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¡Soy INDIA!


Fecha Publicación: 2010-03-16T16:03:00.004-05:00

Y no es que haya tenido una revelación repentina, pero casi. Sucedió el otro día, en el metro, cuando me tocó ir justo enfrente del cristal que separa los asientos del descanso donde están las puertas (así en cada vagón). Lo normal es que no me mire a mí misma cuando ando por la calle, por ello, aunque soy plenamente consciente de mis diferencias culturales y “administrativas” con la gente blanca de alrededor, sólo reparo en mis características “raciales” al encontrarme con la mirada de alguna persona de origen latinoamericano. Es la ceremonia típica: los ojos se detienen un segundo más de la cuenta y se percibe un amago de sonrisa condescendiente. Estoy acostumbrada a que suceda cada vez que me cruzo con “mías” o “míos” andando por ahí.

Pero el día del cristal no pude dejar de notar características mestizas en mi reflejo, acentuadas por el contraste: pómulos pronunciados, barbilla fina, labios superiores lizos -casi marrones como la piel- e inferiores carnosos, con manchas oscuras, cabello negro, aunque no del todo lacio debido a algún rebelde gen árabe o judío (o español, sin ir muy lejos), ojos almendrados, tribales, de ese color café tan característico de los ojos allende los mares. Lo único que quedaba fuera de contexto en esa imagen ojerosa, indígena, despeinada y cansada, era la nariz. A saber de qué casamientos actuales y remotas violaciones ha salido nariz tan pequeña, redondeada y un poquitín respingada. Adivino influencia china, aunque claro, los nativos americanos pertenecen, originariamente, a la rama racial mongólica, al igual que los chinos, por tanto, si bien la nariz de marras no es representativa de alguna etnia quechua, sí podría provenir de la amazonía.

Así venía yo, comparando mis rasgos redondeados y graves con las filosas facciones de la gente blanca ibérica, observando transparencias en los lóbulos de las orejas, los párpados y las fosas nasales, imaginando una contextura ósea por lo general más estrecha y alargada, a partir de los cuellos finos, rostros ovalados y estatura promedio, cuando vi interrumpidas mis elucubraciones en la estación de Sestao. Aún cavilando, anduve hasta mi piso, donde se celebraba una reunión extraordinaria de Bolivianos&Company, por onomástico de la casera. Apenas abrí la puerta reconocí una repetida explicación con que el joyero entretenía a la audiencia, acerca de los cambas (bolivianos “blancos y cultos, del oriente”) y los collas (aquellos indígenas altiplánicos en constante involución), situación que me forzó a afirmar irrespetuosamente, desde el fondo del pasillo: “¡Todos somos cholos a fin de cuentas!”. El buen hombre soltó una carcajada y ratificó: “Sí, pues, todos somos cholos”.

Pero claro, cholos los hay feos y los hay guapos, y a este segundo grupo pertenecemos mis hermanos y yo, como diría mi madre, cuya sabiduría me resulta cada vez más difícil de discutir.

Y hablando de cuestiones multi-raciales, aquí fotos de las hermosas mujeres del curro (incluyéndome, por supuesto):

Se busca voluntaria china y/o sueca, para complementar.

Cuando llegues...


Fecha Publicación: 2010-03-16T12:14:00.011-05:00

Hay personas que graban en sus memorias acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia, episodios de injusticia y/o dolor. Yo he tenido una vida "fácil", en comparación, por ello sólo he conseguido contener entre mis recuerdos sucesos superfluos a la vista del respetable, de los que suelo hablar en este blog.

Uno de esos momentos "estúpidos" e "indignos" para todo buen luchador social, sucedió hace quince años, cuando escuché por primera vez esta canción:



Ya he comentado que solía trabajar con mi padre, haciendo vídeos de eventos sociales. Durante mucho tiempo, esa pequeña empresa y la pensión de mi madre sirvieron para mantener a la familia a flote, en Sullana, a mediados de los noventa. En algún momento, mi "aporte a la causa" llamó la atención de adolescentes apenas menores que yo, quienes preferían encomendar sus recuerdos (léase: vídeos de fiestas y varios) a una chica "como ellas", ante la natural desconfianza de sus progenitores, claro, pues qué garantía les iba a dar una mocosa que apenas podía con la cámara al hombro, ¿verdad?

Tuvimos una temporada intensa gracias a una promoción del colegio Santa Ursula, tanto el año de los quinceañeros como el siguiente. A las fiestas rosas, llenas de flores, siguieron propuestas discotequeras, oscuras, acordes con la madurez propia de jovencitas entrando a los dieciséis. Había detectado por entonces, siempre detrás de la cámara, varias parejitas de moda. Solía mirarlas compartir su cariño con mucha ternura, como una tía o hermana mayor, por encima de esos afectos, aún sin haberlos vivido.

Una vez, en un salón grande a media luz, oí los acordes de guitarra y la voz suave de Dolores O'Riordan. Continué mi trabajo como me correspondía, apagando la luz del reflector, para no dañar el ambiente, y colocando un filtro adecuado, difuso, que ralentizaba poéticamente (según yo) los movimientos en la pista. No reparé en la intimidad del momento, sino que avancé de aquí para allá, llevada por la música y el calor que me transmitía. En eso, me detuve. Vi, por el visor, a un chico casi niño y una chica casi niña, con sus cabecitas muy juntas, dándose besos cortos y tiernos, sin dejar de bailar.

Sentí un sobrecogimiento tremendo. Acto seguido, lágrimas incontenibles, limpiadas de mala manera con la manga de la chompa, tragar saliva y seguir, que el jefe que tenía por entonces no admitía errores, ni sensiblerías sin explicación.

Estoy llena de canciones que me traen recuerdos. En esos recuerdos, siempre estoy sola, ejecutando labores "de provecho" que me ayudarán a "ser mejor". Pero no soy mejor y daría cualquier cosa por recordar cinco minutos bailando con algún amor sencillo, que, por lo menos en ese momento, desee estar conmigo toda la vida...

A veces siento que no he dejado de mirar a través del visor de esa cámara.

...

Por cierto, la parejita aquella no prosperó... ¡Pero que les quiten lo bailado! (Nunca mejor dicho).

Acerca de alguien a quien no quiero tener que olvidar


Fecha Publicación: 2010-03-15T12:43:00.007-05:00

He seguido sembrando relaciones amorosas sin futuro y el estar escarmentada me ha servido, al menos, para no buscarme personajes maliciosos y aprovechados. Al contrario, el último chico con quien he estado saliendo hace más de un año, con altas y bajas, ha sido, por sobre todo, uno de los mejores amigos que he tenido jamás y mi más importante sostén en los momentos difíciles con los que mi ya querido Bilbao ha tenido a bien golpearme en repetidas ocasiones.

Por vez primera en toda mi vida, sin embargo, he sido capaz de alegar firmemente por un cambio radical, ante una situación que empezaba a hacerse monótona, no en acciones, sino en sentimientos. Una cosa es la dulce monotonía de una relación que, paso a paso, avanza hacia un emparejamiento evolucionado, y otra bien diferente es tener claro (por su parte) que la cosa no va a ser diferente, aunque nos queramos un montón y no podamos vivir el uno sin la sonrisa del otro.

Estoy bastante harta, lo diré en mayúsculas, DE QUE MI ENTORNO SE EMPEÑE EN HACERME SENTIR POCO CONFIABLE DEBIDO A MI INESTABILIDAD. ¿De qué inestabilidad hablamos, para empezar? ¿No he sido acaso capaz de comprometerme y terminar trabajos aún en las situaciones más difíciles? ¿No he demostrado, de tantas maneras, que mi afecto es sincero y constante? Quedarme aquí no depende de mí. Si no me dan la prórroga, si no consigo un contrato, si la Administración decide desestimar nuevamente mis solicitudes, ¿vas a culparme a mí? ¿Me das algo que compense el riesgo que significa no tener papeles, siendo inmigrante?

Soy débil ante un Sistema que toma decisiones sin tener en cuenta mis deseos. Soy débil ante el potencial Jefe que en vez de ofrecerme un trabajo con todos los detalles cubiertos, pretende hacerme sentir culpable de su temor a contratarme, porque "no se sabe si me quedo o me voy". Soy débil para seguir sosteniendo esto sola.

Ayer, mientras rompía con el pelirrojo, pensé en Alice y en lo reconfortantes que fueron los días de Navidad, en Munich. Imaginé su cariño, su apoyo incondicional, sus palabras de aliento, sus ideas locas acerca de mi "inteligencia" y su pragmatismo alemán, que no le permite entender por qué los españoles etcétera...

Duele, pero está bien. Lo único malo es esta sensación de desolación que no se va. He perdido un compañero, junto con parte de mi ternura y mi buena fe. Él siempre me creyó buena y a veces una persona es como la tratan. Ahora que me veo sola, intuyo que el siguiente paso es actuar con más cálculo y egoísmo, de acuerdo a lo que el Sistema ha estado esperando de mí. Ya lo siento (como dicen aquí cuando en verdad no les importó hacer lo que hicieron, da igual a quien dañaron). Ya lo siento.

Domingo de chicas


Fecha Publicación: 2010-03-05T12:35:00.014-05:00


Al final del vídeo de "My Happy Ending", Avril Lavigne se va del bar donde discutía con su ex novio (el desafortunado inspirador de la canción). Sus amigas salen con ella y cuando pasan al lado del chico no ocultan su malestar ni ahorran, por educación, miradas de desprecio...

Las chicas que he venido conociendo en Bilbao -españolas y no- se habrían quedado en el bar, de ninguna manera permitirían que una "desadaptada" les arruinase la fiesta. Suelen tener por norma no meterse en los problemas de los demás y siempre gana la "ley del más guay". Quizás sí lo harían por sus amistades más cercanas, de años en la cuadrilla.

No les puedo culpar ni exigir y es precisamente esa no exigencia lo que me mantiene al margen. No veo sensato andar con personas de las que no tengo nada que esperar.

Las relaciones laborales entran en otro ámbito, son cosas distintas, deben conducirse por un terreno diferente al de la amistad. Hay otros valores para las relaciones labores, y otras exigencias personales.

Ay...

Además de la emoción que me causa saber que el fin de semana trae consigo un encuentro largo con el pelirrojo (jodido vasco responsable y melindroso), estos días he sentido un atisbo de emoción romántica por un detalle tonto de tan simple, pero vital para cualquier mujer: el domingo tendré tarde de chicas.

Nos pusimos de acuerdo en un tistás. Por lo visto, había ganas desde cada vértice del triángulo. Porque claro, somos tres, y en las circunstancias actuales, tres mujeres con afortunadas características compatibles: peruanas, comunicadoras sociales, experiencia laboral en proyectos de desarrollo, tarjeta de estudiante.

La última vez que me vi con ellas descubrí que había perdido la práctica de estirar los brazos en todas las direcciones, cantar en voz alta y contar mis cosas en confidencia femenina. Tan desacostumbrada estaba, que luego de soltar un dato personal, tuve que llamar a Perú y consultar si acaso hice mal. Cuánto daño nos dejamos hacer a veces, sin darnos cuenta...

Desde que Erika dejó Bilbao, he echado mucho de menos tener una amiga en esta ciudad. No diré que he estado aislada de buenas mujeres o buenos hombres, siempre he tenido gente agradable alrededor y el importantísimo apoyo de mis ángeles guardianes "frikies". Pero claro, me faltaba empatía femenina, chicas contemporáneas (y solteras) con quienes reunirme para hacer lo que toda mujer debe ser capaz de hacer entre sus congéneres apreciadas de vez en cuando: tonterías.

Pocas oportunidades he tenido durante estos años de exilio de sentirme ridículamente feliz, en tanto que compartir la propia ridiculez denota altos niveles de confianza y generar alegría a partir de acciones simples es un sano síntoma de humildad. He debido tolerar "maduramente" largas conversaciones sobre política, neoliberalismo, comunismo, materialismo dialéctico, indigenismo libertario, etcétera, la mayor parte de ellas aderezadas con un penetrante olor a marihuana, miradas inquisidoras, música de Silvio Rodríguez y codicia carnal. ¡Pobre de mí, tonta inmigrante que no sabe nada de la vida, si en alguna de esas ocasiones osaba hacer una observación pragmática en el talón de Aquiles de la efervescente teoría que en aquél momento se elevaba al cielo, exhalando chocolate marroquí! ¡Pobre, pobre de mí!

Creo que este cinismo me ha valido la expulsión tácita de diversos grupos progresistas locales. Gracias a Dios (con mayúsculas, como lo escribiría cualquier creyente).

Creo, además, que pasaré un domingo increíblemente bueno: beberemos, nos quejaremos, cocinaremos, haremos coreografías cantando alguna canción sexista-pero-feminista de Rafaela Carrá, con suerte no se nos quemará el Arroz con Pollo y hacia las siete de la tarde, ya un poco borrachas, intentaremos mirar con paciencia la entrega de los Oscars (maldita invención del "imperio yanqui") y cruzaremos los dedos por La Teta Asustada.

¡Qué bonito!

Extrapolaciones


Fecha Publicación: 2010-03-03T04:37:00.017-05:00

Vengo acumulando temores estúpidos y precisos, que se repiten sin sentido desde que puedo recordar. No he sido consciente de muchos de ellos a lo largo de mi vida, pero he empezado a enumerar los últimos. Aún no entiendo a cuenta de qué, y dada mi edad y experiencia (“pequeña experiencia”, para no sonar pretenciosa ante los VIEJOS entendidos), vienen y me asaltan estos fantasmas, obligándome a revivir una y otra vez un miedo absoluto en aquello que, racionalmente, sé que no ocurrirá. Es como soñar que caes...

Hacia setiembre de 2009, habiendo renunciado a mi trabajo de entonces y cargadita de malas vibraciones como andaba, encontré por la calle al chico del máster que “me rompió el corazón” (por decirlo de algún modo). Iba yo con el pelirrojo, en plan “especialmente amical”, y vi pasar a éste y otro compañero. Ambos me saludaron con un hola rápido y discreto, no tuvieron a bien detenerse y cumplir las formas diplomáticas de ocasiones anteriores, cosa que agradecí. Fue como verles y no verles a la vez, una especie de intermitencia visual o las figuras que quedan dibujadas en la pantalla del televisor después de apagarlo.

Semanas después, viajé a Madrid, y una noche de cervezas, volviendo a casa de Ernesto, metí los pies, engalanados con zapatitos de charol recién estrenados, en un círculo de nylon, cual foca desprevenida. ¿Qué hacía eso en medio de la acera? A saber, luego los españoles se jactan de su civismo. Tropecé y, evidentemente, caí de bruces. La primera caída física en años. Aparatosa. Llevaba falda larga, afortunadamente, pero no evitó que me hiriera las rodillas, calamitosas y feas rodillas marcadas por una infancia de botines ortopédicos. Me han quedado manchas, de recuerdo. Las cicatrices tardan más en desaparecer cuando se alcanza determinado umbral etario.

Pasado un tiempo, noté que solía asaltarme un recuerdo falso, con aroma a premonición, compuesto por dos sucesos reales, mezclados arbitrariamente por mi caprichoso subconsciente (mucho más sabio y prudente que yo, por donde se mire): Veía al chico del master pasar y saludarme, con esa misma sensación de intermitencia visual, y, acto seguido, yo caía al suelo, debido al nylon aquél. Esa imagen me asaltaba una y otra vez, me tomaba por sorpresa mientras leía en el autobús o andando por ahí. Me llenaba de tristeza y miedo. Me llevó a aislarme más.

No me di cuenta de que se había acabado hasta que me descubrí atrapada por una nueva sensación de inseguridad, esta vez a cada paso que daba por la calle, sobre todo en el Casco Viejo de la ciudad: tenía la certeza de que en cualquier momento podría pisar una mina antipersona y quedarme sin piernas. Iba siempre mirando al suelo con atención y me alejaba precipitadamente de paquetes, bolsas, colillas encendidas y todo bulto u objeto extraño que pudiese encontrarme delante. En esos días, aprendí a apreciar más el metro, los ascensores y cualquier máquina que me evitara andar. Estaba realmente asqueada.

El agobio de un trabajo de diseño me hizo olvidar el temor a las minas urbanas, pero dio lugar a otro miedo, infundado ante la razón, perfectamente justificable -aún inexplicable- en el mundo de las sensaciones: cada vez que me sentaba frente al ordenador para meter todo mi empeño y concentración en las imágenes y la composición, temía que alguien, un hombre fuerte, vinera por detrás, me tomara del cabello y empezara a golpear mi cara contra el escritorio, hasta romperme la nariz y hacerme sangrar.

Digamos que “el embrujo” de ese último miedo se rompió la semana pasada, debido a una serie de acontecimientos que, además de desilusionarme, me hicieron recuperar las ganas de protegerme a mí misma, pese a todo y todos.

Esta mañana, cuando venía para la oficina, noté que he empezado a vivir y revivir una nueva imagen cuatridimensional. Quito el seguro de una pistola (clic). Muevo la corredera (clic). Se dispara accidentamente y le doy a alguien a quien quiero mucho, mucho...

La verdad, prefería que mis fantasmas, si tiene que haberlos, continuaran haciéndome daño sólo a mí.

Santa ingratitud


Fecha Publicación: 2010-02-25T06:52:00.010-05:00

Creo que se trata de una de tantas diferencias culturales, pero por estos lares me he encontrado con personas que han hecho del cobro de favores una forma de vida condicionante y esclavista. For example, my “former boss”, que me tenía cogida con la muletilla aquella de: “¡Eres una desagradecida! ¿Crees que hay muchas personas dispuestas a contratarte en tu situación?”, ante cualquier intento mío de emancipación (entiéndase: exteriorizar muestras de incomodidad ante una jornada laboral completa e intensiva por salario de tiempo parcial, entre otros).

En mi país. No, en mi país no, en mi región. ¿Qué digo en mi región? ¡En mi pueblo!... Vamos a dejar de exagerar: en mi familia se me enseñó, con despiadada severidad, que LOS FAVORES NO SE COBRAN. El buen actuar merece respeto y consideración, sin duda, pero, según mis padres, era una muestra de muy mala educación decirle a una persona: “Mira que yo te ayudé cuando...” Ay de mí si alguno de mis progenitores me pillaba echando en cara algún servicio prestado... ¡Me caía una tunda! O, como poco, un sermón. Par de opresores.

De todos modos, aquí me han “sicoseado” tanto con el asunto de marras que he empezado a contabilizar y valorizar mis actos, de modo que quede claro hasta dónde cobro en metálico y hasta dónde es “pura militancia”, por llamarle de algún modo. Porque claro, la posición del benefactor suele ser bastante cómoda, en tanto que de él depende la medida y el modo en que genera bienestar a su beneficiario. Pero claro, ya cuando el beneficiario se pone “agudo” y empieza a darse cuenta de las desigualdades existentes, pues se arma.

Otra experiencia desafortunada que he debido padecer durante estos años de exilio, ha sido la de encontrarme benefactores inmensamente bien intencionados que han decidido protegerme y hacerme mil y un favores, sin detenerse a preguntar qué necesito. Si luego no acepto el regalo, ya soy la peor persona del mundo, indigna, intolerante, soberbia, inestable, inmadura y hasta “facha”.

Un ex novio me contó una vez que un niño había pasado por su casa pidiendo dinero o algo de comer. Le dieron una bolsa de pan duro. El chiquillo lo recibió, agradeció y se fue. Pasos más adelante y sin ningún remordimiento de conciencia, echó el pan duro a un tacho de basura. El padre de familia, que presenció la escena, salió tras él indignado y le pegó un puntapié, para que aprenda a no despreciar la caridad de las personas decentes, y se quedó tan orgulloso de eso.

Vamos a ver, el muchachito necesitaba dinero. Para jugar pinball, para entregárselo al hijodeperros que lo obliga a mendigar o, en el mejor de los casos, para comprar comida FRESCA. En vez de unas monedas, le doy pan. Pan duro. Pan que yo no me comería, sino en ají de gallina. Y se lo doy, porque me sobra. Podría haberle dado pan del día, eso no me iba a empobrecer. Pero mira, justo tenía una bolsa de pan duro, que, insisto, no se lo comería ni mi perro, y se la entrego con toda mi buena fe cristiana. ¡Y el muy desgraciado la desprecia! Entonces voy tras él y le pego, por desagradecido. O empiezo a escribirle e-mails llamándole “ladrona” y acusándola de haberse llevado mi metodología y conocimientos. O le recuerdo que nadie la va a querer. O tal y cual...

¿Saben qué digo? A la mierda. Y no, no queda fino ni tiene clase, pero no voy a pasarme la vida agradeciendo pan duro a alguien que por lo menos podría haberme dado pan fresco.

No recuerdo si fue mi padre o mi madre, da lo mismo, alguno de los dos me dijo una vez: “No esperes que un mendigo te salude y sonría siempre por la limosna que le diste hace una semana. Desde entonces, habrá vuelto a sentir hambre varias veces, alguien más le habrá ayudado y se habrá olvidado de ti”.

El triste destino de una pequeño burguesa de clase obrera


Fecha Publicación: 2010-02-05T14:43:00.008-05:00

Esta mañana una buena amiga alegró mi día con un comentario de esos que sólo son capaces de hacer las amigas buenas. Pensé, por un momento, que no me equivoqué o, mejor aún, que no soy la única “equivocada”.

Tengo frente a mí un póster gigante de Monseñor Romero, un respetable sacerdote asesinado en 1980 por las Fuerzas Armadas de El Salvador, en plena Guerra Civil. Su delito: denunciar los genocidios que cometía el gobierno y permanecer junto a las personas pobres, a quienes protegía con verdadera convicción cristiana.

Sus superiores intentaron convencerle de escapar del país, como lo hicieron varios de sus compañeros, en legítima protección de la propia vida. No se fue. Y digan lo que digan comunistas varios, estoy convencida de que él debió esperar el primer disparo pidiendo con humildad a su dios lo que sea que los creyentes piden a sus dioses antes de morir. Incluso podría afirmar que cuando aún los soldados no irrumpían en el lugar donde les esperaba, guardaba alguna esperanza (¿No fue acaso su propio Mesías quien horas antes de la crucifixión, y sabiéndola inevitable, rezó “Señor, aparta de mí este cáliz"?).

En todo caso, Romero no fue un temerario irresponsable, sino un cura coherente con sus principios religiosos, amante de las personas más necesitadas y enemigo de la injusticia del poderoso. Ahora bien, permaneció en el “campo de batalla” porque fue allí donde le tocó querer estar. El destino de cada ser humano no viene determinado, sino que va tomando forma y color con el aporte de diferentes circunstancias, actuaciones y, por supuesto, las propias decisiones.

Conversaba la otra noche con un colega, rojo recalcitrante, y entre insistencias y contundencias vascas me ofreció su concepto de “buena persona”: “Ser humano que hace la revolución y guía su vida por senderos de lucha por la justicia social”. Luego, y pese a afirmar que las comparaciones son odiosas, empezó a repasar a refugiados y refugiadas colombianas, residentes en Bilbao, que desde el momento en que salieron de su patria se han dedicado a continuar las enseñanzas del Ché Guevara, implicándose en tareas admirables con colectivos en constante riesgo de discriminación. De nada me sirvió intentar hacerle ver una verdad de perogrullo: “Cada quien es según sus propias experiencias”. Ni caso, continuó enumerándome una serie de hombres y mujeres grandiosos por el hecho de haber sufrido persecución, expulsión, cárcel, orfandad, etcétera.

Ahí lo dejé. Me fui con una sensación dolorosa en el pecho.

Hace algunas semanas, en un ambiente bastante similar, un compañero de trabajo me llamó “burguesita” porque comenté que en el colegio sí me habían hablado de Derechos Humanos. Es que claro, sólo “las personas que estudiamos en colegios y universidades privadas” podemos tener conocimiento de estas abstracciones, pues “el pueblo”, el pobre, triste, engañado e ignorante pueblo, no, nunca, jamás.

En un golpe de tablero cayeron al suelo todos los elementos que rodean un proceso de educación formal: la familia, el barrio, los medios de comunicación...

La respuesta que pensé (porque me estoy quedando muda de puro cansancio) fue de talante revanchista:

Muy bien, entonces llamaré a mi madre y le recriminaré el haberse partido el lomo toda su vida -ella y mi padre, pero se murió, así que no va a poder sufrir la regañina reivindicativa- para darme una educación buena, dentro de lo que cabe, y además renegaré de mi apellido, de las clases de música, de las lecturas obligadas y el trabajo forzado de fines de semana en filmaciones de eventos sociales, pues, entre otras, han sido esas las acciones culpables de gran parte de mi bagaje cultural. Sí, eso.

Es muy desagradable intentar vivir en un lugar en el cual debes ofrecer constantes disculpas por no ser lo que las personas esperan que seas: si buscas trabajo, debes ser de origen pobre; si eres de origen pobre, tu actitud debe ser humilde y debes verte un poco inculta; si eres inculta, igual no te hacen mucho caso y no te permiten entrar en la sociedad, porque te costará adaptarte a las costumbres locales; si te cuesta adaptarte a las costumbres locales, tienes una mala predisposición y además eres inculta, claro. Sumado a eso, si te adaptas a las costumbres locales, “los tuyos” empezarán a llamarte “alienada”, diría Ernesto.

Por otro lado, si vienes aquí “con permiso de estudios”, debes tener dinero hasta en las orejas. Si no lo tienes, pues... Creo que las personas de mi entorno están a punto de generar el prejuicio que corresponde a los estudiantes sin dinero: tenemos que ser, necesariamente, refugiados, o andar con problemas políticos en nuestros países. De otro modo, no hay forma, queda un vacío allí que no se puede llenar y los vacíos complican la vida, sobre todo en estas culturas de abundancia y exhibición.

Es curiosa la contradicción en la que caen precisamente los seres humanos más "estudiosos": encasillan, sellan, etiquetan. Parece que el exceso de teoría e información les hace creer que poseen autoridad para organizar al mundo y sus múltiples sociedades como mejor les parece, según marcas políticas, raciales, etcétera. Por fortuna, algunos aún poseen capacidad para reconocer errores y transcender sus propias ideas preconcebidas. Algunos.

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Ayer formé cola frente a la policía, cita para presentar papeles, prórroga de permiso. Tenía fiebre y se notaba, parecía un pollito contagiado de esa peste mortal que suele dar a los pollitos. Frente a mí, dos chicos negros, bastante jóvenes. La afirmación redundante para romper el hielo: “Hace frío, ¿eh?”. Pues sí. Eran de Gambia, ese país pequeñito incrustado en Senegal. Les conté de un avión fletado por el gobierno gambiano hace cinco años, para ir a Piura y hacer barra a su selección de fútbol, en el campeonato mundial Sub-17. Comentaron que su presidente tiene relaciones diplomáticas y comerciales bastante fuertes con Chávez, el de Venezuela, “es que los dos son igual de tontos”. Reí. En esa fila, aún con nuestras diferencias, todos tenemos motivos para sentirnos iguales, pese a mi residencia de estudiante, pues ya es bastante duro llegar hasta Europa sin familia, piensan.

En eso, el policía llama en voz alta: “¡El de asilo! ¿Quién es el de asilo?”. Y acudió otro negro, jovencito, bonito, francófono, de mirada impenetrable. Sentí como cuando vas a la farmacia a comprar preservativos y te cantan las marcas desde el cuarto del fondo. Supongo que no todos los refugiados querrán ventilar su situación, habrá quienes aprovechen esa condición precisamente para tener una vida distinta a la que no les permitió permanecer en sus países.

Me equivoqué, no todos somos iguales en esa fila, algunos, en definitiva, se lo pasan peor.

Estos veintiocho meses me han aportado canas, sobre todo canas. Y arrugas. Y cientos de emociones buenas y malas que aún soy incapaz de describir e interpretar. También experiencia. Amigos, amigas. Una relación sana y madura (y es aquí cuando el pelirrojo dice: “¡Pues vaya mierda de relaciones has tenido hasta ahora, niña!”).

Lo bueno es que he conseguido ganar tiempo para preparar mi marcha con calma y no dejar pendientes detrás.

Hoy encontré un e-mail de Myriam en mi buzón. Me contaba que había visto recientemente la película “Persépolis”, basada en el comic de Marjane Satrapi. Me dijo que la protagonista le recordaba mucho, pero mucho a mí.

Ay, la Satrapi, otra “pequeño burguesa” de dos mundos que no ha hecho caso a lo que todos esperaban que ella fuera. Mírala ahora, qué bien está y cuánto comunica con sus historias. Lo dicho, cada quién a lo que hace mejor, punto pelota, me voy cenar.



But the memory remains...


Fecha Publicación: 2010-01-19T08:15:00.005-05:00

No se trata de algo personal contra la “noble villa”, sobretodo porque no podré pagarle en decenios el aprendizaje que ha conseguido procurarme en dos años. Sencillamente, es un rechazo a “la grandeza”, al “ideal americano en Europa” que alguna vez contagió mi ánimo y me convenció de soñar sueños ajenos.

Tampoco es mi idea, se la copié a un chino que me encontré en Munich...

En todo caso, me gustaría comentar una conversación que sostuvimos el colombiano y yo, hace algunas horas, a propósito de nuestros motivos para irnos:

“¿Te das cuenta de que permanecer aquí implica siempre pensar sólo en nosotros mismos? Tener paciencia para conseguir NUESTRO permiso de trabajo, competir para que NOS contraten, observar con orgullo el resultado de NUESTRO esfuerzo, ajustarnos los cinturones para que el dinero NOS llegue a fin de mes, trabajar más para poder conseguir más dinero y así acrecentar NUESTRA ganancia. En fin, crecer y aprovechar al máximo NUESTRO potencial. Pero queda un vacío... ¿Recuerdas cuando, allá en Colombia, o allá en Perú, NUESTRA principal satisfacción era ver cómo lo que hacíamos beneficiaba a OTRAS personas? Hace mucho que no siento algo así”...


Si nos descuidamos, acabaremos convirtiéndonos en el centro absoluto y único de la vida que vivimos y la vida en sí misma pasará a ser el salón decorativo de un columpio del diablo...

(In)solidaria


Fecha Publicación: 2010-01-13T15:47:00.002-05:00

Aminetu Haidar volvió a casa. Una iniciativa única y personal ha surtido efecto… Enhorabuena.

Es curioso, en el tiempo que llevo viviendo en el País Vasco no he conseguido identificarme pasionalmente con causa social alguna, en comparación con las personas solidarias que he conocido aquí. A veces intento encontrar una razón específica que supere mi propio egoísmo, pero sólo consigo matizar excusas.

Tal vez me explique mejor gráficamente: ante el bombardeo israelí en Palestina, hace un año, sólo pude contener la rabia, callar y escribir algunas líneas en mi tonto blog, en tanto el colega que tenía al lado se enervaba, lanzaba maldiciones indignado y planificaba estrategias de sensibilización política en su sociedad. La sociedad vasca, por supuesto.

Lo mismo ha ocurrido con diferentes asuntos y problemas mundiales, incluso los que sucedieron en Perú, con un fuerte aditamento de impotencia y frustración, por supuesto. ¿Y acaso podría hacer algo si estuviese viviendo en mi pueblo natal? Tal vez no, pero por lo menos no sería sólo una “observadora distante”.

A propósito de asuntos relacionados con Perú y América Latina, desde que llegué aquí sólo he conocido a DOS personas que me han considerado apta para analizar diferentes situaciones ultramarinas, que me han preguntado por. Es curioso ver cómo las tribunas académicas y de opinión, incluso las alternativas y co-desarrollistas, tienden a admitir sólo “sangre local”, incluso para hablar de realidades ajenas. A veces, siento que las personas “del Sur” sólo somos interesantes en tanto víctimas, exóticas criaturas simpáticas (e inteligentes, claro), pero apartadas. Si el ejército no asesinó a nuestras familias en alguna guerra civil, o nos desplazó, ni nos miran.

Ahora bien, no es mi intención desestimar las sanas actitudes de discriminación positiva para con colectivos que han sufrido reales situaciones de violencia y miseria. Si justamente por esa “coherencia” mía es que no me he atrevido a pedir ayudas sociales y he intentado hacer las cosas de manera correcta, siguiendo todas las vías administrativas. Pero la repetida subvaloración de mi capacidad intelectual ha terminado haciéndome mucho daño.

Durante los primeros meses del master, a finales del año 2007, recurrí a mi tutor, porque necesitaba un trabajo. Él me dijo que podría ganar algún dinero en la facultad, redactando reseñas de libros, etcétera. Entonces, me preguntó: “¿Ya sabes escribir?”. Le miré consternada, la Maga debió sentir un apretón repentino y seco, pues la llevaba entre las manos. El buen hombre se apresuró en aclarar: “Me refiero a que si sabes escribir en términos académicos, porque bueno, esta es una universidad y tenemos un nivel de exigencia alto con los becarios”.

Sé escribir en culto, le dije, pero aún no he aprendido el dialecto peninsular.

Nunca me llamó. Pero eso sí, cada vez que me encuentra por la calle, abrazos y besos, todo es abrazos y besos, y cómo estás, y en qué trabajas, y cuándo vuelves a Perú, la familia, ayyyyyy, la lucha por un mundo mejor.

Quién diría…

Afortunadamente, no todos están completamente llenos, hay personas que aún son capaces de equivocarse y saben escuchar. Además, andan siempre tan ocupadas en sobrevivir que no reparan en las diferencias.

Pero empecé hablando de la Haidar, ¿verdad? Es que uno de mis compañeros de piso es marroquí. Viene de un pueblo pequeño, por lo visto, sus padres se dedican a la agricultura. Es un chico bastante centrado, trabaja más que nadie en esa casa y tiene papeles en regla.

Comentamos hace pocos días el caso de la saharaui en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote (Islas Canarias). Para él, la solución era clara: “Esa mujer tiene casa y familia en España. Pues que se vaya a su casa, contrate a un abogado y a esperar, como todos”. Le expliqué que la policía marroquí le había requisado el pasaporte y que, a efectos legales, ella no podía salir del aeropuerto en ninguna circunstancia.

“¡Entonces que pida asilo!”, sugirió al aire. “¡Además, ya ha conseguido el apoyo de la gente y el gobierno español le ha ofrecido una especie de salvoconducto para que se movilice por el país, así que eso, que se vaya a su casa, contrate un abogado y a esperar, como todos!” (Sí, insistía).

“Ya, pero es que con su protesta no sólo está buscando una solución a su problema personal, sino también llamar la atención del mundo sobre la opresión que ejerce tu rey a la población saharaui”, contesté.

Sonrió. “No es mi rey”, dijo, “y no entiendo por qué Aminetu hace eso”.

Cambié el tema. Pobre moro, ya tiene bastante con trabajar 12 horas al día y vivir en el piso de los bolivianos en plena ola de frío polar (es que ni de broma ponen la calefacción, los condenados, sino que prefieren andar por la casa vestidos de esquimales… ¡Que les den!), como para que la señorita “oenegera” llegue a marearlo con cuestiones de empatía internacional.

Aspirina


Fecha Publicación: 2010-01-04T13:31:00.009-05:00

Hace un rato conversé con alguien que estaba a punto de proponerme gestionar un contrato de trabajo para obtener papeles. Su argumento fue bueno, dijo aquello que yo una vez me dije: “Quiero conseguir permiso de trabajo y legalidad suficiente para regresar a casa si así lo deseo y no simplemente porque no me puedo quedar aquí”.

Le escuché en silencio y suspiré. He notado que me hace daño hablar de este tema. Lo único que atiné a decir (y creo que fui sincera): “Hace un año yo estaba entusiasmada y esta propuesta tuya me habría hecho saltar de alegría. Pero han pasado cosas, colega… Han pasado cosas”.

Lo cierto es que no puedo vivir de papeles. Quiero dinero. O, mejor dicho, un trabajo que me dé dinero. Ya estoy mayor y no puedo vivir del aire. Ya estoy cansada de “colaborar” y “aprender”, con una sonrisa de humildad. Ya no quiero… Necesito un trabajo remunerado, no sólo documentos. Ya podrían ofrecerme matrimonio para obtener ciudadanía, pero un matrimonio-trámite no me va a dar de comer, ni pagará mis deudas y aficiones. Además, tengo la ilusión de hacer cosas para las que estoy capacitada, no sólo sobrevivir con buen humor, mientras mi invaluable red de apoyo sigue dándome la mano.

Y resulta que en Perú no tengo prohibido trabajar y contratarme no implica firmar un pacto de sangre con el jefe de turno ("gratitud", ya sabes, no cualquiera hace estas cosas por extranjeros).

Llevo ya un tiempo sintiéndome seca, entristecida y mala.

Hace unos días ironizaba en un post sobre mis motivos de “odio hacia los europeos”. Un alma sensible, decente y con poca capacidad para entender el doble sentido, me dijo aquello que suelen decir las almas sensibles y decentes cuando ven algún amago de injusticia en la opinión: “No generalices”. Lo que me sabe mal de esta sugerencia es que sólo se oye cuando se trata de una “generalización de características negativas” y yo he aprendido en esta última década que tampoco lo bueno se puede/debe generalizar.

En todo caso, en ese post mencioné precisamente lo bueno, lo que me ha hecho amar a algunas personas de este lugar, lo que me está costando dejar

En una de las múltiples cenas culpables de mi reciente engorde, allá en Munich, un amigo de Alice, mi anfitriona, me preguntó justamente por la opinión general que me llevaba de los habitantes del Viejo Continente. Le respondí que era imposible contestar a esa pregunta, pues mis referentes próximos eran, por lo general, “positivos”. “A ver, explícame qué clase de idea voy a tener de los alemanes, si mi alemana más cercana es ésta que tengo al lado” y todos estuvimos de acuerdo en que Alice no es un ejemplo “ortodoxo”, pues, entre otras cosas, consigue que la expresión “Ich liebe dich” suene realmente dulce y amorosa cuando ella la dice, proeza imposible para el promedio germano, etcétera (ay, estos intelectuales misántropos).

Lo cierto es que nunca he creído tener una idea general de las personas de ninguna sociedad, sin embargo, sí que es posible determinar características comunes, sean pautas de comportamiento, sean principios legislativos civiles. Yo no creo que todos los españoles rechacen a los extranjeros, pero sí puedo afirmar, con conocimiento de causa, que el sistema administrativo nos complica demasiado la vida (por decirlo suave).

De todos modos he de admitir que no vine aquí con intención de quedarme y ya es hora de ir justificando lo invertido. Pero sé que estos rompederos de cabeza seguirán un rato más (ya sabes, el pelirrojo y otros asuntos, aunque no sería la primera vez).

1 de enero de 2010


Fecha Publicación: 2010-01-01T08:29:00.010-05:00

Nací y crecí en el lado donde las personas aprendemos, desde pequeñitas, que no es posible tener todo lo que uno quiere, porque no hay suficiente dinero y debemos establecer prioridades. Por eso no me llamó la atención cuando el hombre del bar de la esquina me dijo que tenía pocas oportunidades de ir a conciertos en Bilbao, pese a que le encanta la música. Para compensar, se ha montado una colección bastante completa de rock internacional, en audio y vídeo.

El otro día pasé por allí, rumbo a casa. Era una noche bastante fría y no se me antojaba la cerveza-cena de toda la vida, pero oí un agradable "estruendo" de guitarras eléctricas y, sin pensar, entré. Él, notablemente contento, me dijo: "Qué bueno que hayas venido! Mira el concierto que hemos conseguido!"...

Es éste uno de los españoles más sencillos que he conocido en un barrio habitado por gente llana y trabajadora, sin mayor empeño en hacerse notar. Es la clase media obrera, esa "sociedad anónima" de personas que, sin ruido, mantienen activas las economías de sus países. Nunca tienen suficiente dinero para ir por ahí de alternativos, pero son la columna vertebral de cualquier sociedad y la carne de cañón de toda revolución. Es la gente despreciada por intelectuales de izquierdas y derechas, debido a su "aburguesamiento" y/o "mediocridad", que, sin embargo, sufre siempre los primeros embates de toda crisis. Son quienes reciben las balas.

...

Estoy imaginándome en mi habitación-taller, un fin de semana tranquilo, luego de comer algo caliente, abrazada a mi chico bajo el edredón, diciéndonos mutuamente que todo va a estar bien...

La gente piensa


Fecha Publicación: 2009-12-30T16:26:00.016-05:00

Algo está pasando en el Sur: aquellos que nunca tuvieron acceso a las páginas impresas -salvo como "modelos" en libros de antropología- han empezado a llenar centrales, arrebatar titulares, desacreditar ministros y ocupar sillones presidenciales. ¿Es eso bueno? ¿Es eso malo? Ni uno, ni otro. Se trata de un proceso histórico-evolutivo normal, una fase más del andar humano en el mundo. Pero cómo duele, oh, sí, señor, cómo duele a quienes ven reducida su influencia y su poder. Es que, por supuesto, cualquier proceso de empoderamiento, en un mundo de ideas que valen por su concreción física, implica el "desempoderamiento" de los que ostentaban aquella rancia y aristocrática capacidad absoluta de (y aquí puede ser: gobernar, administrar, juzgar, matar).

El principal problema, y ésta es sólo una humilde opinión, es que la historia ha venido siendo escrita desde una perspectiva occidental, de raíces greco-romanas. Se cree, por tanto, que todo proceso de desarrollo debe tener como base el "buen vivir", entendido como el establecimiento de familias nucleares (y sólo nucleares) en cómodas casas urbanas, fortalecido por una educación sin perspectiva local (E, de elefante, J, de jirafa), basada en conocimientos acumulados tras siglos de investigación y exterminio de especies "inferiores". No olvidemos, claro, construir el centro de salud más cercano, salvoconducto de todo gobierno que busca ganarse el favor popular sin complicarse la vida. ¿Para qué instaurar la semilla del saber? ¿Por qué implementar costosos proyectos de desarrollo, si las personas quieren ver resultados inmediatos para las elecciones del próximo año?

Durante mucho tiempo, tal vez desde que dejamos de ser colonias, hemos sido "atendidos" por nuestros gobernantes con una actitud ambigua de "buena voluntad", sumada a una suerte de "decencia cristiana". Mientras tanto, importantes familias han seguido enriqueciéndose y, aún hoy, debemos soportar a cultísimas figuras públicas que, por televisión, piden respeto a su color de piel, apellido y nivel académico. Ellos llevan la "razón histórica". Los que pensamos diferente, a jodernos.

Ese punto de vista discriminatorio y malicioso, esa tendencia a diferenciar entre "artistas" y "artesanos", entre "cultura" y "folclor", a no medir y medirnos con la misma vara, pese a la procedencia nacional o racial (gran excepción el Inca Garcilazo de la Vega, aunque por decenios fuera presentado a la intelectualidad española con rasgos acriollados). Ese peso máximo aplicado a lo occidental, esa admiración ciega por lo "blanco", eso, eso es lo que ahora nos hace recelar de los levantamientos campesinos contra alternativas de desarrollo neoliberales, nos induce a llamarles "ignorantes", a acusarles de "terrorismo", de "narcotráfico", de todo lo malo (o feo) que se nos ocurra, porque estamos enfermos de prejuicios, porque tenemos miedo a nuestro propio pueblo, porque siempre es más fácil mantener el status quo, la sensación de crecimiento económico indiscriminado, en lugar de guardar silencio un momento y escuchar...



La Vieja Europa es famosa por sus excentricidades, por sus abusos y supersticiones, aunque ha presentado estos elementos al mundo envueltos en pan de oro, protegidos por la intangibilidad de la tradición. ¿Por qué no brindar el mismo reconocimiento a otras culturas?

...

Discutí hace un par de semanas con un colega de Piura, periodista él, acerca del último incidente relacionado con la resistencia popular a la explotación minera de la empresa Monterrico Metals. Me comentó, un tanto escandalizado, que los miembros de la Ronda Campesina habían instalado retenes de control de tráfico en diferentes áreas de la zona en conflicto, lo cual le resultaba ilegal, y que habían disparado a la policía con fusiles AKM (al parecer, el único tipo de armas militares al que suele tener acceso la población civil, por su repetida mención en los periódicos). "Eso es terrorismo", me dijo sin dudar y yo, tratando de mantener la compostura retórica (en honor a la amistad), respondí: "No, querido, eso no es terrorismo y ten mucho cuidado con escribir esas impresiones en tus reportajes. El terrorismo implica un uso sistemático del terror: asesinatos, secuestros, explosivos... Además, no estamos hablando de una organización ideológica, ni de un adoctrinamiento. ¿Somos tan soberbios como para no admitir que incluso las personas a quienes siempre hemos mirado por sobre el hombro y creído incapaces de 'razonar', pueden de pronto formular un argumento irrefutable y luchar? Dime..."

Sí, la verdad es que, muchas veces, somos así de soberbios (y ruidosos, y prepotentes, etcétera). Le pedí a mi colega una investigación semántica y otra jurídica, qué menos. Todas esas muertes y agresiones (y he dicho todas), merecen respeto y justicia. Lo que aún no consigo entender es la falta de sensibilidad y empatía de tantos compatriotas y autoridades: el sólo hecho de que comunidades enteras, acalladas durante décadas por la pobreza y el constante riesgo de discriminación, se organicen y levanten, ¿no debería llenarnos de alegría? ¿No es un paso importante en el desarrollo de nuestra democracia y una verdadera identidad nacional pluricultural?

Ay, los seres humanos son criaturas muy extrañas...

Little Junio goes to Prague (1)


Fecha Publicación: 2009-12-29T20:05:00.005-05:00


Absinthe testing!

Hey, I said just test...

Oh, forget it!
You're a "poet", guy...

Confianza....


Fecha Publicación: 2009-12-29T19:08:00.021-05:00

Para empezar, no tienen idea de lo que es protección de la propiedad. Te dejan por ahí a tus anchas, no te piden cantidad de documentos, como lo haría un buen empleado en Perú, ni te preguntan por tu nacionalidad, cuando creen que eres diferente al promedio.

Luego, hacen cosas estúpidas como dejarte vivir en sus casas mientras ellos están de vacaciones, o te pagan por llevarte a pasear a sus hijos y te invitan a comer en la mesa del patrón aunque seas la "chica de los recados domésticos".

Para mayor escándalo, en la biblioteca sólo te piden el DNI a fin de saber quién eres, pero no se lo quedan hasta que sales del edificio. Es decir, ya te puedes llevar todos los documentos que se te ocurran, ni siquiera se van a enterar.

¿Otra cosa por la que no me gustan los europeos? Esa confianza idiota en los bares (sobre todo en Bilbao) de no cobrarte nada por adelantado. Tú pides vino, cerveza, coges todos los pintxos que puedas imaginar, y los encargados te preguntaran A TI cuánto consumiste. ¿Te parece posible tal nivel de imprudencia? No, si yo alucino...

Lo que es peor, ya no en España (vale, País Vasco), sino más al norte: cuando entras al tranvía, o al metro, puedes hacerlo directamente, y a cualquier vagón. Nadie, PERO NADIE controlará si has picado tu ticket en alguna tonta máquina or something like this.

Lo más jodido, el motivo por el cual metería a todos los europeos en una cámara de gas: Hace dos días envié a mi madre, a través de WESTERN UNION, una humilde cantidad de euros desde Praga. Como esta gente del Este no tiene idea alguna sobre los "last-names" compuestos, pusieron los apellidos de mi progenitora como se les dio la gana y ahora la buena mujer no puede cobrar. Esta mañana permanecí DOS HORAS en una oficina de Pilsen (Republica Checa) tratando de arreglar el entuerto, y los amables eslavos no entendían una cuestión MUY BASICA: "Si tu eres la dueña de la plata, te conocen y tu madre tiene el código, ¿por qué no le entregan el dinero?"

Buena pregunta...

Pero no, no es ese mi real motivo de odio hacia los europeos, sino que tienen una extraña tendencia a engordarme... Es decir, no se dan cuenta de que creen, arbitrariamente, que siempre tengo ganas de comer los mejores platos de su ciudad y que tienen derecho a mantenerme a punta de delicias. ¿Qué les pasa? ¿No piensan en que una quiere estar delgada para el novio? Son unos desadaptados, no se enteran...

Ya para poner la guinda, que alguno te financie la mitad del pasaje a Munich. No, si son gente rara, no deberían existir, al carajo con ellos...

Puf...

A la próxima persona que me pregunte por qué me gusta estar aquí...

P.D: Me refiero solamente a mis amigas, amigos, y mis mejores experiencias en general (por si acaso)...

de viaje


Fecha Publicación: 2009-12-21T14:52:00.002-05:00

Hoy he iniciado un viaje dentro de un viaje más largo. En realidad, empezó ayer, cuando cogí el bus Bilbao-Madrid. Pero ayer fue día de despedidas, besos dulces, abrazos cálidos, los mejores deseos con un nudo en la garganta, que empiezan cada historia (porque cada historia, nos guste o no, empieza con una despedida).
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Anoche nevó. Afortunadamente, Madrid es seco. En Bilbao sería imposible no tiritar con el abrigo sobre la camiseta, sin chompa de lana enmedio. Aquí, aunque la temperatura es más baja, me siento a gusto. Ni siquiera el catarro se ha dado por aludido.
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Tal vez vaya al cine dentro de un rato, pausa merecida en el listado de asuntos por resolver, antes de tomar un avión, mañana. No he olvidado el pasaporte, a los "no comunitarios" no nos basta el DNI de extranjeros.
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Qué ganas de estar sola tengo hoy. Entiendo el motivo: cuando se avecina un vuelo, un traslado, un pequeño (o gran) cambio en el estado habitual, necesito concentrar mi atención en todos los detalles. Demando, por tanto, soledad. Pienso un poco y reconozco que sólo admito la presencia de mi madre o algún apreciado amante, si lo hubiera, pues en tales situaciones, la necesidad de alargar los minutos y matizar los futuros recuerdos le ganan a cualquier practicidad y/o misantropía.
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Debo comprar un medicamento que corte los síntomas de la gripe, no quiero tener problemas con los bávaros apenas aterrizar.
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También una tarjeta de llamadas internacionales, ya sabes, para hablar con la familia en navidad y cosas de esas.
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Fui al cine.

Ay, esos bolis...


Fecha Publicación: 2009-12-17T05:12:00.010-05:00


El asunto es el siguiente: estoy a punto de permitirme generar un oscuro prejuicio contra los bolivianos, a partir de una serie de juicios reales a los que he llegado en estos meses de convivencia con una pareja de cruceños.

No son mala gente, pero viven sobreviviendo en la ilegalidad y eso implica reducir al mínimo los servicios de habitación, por el máximo costo razonable.

La situación no es infrahumana, por cierto. Digamos que no vivo en un “piso-patera” y el lugar es bonito. Sin embargo, luego de haber compartido casa con españoles, manteniendo siempre relaciones democráticas y responsabilidades horizontales (pese a un par de neuróticas, para matizar), me vine a meter en una especie de “pensión universitaria”, donde los patrones son dueños del salón, la tele, y todos los servicios del lugar.

Es un negocio bastante usual: ellos consiguen un piso de tres habitaciones, por un precio “razonable” (dicen que 800 euros al mes, a saber) y subarriendan a dos o tres inquilinos, por 250 ó 300 euros cada habitación. Algunos llegan a meter hasta 10 personas y, aún así, el costo suele ser desorbitado. Afortunadamente, éste no es el caso.

Entonces bien, el moro, el joyero y yo pagamos, en total, 600 euros, con lo cual, los “dueños” cubren sólo el 25%, más los servicios.

Ahora, la “letra pequeña” del contrato:
  • El teléfono fijo es sólo del matrimonio.
  • El salón es territorio del matrimonio. Si quieren, pueden encerrarse días enteros. A veces “invitan” a pasar a los demás, pero se reservan el derecho a echarnos si, por ejemplo, quieren hablar por teléfono.
  • Tienen servicio de cable, teléfono e Internet, sin embargo, sólo encienden el WiFi cuando ellos quieren ver televisión. Los de la ONGD me dejaron un portátil tres fines de semana, para avanzar con mis diseños, y la doña me aclaró que “la habitación no se alquila con Internet”, que “el router gasta corriente y el ordenador también”. He de mencionar que ellos no tienen -ni saben usar- computadora.
  • No encienden la calefacción, porque dispara el precio de la luz. Recomiendan que “hay que abrigarse bien”.
  • Las habitaciones no vienen con sábanas, ni frazadas.
  • Pese a que los inquilinos “no debemos asumir el lugar como un piso compartido”, sí se nos exige apechugar y responder por las subidas de la cuota de la comunidad y los servicios.
Por cierto, no hay contrato, pues los dueños están aspirando a recibir ayudas sociales y no pueden registrar a otras personas en la vivienda que ocupan. Eso nos deja a los demás sin empadronamiento, por tanto, sin posibilidad de acceder a diversos servicios públicos a los que tenemos derecho por el sólo hecho de estar dejando el pellejo aquí.

Vamos a aclararnos un poco: la situación de los extranjeros no está para mezquindades y oportunismos, sino más bien debería animarnos a fortalecer lazos de solidaridad. El trato con los señores del piso no es malo, pero sí inestable, adaptable a sus intereses y conveniencias, según la necesidad. Y yo estoy un poco harta del discurso de “colaboración recíproca”, que no es sino un intercambio de favores, una especie de “te ayudo para que me ayudes”, “te sostengo y retengo con regalías, para que sigas pagándome puntualmente, mes a mes, pero no reconozco tus derechos más básicos”…

Se quejan de pobres y por sus manos circula mucho más dinero del que yo puedo haber tenido desde que llegué a Bilbao. Encargan joyas de 200 euros, compran mercadería, envían remesas de 400 euros a Bolivia, y no precisamente para mantener a la mamá enferma…

Como no es una “opresión sistemática”, puedo pasar los días con buen humor (y encender mi radiador de luz alógena 20 minutos cada dos noches, sin que se enteren, o tendré la culpa de la muerte de Jesucristo, joder). Pero he decidido, entre otras cosas, no hacer limpieza a profundidad de las zonas compartidas, sino sólo lo que ensucio… ¿O acaso en las pensiones universitarias la gente se pone de acuerdo para asear el baño común los fines de semana? ¿No se hace cargo de eso la casera? Pues lo mismo.
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Mientras no nos muramos de frío, todo estará bien (y ya queda poco).

El otro día le dije al joyero, también cruceño, que “nunca más en mi vida me metería a vivir con bolivianos”. Él, con paciencia y tolerancia, como corresponde a un buen cohabitante, observó que “no todos los bolivianos somos iguales, Angelita”, a lo que yo repuse: “¡Pero si así son ustedes, los de Santa Cruz, que se jactan de ser lo más elevado de su país, cómo serán los demás!”. Reímos.
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Buen tipo, el joyero, muy vivido. Es agradable conversar con él, salvo cuando se pone "clasista" y, al igual que el matrimonio, empieza a despotricar de “los collas”, esa “indiada ignorante” que ha reelegido como presidente al “indio bruto ese, que ni secundaria tiene”…

Homo homini lupus est
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Acotación necesaria:

Desde que llegué aquí sólo he tenido trato con una señora de los alrededores de La Paz, en el altiplano boliviano. Indígena quechua y portadora del mal de Chagas. Trabajadora. Asumió la noticia de su enfermedad con mucha tranquilidad (estábamos juntas en Médicos del Mundo) y su preocupación inmediata fue si acaso sus hijos tendrían lo mismo.

Hay gente para todo…

Avatares...


Fecha Publicación: 2009-12-10T07:45:00.003-05:00

Acabo de ver este trailer de una nueva película de James Cameron, Avatar. Seguramente será taquillera:


Official Avatar Movie

Pese a que el arte y el comercio no tienen fronteras (y este tipo de películas suelen ser una mezcla no siempre bien balanceada de ambos), me sabe un poco mal que Estados Unidos esté invirtiendo y promocionando filmes que atacan sus intereses económicos (y los del “mundo desarrollado”), tocando de manera directa los conflictos sociales generados por la sobreexplotación de recursos naturales, la expropiación de tierras y el exterminio étnico.

¿Qué pasa con el mundo? ¿Se ha declarado un jubileo internacional con perdón para todo el que se comporte de manera políticamente correcta? ¿Se querrán resarcir de lo que hicieron con los pieles rojas, y siguen haciendo con otras poblaciones a través de grandes empresas?

Actualmente, en nuestro planeta y fuera de cualquier ficción, comunidades indígenas vienen luchando desde hace muchos años por sus tierras. No son ni estilizados, ni azules, ni alienígenas, sino seres humanos de sangre roja, a quienes nadie dedica películas y más bien desprecian piadosamente con el mantra aquél de “son gente ignorante, manipulada por”…

Campesinos torturados en el año 2005 por las fuerzas de seguridad de la empresa minera Río Blanco Cooper, en la sierra de Piura (Perú).
La lista es muy larga. Se trata de hechos que no deben quedar soslayados por la superficialidad mediática. No es un juego.

Sumas y restas


Fecha Publicación: 2009-12-08T14:01:00.010-05:00

El otro día un profesor del master nos preguntó si estábamos a gusto aquí. El colombiano respondió que sí, muy a gusto. Lleva poco más de un año en Bilbao y está por terminar su período de prácticas. Yo hice dos años hace pocos días. No contesté, sólo sonreí y me encogí de hombros. El buen hombre infirió, sin ser un genio, claro, que no estaba contenta. Entonces, agregó: “Pero aquí sigues, maja”. Es verdad, aquí sigo…

Permítaseme convertir un simple diálogo retórico en matemáticas:

1. Llegué en noviembre de 2007, para hacer un master, sin ningún tipo de beca, totalmente endeudada, pero aún ilusionada por haber conseguido vencer una serie de obstáculos, etcétera. Eso sí, a trabajar durante las mañanas, como buena clasemediavenidamenos, ¡que aquí nadie es hija de gamonales latinoamericanos, por dios!

2. En mayo de 2008 me comunicaron que mi destino de prácticas sería El Salvador. No tardé mucho en descubrir que:
f
  • Una sudamericana necesita visado para entrar en Centroamérica.
  • El trámite tardaría alrededor de 3 meses.
  • El centro de estudios donde hice el master me daría todo el apoyo moral del mundo, nada más.
  • No tenía dinero ni tiempo para perderlo en más papeleos (no volveré a contar la triste historia de la seguridad social para estudiantes).

3. Decidí irme a Perú a hacer las prácticas y, por ganas de no sentirme tan frustrada con eso de no tener libre tránsito en mi propio continente, y con intención ilusa de volver a ver a un chico con quien, por entonces, tuve un amago de romance, planifiqué las cosas de la siguiente manera: me voy 3 meses de prácticas a Perú y luego termino el proceso en Pamplona, de modo que tendré tiempo de buscarme un trabajito que me permita ir haciéndome de un ahorro y pagar deudas.

Digamos que este punto 3 es el único del cual tengo total culpa y, lo admito, fue una soberana estupidez.

4. Ya en Perú, fue difícil evitar la tentación de volver a entrar a Europa, pues tenía permiso de ingreso y pasaje (cortesía, eso sí, de una beca). En ese momento me sentí como se hubiese sentido cualquier personita común y corriente de un país del Sur, ante la posibilidad de buscar fortuna en el “primer mundo” (traducible a "hacer un doctorado"). Fui así de básica, así de ciega y así de impresionable. Y es que, a fin de cuentas, ¿qué soy si no una personita común y corriente de un país del Sur?

5. Al volver debí terminar mis prácticas, no remuneradas. Afortunadamente, unos buenos amigos de Pamplona me adoptaron durante 3 meses y mis colegas de la oficina encontraron el modo de compensarme de a poquitos mi esfuerzo y atención. Ya por entonces, mi cuenta bancaria estaba totalmente vacía y vivía de convites, como corresponde a una mujer independiente de 28 años, con estudios superiores, perdida por el mundo.

6. En Bilbao, a partir de enero de 2009, empecé a trabajar en una empresa pequeña. Debí hacer cosas para las que no estaba preparada: secretaría y administración de la oficina, más algunas labores de Marketing. Rechacé el Marketing como opción laboral por principios, allá en mis años universitarios. Y no tengo vocación de secretaria, lo lamento, soy una inútil para eso, demasiado compromiso, prefiero limpiar culitos.

Me fue mal allí. Por una serie de cuestiones personales, comprendí que no era un lugar apropiado para mí, pero traté de disuadirme y darme ánimos. Sin embargo, sucedió que:

  • Los primeros días de junio sufrí una crisis de ansiedad suficientemente fuerte como para tumbarme en la cama. Me pasé el día llorando, ahogándome en taquicardias y miedo, hasta que mi red de apoyo decidió llevarme a Madrid. Hecho. Pasé ahí una semana y volví decidida a dejar mi trabajo (y, con él, Bilbao).
  • Desde Madrid contacté con mis colegas de Pamplona, quienes en cuestión de días me ofrecieron un trabajo, bajo las siguientes condiciones: “Hacerte cargo de temas de proyectos y comunicación, jornada completa y, ya lo sentimos, pero no podemos ofrecerte más de 1200 euros netos”.

Había estado ganado menos de la mitad, con disponibilidad casi exclusiva...

7. Segundo craso error: me quedé en Bilbao, por un aumento de sueldo (siempre menos que en Pamplona) y ganas de terminar lo empezado… Tardé sesenta días más en largarme definitivamente, sin finiquito ni reconocimiento alguno. El sólo hecho de irme me convirtió en blanco de críticas, acusaciones e insultos.

De todos modos, me gusta haberme atrevido a romper una relación que me hacía daño… Pero claro, me quedé sin trabajo y con ahorros que me sostuvieron los meses de setiembre y octubre, más algunos ingresitos (150 euros o así) por diseñar carteles. Sí.

8. A diciembre de 2009, tengo 0,53 euros en mi cuenta bancaria usual, 300 en una a plazo fijo (que ya estoy por asaltar) y 100 euros en mi mesa de noche: 50 que me han sobrado de un pago y 50 que me dejó el pelirrojo, por si las moscas. Debo agregar que él, Ernesto y mis padres adoptivos de Pamplona me han ayudado a pagar habitación, comida y metro los meses de octubre y noviembre, y mencionar a mis amigos de la ONGD de Santutxu, por su compañía, apoyo, almuerzos comunitarios y vicios varios.

Así las cosas.

En este preciso momento me encuentro a la espera de un par de pagos más, grandes, por el diseño de una revista. Si todo sale bien, también haré algo en enero y entonces podré comprarme el billete de regreso a casa (mi permiso de residencia vence en febrero). Para entonces me darán el título de “Master universitaria en alguna cosa de esas modernas”, o sea que el ciclo quedará cerrado por completo. Me vine a hacer un postgrado, regreso con el cartón…

Entenderán entonces que no era fácil responder a mi profesor, pues la simple y única frase que se me ocurrió antes de decidir encogerme de hombros, no habría valido toda esta historia: “Sí, aquí sigo, porque he hecho malas gestiones y no tengo un duro para volver”.

Y agregaría en silencio: “Además, hay personas de las que aún no me quiero despedir, porque sé cuánto las voy a extrañar”…

Charla en Bilbao


Fecha Publicación: 2009-12-04T10:30:00.006-05:00

Tal parece que Lucía se está consolidando como “la chica de los carteles”. De algo hay que vivir, ¿no?

En todo caso, me gustaría invitar a todas las personas interesadas en temas internacionales y Derechos Humanos a esta charla, organizada y dirigida por colombianos implicados en luchas sociales contra la impunidad del actual gobierno de su país, y algunos refugiados.

Es sobrecogedor el modo en que las víctimas, hijos e hijas de víctimas y demás protagonistas de constantes violaciones a los derechos fundamentales, relatan estos hechos y, lo más importante, siguen en pie. Recomendable acercarse a esta realidad sin un televisor de por medio:
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Acerca de mujeres prepotentes y hombres con síndrome premenstrual


Fecha Publicación: 2009-12-03T10:38:00.006-05:00

Mi intolerancia a la “espontaneidad” se está haciendo crónica. Cosas claras, por favor. Pero claras de verdad, es decir, no sólo dichas a la cara, así, a lo bestia, sino previamente analizadas. Momentos malos los tenemos todos (y todas), pero hacer de la susceptibilidad una característica inherente de la personalidad, no es sano. Ni sano, ni respetable.

Soy una llorona incontenible. Y B hace mucho ruido cuando come. Y C no es persona hasta el café de las 10 a eme. Y D, a sus treinta y pocos, no puede quedarse quieta en un solo lugar, sigue buscando “su sitio”. Pero puedo confiar en B, C y D porque sé que practican un afecto estable, y que, si se enfadan por alguna acción u omisión, ya se les pasará. No van por la vida exigiendo pruebas épicas de amistad.

Hace un par de años, antes de venir a Bilbao, peleé con un buen amigo. Buena gente, pero sensible hasta los testículos y, cual nene malcriado, un día decidió “no hablarme nunca más en la vida” porque no pude quedar con él y su novio apenas volví de Cuzco. Exceso de compromisos, creo que alegué. Y cierto fue, claro, pero olvidé un detalle importante: la administración de su tiempo, las cosas que, para verme, había dejado de hacer. En fin, organización interna.

Así, odiándome desde el fondo de su corazón, me envió un par de e-mails purgantes de esos donde se dice todo lo que nos tiene traumatizados desde la primera infancia, en plan “me he dado cuenta de la clase de persona que eres”, “después de todo lo que he hecho por ti”, etcétera.

Por fortuna, su novio de entonces no acató la postura de su ofendida pareja y pasó una tarde de compras conmigo…

¿Qué hacer? El proceso siempre es el mismo, aunque el tiempo de cada etapa (y su calado) disminuyen conforme se gana experiencia:

Primero: el “shock”. En definitiva, uno nunca espera un mensaje cargado de insultos, acusaciones, juicios y cobro de favores, mucho menos de una persona querida. Ahora bien, tampoco me voy a hacer la inocente: yo sabía que lo había plantado y le ofrecí disculpas sin dramatismo (esta manía de algunas personas de confundir sequedad con soberbia, carajo) y me esperaba un reclamo justo, mas no cantidad de adjetivos intolerables, comprensibles sólo cuando hay cariño (y paciencia, paciencia).

Segundo: la rabia. ¿Quién se cree este huevón para decirme tales cosas? Es evidente que, ante una agresión, nos defenderemos casi instintivamente y con pleno derecho, sobre todo si no tenemos la voluntad sometida o padecemos de una dudosamente digna humildad (mansedad, creo que le llaman).

Tercero: el complejo de culpa. Pasado el shock y la ira, una empieza a preguntarse si acaso no ha hecho algo realmente malo, demoníaco, que la ha convertido en merecedora universal de todas las acusaciones formuladas por el amigo, que es amigo a fin de cuentas y algo de razón tendrá, ¿no? Empiezan repasos enfermizos e interminables de las acciones de los últimos días, a dónde fui, qué comí, qué pude comentar, con quién, para qué, a dónde va a llegar el mundo como está y la gallina de los huevos de carbón.

Este es el preciso momento en que socializamos el asunto con otros amigos, porque claro, ellos han de tener motivos para querernos y nos dirán si acaso hemos mutado realmente en una criatura monstruosa e insensible. El diálogo seguirá un orden ya determinado: se compartirá el suceso (indignación recíproca), se hablará de las cualidades de la receptora de los insultos y, por último y con calma, se empezarán a analizar los motivos por los cuales el emisor ofendido ha escrito lo escrito, considerando, por supuesto, cualquier situación personal agravante, del tipo: estaría en un mal momento, habrá tenido un día jodido en la oficina, le estará por venir la regla (a estas alturas, aplicable a machos y hembras), se le moriría la abuelita, qué sé yo.

El cuarto momento resulta crucial, pues es cuando decidimos lo que vamos a hacer. Aquí ya entra en juego la personalidad de cada quién. En mi caso, reluce una carta desfavorable: cuando alguien me ha insultado y me ha hecho daño, y no considero que los motivos sean coherentes con la magnitud de su reacción, me alejo, el orgullo puede conmigo.

You labeled me, I’ll label you (So I dub thee unforgiven…)

Cuando las personas nos “hacemos públicas”, cuando decimos lo que pensamos y sentimos, nos exponemos de manera irremediable al juicio y la valoración. Una acción siempre genera reacción y los seres humanos tendemos a opinar, aunque no nos hayan preguntado, sobre todo en sociedades donde lo más importante no es escuchar, sino hacerse oír.

El quinto momento no tiene lugar, ni palabras. Es la espera, es el tiempo que debe pasar para que las heridas se curen y las personas, si se quieren, se perdonen. Esa espera es necesaria y sana y, en la lejanía, ayuda a que cada parte implicada en el conflicto se tranquilice y valore con calma al “amigo perdido”. Creo que está permitido ponerse en todas las situaciones, buenas y malas, para valorar. Las relaciones fuertes no se diluyen a causa de un único conflicto, por más que éste haya hecho doler. Al menos, es así desde mi experiencia.

El amigo sincero no aprovechará la distancia para destrozar la imagen del otro, por ejemplo, ni utilizará las debilidades del colega, conocidas y reconocidas gracias a la cercanía y la confianza, para hacer daño. Si alguno de los individuos hace tal cosa ya no con dolor, sino con premeditación y alevosía, deberíamos agradecer al cielo todo lo ocurrido: siempre es bueno deshacerse de afectos que no merecen la pena.

Hace unas semanas conversé por teléfono con ese chico que había prometido no hablarme nunca más en la vida. Se le pasó la rabia algún tiempo después, tardó varios meses en animarse a escribirme y, cuando por fin lo hizo, fue bien recibido. Después de todo, lo quiero.

La verdad es que extraño muchísimo a mi gente de allá…

Esta temporada he pasado por dos conflictos similares al que montó el colega de Perú, con dos mujeres a las que siempre tuve por maduras, respetables y, sin duda, mejores personas que yo (los cronopios somos ingratos por naturaleza). Respetables siguen siendo, el concepto de madurez es discutible y no volveré a situarme debajo de nadie, por un demonio, que para ángeles en la tierra, mi mamá y pocas más.
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A veces me siento cansada...
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¿La gente puede llegar a comportarse del modo en que la tratan? Sí.

Y la gente tiene que trabajar.

Malditas canciones, Nº2: La chica de Málaga


Fecha Publicación: 2009-11-29T07:59:00.005-05:00

Tengo un reproductor digital de música. Mi primer reproductor digital de música, por cortesía del pelirrojo. Hasta hace pocos meses usé discman y, dicho sea de paso, anduve con walkman hasta que mi hermano lo rompió, hace un par de años. Y ahora tengo un aparatito pequeñito, pequeñito, que hará más llevaderos mis traslados de un punto a otro de la ciudad.

Me lo trajo ayer por la tarde, con algunas canciones y bandas sonoras grabadas. He de mencionar cierta afición común por Tarantino, lo cual nos llevó, como quien no quiere la cosa, a la versión modernizada de una vieja ranchera cargada de amor y melancolía, conocidísima, ya clásica: La Malagueña (o Malagueña Salerosa).

No puedo dar fe de la primera vez que la oí, pues seguramente mis padres la habrían escuchado cuando yo estaba en la cuna. Pero sí sé en qué momento la identifiqué y reconocí: hace bastantes años, durante mi pubertad, en la voz indefinida y vulgar de un jovencito argentino llamado Pablito Ruiz, en versión pop simple para adolescentes.

Reconozco que compartí, en su momento, la euforia colectiva de mis coetáneas, presa de los desbarajustes hormonales propios de esa época, reforzada por el marketing mediático que rodeaba a aquél muchachito encantador, ídolo de masas sin siquiera haber acabado de ganar estatura… Para que luego no se diga que la vaca no recuerda cuando fue ternera.

Gracias a la red del vecino, pudimos buscar el dichoso vídeo en concierto y comprendí, quizás por los años, la indignación que mostró mi progenitor ante el atentado cultural contra una canción que merecía respeto. El buen hombre, en su afán por hacer de mí una mujer de criterio agudo y esnobista (sí, fue su culpa), me sentó un día en un sillón de la sala y me hizo escuchar, repetidas veces, la versión ranchera de La Malagueña, explicándome por qué ésta tenía mejor calidad interpretativa e instrumental que el bodrio del Pablito Ruiz ese, pobre chico, no tiene la culpa, allá los padres y demás adultos sinvergüenzas, etcétera.

Recuerdo que me sobrecogió. La encontré triste, no me sonaba en absoluto a una canción de amor, porque claro, a los once o doce años pocos seres humanos tienen la mala suerte de percibir dolor en el amor. Mi padre hubo de aceptar mi observación: “Ya, pero la de Pablito Ruiz es más alegre”. Sí, pues, era más alegre.

Diecinueve años depués, puedo agregar: "Y también mala, muy mala". Sin embargo, me recuerda una época bonita y eso le brinda amnistía. Aquí está, con toda la desfachatez de mi corazón (¿a qué está graciosito el mocoso?):

Y ésta versión fue la que me hizo escuchar mi padre:

He pensado, respecto a esto, que así como el sentido del gusto se afina con la edad, ha de suceder lo mismo con el oído. Cuando somos niños apenas podemos tolerar sabores agridulces, sin embargo, cuando vamos creciendo notamos cómo, poco a poco, introducimos variaciones. Yo he sentido esa misma apertura gradual con la música, aunque la apreciación de este arte tiene como condición indispensable el aporte espiritual que nos vaya dando la experiencia.

A los once años, la Malagueña ranchera era triste y me provocaba una punzada en el pecho que no comprendía y sólo podía rechazar. Hoy por hoy, puedo disfrutar esa tristeza, decorarla con palabras y colores. Pienso en los niños que nacen y crecen rodeados de melancolía, de letras dolorosas cargadas de significado, y se me ocurre que deben hacerse adultos muy rápido. ¿Podríamos hacer un análisis sociológico que relacione el nivel de desarrollo y la idiosincrasia de una comunidad, con la música que producen y escuchan?

Por cierto, y esto surgió de la conversación con el pelirrojo ayer, mientras nos reíamos de mí y mi afición por Pablito Ruiz: ¿Por qué la música pop dirigida a púberes y quinceañeros es tan sosa y de mala calidad? ¿Será que la industria (administrada por empresarios adultos, claro está) se empeña en atontarles? ¿O es que directamente se parte del prejuicio de que a esas edades las personas somos naturalmente estúpidas? A tener cuidado con generar círculos viciosos, pues no debemos olvidar que, muchas veces, los seres vivos nos “hacemos” como se nos trata.

Aquí la versión por-rock Siglo XI, utilizada por Tarantino en Kill Bill Vol. 2:

Y una "lírica", interpretada por Plácido Domingo, que hay para todo:

Cuestiones semánticas (y culturales)


Fecha Publicación: 2009-11-15T16:42:00.010-05:00

En la cocina

Lo primero que hice al descubrir que todos los paisanos de mis caseros repetían el mismo error semántico al atribuir adjetivos calificativos a la comida, fue descartar la sinestesia. Salvo, claro, que todo un colectivo de bolivianos cruceños* (que quede claro**) padezca de alguna variedad de sinestesia colectiva cuya existencia, hasta el momento, he ignorado.

El caso es que desde que llegué a esta casa, a propósito de la preparación de alguno de mis menjunjes peruano-españoles, me han estado preguntando “oiga, ¿y ese plato es lindo?”. Las primeras veces miraba el plato para tratar de adivinar por qué querrían saber si estéticamente cumplía con los parámetros de belleza establecidos en alguna convención internacional sobre modelos, anchura y colores de platos de loza barata, pero al poco tiempo noté que no se referían al continente, sino al contenido. Mejor dicho, el buen hombre o la buena mujer me estaban preguntando si la comida tenía buen sabor.

No quise razonar sobre esto una noche en que se pusieron a discutir sobre frutas hermosas…

Sin embargo, desde que he oído hablar a los señores de casa me he venido preguntando si acaso yo misma he usado los adjetivos adecuados para calificar el sabor de una comida. Lo normal, como buena peruana costeña apitucada, es decir que “¡Todo está buenaaaazo!”, pero ya no me quedaba muy claro si esto, pese a ser menos chocante que “lindo” para caracterizar pimientos al piquillo o lentejas cocidas, era correcto. Así que me metí a la página Web de la Real Academia Española, y hallé lo siguiente:

Apetecible. 1. adj. Digno de apetecerse.
Bueno, a: 3. adj. Gustoso, apetecible, agradable, divertido.
Delicioso, sa. 1. adj. Capaz de causar delicia, muy agradable o ameno.
Exquisito, ta. 1. adj. De singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie.
Sabroso, sa. 1. adj. Sazonado y grato al sentido del gusto. / 2. adj. Delicioso, gustoso, deleitable al ánimo. / 3. adj. coloq. Ligeramente salado.

Por cierto, ningún significado de los adjetivos “lindo” y “hermoso” corresponde a una percepción del sentido del gusto, por tanto, no sería semánticamente correcto utilizarlo para definir un sabor. Pero en fin, dicen que el lenguaje es de quien lo habla y se reinventa con el uso, ¿no? No obstante, tampoco está bien exagerar.

En el “Subway”

Iba yo en el metro, tratando de terminar de leer La Caverna, cuando noté que un muchachito se acercaba más y más a mí. Pensé que le interesaba saber qué libro llevaba, pero al detectar un profundo olor a alcohol, me dije no, ni hablar, éste va a empezar a hacerse el interesante, puf.

Dejaron dos lugares vacíos en una parada y me senté. Él hizo lo mismo, a mi lado, e inició la conversación sin ninguna vergüenza, con una frase que podría haber sonado profunda e inteligente en otras circunstancias, a saber: “Veo que disfrutas de las novelas románticas”. Lo miré con todo el desprecio que merece un ser humano tan erróneamente osado, pero de inmediato esbocé una tolerante y educada sonrisa, culpa de mi padre y sus lecciones de respeto a la humanidad***, que el jovencito interpretó, cómo no, como una invitación a seguir hablando.

Soporté así unas cuarenta paradas (muchas más de las que tiene el metro de Bilbao, en circunstancias normales) hasta que pude levantarme de un salto y decir “¡Esta es la mía, aquí me bajo!”, manifiesto de libertad que fue seguido por un amenazador “¡Te acompaño!”, un cortés “no es necesario” y un definitivo “no me cuesta nada, vamos”. Vamos, pues.

Habíame confesado el cruceño (sí, también) que gustaba de escribir poesía y tuvo a bien detener mi paso y, con su cara muy cerca a la mía, empezar a declamar una que, según él, escribió pensando en que alguna vez me encontraría y yo, claro, notando a cada palabra que se la estaba inventando en ese preciso momento, ¡por favor, Dios, mátame ya!

Y ocurrió el milagro. Mejor dicho, ocurrió que se me acabaron, al mismo tiempo, la paciencia y la buena educación, efecto retardado detonado por una simple, anticuada y melosa frase: “Tanto tiempo esperando por ti, hermosa doncella”. Fue acabar de decir la palabreja y a mí darme el ataque de risa sin poder parar, y él “¿Qué es tan gracioso?”, y yo “¡Lo de doncella!”, y él ¿Qué tiene?, y yo: "¡Que ya no se me puede llamar doncella!", y él, ya notablemente enfadado “¡Será acaso que a ti te falta mucho para llegar a ser una doncella!”, y yo, recobrando la compostura y dándome cuenta que la cosa no iba a llegar a ningún lado, le di dos besos, un abrazo, le agradecí el poema, ofrecí disculpas, las buenas noches y me largué a casa, dejándolo abandonado en medio de la plaza Unamuno, a las tantas de la madrugada.

¿Dudas? Veamos:

Doncella. (Del lat. vulg. *domnicĕlla).
1. f. Mujer que no ha conocido varón.
2. f. Criada que sirve cerca de la señora, o que se ocupa en los menesteres domésticos ajenos a la cocina.

No añadiré más comentarios.

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* De la región de Santa Cruz.
** Digo “que quede claro” porque he notado que a los bolivianos “cruceños” les gusta dejar sentada la diferencia cultural y racial con respecto a sus compatriotas del altiplano, a quienes suelen llamar, a veces despectivamente, “collas”.
*** Frase de mi padre, regañándome: “No te rías de la ignorancia de los demás, pues hasta la persona más humilde será capaz de enseñarte algo que tú no sabes”. Ay…

Para Sophia (o "la crisis de los casi 30")


Fecha Publicación: 2009-11-13T13:11:00.031-05:00

He estado pensando en unas cuantas tonterías, como que en el bar de la esquina siguen poniendo la música que me gusta y me estoy pasando con las cervezas, sin ser alcohólica, aunque lo peor del vicio no es lo que cuesta sino que engorda. Por cierto, he dejado de fumar y descubrí que mi nuevo “personaje símbolo” de manías otakus es nada menos que la atractiva Misato Katsuragi, por unas cuantas coincidencias contundentes:

  1. Tiene 29 años.
  2. Es económica y laboralmente independiente.
  3. Es buena profesional, en su especialidad.
  4. Es hermosa (modestia aparte, aunque no comparto su voluptuosidad, yo soy del tipo “planita”).
  5. Cena cerveza.
  6. Tiene una extraña tendencia a fijarse en chicos menores que ella.
  7. El Complejo de Electra (por un padre muerto, por supuesto) no le ayuda mucho a consolidar relaciones con hombres mayores que ella.
  8. Tiene espasmos de inmadurez que la meten en más de un lío.
  9. Casi siempre está riendo.
  10. Es depresiva.

Sólo me falta una mascota, un amante pasional y ganar suficiente dinero para pagar un mini apartamento. Sin embargo, veo que si las cosas siguen así, no podré…

Por cierto, yo soy ésta:

Y he pensado en muchas tonterías últimamente, porque así no me entero de las cuentas atrasadas y de que esta temporada me corresponde pagar las consecuencias de una serie de decisiones precipitadas tomadas durante los últimos meses. La primera: volver a Bilbao. La segunda: tener miedo de perder lo poco que tenía.

El gran jefe suele cantarme una canción repetida y cansona, que va algo así: “Es queeeee contigo la verdad es que no se sabe qué va a pasar y no generas sensación de seguridad”. Sé que lo dice porque padece de incontinente honestidad, pero a veces peca de ligero.

Y es que no soy inestable, aunque acepto que durante los últimos meses he dado esa imagen en determinados entornos, sobre todo en aquellos relacionados con personas que han ejercido algún tipo de presión sobre mí, para condicionar mis decisiones. No niego, sin embargo, que fue culpa mía la primera mala elección, pero no por eso estoy apestada, ni soy “un riesgo”.

Conversé con una buena amiga de Pamplona hace un par de meses, cuando apenas había renunciado a mi trabajo y la exjefa me dijo que, al “contratarme”, sabía que yo en algún momento querría irme a mi país y no me importaría dejarla tirada.

Ante ese comentario y mi estúpida tendencia a sentirme culpable por todo, mi colega respondió: “No creas eso, no pienses eso. Cualquier persona, española o extranjera, puede dejar un trabajo por diversos motivos. Y tú eres como cualquier otro ser humano, con esa misma libertad, vengas de donde vengas”.

Hasta ese momento no se me había ocurrido pensarlo así y tal reflexión me ayudó a descubrir una serie de posturas generalizadas, acerca de contrataciones y relaciones laborales entre nacionales y extranjeros. Quiero destacar aquí una actitud por demás insana, que consiste en creer y hacer creer al empleado que al otorgársele un puesto de trabajo se le está haciendo un favor. A eso habría que sumarle un detalle importante (y detonante): si el contratado se encuentra en una situación “difícil”, que implica riesgo de discriminación, la autopercepción del contratante llegará a rozar con la magnanimidad.

Da igual en qué circunstancias me fui, los motivos que me llevaron a tomar esa decisión y lo que ocurrió después. El asunto es que me atreví a romper una relación que me hacía daño, no sólo emocionalmente, sino también moral y económicamente. A los 29 años, con una carrera bien hecha y un puto master de los cojones, no se puede andar de “practicante” por la vida, ganando 500 soles mensuales (en equivalente valorativo y pagando alquiler, comida y remesa) y currando incluso sábados, si fuera necesario, gracias a una ventajosa condición inicial “sugerida” por la empresa, de palabra, claro, todo de palabra…

No podría afirmar que hubo mala fe, pero así como se desliza la serpiente de la caridad en estas relaciones entre “superior e inferior”, también se ha de colar la conveniencia. ¿Por qué no? En tanto seres humanos, tenemos todo el equipamiento necesario para obrar mal. De modo que un día me cansé de que me traten como inmigrante y de tener miedo a no tener un duro, pasé por alto cualquier compromiso y gratitud, y aquí me tienen, reivindicada, libre y sin un duro, pero con trabajo y posibilidades.

Sin embargo, sigo cansada de que me traten como inmigrante, por ello estoy pensando seriamente en volver a casa cuando termine algunos encargos providenciales, que no han dejado de salir.

Esta mañana, conversando con una compañera de la oficina, me oí decir lo siguiente: “El gran jefe insiste en que yo debería hacer “lo que sea” para quedarme. “Lo que sea” implica trabajar en cualquier cosa. Cualquier cosa incluye limpiar casas y culitos. Hace un año y medio limpié casas y culitos, esos trabajos fueron una bendición. Sin embargo, luego de acabar el master, vivir lo que he vivido, gastar lo que he gastado y ver cómo mis compañeros del master consiguen buenos trabajos y yo tengo que agradecer migajas por “mi condición de inmigrante”, pues… No, cariño, no voy volver a limpiar casas ni culitos bilbaínos”.

Quiero dejar algo claro: no menosprecio la hostelería, ni el cuidado de personas. Necesidad es necesidad y se me dan bien los niños y los viejitos. Claro, de mejor ánimo haría estas cosas en el UK o en Alemania, pues me pagarían tres veces más que aquí y, en compensación, practicaría inglés y/o aprendería alemán.

Pero en Bilbao, me niego. Y si esto es soberbia, que se me castigue por ello, pero me niego… Por ahora, a saber si luego me toca hacer cura de humildad…

Entonces bien, ¿qué quiero? Quiero vivir en un sitio pequeñito, pequeñito, donde nadie me ponga carteles –con faltas de ortografía- si no lavo los platos de la cena. Quiero no tener que compartir mi habitación con un taller de joyería ni soportar a inquilinas con neurosis varias. Me gustaría, en verdad, tener un sitio que pueda decorar a gusto, con un tocadiscos de aguja, un librero y un sofá remendado de Emaús. Y una gata, quiero una gata. Y, si no es mucho pedir, un compañero. Sí, un compañero, ¿por qué no? Quiero lo que quiere cualquier ser humano, lo que querría el negro que vende discos pirateados en la esquina, y conseguiría si pudiera permitírselo, aunque los blancos piensen que “las personas más sencillas y buenas se conforman con poco”. Ay, qué poco saben los blancos…

De todas maneras, y como primer paso, debo intentar salir de este círculo vicioso que ni siquiera consiguen comprender las personas más cercanas. No llegan a pensar, por ejemplo, que si alguien me dice: “quédate conmigo, te quiero”, yo podría buscar la forma de. No pueden imaginarse que si consigo un trabajo interesante, con un sueldo decente, podré pagar ese lugar chiquito, con los discos y la gata. No, y pocos están dispuestos a proporcionarme oportunidades (que incluyan invertir en trámites administrativos para un contrato de trabajo, más un sueldo justo) o amor “en serio”, porque no doy “imagen de estabilidad”, porque conmigo nunca se sabe, porque esto y aquello.

¡Y una mierda!

Entonces, ¿qué puedo hacer yo? Pues, por lo pronto, imaginar que ese lugar existe precisamente donde estoy, que es mis cinco metros cuadrados, y esperar el momento en que pueda dar un respiro de alivio, caer rendida en un sillón y decir: por fin en casa, la casita que puede estar justo al lado de donde vive mi madre, en la cima del Huascarán, en Huancavelica, Cusco o el Pirineo francés, qué más da.

El caracol ha aprendido a llevar consigo su propia estabilidad. El caracol está aprendiendo a estar solo (salvo, por supuesto, la gata).

Algunas personas nacimos con este sino, y es que ser un “culo inquieto”, sin dinero y con responsabilidades, como que no pega mucho, no va…

En fin. Pufff, por fin ha salido. Por fin.

Malditas canciones, Nº 1: Mi padre y el tecno alemán


Fecha Publicación: 2009-11-09T11:14:00.016-05:00

A veces basta un sonido para atraer recuerdos gratos, basados en una composición de imágenes fijas que, una junto a otra, consiguen reproducir movimientos, olores, melodías, sabores, sentimientos exactos, sonrisas, lágrimas.

En estos días, a propósito del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, oí en algún documental las primeras palabras del famoso discurso de Jhon F. Kennedy, el 11 de junio de 1963: Two thousand years ago the proudest boast was "civis romanus sum" Today, in the world of freedom, the proudest boast is "Ich bin ein Berliner".

La frase trajo a mi memoria, de inmediato, una canción traspapelada entre muchas otras canciones amadas y voluntariamente “olvidadas”, City of Night (Berlin), de Peter Schilling.

Al principio resulta lenta, con un dramatismo, desde mi punto de vista, poco conseguido, aunque la sensación de persecución que marca el punteo de guitarra constante permite entrar en un coro que cambia de clave y compás, dando lugar a una melodía nostálgica y entrañable, suave como una canción de cuna, triste como la muerte de un ser amado, rítmica como un poema popular (Berlin, city of night, you sleep between the East and West, along the left and right…)

Aquí, el audio:
(Por favor, intenten ignorar a la señora punk del inicio, es que era eso o un vídeo de fotos de turistas latinoamericanos por la capital alemana, con la canción de fondo).


Sé que mis amigos de izquierda considerarán este post un tanto “reaccionario”, por citar el discurso de un presidente “imperialista”, contrario a los intereses comunistas de aquella época. Pero no es necesario ser una roja recalcitrante para observar el mundo con espíritu crítico y respetar el valor de la vida y la dignidad.

En todo caso, esta canción significa para mí algo bien distante a la política internacional: una vez, a los diecisiete o así, peleé con mi papá y nos dejamos de hablar. Pasó algo más de una semana y no sabía qué decir o qué hacer para acercarme y ofrecer disculpas, asegurándome de que no hubiese “represalias” de su parte (que de alguien he heredado la cabezonería).
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En esos días tristes andaba, cuando en medio de una práctica universitaria de Comunicación Radiofónica, encontré en el archivo musical del profe Quique un casete original de Peter Schilling, el album “The Different Story (World of Lust and Crime)”. Supe en ese momento que contaba con la herramienta adecuada para ablandar el corazón paterno y asegurarme un diálogo fluido, abrazo, besito y lagrimitas de alivio. Hice una copia de la dichosa cinta y se la llevé a Valverde como obsequio de buena voluntad, para hacer las paces.
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El resultado fue totalmente positivo y es por eso que, hoy por hoy, en Bilbao, más de diez años después, oír decir a Kennedy “Ich bin ein Berliner" me recuerda ese episodio de reconciliación con mi papá, un retazo colorido de esta vidita mía llena de remiendos y berenjenales.

Y a propósito de muros y vergüenzas humanas variadas, acabo de diseñar un cartel para promocionar charlas sobre el boicot académico a Israel, que toda Europa debería acatar si desea luchar de manera efectiva contra la represión a Palestina. Eso, entre otras cosas (una política exterior coherente ayudaría, pero ya se sabe que con presidentes, grandes empresarios y diplomáticos no se puede contar para estos fines).

Le he dicho al gran jefe que observe con detenimiento mis propuestas gráficas. Yo no soy de manifestaciones, se me da muy mal gritar arengas y llevar pancartas, me pongo mala, no sirvo para estas lides. A mí me va mejor con el trabajo oculto, ya lo he dicho antes, “el poder del poder en las sombras”. La labor de hormiga o de ratón. En fin, en esto también soy principiante. A ver qué tal:
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Ya que hablamos de "derechos"...


Fecha Publicación: 2009-10-29T09:53:00.011-05:00

He recibido información a través de Youtube y diversos medios digitales, acerca de las diferentes reacciones de mi pueblo frente al Decreto Ley por la despenalización del aborto. Ahora mismo sólo puedo pensar “fuera de contexto”…


Niños con hambre...

Niños "víctimas colaterales" de bombardeos israelíes, en Palestina.

Niños-soldado, en la RD El Congo, realidad no tan lejana de lo que ocurre actualmente en Colombia, o sucedía en Perú (ahora que lo pienso, siguen alquilándose niños para la producción de PBC en la triple frontera Cusco-Puno-Madre de Dios).

Niños que corren el riesgo de morir de frío, en el altiplano peruano...


Los Derechos Humanos de estos niños tampoco fueron respetados, ¿esto ha motivado protestas tan descarnadas, a todo nivel? ¿Quién llama “pecadores” y “asesinos” a quienes dejan morir de hambre y frío a seres indefensos? ¿Quién condena a los señores de la guerra y se esfuerza por destruir las mafias de cuello blanco que hay tras el negocio armamentista mundial? ¿Acaso Dios también castigará a los culpables de todo esto?

Ojo: no considero en absoluto que el aborto solucione estos problemas sociales, sólo me dedico a descubrir muestras públicas de doble moral, aderezadas por la conveniencia de lo inmediato. No hay duda, los humanos somos de lo mejorcito que hay…