Te encuentras en la páginas de Blogsperu, los resultados son los ultimos contenidos del blog. Este es un archivo temporal y puede no representar el contenido actual del mismo.
Digamos que no te gusta Susana Villarán. Digamos que no votaste por ella en el 2010 y que estás seguro de que en cualquier contexto preferirías votar por su contrincante. Es más, digamos que admites que tu rollo contra ella es personal, completamente emocional, casi irracional pero no por ello menos válido.
Digamos que perteneces al grupo de los que creen que esta alcaldesa no ha hecho absolutamente nada por la ciudad. Que es puro floro. Puede que me parezca mezquino pero, vamos, ¿quién soy yo para juzgar tus opiniones? Entonces, nadita. Villarán, a quien rotulas de “vaga”, “pituca”, “florera”, etc. no ha hecho absolutamente nada, según tú.
Digamos que eres simpatizantes de Castañeda y, a diferencia de varios, no tienes el menor problema con admitirlo en voz alta. Te respeto. Crees firmemente que al margen de la corrupción, el robo o lo que fuere, lo más importante es que se haga obra.
Digamos que detestas con todo tu ser a la izquierda y cualquier cosa que se le acerque. Que los derechos humanos, en serio, no te parecen tan importantes y que crees que la Comisión de la Verdad miente con sus cifras. Digamos que estás convencido de que Alberto Fujimori no merece la condena que cumple y que, es más, crees que es, al fin y al cabo, el mejor presidente del Perú pues “derrotó” al terrorismo.
Digamos que no te interesa la política. Que te parece cochina, mentirosa y deshonesta. Que para ti TODOS los políticos son un asco y que prefieres pensar y discutir de cualquier otro tema antes que malograrte la sangre hablando de coyuntura o, peor aún, arruinarte la mañana leyendo periódicos. Crees que acercarte a ellos es una pérdida total de tu tiempo pues las noticias sólo son de sangre, basura y, por si fuera poco, política. No gracias. Paso.
Y vives en Lima.
Tal vez quien lee se sienta identificado en uno o más de un escenario de los arriba planteados. Creo que si ese es el caso, algo de razón tienes. Todos ellos son válidos e imagino que tendrás razones más que suficientes para situarte en cualquiera. Creo también que si vives en Lima es probable que quieras lo mejor para tu ciudad y en consecuencia para ti. Ninguno de los escenarios anteriores excluye esa premisa. Finalmente, soy consciente de que lo que es “mejor” para ti, no será necesariamente lo que resulte “mejor” para mí. Por eso no me interesa argumentar mi opción para este 17 de marzo a partir de la defensa a la actual gestión o del insulto a quienes impulsan la revocatoria. No. Para qué. Ese es un método bastante usado y no te quiero aburrir (tan pronto). Lo que quiero es soltar una practicidad. Un detalle muy pragmático y muy simple.
Si estás en cualquiera de los escenarios anteriores y quieres lo mejor para tu ciudad, aun cuando odies a Susana Villarán, por la razón que sea, o si crees que no hace ni ha hecho absolutamente nada, o prefieres que regrese Castañeda a continuar, a su manera, las obras que hizo durante sus dos años como alcalde, o detestas con todo tu ser a la izquierda y por tanto a la actual alcaldesa, o simplemente no te importa la política y por eso decides, por ejemplo, viciar tu voto o simplemente pagar tu multa; te pregunto, por qué crees que el “sí” sería una mejor opción. Te lo pongo simple: Si para tiSusana Villarán es lo peor que le ha pasado a Lima y no hace nada, ni hará nada, ni logrará nada, ¿eres consciente de que aún su “nada” es más beneficioso para Lima (y para todos nosotros) que el cambio sucesivo de alcaldes que aún si quisieran hacer mucho, no lo lograrían pues no tendrían tiempo para ello? ¿Eres consciente de que aunque no te parezca suficiente, las reformas que se han iniciado podrían aunque sea avanzar (por no decir que podrían terminar) y, por tanto, en alguito, alguito, alguito (insertar todos los diminutivos que quieras aquí) sería mejor para nuestra ciudad frente al reinicio de obras, la nueva elaboración de estrategias, planes, estudios etc.? Estos, por cierto, tendrían que iniciarse en tiempo récord y, créeme, no lograrán avanzar mucho antes de que se convoque a elecciones, venga una nueva gestión y con ella, un nuevo equipo, nuevos planes, nuevas estrategias, etc. O sea, el “no se hace absolutamente nada” será una realidad flagrante.
Esta no es mi razón para marcar el “No”, pero es una razón que me pareció muy lógica. Como me dijo un querido amigo hace unos días: “lo poco o nada que haga Susana Villarán ahora, será siempre más de lo que podría hacer un sucesor. Yo voto “no” por eso. Y marcaré con ganas.”
Razón no le falta.
Aniversario de Lima y leo diversos textos que resaltan esta situación bipolar: por un lado, la descripción de Lima como una mescolanza insufrible y, por el otro, nuestra aparente imposibilidad de odiarla o, en todo caso, nuestra capacidad de amarla mientras la odiamos. Salazar Bondy la llamaba “Lima la horrible” y esa parece ser ahora una descripción compartida.
Ahora que la campaña por la revocatoria se ha puesto tan caliente como el verano que se augura este año, sobran los insultos, las estrategias turbias, las acusaciones infundadas, la difamación, etc. Sin embargo, típico de una campaña, la discusión se ha centrado en los personajes y las estrategias de campaña en lugar de hacerlo en la ciudad, en lo que le conviene, en lo que le falta o sobra, en lo que le urge, etc.
La columna de Juan Luis Orrego es precisa. En ella, Orrego indica que desde los años 50 Lima inició su mayor transformación producto de la migración interna: “Hoy, Lima es la síntesis del Perú, porque casi el 80% de sus habitantes son descendientes de los migrantes. Este cambio no ha sido ni para bien ni para mal. Es la Lima que tenemos. Es un cambio. Se da y hay que vivirlo.”
En efecto, no encajan aquí las declaraciones absurdas de quienes creen que “los blanquitos” (¿?) no son limeños, o que existen “verdaderos limeños”, o que los “nuevos ricos” son menos idóneos para hablar de Lima, etc. Todas esas son pavadas. No sirve. Todo eso desune, separa, fragmenta. Estas afirmaciones nos distancian de ser vecinos de una ciudad.
“Vecinos”, sin embargo, parece una palabra ajena. ¿Cómo ser vecinos en una ciudad dónde no nos reconocemos? Hace mucho dejamos de ser (si alguna vez lo fuimos) una ciudad de vecinos para ser una ciudad de individuos. Hace falta una visión integradora de la ciudad, que nos reencuentre. Una mirada que no priorice la infraestructura por sobre calidad de vida, que no disfrace de cemento lo que debiera ser urbanización, que no se contente con escaleras, sino con los espacios hacia donde estas conducen, que no se limite al tránsito, sino a los espacios de encuentro.
Hace años no tenemos “una” Lima, sino una conjunción de Limasdistintas. Y eso no está mal. Es una característica. La visión de futuro de nuestra ciudad debe estar pensada en función de las limas que en ella coexisten. Tomando en cuenta, por ejemplo, la fuerza de los limeños migrantes y/o descendientes de migrantes que han hecho crecer las microempresas, a quienes muchos llaman “emprendedores” (aunque el término no termine de gustarme). Pero no basta con el empuje personal, sino también con que se fomente el crecimiento formal de estos limeños trabajadores.
Hay que pensar también en las limas que crecen en la precariedad, que edifican sus viviendas en los espacios menos propicios. Hay que mirar a estos vecinos nuestros que viven con el riesgo de perderlo todo en un temblor, y ofrecerles la posibilidad de un barrio común, de una comunidad. Hay que pensar, también, en los vecinos que necesitan trasladarse a su centro de labores sobreviviendo a duras penas un tráfico desalmado, arriesgando sus vidas al abordar una combi, conteniendo la respiración cuando un conductor decide hacer una carrera con el otro y se zurran en la autoridad amparados en la mala costumbre de la coima.
Es necesario, también, que se planifiquen las obras y no se inauguren losas deportivas o pistas y veredas al dirigente local que gritó más fuerte. Ese modelo, muy de Castañeda por cierto, no conduce sino al clientelismo, al amiguismo y a la corrupción. Hay que expandir el alcance de los servicios de agua, luz, alcantarillado, etc. para todos, planificando al mediano y largo plazo, no pensando en las próximas elecciones, y beneficiando primero que nada a los limeños en condiciones de mayor pobreza.
Los cambios, sin embargo, no son sencillos. Habrá siempre quien busque oponerse y quiera sabotear las reformas. Pero, ¿qué Lima queremos? ¿La que siga siendo “horrible”? Hay elaborado ya un Plan Regional de Desarrollo Concertado de Lima pensado hacia el 2025. En este plan se especifican una serie de ejes estratégicos que incluyen seguridad ciudadana, cuidado del medio ambiente, vivienda de calidad, espacios públicos, ciudad educadora e inclusiva, etc. Y algunos programas ahí señalados han iniciado con la actual gestión municipal. “Barrio mío”, por ejemplo, beneficiará en un año a 900 mil limeños y contempla, créanme, mucho más que un par de escaleras. La reforma del transporte ya ha sido iniciada, aunque a algunos no les guste, y nos beneficia a todos los limeños. Y estos son sólo los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza.
Puede no gustarte Susana Villarán, puede no gustarte su equipo, su manera de hablar, su corte de cabello, pero negar que hay un plan con visión a largo plazo para nuestra ciudad y que su gestión le ha dado inicio es una mentira. Negar que se está haciendo obra y que se está pensando en una ciudad de vecinos antes que en una de individuos es, nuevamente, falso. Puedes ser un gran defensor de las obras y el cemento, pero eso no basta para construir una ciudad de verdad, solo la edifica. La ciudad, finalmente, la construimos nosotros, los ciudadanos.
Lo que se juega el 17 de marzo en las urnas no es la permanencia de Villarán en el municipio o la victoria de Marco Tulio, Castañeda, García y compañía, sino el futuro de nuestra ciudad que, por culpa de esta campaña, está perdiendo ya 100 millones de soles (la tercera parte de lo que cuesta todo el proyecto “Barrio mío”, por ejemplo). La pregunta, entonces, no es si votarás por el “sí” o por el “no”, la pregunta es si votarás por la Lima que has tenido hasta ahora, o por la que quieres. ¿Tienes ya tu respuesta?

Artículo publicado en http://spaciolibre.net
Ayer en la mañana la congresista Verónika Mendoza renunció a la bancada de Gana Perú, gesto que se esperaba de varios congresistas que durante las últimas semanas se habían atragantado de sapos luego de que el presidente al cual apoyaron, y apoyó una mayoría de peruanos el año pasado, renunciara “de facto” a su hoja de ruta.
A la renuncia de Mendoza le siguieron dos que estaban tan cantadas como postergadas: la de Javier Diez Canseco y la de Rosa Mavila. No es ilógico pensar que en los próximos días más personajes se sumen a esta ola que desnuda lo que se hacía obvio: a poco menos de once meses de asumido el gobierno, ya está desgastado.
Aunque Fredy Otárola, quien antes que vocero del oficialismo hace de líder de un optimismo ciego, busque negarlo haciendo uso de recursos discursivos tan falsos como “bancada sólida”, “radicalismo ético”, etc. para nadie, ni para el mismo presidente Humala, es ajena la necesidad de un reajuste (ojo, no reacomodo) en el gobierno. Porque una cosa es negarlo o cerrar la boca frente al problema, y otra es tragárselo. Dudo muchísimo que el presidente no se haya preguntado aunque sea por un minuto “¿lo estaré haciendo bien?” Dudo también que aunque parezca no importarle, las renuncias de hoy no le hagan algo de bulla.
Sin embargo, la convulsión de estos primeros meses ha sido tan fuerte que lo que necesita el gobierno de turno es una “Gran Resurrección”. Pero esto implica costos.
Como varios analistas coinciden en señalar, en el manejo (porque no se puede decir “resolución”) de los conflictos tanto en Cajamarca como en Espinar se ha visto una mano dura y represiva por parte del Estado que no sólo es peligrosa, sino que va in crescendo. Ollanta Humala podría optar por recrudecerla, pero ello implica un enorme costo para todos pues estaríamos hablando de un gobierno que saldría del cauce democrático para empezar a priorizar la violencia antes que el diálogo. Sin duda, más de un personaje en el gabinete ministerial aplaudiría esta opción. El país, sin embargo, sufriría las consecuencias de una polarización y lucha constante entre unos y otros. El problema es que cuando no se da prioridad al diálogo, la lucha entre partes sólo deja lugar al enfrentamiento entre la fuerza de unos y la fuerza de otros, y se dejan de lado las demandas de fondo. La palabra es silenciada a balazos.
La otra opción, sin embargo, es también costosa para el presidente, pero resulta más sensata al mediano plazo: volver los ojos hacia ciertos ex aliados. En la entrevista concedida a “Domingo”, el ex premier Siomi Lerner deslizó esta opción al señalar que algunos personajes de la derecha también estarían de acuerdo con el retorno de ciertos personajes de la izquierda. Con esa idea, Lerner le estaría dando a Humala el mensaje de que aún trayendo de regreso a los amigos, ahora alejados, de Ciudadanos por el cambio no perdería el apoyo de sus nuevos amiguitos de la derecha.
Pero, ¿qué implica este reajuste? Aceptar que se equivocó rotundamente al alejarse de estos amigos de campaña. De hecho, implica aceptar que se alejó diametralmente de quienes lo acompañaron en el momento en que el cargamontón mediático buscaba borrarlo de la escena electoral. Es más, implica también admitir que se apartó mucho del Humala candidato.
Sin embargo, ese costo es menor y a estas alturas parece hasta necesario. Han pasado poco menos de 11 meses y el desgaste del actual gobierno parece no tener precedentes. Los dos gabinetes ministeriales son sólo la punta del iceberg. La credibilidad y aprobación del mandatario son endebles, la decepción entre sus votantes crece sistemáticamente y esta decepción es también el caldo de cultivo de más conflictos.
La pregunta es si el señor Humala será capaz de poner a su ego en la congeladora y admitir errores. Un cambio de rostros en el gabinete no basta a estas alturas para recuperar todo el terreno perdido en tan poco tiempo. Se necesitan mea culpas y cambios de ruta o, mejor dicho, regreso a la hoja de ruta que de tan pisoteada parece haberse borrado.
La Hora del Planeta es una de esas iniciativas que se reproducen, con excepciones, a nivel mundial. Hoy, a las 8:30 el Perú se suma a la iniciativa y “apaga” las luces en señal de reflexión o toma de consciencia de la importancia de preservar el medio ambiente. Pero, so riesgo de sonar muy políticamente incorrecta, ¿de qué sirve la Hora del Planeta?
He escuchado a varios señalar que la Hora del Planeta es una iniciativa irrelevante pues en una hora no se logra nada. No estoy de acuerdo con dicha afirmación ya que me parece muy simplista. Creo, por el contrario, que si con un minuto lograste concientizar a alguien (así sea sólo a uno) de que el cuidado y preservación del medio ambiente es fundamental y es tarea de todos, pues ese minuto por sí sólo valió bastante la pena. Pero sí tengo una crítica a esta iniciativa que no va en sentido de la funcionalidad de este evento que es meramente simbólico.
Hace un año me topé con unos amigos. Ellos, todos, me recordaron que la Hora del Planeta se celebraba al día siguiente. Uno de ellos tenía un polo alusivo a la fecha, el otro había conseguido que su familia estuviera preparada para el evento. La verdad, me sorprendieron con la organización. Yo confieso que vivía la Hora del Planeta de la manera más sencilla que pueda existir, apagaba las luces y conversaba con las amigas entrañables a la luz de las velas por una hora. Pero no planificábamos nada y, siendo francas, no hacíamos ninguna reflexión respecto de esa hora que atravesábamos.
Pero no me siento tan culpable. Me pregunto ¿qué clase de reflexión cabe cuando se vive este evento como si fuera una actividad políticamente correcta y se pierde el sentido simbólico? Es aún más vacío, creo, inventarse que en esa hora estamos cambiando el mundo. La cruda verdad es que esos 60 minutos no significan absolutamente nada si es que luego de ellos no realizamos, cada uno desde nuestros espacios, medidas concretas.
Por eso, cuando estos amigos tan aparentemente comprometidos mantenían la costumbre de viajar en auto de una cuadra a la otra (porque les daba flojera), de usar aire acondicionado en espacios en que no era necesario (y en invierno), o la manía de mantener el caño abierto mientras se enjabonaban las manos, me di cuenta de que la Hora del Planeta para ellos era exactamente eso: una hora. Punto.
De ahí a temas de fondo el panorama se tornaba aún más gris. Yo puedo entender, aunque no esté de acuerdo, en el apoyo que determinadas personas le den al proyecto minero Conga, por poner un ejemplo. Si el argumento es que las inversiones son importantes, que la minería es positiva para el país, que el estudio de impacto ambiental no enuncia mayores daños al espacio en que el proyecto se desarrolle, me parece legítimo e incluso, el inicio de una discusión saludable y basada en argumentos. Pero si el argumento de defensa de estos “defensores de la Hora del Planeta y del medio ambiente” es tan sencillo como “las lagunas no son más importantes que el oro”, “un cambio en ese espacio no es tan relevante”, “no podemos desperdiciar una oportunidad de ganar buen dinero por nuestros recursos”, etc. pues me queda claro que eso del interés por el medioambiente es una etiqueta y sólo eso.
Ese doble discurso es el que perjudica cualquier iniciativa que tenga como base una intención genuinamente positiva. Se pierde seriedad, se pierde impacto y, a la larga, se pierde tiempo. La hora planeta debe ser un punto de partida, no la meta. Hay mucho más allá de esos sesenta segundos.
Pero, otro tema importante, es el reconocimiento de nuestra insignificancia. Sí, aunque suene muy “doña pésima”, lo cierto es que no importa si nos pasamos todo un día sin luz. No importa si nos organizamos y en todo Lima nos ponemos de acuerdo para hacer el “día del planeta” y durante 24 horas nadie prende la luz. Mientras las grandes empresas transnacionales no cumplan su cuota de responsabilidad medioambiental, nuestro sacrificio tendrá el poder que tiene una mosca contra un elefante.
Si queremos asumir el cuidado medioambiental en serio, entonces comprémonos la agenda medioambiental también (y no sólo el polo de moda). Pero, además, seamos conscientes de que nosotros solitos no es que haremos LA diferencia. Esa depende de todos, en conjunto y ese es un trabajo largo. De hecho, como decía hoy un buen amigo en el trabajo, la “hora planeta” y su mensaje de “apaga la luz por una hora y colabora con el cuidado del medioambiente”, tiene un mensaje subalterno: tú eres el responsable. Y, la verdad es que eso no es muy cierto. Repito, nosotros somos insignificantes.
Somos las moscas frente al elefante. No podemos tumbar al elefante, pero podemos enloquecerlo, ¿no? Zumbando muy fuerte.
De eso se trata. De utilizar la Hora del Planeta como un punto de partida para asumir una acción constante coherente con la agenda medioambiental que, además de medidas concretas en nuestra vida cotidiana, redunde también en la crítica a aquellas grandes empresas que no se compran esta agenda, pero sí “patrocinan” la hora planeta. Del mismo modo, debemos reflexionar y criticar a aquellos países que se llenan de “horas planeta” a diestra y siniestra, pero a la hora de la hora “olvidan” convenientemente firmar el tratado de Kyoto, o ignoran con una indiferencia magistral cualquier acuerdo tomado en las conferencias medioambientales, recordemos también que ya llega Río+20. ¿Cuánto hemos avanzado?
Entonces, “hora del planeta” sí, pero no sólo eso. Lamentablemente, uno se acostumbra a quedarse en el evento. Que no nos pase. Usemos esta excusa para hacer algo diferente este año y que en la próxima hora planeta no hablemos sólo de lo que tenemos pendiente por hacer, sino también de lo que logramos.
Empecemos con una pregunta: estimadas lectoras ¿alguna de las que está leyendo estas líneas puede decir que nunca ha sufrido ningún tipo de violencia por ser mujer? Pregunto también a los lectores hombres si conocen a alguna mujer que pueda decirlo. ¿Existe? ¿Alguna mujer peruana puede afirmar semejante utopía? Yo no. Lamentablemente no me he librado, ni conozco a otras que lo hayan hecho, de la violencia cotidiana a la que estamos expuestas, sólo por ser mujeres.
¿Quién no tiene una amiga o conocida que haya sido violada, golpeada por su pareja, víctima de violencia psicológica, discriminada laboralmente, acosada sexualmente por el jefe, etc.? Pero, sin ir muy lejos, tú, mujer que lees esta columna, ¿no has caminado alguna vez por una calle donde más de uno te clavó los ojos, no precisamente en la cara, te hizo una mueca, te lanzó una frase grosera, o te soltó un sonido gutural muy cerquita del oído sólo porque se le ocurrió mostrarte primitivamente que lo excitabas al andar? Y, me pregunto, ¿qué derecho tienen estos sujetos para calificarnos, juzgarnos o decirnos lo que se les viene a la cabeza cuando nos ven caminar? Lo peor es que esta violencia verbal que vivimos a diario se ha “normalizado” socialmente y algunos (y algunas) hasta justifican la invasión de estos incontenibles sujetos con argumentos como “tu falda estaba muy corta”, “bonita, ya deberías saber a lo que te expones al pasar entre un grupo de chicos”, “en el fondo te están piropeando, ¿qué más quieres?”, etc.
Sí, por nacer mujer, te expones a esta agresión desde que te levantas en la mañana y te diriges hacia cualquier lugar. Como si fuéramos objetos que el hombre puede, además de mirar a su antojo, calificar. Como si pudiera emitir una opinión sobre nuestro cuerpo, nuestro andar, nuestra condición física (“estás muy gordita, ah”) y explicitarnos lo que quisiera hacer con nosotras.
Pero, por si fuera poco, 4 de cada 10 mujeres, que probablemente sufrieron esto como parte de su trayecto, llegan a casa y son víctimas de maltrato físico y psicológico por parte de su pareja. Asustadas por lo ocurrido se dirigen a la comisaría a denunciar el hecho, pero, generalmente, se someten a otra manifestación de violencia cuando les reclaman por denunciar el maltrato sin pruebas. Claro, cuando te roban y vas a denunciar un robo nunca te preguntan “oiga, ¿dónde está el objeto robado?” antes de sentar la denuncia, pero cuando te golpean lo primero que te preguntan es “oiga, ¿dónde está el moretón? Sin el golpe no podemos sentar la denuncia”, como si toda agresión física dejara marca en tu cuerpo, como si pudieras mostrarles el moretón que deja en tu alma.
Otras mujeres, con mejor suerte, llegan a casa y no sufren violencia por parte de sus parejas, pero de todos modos trabajan, en promedio, 3 horas más que los hombres en trabajo doméstico no remunerado. A ese no remunerado, habría que agregarle “no reconocido”, porque en el imaginario el hombre “trabaja”, pero, cuando se trata de labores domésticas, la mujer no trabaja, simplemente cumple con su “obligación”.
Ayer, Luzmila de la Cruz, dirigente en San Juan de Lurigancho, me comentó con una pasión que no he escuchado muchas veces, lo que significa ser un ama de casa. “Porque hasta cuando se dice ‘el Perú avanza’ ni se está considerando la labor de un ama de casa que trabaja, sí, trabaja, porque no está cumpliendo un rol que le ‘toca’ por ser mujer, sino uno que ella elige, todo el día. Y a este trabajo le agregamos un valor agregado importantísimo: lo llenamos de afecto. No es como escribir un informe, señorita, no. Es entregar todo tu amor en el plato de comida que preparas para alguien que amas, en cantar con alegría mientras limpias el lugar que compartes con tus seres queridos, en escuchar con cariño las historias que le pasaron en el día a tu esposo o a tus hijos. Pero no nos lo reconocen. No queremos que nos lo paguen, pero sí que lo reconozcan”.
Generalmente, en este espacio, escribo sobre educación y me queda clarísimo que en un día como hoy la educación es un tema trasversal porque sólo educándonos en otra manera de mirar a la mujer estas muestras de violencia van a cesar. ¿De qué sirve hablar de igualdad en las aulas de clase cuando, en cuanto salen de la escuela, a algunas las agreden y a otros no? ¿De qué sirve, en las zonas rurales, hablar de igualdad cuando sabemos que la mayoría de ellas dejarán de asistir a la escuela pronto pues deben hacerse cargo de determinadas labores y no hay “tiempo” para “estudiar”? ¿De qué sirve hablar de igualdad en comerciales, programas de televisión, periódicos, etc. cuando muchos niños y adolescentes llegan a sus casas y ven que sus madres han sido golpeadas por sus padres? ¿De qué sirve hablar de igualdad si se firma una ley contra el feminicidio, pero luego la implementación de la misma se pierde entre la lentitud y la falta de voluntad política de quienes deben entender que se trata de un tema fundamental en el desarrollo del país? ¿De qué sirve, por ejemplo, implementar normas que busquen mejorar la seguridad ciudadana, si la seguridad debe empezar en casa, y todas las noches ves que a tu madre o a tu hermana las golpean? ¿De qué seguridad ciudadana estamos hablando? ¿Sólo de la pública?
Ayer, alguien me preguntó: ¿cómo sería para ti un Perú donde existiera igualdad de género? Y, honestamente, no tenía una respuesta porque me cuesta muchísimo imaginarlo siquiera. Pero respondí: “la verdad, no lo sé, pero me gustaría saber que algún día en el Perú si una mujer muere va a ser exactamente por las mismas razones por las cuales podría morir un hombre y no porque, además, se puede agregar la variable ‘por ser mujer’”
¡Feliz día de la mujer!, pero que sea el primero de los próximos 364 en que nos detengamos a reflexionar sobre la realidad en la que vivimos y todo lo que falta por cambiar. Hemos avanzado mucho y hoy recordamos a aquellas mujeres que permitieron que esta mañana, por ejemplo, me haya levantado y elegido la ropa que voy a utilizar, pueda escribir sin un seudónimo una columna pública, pueda elegir el transporte en el que iré a trabajar, pueda trabajar, etc. Gracias a ellas que cumplieron su parte. Ahora nos toca a nosotras cumplir la nuestra.
¿Qué es la memoria si no la recopilación de eventos pasados para hacerlos vigentes en el presente? Según la primera acepción de la DRAE, se trata de “la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado” (el resaltado es mío). Entonces, cuando hablamos de la “falta de memoria” de un país no sólo hablamos del olvido de determinados eventos pasados, sino de la incapacidad de tomarlos en cuenta en el presente, lo cual es aún peor.

Pensaba en la “memoria” a partir del gran tema de la semana pasada: MOVADEF. Un asunto que se debate en el área legal con argumentos ad hoc y, en el mediático, con otros. La polémica respecto a la intención de MOVADEF por inscribirse como partido político ha “servido” para que se abra el debate en torno a esa supuesta memoria de la que carecemos, según muchos. Pero, me pregunto, ¿de qué memoria carecemos?
Durante la semana que pasó, hemos visto en sets de televisión, medios de prensa escrita, muros de facebook y tuits ligeros un desfile de posiciones disímiles, antagónicas, tercas, apasionadas, acaloradas, ignorantes, simplistas, vacías, falaces, etc., todas respecto de un hecho sobre el cual, se supone, debería haber algún consenso. Tal vez sí hay uno: el conflicto armado destrozó al país. Sí, “destrozó” porque literalmente lo hizo “trozos”. Lo dividió, y no entre buenos y malos, sino entre unos y otros, casi entre todos y todos. ¿Nos hemos recompuesto? No lo creo. Es más, este período nos sigue destrozando cuando escuchamos, de un lado, gritos de quienes afirman que en el Informe Final de la Comisión de la Verdad se suaviza a los terroristas (afirmación falsa) y, del otro, a quienes toman este documento como una biblia que narra con exactitud (o debiera) lo que ocurrió en dichos años.
Es un informe final y, como tal, busca dar cuenta de un evento específico. Creo que es el documento con mayor legitimidad para realizar esta tarea pues conjuga voces múltiples y, por tanto, abarca una visión más amplia (y por lo mismo más cercana) a esa realidad. Pero es un informe, no es la narración exacta de lo ocurrido. Para hacer memoria, hace falta mucho más que los tomos de este resultado de una comisión que se atrevió a hacer un trabajo que, de saque, era arriesgado. Hace falta, como menciona
Roberto Bustamante en este post, hacernos cargo de las condiciones en que se gesta un discurso como el de SL, de las aulas donde surgen inquietudes legítimas que personajes como Abimael Guzmán aprovechan.
Pero no se trata de meter el tema en un texto escolar, de ocupar un capítulo de título “conflicto armado interno”, de mostrar fotos de SL o pasar películas sobre el tema a los alumnos de secundaria. Una vez más, al hablar de educación por la memoria debemos hablar de algo más amplio que de un salón de clases y un profesor dictando una materia. Si algo me queda claro luego de esta semana es que la amnesia no es sólo un asunto de juventudes, sino de todos. Hay jóvenes que no recuerdan Tarata, es cierto, pero ¿y nosotros? ¿Acaso no estamos todos un poco amnésicos? ¿Cómo podemos, los amnésicos, enseñar memoria?
Y acá entra nuevamente la importancia de un discurso. Es imposible hacer memoria o vivir “en memoria” sin un discurso que esté mínimamente concertado por todos. Esto no se trata de ponernos de acuerdo en la cifra de víctimas o en la repartición de ella. Parece que esa discusión nunca llega a ninguna parte. Como si un cero más o menos hiciera más o menos criminal a una organización. Como si quitarlo o ponerlo quitara el dolor de las familias de las víctimas o borrara lágrimas y recuerdos.
Lo que debemos tener clarísimo es que Sendero Luminoso hizo terrorismo y que en su afán por hacer una revolución mataron a quienes dijeron defender. En nuestra democracia no puede haber espacio para quienes defienden una ideología que rompió con las reglas democráticas a las cuales quieren adscribirse ahora, pero sin hacer ningún mea culpa, asumir ninguna responsabilidad e incluso afirmando que, por si acaso, no fueron terroristas, sino que hicieron una revolución (sic). No nos vengan con vainas. Del otro lado, en nuestro discurso colectivo también debiera haber un reconocimiento de excesos cometidos por quienes nos defendieron. La condena a Alberto Fujimori es la demostración máxima de dicha idea. Se cometieron excesos condenables que deben investigarse y ser sancionados.
Pero, sobre todo, el Estado debe asumir dos grandes responsabilidades de una buena vez. Por un lado, tener presente que las condiciones en que se gestó el conflicto siguen vigentes y, por lo mismo, son un riesgo. Hay que revertir dicho escenario. Y, por otro, afirmar con contundencia un discurso de la memoria porque, hasta el momento, respecto al tema MOVADEF el gobierno se ha caracterizado por declaraciones tibias. Tal vez consideren que deben guardar una postura “neutral”. Esto es un craso error. En este tema la neutralidad no sirve para nada. Si queremos hacer memoria, hay que hacerla con claridad. Así, el Estado cumplirá también con su rol educador porque las reparaciones a las víctimas, el espacio físico del Lugar de la Memoria, y la inclusión del período de conflicto en los libros escolares son medidas aisladas sin ningún impacto real si el Estado no camina junto con ellas. No se trata de “educar” con la memoria, sino de “vivir la memoria” empezando en Palacio de Gobierno.
Lamentablemente, lo que hemos visto esta semana es un desfile de memorias distintas sobre el mismo hecho y a cada “memorizador” increpándole al otro por su lectura. Esto no contribuye con ninguna reconciliación (como tampoco la amnistía, por cierto). Se necesita un discurso que compartamos como país. Una identidad que surja a partir de un evento traumático. Para que Tarata deje de ser el nombre de una calle y sea el eco de un recuerdo. No sólo de un atentado, sino del baldazo de agua fría que significó para los limeños porque hubo muchas Taratas antes, pero no en la capital.
Sin un discurso de memoria colectiva seguiremos viviendo el conflicto armado. La única diferencia es que se ha des-armado.

477 años de fundación y se la sigue llamando la gris. Lo es, claro, por este cielo nada acogedor que nos acompaña todos los días. Pero, fuera de él, es muy colorida. Puedes viajar de un punto de la ciudad a cualquier otro y toparte en el camino con paisajes urbanos diametralmente distintos, con miniciudades, cada una de ellas con demandas muy particulares y con necesidades diversas. Con preferencias musicales disímiles y, en ciertos casos, con silencios elocuentes. Puedes incluso aventurarte a descubrir qué clima hay en cada espacio de Lima porque nada garantiza que si por tu ventana viste sol, más allá no te mueras de frío o te asalte la neblina. Puedes encontrarte también con maneras de hablar diversas. Es común, por ejemplo, que en ciertos distritos donde migrantes del interior del país han hecho de Lima su espacio, el castellano andino tan rico (y a la vez tan maltratado por ciertos talibanes del lenguaje) sea una constante. Por otro lado, en algunas playas encontrarás un dialecto que aún no termino de descifrar, donde el lexicón para designar ‘ola’, ‘tabla’, ‘tráfico marino’, ‘hora de almorzar’ ‘excelente maniobra’, etc. es una mezcla de inglés, castellano y mucha creatividad (como dirían ‘es de la witch’). Puedes encontrar los mejores anticuchos en una carretilla ubicada al azar y el mejor pisco sour en la casa de una amiga (me ha pasado).
Puedes toparte con la intolerancia personificada en una calle cualquiera, con la sinvergüencería máxima en el cruce de dos avenidas o en un semáforo pasado por alto por default. Puedes cruzarte con los que juegan golf y los que arman su pichanguita en las lozas de la costa verde en cuestión de minutos. Puedes sorprenderte con el joven que ayuda desinteresadamente a una señora anciana a cruzar la calle y tratar (a veces sin éxito) de hacer entender a otro que ceda su asiento en una combi a una señora embarazada. Puedes descubrir tus habilidades de contorsionista a las 6pm en una couster que va por la Avenida Javier Prado y también poner a prueba tu serenidad cuando te aguantas el puñetazo que querías mandarle a quien por la ventana de su auto lanzó a la pista un paquete de galletas. Puedes toparte con el policía que aprovecha para cobrar coima, sobre todo en fiestas, pero también con los otros tantos que nunca aceptarían una. Puedes encontrarte con los taxistas que entienden lo que significa el verbo “regatear”, para alivio de tu bolsillo, pero también con los que detienen el tráfico para conseguir a un pasajero aún cuando éste no ha dado señas de querer abordarlos.
Por ser mujer, nos topamos con una serie de reglas absurdas y tácitas como “nunca pases delante de una construcción”. Sí, una se topa con cireos gratuitos y muy machistas en cualquier lugar de esta ciudad. Te encuentras también con una serie de locales que sin vergüenza se atreven a poner carteles que dicen “se reserva el derecho de admisión”, como si admitir a alguien fuera un derecho del local y no nuestro. ¿Acaso no es nuestro derecho ser admitidos a donde queramos? Te encuentras con muchas madres que son padre y madre al mismo tiempo y que trabajan todo el día para que a sus hijos no les falten útiles escolares. Claro, del otro lado, te encuentras también a familias abandonadas donde los hijos no lo son nunca y subsisten refugiándose en las drogas, alcohol y pandillas. Te golpea también la historia de Juan, un buen amigo que ha luchado toda su vida por estudiar mientras trabajaba y que, pasado algún tiempo, ha cambiado esa cara de esperanza por una de agotamiento: “de qué sirve si acá todo es vara”, me dice. Pero al mismo tiempo, te topas con todos aquellos que siguen viniendo optimistas a la capital a construir un “futuro mejor” (sic).
Porque con sus contradicciones a veces insoportables, Lima sigue siendo una ciudad de oportunidades. Y es que a Lima no hay que endiosarla, hay que quererla así como es. Acá se mezclan la indignación y la sonrisa, la terquedad y la tolerancia, la sinrazón y la reflexión. Mi Lima, la que conozco hace años, no es tan gris. Es, por el contrario, muy colorida. Es una ciudad que hay que vivirla profundamente y, ojalá, todos lo hiciéramos para mejorarla. Así, tal vez en un futuro, no sólo se la viva (o sobreviva), sino también se la disfrute.
Feliz aniversario, Lima.
Este fin de semana nos cruzamos en el Peaje de Lurín, en la Panamericana Sur, con el mismísimo Ministro de Salud, Alberto Tejada. En una iniciativa que considero positiva, se acercó al auto y nos dio, a todos los que nos dirigíamos hacia la playa, unos volantes que sugerían que nos protejamos de los rayos del sol y que comiéramos saludablemente. Con el equipo de prensa presente, nos filmaron, nos tomaron foto y sonreímos, todo en cuestión de segundos.
La iniciativa me parece estupenda. Qué mejor que el mismo ministro se te acerque y te aconseje tomar precauciones de verano. Además, puede contestarte las preguntas que le hagas. Esta actividad forma parte del plan de verano de este año en materia de salud, que busca crear conciencia de los riesgos de la exposición excesiva al sol y la necesidad de la alimentación balanceada, entre otros temas. Sobre el asunto de alimentación, sin embargo, hubo una polémica hace unos días cuando el ministro Tejada avaló la sugerencia de Foro Salud de poner un impuesto a la comida chatarra.

Pizza Hut, Mc Donalds, KFC, Bembos, Burger King. No estoy mencionando un conjunto de locales de comida rápida o comida chatarra al azar, estoy recordando mis almuerzos, de lunes a viernes, durante varios meses del año pasado. Lunes de pizza, martes de cuarto de libra, miércoles de combo twister, jueves de hamburguesa alemana o mexicana y viernes de stacker doble. El orden podía variar. ¿Resultado de esos meses? No hubo aumento de peso, pero sí disminución de hemoglobina, de energía, aparición de granos en la cara y, claro, la sensación de pesadez y agotamiento producto de una terrible alimentación. Lo admito, he sido una adicta a la comida chatarra. Todo empezó como la solución simple a un horario laboral muy complicado y luego degeneró en una costumbre, una mala costumbre. Por ello, cuando a las 12 de la noche del último día del 2011 me preguntaron cuál sería mi gran resolución del 2012 dije, sin pensarlo, “comer saludable”.
Cuando hace unos días se inició el debate sobre la pertinencia de poner un impuesto a la comida chatarra pensé inmediatamente que era una tontería. Ojo: La comida chatarra no es saludable. De hecho, es una de las razones de la obesidad. En EEUU, por ejemplo, uno de los países con mayor índice de obesidad y en el cual la cultura fast food (junk food) está muy extendida, se estima que el índice de personas con sobrepeso llegará al 75% en el año 2015. Pero, ¿con un impuesto se soluciona el “problema”?
La comida chatarra involucra a los alimentos que no poseen valor nutricional. Brindan azúcar, sal, grasas y calorías, lo cual es necesario para el cuerpo, pero los otorgan en medida excesiva y, nuevamente, sin elementos nutricionales que hagan un balance adecuado en la alimentación. Nunca recomendaría alimentarse únicamente de chatarra ni excederse en el consumo de la misma, y decirlo implica hacer un mea culpa muy sincero, casi avergonzado.
Pero, repito, ¿a qué viene el impuesto?
Algunos han criticado esta medida afirmando que se trata de un parche. Que el impuesto por sí solo no contribuirá con nada ni fomentará una alimentación saludable por parte de los peruanos. No les falta razón. En este, como en otros ámbitos, cuando una medida no va a acompañada de otras como un gran “combo”, no se logra nada. Digamos que el hecho de que un almuerzo en KFC te cueste 4 soles más no hará, necesariamente, que lo cambies por un almuerzo balanceado y nutritivo. Algunos pagarán cuatro soles más, algunos otros buscarán una opción que no será siempre una mejor opción.
A este asunto se añade lo que ya han mencionado varios detractores de la norma: ¿cómo cuernos sabemos qué es y qué no es comida chatarra? Algunos dirán que se define en tanto a su nivel de grasa. Discúlpenme pero, ¿alguien sale a almorzar con su medidor de grasa? ¿Cómo se elaborará esta lista de comida chatarra? ¿Habrá una lista, siquiera, o será un poquitín arbitrario?
Pero el asunto de fondo no tiene que ver con estas dos legítimas razones para estar en contra del impuesto. La verdad del asunto es que este impuesto chatarra es lo más paternalista del mundo. Casi parece que a los ciudadanos un gran padre (Estado) nos llevara de la mano y nos indicara que debemos y que no debemos comer (hacer) eliminando, sutilmente, nuestra libertad de decidir. Porque no es que no sepamos que la comida chatarra no sea saludable, sino que sabiéndolo elegimos comerla por alguna razón.
Si tanto interesa al Ministerio de Salud que dejemos de consumirla (lo cual está muy bien), que se inicie una campaña de concientización sobre la importancia de comer saludable, como hizo hoy el ministro Tejada en el peaje de Lurín. Que utilicen los medios de comunicación para difundir los riesgos de alimentarse desequilibradamente y las consecuencias de ingerir comida chatarra en exceso.
Yo, como ex chatarrera, aplaudiré esta iniciativa. Pero un impuesto que se cobre a los gustos particulares de cada ciudadano es un error. No subestimemos a los comensales. No somos animalitos a los que hay que guiar por la senda del bien, somos seres humanos capaces de pensar y decidir lo que queremos. La libertad del ministerio termina donde empieza la nuestra. Recuerde eso ministro Tejada.