejaba volar. Además, se veía demasiado grande en el espejo del tocador y entendía que, pese a haberle ocurrido de un día para otro (lo cual debería dar cierto sentido de normalidad al hecho de ser una polilla), no podría salir así a la calle, por una sencilla cuestión de sentido común.
Recordaba haber estornudado mucho la noche anterior, culpa de los ácaros y esa alergia de viajero tan arraigada y poco elegante que siempre lleva a cuestas. También lloró mucho, pero no ha sido la noche en que más lo ha hecho. Suele pasar a esas alturas del mes y ante decisiones extremas. Algunas veces hemos criticado su debilidad y su deseo de que alguien más, un ser “X” o “Y” o “Z” tome decisiones por ella, sin obligarla a pensar o equivocarse. Que cada quien es dueño de su vida, decimos, que esto y aquello. Pero bueno, un guía sabio, ¿por qué no?
Sabe que como buen “término medio” está obligada a trabajar todo el tiempo, sin descanso, en asuntos no siempre motivadores, pero reguladores sociales, normativos, esos dadores de status perseguidos por todos y todas sus iguales, sencillamente porque alguien ha dicho que antes de los treinta se debe estar ya ganando un sueldo fijo y buscando un buen hombre dispuesto a ayudarnos a salir de problemas.
Una pena no haber sido desplazada, o perdido un ojo en pleno enfrentamiento guerrillero, o acusada de algún tipo de subversión ideológica para, amenazas mediante, hacerse nombrar refugiada política. En su país, estar sana y tener estudios la condena a ser vergonzosamente de derechas o desfasadamente de izquierdas. Una opción populista de baja popularidad tampoco estaría mal. En Europa, no vale un carajo y más bien debería sentirse avergonzada de ser confiable y acceder a créditos. Tú, que tienes para pagar un vuelo en avión, deberías bajar la vista ante los pobres inmigrantes que llegan en patera. Tú, que te has dado el lujo de hacer una maestría (pues seguramente tus padres, acaudalados empresarios latinoamericanos, explotadores de indios y pobres, te la han pagado), deberías callar y seguirnos el ritmo sin chistar en todas nuestras juergas progres, porque has de tener dinero. Tú, que no traes pinta de mendiga y tu pasaporte dice “estudiante”, deberías tener un costoso seguro privado que te permita pasar con asco por sobre la seguridad social.
Sin embargo, la casa materna está llena de garrapatas y le corresponde a ella atraparlas, una a una, y echarlas al fuego. No hay voluntad para llamar a sanidad, no hay dinero más que para la comidita de cada día y que los hermanitos vayan a la escuela. Entonces, Lucía siente en verdad vergüenza de sí misma por procurarse una vida que jamás le correspondió, y sabe que debe atrapar hasta la última garrapata, antes de que se metan en los oídos de mamá y hermanos y no sabe qué hacer para que sus sueños no la aparten tanto de las únicas personas que, pese a putearla, nunca le dirán que no la quieren o que nunca la han querido. Le dirán que le odian, cosa que es normal cuando hay amor y frustración, pero que no la quieren, jamás.
En eso pensaba Lucía antes de dormir y dejar de llorar, pero esta mañana despertó y era una polilla. Sabe lo que ha de pasar con ella: su entorno mejorará. La madre tal vez se anime a seguir trabajando y se case de nuevo, pese a los machistas, inconcientes y heridos hermanos. Los hermanos crecerán y olvidarán la estupidez adolescente que les embarga. Y ella se quedará arrinconada, olvidada, rechazada por su aspecto sucio y terrible olor, las alas tullidas de no volar, hasta que una manzana lanzada por alguien se le pudra incrustada en su espalda blanda (las polillas no tienen caparazón), le provoque una infección general y una noche, sin mucho ruido y con la patitas tensas, acabe de morirse de una buena vez (si no se quema antes en el fuego de las garrapatas, según su naturaleza de polilla).
Eso sí, intentará dejar una cuenta bancaria accesible, para pagar el entierro y la vergüenza y que luego no se hable de más.
Ayer los médicos huelguistas detuvieron el tráfico de la Av. Pardo y los pasajeros de combis y buses bajaron sin llegar al paradero. Es gracioso esto de los paraderos, cada día resulta inevitable escuchar a algún chofer o cobrador/a discutiendo el tema de los paraderos y las multas.
Cosa nueva para los “profesionales del transporte público” esto de detenerse y dejar bajar a pasajeros sólo en lugares indicados por la municipalidad. Más nuevo aún verse en la obligación de detener su marcha completamente para permitir a la gente pisar tierra con seguridad. Muy pocos lo hacen.
Por lo general, se trata de carreras por conseguir clientes, aunque claro, olvidando descuidadamente el concepto de “clientes” que tanto bien nos haría, para mejorar el trato, pues con el servicio difícilmente se podrá hacer algo (salvo que se reordene el parque automotor, lo cual ocasionaría fortalecimiento de mafias, huelgas, protestas y mayor impopularidad para nuestro presidente –el de turno- y allegados).
Pareciera que los choferes de combis y buses nos hacen siempre “el favor” de dejarnos entrar en el vehículo y transportarnos por una bicoca. Con algo de suerte, encontraremos un cobrador o una cobradora que muestre cierto respeto por nosotros, que no nos suene las monedas cobrando el pasaje o nos hable a gritos.
Y claro, todo debe seguir así porque a nadie, ni a transportistas ni a usuarios, se nos ocurre demandar algo mejor.
Por cierto, eso de detenerse sólo en paraderos sucede en las avenidas grandes, donde corren el riesgo de ser vistos por la policía y acabar multados. Y repiten constantemente que lo hacen por eso, por evitar la multa. La seguridad les importa un carajo y esa forma de pensar cobra niveles caricaturescos con el tema del cinturón de seguridad: los chóferes sólo se lo colocan –mal, por cierto- cuando ven cerca a algún “tombo” o “tomba” controlando el tráfico. El cinturón del copiloto, donde a veces se sientan pasajeros, suele estar malogrado, pero te piden u ordenan, dependiendo de tu suerte, que te lo pongas así, por encima, para que el poli lo vea*.
Digo sin miedo que todo este sistema me parece un asco, más que por estar acostumbrada a andar en metro europeo (que tiene su modo de ser una mierda, pero es un “self service” bien estructurado y ordenado), por ser de Piura, donde los taxis cuestan razonablemente poco y las distancias no son largas de andar, la vida en buses y combis transcurre más tranquila y segura y la orquesta de bocinas y palabrotas no llega ni a los talones de la sonoridad que alcanza en Lima.
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Por otro lado, la huelga de médicos del mes, pidiendo aumentos salariales y la renuncia del nada ponderable ministro de salud, Hernán Garrido Lecca. ¿Qué creía el gobierno? ¿Qué con declararla “ilegal” iba a evitarla? A veces me conmueve la ingenuidad de autoridades que hace rato perdieron el respeto de la ciudadanía.
En todo caso, el gremio de médicos es uno de los mejores pagados en Perú: alrededor de tres mil nuevos soles (cerca de mil dólares). ¿Poco? En Estados Unidos, puede ser. En España, puede ser. En Chile, puede ser (entonces, ¿por qué no emigras a Chile y recibes allí los seis mil dólares que como médico te corresponden, y empiezas a pagar lo que cuesta la vida allá?)… En Perú, no. En Perú, ese monto es seis veces un sueldo mínimo vital, y éste sí que es indigno, irrisorio y, aún así, mucha gente vive de él (o con menos), manteniendo casa y familia.
Además, un médico al servicio del Estado (o sea, pagado por el gobierno para atender a las personas más pobres del país y a asalariados en peores condiciones) sólo está obligado a trabajar 6 horas. Luego, puede hacer turnos en una clínica privada o abrir consultorio.
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De ahí, como en todo, empezarán a resaltar los mejores en su trabajo (lo cual es justo) o los de mayor ambición de poder (pienso en un viejo conocido que se sostiene con garras y colmillos a la dirección del Hospital de Apoyo III de Sullana, pese a resoluciones judiciales y demás vainas).
Pero, es verdad, los hospitales peruanos carecen de equipos, medicamentos, personal calificado, buenas condiciones de aseo, espacio. Muchas salas acaban repletas de pacientes y eso, en caso de enfermedades contagiosas o con riesgo de epidemia, es realmente peligroso, tanto para pacientes como para los médicos mismos (así es, muchachos y muchachas, se reconoce públicamente que tienen un trabajo de alto riesgo y merecen mejor trato, pero… me parece que ustedes lo quisieron así, ¿verdad?... ¿No fueron ustedes los que escogieron la carrera, siendo conscientes del país que habitan? ¿O esperaban un cambio acelerado de normas sólo en su honor?).
En general, hay desidia de ambos bandos: gubernamental y administrativo. Desidia y mala fe, por cierto, pues son muchos los casos de enriquecimiento ilícito, a costa de los fondos del hospital, sin contar con el nepotismo, abuso de poder y acoso al que suelen estar expuestas, sobre todo, señoritas de rangos “inferiores” (entiéndase: enfermeras –o enfermeros, quién sabe- y técnicas en salud).
En todo caso, observo hipocresía de la pura en las declaraciones indignadas del ministro, al acusar a los huelguistas de irresponsables por abandonar a los pacientes. ¡Por favor! Como si nuestros gobernantes se caracterizaran por cuidar de nosotros, que a fin de cuentas es su obligación (para eso se les paga, ¿no?).
Si se les ha ofrecido lo que luego no se cumple, hay derecho a reclamar. Sin embargo, el abandono de los enfermos, ¿no resulta claramente antihipocrático? ¿No contradice los principios éticos de la medicina? No lo digo en apoyo a Garrido Lecca y Cía., sino por motivar un modo diferente de protestar y generar verdaderos cambios sociales. Pensar cuesta, lo sé, pero no hace daño intentarlo. Ya hemos visto, en todo caso, que el talón de Aquiles del gobierno peruano no son las manifestaciones callejeras, las cuales, en muchos casos, resultan perfectamente filtradas como cortinas de humo para tapar asuntos aún más turbios.
¿Qué se podría hacer?
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Las profesiones fueron “inventadas”, creo yo, para llegar a un nivel de especialización que nos permita servir mejor a nuestros semejantes. Muy aparte, ese vicio tan humano, tan humano, de querer escalar constantemente, en un afán de éxito profesional (y económico) que a algunas idealistas no nos acaba de cuadrar. Y no nos cuadra, pese a que diariamente nos vemos obligadas a trabajar y ganarnos el pan (no, no hablo de Lucía, ni de mí, sino de la hermosa mujer que viene dos veces por semana a limpiar la casa y cocinar, trabajo complementado con talleres de alfabetización y fisioterapia en distintos puntos de Lima y en su zona, San Juan de Miraflores).
Un problema sustancial del dinero es que si se le deja tomar decisiones por sí solo luego acaba convenciéndonos de que en tanto mayor cantidad tenemos, más le necesitamos. Y esa no es una ley de vida, por favor. Es verdad: cada quién tiene derecho a vivir como mejor le parece, pero una cosa es la necesidad real y otra bien diferente lo que el mercado, los medios y la sociedad nos presenta como “lo mejor”, “lo más apropiado” o, aún peor, “lo más saludable”.
La máscara del capitalismo, un bienestar sostenido por posesiones. Luego crece la inflación pero las autoridades, en vez de hablar claro e iniciar políticas de ajuste económico que impliquen reducir nuestros gastos a lo indispensable, hasta que las cosas mejoren, prefiere asegurar sus pocos puntos de popularidad y seguir manteniendo la pantalla de bonanza que genera el consumo masivo, exacerbado por una colectividad cegada gracias a telenovelas poco realistas, programas de televisión rendidos al rating y muchísima publicidad.
Los seres humanos solemos ser tan estúpidamente inhumanos…
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* Es justo reconocer que no todos los conductores y cobradores de combi con quienes me he topado en Lima obedecen a esta descripción (desafortunadamente son minoría). Sin embargo, sus ganas de hacer las cosas bien se ven frustradas constantemente por el pésimo funcionamiento de la estructura de transporte en general. Como en todo.
Revisé mi pobre billetera china y noté que comprar el bendito MP3 (o MP4, o Ipod) iba a ser la “egoistada” más grande del mes (en mi particular situación, respecto a las particulares necesidades de mi particularísima familia). Además, seamos realistas, ¿en verdad voy a salir a correr cada mañana, tarde o noche, una vez que sea poseedora del aparato de marras? No, porque me da flojera correr y siempre encontraré nuevas excusas para no hacerlo. Debería procurarme más salidas a comunidades rurales, que vivifican cuerpo, mente y espíritu… ¡Eso sí es deporte, caray!
Entonces, haciendo un balance general y dado que sí me gusta escuchar música, conseguiré pilas recargables, nuevos audífonos y algunos discos en blanco, más barato todo; dedicaré un domingo próximo a armar interesantes listas de reproducción (que para eso, entre otras cosas, está la laptop) y seguiré fiel al discman verde que buenamente me cedió mi precioso hermanito de 13 años, ya que en su percepción social de las cosas, el color perico no le resulta especialmente masculino (adolescencia de pueblo chico).
Y eso que pasé a discman porque mi otro hermanito, el de 16, arruinó mi walkman.
No, no soy una activista “anti tecnología”, pero tengo bastante arraigados los principios de necesidad real y el aumento de productividad que debería traer consigo su satisfacción. En todo caso, tengo el orgullo de llevar cinco años sin televisor (que no sin cine), aún habiendo pasado veintitrés lunas de mi vida prestándole atención a la caja reglamentaria que teníamos en la sala de casa.
Por cierto, una compi del master me envió un interesante documental. Algo largo, sí, pero vale la pena:
Luego de dejar a Lucía (y fue como separarme de una hermana gemela, siamesa, así de doloroso), caminé hacia la avenida, subí, confiada, a una combi colorida y me dejé llevar por recovecos extraños, hasta que no supe, oh, dios mío, dónde estaba.
Él en la ciudad. Yo quería verle. Moría por verle. Sabía cuán cansado debía estar y yo, celular en mano, mejor ve a dormir, cariño, aún no sé bien cuánto tardaré. “Te espero”. Sin más. Me espera.
He andado torpe con esto del transporte público en Lima. Tal vez sea la luna, la falta de costumbre, la distracción de premuras y cuentas regresivas. Quiero ver a mi mamá, mis hermanos, mis amigas. Viajes largos, dinero, aquí, allá, libros, picazón, alergias, tonteos de bar, gente que no entiende las señales, mochilas pesadas, salida a campo, asedio, expectativa, admiradores confundidos, un taxista triste (su mujer acaba de irse a Francia, trabaja allá), mucha, muchísima suerte (¿qué hace aquí, sola, señorita? ¿No sabe lo peligroso que es?). Lucía, mi buena Lucía, mis dos Lucías. Yo misma. Por fin el lugar (maldito semáforo). Por fin él.
Sentadito frente a una taza vacía de café y el último trozo de un pastel. Un libro. Sus ojeras remarcadas, sus arruguitas cada vez más notorias (o tal vez, notorias esa noche, de tanto viaje y tanta espera), sus ojitos dulces y sus canas furtivas. Él, mi amigo sin motivos, mi ángel de la guarda, una de tantas lecciones de madurez, uno de tantos dolores pasados, un afecto tan grande, tan grande, que no puedo sino darle las gracias por dejarme quererle sin huir asustado, ni atarme, ni hacerme doler.
Duerme ahora. Es tan grato mirarlo dormir y cuidar su sueño. Abrigarlo bien, que esta ciudad es fría. Acariciar sus llagas. Está herido. Está herido y estoy herida. Sabemos de nuestras historias, nuestras cicatrices. Tal vez por eso este afecto tan puro, tan diferente y tan, a fin de cuentas, amor.
No vale la pena dar explicaciones.
Espero, pronto, aquí o allá, volverte a ver. Y que nos enamoremos de personas buenas. Y que tu ella y mi él nos regalen esta triste y bonita canción, cariño mío:
No sé si se trata de un modo de ser común de la gente latinoamericana, pero noto mucha furia alrededor, muchas ganas de opinar y gritar. A veces me cansa esta costumbre de rasgarnos las ropas para parecer pobres (porque una persona pobre no puede ir limpia y bien remendadita por ahí, nadie se tomaría su pobreza en serio), de llorar y actuar frente a una cámara de televisión, de aullar para asustar.
Estoy cansada de hombres gritones. Estoy hasta el re-culo de hombres violentos.
Sobre todo así, fríamente calculados. Entiendo un golpe en defensa propia, no una planificación, la construcción de una imagen con la ayuda de varios asesores, la clara intensión de amedrentar y motivar el apoyo de los “sin voz”, aquellas personas que nunca tuvieron el chance de hacerse oír y ahora… ¿Ahora? Ahora tampoco lo tienen, pues alguien habla por ellos, pero no les deja hablar. O, en todo caso, les ha condicionado para decir lo más conveniente.
¿Qué? ¿Acaso no hemos visto el fenómeno aquí mismo? ¿Se nos ha olvidado tanto asentamiento humano llamado Alberto Fujimori o Alan García? ¡Por favor!
Y por todos lados, personas sufriendo y muriendo. Personas iguales a toda la humanidad, pero que alguna convención internacional de devoradores de caviar (léase Naciones Unidas) ha considerado oportuno llamar “indígenas”, sólo para resaltar diferencias que les hacen particulares y, contraproducentemente, también los reducen y aíslan. Ganas de dificultar la empatía universal, digo yo. En vez de buscar el respeto y la dignidad entre iguales.
Ni modo, nuestras mentes limitadas nunca renunciarán a la rotulación y conceptualización como principios ordenadores de conocimiento.
Imagino que los gritos de Chávez distraerán temporalmente la atención sobre su asunto con Cristina Fernández (con lo bien que me cae esa mujer) y su relación con las FARC (más y más violencia). A ver si su nueva bravuconada aporta un ápice a la resolución de los tristes conflictos internos que suceden ahora mismo en Santa Cruz (Bolivia). No podemos negar que Evo, a su modo, va siendo bastante más coherente (¿será por esa capacidad cultural andina de escuchar y pensar un poco antes de hablar?).
Por aquí, habas aderezadas. Entre huelgas de médicos y rebrotes "aislados" de tuberculosis, los grandes centros comerciales se multiplican y descentralizan. Cuando llegué, hace un par de meses, miraba sorprendida cómo la gente acudía a estos emporios, ya no sólo por veletería de fin de semana, sino, efectivamente, a comprar y comprar, tarjetitas mediante. El crédito de consumo aumenta, los intereses también, los ciudadanos de clase media y baja, endeudados hasta el cuello. El televisor de plasma en cómodas cuotas y no hay cuándo instalar un water normal, con tapa, asiento para "señoras" y debida conexión al servicio público de agua y desagüe, en vez de la letrina que buenamente construyó el abuelo, hace cincuenta años.
Reviso mi bolsillo para pagar al amable (¡oh, milagro!) cobrador de combi, y saco un reluciente nuevo sol… ¡Del año 2008! ¡Por Dios!
Es entonces cuando empiezo a entender de dónde sale tanto dinero y para evitar entrar en shock, decido bajar unas calles antes de mi oficina, colocarme los audífonos y andar un poco. Me suena mucho aquella propaganda de Vargas Llosa, cuando postuló a la presidencia de la república en 1990, donde prometía, a propósito de la política económica del primer gobierno de Alan García: “Pondremos fin a los excesos de la maquinita” (de hacer billetes).
Ay, mi paisito lindo, ¿qué hiciste tú para merecer estos guías que te han tocado desde que empezaste a existir? ¡Ay, mi continente! Ay, ay, ay…
La buena noticia del día (y que aumente la inflación): R.E.M. tocará en Lima el 14 de noviembre. Oportunidad única. Imperdibles. Geniales. Totalmente recomendables…
Estas son las cosas que nos recuerdan cuán básicos terminamos siendo los seres humanos, pese a nuestras complicaciones, sí, señor.
El 11 de setiembre del año 1973, el dictador Augusto Pinochet dirigió un golpe de estado militar en Chile, desbancando y ejecutando a un presidente democráticamente elegido, Salvador Allende. Sí, socialista. A partir de entonces, miles de asesinatos y desapariciones, aunque muchos dirán ahora: "¡Pero mira lo desarrollado que está Chile!".
Yo no quiero un país desarrollado sobre sangre.
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El 11 de setiembre del año 2001, la organización terrorista Al Qaeda, hizo estrellar dos aviones secuestrados, llenos de pasajeros, contra las Torres Gemelas, en la isla de Manhattan (Nueva York). Murieron 2973 personas.
Consecuencias: la invasión y masacres en Irak, los posteriores atentados en Londres y Madrid y crecimiento de la xenofobia a nivel internacional.
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¿Quién nombró a las personas responsables de todo esto líderes de nuestras vidas y nuestra historia? ¿Por qué el destino del mundo parece no poder salir de sus manos?
¿Debe la gente morir porque piensa diferente? ¿Debe la gente morir para mantener un equilibrio mundial que, año tras año, acrecienta las brechas de desigualdad entre ricos y pobres, que genera injusticia?
Tantos crímenes en nombre de la verdad… Luego resulta, como siempre, que la verdad es aquello que interesa a unos, frente a otros. A veces pienso que ha sido un grave error filosófico eso de dar categoría “absoluta” a la verdad. Somos tan soberbios los humanos, que creemos absoluto algo gestado en nuestro pensamiento…
Tengo el Google predeterminado al entrar en Internet desde mi computadora (Ernesto, perdóname la vida), por ello, esta mañana encontré uno de sus tantos rediseños-buscadores del logo:
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Me hizo gracia el humor negro, dada la coyuntura y controversia con que se ha venido desarrollando el experimento al que hace alusión: el Gran Colisionador de Hadrones.
Justo ahora (10 de setiembre de 2008), entre Francia y Bélgica se ha de estar probando este aparatito, un bicho enorme y subterráneo, cuya finalidad, hipotética, claro está, consiste en: .
Averiguar el origen de la materia,
Explorar la supersimetría (lo que constituye la materia oscura, esa que es invisible pero atrae a los cuerpos de materia visible, de la cual estaría conformada gran parte del universo, vamos),
Observar la colisión entre una partícula de materia y una de antimateria, que se atraen y destruyen mutuamente cuando se encuentran (vaya, vaya, conozco muchos tipos por ahí que bien podrían ser antimateria mía, así dicho), y
Ver qué sucedió los segundos siguientes al estallido del Big Bang, antes de que la materia se ordenara en protones y neutrones. .
Al parecer, la curiosidad humana no tiene límites. Me gustaría sentirme tan emocionada como la cantidad de seres que ahora se han de encontrar ahí, pico metros bajo tierra, al pendiente de los resultados (si no acabaron ya y se fueron a merendar, porque esto de la diferencia horaria nos tiene algunas horas tarde a los latinoamericanos).
Algo gracioso: hace un par de meses encontré por Internet una contracampaña bastante fuerte a este experimento, alegando que el Colisionador en cuestión podría provocar la generación de agujeros negros, lo cual significaría, cuanto menos, el fin de la humanidad. Si recuerdan los capítulos de Flash Gordon y demás héroes intergalácticos de nuestra chiquititud, sabrán que los agujeros negros son peores que esta servidora a la hora del almuerzo… ¡Se lo comen todo!
He aquí el sentido del logo de Google del día de hoy: si se fijan bien, el isotipo (las letras) están siendo absorbidas. Buena gracia, hay que admitir su ingenio.
En fin, por ahora el horizonte sigue gris y sin novedad (gris no por mi estado de ánimo, sino que estoy en Lima y el cielo aquí es gris).
Debo aprovechar para agradecer a mis profesores y profesoras de matemática, ciencias naturales, física y química del Santa Ursula, Sullana, por haber hecho de mí una persona capaz de entender, siquiera medianamente, este tipo de asuntos. Además de la tele educativa de aquellas épocas, claro está (porque lo que es ahora…)
Era temporada de lluvias y la casa se inundaba. Salía agua del desagüe y se metía en todas las habitaciones, pestilente piscina que a la nena le llegaba a las rodillas. Una vez se llenó de hongos, sus pies parecían de niña leprosa, se sintió mal de ser tan delicada. Desde entonces, sus padres decidieron no hacerla más partícipe de la limpieza de emergencia, cada tarde del fenómeno de El Niño en el año 1987.
Era una historia repetitiva. Se oían los relámpagos, luego rayos, entonces arrancaba la precipitación torrencial, que parecía traerse abajo el techo de eternit. Unos cuantos pasos, levantar cortinas y sábanas, subir a la hijita a la cama, para que no se vuelva a “honguear”, y empezar con la barredera, sacar baldes de agua a la calle, antes de que el televisor salga flotando en mierda, por ahí.
El padre solía montar alguna rabieta en contra de la casa de porquería donde vivían. La madre, Perica Mayor, respondía de mala manera y empezaba la pelea sobre intereses varios y respeto, pues fue el abuelo materno quien les mandó a construir esa casa y se las obsequió el día en que ella decidió, contra toda voluntad familiar, casarse con el padre de la criatura “cuatromesina” que luego les nació.
Fue un día de esos, ya habiendo amainado y con el suelo en proceso de rápido secado por el intenso calor del verano sullanense, que ella, aún en la cama de sus padres, amenazada por la posibilidad de contraer un rebrote de llagas si osaba poner un dedito fuera de ese lugar (un buen modo de mantenerla quieta, dicho sea de paso), escuchó una conversación para “grandes”, protagonizada por una niña más niña aún.
Una anciana y un adolescente acompañaban a la pequeña. Pidieron hablar con Perica Mayor, hermana de Perico Imberbe, un tío que estudiaba en Lima y a veces llegaba por ahí y llevaba a sus sobrinas a jugar a la Plaza de Armas y comer helados. Buen chico, el tío Perico.
La nena escuchó con atención, porque en verdad no había nada más interesante qué hacer y aquellas voces graves no tenían pierde. La abuela empezó a explicar una serie de enlaces, encuentros y desencuentros, que aterrizaron en un romance de hacía ya cinco años, entre Perico Imberbe y su hija, fruto del cual había nacido esa niñita tan bonita que les acompañaba. La mujer añadió que no se acercaron a la madre del padre, porque cuando sucedió el embarazo ya les habían humillado, dudando de honras y sugiriendo aborto. En fin, cosas de gente respetable.
Perica Mayor se puso digna, como acostumbraban las señoritas y señoronas de entonces, y no dudó en dudar de la veracidad del relato. Sin embargo, su cariño por los niños le hizo preguntar a la pequeña, con cantito suave de profesora:
- Dime, ¿cómo se llama tu mamá? - Mi mamá se llama Tania. - ¿Y tu papá? - Periiiico.
La nena princesa, subida en la cama de sus padres para no contraer hongos, se echó a llorar.
. Me gustó el concepto y entendí que la censura de la televisión estatal española, para transmitirlo como “publicidad social”, de manera gratuita, quedaría resuelta en buena parte gracias a la contracampaña iniciada en Internet y la acción de muchos bloggers. Por supuesto, dejando fuera a todas las abuelitas a quienes he oído afirmar sobre esto o aquello con el indiscutible argumento de “así lo dijeron en la tele”.
Tiempo después, participé en unos seminarios, con un expositor de Amnistía Internacional. Jurista vocacional y convencido de la importancia de su lucha, agresivo y positivamente cínico, dedicó algunos días a hacernos entender por qué la pobreza es, más que un estrato socioeconómico, un atentado contra los derechos humanos.
Su postura era la siguiente: la pobreza, claramente ocasionada por la pésima distribución de bienes en el mundo, la explotación y el abuso, en beneficio de quienes tienen el poder o la riqueza, somete a miles de personas a una vida indigna, con niveles de supervivencia que debería darnos vergüenza siquiera tolerar.
Y es un atentado contra los derechos humanos, como la tortura, porque no permite a quienes la padecen desarrollar sus potencialidades, ejercer y disfrutar de su libertad.
Por supuesto, el buen hombre nos explicó esto de modo magistral y con terminología legal adecuada. Yo lo pongo en simple no pensando en mis lector@s, sino en mí misma y en mi necesidad irremediable de nivelarlo todo a mi altura, para deglutirlo sin atragantarme (es lo que tiene ser Lucía).
Imagino que la prohibición de las televisiones españolas fue definitiva porque se toca directamente a George W. Bush. He revisado (y recordado) anteriores propagandas de Amnistía Internacional y nunca antes fueron así de punzantes con Estados Unidos. Por otro lado, y pese a los entornos progres en los que suelo moverme (y a mi padre comunista, que en paz descanse), no me causa pudor alguno admitir que es de justicia encontrar por ahí a Fidel Castro, básicamente porque le queda bien eso de afirmar que “toda persona tiene derecho a dejar su país y retornar a él cuando quiera”.
No es saludable cegarnos. Un hombre sabio que pudo ser mi jefe (¡malditas fronteras!), me contó hace poco la historia de un taxista que conoció en La Habana, a quien intentó adular, como buen cooperante, admirándose de lo bien que se estaba allí y lo cultos que eran todos, en comparación con otros países de Centroamérica y Europa. El conductor, con mucha paz, le respondió: “Sí, pero ya me gustaría a mí poder ver esas realidades de las que usted me habla, con mis propios ojos”. Lección aprendida.
En todo caso, me parece bastante valiente la decisión de Amnistía Internacional no sólo de colocar a Bush (Fidel es blanco fácil, no tiene mérito meterse con él), sino también al primer sion… perdón, ministro israelí, al democratísimo presidente chino, al “Rey de Libia”, al amado líder norcoreano, al abstemio y antiperiodístico Putin, entre otros. Todos poderosos. Todos diplomática y económicamente intocables. Todos grandes líderes de un mundo que se va cada vez más al infierno, siendo justamente los más pobres y más jodidos quienes más luchan por vivir. Jodidos desde mi particularísima subjetividad, por supuesto. A saber de autopercepciones varias.
En los entornos tibios y de derecha en los que en esta ocasión me ha tocado moverme (soy voluntaria en una ONG bastante ligada al Opus Dei y trabajo en una zona pituca de Lima, que, curiosamente, concentra al mayor porcentaje de cooperantes internacionales, turistas y otras hierbas, tal vez por sus buenos/caros cafés, discotecas y cercanía con el bohemio distrito de Barranco) la percepción de Amnistía Internacional tiende a ser negativa, por una sencilla razón: la defensa de los derechos humanos de terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA.
Es que habría que haberlo vivido para entenderlo. Muchas personas perdieron seres queridos en la guerra interna, que azotó Perú por casi veinte años (descontando los eventuales rebrotes en el Huallaga y la sierra norte). Aquellos que se vieron dañados por la guerrilla, consideran injusto el movimiento de dinero y cortes internacionales para defender a quienes pertenecieron a las líneas “asesinas”. Los que, por el contrario, padecieron a causa de políticos y militares, evidentemente apoyan las investigaciones de rigor, tanto de "presos políticos" como de comandos del ejército nacional. En este asunto de generalidades, no podemos olvidar los sentimientos de cada individuo. Una lástima que la opinión pública dependa a veces de cuestiones tan personales… ¿Una lástima?... ¿No somos acaso personas?
De ahí que es más fácil opinar e intentar ser justo y neutro desde la academia o con un pasaporte no susceptible al desprecio internacional (y la barriga llena y el corazón tal vez descontento, pero paliado por la filantropía, la lucha por la libertad de otros, etcétera).
Es curioso, en Bilbao, mi entorno progre manifestó alguna vez que esta afrenta contra Fidel se debía a que AI, al ser tan grande y estar tan extendida en el mundo, había perdido ya independencia y obedecía a intereses de los propios gobiernos, que era una estrategia para mostrar que no se casaban con nadie, pero a la vez difamaban y/o mezclaban a elementos que no tenían nada que ver en el nivel de criminalidad de sus acciones. Y Fidel, claro, es el tío más chévere del mundo, sin manchas en el CV.
No sé, no sé, no sé.
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A mí me gustó el profe que tuvimos... Me pregunto si será de las personas capaces de increpar directamente a algunos miembros de la Ertzaintza (policía bilbaína) si los ve por ahí, una madrugada, dando de alma a un desprevenido inmigrante –seguramente ilegal- marroquí.
Creo que la defensa de los derechos humanos debe empezar por casa (y la del vecino, si fuera necesario). Tal vez así todos, incluyendo a la buena y desequilibrada Lucía, seremos día a día un poquito más coherentes, digo yo, ¿no?
Íbamos un amigo y yo, por la UPV, conversando sobre política latinoamericana…
Mejor dicho, venía mi amigo, buen español de 26 añitos, izquierdista con postgrados varios, entorno diplomático, ninguna experiencia laboral y aspirante a funcionario de ONG (si no acaba en la ONU, que es lo más seguro), contándome las ventajas de Chávez para los venezolanos, Correa para los ecuatorianos y Morales para los bolivianos, cuando se interrumpió al observar en el monitor de la cafetería una entrevista a Zapatero.
Luego del intercambio de críticas, que siempre son esperadas después de la aparición de alguna figura pública ideológicamente tibia, como es el caso del buen presidente de gobierno español, señaló ensañadamente que el hombre, para colmo, no hablaba una palabra en inglés. Que era una vergüenza, que ya había quedado en evidencia más de una vez, etcétera.
Yo, puesta en la discusión y habiendo adoptado mi media sonrisa imperceptible y un tono de voz agridulce, dije: “Te apuesto lo que quieras a que Evo Morales tampoco sabe hablar inglés”…
Él me miró, con los ojos muy abiertos, y respondió: “¡Pero eso es diferente!”.
Y yo, intentando ordenar la cantidad de ideas que se me agolpaban entonces en la cabeza, pregunté: “¿Por qué es diferente? Ambos son jefes de Estado. Es verdad que Zapatero tendría que saber desde antes, porque seguramente ha tenido más oportunidades. Pero Evo debería aprender también, ahora que puede contratarse un profe particular, ¿no te parece?”.
Lo dejamos ahí.
Sin embargo, me quedé pensando en la actitud de mi colega, ese permisivismo compasivo ante alguien que no, absolutamente no ve como a un igual (o sea, el boliviano). Porque claro, a “su semejante” sí lo critica con dureza, sin pensar mucho en los motivos de su prejuicio, pero al otro, como representa tantas cosas santas y lejanas, como siempre estará en desventaja frente a las arcas y privilegios europeos y estamos en épocas de reivindicación y culpabilidad histórica, pues… ¿Se le “deja ser”, sin importar si bien o mal? ¿Se trata de una política que ha extrapolado ciertas maneras de padres recién divorciados, consentidores con el púber problemático?
Sí, esa es la impresión que muchas veces he sentido en mis andanzas por aquellos lares: ellos son padres, nosotros somos hijos. Porque una cosa es hacer un análisis de las posibilidades de cada persona y, a partir de ahí, determinar la exigencia, y otra bien diferente, consentir niveles de rendimiento inferiores al promedio, debido a un confuso sentimiento de exagerada compasión, venido a cuenta por muchos motivos sociales y antropológicos que no intentaré describir aquí.
La compasión es una virtud, pero en tanto no olvidemos la igualdad...
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Ay, el paternalismo. El universal, repetitivo, único, cancerígeno paternalismo.
La gente suele discutir para convencer. Pocas veces he oído un diálogo de esos socráticos, que buscan conocer, enseñar y aprender. Esto me ha sucedido con gente sencilla, y no necesariamente sencilla de pobre, sino aquellas personas liberadas de sus egos (y ojo, yo aún conservo el mío, pero suelo contenerlo cuando es necesario). Ahora bien, la sabiduría es algo que uno va absorbiendo conforme vive su vida, sea cultivando en la montaña, sea en una barca de pesca, sea en plena investigación universitaria.
A veces la fuerza se entiende como ruido. El otro día, en un foro sobre Periodismo y Violencia de Género, un airado joven manifestó su respetable y discutible opinión (como lo son todas las opiniones) respecto a porqué en las empresas no se favorecía la contratación y el ascenso de mujeres. “La mujer tiene hijos, señaló, y eso significa pérdida para las empresas: permisos por maternidad, instalación de guarderías, interrupción de las labores normales de trabajo por favorecer las obligaciones de la mujer en casa…”
Continuó elaborando un conmovedor alegato basado en los mismos prejuicios de siempre, tan arraigados en el cerebro de cada ser humano que habita nuestra sociedad, que ya han llegado a ser indiscutiblemente normales, pero eso no fue lo más triste.
Al rato, en un alarde de maestría, el joven remató: “Si dicen que las mujeres están pidiendo equidad de género, entonces ¿por qué hasta ahora no ha intervenido ninguna de las chicas de entre 20 y 30 años que se encuentran en la sala? ¿Así van a luchar por su equidad, no atreviéndose a decir lo que piensan?”.
Se oyó un murmullo. Lo único que pude pensar en ese momento fue: “Si no hablo es porque no se me da la gana, pues, papá”. Y supuse: el caso de las demás debe ser similar, tendrán sus motivos, estarán alucinando con las musarañas o no querrán sumarse a las intervenciones que a veces pretenden convertir el foro en un campo de batalla, sin razón aparente, sólo para contrariar…
Pensé también que estaba de acuerdo con muchas cosas dichas por los panelistas, pero no quería decírselos por micro, sino luego, en petit comité, donde suelo controlar mejor mi miedo a hablar en público y mi rebatible timidez (eso de dar clases de vez en cuando, es otro asunto).
Al escuchar la arenga del muchacho, se me ocurrió pensar en las madres conservadoras que pellizcan a sus niñas y niños en misa, para que se callen o se animen a comulgar, o para que saluden por la calle a personas que sus crías no recuerdan conocer. En la multa del gobierno para quienes no van a votar en las elecciones de turno. En la amenaza del castigo.
Podría suponerse que muchas de las mujeres jóvenes allí presentes tenían miedo de hacer el ridículo, un miedo muy válido entre personas que han (hemos) sufrido poco la discriminación por ser hembras, en comparación con las dos dirigentas campesinas que intervinieron con gran genialidad y el peso que da la experiencia de vida. Otras tantas seguramente estarían pensando en el novio que las esperaba afuera, en su futura boda, hijos y trabajo a part-time, para formar a su familia con los valores cristianos que les fueron inculcados.
Y eso… ¿Quién lo puede discutir?
No era el foro indicado para iniciar la guerra de los sexos. Se trataba de entender porqué la violencia de género es un detonante constante que atrasa a toda sociedad. Por qué la necesidad de un “jefe de familia” varón invisibiliza en los censos y proyectos de desarrollo a la cantidad de madres solteras o cabezas de familia que necesitan y tienen derecho a formación, acceso a recursos básicos y orientación de todo tipo. Tan simple como saber que no hay derecho a maltratar a otra persona, de ninguna manera, mucho menos para demostrar superioridad (sin olvidar, por cierto, que quien golpea suele percibirse a sí mismo más vulnerable).
Hay mucho que aprender sobre desigualdad de género, definitivamente esa reunión no dio tiempo y, temo, muchos mensajes fueron malinterpretados. De todos modos, siempre, siempre queda algo y espero, sinceramente, que este tipo de foros generen en el ideario colectivo nuevos temas a los cuales dar vuelta de vez en cuando, si no se es negado para entender por naturaleza, claro (que hay de todo en esta vida, empezando por mí).
Sólo habría que pensar… ¿Quién dijo que el celeste es para los niños y el rosa, para las niñas? ¿Quién se lo enseñó a nuestros padres, nuestras abuelas? Si es algo que se inventaron los seres humanos, ¿por qué, cual dogma sagrado, muchos y muchas no nos atrevemos a cambiar esa convención?
No puedo dejar escapar la respuesta que dio la panelista al muchacho de este post: “¿Las mujeres tienen hijos? ¿Acaso somos sólo las mujeres quienes tenemos a los hijos? ¿No se trata de hijos de un padre y una madre? ¿Por qué tendría que dejarse de lado la inversión en mujeres, si la procreación nos favorece a todos y todas? Se trata de poner suficientes medios para que toda mujer pueda llegar a desarrollar su potencial, aún con las características propias y emocionales que le corresponden por ser mujer, cosa que no parece concebible en un mundo público que, no lo vamos a negar, ha sido diseñado para los hombres”.
Amén.
A mis lectores, paciencia y buen humor. Innegablemente, dar “poder” a las mujeres implica quitar a los hombres algunos de sus privilegios. Sin embargo, no se trata de perjudicarnos unos a otras, sino, por el contrario, de convivir mejor.
A mis lectoras (alguna hay por ahí, lo sé): a ver qué me dicen.
Creo que ahora, por fin, me he metido a hablar de género… Esto continuará.
Hoy Lucía (la sonámbula Lucía) decidió caminar y caminar, hasta encontrar La Casa Amarilla. Entró. Buscaba algo, una señal, un indicio. Lo halló, pero con trámites burocráticos de por medio. Tendrá que volver el lunes a las 7 de la mañana, para inscribirse como paciente nueva.
En el camino al lugar correcto, ya dentro de la Casa, preguntó direcciones a un hombre de traje. Éste la animó a seguirle y ya andando, preguntó: ¿Para quién busca atención, señorita? Para mí, respondió. El hombre, sorprendido y sonriendo: ¿Usted? ¿Usted está mal? Lucía pensó: Vaya manera de calificar a la gente… “estar mal”. Sin mucha ciencia, contestó: Sí, creo que es estrés. Él, quizás pensando mucho menos, dijo: ¡Pero una chica tan guapa! Mire, la vida es como el viento, cambia de intensidad, va y viene, así hay que tomársela, nomás.
Lucía suspiró. Luego, tragando soberbia, dijo: Así lo he intentado todo este tiempo, señor. Ahora sólo siento que necesito ayuda.
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De regreso, donde Kari la bella, encontró a los tres niños que tomaron el lugar por asalto en la mañana, antes de salir rumbo al trabajo. Vio a su amiga en el límite de la paciencia, conservando siempre la calma y disimulando su noble altruismo. Le pidió llevarlos al parque de enfrente, donde brincaron como monos, corrieron como caballos y jugaron como niños durante una hora. Lucía se cansó de sólo mirarlos y sonrió. La más pequeñita se aferró a ella de la mano y no la soltó hasta mucho después, cuando mamá vino a buscarla.
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Han viajado desde Catacaos. Son 6 hermanos, muy pobres. Una de las niñas sufre de una enfermedad extraña, que le hace desangrarse. Otra, la más chiquita, fue atropellada por una motocicleta y ha quedado con las caderas luxadas (igual que tú de pequeña, Lucía). La madre sonríe, resignada. Ya su pariente de El Rímac ha enviado por ellos. Mañana será un día de médicos y veredictos, de decisiones y diagnósticos, de caminar un poco más hacia la libertad.
La vida es como el viento, Lucía. Tal vez, a veces, no sea bueno oponer resistencia, sino, simplemente, dejarse llevar.
El dibujo aquél del texto recortado, para que nadie más intente leer las letras desteñidas de plumilla vieja, en pésima caligrafía, pendía de la puerta de cada apolillado clóset, de cada húmedo cuarto que se veía obligada a conquistar, apropiar, identificar, maquillar, obsesionada en la tarea de hacerlo suyo, pese a dejar una maleta siempre a la vista, cual velador, para no olvidar: sigo estando de paso, incluso aquí.
Lo hizo hace diez años, ilustrando un cuento que les dejó de tarea inventarse su mejor profesor de literatura, un déspota ilustrado de “la Cato”, durante aquellos tiempos dorados en que la Inquisición Universitaria se quedó dormida, o tomó vacaciones. Su amante número tres intentó leer lo que quedaba de la historia macabra, de poca, poquísima trascendencia, nada más que un 17/20 en la evaluación semanal, tal vez por los colores y el estilo pseudo artístico del dibujo, que por la historia en sí. Ella se lo arranchó juguetonamente de las manos y le pidió no seguir entrometiéndose en sus fumadas pasadas. Él se resintió y no le habló en dos días (difícil asunto, visto que compartían el mismo depa).
Entonces, pensó ahorrarse futuros problemas, recortó el texto y conservó la figura gastada, cuyo sanguinario y fantasioso contenido está ya harta de explicar, porque debe toparse con miradas asustadizas y expresiones toscas de susceptibilidad herida, cuando a ella mirarlo le provoca, sobre todo, ternura, y deseos de proteger a la pequeña –pequeñísima- niña que, pálida y temerosa, la mira desafiante, desde la puerta apolillada de un jodido closet más en su vida.
Aquella figurita delgada, empezaba después de un suspiro resignado, creció oliendo a mierda, a pura mierda. Todo a su alrededor era mierda. Mierda animal, mierda divina, mierda que le proveía alimento y cobijo. Todos los días, contaba, debía escarbar en la mierda y tener cuidado, talento, suerte, para descubrir entre tanta mierda, pequeños tesoros selectos (trozos de plástico de color duro, que indicaban su finura, su “no previo reciclaje”, papel blanco, vidrio, sacos para mantener en pie la casa, etcétera), que podía vender, intercambiar, reutilizar. Era esa su vida, matizada por juegos violentos con otros niños, intercambios de cuentos de hadas y telenovelas con otras niñas y algún plato de comida caliente de alguna mamá comunitaria, sentados en el único rincón donde el viento llevaba con menos intensidad el mierdoso olor.
La niña tenía además un perro –y por cierto, recordaba, el del dibujo se parece mucho a un perro mezclado con altivez de lobo que mi abuelo bautizó como “Rambo”, alguna vez en mi niñez- y como todo niño o niña solitaria, era éste el ser vivo a quien más amaba. Pensándolo bien, era el único ser vivo a quien amó, pues al crecer y comparar la lealtad del bicho con el abandono de las personas (hablaba de sí misma, con cierto amago de amargura y mucho sensacionalismo de “lectura digestiva”) no tenía menor duda de la autenticidad de su amor (una inocente ventaja de no haberse convencido de la “superioridad humana” gracias a cualquier ideología antropocéntrica).
Y enredándose, enredándose, describía a una adolescente chusca y flacuchenta, que tomaba duchas rápidas con una manguerita instalada por los de la municipalidad, antes de salir de los basurales y acercarse a esos lugares donde se concentran grandes grupos de hombres, mujeres y sus crías, para comprar lo que la mierda no le podía proporcionar. Siempre, por supuesto, acompañada del enorme perro, el cual, pese a vivir entre parásitos y moscas, había sido concebido (o recordado) por su creadora como una criatura hermosa.
Pasaba a contar, atropelladamente y por lo general encendiendo un cigarrillo, el paso del tiempo y sucesos accidentados, con frases clichés que disimulaban su angustia: las niñas crecen, las adolescentes más desinformadas, más aisladas, sienten deseo. Y los hombres huelen ese deseo…
¿Qué resistencia podía ofrecer una chica sola, en medio de la mierda? Los consejos de alguna mamá comunitaria, sí. Pero cada quién cuida su prole y su hígado. A fin de cuentas, ella no tenía forma de oler si aquello era bueno o malo, sólo sabía que le dolía, que no aguantaba las náuseas luego del forcejeo, que varias veces dejó por ahí enormes coágulos de sangre, que le ardían las entrañas como si encendieran fuego dentro de ellas, que no le gustaba. Si era bueno a malo, no se enteraba, desconocía las abstracciones. Sólo sabía que no le gustaba. Pero resignación. Era un uso común, era un derecho de quienes ostentaban mayor fuerza. Era, como le habría explicado alguien, a palos, lo que le correspondía por ser una pobre loca apestada, que vivía en la mierda.
El perro, sin embargo, no acababa de creer aquello y siempre, siempre se resistía. Recibía a dentelladas al visitante maloliente, al grupo de hombres armados con cadenas, que lo golpeaban y amarraban, antes de iniciar su satisfacción, friccionándose contra ella, que casi no decía nada, ni siquiera lloraba. Encontró cómodo, la chica, mirar a su pobre amigo ensangrentado, quien pese a su confusión y dolor mostraba los dientes y luchaba por liberarse, una y otra y otra y otra vez, tantas veces como estas criaturas llegaran y actuaran. Tantas veces.
Sus ojos brillaban y su voz continuaba contando, no entrecortada, sino con un sonido grave, de esos que dan cuando se le atragantan a una los sentimientos y hay que demostrar valor. Un día la muchacha intentó algo nuevo, sin mucho ánimo. El basural le regaló vida. Miró a su costado y encontró una hoja de metal, fina, resistente. La ensañó contra la bestia que la empujaba y asfixiaba. Un aullido seco. Inmovilidad. El perro la miraba intensamente, parecía sonreír. Sonreía. Ella supo: has sido tú. Y supo también que debía huir. Esa misma noche, esa misma luna, ese mismo infierno. Huir. En su básica ignorancia, comprendía: nadie le perdonaría haberse defendido.
Cortaba la voz en seco, la historia había acabado. ¿Necesitaba la sensibilidad de sus interlocutores mayor explicación para aquella sangre y aquellas miradas? ¿Aún eran capaces de ver maldad en esos ángeles sufrientes? ¿Todavía podían confiar en la existencia de seres totalmente planos, yendo por la vida siendo sólo absolutamente buenos, o absolutamente malos?
Al parecer, sí. Por eso, continuaba acelerada, sorbiendo con desgano un trago de su propia saliva, si faltaba cerveza o vino: al conocer el poder de matar, mató. Al no reconocer a sus victimarios, escogió al azar, en los callejones, entre aquellos en quienes su amigo olfateaba crueldad. Una especie de vengadora totalmente loca, una mujer pasando por su primer despecho. Una niña dolorida, resistiéndose a mirar los ojos de su propio miedo.
En fin, que se jodió, se envileció, se hizo fuerte y se volvió una amenaza. Como era de esperarse, fue blanco fácil de acusaciones y así como dice la convención, la ley debió actuar. Y fue un problema para ella, porque su vida se convirtió en una fuga constante, hasta que la presión y la oscuridad la tomaron por completo, empezó a maltratar al perro que iba con ella y éste, un día y en un arranque de nobleza, se meó a su alrededor y la mató.
Mordisco en la yugular, seguramente, y acabó comiéndosela. En el cuento que escribí para el déspota ilustrado sucedían más cosas, una comunión con el perro, el bicho tenía más protagonismo, etcétera. Pero ya no estoy en condiciones de recordar ningún misticismo, carajo, me estoy haciendo vieja y pragmática, agregaba irritada. Era ya una característica al terminar sus historias, ésta o alguna otra que guardaba dobladita en el neceser celeste de la prima aquella que murió de fiebre lupus y tal y cual.
Luego, más nos valía a los interlocutores cambiar el rictus de desaprobación con que miramos por primera vez el entrañable dibujo, sin levantar siquiera las cejas al ver cómo la “vieja pragmática” de treinta y pocos años acariciaba a los personajes de la imagen con cariño, diciendo: “pobrecitos míos, pobrecitos”, después de lo cual, sonreía y agregaba: “Cuando lo escribí tenía miedo de ser grosera. Mi amante número uno, a quien sí le permití leerlo, me preguntó porqué había escrito miccionar cuando el perro marca territorio alrededor de la chica. Sólo pude responderle que fue porque en aquella época, primer año de universidad, aún no me sentía suficientemente fuerte para escribir mear”.