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Diario de una ausencia
El ómnibus está a punto de partir y por la ventana, mi hijo Franco me alza la mano. Respondo su saludo, encubriendo una rara punzada que me oprime el pecho. Me siento extraño en este terminal de buses, con olor a despedida, con gente de rostro noble, que apura sus equipajes para subirse a sus despreocupados destinos. La tarde gris de este domingo se va desvaneciendo en este adiós inesperado, que representa, el punto de quiebre entre el sentimiento y la tolerancia a los avatares de la vida misma.

Huancavelica, una ciudad con olor a mineral y el cielo gris matizado de su gente afable, tiene aún marcado en su suelo, el sello de la pobreza extrema. El colegio de mis hijos, realiza un intercambio de estudios en ese lugar. Allí, en un seminario religioso, un grupo de alumnos, convive por espacio de un mes con chicos de su edad, comparten sus estudios, sus vivencias y también sus carencias. Es allí, lejos de casa, donde se intenta cortar ese cordón umbilical, que nos cuesta tanto a los padres y que sin darnos cuenta, suele perjudicar la formación de su personalidad.
A sus 12 años, Franco va a vivir su primera experiencia valiosa. En ese lugar, estará supervisado, pero tendrá que aprender a valerse por si mismo, atrás ha dejado la comodidad de su cuarto, la TV a su antojo, sus amigos del colegio, el cuidado extremo de su madre y la seguridad de sentirse protegido. Ahora, deberá capear las dificultades que ocasionan el frió, la altura y la nostalgia. Asumirá responsabilidades mayores, sin más ayuda que sus propias habilidades, un tanto opacadas quizás, por nuestra cercanía y se espera logre valorar, todo lo que tiene en casa.
El ómnibus ha encendido el motor y va a emprender la marcha, subo una escalera para verlo partir y abajo se queda su madre que me mira con ternura, no está triste, pero siento que su angustia ya ha empezado a hacerse un sitio en su corazón. Yo, respiro tranquilo, abrazo a mi hijo menor Sergio, pero al sentir que sus bracitos se aferran más de la cuenta, trago saliva, acaricio sus cabellos y beso su frente. Sus abuelos y sus primas se despiden y el bus empieza a partir. Franco nos dice adiós y aunque mis ojos aún pueden verlo, ya lo he comenzado a extrañar.
Hoy amaneció diferente, no dormimos bien y mi esposa está llamando a Franco sin encontrar respuesta. Antes de irnos para el trabajo necesitamos saber que ha llegado bien. Es lunes, primer día de la semana y es el comienzo de su ausencia.
-Aló hijo ¿llegaron bien?- Dice mi esposa con la ansiedad reflejada en el rostro
-Si mamá ya estamos en el seminario, está haciendo mucho frió- Responde apurado
-Gracias a Dios, cuidate mucho hijo, te quiero mi vida, no olvides las recomendaciones, abrígate, toma tus vitaminas- dice ella abriéndome sus ojos negros.
-Ya mamá, ya sé- Responde incomodado Franco.
-Hijo tranquilo, te queremos y confiamos en ti- Le digo yo, para darle seguridad, pero tengo un nudo en la garganta, que trato de disimular aflojándome la corbata y esbozando una sonrisa endeble.
Hoy es el segundo día y Franco ha empezado a sentir los 3,800 mts. de altura de esa ciudad que nosotros visitamos este mismo año y conocimos el Seminario. Si bien es cierto, hay la comodidad necesaria, ese extraño temor a lo desconocido, nos acompaña y solo estamos confiados a que los chicos puedan adaptarse pronto.
Hoy es el tercer día, nos enteramos que todos han empezado a echar de menos a su familia. La rutina que tienen, los obliga a entrar a misa después de cada comida, luego hay un momento de reflexión. Es en este momento, que abrazados, han llorado arrepentidos por alguna mala conducta en casa. Han hecho un “pacto de honor” de no contarle a nadie de este episodio, quizás, cuidando su orgullo adolescente, pero en el fondo han empezado a aceptar, que aunque la distancia es una simple forma de estar lejos, se siente fuerte, cuando de a pocos, se van extrañando las cosas valiosas.
Hoy amaneció lloviendo, en esta Lima del clima impredecible. Hace cuatro noches que Franco no ha dormido en casa y su cuarto ha estado cerrado. Al entrar, he sentido muy marcada la añoranza. Cada mañana recibía su abrazo sosegado, a veces expresivo, esta vez, ese especial ruido que produce el silencio, lo he sentido en el corazón. Miré por la ventana a una paloma que se posó en la cornisa y me miraba como queriéndome preguntar su ausencia.
Sergio como cada mañana vino a saludarnos y lo noté melancólico. Extraña a su hermano, con quien solía compartir sus juegos, el colegio y hasta sus discrepancias infantiles.
-Papá, ¿algo raro pasa no?-
-Porque hijo, extrañas a tu hermano seguro ¿no?-
-Si, porque a esta hora estabas gritando: “Apura Franco, apura Sergio”, para ir al colegio- Me sonríe
-Si pues hijo hasta esas cosas se extrañan, pero esto nos va hacer bien a todos- le respondo abrazándolo fuerte.
La noche ha llegado junto a mi cansancio y ya es viernes, los días transcurren lentos y nos preocupa que Franco haya salido a una procesión junto a sus amigos al centro de la ciudad. Una ciudad que él no conoce. En la distancia esperamos que regrese pronto al Seminario. No logramos comunicarnos y los pensamientos revolotean perturbados. Cerca de la medianoche logramos hacer contacto y sabemos que está bien. Podemos dormir tranquilos.
El fin de semana nos encuentra en la mesa, con el desayuno del domingo. Siempre es él quien hace la oración a Dios, esta vez su hermano ocupa su lugar. Una lágrima traviesa, juguetea con mis pupilas, quizás solo sea el desfogue a varios días de inquietudes.
Por la tarde pudimos comunicarnos por el messenger.
Le escribo: Fiera, ¿tienes cámara ahí, para vernos?
Me responde: See (sic)
Le escribo ansioso: Entonces acepta la invitación para verte.
Me responde: no funKa no tien Kreo (sic).
(Me divierte como escribe, utilizando ese idioma extraño que usan los chicos modernos).
Le escribo: Ya bueno y ¿como has pasado esta semana?
Me escribe: el agua s heldasa (sic)
Me vuelve a escribir: Vi una granizada fue Brvzo XD (sic)
Me pregunta: kmo tna toos x aya (sic)
Le escribo: Bien hijo extrañándote mucho.
Le pregunto: ¿Nos puedes ver en la cámara?
Me responde: See XD (sic)
(Me parece raro que corte el enlace, después de varios intentos)
Le vuelvo a preguntar intrigado: ¿Por que no pones tu cámara para vernos?
(Hace un silencio y no contesta, inquieto, espero su respuesta)
Le pregunto: ¿Que pasó?
Me responde: s q me da pena (sic)
Asumo que el haber visto virtualmente a su madre, a su hermano y hasta a la “gusha” como llama a Reynita -nuestra chihuahua- le tocó las fibras de su aún endeble carácter, aunque no lo aceptó, estoy seguro que se le cayeron algunas lágrimas, igual que a mí, cuando nos despedimos.
Hoy es la segunda semana y ha salido un sol tibio, que se ha prolongado hasta la tarde. Franco acaba de terminar de jugar básquet, algo inusual en él, no muy apegado a los deportes, imagino que lo hace para aplacar el frío de Huancavelica, que cala los huesos y atormenta los oídos, también quizás para alejarse un poco de la realidad y calmar su intranquilidad.
Es Jueves y hemos salido a cenar, mientras mi esposa intenta hablar con él, la contemplo, le sonrío complaciente para calmarla. Ella se desespera al no entrar la llamada. Ha dejado de comer y su semblante es diferente. Franco está con tos y tiene heridas en los pies, eso la angustia. Trato de apaciguar su ánimo excitado, hablo con él y me dice que no sabe que tomar, le digo que le pida ayuda al Padre si se siente mal. Me dice que ya es tarde y que lo hará mañana, que está bien. Ella me mira suplicante y me dice que hay que hacer algo. Le digo que se calme, que es complicado desde tan lejos. Esa noche ella no ha comido nada y no ha conciliado el sueño. A su lado he fingido dormir, mas, mi pensamiento ha viajado muy lejos y la mañana me ha devuelto –nuevamente- unas ojeras muy pronunciadas.
Casi sin darnos cuenta ya han pasado casi veinte días. Ayer, cuando algunos de sus amigos del colegio me preguntaron por él, y me pidieron que lo salude y que le diga que lo extrañan, me dio una sensación de reconfortante orgullo, pero al mismo tiempo me hizo extrañarlo, mas de la cuenta.
Hoy sábado pudimos “chatear” con Franco y esta vez si pudimos vernos por la cámara.
Le escribo: Estamos muy orgullosos de ti hijo, eres muy valiente, te queremos
Me escribe: yo tb los Kiero (sic)
(Lo notamos diferente, con mejor ánimo, sonríe y bromea con sus amigos en la cabina de Internet, ya no tiene tos, pero anda resfriado y ha podido curar las heridas de sus pies)
Le escribo: Ya falta poco hijo, mucha fuerza y ánimo mi campeón!!!
(Otra vez hace un silencio y deja de escribir, también apagó la cámara)
Le escribo: ¿Que pasó fiera?-
Me responde: naa tdo bien (sic)
(Vuelve a conectar la cámara y responde nuestro saludo. Esta vez no nos quedamos tristes, pero si ansiosos, quizás porque en la distancia, hemos logrado resignar la realidad, pero aún cuesta tranquilizar al corazón)
Es domingo, una semana antes del retorno de Franco. Hoy es la actividad de talentos del colegio, que incluye a padres e hijos. Yo voy a participar pero sin mi hijo. En los días de ensayo, los rostros de los chicos me han hecho sentir su ausencia, porque me hubiera gustado tanto hacerlo junto a él. He participado con satisfacción, pero ausente, he tratado de hacer mi mayor esfuerzo pensando en que cuando regrese, el se sintiera orgulloso de mi actuación.
Esta semana está pasando más lenta que de costumbre Otra vez ha llovido en Lima. Hoy hemos ido a visitar a sus abuelos que hablan de prepararle un gran recibimiento. Mi esposa muestra su impaciencia por que los días se pasen más rápido. Yo trato de convencerla que no exagere, aparentando una despreocupación, pero que en el fondo, lo que intenta es no alimentar tanto, esas ansias de estar tan pendientes del calendario.
Hoy debe retornar Franco y estamos en la puerta del colegio esperando su llegada. Los rostros de los padres es una mezcla de regocijo e intranquilidad. Mi esposa mira el reloj y la hora parece haberse detenido. La camioneta ha hecho su aparición y los chicos descienden apurados. Se abrazan emocionados con sus padres. Mi esposa abraza a mi hijo y he sentido una sensación de tranquilidad en el alma. Cuando saludo a Franco, lo siento un poco vacilante. Quiero entender que está cansado por el viaje.
Aquella noche en casa, cuando pudimos hablar tranquilos y él nos contaba su experiencia, lo he visto llorar recordando sus momentos de nostalgia y decir que ahora valora todo lo que tiene y que ha echado de menos muchas cosas, pero lo mas importante, es que ha sentido en la lejanía, la real valía que tiene su familia. Aquella noche hemos llorado juntos, él desfogando quizás tantas horas de estar alejado, tantos días sin vernos, tanto tiempo sin poder darnos un abrazo, nosotros de alegría, por tenerlo de vuelta, para decirle lo mucho que nos hizo falta.
Aquella madrugada, me he levantado para ir al cuarto de mis hijos y verlos dormir tranquilos. Hoy he podido dejar de fingir que duermo y refugiarme en el descanso, mañana empieza un nuevo día y esta ausencia solo será una valiosa experiencia vivida, pero que de seguro, ya ha dejado una huella imborrable en nuestras vidas.
El semáforo de la indulgencia
El semáforo pinta la luz roja y todos los autos detienen su marcha. En la pista contraria, un grupo de chicos se han puesto a realizar piruetas y acrobacias, propio de un número circense. Delante de mí, un muchacho desgarbado está haciendo malabares con unos bastones y luego aparece un compañero que trae otros palos, pero estos tienen fuego en sus crestas, la habilidad que hacen gala sorprende a mas de uno. Por lo peligroso que resulta, no quiero imaginar si uno de esos bastones sale volando entre tantos autos y combustible cercano. Ellos indiferentes se entregan a su acto de una manera lacónica como prodigiosa. Al costado del auto un pequeñuelo sin siquiera pedir permiso, trepa tratando de limpiar el parabrisas. Una niña pequeña y una mujer embarazada pasan vendiendo golosinas. Varios hombres curtidos, pasan ofreciendo videos y libros de dudosa procedencia, garantizando su originalidad y funcionamiento con pasmoso descaro. Algunos van acompañados de sus propios hijos que ayudan en la tarea.
José tiene 8 años, es el mas pequeño del grupo, sus ojos negros y pequeños se pierden cuando sonríe, su carita sucia y sudorosa, irradia picardía. En sus manos aprisiona unas gastadas pelotas de tenis, se da cuenta de mi ávido interés, se pone a dominarlas, me asombra y me subyuga su destreza. Culmina su acto de malabarismo y me mira con marcada penitencia, estira su manito sucia para pedir un apoyo voluntario, sonríe complacido y termina por convencerme, de ser uno mas, de los cientos de automovilistas que le dona una moneda, quizás sensibilizado por el acto, talvez cautivado por la cara de este bribonzuelo, que a su corta edad es un eximio burlador de los autos, quizás también, porque me parece –en ese instante- una justa retribución al prodigioso arte de estos pequeños artistas callejeros.
Cuando la luz verde, da el aviso, un pensamiento compasivo me revuelve la conciencia, repasaba en cuan significativa o nociva ha sido aquella moneda entregada. Acaso y haya contribuido a que José ese día pueda cenar decentemente o sin darme cuenta –como le pasa a muchas personas- he favorecido ingenuamente a ladinos explotadores de la necesidad y la caridad consentida de las personas, que utilizan a estos niños de la calle, para enseñarles las piruetas y malabares, para después sacar provecho de sus desventuras. Acaso mi conciencia se quedó tranquila en ese momento, pero conforme me alejaba, me preguntaba, donde estarán los padres de José, que será de sus hermanos, de sus amigos, quizás estén haciendo lo mismo en otro semáforo de la calle, o quien sabe se encuentren en verdad, trabajando de esta manera para unir esfuerzos y ayudar a sus hogares, o simplemente ya no se encuentren en este mundo.
El semáforo, con su luz roja, enciende sus angustias y miserias, ellos por unos segundos, disfrazan de alegría sus propios miedos y temores, llaman la atención con sus brincos y malabares, buscando una recompensa que alivie su necesidad inmediata. Cuando la luz verde deja que los autos emprendan la partida, bajan el telón de su escenario imaginario y nuevamente se refugian en su mundillo de conformismo barato y conveniente. Se quedan allí agazapados, a la espera que la luz ámbar les vuelva a dar el aviso, para seguir en esta rutina de supervivencia dura y lastimera, que quizás para ellos sea su única forma de subsistencia.
Como José, cientos de niños y jóvenes se han hecho amigos del semáforo, que controla sus vidas. Han encontrado la forma de hacerse fuertes en la miseria, con poca ropa vencen a este frío invernal que nos cala los huesos y con poca comida en el estómago resisten temerariamente los peligros de contraer alguna enfermedad. Algunos son obligados, otros remiendan sus penurias y algunas niñas incluso forman parte del alarmante índice de prostitución infantil. Muchos de ellos no asisten al colegio, pues han encontrado la rutina fácil y complaciente, de tener en los bolsillos unas monedas, a veces a costa de su incierto porvenir, de su bienestar y hasta de sus propias vidas.
Cada día la mendicidad en los semáforos, gana más terreno, se hace mas latente y real como nuestra misma rutina de vivencias. Talvez sin darnos cuenta, cada uno de nosotros, esté alimentando esta situación, en cada moneda que tiramos al aire, cada vez que nos cruzamos con sus desventuras, quizás también resulte siendo una de las causas principales, nuestra aceptación de esta situación y haberla insertado como parte integrante de nuestra triste realidad social. Aquella, a la que solo atinamos a mirarla desde lejos, con una actitud de indiferencia, pero también de una marcada y cómplice indulgencia.
La bonita vecindad del Chavo
Era una noche fría de invierno, en los finales de los 70’, cuando llegué a casa cansado de una tarde de mucho fútbol con los amigos del club. Mi madre –amorosa ella- me recibió con una sopa caliente que, luego de darme un duchazo, devoré con afán desmedido. En la sala de mi casa me esperaba, el recio y consentido televisor marca PHILCO de 25’ en blanco y negro, que era mi engreído. Hacía un par de años que mi padre se lo había comprado a plazos, al Sr. Cueva, un hombre de cabello escaso y físico esmirriado, de sonrisa hipócrita y que vendía de todo y nada. Era el típico usurero que se hacía amigo de todos y de nadie. El que nunca era bienvenido y el que siempre estaba merodeando las puertas de los vecinos, con su libreta de apuntes y su maletín gastado, donde tenía los recibos, que mi madre guardaba con excesivo celo. Los padres de mis amigos –todos sin excepción- tenían que ver con el Sr. Cueva, unos le debían una plancha, otros una cama y algunos pagaban por un dinero prestado.
Aquella noche, mis ganas de refundir mi cansancio tirado en el sofá mirando la TV, se vieron interrumpidos por una visita inesperada. La familia de mi padre, entre primas y sobrinos, que habían llegado de Piura, cayeron por la casa de visita y no tuvieron mejor decisión que sentarse a ver un programa noticioso en el bendito aparato. Así que entre saludos y una cena apurada, estaba toda la familia reunida y yo, con mi revoltosa adolescencia a cuestas, estaba aplastado en un rincón, compartiendo con todos, un programa que no elegí, pero que acepté de mala gana. No me quedaba otra, era el único televisor de la casa.
-Después del noticiero dan la película- decía una de mis tías afanosas, mientras en la tele estaba el gran Pepe Ludmir anunciando un nuevo programa y entrevistaba a un grupo de actores mexicanos.
El que hablaba, era uno de rostro carismático y bonachón, estaba vestido de niño y auguraba mucha diversión para grandes y chicos. Los gestos y ademanes de aquel menudo actor, captaron mi atención de inmediato. Empezó a presentar a los otros personajes que interpretarían las ocurrencias de una vecindad y él asumía ser el creador del programa denominado “El Chavo del ocho”. Ese señor, no era otro que Roberto Gómez Bolaños, mas conocido como “Chespirito”, seudónimo asumido –según contaba- por el diminutivo de Shakespeare.
Desde aquel día, El Chavo del ocho fue el programa que acompañó nuestras noches familiares frente al televisor, gozando con las ocurrencias del Chavo, Aquel niño pobre que usaba gorra a cuadros, con orejas y pantalón con tirantes: Que decía vivir en el número 8 pero solo lo veíamos entrar y salir de un barril. Que siempre presentaba el programa a tropezones, con una pelota o latas, jugando con la pecosa Chilindrina y haciendo víctima de sus travesuras a su papá, Don Ramón, quienes se mudaron al departamento de enfrente ante la llegada de Doña Florinda, la histérica mujer que siempre andaba con ruleros y su engreído Quico, el de los cachetes inflados, un niño sobreprotegido, que siempre vestía de marinerito y que continuamente disolvía la pintura de las paredes con su singular llanto. Fueron apareciendo el profesor Jirafales, perpetuo pretendiente de Doña Florinda y siempre esforzado por ilustrar a todos sus alumnos, aún a costa de quedar en ridículo; la bruja del 71, como la eterna enamorada del padre de la chilindrina quien la miraba llegar como si fuera algún zombie de película o que provocaba al Chavo sus recordadas garroteras; el señor Barriga pasando apuros para intentar cobrarle la renta a Don Ramón y por supuesto Ñoño, su hijo y vivo reflejo.
Y me fui haciendo adulto, carcajeando con cada capítulo, con cada disparate y con cada locución que mis hermanos y yo adoptamos como rutina, acogiendo los modismos y las frases del Chavo; Eso, eso, eso; Es que no me tienen paciencia; ¡Se me chispoteó!; Zas, zas, zas!; o ¡ora si te tocó el ocho! Cuando se iniciaba la persecución a Quico con la Chilindrina y terminaban con un testarazo al señor Barriga. Cuan inolvidable resulta hoy, aquella frase “vuelve el perro arrepentido con la cola entre las piernas y el hocico partido” que muchas veces escuche decir sonriendo a mi madre, cuando mi padre llegaba tarde a casa y traía algún regalo entre las manos. Mi prima Gladys, que vivía con nosotros, se quedó para siempre con el apodo de “La Chili”, solo porque un día, apareció con un par de coletas iguales a la Chilindrina. Como olvidar, al Sr. Cueva, quien cada vez que tocaba la puerta de mi casa, mis hermanos y yo le bromeábamos a mi padre vociferando:
-“Don Ramón”, ahí está el señor “sin barriga”, que viene a cobrarle la “cuenta”- echándonos todos a reír a carcajadas, broma que el Sr. Cueva, aceptaba con una sonrisa cohibida.
El encanto se fue desvaneciendo y el destino –mensajero cruel- nos trajo noticias que el Chavo se estaba quedando sin vecindad. Quico se había ido para no volver a llorar frente a la pared y Don Ramón abandonó a la Chilindrina, para irse al cielo sin pagarle la renta al señor Barriga. Doña Florinda no se quedó con el profesor Jirafales, pero sí con “Chespirito”. Mi viejo televisor PHILCO se fue muriendo junto a sus tubos y dejó su lugar a uno moderno de colores. Los capítulos del sensacional Chavo del ocho, fueron cada vez más escasos. Mis hermanos y yo, seguimos rumbos distintos y mi prima Gladys hasta el día de hoy, vive orgullosa de su apodo. Mi padre le canceló íntegramente la cuenta al Sr. Cueva y hubo un día en que el señor “sin barriga”, ya no tocó la puerta de la casa para siempre. Mi padre se quedó un tiempo con nosotros, pero hoy conversa con él y seguro que recordando las bromas que le hacíamos, se ríen juntos en silencio.
Los que crecimos y nos hicimos adultos con el Chavo del ocho, fuimos cautivos de ese barrio de caricatura, regocijados en sus diálogos que nos provocaban una sonrisa y que siempre venían acompañados de una reflexión, que mas de una vez nos arrancó alguna lágrima traviesa. Fuimos cómplices de aquella ironía y sarcasmo que nos contagiaba y esa ingenuidad que arrullaba el sentimiento. Y es que de alguna manera, asemejamos los personajes a nuestra vida diaria. Quien lo hubiera pensado, pero los mismos capítulos, han sido vistos por nuestros hijos y hasta los nietos por casi un cuarto de siglo, que a veces, pareciera ser una sana costumbre de vida eterna.
Hoy, “Chespirito”, está entre nosotros, mostrando que los años ya le hicieron mella, pero con la misma chispa y el encanto que nos cautivó con sus personajes, los que ya forman parte del inconsciente colectivo de toda una generación. El genial comediante, recibe hoy muchos homenajes y condecoraciones en nuestro país. Quien sabe sea la última visita que nos haga en vida. Por eso, al verlo ensayar la mueca del “no contaban con mi astucia” que hizo conocido el “Chapulín Colorado” –otro entrañable personaje- me resultó tan enternecedor y nostálgico, que casi sin querer queriendo, me fue imposible, dejar de recordar esta bonita vecindad, esta vecindad del Chavo, que no vale ni un centavo. Pero es linda, muy linda de verdad.
Los padres ausentes
Es sábado por la mañana y el sol se ha posado de manera coqueta en la ventana de mi cuarto, en la TV está hablando un psicólogo sobre una noticia que me llama la atención. Edson Arantes do Nacimiento o “Pelé” –dice el doctor con un gesto de experto conocedor del tema- con toda la popularidad que le dió el fútbol, tuvo que ponerse frente a la prensa mundial, para aceptar que su hijo Edinho, su engreído, debía purgar condena en la cárcel por trafico de drogas -un video con fotos acompaña sus palabras- el Rey del fútbol –pone énfasis- se vio obligado a confesar, que en su vida obtuvo la fama y el dinero que quiso, tiene los amigos mas influyentes y viajó por el mundo entero, pero lo único que nunca tuvo, fue TIEMPO –vuelve a resaltar- para brindarle a su hijo.
Refugio mis ojos en la mirada apesadumbrada del ex futbolista, pienso por un instante como a veces ni el dinero puede solucionar temas que aparentan no tener importancia, pero que marcan para siempre nuestras vidas de padres.
Me levanto despacio y voy en busca de Franco, mi hijo mayor.
-Hola fiera, ¿cómo dormiste?-
-Bien papá- me responde con sus ojitos aún adormitados
-Levántate, acompáñame a trotar un rato al parque, compramos de pasada el pancito para el desayuno- le digo destapándolo un poco.
-No papá, anda tu solo- me suelta su frase con desgano
-Vamos hijo, no seas flojo, hace un rico sol- lo apuro para sacarle una sonrisa
-No papá, mas tarde, tengo sueño- me dice fastidiado y tapándose la cara abrumado.
Me retiro un poco incómodo, Sergio, mi hijo menor, está durmiendo profundamente, decido no despertarlo. Cuando voy por el parque, algunos padres juegan con sus hijos -ninguno pasa de los 6 años- y recuerdo cuando los míos tenían esas mismas edades y les satisfacía caminar de mi mano. Pienso en el tiempo que se fue pasando tan rápido, hoy Franco ya tiene 12 años y ha comenzado a independizarse en sus ideas y su comportamiento, talvez no de la manera como hubiera querido, pero trato de entender que es parte de la edad y los tiempos modernos que vivimos.
Sentado en una banca está Pepe, él es médico y tiene un hijo de la misma edad del mío, Pepe es pediatra y hoy tiene una niña hermosa de tres años, ha salido al parque temprano y descansando su alegría, se divierte mirando correr a su pequeña, me invita a sentarme a su lado.
-Hermano, los chicos de hoy ya no son los de antes- me dice, cuando le comento algunas cosas de mis hijos que resultan comunes entre nosotros.
–Antes nuestro hábitat estaba en la calle, allí nos ensuciábamos la ropa y aprendimos a cuidarnos solos, hoy el ambiente de ellos está cercado entre cuatro paredes, sus mejores amigos son la computadora, la TV y el Play Station, son otros los tiempos y me preocupa que sin damos cuenta, estamos criando niños sedentarios y futuros adultos con problemas de salud-
Comentamos que los padres requieren de tiempo disponible y también demasiada paciencia para sobrellevar el crecimiento de los hijos. Su hermano Alberto, que es psicólogo, alguna vez nos dijo, que los padres de hoy se separan en dos sectores: Los que creen ser buenos padres y los que pretenden ser comprometidos, mientras que el primero predica la orden como evangelio y hace sentir su autoridad, el otro asume la flexibilidad como argumento, delega responsabilidad y se hace amigo de su hijo. Pero en ese intento, a ambos les falta tiempo y no se percatan en que momento, se genera una distancia con ellos.
Cuando conocí a Henry, un amigo entrañable, ya tenía a Gabriel, su engreído, que hoy anda por los 17 años. Siempre admiré lo dedicado y amoroso que era con su familia, pero los azares del destino les golpearon sus vidas y hoy se encuentra divorciado Su hijo Gabriel vive en España con su madre y la última vez que pudo verlo, ha sido hace 4 años cuando viajó a visitarlo por navidad. Hoy el vínculo mayor que Henry puede transmitirle a su hijo es a través del Internet, casi todas las noches se conectan virtualmente por el Messenger en una rutina que logra disipar las preocupaciones, pero que no consiguen llenar el vació espiritual y físico que le queda en el cuerpo, cada vez que apaga el computador.
-Anoche lo llamé por su cumple y le dije cuanto lo quiero, cuanto lo extraño, pero él, lejos de hacerme sentir contento, solo estaba preocupado por terminar de charlar rápido conmigo, para irse a una fiesta con sus amigos-
-Es que Gabriel ya es un jovencito, casi un hombre- le digo calmando su insatisfacción
-Si, quizás antes era diferente, pero te confieso que eso me afectó mucho-
-Lo entiendo, debe ser complicado ver como tu hijo crece lejos de ti-
-Al menos tu tienes a tus hijos cerca, a mí me duele mucho no estar a su lado, justo ahora cuando se va haciendo hombre-
Hace cinco días que mi hijo Franco no ha dormido en casa, ha tenido que ir a un convivio del colegio y es el tiempo más largo que ha pasado lejos de nosotros, su madre ha disimulado su arrebato cobijando sus afectos desmedidos con Sergio, nuestro hijo menor, así han sobrellevado la ausencia con tranquilidad. Es viernes y he salido del trabajo para encontrarlo en casa de regreso, antes lo llamo por teléfono para saludarlo, pero sus respuestas son escuetas e inmutables. Cuando llegamos a casa, lo encontramos cansado, su abrazo resulta abreviado y lo poco que nos habla, lo hace más para complacernos, porque ya no desea mas interrogatorios. A la mañana siguiente, se despierta de mejor ánimo, nos cuenta con detalles como la pasó fuera de casa y compartimos una charla familiar muy amena.
-Hijo, quiero que sepas, que tu madre, tu hermano y hasta Reynita –nuestra mascota- te hemos extrañado mucho, pero esto es el inicio de algunas cosas que son parte de tu crecimiento-
-Si papá lo entiendo- responde lacónicamente
-De verdad que te echamos mucho de menos- le digo mirándolo a los ojos
-Yo también los extrañé, porque aunque estuve con mis amigos, ustedes son mi familia- me responde
Me quedo pensando que debo acostumbrarme a sus cambios de estado de ánimo, tan recurrentes y perturbadores. Creo que de alguna manera estamos preparando el camino, para cuando nuestras ausencias se hagan mas largas y la distancia, se convierta en esa barrera imaginaria que se oponga a nuestros deseos de querer estar cerca y compartir nuestras vivencias.
Hoy encontré a Miguel, un amigo de la infancia, me hablaba de sus hijos adolescentes. Miguel labora para una empresa transnacional de renombre y aún cuando hoy tiene una buena remuneración, siente que el dinero y la buena posición, no le han podido devolver el tiempo que perdió, cuando por lograr un ascenso, se pasó muchas horas dedicadas al estudio y el trabajo.
-Siempre llegaba a casa tarde y los encontraba durmiendo, cuando quería aprovechar un fin de semana tenía clases y se pasaban muy rápido- me dice él, reflejando en sus ojos una nostalgia que me llama la atención.
-Bueno la vida de hoy exige eso y a veces se deben hacer muchos sacrificios-
-Si pero yo me pregunto: Quien te devuelve ese tiempo que no compartiste con tus hijos?-
-Creo que los padres hacemos todo lo posible por darles bienestar-
-Seguro, pero estos tiempos que vivimos, son diferentes a nuestra época hermano, ahora mi hijo solo sabe pedirme cosas y al igual que mi hija ya andan con enamorados, el trabajo no me da tiempo para estar mas cerca de ellos y casi no obedecen a su madre-
-Siempre el tiempo es el factor primordial- le digo notando preocupación en sus ojos
-Así es hermano, ellos tienen todo, pero te confieso que a veces, me siento tan ausente de sus vidas-
Es muy serio el papel que nos toca a los padres hoy en día. Como hijos que fuimos quizás añoremos aquellos días en que nuestra infancia y luego nuestra adolescencia fue románticamente compartida, cuando mirábamos la novela o el fútbol en el único televisor de la casa o cuando salíamos a jugar en la calle y regresábamos para la hora del almuerzo con el sudor y la ropa impregnada de esa satisfacción de sentirnos libres y felices. Hoy soplan otros vientos, nuestros hijos viven una época distinta, con medios tecnológicos propios de la modernidad, que los alejan del valor sentimental de las cosas, coexisten saturados de mensajes alienantes que tienden a tornarlos algo indiferentes para con el sentimiento. Quizás allí radique nuestra lucha diaria como padres y se requiera darles todo el afecto posible, para que se sientan queridos y respetados, pues debemos aceptar que durarán cada vez, menos tiempo a nuestro lado.
Por más cerca o lejos que estemos de sus vidas, existirá un momento en que nos sentiremos alejados de su presencia, ellos como hijos intentando mostrarnos su independencia y nosotros como padres, queriendo revertir las circunstancias, quizás cuando decidamos hacerlo, ellos hayan crecido demasiado rápido y se habrán marchado lejos. Quizás la distancia puede ser física, pero ese tiempo que siempre nos falta, sin quererlo siquiera, podría convertirnos en padres ausentes, aun teniendo a nuestros hijos cerca.
Mi joya mas valiosa
La mujer embarazada, esperaba su primer hijo, sus horas habían transcurrido de manera tranquila, ya estaba en los últimos meses y su ilusión crecía tanto como su barriga. Ella, había hecho muchas oraciones para que la bendición de Dios ilumine su precario hogar que recién se estaba formando a punta de esteras y adobe. El esposo acomedido acariciaba el vientre de su mujer con devoción, mientras apuraba sus fuerzas para plantar la última estaca que daría forma a la puerta de su casa. Así se fueron transcurriendo los días, entre la alegría que encontraban cuando el sol calentaba sus cabezas y la tranquilidad que descubrían cuando abrazados, esperaban que la noche los cubra, a la luz de una vela que alumbraba su esperanza.
Eran los días en que la mujer embarazada, se esforzaba por ayudar a su esposo, a costa de que cada vez tenía menos fuerzas, para caminar, incluso para respirar. Fue el destino o la fatalidad vestida de infortunio, que un día de esos que no se quieren recordar, cuando la mujer embarazada, quiso perseguir a un pollito escurridizo, trepó a la parte alta del techo y este no resistió el peso, viniéndose con ella al piso. Fue un milagro el que no le costara la vida de ella y de su hijo que llevaba en el vientre. Después del susto, ella siguió sus días de dulce espera, un par de meses después alumbró un hermoso varoncito, al que llamaron Eduardo, quien desde que nació presentó algunos problemas de salud, producto de aquella caída que no lo dejaron vivir mucho tiempo. Un día de otoño gris, en los brazos de su madre, cerró sus ojitos para siempre, dejando a la pareja y sobre todo a la madre, sumida en la tristeza y el desconsuelo.
Yo no conocí a mi hermano Eduardo, su corta vida me la contó mi madre, que nuevamente salió embarazada y me trajo al mundo una noche de octubre, cuando los dolores del parto casi le arrancaban la vida. No alcanzó llegar al hospital y fue la cama donde había dejado su corta vida mi hermanito, donde quiso Dios que ella vuelva a sonreír y sentirse bendecida con la llegada del hijo añorado, el que calmaría su tristeza. Desde el primer minuto de existencia, ella me brindó los cuidados más extremos que se pudieran concebir, su instinto sobre protector, fue mas allá de su propio amor maternal. El temor de volver a perder otro hijo, la hizo sentirse demasiado vulnerable y veía en mi, su esperanza de volver a sentirse viva, pero al mismo tiempo la asaltaban muchos miedos escondidos y aplicaba afiebrados conceptos del cuidado excedido para un niño normal.
Desde muy pequeño, sentía que la devoción que mi madre me brindaba era exagerada, incluso cuando llegaron mis dos hermanos Miguel y David, con todos fue igual, pero de manera mucho mas marcada lo sentía para conmigo, más aún cuando mi padre, un día se dejó envolver por devaneos insensatos y se marchó de la casa. Mi madre desde ese instante refugió en sus hijos, toda su atormentada soledad. Cuando la adolescencia tocaba las puertas de mi autonomía perturbada y el fútbol ocupaba todos mis pensamientos o el rock caliente del grupo Kiss, me envolvía con frenesí, mi desenfrenada vivencia juvenil, mi madre siempre sacudía mis pensamientos.
-Hijo ¡ya basta de fútbol!... todo el día estas en la calle tras una pelota-
-Ya mamá no te preocupes tanto-
-Es que hijo sino estas en la pelota estas con tus amigos roqueros- me increpaba fastidiada
-Pero mamá es lo que me gusta, no te preocupes-
-Es que en la calle te puede pasar algo hijo, no quiero ni pensarlo-
-Ya mamita no seas exagerada- le respondía con frecuencia
-Es que tu no puedes entender lo que yo siento como madre- me decía ella con su mirada pintada de clemencia.
-Si mamá pero no exageres tanto-
-Es que yo los quiero tanto hijos, ustedes son mis joyas mas preciadas-
El tiempo se ha pasado más rápido de lo que hoy apuren los recuerdos, cada vez que el tiempo y la responsabilidad familiar lo permiten, voy a visitarla y en cada abrazo que recibo, pareciera que fuera el último, siempre que suelo besar su frente, ella me susurra al oído “mi hijo querido”, “mi joya más valiosa”, siempre me recibe igual que cuando era un niño o joven irreverente, siempre me brinda su regazo, con ese amor que cala mis entrañas y me hace sentir a su lado, un ser tan simple e intrascendente.
Dicen que los nietos son para los abuelos, la prolongación de sus hijos y en muchos casos la reencarnación de ellos, incluso suelen hacer muchas cosas que no hicieron o pudieron para con sus propios hijos. Siento una nostalgia ajena, distinta y paradójica, cada vez que miro como mi madre juega con los cabellos de Franco, mi hijo mayor y acaricia el rostro de Sergio, el menor y más cariñoso. De alguna manera veo reflejado en ellos, aquellos tiempos en que mi madre amparaba sus penas, brindándonos su amor infinito. Me recorre un extraño escozor cuando la veo con sus cabellos blancos y su rostro cansado por los años, con sus ojitos pardos y su mirada limpia. Cuando me regala esa sonrisa tímida pero tan divina, que me cala los sentidos, cuando abraza a sus nietos y los apretuja contra su pecho, como hacía con sus hijos, cuando eran suyos y hoy ya cada uno alejados y con distintos destinos.
Hoy la vida me pone a prueba, cada vez que la veo, la siento más débil y a veces más triste, en cada abrazo que nos brindamos, mi corazón late mas aprisa y el de ella se escucha fatigoso, doliente. Su lucha tenaz contra los años y los males que la aquejan, la van minando y haciendo que cada día tenga menos ganas de levantarse y cuando me sonríe lo hace de una manera melancólica, tratando de asolapar su dolor interno. A veces me vienen extraños presentimientos, me asusta pensar que cuando despierte, no la pueda volver a ver. Cada noche le rezo a Dios para que permita aliviar sus males y la proteja cada instante cuando las sombras ocupen sus pensamientos, para que alargue el tiempo que la pueda tener cerca, para que me deje la oportunidad de decirle cada día, cuanto la extraño y cuanto la adoro.
Mirando el rostro de mis hijos, me vino a la memoria, aquellos tiempos cuando niño, mi madre me brindaba su protección desmedida, hoy la historia parece repetirse, cuando miro a mi esposa, atenderlos con devoción extremada y sobre protegerlos con su amor desbocado, pero tan sincero y admirable, quizás sean distintos los tiempos y los temores sean mayores, pero admiro tanto ese amor que ella les profesa que ahora en el otro lado del río, como padre sensible, ante ese sentimiento maternal inigualable, me siento tan igual de insignificante a su lado, como cuando era aun un mozuelo y tenía a mi madre cerca.
En mi ser, guardo la esperanza, que mis hijos por siempre sean agradecidos de tener la madre tan preocupada por ellos y que aunque el tiempo se lleve sus vivencias y los años nos sometan a quedarnos débiles e inseguros, cada vez que abracen a su madre, sientan el mismo amor que cuando niños, porque es la ley divina, la de intentar ser cada día mejores hijos, por ende mejores padres y forjar seres humanos agradecidos a Dios de tener una madre que a pesar de todas las circunstancias adversas, siempre nos espera con sus brazos llenos de amor.
-Hijo, cuidate mucho, no hagas desarreglos..- me dice mi madre amorosa al despedirse
-Ya mamá tu también cuídate, toma tu medicina, el domingo vengo con los chicos para almorzar juntos-
-No te preocupes hijito, haz tus cosas con calma- me responde
-Te quiero mucho mamita- le digo cuando ella besa la cabeza de mis hijos y los acaricia acomodándoles la ropa
-Ay hijo, a veces quisiera que Dios me dé mas vida para ver crecer a mis nietos-
-Yo rezo todos los días mamita para ello suceda-
-Mi “corazone”, alma de mi alma, mi joyita preciada- me dice ella abrazándome fuerte y a mi se me hace un nudo en la garganta en esta despedida, que no sé si sea la última
-Chau mamita linda- le digo besando su frente
Una vez mas me alejo de su tibio regazo para emprender mi rutina familiar, una vez mas la dejo allá lejos de mis ojos, pero muy cerca de mi corazón y mi pensamiento, allá se queda mi madre adorada, mi joya más valiosa.
La mujer perfecta
Es octubre y han pasado tres días de mi cumpleaños. Juan Carlos, un íntimo amigo de infancia, que se hizo policía, me acompaña a la casa de Manuel, promoción del colegio, que ese día celebra sus 24 años. La fiesta está en su esplendor, la música espectacular y nosotros con otros amigos, estamos en un rincón, hablando de fútbol, pero sobre todo de mujeres. Cada chica que miramos o sacamos a bailar, es el punto de referencia para el comentario posterior. Es una conversación típica de jóvenes inexpertos que se quieren dar de sabelotodos y rompecorazones. Algunos con relatos verdaderos y otros, no pasan de traviesos embusteros.
-Para ustedes, ¿cuál es la mujer perfecta?- pregunta Manuel, un tipo divertido, seductor por excelencia y muy pegado a las relaciones pasajeras.
Juan Carlos y yo nos miramos medio extrañados y sin ninguno de los dos tener una respuesta adecuada.
-No sé si en verdad la encuentre- respondí apresurado- quizás, pueda que exista alguna que te pueda llenar los ojos, pero ¿perfecta?... no sé
-No existe “brother”, todas tienen muchas virtudes, pero también muchos mas defectos- dijo contundentemente Juan Carlos, abrazando mi hombro.
- ¿Están seguros que no existe?- dijo Manuel sonriendo maliciosamente
-Bueno eso creo, depende a que le llames perfecta ¿no?- acoté
-Amigos míos, la mujer perfecta si existe y les voy a dar el mejor ejemplo- dijo él, dirigiéndose a la puerta, por donde ingresaba una rubia espectacular, de pechos prominentes, un cuerpo de diosa y cara angelical. Manuel fue a su encuentro.
-Amigos, les presento a mi enamorada Steffany, la chica 10 puntos, la mujer perfecta-
Juan Carlos y yo la saludamos. Ela ruborizada y todo, se veía mucho más linda. Solo atinaba a sonreír. De todo lo que compartimos esa noche, dudamos la forma en que Manuel la pudo conquistar. Juan Carlos no dejó de mirarle los pechos y yo me subyugué ante su blonda cabellera y su cara de muñeca. En realidad era la chica soñada, la que solo se veía en la TV.
Después de casi un año de aquella noche, Manuel y Steffany, se casaron. A todos nos pareció raro, porque en nuestras conversaciones, el tema del matrimonio, era un pecado mortal. Pero era el sueño cumplido de nuestro amigo Manuel. Un tipo que siempre había caído rendido ante la belleza física de una mujer. Esta vez se había casado –según él- con la mujer perfecta.
Es el mes de Marzo y en la casa de Juan Carlos celebran su cumpleaños. Ha pasado mucho tiempo, mis amigos y yo enrumbamos por distintos caminos, distintos destinos. Esta vez cada uno asiste acompañado de sus esposas o sus parejas actuales. La reunión es distinta, la conversación también. Las mujeres se han juntado en un rincón y empieza la clásica tertulia del chismorreo respectivo. Los hombres, apartados de ellas, empezamos a charlar de fútbol, de política, de nuestros hijos, de nuestras parejas y de aquellos grandes recuerdos que nos quedaron de los tiempos idos.
Manuel ha llegado a la fiesta, con su esposa, que recién conozco esa noche y que no es Steffany (Su matrimonio con ella duró pocos meses y no tuvieron hijos). Juan Carlos los recibe y cuando ella se aleja para juntarse con las mujeres, me susurra al oído. “Esta si es la mujer perfecta”. Alcanzo a mirarla y distingo su rostro cándido, pero no tiene la belleza cautivante de Steffany. Le pregunto a Juan Carlos la razón de su afirmación. Él solo sonríe y me señala con la nariz a Manuel, quien se da cuenta que es aludido y se acerca con ese aire victorioso de siempre, tan suyo y propio de su personalidad. No dice nada, solo sonríe.
-Por si acaso ya está cerca el día de la mujer- ha dicho Mariana, la esposa de Juan Carlos, soltando una risotada y agregando bromas adicionales que todos celebran con beneplácito.
-Muchachos habrá que llevarlas algún sitio ¿no?- dice Juan Carlos, riendo y brindando con su copa en la mano.
-Salud por el día de la mujer entonces, la “mujer perfecta”- dijo Manuel mirando a su esposa, que lo observaba a lo lejos.
-Yo sigo convencido que no existe hermano, la “mujer perfecta” solo está en los sueños de cada hombre- afirma Juan Carlos
-Yo creo que una mujer debe ser, bella por fuera, pero mas importante es como es ella por dentro, lo de afuera se acaba, se esfuma, lo de adentro perdura toda la vida- se explayó Manuel.
Al tocar su vaso con el mío, no dejo de mirarlo a los ojos, como queriendo encontrar una aclaración a sus palabras. Él solo sonríe
Pepe, nuestro amigo al que siempre lo consideramos el mejor de la clase y hoy un padre ejemplar, hace mención que, al margen de la belleza física, en una mujer vale lo espiritual. Él y su familia son muy religiosos y cree más en la sinceridad de las personas, que en la propia hermosura física.
-Todo va de la mano, creo que todo entra por los ojos y también debe tener su dosis de carácter, ¿no dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?... para eso, debe tener algo de perfección ¿no?- opina Joaquín, un gordo bonachón y belicoso como él solo.
-La mujer perfecta, solo la podría comparar con mi madre, a ella la pongo en un pedestal- dice Pablo, un amigo que conocimos ese día y que entró a la conversación.
Henry, un amigo entrañable, divorciado él, interviene diciendo -No existe la mujer perfecta. Y a Dios gracias que no exista, sino el conquistar y amar a una mujer no sería algo tan adorable.
Es una fantasía que se contrapone a la naturaleza misma del ser humano “imperfecto”. Quizás lo mas cercano a la realidad sea una “mujer ideal”. Buscar alguna que lo entienda y eso sea tan difícil que no valga la pena intentarlo y sea mejor limitarse a quererla o dejarse querer.
-Hermano, es aquella que está cuando la necesitas, la que se va cuando quieres estar solo y la que en vez de pedirte plata, te da tu “regalito”, esa es la mujer 10 puntos, la perfecta- interrumpe Fernando, un amigo de Juan Carlos, también divorciado. Todos nos echamos a reír a carcajadas
-La mujer perfecta no existe hermano, todas tienen sus defectos y virtudes, pero una mujer ha nacido para joder, si no jode es hombre- finaliza Juan Carlos y todos volvemos a soltar risotadas que nuestras parejas advierten y solo atinan a comentar bajito. No se percatan que los hombres discuten por encontrar la definición exacta, a la “mujer perfecta”.
Por un instante, me quedo en el limbo. Me acuerdo de mi madre. Con sus ojitos llenos de bondad y su sonrisa de ternura infinita. Sus cabellos blancos, llenos de experiencia y sabiduría. Su rostro cansado por lo años, que dejan notar surcos que las vivencias le dejaron huella. Demasiada tristeza que nunca quiso compartir. Jamás tuvo algún reproche, ni rencor, para con alguien, ni para con la vida misma. Ni siquiera a mi propio padre, cuando alguna vez, decidió abandonar el nido. Ella sobreprotegió desmesuradamente a sus “Joyas mimadas” como nos llama hasta hoy. Su caridad sin límites, un legado que marcó mi existencia. Siempre eligió quedarse sin nada y ofrecerla a quien lo necesita. Cada vez que la escasez afloraba, era ella con su sonrisa de ángel, quien nos apaciguaba con su “ya Dios proveerá”.
Cuando pasaba su mano por mi cabeza y sosegaba mis emociones. Su serenidad a la más absurda de mis travesuras. Cuando ya rebelde adolescente, me corregía con rigor, veía que con cada chicotazo, le brotaban lágrimas, que de seguro le dolían en el alma, “Es por tu bien” me repetía. En ese momento, solo sentía ira. Pero fueron los años -sabios consejeros- los que me hicieron recapacitar de muchas cosas, algunas irreversibles. Su vigor impresionante. Su amor perdurable en el tiempo, que ha logrado que la adore sin medidas y cada vez que la veo, agradezca a Dios, por permitir que aún pueda abrazarla y sentirme orgulloso de admirarla como una mujer casi perfecta. Quien sabe, el único defecto que tiene, es ser, demasiado bondadosa y buena.
Volteo la mirada y me encuentro con el rostro de mi esposa, que me mira complaciente. Sus dedos juguetean con su cabello ensortijado, que siempre me encantó de ella. Sus ojos vivos y encendidos, dejan expresar su amor desprendido, que me hacen sentir demasiado privilegiado. Quizás porque a veces pienso que no soy yo, quien ella se merezca. Creo que la necesito para sentirme bien, aunque me sienta agobiado, cuando su amor, se hace una ola gigante de vacilación y nos afloren devaneos insensatos, que resquebrajan los sentidos. Me hace feliz, cuando está contenta, serena y entusiasmada. Cuando se siente segura de si misma y se hace tan fácil amarla. Admiro su inteligencia y ese orden para tener todo en su sitio, con ese aire autosuficiente que la hace relevante. Ella es dulce en los tiempos de calma, pero es un huracán titánico, cuando el enojo mancha su mirada y sus pensamientos se alejan de la razón. Es de aquellas mujeres que se entregan a lo que quieren y que no descansan en el intento de lograr lo que se proponen.
Me encanta cuando me repite las cosas que me decía cuando empezamos a querernos. Cuando me replica que el amor está en las cosas pequeñas de todos los días y como me subyugo ante su ímpetu, que complementa mis dudas y que nos han hecho fuertes en el tiempo.
La miro con ojos de melancolía, evocando que el azar entrecruzó nuestros destinos y que fue el tiempo y nuestras vivencias, lo que nos hizo amarnos y aceptarnos tal y como somos. Admiro su fortaleza, aquella que me demostró cuando para darles la vida a nuestros dos hijos, ella se tuvo que morir un poco. Aquellos momentos trascendentales que me marcaron, que me hicieron quererla demasiado y admirarla con devoción. Aquellos momentos en que me sentí tan insignificante, tan simple y el mas débiles de los mortales. Mi amor y admiración por ella fue tan grande, como la misma perfección divina, que significó el nacimiento de mis amados hijos.
Miro a mis amigos y pienso que la búsqueda de la mujer perfecta siempre será una utopía, un paradigma para todos los hombres, porque todos de una u otra manera siempre estamos buscando la perfección. Que involuntariamente, a veces buscamos a una mujer que se parezca a nuestra madre. Para reflejar en ella la exquisitez de sus virtudes. Pero que en el fondo buscamos alguien que nos haga sentir que no solo existimos, sino que vivimos intensamente.
-Y ¿tu?, te quedaste callado, ¿que opinas?- me lanza la pregunta a boca de jarro Juan Carlos, sacándome de mi letargo.
Yo los miro a todos, distraigo la mirada y solo atino a decir:
- Lo que existe es la perfección y es imposible lograrla, pero la “mujer perfecta”, la ideal para un hombre, sin darnos cuenta, puede ser que esté muy cerca nuestro, mirándonos, amándonos en silencio o abrigando nuestras desventuras, quien sabe hasta duerma con nosotros. De pronto nos esté faltando a los hombres, el coraje de empezar, a tratarlas como tal.
-Salud por el día de la mujer- digo elevando mi vaso y mirando donde están ellas
-Por la “mujer perfecta”- responden todos.
Amarillas en mi vida (La premiación)
Era una tarde de Diciembre, cuando navegando en la web, encontramos un particular aviso que hablaba de un concurso, para contar en 100 palabras (ni una mas ni una menos) alguna anécdota en la cual haya sido importante el uso de las
Páginas Amarillas. Al principio me pareció muy singular el concurso, pero también muy divertido, además que estaba dirigido a los Bloggers, aquellos mortales –del cual formamos parte- que de alguna u otra manera han encontrado la oportunidad de construir en la web un portal personal, donde expresar aquellos pensamientos perdidos, unidos a sus sentimientos mas escondidos, de manera libre y extrovertida, exponiendo ideas y puntos de vista de temas diversos.
-De seguro van a entrar muchísimos post- me dije para mis adentros
-Pero nada pierdes en el intento- me respondió una voz interior

El día 14 de febrero, ha sido la premiación. Nuestro post fue considerado en el sexto lugar (el último en orden de mérito), pero al margen del puesto ocupado, nos ocupa el mérito de todos los participantes, cada uno con una historia valiosa como divertida. Ha sido una linda experiencia de conocer otros Bloggers y saber que cada uno de ellos trata de expresar lo mejor de uno mismo y compartir su talento, de alguna manera u otra, un Blog refleja la personalidad del ser humano, que se encuentra detrás del teclado.

El agradecimiento a Páginas Amarillas, por esta oportunidad de poder llegar a mas personas. Por permitirme compartir con mis dos fieras, el premio de este iPod que se lo ganó el padre, pero que el uso se lo disputan entre ellos. Pero sobre todo agradecer la ocasión de poder conocer y admirar a los amigos, que fueron premiados por sus Blogs y de su experiencia con las Páginas Amarillas, que de seguro ya forma parte importante de sus vidas.
Detalles del concurso en:
http://www.amarillasenmivida.com/
Una rosa por San Valentin
Lizette tiene los ojos almendrados, su blonda cabellera ensortijada le da un aire esplendoroso a su rostro, que tiene la blancura inmaculada de la inocencia. Su sonrisa es amigable y encantadora, es de corta estatura, pero su figura es contoneada y a pesar de ser muy joven, se le ve una chica muy atractiva. Físicamente se parece mucho a su madre, su eterna compañera, encubridora de mil y tantas aventurillas infantiles, quien al mirar con nostalgia a su “bebita” -como ella la llama- puede darse cuenta que se ha convertido en toda una mujer.
Adriana, es la mejor amiga de Lizette. Es una chica de buenos modales, aunque no muy agraciada, su cabello negro azabache resalta los rasgos orientales de su rostro y su figura es delgada, frágil. Desde niña tuvo problemas con su peso, siempre fue un trauma para ella, pues era objeto de constantes burlas. Cuando los años le dieron luz a la pubertad y la adolescencia les tocó la puerta, las dos amigas eran inseparables. Las vivencias juveniles forjaron un solo sentimiento y sus afinidades eran las mismas. Cual si fueran dos hermanas, se llevaban de la mejor manera. Cuan distintas físicamente una de la otra, aquello nunca fue obstáculo para su vínculo amical y muchas veces compartieron el mismo dormitorio, sus padres eran muy activos con sus reuniones familiares donde ellas participaban a menudo.
Lizette conoció a Alex una mañana de Enero, cuando él entraba a la secretaría de la Universidad y ella acompañada de Adriana salían de terminar el trámite de inscripción y casi por casualidad, o por azahares del destino, al abrir la puerta, él no pudo evitar golpearla.
-Sorry amiga, disculpame, estás bien?- le preguntó Alex- abriendo sus grandes ojos pardos intensos y tomándola del brazo.
-Si... si... no te preocupes, no fue nada -dijo ella nerviosa- mirándolo fijamente y permitiendo que las manos del chico, tocaran un instante su adolorida extremidad, lo cual la hizo estremecer.
-Soy un tonto, no me di cuenta –
-No fue nada, de verdad- dijo ella nerviosa
-¿En serio?... que tonto he sido… sorry, no pude evitarlo...
-No digas eso, no te preocupes-
-Bueno, me perdonas entonces- dijo Alex mirándola fijamente
Lizette, solo atinó a tomarse el brazo y sus ojos claros se refugiaron en la mirada del muchacho, que le brindaba una tenue sonrisa, la misma que encontró complicidad con el de la bella chica, que desde ese instante quedó prendada de aquel porte atlético, el cabello lacio y largo del chico, que le daban un aire de fresca irreverencia adolescente.
Desde aquella primera vez, Lizette no había podido olvidar a Alex, frecuentemente solía recordar su mirada y la sonrisa de ese rostro bronceado por el sol limeño. Pero ese detalle también había sido similar en Adriana. Después del incidente, charlaron sobre el muchacho y coincidieron en que a las dos las había impactado su cortesía y amabilidad, pero por sobre todo su atractivo físico. A pesar que cada una se guardaba para su intimidad el real sentimiento, que les había influido “el chico de la puerta”, como ellas lo empezaron a llamar.
Cuando empezaron las clases en la Universidad, nuevamente las dos amigas estaban en el mismo salón. Tamaña sorpresa se llevaron, cuando aquel primer día, vieron aparecer en la puerta a Alex, ambas lo miraron sorprendidas y él al verlas se acercó amablemente.
-Pero que pequeño es el mundo –dijo él mirando a Lizette y sin dejar de sonreír
-Si es verdad, el mundo es un pañuelo-
-No pensé encontrarte en el mismo salón, espero que me hayas perdonado.
-No te preocupes, todo ha sido superado –dijo ella, mirando incómoda a su amiga, que no le quitaba los ojos de encima al mozalbete.
-Para olvidar todo, saliendo te invito un heladito, ah y puedes traer a tu amiga si quieres– asentó Alex divertidamente, sin darse cuenta que Adriana, sintió la broma como una bofetada. De alguna manera se estaba sintiendo desplazada, al ver la preferencia por su amiga, del “chico de la puerta”, aquel que ya despertaba alguna ilusión escondida, en su aún voluble corazón juvenil.
Adriana nunca tuvo un enamorado conocido, ella de alguna forma, fue siempre la concubina de su mejor amiga y era la que la apoyaba, cuando la muchacha del cabello rizado tenía problemas del corazón. Era su confidente, su cómplice y la que se mojaba los pies, cuando su amiga no tenía el valor de pisar el charco de las dudas y las frustraciones. Su carácter, era muy extraño y llena de complejos, muchas veces hablaba de morir y de conocer el dolor, temas que Lizette nunca le dio mucha importancia.
Desde un inicio los dos muchachos se sintieron atraídos físicamente, pero ninguno marcaba la iniciativa. Para Alex le era difícil, decirle a Lizette lo que sentía, pues casi siempre estaba cerca de Adriana, quien hacía lo imposible por ocultar su sentimiento escondido y en más de una vez había intervenido de manera sutil y disimulada para que aquella relación no se consumase. Pero la rutina de los estudios y la convivencia amical, logró que el Puente de los Suspiros, en Barranco, sea el lugar donde se declararían su amor, una tarde de Octubre en que vieron el ocaso desde el acantilado, Alex le regaló una rosa roja, en recuerdo de aquel flechazo inicial que los unió por azahares del destino. Ella guardó la rosa, entre las hojas de su diario, aquel que guardaba celoso sus infinitas vivencias juveniles
Cuando Lizette le contó a Adriana, ella, lo tomó de manera sutil. Aunque en el fondo, era una puñalada a sus sentimientos ocultos, estoicamente fingió una alegría que no sentía. Desde aquel día, miraba y compartía con ellos su felicidad. Alex y Lizette eran la pareja ideal, caminaban juntos a todos lados y en la Universidad, eran conocidos como los tortolitos que disfrutaban su juventud y se prodigaban el amor, que nació en las aulas y que cada día crecía y los hacía inseparables. A su lado siempre estaba Adriana, participando con ellos, viendo como se amaban y siendo la eterna concubina de sus sentimientos compartidos.
Así pasaron dos años, Adriana amaba en silencio a Alex, se había enamorado desde el primer día que lo conoció. Pero fiel a su convicción de buena amiga, jamás dijo una palabra. Cada noche en su cama gruesas lágrimas alimentaban su desconsuelo. Así se acostumbró, a mirarlo como el hombre ajeno, el hombre que amaba con locura pero que jamás estaría a su lado, era el hombre que le pertenecía a su amiga, a su “hermanita” como la llamaba. Su corazón muchas veces se doblegaba, cuando Alex cariñosamente, le pasaba la mano por su cabeza, de manera natural, limpia y desprendida. Detalles, que ella valoraba en demasía, pero que contrastaban, con la guerra de sentimientos que tenía en el alma. Enfrentados, estaban, su amor incondicional y desmedido, contra la nostálgica resignación, a ser considerada simplemente: La querida amiga.
Las playas de Máncora, fueron testigos de horas felices para la pareja. Aquel verano fue inolvidable, Lizette y Alex, después de casi un mes de vacaciones, regresaban a Lima, envueltos en el embeleso de su juventud, de su amor incondicional y aquel sentimiento que se había cimentado en sus corazones. El celular de Lizette sonó para avisarle de un mensaje: “Adriana está grave regresa pronto”. El pálpito de que algo serio le pasaba a su mejor amiga, le estremeció el cuerpo. Un mal presentimiento, le había dado la señal que algo no andaba bien. El camino se hizo mas largo de lo normal, la angustia le quitaba la respiración y agitaba sus pensamientos.
Era 14 de febrero en el calendario, día de San Valentín. Alex y Lizette fueron a visitar a su amiga, que estaba internada en la clínica. Cuando llegaron encontraron a su madre Martha y algunos familiares en desgarradoras escenas de dolor. Al entrar a la habitación, solo divisaron la cama vacía y un jarrón con flores amarillas. Lizette con la mirada perdida, preguntaba que había pasado con su amiga.
-Que pasó señora, ¿donde está Adriana?
-Ella se fue hija, nos ha dejado para siempre-
-Pero ¿porqué?- preguntó sollozando y abrazándola
-Tú no lo sabías pero ella tenía un aneurisma que se complicó por los medicamentos que últimamente tomaba para el dolor de cabeza- le explicó
Alex abrazó a Lizette conjugando lágrimas de impotencia. La ventana, irradiaba las luces de neón de la ciudad que recién empezaba a sentir la noche y dibujaba en la pared, las siluetas de la pareja.
-Porqué nunca me lo dijo… yo era su mejor…
-Ella nunca quiso que ustedes lo supieran- interrumpió Martha
-Yo tenía fe que podría recuperarse, pero ella últimamente hablaba de querer morirse y que estaba muy enamorada, al principio, no quiso decirme de quien, hasta que encontré esto-
Martha se acercó a la pareja y sacó un libro desgastado –era el diario de Adriana- entre sus hojas estaba la misma rosa roja, que le regaló Alex y una foto del muchacho, que alguna vez fue de Lizette, detrás de la misma estaba escrito:
“El amor es vida, es felicidad, es ilusión y esperanza,
Pero también es sacrificio, es dolor y es muerte,
Si solo puedo verte y no puedo tocarte
Si solo puedo quererte y no puedo tenerte
Si solo puedo sufrir sin siquiera ilusionarme
Prefiero morir para poder dejar de amarte”
Aquel mensaje, sin querer, los hizo sentir culpables. Se miraron por un instante, sin entender siquiera, que Adriana se fue muriendo de a pocos. Con cada momento de felicidad de ambos, en ella se apagaba su ilusión de vivir. Por cada instante alegre que compartían juntos, ella fue matando sus sueños y finalmente se dejó vencer por la muerte, dejó en silencio que fueran agonizando lentamente sus sentimientos, hasta no sentir latir más, a su atribulado corazón.
En aquella cama vacía, solo quedó el olor a flores, en el día de San Valentín. Adriana guardó la rosa roja, como una señal para inmortalizar la reflexión, que, cuando el corazón ya no tiene armas para enfrentar a la realidad o cuando el amar se vuelve una utopía en el horizonte lejano de las desilusiones, es posible que se pueda morir de amor, pero quizás resulte mas fácil el dejarse morir de amor por dentro.
Devaneos insensatos
Ella dice que me ama, pero yo creo que en el fondo, solo me quiere. Ella dice que me necesita, pero yo creo, que aunque no lo reconoce, solo necesita de alguien, que quizás no sea yo. Ella me demuestra que soy importante en su vida, pero en ocasiones, me hace sentir tan pequeño y menoscabado. Ella juega muchas veces con mi paciencia, porque sabe, que a pesar de todo, de los dos, soy quien cede más. Yo le digo: El amor es entrega y despojo de muchas cosas de uno mismo. Ella me dice: El amor es sentirse amada y sobre todo importante. Yo pienso que el amor, tiene que ver con la libertad y el respeto del espacio ajeno. Ella piensa que el amor, es posesión al extremo y que, quien ama, le pertenece en cuerpo, alma y espíritu. A veces siento, que ella cree, que le corresponde, hasta mi propio pensamiento.
Ella me mira con extremado amor (mucho mas del que creo merecer), pero a veces, cuando explota su tolerancia, me clava la misma mirada, pero con enojo desmedido. Ella es linda cuando sonríe y se hace querida, pero resulta detestable, cuando intenta controlar mis sentidos. Ella es apasionada cuando ama y entregada con sus emociones, pero muy rencorosa cuando se siente traicionada. Yo, en el amor, soy un caballo desbocado, mi carácter es como un volcán impredecible, pero siempre es ella, con su amor infinito, quien endereza las riendas de mis sentimientos. Yo, soy un amiguero empedernido y amante de la vida social por excelencia; Ella, es recatada, ermitaña, amante de la soledad y el silencio. Yo, soy un energúmeno descortés, cuando se desatan mis impulsos y ella un huracán, que arremete con furia destemplada y pensamientos violentos.
Ella, fue una niña de modales amables y de familia acomodada; Vivió una infancia feliz y placentera. Yo mordí el polvo de la indigencia extrema, marcando en el pecho, la subsistencia individual; He vivido una infancia feliz, pero atribulada. Ella le puso un tiempo prudencial a su cautiverio maternal y quiso volar demasiado pronto del nido: Yo, siempre fui, un querendón entrañable y empedernido, apegado en demasía al calor, del hogar nativo. Ella marcó la pausa, cada vez que su corazón se sintió entusiasmado y vivió el amor apasionado, desmedido y prolongado. Yo, en cambio, caminé los senderos del amor furtivo, irresponsable y a veces demasiado incomprendido. Ella vino un día a mi vida, cuando mi corazón extrañaba alguna presencia cercana. Yo llegué a su vida, cuando su corazón era arrogante, pero se negaba a sentirse desamparado. Ella, vivió unida a un amor tempranero y dilatado, aún cuando deseaba sentir lo mismo, pero en brazos ajenos y prohibidos. Yo, adormitaba la pasión placentera, cobijando las caricias que encontraba, en cada lugar donde se quedaba a dormir, mi corazón errante y despreocupado.
Cuantas noches se han pasado sin sentirlas, cuantas de ellas han sido de tristeza. Cuantas mañanas despertamos, con ganas de salir volando por la ventana, y cuantas veces, nos entregamos a la pasión, sin mirar el reloj del tiempo. Cuantas veces, al mirarnos a los ojos, no pudimos, decir ninguna palabra amorosa y cuantas veces un beso hizo olvidar, tantas ofensas mutuas. Cuantas veces hemos reído y disfrutado de nuestra alegría y tantas veces terminamos abrazados junto al fuego. Tantas veces dijimos amarnos con delirio y tantas veces cubrí tu voz con un beso. Tantas veces dejamos pasar momentos felices y tantas veces, disfrutamos de aquello que ni siquiera planeamos compartirlo. Tantas veces te has quedado dormida entre mis brazos y tantas veces he huido, dejándote un beso en la frente, para poder mirarte cuando duermes. Cuantas veces, hemos llegado a herirnos con palabras y cruzado nuestras miradas indiferentes. Cuantas veces, nos hemos fundido en un abrazo, sollozando arrepentidos, cada uno en silencio.
No sé que guarde el destino para nuestras vidas, tampoco cuan largo se haga el camino para encontrarnos con los rostros felices. No sé cuanta hierba debe crecer en aquel parque, ni cuanto debe vivir el árbol de roble, donde dejamos nuestros nombres. No sé cuan grandioso sea el sentimiento, para aguantar nuestras vivencias y cuan fuerte nuestro corazón, para sobrellevar, estos devaneos insensatos. No se cuan grande sea este amor, como para morirse de tanto aburrimiento y renacer cuando lo creímos olvidado. No se cuanto dure este pensamiento melancólico y tampoco la razón por la que me asusta tanto.
El gran susto de padre primerizo
Ya era tarde, la fiesta estaba en su esplendor. Nadie quiso que esperando el taxi, mi esposa sufriera un desmayo, tampoco que no tenga un teléfono cerca y menos acordarme del número para llamar a la ambulancia.
En una calle de muchas cuadras, la caseta del sereno, era lo mas cercano, sobre su mesita estaba su gastada Páginas Amarillas, sin las hojas de los planos, pero igual de útil. Cuando los paramédicos, dijeron que era un desmayo normal, pensé en la angustia vivida, en esa calle solitaria y con mi esposa de seis meses de embarazo, para mi primer hijo.
Un nuevo y mejor año

Las doce campanadas serán el augurio que este año se haya extinguido y con él se llevará todas nuestras vivencias, algunas alegres, pero también de las otras.
Quizás la efervescencia y el desenfreno sea el común denominador para recibir el nuevo año, pero talvez, no se repare en que cuando la resaca del fin de fiesta, nos dé un cachetazo en el nuevo día, tendremos que echar andar nuevamente toda la ilusión para buscar en el horizonte de la esperanza, que el nuevo año que se avecina, depare mejores cosas que las vividas, pero sin recapacitar, que solo es la continuación de nuestros pasos en el largo camino de la vida.
Por ello en el epílogo de este ciclo, solo nos queda voltear la mirada al pasado y dibujar una mueca de melancolía, para recorrer con el pensamiento todos nuestros rastros dejados en cada día y cada segundo en que apretujamos al corazón, para darle vida a cada vivencia compartida con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo.
En el final de este año he podido confirmar:
*Que ser bondadoso es más importante que tener la razón
*Que la vida es como un rollo de papel, mientras más se acerca su fin, mas rápido se acaba
*Que las pequeñas cosas de todos los días hacen la vida tan espectacular
*Que Dios no lo hizo todo en un día ¿Que me hace pensar que yo puedo?
*Que la mejor forma de crecer es rodearme de gente más capaz que yo
*Que las oportunidades no se pierden, alguien tomará las que dejamos pasar
*Que mientras menos tiempo tengo disponible, mas cosas termino
*Que no puedo decidir como me siento, pero si puedo decidir que voy hacer al respecto y
*La amistad, es una virtud de los mortales de corazón noble y el sentimiento sincero.

La última Navidad de Gabriel

Gabriel tiene la sonrisa retorcida y los ojos chinitos de color caramelo. Su mirada tiende a ser esquiva, y a veces lejana. El lunar que lleva cerca de la boca, le da un aire tierno, a su rostro pálido y adusto cuando anda de mal genio. Usa la cabeza rapada, mas por una cuestión de rebeldía, que por razones de estética. Gabriel no es muy alto, siempre fue flacucho y enclenque, pero conserva esa facha de niño travieso, irreverente para con su vestimenta y su comportamiento, carente a veces de límites. Cada vez que se mira al espejo, suele juguetear con su lengua, deslizándola por su lunar, acostumbra soplar su aliento y empañar el vidrio para escribir los nombres de sus amigos. Le encanta tenderse en el piso, desinhibido y sin perder la mirada en el firmamento, se pasa las horas contando las nubes al pasar, siempre dice, que cuando sea grande, será aviador, porque le gustaría tocarlas con sus propias manos y porque quiere saber como se ve todo desde arriba, además que podría conocer al mismísimo Dios y hacerle saber de sus muchas preguntas pendientes.
Gabriel vive en un albergue, no conoce otro hogar, tampoco otra familia. Sus amigos son los mismos y ha crecido con ellos. Con frecuencia solía mirar por la ventana, que tiene vista a la calle y retozando su ánimo siempre alborozado, lanzaba un grito desaforado a manera de saludo o burla, a personas que ni siquiera conocía. De cuando en vez les lanzaba algún objeto y su carcajada, contagiaba de un regocijo cómplice a sus compañeros, los cuales recientemente han aumentado considerablemente, sin que él haya reparado al respecto. Las travesuras que hacía, son cada vez menos frecuentes y aunque no le encuentra lógica a esa actitud, no le procura dar demasiada importancia y tampoco sintió algún tipo de remordimiento por ello.
Hoy, se dio cuenta que la Navidad estaba cerca, “falta poco para el 24” -se dijo en voz alta- conteniendo una tos media rara y mirando con ilusión el calendario, que tiene enmarcada la foto del Alianza Lima -el equipo de sus amores- al cual siempre le regala un beso, cuando sale de su cuarto. Un póster gigante de Reimond Manco –su ídolo juvenil- está pegada en la cabecera de su cama y guarda con cariño un recorte periodístico, cuando “Ñol” Solano, visitó el año pasado, el lugar donde hoy vive junto a otros niños como él. Acomodando sus recuerdos, meditaba en lo significativo era para con sus emociones estar a puertas de una nueva Nochebuena. Sus ojitos le brillaron de pícara ilusión, quizás porque involuntariamente preparaba su infantil regazo para albergar regalos, porque es lo que siempre ha conocido desde muy pequeño, el sentir el cariño de gente extraña y disfrutar aunque de manera esporádica, el calor de la Navidad y de paso sentirse un poquito feliz.
Gabriel va cumplir 10 años, aunque pareciera que tiene más, nunca entendió bien, porqué la vida le jugó tan mala pasada. En silencio percibe aquel sinsabor que le ha dejado conocer de cerca a la soledad, de vivir hoy en un lugar que no es su hogar, sin padres, sin hermanos y con una familia que no es la suya. Alguna lágrima traviesa le surcó el rostro cuando miró aquella gastada foto donde aparecía –aún pequeñuelo él- cogido de las manos de un hombre y una mujer, que aunque ya no recuerda bien como eran sus rostros, alguien le dijo alguna vez que eran sus padres, que Diosito se los llevó porque estaban muy enfermos y sufrían demasiado aquí en la tierra, eso le hace llevar a cuestas un vació que nunca pudo llenar, porque jamás concibió como pudieron dejarlo indefenso a tan temprana edad, sin ninguna explicación, para sus atribulados y extraños sentimientos.
Últimamente, cada vez que se agita demasiado se siente desfallecer, ha dejado de jugar el fútbol que tanto le gusta y hace varias noches que no ha podido conciliar el sueño, a veces intenta juguetear con la lengua por el lunar de su boca, pero un extraño escozor le produce una rara sensación de dolor. El otro día, mirándose al espejo, descubrió que cerca a la frente tiene una extraña marca roja que no entiende como, ni porqué apareció y anda preguntándose porque siente tanto frió y anda resfriado todo el tiempo. Mas tiempo se la pasa durmiendo, que jugueteando con sus compañeros y las respuestas que obtiene no lo han reconfortado. Guarda en el alma una extraña inquietud, que a menudo intenta desahogar aparentando una rebeldía escondida. Acostumbra tenderse al suelo, boca arriba, para mirar pasar las nubes, en ellas suele dibujar con el pensamiento y sin darse cuenta, ya van varias ocasiones, que se ha quedado dormido y cuando despierta, está más cansado que de costumbre.

Nadie le supo explicar, como sus padres contrajeron el SIDA y porque la muerte se los llevó temprano, cuando él recién llegaba a este mundo y no tuvieron oportunidad de siquiera enseñarle a dar sus primeros pasos o de compartir sus primeros años de vida. Nunca le pudieron explicar, porqué él también es seropositivo y porqué vive en una casa especial, donde hay madres e hijos juntos, donde las demostraciones de afecto y cariño a veces le resultan demasiado predecibles y reiterativas. Un lugar donde aprendió que la vida es muy corta, que la vejez no existe y que la muerte, es una perversa visitadora vestida de negro, aquella que se llevó hace un año a su entrañable amigo Pablito, de quien guarda con orgullo una medalla que le dejó como recuerdo y que carga a todos lados colgada al cuello.
Para Gabriel, quizás esta sea su última Navidad y como cada fin de año, el estruendo de la nochebuena será una nueva oportunidad de reflejar sus ilusiones perdidas en aquellas luces que se pierden en el firmamento, esta vez quizás no le alcancen las fuerzas para tenderse en el piso a mirar las estrellas y pasar las nubes. Cuando pase el desenfreno aprisionará a su cansado pecho, la medalla que le dejó Pablito y sus ojitos color caramelo le harán un guiño a la desventura cuando se cierren para siempre. Talvez ésa misma noche, los sueños de hacerse aviador se hagan realidad y pueda surcar los aires tomando la forma de un ángel y esa utopía que resultaba conocer a Dios, se haga realidad en un sublime instante.

Gabriel desde muy chico, dejó volar su imaginación y sus sueños, aquellos solo le alcanzaron para refugiar sus lamentos en la ingrata, como injusta resignación a sucumbir ante lo inverosímil que resulta heredar las aventuras atolondradas de sus progenitores. Jamás pidió venir a éste mundo, ni quiso irse tan rápido, pero acaso si algún culpable de su destino existiera, sea la vida misma, que se vistió de infortunio y no le dio la oportunidad de disfrutar de una noche buena, en el calor de un hogar y alcanzar su más caro anhelo, que era seguir viviendo.
Diario de una tortura llamada fiesta brava
Hoy me he despertado cansado y muy adolorido. Anoche unos hombres vinieron hasta donde estaba encerrado y me cosieron a palos. No entiendo cual ha sido la razón, solo los vi llegar, apurados y enfervorizados. Se colocaron tras la reja y amarraron mis cuernos y mis patas, no tuve ninguna escapatoria, me dieron de alma. Han saciado un odio enfermizo, que no concibo la causa o razón para lastimarme sin compasión. He visto mucha ira en sus ojos, no pude gritar de dolor porque tenía el hocico atado y todo lo que me salía de entre las entrañas, era una indignación atribulada por tanta violencia injusta.
En esta celda que me tiene cautivo, no pude conciliar el sueño y lo poco que pude dormir lo hice intranquilo. He recordado con melancolía esas lindas y extensas praderas verdes, donde podía perder la mirada en el horizonte limpio y sereno, para retozar feliz y libre a mi antojo. Sentir la brisa de la tarde que me tocaba el hocico como una caricia y pasear orgulloso de mi casta, de mi estampa y mi bravura para la lidia. Ayer cuando me trajeron, mis pequeños becerros, estaban recién adormitados, los he visto alejarse y mi instinto me dijo que ellos aprenderán a cuidarse solos. Los hombres que nos atendían en el prado, intercambiaron monedas con gente extraña y me embarcaron en un desgastado camión, en un viaje que nos ha traído a este lugar que no conozco, tan sombrío y tan insólito.

Hay un bullicio extraño allá afuera, han abierto la puerta y los mismos hombres que me golpearon, han venido otra vez. Muestro mi enojo con bramidos e intento alejarlos, pero esta celda no me deja moverme, estoy atrapado entre el dolor y la impotencia. Cuando he intentado recobrar mi energía, he sentido un pinchazo en el lomo que me ha lastimado, pero soy un toro de casta valiente y trato de arremeter con furia. Miro alrededor desorientado y solo alcanzo a oler mi sangre que rueda por mi lomo, mientras los hombres empiezan otra vez a molerme a palos, se ríen cuando perciben mis resoplidos y no sé porqué insisten en hacerme tanto daño.
Están pegando un cartel en mi celda, percibo que me han puesto un nombre, puedo escuchar que me llamarán “Negrito”. Siento dolor por todo el cuerpo y los hombres me están limpiando la herida. El chorro de agua me viene bien. El ruido allá afuera es cada vez mas fuerte, mis hermanos que vinieron conmigo han pasado por lo mismo y estamos con mucha furia, pero tenemos mermada la energía. Los bramidos se hacen eco y cada vez suenan mucho más fuerte, es señal que estamos enfadados. Los hombres se han acercado a mi celda y parece que la quieren abrir, tengo mucha furia en el alma y solo quiero salir a arremeter con violencia, a todo lo que mis ojos me dejen ver y mi instinto me pueda guiar.

La puerta se abrió y al sentir el golpe en mi trasero, he salido brioso a una plaza, hay unos hombres de trajes multicolores que abanican con destreza unas capas de color sangre que hace enfurecer mis arrebatos. El hombre a quien gritan torero, se ha dirigido hacia mí y me recibe mostrándome el color de la violencia. He cerrado los ojos y embestido con ímpetu, mi hocico se enterró en la arena. Aquel hombre es diestro porque no he podido acertar. Lo veo saludar a la gente que llena la plaza, lleva en sus manos una espada que los rayos del sol radiante enceguecen lo poco que pueden ver mis ojos. Nuevamente voy al embiste, esta vez cuando volteo, hay un hombre detrás que viene montando a caballo, con una larga espada amenazante en sus manos. Cierro los ojos y le voy encima, he sentido un pinchazo espantoso, que me ha partido el lomo en dos. Empiezo a sentir que mis impulsos se van minando, el hombre arremete con furia y mi fortaleza se ha visto minada sin remedio. Otro hombre ha aparecido con dos banderillas para distraerme, le voy encima y hábilmente me las ha clavado en mi cuerpo, así lo ha hecho otras dos veces y al moverme, me empiezan a desgarrar la piel. Empiezo a sangrar profusamente, estoy muy furioso, pero siento que me voy quedando sin fuerzas.
El torero, ha cambiado su capa, ahora es una totalmente de color sangre. Mi furia ha disminuido y mi arremetida es más lenta, el torero me lleva al centro y allí trato de embestirlo, la gente grita enervada y puedo sentir su furia hacia mí. Al torero lo aplauden en cada ataque, yo cada vez me siento peor, la sangre que estoy perdiendo a borbotones, me está haciendo desfallecer. Pareciera que cuanto mas me trastea este hombre, más se encienden los alaridos de esta gente que pareciera gozar con esta tortura que no termino de entender. He sentido una bocanada de sangre que me ha llenado la garganta y me hizo trastabillar hasta doblar mis patas en la arena. El torero se ha alejado y la gente se ha puesto de pie para aplaudirlo, yo he querido salir de la plaza, pero otros hombres, han llegado para mostrarme sus capas de color encendido que a pesar de querer embestirlas, solo atino a mover mi cornamenta, que ni siquiera logra intimidarlos.

El torero se acerca y ya no puedo ver muy bien. Mi embiste es solo por defensa y empiezo a ver sombras oscuras que me acechan. El torero se ha parado frente a mis ojos, mi instinto me dice que hay peligro cerca, pero mis fuerzas ya no responden. Me he quedado quieto y veo que el torero se está perfilando con su espada. Cuando recupero el aliento cansado y he juntado mis patas, el torero se me vino encima, he tratado de defenderme, he sentido un dolor agudo y profundo que me ha desgarrado las entrañas. Las sombras que me acechan, me marean con sus capas, el torero se pone a pie juntillas, me mira con orgullo, viendo como me desangro por dentro, mientras arriba la gente, grita enardecida, pareciera que celebra mi tortura con retorcido frenesí. Se que me estoy muriendo pero nadie llega en mi ayuda, parece que todos desean que agonice rápido, que muera de súbito, pero no quiero hacerlo y saco fuerzas para no dejarme vencer, pero es en vano, mis patas se doblan y mi cuerpo cae sin remedio sobre la arena.

En mi agonía puedo ver como otros hombres han llegado con implementos medio extraños, me han atado las patas, me han cortado las orejas y también mi rabo, me han ligado a un carruaje y me jalan como una bestia exterminada por toda la plaza, quiero bramar para hacerles sentir que aún estoy vivo, pero es en vano, ya no tengo impulsos, me siento abandonado. En la plaza, se ha quedado el torero que lo llevan en hombros y pasea por entre la muchedumbre, la gente eleva pañuelos blancos, saludando éste tormento, tan inverosímil como injusto. Mientras yo, con lo poco de respiración que me queda, solo puedo percibir que los hombres, me han llevado presurosos hacia un lugar que huele a sangre y a muerte extrema. En mi expiración encuentro el rostro de un hombre que me mira con desidia y pierdo la mirada en la profundidad de sus ojos. Ya no recuerdo mas, solo he visto una sombra negra aparecerse frente a mis ojos, no se quien sea, pero ya no siento dolor alguno, ya no veo nada, ya no siento nada.
La madre del futbolista
Aún era un pequeñuelo, cuando sin permiso, me salí de casa para ir a jugar fútbol con mis amigos; Era lo que me encantaba, lo que me hacía feliz. No interesaba si los que jugaban eran mucho más grandes que yo, me importaban dos centavos, que el líder del grupo -que andaba por los 17 años-, me mandara al arco, total, con mis nueve años a cuestas, no era mucho lo que aportaba, pero el estar allí, era un logro importante, era mi triunfo, mi total satisfacción.
Aquel día, el pequeño e improvisado arquero, había impedido con su frágil cuerpo que su equipo perdiera por una goleada calamitosa. Hasta que vino el instante fatal, inesperado. La última jugada del partido, cuando el delantero rival se aprestaba a convertir el gol del triunfo, cual gato felino, detrás de su preciada presa, me lancé sobre sus pies y agarré la pelota, pero también su pierna. Allí me quedé tendido, aprisionando el balón, satisfecho de la hazaña. Solo pude reaccionar cuando la sangre que manaba abundantemente de mi boca empezaba por ahogarme. Aquella proeza me había costado un corte significativo que dejaría una huella indeleble hasta el día de hoy.
Lo peor vendría después, como decírselo a mi madre. Entre todos me auxiliaron y pudieron llevarme a casa. Confabulado con mi hermano menor, debíamos fingir que me había caído de la escalera. Así lo hicimos y ella, llorosa, preocupada, me atendió con devoción infinita. En mi interior sentía que era la peor mentira que le inventaba y aunque mi conciencia me golpeaba la espalda, mi raciocinio infantil, me decía que era lo mejor, para que no sufra. Pero en el fondo fue una perversa forma de esconder una mentira, como una de las tantas travesuras que hice, tratando de ocultar mi pasión excesiva por el fútbol.
Cuando mi adolescencia, le jugaba bromas a la madurez, cada vez que salía a jugar fútbol, para mi madre era un tormento. Su instinto sobre protector me llenaba de consejos y limitaciones, como todo adolescente, rebelde y presuntuoso, siempre le hacía oídos sordos. Pero cada vez que salía de casa, raudo y sin escucharla, regresaba con alguna magulladura en la pierna, un moretón en la cara y más de una vez, alguna lesión que me postraba en la cama, confinado a estar con toda la torpeza que desfogaba mi flemático carácter; Pero ella con dedicación y su amor incomparable, apaciguaba mi dolor, sin un solo desdén. Siempre estaba presta para atenderme, traerme el agua caliente, curarme las heridas y a veces darme la comida en la cama. Mas de una vez tuvo que castigarme sin dejarme salir de casa, incluso escondiéndome la ropa y las zapatillas, según ella para evitar me envicie en el fútbol. Lo cierto es que eso ya estaba en mi piel y muchas veces tuve que escapar y jugarme un partido descalzo, regresando a casa con los pies destrozados, recibiendo la reprimenda de rigor y algún azote que ella desfogaba por la impotencia de reprender a este pelotero callejero e incorregible.

Cuando mi sueño inverosímil de ser futbolista empezaba a ser real y el destino me regalaba un periplo en aquella recordada cancha del Cristal, en la Florida, mi madre me repetía que allí no había futuro, siempre estaba preocupada que me vaya a exponer a una lesión grave. Aunque recibía tratos diferentes, a ella nunca le hizo gracia que su hijo mayor se dedicara a patear un balón y tampoco creía que de eso se podía vivir o hacer un porvenir diferente. Quizá, era su forma de brindarme protección o simplemente era su amor generoso, lo que la hacía temerosa y a veces insegura en su proceder. Talvez, el haber perdido su primer hijo a los dos meses de nacido, le cambió su forma de ser y yo me convertí –sin quererlo- en alguien que suplió ese inmenso vacío.
Recuerdo que una sola vez en su vida, mi madre -convencida por mi padre y unos tíos-, accedió a ir a verme jugar un partido de fútbol. Aquella vez, estaba nervioso. La vi allí sentada, con su carita de ángel y sus manos entrelazadas, en cada jugada disputada con un rival, se acurrucaba con mi hermano, evitando ver el desenlace final. Aquella vez me toco hacer un gol y corrí a su lado, la abracé eufórico, la sentí sollozar, quizá contenta, quizá complacida, talvez solo melancólica de ver que su hijo, era inmensamente feliz en una cancha de fútbol y eso para ella era suficiente. Cuando llegamos a casa, no pude ocultar mi alegría y entre bromas, pude recién confesarle que la huella que tengo debajo de la boca, no me la hice en la escalera, sino jugando fútbol, ella lejos de molestarse, sonrió embelesada y me abrazó emocionada. Lloramos juntos. Esa era una de las tantas formas que tenía de mostrame su perdón, en una clara forma de enseñarme, que por más injusto que era mi proceder, ella siempre estaba allí presta, a brindarme su indulgencia.
Pero el destino quiso que ella tenga razón en algo, y no seguir el sueño de ser futbolista, pero igual continuaba dándole al balón, como un vicio, una religión, un credo. En casa se vivía y respiraba fútbol, si no estaba en una cancha de fútbol, estaba en el estadio, allí vinieron los amigos y las grandes jornadas deportivas, que con el tiempo se fueron haciendo rutinas insalvables. A mi madre siempre le disgustaba la tertulia posterior a un encuentro de fútbol y jamás entendió que mis amigos y yo igual celebráramos los partidos, sin importar si el resultado fuera favorable o negativo, tampoco entendió que algunos regalos que le brindaba, era por haberme ganado algún dinero extra, “solo por correr detrás de una pelota”, como ella me decía a menudo.
Hoy quise recordar a mi madre y su paciencia imperturbable, su compresión infinita y su amor imperecedero, para este su hijo, que tuvo de niño el sueño alocado de vivir tras de un balón, haciéndole pasar momentos amargos, tristes pero también inolvidables. El destino travieso, a veces injusto, en el momento más inoportuno lo devolvió a la realidad y hoy es uno mas de aquellos románticos futbolistas frustrados, que para no perder la costumbre, de cuando en vez intenta seguir divirtiéndose en una cancha de fútbol. Ella sigue allí vigilante y tan amorosa, a veces me dice que felizmente sus nietos, no han heredado aquella obsesión desmedida por el fútbol, pero yo brindándole un beso en la frente, me despido diciéndole en el oído:
-Mamita linda, en esos tiempos no existía, el bendito vicio del Play Statión.
En Octubre si existen los milagros
Es lunes por la mañana y el cielo limeño ha amanecido como tantas veces con nubarrones. Manuel tiene 30 años y anda sin trabajo, ha visto un aviso clasificado y camina deprisa por el Jirón de la Unión, de pronto se detiene en una tienda de ropa de niños, aunque está cerrada, puede divisar por el cristal de la vitrina, un roponcito de color amarillo intenso, el gorrito casi tapa la carita del maniquí, que asemeja a un recién nacido. Un extraño retortijón en el estómago, le avisa que no ha tomado desayuno –como tantas otras veces- pero lo desatiende, cuando piensa en el rostro de su esposa Martha, que lleva casi ocho meses de gestación y con el favor de Dios –piensa él- le ofrecerá la bendición de hacerlo padre, por primera vez. Aunque espera con ansias ese día, tiene una angustia en el alma, que lo hace sentirse impotente ante la adversidad de su presente, pues a pesar de su esfuerzo, no ha podido encontrar un trabajo, que solvente su futuro inmediato.
Manuel ha llegado a la dirección buscada. Sube unos escalones y percibe un penetrante olor a barniz. En el segundo piso se encuentra con varios jóvenes, todos tienen una misma reacción al verlo, una mezcla de descontento e intranquilidad, como dándole a entender que ya están completos. Una chica de semblante agraciado, lo hace pasar. Se encuentra con un hombre de rostro amigable, de abdomen prominente, pelo entrecano y hablar pausado.
-Quieres ganar dinero? -Le dice socarronamente- Manuel responde afirmativamente, sorprendido.
-Acá vas a ganar el dinero que tu quieras, claro, dependerá exclusivamente de tus ambiciones-
-Dígame a que se refiere el trabajo
-No digamos que sea un trabajo, es una inversión, de tiempo, de esfuerzo, un pequeño aporte y muchas ganas, amigo eso es todo- afirma el hombre que no deja de fumar
-Sigo sin entender- le dice Manuel extrañado
-Te lo explico, tu dejas 50 soles, es digamos, la inversión, gastos administrativos, nosotros te preparamos, te damos el equipo y tu empiezas cuando quieras
Manuel ya ha oído la misma historia antes, otra mas de esas empresas, que inducen a jóvenes para que dejen su dinero y les dan unos perfumes caros que nunca logran vender. Percibe una vez mas, que ha llegado al lugar equivocado. Decepcionado, transita lamentando haber perdido otro día. Se percata que la procesión del Señor de los Milagros está terminando su homenaje, frente al Palacio de Gobierno, decide acompañarla. Camina lentamente junto a ella, con religiosidad y apego consentido. Mirando la imagen del Cristo crucificado, reza en silencio y pide por su hijo y su familia. Alguna lágrima que se le escurre, pasa inadvertida por entre la muchedumbre. Allí entre el olor a incienso y fervor religioso de los fieles, refugia su presente duro, difícil y triste. Los cánticos y plegarias de la gente, de alguna forma lo hacen más vulnerable ante su sensibilidad endeble. Después de un largo trecho decide retirarse, se persigna como despedida. De alguna manera se siente un poco liberado de su angustia.
A la mañana siguiente, Manuel acompaña a Martha al control médico de rigor. Tomaron su movilidad acostumbrada que los llevaría a uno de aquellos hospitales de la solidaridad, que se han implementado en la ciudad. Ella había conseguido un dinero prestado que solventaría el itinerario de ese día. Caminaban lentamente, tomados de la mano, cuando les llamó la atención, una vendedora ambulante que tenía en sus manos, unos roponcitos –muy parecidos al que vio Manuel el día anterior- que ambos empezaron a examinar con emoción. A su lado la gente caminaba aprisa y el ruido de las combis y autos avivaban el tugurio de aquella esquina, a unas cuadras cercanas al hospital.
Manuel miraba la prenda y regodeaba su vibración, ante la sonrisa complaciente de Martha. Solo fue un segundo, cuando ella al intentar buscar otros modelos de la ropa, dio la vuelta a la vendedora y sin darse cuenta dejó la vereda. Manuel miró impotente, como un ómnibus cerraba el paso a un auto que venía a mucha velocidad. No tuvo tiempo de gritar, tampoco de ponerse a buen recaudo con Martha. La fatalidad vestida de infortunio, se vino encima como una avalancha mortal, el auto no pudo esquivar la predestinación y fue colisionado, el impacto hizo que fuera a empotrarse contra la berma, llevándose de encuentro, la humanidad de los infortunados esposos.
Manuel solo sintió el golpe seco, que lo sacó de la realidad. Cuando pudo reaccionar, estaba tirado en la vereda y a unos metros lejos de él, yacía tendido el cuerpo de Martha, a su lado, un hilillo de sangre empezaba a manar de su cabeza.
-Nooo... Martita, no, no puede ser!! –gritó desaforado y abrazando a su esposa, que desfallecía
- Mi hijo, mi hijo, Dios mío, no puede ser, por favor ayúdenme- pedía a la gente que empezaban a arremolinarse, algunos impávidos, otros asustados y buscando ayuda.
Manuel está sentado, en la sala de espera de la clínica a donde fueron trasladados. Aferrado a su pecho, tiene una estampita del Señor de los Milagros, ha rezado mucho junto a su familia. La noche anterior ha sido pesada, no pudo dormir y le han suturado una herida en la frente, tiene magullado el rostro, pero ello no es lo peor, a Martha la tuvieron que operar de emergencia y han podido rescatar milagrosamente con vida a su hijo. Aunque el bebé se encuentra en cuidados intensivos, su esposa, su compañera idolatrada, yace en coma y con pronóstico reservado. Los médicos le han dicho que solo queda esperar. Manuel piensa que esa espera será eterna y solloza en silencio. Hay una vida nueva –la de su hijo- que se aferra y lucha por quedarse y otra, una alma buena, la de su madre, que de a pocos se va extinguiendo sin remedio y solo esperanzados a un milagro divino. El médico ha llegado, todos se ponen alertas, la enfermera trae una cara de desencanto, todos se acercan con desesperación. Manuel pregunta que ha pasado, el médico, lo toma del hombro y lo lleva a un costado.
-Amigo, se hizo todo lo posible – dice el doctor con tono adusto- Martha ha luchado hasta el final, pero su corazón no pudo más, lamento decirle que su esposa ha dejado de existir.
Manuel rompe en llanto, su madre amorosamente lo consuela, acariciando sus cabellos. El medico les dice que el bebé está luchando por su vida y esperan que se pueda recuperar, es muy difícil, pero no imposible, les asegura. Todos se miran incrédulos y se abrazan con fervor. Manuel se va con el médico para ver a su hijo. En el ascensor hay un hombre que están trasladando por emergencia, tiene el rostro desencajado por el dolor, al acercarse, descubre que es el mismo tipo que lo atendió días atrás, cuando fue en busca de trabajo.
-Es apendicitis crónica, muy grave, ha llegado con las justas –comenta el enfermero- casi no la cuenta, lo van a operar de urgencia.
Miguel sintió un escalofrío recorriendo su piel, se acercó al hombre y le preguntó si se acordaba de él. El hombre que mascullaba su dolor, le dijo que no, Manuel le dio un beso a la estampa y se la entregó en las manos.
-Ten mucha fe en él, te va ayudar, hoy ya hizo mucho por mí, tú la necesitas mas –le dijo, y siguió su camino junto al médico.
Manuel está sentado junto a la sala de cuidados intensivos de niños. Han pasado 5 días, de aquel fatídico accidente, el dueño del auto causante de la muerte de Martha, ha asumido los gastos y pudieron darle cristiana sepultura, ahora está rezándole a Dios, porque su hijo logre sobrevivir. El bebé anda mejor, hay posibilidades que supere su estado, el médico le ha dicho que todo es un milagro y ello ha tranquilizado el atribulado corazón de Manuel. De pronto se levanta sorprendido, el dueño del auto ha ingresado al hospital, lleva en sus manos unos juguetes de bebé, pero se da el encuentro con el hombre del trabajo frustrado, al cual le entregó su estampita y que lo recibe en una silla de ruedas. Ambos se acercan donde estaba Manuel, se abrazan con intensidad, Manuel aún incrédulo y sorprendido, no atina a decir nada.
-Amigo –le dice el hombre- he venido a ver como estabas y brindarte mi apoyo, a decirte también que desde hoy vas a trabajar en mi empresa, Jorge es mi hermano y me ha contado tu gesto, en realidad aún me siento mal, por todo lo que ha pasado, lo único que puedo hacer por ahora, es ayudarte.
Manuel ha recibido la noticia y Jorge –el hombre de la barriga prominente- le ha devuelto la estampita, con una sonrisa complaciente. Entre los tres se ha creado un triangulo circunstancial que Manuel lo asocia a su fe inquebrantable por el Cristo Morado, que justamente se encuentra a unas cuadras cerca de ellos, efectuando su recorrido. Aquella tarde, fue a la procesión y brindó oraciones de agradecimiento, aferrando en el pecho la estampita milagrosa y un detente con la foto de su esposa. Mirando al Cristo crucificado, llora en silencio y agradece por el milagro de haber salvado a su hijo, pero no encuentra explicación, para entender porqué tuvo que pagar un precio demasiado alto. Mirando el cielo, cree ver el rostro de Martha, con esa sonrisa dulce, que extraña ahora mas que nunca y que logra apaciguar su tristeza, con devoción infinita.
Manuel está parado frente a la tienda de niños, del jirón de la Unión, han pasado casi dos meses, de aquel día, en que estuvo en el mismo lugar. Esta vez ha comprado el roponcito que le llevará a Moisés, su hijo adorado, que lo espera en casa. Ya no está Martha, pero ha recibido ayuda de su madre, quien vela por el bebé, mientras él va a trabajar en la empresa del hombre, que sin desearlo siquiera, le arrancó de un cuajo la existencia a su esposa y que el destino, lo puso a prueba, para resarcir aquella realidad penosa que aquejaba Manuel, quien aunque ha conseguido un buen trabajo, aún sigue remendando su resignación, amparando su recuerdo en la sonrisa que cada día le regala su hijo al despertar.
Manuel está en la Iglesia de las Nazarenas, donde ha ido a rezar por el alma de su esposa, lleva adherida a su melancolía, como un estigma, el recuerdo ingrato, cuando el infortunio disfrazado de muerte, se ensaño con su desdicha. En la Iglesia, ha pensado en Martha, el hombre del auto y su hermano de mirada socarrona. Está convencido, que fue el Cristo morado, quien puso su mano, para que le haya pasado todo esto, y que ha sido su fe inquebrantable, la que lo hizo un privilegiado por el altísimo, para poder ver hoy con vida a su hijo. Asume con humildad que Dios lo escogió para brindarle una señal divina, y dejarle como mensaje celestial, que en octubre, si existen los milagros.
La dulce espera

Con aprecio para aquellos mortales que se encuentran a la espera que Dios les brinde la bendición de ser padres.
TE ESPERO
CONTANDO CADA DIA,CADA SEGUNDO, CADA INSTANTE
PENSANDO QUE SERA POCO TODO LO QUE PUEDA BRINDARTE
COMPARTIENDO CON EL TIEMPO, TODO MOMENTO PARA AMARTE
TEJIENDO MIL SUEÑOS DE ESPERANZA, QUE PUEDA ENTREGARTE
TE ESPERO
COMO ESPERA TU MADRE, PARA COBIJARTE BAJO SU REGAZO
COMO ESPERA TU PADRE, FELIZ DE BRINDARTE TODO EL CORAZON
COMO ESPERAMOS JUNTOS, EL TENERTE EN NUESTROS BRAZOS
COMO SOÑAMOS FELICES DE VERTE DANDO TUS PRIMEROS PASOS
TE ESPERO
COMO BENDICION DIVINA QUE ME REGALA EL ALTISIMO
COMO MILAGRO DE AMOR QUE RECONFORTA A MI ALMA
COMO LA ALEGRIA QUE ENCIENDE A MIS EMOCIONES
COMO LA ESPERANZA QUE SE AFERRA A MIS ILUSIONES
TE ESPERO
PORQUE MIS PENAS SERAN RECOMPENSADAS POR TU SONRISA
PORQUE MI REFUGIO ESTARA EN TU INOCENTE MIRADA
PORQUE MIS DESVELOS SERVIRAN PARA CALMAR TU LLANTO
PORQUE ANTES DE QUE LLEGUES YA APRENDI A QUERERTE TANTO
TE ESPERO
PORQUE SERAS EL LUCERO QUE ILUMINE MI SENDERO
PORQUE SERAS EL SOL QUE DE ALEGRIA A MI AMANECER
PORQUE ERES LA ESTRELLA MAS BRILLANTE DEL CIELO ENTERO
PORQUE ERES LO MAS HERMOZO QUE ME HA PODIDO SUCEDER
TE ESPERO
PORQUE SERAS LA ALEGRIA DE MI VIDA ENTERA
PORQUE LLENARAS MI VIDA, CON TU VIDA MISMA
PORQUE A MI VIDA YA LA HAS CAMBIADO POR COMPLETO
PORQUE YO TE ESTUVE ESPERANDO TODA LA VIDA
Una experiencia de vida

Siempre pensé que el único lugar donde flaquea hasta el más valiente de los hombres es frente a un quirófano. Será por esa rara sensación que nos queda en el cuerpo cuando asistimos al nacimiento de nuestros hijos por cesárea, de sentirnos tan insignificantes ante la valentía y la fuerza que acompaña a nuestras esposas para soportar tanto dolor y sufrimiento. Será por eso que después de esas experiencias, aprendemos a valorarlas en demasía, mucho más por todo lo vivido, una vivencia inolvidable que creo alguno de nosotros como padres hemos pasado alguna vez.
Jamás estuvo en mis planes que por aquellos azares del destino, cierto día un médico me diagnostique que debía ser intervenido quirúrgicamente, de la manera más inesperada y sorprendente, (también en el lugar que menos pensaba). Un sobreesfuerzo físico había roto vasos sanguíneos que habían formado un coágulo hemorroidal y era inevitable la operación.
-A menudo uno cree estar demasiado sano, como para tomar sus precauciones en los excesos- me comentó el Doctor
-No tenemos cuidado con nuestros h