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Etiquetas: [Ocio]  [Personal]  
Fecha Publicación: 2012-10-28T23:59:00.000-05:00
Hace mucho que no escribo en esta pared imaginaria. Tantas cosas van pasando. Estoy dejando que el tintero se llene. Volveré, seguro volveré. Por ahora los dejo con un video que subieron a YouTube de mi matrimonio (de paso nos conocemos; o al menos me conocen a mí):






Etiquetas: [poemas]  
Fecha Publicación: 2012-06-04T09:33:00.004-05:00



Dicen
que tú ya no eres la misma,

Que
ahora te dedicas a dar todo por nada,


Dicen
que tú ya no coses sonrisas


Y desde aquí
parece que tuvieras un hueco en el alma.
Etiquetas: [Ocio]  [cuentos]  
Fecha Publicación: 2012-05-30T20:31:00.000-05:00





Yo sé que algunas cosas nunca pueden dejar de
pertenecerle a las mujeres que alguna vez he amado; por ejemplo su perfume o sus
canciones. Y es que cómo poder permitirle a Valeria que huela igual que Lorena,
cuando sólo Lorena tenía (o podía tener) ese olor a vainilla. Cómo dejar de
pensar en Claudia, aunque ya no la amo, cuando entrando al local de un banco,
una mujer pasa llevando su perfume. Les juro que es como sentirme arrancado hacia
atrás por una mano, que en una ráfaga de segundo me lleva hacia el pasado,
hasta el primer día en que su pequeño olor se clavó por siempre en mi nariz. Es
como si esa fragancia le haya dejado de pertenecer a Ralph Lauren o a Yves
Saint Laurent para identificar por siempre sólo a ella. Debo aceptar que ahora,
cuando siento que hace mucho que no veo a Claudia, pienso si seguirá oliendo
igual, y me gusta sentarme en un sillón, cerrar los ojos e imaginarme a los dos
de nuevo bailando, con nuestras cabezas unidas como dos siameses felices de
estar así, respirando el bendito componente con el crearon ese perfume, seguramente,
en algún lugar de París. No puedo negar que el recuerdo de ese olor es como una
burbuja en mi cabeza, un espacio de aire encapsulado que todavía conserva un poco
de lo que sentía por Claudia, al menos el recuerdo del sentimiento (que tiende
a saber mejor que el sentimiento mismo).




Algo parecido me sucede con las canciones. Y tú
sabes, ¡son cinco minutos de melodía que embalsaman mujeres! ¡Es increíble!
Cada canción captura un momento, una persona. No importa si terminamos mal, o
si ella está con otro chico, o quién sabe. Cada vez que suena una línea de una
canción que era de Lorena o de Claudia, vuelvo –al menos por un instante– a
sentir todo de nuevo, pero ahora somos el espacio vacío y yo, mirándonos como
antes lo hacíamos los dos.




Hoy que les cuento todo esto, me pregunto si yo
también soy un olor para ellas, si ellas también se acuerdan de mí por alguna
canción. Seguramente que sí, seguramente…
Etiquetas: [Microrrelatos]  
Fecha Publicación: 2012-05-17T09:00:00.000-05:00





Ella cierra la puerta al salir y te deja solo
en la habitación con esa noticia que parece un elefante en enfrente de tu cama.
Tú sigues sentado allí, sobre las sábanas tendidas que huelen a lavanda y con
las manos apoyadas sobre el suave colchón. Te pones de pie y escuchas que
todavía personas discuten detrás de la puerta. Te acercas a la mesa de noche y
ves tu propio reflejo en el espejo. En él, luces gris y desencajado, los
parpados inflamados y la boca semi-abierta, como un tragaluz de tu corazón. El
cajón del lado derecho de la mesa de noche aparece en la sala a medida que tú
lo abres. Adentro espera quieto el revólver que alguna vez fue de tu padre, y a
su lado una caja con doce balas. Cargas el arma y cierras el taburete de acero.
Los vellos de tu mano caliente que sostiene el frío revólver se encrespan
mientras unes la pistola contra tu sien. Luego de unos segundos los papeles se
invierten; el elefante en medio de la habitación cae tendido sobre el suelo.
Etiquetas: [poemas]  
Fecha Publicación: 2012-05-02T15:00:00.000-05:00








¿Quién
soy? ¿El constructor o lo construido?


¿Los
dos, o un poco de ambos?


No sé.
En serio no lo sé.





¿Y qué
ven los demás de mí?


¿Al
artista o a la pintura?


¿Al
creador o a lo creado?


Sartre
me dirá seguro que soy lo que hago,




Que-soy-lo-que-hago.









Entonces,
seré para todos la pintura que pinte,



El
edificio que construya,



El
avioncito de papel que mis manos arrojen al viento.



Nadie
conocerá la mano que lo empuje,



Los
brazos que lo labren,



Los ojos
que lo miren alejarse,  



Todo yo
me quedaré quieto, viéndome a mí mismo alejarme.




Etiquetas: [cuentos]  [Microrrelatos]  
Fecha Publicación: 2012-04-19T10:42:00.000-05:00





Debo confesar que siempre me ha
encantado que mi papá me lleve a la heladería D’Onofrio; esa que queda en
frente del parque Kennedy, en Miraflores. Realmente lo disfruto por dos motivos:
el primero es que me encantan los helados y el segundo, es que muy pocas veces
veo a mi papá durante la semana porque llega muy tarde, más o menos cuando mi
mamá ya está diciendo “chicos, a dormir”. Y no sé por qué pero, a pesar que veo
más a mi mamá, siento que tengo una conexión especial con mi papá, quizás será
porque nos gusta hacer muchas cosas juntos y porque él parece disfrutar de lo que
yo también disfruto. Pero el otro día ocurrió una cosa muy rara, y ya han
pasado casi siete días desde entonces y hasta ahora mi papá no me ha llevado de
nuevo a la heladería y…bueno, mejor les cuento todo.





El sábado por la tarde, como ocurre
casi todos las semanas, mi papá me preguntó si quería ir con él a la heladería.
Yo acepté y me paré de la cama de un salto. Mientras corría a la puerta de la
casa mi mamá me perseguía para ponerme la casaca. “Hijito, no te vas a
enfermar, ponte tu casaca” –me decía justo cuando mis brazos entraban en cada
manga. “Ya mami, chau” –le dije al abrir la puerta de la casa y luego la puerta
del carro. Me senté en el asiento del copiloto y esperé a mi papá. Luego de
cinco minutos ya estábamos los dos sentados en la heladería y mi papá levantaba
el dedo índice para ordenar. Siempre me daba risa verlo hacer eso porque se
parecía a mí cuando tengo que levantar la mano en clase para ir al baño. A
veces me daba ganas de decirle a mi papá, “Sí papito, puedes ir al baño, pero
no te olvides de tu pase”.





Cuando yo me tomaba un Banana Split
y mi papá una simple Copa D’Onofrio, una señora entró por la puerta con los
ojos llorosos y se dirigió hasta mi mesa. Se sentó enfrente de nosotros y nos
miró sin decir nada. Yo volteé la cabeza para ver a mi padre y él justo giró
para verme a mí. Parecía muy asustado y, si bien abrió la boca, no dijo nada.
Luego los dos volvimos las cabezas para ver a la señora que, muy acongojada,
parecía ver más a mi papá que a mí. Luego se sentó al costado de él y le empezó
a hablar al oído. Mi papi parecía incómodo, y quizás estaba bien que se
sintiera así porque todos en el lugar nos miraban. Entonces, la tomó del brazo
con una mano y se puso de pie. La jaló hasta la puerta del local y empezó a
hablarle en voz muy baja pero con los ojos enfurecidos, como cuando me reprende
a mí; claro que conmigo sí habla muy fuerte.




Pasaron cinco minutos desde que mi
papá salió a conversar con la señora que se sentó en nuestra mesa y, si bien yo
ya había terminado mi Banana Split, la copa de mi papá se había derretido por
completo. “Hijito, ¿tu papá va a volver?” –me preguntó el señor que nos
atendía. “Creo que sí, sólo está afuera conversando”. Mientras terminaba de
hablar, mi papá entró de nuevo a la heladería, aunque parecía no estar muy
bien. Me miraba como cuando mi perrito Fox murió.




–Papi, ¿está todo bien? –le
pregunté.




–Sí hijito. Todo bien.




–¿Y esa señora?




–Una amiga de la infancia. Estaba
muy triste porque se acababa de enterar de una noticia muy fea y necesitaba
hablar con alguien. No te preocupes hijito. Más bien, vamos a la casa.




–Ya papi.




Salimos de la heladería y el señor
que nos atendía agradeció la propina que mi papá dejó sobre la mesa. Cuando
llegamos a la casa mi mamá no nos salió a recibir como normalmente lo hacía y
antes de bajar del carro mi papá me volvió a ver como cuando mi perro murió. No
me dijo nada, y nada malo había pasado, pero no sé por qué yo tenía muchas
ganas de llorar. Salí del carro y corrí a buscar a mi mamá. Detrás dejaba a mi
padre y al sonido del motor del auto que aún no se apagaba. Cuando entré a la
sala no había nadie y nadie tampoco en la cocina. Subí al cuarto de mis papás pero
tampoco estaba ella ahí. Sin embargo, escuché que alguien hacía unos sonidos
desde el baño y me acerqué a la puerta.




–¿Mamá?




–¿Hijito? –dijo mi mamá como con
dificultad.




–¿Estás bien?




–Sí hijito. Muy bien. ¿Puedes llamar
a tu papá, por favor?




–Sí mamá. ¡Papi! –grité. ¡Te llama
mi mamá! –.




Es difícil describir lo que pasó
después, porque tampoco lo entiendo muy bien yo. Mi papá se acercó hasta la
puerta del baño como si fuera a saltar de un barco, y me pidió que me fuera
justo cuando tomaba con una mano la perilla dorada. Yo le hice caso y salí a
buscar mi pelota de fútbol. Estuve un rato pateando el balón contra la pared,
imaginándome jugar en la “U” de delantero y anotando ese gol al último minuto
contra Alianza. Pero luego sentí que ya había pasado mucho rato y entré a la
casa de nuevo. Justo en ese momento salía mi papá de la casa con una mochila
encima de la espalda. Al verme, me dijo que me quería mucho y se mordió los
labios; parecía que quería llorar cuando me daba un beso en la frente y me abrazaba
como sólo lo hace en mi cumpleaños o en Navidad.




Lo vi salir con el carro por el
garaje y no sé por qué no se me ocurrió preguntarle a dónde iba. De nuevo me
dieron ganas de llorar y subí a buscar a mi mamá. La quería abrazar para
sentirme mejor, pero cuando entré a su cuarto ella seguía en el baño y se
seguía escuchando un murmullo extraño. No sé por qué tampoco le pedí que
saliera del baño, no le dije que la necesitaba. Sólo me fui a mi cuarto y me
eché boca abajo sobre la almohada y empecé a llorar, les juro que sin saber de
qué. Desde ese día no he vuelto a ir a la heladería, mi mamá pasa mucho rato en
el baño y no he vuelto a ver a mi papá.
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Fecha Publicación: 2012-04-02T11:48:00.000-05:00



 


Tocaron a la puerta cuando Mauricio y yo
mirábamos la televisión sentados en la sala del departamento. Mauricio primero miró
extrañado la puerta de madera que acababa de sonar y luego me vio a mí como
diciendo ''¿quién será a esta hora?''. Se paró del sofá y se acercó
hacia la puerta. Tomó la perilla para abrirla pero pareció arrepentirse de lo
que estaba a punto de hacer. Yo también me puse de pie y me acerqué junto con
él al recibidor de la casa. Él revolvió las cosas desordenadas que se habían
dejado sobre la mesa de vidrio. Se detuvo cuando por fin encontró su pistola escondida
debajo de unos periódicos viejos. La rastrilló y la escondió con una de sus
manos detrás de su cintura. Volvió hasta la puerta y la abrió lentamente. Yo me
acerqué cuando la puerta se abría y encontré en el pasillo a un hombre alto y
de poco pelo con un saco negro y largo. Olía mucho a tabaco y todo él estaba
lleno de pelos de perro. Mauricio lo miró y le preguntó ''¿qué haces
acá?''.





–Vengo a que me pagues.





–No tengo nada ahorita –le respondió y empuñó
con más fuerzas el arma que llevaba detrás suyo.





–No bromees con eso Magucho. Ya esperé bastante
por ese dinero y quiero que me lo pagues hoy día. Sabes que a mí no me gustan
las tonterías.





–Pero no puedes venir aquí a las dos de la
mañana y esperar que tenga el dinero, Pepe. Déjame hasta mañana al menos –le
dijo Mauricio ante mi atenta mirada desde la mesa que se sentaba frente a la
puerta donde conversaban.





-¿Mañana no? –le preguntó el señor de saco
oscuro y cara redonda.





-Sí, por favor. Mañana.





El hombre sonrió mirando a Mauricio a los ojos,
y le dijo ''hasta mañana entonces''. Mauricio parecía que volvía a
respirar aliviado cuando se volteó hacia mí. Yo me quise acercar a él pero
justo mientras cruzaba el recibidor ambos escuchamos como la voz del mismo señor
de bigotes oscuros le decía a alguien ''encárguense, que el pendejo no
quiere pagar y mañana sale de viaje''. Los ojos de Mauricio se
encendieron como faros de un auto y no alcanzó a empuñar nuevamente su revólver
cuando tres hombres armados entraron por la puerta del departamento.





Los hombres no hicieron ningún sonido y sólo
volvieron a enfundar sus pistolas cuando Mauricio estaba en el suelo, con la
cabeza hacia abajo y con un lago de sangre que iba creciendo. Se retiraron por
la misma puerta por la que entraron y justo antes de cerrarla uno de ellos me
miró y sonrío. Con su dedo índice me hizo un gesto de que guardara silencio,
guiñó uno de sus ojos y luego su rostro se perdió por la madera que nos dejó a
Mauricio y a mí solos en el departamento. Yo me acerqué a Mauricio y di vueltas
alrededor de su cuerpo tendido. Lo quise voltear o tomar el pulso para ver si
todavía vivía pero no se podía. Me quedé allí, echado a su lado, intentando
limpiar con mi lengua el desastre que habían hecho los hombres del señor de saco
negro.
Etiquetas: [cuentos]  [Microrrelatos]  
Fecha Publicación: 2012-03-23T11:41:00.002-05:00








El frío de la espesa neblina que asomaba en la
alborada serrana le entraba por la piel y por los huesos hasta llegarle al mismísimo
tuétano; ella titiritaba de frío sin poder frotarse los brazos para darse un
poco de calor. El perfume del césped que alfombraba todo el paisaje y el ladrido
de unos perros que parecían asomarse la cobijaba a medida que ella abría y
cerraba los ojos, una y otra vez, como quedándose dormida.





–Creo que el chofer se está quedando dormido
comadre. –le dijo Venancio a Carlota.


–Ay compadre, no bromee con eso.


–No estoy bromeando comadre. –le dijo mientras
veía al chofer haciéndole reverencias al parabrisas con la cabeza.


–Compadre, vaya a despertarlo por favor. Dele
esta cancha para que se levante. –Carlota abrió su bolsa de lana turquesa que
llevaba encima de las piernas y sacó unos cuantos maíces marrones que puso en
la palma abierta de la mano de Venancio. Este cerró la mano y se paró de su
asiento para ir hasta donde el chofer.





Carlota pudo ver como Venancio se acercó al
chofer del bus y con una mano le tocó el hombro para llamar su atención. El
chofer reaccionó un poco exaltado y giró para ver quién lo interrumpía, luego
puso atención al camino y le increpó fuertemente ''¿qué sucede?".
Desde donde Carlota se sentaba no podía escuchar muy bien lo que Venancio
respondía, pero se veía gentil y hacendoso mientras movía los brazos y le
enseñaba la cancha que llevaba en las manos. El conductor pareció sonreír por
la invitación que le hiciera llegar Carlota a través de Venancio y tomó los
maíces tostados con la mano derecha. Luego, le indicó con la cabeza que
volviera a su asiento y Venancio tuvo que aceptar tal sugerencia. Se fue
tocándole el hombro al conductor mientras pensaba ''Virgencita mía, por
favor no permitas que este sonso se duerma''.





Venancio caminó nuevamente hasta su asiento y
vio a Carlota que con la mirada le pedía con urgencia que le contara cómo se
encontraba el chofer. Ella le invitó un poco más de cancha que llevaba en el
bolso y, mientras Venancio mascaba el maíz que le había tocado quemado, le
explicó que si bien tenía los ojos un poco rojos y parecía cansado, creía que
no habrían problemas porque faltaba poco por llegar a Huamachuco y su
conversación seguro lo mantendría despierto en lo que quedaba de camino.





–Además comadre, ya está amaneciendo y con el
sol, usted sabe, es más difícil que se duerma.





Carlota se frotó el pecho con una mano y quiso
pensar que su compadre tenía razón. Cambió la mirada hacia donde estaba el
chofer conduciendo el bus y pudo ver como él se distraía mirando la palma de su
mano donde tenía todavía la cancha. Como la realidad cuando interrumpe un sueño,
distinguió a través del parabrisas las luces traseras de otro ómnibus, luego
escuchó un estruendoso sonido y el grito de Venancio confundido entre otros
gritos de personas; ''¡comadre!''.





Boca abajo y sobre el césped que decoraba la
aurora de la Sierra, Carlota podía ver su bolso destrozado y la cancha regada
por todos lados. El frío parecía arderle y era incapaz de moverse. Sus pupilas
en cambio sí corrían de arriba abajo, en ese universo finito de ojos que tenía,
buscando a su compadre Venancio. Pero no lo encontraba y sus ojos se iban
cerrando y abriendo, una y otra vez, hasta que en una de esas oscilaciones,
caprichosamente, se detuvo.
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Fecha Publicación: 2012-03-12T10:38:00.000-05:00





Él estaba seguro que ese trabajo algún día lo
mataría. Pero la blanca señora no le llegaría por algún tipo de estrés
emocional o problema congénito en el corazón sino por la antigüedad de la
casona en la que trabajaba. Creo que este temor merece una explicación. Él laboraba
en una vieja casona color mostaza en el distrito de Barranco. La casa ocupaba
la mitad de una manzana y tenía los techos y las puertas altas. El delirante
frío en invierno por los amplios espacios de los cuartos, el intenso calor en
verano por la madera del lugar y el olor a mar que traía el viento desde el
oeste, hacían de su trabajo algo que sabía siempre a limón chupado. Inclusive,
vivía atormentado por el zumbido de las abejas que habían instalado precariamente
su panal en una de las esquinas de la oficina, muy cerca de la ventana que daba
a su escritorio. Pero su intuición de morir por culpa de esa casa no se
sustentaba en ninguno de los problemas que antes les he contado, sino en todo
eso que se escondía detrás de las paredes, de los techos, del suelo; eso que
alguna vez había escuchado llamarse asbesto. Y es que su padre le había explicado
en algún momento que el asbesto daba cáncer. Quizás sus demás amigos podían
seguir trabajando sin pensar en eso, pero él no podía dejar de pensar que
mientras se sentaba en una silla frente a una computadora, mientras escribía las
líneas de un informe que llevaba ya más de cuatro hojas y escuchaba que afuera
alguien hacía sonar la alarma de su carro, el aire canceroso del viejo lugar entraba
por los orificios de su nariz y nadaban por su torrente sanguíneo como quizás
nadaría un pez en el mar muerto.
Etiquetas: [Microrrelatos]  
Fecha Publicación: 2012-02-27T10:04:00.000-05:00





Cuando me desperté, todo estaba oscuro. Sobre
el rostro, tenía una especie de venda que casi no me permitía abrir los ojos.
Inútilmente intenté ponerme de pie, apoyando mi nariz sobre el suelo
que olía a polvo y a madera quemada. Sin embargo, casi de inmediato comprendí
que estaba en un lugar no mucho más grande que mi cuerpo, pues mis brazos, mis
piernas y mis hombros se veían interrumpidos por paredes que sonaban a hojalata.
En ese útero de acero que sólo podía recrear en mi cabeza, estaba convencido
que no entraba el aire hace mucho, y es que todo se sentía tan denso, tan húmedo,
tan “mierda, que calor”. Súbitamente, pude escuchar un murmullo detrás de las
paredes. Dos voces intercambiaban palabras; parecían muy molestos, todo muy
signos de exclamación. Entonces, el chillido de una puerta metálica abriéndose
me sorprendió y tardé en darme cuenta que una ráfaga de aire fresco entraba muy
cerca de mi cara. Quise gritar, pero aún no comprendo porqué de mi boca no
salió nada. Lo último que recuerdo fue algo muy caliente acercándose, el sonido
de pequeñas chispas naciendo de la madera en llamas, el olor a humo y a
plástico quemado, el sonido de la puerta que se cerraba nuevamente.
Etiquetas: [Dibujos]  [Personal]  
Fecha Publicación: 2012-02-14T12:48:00.001-05:00

Etiquetas: [artículos]  
Fecha Publicación: 2012-02-13T10:47:00.000-05:00





Este mundo tiene que estar de cabeza; en serio,
de cabeza. No puede ser que porque conoces a una persona, porque suceden años
juntos y porque las cosas terminan en cervezas de más y en recatos de menos, un
día, un simple “tú eres mi pata del alma, weon”, justifica que mañana más tarde
uno se vuelva el cómplice de la mierda. Y es que el tiempo pasa, y ese amigo “del
alma” empieza a ser distinto a ti; “porque así es la vida” te dice otro amigo
más maduro que tú. Entonces, este amigo tuyo -el primero, no el segundo-, un
día tiene una novia; una novia a quien más tarde le es infiel. “Huevón, la
cagué” te dirá al comienzo tu amigo. Un poco porque en el fondo sabe que la
cagó y otro poco porque no te imagina a ti haciéndole eso a tu novia, entonces
quiere un poco de tu empatía, un poco de tu complicidad.




Los días pasan y te olvidas de tu amigo y
también te olvidas de su historia. Pero luego te encuentras con su novia en un
centro comercial. Ella se acerca a ti y te sonríe antes de darte un beso en la
mejilla y empezar a hablar. Es evidente que aún no sabe nada. Te cuenta que
está muy feliz y feliz también con tu amigo. Detrás suyo espera toda su familia,
quienes parecen tan buenos y tan unidos. “Le harán mucho bien cuando todo se
descubra” piensas. Cuando ella regresa con su familia y tú te volteas para
alejarte –a pesar que no querías ir a ningún lado– te dices que es una tonta si
no se ha dado cuenta. Pero es obvio que ella no será capaz de darse cuenta, por
lo que jamás lo sabrá, salvo que tu amigo se lo diga. Pero él no se lo dirá,
estás casi seguro que no se lo dirá.




De nuevo pasan los días y tú te aburres en clases
de algún curso. Tu profesora quizás te irá contando cómo funciona el costo de
oportunidad, pero tú sólo podrás pensar en ella, que es tan buena y tan
compasiva, tan “no te preocupes mi amor, yo lo hago”. Te dará pena su
ingenuidad y su burbuja. Ella no sabrá que ese castillito que construía en la
arena está totalmente destruido del otro lado. Ella sólo podrá ver su lado, y se
verá tan bien su lado, pero tu amigo habrá derrumbado toda su mitad, y eso,
eventualmente, destruirá por completo el castillo construido con arena.




“Se lo voy a decir” decides finalmente; sin
embargo, luego te enfrentas a ese dogma de creer que él es tu amigo y no le puedes
hacer eso. A pesar que ella es tan buena y no se merece nada de lo sucedido, tú
no puedes hacerle eso a tu amigo. A pesar que en ese problema bilateral el malo
es tu amigo, te repito, tú no puedes hacerle eso a él. Porque en la vida adulta
ya no hay buenos o malos, sólo hay conocidos o desconocidos. Entonces, para
calmar a tu consciencia que arde junto con tus principios derrotados, decides
hablar con él.




Conversas, le explicas lo que crees, le dices
que debe decirle la verdad a su novia. Él te miente y te dice que la quiere mucho,
y te miente de nuevo y te dice que jamás lo volverá a hacer. Tú no le crees
pero le dices que le crees. Asientes con la cabeza y te alejas de él, con la
esperanza de que eventualmente ellos terminen. Sabes que ella sufrirá si su
relación termina pero todo será mejor para ella, o al menos más real que lo que
allí tiene.




Pasan los días, pasan los meses, él sigue con
ella, tú sigues siendo su amigo. Ella cree que se irán a casar, y él no tiene
problemas con algún día hacerlo. Tú por tu parte, crees que todo es una mierda,
que como se dijo al comienzo este mundo está de cabeza, porque una buena mujer destruye
su futuro mientras tú sigues allí, en un sillón, escribiendo algo que se titula
“El mundo al revés”, siendo un buen amigo, pero una mala persona.
Etiquetas: [poemas]  
Fecha Publicación: 2012-01-30T09:53:00.000-05:00




Mientras sostengo tu espalda que se dibuja como
arco sobre la cama,


Mientras mis ojos se entierran en tu cuerpo que
atardece las sábanas,


Mientras tus manos se encadenan en mi pecho y
nos volvemos patria entera,


Yo te siento.



Mientras mi boca bebe lo que de tu cuerpo
brota,


Mientras nuestros destinos deciden fundirse en
la cama,


Mientras el frío de la noche, que acostumbra
dormir contigo,


Nos espera afuera,

Yo te siento.



Pero cuando mis oídos comen de tu voz y respiro
bajo el cielo de tu lámpara,



Cuando todo esto que sentimos llega a
convertirnos en volcanes que se alcanzan…
Nos llega una pausa.




Nuestras sombras dejan de confundirse en la
pared que nos observa,


Y recién mis ojos se cierran, y recién los
tuyos se abren.


Entonces me pregunto si te amo,

Y yo lo siento,

Pero lo siento por ti.
Etiquetas: [Microrrelatos]  
Fecha Publicación: 2012-01-25T20:06:00.001-05:00






Su mamá le había dicho alguna vez, "no tengas
miedo a los fantasmas hijo. Hay que tener más miedo a los vivos que a los
muertos".  Él asintió con
la cabeza sin decirle palabra alguna, con la incredulidad de quien no es capaz de comprender que en
el futuro se encontraría también con fantasmas de mujeres que viven, sólo que
no a su lado.
Etiquetas: [poemas]  
Fecha Publicación: 2012-01-09T09:27:00.000-05:00
Del 1 al 10 soy un 6.

Y mira, si me conoces bien seguramente te sabré
a un 7.


No tendrás dudas de presentarme a tus padres,

E inclusive a tus amigas,

Y cuando me veas conversando con ellos te
preguntarás


Si acaso no soy un 8,

"Sí,
sí… un 8" 
dirás.



Cuando necesites que te abrace por detrás,

Que vigile la antesala de tus sueños,

Pensarás que soy un 10,

Y me darás besos en las yemas de mis dedos

Que se cruzarán con los tuyos para fingir de
almohada.


Yo dormiré tranquilo, amándote sin el miedo de
estar equivocado o de no ser correspondido,


Y estaré seguro de ser un 9,

"al
menos un 9"
 diré.





Pero el rotundo 3 nos caerá de golpe,

Y se sentirá como si nos hubieran quitado la
luz.


Tú querrás que te diga lo que siento pero de mi boca no saldrá
nada,


O al menos nada que suene a lo que querrás
escuchar.



Yo me daré cuenta de mi lugar por debajo del 5

E intentaré regresar al 7,

O al menos conformarme con el 6 que sentenciaran
tus amigas,


Pero entre nosotros se habrán destruidos los
conductos y los puentes, y aunque no nos demos cuenta, ambos seremos dos números
distintos que nunca más se cruzarán.
Etiquetas: [Música]  [música La Cuarta Salida]  [Ocio]  [Personal]  
Fecha Publicación: 2012-01-05T10:19:00.000-05:00
Además de ejercer la profesión de abogado, además de escribir en este blog, y además de muchas otras cosas que me gusta hacer, me entretengo cantando y escribiendo mis propias canciones. Alguna vez lo he demostrado en este blog cuando por ejemplo publiqué el post de la canción Ella, que tocaba hasta el 2005 con un grupo llamado "La Cuarta Salida". Les cuento esto porque quiero compartir con ustedes (que se dan un minuto para leer mi blog) el link de una página en Soundcloud donde he subido muchas de las canciones que tocaba con La Cuarta Salida, así como canciones que he escrito y grabado en la intimidad de mi casa.



¡Hagan click aquí para escuchar las canciones! (y bajárselas si desean).



Espero les guste y que puedan dejar sus comentarios.



Un abrazo,



Renzo