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Gorilas en la niebla
Es curiosa la celebración de la violencia y la adulación de la estupidez. Se celebra, por ejemplo, el predominio de la fuerza sobre la razón en el caso de los sesenta años de Israel y se adula la estupidez norteamericana aupada en la dirección general del planeta.
Muy pocos hablan del holocausto palestino, del terrorismo de Irgun, de las palabras que Mahatma Ghandi dedicó a condenar el despojo que sufrieron los árabes que, mayoritariamente, poblaban la Palestina bajo dominio turco hasta la primera guerra mundial. Y menos son todavía los que se atreven a recordar la veintena de resoluciones de la ONU que Israel ha lanzado al tacho de la basura o de la cincuentena de armas atómicas que podría arrojar sobre sus enemigos en el momento que obtuviese la siempre ávida aprobación de los Estados Unidos.
Y así como la fiereza de Israel es celebrada por el sionismo internacional y sus fanáticos a sueldo, del mismo modo la Europa que inventó la razón moderna y el humanismo como sustituto de la religión se pliega al mundo monocromático que Estados Unidos nos ha propuesto como escenario y encierro.
Quién hubiera dicho, en mayo de 1968, que cuarenta años más tarde un palurdo evasor fiscal como Berlusconi gobernaría por cuarta vez la Italia que inventó el Renacimiento y creó la mirada con la que seguimos mirando los objetos del arte y lo que queda de bello de las ciudades. Quién hubiese imaginado por esos mismos años que un señor llamado Nicolás Sarkozy se sentaría, con toda su vulgaridad a cuestas, en el mismo sillón que alguna vez ocuparan Blum o De Gaulle, y miraría pasar el cadáver del socialismo francés mitad Lionel Jospin y mitad Ségoléne Royal.
Y quién hubiese dicho, en la época en que Haya de la Torre leía el periódico del Labour Party inglés, que el laborismo británico terminaría en la sonrisa smithsoniana de Tony Blair y en la sencilla nada intelectual de su chofer, el señor Gordon Brown. O que aquel partido que Pablo Iglesias construyó para la contestación vararía en alguna playa de Mallorca con la cara de Felipe González y el programa de Carlos Solchaga.
Pero así ha sido. Europa se ha ido difuminando como entidad cultural e intérprete del mundo. Y su norteamericanización –si es que tal término resulta aceptable– no sólo ha masacrado sus inteligencias, empobrecido su prensa, diezmado sus universidades, sino que la ha convertido, en muchos sentidos, en comparsa política de la locura imperial de los Estados Unidos.
Estados Unidos quiere hacerle creer a los incautos que su apelación a la fuerza proviene del 11 de septiembre. Lo que parece más cierto es que el 11 de septiembre fue la horrorosa respuesta al horror cincuentenario que Estados Unidos había esparcido en el mundo que creyó suyo –sobre todo ese Medio Oriente que es la madre de todos los errores de la política exterior de Washington–.
Lo que ha sucedido con la democracia norteamericana, además, es que ha dejado de ser bipartidista –lo que ya era una manera raquítica de entender la democracia–. Basta escuchar a los tres candidatos vigentes para comprender que hoy Estados Unidos es un ejército en pie de guerra, una clase política que cree que el patriotismo consiste en sacrificar la democracia y unas corporaciones pletóricas de rufianes que tienen el encargo de reconstruir –con grandes sobreprecios– lo que la soldadesca imperial destruye preferiblemente desde el aire.
Desde los tiempos de Arbenz y Trujillo, de Mogadesh y Somoza, el mundo no padecía tan simiesca exhibición de fuerza. Y con China empeñada en ser la potencia del siglo XXI, Rusia lamiendo sus heridas y Europa barrida por un Katrina de derechas que ha hecho del mariscal Petain casi un profeta, Estados Unidos impone su agenda de guerras, amenazas y devastación ambiental en nombre de la economía globalizada (para ellos) y reprimarizada (para nosotros).
Estoy seguro de que en algunas partes del mundo hay equipos de científicos fascinados con este momento de la humanidad. Les debe parecer extraordinario que esta especie humana que prometía tanto se haya rendido, por fin, ante el gran adversario: la parte primitiva del mamífero cerebro que nunca dejó de poseer, la parte primordial del cerebro que esperó su oportunidad (que toleró a regañadientes el pensamiento abstracto, la filosofía, el arte) y que, con el rostro de Bush, hoy nos encara su éxito y se golpea el pecho.
Hace poco, Noam Chomsky recordó de pasada al gran biólogo alemán Ernst Mayr, muerto en el 2005 a los cien años de edad. Pues bien, Mayr, considerado el Darwin del siglo XX y el evolucionista más grande de las últimas décadas, tenía una reflexión a la mano cada vez que le preguntaban si creía en la posibilidad de vida extraterrestre.
Decía que no creía en esa posibilidad porque la vida se originó en la Tierra hace unos 3,800 millones de años, la estirpe simiesca de donde vino el hombre nació unos seis o siete millones de años y la inteligencia humana tiene apenas menos de trescientos mil años. Por lo tanto, añadía, las posibilidades estadísticas de que tal curso de procesos se repitiera en otros lugares del universo eran remotas. Pero Mayr agregaba a este discurso que proponía la soledad cósmica, un escalofrío que tiene que ver mucho con el mundo que hemos creado y padecemos: la inteligencia superior –reflexionaba– bien puede ser un error supremo de la evolución. Y lo que le hacía decir eso era lo que el hombre era capaz de hacer, en materia ambiental, con el planeta que lo había acogido y adoptado. La imagen de un simio alfa con un detonador atómico en una de sus garras puede ser la más pertinente para entender a Mayr y al mundo actual.
San Marcos pierde terreno
Como todo está en venta y todo “se pone en valor”, entonces va el rector de San Marcos –un anónimo labrado a lo largo de muchos años de impecable mediocridad– y le vende 28,000 metros cuadrados de universidad al jefe de la banda del SAT, que son esos que te asaltan con su robótica armada en Matusita, y un día, claro, los estudiantes se encuentran con agrimensores que pesan jardines y hombres con teodolitos que calculan los próximos cementos y volquetes que cargan arena y la evacúan en deposiciones de chirrido y tolva.
Entonces los estudiantes arman la bronca y el jefe de la banda del SAT, que también es el alcalde de Lima en sus ratos libres, ya no contesta el teléfono, igual que el rector que hizo el raro negocio, y en eso es que llega la policía (que embarra el general Salazar y despilfarra Luis Alva Castro, que es nuestro Javier Bardem haciendo de ministro del Interior de Macondo).
Y se arma la gorda, se vuelve a la edad de piedra, y hay policías contusos, estudiantes apaleados y dirigentes estudiantiles cazados en plena actividad y en pleno claustro, que en estos días apristas se respeta tanto como Martin Rivas respetaba el claustro de La Cantuta.
¿Pero por qué marrana idea un rector sanmarquino vende 28,000 metros cuadrados de un bien que no le pertenece? ¿Por qué el jefe de la banda del SAT, y alcalde cuando no está aceitando a sus “Arturitos” que ponen papeletas, incita ese comercio?
Muy sencillo: porque todo está en venta y hay que estar a la moda. Fenicia ha regresado y su flota ha anclado en el Callao. Y si entras a un bazar de esos que propone el Apra berlusconiada, lo primero que te ofrecen es una encuesta de la Universidad de Lima, con loreada de Benavente como yapa.
Se vende la selva con pájaros y lluvia, se vende el periodista hablando en oro, el puerto de Paita con su luna famosa, el muelle norte a plazos, y al contado los Wong que se vendían, a precio de remate el recurso de amparo, se vende la neblina de Huancabamba, a los chinos les vendemos las décadas que vienen, a los norteamericanos les vendemos nuestra partida de defunción como país-nación, al Vaticano la Caverna le vende la franquicia del miedo, la reventa se vende, se vende PPK que ya no debería andar de señora ofrecida (por las várices), los aires de los edificios se venden a Nextel, se vende la carretera que está por hacerse, se vende lo que Romero quiera, lo que los Wiese falsearon en Azángaro lo compró Toledo (que compraba sus diablos azules en Palacio), los denuestos se compran en la tele, Althaus vende somníferos hablados (un día podría morir de una sobredosis de sí mismo), los chilenos se han comprado seis Tarapacás, ocho Aricas y cuatro Antofagastas con su Evo incluido, el orgullo está con un letrero de alquiler-venta, el fujimorismo vende cadáveres que Raffo ha mejorado a imagen y semejanza, se vende padres viejos por la herencia, las sinagogas ya fueron compradas, Jauja ha vuelto pero para revenderse, la Segunda Guerra del Pacífico ya se vendió antes de perderse, el cielo es un milhojas que Rodríguez Larraín ya se tragó, “El Comercio” se ha comprado a sí mismo, el Apra vende el menaje de Haya, los comunistas se han privatizado, Tula Rodríguez se ha tercerizado, las oscuras golondrinas han visto vendidos sus balcones, García vendió a pagar en dos partes su memoria, Garrido Lecca se vende en 3D y hasta el mismo acto de vender ya es una venta (que lo diga Salmón con su “Peru Now”, que es como gritar que ahora o nunca salimos de la mercadería).
Eso es “poner en valor”, que es como los huachafos llaman al sencillo acto de vender. Y yo digo, humildemente, que “hay que poner en valor” a la Caverna y rematarla en las páginas de “Relax” de ese diario que es tan servicial que hasta sirve a las putas cuando ellas pagan (lo que es una prostitución a la inversa, como las subastas de Alva Castro). Porque si el Perú es un viejo almacén, como en el tango, y el perro del hortelano ya no es un obstáculo, ¿qué esperamos para limpiar el trastero? Pongamos “en valor” el Congreso y se lo colocamos a precio de ganga a alguna laguna de oxidación privatizada. Pongamos “en valor” el miedo, la hipocresía, la codicia, la insolidaridad, el racismo y otra vez el miedo y de nuevo el racismo y les juro que nos convertimos en potencia mundial.
Tolerancia Cero (a la izquierda)
Ómnibus donde viaja la Parca sonriente, segura de su cosecha funeraria, de negro y sonriendo al costado del copiloto que empieza a pestañear, delante de los pasajeros aturdidos por el estremecimiento de las pistas y la bellaquería de las curvas diseñadas por ingenieros que juraron (estoy casi seguro) nunca desafiarlas –que para eso está la cholería audaz y omniabusada–.
Todos dormitan en ese vagón del tren de las desgracias, empezando por el copiloto, que ya tiene jornada y media en la cabeza. Da tumbos el ómnibus-camión y, de pronto, a eso de las dos de la madrugada, el primer pestañeo del chofer (o su última temeridad, no importa), la peor angostura del camino que se enrosca entre precipicios medianos y pequeños, y en plena noche, entonces, el abismo: ciento veinte metros del último rodaje, alaridos inútiles, Plan Tolerancia 32 (muertos), señora Verónica Zavala: muchas gracias, firmado la Parca sonriente.
Esta vez la empresa se llama San Juan de Yauyos y tiene seis unidades. La mitad de su flota sería de buses montados sobre chasises de camión. Y muchos de sus asientos carecerían de cinturón de seguridad. Pero esta vez, a pesar de esos datos, la empresa no parece la mayor responsable.
La carretera Cañete-Yauyos pertenece a estándares medianamente internacionales hasta llegar a Lunahuaná. Lo demás es riesgo puro. Y esto que está “concesionada”, es decir privatizada. Pero como dijo el alcalde de Yauyos, Diómedes Inga, la zona donde ocurrió la tragedia –Cerro Loro, kilómetro 130– es particularmente peligrosa porque la empresa que explota el camino –la que te cobra siete soles con cincuenta céntimos en el peaje de Lunahuaná– ha angostado el orillado mientras realiza, a paso de tortuga, unas obras de supuesto mejoramiento. Esto quiere decir que una carretera ya de por sí estrecha y potencialmente homicida por tratarse de una vía de ida y vuelta, tiene ahora tramos donde es imposible el paso simultáneo de dos vehículos que vayan en sentido contrario.
Una persona que hace poco padeció la aventura de pasar por allí escribió el siguiente comentario en la página virtual de RPP: “Los piedrones que han caído en el ripiado lo han hecho más angosto. Igualmente las constructoras del proyecto El Platanal no piensan sino en ellas mismas. A veces se encuentran de frente el ómnibus de San Juan con una 4x4 del Platanal y el ómnibus no puede retroceder porque está el precipicio. Es horrible. Las personas están con el corazón en la mano. Yo estuve el 29 de abril para ir a Canchán y de allí subir a la iglesia de la Ascensión del Señor de Cachuy y todo es muy peligroso. El Ministerio de Transportes tiene que intervenir”.
En noviembre del 2006 entró en vigencia el Plan Tolerancia Cero. Lo cierto es que en los últimos años los accidentes carreteros han subido un 67%, los muertos un 15% y los heridos un 36%. No es el costo de vida: es el costo de muerte que el Perú paga porque el Ministerio de Transportes no pone ni siquiera el número de inspectores necesario en las garitas más importantes de la red vial, tal como lo comprobó la Defensoría del Pueblo en febrero pasado.
No sólo eso: las revisiones de las garitas son una farsa, se permite toda clase de infracciones y los funcionarios del MTC no tienen ni alcoholímetros a la mano. La Tolerancia es Cero pero a la izquierda.
Morir en el Perú también tiene connotaciones de clase. El transporte masivo se descuida tanto como la educación pública o como la asistencia estatal en salud. El asfalto se ancha hasta medidas europeas en la costa playera, se abrevia mientras más se aleja de Lima, desaparece en muchos caminos que conducen a la pobreza rural. Para esos peruanos que no participan de la fiesta del espárrago, del sarao de la alcachofa o del legítimo festival del turismo, el ripio está bien, la polvareda les corresponde, el abismo como que puede estar en su camino.
En la jungla del capitalismo salvaje, la muerte tiene muy claros sus nichos de mercado.
Posdata: ambientalista y urgente.– La empresa argentina Pluspetrol no está contenta con calumniar a los comuneros de Andoas, montar reportajes para Canal N y Canal 4 pintando a quienes se oponen a sus miasmas como subversivos. No, eso no le basta. Ahora ha contaminado con seis mil litros de gasóleo las proximidades de la bahía de Paracas, residencia de una fauna que especialistas del mundo vienen a ver con asombro. Dando instrucciones equívocas al barco norteamericano Cape Knox, los responsables de Pluspetrol hicieron que la nave carguera golpeara con una roca en el puerto de Pisco y dejara escapar por la vía abierta parte del combustible que contenían sus bodegas. La marea negra, de unos 600 metros cuadrados, se estaba desplazando, impulsada por las corrientes, hacia el centro de la reserva de Paracas, a unos 38 kilómetros del lugar del incidente portuario.
¿Para impunidades como ésta es que el gobierno del doctor García quiere un Ministerio del Medio Ambiente controlado por los grandes intereses extractivos? ¿Es que los perros del hortelano también son ambientalistas y el doctor García desea envenenarlos? ¿Con un bocado de crudo?
Emergencista Valle Riestra
Así me gusta. Que la gente se vaya calateando y diga lo que piense, no como Luis Alva Castro, que nunca dice nada porque fue lobotomizado severamente por los discursos sin rumbo de Haya de la Torre.
Me encanta que Javier Valle Riestra haya abierto por fin su corazón de óxido y pamplinas y se haya ido a visitar a quien siempre fue su criminal favorito, su artero de altar y de hornacina, su canalla de entrecasa: Alberto Fujimori Fujimori.
Valle Riestra había vivido estos últimos años en el infierno de la ambigüedad. Hoy ha recuperado su vampiresca juventud de Peter Cushing haciendo de La Momia. Y todo porque acaba de vomitar su ensayo delivery y su jurispericia a la medida más trascendentales: “No hay ningún elemento que implique su procesamiento y menos su condena”, ha dicho Valle Riestra en relación a su nuevo cliente, o sea don Alberto Fujimori, el hombre al que sirvió en Palacio, entre junio y agosto de 1998, como primer ministro.
Es decir, que para tan distinguido hombre del derecho los muertos no cuentan, las tumbas se pasan de largo, Los Cabitos era un parque con ciervos, Martin Rivas obedecía a su madre, Kerosene sólo quemaba etapas y Montesinos le vendía rifas a los Crousillat. Ah, y me olvidaba: y los generales de chaveta y tajo que perdieron la guerra del Cenepa y ganaron las coimas de los Mig eran poco menos que Grau y Bolognesi.
“Un hombre como Fujimori, que está en la cárcel y ha sido presidente de la República, merece el respeto de todos”, ha insistido el doctor Valle Riestra.
Alguien debió preguntarle:
–“¿De todos los cabrones, jurisconsulto”?
Pero nadie se lo preguntó. Con lo que este abogado de amplitud modulada se fue tranquilo a estudiar el expediente de la defensa de Fujimori. Sí, acertó amable lector: Valle Riestra será asesor formal del chusco Nakasaki en el asunto de salvar al compinche de Montesinos y director ágrafo del diario “La Razón”.
Con cerebro tan entrenado para defender lo indefendible –para empezar, él mismo–, Valle Riestra puede ser un aporte decisivo en la tarea de demostrar ante los jueces y el respetable público lo siguiente:
a) Fujimori era un dictador que diseñó hasta la más pequeña pieza de la guerra en contra de la subversión… pero no sabía nada del grupo “Colina”, a cuyos miembros, sin embargo, alabó, ascendió y, cuando vino el caso, amnistió dos veces.
b) Fujimori era un tipo que controlaba todo –así se presentaba bajando de los helicópteros, visitando “El Comercio”, hablando en la TV de Lúcar–…pero no sabía nada de lo que robaban sus jefes militares, entre ellos “General Victorioso”, a quien mantuvo en la jefatura del Comando Conjunto de modo ilegal durante siete años.
c) Fujimori despachaba tres veces por semana con Vladimiro Montesinos, quien fue su confidente, borrador de deudas tributarias, sicario judicial en el caso de Susana Higuchi, proveedor de dinero negro para sus hijitos que estudiaban en Boston… pero no sabía nada de lo entusiastamente ratero que era Montesinos, a quien mantuvo diez ¬años a su lado.
d) Fujimori urdió su reelección ilegal, la ganó con votos regurgitados por la Onpe de Porky Pig, anunció que se haría de una mayoría parlamentaria “de todas maneras” (ver entrevista en “El Comercio” a los pocos días de su re-reelección)…pero jamás supo que su operador Montesinos compró a los Kouri y etcéteras al peso en el mercado de la carne fácil, ¡justamente para obtener la mayoría parlamentaria que Fujimori había prometido!
e) Fujimori lo sabía todo, pero no sabía nada; lo decidía todo, pero no decidía nada; lo estipulaba todo, pero todo lo desconocía. Es decir, era y no era, no era y era, mandaba y no mandaba, era el comandante supremo y no era el comandante supremo, planeó minuciosamente el rescate de los rehenes (“proceda”, dijo por teléfono cuando Montesinos le avisó que “los cerditos estaban listos”) pero se enteró de los asesinatos en el SIE “sólo por la prensa” y del remate de los rendidos en la embajada “sólo por la radio”.
Bueno, como eso de ser y no ser en versión fujimorista es más o menos un Hamlet interpretado por Melcochita, como eso excede las sinapsis de Nakasaki, entonces viene el Perry Mason de la gran cutra a salvar la situación y a impedir que Raffo se siga orinando del mismo miedo que pone histérico a su jefe cuando no puede parar de reírse.
–¿Qué es la teoría del dominio del hecho sino una ficción imaginada por quienes no conciben que alguien pueda salir absuelto de un proceso de esta complejidad? –se preguntará Valle Riestra en plan de emergencista.
Y hablará como Demóstenes, que empezó como orador judicial precisamente, se agitará como Castelar, a quien admira tanto, perorará como Cicerón, será epicúreo, cínico, platónico, se invitará una falsa cicuta, se morirá por diez segundos, recordará a Chocano, se investirá de José Antonio Primo de Rivera, será Haya y Barreto al mismo tiempo, se remontará a lo ático y citará a cien tratadistas hispánicos –de esos que blindaron a Franco– para demostrar que Fujimori es inocente y si no es inocente, señores magistrados, que no ha habido pruebas que nos aparten de la duda, que nadie puede ser condenado desde la presunción o el horror moral, honorables jueces, que la cadena del mando militar marchaba paralela a la del poder civil que ejercía el señor Fujimori, siendo posible, por tanto, que mi defendido no estuviese al tanto de lo que decidían quienes libraban la guerra en los campos de batalla, señor presidente de la sala. (Grandes aplausos de Crousillat en la cárcel. Lágrimas de Raffo. El fantasma de Goering bate palmas: “con este abogado, Nuremberg habría sido otra cosa”, sisea. El telón baja lentamente).
Dos tragicomedias
Luis Giampietri, que es a Miguel Grau lo que Fujimori a la honradez y lo que García a la veracidad y lo que la Caverna a Dios todopoderoso, ha dicho que la Corte Interamericana de Derechos Humanos preocupa a los peruanos por la naturaleza de sus sentencias. Y ha añadido que sería bueno, entonces, crear “una tercera instancia” que revise esas sentencias a la luz de los intereses de los Estados.
Como se sabe, al señor Giampietri le fascinan las declaraciones explosivas y le preocupan los derechos humanos de los marinos que ejecutan prisioneros rendidos a pedido del presidente de la República. Además, el señor Giampietri es un fujimorista hidrófobo y un socio moral de Alex Kouri, lo que lo emparenta con Rififí, Landrú, El Coleccionista (de huesos), Alain Charnier (o sea Fernando Rey en aquel “Contacto en Francia” que no tiene que ver con Alan García) y la mismísima y tierna Baby Jane.
En resumen, a Giampietri le preocupa la Corte. No sólo la que le zumba a García, que cada día tiene el mentón más imperial, ni la de los milagros, que es el Apra congresal y angurrienta, sino la de San José, que quiere castigar a los carniceros –cosa terrible–, sancionar a los discípulos de Jack el Destripador –qué injusticia– y sentar precedentes en relación a los “héroes” del Frontón, Cayara y Los Cabitos –tres escenarios donde nuestras fuerzas armadas vencieron a divisiones desarmadas y hasta a niños a los que se adivinaba aviesas intenciones bajo el chullo, qué barbaridad–.
Y como el señor Giampietri ha dicho lo que ha dicho, ayer ha salido en su auxilio el muy distinguido congresista Wálter Menchola a darle la razón. Transcribo unas palabras del cable de la agencia oficial Andina:
“Lima, may. 05 (ANDINA).- El primer vicepresidente de la República, Luis Giampietri, tiene razón al proponer “una tercera instancia” en el sistema interamericano que revise los fallos polémicos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) porque estas sentencias preocupan a los peruanos, dijo hoy el congresista Wálter Menchola”.
A nosotros no nos sorprende que al señor Giampietri lo respalde de modo tan incondicional el señor Menchola. Es como si nos sorprendiera que al señor Fujimori lo ampare el señor Alan García. O que al presidente del Banmat lo enaltezca el Ratón Pérez. Lo que sí nos llama la atención es que el señor Menchola haya hecho estas declaraciones mientras preside la comisión que investigará, en el Congreso, las llamadas Casas de Alba. Porque si el señor Menchola ya se alineó con el señor Giampietri y el señor Giampietri ya ha dicho que las Casas de Alba son antros chavistas y cabeceras de playa del intervencionismo comunista con sede en Caracas, entonces –nos preguntamos– ¿qué va a investigar el ex novio de la muy rural señorita Kú? Lo mejor que puede hacer es entregar su informe mañana mismo, antes de que Chávez venga a convencernos de aquello que Giampietri y Menchola jamás le creerán.
Porque así se manejan también los asuntos externos del Perú: con Giampietri dinamitando esta vez la política oficial sobre la Corte Interamericana de los Derechos Humanos y el ex novio de la señorita Kú haciéndole dúo.
Pero esa no ha sido, a pesar del esfuerzo de ambos protagonistas, la noticia más tragicómica de las últimas horas. La más tragicómica fue el pedido de la congresista ecuatoriana María Soledad Vela para que se incorpore a la Constitución de su país un nuevo derecho femenino: “el de la felicidad sexual”.
Serios problemas debe tener en su dormitorio tan honorable damita para pensar que algo tan elusivo como fugaz, tan solitariamente heroico como meticuloso, pueda convertirse en un derecho permanente. No, doña María Soledad Vela (¿y cómo se atreve a decir lo que ha dicho con ese apellido?): la plenitud sexual no es como el monte de Venus –que siempre está allí, por lo menos hasta los 55 años– sino como el de Sísifo, que se conquista para perderse y se reconquista para volver a subirlo y se vuelve a perder en la rodada, todo un tango. Es imposible, mi correista señora, promulgar una ley del orgasmo que calme las hambres y aquiete los ánimos. En vez de soñar con una ley imposible como la estatización del meneo, sométase usted, darling, a la siempre asequible ley de la gravedad y sáltele al marido desde la terraza. Porque es cierto que la Constitución de los Estados Unidos habla del “derecho a la felicidad”, pero todos los que la han estudiado coincidirán en que Thomas Jefferson no se refirió al toma y daca de los bajos vientres –a pesar de que fue especialista en la materia ya que tuvo seis hijos con su mujer y siete con una esclava negra llamada Sally Hemings– sino, más bien, como dice Fukuyama, al acceso libérrimo a la propiedad.
Al Perú y al Ecuador nos hermanan ahora, también, el humor y el ridículo. Siempre supimos que éramos un solo pueblo.
Una España, varias Bolivias
Para la Caverna, está muy bien que Bolivia se desmembre. Está muy mal que Puno, que es tan gemelo de Bolivia, hable de federalismo.
Está muy mal, para la Caverna, que Evo Morales (“indio maldito” según algunas paredes cruceñas pintadas por el odio camba), esgrima el veredicto de los jueces y del ente electoral para inhabilitar el referéndum separatista. Pero está muy bien, para la Caverna, que el referéndum de los fonavistas no se cumpla en el Perú, a pesar del fallo del Tribunal Constitucional. Porque una cosa es la ley y otra cosa es la ley –según convenga–.
La Caverna peruana –filial de la casa matriz de Fernando VII– quiere a Evo Morales linchado como aquel alcalde de Ilave.
La Caverna boliviana, aceitada con el dinero de la CIA, atizada por el ustachi Branko Mirankovic –ustachi: colaborador de los nazis durante la ocupación alemana en la II guerra mundial–, el gorila Rubén Costas, el prefecto que llamó al referéndum, y los medios de comunicación alineados con la balcanización del país –entre ellos la cadena de TV que responde a los intereses cada vez más consevadores del grupo Prisa español–.
“Morales desconoce victoria de los autonomistas”, titula la agencia norteamericana Associated Press. ¿Cómo que desconoce? ¿No era que la consulta era declaradamente ilegal porque rompe con la Constitución unitarista –la vigente y la nueva, esta última que no ha podido ser aprobada por el sabotaje de las fuerzas conservadoras–?
“The Miami Herald” prefería el siguiente titular: “En Bolivia van las urnas contra Morales”. Ir contra Morales no es lo importante. Lo importante es ir en contra de Chávez y lo que, a pesar de sus chirriantes defectos, representa (la resistencia más ruidosa en contra del plan norteamericano de militarizar de nuevo, si se hace necesario, la subregión andina).
“Ha nacido una nueva Bolivia”, decía, entusiasmado, el prefecto Costas. “Nosotros también queremos otro país, no este país de mendigos”, decía a la agencia Reuters un poblador de Plan 3000, una barriada inmensa surgida de la migración interna en Santa Cruz.
“Hemos parado la cubanización de Bolivia”, dijo Branko Marinkovic, dueño de extensas plantaciones aceiteras. Y a continuación se refirió a la ayuda venezolana que recibe Morales para algunos de sus proyectos de asistencia social. Si Chávez supiera cuánto daño le ha hecho a Morales haciendo ostentación de esa ayuda de veras dirigida a aliviar la pobreza, de seguro que sería más discreto.
Las Fuerzas Armadas bolivianas habían advertido en un comunicado que el referéndum “afecta la seguridad y la defensa nacional del Estado”. Y la OEA, ante el disgusto de Washington, había hecho un llamado “a la unidad en democracia de los bolivianos”.
Pero ayer los cruceños estaban de fiesta. Habían obtenido el 85 por ciento de los votos y, si la consulta fuera de cumplimiento obligatorio, mañana Santa Cruz tendría parlamento propio, banco central ajeno a los designios de La Paz, ejército autonómico, cobro de tributos y presupuesto prescindentes del poder central. Los cruceños no quieren diferenciarse. Quieren una Croacia altiplánica, a la que se unirían, casi de inmediato, el Montenegro del Beni, la Macedonia de Pando y el Kósovo de Tarija.
La lección de ese descuartizamiento sería magistral y mensajera, brutal y pedagógica: que se cuide Chávez y su rica Zulia, Lula y su Rio Grande do Sul (con su 90 por ciento de población blanca y su creciente importancia económica), Correa y su Guayas siempre díscolo y orgullosamente costeño. En fin, que se cuiden todos porque las desigualdades extremas crean fuerzas centrífugas y sentimientos de no pertenencia. Que lo diga Putin, que cada vez que reta a los Estados Unidos por haber hecho de la OTAN una pistola Colt puesta en la sien de los rusos, asiste a la escalada de la tensión en la frontera con Georgia (este fin de semana Georgia acusó a Rusia y a Abjasia de haber derribado un avión de reconocimiento de su flota de naves espías).
Claro, para las Cavernas globales las fronteras hirvientes y los separatismos que finiquitan países son algo muy bueno si las víctimas son Yugoslavia o Bolivia. Pero cuando Inglaterra ahogaba en sangre a Irlanda, eso estaba de maravillas. Y ahora, cuando España asfixia y encarcela ya no a ETA –organización terrorista– sino a agrupaciones políticas independentistas que actúan a la luz del día y en los ayuntamientos, eso también es un ejemplo de democracia que se defiende. Porque España es una, pero Bolivias pueden ser varias.
¿Y qué ha dicho nuestro canciller? ¿Cuál es nuestra política frente a la crisis boliviana?
Pues es la mejor que puede salir del cerebro de Joselo García Belaunde: ¡ninguna!
Javier Heraud desenterrado
Javier Heraud había nacido seis años antes que yo, así que cuando se murió de treinta balazos disparados por la Guardia Civil yo tenía quince años, estaba en el colegio militar Leoncio Prado y apenas me enteré del asunto.
Dos años después, sin embargo, liberado de la ceguera que imponía el colegio, leí a Heraud, quise a Heraud y juré que jamás lo olvidaría.
Más tarde, en “Caretas”, cuando entrevisté a su familia para una nota, percibí que a ellos –sus padres, su hermana– lo que había hecho Heraud les parecía romántico y suicida pero no heroico.
Heraud era mellizo generacional de César Calvo, con quien compartió el premio “El poeta joven del Perú”. Pero mientras a César lo habían secuestrado las palabras y las mujeres –en ese orden–, a Javier lo raptaron las ideas.
Había estudiado en el “Markham”, donde siempre fue uno de los primeros, y había ingresado a la Católica con el primer puesto en Letras. Era buenmozo sin remordimientos, talentoso hasta la precocidad, tierno y buenazo hasta la pared de enfrente.
Con “El viaje” había ganado un premio –en esa época los premios no se daban al toma que te doy– y con “El río”, en 1960, había sorprendido a la crítica. Su poesía tenía mucho de agua limpia que discurre y alimenta y a mí lo primero que me impactó fue la limpia de retórica que Heraud había hecho con sus textos. Heraud no quería escribir para impresionar y por eso impresionaba, no aspiraba a ser citado y por eso llamó tanto la atención y no quiso hacer poesía social al uso en los cincuenta y por eso sus poemas tenían la serenidad geográfica de un mundo que él no parecía crear sino descubrir al mismo tiempo que sus lectores. Y por todo eso era casi imposible aceptar que el autor de “El río” tenía apenas 18 años. Sólo la poesía francesa había producido precipitaciones tan magníficas.
Todo en Javier fue vértigo impaciente. Fue profesor de inglés y lenguaje a los 17 años, apenas salido del colegio, y teacher en el Guadalupe a los 18. Y habiendo ingresado a la Católica se matricula también en San Marcos, donde empezaría sin ganas una carrera que sólo podía hacerlo infeliz: la abogacía.
La revolución cubana tronaba en sus oídos, los movimientos anticoloniales cantaban himnos y ganaban guerras, a Jacobo Arbenz lo había depuesto la CIA hacía seis años, Juan Bosch estaba a punto de gobernar República Domicana –la CIA lo sacaría del poder siete meses después y luego Lyndon Johnson enviaría 50,000 hombres para respaldar al mequetrefe de Balaguer–, a Jesús Galíndez no le encontraban el cadáver, a Patricio Lumumba ya lo habían empezado a matar entre belgas y norteamericanos, y por todas partes los jóvenes peleaban para que el mundo fuese más de Gramsci que de Mussolini, más de los justos que de los esbirros.
Así que Heraud se fue a la Unión Soviética, invitado; a París, por gracia de unos amigos próximos al socialprogresismo peruano –al que Heraud se había adscrito–; y a Cuba, invitado por el régimen que en ese momento parecía encarnar todas las virtudes y carecer de todos los defectos.
De regreso, Javier no pudo ser el mismo. ¿Le mortificaba la conciencia haber sido un niño de clase media al que nada le faltó? ¿Lo envenenaba esa culpa gratuita que persiguió a Vallejo, cuya tumba parisina había visitado? ¿Lo convencieron los argumentos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, una escisión temprana del Apra decidida a imponer por la fuerza un modelo de sociedad más próximo a los valores de la civilización? ¿Fue engatusado –como dicen los mezquinos y los parásitos de las becas– por astutos camaradas que lo llevaron al suicidio?
Lo que se sabe es que el 15 de mayo de 1963 Javier Heraud está huyendo de un destacamento policial que ha dado con su paradero de guerrillero perdido en medio de la selva. Heraud y Alain Elías, que sobreviviría milagrosamente, van corriente abajo por el río Madre de Dios cuando los policías los avistan. Los primeros testigos –los que valen– dijeron que, viéndose perdidos, uno de ellos mostró y agitó algo blanco en señal de rendición. Pero ya en 1963 era difícil rendirse en el Perú. Los policías dispararon sus FAL calibre 7.62. Al cadáver de Heraud le contaron, para el protocolo de la morgue, 29 impactos. “El río” se había ensangrentado para siempre. El poeta caudaloso y el guerrillero estupefacto desaparecieron. Y la consigna de la Caverna peruana –o sea la derecha analfa que lee sus periódicos y sigue siendo analfa– ha sido silenciar a Heraud, prohibir su entrada a los parnasos a los que él jamás hubiese querido entrar.
Ayer, en una silenciosa ceremonia de tono familiar, lo que quedaba de Heraud fue trasladado del cementerio “Los Pioneros”, en Puerto Maldonado, a los Jardines de la Paz, en Lima. Allí están sitos sus huesos, junto a los de su padre y 45 años después de la tragedia.
Si Javier hubiese tenido las prerrogativas de Cristo y hubiese resucitado ayer, en plena ceremonia, podría haber repetido las palabras de otro gran poeta odiado por la Caverna española –o sea la casa matriz de los de aquí–: Gabriel Celaya:
“Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente,
es hablar por los otros, es cargar con el peso
mortal de lo no dicho, contar años por siglos,
ser cualquiera o ser nadie, ser la voz ambulante
que recorre los limbos procurando poblarlos”.
García y los derrumbes asesinos
El ingeniero Ernesto Ciriani Pérez-Alcázar llamó hace más de tres meses a una radio donde el alcalde Manuel Masías se estaba luciendo derramando promesas litradas y a granel.
Ciriani le planteó un problema específico de comercio ilegal que ya obraba en poder del municipio y tenía número de expediente y todo. Alguien había incumplido una norma en la calle José Gálvez, cuadra 5, Miraflores.
–No se preocupe: hoy mismo, esta tarde misma, lo recibiré y veré su reclamo, que me parece justo –dijo Masías sin que se le moviera una pestaña.
–Muchas gracias, señor alcalde. Allí estaré –dijo Ciriani, quien estaba grabando la conversación.
La locutora no cabía en su pellejo. Masías resolvía las cosas en tiempo real, los oyentes parecían quedar estupefactos ante tanta atención, Miraflores progresaba desde una cabina radial.
Ciriani fue esa tarde pero nadie lo atendió.
Regresó al día siguiente pero nadie lo atendió.
Fue a la siguiente semana pero nadie lo atendió.
Pasaron tres meses y nadie lo atendió.
Hasta hoy nadie lo atiende.
Ese es el retrato robot de Manuel Masías: un irresponsable demagogo, un mentiroso al menudeo, un señor al que debiera levantarse el secreto bancario en vista de tantas remodelaciones inútiles, tantas veredas vueltas a hacer para ganar 60 centímetros de ancho, tanto cemento que redunda y huele mal.
Ahora dice Masías que “investigará hasta las últimas consecuencias”.
Las últimas consecuencias deberían llegar hasta su puerta. Porque Masías –si el Perú fuera un país y no un cobertizo– tendría que ir a parar a la cárcel junto a los mandamases de “Inversiones Jaqueline” (promotores) y “JIJ Ingenieros SAC” (dizque constructores). Este triángulo bermudiano tiene responsabilidad penal en el asunto porque desde el 11 de febrero de este año el señor Alejandro Pinglo Meza Cuadra –cuya vivienda, contigua a la construcción salvaje, ya tenía daños estructurales– había hecho una advertencia pública sobre lo que podía ocurrir.
“Apenas empezaron a excavar, mis paredes se rajaron. Era evidente que lo estaban haciendo mal y allí mismo las autoridades debieron parar la obra”, declaró Pinglo Meza Cuadra al diario “La República”.
¿Qué pasó entonces? ¿Por qué no mandaron a parar?
Masías admite ahora “que los técnicos del municipio inspeccionaron la obra y no encontraron nada irregular”.
¿Y cuánto costó que no encontraran? ¿Cuánto hubo en juego para que no se dieran cuenta de lo que era clamorosamente evidente?
¿O es que los técnicos del municipio de Miraflores sólo son imbéciles?
Pero tanto si son chulos de la construcción como si son ordinariamente imbéciles, las huellas llegan hasta la responsabilidad de Manuel Masías.
Masías ofrece ahora hoteles para los damnificados, asesoría legal para los familiares de las víctimas, cara de circunstancias para las cámaras, voz adolorida para los micrófonos, seriedad de enterrador para las fotos. Y se atreve a decir que la culpa la puede tener “la desburocratización, el destrabamiento de las licencias, el premio a la rapidez y el descuido, quizás, de la seguridad”. Es cierto que una ley construida por el Apra (y Graña Montero) permite lo inimaginable en materia de edificaciones. Pero también es cierto que quien tiene vigilar –aun corrigiendo de facto a la ley– que la celeridad administrativa no permita que rufianes de la construcción maten obreros, es el alcalde.
Ya el presidente del Colegio de Ingenieros del Perú ha dicho que, luego de ver el grosor de la calzatura, es posible afirmar “que en esa obra los ingenieros especialistas brillaron por su ausencia”.
Y el viceministro de Trabajo, Jorge Villasante, ha sido preciso: “Esta tragedia pudo evitarse”.
Y el jefe de Defensa Civil se ha sumado: “Aquí (en Reducto, Miraflores) se han cometido las mismas faltas que en Gamarra (donde murieron hace poco ocho obreros sepultados por otro derrumbe)”.
El día de la tragedia, muy temprano, hubo un leve deslizamiento de piedras. Los obreros que estaban en la zanja de 20 metros de profundidad –donde iban a ir los cimientos de un edificio de cinco pisos con dos sótanos de estacionamiento– se miraron unos a otros. ¿Sería un presagio, un aviso? Lo cierto es que en ese momento los trabajadores presentes en la excavación eran once. Siete de ellos salieron antes del derrumbe de aquel muro criminalmente levantado. De modo que –para usar el lenguaje de la Cámara Peruana de la Construcción– podemos sentir algún alivio: los muertos pudieron ser una oncena.
Pero si el expediente policial conduce a la casa de Manuel Masías, el político le toca el timbre a Alan García. En efecto, este gobierno que tan bien se vende ha promulgado, con la anuencia del Congreso en su fase de tapizón de tránsito intenso, la ley que permite, en efecto, el crimen organizado en la construcción civil.
Me refiero a la ley 29090, aquella que –a la caza del perro del hortelano– salió de la presión de las constructoras (y de su chequera), aquella que García firmó con alegría cementera, aquella que permite construcciones sin licencia, sin perfil técnico, sin supervisiones de ninguna clase. Y las permite para urbanizaciones “de no más de cinco hectáreas”, “edificios que no superen los tres mil metros cuadrados y tengan hasta cinco pisos”, “viviendas de hasta 120 metros cuadrados” y “ampliaciones que no superen los 200 metros cuadrados”.
O sea que García, los constructores y Garrido Lecca, con su bandera de huesos cruzados flameando en el mástil, han decretado la informalidad homicida en la industria de la construcción. Pero de eso nadie habla. A esos temas se les echa tierra. Como a los obreros.
¿Dónde están los matanceros de Gamarra? ¿A cuántos años los condenaron?
¿Dónde estarán los de JIJ Constructores?
Quizás tomándose un preocupado cafecito con algún inspector municipal.
No sé qué se celebra hoy
Hoy es el día del trabajador, esa incomodidad que los empresarios todavía necesitan pero que parece condenada a la extinción cuando las máquinas lleguen a ser el sueño que la Toshiba tiene en mente.
No sé qué diablos se celebra un día como hoy. El trabajador es la quinta rueda del coche en un sistema que premia la avaricia y perpetúa los abismos y que, contra lo que pregonan sus relacionistas, necesita mano de obra cada día más barata para competir con China, donde el día del trabajo tiene que ser una ironía.
A diez dólares (o menos) por día, el trabajador chino es un esclavo al que le han dicho que quienes gobiernan lo representan. Lo mismo le dijeron cuando Mao babeaba la almohada y dejaba que Chian Ching hiciera de las suyas. Pero lo cierto es que el capitalismo de China es el modelo de la Confiep: control político y salarios en el suelo, una creciente productividad que más le debe a las patadas que a la tecnificación.
Parte de esa trocha hacia la política de castas vitalicias la abrió entre nosotros el ciudadano japonés Alberto Fujimori. Nunca los sindicatos fueron peor tratados en el Perú. Se diría que los dirigentes de la CGTP fueron los verdaderos mártires de Chicago (me refiero a la escuela económica de Milton Friedman). Y nunca como en esos tiempos de compras y reventas de conciencias se vio más claro qué fácil es hacerle creer a la clase trabajadora que no vale un comino, que es prescindible, descartable y enfermizamente conflictiva. Además, las colas del desempleo y la ubicuidad sudorosa de los subempleados con subempleos múltiples eran argumentos de peso para decirle a la cajera de Wong o al obrero de Alicorp que detrás de su hambre en calma había una legión de hambres invictos esperando su puesto.
Y la clase trabajadora se creyó todas las infamias de los teóricos del abuso y los doctrineros de la burundanga explotadora. Y agachó la cabeza más que nunca y dijo gracias cuando le congelaron el sueldo (para conservar la plaza, ¿me explico?) y gracias cuando le quitaron derechos sindicales y muchas gracias cuando vino el service y muy agradecido cuando los contratos se acortaron de seis a tres meses y gracias otra vez cuando las indemnizaciones se jibarizaron mientras las utilidades florecían.
¿Cuándo fue que los trabajadores perdieron la autoestima y se creyeron el cuento de que el sistema les hacía un favor empleándolos? Sería bueno saber dónde empezó esa desgracia y cómo fue que la sumisión se hizo virtud.
Sin ensayar una respuesta cabal, diremos que esa derrota del honor proletario pareció volverse ola mundial con las “desregulaciones” de Ronald Reagan y el desmontaje paulatino del Estado del bienestar en Europa. Y cuando “el país de los trabajadores” –o sea la Unión Soviética– se desplomó ahogado en mentiras y vodka y a Ceaucescu lo anticucharon en Bucarest, entonces vino lo peor. Si la guerra fría y el miedo a la expansión comunista habían obligado a concesiones, el suicidio del bloque soviético produjo la contrarreforma y la revancha de los conservadores. Y empezó lo peor.
Y estamos en lo peor. Si la posguerra y las democracias populares del Este produjeron a Adenauer o al influyente Togliatti, el éxito mundial del capitalismo rastrilló a Berlusconi y a Chirac. Y cuando China demostró que el capitalismo más pujante podía hacerse con la disciplina del siglo XIX –y para eso estaba Tien Anmen y su recuerdo–, la cosa empeoró más todavía.
Hoy el empleo basura pasa por “imprescindible para la competitividad” y la negación de derechos laborales es “un sacrificio que las condiciones del comercio mundial hacen necesario”. Entre la precariedad del puesto de trabajo, los salarios reducidos y la incitación al consumo satisfecha con compras a plazos que se pagan con intereses de juzgado de guardia, los trabajadores han vuelto a ser, en muchos sentidos, los parias del sistema y los ningunos del éxito global.
Y si salen a la calle a protestar, son anacrónicos. Y si declaran la huelga, son chavistas. Y si exigen, comunistas. Y si se jubilan, bueno, en esa condición dejarán pronto de chillar. Pero lo que no se dice en la prensa que los desprecia pero que muchos de ellos compran es que el mayor anacronismo es este capitalismo refaccionado que recuerda a las hilanderías inglesas que ofendieron a Rosa Luxemburgo, las plantaciones de bananos desde donde se derrocaban o ponían presidentes en los manglares centroamericanos, y los viejos campamentos mineros de la Cerro de Pasco Corporation.
Por eso decía que no sé qué diablos celebran hoy los trabajadores. Los que deberían celebrar son los que ganaron la partida. Es decir, Reagan, Chirac, la señora Thatcher (pionera). Y Hobbes y Locke, cómo no. ¿También Alan García? Sí. Pero antes, Pinochet, profeta armado.
Periodista evaluó riesgos en Nazca
A la luz escalofriante de lo que está pasando con las avionetas que parten de Nazca y aterrizan de emergencia en el arenal o en la Panamericana, o se desbaratan letalmente contra un muro matando a cinco turistas franceses, lo que voy a narrar en estas líneas indigna particularmente. Y esta denuncia implica directamente a los generales de la FAP (r) Aurelio Rubén Crovetto Yáñez y Santiago Domínguez Perdomo, presidente del Directorio y gerente general de Corpac, ese foco infeccioso que está en la jurisdicción del ministerio de Transportes y Comunicaciones, esa casi dependencia de Lan-Chile.
Tengo ante mi vista un informe del Órgano de Control Institucional de Corpac. Está fechado en diciembre del año 2007 y lo firman la contadora Delia Elizabeth Díaz Durán, jefa del Órgano de Control Institucional, y el abogado Carlos Guevara Vereau, auditor encargado. Entre innumerables perlas que demuestran que a Corpac habría que fumigarla, brilla una especialmente maligna.
Se refiere a la contratación de una persona sin calificación profesional para la evaluación de riesgos en ciertos aeropuertos, incluyendo el de Nazca. Me refiero, fatalmente, a una colega periodista muy respetable por sus trabajos de investigación pero sin ningún mérito académico o técnico como para recibir semejante encargo.
Mónica Vecco Ordóñez, en efecto, fue contratada por Corpac en los años 2006-2007 “para evaluar los riesgos de los aeropuertos de Iquitos y Nazca” y, en un segundo tramo, para hacer lo mismo en los aeropuertos de Cuzco, Arequipa y Ayacucho.
La auditoría interna señala, en inflamado tono, lo siguiente: “…se advierte que la contratada es bachiller en periodismo, con experiencia en su especialidad, no evidenciándose que tenga especialización, calificación, conocimientos, ni experiencia en servicios de aeronavegación… o que haya realizado trabajos similares por los que se le contrató”.
Además, la orden de su contratación vino de la gerencia general, no de la Gerencia Central de Aeronavegación o de la Gerencia Central de Aeropuertos, con lo que se violó toda la normativa vigente para encargos de esta responsabilidad.
En lo que se refiere a Nazca, el trabajo que debía realizar Mónica Vecco se describió así contractualmente:
“Investigar los potenciales riesgos sociales generados como consecuencia de la implementación de los servicios aeroportuarios en el Aeródromo de Nazca. Investigar, identificar y comunicar las acciones realizadas por la Municipalidad Distrital de Vista Alegre, que impide la aplicación del TUA… (Tarifa Unificada de Uso de Aeropuerto)”
¿Cumplió su objetivo la colega Vecco?
El informe de control interno dice que no. “No se evidencia que haya investigado los potenciales riesgos sociales generados como consecuencia de los servicios aeroportuarios del aeródromo de Nazca, no ha determinado las acciones pendientes que permitan implementar los servicios aeroportuarios del Aeródromo de Nazca y no precisa el diseño de la estrategia que permita viabilizar la puesta en marcha de los servicios normalizados del Aeródromo de Nazca… En lo que respecta a las recomendaciones, la contratada no identifica qué problemas pendientes existen con los operadores…” ¡Pero si de eso se trataba el asunto!
¿Podrían haberse evitado las recientes muertes y los innumerables conatos de tragedia que todos hemos visto con Nazca como escenario? Nadie puede decirlo a ciencia cierta. Lo que resulta penalmente denunciable es que Corpac disponga así de sus recursos y se ría de los ingenieros y los especialistas.
La auditoría interna también descubrió que de los seis maltrechos informes, sólo dos fueron presentados, en primera instancia, a la gerencia general. En realidad llegaron primero a la presidencia del Directorio y, a pesar de ese salto a la garrocha, el gerente general “otorgó las actas de conformidad de servicio para el pago de los honorarios”, los que llegaron a la suma de 45,000 soles por ese rubro.
Y escribo “ese rubro” porque la colega Vecco también fue contratada por Corpac, en ese mismo periodo, como experta informática (que no es) “para el diagnóstico Web Size e Intranet Corporativo de Corpac”. ¿La Intranet de Corpac diagnosticada por una periodista? Por ese trabajo, que también se incumplió (“lo que dio origen a que se pague por un servicio que la Corporación no recibió”, página 49) la señorita Vecco percibió la suma de 26,400 soles. Una tercera contratación por algo que podría sí pertenecer a su especialidad –“Diseño de la Imagen Institucional de la Empresa”– figura en el documento oficial que tengo en mis manos con unos honorarios pagados de 48,000 soles.
Creo que Corpac y la ministra Zavala nos deben una explicación. Y pronto. Y ojalá que Mónica Vecco pueda decirnos cuán valiosos fueron sus informes para evitar lo que está pasando en Nazca.
Un solo mundo
En Lima, el doctor Alan García cambia una ley para permitirse decidir cuándo las tropas del ejército pueden actuar en zonas no declaradas en emergencia. ¡Todo el poder para él!
En Roma, el ex neofascista Gianni Alemanno –preso en 1982 por haber pretendido incendiar la embajada soviética en Italia– gana las elecciones por la alcaldía de Roma. Su lema es este: “Volvamos a ser los dueños de casa”. Su propósito: lanzarse en contra de la inmigración.
“No me equivoqué en la política de lucha contra Sendero y el MRTA”, dice Alberto Fujimori en la sala del tribunal que lo juzga. “Y jamás ordené ejecuciones extrajudiciales”, añadió. Nunca se le había visto más satisfecho. La campaña contra Aprodeh y adjuntos parecía haberlo tonificado.
En la franja de Gaza, los israelíes lanzan un misil sobre una casa palestina. Mueren una madre y cuatro de sus hijos. La madre se llamaba Miyasar, esposa de Abu Mateg. Este llega después de la explosión y encuentra trozos de carne humana por todas partes. Los pequeños fueron Rudina (5 años), Hana (3), Saleh (4) y Musab (15 meses). El ejército israelí dice que disparó contra milicianos radicales. “Nadie ha visto milicianos por aquí”, dijo uno de los tíos de los niños. Cuando dice “aquí” se refiere a Beit Hanun, un miserable campo de refugiados al norte de Gaza.
Wálter Menchola, el congresista que fuera sancionado por tener una relación particular con la compacta estudiante universitaria Karen Kú, preside ahora la Comisión Investigadora de las Casas del Alba. Acaba de anunciar que una de sus prioridades será “investigar posibles nexos de esas instituciones con el MRTA”. El congresista ha tomado muy en serio su papel.
En Washington, los 41 senadores republicanos –con el candidato presidencial John McCain a la cabeza– logran vetar una ley que hubiese anulado un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos que consagra, en la práctica, la diferencia salarial por motivos de género. La demanda que originó la sentencia fue presentada por Lilly Ledbetter, una empleada de Good Year que hacía lo mismo que sus colegas hombres y que, sin embargo, recibía un salario 40 por ciento menor. Los republicanos celebraron su triunfo pro corporativo con harto júbilo.
La agencia de noticias France Presse da cuenta, en un despacho desde Lima, de la intensificación de la campaña gubernamental contra grupos defensores de los derechos humanos. Del Consejo Nacional de los Derechos Humanos han sido retiradas 64 de esas organizaciones, aparte de los obispos de la Conferencia Episcopal Peruana.
En Colombia, gemelo del Perú, se va más allá en la misma ruta: el grupo Águilas Negras, remanente de las Autodefensas Unidas de Colombia, es acusado de amenazar a defensores de los derechos humanos que participaron en una marcha, el 6 de marzo, cuyo propósito era protestar por la indefensión de las ONG colombianas ante el ataque del ejército y sus diversos sicarios. En lo que va del año, unos 22 sindicalistas han sido asesinados en Colombia. El último fue José Molina, líder campesino de Huila, abatido por tropas regulares en un retén. El ejército dijo que Molina “pertenecía a las FARC”. Campesinos a quienes Molina servía señalaron que era sólo “un activo líder comunitario”.
En Lima, César Nakazaki, abogado de Alberto Fujimori, condenó a Aprodeh y dijo que lamentaba que grupos como el mencionado “piensen más en hacerle daño al país con la única idea de combatir a Fujimori”.
A veces, el Perú y el mundo encajan noticiosamente a la perfección. Un país que el Apra quiere ver aglomerado por el susto y, al frente, un mundo donde el terror y el dinero han emprendido la aventura conjunta más exitosa de la historia. García no está solo en su empeño por hacer del Perú un país con los valores de Fujimori: el mundo parece asentir y aplaudir en simultáneos escenarios. Fujimori parece haber estado ayer en la franja de Gaza, en el capitolio de Washington, en un retén de Huila, votando en Roma por el orden. Pero no, no es sólo Fujimori. Es Bush y su pezuña universal. Es García y el sobaco viajero del nuevo mundo global. Global también en infamia y abolición de valores. Son Bush, las Águilas Negras, García, John McCain, Ehud Olmert, Fujimori y Uribe, todos repetidos mil veces, licuados por la misma mano y mezclados en una sola plaga langostinera que tapa el sol y derriba los aires respirables. Es el mundo: lo que quedó de él cuando la sala se mudó a la cloaca.
Que se me venga la noche
Todos dicen “se le viene la noche” cuando quieren decir que alguien la va a pasar muy mal y he visto esa frase en los periódicos demasiadas veces en los últimos tiempos. Debo decir que no comparto esas calumnias en contra de la noche.
Será porque la noche es mi territorio y mi sociedad. Porque de noche escribo y a veces, también de noche, amé y obtuve algunos viceversas. Porque la noche es negra como “Platón”, el labrador gourmet que tuvo una abuela llamada “Misisipi”. Negra como Billie Holiday, que se pinchó con morfina hasta morir y cantaba como una diosa triste “Solitude”, que no era sólo una canción sino una declaración de principios.
El desprestigio de la noche es tan viejo como Dios, cuya primera tarea, como se sabe, fue separar las tinieblas y conectar el cielo a la red de luz del universo. Los nazis llegaron a llamar “Nacht und Nebel” –Noche y Niebla– a la escogencia de los prisioneros –sobre todo judíos– que morirían en sus infames campos de concentración. Y en el “Cantar de los cantares”, Salomón le hace decir a una mujer que sin duda merecía más: “Nigram sum, sed formosa” (“Negra soy, pero hermosa”). Vinculo ambas cosas porque el prejuicio en contra de la noche viene del racismo y va a hacia él. “Venus negra que embruja con su filtro lunático” escribió, malbarateando la noche, el español Emilio Carrere, fundador de la novela policiaca madrileña. Y qué decir del nictofóbico Lope de Vega, que llega a insultar a la noche con estos endecasílabos odiosos y esforzados: “Porque siendo alcahueta de mil modos/ te sirven las estrellas de coroza,/ para que miren tus infamias todos…”
Los pesares son negros y las noches son de brujas y Malignos. De noche dicen que ocurren las mejores traiciones de arma blanca y negro es el futuro cuando las hadas no te simpatizan. Y aunque la señora Bovary se salteaba al marido en pleno día, la noche y el adulterio han sido atados con nudos marineros. La noche y el luto son primos literarios, la noche y la lobreguez son hermanos de imagen, y los hombres sombríos están hechos de negra tinta china que gotea. Otelo es nigérrimo tirando al carbón pero a ningún nenúfar se le ocurre ser negro y si hubiese habido claveles negros alguien les habría atribuido un maleficio, o sea una leyenda tan negra como la esclavitud.
La Real Academia sigue diciendo que negro es ausente de todo color, como si el negro de las andaluzas se viera desvaído y pudiera ser descalificado por algún idiota salido del arcoiris. Y las novelas de Chandler son negras porque bucean en basureros urbanos mientras que los negros de la literatura son los que prestan gracia a los ágrafos que quieren editarse y hasta premiarse con su “Planeta” más. Y ya no necesito decir por qué hay trata de negros pero no de negras porque para eso está la trata de blancas, qué me dices. Y, claro, me dirán que hay una Nochebuena. Pero, justamente: por algo es Nochebuena y no, sencillamente, una buena noche.
Y de todo ese betún de las palabras vienen las diatribas sobre la noche, que no es falta de claridad sino énfasis voluntarioso de la oscuridad y éxito del silencio.
Yo he pasado muchas noches en blanco leyendo un libro que no me dejaba, o pensando en musarañas que me exigían tiempo, o mirando una ventana a la que nadie iba a asomarse (y que por eso valía la pena una vigilia). Siempre supe que de noche los olores del campo se duplican y que sólo de noche, en algunos cielos que nada tienen que ver con Lima, uno puede ver las estrellas que sirven para achicarnos y recordarnos qué ínfimos terminaremos siendo no importa lo que hagamos. Porque el día es un espejismo de grandeza humana pero la noche te evoca la caverna, el primer miedo de la especie, el lenguaje que fue antes de que las lenguas se guerrearan.
Que se me venga la noche.
“¡Matemos a Soberón!”
Cómplices del MRTA al descubierto! –grita “La Razón”. ¡Son unos miserables encubre-terroristas! –ulula Lourdes Alcorta.
¡Es hora de investigar a las ONG que se ensañaron con Fujimori! –clama Carlos Raffo–. Y añade: ¡Es hora de saber la verdad!
¡Nunca se había visto tal unanimidad en el Congreso! –abona un locutor de RPP recordando su etapa de biógrafo apologético de Fujimori (también lo fue de un textilero con prontuario, pero, en fin, nadie es perfecto).¡Aprodeh es el brazo político del MRTA! –afirma un columnista que fue conspicuo en el canal-acequia de Vicente Silva Checa y Jorge Morelli.
No es que la Inquisición haya vuelto. Las que han vuelto son la fujiprensa y la fujiatmósfera y las fujitramas de los psicosociales que se cocinaban en el SIN y pasaban a “La revista dominical” y de allí a la prensa coral que amenizaba la fiesta de Boloña y su combo.
Porque, ¿cuál es el crimen de Aprodeh?
Es haber dicho la verdad: que el MRTA se disolvió de facto tras su derrota militar y política en la embajada del Japón y que hoy, sencillamente, no está vigente. Tan cierto es eso que el presidente del Congreso, Luis Gonzales Posada, le tuvo que atribuir al MRTA la autoría del atentado del centro comercial El Polo para demostrar, ante los micrófonos amigables de RPP, “que el MRTA sigue siendo un peligro”. Todo el mundo sabe que ese atentado con nueve muertos fue reivindicado y ejecutado por una célula remanente de Sendero, de cuya ominosa actualidad, en el Vrae por ejemplo, nadie duda.
Es falso que Aprodeh haya exculpado al MRTA de la acusación de terrorismo. En la primera parte de la carta enviada a la eurocámara, la entidad hace un deslinde soberano respecto de la violencia terrorista que practicaron Sendero, como doctrina, y el MRTA, como instrumento eventual. “Aprodeh…ha tenido desde los inicios del período de la violencia política una clara posición de rechazo y condena a los actos de terror de los grupos como SL y el MRTA que operaron en esos años”, expresa el documento fechado el 22 de abril y firmado por Francisco Soberón Garrido y Juan Miguel Jugo Viera. El mismo termina con una reflexión que comparten muchos observadores de la escena política nacional: “…no se debe sobredimensionar la existencia y actividad de un grupo como el MRTA, lo que puede servir para perseguir a activistas sociales y opositores políticos acusándolos injustamente del delito de terrorismo”.
Lo que pasa es que la difamación exorbitada, la histeria ejecutiva y las amenazas de las ñañas y los ñaños de la nueva falange mediática convienen al calentamiento no-global que se quiere crear en el Perú del doctor García. Es decir, primero hay detenciones de campesinos adversarios de Majaz, acusaciones de terrorismo a una decena de ambientalistas, carcelería para los asistentes a una reunión internacional que fue asistida por el cáterin de la municipalidad de Quito. Segundo, algunos voceros de la policía política del peor aprismo –el de Alva Castro– arman una campaña que justifica algunas de esas detenciones arbitrarias. Tercero, se pretende que, ante la proximidad de una cumbre europea importante a realizarse en Lima, Estrasburgo suscriba la tesis de que el MRTA –la única organización que podría estar próxima a las FARC dado su común origen castrista– está vivito, coleando y matando. Todo encaja. Como encaja la canallada de insinuar que este diario es parte de los planes que Chávez, las FARC y la milagrosa laptop de Raúl Reyes disparan a los cuatro vientos.
Es importante para los intereses menos nacionales crear un eje FARC-MRTA-oposición ambientalista-sindicalistas-prensa incómoda. Y si a ese complot tan conveniente puede añadirse “el derechohumanismo” del que habla “La Razón”, pues el modelo colombiano habrá sido casi clonado entre nosotros.
Que el señor Ollanta Humala se preste a las unanimidades que emocionan al Chema y excitan a la Alcorta revela que, en algunos casos, el líder del nacionalismo cede su papel al del inculpado de Madre Mía. No es una coincidencia que haya sido Aprodeh, precisamente, la organización que emprendió la investigación y firmó la acusación en contra de aquel Humala que combatía al senderismo con las armas de la ley y, al parecer, por lo menos en un caso específico, también con las que Fujimori y Montesinos alentaron.
Que Humala se haya vengado de Aprodeh resulta humanamente explicable, tristemente explicable. Que no haya habido un solo congresista nacionalista capaz de romper con esa lógica de acusado con sangre en el ojo sí que resulta extraordinario. ¡La oposición desaparece cuando la peor de las pezuñas del gobierno patea el suelo!
Aprodeh recibe unos seiscientos mil dólares anuales, que provienen de agencias gubernamentales y privadas de los Estados Unidos, Holanda, Bélgica, Francia, Gran Bretaña y Suecia. Sus papeles están en regla y sus balances, a tiro de la Apci siempre, no se parecen a los del Banmat. Su prestigio internacional hizo que, ante el pedido peruano de enmendar un documento ya concertado, algunos eurodiputados verdes y socialistas consultaran con la organización. Que la carta de Aprodeh haya sido el único factor que explique la derrota de García en Estrasburgo es una convenida desfiguración. Podría ser que los que votaron en contra de García hayan sospechado de cuáles podían ser los verdaderos propósitos del régimen que manda en el Perú.
El próximo 13 de mayo, Francisco Soberón deberá estar en San Francisco para recibir un premio especial del “Center for Justice and Accountability”. Junto a Harold Hongjiu Koh, decano de la Escuela de Leyes de la Universidad de Yale, Soberón recibirá el premio Judith Lee Stronach de los Derechos Humanos por su protagónico papel en la hazaña judicial, internacionalmente reconocida, de haber puesto donde ahora está al ciudadano japonés Alberto Fujimori Fujimori, el padre putativo de Raffo y su banda. Entenderán, amables lectores, por qué Soberón, según la lógica de los mandaderos de Giampietri, debe ser mediáticamente “aniquilado”. Quedará como baldón del ollantismo en rompanfilas haberse sumado al vocerío de la señora Alcorta.
Humillación trasatlántica
El doctor Alan García quería que el Parlamento Europeo pusiera al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en la lista de organizaciones terroristas que manejan Bruselas y Estrasburgo.
Entonces recurrió, a través de la Cancillería, a sus nuevos aliados: los diputados europeos del Partido Popular, el partido de José María Aznar, el heredero del franquismo victorioso, el que hizo de bajista en la reunión de las islas Azores, aquella en la que Bush le anunció al mundo que invadiría Irak y masacraría a los iraquíes en busca de las armas de destrucción que él sabía que no existían.
Dos de esos 24 diputados del aznarismo en Estrasburgo –Ignacio Salafranca y Fernando Fernández– presentaron entonces el asunto como una enmienda a uno de los documentos-marco de la inminente cumbre Europa-América Latina a realizarse en nuestra capital.
Pues bien, vino la votación y el planteamiento fue derrotado en el pleno de ayer (se aprobó, en cambio, exigirle a las FARC la inmediata liberación de Ingrid Betancourt). Y esto a pesar de que el Partido Popular Europeo (PPE) –la unión de la centroderecha con vagas raíces demócrata-cristianas– es el más numeroso en asientos de toda la Eurocámara. En efecto, el PPE posee 268 de los 732 puestos. Sin embargo, la moción fue respaldada por 271 votos, rechazada por 275 (votos socialistas y verdes) y mereció la abstención de 16.
El gobierno peruano había planteado que el “rebrote” del MRTA –algo que la prensa próxima a la policía política de García considera un hecho– hacía necesaria esta especie de interdicción internacional. A la hora de las réplicas se escucharon argumentos como este: cuánto podía favorecer al señor Fujimori el que la Eurocámara dijera ahora, y a pedido del gobierno de Lima, que el MRTA era una organización terrorista vigente. A los populares que representaban la posición peruana les costó mucho salir del apuro.
La derrota de García adquiere dimensiones internacionales. Lo increíble es que su canciller se haya dejado mangonear por “el héroe del Frontón”, Luis Giampietri, y haya echado mano al auxilio del aznarismo que acaba de perder su segunda elección consecutiva ante Rodríguez Zapatero. Si el Apra continúa en el seno de la II Internacional, la del socialismo europeo que comenzó con inspiradores como Kautsky y terminó con rematadores de activos como Felipe González, será por olvido u omisión. No tardará García en ordenar el traslado de todo el menaje aprista al nuevo hogar.
Ahora bien, ¿era veraz decir que el MRTA se ha reactivado y se yergue como amenaza para la estabilidad democrática? No, no era veraz. ¿Supuso García que las mentiras de Alva Castro y su prensa prosperarían en un pleno donde se discuten temas como Kósovo o la puesta en marcha de Galileo, el sistema de navegación satelital europeo? Todo indica que sí. No se explica de otro modo que se haya expuesto a una humillación trasatlántica completamente innecesaria. A no ser que le haya querido hacer otro favor a Fujimori justo cuando su prensa celebra los once años del rescate de los rehenes de la embajada japonesa.
Lo más paradójico quizás resulte que un presidente de la República que alguna vez dio una orden tan ambigua que produjo una masacre de más de doscientos prisioneros rendidos y un vicepresidente que fue uno de los que ejecutó esa sanguinaria represalia, se atrevan, temerariamente, a lanzarse a esta aventura europea. Digamos que el naufragio de periplo tan insensato estaba cantado.
Como en esta columna no hacemos del enredo un capital ni del misterio un cielo protector, iremos al grano: a estas alturas de la historia, ¿ha sido el MRTA una organización terrorista? No, en sentido estricto. Ha sido una organización subversiva y guerrillera que utilizó métodos terroristas y que los padeció por parte del Estado. Porque si siguiéramos la lógica de los ñaños y las ñañas del pensamiento correcto y los intereses concretos, ¿fue Javier Heraud un terrorista porque murió con un arma a la mano? Y Luis de la Puente Uceda –por el que sacó la cara el Vargas Llosa de los sesenta– ¿era un terrorista? Y el movimiento de La Convención, ¿era terrorismo rural? ¿Cuántos años le hubieran caído al terrorista Francisco de Miranda, que nació en Caracas, luchó como oficial norteamericano contra los ingleses colonialistas, participó en la revolución francesa protagonizando la toma de Amberes en 1792, se enfrentó a los españoles, gracias a la ayuda británica, en la América harta del siglo XIX, y murió en una mazmorra gaditana en 1817? ¿Cuántos años, ah? ¿Y con jueces con rostro o sin rostro?
El fin de la histeria
¿Qué es lo que quieren los ñaños y las ñañas creyentes de que el terrorismo y la rebelión legítima son sinónimos?
Yo sé, más o menos, qué es lo que quieren:
Quieren que el miedo cunda, que la policía decida, que la prensa acompañe, que la derecha no tenga contratiempos, que los jueces empapelen, que los puertos se vendan, que la DEA señale, que Gonzalo Prialé pontifique sin réplica donde Althaus, que la izquierda salga con bandera blanca y manos en la nuca (como en La Moneda).
Están convencidos de que la derrota del comunismo debió traer consigo el fin de la historia y el finiquito del debate. Traducido al lenguaje de la comisaría de Monserrate, que es el que mejor manejan: qué bien que Melissa Patiño haya sido pescada en pleno aquelarre subversivo. ¡Bien hecho!
Y esto lo dice alguien que creció profesionalmente en el nido de Gustavo Mohme Seminario y que hoy desfigura y cagarrutea el periódico que el ilustre difunto creó para limpiar la atmósfera de Lima. Ese alguien se cree reencarnación chicana de Joseph McCarthy pero lo que hace y cómo lo hace lo sitúa, más bien, como nietecito de Eudocio Ravines. Nada más. Y lo grita en la TV una versión menos afortunada de la escalada social de Saby Kamalich haciendo de María en la famosa telenovela. Esta señora, flamante comisaria del pensamiento correcto según los editoriales de “Gisela”, dice que “La Primera” está al servicio de Chávez y la subversión y jura que a la policía sólo le interesa la investigación seria y el Estado de Derecho. Y, claro, lo que demanda es que a “La Primera” le caiga la policía supuestamente calumniada. Y está segura de que en esta campaña no está sola, lo que es verdad aunque de algunas compañías uno no pueda jactarse en público.
Pero detrás de aquél o de ésta están los organizadores de una nueva intolerancia de derechas. Y a esa gente, no a sus vociferantes correveidiles, habrá que enfrentarse.
En el Perú se nos quiere hacer creer que las grandes discusiones sobre horizontes y rumbos se han terminado. Al contrario: es que han vuelto. Y ahora vienen alentadas por el descrédito del modelo ortodoxo liberal en gran parte del mundo. ¿O es que nadie ha leído a Stiglitz o a Koenig alertándonos sobre cómo terminan las políticas que el doctor García y el para Uribe aplican con método en Perú y Colombia?
Es más: las grandes discusiones vienen ahora alentadas por multitudes paraguayas que rugen y que se suman a uruguayos y a venezolanos, a bolivianos y a ecuatorianos, que lo que quieren es un común acuerdo que impida el regreso de las repúblicas bananas y los presidentes mosqueados. Esa es la batalla regional que se está librando: a ver si Latinoamérica vuelve a ser el trastero tranquilo de los que matan países o a ver si Latinoamérica se permite una segunda y pacifista independencia.
Nadie quiere aquí guerra ni secuestros ni violencias crónicas como algunas toses. Pero también se batalla para no ser esclavos del viejo amo yanqui que mató a dos millones de vietnamitas y creó, con su locura homicida, al monstruo camboyano de Pol Pot, padre de Abimael (por eso es justo decir que Sendero le debe más de lo que cree a los Estados Unidos). Nuestros mejores mayores nos soñaron libres de tutelas. Recordémoslos cada vez que la canalla en coro nos propone ser la segunda voz de la embajada norteamericana.
El terrorismo es condenable. La rebelión es legítima cuando las injusticias pretenden perpetuarse. Las palabras rebelión, rebeldía, disentimiento, lucha, oposición, temple y coraje no han sido extirpadas del idioma.
Si un joven no pensara en un mundo renovado, si una joven no abrigara alguna utopía solidaria, si las nuevas generaciones no quisieran remover esta escombrera e impedir este suicidio planetario, sería un asunto de llorar. La rebeldía de los jóvenes nos salva del sarcófago.
Náusea produce que, en la batalla de las ideas, la derecha que gobernó este país ciento cincuenta años pretenda ser señorita casadera y prenda mía. Y da grima ver cómo parte de la izquierda que Mohme cobijó se pasa al pliego de la Usaid.
Mientras tanto, la policía provee: entrega cartas antiguas sacadas de contexto al diario “El Comercio”, grabaciones con olor a canela a su ventana indiscreta, filtraciones distractivas a la comparsita.
Y al mismo tiempo, la laptop intacta del cuatro veces bombardeado Raúl Reyes sigue excretando nombres, cartas que sólo un idiota podría haber escrito, admisiones que sólo al DAS y a la CIA se les puede ocurrir, memos sanguinarios que parecen venir de Aracataca, inventarios de armas traficadas para hacer con ellos suculentos titulares estilo gusanera de Miami. Ah, y por supuesto: la laptop de Reyes también dice que todos los que visitaron Quito invitados por la Coordinadora Bolivariana son (o serán) de las FARC. ¡Esa laptop es for all purpose! ¡Adelante, bravos periodistas de investigación! ¡Grandes batallas os esperan!
Corazones partidos
Ubilde Suárez Cornejo tenía 80 años y era presidente de la Confederación de Trabajadores Jubilados del Perú. Ayer, mientras terminaba de hablar en una audiencia pública de la Sexta Sala Civil de Lima, el corazón se le plantó.
Suárez Cornejo había hecho el enésimo alegato de su vejez para que el Estado les reconociera a los jubilados los devengados previstos en la ley 23908. Fue al terminar sus argumentos en contra de la Oficina de Normalización Previsional –esas malditas ventanillas de las que escapan negaciones dichas con gusto, noes con halitosis, regrese-usted-mañana dichos con un diente de oro–, después de oír su última frase, fue en ese momento, decía, que el pecho le pesó como un yunque.
Suárez se derrumbó ante la incredulidad de la Sala, presidida por el siempre doctor Arnaldo Rivera Quispe. Según Humberto Mesías, secretario de Organización del gremio de los jubilados sometidos a la ley 19990, los jueces demoraron más de media hora la llegada de los médicos porque estaban convencidos de que Suárez Cornejo fingía y dramatizaba para hacer más convincente su discurso. ¿No son unos mañosos estos, doctor, unos teatreros?
La verdad es que Suárez había sido fulminado por un ataque al corazón. Cuando llegaron los camilleros con cara de morgue y el fiscal de turno con su ábaco de muertos públicos, encontraron en uno de sus bolsillos las pastillas sublinguales que no alcanzó a llevarse a la boca.
Suárez Cornejo tendría que darle gracias al destino por terminar como terminó: con la cólera puesta, la palabra en la boca, una sala escuchándolo. Más que al destino, tendría que haberle agradecido al corazón inteligente que le editó la última escena de su vida como si Vittorio de Sicca hubiese sido el guionista. Hubiera tenido que darle las gracias al corazón fiel y camarada que lo exoneró de las cámaras lentas, los dolores lentísimos, la demorada muerte de la jubilación misérrima.
Porque el Estado es más o menos bueno con los que esquilma pero es un truhán con los que ya esquilmó y dejaron de estar en la maquinaria de la producción. Dicen que aquí no hay pena de muerte, pero es a la muerte despaciosa a la que se condena a los viejos de la cédula muerta, a los pensionistas de los 280 soles, de los 470 soles, de los 195 soles. Ser un viejo jubilado en el Perú es ponerte en una cola que da la vuelta a la manzana. Es esperar la compasión que no te ha de mirar ni de reojo. Es hacer otra cola para que, al final, te den un genérico dudoso comprado por tonelada y comisión. Es esperar inútilmente la gratitud que perdió el vuelo, el tren, la dirección, la gratitud que no tiene pasaje de vuelta.
Ser viejo ya es triste porque, como decía Leopardi, la vejez priva a la gente de los placeres pero le deja las apetencias. Pero ser viejo y jubilado común en el Perú es peor que perder la esperanza. Un Estado ladrón gobernado por sucesivos forajidos condena a sus viejos a la indigencia mientras el dinero que les sacó de los bolsillos se convirtió en la carretera a Eisha, el subsidio a los Picasso, el regalito al Edelnor privatizado, la planilla gigante de los ministerios, el Banco de Materiales que era una casa de putas, la casa de putas que era el Banco que tuvo que ser salvado porque peligraba el sistema, ¿verdad PPK, comisionista de dos mundos y un solo bolsillo?
Si no eres solvente por herencia o por hábito o por lotería, muérete a tiempo, por favor. Que no te toque tocar puertas sordas y llamar a teléfonos que escupen grabaciones. Claro, hay excepciones. Una de ellas es esta: si robaste en mancha, en masa, en macrocifras, si con el diez por ciento de ese dinero compraste la impunidad y la prescripción y con otro diez por ciento te hiciste de una reputación de segunda mano aunque de buen ver, si eres un megaladrón y estás megablindado porque sales en los cuchés y pusiste plata en la campaña del que corta el jamón, entonces criogenízate y dura hasta que el hartazgo te liquide.
Es cierto que sólo vemos envejecer a los demás. Es el consuelo narcisista que Malraux definió tan bien. Pero si eres pensionista en el Perú, no tienes ni siquiera el alivio de la distracción. El maltrato te obliga a mirarte en el espejo. La vida a la que te reducen te aniquila. Mueres de ventanilla, de cola interminable, de proctólogo con mala cara y poco tiempo, de pan con mantequilla pero sin mantequilla.
Ayer murió, enfrentando a los abogados de la ONP, don Ubilde Suárez Cornejo. Murió de inciso.
Generales Gallina
El general Gallina va al megajuicio del gángster Fujimori y dice: “No me acuerdo”
“Nunca me enteré”
“¿Qué documento?”
“Yo hacía análisis de Inteligencia”
“¿Cómo iba a saberlo si no era mi área?”
“Eso ya se lo contesté al doctor Nakasaki”
El general Gallina era muy valiente cuando mandaba cavar sus fosas a las víctimas, o decidía volar con una granada una barraca de paisanos, o saludaba con voz de trueno a Hermoza Ríos en los desfiles militares. Era muy valiente con los desarmados y con los indefensos. Era un tigre con las viejas de Cayara, los churrupacos de Barrios Altos, los sindicalistas del Santa, el periodista de Los Cabitos.
El general Gallina desciende en sucesión vertical de Mariano Ignacio Prado y Ochoa, el huanuqueño general presidente que se fue de viaje en plena guerra con Chile, por un lado, y del general Atahualpa, que se dejó atrapar en plena plaza y permitió que un patán nos enseñara el castellano, por el otro.
El afluente mayor de este Amazonas gallináceo es don Mariano, por supuesto. Porque Atahualpa como que improvisó el miedo. Prado, en cambio, elaboró un miedo paciente y, casi se diría, magistral.
Su historia ha sido piadosamente preservada por los que mandan porque, al fin y al cabo, don Mariano es uno de los fundadores del Perú plutocrático aun hoy vigente. No se puede reconocer así nomás que el bisabuelo fue un traidor y que el árbol genealógico de la derecha peruana abunda en asaltabancos como Echenique y en huidizos raudos como los de algunas batallas por la defensa de Lima. La historia del Perú que se cuenta a los escolares narra sucesivas desgracias pero no nombra responsables. Como si la desgracia llegara con el clima como un maná invertido.
Chile nos declaró la guerra el 5 de abril de 1879, en plena presidencia de Mariano Ignacio Prado, la que había empezado el 2 de agosto de 1876. Al principio, hubo esperanzas. Pero con la pérdida de la fragata “Independencia” y del blindado “Huáscar”, en octubre de 1879, el mar quedó descubierto y el desembarco de las soldadescas del sur se vio como inexorable.
El 18 de diciembre de 1879, en plena guerra, con la flota chilena asomándose por el Callao, Mariano Ignacio Prado, el presidente de la República, el comandante de todos los ejércitos, el Director de la guerra, se va en secreto del país que debía defender hasta la última hora. Se va de noche y en secreto.
Deja al incompetente general Luis La Puerta como presidente. Y deja, para la Historia General de la Cobardía (todavía no escrita), la siguiente proclama:
“Conciudadanos: Los grandes intereses de la Patria exigen que hoy parta para el extranjero, separándome temporalmente de vosotros, en los momentos en que consideraciones de otro orden me aconsejan permanecer a vuestro lado. Muy grandes y muy poderosos son, en efecto, los motivos que me inducen a tomar esta resolución. Respetadla, que algún derecho tiene para exigirlo así el hombre que como yo sirve al país con buena voluntad y completa abnegación… Al despedirme, os dejo la seguridad de que estaré oportunamente en medio de vosotros. Tened fé en vuestro conciudadano y amigo”. Mariano Ignacio Prado. Lima, Diciembre 18 de 1879.”
Se va don Mariano y no dice por qué. Se va y no dice por cuánto tiempo. Se va a hurtadillas. Se va como se van los allanadores, los ladronzuelos, los donjuanes aventajados. Y después dirá que se fue en secreto “para evitar que lo supiese el enemigo, que a la sazón cruzaba con su flota por el Callao”. Y añade: “(Y también) para no caer prisionero, como habría sucedido en una de las veces que los chilenos abordaron el buque, si hubieran sospechado que yo iba en él”. (Declaración de Nueva York, 7 de agosto de 1880).
¿Y por qué se va?
Siempre lo repitió: para comprar él mismo, en persona, los blindados que nos hacían falta para restaurar el equilibrio naval. Los biógrafos alquilados por sus descendientes, los cobardes que encontraron en él un paradigma inconfesable, los generales Gallina de todas las épocas vienen de esa misma noche del 18 de diciembre de 1879.
¿Y logró algo esta madre de todos los Gallinas?
Por supuesto que no. En esa misma declaración neoyorquina admite: “Desgraciadamente nada he podido hacer todavía. Sin recursos, desautorizado y contrariado y enfermo como me encuentro, todos mis esfuerzos se escollan ante las dificultades que me rodean; no desespero, sin embargo; esas mismas dificultades son un estímulo más para insistir en mi propósito y mi trabajo”. Lo que no dice es que cualquier gestión para comprar armas o buques hubiese tenido que hacerse en Europa, no en Nueva York, desde donde trata de explicarse. Y lo que no aclara es que era imposible comprar armas a ninguna potencia una vez declarada la guerra, dada la declaración de neutralidad que Inglaterra alentó y cundió en todos los frentes.
Piérola toma el poder tras la huida de don Mariano. Piérola es valiente pero toma las peores decisiones porque tiene que prescindir de los jefes militares leales a Prado. Improvisa y yerra. Innova y hunde más al país. Prado no sólo se ha fugado sino que ha asegurado la derrota del Perú. Misión completa.
Sus biógrafos de alquiler dicen que el mismo día de la declaración de guerra, don Mariano renunció al generalato divisionario con que Chile –donde vivió varios años– lo había investido por su amistad especial. En efecto, don Mariano, como presidente de facto tras derrocar a Diez Canseco, había salvado a Chile del bombardeo de la flota española en 1866. Y lo había hecho con la mirada americanista que Chile parecía alentar también. Cuando la flota peninsular bombardeó Valparaíso, nuestra armada salió en defensa del vecino agredido. Chile no había encargado todavía la construcción de los blindados con que nos aplastaría trece años después.
Prado regresó al Perú sólo en 1886. Como en el Perú el olvido es siempre lo más conveniente, no fue juzgado. En 1899 dicen que empezó a sentirse mal. Entonces se fue a París, donde quiso morir y donde murió el 5 de mayo de 1901 a la muy noble edad de 75 años. Hubo discursos emocionados y bandas militares.
De esos sedimentos, de esa Taboada ancestral y oculta, vienen los generales Gallina, los que se arrodillaron ante Fujimori, el otro fugitivo, el de nuestra época. De allí vienen las sombras y los sarros. De allí proceden los salazar, los hermoza, los rivas y sus escribas subarrendados.
El doctor García en coma
La doctora Mercedes Cabanillas dice que el doctor García es tratado injustamente en las encuestas.
Como se sabe, el doctor García está en coma demoscópico. Su aprobación desciende a la suma de 26 por ciento a nivel nacional y el repudio estadístico que le respira en la nuca desde hace meses se ha elevado a la cifra del 70 por ciento.
¿Son injustas las masas con el doctor García, como dice compañeramente una Mercedes Cabanillas en plan de Florence Nightingale con cofia y todo?
No son injustas. Lo que pasa es que las masas recuerdan.
Recuerdan, por ejemplo, que el doctor García mintió como un vericida, como un maníaco, como un vendedor de resurrecciones y manos santas, para llegar a la presidencia de esta casa de cartón que es la república. Y como alguna vez escribió Corneille: “Nadie promete más que un mentiroso”.
O sea que el doctor García dijo A pero hizo Z, y prometió H pero se decidió por B, y juró que jamás firmaría R pero de rodillas suscribió R+R, y sostuvo, por último, que se mantendría en Ñ (la ñ de campaña, la ñ de mañoso) pero apareció al lado de Julio Favre, por la mañana, en el camastro con cochinillas de Vega Llona en plena siesta, y bañado en aceite de palma en la ducha de Dionisio Romero. Es decir, que García llegó a su segundo debut disfrazado de Billinghurst y, una vez en palacio, se quitó el vestuario hechizo, se lo entregó a Nava para que lo planchara y lo guardara para la próxima farsa, y se vistió de Manuel Apolinario Odría, el que persiguió con el revólver de Esparza a su papi (al papi de Alan) y mandó matar al Negreiros de veras (el actual es un stencil borroso). Muy tierno todo.
Yo sostengo, modestamente, que siendo Odría, hablando como Odría hubiese hablado, haciendo lo que Odría hubiese hecho, García está terminando de matar al padre. Que Saúl Peña me dé una mano en esto y ya verán cómo es que todo se aclara. De lo que no dudo es de que en la cabeza privilegiada del doctor García hay mares de sargazo, cisnes de Alicia Alonso, instalaciones de las que brotan chispas, luces de un gran talento y noches de adrenalina que dejarían muda a Carmen Ollé.
Y esa deflagraciones del lóbulo frontal han empezado a sentirse. Eso de las patadas y aquello de los imbéciles no es nada si lo comparamos, por ejemplo, con el asunto de los profesores. Cuando García empujó a Chang a descalificar a todo el magisterio, ¿tenía opciones de recambio? No tenía nada. Y por eso es que muchísimos pobres han sentido que García se burla de ellos: lanza diatribas en contra de los maestros pero deja a los niños de las clases C, D y E en sus manos. Y cuando García da la orden de despotricar del Cusco insultando a sus autoridades, ¿no sabía que gente serena e ilustrada como Lumbreras opinaba que los cuzqueños tenían razón al no permitir la privatización de su historia a la luz de lo que ha pasado con sus trenes turísticos? Y cuando García sostiene hasta el empecinamiento al señor Alva Castro, ¿puede no saber que Alva Castro es, políticamente hablando, un cadáver que apesta y contamina? ¿Y a quién se le ocurre repartir alimentos a las tres y media de la mañana? Y podríamos seguir.
García está, en parte, pagando su traición. Pero en un país casi fundado en las mentiras tendremos que admitir que traicionar –que es la mentira elevada a la N potencia- no parece ser un pecado mortal. El problema adicional de García es que está haciendo mal lo que podría hacer bien y está llevando al país a un clima de confrontación peligroso. O sea que no le ha bastado mudarse a la derecha con todo descaro y dejando el alquiler impago. Encima gestiona con gran incompetencia la hora de las vacas gordas y acentúa las desigualdades con su política de cantar las cifras azules del PIB mientras en el sur la inflación limeña del cinco por ciento llega al diez en algunos productos.
García está convencido de que algún director de periódico, que terminará debajo de una cama cuando la violencia regrese, es el non plus ultra de la inteligencia. Y cree que Dionisio Romero quiere el bienestar del país. Y está convencido de que Vega Llona tiene un corazón musculado cuando lo único que le queda es un muñón imprecisable bañado en sangre venosa. Y conversa con esa gente y con sus ministros de cerviz no levantada y cree que todo anda muy bien y que los pobres siguen siendo el montón de extras de esta película mil veces vista.
Entonces llega una encuesta y el doctor García pregunta qué está pasando. Pero no se lo pregunta a la gente que defraudó con su macromentira electoral. Se lo pregunta a Roque Benavides. Y quizás al presidente de Capeco, al jefazo de Adex, al capitán de la Confiep, al Montesinos de turno en el ejército, a Hugo Otero que se sabe las cuecas de memoria, al capo de la vaina. Y todos quizás le digan que así es el pueblo de ingrato, que no hay que hacerle caso a las encuestas, que el modelo no es transable y que estamos en el camino de Corea del Sur.
-Pero en las primeras fases del modelo coreano el Estado tuvo un gran papel –alcanza a susurrar el saldo cerebral del doctor García modelo 2006.
-No hagamos comparaciones que no vienen al caso. La guerra fría demandaba que Corea del Sur creciera en plazos brevísimos –le responderán.
Y el doctor García volverá, tranquilizado, a lo suyo. Lo suyo hoy es cómo hacer para que capitales chilenos, asociados con Dionisio Romero, se hagan con todos los puertos en subasta. Y cómo cobrarle a los mineros boyantes sólo lo que los contratos de Fujimori –ese extranjero- establecieron. Y cómo sacar a Kouri del apuro en que está. Me pregunto si su santa esposa lo reconocerá o le exigirá el DNI. Me pregunto si el espejo le devolverá alguna imagen.
Hay una manera de lograr que el doctor García crezca en las encuestas: una macondiana epidemia de olvido, una amnesia en polvo propagada por Sedapal, una variedad gaseosa y policíaca del Alzheimer.
Quizás a Alva Castro se le ocurra algo.
¡PROVECHO, DON DIONISIO!
Vaya. Ahora nos quieren hacer creer que Julio Favre es “el gran beneficiado con este gobierno”.
Ciertamente, el ex hombre de confianza de Montesinos, sea visto muy favorecido con el régimen. Pero no es el “ganador de la Tinka gubernamental” como por ahí andan diciendo.
Podríamos decir –para mantener el mismo lenguaje– que Favre es el ganador de uno de los premios secundarios. Porque quien sea llevado el cheque máximo, el premio mayor, el gran billeton, es don Dionisio Romero.
¿Con el “Banco de Crédito”?
No señor. Aunque pudo haber sido, sobre todo con eso de “vender las acreencias” a un banco grande, como afirmó el propio presidente de la republica en uno de sus tantos artículos.
¿Las inversiones en “etanol”?
Tampoco señor. Eso es para más adelante.
¿Entonces?
ALICORP, señor.
No exagero al decir que gracias al régimen encabezado por Alan García, Dionisio Romero ha visto multiplicarse sus ventas al estado hasta por 10 veces. Pues para el año 2005, las ventas de ALICORP al estado fueron de poco menos de 500 mil soles. Pero para el año 2006, las ventas se elevaron a casi 4 millones y medio de nuevos soles. Cifra que aun es pequeña. Pues en el 2007, las ventas de ALICORP al estado superaron los 16 millones de soles. Así lo prueba el siguiente cuadro, extraído de la página del SEACE.
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¿Y por qué han bajado tanto las ventas en lo que va del 2008?
Resaltadas lucen las licitaciones ganadas, por ALICORP, en un sólo día.
¿Entonces, quién es el gran ganador, quién sea llevado el premio máximo? Don Dionisio Romero. ¡Provecho!
Francia tiene la razón
El canciller Joselo García Belaunde está molesto con Francia porque Francia les ha advertido a sus súbditos que no se les ocurra treparse a una de esas avionetas que sobrevuelan las líneas de Nazca.
¿Y qué quería? ¿Qué los franceses no se enteraran de que en el Perú el capitalismo salvaje y el mercado de los Cro Magnon han impuesto la moda del sálvese quien pueda?
Ricardo Valle Cabrera tiene 30 años de piloto aeronáutico civil. Trabajó cuatro años y tres meses en “Aero Ica”, la empresa a la que pertenece la avioneta que mató a los cinco turistas franceses, y hace poco estuvo en la cabina de mi programa en Radio San Borja.
Lo que contó parecía salido de una película exagerada del ya superlativo Alex de la Iglesia. Para empezar, en las trece “empresas” que se disputan a los turistas con jaladores –como en terminal de microbuses– los pilotos ganan dos dólares por pasajero, lo que representa unos 500 dólares mensuales. El resto de sus ingresos procede de las propinas que solicitan.
Ha habido casos, según relata Valle Cabrera, en que se ha usado gasolina de automóvil para volar. De hecho, uno de los pocos inspectores honestos de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) comprobó una vez esa temeridad en una nave de “Aero Santa Bernardita”. Y es que a veces la importada gasolina 100-L, apropiada para la aviación ligera, no llega a tiempo.
Las avionetas que parten del aeródromo de Nazca tienen una antigüedad promedio de 30 años, no están precisamente bien mantenidas y las hay que tienen la venerable edad de 51 años. Nos referimos, por ejemplo, a la avioneta Cessna 170 de la fatídica “Aero Ica”: su debut aéreo fue en 1957. Es que en “Aero Ica” quizás piensen que la antigüedad es clase.
La DGAC –una mezcla perfecta de chanchullo rentado e incompetencia a veces criminal– jamás ha puesto mano firme en ese frente tan delicado para el turismo. El aeródromo de Nazca, además, es una instalación que se ha vuelto peligrosísima porque lo que en aviación se llama “área de emergencia” ha sido invadida por edificaciones que nunca debieron permitirse. Hay momentos de saturación en los que un enjambre de doce naves sobrevuela las líneas. Y eso, que ya sería temerario de por sí, se vuelve potencialmente asesino si se tiene en cuenta que hay pilotos que no respetan sus hojas de ruta y se meten en las carreteras aéreas de la competencia.
Esto produjo la colisión aérea de 1997, que dejó doce muertos –diez turistas extranjeros y dos pilotos peruanos– y que fue aplastada, como noticia, porque ocurrió el mismo día de la muerte de Lady D. ¡Suerte maligna la de la DGAC!
Lo evidente es que la Torre de Control de Nazca controla muy poco y, además, no puede hacer nada cuando avionetas que han despegado de Ica o de Palpa se meten en el cielo de Nazca sin contar siquiera con planes de vuelo. Y a pesar de que hay tres niveles de vuelo –es decir, tres alturas diferentes para reducir el riesgo– siempre hay irresponsables que cambian su distancia de tierra, con lo que las evoluciones alrededor de algunas de las figuras más solicitadas pueden volverse un juego siniestro: cómo evadir al que vuela demasiado cerca, un Top Gun con naves de museo en el desierto.
¿Y los innumerables aterrizajes forzosos en la carretera Panamericana sur? En el 90 por ciento de los casos se trata –dice Valle Cabrera– de falta de gasolina. “Es que muchas veces, por el apuro de salir y ganar más pasajeros, las naves salen sin haber cargado combustible. Creen que con los 20 galones del primer servicio es suficiente”, añade.
Algunos de esos aterrizajes, sin embargo, no están vinculados a tanques vacíos. Tal fue el caso del “Caravan” de “Aerocóndor” –nave para doce pasajeros– que alguna vez regresó de emergencia con la turbina partida en dos.
¿Y la DGAC? Nada de nada. Allí está, con sus sueldazos engordados por el Pnud, con sus mañas aprendidas en la Fuerza Aérea, con su ministra punible que habla como la Thatcher y piensa, en materia de seguridad aérea y responsabilidad del Estado, como Susy Díaz. Sí, la ministra que parece empleada de Lan Chile y que exige para los pilotos chilenos favores extremos, como ese de volar sin visa de trabajo.
Lo que Ricardo Valle Cabrera ha hecho por enfrentarse a la mafia de la FAP y su sucursal en la DGAC no cabe en estas líneas. Sólo diré que hace tres años está sin trabajo porque los cogoteros discípulos de Elesván Bello no le perdonan haber investigado el masivo asesinato de Andoas.
El 5 de mayo de 1998 –o sea cuando Fujimori era una buba en la ingle derecha del Perú– un avión Boeing 737, alquilado por Tans (fachada de la FAP) y puesto al servicio de la Oxy, se estrelló de noche mientras buscaba la pista del aeropuerto sin balizaje de Andoas. Ese vuelo, que había partido de Iquitos, jamás debió de salir. Pero salió y los mecheros del “aeródromo” de Andoas no fueron suficientes. Y a pesar de que hubo sobrevivientes, 74 personas murieron. Valle Cabrera averiguaría más tarde que el piloto, José Salazar Fernández, había volado con la ficha médica vencida y que el copiloto, Carlos Umbert, no había hecho, desde hacía dos años, los ensayos reglamentarios en el simulador de vuelo. No es que estemos diciendo que esas fueron las causas de la tragedia. Es que esos son dos ejemplos de que en la aviación civil en el Perú todo puede suceder.
En marzo del 2007 Valle Cabrera presentó ante la Fiscalía una denuncia por peculado, abuso de autoridad y delitos en contra de los medios de transporte. ¿Los implicados? Roberto Rodríguez Gayoso, Director General; Juan Crovetto, Director de Seguridad; y Víctor Fajardo, Inspector de Operaciones de la DGAC.
La denuncia era un legajo del grosor de una guía telefónica. Estaba llena de documentos probatorios, cartas decidoras e informes que serían la delicia de cualquier fiscalizador. Pero cuando Valle Cabrera pregunta si hay alguna respuesta –“no importa, aunque sea que me digan que desestiman la denuncia”, la frase es monótonamente la misma. “Sus papeles están siendo examinados”, dicen. Trece meses de examen. Un número igual al de las “empresas” que pueden, en cualquier momento, matar a más turistas.
¡Y todavía se atreve Joselito a llamar exagerados a los franceses! No, hombre: exagerado es que tú sigas ocupando el puesto que fue de Porras Barrenechea.
Aconsejando al doctor García
El doctor Alan García desayuna con sus consejeros. Un consejero es el que le dice lo que al doctor García ya se le había ocurrido. Por eso es que ser consejero del doctor García es un asunto delicado. Sólo los zalameros más adivinos y los adivinos más convenidos han sobrevivido al rudo oficio.
A media mañana, después de un tentempié que consiste, por lo general, en 600 gramos de embutidos, el doctor García se reúne con los ministros que están en el centro de la atención pública. Un ministro, como se sabe, es el que hace lo que el doctor García habría hecho en menos tiempo, el que dice lo que el doctor García dirá mejor y el que jamás inaugurará las obras que a su sector competen porque para eso está el doctor García. Cuando el doctor García grita frente a una de esas entidades de índole ministerial, las ondas sonoras de su última frase rebotan y se amplían en los pliegues cavernosos de su interlocutor. Un ministro es una gruta que te remeda, el cañón profundo que te repite (pite, pite, pite), la voz a ti debida pero sin Salinas.
Cuando llega la hora de preparar el almuerzo, don Julio Favre, disfrazado de Gastón Acurio, se presenta en Palacio y acude a la cocina real para empavonar los pollos que ha colocado en el rubro “Despacho Presidencial”. Pero él es sólo una de las variables gastronómicas en las vastedades que se presentan a la elección del señor Presidente. Ricardo Vega Llona, en plan de una Teresa Ocampo luciendo el logotipo de Saga, se encarga de las piezas de caza, las favoritas del doctor. Y muchos juran haber visto al sombreado doctor Luis Nava en plan de Isabel Álvarez hacer, con manos tesoreras, el mejor cebiche de mango y langostinos. Las carnes rojas de las grandes matanzas están a cargo, como siempre, de Agustín Mantilla y postres como el semifredo de aguaimanto sólo los puede recrear el congresista Zumaeta encarnado en bruja de Cachiche.
Durante episodio tan frugal el doctor García sigue oyendo, con la paciencia de la sabiduría, las consejerías de quienes lo calcan y las advertencias de los prosternados y hasta las críticas expresadas en el lenguaje de las señas que el doctor García desconoce (mayormente). Por último, autocrítico hasta la mortificación, llama, sucesivamente, a Mauricio Múlder y a Mirko Lauer, les pregunta qué les parece todo y cuelga el teléfono antes de recibir una respuesta.
–No me parece –dice, después de colgar–. En todo caso, lo pensaré.
Así, fortalecido por opiniones tan diversas, sale el doctor García a recorrer el país y a imponer la serena majestad que alguna vez conmovió por la espalda al señor Jesús Lora durante aquel mitin de la CGTP, cuando el Apra alentaba al Sutep a hacerle huelgas a Toledo y la socialdemocracia hervía en la sangre del caudillo. Eso fue tres años antes de que la famosa transfusión de orchata, tras el secuestro tramado por los Agois, convirtiera al doctor García en una copia intelectual de Manuel Prado.
Después de inaugurar colegios donde no hay profesores que poner, regalar laptops a maestros que el fundador de la dinastía Chang ha condenado, enfrentarse al friaje haciendo calistenia para su próximo reporte en RPP –en reemplazo del reportero Villarreal–, el doctor García regresa a Palacio y, según todos los testimonios recogidos, cena a solas.
Es en ese momento de solitud cuando el doctor García recibe las mejores muestras de amistad y los más agudos pareceres para aligerar su gestión y enfrentar el deterioro que –Carlos Germán Belli dixit– en cada linaje ejerce su dominio. Es el mejor momento del día. Sometida a tan precisa consultoría, la jornada se aclara, los enemigos aparecen con claridad, las alianzas más endiabladas se tornan verosímiles y, en suma, la política vuelve a ser ese ajedrez que sólo los genios solitarios pueden entender a cabalidad. No hay García más presto a una exhortación que el García solo cenando en Palacio. No hay García mejor enseñado que el doctor García dando cuenta de una pequeña res en el deshabitado comedor de Palacio. Es en ese momento que los Garcías varios cuidan a su mentor presidencial dándole la asistencia debida.
Al día siguiente, pletórico de buenas guías, saldrá el doctor García y dirá:
–Mi instrucción es sacar a patadas a todos estos y, si son apristas, de dos patadas… ¡Imbéciles!
Dicho lo cual llamó al señor Vargas y le preguntó qué le había parecido esa dosis de energía casi borbónica. Pero en el momento en que el señor Vargas empezaba su discurso aprobatorio, el doctor García colgó el teléfono móvil y se lo entregó a su edecán más próximo.
–Ya lo sabía –dijo-.
Todavía no entiendo por qué nadie le preguntó qué tipo de patadas estaba concibiendo. ¿Por detrás y en el culo? ¿De frente, a la altura de todas las batallas? ¿De costado, en la cabeza del fémur? Y si son mujeres, ¿por detrás o por delante, ya que sería penoso de costado? ¿Contaremos con ese detalle?
¿Antisemita yo?
El presidente de la Asociación Judía del Perú me llama antisemita. Lo hace en el periódico de los evasores de impuestos más impunes de la comunicación: la familia Agois.
Espero que los judíos del Perú no se sientan representados por la ordinariez de Herman Blanc. Espero que mis amigos y amigas de esa colonia no acepten a Blanc como portavoz. Se merecen otra cosa.
Todo empezó cuando el director de “La Razón”, el señor Uri Ben Schmuel, escribió el 3 de abril una columna en la que justificaba los crímenes del grupo Colina, santificaba los asesinatos selectivos (“no son violaciones a los derechos humanos”), minimizaba “los daños colaterales”, difamaba a las víctimas de La Cantuta y Barrios Altos acusándolas en bloque de senderistas –y bien sabía que una de esas víctimas era un niño de ocho años baleado en la cabeza–, reclamaba la suciedad de todas las guerras (“la guerra demanda lo que sea necesario para ganarla”) y, por último, en el extremo de la náusea editorial, solicitaba que Martin Rivas fuese condecorado (“Si fuéramos un país agradecido, Santiago Martin Rivas (y, para el caso, también Fujimori) tendría que ser condecorado…”)
Sucede que el señor Uri Ben Schmuel es judío. Sucede que escribe para un diario que es propiedad de una familia judía (los Wolfenson, de tan dilatada labor junto a la banda de Montesinos y Olaya, estos dos últimos notorios gentiles). Y sucede que su argumentación sobre “los asesinatos selectivos” y “los daños colaterales” resulta calcada de los últimos gobiernos de Israel, que han hecho de la matanza teledirigida y a domicilio una de las bellas artes, de igual modo que Thomas de Quincey halló en el asesinato un sombrío magisterio cuyo epicentro era Londres.
Escribí, entonces, un artículo que volvería a escribir letra por letra. Se llamó “Judíos nazis”, no mencionaba ni aludía al tal Herman Blanc, y era una respuesta a la connotación sanguinaria del pronunciamiento de Uri Ben Schmuel. Y como este señor llamaba a Martin Rivas “un soldado que sirvió a la Patria” y demandaba una condecoración para tamaño criminal, me permití sugerir que esa medalla podía llamarse la Orden de Ariel Sharon en el grado de Sabra y Chatila.
¡Y cómo ha ardido en odio Herr Blanc! Es que para gente como él, Sabra y Chatila son dos nombres malditos: corresponden a los de dos aldeas libanesas de refugiados donde, el 16 de septiembre de 1982, los falangistas cristianos maronitas, con la complicidad del general Ariel Sharon, organizaron una matanza multitudinaria de familias palestinas. No menos de mil palestinos desarmados fueron asesinados ante la inacción premeditada de las tropas del Tsahal que habían ocupado la parte oeste de Beirut.
Claro que en Israel no todos son como este aspirante a censor que escribe en “Correo”: tras la masacre, hubo manifestaciones pacifistas en Tel Aviv, la Comisión Kahan aceptó la responsabilidad moral del ejército israelí y recomendó el cese de Sharon como ministro de Defensa, y el gobierno de Menahem Begin empezó a tambalearse hasta su caída definitiva al año siguiente (1983).
Para tener una idea de cuán irracional resulta que se me acuse de “antisemita” –viejo truco que ya no asusta a nadie– transcribiré el último párrafo de la columna que ha merecido la acidez grástica del señor Blanc:
“Y si el director de “La Razón” desprecia a quienes defienden la vigencia de los derechos humanos, esperamos que nunca necesite apelar a ellos para salvarse de una persecución genocida, como aquella de la que fue víctima su pueblo. Porque el señor director de “La Razón” es humano, aunque haga todo lo posible por disimularlo”. ¿Qué parte de este párrafo es el que no entendió, señor Blanc?
Y, claro, sostuve –y sostengo– que las opiniones del señor Uri Ben Schmuel podrían haber sido suscritas por Himmler, Göering y el mismísimo Hitler. ¿No decían también ellos que “la guerra todo lo justificaba”? ¿No hubiesen llamado ellos “derechohumanistas” –como llama burlonamente Uri Ben Schmuel a quienes se preocupan por la vigencia del Estado de Derecho– a quienes los acusaban de carniceros?
Es tan bruto este señor Blanc –una excepción dada la legendaria inteligencia de su pueblo– que afirma que Hamas “ejerce un cruel terrorismo de Estado...”y es tan mentiroso que me acusa de “minimizar la dimensión del Holocausto” cuando no hay en todo ese escrito una sola palabra que pueda citar para sustentar su dicho. Y las palabras que siguen a esa mentira no sé si atribuirlas a un reciente accidente cerebrovascular –en cuyo caso merecerá todas las indulgencias– o a una mala fe que linda con la felonía: “Otra muestra de sus prejuicios antisemitas es su minimización de la dimensión del Holocausto, al comparar a personas de religión judía que en su opinión cometieron arbitrariedades con los jerarcas nazis, que no sólo desarrollaron una criminal propaganda antisemita, sino que llevaron a la práctica el asesinato sistemático del pueblo judío por el único hecho de ser judíos”.
¿Alguien puede ayudarme a descifrar este galimatías, esta jerga oscura y vagamente lamentosa que pretende decir lo que sus frases no alcanzan a decir y lo que su puntuación convierte en mensaje idiotón de un cuaderno “Loro” doblado en los bordes?
Vamos, señor Blanc. Usted sabe que no soy antisemita. Y no puedo serlo porque la cultura no me es tan remota –como parece ser su caso– y porque he dedicado toda mi vida a luchar por los derechos democráticos y por los fueros de la libertad. Y el odio que usted finge creer que tengo no me haría libre. Me convertiría en lo que es usted: un esclavo de su nacionalismo rabioso.
El problema del pueblo judío es que mucha gente pueda creer, equivocadamente, que el Estado de Israel –usurpador de derechos, terrorista de tanto combatir el terror– lo representa. Y no es así. El Estado de Israel no representa las grandezas del pueblo judío. El problema no son los judíos –a pesar de que detrás de ese escudo tantas veces milenario se escondan sujetos como Blanc–. El problema es Israel y la política que ha obligado a avalar a la Casa Blanca.
El problema es un Estado que tiene el arma atómica sin reconocerlo, mata e invade cuando quiere, no reconoce ninguna frontera pero exige la santidad de la suya, desacata cincuenta resoluciones de la ONU, convierte a Hamas en partido heroico matando a sus líderes y allegados, desautoriza a la dialogante Autoridad Palestina con su política de represalias en masa en Gaza y la edificación de enclaves cisjordanos que hasta la señora Rice ha condenado y, en suma, se porta como un Estado que no admite otros derechos que no procedan de la fuerza.
El judío Einstein no avalaría lo que hace hoy Israel. El judío Chomsky no aprueba lo que hace hoy Israel. El judío Barenboim se pelea en público con autoridades israelíes por la política de Israel hacia los palestinos. Miles de judíos pacifistas, tan anónimos como valientes, expresan su repudio a lo que Israel perpetra en contra del pueblo con el que debía convivir.
Sí, claro, hubo y hay terrorismo árabe. Y eso es tan condenable como cualquier terrorismo. ¿Pero por qué no admitir, de una vez, que no habría habido ni OLP, ni FPLP, ni Yihad, ni Hamas si no hubiese ocurrido “la migración forzosa” de cientos de miles de palestinos en 1948? ¿Por qué no decir que no habría Hizbolá si Israel no hubiese intentado destruir el sur del Líbano en más de una ocasión? ¿Hasta cuándo Israel va a imponer sus puntos de vista a un mundo que aspira a que dos Estados –ambos de origen semítico, para tortura del señor Blanc– coexistan?
Hamas acaba de decir, a través de un vocero importante –Khaled Meshal, jefe de su buró político– que estaría dispuesto a aceptar un Estado palestino con las fronteras de 1967. Eso implica reconocer la existencia y el derecho a la paz de Israel. Lo que plantea Hamas como condición puede discutirse: que Jerusalén Este sea su capital y que se permita el retorno de los refugiados que quieran retornar.
¿Cuál es la respuesta de Israel?
Ayer mismo, cuando el señor Blanc publicaba su limítrofe texto, Israel ha bombardeado el campo de refugiados de Al Bureij matando a dieciocho palestinos, todos civiles. “Entre los fallecidos hay mujeres y niños”, reseñaba el diario “El País”. En un ataque a la casa de un dirigente de Hamas, y ante la respuesta de milicianos palestinos, han muerto, de otro lado, tres soldados de Israel. La respuesta de la fuerza aérea israelí ha sido inmediata: tres ataques consecutivos, cuatro militantes de Hamas y uno de la Yihad muertos. Más odio recíproco que vengar. No hay mejor manera de sabotear cualquier posibilidad de paz que arrasando con Gaza y atizando la hoguera.
¿Soy antisemita por escribir esto?
Por supuesto que no.
¿Es antisemita Jimmy Carter, que ayer mismo ha vuelto a sostener que la paz pasa por incluir a Hamas en las conversaciones y que por decir eso ha recibido un portazo en la cara de los gobernantes de Israel y ha sido despojado de la custodia oficial que le debía brindar el Shin Bet?
Por supuesto que no.
Cuando los verdaderos sucesores de Ben Gurion tomen el poder en Israel, la paz será posible. Mientras tanto, los Blanc intentarán callarnos con la más vieja e inútil de las extorsiones.
No, señor Blanc: a pesar de judíos como usted, no puedo ser antisemita. Fíjese que ni siquiera Baruch Ivcher me volvió antisemita. Fíjese que ni cuando Nicanor González me dijo que cancelaba mi programa “Testimonio” por la entrevista que le hice en Beirut a Yasser Arafat –y por la presión de gente parecida a usted, por supuesto– me tentó el antisemitismo.
Usted, en cambio, al no referirse para nada al artículo del director de “La Razón”, al eludir trabajosamente la cuestión de fondo, al pasar por alto lo escrito por su tácito alumno Uri Ben Schmuel, al hacerse el loco, en suma, ha demostrado una de estas dos cosas (elija por favor): o un fujimorismo que pasa por el montesinismo y llega al martinrrivismo, o una trémula incapacidad para condenar a quienes ensuciaron mi país.
“César Hildebrandt es antisemita. Triste y vergonzoso”, escribe Blanc.
Blanc es un calumniador fracasado y un descrédito para los más de cinco mil años de cultura judía, digo yo. Que para la próxima le pase el texto a una persona inteligente en el idioma castellano, añado, con todo respeto. Shalom aleichem.
SE TIRAN (LO QUE ERA) NUESTRO GAS Y NADIE DICE NADA
Esto ha dejado de ser país para ser un burdel de lo más asqueroso y nauseabundo.
Aquí no hay intereses de la nación y eso de que “lo hago por el Perú” ya está muy pasado de moda –como estos sinvergüenzas lo suelen decir–. Aquí lo único que se aplica y lo único que vale es el “cómo es la cosa”; “cuánto va engordar mi cuenta corriente instalada en el HSBC”.
Eso es lo que ha pasado con nuestro gas de camisea. O mejor dicho; con el gas que emana nuestra tierra pero es en realidad de los privados. Gas por el cual nos dan una miserable limosna pero en México lo venden a tres veces su precio, o, talvez, has