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Etiquetas: [moldava]  [poesía perú]  [praga]  [relatos de rogger alzamora]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Thu, 13 Oct 2016 16:09:00 +0000


Van a dar las seis. Nueve amigos bebemos cerveza en el Karlovy, después de deambular por la ciudad vieja. Ante el rumor que sin duda viene del Moldava nuestras risas se diluyen. Los colores son fastuosos. Hace sol. Todas las mesas hierven. La multitud está despidiendo el verano. Nuestro inicial dispendio presagia mucha cerveza, seguramente fumaremos shisha y al final vomitaremos en alguna esquina al filo del amanecer. Yo los despediré a todos en sus trenes y me quedaré sentado todavía un rato más en la estación. Pienso. Mis ojos están sobre el Karluv, pero se han estacionado sobre las orillas del Sena, algunos años atrás. Era un bar como este, contigo y tres amigas y sus novios, todos polacos. Te miraba y tú generosamente me explicabas los chistes. Yo seguía sin entender. Aunque tenías un buen sentido del humor, siempre fuiste incapaz de contar en buena forma los chistes que escuchabas. Tímidas olas pegan sobre la orilla. Mis amigos no oyen mis risas ni parece importarles que me haya disgregado. Durante mucho tiempo planeamos visitar Praga sin pretextos. Compramos los boletos. Nos habíamos prometido caminar por la ribera del Moldava como lo hiciéramos por las del Sena, pateando gajos como también lo hiciéramos por las orillas de aquel río de alocada cabellera, que descendía de las montañas en nuestros modestos pagos ahora tan próximos a la inconsciencia y el olvido. Horas tras horas tomados de las manos, mirando el discurrir del río, y el de la vida. Y ahora yo estaba frente al Moldava, sin ti aunque feliz y cansado de recorrer la vieja y monumental Praga. Van a dar las seis. Miles de momentos han pasado en apenas ¿un minuto? Salud, dice alguien y levanta el vaso. Todos acuden, yo también.
Salud, por la indiferencia.
Salud por las traiciones que nos pagamos.
Salud por la ternura que me invade cuando te visualizo sin que nadie lo note.
Salud y sigo riendo mientras brindo en secreto.
Salud por tu cara bonita y llorosa pegada en el vidrio infinitamente cruel del aeropuerto.
Salud por tus caricias que perviven en mi rostro.
Salud por las cicatrices que tatuamos tú en mi alma yo en la tuya.
Salud por las seis veces que con precisión me mataste.
Salud por la distancia que nos protege a ti de mí y viceversa.
Salud por todas las mañanas de cercanías y desayunos.
Salud por los cielos que volamos sin aviones.
Salud por tu infinita delicadeza.
Salud por el respeto que me guardas, por las veces que en lugar de ofenderme me defendiste. Salud porque comprendiste que después de haber amado no es sano el odio, la diatriba ni el cuchillo.
Mis amigos siguen gastando sus risas, yo mis éxodos.
Cerca del Moldava, lejos de ti.


Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [bastidor]  [colores]  [cuadro]  [poema en prosa]  [poemas de rogger alzamora]  [poesía peruana]  
Fecha Publicación: Wed, 07 Sep 2016 21:17:00 +0000



¿Recuerdas el bastidor?
Iba a pintarte. No recuerdo si lo soñé o lo viví, porque entre el sueño y la necesidad hay apenas una línea. Tu cara, tus brazos. Tu estampa izada sobre el agobio. Tu encantadora desfachatez. Recuerdo el bastidor. Y los colores. Los pinceles que compraste y yo deseché por insufribles. Te reíste. Y entre el jolgorio y la cocina olvidamos armar el bastidor. El tiempo comenzó a escasear. Un mes corrió velozmente y nos obligó a postergar tu retrato. Tuvimos que inventar un pretexto para llevar el bastidor al desván. Las veinte piezas del bastidor fueron a parar al vecindario del abandono. Y con el bastidor se fueron tu rostro sin cuadrantes, tus brazos sin color ni calor, tus ojos de un imposible negro luminoso, tus manos sin pasión, tu pelo sin carbón. Todo eso olvidado en los aposentos del moho, la penumbra y el silencio. Los trazos que imaginé desfallecen en un sepia calendario. Las briznas del recuerdo languidecen sin premura.
Ha pasado mucho tiempo, décadas de silencio. La memoria está terminando de engullir los matices de un inexistente retrato promisorio y optimista. Puedo vislumbrar entre los veranos y la nieve alguna distante emoción de artista tras la incólume gratitud por las grandes epopeyas que escribimos juntos. Más abajo, en los zócalos de la memoria, quedará el reproche del bastidor desarmado que, sin duda, no podrá ocultar los vibrantes colores de tu flamante dicha.


Derechos Reservados Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [poema a mamá]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sun, 14 Aug 2016 16:27:00 +0000

Agustina Quijano Orihuela (Aija, 14/08/1925, +Lima, 24/09/1977)



He sido afortunado.
Conocí muchos cielos.
Pero donde mejor he vivido
es en el que tú me regalaste
y no termina.


Derechos Reservados Copyright © 2016  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aija ancash perú]  [el paradero]  [poemas de rogger alzamora]  [poemas terrorismo]  [poesia]  [rogger alzamora quijano]  [violencia en peru]  
Fecha Publicación: Wed, 10 Aug 2016 20:00:00 +0000
El tiempo:
El 14 de Agosto de 1983, regresando de colocar flores y conversar con mi madre muerta seis años antes, compré un periódico para aliviar mi largo regreso a casa. Página tras página se leía sobre ataques terroristas y timoratas respuestas del entonces mandatario. Al día siguiente, tenía que ir a Barranco, así que caminé desde la avenida Tacna hasta Plaza San Martín, donde debía tomar la línea 2 de los buses llamados Büssing. Ví que en el paradero inicial, junto al ex-cine Roma, no había ni buses ni colas, así que me puse a leer los periódicos en el quiosco de la esquina. Mi sensación de desazón fue la misma que el día anterior.
Cuando me senté por fin en el amplio bus amarillo, ya tenía la primera línea de mi poema.

El escenario:
El Perú se había ido convirtiendo en un país violento. Desde el 28 de Julio de 1980, don Fernando Belaúnde gobernaba con extrema falta de decisión frente a los peores auspicios que su antecesor, el gobierno militar, dejara a la nación. Era Belaúnde un presidente de escritorio, que prefería las comodidades de su oficina palaciega a los polvorientos escenarios del Perú profundo. andino, mestizo y pobre. Nos agobiaban muchas amenazas: una inflación que entre 1982 y 83 creció del 73% al 125%, gran endeudamiento externo, desempleo del 40%, un furibundo fenómeno El Niño, y episodios dramáticos como el de Lucanamarca, el primer gran paso del Senderismo. Frente a hechos gravísimos el país tuvo que soportar la desafortunada reacción de Belaúnde, quien no pasó de llamar “abigeos” a los crueles terroristas de Sendero.

El poema:
Una semana después, al final de la entrevista que hice al poeta Antonio Cisneros, y mientras me “jalaba” en su volkswagen, le pedí un momento para leerle mi poema y un consejo. “Yo lo dejaría como está”, dijo. Ante mi silencio optó por palmotearme el hombro. “En serio. No es mi poema, pero si lo fuera, yo lo dejaría como está. A mí me gusta”. Entonces lo dejé tal cual. Unos meses después el Instituto Nacional de Cultura de Ancash -que por ese entonces iba a publicar una revista- me pidió colaborar para su número de 1984 y le di tipeado a máquina mi poema. Lo único que reprocharía de aquella edición es que le añadieron signos de puntuación donde no existían. Aquí el facsímil del manuscrito, tal como lo escribí en el Büssing. Y enseguida, el texto de marras.



EL PARADERO

Suena Charles Aznavour en francés no entiendo
su voz cae como un aluvión
nada me conmueve hoy nada
la música cambia el estéreo tose
como mendigo en el atrio de alguna iglesia
que merece mejor “Los Paraguas de Cherburgo”

Todo falta menos los microbuses
deprimentes
como una cafetería perdida en los calendarios
como un emolientero dormido en la madrugada
como el ambulante que huye de los municipales
como la muchacha que busca trabajo de masajista
como los militares en su Bazar Central
como los deudores que no tienen plata

Yo conozco muchos paraderos ninguno como este
que tiene a la tienda de discos enfrente
con la música a todo volumen
o al quiosco de periódicos listo para ser devorado
-tanta masacre-soldados y campesinos- mejor los
deportes- mejor las porno- en todo caso los cómics-
ninguno como este paradero sin solución
para los alcaldes que no pueden reemplazarlo
lástima porque figura en el mapa

Las mujeres charlan Yo me hago el loco
para blandir la Memoria contra el Olvido
se detiene la negra
con sus piernas duras y amenazantes
con sus manos delicadas y sus ojos blancos
con su falda a cuadros
y sus ojos blancos y tiernos
como los de su propio reflejo en la ventana
yo vengo por ella a este paradero

Lima, 15/8/83

Derechos Reservados Copyright © 2000 de  Rogger Alzamora Quijano

Etiquetas: [beloff]  [diego rivera]  [dolores olmedo]  [frida khalo]  [museo dolores olmedo]  
Fecha Publicación: Fri, 29 Jul 2016 17:40:00 +0000


Escribe: Rogger Alzamora Quijano


El tren ligero es gratis. Me entero en la “taquilla”. Es un día de suerte, a pesar que para entrar en el gris y breve vagón hay que lucharla. Cuando llego a Xochimilco son las nueve y media, tiempo de sobra para irme caminando con el aire fresco. Veinte minutos después estoy ante la puerta del Museo Dolores Olmedo. Tomo un parasol en la entrada y me voy a recorrer por tercera vez este Museo. El ecléctico entorno se abre a mis ojos. Diego me mira con igual asombro desde su póster gigante en la pared de la capilla. Un paso, dos, y antes del tercero, el libro de Poniatowska, la entrometida revolución que le dio y quitó; Diego, su personalidad inquieta, aparente y selectivamente superficial. Caminar por ese sendero de unos trescientos metros son la necesaria puerta para un mundo que reúne tantos aspectos, tantas preguntas, y por cierto no poco morbo. Caminar implica también irse de bruces contra el garboso plumaje de algún pavo real que parece haber sido destinado a la misión de posar para los fotógrafos, turistas que se asombran tanto con la belleza del animal cuanto con su desparpajo. Por un momento pierdo la pista de la Beloff y la encrucijada de perdonar o no a un Diego que se fue prometiendo el oro y el moro para después enviar mudos sobres con dinero. “Y el amor es más amor cuando se es pobre y oscuro”. Mientras pienso en ello escucho el graznido frecuente de uno y otro lado del inmenso parque que parece esta casa, con retazos de jardines de postal. Y se ve tan apacible como la primera vez que la recorrí hace tres años. Parece un parque kitsch o un campo de golf diseñado por Niklaus. Y Dolores -que de doliente sólo tenía el nombre porque parece fue más afortunada que tú y yo- había llamado La Noria a este refugio que hoy como entonces dispensa alimento para el espíritu.
Por fin me deshago de las simplezas de los turistas a quienes me he ofrecido a fotografiar. Los pavos se siguen cruzando en mi camino mientras discurro hacia el patio posterior bajo una enramada rumorosa. Sobre la izquierda me mira una escultura de Diego. Su cabeza color cemento parece estar viva, de no ser porque yace sobre un pedestal ínfimo. Lo miro. Pienso. Frida, la pequeña gran traductora del espíritu azteca; la enrazada indo-europea que pintaba sus venas, su cerebro, sus sentimientos, su soledad. Intentando “ahogar mis dolores pero aprendiendo a nadar”. Y Diego tan él, tantas veces tan él, soberbio como su cabeza color cemento, sereno como sus ojos lánguidos. En palabras de Frida "jugando a ser el marido de muchas pero sin serlo de nadie". Aquí, en esta medialuna semiobscura, puedo enlazar a las dos mujeres más importantes en la vida de Diego: Lola y Frida. Aquí es inevitable poner a los tres en un mismo cuadro. Aquí encuentro una tibia razón para mis sospechas. Aquí parece tener sentido -y no sé por qué- ese laberinto de idas y venidas que fue la vida de los tres, unidas por un incomprensible amor. He venido a esto. A encontrar un rastro. A discernir.
En casa de Dolores las trazas de arte se multiplican como los tonos de verde. La presencia de Diego se abre por los cuatro senderos, los del Maestro Almendro. Pero está Frida, que reta a Diego la preponderancia en este recinto y en muchos otros. Se respira. Tal vez porque Lola, la noble mecenas de Diego así lo quiso, así lo implantó en su propia vida llena de Diego y a pese a él, sin que le importara nada ni nadie. He terminado de mirar a los ojos a Diego y me dirijo hacia el fondo, un simpático museo de recorrido semicircular y objetos de la cultura azteca o mesoamericana. No me atrapa. Salgo al lado opuesto. Es corto e interesante sí, pero ahora me lleva el camino de la blanca extremidad. Y la dejo llevarme. En la sala que hoy luce vacía había hace tres años un altar de muertos impresionante, que dejaba planear unas moradas cintas hasta casi la puerta. Afuera, en el pasadizo un colorido “árbol de la vida” que ya no está y que me recuerda a Frida “Arbol de la esperanza, mantente firme”. Es Frida. Falta Frida, su estilo. Hoy no está y no lo lamento, anda por Europa, dicen. Con Frida ausente parezco estar definitivamente mejor teledirigido. Trepo hacia la capilla desde cuya cima se balancean los ojos de Diego. No entro a la capilla como no lo hice antes. Y ni sé si está abierta al público. Es cuando el simpático xolo “Chocolate” responde a mi infalible llamado perruno. Corre hacia mí y quiere treparse en el verde cerco. Marcos, su amo se acerca también. Le pregunto acerca de las costumbres de estos xoloitzcuintle tan parecidos a los perros peruanos sin pelo. Me cuenta sus características mientras me deja acariciarlo. Lo ha parado sobre el cerco. “Chocolate” es afortunado, pienso. Él y los demás parecen haberse acostumbrado a la escultura que muestra dos de estos xolos en tamaño natural, porque la mayor parte del tiempo merodean y retozan alrededor.
Cuando yo nací ya Frida había muerto, quizás por eso su nombre siempre me sonó más que otros nombres, pero quizás por eso mismo, el de Diego se convirtió en mi inspiración. Él siguió vivo y cada vez más influyente. Cuando a mi lejano pueblo por suerte llegaba alguna revista o nota periodística acerca del maestro, yo me quedaba mirando las fotografías de sus murales que luego recortaba y pegaba en la especie de periódico mural que tenía enfrente de mi escritorio. Allí estaba Diego junto a mis ídolos: Vallejo, Brel, Machado, Dalí, el Ben Hur de Charlton Heston,Teófilo Cubillas y Perico León.
Alguien me ha preguntado algo y me saca de mis recuerdos. Leo el mensaje de Dolores acerca de compartir lo que se tiene y me voy hacia adentro. Voy a tratar de entender al Diego de mis suspicacias y paso muy rápido la sala de fotografías de Pablo O’Higgins, aunque no deja de conmoverme su versión (que es la mía también) de la cotidianidad pueblerina. La sala dedicada a Angelina Beloff la paso más rápido aún. Quiero gastar más tiempo en lo que me interesa. A vuelo de ave “El Bebedero” llama mi atención. Veo un poco de las piezas arqueológicas mexicanas y casi nada de la sala dedicada a Dolores, ciertamente un muestrario de belleza y opulencia, pero que no me seduce. Alguna señora que no piensa lo mismo es reconvenida por fotografiar o acercarse demasiado.
Debo confesar que no creo que entre Phillips y Diego hubiera un malentendido a causa del desnudo dedicado “A Lola Olmedo”, que fuera devuelto por ella obligada por su marido. Pienso que el malentendido quizá fuese lo que escribió a puño y letra sobre el mismo papel: “Devuelvo esto porque soy convencida de que no fueron ofrecidas de buena fe”. No me parece casual la palabra “soy”. Era ella una latina que tenía muy clara la diferencia entre los verbos ser y estar. ¿Fue ese un señuelo para Diego? Estoy seguro que sí. Era guapa doña Dolores y no tenías que ser difícil para Phillips imaginar algo entre su mujer y Diego, sabiendo además la predilección de Lola por el maestro y su evidente distancia con Frida.
Quedo absorto mirando los óleos de Diego. Su manejo del pincel es magistral, sus trazos que a primera vista parecen simples, son en realidad depuradas muestras de su técnica. Más de 50 obras que recorrí en casi tres horas, hasta que la convicción de aquellos episodios de forma triangular (por lo menos), fueron engullidos por mi avidez de los aspectos técnicos de los cuadros de Diego.
Quizás para la próxima vez deba centrarme en lo que fui a buscar. Por ahora -me digo- caminaré hacia la salida, dejaré el parasol y entraré a la tienda a comprar unos cuantos posa-vasos para mi sala, donde Frida estará presente como no lo estuvo hoy.

Derechos reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [amor ajeno]  [amor dispar]  [poemas de amor]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sat, 02 Jul 2016 00:59:00 +0000


Entre el goce y el otoño elijo el goce.
Hay para el otoño mucho futuro,
hoy necesito el fuego y la litera,
las brasas, el candor,
el rasguño y el cansancio.
Voy hacia tu nombre rimbombante,
voy hacia tu desafiante invitación,
sin miedo a perder,
sin mejor pago que el deleite.
Todo vale.
Mi barco sigue su marcha
sobre los crepúsculos que te asaltan, cándida impía,
oscuros y temibles como tu lengua y tus dientes.
Como tu pelo entre mis dedos.
Vale más la batalla que la espera.

Tus incipientes crepúsculos y mi guitarra,
tus incipientes curvaturas y mis avezados ojos,
sentados a la luz de las promesas,
donde acordes y perdones saltan con las tinieblas.

Entre el goce y el otoño elijo el goce.
De tus piernas sabrosas,
de tu perfecto cuerpo infame.
De tus poses de estrella,
de tu flamante investidura.
De los silencios que comienzas a dominar.
De tu sonrisa marrón,
de tus ojos curiosos más que de tus dedos atrevidos
que buscan y encuentran.

De tus fantasmas.
De ti, fantasma que apareciste mucho antes que tu nombre;
de ti, la noción de mi guitarreo, mi Cowgirl in the sand,
tendida ante el mar de mis dilemas.
No sé si eres una de las tres reinas de la historia
o eres las tres furcias de la canción.
No me importa.
No te acuso ni te libero.
Eres tal cual, preciosa y nómada,
tenaz e indefensa como una hormiga.
Toco mi versión de ti:
de un verano vibrante
en pleno junio moribundo,
y es mi música una escala de distorsiones y caos
pero memorable y sensitiva.
Cada tercio de ti me sugiere un solo
en mis cuerdas agudas
cada vez más enrevesado,
cuando piso firmemente
tu vasto firmamento.
Y al final, cigarro de por medio,
pienso en mi memoria de ti
frente a tu memoria de mí.
Y tú me miras y aguardas.

Nada falta.
Me hundo entre tus ojos y tu desfachatez.
Toco tu hombro con mi sabihondo dedo,
que viene de hurgar en tu ventrículo
hasta encontrar tus conmociones.

Por eso el goce sobre el otoño.
Por eso la quemante humedad que te proveo.
Por eso mi fiebre y mi paciencia.

Te vas,
Quedan mis versos en tus mejillas
y tus versos en mi garganta.
Y quedan
el plano de tu cuerpo,
el laberinto de tus huesos,
el réquiem de tu sonrisa,
desperdigados y obsoletos,
novicia de veintitantos diciembres.
Los rescoldos alumbran los confines del hotel
y los demás hoteles que tomamos este mes.

Quedan holas y adioses como caos y distorsiones,
fantasmas de ti y promesas mías que no quieres oír ni crees.
Tú sabia, tú artista y guerrera me aniquilan por igual.
Inicua, sutil, perversa, decididamente ajena,
desleal como yo villano, radiante como yo opaco.
Incitante, inocente, súbita.

Tres veces soberana y tres cautiva.
De lunares mercenarios y llanto austero,
de crepúsculos, de miel y chocolate,
de piel, de ojos, de huesos,
de osadías y miedos.

Derechos Reservados Copyright © 2016  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aija ancash perú]  [poemas de amor]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Thu, 02 Jun 2016 00:36:00 +0000

Dos siglos después.
Tú en la puerta,
yo en la mesa,
gastando las luces de mis noches precarias.

Bella, doblemente bella.
De rosa y rojo, blanca y luna.
No sé si real y no sé si actual.
Regresando de los recuerdos
mil años antes de conocerte,
un segundo antes de olvidarte.
Regresando, tácita, culpable,
sin más razón que tus prejuicios,
sin más bandera que tu obsesión.
Por mí
que te regalé el último cielo inmarcesible.
Regresando.
Como una filosa navaja que corta la cordura,
con un futuro cruel que no imagino.
Como un alfiler en la sien,
como un nudo en la aorta.


Así, después de dos siglos entras en mi casa,
un domingo de ramos que terminará con angustia,
con tu fastuosa mirada que aún me quema,
de rosa y rojo, blanca y luna,
despiadada como un alfil
que barre diagonales.
Me quedan las pestañas de aquellos ojos incendio.
Te miro.
Dejas que te ablande la mirada,
dejas que tienda la alfombra de flores opacas.
Blanca y luna, real y no sé si actual,
perpleja ante mi perdón, serena ante mi olvido.

Yo te abrazo, como un viento de verano.
Quiero decirte y no te digo.
No eres la misma deliciosa y solemne.
Tus manos tiemblan.
No asoma tu orgullo.
No eres la misma
(pero me quemas).
Te guardo en el bolsillo y cuelgo el saco,
para no abrigarme con un pasado
saturado de historias,
harto de decepciones y desapego.

Me voy lejos,
para que no llames a mi puerta.
Me voy lejos porque me dueles.
Me voy lejos porque te quiero
(mas no conmigo).

Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [día de la madre]  [poema a la madre]  [poema a mamá]  
Fecha Publicación: Sun, 08 May 2016 16:06:00 +0000



Es una luz que me alumbra como un blanco lirio en la noche.
Hermosa y vibrante. Tierna y orgullosa.
Una luz que sólo puede haber sido creada por un todopoderoso Dios.



Copyright © Derechos Reservados de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aija]  [amor amar]  [amor nuestro]  [ancash]  [poemas de amor]  [poemas de rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sun, 13 Mar 2016 02:52:00 +0000
Amo a una mujer clara
que amo y me ama sin pedir nada
—o casi nada, que no es lo mismo
pero es igual—.

Silvio Rodríguez - "Pequeña serenata diurna"


Amor que luces y no faltas,
amor de luna,
amor de siempre.
Que no dejas la mano,
que no sueltas la sombra.

Amor que ríes y abrazas,
que muestras siempre una misma cara,
una sola noción de entrega.
Que no denuestas,
que no ocultas,
que no traicionas.
Amor pleno,
limpio, único,
eterno.

Amor que respeta,
amor que admira,
amor que honra.
Que no conoce la venganza,
que no entiende de odio y oprobio,
que vence ausencias y temores.

Amor que luces y no faltas,
amor de luna,
amor de siempre.
Amor valiente,
amor alas.

Viento, cauce, horizonte.
Agua, luz, camino.
Vida, flor, respiro.
Cuerpo, alma, dientes.
Dedos, huellas, miradas.

Tiempo, sol, religión.


DE: "AMOR NUESTRO DE CADA DÍA" Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aija]  [amor nuestro]  [amor sereno]  [ancash]  [poemas de amor]  [poemas de rogger alzamora quijano]  [poesía peruana]  
Fecha Publicación: Fri, 26 Feb 2016 05:27:00 +0000


La libertad es un desierto sin luna ni despojos.
Con lealtades y valía, síntomas que reconozco.
Donde sol no es raíz de soledad, sino de sensación,
donde se acepta el regreso pletórico y festivo.

No se niega la certeza del buen juicio,
se tiene el exacto sinónimo de esperanza.

Y que los fríos nocturnos se lleven
la luna rota y traigan aires de futuro,
para saborear los delirios, la calma y el regocijo.
Los buenos días donde cabalguen
desayunos palta, queso y mantequilla,
tapices panameños, siesta, televisión
y ensayos de ton y son;
pagar las cuentas, ahorrar, gastar, viajar.
Endeudarse con la historia y pagar con ilusión.
Trabajar, sentarse, caminar y vencer,
escuchar música, bailar y cantar entre amigos.
Cosas simples como la cruz de los cristianos,
el fútbol de los domingos, el piano y la guitarra.

La libertad como un presagio.
Como la sustancia del trabajo,
como su consecuencia;
como vencer los dilemas,
como mirar el alma.
Como los abriles únicos
que se guardan en fotos viejas e impecables,
donde todo comenzó y terminó
en la austera negligencia de casarse.
Recordar a los vibrantes amigos que acompañaron,
la vibrante noche con lluvia y granizo
con los bolsillos rebosantes de proyectos.
Recordar aquel beso marfil, seductor y modesto,
que a la postre perduraría.
Porque no todo se sustenta en un beso carnal e invasor.
Porque todo va más allá de la mera sexualidad.
Porque nada es tan completo como la lealtad.

Volver a casa y encontrar ojos sin reproche,
café caliente, un largo abrazo, una palabra.

Algo que es mucho más que enamorarse.
Algo que se puede llamar vivirse,
simultáneamente, absolutamente, cotidianamente.
Algo que sabe a valentía y dulzura,
pasos serenos, entrega sin pausa, noción de pertenencia.
Que para definirlo obliga a inventar las palabras justas.

La libertad como una constante.
Sin cuerpos perfectos pero con sano corazón.
Una vida, un mundo.
Breve y largo, todo o nada.
Una cinta de fuego.

La libertad como un dedo en la llaga.
Como la conciencia de olvido por olvido,
entrega por entrega.

Siempre paga, siempre cobra.
Sentir y sentirse,
sufrir y sufrirse,

caminar y perderse.


De: "AMOR NUESTRO DE CADA DÍA" Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano



Etiquetas: [aija]  [escribir poesía]  [oficio de poeta]  [poemas de rogger alzamora]  [poesía]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sun, 31 Jan 2016 17:19:00 +0000
Ni Pavese me lo hubiera reprochado.
Escribo autómata, poseído y cartesiano.
En la búsqueda ansiosa caigo en la vida asceta,
deslucida lucidez pero dichosa.
Y si el dolor en el mundo crece, yo me adhiero
pero paso,
porque otros pueden mejor hacer que yo
en aquello.

Y si escribir el poema más hermoso del mundo
no es más que una quimera,
vivo yo nadando entre delirios y alucinaciones
veinte horas de cada veinticuatro.
Y cada tanto me vienen ganas de almas y de guitarra
hasta llorar de tanto vivir.

Y porque contigo y sin ti,
con verso y sin el,
yo me conformo con el dolor de ser feliz.
Que tanto toco con mis manos tus huesos,
que tanto hurgo que me satisfago,
sabiendo que nada es tan mortal que me asesine,
que nada es tan brutal que me castigue.

He pagado con creces mis dislates
y no tengo que ofrecer mi arrepentimiento a nadie.
Contigo o sin ti,
con verso y sin el
yo duermo mi sueño incompleto pero intenso.
No creo en los alguaciles ni en los vetos.
Despliego mis versos,
apuro mis pasos,
canto y regreso por donde quiero
y tantas veces como me plazca.
No soy el ombligo ni los callos de nadie.
Persigo mi propia armonía,
mi noción de satisfacción y certeza.
Me quito la camisa y desnudo mi alma,
camino, corro, me siento y fumo
en cualquier esquina;
guardo los días para cuando sean escasos
y aguardo las noches que no abundan.
De ojos miel y de piel naranja,
una mano desasida un sereno busto,
un poco de cintura,
y en los confines del secreto mucha ternura.
Aguardo también un poco de luna
en aquellas mezquinas noches
que por alguna razón perduran.
Y no importa si no he logrado liar cuatro versos completos
para intentar una estrofa,
este poema tiene de hermoso como de mudo.
Un mundo de flores y de montañas.



Derechos Registrados 2016 de Rogger Alzamora Quijano

Etiquetas: [adiós]  [final de la espera]  [los adioses]  [poemas de adiós]  [poemas de amor]  [poesía]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sat, 26 Dec 2015 06:40:00 +0000


La primavera ha terminado,
como terminaron el verano y el otoño,
con plazos y excusas pendientes.

Y terminará diciembre.

Otro verano se gastará también.
La espera tiene, como los meses y las estaciones,
los días contados.

El final comienza trazando un hondo tajo,
y junto a él, además, una muralla de futuro.
Para reforzar el olvido,
para cerrar las posibilidades,

Matar las fotografías.
Escribir para todas y ninguna. No para ti.
Decir adiós,
con la certeza de los adioses
que se muerden con rebeldía.

Si no renunciaste a tu orgullo,
si no llamaste,
si no fuiste capaz de decir hola,
bebamos un café,
sonriamos frente a frente,
confabulemos en silencio.
Si no valió la pena un vamos
o varios podemos, podemos, podemos...

Pudimos, princesa. Ya no.
Sin renuncia los sueños mueren en las almohadas.

De los ascensos y las montañas
quedarán besos presos y versos sin sentido,

vientos confusos,
huellas anónimas,
sortijas secas.



Derechos Reservados Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano
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Fecha Publicación: Sat, 19 Dec 2015 05:26:00 +0000

Deja que las gaviotas se vayan.
Deja que busquen sus aires.
Menos fríos y más lejanos.
No grises y sí amables.

Deja que las gaviotas dejen de soñar
en estos rumbos
y se vayan por aquellos.
Que crucen los mares hasta robarse
las auroras increíbles
y los blanquísimos arrecifes.

Deja que sus picos besen
las pulpas carnosas
y las tibias axilas del poniente.

Deja que se mueran de pena
ante la certeza de un adiós
y resurjan orgullosas
sobre la silueta de un nuevo día.

Que griten de placer al penetrar el agua;
que, exhaustas, duerman su delirio en algún árbol.

Deja que sus ojos se detengan
en el revoltijo de la memoria.
Que hurguen y descubran un mismo cielo
sobre lusos y nórdicos, sobre balcánicos y andinos.
Que aprendan que la tierra se va y regresa.
Que no existe la quimera del cielo propio
ni del azul excluyente.

Deja que la gaviota busque nuevos cielos
una y otra vez.
Deja que viva y muera en el intento.


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Fecha Publicación: Tue, 01 Dec 2015 14:34:00 +0000



Aija ciudad viva, pueblo mágico,
Tus candados no denotan ausencia. Cuidan historias.
Te protegen y abrigan.

No es Aija un pueblo vacío.
No es una ciudad fantasmal.
No es un territorio olvidado ni un ignoto paraje.
Aija es una ciudad viva.
Y vive en su gente laboriosa, en sus costumbres únicas,
En sus callecitas cómplices,
en sus campos indescriptibles.
En su historia.
Aija es una ciudad viva
cuando regresa en los sueños y se deja añorar sin remedio.
Cuando, en los inviernos, retumban las temibles riadas;
cuando en sus senderos íntimos habitan huellas y urgencias.

Aija es una ciudad viva.
Y lo sé cuando me detengo en sus esquinas legendarias,
escenarios de memorables conciliábulos,
de interminables carcajadas;
cuando miro al oeste y me invita la majestuosa Chuchún Punta,
la montaña mágica con sus pasadizos enigmáticos,
con su legado de arte, ciencia y cultura.
Cuando comienzo a subir Shikin, dejando atrás la ventisca de Huancall,
sus friísimas aguas, su intrínseca convocatoria.
Cuando veo a la izquierda el hondo Monserrate de verdes encajes, encanto y placidez,
y a la derecha, un festival de sinfonías inenarrables ante el Gabino Uribe Antúnez,
otra de las inquebrantables columnas de la identidad aijina.
Ambas flamean con igual orgullo bajo la montaña mágica.

Cuando deslizo mis ojos hasta el camino a Kopin,
teatro del fútbol y señuelo de los caminantes,
naturaleza pretérita que decora la memoria
con pencas esbeltas y sinuosas trenzas,
rumbo polvoriento que baja hacia Mellizo,
rumbo apurado hacia el recóndito Boleo,
donde las montañas remojan sus pies en las aguas de tres ríos.

Aija es un pueblo mágico.
Y lo sé cuando subo al trono de la inmensidad.
Chuchún Punta ofrece una alfombra de espléndidas rashtas,
preciosas mishihuetas y rebosantes siemprevivas,
todas vigiladas por adustas cashas y cactus ornamentales,
como antesala de la vieja ciudadela preinca.

Cuando llego a la cumbre sagrada
y siento los cuatro vientos silbando la melodía del alma,
égida suprema de la sapiencia, vibrato del silencio,
certeza de la historia, testigo de la cultura,
del tibio abrazo de su pasado orgulloso,
perseverante y altivo,
soberano,
hermoso
y humilde.

Aija, es un pueblo mágico.

Lo muestran las cumbres y vertientes, esmeraldas de un collar omnipresente:
Llactún, Huinac, Pachaca, Huancapetí, Imán Macho, Imán Hembra,
Mallqui, Killayoq, Cruz Jirkán, Piruru Punta, Marcacoto,
Yana Weko, Mulluhuanca. Shuntur, Tiran Punta,
Pumacayán, Quishuar Punta, Incatanan, Huacapampa,
Llanqui, Anquilta, Paqos...
La vista se acorta, las emociones se ensanchan.

Lo muestra esta cumbre sagrada que narra y vigila su territorio,
sus campos propicios para el el goce del espíritu;
sus chacras generosas, sus pastos abundantes.
Aija es un pueblo mágico de intrincados caminos,
de cumbres pletóricas, de tapiz azul en su cielo;
de sinfonías de paz, de vientos envolventes.


No es Aija un pueblo vacío.
No es una ciudad fantasmal.
No es un territorio olvidado ni un ignoto paraje.
Aija es una ciudad viva.
Aija no está muriendo, Aija no languidece.
Siguen naciendo aijinos.
Y siguen haciéndose aijinos en todo el mundo.

Hay puertas cerradas sí, pero también corazones abiertos,
recuerdos imborrables, episodios únicos, serenatas vibrantes,
Sus campos siguen floreciendo, sus primaveras prometen.
Sus eucaliptos ondean y murmuran sin pausa.
Ulltus, arash, wewash, yukis, y kullkus retozan como antaño;
los legendarios bunles en Mampaq, Uchku, Sipza y Pescado esperan
por nuevos y osados bañistas, herederos de su glorioso pasado.
Es cierto que ya el Río Santiago no es el de antes:
dominante, prístino, encantador, majestuoso,
pero Aija sigue siendo el mejor refugio para el espíritu.

Aija es una ciudad viva.
Aija es un pueblo mágico.
Se deja caminar sin miedo y sin dudas.
Se deja descubrir, soñar y bailar.
Aquí se escucha el silencio. Aquí se siente paz.
Aquí hay un Shanticho a quien orar y hablar,
aquí hay abuelos, padres, tíos, hermanos
y amigos a quienes extrañar.
En Aija todos somos primos de verdad.

En Aija siempre el viento nos arrullará con sus aromas
a cuchicanka, a huatias, cusharas y papayanus;
fumaradas sabrosas escapando por los techos.

Aija, ciudad viva, pueblo mágico,
nos adorna el corazón con su sol risueño, puntiagudo, febril.
Aija nos regala súbitamente desde sus frondas colinas,
mayestáticos arcoiris que vienen de fundar la habitual belleza de sus mujeres.

Aija nos ofrece cada uno de sus atardeceres,
para viajar al sueño y postergar el olvido.

Aija ciudad viva, pueblo mágico
se tiende sobre la esperanza para viajar al futuro.


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Fecha Publicación: Wed, 04 Nov 2015 04:17:00 +0000



En mi mano están
el cuchillo y la herida,
la música y el silencio,
el secreto y la alegría.
Pero,
antes de preguntarte, me pregunto:
¿Cuántas veces te esperé y cuántas te despedí?
¿Cuántas cosas logramos y cuántas perdimos?
¿Cuántas veces dejaste un hoyo en el paraíso inconcluso?
¿Cuántas huí de tus traiciones y vituperios?

No obstante, la esperanza.

Hoy,
dejo tu cama. No me esperes.
Dejo las llaves de tu risa sobre la mesa.
Dejo el sonido de tus pasos y el tamaño de tus pies.
Dejo tu desdén y tu arrogancia.

En mi mano el cuchillo tiembla,
la herida espera el asalto final.
En la casa hay una melodía con historias perniciosas,
que hoy rompen en pedazos el jardín.

Deja los recuerdos y ve por tus proyectos.
Ya llené de muerte mi herida
y de nada tu canasta.



Derechos Reservados Copyright © 2014 de Rogger Alzamora Quijano
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Fecha Publicación: Wed, 28 Oct 2015 03:49:00 +0000

Te siento cerca.
Tu espalda, tu respaldo.
Tu respiración,
la sensación de ser y existir.

Amor mío,
dormir junto a ti es
tocar la profundidad de tu sueño,
encontrar el origen de tu tibieza,
las raíces de tu alegría.

Eres un libro,
el aire,
mi árbol.
Todo lo que me da vida.

Te siento cerca.
Todo el tiempo.
Como la palabra,
como la nota exacta,
como el color que ilumina.

Eres la definición del dolor.
El puente sobre el olvido.
La luz de mis ojos,
la danza de mis letras.

Amor mío.

El hambre y el sueño,
el vuelo de una canción,
el descanso de un caminante,
la silla, la cama, el agua,
la risa, la calma, el alma.

Y yo
el águila que te sobrevuela,
tu guardián nocturno,
tu compañero.
La ribera de tu río,
tu pez,
gris, silencioso,
huraño, terco,
habitante de tus cumbres
salvavidas de tus abismos.

Amor mío,
la noche nos envuelve en un mismo paquete.
Ni tú tan lejos de mí y tan sola,
ni yo tan vacío de tu tibieza.

Ya no quiero salir a buscar.
No quiero ni salir, ni buscar.

Te invito a florecer otra vez,
en medio de la trémula opacidad,
del próspero silencio que da y quita,
que nos envuelve por quinta vez en su verde esperanza.

Acompáñame, amor mío,
acepta mi modesta lucidez
y vayámonos a conocer el deshielo,
la fundación del olvido,
la serenidad de la carne,
el reino de la ternura.
El placer de vivir.


DE: "AMOR NUESTRO DE CADA DÍA" Derechos Reservados Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano

Etiquetas: [cartas apócrifas]  [el juego de la vida]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sun, 18 Oct 2015 06:56:00 +0000


Ahora que recuerdo,
yo escribí mi nombre y el tuyo en el ascensor.
Búscalo.
Está en la parte superior izquierda,
sobre la botonera.
Arriba, muy arriba.

Y te lo iba a mostrar si acaso volvía.
Empero, ya no lo haré.

Te sugiero,
te invito,
antes de mudarte
busca mi señal,
tómale una foto.
Descúbrela.

Por aquél entonces mi devoción por ti era de tal magnitud que estaba dispuesto a hacer lo inimaginable. Entre muchas otras cosas, dibujar mis lazos de amor infinito en cualquier lienzo, por rústico que fuera.

No hay plazo que no se cumpla. Y el mío se cumplió. No es momento para avergonzarme de mis debilidades, debo compartir contigo estas muestras de arte casual -que ahora puedes borrar-. Aquellos testimonios de amor cuasi colegial, en el ascensor, en postes y árboles.

Yo regresé un día,
solo,
mientras la comida reposaba,
mientras yo apuntalaba las certezas
de tu indudable amor.
Y tallé un árbol a cada lado del camino,
Y escribí junto a la mía una sinuosa inicial
confusa, humilde y escasa.
Nada más.
Cruzando el camino, otra versión similar.
Y me senté luego,
a condensar nuestras vidas en un trozo de miedo.
Dos letras, dos árboles, dos caminos,
unidos por una cuerda dolorosa y mortal.
Fumé cuatro cigarrillos en aquel bosque
prohibido para fumadores
y regresé a casa sin imaginar
que mi desencanto de ese entonces
tendría hoy explicación y sentido.

Para terminar con este póstumo recuento, no escapa a mi memoria la mañana en que caminé a la escuela. Al pasar frente al zoológico, me detuve a tomar respiro.

En un poste cercano me absorbí en tu recuerdo,
nuestros sueños,
la notable función del destino.

Y cuando apenas comenzaba
a sentirme iluminado por la buena suerte,
me asaltó la sensación de otro miedo
similar a un café salobre.
Fue así como, animado por la duda, escribí en el poste donde aún acezaba, el único tributo al amor perdido en cuatro palabras: "date vuelta, estoy aquí". Y continué mi camino.
Acerca de este último episodio, ya sabemos que, tiempo después todo terminaría sin que tú volvieras la mirada. Seguiste tu camino atravesando nuestros cumpleaños. Otra vez en un mismo territorio, otra vez tan cerca, como no volverá a suceder ¡Lo que nos hubiera ayudado transigir! Al contrario, preferiste continuar tu camino.

Todo eso ya no es una cifra del recuento.
Es la realidad de los hechos.
Lo tangible.

Ya no hay reclamos,
hay decisiones.
Los mensajes y señuelos del pasado
han muerto.

La gente pasará,
verá las inscripciones,
les gustará o no.

Son sólo logos de musgo
en el olvido.
Artísticos,
torvos, absurdos, cursis,
simpáticos, admirables,
detestables.

Decorativos
y ajenos.

Aún para ti lo serían.
Aunque habrán huido de sus letras,
habrán recalado en el cliché.
No significarán nada.
No lograrán conmoverte.

El del ascensor será testigo de tus ocasionales amantes, hasta que lo descubras -y aún después-. Los demás señuelos nunca serán descubiertos, pero eso tampoco importa.

Cambio y fuera.



La carta terminó abruptamente. Nunca tendrá respuesta. Como no la tuvo la carta que acompañó aquella caja con tulipanes rojos, zarcillos de perlas y un escapulario morado del Nazareno. El silencio neblinoso todavía continuó durante meses, antes de terminar por difuminarse. Como todo lo que toca el tiempo, el olvido se fue adueñando de ellos.
Como hice con las otras cartas, yo he omitido las fechas, pero a la carta no le he quitado ni añadido una coma.

De: "CARTAS APÓCRIFAS", Copyright © 2015 de  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [crónica del futuro]  [nobel 2015]  [nobel prize 2015]  [plegaria de chernobyl]  [svetlana alexievich]  [voces de chernobyl]  
Fecha Publicación: Thu, 08 Oct 2015 16:19:00 +0000


Escribe: Rogger Alzamora Quijano


La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (Ucrania, 1948) ha sido elegida por la Academia Sueca ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015. Hay que reconocer en la obra de Alexiévich la intensa exploración de la cruda realidad, la depresión y el dolor. En este caso como en muchos otros que vienen de su pluma, Chernobyl, su tragedia, su realidad. Relatos, crónicas, entrevistas, imprescindibles para comprender la verdad acerca del sufrimiento humano y el abandono de la sociedad y los estados.
Pasando los años, las consecuencias reparadoras, retributivas y de infraestructura después de la catástrofe de Chernobyl desbordan ya cualquier posible estrategia de intervención humanitaria o de regeneración económica en gran parte de las aldeas castigadas por la radiación. Mientras, el olvido lapida las medidas paliativas y la desidia gubernamental frente a los afectados y sus familias es cada vez más creciente. Por otro lado, el veto a la publicación, filmación o grabación de los testimonios de las víctimas, a pesar del reconocido incremento del número de enfermos, de la significativa carencia de medios sanitarios y de contingentes de abastecimiento, por ejemplo, acrecienta el obsesivo blindaje que los gobiernos ruso y ucraniano propugnan.

He aquí unos fragmentos de dos de sus trabajos al respecto:



VOCES DE CHERNOBYL, de Svetlana Alexiévich, EDITORIAL SIGLO XXI págs.;ISBN: 9788432312588

“La zona … Es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. (…) Hemos perdido este futuro. En esos cien años ha pasado el GULAG de Stalin, Auschwitz … Chernobyl… El 11 de septiembre de Nueva York … Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta sucesión de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. (…) En Chernobyl se recuerda ante todo la vida “después de todo”: los objetos sin el hombre, los paisajes sin el hombre. Un camino hacia la nada, unos cables hacia ninguna parte.” (Voces de Chernobyl, p. 49)

“Cuando comprendí esto experimenté una fuerte conmoción. Yo misma descubrí algo. Comprendí que Chernobyl se hallaba más allá de Kolimá, de Auschwitz. Y del holocausto. ¿Me expreso con claridad? El hombre armado de un hacha y un arco, o con los lanzagranadas y las cámaras de gas, no había podido matar a todo el mundo. Pero el hombre con el átomo … En esta ocasión toda la Tierra está en peligro. Yo no soy un filósofo y no me voy a poner a filosofar. Mejor le cuento lo que recuerdo.” (Ibídem, p. 78)

“Creíamos en nuestra suerte; en el fondo de nuestra alma todos somos fatalistas, y no boticarios. No racionalistas. La mentalidad eslava. ¡Yo confiaba en mi buena estrella! ¡Ja, ja, ja! Y hoy soy un inválido de segundo grado. Enfermé enseguida. Los malditos “rayos”. Ya se sabe. Hasta entonces no tenía ni siquiera una ficha ñen la clínica. ¡Que los parta un rayo! Y no era yo solo. La mentalidad. Yo, un soldado, he cerrado una casa ajena, he allanado una casa ajena. Es un sentimiento que … Es como si espiaras a alguien. O la tierra en la que no se puede sembrar. Una vaca que da con el morro en la verja, pero la valla está cerrada; la casa, bajo candado. La leche gotea el suelo. ¡Es un sentimiento que …!” (Ibídem, p. 212)

“El mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernobyl, y están ustedes, el resto de los hombres. ¿Lo ha notado? Ahora entre nosotros no se pone el acento “yo soy bielorruso” o “soy ucraniano”, “soy ruso” … Todos se llaman a sí mismos habitantes de Chernobyl. “Somos de Chernobyl”. “Yo soy un hombre de Chernobyl”. Como si se tratara de un pueblo distinto. De una nación nueva.” (Ibídem, p. 111).

“Los primeros días, la cuestión principal era: “ ¿Quién tiene la culpa?” Necesitábamos un culpable. (…) Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: “¿Qué hacer?”, “¿Cómo salvarnos?”. Y ahora, cuando ya nos hemos resignado a la idea de que la situación se prolongará no un año, ni dos, sino durante muchas generaciones, hemos emprendido mentalmente un regreso al pasado, retrocediendo una hoja tras otra. (…) No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable.” (Ibídem, p. 173).

“Su amigo … Su amigo me contó que todo allí era terriblemente interesante, divertido. Leían versos, cantaban y tocaban la guitarra. Los mejores ingenieros y científicos fueron allí. La élite de Moscú y Leningrado. Se dedicaban a filosofar. La Pugachova fue a actuar ante ellos. En el campo. (…) Los llamaba “héroes”. Todos los llamaban “héroes” (Llora)(…) Su amigo murió el primero. Bailaba en la boda de su hija, hacía reír a todo el mundo con sus chistes. Cogió una copa para hacer un brindis y se derrumbó. Y … Nuestros hombres … Nuestros hombres mueren como en la guerra, pero en tiempos de paz.” (Ibídem, p. 200).

“Llegó una nube muy negra. Un aguacero. Los charcos se volvieron amarillos. Verdes. Como si les hubieran echado pintura. Decían que era por el polen de las flores. No corríamos por los charcos, sólo mirábamos. La abuela nos encerraba en el desván. Se ponía de rodillas y rezaba. Y nos decía: “¡Rezad! Esto es el fin del mundo. Es el castigo de Dios por nuestros pecados”.
Mi hermano tenía ocho años, yo seis. (…) Mi madre se viste a menudo de negro. Con un pañuelo negro. En nuestra calle cada día entierran a alguien. Lloran. Oigo la música y corro a casa para rezar, recito el Padre Nuestro. Rezo por mi madre y por mi padre”.
(Ibídem, p. 259).



PLEGARIA DE CHERNOBYL, CRÓNICA DEL FUTURO Por: Svetlana Alexiévich, EDITORIAL CASIOPEA, 255 págs.; ISBN: 9788495446183

ENTREVISTA DE LA AUTORA CONSIGO MISMA SOBRE LA HISTORIA OMITIDA
--Han pasado diez años... Chernóbyl ya se ha convertido en metáfora, en símbolo. En historia incluso. Se han escrito decenas de libros, se han filmado miles de metros de cintas de video. Nos parece que de Chernóbyl lo sabemos todo: los hechos, las cifras. ¿Que se podría añadir a esto? Por lo además, es tan natural que la gente quiera olvidar Chernóbyl, convenciéndose de que todo ha quedado atrás...
¿Sobre qué trata este libro? ¿Por qué lo he escrito?
--Este libro no trata sobre Chernóbyl, sino sobre el mundo de Chernóbyl. Justamente sobre lo que sabemos tan poco. Casi nada. Es una historia omitida: así la llamaría yo. A mí me interesaba no tanto el propio suceso --qué pasó aquella noche en la central y quién tiene la culpa, qué decisiones se tomaron, cuantas toneladas de arena y de cemento hicieron falta para construir el sarcófago sobre aquel agujero diabólico--, sino las sensaciones, los sentimientos de las personas que estuvieron en contacto con lo desconocido. Con el misterio. Chernóbyl es un enigma que aún no hemos desentrañado. Tal vez sea un tarea para el siglo XXI. Un reto para el futuro. ¿Qué es lo que el hombre ha conocido, qué ha adivinado, descubierto de si mismo? ¿En su relación con el mundo? La reconstrucción de los sentimientos y no de los hechos.
Si antes, cuando escribía mis libros, me detenía en los sufrimientos de otras personas, ahora soy tan testigo como todos los demás. Mi vida es parte del suceso, vivo aquí. En la tierra de Chernóbyl. En la pequeña Belarús, país sobre el que antes el mundo casi no había oído hablar. En el país del que ahora dicen que ya no es una tierra sino el laboratorio de Chernóbyl. Los bielorrusos son el pueblo de Chernóbyl. Chernóbyl se ha convertido en nuestra casa, en nuestro destino nacional. Se ha convertido incluso en nuestra visión del mundo. Yo no podía no escribir este libro...
--¿Qué es, en definitiva, Chernóbyl? ¿Cierta señal? ¿O, de todos modos, es una catástrofe tecnológica gigantesca, no comparable con ningún otro suceso anterior?
--Es más que una catástrofe... Pues lo que impide entender Chernóbyl es justamente la pretensión de colocar Chernóbyl entre las catástrofes más conocidas. Se diría que constantemente nos movemos en la dirección equivocada. Aquí, por lo visto, no basta con la experiencia del pasado. Después de Chernóbyl vivimos en otro mundo, el mundo anterior no existe. Pero el hombre no quiere pensar en ello, porque nunca se ha parado a reflexionar sobre esto. Ha sido cogido por sorpresa.
Más de una vez he oído a mis contertulios la misma confesión: “No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado”, “no he leído sobre algo parecido en libro alguno, ni lo he visto en el cine”, “nadie antes me ha contado nada semejante”. Estas confesiones se repetían, y no he eliminado a propósito estas repeticiones. La verdad es que encontrarán muchas repeticiones. Las he dejado, no las he tachado, no sólo para dar mayor veracidad, con la intención de mantener una “verdad carente de artificiosidad”; sino porque me parecía que reflejaban además lo insólito de lo sucedido. Todo se señala, se pronuncia en voz alta por primera vez. Ha sucedido algo para lo que aún no tenemos un sistema de representaciones, ni casos análogos, ni experiencia, para lo que no está adaptada nuestra vista, nuestro oído; ni siquiera nuestro diccionario nos sirve. Disponemos de todo nuestro instrumental interior, que está preparado para ver, oír y tocar. Pero nada de esto es posible. El hombre, para comprender algo de todo esto, debe salir fuera de sus propios límites.
Ha comenzado una nueva historia de los sentidos...
--¿Pero, un hombre y un suceso no siempre son equivalentes? Es más frecuente que no lo sean...
--He buscado a personas conmocionadas. Seres que se hayan sentido a solas, frente a frente, con esto. Que se hayan parado a reflexionar. Que expresaran un texto nuevo... Un texto que hasta ahora nadie hubiera oído...
Tres años me he pasado viajando, preguntando: a trabajadores de la central, científicos, ex funcionarios del partido, médicos, soldados, personas evacuadas y las que se han quedado... Personas de diferentes profesiones, experiencias, generaciones y temperamentos. Creyentes y ateos. Campesinos e intelectuales. Chernóbyl es el contenido central de su vida. Todo les ha sido envenenado por dentro y a su alrededor, y no sólo la tierra y el agua. Todo su tiempo.
Un suceso contado por una persona es su vida, pero contado por muchos, es ya historia. Esto es lo más difícil: compaginar dos verdades: la personal y la colectiva. Más aún cuando el hombre actual se haya en medio de una fractura de épocas...
Se han sumado dos catástrofes: la social --ante nuestros propios ojos el enorme continente socialista se sumerge bajo las aguas--, y otra cósmica: Chernóbyl. Dos explosiones globales. Pero la primera es más próxima, más fácil de comprender. La gente está preocupada por el día a día, por sobrevivir: ¿con qué dinero comprar, adónde ir? ¿En qué creer? Bajo qué bandera marchar de nuevo? Esto es lo que experimentan todos y cada uno. En cambio, Chernóbyl, todos querrían olvidarlo. Al principio confiaban en vencerlo, pero, al comprender lo estéril de sus esfuerzos, han callado. La realidad escapa a la comprensión. Es difícil defendernos de lo que no conocemos. De aquello que la humanidad no sabe. Chernóbyl nos ha trasportado de un tiempo a otro.
Ante nosotros asoma una realidad nueva para todos...
Pero hable de lo que hable el hombre, siempre sobre la marcha se desnuda también a si mismo. De nuevo se ha planteado el problema del sentido de su vida. ¿Qué somos?
Nuestra historia es una historia de sufrimiento. El sufrimiento es nuestro refugio. Nuestro culto. Estamos hipnotizados por él. Pero a mí me gustaría preguntar otra cosa: sobre el sentido de la vida humana, de nuestra existencia en la tierra.
He viajado, hablado, tomado nota. Esta gente ha sido la primera... que ha visto aquello que nosotros sólo sospechamos. Aquello que para todos aún es un enigma. Pero ellos mismos lo contarán...
En más de una ocasión me ha parecido que estaba anotando el futuro...
CAPÍTULO PRIMERO
LA TIERRA DE LOS MUERTOS
Monólogo sobre para qué la gente recuerda
“¿Y se ha propuesto escribir sobre esto? ¡Sobre esto! Yo no querría que esto se supiera de mí... Que he vivido allí...
Por un lado, tengo el deseo de abrirme, de soltarlo todo, pero por otro, noto como me desnudo, y esto es algo que no quisiera que...
¿Recuerda usted en Tolstói?.. Después de la guerra Pier Bezújov está tan conmocionado que le parece que él y el mundo han cambiado para siempre. Pero pasa cierto tiempo y Bezújov se dice a sí mismo: “Todo continuará igual, seguiré como antes riñendo al cochero, como siempre me pondré a refunfuñar”. Entonces, ¿para qué recuerda la gente? ¿Para restablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar? ¿Porque comprenden que han participado en un acontecimiento grandioso? ¿O porque buscan alguna protección en el pasado? Y todo eso, a sabiendas de que los recuerdos son algo frágil, efímero; no se trata de conocimientos precisos sino conjeturas sobre uno mismo. No son aún conocimientos, son sólo sentimientos. Lo que siento...
Me he torturado, he rebuscado en mi memoria y al fin recordé...
Lo más horroroso que me ha sucedido me pasó en la infancia. Era la guerra...
Recuerdo como siendo unos chavales jugábamos “a papás y mamás”, desnudábamos a los críos y los colocábamos el uno sobre el otro... Eran los primeros niños nacidos después de la guerra. Toda la aldea sabía qué palabras decían ya, cómo empezaban a andar, porque durante la guerra se olvidaron de los niños. Esperábamos la aparición de la vida... “A papás y mamás” -- así se llamaba el juego. Queríamos ver la aparición de la vida... Y eso que no teníamos más de ocho, diez años...
He visto cómo una mujer trataba de quitarse la vida. Entre los arbustos, junto al río. Tomaba un ladrillo y se golpeaba con él en la cabeza. Estaba embarazada de un policía , de un hombre al que toda la aldea odiaba.

Siendo aún un niño, yo había visto como nacían los gatitos. He ayudado a mi madre a tirar de un ternero cuando salía de una vaca, y he llevado a aparearse a nuestra cerda...
Recuerdo... Recuerdo como trajeron a mi padre muerto; llevaba un jersey, se lo había tejido mi madre. Al parecer lo habían fusilado con una ametralladora o con un fusil automático. Algo sanguinolento salía a pedazos de aquel jersey. Allí estaba, sobre nuestra única cama, no había otro lugar dónde acostarlo. Luego lo enterraron junto a la casa. Y aquella tierra era lo contrario del descanso eterno, era barro pesado, de la huerta de remolachas. Por todas partes seguían los combates... La calle sembrada de caballos caídos y hombres muertos.
Para mí son recuerdos hasta tal punto vedados que no hablo de ellos en voz alta...
Por entonces yo percibía la muerte igual que un nacimiento... Tenía más o menos el mismo sentimiento cuando aparecía el ternero de una vaca... Cuando salían los gatitos... Y cuando la mujer se intentaba quitar la vida entre los arbustos... Por alguna razón, todo eso me parecía la misma cosa, lo mismo... El nacimiento y la muerte.
Recuerdo desde la infancia cómo huele la casa cuando se sacrifica un cerdo... Y en cuanto usted me toque empiezo a caer, a hundirme allí... A la pesadilla... Al horror... Vuelo allí...
También recuerdo como siendo niños las mujeres nos llevaban consigo a los baños. Y a todas las mujeres, también a mi madre, se les caía la matriz (eso ya lo comprendíamos); se la sujetaban con trapos. Esto lo he visto yo... La matriz se salía debido al trabajo duro. No había hombres, los habían matado a todos en el frente, en la guerrilla; tampoco había caballos, las mujeres tiraban de los arados con sus propias fuerzas. Labraban sus huertos y los campos del koljós .
Cuando, al hacerme mayor, tenía trato íntimo con una mujer, me venía todo esto a la memoria... Lo que había visto en los baños...
Quería olvidar... Olvidarlo todo... Lo olvidaba... Y pensaba que lo más horroroso ya me había sucedido en el pasado... La guerra... Que estaba protegido, que ya estaba salvo...
Pero ahora he viajado a la zona de Chernóbyl ... Ya he estado muchas veces... Y allí comprendí que no estoy protegido. Que me estoy destruyendo... El pasado ya no me protege. Ya no hay respuestas en el pasado. Siempre las ha habido, pero hoy no las hay. A mí me destruye el futuro, no el pasado”
Piotr S., psicólogo.


Monólogo sobre de qué se puede conversar con un vivo, y con un muerto
“Por la noche un lobo entró en el patio. Miré por la ventana, y allí estaba con los ojos encendidos. Como faros...
Me he acostumbrado a todo. Hace siete años que vivo sola, siete años, desde que la gente se fue. Por la noche, a veces, me quedo sentada hasta que amanece, y pienso, pienso. Hoy incluso me he pasado la noche sentada, hecha un ovillo, en la cama, y luego he salido afuera a ver qué sol hacía.
¿Qué le voy a decir? Lo más justo en la vida es la muerte. Nadie la ha evitado. La tierra da cobijo a todos: a los buenos y a los malos, a los pecadores. Y no hay más justicia en este mundo. Me he pasado toda la vida trabajando duramente, como una persona honrada. He vivido con la conciencia en paz. Pero no me ha tocado lo que es justo. Se ve que a Dios, cuando repartía suerte, cuando me llegó el turno, ya no le quedaba nada para darme, al parecer.
Un joven puede morir, el viejo debe morirse...
Primero esperaba a la gente; pensaba que regresarían todos. Nadie se había ido para siempre; la gente se marchaba por un tiempo. Pero ahora sólo espero la muerte... Morirse no es difícil, sólo da miedo. No hay iglesia... El padre no viene por aquí... No tengo a nadie a quien confesar mis pecados...
La primera vez que nos dijeron que teníamos radiación, pensamos que era alguna enfermedad; que quien enferma se muere en seguida. Pero nos decían que no era eso, que era algo que estaba en la tierra, que se metía en la tierra y que no se podía ver. Los animales puede que lo vieran y lo oyeran, pero el hombre no. ¡Y no es verdad! Yo lo he visto... Este cesio estuvo tirado en mi huerto hasta que lo mojó la lluvia. Tiene un color así, como de tinta... Allí estaba brillando a pedazos... Llegué del campo del “koljós” y me fui a mi huerta... Y había un trozo azul... Y a unos doscientos metros más allá, otro... Del tamaño del pañuelo como el que llevo en la cabeza. Llamé a la vecina y a otras mujeres y recorrimos todo el lugar. Todos los huertos, el campo... Unas dos hectáreas... Encontramos puede que cuatro pedazos grandes... Uno era de color rojo...
Al día siguiente llovió. Desde por la mañana. Y para la hora de comer desaparecieron. Vino la milicia, pero ya no había nada que enseñar. Sólo se lo contamos. Unos trozos así... (Muestra con las manos). Como mi pañuelo. Azules y rojos...
Esta radiación no nos daba demasiado miedo. Mientras no la veíamos y no sabíamos qué era, puede que nos diera miedo, pero en cuanto la vimos, se nos pasó el temor. La milicia y los soldados pusieron unas tablillas. A algunos junto a la casa y también en la calle les escribieron: setenta curíes, sesenta curíes ...
Siempre hemos vivido de nuestras patatas, de nuestra cosecha, ¡y ahora nos dicen que no se puede! Para unos fue un duro golpe, aunque otros se lo tomaron a risa... Nos aconsejaban que trabajáramos en la huerta con máscaras de venda y con guantes de goma...
Entonces vino un sabio importante y pronunció un discurso en el club diciendo que teníamos que lavar la leña... ¡Ésta si que es buena! ¡Que se me caigan las orejas! Nos mandaron lavar las mantas, las sábanas, las cortinas... ¡Pero si estaban dentro de la casa! En los armarios y en los baúles. ¿Qué radiación puede haber, dígame, en las casas? ¿Tras las ventanas? ¿Tras las puertas? Si al menos la buscaran en el bosque, en el campo...
Nos cerraron con candado los pozos y los envolvieron en plástico... Que el agua estaba “sucia”. ¡¿Pero qué sucia?, si estaba más limpia que!... Nos llenaron la cabeza con que si os vais a morir... Que si debíamos irnos de ahí... Evacuarnos...
La gente se asustó... Se les llenó el cuerpo de miedo... Algunos empezaron a enterrar por la noche sus pertenencias. Hasta yo recogí toda mi ropa... Los diplomas por mi trabajo honrado y las cuatro monedas que tenía y que guardaba. ¡Y qué tristeza! ¡Una tristeza que me roía el corazón! ¡Que me muera si no le digo la verdad!
Y un día oigo que los soldados habían evacuado a toda una aldea, pero un viejo y su mujer se quedaron. El día antes de que sacaran a la gente y los subieran a los autobuses, ellos agarraron a la vaca y se metieron en el bosque. Y allí esperaron a que pasara todo. Como durante la guerra. Cuando las tropas de castigo quemaron la aldea...
¿De dónde tanta desgracia? (Llora). Qué frágil es nuestra vida... No lloraría si pudiera, pero las lágrimas me caen solas...
¡Oh! Mire por la ventana: ha venido una urraca... Yo no las espanto... Aunque a veces las urracas se me llevan los huevos del cobertizo. Así y todo no las espanto. ¡Yo no espanto a nadie! Ayer vino una liebre...
Si cada día viniera gente a casa. Aquí, no lejos, en la aldea vecina, también vive una mujer; yo le dije que se viniera aquí. Tanto si me ayuda, como si no, al menos tendré con quien hablar. Llamar...
Por la noche me duele todo. Se me doblan las piernas, noto como un hormigueo, son los nervios que corren por dentro. Entonces agarro lo que encuentro a mano. Un puñado de grano. Y jrup, jrup. Y los nervios se me calman.
¡Cuánto no habré trabajado y padecido en esta vida! Pero siempre me ha bastado con lo que tenía y no quiero nada más. Al menos si me muero, descansaré. Lo del alma no sé, pero el cuerpo se quedará tranquilo.
Tengo hijas e hijos... Todos están en la ciudad... ¡Pero yo no me voy de aquí! Dios no me ha librado de daños, pero me ha dado años. Yo sé qué carga es una persona vieja; los hijos te aguantan, te aguantan y al final acaban por herirte. Los hijos te dan alegrías mientras son chicos.
Nuestras mujeres, las que se han ido a la ciudad, todas se quejan. Unas veces es la nuera, otras la hija quien te ofende. Quieren regresar. Mi hombre está aquí... Aquí está enterrado... En el cementerio. Pero si no estuviera aquí, se habría ido a vivir a otra parte. Y yo con él. (De pronto contenta). ¿Aunque para qué irse? ¡Aquí se está bien! Todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive.
Ahora se lo recordaré todo...
Pasaban más y más aviones. Cada día. Iban bajos, sobre nuestras cabezas. Volaban al reactor. A la central. Uno tras otro. Y entre tanto estaban evacuando nuestro pueblo. Nos trasladaban. Tomaban al asalto las casas. La gente se había encerrado, se escondía. El ganado bramaba, los niños lloraban. ¡La guerra! Y el sol brillaba...
Yo me había metido en casa y no salía; la verdad es que no me encerré con llave. Llamaron unos soldados: “¿Qué abuela, está lista?”. Y yo les digo: “¿Qué, me vais a atar de pies y manos, vais a sacarme a la fuerza?”. Los chicos se quedaron callados y al rato se fueron. Eran tan jovencitos. ¡Unos niños!
Las mujeres se arrastraban de rodillas ante sus casas... Rezaban... Los soldados las agarraban de un brazo, del otro y al camión. Yo en cambio les amenacé de que si me tocaban, si me rozaban siquiera, les daría con la azada. Y juré. ¡Cómo juré! Pero no lloré... Aquel día no lloré.
De modo que me quedé en la casa. Afuera todo eran gritos. ¡Y qué gritos! Pero luego todo quedó en silencio. Sin un ruido. Y aquel día... El primer día no salí de casa...
Contaban que iba una columna de gente. Y otra de ganado. ¡La guerra!
Mi hombre solía decir que el hombre dispara y Dios lleva las balas. ¡A cada uno su suerte! Los jóvenes que se fueron, algunos ya han muerto. En el nuevo lugar. Y yo sigo aquí con mi bastón. En pie. ¿Que me pongo triste?, pues lloro un rato. La aldea está vacía... Pero hay todo tipo de pájaros... Volando... Hasta un alce pasea por aquí, como si nada... (Llora.)
Se lo recordaré todo...
La gente se fue, pero se dejó los gatos y los perros. Los primeros días iba de casa en casa y les echaba leche, y a cada perro le daba un pedazo de pan. Los perros estaban ante sus casas y esperaban a sus amos. Esperaron largo tiempo. Los gatos hambrientos comían pepinos... Tomates...
Hasta el otoño le estuve segando la hierba a la vecina delante de su casa. Se le cayó una valla y también la clavé. Esperaba a la gente... En casa de la vecina vivía un perrito, lo llamaban Zhuchok. “Zhuchok --le decía-- si te encuentras primero a alguien, llámame”.
Por la noche sueño cómo se me llevan... Un oficial me grita: “Abuela, dentro de un momento vamos a quemarlo todo y a enterrarlo. ¡Sal!”. Y se me llevan a alguna parte, a un sitio desconocido. Incomprensible. No era ni ciudad, ni aldea. Tampoco una tierra...
Me ocurrió una historia... Tenía yo un buen gatito. Vaska. En invierno me asaltaron las ratas y no había modo de librarse de ellas... Se me metían debajo de la manta... El tonel donde guardo el grano; le hicieron un agujero. Vaska fue quien me salvó... Sin Vaska hubiera estado perdida... Con el comía y charlaba... Pero entonces Vaska desapareció... Puede que lo atacaran los perros hambrientos y se lo comieran. Todos andaban famélicos, hasta que se murieron; los gatos también pasaban tanta hambre que se comían a sus crías; durante el verano no, sino con la llegada del invierno. ¡Válgame Dios! Las ratas hasta se comieron a una mujer... Se la zamparon... Las malditas ratas pelirrojas. Si es verdad o no, no sabría decirle, pero eso es lo que contaban.
Merodeaban por aquí unos vagabundos... Los primeros años las cosas en las casas no faltaban... Camisas, jerseyes, abrigos... Toma lo que quieras y llévalo a vender... Pero se emborrachaban, les daba por cantar. La madre que los... Uno se cayó de una bicicleta y se quedó dormido en medio de la calle. Y por la mañana sólo quedó de él dos huesos y la bicicleta. ¿Será verdad o mentira? No le sabría decir. Eso es lo que cuentan.
Aquí todo vive. ¡Lo que se dice todo! Vive la lagartija, la rana. Y el gusano vive. ¡Hasta ratones hay! Se está bien, sobre todo en primavera. Me gusta cuando florecen las lilas. Cuando huelen los cerezos.
Mientras los pies me aguantaban, yo misma iba a por el pan: a quince kilómetros sólo de ida. De joven me los hubiera hecho corriendo. La costumbre. Después de la guerra íbamos a Ucrania a por simiente. A treinta y cincuenta kilómetros. La gente llevaba un pud ; yo, tres. Ahora sucede que ni en casa puedo andar. Las viejas incluso en verano tienen frío.

Vienen por aquí los milicianos, pasan para controlar el pueblo, y entonces me traen pan. ¿Pero qué es lo que controlan? Vivo yo y el gatito. Éste ya es otro que tengo. Los milicianos hacen sonar la bocina y para nosotros es una fiesta. Corremos a verlos. Le traen huesos al gato. Y a mí me preguntan: “¿Y si aparecen los bandidos? -- “¿Y qué van sacar de mí? --les digo-- ¿qué me pueden quitar? ¿El alma? El alma es lo único que me queda”.
Son buenos muchachos... Se ríen... Me han traído pilas para la radio, y ahora la escucho. Me gusta Liudmila Zýkina , pero ahora, no sé por qué, rara vez canta. Se ve que se ha hecho vieja, como yo... A mi hombre le gustaba decir... Solía decir : ¡Se acabó el baile, el violín al estuche!

Le contaré como me encontré con el gatito. Mi pobre Vaska había desaparecido... Lo espero un día, lo espero otro... Un mes... En fin, que me había quedado como quien dice más sola que la una. Sin nadie con quien hablar. De modo que un día decido recorrer la aldea, y por los huertos vecinos voy llamando: Vaska, Murka... ¡Vaska! ¡Murka! Al principio había muchos gatos, luego desaparecieron todos Dios sabe dónde... Se exterminaron. La muerte no perdona... La tierra da cobijo a todos...

De modo que iba yo por ahí... Dos días me pasé llamando. Y al tercer día lo veo, sentado junto a la tienda... Nos miramos el uno al otro. Él contento y yo también. Lo único, que no dice palabra. “Bueno, vamos --lo llamo--, para casa”. Pero él que no se mueve. De modo que le pido que se venga conmigo: “¿Qué vas a hacer aquí solo? Se te comerán los lobos. Te harán pedazos. Ven. Que tengo huevos, tocino”. ¿Cómo se lo explicaría? Dicen que los gatos no entienden a los humanos. ¿Y entonces cómo es que entonces éste me entendió? Yo delante y él corriendo detrás. ¡Miau!.. “Te daré tocino”... ¡Miau! “Viviremos juntos”... ¡Miau! “Te llamaré Vaska”... ¡Miau!... Y ya ve, dos inviernos que llevamos juntos...
Por la noche a veces sueño que alguien me llama... La voz de la vecina: “¡Zina!..” Calla un rato, y otra vez: “¡Zina!”.
Si me pongo triste, lloro un rato...
Voy a ver las tumbas. Allí descansa mi madre. Mi hijita pequeña... La consumió el tifus durante la guerra... Justo después de llevarla al cementerio, después de que le dimos sepultura, de pronto entre las nubes salió el sol. Brillaba que daba gusto. Hasta me dieron ganas de regresar y desenterrarla...
También mi hombre está ahí... Fedia... Me quedo sentada junto a todos los míos. Suspiro un rato. Y hasta hablar con ellos puedo, tanto con los vivos, como con los muertos. Para mí no hay diferencia. Los oigo tanto a unos como a los otros. Cuando estás sola... Y cuando estás triste... Muy triste...
Justo al lado de las tumbas vivía el maestro Iván Prójorovich Gavrilenko. Se ha marchado a Crimea con su hijo.
Algo más allá, Piotr Ivánovich Miusski... El tractorista... Era estajanovista , en un tiempo todos se hacían estajanovistas... Tenía unas manos de oro. Se hizo él mismo los artesonados de madera. Y qué casa; la mejor del pueblo. ¡Una joya! ¡Oh qué lástima me dio, hasta se me subió la sangre cuando la destruyeron... La enterraron. El oficial gritaba: “No padezcas, mujer. La casa ha caído dentro de la “mancha””. Aunque parecía borracho. Me acerqué a él y veo que está llorando. “¡Ve, mujer, vete!” -- me dijo y me echó de allí...
Y luego ya Misha Mijaliov, que cuidaba de las calderas de la granja. Misha murió pronto. Se fue y al poco se murió.
Tras él está la casa del zootécnico Stepán Býjov... ¡La casa se quemó! Por la noche unos granujas la prendieron fuego. Forasteros eran. Stepán no vivió mucho. Lo enterraron en alguna parte de la región de Moguiliov.
Una segunda guerra... ¡Cuanta gente hemos perdido! Kovaliov Vasili Makárovich, Maksim Nikiforenko...
En un tiempo vivimos con alegría. Durante las fiestas cantábamos, bailábamos. Con el acordeón. Y ahora esto parece una prisión. Cierro, a veces, los ojos y recorro la aldea... Qué radiación ni qué cuentos, cuando las mariposas vuelan y los abejorros zumban. Y mi Vaska cazando ratones. (Llora).
Dime, hija mía, ¿has comprendido mi tristeza? Se la llevarás a la gente, pero puede que yo ya no esté. Me encontrarán en la tierra... Bajo las raíces...”
Zinaída Yevdokímovna Kovalenko, residente en la zona prohibida.

Etiquetas: [despedida]  [poema tardío]  [poemas de amor]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Fri, 04 Sep 2015 14:06:00 +0000


Se ha ido la mujer volátil,
la de los quiméricos veranos,
la de las historias veniales.
La misma del sueño amarillo,
que cambió deleite por olvido.

Se ha perdido en el silencio,
en sus pasos trotamundos,
en los besos furtivos
y despertares vacuos en alcoba ajena.
Se fue la mujer del sueño amarillo.

Se llevó la celebración de su cintura.

Se fue la dueña de las manos mágicas.
Se llevó su voz de las ventanas,
sus moralejas de las madrugadas,
su nombre de mi garganta,
sus cabellos proscritos en mi almohada.

La mujer volátil de quiméricos veranos
ha trepado sobre la plegaria materna,
a costa de ahogarse en su noción de familia.
Se ha ido la breve mujer de verbo enjundia,
con su pretérito sabroso y su malvada dulzura.

Me entristece verla partir,
con su amor que no llegó a ser amor,
quizás porque le faltaron las decisivas vocales.
o porque no supo viajar en una misma nube
gris de vestigios y culpas, blanca de lealtades.

Ya no importa el por qué me hacía soñar
mientras yo le hacía reír.
Ya no importan las noches rotas de futuro,
tampoco los desayunos alborozados,
ni las pesadillas cotidianas.

Van para ella estas frases en un poema inconcluso,
trozos de gratitud, olvido y silencio.

¡Buen viaje mujer de los sueños amarillos!
Llévate este adiós agradecido, tardío
y precario.



Derechos Reservados Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aija ancash perú]  [oficio de poeta]  [perú]  [poemas de amor]  [rogger alzamora quijano]  [yo escribo]  
Fecha Publicación: Fri, 14 Aug 2015 00:13:00 +0000

Otros poetas escriben de iras o ironías.
Del fulgor del metal, de historias y agonías.
Yo escribo del amor, del plural de primera persona,
de estómagos y corazones, de sujeto y verbo.

Otros escriben de escasez y desgracia.
Del ideal y la injusticia. De los peligros.
De los confines, del pasado, del hartazgo.
De banderas, de protestas y de huelgas.

Yo escribo de las melodías que el amor diseña,
de su partitura vibrante, de su solfeo abandonado,
del caos y la cumbre, el allegro y el adagio.
Sinfonías del silencio, óperas del gozo.

Yo escribo de los mapas de los amantes.
De sus coordenadas mágicas
donde confluyen el rubor, las emociones,
el vacío estomacal, el delicioso insomnio.

Mis letras van a un modesto planeta
donde el silencio vale tanto como el recuerdo.
Donde la paz no existe, el dolor acecha.
Donde gozar y morir son pan de cada día.

Otros poetas escriben de furias y desaliento,
de hambres y cansancio, de flores y tumbas.
De pobres y ricos, de batallas y derrotas,
de consignas, de sangre, de libertad.

Yo escribo de cuerpos y azahares,
de placeres y desdichas, de ausencia.
De sueños imposibles, de tacto y besos,
de perdones, miradas y promesas.

Yo escribo de mi amor por mis raíces.
De mi casa, de mi madre.
De mi familia y mis amigos,
de mi abuela, de mi país.

Yo escribo del amor celebración,
de las flores y los campos,
de la lluvia y los animales,
de la escuela.

Del amor ausente.
Del amor obsecuente y obsesivo,
del amor tierno,
del amor ilimitado,
del amor neurótico,
del amor diáfano,
del amor incansable,
del amor furtivo, insensato y perseguido.
del amor remoto,
del amor vendido y del amor vencido.
del amor secreto,
del amor tácito,
del amor fulgurante, casual,
del amor inmediato.

Del amor solitario,
del amor infame y agridulce.
del amor hondo y fresco.

Del amor trémulo,
del amor demente,
del amor agónico,

del amor desesperado.

del amor maldito,

del amor difunto.



Derechos Reservados Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano


Etiquetas: [el juego de la vida]  [la retirada]  [relatos de rogger alzamora]  
Fecha Publicación: Wed, 12 Aug 2015 02:58:00 +0000

Juro que no lo imaginé así.
Todo cambió cuando al dar las cinco de la mañana de aquél lunes ya habías cerrado tus ventanas tras colocar una subliminal foto alusiva a tu retirada. Lo tenías todo calculado, aunque para mal. Estabas poniendo el parche, y yo andaba muy lejos de imaginarte en esos trances.
Cuando lo inminente se comenzó a hacer realidad, tú optaste por un escape sin gloria. Es decir: ¡Cuando más imprescindibles eran tu valentía y coraje, te rendías al peor estilo!

¿Por qué ocultarte? ¿Por qué aislarte tras el muro de la incógnita? ¿Por qué fingir una desaparición pseudo gozosa?
¿No hubiera sido mejor mostrar una presencia decente y altiva frente a aquella mujer, a quien por mí conociste pero que aprendió a admirarte y quererte por tus méritos? ¿Por qué no comentar, ironizar, asentir, compartir cada nota o noticia de su periplo? ¿No imaginaste que preguntaría por ti?

Cuando llegó todos lucían felices. Te otorgué los más rendidos epítetos y reclamé para ti el pedestal que mereces. Pero tú no estabas, ni real ni virtualmente. Me estrellé una y otra vez contra tu inexcusable ausencia. Te escondiste como si tuvieras algo de qué avergonzarte. Pese a mis esfuerzos te fuiste derritiendo dramática e inexorablemente.

Pasaron los días. Mientras yo todavía trataba de refrendarte, tu desidia me desmentía; tu silencio alimentaba más sospechas. Mientras yo te pintaba valiosa y audaz, y sustentaba mi orgullo de ti y tus talentos, tu ausencia multiplicaba el desconcierto.

Debiste haber acuñado tu nombre en páginas y fotografías, en eventos y remembranzas donde estuviste conmigo. Se vería -por lo menos- civilizado. Leer tus comentarios, ver tu rostro diáfano y noble. Hubiera celebrado tu deliciosa desfachatez, como siempre. No me cuesta decir que te admiro y te respeto.

Tu estrella se apagó y desapareció en la oscuridad. Y, créeme que lo lamento, porque era ese el mejor escenario para que luciera su brillo.


DE: EL JUEGO DE LA VIDA Copyright © 2015 de  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [aja]  [ancash]  [carne sin hueso]  [pisco sour receta poesía]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Sat, 18 Jul 2015 03:56:00 +0000
Escribe: Rogger Alzamora Quijano

CARNE SIN HUESO, borradores no borrados ha sobrepasado el día de hoy las 100 MIL VISITAS. No ha sido fácil llegar a esa cifra para un blog dedicado a la literatura y administrado por una sola persona. Y no lo ha sido por varias otras razones, por ejemplo: no permito la publicidad, tampoco he invertido un solo centavo en promocionar este blog. Nunca ofrecí prebendas, concesiones, retribuciones o intercambios. Esperé pacientemente a que los lectores llegasen. Incluso muchos de mis amigos y familiares se enteraron de la existencia de mi blog varios años después de su creación (y cuando lo supieron fue por cuenta propia). Es decir, cada uno de los cien mil visitantes han llegado voluntariamente.

ALGO DE HISTORIA
Transcurría el año 2005 cuando leí en un periódico acerca de la -entonces novedosa- idea del blog. Me gustó de inmediato, porque siempre estuve convencido de la libertad del lector para buscar, descubrir, leer, releer y recomendar contenidos, y también para evitarlos o rechazarlos. De inmediato construí mi primer blog que se llamó Literatura por Rogger Alzamora, en una plataforma llamada blogs.ya.com, el que recuerdo como un aprendizaje pues tenía muchas limitaciones (no admitía fotografías ni enlaces, por citar un par). Mi frustración me hizo recalar en wordpress.com, cuya interfaz tampoco me convenció. Después de dos años y medio, el año 2008 encontré en blogger.com la plataforma completa, con las herramientas soñadas. De inmediato cerré Literatura... y publiqué mi primer post en CARNE SIN HUESO, borradores no borrados. Era febrero de 2008. CARNE SIN HUESO, borradores no borrados, dejaba claro en su propio nombre que no iba a alojar banalidades.
El sitial que CARNE SIN HUESO, borradores no borrados, tiene en el ciberespacio es consecuencia de un trabajo paciente, dedicado, esperanzado y -hoy- gratificante. Al principio mis visitantes se contaban con los dedos de la mano cada mes. Al año eran decenas. Por fin, el año 2014 recibí el visitante número 50,000. Desde entonces el incremento de visitas ha sido avasallador: en poco menos de un año CARNE SIN HUESO, borradores no borrados ha duplicado las visitas de seis años. Y con no poco asombrO veo como llegan visitantes de lugares tan remotos como Singapur, Nueva Zelanda, India, Ucrania, Francia, Japón, China, tanto como de Perú y América toda. Hoy celebro los primeros cien mil y voy por más. Siempre con la consigna de ofrecer lo mejor de mí. Aquí no se vende escándalos. Aquí se escribe sobre el amor, el vagón que mueve el mundo.
CARNE SIN HUESO, borradores no borrados ya tiene vida propia, y vivirá en el tiempo, conmigo o sin mi.

Mi celebración comienza (y continúa) con un mensaje:
¡CIEN MIL GRACIAS!

Etiquetas: [bolero]  [hébridas]  [marcha turca]  [poema bolero]  [poema de verano]  [poemas de amor]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Thu, 25 Jun 2015 16:24:00 +0000



El día acomete frente a la isla y las dudas.
La isla es el arquetipo de la distancia.
Las dudas multiplican desdichas.
A pesar del verano la soledad quema como el sol.

Es verano pero de qué sirve.
Es un verano común, de piel arena y viento escaso.
El sol y el aliento saben a sudor macerado en la premura de un plazo que se agota.
La molicie nos atrapa
en aquella ensenada de cumbias recurrentes,
de campesinos y pescadores afables,
donde todos (menos nosotros) olvidan el tiempo
y en la plazuela se vive de sonrisas y gratitudes.

A mediodía los aromas a pescado asaltan el pueblo.
Un sudado con arroz blanco o quizás un ceviche fresco y helado.
Somos felices (al menos) como comensales.
Y después, otra vez a la playa,
a dejarse envolver por la arenisca salina,
los bostezos del mar
y las contingencias de la carne.

De regreso por aquel largo camino de fuego y cemento,
nuestra canción regresa.
Vamos desde la Obertura de las Hébridas a la Marcha Turca,
pero recalamos en un bolero con aire de balada,
que se filtra por entre la maleza
y los vericuetos de la memoria,
emerge desde los confines del calendario
y arde como un dedo en la llaga.
Se acerca el día. La despedida comienza a doler.

Transitamos taciturnos las últimas esquinas,
el tramo interminable.
Vamos repitiendo las estrofas de aquel bolero nono
parido sobre un cuaderno de Manzanero,
que nos acompaña hasta la misma puerta del hotel.
Y se va dejándonos a expensas del futuro
que siempre está a dos segundos,
como una sombra que camina con nosotros.
Lista para encogernos,
para abrazarnos,
y para cortarnos.

El futuro que se esconde bajo las mesas y asientos.
El futuro que nos acecha en el teléfono (como el bolero).
Tristón y lacerante, vago, caprichoso.

Miramos el mar desde la ventana.
Hemos llegado hasta ella sin aliento y sin hambre.
Como buscando un paraguas para una mortal tormenta.

No nos detiene un beso,
no nos convence la cama.
Nuestra desnudez es del alma.
Y recrudece conforme pasan los días.
Es como atosigarse del humo del adiós
en las pipas de agua de los bares de Estambul.
Porque el calendario va colocando los cimientos
de la futura distancia.
Una distancia que se levantará sobre los terrenos
del egoísmo, pues no somos capaces de renunciar.

Y sin renuncia no hay posibilidad.
Sin renuncia los sueños se quedan en las almohadas.

Hablamos de muchas cosas.
Al compás del viento nuestras historias van y vienen.
Como mariposas de la verdad.
Eligen dónde se posan de acuerdo al viento.
Tienes la tuya, tengo la mía.
Hablamos de amores y mentiras.
Ingresamos a la Cava de Fingal.
Miles de sonidos, miles de silencios, miles de dudas y colores,
como pilares de basalto, bullendo en los estómagos.
Luego vamos hasta los campos del Orhan otomano
para tratar con un brillante Tercer Movimiento,
donde el piano marcial y decidido va dejando reproches,
los breves agudos resuenan tímidos
y la larga coda va al encuentro de la muerte.

Finalmente se apaga con el bullicio del mercado.
Hemos llegado.
El bolero de Manzanero viene de cualquier parte,
el vendedor de paltas sabe las letras,
la dama de las frutas taconea su ritmo.
Todos se dejan matar por su nostalgia.
En medio de la vorágine del mediodía.
Todo en extraña armonía
con nuestros resquemores.

La gente gira en torno a sí misma.
El egoísmo es intrínseco en esta apartada caleta,
en la Escocia del extremo,
o en las riberas del Bósforo.
Nos miran de reojo.
Nos pregunta el diablo.

Yo respondo que no hay elección.
Tú recurres al silencio.

Derechos reservados Copyright © 2015 de Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [amor platónico]  [poema amor platónico]  [poemas de amor]  [poesía perú]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Mon, 08 Jun 2015 21:18:00 +0000


Yo no conozco tu cuerpo.
Es decir, poco:
el lunar que pinta redondo tu hombro,
además de lo evidente.
Yo no conozco tu cuerpo más allá de tu sonrisa,
con tus dientes aparcados sobre tu labio tierno,
rojo y exacto.

Clandestinamente te miro y vuelvo a mirarte.
No me culpes por eso.
Clandestinamente soporto tus provocaciones
y soterradas declaraciones de amor.

Estamos prohibidos.
Lo sabes y lo sé.
No hay manera de cambiar eso.

Estamos confabulados.
Para no dejar rastros,
para no provocar sospechas.
Para gustarnos subrepticiamente,
para convidarnos en silencio.

Estamos condenados.
A vernos una vez cada año,
como hoy.
Con sendas copas de vino, como hoy.
Lejos del bullicio y la sospecha.

¿No es hermoso?

Sé que me sueñas,
sé que te tengo.
Que, sin embargo,
no imaginas tu vida conmigo.
Y no espero lo contrario.

Sé que exprimes los segundos
para decirme sutilezas.
Para dejar señuelos.
Para resumir en una línea
lo acumulado en días, semanas y meses.

Te miro.
Me muerdo las ganas de tus labios pintados,
de tu lengua caliente.
Me hipnotizan tus ojos malvados,
me recorre tu dedo elegante.

Te miro
glamorosa y solemne,
mientras ansiosa te atascas
entre preguntas y coartadas.

Te miro:
eres una fruta brillante y roja.
Inocente y perniciosa a la vez.

Te miro. Delgada y grácil.
Desafiante, anhelante, orgullosa.

Te miro cuando dudas y te ruborizas,
cuando tu lengua tropieza,
tus ojos se rinden,
te frotas las manos,
rebuscas las palabras,
y cuentas las sílabas.

Presiento lo que viene.
Una frase única y definitiva.
La frase que marque tu territorio
hasta el próximo exangüe abril.

Yo, con toda mi experiencia, pierdo piso.
Pero, con toda mi experiencia, también resisto.

Sé, intuyo, sospecho, lo que dirás.
Ya tienes las palabras.
Bebes un cárdeno sorbo de valor
y me dices, directa y entregada,
tu amor incomprensible,
estrujado hasta el limite del decoro.

Se hace un silencio precioso.

Sabes, intuyes, sospechas que yo entiendo.

Brindamos con otro tinto deleite.

Y nos miramos,
con las copas en las manos,
con las miradas esquivas,
las sonrisas torpes,
los corazones a mil.

¡Qué difícil es saber que esto nunca será!
¡Pero qué único y valioso es que exista!

Nunca como hoy para entender la pureza del amor.
Un amor sin edad, sin causa,
sin plazos, sin urgencia,
sin futuro, sin besos.
Un amor sin fidelidad, sin compromiso,
sin pertenencia,
sin promesas ni planes,
sin sexo, sin hijos, sin cama ni mesa,
sin nombre,
sin flores ni regalos,
sin fechas ni celebraciones,
sin amigos, sin citas.
Sin celos, sin discusiones.
Sin rupturas ni reconciliaciones.


Un amor único y carente.
Un amor que no entiende ni necesita.
Un amor pacífico.
Un amor empírico.
Un amor subjetivo.
Un amor tangencial;
incoherente, plácido.

Me miras por última vez, antes de irte.
Dejas la copa en mi mano.
Ya olvidaste tu pregunta sobre poesía italiana.
Ya olvidaste a Quasimodo y Pavese.
Ya olvidaste tu amor entregado.

Te rehaces.

Una medalla ilumina tu pecho,
Dos zarcillos acarician tu rostro.
Me envuelve tu mágica sonrisa
me asombra tu desfachatez.

Te marcharás.

Me regalas un último tibio roce de tus dedos.
Ofreces excusas y musitas 'debo irme'.
Yo te cedo el paso.
No debo mirarte
y no te miro.

Tengo tu copa en mi mano.
con la huella de tu labial rojo.
Allí beso tu boca.


DERECHOS RESERVADOS Copyright © 2015 de  Rogger Alzamora Quijano
Etiquetas: [apología]  [poemas de amor]  [poesia]  [poesía perú]  [rogger alzamora quijano]  
Fecha Publicación: Fri, 22 May 2015 05:28:00 +0000



Dirán que soy un tipo extraño
Porque no me importa tu edad.
Porque me gusta verte joven y escucharte madura.
Porque me gusta tu historia de continuos desafíos.
Porque me gusta que pienses libremente,
que sueñes sin control,
que camines sin descanso.

Y porque
Celebro discrepar contigo, más que convenir.
Celebro tus manías al despertar.
Celebro ser distinto sin estar distante.
Celebro tu risa, como tú mis dislates.

No puedo negar
Que adoro tus minifaldas.
Que odio tu maquillaje de mujer fatal.
Que prefiero tus cabellos largos.
Que me divierte tu máscara de pepinos.
Que detesto los tonos fucsia sobre tu piel rosada.
Que me ahogan tus celos y tus complejos.

Quiero que sepan
Que valoro tus criticas de mi obra.
Que, como tú, desprecio mi monotonía.
Que lamento no bailar la marinera.
Que me ruboriza tu tacto imprudente.
Que me consumen tus mismos reproches.

Ciertamente soy un tipo extraño.
Prefiero que tus ojos marrones se vean diáfanos,
en lugar de tus lentes de sol de mil dólares.
Prefiero tus dedos laboriosos a las sortijas Swarovski,
tus pestañas escasas al rímel excesivo,
tus pies pequeños a los zancos de cocodrilo.

Prefiero un cigarro conmigo a que bebas vino.
Prefiero la escueta fidelidad a la entrega forzada.

Prefiero que duermas sobre mi pecho,
que a mis espaldas.


Derechos Reservados ©Copyright 2015 de Rogger Alzamora Quijano