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Fecha Publicación: 2018-06-07T21:50:00.000-07:00
Sasha Reiter debuta con este poemario bilingüe (inglés-español), publicado por Artepoética Press, con sede en la Ciudad de Nueva York. En su introducción la poeta cubano-americana Carlota Caulfield, profesora de Creación Literaria en Mills College, escribe que “Choreographed in Uniform Distress/Coreografiados en uniforme zozobra presenta a un joven escritor de asombrosa madurez y energía lingüística. Lo que es extraordinario en esta colección es la musicalidad y la claridad de sus imágenes. Traducidos expertamente al español por Isaac Goldemberg, estos poemas documentan sendas de descubrimiento tanto en la observación como en el lenguaje. La voz de Reiter es alerta, abierta y sensual. Ya sea que hable acerca de los sueños y la memoria, las experiencias cotidianas o una obsesión con su teléfono celular, el poeta nos ofrece imágenes hábiles e intensas. Me deleito con los poemas donde flotan elementos de nuestro mundo moderno, a veces pausadamente y otras con ritmo rápido, tejiendo historias con experiencias no solo personales sino también de otros. Choreographed in Uniform Distress/Coreografiados en uniforme zozobra es un singular primer libro. Los poemas de Reiter merecen un gran público lector”. 

Según el escritor argentino Luis Benítez, “La calidad de las palabras de Sasha Reiter, la exacta combinación de estas, el juego de reverberaciones, alternancias y modificaciones de sentido que se produce entre esas palabras escogidas, demuestran que nos hallamos ante un auténtico poeta. Su trabajo es sumamente importante. Sus textos dialogan e interactúan entre sí y luego con su lector, como una polifonía que despliega los matices y recovecos, las tonalidades y los paisajes de un universo que ya es propio de Reiter, edificador de unos sentidos que, en su conjunto, interpelan a la condición del hombre de nuestro tiempo con un multifacético interrogante. Este libro marca el auspicioso comienzo de un joven poeta”. 

Por su parte, el poeta americano Daniel Shapiro, Profesor Distinguido de The City University of New York y Director de Review: Literature and Arts of the Americas, afirma que “Los poemas de Sasha Reiter exhiben autoridad y firmeza en el ritmo y la estructura mientras serpentean por las idiosincracias de la vida diaria. Una joven y prometedora voz”.  

Sasha Reiter nació en la Ciudad de Nueva York en 1996. Creció en el Bronx, donde como hijo de padre argentino y madre peruana, experimentó en carne propia la otredad metafórica de ser al mismo tiempo latino y judío. Asistió a la Escuela Pública y recibió su Bachillerato en Literatura Inglesa y Creación Literaria en la Universidad de Binghamton. Piensa estudiar para su Maestría en Inglés con una especialización en Creación Literaria. 

Choreographed in Uniform Distress está disponible en:


Fecha Publicación: 2018-05-22T19:58:00.000-07:00

Fecha Publicación: 2018-05-08T23:55:00.000-07:00
Sánchez León, Abelardo: RASTRO DE CARACOL, Lima, Ediciones de la Clepsidra, 1977, 108 pp.

La publicación de Poemas y ventanas cerradas (1969) de Abelardo Sánchez León significó para la poesía peruana un avance importante en varios niveles. De un lado constituía un eficaz desarrollo del virtuosismo verbal de Consejero del lobo (1965) de Rodolfo Hinostroza. Así como instauraba de hecho a la ciudad como espacio vital en que se producían los conflictos más relevantes, lección recogida en Ciudad de Lima (1968) de Mirko Lauer. El despliegue de esta tendencia se hallará más tarde -con particulares matices- en los primeros libros de Enrique Verástegui y Luis Alberto Castillo.

Posteriormente Sánchez León publicó Habitaciones contiguas (1972) libro en el cual se amplia significativamente el universo poético de su primera obra. El mundo del adolescente retraído que sufre por la injusta condición del orden social, el tímido jovenzuelo hacedor de poemas que vaga en interminables caminatas por los diferentes barrios de la ciudad; el centro invadido por vendedores ambulantes, borrachos y lumpen en las esquinas; sucios bares solitarios en zonas populares y también los barrios ricos con su frialdad, con su casi deshumanizada existencia. Todo este mundo persistirá en Habitaciones contiguas, solo que ya no habrá, como en el primer libro, lugar para la imagen brillante o la metáfora plástica. El segundo libro tiende a una reflexión mas desnuda y a una escritura más prosaica y áspera, no exenta de un afilado sarcasmo en el que a veces es el mismo autor el blanco de una implacable ironía. Este libro pareciera nutrirse mas bien de una atenta lectura de los últimos libros de Antonio Cisneros. Provisto de un coloquialismo desbordante, precisión circunstancial declarada en algunos poemas y también introducción de un tono y lenguaje no "literarios". Al mismo tiempo sus preocupaciones se han ampliado; se perfila un apreciable intento de lograr una poesía sociológica, es decir una expresión poética en la que claramente se evidencia una voluntad de indagación sobre sectores sociales burgueses: sus tics, sus contradicciones, sus miedos, siempre con un aliento desmitificador y desgarrado.

Con esto nos vamos acercando a Rastro de Caracol reciente libro de poemas publicado por Sánchez León, que desde el titulo nos informa sobre el contenido: una huella (la escritura) de quien lentamente se despoja de las mascaras: por eso el epígrafe inicial del volumen, unos versos de la norteamericana Marianne Moore sobre la poesía en que se consigna: "hay cosas que son importantes mas allá que todo este desatino/ Empero, leyéndola con perfecto desprecio/ uno descubre en ella/ después de todo, un lugar para lo autentico".

Ser autentico, no falsear, decir lo que se siente verdaderamente parece ser la meta en la escritura del poeta. El volumen se abre con un breve conjunto de poemas en prosa que son precisamente agudas reflexiones sobre la actividad de escribir, la relación del poeta con su vocación, su compromiso consigo mismo y su vinculación con el orden social, con el Estado, con el poder político. Es así que el largo poema "A la sombra de Calígula" se presenta como un testimonio de la incompatibilidad de la poesía frente al poder político. Allí el poderoso simbolizado en la imagen del Dictador -quien ejerce una tiranía absoluta sobre la sociedad- sabe que los poetas son aquellos que se rebelan a aceptar su poder, permaneciendo libres en el terreno de la creación poética. El Dictador los obliga entonces a trabajar y cantar para el, burlándose a cada instante de ellos. Se plantea también una reivindicación de la poesía como ejercicio de la libertad frente a un Orden que quisiera aniquilar a aquella. Reivindicación del derecho al sueño y a la imaginación contra la alienación generalizada. Ademas de la postulación de la poesía como un cuestionamiento incesante de la pretendida inamovilidad y solvencia del Orden.

Después viene un grupo de poemas en los cuales Sánchez León indaga en su pasado infantil, familiar, adolescente -"Recordando con ira"- es el titulo de uno de los textos. Va pasando por diversas escenas de aquellas etapas siempre con un sabor amargo, con una desazón angustiante, con un sentimiento de culpa que descarnadamente deriva hacia una especie de odio contra si mismo. Sin embargo recorre los poemas un dorado sentimiento de nostalgia por los tiempos ya perdidos. El poeta se siente agredido, lo hiere la incapacidad para celebrar sus percepciones del mundo; entonces las ataca, se ataca a si mismo y así llega a amarlas porque en definitiva es lo que se ha tenido mas cerca, lo que se ha vivido. Y dice: "Valdría bien comenzar de nuevo, o no comenzar,/ llanamente negarnos, o carecer de memoria".

La segunda parte del volumen se abre con un poema en prosa que constituye una hermosa afirmación de la poesía: "La hora de los poemas"; otra vez la escritura, la poesía es sentida como el mejor lugar para la expresión autentica. Hay en esta sección dos poemas importantes: "El desdichado/ de Gerard de Nerval" nervioso alegato desde la posición del sufrimiento humano contra el optimismo falso de sus instituciones. Esta imagen esta simbolizada en la oscura y dolorosa experiencia del poeta francés, que Sánchez León aprovecha para configurar su poema. De esa implícita evocación de París -los poemas del libro fueron escritos en dicha ciudad- llegamos a "Los cuartos del amor" -ambientado allí- intenso poema sobre la caducidad del amor, sobre el deterioro que carcome aun la mas bella y apasionada relación amorosa. 

La ultima parte del libro sintetiza las proyecciones de todo el texto. "En las caballerizas" es un poema que lleva hasta sus ultimas consecuencias el autocuestionamiento del poeta y la poesía. Si tiene o no sentido escribir en una sociedad opresora, si tiene sentido la protesta que queda en el papel frente a una represión feroz. Al terminar el libro el lector queda con una sensación de callejón sin salida y es que el poeta ha exacerbado su descarnada interpretación del mundo hasta hacerla insoportable. Todas las salidas están negadas, o casi todas. 

Formalmente el libro abunda en textos en prosa cuyo hálito poético proviene de la imagen global del poema. Sánchez León practica una escritura discursiva acumulando por momentos demasiadas reflexiones, lo que resiente en alguna medida la fluidez, la dinámica interna de los poemas. Percibimos que esto se debe a un angustiante deseo de decirlo todo y con mucha claridad, con toda autenticidad, en una catarsis no exenta de dolor y que nunca pierde de vista la imagen que redondea el concepto, la comparación original y altamente creativa, colocadas siempre en el verso indicado. Virtudes todas de la poesía de Abelardo Sánchez León que -con Rastro de caracol- entra de hecho en los dominios de la madurez creadora.


Publicado originalmente en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año 3, No. 6 (1977), pp. 157-159.

Fecha Publicación: 2018-05-08T15:38:00.000-07:00
Hay varias formas de abordar la realidad poética en un momento determinado. Una de ellas enfundado y buscando brillo al hablar solo de escritores importantes, entre comillas, muchos de ellos impuestos por el marketing y el insidioso mundo editorial, donde se confunde literatura y negocios. Esto trae como retaliación una manera de escudarse y vivir del brillo de los poetas de relieve. Otra es la comodidad del mundillo académico pervertido y cifrado solo en escudarse tras el prestigio del legado de escritores muertos, impidiendo que haya una reflexión sobre el presente, lo cual excluye, y deja de lado a los escritores actuales, hasta que un remoto historiador los recobre. Todo lo anterior por pereza de buscar aspectos diferentes, como si nos señalaran para decir que esos escritores fueron de mayor fuste. Todo esto debido a ese lastre borgiano, admitido como mandamiento, cuando añadió que el antólogo verdadero es el tiempo, y esa cuasi sentencia mal entendida trajo como seña y saña olvidar las escrituras actuales. De tal manera añaden algo en este desalojo, que siempre la literatura está en otra parte; entre más lejos mejor. Ambas decisiones juegan con las cartas marcadas. Además, en esta revisión, en esta exacerbación por la pos eternidad, por la posteridad, perdura cierto atisbo de retaliación en quienes escriben sin su aquiescencia y sin sus permisos y entelequias. Aunque aclaro que muchos escritores que nos antecedieron son nuestro legado y nuestro refugio.
Pero hay otra manera de abordar la escritura y su reflexión y es no mirando atrás, ya sabemos que nuestros maestros tutelares están con nosotros, nos influyen, mirando a cada lado donde caminan y escriben personas que son cercanas, creadores que, al igual que nosotros, van de la mano, en la ensoñación de la escritura o en la difícil tarea de reflexionar, en la ardua y aun conciliada manera de indagar por la poesía; en síntesis reflexionarnos. Lo que lleva a decir que cuando se escribe sobre nosotros es amainar en un campo nunca minado sino en reconocer al otro, en tenerlo presente, en entablar ese diálogo casi imposible pero abierto de una manera actual, presente. Ese tipo de diálogos es necesario.

De ahí que cuando leo Al filo del ojo de Omar castillo (Colección Otras Palabras, Fondo Editorial Ateneo, 2018), es saber que él reflexiona esas otras palabras que merodean y se escriben ahí justo ante nosotros, esas otras palabras que aciertan e indagan, que se atreven a equivocar, que abren brechas, que asedian a veces, lejos de los circuitos de la comodidad donde se mira la literatura, no solo de soslayo, sino como un infatuado camino nunca brumoso sino lleno de la molicie de versos y de aquellas historias que no requieren una confrontación donde no existen preguntas y menos respuesta a lo que somos, lo mismo para responder preguntas fundamentales, sobre el papel de la literatura como la decisión del ser en no pasar desapercibido en la medida en que requiere no solo dejar una huella sino pensarse. 

Al principio una reflexión, “Sobre poesía”, donde el autor, en una suerte de proemio, reflexiona sobre su quehacer poético al cual le deja de lado la nostalgia, como algo corrosivo. Ante ello añade: “No debemos olvidar que la poesía es un riesgo de integridad llevado hasta sus últimas consecuencias y no un pasatiempo para mentes correctas y con buen ánimo social”. Y después prefiere el silencio como escudo ante la banalidad. Para ser exactos ahí reside el espíritu de su poesía. Aunado a un aspecto fundamental en Omar, y es que ha sido un autodidacta, lo cual lo hace un poeta libre de ataduras, lo que se traduce en buscar sus caminos, en inferir sus indagaciones, en construir el quehacer notorio en su poesía donde fluye un destino, seguir la propia construcción de esa poética con sus presupuestos, hasta encontrar sus definiciones tan suyas, lejos de la tenue ambientación nunca poética de lo que llamaría León de Greiff las greyes planas.
Pero también en la medida en que leemos esta síntesis, Omar Castillo reflexiona sobre diversos autores, y es que ahí mismo en su escritura va dejando el rastro de lo que se constituye en su  concepción sobre la poesía o sobre la narrativa. Ahí va abriendo ese camino que en cada texto terminado se convierte en la summa de su obra. Es decir, en cada texto que uno escribe va dejando sus huellas, que son sus reflexiones así, como esas palabras que asedian y conjuran. Miremos en este libro, el texto “Palabras en el laberinto de la infancia”. Allí Omar deja su inicio en los caminos de la escritura al leer y evidenciar su cercanía con tres poetas fundamentales, Porfirio, León de Greiff y José Asunción Silva. De cada uno de ellos recobra sin definirlo aun sino más tarde, como si esas voces le abrieran el camino a la escritura, como si esas voces confluyeran para el inicio de una formación sentimental en la poesía. De ahí que Omar en cada uno de ellos  recobrara aspectos fundamentales como en Silva, sopesar las palabras y darles su medida justa. En de Greiff ritmo y sonoridad de las palabras, y en Porfirio el desgarramiento y la orfandad. Ahí en la infancia ya estaba dispuesto Omar para adentrarse en los caminos de la poesía, en los vericuetos de la creación. Por supuesto, luego llegarán otros maestros pero ahora vamos a referimos a los otros textos del libro.
En estos textos hay una concepción donde se avizora el sentido de distanciamiento y desconfianza con el medio literario. De ahí que él en su escepticismo elabore su mundo poético, al establecer su propia conciencia y al elegir sus vasos constructores, porque cuando uno escribe sobre alguien es porque da cierta cercanía. En estas reflexiones, porque lo son, porque al uno escribir sobre alguien también escribe desde sí y sobre sí mismo la concepción de su escritura. Al abordar al otro se aborda uno mismo en los ecos que encontró en ellos, que son esos puntos de contacto para reflexionar sobre ellos, es decir sobre uno mismo. Es decir, en esta instancia cuando se piensa en el otro, se reflexiona a partir de la propia experiencia estableciendo una cercanía a través del habla, a través de pensar lo creativo del otro. Omar lo hace alertado por su conciencia punzante ante la duda y deterioro del lenguaje que es la materia que concibe y hace al poeta. No en vano cuando se refiere a Colinas anota: “El poeta siempre será un invasor invadido”.
En estos textos hay una visión un poco escéptica pero apasionada del desafuero de las palabras, que contrasta con la perspectiva optimista de la realidad de estos textos que al él mirarlos permiten hallar otra definición, donde el lenguaje, las palabras, apenas son un artificio, ante la posibilidad del escritor para recuperar lo inexpresable, su vivencia. No en vano cada escritor de estos con los cuales Omar dialoga, intentan expresar un mundo que se evade y que las palabras, su lenguaje propio, capta en lo más mínimo, aunque allí es posible encontrar y definir: razón y caos, sensibilidad y orden, pasión y desenfreno, creatividad y fracaso.

Omar Castillo y Víctor Bustamante

En este libro de Omar Castillo desfilan de una manera no blasonada, Alberto Escobar Ángel, Luis Iván Bedoya, Rafael Patiño, Carlos Enrique Sierra, Pablo Montoya, Helí Ramírez, Mario Angel Quintero, Oscar Castro García, León Pizano, Carmenza Arango, Víctor Bustamante… y hago referencia a ellos por una razón de peso, pensar a los amigos, lejos del acomodo de alguna lisonja siempre me ha causado curiosidad y entusiasmo, ya que casi siempre nos referimos al otro, a los lejanos.
Pero aquí no solo hay referencia a poetas o escritores que trabajan y permean las palabras. Aparece Carlos Puerta con sus fotografías, Raúl Restrepo con sus telas atiborradas de colores, y la memoria del teatrero, siempre lamentado, José Manuel Freidel.
Por supuesto ésta Medellín que se presencia en estos escritores que buscan la ciudad desde diversos ángulos está presente en su ensayo “Medellín, un grafiti que se abre”. Una reflexión entre los escritores y poetas anónimos que dejan en sus muros, en sus paredes, en sus tapias, no solo sus frases sino también sus palabras, aquellas palabras de la ironía, aquellas reflexiones, aquellos insultos, aquellas diatribas. Es una Medellín donde estos escritores, los grafiteros, sopesan solo una frase llena de escarnio y de esperpento, una frase pensada, para escribirla casi siempre en las horas de la noche cuando la mirada inquisidora del transeúnte no existe y cuando en la eficacia de un  momento la escriben con donosura para crear desazón y criticar, y además, librarse de cierto estado de cosas y de su malestar.
En síntesis, a los escritores que el poeta nombra, se le suman aquellos que con algunas palabras fugaces se les lee, pero estas palabras son borradas luego, con lo cual siempre sentimos que reescriben su perversidad y su desventura de una manera momentánea.
Al filo del ojo, es andar alerta, buscar la reflexión y la cercanía de otras palabras y otras voces, también es una autoexploración como en “Visión y prisión de las palabras”. Al filo del ojo también es saber que hay diálogos diversos con Floriano Martíns y con Alfonso Peña. Es indagar por esos lazos en apariencia invencibles, pero que están presentes con la poesía y los poetas que forman al escritor, es la ensoñación nunca perse por las palabras, por saber que Medellín es de nuevo expresada a partir de otro punto de vista, desde la mirada de un poeta, que redefine y alindera algunos escritores. Así Omar Castillo.

Fecha Publicación: 2018-05-02T01:58:00.000-07:00
 Acaso la filosofía pronuncie la primera palabra, pero es la poesía la que otorga al universo la intuición de ser, la categoría del habla como revelación de una voluntad deífica. Así llega hasta nosotros la verdadera felicidad de existir en el lenguaje que da forma a la realidad del mundo, un estar en la construcción del destino, un habitar la casa del error donde todo discurso se convierte en lengua desconocida, en habla inaugural de lo que la razón abandona y la revelación ilumina. Y así también llega hasta nosotros este tratar de comprender qué es la poesía de Isaac Goldemberg y su decir aproximativo a lo entero de la existencia del hombre. Isaac ahonda su visión, más allá de las vinculaciones argumentales de la lógica, en la sensibilidad metafísica y en las analogías espirituales que dan sentido a la acción sagrada de la poética activa, poesía entendida como un desafío moral y político de la conciencia humana. Su poesía establece un pacto con la raíz misma del gran misterio, con la voz sin boca de la fundación original, la que pronunció su palabra antes de que las cosas poblaran el cosmos y lo informe deviniera en forma de un eterno presente; es decir, la duración; es decir, las presencias del pensamiento en la geografía del ensueño y la vida real como un territorio poblado de símbolos.

Isaac Goldemberg camina sobre las aguas materiales de la existencia como lo harían los pies del milagro sobre la superficie de la creencia, un vínculo entre la promesa y las correspondencias de la tierra no prometida, sino imaginada, del poema. He ahí la tarea constructiva de la voluntad humana, elevar sobre lo irracional de los sonidos inarticulados del habla el gran canto de la memoria, la irradiación de su oscura luz sobre la noche resplandeciente y los afortunados y también ominosos prólogos de la ventura humana. Ahí está el desierto como inicio del camino, la sangre como primera mancha moral en la historia de la conducta. De ahí la microfísica del poder y el desorden de la belleza cauterizando las heridas de la razón. El poeta habita una presencia oculta y haciéndolo la descubre, la desvela y evidencia, la hace ocupar otro espacio sin sustraerla a la invisibilidad, la hechiza con la conciencia de la vida y la metaconciencia de la muerte. El poeta entra en el sueño como acceden los amantes a sus cuerpos desnudos, entra en la cifra del sentido y en las figuras rítmicas de las correspondencias celestes, en la correlación y en las equivalencias, en la lectura de los espacios abandonados por la súbita desaparición de la esperanza y lo misericordioso. Mas el poeta restablece su estrella sobre las pequeñas aldeas del corazón, habla con las frases muertas y las aguas que hierven, retorna al límite donde la nostalgia hace grandes señales a los desaparecidos y a quienes aún esperan la señal del relámpago al borde de los caminos de la iluminación. Isaac ha caminado con ellos, con los que carecieron de su tiempo en la historia y con los que renacen cada vez que los oídos mentales de la lluvia escuchan la tierra. No lee el pasado, Isaac lee el mañana del espíritu, las justas balanzas con almendras y la gracia unánime del sol sobre las tierras de la promesa. Isaac canta con el que “sale a buscar agua en una calabaza.” Y encuentra el agua, el rocío del origen que da sentido místico al guerrillero y al pájaro.

Cavilan los enamorados al borde de su noche, medita Isaac mientras los caballos cruzan sin ser vistos el horizonte curvo del tiempo donde toda la delicadeza humana entrega como tributo el don del lenguaje a la comprensión del mundo. Son las voces, es el pacto entre la pasión y el habla, es el juramento entre la voz y las especies transparentes del aire respirado por las víctimas, son los términos y los ofrecimientos, es el verbo bajo la sombra del árbol del Génesis donde los vivos hablan por la esperanza de los muertos, por las voces muertas de cuantos cargados de razón amanecen de nuevo en el poema para que sus pensamientos sigan vivos. Es la restitución de lo hurtado al cielo mental de la belleza lo que agita y subvierte estas páginas, la voz de los otros, la fila donde los débiles se yerguen desde la irrefutable dignidad de su juicio contra los verdugos. Presencias, sí, de las que fluye la melodiosa gratitud de un hacer inocente: la palabra poética configurando la vacilante matemática del destino, la rítmica turbulencia de la historia, la íntima condición del espacio donde incuba la ilusión del hombre su sol de arena. Isaac es la unidad divisible del alefato que extiende sobre el silencio la redención de su condena, y lo silente se ausenta de su mudez, y lo inadvertido se desoculta de su olvido, y lo abandonado retorna al ámbito de lo pródigo. Isaac percibe la angustia de los sin rostro, y otorga faz a la ausencia civil del insatisfecho. Isaac invoca y obtiene: luz a la izquierda del libro donde cada letra es sagrada, luz sobre los espejos sin azogue de la vigilia y sus correspondientes figuras en el abismo del sueño, luz sobre las narraciones pretéritas de la condición humana y las sílabas negras de lo prejuzgado, luz sobre las negaciones eclécticas de la felicidad y las confidencias ardientes del espíritu. Hay confesión y testificación en estas páginas, hay sonoros retratos cuyo eco inextinguible llega hasta las puertas de la melancolía. Hay melancolía e impaciencia, y una insurgente mas delicada manera de estar en el mundo junto a la gente del mundo, en la naturaleza rebelde de lo libre y en la bienaventurada tarea de los avisadores del fuego ante los abismos terrenales. Ellos, los que despiertan a los demás ante la inminente catástrofe, ellos invadidos por el recuerdo de un encargo que nadie les ha hecho pero que han de cumplir hasta que el tiempo del tiempo acabe. Entre ellos este Isaac Goldemberg, su poesía nutrida por la oscuridad luminosa de la filosofía y los sembradores de lámparas en las tierras negras, en las patrias donde algún día habrá de volver a brotar el elogio del conocimiento. Es Isaac contra la ignorancia, la feroz dulzura de la conciencia poética contra los procedimientos de la impiedad y las atrocidades del autoritarismo. Una voz en la asamblea de los que dialogan con el infinito, la voz del poeta que como un sentimiento geológico del mundo se petrifica en el azar de las constelaciones y en el firmamento lingüístico del habla poética como realidad fundadora de todas las demás verosimilitudes y concepciones paralelas del cosmos.


La poética de Isaac Goldemberg es una lección de grandeza, una enseñanza en cuanto inteligencia de un texto, en cuanto testimonio de una excelencia moral. Su conversación con las tensiones críticas entre el bien y el mal, su ánimo para afrontar la evidencia y la imposibilidad de resistir lo ominoso desde las certidumbres éticas de la conciencia contemporánea, hacen de su entendimiento un logos unitario y armónico, una teoría del ser cuyo principal axioma es la naturaleza sagrada y contextura moral, ángeles y demonios, de la condición humana. Poeta en el exilio y en las afueras de la otredad, poeta tras las fronteras del éxodo y la permanente refundación de un destino, Isaac eleva la emotividad de su cántico de las criaturas sobre la “dignidad solitaria de las cosas” y las personas. No hay sombras que se le oculten, ni resplandores que lo deslumbren en el tránsito entre sueño y fábula, entre el país sin nombre de los desterrados y la casa en el aire de los que ya solo residen en el recuerdo. Importa en esta poesía la justicia ejercida sobre el espacio de las mutilaciones, sobre las lesiones históricas de la condición judía, la fisonomía del sufrimiento, el silabeo del descifrador ante los enigmas del infortunio y las metamorfosis de la desgracia. Instalado en la lengua común el hablante somete a los poderes artísticos la decisión significativa de sus dialectos, los personajes heterodoxos que habitan la memoria y transmigran entre lo truncado y lo absoluto, entre la ilusión de lo pendiente de ser soñado y las deudas por lo no vivido; seres de cuya belleza se nutre de una súbita cualidad la materia del mundo, frases, cuadros, nebulosas, visiones ordenadoras de una existencia concebida en términos de promesa, de una impaciencia inferida en términos de redención. Indudablemente Isaac sabe cuál es el derecho de todo ser a la justicia y lo hermoso, Isaac conoce la capacidad de toda pasión por generar lo bello y la competencia reordenadora del amor entre los discursos del afecto, la responsabilidad y lo justo. Isaac está ante el desafío del amanecer y frente a las seducciones consumadas del crepúsculo. Isaac recuerda y ama, acaso la tarea primera del poeta: la emancipación del olvido y la flexibilidad sintáctica de las consolaciones sobre el atronador silencio de las víctimas.

Este libro está pleno de rostros y de personas en busca de su rostro. Este libro está lleno de palabras que buscan a alguien, que aún siguen buscando a los que desaparecieron en el hambre que no sacia ni la venganza de la primavera ni la estrella amarilla en la raíz de las flores que besó Moisés. Aquí están los que nacieron por la “sencilla costumbre de nacer”, y los que resucitan cada vez que alguien deja una piedrecita sobre las nubes del corazón. Se oye aquí a un coro concertado de voces, los que regresan de sus delirios puros, los masacrados por el envilecimiento de las estructuras y las formulaciones execrables; se oyen aquí a los extraños de sí mismos y a los indefinidamente al borde de su ninguna posibilidad futura; están aquí los que encontraron la sal que no es de nadie, y los que de igual manera hacen del reparto memoria futura de una mesa colectiva. Isaac escribe palabras para dejarlas en el Muro, palabras sin otras pruebas que la de ser palabras, palabras de la inexistencia, palabras de la existencia de Dios, brotando del pan, de las casas, de las fosas.

Es la abolición de las intermediaciones con lo sagrado lo que se destruye con la caída en desgracia de la poesía, como es el triunfo de la vida lo que su bien restituye. Esa es la creencia, a pesar de los estigmas y de la afrenta, de las perdurables significaciones del dolor. Porque un irredento dolor traspasa también estas páginas antes de que hayan de desembocar en un conjuro contra el pesimismo. Estos poemas, este canto giratorio, estas substancias puras de la individual conciencia del testimonio dan argumentación moral a la asamblea que en el sitio de su pueblo sigue siendo, para la poesía de las densidades ideológicas, la infancia de Dios y el nacimiento del lenguaje. Isaac no oculta la desesperación, ni encubre la angustia de los tímidos, tampoco enmascara la imposibilidad de los más fuertes ante el “drama de la desaparición”. Isaac nombra, y al nombrar erige contra la vulgaridad del olvido la sinagoga de la espiga sobre las páginas de tierra de la conciliación. Avenencia entre la propiedad y los despojamientos, entre las heridas terrenales y las leyes involuntarias del cielo. Y no está solo, es multitud en el vacío, una muchedumbre que ha desertado de la fila, los que abandonando la humedad sombría salen al colectivismo del sueño y al fresco futuro de las aguas. Tierra de la promesa este libro de Isaac Goldemberg, libro también secreto y cabalístico, libro de fronteras visibles y apariciones invisibles, levantado sobre las rocas de los sobrevivientes, excavado bajo todos los imaginarios y las preceptivas de la segunda lógica, allí donde surge el territorio inacabable, indestructible, de la visión poética y la respiración del pensamiento crítico.

Y si “el primer fundamento de la fe es el Nombre”, Isaac nombra. Nombra el Nombre. Nombra la deconstrucción de nuestras máquinas de pensar y las metáforas del poder, nombra la acción de los yuxtapuestos y la complicidad de los indiferentes, nombra la resignación permisiva y la voluntad de los atestiguantes. Isaac nombra la apostasía de los indemnes y al que se encoge de hombros ante la muerte. Isaac escribe sobre las mujeres y los hombres de pena y su insaciada esperanza, escribe sobre la velocidad de la luz y las arrugas en la frente; Isaac escribe sobre lo inmutable y la flaqueza del éxtasis entre el tumulto humano. Isaac escribe sobre el allí, el no lugar donde el tetragrama impronunciable se manifiesta en la letra. Allí está Salomón y el Señor de Sipán. Allí está su padre y la noche, “mantel bordado y candelabro”. Allí, “ay vidita”, el profeta Jeremías y Carlos Marx. Allí la casa, la lluvia sobre las uvas y el pan blanco del zorro, la llave que abre las calles sin salida hacia la libertad como definitiva genealogía de la memoria del ser en el mundo. Es el lugar de la víspera, el territorio donde la anticipación deviene en nostalgia de futuro, en súbita redención de un instante que desafía la cronología inmóvil de la memoria y se constituye en un activo recuerdo: “mi padre…viene a lavarme las orejas… el rabino me hace subir a la bimá…” Para que se oiga, para que sea escuchado desde el podio, el poema en el centro del santuario de la existencia, la palabra revelada en la alta festividad de los significados que articulan el conocimiento y otorgan conciencia a las figuraciones y decorado crítico de la Creación. “Sardinas y pan blanco” sobre la mesa para el hijo del mandamiento, estos poemas de Isaac Goldemberg designan una enseñanza complementaria de la ley oral, la escritura pronunciada, hecha voz irrevocable de una condición que asume metafísicamente el habla de lo otro, la esencial presencia de la otredad en busca de rostro, en indagación de lo fugaz en la casa de la permanencia y ante los espejos que entre el cielo y la tierra reflejan la condición humana.

Es acaso de esa conciencia de temporalidad, de lo que por breve es trascendente, en donde echa raíces la paradójica tristeza de este alegre habitante del poema, “a veces sueño que soy Jesucristo”, de este hombre que camina sobre las aguas de la escritura hasta confundirse en la lejanía con los párrafos de la promesa. Patria de un lenguaje fronterizo y éxodo del ser hacia los panes ácimos, la poética de Goldemberg instaura una plenitud de sentidos sobre la excavación que cada poema realiza en las geografias del encantamiento, ya sea Ucrania o el ayayai de las tierras polvorientas de Chacra Colorada, ya suene el shofar o la quena, allí donde hay palabra hay casa, allí donde hay luz hay día. Día para la elegía del vendedor de corbatas, día para los prostíbulos góticos de las cabezas desnudas, lo comprensible y lo incomprensible, la intuición que en el cerebro de las rocas imagina el agua. Agua y tiempo, he ahí la material esencial de la que están hechas las palabras de Isaac y “las espigas de Judea”.

Voz coral instalada en el mestizaje de la sabiduría, voz que nombra para borrar lo nombrado y transmutarlo en materia tras el destierro de las significaciones, el recuerdo como categoría moral de la historia, la memoria como un constructor configurante de la verdad abolida, del lenguaje puesto en crisis, en una situación límite donde solo la redención, la exaltada melancolía que transfigura en destino la solidaridad y la culpa, la misericordia y la fraternidad, dan sentido a los conceptos del amparo, la radical misericordia y la innegociable esperanza.

Aquí el ciprés habla en yidis con las cruces católicas, y las colinas de Lima descienden sobre el valle de Jerusalén. El peso es la medida como el carnero es la ofrenda y la parte el cálculo de cada necesidad. Es sábado. Es sábado en la escritura del silencio y en los caracteres de la permutación. Es el día siguiente en que toda narración es arrastrada por los vientos erróneos hasta llevar lo visible más allá de lo invisible. Es la escritura de la invisibilidad haciéndose presente sobre las cenizas de los que ya solo viven en el aire, en el mito transparente de Dios y entre las líneas de su escritura, más que temperatura de lo humano, más que sonrisa liberadora y definitiva de la razón poética. Sea lo que fuere el ángel, hay ángel en este libro, el ruido ordenado en la periferia del resplandor según Tristán Tzara, las alas que le crecen a cada árbol personificado en los laberintos según Sholem; ángeles civiles y ángeles laicos cuya creencia es la propia sustancia de ser ángeles, materiales sobrantes de la creación simbólica del mundo, sueño de la mujer en la casa oculta del hombre y sueño del hombre en la casa también oculta de la mujer; ángeles que cantan con la boca cerrada, ángeles mudos en el mármol, ángeles tallados en los huecos de arcilla del silencio; ángeles hay en esta asamblea de fragmentos y amor que es toda amistad con las palabras, esa exterioridad sin límites del ser que se hace edad, escritura en el espacio, y pasión de lo sentido como experiencia única del universo.

No es el de Isaac Goldemberg un territorio establecido en los márgenes de la dicción donde se originan los mitos fundacionales de las escrituras en el éxodo, sino el de un topos circunscrito a la etopeya moral de un pueblo, un monólogo en el que el universo judío habla por sí mismo, significa por sí mismo entre las líneas y texturas configurantes del carácter de su leyenda. Resistencia y evocación de la utopía, el arte político de la palabra implicada en los subrayados de la conducta, sin duda aquella que viene a recordarnos, otra vez más, que los seres humanos somos responsables unos de otros. Desalojando el conflicto, reinstaurando la invocación deífica, transformando el destierro en una experiencia espiritual, la poética de Goldemberg es un tratado de hermenéutica sobre la condición misteriosa de la palabra en la conciencia humana, un acceso a la otra condición del ser, aquella que tan por encima de la pragmática nos otorga, como en todo acto de revelación, el conocimiento intuitivo de la historia que nos constituye como personas. Historia confesional y laica, historia de lo fragmentario y lo arraigado a la imantación de la creencia, memoria colectiva y epopeya íntima del ser enfrentado a cada una de las circunstancias azarosamente cuánticas del destino. Historia al fin del ciudadano y su sombra civil encausado en el proceso de la legitimización discursiva, allí donde la palabra ya no nombra ni designa, sino que celebra, sino que testimonia desde el tiempo futuro la viva presencia de aquello que jamás logrará borrar de los tribunales de la conciencia el recuerdo del exterminio y la totalidad de los ominosos actos de fuerza. También contra eso escribe Goldemberg, contra la posibilidad cruel del olvido y contra la violación sistemática de los significados del porvenir.

“¿De cuál de las doce tribus desciendes tú?” se pregunta el poeta, y la respuesta, como toda construcción de sentido ante la intemperie del no saber, no ha de ser otra que la tribu de la humanidad, aquella que ante las categorías morales de la historia halla en la condición sagrada de la persona su única y definitiva necesidad. Una poética construida ciudadanamente en la laboriosa mezcla de sentidos, de injertos significativos, de historias corales. Voz en la que se cifra la paradojal permanencia de lo fugaz, el tiempo detenido en las legislaciones imperativas de la memoria, en la desafiante voluntad de hacer del recuerdo un vivo testimonio de futuro, acaso la responsabilidad más honda de la palabra hacia los muertos, con los errantes y las sombras, con los viajeros sin otro rumbo que la revelación de su propio origen entre los bienaventurados en el silencio.
Este libro, esta elegía y esta celebración, es el estado de cosas en que se transforman las palabras después de haber cumplido su función audible en el lenguaje, estos poemas son estancias, casas para ser habitadas por la conciencia de otro, tú, lectora, lector. Catres donde han soñado las personas del verbo, las infancias sin otro espacio que la liturgia textual, el acomodo crítico del habla ante la intemperie, la soledad, los espectros del miedo. Y esa aproximación a la verdad simbólica es aquí, ahora, el día de la luz ante los ojos cerrados de la muerte, y ese también el acto de valentía del poema ante lo tachado.
Isaac ha cumplido su mandato, ha dialogado con las grandes tradiciones de la lírica, ha entrado en la identidad de los nuevos descubrimientos, en los territorios arrancados al vacío y en la especulación de los gestos que amplían los horizontes significativos del porvenir. Isaac ha visto, ha oído, ha vuelto a religar las visiones de lo desconocido con el humor sagrado, con la sonrisa del ser que configura su conducta moral en lo intuido como expresión suprema de la inteligencia. Inteligencia y amor. Amor civil, amor dramática y apasionadamente humano. Su yo es otro, y el otro, el íntimo ante los reconocimientos de la semejanza es el cualquiera, el hombrecillo, la mujer, la ceniza de los poemas que siguen dando cuenta de la historia del cielo ante los tribunales del orbe. No otro gesto tiene el pan ante quien ha hecho necesidad de su hambre, la voz interpeladora de una conciencia que en voz tan alta, tan pura, alumbra en la incertidumbre y tan persuasivamente consuela en el pesar, en el dolor y en el irracionalizable sufrimiento. Tal vez el que consigo mismo habla y entre las permutaciones encantatorias del alefato hebreo encuentra la identidad colectiva de todos los pueblos, de todos los hostigados, de todos los que bajo el nombre de una misma estrella son la vida breve, la tan delicada como radical resistencia ante lo injusto, la lámpara, la voz sin boca que habla e ilumina a los errantes.
El círculo se abre, el inventario de los sueños no ha concluido, los que viven en el aire bajarán de las nubes a pisar esta tierra. Esto no es un prólogo, no necesita de ninguna máscara este diálogo después de Auschwitz. Isaac lo sabe, Isaac se sabe, usted lo sabe. Isaac es la imaginación del imperfecto dios y el “animal que habla”. Ya no es posible entender más y la elección del máximo bien está hecha.


Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, España, 1957) es poeta y artista plástico. Ha publicado numerosos libros de poesía, entre ellos Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986, Premio Adonáis), La poesía ha caído en desgracia (1992, Premio Gil de Biedma), La casa roja (2009, Premio Nacional de Literatura) y La bicicleta del panadero (2012, Premio de la Crítica de Poesía). Premio Castilla y León de las Letras en 2018 al conjunto de su obra. 

Fecha Publicación: 2018-05-01T08:07:00.005-07:00


Marisa Negri nació el 24 de junio de 1971 en Buenos Aires, capital de la República Argentina, y reside desde 2011 en el Delta, partido de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Es Maestra Especializada en Educación Primaria, Profesora de Castellano, Literatura y Latín, formada en Especialización en Educación por el Arte (Instituto Vocacional de Arte), con posgrado en Arteterapia (Universidad Nacional de Arte) y postítulo en Escritura y Literatura en la Escuela Secundaria. Es Bibliotecaria Escolar, cursa la carrera de Bibliotecóloga y se desempeña desde 1990 en la educación pública como Profesora de Literatura. Desde 1995 a 2005 coordinó el Taller “El Revés del Cielo” en la Municipalidad de Zárate, provincia de Buenos Aires. Junto al músico Alejandro Dinamarca tuvo a su cargo talleres de Arteterapia para adultos mayores. Desde 2010, con Alejandra Correa coordina el programa “Poesía en la Escuela”. Organizó concursos de plástica y literatura y participó en mesas de lectura en Festivales de poesía de su país, Chile y Perú. Efectuó investigación, compilación y prólogos (además de ser la coordinadora editorial de la Biblioteca Isleña) para volúmenes de Ediciones en Danza. En co-autoría con Alejandra Correa (en todos los casos) y con Javier Galarza, se difundieron artículos sobre didáctica y poesía en la escuela, tanto en revistas como en libros. En 2009 se publicó su antología de la obra de Olga Orozco titulada “El jardín posible”; en 2010, en edición bilingüe (castellano-alemán), su antología de la misma poeta, la cual prologó, “En la rueda solar”, presentada en el Centro de Arte Moderno de Madrid; y en 2012 su antología de los artículos periodísticos de Olga Orozco: “Yo, Claudia”.  Entre 2003 y 2016 fueron socializándose sus poemarios “Caballos de arena”, “Estuario”, “Las sanadoras”, “Nautilus” y “Hebra”.



          1 — La punta del ovillo.

          MN — Nací un 24 de junio de 1971. Solsticio de invierno y fecha sagrada para muchos pueblos originarios. Día de fogatas y queimadas, de dejar ir lo viejo y reafirmar la fe en la oscuridad. Cuentan que  mi madre iba maquillada y  con su mejor vestido porque habían salido a cenar con unos amigos y sobrevino el parto. 
          Crecí en Villa Amelia, una pequeña localidad del conurbano bonaerense. Mi padre tenía taller y agencia de autos, mi madre trabajaba de secretaria en una fábrica. Tengo dos hermanos que heredaron el oficio de mi padre.
          No puedo fijar la infancia en un solo lugar. He pasado mucho tiempo en casa de mi abuela Paula, modista, inventando tiendas y vestuarios para mis muñecas, debajo de las sillas, con las telas maravillosas que me obsequiaban las clientas, o recortando personajes de las revistas e inventándoles historias que escribía en un cuaderno de tapas rojas.
          Durante los primeros veranos veníamos a Nautilus, la casa de la isla. Nos gustaba nadar, pasear en lancha y explorar el monte hasta donde nos permitían las lianas y las espinas de la zarzamora. Pablo, mi hermano mayor, abría el paso con el machete y yo lo seguía hasta la panadería abandonada en donde tallábamos nuestros nombres con algún carbón robado en la cocina. Pronto, a este paraíso, llegaron las primeras lecturas. Bajo un mosquitero de algodón que mi padre colgaba de las casuarinas construí mi reino de palabras. “Sandokán” de Emilio Salgari, “Los tres mosqueteros” de Alexandre Dumas, “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne, “Fabiola o la iglesia de las catacumbas” de Cardenal Wiseman, “Papaíto piernas largas” de Jean Webster…, toda la Colección Billiken desfiló por esa tienda.
          No había aún luz eléctrica en el delta. Al atardecer, cuando los mosquitos volvían insoportable el exterior, subíamos a la casa a encender las lámparas. Jugábamos al chinchón y comíamos tortas fritas; sentada en mi lugar preferido de la casa, anotaba minuciosamente las aventuras de ese día en mi cuaderno y sabía que habría de ser maestra y viviría en esta casa.
          En algún momento que no puedo precisar, mis padres comenzaron a llevarse muy mal y nosotros, los hijos, sin ser muy conscientes de eso, tomamos partido. Desde entonces y hasta que pudimos reconciliarnos con la publicación de “Estuario”, fui la “hija de mi padre”.
          Comencé el secundario con la apertura democrática del ‘83. La calle era una fiesta, había recitales gratuitos casi todos los días y busqué amigos mayores para que me permitieran salir en grupo con ellos. Escuchaba a Tom Lupo en la radio, en el programa “Submarino Amarillo”: por ahí se coló la poesía. Pink Floyd y Luis Alberto Spinetta fueron mis primeros descubrimientos. La necesidad de escribir y comunicarme era inmensa, “lejos de la paciencia de las familias”, como decía un verso de Enrique Molina que había escrito como santo y seña en la puerta de mi habitación infranqueable, llegué a cartearme con setenta personas a través de las direcciones que conseguía en la radio o en las “Cantarock”. A través de esas cartas y de la música se abrió un nuevo sistema de lecturas; leí a Carlos Castaneda y Antonin Artaud por Spinetta, a Olga Orozco por Molina, a Alejandra Pizarnik por Orozco, a Julio Cortázar por Pizarnik. Participé de un taller literario en la escuela donde escribí mis primeros poemas, canté en una efímera banda de rock que versionaba a Serú Girán y compuse algunas canciones.
          En 1989 militaba en la juventud franciscana. Queríamos cambiar el mundo. Los domingos íbamos al Instituto de Menores “Riglos”, a jugar con los chicos internados allí; cuando se profundizó la crisis económica salimos a pedir a los comerciantes materia prima para cocinar en la capilla y la gente podía pasar con su olla al mediodía para llevar algo de comer a su casa. Entendí la diferencia entre caridad y solidaridad. Ahora que me siento tan lejos del catolicismo, sigo viendo en San (no sea cosa que se interprete como el papa Francisco) Francisco y en su doctrina algo verdadero, una mirada de convivencia con las criaturas del mundo que celebro y respeto.
          La adolescencia terminó abruptamente ese año, nos fuimos de vacaciones al sur con ese grupo y volví embarazada de Juan, mi hijo mayor. Me casé y me fui a vivir a Zárate. La crisis nos había arrebatado la lancha y con ella la posibilidad de seguir yendo a la isla. Zárate puso distancia entre todo lo que formaba parte de mi mundo y yo. Pasarían años para despertar e ir en busca de lo que me pertenecía


2 — Por ejemplo, aquello que habías pronosticado: “y viviría en esta casa”.

          MN — Creo en lo que el poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero llamaba “el pálpito”, esa primera impresión de las personas o los acontecimientos que después olvidamos pero contiene una verdad que más adelante va a confirmarse. A los once años extravié mi documento de identidad y bastante tiempo después lo encontré en la casa de la isla. En ese gesto involuntario está “el llamado a la aventura”, ése y no otro era mi camino.
          Necesité olvidar la isla para vivir en la ciudad, pero comencé a tomar clases con Alberto Muñoz y a trabajar en Ediciones en Danza con Javier Cófreces, justo cuando ellos escribían “Tigre”, la obra más importante sobre el delta.
          Me resistí, estuve en julio del 2010 en España y comencé a ahorrar dinero para quedarme a vivir allí; llegó el verano y con unos amigos alquilamos una casa en el río Carapachay. Allí tuve un sueño premonitorio y decidí ocuparme de este lugar abandonado por mi familia hacía tantos años. El pálpito se confirmó cuando el vecino que construyó el muelle me proporcionó el primer presupuesto para la madera: era la cantidad de dinero exacta que había ahorrado.


          3 — Has conocido y tratado personalmente a quien obtuviera en 1998 el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo”, la pampeana Olga Orozco (1920-1999). Y a otro pampeano notable, Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929-2010). Y a ese sanjuanino con mucha obra, publicada a partir de sus cincuenta años, y gran reconocimiento: Jorge Leonidas Escudero (1920-2016).

          MN — La presencia de Olga en mi vida ha sido constante desde muy temprano. Compré una antología suya del Centro Editor de América Latina en la adolescencia, junto con “Hotel pájaro” de Enrique Molina. Fueron mis dos primeros libros de poesía. Claro, por entonces me costaba pensar que esas personas vivían y ofrecían recitales. Llevaba a todas partes esos libritos de bolsillo, atormentaba a mis amigas leyéndoles esos poemas.
          En 1997 residía en Zárate, me había separado y tenía dos hijos pequeños. No tenía mucho contacto con “la capital”, eran años de vacas flacas y alquileres altos. Supe por un diario que Olga iba a leer en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (actualmente CCEBA) y allí fui. Lloré durante toda la lectura y Jorge Boccanera me prestó su pañuelo. Él fue quien me la presentó. Entonces le entregué lo único de valor que tenía para darle: mi juego de runas. Ella me extendió un papelito con su teléfono y me dijo: “Niña, venga a mi casa a tomar el té, que usted y yo tenemos que hablar”.
          Sigo en diálogo con Olga, me acompañan sus talismanes, sus consejos y la extensa obra periodística que escribió con diferentes seudónimos para la Revista “Claudia”. Vuelvo a esos textos cada vez que lo necesito y es así como el diálogo continúa.
          Cuando comencé a estudiar literatura tenía altas expectativas con respecto a la formación poética. Pronto me di cuenta que la poesía y la academia, al menos en esa época y en ese lugar, no se encontrarían nunca. Fueron los festivales, las lecturas, o los amigos poetas quienes nutrieron esa sed. Así fue con Orozco y tiempo después con Bustriazo y con Escudero.
          A Juan Carlos Bustriazo Ortiz lo conocí a través del querido y generoso poeta Sergio De Matteo. Fue él quien lo llevó al “Flamenco Bustriz” (así lo llamaban) a la presentación de “Estuario” en la Casa Museo Olga Orozco, de la ciudad de Toay, donde Olga naciera. Su poesía deslumbrante y chamánica me interesó vivamente, al punto que cambié mis planes de viaje y acompañé a De Matteo y a Bustriazo al Festival Internacional de Poesía de Rosario, en donde se realizó un reconocimiento a la trayectoria del poeta.

          El encuentro con Jorge Leonidas Escudero fue en su casa. Le realizamos una entrevista junto a Javier Cófreces (la encontrarán en mi canal de Youtube). Pasamos el día con él y sus hijas y por la noche fuimos juntos al Casino. Era mi primera vez y al poeta lo entusiasmaba la posibilidad de que eso le diera suerte. Volví a verlo al año siguiente para la presentación de su “Poesía completa”. Chiquito, como le decían sus amigos, era un ser humano excepcional, un hombre que comenzó a escribir cuando el cuerpo ya no le dio para seguir escalando los cerros en busca de piedras; entonces se dedicó, como él decía, a “buscar el oro de la palabra única”.


4 — ¿Qué decir, Marisa, de http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/, cultura isleña?...

          MN — Me gustan los blogs; tengo unos cuarenta que he alimentado con más o menos asiduidad desde 2004. Algunos son de lectura restringida y otros sólo los puedo ver yo y los uso para recopilar material sobre temas que me interesan (pájaros, trenes, el antiguo delta, etc.). En el caso de pájaro de mimbre, surgió a través de la Beca del Fondo Nacional de las Artes de investigación sobre poesía isleña. Colectar, reunir, antologar y difundir son tareas que siempre me dan placer. Fue también nuestro modo de habitar este lugar, ya que lo llevamos adelante junto a Gabriel Martino. Gabriel y yo nos conocimos en 2012 y el amor unió nuestras vidas y nuestros proyectos. Juntos construimos esta casa, juntos estudiamos bibliotecología, juntos coordinamos talleres y trabajamos en la Biblioteca Genoveva, hacemos libros, viajamos… Como diría Roberto Arlt, Gabriel es alguien que a fuerza de vivir en el delta “adquirió la ciencia de las cosas”; tiene un talento enorme para escribir, pintar, dibujar, esculpir, trabajar la madera. Se necesita una singular capacidad para vivir en el delta y no depender de nadie. Es él quien se ocupa de mantener a raya a las alimañas, a la vegetación que crece sin fin; también es quien fabrica nuestros muebles y repara lo que se rompe. Es un lector apasionado, sobre todo de literatura medieval italiana. Mantiene un blog de traducciones: http://italianoalabartola.blogspot.com.ar/ y uno en donde homenajea a su escritor favorito, el chileno Adolfo Couve [1940-1998].


          5 — Si una iniciativa hay que no deberíamos saltearnos en una conversación que propende a darte a conocer del modo más amplio, es la de creadora, al menos en nuestro país, de Bibliolanchas en Red.

          MN — El trabajo en red es el tipo de interacción comunitaria que, de todos los posibles, más me interesa. Así sucede con Poesía en la Escuela (poetas y docentes de todo el país que año a año realizan el festival en sus escuelas) y también con Bibliolanchas en Red, que reúne a tres comunidades rurales de tres países que cuentan con una bibliolancha: Quemchi en Chiloé, Villa Victoria sobre el Río Putumayo, en Colombia y el delta de San Fernando tienen mucho en común; atienden poblaciones con necesidades similares y une a sus proyectos los mismos ideales: llegar con la palabra a los lugares más aislados, convidar a la lectura de materiales cuidadosamente elegidos, retomando una frase de Gianni Rodari [1920-1980] que siempre nos acompaña: “El uso total de la palabra para todos me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

          En 2018 nos proponemos escribir un libro de mitos y leyendas junto a los niños y jóvenes y luego editarlo en los tres países. En Argentina contamos para eso con el apoyo de la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).



6 — Qué intereses te rondarán o habrán rondado en el área de lo artesanal.

          MN — La labor artesanal implica un uso diferente del tiempo. Me importa sobre todo eso, no tanto el producto en sí, sino el estado de bienestar que me genera estar tejiendo o bordando, o pintando con acuarelas. No hay un fin comercial ni una pretensión artística. Hace poco aprendí a trenzar canastos de sauce y palmera. La sensación de estar en un círculo de mujeres que tejen es poderosa. El bordado vino con la escritura de “Hebra”. Soñé con la frase “tejedoras de Dalcahue” y allí se inició la investigación sobre las tejedoras de diferentes zonas, sus herramientas y procedimientos, el sentido de sus diseños. Tuve que pasar esa experiencia por el cuerpo y convertirme en tejedora para terminar el libro.


          7 — ¿De cuál o cuáles siguientes tres citas te percibís más próxima?: Gilles Deleuze: “Hay que ser bilingües incluso en una sola lengua, hay que tener una lengua menor en el interior de nuestra propia lengua, hay que hacer un uso menor de nuestra propia lengua.” Ernesto Sábato: “Poderío del Lenguaje”: “La riqueza del lenguaje podría ser medido por el número de las palabras, pero no su poderío. Hay escritores que se arreglan con un vocabulario restringido, pero que sacan matices y partido del que tienen, por la maestría en la colocación: pueden no tener o no querer tener piezas, pero tienen posición. Como en el ajedrez, una palabra no vale por sí sola sino por su posición relativa, por la estructura total de que forma parte. Sólo un escritor mediocre puede desdeñar ciertas palabras, como un mal jugador de ajedrez desdeña un peón: no sabe que a veces sostiene una posición.” Emmanuel Kant:“El sueño es un arte poético involuntario.”

          MN — La búsqueda de un lenguaje propio, de esa lengua menor de la que habla Deleuze es la única tarea posible para quien escribe. Creo en el oficio, en la orfebrería de la corrección, palabra a palabra para ir tras esa lengua propia que, por supuesto, es inalcanzable. Sin embargo, en el origen de cada poema, al menos en mi caso, está el sueño, la visión, el relámpago; luego la tarea consiste en traducir esos fragmentos.


          8 — En 2015, junto a Javier Cófreces, tuviste la responsabilidad de ocuparte de las obras poéticas de Carlos Enrique Urquía (1921-2003) y de Juan José Ceselli (1909-1982).

          MN — Compartimos con Javier ese deseo de hacer justicia a los buenos libros, a tantos poetas que por razones de mercado editorial están fuera del canon y es necesario volver a leer. Ese es uno de los objetivos de Ediciones en Danza. Al recorrer el catálogo del sello no quedan dudas del enorme despliegue que ha realizado Javier como editor de poesía argentina. Tuve la suerte de participar en los volúmenes de los autores que mencionás. Mi tarea fue rastrear las ediciones originales difíciles de conseguir, tipear los textos, y en el caso de Urquía resolver el tema de los derechos.
          Urquía es un poeta que adscribe al creacionismo; los cuatro libros sobre el delta que compilamos en “La islíada” reflejan ese cruce entre la creación pura y la cercanía con el paisaje y sus habitantes.

          Ceselli es un rara avis de la generación del ‘40. Un hombre que abandonó todo por ir detrás de los surrealistas. Su obra es bella y violenta, desmesurada y cósmica. 



9 — En 2004 se publicaron dos antologías: “Un camino en la selva, un paso a la libertad” (a cargo del chileno Ramón Quichiyao (1951-2017), y “Al filo del gozo”, de las escritoras mexicanas Marisa y Socorro Trejo Sirvent, y cuyo eje es el erotismo.

          MN — La antología chilena formó parte de un Encuentro Binacional llamado La Ruta de Neruda, en el que desde 1999 un grupo de poetas de ambos países, Chile y Argentina, rememora el paso por la selva, desde Futrono a San Martín de los Andes, que realizara Pablo Neruda al ser perseguido por razones políticas.
          Participe en 2004, junto al poeta platense Emiliano Cruz Luna y los chilenos Ramón Quichiyao, César Uribe, Jaime Huenún, Jaime Valdivieso, Bernardita Hurtado Low y Jaime Quezada, de ese recorrido que incluyó lecturas en escuelas rurales, el cruce del lago Maihue y la visita de la hacienda en donde el poeta escribió parte del “Canto General”.
          En el caso de la antología mexicana, Marisa y Socorro Trejo Sirvent realizaron la convocatoria a fin de presentar el libro en el Encuentro Internacional Mujeres Poetas en el País de las Nubes, de Chiapas, e incluyeron un poema de “Caballos de arena”.


          10 — Participaste con una serie de haikus de la muestra “Satori” en la galería de arte contemporáneo “Masottatorres”. ¿También en otras muestras participaste?

          MN — “Masottatorres” fue un espacio de arte contemporáneo que replanteó los vínculos entre las obras, los artistas, los aprendizajes y el público. Desde que abrió sus puertas en 2007 fue concebido como una red que tendía vínculos entre diferentes disciplinas artísticas. Allí participé escribiendo haikus para las fotografías de la muestra “Satori”, seleccionando poemas que acompañaron la muestra “Erótica” y también coordinando cursos de poesía y vanguardias junto a Javier Galarza.
          En “Masottatorres” presentamos además “Estuario”en 2008, “El jardín posible”, mi antología de Olga Orozco, y “Yo, Claudia”, la obra periodística de Orozco en la Revista “Claudia”, con una performance que incluía un living de los años setenta y disfraces para fotografiarse con el libro.


11 — ¿Y “El jardín de las estrelicias”?

          MN — También nació en “Masottatorres”. Fue un intercambio con la genial artista Maggie de Koenisberg. Escribí en base a algunas de sus obras y ella luego pintó a partir de poemas míos. Esos poemas fueron editados por el Gobierno de la Provincia de La Pampa cuando fueron seleccionados en el Certamen Federal de Poesía “Casa-Museo Olga Orozco 2013”.


          12 — Es a la isleña Marisa Negri a quien precisamente le acerco esta “inquietud”: Ricardo Piglia en “El último lector”, a partir de esa tan divulgada pregunta: “¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta”, considera que la misma incluye a otras dos, las cuales, apenas retocadas, te formulo: “¿Qué libro leerías si no pudieras hacer otra cosa?” y “¿Qué libro creés que te sería de ‘utilidad’ personal para sobrevivir en condiciones extremas?”.

          MN — Me angustia esa pregunta. Vivo rodeada de libros, son imprescindibles para mí. Construí una vida en donde el contacto con el libro ha tenido todos los abordajes posibles; como maestra, compartiendo lecturas con mis pibes y enseñando a escribir; como bibliotecaria, desarrollando una colección relevante para el lugar en donde trabajo; como editora, sacando a la luz textos que estaban perdidos u olvidados; como poeta, escribiendo. Todo es leer y escribir. Pero vuelvo a tu pregunta. El libro que me ayuda a sobrevivir en condiciones extremas es “Cartas a un joven poeta”de Rainer María Rilke, y el que leería si no pudiera hacer otra cosa sería la obra completa de alguno de mis poetas amados: Arnaldo Calveyra, Orozco, Francisco Madariaga, Miguel Ángel Bustos, Escudero, Héctor Viel Temperley, Bustriazo…


          13 — Entre “Caballos de arena” y “Hebra”, ¿qué fue cambiando en tu poética?... ¿Tenés, tendrás, aunque no necesariamente para socializar en lo inmediato, un nuevo libro o compilación de la obra de algún autor?

          MN“Caballos de arena” es un libro que ha quedado muy lejos del resto. Es intimista, catártico, un poco adolescente también. Aun así es un libro querido por lo que representa en mi vida; una joven mujer con hijos pequeños, recién separada, escribiendo desde ese dolor. Más que los poemas en sí, allí cobró valor lo paratextual. Para la presentación del libro en la biblioteca del pueblo montamos una escenografía con cartas de tarot gigantes y caballos de papel; Nadia Sandrone, una talentosa amiga actriz, entraba a escena entre poema y poema jugando con agua, tierra y fuego. También toqué la guitarra y canté junto a dos guitarristas y un percusionista. Lo volvimos a presentar con gran suceso en las ciudades de Ramos Mejía y Capitán Sarmiento. De allí surgió un grupo de amigos que a veces coordinábamos talleres de educación por el arte.
          Luego me mudé, comencé mis estudios de poética con Alberto Muñoz y eso lo cambió todo. “Estuario” fue un largo reencuentro con mi madre a partir de escenas familiares que volví a narrar tomando la idea de John Berger: “El pasado es la única cosa de la que no somos prisioneros. Podemos hacer con el pasado lo que se nos dé la gana”. Entonces, tomando esa licencia reescribí parte de la historia familiar.
          Para “Las sanadoras” me alejé de lo personal; es un libro de mujeres que curan y mujeres que rezan, una exploración de esos saberes ancestrales sobre los yuyos, los huesos, las señales del cielo. Un grupo de mujeres en Balsa Las Perlas, provincia de Río Negro, lo transformó en una obra teatral. Conocí a la poeta neuquina Macky Corbalán [1963-2014] ese día, el del estreno: fue un encuentro breve y luminoso.
          En “Nautilus” el tema es la construcción de la casa, el regreso al río y al padre. Es un libro inconcluso, pero tal vez ese sea su signo; ahora que vivo aquí, y el delta es el universo cotidiano de lanchas, y niños y perros, se desdibuja como objeto poético, forma parte de un misterio mucho mayor aún.
          Con “Hebra” vuelven las mujeres a dominar la escena, esta vez tejedoras de distintos lugares de América, de diferentes épocas. Intenté en él recuperar esas voces, tejer. Hay poemas que funcionan como urdimbre y otros son trama. Dos muertes y dos nacimientos queridos y cercanos sucedieron en torno a esos textos mientras escribía “el origen y el final son una misma cuerda”.

          Lo que viene: una recopilación de “Mitos que viajan por agua” contados e ilustrados por niños y jóvenes de Argentina, Colombia y Chile. Formará parte del recorrido 2018 de la Bibliolancha de la Biblioteca Popular Santa Genoveva, y también del bibliobote de Villa Victoria (Putumayo, Colombia) y la Bibliolancha Felipe Navegante (Quemchi, Chiloé, Chile). También me gustaría editar la segunda parte de “Yo, Claudia”.


14 — ¿Ana Emilia Lahitte, Juana Bignozzi, Leda Valladares o Elizabeth Azcona Cranwell?...

          MN — Sobre todo Leda. Ella, como Violeta Parra en Chile, inició un camino hacia el origen de la palabra y del canto, nos enseñó a escuchar las voces de cantores que “con su música reajustan el universo”.
          Ella nos dice: “Grito y canto convergen en el indio, en el negro, en el asiático o en el criollo de cualquier continente. Salen juntos, casi trenzados en el rito primero. Allí se pierden las nociones de prudencia sonora y todo está permitido si sirve para expresar, clamar, convocar, suplicar y llegar a oídos supremos. La libertad es la esencia de ese grito y el grito significa sangría, parto, develamiento de fuerzas ocultas (…) Ese canto metafísico del desamparo original, cantado con los huesos y el pellejo, exige un tímpano religioso.”
          Admiro esa determinación de Leda, que dejó su formación jazzística para seguir el canto de la tierra y adentrarnos en sus misterios.


          15 — ¿Cuáles considerás que son las condiciones y atributos más relevantes en un narrador? ¿Quiénes responderían a ese modelo?

          MN — No soy experta en el tema. Cuando comienzo a leer un relato y la escritura es descuidada pierdo el interés; sin embargo, cuando un cuento o novela me apasiona, lo más probable es que relea una y otra vez y en esa lectura se vaya profundizando la mirada.
          Mirada la de John Berger que amo: siempre más allá de la superficie, y el inmenso abanico de otras lecturas que convida a leer. De William Faulkner su maestría para hacernos experimentar las emociones que viven sus personajes, la genial invención de Yoknapatawpha, en donde transcurren la mayoría de sus historias.
          No sé si hay un modelo. Cada autor tiene sus claves y habrá algunas que no alcanzaremos nunca. Me gustan Claire Keegan, Haroldo Conti, Cynthia Ozick, Juan José Saer, Natalia Ginzburg, Carlos Domínguez, Juan José Morosoli, Irene Nemirovsky, Felisberto Hernández, por nombrar algunos: estos que ahora vienen hacia aquí y mañana podrían ser otros.


          16 — ¿Cuál es tu opinión de la poesía argentina de este siglo XXI?

          MN — La poesía goza de buena salud. En Argentina hay un arco poético lo suficientemente amplio como para encontrar la voz que más nos interese. Ha habido un desplazamiento de la poesía hacia otros lenguajes, una fuerte presencia teatral, performática, audiovisual. También como lógica consecuencia de los tiempos que vivimos aparece fuertemente lo social y lo político.
          La oferta editorial tuvo su apogeo en 2015, cuando se creó la Red Federal de Poesía y desde el estado se propiciaron encuentros, lecturas, compras de libros para las escuelas, apoyo a festivales y ferias en todo el país. Hoy, desfinanciados estos programas, la red subsiste de modo autogestivo y solidario.



17 — ¿Incursionaste —aparte de tus prólogos y artículos— en otras formas de escritura fuera de la poesía?

          MN — Soy estudiante crónica y docente, así que mucho de mi escritura pasa también por el desarrollo de proyectos, planificaciones, breves ensayos o materiales didácticos para mis alumnos.
          Llevo habitualmente diarios de viaje, bitácoras que van quedando por ahí en cuadernos perdidos dentro de mi biblioteca, y alguna vez intenté escribir una novela pero no pasé de las treinta páginas.
          No creo que deba publicarse todo lo que se escribe. Durante cierto tiempo escribía dos o tres hojas diarias como un modo de “limpiar” la cabeza. También escribo muchísimas cartas.


          18 — Certezas: ¿bastantes, sólo algunas o poquísimas?...

          MN — Algunas. Amo lo que hago, tengo vínculos fuertes y profundos con algunas personas, creo en las fuerzas naturales, en el amor, en la amistad. Elegí vivir en esta isla pero podría haber sido también en Granada, Montevideo, Salvador de Bahía o Chiloé. Siempre habrá un deseo nómade en mi vida sedentaria. Siempre viento y raíz serán parte de mi naturaleza.




Marisa Negri selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


fénrir


                                        “uno entre todos un día será
                                        quien en forma de monstruo
                                        a la luna devore”

                                        edda mayor 40-3/4


fénrir
el lobo con la sangre del cielo
o el animal de gubbio
o el ojo amarillo de gmork

tantos lobos

los lobos de adentro
como la propia piedad
la detestable caridad para sí
los argumentos

de nada sirven las palabras
cuando el lobo
se disfraza de cortés
de buena gente

un beso es un colmillo
con su garra de niebla
te arranca el corazón

tarde o temprano el tiempo pasa
toda intemperie
es cicatriz 


                                  (“de “Caballos de arena”, 2003)


*


un sendero con flores de romero la lata de leche nido de la que asoma un malvón mi madre protesta los moños desatados el vestido blanco impresentable pero la abuela me dice yuyerita pone sobre mis brazos rodajas de papa para el exceso de sol aloe en los raspones de las rodillas cada brizna tiene su secreto en el jardín los tamarindos entregan sus hojas agridulces para calmar la sed y la ruda a un lado de la casa aleja la mala conversación al mismísimo oscuro si hace falta yuyerita hay que pedirles permiso a las plantas para que entreguen su virtud cortarlas con la mano fuerte en el nombre de san juan esa higuera es tu árbol de nacimiento yuyerita una velita roja y tres deseos cada año a sus pies


                                    (de “Estuario”, 2008)


*


El bicho


El hijo del panadero mira por el rabillo del ojo
le zumba un bicho en la cocina
el Capitán debajo de la mesa
el hueso del puchero entre los dientes
la mosca sobre el hueso
El chico se ladea
una vez
otra vez

Las rodajas de jengibre sobre la tabla
Berta sobre el cuchillo
zumba el bicho
zumba zumba zumba
todos tenemos un bicho dentro de la cabeza

Quiero los duraznos de la frutera
todos
El licor de las hermanas
¿Es la voz de la mosca?
El día que subimos al techo no fui yo
fue el bicho

Los bichos tienen mil ojos
con cerrar la mitad les basta para dormir

Inventos
Ningún bicho puede hacer casa en el cuerpo

Me darán un trompo
si les llevo el bicho envuelto en alcohol.


                                                (de “Las sanadoras”, 2012)

*


Iwy Mara ey


partiremos hacia el este
un solo tronco ahuecado será la canoa
pay carabí
danos la blanca carne de los peces
días de agua mansa
semilla y barro a nuestras mujeres
piedra y hueso para las lanzas
pay carabí
que lleguemos salvos
a la Tierra sin Mal


                               (de “Nautilus”, 2012)

*

La lana es la vida. Es el arreo con silbido y buen perro hacia la esquila y el hilado torcido para la resistencia. Los más antiguos no están y nadie quedará cuando nos vayamos yendo.
Madrecita tejía ponchos bordados que no alcancé a aprender: roble, canelo, pello pello, tenía 12 años cuando todo empezaba.
Madeja cruda teñida con barba de palo, tiene que hervir para que tome el color. El punto ceñido apacigua el viento, las agujas nunca se dirigen al pecho.


                                             (de “Hebra”, 2016)

*


Infancia


Impulsa su autito de carrera sobre el asiento que con el oleaje recorre el largo de la lancha, rebota y cae sobre las piernas de un hombre adormecido.
El niño recibe un reto suave y la madre musita una disculpa.
Pero el hombre ha sido tocado.

Ve la puerta de alambre, la cocina, el cajón de los cubiertos.
Esquiva los cuchillos y guarda tres cucharitas de metal, sacachispas.
Clava la cuchara en la masilla
clava la masilla en el plástico.
Impulsa su autito de carreras.

El niño que dormía, despierta.


                                        (de “Delta F”, inédito)

*

Entrevista realizada a través de correo electrónico: en el Delta, partido de San Fernando, y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, distantes entre sí unos 40 kilómetros, Marisa Negri y Rolando Revagliatti, abril 2018.



Fecha Publicación: 2018-04-07T07:24:00.000-07:00

Presentación de “Vide Cor Tuum” (Perro de ambiente, editor) de Juan de la Fuente Umetsu en Madrid. Este jueves 12 de abril , a las 8 p.m., en el EVA de Madrid con la participación de los poetas Antonio Ruiz Pascual y Leticia Quemada Arriaga y las cantautoras Mariella Kont y Myriam Quiñones. Los esperamos!

Fecha Publicación: 2018-04-03T14:57:00.000-07:00

Niego el conocimiento y la voluntad de ser
si nos lleva a donde nos trajo.
Juan José Arreola

Leer El guardagujas es dejarse sorprender totalmente, quedarse boquiabierto, exagerarse las ojeras, abrirse completito al timo, maravillarse por el ingenio y mucho más. Este cuento de Arreola no puede uno dejar de degustarlo las veces que se detenga a leerlo, se puede desarmar y escoger su parte mejor, y armarlo de nuevo, y esa que uno creía la parte mejor, lo ha vuelto a engañar.
Un hombre en una estación con un boleto dispuesto a abordar el tren que, como todos supondríamos, lo debe llevar a su destino, y se desata la magia:
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo.
La forma que Arreola tiene de escoger las palabras para redondear las ideas, el ritmo que le imprime. Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave… Y cierto o no, uno participa de ese apenas perceptible sonido de la palmada suave. Puede escucharse, se nota el cambio en la narración, como si el autor susurrara las palabras, para volver a decir: Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Nótese que no de “aspecto”, sino de “vago aspecto”. Si el adjetivo no funciona mata, dicen por ahí, pero Arreola utiliza las palabras como un gran artesano.

Para crearse una opinión acerca de una lectura intervienen al menos tres cosas: el conocimiento del lector acerca del texto a leerse (es decir, leo porque me lo han recomendado), el momento de la lectura (el tiempo biológico en el que el lector lee el texto) y las intenciones del lector (por qué se lee). Arreola logra encandilar a cualquier lector que se acerque a su cuento, de ahí que se tengan muchos acercamientos a El Guardagujas. Leyendo El Rey Viejo de Fernando Benítez, ambientada en 1920, me encontré con este apunte: “En estos locos trenes mexicanos, que no se sabe nunca cuándo salen ni cuándo llegan, las despedidas son agobiantes”. ¿Acaso un guiño a El Guardagujas? Dejemos a los críticos ponerse de acuerdo, y hagámoslos a un lado para centrarnos en el disfrute pleno del cuento, lo que puede despertar en nosotros.

Arreola con Juan Rulfo


Y es que al menos yo, leo de acuerdo con las influencias del momento, y cómo no reconocerme ante El Guardagujas si crecí cerca de la Ex Estación de Ferrocarriles, y me pasé muchas tardes correteando palomas, iguanos, zarigüeyas entre los vagones. ¿Acaso compañeros del barrio no estudiaban con niños cuyas viviendas eran vagones adaptados para ello? ¿Acaso no supimos de chiquillas que se dejaban manosear cerca de esos vagones y rieles? ¿No es cierto que todo alumno de los talleres de fotografía que impartía el maestro Humberto Suaste en la Facultad de Arquitectura no se creyó un innovador al ir a retratar niñas a los vagones y rieles, a la estación del ferrocarril?
Si a eso le sumamos la ocasión que me tocó viajar en tren hasta Tizimín para hacer una bicicleteada a través del oriente del estado, -el plan era llegar a esa ciudad en el oriente del estado de Yucatán, y recorrer en bici hasta el puerto de Río Lagartos, El Cuyo, Colonia Yucatán y regresar a Tizimín-, y el traqueteo del tren fue, en esos ayeres, la aventura.
Esos patios llenos de chapopote son ahora una Escuela de Arte. Pero hubo una época en que el ferrocarril en Yucatán era todo un espectáculo del avance de la ciudad. Muchos viajeros, como los del cuento de Arreola, se quedaron a dormir en las posadas frente a la estación. Y miraban hacia el horizonte como se extendían los rieles. Así, en cada poblado donde el tren pasaba, las historias se iban repitiendo, y es cuando el cuento nos hace sentirnos patria, humanidad, ya que la construcción del ferrocarril a lo largo se llevó a cabo por muchos hombres con historias rudas de vida, que en ocasiones escapaban de la ley.
Todo eso viene a la memoria cada vez que leo el cuento de Arreola, pero hay mucho más, porque uno disfruta, sonríe, se alegra, se sorprende, se enoja, se desespera con el destino del forastero.
Y es que en el ahora, en este año, todos nos sentimos forasteros en nuestra patria. Y así como el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren, así es como cada uno de nosotros tenemos que luchar por mantenernos atentos para no perder el tren que nos corresponde, y no se trata de escoger nuestro vagón, sino de abordarlo a cómo de lugar o nos quedamos de pie en la estación, rumiando el tiempo.

Fecha Publicación: 2018-04-02T06:13:00.000-07:00

Con motivo de la publicación de su libro Objetos de distracción & Laberinto (Lima, Ediciones Imaginarias, 2017), la poeta Magdalena Chocano sostendrá una conversación pública con el investigador José Ignacio Padilla. El encuentro será el martes 3 de abril, a las 7:00 p.m., en la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Áncash 207, Centro Histórico de Lima). El ingreso es libre.

Chocano, poeta e historiadora, volvió al Perú recientemente tras una residencia de varios años en Estados Unidos y España. Desde los años 80 ha publicado poemarios de manera espaciada pero consistente, y ocupa, de manera discreta y silenciosa, un lugar importante en nuestra escena.

Se propone una conversación sobre la naturaleza de la práctica poética y su lugar en relación a otras prácticas y discursos. El punto de entrada será el de las “zonas temporales”, o el de las “texturas temporales y poesía”. La cuestión de las temporalidades permite observar las dinámicas propias del poema, y también preguntarse por la posibilidad o imposibilidad de que otras temporalidades, propias de la historia, se manifiesten en la poesía. Esta problemática nos lleva a preguntas como: ¿cuál es el tiempo del poema?, ¿cuál es la naturaleza del trabajo poético?, ¿es la poesía una práctica o un discurso?, ¿puede (o debe) la poesía dar cuenta de otros discursos?



SOBRE LOS PARTICIPANTES

Magdalena Chocano Mena (Lima, 1957). Estudió historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Realizó estudios de maestría en el Ecuador y se doctoró en Estados Unidos. Fue investigadora del equipo interdisciplinario de investigación «Multiculturalismo y género» de la Universidad de Barcelona.  Ha publicado los poemarios Poesía a ciencia incierta (1983), Estratagema en claroscuro (1986), Contra el ensimismamiento (partituras) (2005), Otro desenlace” (2008), entre otros. Poemas suyos han sido traducidos al inglés.

José Ignacio Padilla (Lima, 1975). Ph.D., Princeton University (Spanish & Portuguese, 2008, con una tesis sobre poesía y artes plásticas —Girondo, Hidalgo, Huidobro, Noigandres, Eielson)—. Editó la revista more ferarum, además de volúmenes de homenaje a César Moro y Jorge Eduardo Eielson. En 2014 publicó El terreno en disputa es el lenguaje. Ensayos sobre poesía latinoamericana. Desde el año 2009 dirige la Librería Iberoamericana.

Fecha Publicación: 2018-03-28T07:06:00.000-07:00
Patrick Rosas (Lima 1947) es un escritor peruano perteneciente a la generación del 70 quien se instaló en Francia en 1976, y desde allí ha venido creando una singular obra literaria que alcanza los doce títulos, entre los que podemos destacar -en poesía-  Las claves ocultas & otros poemas (1981) y la novela Entre el estrago del combate mudo (2015). Ahora nos entrega El año de Los Saicos (Ed. La huerta grande, Madrid 2017) novela que motiva este breve comentario.
       Para comenzar diremos que el título podría resultar engañoso. Es decir, el lector pensaría que se trata de un texto sobre la etapa inicial de la famosa banda de rock Los Saicos -considerada por la crítica internacional como una especie de brote precursor del punk ocurrido en el barrio de Lince, sito en la capital del Perú a mediados de los 60s- pero desde las primeras páginas del libro nos percatamos que se trata de una muy otra cosa. En efecto, estamos ante la historia de una familia de la pituquería limeña (voz popular que se refiere a la clase dominante del país) en el contexto de la sociedad peruana en el año de 1964, en pleno apogeo de la hegemonía oligárquica, antes de la Reforma Agraria del gobierno de Velasco que liquidó aquel predominio casi feudal. Fue el año también de la formación de Los Saicos (hay un par de escenas en las que -tangencialmente- aparece la banda) y así queda justificado el nombre de la novela.
       La historia de la familia de Xavier Noboa (abogado y ex senador, miembro del partido de Manuel Prado, ex presidente) junto a su esposa Michi y su hijo adolescente Xavi se nos relata en un directo y perfilado estilo, configurado a través de una metaficción según la cual el menor hijo de la pareja le narra la trama al narrador, quien -a su vez- nos la va contando a nosotros a lo largo de todo el texto. Ambos -Xavi y el narrador- han sido compañeros de estudios en el colegio La Recoleta y de allí su amistad. El meollo del asunto gira en torno a la llegada de Ana Huamán, procedente de su pueblo Despeñaperros en la sierra andina central, a trabajar en el hogar de los Noboa, sito en el Pasaje Inclán, centro de Lima a escasas cuadras de La Colmena. Ana es una hermosa y sensual joven (una rica chola -como la llaman los muchachos de la collera del barrio de Xavi) ante cuya belleza todo el mundo cae subyugado; y para lo que nos interesa en el plot de la novela: principalmente el hijo de los Noboa. Pero Xavi no sabe o no puede conquistar a Ana, quien lo rechaza abiertamente; y a partir de allí el muchacho va a desarrollar un encono hacia ella que será decisivo para el trágico desenlace final de la historia.
       Con toda esta situación planteada, el narrador va a explayarse presentándonos un logrado cuadro de los habitantes de Lima en el marco temporal de la novela. Modos, costumbres, tics, giros coloquiales de la pituquería (y de personajes de otras clases que se relacionan a ella) se nos presentan con fidedigno realismo pero tocados por un cierto halo sarcástico con que el narrador parece solazarse y enfilar así su crítica rotunda a esa burguesía oligárquica, cuyo mundo (la sociedad peruana) les semeja una suerte de paraíso en donde el pueblo -los cholos e indios- permanecen sojuzgados y a su entera y exclusiva disposición. Pero dicho paraíso empieza a hacer crack cuando una de las amigas de Michi de Noboa intenta suicidarse por un affaireamoroso que bordea el escándalo, o cuando Xavier Noboa embaraza a su secretaria; igual cuando Michi se involucra sexualmente con el italiano pobre dueño de la cochera donde guarda su carro, o cuando Lucas -primo hermano de Xavi que ha llegado a vivir temporalmente al hogar de los Noboa- (siendo esto muy importante para la trama) conquista y embaraza a la hermosura andina Ana Huamán, empleada de la casa.
       Este personaje -Lucas- es quizá el más emblemático de la novela, toda vez que encarna uno de los modos de ser de la juventud de los 60s, no sólo en el Perú sino en toda Latinoamérica: la militancia guerrillera guevarista surgida tras el triunfo de Fidel Castro y la Revolución cubana en 1959. Claro que el tono sarcástico del autor cuestiona dicha condición en un pituco como Lucas, pero, de todos modos, el trazado del personaje y su entorno comprometido sirve a Patrick Rosas para darnos una idea -digamos- de su filiación ideológica, sobre todo -por ejemplo- en los diálogos acerca de la religión que sostiene con Ana Huamán, donde es claro el cuestionamiento frontal al catolicismo imperante en la sociedad peruana.
       Respecto al estilo del autor me interesa resaltar algunos de sus rasgos. Por ejemplo: su manejo del modo de pensar pituco de aquella época, muy bien insertado en el discurso narrativo. Leamos: “ninguna limeña decente caminaba más de una cuadra” (tenía que ir en auto sino era una indignidad). La calidad descriptiva con cierta resonancia de raigambre expresionista muy ad-hoc para Lima: “Una noche aguada, pegajosa, mezclando su piel con el fulgor amarillento y sucio de los faroles sobaba la fachada del Hotel Bolívar”. O esta otra, más efectiva: “Un olor a fritanga se disputa el aire con un olor a monóxido de carbono y a querosén quemado y de algún lugar detrás de las paredes escamosas de los callejones llegan a sus oídos acordes de música andina y de alguna polquita criolla”. Haciendo uso del giro coloquial, el autor nos retrata el acendrado racismo de la pituquería (y que atraviesa toda la escala social en el Perú). Cuando los chicos de la collera de Xavi se enteran de que “se ha templado de su servilleta” uno de ellos acota burlonamente: “-Pucha tus hijos van a oler a llama”.
       Algunos personajes reales de la Lima de entonces desfilan en la novela, con o sin sus nombres; entre los que podemos reconocer: Sebastián Salazar Bondy, Carlos Aítor Castillo, Ofelia Woloshín, César Calvo, Chabuca Granda, Coco Satui; así como visibles apellidos de la pituquería como Nicolini, Isola, Marsano, Rossi, Ladrón de Guevara, Simich Montero, etc. O barrios del centro: Malambito. Bares: el Bransa, el Mario(reconocibles por lo menos hasta la década de los 80s). Tipos de origen popular como el negro Bomba que aparece (realmente lo era) como guardián del burdel de la Avenida México -famoso lupanar de Lima hasta los 60s- y también incitador y causa de la mortandad habida en el Estadio Nacional en mayo de 1964. Y por supuesto Los Saicos pero -como queda dicho- de refilón para usar un vocablo del argot, de acuerdo a ciertas partes de la novela, expresiones en las que el autor parece deleitarse: de la pitriquimangansúa verbigracia. Por supuesto que también aparecen Larco, La Tiendecita Blanca o el legendario Dávory de San Isidro, a través de las incursiones de los personajes a estas modernas zonas en la Lima de los 60s, pero son eso: incursiones, ya que los Noboa todavía vivían en el centro como mucha de la pituquería oligárquica de aquellos tiempos.
       La trama final de la novela se define cuando Lucas -tras un episodio fugaz con Laura Rivera, una mujer mayor que él- se reencuentra con Pilar Plaza, joven pituca como él, con quien tiene que casarse -según la ley social de la época- por haber tenido relaciones sexuales con ella. Ana Huamán entra en desesperación y huye de la casa, volviendo a su lejano pueblo andino donde poco después será víctima de la situación desencadenada.  Supuestamente Xavi quiere secuestrar a la muchacha para evitar que haga problemas al matrimonio de Lucas y Pilar y ha convencido a su tío Ricardo -capitán de la marina- para viajar hasta Despeñaperros (otra muestra del sarcasmo del autor en el nombramiento de dicho pueblo) a buscar a la chica y donde sucederá la última escena.
       El remate final del libro podría parecer -a primera vista- un exabrupto, pero pienso que -en última instancia- está narrativamente justificado como una salida para concluir la novela y es coherente a la condición social -y a los modos de sentir y percibir el mundo- de los tres protagonistas de la escena. En suma, se trata de una excelente novela que -cumpliendo la manera estilística en que fue concebida- brinda el retrato fiel de un país de Sudamérica frisando los años 1960s de nuestra convulsionada historia.

[Orillas nevadas del río Cooper, Collingswood, New Jersey South, marzo de 2018]

Fecha Publicación: 2018-03-26T07:58:00.000-07:00

Se encuentra disponible gratuitamente para ser leída, impresa o incorporada a bibliotecas virtuales, la segunda edición electrónica corregida en PDF y en versión FLIP (Libro Flash), del poemario “Fundido encadenado” de Rolando Revagliatti. Hemos agregado links recíprocos (de ida y vuelta desde el índice a los poemas y viceversa) para una navegación más cómoda por el documento. El diseño integral y la diagramación es de Patricia L. Boero.

Puede descargarse en:

http://www.revagliatti.com/fundido.html

Rolando Revagliatti es colaborador principal de Sol negro. Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Publicó en soporte papel dos volúmenes con cuentos y relatos, uno con su dramaturgia y quince poemarios, los que, además de cuatro poemarios inéditos en soporte papel, cuentan con ediciones-e disponibles gratuitamente para su lectura o impresión en www.revagliatti.com

Fecha Publicación: 2018-03-26T07:41:00.000-07:00

Los poemas no son objetos de consumo comunes que pueden leerse en serie, sino que justamente buscan la particularidad máxima para lograr eso tan difícil: decir realmente (¿qué dice un poema?)..

En este seminario propongo compartir la lectura de algunos textos que marcaron mi manera de pensar la poesía, y en los que encontré, como lectora curiosa y ávida, modos de mirar y procedimientos sorprendentes, viajes imposibles, e interlocutores amados. Algunos de esos textos  son múltiplemente citados por variedad de artistas y críticos, otros han sido catalogados de manera peyorativa: díficiles, ingenuos, anticuados, e incluso feos, en su momento y también desde el presente,  pero al mismo tiempo, han sido definitorios no solo para mí sino para diferentes fases de la poesía moderna y tienen influencia o dialogan en nuestra escritura más contemporánea.

Así este seminario se propone como una herramienta para la lectura (y escritura) de poesía a través del recorrido concreto y grupal sobre los textos, poniendo el acento en aquello que cada uno, en su infinita particularidad, propone.

Modalidad: taller de lectura y escritura. A partir de las lectura particulares para cada clase se harán propuestas de escritura.

Clase 1 – Sábado 7 de abril

Imágenes de la poesía / El amor, la mujer y la noche. Artes Poéticas

Clase 2 – Sábado 14

Poesía Maldita / La calle y el sueño

Clase 3 – Sábado 21

Barro barroso y barroco / Acrobacia y realidades

Clase 4 – Sábado 28

Lo breve / Una teoría del haiku

Clase 5 – Sábado 5 de mayo

Animales fantásticos

Autores

Rubén Darío – Delmira Agustini – José Martí – Oliverio Girondo – Stephane Mallarmé – Arthur Rimbaud – Paul Verlaine – Alejandra Pizarnik- Blanca Varela – Roberto Echavarren – Néstor Perlongher – Marosa Di Giorgio – Matsuo Basho

Coordina Romina Freschi –  Estudió Letras en la UBA. Es docente de escritura y literatura en ámbitos universitarios y de creación. En investigación, se dedica al estudio de, entre otros temas, las obras de Néstor Perlongher, Juana Inés de la Cruz, Delmira Agustini, desde el imaginario crítico y el dispositivo barroco en relación con la configuración de los géneros, los procedimientos y las sexualidades. Ha indagado en la performance  y la plástica. En edición, realizó distintas experiencias artesanales como los sitios web de Plebella contemporánea, pájaros locos, zapatos rotos, más las editoriales Arte Plegable y pagárosló editora. Y publicó los siguientes libros de poesía: Soleros (1997), Redondel (1998), Entremezcales (2000), El-pE-Yo (2003), Marea de Aceite de Ballenas (2012), Juntas (2014), Todas cuerdas (2017). En 2015 se publicó su Libro Có(s)mico que reúne publicaciones previas e inéditas. En 2016 salió Eco del Parque en el marco del proyecto Juana Ramírez, el cual integra y donde desarrolla labores de edición audiovisual y literaria. 

Días:

Comienza el sábado 7 de abril

Sábados de abril y sábado 5 de mayo

Horario:  16:00

Inversión: $200

Por las 5 clases: $900

Inscripciones: 

mosquitodragona@gmail.com

Fecha Publicación: 2018-03-20T14:15:00.000-07:00


Fecha Publicación: 2018-03-18T22:09:00.000-07:00


Guillotina Hernández (Cd. Juárez, Chih, México, 1994). Es un individuo que ha intentado “comer de todo” dentro del área de humanidades (teatro, Literatura, Historia). En 2014 realizó el texto dramático “Este título fue acribillado” que cerró el Festival de Teatro de la Ciudad, montaje a cargo de Hybris Teatro.  Ha participado en diversos talleres literarios como Tinta Roja y Lugares Comuness, entre otros. Entre sus proyectos personales se encuentra la creación de un fanzine llamado “Zeptentrión”. Actualmente experimenta con la escritura creativa, en la promoción de eventos culturales independientes; también forma parte del colectivo de teatro callejero de crítica social “Sfondo di Merda” fundado en 2015 y coordina el fanzine “Laboratorio Klandestino”.


Mr. Reeves

Soñé que Keanu Reeves se moría
lo supimos por las noticias
en una acrobacia, mientras filmaban Matrix 4.
mis padres se llenaron de lágrimas,
hicieron una carne asada en su honor
con salchichas para asar, rojas fosforescentes
rojo violento, como la sangre derramada
que Keanu Reeves tuvo al caerse
voy a la panadería y pienso en la muerte
¿qué soy en la memoria de todos?
no saldré en los noticieros cuando muera
no soy Keanu Reeves
por eso vuelvo a casa y busco mi nombre en Google
para darme cuenta de que aparece mi foto y mi dirección
soy conocido por desconocidos
y eso me da paranoia
ahora cuando duermo oigo pasos cada hora
no puedo ya ni orinar solo
porque alguien me mira de la regadera
bueno fuera si es un fantasma
pero yo sé que es alguien vivo
que se oculta en la casa
y no solo en la mía.
Ojalá y yo fuera Keanu Reeves
o Will Smith o Robert de Niro
Para poder publicar en TV y Notas
que hay un intruso en mi casa.
Ojalá y mejor yo fuera el intruso
Para no tener miedo de los intrusos…


Ambrosia Martínez es terrorista del nuevo siglo.

Le da “me divierte” a estados solemnes, se masturba con selfies de preparatorianas que no tiene agregadas. Se pasea por las calles del centro buscando drogadictos para avisarle a la policía, roba ropa de segunda mano y donas que cuestan un peso, en el autobús le pone el pie a las embarazadas, hace chistes de paralíticos. Finge estar dormida cuando llaman a su puerta, sobre todo a su abuela que tiene una pierna, trabaja en la maquiladora en recursos humanos, se mete al baño tres horas cuando hay contrataciones, pone el seguro y se sienta en el escusado, dice que tiene problemas de estreñimiento, aunque su digestión sea la mejor del norte. Le dedica las tres horas a reportar blogs de literatura desde su celular; odia el rock y el rap y el trap y la clásica y todo lo que se llame música, odia el arte y las escuelas de humanidades, odia a los jóvenes, odia la literatura, el único libro que le gusta es la biografía de Mussolini, de él tiene posters y figuras coleccionables que a veces saca de madrugada en el balcón de su casa, mientras ondea una bandera diseñada por ella, de un país imaginario con un gobierno imaginario, grita consignas en un idioma imaginario y le dispara a los gatos con su rifle de postas. Ambrosia Martínez, ¿qué fue de ella?, supe que salió en el periódico, en una camilla bajo una cobija blanca y que los forenses registraban su casa.


Parque acuático

Parque acuático/ ¿faros?
¡Faros! / Sin filtro
Espejismos en el borde
palomas y martillos
sobre las trizas, doritos, muelas de cemento
la carne asada llena de aserrín
marinados los cuerpos de piscina
dos mandíbulas tragan orina
las sustancias meciéndose en cloro
Raulito encima del trampolín
con las piernas temblorosas
goteras del traje de baño
la tierra hecha lodo (en la superficie)
el nubarrón que la arroja (a la piscina)
tapaderas y fichas, decadencia
dobleces de aluminio acosan el zacate
zacate/ ¡sácate de ahí!
grita la madre al hijo
la parte honda de la alberca
donde depreda el miedo infantil
ahogarse hasta en la mente
dibujar tiburones en el fondo
Faros/ ¡faros sin filtro!
y sin filtro también la piscina
contenedor de desperdicios
atardecer industrial, con el sueño como juego
el faro mojado, flotan los envases de caguama
el tío que apaga el asador
 llorando de su esposa en la cárcel
sin bloqueador, con la espalda carcomida
tanto silencio que incluso el aire
se calla a sí mismo
Y la abuela, en el fondo, dormida
Soñando con cocodrilos y pantanos verdes…

Fecha Publicación: 2018-03-09T15:32:00.001-08:00
Archivo personal de E.V. (Fuente Diario El Comercio)
Enrique Verástegui (Cañete, 1950) es uno de los poetas latinoamericanos de mayor prestigio en la actualidad. Este prestigio comenzó en 1971 cuando publicó su primer poemario En los extramuros del mundo concitando la crítica favorable y la admiración unánime. A partir de entonces ha construido una sólida obra poética reunida bajo el título de Splendor que cubre casi 1000 páginas y fue lanzada en México en 2015. Simultáneamente Verástegui ha publicado un considerable número de libros de filosofía y de matemáticas. Su último trabajo filosófico El principio de no-ser salió hace poco en Lima bajo el sello de Garabatitos Editores, y es motivo de esta breve nota.
       Lo primero que debemos expresar es que -a los ojos de nuestra lectura- estamos ante un libro de creación poética basado en fundamentos filosóficos y matemáticos. Es decir, los conceptos de filosofía vertidos por el autor están compuestos en formulaciones de alta poesía; ese es el terreno en el que trataremos de comentar los planteamientos generales de la obra. La primera parte empieza con un poema denominado ‘Meditación: el principio del no-ser’ y podemos leer versos como estos: “El tiempo que vuelve es materia / Abstraída bajo la forma de su ser, precede / El todo e ilumina el caos”. Sentencias reflexivas sobre las grandes preguntas de la filosofía desde los días de la clásica Era. Encontramos deducciones como la que sigue: “Si abstracción produce pensamiento, / Pensamiento produce realidad” que interpretaríamos como una nueva reformulación del antiguo tópico de Teoría & Praxis. Luego viene un axioma: “1. Real =lo posible / 2. Realidad = lo que no existe. 3. Lo real es el no-ser” que nosotros entendemos como un comentario posible a la realidad ineludible e inexpugnable de la muerte. De allí que inmediatamente después nos diga “El es no es el verdadero es”. Más adelante encontramos definiciones que se presentan certeras: “Lógica es verdad sintética de la percepción”. Y culmina con lo que -para mí- sería una poética celebración inexorable de la muerte: “El no-ser es la apoteosis mundo/universo”.

       Posteriormente tenemos un conjunto de 13 ensayos de diversa extensión y calibre. Y una segunda parte compuesta por 12 conjuntos de proposiciones argumentativas. El primero de los ensayos ‘Teorema sobre la incomprensión de la falsación en Popper (el problema de la exactitud del conocimiento’ comienza con este párrafo que brilla tanto por su belleza textual como por su contradicción manifiesta, así como el capricho o voluntarismo poético de sus afirmaciones esotéricas: “Todo conocimiento matemático es universal, uno, perfecto y, según el análisis inexplicable, demostrable. Si no hay corazón tampoco hay matemáticas: Sin embargo, las matemáticas, -que, naturalmente pasan por la mente- se encuentran en el cosmos, el cielo, el universo”. Luego hay sentencias más coherentes que -al parecer- devienen de la formación marxista de su autor, como por ejemplo: “El hecho de pensar el mundo, no es más que la resolución de sus problemas”. U otras de típica y hermosa raigambre poética: “La base de la eternidad son las contradicciones y también las paradojas”. Pero después hallamos frases -como la que sigue- del más estricto narcisismo, expresada con gran deseo y esperanza: “Aparte de Wittgenstein, Bertrand Russell, Withehead y Carnap, nadie jamás ha logrado permanecer puro, como yo, matemático de una mente que ilumina el caos”; y que busca ser demostrada mediante un ‘Teorema del número 1’que con correctas proposiciones de índole matemático-numérica el poeta propone que demuestran “no sólo la diferencia entre unidad y el número uno, sino también, la existencia del número en tanto que idea producida por la propia configuración de un universo insondable y perfecto como Dios”.

Libro de E.V. publicado por la editorial cañetana
Garabatitos de Erick Sarmiento
El siguiente ensayo ‘La palanca alterna y otras meditaciones (La revuelta de los ingenieros: metafísica y física de la gracia en la sociedad cibernética)’ prosigue con propuestas cercanas a la mística, hablando de su obra Verástegui nos dice que es un: “nuevo género literario que permite el análisis de las cosas del mundo, y la llegada al éxtasis”. Y afirma que su libro fundamenta “desde la experiencia de la gracia, la vida, la sociedad, la historia, el destino, al mismo tiempo que piensa en el misterio de la eternidad”. Y luego que “funda el pensar peruano en Perú, al mismo tiempo que funda el pensar latinoamericano en América Latina”. Afirmaciones que nos evidencian el más extremo e íntimo deseo del autor en el plano de su visión y horizonte utópicos. En dicha visión se sitúa al lado del fundador del cristianismo: “Medium de Cristo, llevo adelante un proceso de renovación mental del mundo, ya cumplido, y en el que ahora sólo queda dedicarse a una pasión exquisita: cultivar rosas, beber champagne, comer fresas”. Y en el pináculo de su visión poética Verástegui llega a afirmar: “Al lado de Cristo, hay que colocar al pitagórico de Tiana y a Swedenborg, quien conversaba con los ángeles, igual que yo”.
       Como vemos se trata de una experiencia mística, que lo lleva a estudiar el Espíritu Santo en un siguiente ensayo. Aquí utiliza el concepto del Súper Hombre de Nietzsche, para quien Verástegui es “espiritualidad en acción”. Y “esa espiritualidad activa no es otra cosa que el espíritu santo, cuya morada, tanto como su identidad, reside en el corazón humano”. El corolario es el que sigue: Así el corazón -residencia del amor- es tan poderoso que mueve el universo”. Posteriormente sus reflexiones abarcan distintos campos, desde los misterios de Eleusis en la antigua Grecia hasta los dioses del Tawantinsuyo, pasando por el calendario maya. En todo su recorrido nuestro poeta busca “el lugar donde se produce la conciencia” y llega a la conclusión que es en el centro del cerebro: en el hipotálamo, donde según Verástegui está “el lugar donde luchan el bien y el mal, y más precisamente, el lugar donde vence el bien”.   
       Todos los ensayos -y los conjuntos de propuestas argumentales numeradas- que conforman el libro giran en torno a la experiencia del ser humano en el universo y su inter-relación entre sí. A cada tramo el autor se autoreivindica como un profeta, o un genio del pensamiento filosófico y de la literatura. Fuentes conceptuales e ideológicas de la más diversa índole son amalgamadas y concurren para sostener su pensamiento, aunque justo es decirlo sea quizá el marxismo (la idea de la Revolución y el Socialismo) el que guía buena parte de sus razonamientos y afirmaciones visionarias y esotéricas. Más allá de su alto narcisismo intelectual y muchas afirmaciones caprichosas o voluntaristas, resalta la defensa del hombre que plantea Verástegui y su escritura a favor de la vida y la realización de la belleza y la felicidad en todos sus ámbitos. Aunque por momentos el texto logre situarnos en la dimensión del delirio, al final se justifica en párrafos como éste: “Naturalmente, la danza cósmica es una función de la mente, y desde esa realidad sagrada y poderosa, la memoria trasciende el ánima, la mente y la conciencia: eso es lo que yo llamo Psicología Trascendental. Por eso mismo, pensar es necesariamente existir”.
      A juicio nuestro este libro es perfectamente disfrutable, por la magia de la visión poética de Enrique Verástegui, plasmada en una radiante configuración textual que nos confronta con el misterio de la mente y con la utopía soñada de un mundo que nos devuelva a la verdadera dimensión humana cuya suspicacia metafísica y/o divina no deja de inquietarnos.


[Orillas congeladas del río Cooper, sur de New Jersey, marzo de 2018]

Fecha Publicación: 2018-03-06T05:35:00.002-08:00

Nada embrutece tanto
como el trato diario con los sabios.
Mariano Azuela


“Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil”. Así termina la novela Los de abajo de Mariano Azuela (1873 – 1952), y uno tiene que recargar la espalda en algo sólido para poder respirar y sentirse completo. Entonces la reflexión se extiende para repasar página por página las imágenes, las escenas, los sonidos que se van escapando del libro.
Novela de actualidad aún por lo que implica el trasfondo de la misma, ya que las traiciones, la violencia, la lucha sin sentido son parte de la naturaleza humana y de la política que los avienta sobre uno y otro cuadro:
“-¿Por qué pelean ya, Demetrio?
Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:
- Mira esa piedra cómo ya no se para…”
Los de abajo es un texto cargado de sinceridad, adornado con la natural poesía que todo escritor tiene en la pluma para encadenar ideas, haciendo que frases como: la oscuridad impenetrable de la noche, salgan sobrando para mirar las acciones una a otra, y esas pequeñas carencias se suplen con el argumento, ya que como decía un maestro: la novela aguanta todo.
Ha sido vista, además, como un documental de la Revolución Mexicana de 1910, al menos de una pequeña parte de un conflicto armado donde al final, las traiciones de los grupos políticos, las mentiras y artimañas comenzaban a sembrar sus parabienes.
¿Qué nos deja leer en la actualidad Los de abajo?, primero habría que señalar que sigue siendo una narración fresca la que el autor utiliza al estimular las acciones: El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó a un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie.
En este 2010 uno puede replantearse en la lectura de Los de abajo, imágenes agotadas ya por los filmes mexicanos de la revolución, los documentales históricos, que cada septiembre y noviembre venimos celebrando desde hace ya 100 años. Pero la obra de Azuela no queda fundida en la descripción de una historia más sobre “los alzados”. Toda ella es una gran metáfora sobre el México que le tocó vivir, y que con gran visión analiza el futuro del conflicto armado, que hoy se nos presenta como el mismo conflicto de siempre, y que nos hace cantar en son de crítica política: songo le dio a morondongo, morondongo le dio a bernabé… ya que todo mundo en la política como en la vida, se traiciona, se aplaude, se pisa, se hace a un lado, para repartirse el pastel; al final el gran ganador para este 2010 es una Partidocracia anquilosada que agita su cola para golpear y destruir esos monumentos revolucionarios, como “tumbas blancas y vacías”, hasta hacerlos caer. Esa doble moral cultural que los hace, por un lado, festejar bicentenarios y centenarios, y por otro desaparecer las instituciones que nacieron con la revolución.
Así, es espantoso mirar como poco a poco la Partidocracia va finiquitando cada uno de aquellos logros por el que murieron millones de personas en el país, durante el conflicto armado. Esas personas que murieron junto con los ideales:
“- Mira esa piedra cómo ya no se para…”
Azuela logra retratar al mexicano puro, con todas sus bajezas, con todas sus indiadas, con toda su mala leche y uno se ríe al encontrar a los compañeros propios retratados en la novela; para luego mirar en silencio y a solas, y reconocerse ahí mismo, metidito hasta los huesos, bien dibujadito que acaba uno. Porque la historia es cíclica y el hombre tan simple, y se repite y se repite, y el jodido más jodido, y el fregón, cada día más bravo.
Uno puede mirar a la distancia las obras de los escritores clásicos mexicanos, como Mariano Azuela, y reconocer la enorme distancia cultural e intelectual que existe entre aquellos escritores y los escritores jóvenes que nos toca conocer en los encuentros de escritores que se hacen por todo México, uno puede vivir sin esas nuevas novelas que sobre la revolución e independencia se han escrito con el presupuesto del Bicentenario y Centenario, pero nos sigue pareciendo como obras que todo lector debería atesorar novelas como ésta de que hablamos hoy de Azuela, o leer El Diablo en México de Juan Díaz Covarrubias, o El Rey Viejode Fernando Benítez. Justo es reconocer que la cultura literaria en México ha sufrido, más que un estancamiento, un retroceso dramático que tiene que ver con la mala educación pública y privada, el difícil acceso a muchos libros por la crisis económica en que se encuentra la mayoría de los lectores mexicanos: siempre será mejor comer un taco y llenar la panza que comprarse un libro. Pero además este retroceso cultural de los escritores tiene que ver con la falta de humildad. Cualquier chamaco tiene una oportunidad en algún proyecto editorial naciente y siente que puede despreciar a escritores mexicanos clásicos como José Joaquín Fernández de Lizardi, Federico Gamboa, Alfonso Reyes, Heriberto Frías. No tienen los tamaños que un Mariano Azuela quien dice en el tomo III de sus Obras Completas: “Como lector tengo la manga ancha: dos veces he leído la obra completa de Marcel Proust y hace treinta años que no puedo acabar el Ulises de James Joyce.” En cambio ¿qué han leído algunos de los que hoy publican sus novelas, sus poemas, sus cuentos ya en editoriales o en las revistas que circulan en México? He escuchado de parte de algunos jóvenes: “Yo sólo leo escritores que siguen vivos”, lo cual es una lástima ya que se perderán no sólo a los clásicos mexicanos sino a los universales.
En otra parte del mismo tomo III, Mariano Azuela aclara: “Mi amigo don Manuel Pedro González, distinguido crítico cubano, me dijo un día, un tanto alarmado, que un conocido hombre de letras de México, al corriente del movimiento literario contemporáneo, le había declarado no haber leído Los de abajo. Con sano corazón y sin ánimo de hacer frases, le respondí al momento: ‘Si yo no la hubiera escrito tampoco la habría leído’”. Ante todo, a los escritores mexicanos del 2010 les hace falta, entre otras cosas, Humildad.
¿Qué celebraremos este 2010?, no queda mas que pensar en que tenemos que celebrar la palabra, el pensamiento abierto que se nos va lanzando dentro de la literatura, y que, en muchas ocasiones, por desidia, supongo, dejamos empolvar en los libreros. Ya que esta novela, como muchas otras del mismo género, ha retratado un determinado tiempo en la historia mexicana, tan universal; y nos permite mirar desde la lejanía las formas sociales que debemos reconocer para trazar nuestro futuro.
Al final, como Desiderio Macías, somos hombres que con los ojos fijos seguimos apuntando: ¿hacia dónde?


Fecha Publicación: 2018-03-02T06:18:00.000-08:00
En la última poesía peruana -autores que han venido publicando sus óperas primas desde el año 2010 en adelante- se puede percibir algunas líneas antagónicas: la vertiente culturalista que continúa el post 2000 y en la que algunos incluso son considerados como continuadores, se puede revisar la antología Mirando sobre el heno. Muestra de poesía peruana reciente (Lima: Vallejo & Co., 2014), y la línea más free o vitalista, me refiero a Mutantres, Poesía Sub25 o Tajo Tajodido. Algunos de los de la primera línea se agruparon en la organización de los recitales Ese puerto existe (hay una antología publicada con Paracaídas editores en el 2013, que recoge estas voces), y algunos de los otros sacaron la antología Ese puerco existe (C.A.C.A. editores, 2012). Dentro de estas tendencias se hablaba de cierta rivalidad, al parecer ya superada, entre Mutantres y Tajo, debido a sus referencias, mientras los primeros iban del lado de Enrique Verástegui, los segundos preferían a Juan Ramírez Ruiz.

Tajo es un grupo poético que proviene de la Villarreal, universidad donde se fundó Hora Zero, y está integrado por Julio Barco (Me da pena que la gente crezca), Miguel Urbizagástegui (Escombros), Omar Livano (Todavía ladran afuera) y Antonio Chumbile, este último acaba de publicar su primer conjunto de poemas titulado Mashqa. De entrada, este libro lo que me hace pensar es en un proyecto que consiste en tomar la poesía como sinónimo de vida, es decir, poesía y vida están unidas como un acordeón. Las primeras líneas de Mashqa recuerdan a Vallejo y a Un par de vueltas por la realidad de Ramírez Ruiz. 

El primer poema del conjunto "Pujamos muertos" trata sobre el nacimiento del poeta, y se nota un fuerte manejo de la oralidad: se detectan las voces de la madre, la enfermera, y todo ello mezclado con otros recuerdos como la muerte del padre, un cantinero habla. Pero si estas técnicas se asemejan a poéticas setenteras como hemos dicho antes, lo que hace Chumbile es expandir esta teatralización o polifonía de voces y trabajar el mundo de la memoria: "sembrar juguete y cosecharme niños en el pecho / bajar a la quebrada, gritar tu nombre y escuchar el mío de regreso / quiero de mote mis caldos, de mote mi corazón", estas referencias al mote, al huaynito, no son gratuitas, se sienten dentro de los poemas, que si bien son urbanos se nota esa migrancia andina, lo cual los llena de olor, sabor y color: "sácame este pulso de cemento / quiero enterrarme y salir pájaro / quiero rodar como tuna o zumbayllu / quiero hacerme solito y a mano / la carretera Ayacucho-Cangallo-Ayacucho-Papá-Mis abuelos / allá puedo hacer el amor sin herirme las rodillas / allá puedo zapatear polvo / y hacerme relámpago", no se trata de un andinismo idílico, sino que las referencias, las simbologías, expresan una realidad concreta: salir de la urbe y fundirse con la naturaleza. Un hecho que connota cierta sabiduría, cierta forma de corporalidad y percepciones distintas. 

La estructura de Mashqa es un recorrido por los días de la semana, por los días del año. La primera sección empieza en "domingo" (el nacimiento del hijo, las compras en el mercado); la segunda es el "lunes" (día de colegio, la violencia familiar). El tema del colegio si bien le sirve para la nostalgia, es una nostalgia atroz como tomarse un ron sin pestañear: "y tuve 11 amigos sin padres / cuatro amigas con demasiados padres / me rompí la cabeza 10 o 12 veces / y la poesía solo era la arena que jamás me salía del zapato / hasta que un día el profe revisó medias al frente de todos y las mías tenían hueco". La poética de Chumbile se instala en el hambre y la pobreza, pero no para hacerlas parecer una épica, sino para aceptarlas sin reproches. Al poeta le toca manifestarse mediante el lenguaje y ese lenguaje es inarmónico, aquí lo veo como un continuador de Vallejo, lo que trato de decir es que la dicción, el imaginario y el sentimiento de Chumbile son andinos y migrantes.

La siguiente sección es "martes" y el tema que explora es el trabajo o, visto desde otro modo, la explotación. "En me llamo sudor" se apropia del lenguaje de un vendedor de ómnibus: "padre madre de familia señorita joven estudiante / disculpen por infectar su vida su viaje / pero es que no / no puedo más / esta ciudad esta hemorragia / me aúlla desde no sé dónde / me endurece el riñón / me pudre / y como huayco me hace parar frente a ustedes / con esta garganta rastrillando el aire". Chumbile no solo maneja una oralidad de sujetos subalternos (un vendedor ambulante, por ejemplo), sino que su propia voz es subalterna: un sujeto escindido por la migración, pero también por las taras de la urbe.

En la sección "miércoles", desde el primer poema "Cita XXI o poema escondido en el 20º verso de Me llamo Sudor" se empieza a retomar el tema de la explotación, esta vez se trata de muchachas que se ven forzadas a ejercer la prostitución y caen en el círculo vicioso de la violencia: "pero más miedo le tengo a mi marido porque a veces solo soy una mejilla que aguanta a una espalda que sale a las 6 y vuelve puño a las 9 o 10, se emborracha viernes y sábado, se hace barriga y muere todo el domingo para darse cuerda y volver a salir a las 6 y volverme a esta silla morada usted no entiende". En los otros poemas se trata de trabajadores de Construcción Civil, un asaltante o un borracho.

En la sección "jueves" se toca el tema del sexo y el amor, debo decir que en esta sección se perciben algunas desventajas de la poética de Chumbile, como ocurre en "Pinturas rupestres como fondo de pantalla" u "Origami", Chumbile calza mejor dentro de la polifonía y dentro del poema de aliento de épica urbana, pero cuando intenta el poema más o menos breve no sabe potenciar sus recursos y los pierde en apuntar un hecho, tal vez anecdótico o injusto. Contrariamente, uno de los poemas que despliega imágenes muy poderosas se encuentra en esta sección, "COMO DOS NOSEQUÉ". Veamos un ejemplo, donde Chumbile nos muestra y recontextualiza elementos naturales: "como albatros viernes o amebas / hagamos el amor como dos tiernos erizos en un río de burbujas / como dos júbilos como niños".

La siguiente sección es "viernes", y se detiene a repensar el tópico del país, el Universo y el mundo. Aquí es notorio el homenaje a los amigos de Tajo: "Mauricio se sacó el sexo una madrugada y dijo esto es poesía o salud / Omar se calateó una madrugada y dijo esto es poesía / Miguel se calateó venciendo el miedo, la pared y eso es poesía / Rafaele se calateó y dijo que esto rima y es poesía / Óscar se calatea a la distancia pero igual es poesía / Julio ya es poesía"; y también el homenaje explícito a Juan Ramírez Ruiz: "no hay espacio para que esta tierra se ponga de pie / y por eso lo hará sobre todo el continente / continente que no conoció Juanra porque decidió llevarlo sobre sus espaldas / mientras toma ron con el mismo Atlas / Atlas que abrió una galaxia en los ojos del niño".  

La última sección de Mashqa es "sábado" y es la resolución del inicio del poemario, puesto que se partía con el nacimiento del poeta, ahora se trata de la muerte, es el canto del poeta que se despide y se dirige al hermano menor y a sus hijos: "Adiós Hijos Míos / nos veremos en la fruta / o en el tibio aliento de becerros y chivatos", pero esta muerte del poeta, del hombre, no es trágica, no es patética, sino que es natural, la siento como si el poema se volviera un huaynito, un harawi: "ése sapito amarillo está llevándose mi corazón en su oreja / háblale más bien / dile dónde me vas a esperar / dónde debo arrojar las piedritas…".

Mashqa de Antonio Chumbile proviene de una genealogía luminosa. Tal vez su última página se debió borrar, pero Mashqa dentro de esos ritmos truncos y asincopados avanza más, mucho más, de lo que dentro de la "cultura" han hecho otros de sus congéneres. Mashqa es un Tajo que es la muerte.

Fecha Publicación: 2018-02-28T07:23:00.001-08:00
LOS JUSTOS DE ALBERT CAMUS
Dirigida por Grupo de Teatro LLAQTA
 MINI TEMPORADA

Funciones: 2 y 3 de marzo  8pm – 4 de marzo  7pm 
Lugar: Asociación de Artistas Aficionados 
Dirección: Jr. Ica 323 – Centro de Lima  
Elenco: Jorge Cabanillas,  Noraya Ccoyure, Fernando Lopez, Victor Lucana, Joseph Mendoza, Alberto Guillermo García
Entrada General:  S/.15.00  soles
Pre venta: S/.10.00 hasta el 28 de febrero 
Entradas a la venta a los teléfonos  992381748 / 991053738   y los mimos días de la función una hora antes en boletería. Reservas al inbox de FB @grupoteatrollaqta

El grupo de teatro Llaqta presenta  Los justos  de Albert Camus. Camus nos presenta a un grupo de revolucionarios planeando un atentado en contra del gran duque Sergio con el objetivo de liberar a su patria. Esta muerte podría significar su victoria, pero a la vez los lleva a varios dilemas morales ¿se puede alcanzar la paz por medio de la destrucción? ¿Todo está permitido en nombre de la igualdad? ¿Serán recordados como justicieros o criminales?

EL grupo de teatro Llaqta fue fundado en el año 2016 a partir de los deseos de reflexionar sobre la problemática social que nos aqueja diariamente. Esta es su tercera propuesta escénica. 

Fecha Publicación: 2018-02-26T05:32:00.000-08:00


LA TAZA DE TE


estas ahí mismo. en el mismo lugar de siempre. armándote de valor para darme un beso. sudando como un niño en su primer partido de adecore.

igual a cómo te deje hecho una mierda frente al espejo. así. quieto. tranquilo. asumiendo que te extraño y que no duermo desde que no duermo contigo.

eres el mismo gusano. la misma rata que se va comiendo mis pulmones como si fueran una gran sopa,

esa rata que tanto quise y tanto cuidé aun cuando llovía y hacía frío. y colgabas como un llavero

porque eso es lo que eres, ¿sabes?, un llavero, un accesorio, un muñeco para usar y botar,

como una coca cola descartable

claro que no tan dulce, y sin fecha de vencimiento.




RACIOCINIO


algunas veces me dejo llevar por nauseas infernales, conductas ortodoxas y ácidos deprimentes

la misma mirada, como arrancándome los ojos, y pierdo esa necesidad tan mía de no pensar y prohibirse exceder los ingredientes

algo así como venirse sobre un agujero que parpadea, como sentir un peso en el medio de mi estomago pero que no es precisamente hambre

y dejo que se queme mi dolor de cabeza

y que mi vestido se rompa

y que el paisaje también se rompa

ahora me encierro en este cuarto con esa imagen congelada, con ese análisis compulsivo y desgarrador

el raciocinio de la banalidad

un camino que no es el mío, y otro que me lleva a la desesperación y a una puerta llena de clavos rosados




RÍGIDOS Y BOQUIABIERTOS


rígidos y boquiabiertos

con la mandíbula dura y entumecida.

 con los ojos llenos de azufre y listos para el quirófano;

             el jefe apunta: SEXTA SESIÓN proverbios 8;23 pe eme:

 no entiendo porque me atacan como moscas.

 la pipa de bronce se rompe Y la hierba se va por todas partes menos a los pulmones.

películas de andy warhol y andrea feldman

seminario de dramaturgia y ciclo de cine indígena

o el tren amarillo o ella y yo

helados y leche de magnesia phillips

un clítoris rosado (ELLA)

una garganta acostumbrada, una lengua debajo de tu lengua (YO)

como esperando que el terremoto mire para otro lado y cambie de dirección

las luces parecen fantasmas de algo

los edificios parecen capsulas




gracias por venir, nos vemos en el infierno

estoy enfrascado en esta especie de teatro masoquista,

o como cuando se arrastran las tripas por una pasarela de amoniaco y orgullo.

 las glándulas, tristes y deprimidas, se endurecen en un mundo aburrido y permanente; un mundo hipnotizado y ridículo,

            como una notita que dice: gracias por venir, nos vemos en el infierno.

y tan dramáticamente…    superar el conocimiento adquirido y enterrarse a uno mismo con las mallas del ballet clásico y las uñas limpias.



algunas cosas fallan terriblemente


(. . .) algunas cosas fallan terriblemente y nos hacen retroceder por momentos. unas veces podemos soñar un inmenso arcoíris y otras solo nos subimos al taxi, apretamos los dientes con fuerza y volvemos a casa duros y vomitando por la ventana del auto. retrocedemos y nos pavimentamos hundidos en esa mandíbula celeste, en ese cuarto irremediablemente vacío; nos hundimos como el agua en el aceite pensando que la sal en las heridas y el bicarbonato en la lengua es un discurso excesivo. no es necesario masticarse uno mismo o acelerar el pulso para definir contradicciones y enfermedades. el olor puede perderse y vomitar el cemento atracado en los pulmones. unas tres o cuatro veces al día. venirse con el culo frío y recorrer la misma avenida hasta armarse, tímidamente, y dejar de ladrar. que el teléfono suene no significa que uno necesariamente tenga que contestarlo.




TIEDONANTAJA


 puedo sentir tu ignorancia y apretar tu cuello mientras observo cómo se abre tu culo

como cuando despiertas y ladras eufóricamente y abres la ventana para respirar un poco más

puedo disimular jodido

apuntarle directo a los pulmones

o apostar al perdedor más útil

puedo amanecer en otro cuarto, ir de compras

puedo levantar mi cara aun con dolor y fingir que soy hermoso

decir que valgo menos que una rata con lepra

asegurarme de dejar la puerta bien cerrada

estirar lo poco que me queda y colgarlo para que se seque

pero por favor

no hables no comentes no digas lo que estás pensando

la próxima vez que te vea, quédate sentada




gabriel bazalar lópez, Callao 1981 Ha publicado textos y poemas en diferentes revistas de lima y otras provincias, así como en antologías de poesía latinoamericana. Ha publicado el libro: Anatomía. Exámenes de laboratorio (editorial ELECTRODEPENDIENTE, Cochabamba 2017). Asimismo, ha realizado intervenciones poéticas como: SERES: LA DECONSTRUCCION DEL OBJETO (ICPNA, 2014); EL ESCRITOR Y SUS TEXTOS DESCOMPUESTOS (FISABES - ENSAD, ponencia acerca del teatro contemporáneo, 2015); LA CARNICERIA: PIEZA EN DOS ACTOS (PROYECTO AMIL, 2017). También fue convocado por la facultad de arte de UNMSM para realizar la exposición individual de pinturas: “NO QUIERO SABER NADA DE LA MISERIA DEL MUNDO HOY”. Actualmente se encuentra preparando una proto-novela: HORACIO, 1981.

Fecha Publicación: 2018-02-22T07:13:00.000-08:00
Lo que le pasa a Aniuta tiene que ver con la pobreza. Imaginársela lanzada a la calle en una noche nevada, porque Klochkov, el estudiante de medicina, con quien ha estado viviendo siente vergüenza por las críticas a su habitación y a su descuidado aspecto que le ha hecho el pintor Festisov: “vive usted... como un cerdo.”
“Aniuta”, cuento de Antón Chéjov (1860-1904) es, como muchas de sus narraciones, un texto que causa un efecto emocional inmediato. ¿Pero cómo logra tal efecto el autor? Porque nos hace mirar dentro del cuarto mismo donde se desarrollan los diálogos de las cuatro escenas: Klochov usando a Aniuta como maniquí de anatomía, la entrada de Fetisov para pedir prestado a Aniuta, el monólogo del estudiante de medicina para decidir el futuro de la chica, el regreso de Aniuta para escuchar que le digan que se vaya y después que puede quedarse si lo desea.
Maestro de la dramaturgia, Chéjov recurre a esas descripciones escenográficas, tan bien modeladas ahora con el uso de las cámaras de vídeo, para el cine o la televisión, y desarrolladas magistralmente en el siglo XIX. Uno mira como la delgada Aniuta usada, prestada, sacada de la habitación y al final perdonada. Nos conduele lo mujer-florero en que percibimos a esta chica. Chéjov nos ha evidenciado el machismo ruin de aquella época, un machismo clasista, que ocurre desde la universidad: la mujer ignorante le sirve a los juveniles hombres de la historia.
Aniuta es una joven “morenilla de unos veinticinco años, muy delgada, muy pálida, de dulces ojos grises”, que para sobrevivir al frío del clima, al hambre y a la soledad, vive con universitarios en cuartos rentados de estudiantes. Al momento de la narración, el autor nos cuenta que Klochkov es el sexto joven universitario con quien la chica ha vivido en los recientes 6 o 7 años. Desde los 19 años Aniuta ha tenido necesidad de compartir cuarto, colchón y sexo, con estos esporádicos amantes, a los que entrega cariño, voluntad y apoyo, y de los que recibe, al parecer semen, alguna caricia, compañía, durante el tiempo que duren los estudios de los universitarios, y luego es olvidada,desechada.
Chéjov es capaz de evidenciar a esta mujer sumida en la pobreza y cómo es utilizada por estos jóvenes, para servirse de su compañía durante sus estudios, para presumirla un poco: “Todos sus amigos anteriores habían ya acabado sus estudios universitarios, habían ya concluido su carrera, y, naturalmente, la habían olvidado hacía tiempo. Uno de ellos vivía en París, otros dos eran médicos, el cuarto era pintor de fama, el quinto había llegado a catedrático.”
Klochkov es menor que ella, de alrededor de los 20, cuando mucho 22 años; nos dicen que no es un gran estudiante, y que tampoco es un personaje pudiente económicamente: “Mi padre no me manda más que doce rublos al mes, y con ese dinero no se puede vivir muy decorosamente”. Pero ser estudiante lo pone por encima de la chica, porque puede pagarse un techo, y Aniuta al parecer no. El destino de la chica nos pega en el intelecto, saber de su fragilidad, que no tiene los medios, ni la educación para resolver por ella misma la situación en que se encuentra y que será dejada de lado en poco tiempo: “Klochkov no tardaría en terminar también sus estudios. Le esperaba, sin duda, un bonito porvenir, acaso la celebridad; pero a la sazón se hallaba en la miseria. No tenían ni azúcar, ni té, ni tabaco. Aniuta apresuraba cuanto podía su labor para llevarla al almacén, cobrar los veinticinco copecs y comprar tabaco, té y azúcar.”
Klochkov la utiliza para repasar un tema de anatomía, checar la posición de los pulmones en el cuerpo de la chica. La chica se desnuda para esta operación, a pesar del frío que deja caer la nieve en la ventana. El estudiante ni siquiera se fija que la chica está quedando azul por la hipotermia a que es sometida. Quiere ser dedicada, piensa, dentro de su ignorante pobreza que él chico está muy por encima de ella, y lo respeta al grado de querer ayudarlo sin molestarlo ni distraerlo: “Si no me estoy quieta -pensaba- no saldrá bien de los exámenes.”
Para Klochkov ella es apenas una chica para tener en casa, calentarse, desfogarse sexualmente, utilizarla como maniquí, para que limpie la casa, para presumir a sus vecinos, o en este caso, para prestársela al vecino pintor para que pose para él, desnuda claro, aunque Aniuta se queje, apenas.
“- ¿Cree usted que es un placer para mí? -murmuró ella.
- ¡Pero mujer! -exclamó Klochkov-. Es por el arte... Bien puedes hacer ese pequeño sacrificio.”
A pesar de todo lo que Aniuta hace por los dos, aún cuando coopera con su compañero de cuarto, Klochkov la corre de casa. Le dice que las cosas ya no pueden seguir así, la acusa de sucia, de desobligada, de tener la casa hecha un asco, y que las cosas no iban a durar de todas maneras: “Escucha, querida... Siéntate y atiende. Tenemos que separarnos. Yo no puedo ni quiero ya vivir contigo.”
Aniuta resignada decide irse, para no importunarlo. Y entonces Klochkov se muestra magnánimo, dejándola quedarse un tiempo más: “A Klochkov le dio lástima... ‘Podría tenerla -pensó- una semana más conmigo. ¡Sí, que se quede! Dentro de una semana le diré que se vaya.’”
Un cuento que evidencia las clases sociales del siglo XIX, las necesidades que existían para diferenciarnos en cuanto a la economía y carencias. En una ciudad donde cae la nieve gran parte del año, tener techo es necesario, tener leña poder calentarse, un lugar donde dormir. No sabemos la vida anterior de Aniuta más allá de los últimos seis o siete años en que su vida ha sido similar a la que nos presenta el texto, es usada por estudiantes, ella pone de su parte, pero aún así la dejan; ella ha decidido vivir con chicos universitarios que la traten como cosa.
El dibujo que Chéjov nos evidencia que no le ha quedado de otra. Vive con ellos como una idea de supervivencia. ¿Qué puede hacer, irse a la calle y morir de frío? ¿Buscar un albergue donde algún ebrio de los ‘sincasa’ la doblegue? ¿Trabajar en un burdel? Al menos estos chicos son más limpios, sanos chicos de familia que hasta se sienten hombrecitos manteniendo a una mujer con ellos.
Los ojos dulces que Chéjov asigna a Aniuta hablan de esa ternura que sigue presente en ella a pesar de las separaciones que ocurren cuando los estudiantes la abandonan. Su modus operandi ha sido el mismo, por la sobrevivencia consigue habitación para no morir de frío. Y sin embargo es cosificada por los estudiantes, por Klochkov, por el pintor Fetisov: “¿Tendría usted la bondad de prestarme, por un par de horas, a su gentil amiga?”
Aniuta que no tiene más destino que el que Chéjov deja escrito; no tiene posibilidad de salir adelante. Por lo menos se quedará dos semanas más con Klochkov, ¿y luego? Sin embargo Aniuta es capaz de desearles lo mejor, de compartir con ellos: “Aniuta se puso de nuevo el abrigo en silencio, envolvió su labor en un periódico, cogió las agujas, el hilo... - Esto es de usted -dijo, apartando unos cuantos terrones de azúcar.”
¿Cómo se percibe la mujer en el siglo XXI? Su comportamiento las ha alejado de ser diferentes a Aniuta. Y en lograrlo debemos cifrar nuestro deseo.

Lee el cuento Aniuta: http://ciudadseva.com/texto/aniuta/ 

Fecha Publicación: 2018-02-20T06:45:00.000-08:00
Abstract: Esta nota es una reseña del último volumen de la poesía de Roger Santiváñez: Sagrado: Poesía reunida 2004-2016. Esta colección muestra el compromiso continuo pero cambiado con la poesía de este peruano. Al tener siete volúmenes (y unos poemas relacionados de épocas anteriores) juntos, vemos cómo Santiváñez nos enfrenta con un lenguaje anti-representacional, una lengua desnaturalizada que llama la atención sobre sí misma y crea matices de sentido y sonido propios de los poemas en que aparece. También descubrimos que su trabajo más reciente continúa el camino de peruanizar elementos del contexto norteño donde vive ahora para crear una poesía transnacional
Palabras claves: Roger Santivåñez, poesía peruana, Sagrado


            "Poetry’s main discipline is to keep finding life strange”, Heather McHugh[1]

            Roger Santiváñez tiene una larga trayectoria ahora en la poesía peruana. A menudo posicionado en el contexto del movimiento Kloaka (que él fundó en los años ochenta), ha llegado muy lejos desde su primera poesía, en términos del estilo y del contenido, de los textos y contextos.  Un primer volumen de su poesía publicado entre 1975-2005, Dolores Morales de Santiváñez salió en 2006 e incluye poesía que en gran parte se podría tildar de amorosa, política, y conversacional al estilo de un “pata” peruano. Se observa en esta colección su talento para escuchar la lengua y crear su propio placer textual. En 2016 salió a luz su poemario Sagrado: Poesía reunida 2004-2016, que representa otro estilo poético más experimental, que multiplica la densidad semántica e implica un compromiso continuo pero cambiado con la poesía.[2] Su obra reunida aquí desafía una lectura lírica más convencional porque no representa la experiencia subjetiva del autor o hablante poético. Rompe con nuestras expectativas acerca de la poesía, expectativas formadas alrededor de una concepción romántica de un yo lírico que responde al mundo de una manera individual y que nos ofrece acceso a su reino interior. En vez de eso, en Sagrado Santiváñez a menudo nos enfrenta con un lenguaje anti-representacional, una lengua desnaturalizada que llama la atención sobre sí misma y crea matices de sentido y sonido propios de los poemas en que aparece.
            En un diálogo con Victor Vimos, Santiváñez habla de la trayectoria de su poesía que mantiene una línea “mística y erótica” (que crece de la obra de San Juan de la Cruz) mientras que su experimentación lingüística “implica una movilidad —una intensa flexibilidad que no cesa jamás— sostenida en la búsqueda perpetua de una inédita expresión en el arte verbal”. En su práctica poética Roger eleva el sonido sobre el sentido, en tanto que este poeta busca “insospechables conexiones musicales” entre sus vocablos. [3]Santiváñez mismo asocia su trabajo en este siglo con el neobarroco y dice que: “el neobarroco —para mí— ha significado un gran impulso creativo, un inmenso horizonte que se abre ante las múltiples posibilidades del trabajo de lenguaje en poesía.” Como otros ejemplares de este estilo de escritura, los textos de Santiváñez desarticulan el lenguaje como vehículo de información, de significante y atestiguan "la saturación del lenguaje comunicativo" (Perlongher 22)[4]. En su caso hay una fascinación con las resonancias, las acumulaciones y transformaciones, las permutaciones y el juego. Roger Santiváñez ha hecho de romper las costumbres una costumbre.
            Sagrado empieza con una sección titulada “Sucres blancs”; el título, un guiño a Rimbaud, introduce dos poemas de épocas anteriores que indican la temprana transición de Santiváñez a la poesía compleja y señalan el camino que iba a seguir su verso. “Tres poemas para descifrar” (1979) lleva este epígrafe: “a la manera de José Lezama Lima”, creando otro lazo a la experimentación barroca. El primer poema de los tres traza un camino de la complejidad con palabras como “cápsulas destinadas/a combatir la corriente” (15).  “Lauderdale” (1999), el poema que sigue combina lo sagrado/sexual estilo Cantar de los cantares,incorporando palabras del quechua, inglés, latín, castellano, y el peruano. Así se crea una identidad lingüística múltiple, transnacional, en tránsito.  Esta identidad sobrenacional es evidente en toda la colección, ya que Santiváñez aprovecha de yuxtaposiciones, omisiones, palabras pareadas y presionadas para crear sus “berrucos sudacas”: “Un canto de acanto en el llanto agazapado de canta “(52, 40).
            Los poemas de Eucaristía (2004) componen la segunda sección de la colección y su título recuerda el oficio solemne, ritual del poema aquí.  “Egus”, el último poema, hasta cierto punto puede representar su perspectiva poética aquí, como se dirige al género mismo, personificado: “Poesía me encuentra tu luz ojo quebrado anís de la melancolía / síndrome antesala barrunto oh la música que anudó el pistilo / de la innombrada flor aún poseída después de la revelación” (43).  El hablante está presente indirectamente, encontrado por la poesía que ocupa el primer plano: brillando, cegadora o cegada. El olor de la melancolía recuerda el absintio modernista mientras las resonancias sensoriales evocan la sinestesia. Pero esto no es el principio del siglo veinte, sino cien años después y los referentes particulares se nos escapan. “Egus” retiene su herencia poética como precursor, signo de lo venidero que será este registro exploratorio del sonido y la vigilancia del lenguaje sobre sí mismo – un “móvil viceversa” (51).
            Sagrado también incorpora los poemarios Amastris (2007), Labranda (2008), Amaranth(2010), y Roberts Pool Crepúsculos (2011). Este último particularmente refleja el tiempo extendido que Roger Santiváñez ha pasado en EEUU. Varios de los poemas de este poemario celebran su herencia barroca a través de los encantos pastoriles de New Jersey.  El primer poema, “Cooper River Park”, que poetiza un parque urbano verdadero, empieza en media res con un “&”-- signo tipográfico universal pero no convencionalmente poético que funciona de manera más visual -- recuerdo del teclado de donde salen las visiones que siguen. El lenguaje evoca una atmósfera sublime, una “Niatura dibujada por la diosa in / Visible oculta tras la fronda ce / Leste que a la bóveda se funde” (127).  Niatura, un neologismo que brota tal vez de “niara”, un pajar, más naturaleza/nature desubica mientras recuerda la larga tradición de poesía que celebra la belleza natural.  Las divisiones de palabras multiplican sentidos: in-visible nos ofrece lo que en un parpadeo no está. Ce-leste es del cielo, pero por la pausa acentuada por el guión y el cambio de verso el sonido recuerda el francés, c’est l’est, mas por el este, la imagen de una diosa matinal en una concha cóncava -- ¿Venus?  Los registros combinan lo clásico, aun lo bíblico y lo bucólico en su evocación de una piscina pública en New Jersey: Roberts Pool. Así se abre el poema a múltiples tradiciones y sentidos complejos para activar nuestras imaginaciones y hacernos encontrar lo sagrado o divino en lugares inesperados.
            Se vuelve a la Piscina Roberts dos veces más en el siguiente poemario incluido aquí, Virtú (2013). Los poemas “IV Roberts Pool [Segunda estación]” y “VI Piscina Roberts [Segunda estación / vuelta]” siguen estilísticamente al primero con versos arreglados en tercetos de arte mayor, sin rima regular. Ambos poemas ofrecen otros ángulos idílicos y llaman más la atención sobre el que observa con una tilde nostálgica:

Cuando el césped verdea en dorado
& el atardecer se hila al horizonte
Azul el almendro de mi madre en

Mi memoria piurana pequeñas luces
Encendiéndose a lo lejos prix del aire
Son las briznas demudadas junto a mi (160).

Las imágenes hacen palpable el paso del tiempo; ahora el tema es menos la poesía en sí y más una exploración del cambio, interno y externo a la vez. En el poema sucesivo que recuerda la piscina el hablante poético recuerda el rachi-rachi, un plato bien andino, que se yuxtapone con un “Manantial de nínfulas estación tan pura / Caderas echadas jazmines en el aire ya / No hay nadie se acaba estío sin motivo” (170). El crepúsculo es un tiempo de transición: entre horas, temporadas, lugares, y momentos de vida. Roberts Pool es el locus amoenus para este poeta que explora las sensaciones que produce este lugar, una exploración que nos transporta a otros espacios lingüísticos.
            Sylva (2015), el subsiguiente libro incorporado en Sagrado, elabora el ambiente campestre uniendo recintos estadounidenses (Cooper River, Raven Hill) con la mitología a través de imágenes y títulos como “Dríades”, “Ixotta”, y “Dirce”.  Se enlaza con el volumen anterior a través del empleo de tercetos encadenados con ecos sonoros interiores más que rima que se cierren con un verso solitario. Aun sin rima traen a la mente la terza rima, y la terza rima nos hace pensar en Dante. No hay un descenso al infierno aquí sino una celebración literaria impresionista del escenario. Hay también una resonancia con la figura de la musa, Beatrice, y el amor paradisíaco expresado por la naturaleza en poemas como “Eros”:

Gracias en tus mejillas de inocencia
Realiza Amor caricia firme ondas
Lascivas o una lágrima perla

Del costado exquisita nez por la
Memoria lejana que abate el

Solitario atardecer (187).

            Los tres poemas de “Sonetti” continúan matizando los cambios en el medio ambiente que se reflejan por permutaciones formales: “ramas raquídeas se extienden hacia el negro / Tiempo de morir solo en el azul yo integro // Los distintos colores heridos a su modo” (204). En estos sonetos sí hay rima, a veces extravagante: ella/ grosella o verdolaga / empalaga (204-5).  En esta sección del libro Santívañez pretende presentar la mansión antigua de Ravenhill (un edificio de Philadephia) a través de una forma clásica de la poesía por la cual se observa más el entorno campestre que el edificio mismo.  Crea un escenario forestal en vez de urbano, como todos los poemas de este volumen, elaborando sentidos posibles del título porque Sylva puede referirse a un bosque o una colección de poemas. Termina esta sección con un “Homenaje a José María Eguren [Con sus propias palabras]”, que nos devuelve a la inspiración peruana para tanta contemplación natural. Eguren se conoce por la musicalidad de su poesía, el simbolismo, y la incorporación de panoramas naturales inspirados por su juventud (según Ricardo Silva Santisteban xxvi).[5]  Al cerrar esta colección con una referencia a su precursor peruano Santiváñez saluda a una fuente de inspiración posible para el placer sonoro del paisaje forestal y literario.
             El trabajo más reciente incluido en Sagradocontinúa el camino de peruanizar elementos del contexto norteño para crear esta poesía transnacional. El libro concluye con una selección de New Port(2015) titulada “La taba tóxica [Homenaje a Antonin Artaud y William Burroughs]”, y en ésta el peruano evoca figuras contra-culturales que representan la experimentación radical en el contexto estadounidense de mitad del siglo veinte. Santiváñez emplea una prosa poética para narrar desde la perspectiva de un “adicto terminal a la pasta básica de cocaína” que escribe desde “el patuleco rico new port” (215). Es una voz poética inspirada por extranjeros, pero puesta en diálogo con las experiencias con la vida de drogas y delincuencia en el Perú.  Con esta obra el poeta combina elementos locales y conversacionales de su primera poesía y los amplía hacia un estilo más trabajado -- como el de un neobarroco lumpen o marginal que parece narrar, pero efectivamente experimenta con la droga o el pharmakon de la lengua.[6] No hay puntuación ni frases sino trozos textuales de siete líneas que representan “la más turbada / incoherencia cohesión de la mente” donde “se magnifican sorna y lorna archi- / vadas en la santidad de mi canción” (220).
            Así termina Sagrado, dejándonos con una santidad irónica. Es una ironía que califica lo sacro del libro, a la manera, tal vez de las prosas profanas al principio del siglo anterior.  La poesía de Santiváñez muestra su devoción al oficio, su observación y escucha de la lengua y subsecuente transformación y juego con la misma. Lo mejor de esta colección es tener todos estos poemarios unidos. Así podemos mojar un pie en un momento particular de los últimos doce años de la producción poética de Roger Santiváñez, o sumergirnos, bucear, y leer una serie de sus obras de manera seguida, pensando en cómo se reflejan o dialogan entre sí.  Al hacerlo experimentamos los cambios y la consistencia de su imaginario lírico y su búsqueda continua de nuevos registros, nuevas maneras de practicar la poesía.

Jill S. Kuhnheim, Universidad de Kansas
Profesora Emérita del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Kansas, acutalmente enseña como Profesora Visitante en la Universidad de Brown. Tiene tres monografías publicadas sobre poesía hispanoamericana, la más reciente es Beyond the Page: Poetry and Perfomance in Spanish America (Arizona, 2014).

Esta nota apareció originalmente en la excelente revista Laboratorio 





[1]  “Preface,” Hinge and Sign: Poems, 1968-1993. Wesleyan UP, 1994, pp. XV.
[2]  Roger Santiváñez. Sagrado: Poesía reunida 2004-2016. Grupo Editorial Peisa, 2016. Un “pata” es un tipo en el Perú y la palabra evidencia el empleo muy peruano del lenguaje del poeta. Los dos volúmenes comparten poesía de Eucaristía, publicado en 2004, y que en Dolores Morales anuncia la trayectoria que veremos en la colección más reciente.
[4] Perlongher, Néstor. "Prólogo: Neobarroco y neobarroso." Echavarren, Kozer, y Sefamí: 19-30. Esta corriente literaria empezó con el empleo del término por Sarduy en 1972 (Medusario 25). Una de las mejores colecciones de poetas que pertenecen a esta escuela se reúnen en el volumen Medusario: Muestra de poesía latinoamericana, editado por Roberto Echavarren, José Kozer, y Jacobo Sefamí (Fondo de Cultura Económica, 1996).
[5] Silva Santisteban, Ricardo. “El universe poético de José María Eguren.” En Eguren, José María. Obra Poética Motivos. Biblioteca Ayacucho, 2005: ix-xci.
[6] “Pharmakon” viene de la filosofía y la teoría crítica, particularmente del pensamiento de Jacques Derrida que asocia el lenguaje con las drogas y sus múltiples funciones posibles: como remedio, veneno, o chivo expiatorio.

Fecha Publicación: 2018-02-19T07:09:00.000-08:00


Gigante árbol que se mece



Tengo miedo porque escribo en vez de salir a la calle y hacer de mi tiempo algo más valiente,

Algo más corporal.

No lo digo a menudo, pero estoy solo.

Que no lo haya dicho a menudo no significa que no  lo haya estado.

Igual no importa porque he aprendido a controlarme,

Y si olvido hacerlo es porque olvido antes otras cosas.

Cuando estaba drogado, recordé haber escrito un pequeño libro con textos bastante honestos

Una cosa que hice y subí a internet en pdf.

Una cosa que tenía como personajes invitados a moe szyslak y homero  simpson.

Nadie lo leyó, supongo,  y en realidad tampoco importaba

Sólo hacía eso para dejar rastro en la red de que,

Al igual que un montón de gente,

Yo también estaba aburrido.

Bueno,

Estaba drogado  y recordar aquél libro en ese momento

Me avergonzó tanto que pensé en suicidarme.

La vergüenza empezó por el título

Ya que parecía una invitación alucinada y nerviosa a asistir a esos momentos en que uno piensa cosas interminablemente

Sólo porque no puede realizarlas.

Pensaba en el libro y quería suicidarme,

Sabía que no lo iba a hacer, porque era consciente de que la probabilidad   de tener malos viajes

se había elevado considerablemente

En aquél periodo en

que era un experimentador inseguro y tímido

con las drogas.

Y las ideas suicidas eran parte de eso.



Pienso que escribir así está mal porque no me esfuerzo en usar una técnica mejor y sostener estas palabras con recursos literarios más sofisticados

Pero es que tampoco puedo pensar tanto.

El lenguaje es genial

Pero las condiciones emocionales que incomodan son como un lenguaje marciano que nadie quiere enseñarnos y vamos aprendiendo por nuestra cuenta,

Torpemente

No tendría que escribir esto si en verdad no quisiera hacer algo más valiente con mi vida y las ganas no me dieran más que para teclear algo.

Ya no voy a usar palabras denigrantes con mi alma

Pero tampoco voy a salir a hacer algo estúpido y valiente al mismo tiempo.

La escritura va corrigiendo mi comportamiento y me pone en cuarentena de las situaciones que ponen en riesgo mi vida.

Pero ahora no me gusta

Porque quisiera hacer algo que no sea escribir y que sea dejar esta habitación.

Los audífonos siempre son útiles para realzar la individualidad y hacer de las necesidades personales las más importantes del mundo

En ese momento,

Es una ola que levanta el cuerpo y lo conduce hacia el lugar calmado.

Mis audífonos se han perdido en una borrachera y desde entonces no he salido de casa y he presentido cosas

Me he puesto más paranoico y sólo quiero escribir porque no puedo hacer algo más porque además no tengo dinero

Porque no tengo alguna técnica sofisticada que me aproxime a lo que deseo realmente como ser humano.

Sé cómo puede pasar pero no me explico por qué no sucede.

Voy recordando cómo es sentirse incómodo con uno mismo a medida que veo que las cosas no resultan como debería si consideramos que soy una persona lo suficientemente normal como para merecer que le sucedan cosas geniales y le devuelvan las ganas de vivir.

Ahora uso unos audífonos gigantes que se han comido a mis orejas

Y subo todo el volumen para que la música sea casi real en mi cabeza

Me estoy vengando de mí mismo porque las cosas no me están saliendo bien

Y pienso que mejor me inclino ante una leve esquizofrenia pop generada por la música y pongo mis huesos a bailar una canción que suene sólo en mi cabeza.

Soy un escenario vacío

(Cada vez que suelto una frase nihilista me siento defraudado de mi talento y un poco valioso porque aún puedo hacerlo, pese a todo)

A donde acuden algunos músicos de alguna banda que me gusta remotamente

Lanzan su repertorio de canciones con un aire desganado pero no dejándolo evidenciar demasiado en sus voces

Mis ojos usan camisetas con el logotipo de la banda y miran fijamente el movimiento de labios y los dedos en las guitarras

Es toda la historia que me puedo ofrecer

Y es tortuoso en cierto sentido jocoso

Tal vez mi creatividad nunca me abandone porque precisamente mi creatividad es la sombra de quienes me han abandonado.

Siento que puse “el canal en donde toca ser honesto” en la tv de mi cerebro y la estoy viendo desde una proximidad peligrosa

Pegando los ojos a la pantalla

Como pequeñas lenguas que quieren lamer algo que

En público

Es vergonzoso.

Quiero explicar este estado explicando qué pensé al escuchar a un amigo que había empezado a tenerle pánico a estar solo

A estar y a sentirse

Solo.

Pensé que estaba bien

Que estar y sentirse solo y desesperar por ello era como un desafío que sacudía el polvo a los días

Si estás solo y te jodes poco a poco

Es momento de hacer algo,

De acudir a esa parte de ti que es capaz de hacer cosas que tu otra parte lamenta no poder hacer

Es una condición natural, le digo

Al final todos estamos solo, le digo

Y reímos cada uno con afectaciones diferentes.



Comprendo mejor a la gente solitaria cuando está conmigo y

Cuando están lejos los pierdo en mí

Se congregan en mí.

No sé si esto pueda producir dolor,

Pero mi otra parte que podría solucionar las cosas le ha dicho a mi parte que no puede hacer nada que no se puede hacer nada

La resignación es un estado del que uno no puede lamentarse del todo

La resignación es la hermana cuerda de la esperanza y quiero vestirme de la hermana cuerda

Es decir

Ser ella.

Mi cuerpo encerrando mi mente grafica perfectamente mi orgullo y mi negativa a nombrarte

Nombrarte en cualquier lugar no cambiará nada,

El universo es un perro que persigue su cola

El peor universo es la sociedad

Digo, la ciudad y sus costumbres.

La banda que toca en el escenario que soy es este poema interpretando una de sus canciones de mediano éxito y que está a punto de terminar luego de una parte instrumental que se ha extendido exageradamente hasta inducir a un trance bastante infantil entre los miembros.

Al parecer

Están acostumbrados a distenderse mientras puedan,

A hacer de cualquiera de sus canciones un ejemplo de cómo se hacen las cosas cuando éstas producen placer:

Prolongar

Distender

Cruzar la línea.

Estoy aprendiendo y mis huesos bailan

Mi cabeza se inclina en un movimiento de incredulidad

Aún no creo que las cosas estén saliendo así porque yo las esté destinando a ese resultado

Aún no creo

 Y supongo que es parte de ésta paranoia intentar renunciar a las cosas e intentar tranquilizarme escribiendo.

Escribir es tan terapéutico como dormir y tan dañino como despertar.

Mis ojos encamisados y contornándose  celebran algo que yo me niego a celebrar

Algo de mí es un monstruo que no sabe ser malvado y que se avergüenza de su poca capacidad de asumir las cosas con serenidad

Algo de mí escucha a ese otro algo de mí que es más importante en los casos en donde la ansiedad empieza a gobernar tiránicamente mis pensamientos.

Y lo que escucha son como noticias repetidas

Noticias como que tú no eres un cementerio en donde la hierba crece creyendo ser tu espíritu,

Como que por qué mejor no imaginas la ciudad vencida por el mismo aburrimiento que me obliga a tentar sospechas infundadas,

Como que por qué mejor dejas al más sabio de los fenómenos de universo actuar:

Al tiempo

Que al fin y al cabo ni me pertenece ni me importa.

Pero yo me obstino en que ningún poema mío termine sin algún final brillante pero

Mi poema es un rescatista sin escaleras y yo soy un gato trepado al árbol más alto que es la situación en la que me encuentro.

Tú vendrías a ser la semilla del árbol.

                                                                         (2017)





IDENTIKIT


Nada es tan divertido como la nada descendiendo como una nube sobre la palma de mi lengua

Ostentando el brillo de las posibilidades.

Mi entusiasmo es el mismo baile

Con los zapatos distintos.

El movimiento desde la incomodidad y la imprecisión de verse limitado

Por las exigencias adaptativas:

No ser más que el último eco de la protesta.

Recibir lo que das

Es la última medida de la resignación.

Mi juventud es la eternidad rendida ante un dios que huye de sí mismo.

Todos mis dedos cuentan la misma historia mientras traman el próximo suicidio tenue

Mi espalda responde a todas las preguntas que mi boca plantea.

Mi cerebro es un cuchillo que canta.

Soy yo y la nada merodeando

Pero es divertida hasta que yo lo decida

O la soporte.

Todos los niños reúnen el futuro entre sus manos y no hablan porque hacerlo implica conflicto y se quedan como flores de piedra viendo cómo el nuevo lenguaje se hace sólo de aire.

Un 18 % de mi alma cae sobre un 45 % de mi cuerpo cansado

Trabajar no es un pretexto para

Sentir orgullo, es una metáfora insatisfactoria.

Hablar con las paredes sobre las contingencias que ofrece la soledad como letrero luminoso en la puerta de un teatro exuberante no es más que un discurso inverosímil de la razón deshaciéndose.

Detestar lo peor de mí no me hace mejor persona,

Hablar de mí en tercera persona no me exalta desde el anonimato

No me define como quiero descansar

Me esconde en la misma piel del mundo

Que transita un universo sórdido y extrañamente calmado

El día de hoy

En donde mi frente es cortada por una planta ancestral que devoro.

Mi falta de fe es un médico durmiendo en el pasillo de un hospital a las 3 y 56 de la mañana en que naces y eres un cúmulo de comportamientos futuros que rozará sensualmente los límites de la locura que oigo

Alucinado y sometido

Mi cuerpo restregado en este largo hospicio que cae ante tus pies para honrar tu

Nimia existencia haciéndose

Presente

En esta noche

En donde el único sentido que le puedo dar

A mi vida

Está signado por un par de pulmones conversando entre sí

Mientras

El mundo es el trayecto de tus pies hacia un olvido ruidoso.






Vello facial



Mi cara es un bebé con poco pelo

Un durazno lanzado hacia la parte trasera de un automóvil corriendo a 160 kph.

Mi cara se golpea a sí misma.

Hay veces en que quiero decir más de lo que digo realmente dentro de mí.

Hay veces en que mi cara poco peluda me parece lo suficientemente peluda como para hacer estallar al mundo.

Me pregunto en algunas ocasiones si mi cara es lo que realmente hace que tenga problemas con la vida, que si mi cara es  la causa de que haya dejado de escribir o empezado a escribir mal o arruinado mis relaciones personales.

Mi cara se extiende por todo mi cuerpo y lo cubre como una piel imperceptible a los ojos de los demás.

Mi cara es un revoltijo repleto de pelos que devora mis huesos de metal y mi cerebro visiblemente hinchado como un globo.

Aire, aire. Aire.

Mi cara es una isla en donde me doy unas vacaciones para pensar mejor qué quiero hacer con mi vida y termino pensando en chicas en bikini.

Mi cara habla de mí la mayor parte de las veces y aún no sé si sentirme avergonzado o hacer como si nada pasara y controlar el ritmo cardíaco en mi corazón, que no se asemeja a nada hermoso ni a nada horrible.

Es una hoja en blanco, una tajada de un pastel que llevó casi toda su existencia flotando en el espacio.

Hay poco pelo en mi cara y ese es el principio de una serie de asuntos que tienen que ver inevitablemente conmigo intentando responder preguntas que no tiene caso ser respondidas.

Una relación de pertenencia que se sostiene en la costumbre de identificar todos los errores como procesos de aprendizaje que van reajustando mis piezas sólo para comprobar que los pelos de mi cara pueden seguir siendo contados fácilmente hasta acabarse.

 El rostro de poco pelo no tiene miedo de…

La ansiedad es divertida cuando ya nada llega a ser divertido

El rostro de poco pelo no es en ningún caso una oportunidad de exploración literaria,

Es una cara que es un puño haciendo pedazos un espejo en el baño de un colegio excesivamente ruidoso y demente.

Un rostro que aprecio como si fuera un hijo indeseado que ha aprendido a portarse bien ocupando su tiempo en organizar su tiempo para no desperdiciar más su valioso tiempo.

Una cara que significa que alguien ha comprendido que la enfermedad mental es una cara que copia a la original, que la sociedad es una gran cara informe, un monstruo que opina que la autoestima es una lata de sopa vencida.

Que nada termina sino con un inexplicable gesto congelado entre los labios/cara/ojos/ y supuesta profundidad de los ojos.

La honestidad es sólo un pretexto para arruinar la diversión.




J. Estiven Medina Ortiz (Apurímac, 1995). Publicó "Hablemos de mí mientras las hormigas devoran el sol". Lo demás está desperdigado en internet.

Fecha Publicación: 2018-02-17T12:41:00.000-08:00

Al filo del ojo de Omar Castillo

En estas escrituras, Al filo del ojo, Omar Castillo nos comparte su ejercicio de lector de sus contemporáneos, el acercamiento a las obras de algunos de los escritores que constituyen la actualidad literaria de Medellín. Textos fundamentales para  quienes desean conocer o profundizar en el mapa alterno de la ciudad literaria que es más rica de lo que algunos creen.

Al filo del ojo también nos muestra varios de los escritores extranjeros que han sido referentes de nuestra literatura en los últimos 40 años.

En Al filo del ojo se nos revelan reflexiones y lecturas que han permitido a Omar Castillo esclarecer su manera de ver y aprehender la realidad, la otredad en el acto de la escritura; además de encontrar claves para develar la disciplina, el tránsito vital y la inspiración donde se hace y condensa su obra poética y el universo que se informa en la tensión palabra/realidad.

El Fondo Editorial Ateneo abre la colección Otras palabras con el propósito de divulgar autores y obras que constituyen esta ciudad diversa que somos y que, a veces, no se muestra. Agradecemos a Omar Castillo por permitirnos usar este concepto que tiene el propósito de continuar su apuesta intelectual de construir miradas plurales en nuestra tradición literaria. 

Al filo del ojo está Medellín y sus escrituras.

Néstor López
Editor


Fecha Publicación: 2018-02-14T00:47:00.000-08:00

Fabián Soberón nació el 18 de junio de 1973 en la ciudad de Juan Bautista Alberdi, provincia de Tucumán, República Argentina, y reside en la ciudad de Yerba Buena, en el aglomerado urbano San Miguel de Tucumán. Es Licenciado en Artes Plásticas y Técnico en Sonorización por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán. Se desempeña como Profesor en Teoría y Estética del Cine en la Escuela Universitaria de Cine y como Profesor en Comunicación Audiovisual y Comunicación Visual Gráfica en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, en la que ha sido Profesor de Historia de la Música. En 2014 obtuvo la Beca Nacional de Creación otorgada por el Fondo Nacional de las Artes. Colaboraciones suyas se difunden en publicaciones nacionales e internacionales. Integra las antologías “Poesía joven del Noroeste Argentino” (compilada por Santiago Sylvester, 2008), “Narradores de Tucumán” (compilada por Jorge Estrella, 2015) y “Nuestra última Navidad” (compilada por Cristina Civale, 2017), así como el diccionario monográfico “La Cultura en el Tucumán del Bicentenario” de Roberto Espinosa (2017). Fue traducido parcialmente al portugués, al francés y al inglés. Presentó algunos de sus libros en universidades y otros espacios de Puerto Rico, Estados Unidos, España, Francia, Alemania y Suecia. Libros publicados: la novela “La conferencia de Einstein”(1ª edición en 2006; 2ª edición en 2013); en el género relatos: “Vidas breves” (2007) y “El instante” (2011); en el género crónicas: “Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez” (2013), “Ciudades escritas. Crónicas desde EEUU” (2015) y “Cosmópolis. Retratos de Nueva York” (2017); y el volumen “30 entrevistas” (2017).



          1 — ¿Comenzamos transcribiendo algún breve tramo de tu libro “Mamá…”?

          FS Qué es la infancia, me pregunto sentado frente a los árboles helados y raquíticos del jardín de la madurez.
          La infancia se parece a una calle por la que pasé y que ahora no está, a una vereda en la que me detuve y que ahora está borrada, a un árbol que me dio cobijo y que ahora es una sombra de ramas, a una cara que alguna vez miré y que ahora no encuentro.”



2 — Tu infancia, entonces. Tus recuerdos.

          FS — Nací en junio del 73. Mi hermano José en febrero de 1978. Nos llevamos 4 años y un poco más. Yo viví mis primeros años en la calle polvorienta a tres cuadras del centro de Juan Bautista Alberdi. Mi hermano nació en una casa del barrio Escaba, al lado de la ruta que lleva al Badén y a los imborrables cerros que lindan con La Cocha.   
          No tengo recuerdos nítidos de la casa en la calle de tierra. Mis primeros recuerdos claros son de la casa del barrio. La bicicleta roja y diminuta, las caídas repetidas, las corridas, los juguetes: todo eso es una moneda esplendorosa que se enciende en el barrio Escaba.                                      
          Mi mamá nos cuidaba con mucho esmero, con enorme dedicación. Mi papá trabajaba mucho y a veces no paraba de noche en la casa.
          Tengo conmigo, ahora, el Citroën estacionado en el garaje estrecho. Yo me paraba en la puerta y contemplaba sus curiosas curvas, sus faros pequeños como insectos de vidrio, su blanca chapa inmaculada. El Citroën era un símbolo inseparable de mi padre, de sus horas afuera, de sus partidas repentinas e inesperadas. El auto estaba unas pocas horas en el garaje, parado, y al poco tiempo mi padre partía de nuevo. Después supe que trabajaba en doble turno y que el rumbo de su vida estaba marcado por los ingenios.
          Ya sea por el esfuerzo de mi padre o por la abnegación de mi mamá, nunca nos faltó nada. La heladera estaba repleta, desbordante, llena de fiambres, quesos, frutas y alimentos. Las fetas de queso se salían de la puerta y el kilo de dulce de batata resplandecía con la luz penumbrosa de la heladera.
          Mi mamá ya había alcanzado una muy buena relación con mis tías Marta y Amalia. De modo que las visitas a la casa de mis abuelos eran auspiciosas y frecuentes.
          Cuando yo iba al cuarto grado en la escuela Normal de J. B. Alberdi, mi mamá y mis tías (ellas participaban mucho en los asuntos educativos) eligieron enviarme a un colegio privado de Concepción. Esa medida significó un cambio importante para todos. Algunos padres los criticaron por mandarme a una escuela ubicada lejos de casa. Pero pronto se vio que la medida había sido acertada. No sólo trajo una mejoría en mi rendimiento escolar sino que también me obligó a viajar solo y a vincularme con otras personas. Para un niño de diez años fue un cambio drástico y creo que, de alguna manera, significó un paso adelante en el crecimiento.
          Mi mamá pasaba sola muchas horas en casa. Mi hermano era muy pequeño y la única compañía “mayor” era yo. Mi mamá tenía, por esos años, unas pocas amigas. Sus horas estaban dedicadas, en su mayor parte, al trabajo y a la crianza de los hijos. Eventualmente, tomaba cursos y asistía a la iglesia evangélica que estaba cerca de casa.
          El barrio Escaba era enorme. Al menos lo era para los ojos de un niño. Tenía una plaza central y unas pocas calles pavimentadas. En la plazoleta los chicos habían instalado una improvisada cancha de fútbol. También había un canal que solía llenarse de agua y barro con las lluvias de verano. Al frente de mi cuadra había un baldío. Allí, en otoño, solíamos remontar barriletes. Mi mamá hacía las veces de esmerada secretaria: cuando el viento arreciaba tomaba los hilos y conducía el barrilete para evitar que se lo llevara al infinito.
          Por las siestas mi mamá iba a su trabajo en la Escuela de Manualidades. Mi papá, ya dije, casi no estaba.
          No sé en qué momento la relación entre ellos se arruinó. No puedo identificar el instante. Supongo que no hubo un instante preciso. Las relaciones entre las personas se construyen en el tiempo y la vida es un río caudaloso cuyo centro se mantiene oculto.
          Mis padres empezaron a llevarse mal. Pero de eso nos enteramos mucho después mi hermano y yo. Lo supimos casi al mismo tiempo que llegó la separación. Supongo que el malestar fue como un río subterráneo que absorbió sus vidas sin que ellos fueran conscientes del todo.
          Nunca los escuché discutir. No recuerdo ninguna voz alterada, ningún grito. No hubo en los años de mi niñez ninguna reyerta, ningún encono.
          No participé jamás en sus conversaciones.



3 — José, tu hermano. Tu hermano y vos.

          FS — Pasé por sucesivas escuelas primarias. La última fue el Instituto Vocacional Concepción, un módico y esmerado colegio burgués, ubicado a treinta kilómetros de mi pueblo, en Concepción, una ciudad pequeña con pretensiones de grandeza. Después de un año de viajar solo a Concepción, mi hermano ingresó a la escuela primaria. Y lo mandaron al mismo Instituto. Entonces, él también empezó a viajar. A partir de ese momento yo no vi solo las vacas, los autos chocados, los vendedores ambulantes y las motos peligrosas. A partir de ese día, las vi con la feliz compañía de mi hermano José.
          Caminábamos por la ruta hasta la parada del ómnibus. Esperábamos unos quince minutos conversando con los ocasionales pasajeros y nos subíamos al expreso directo a la Perla del sur. La mayor parte de las veces, nuestro viaje era tranquilo y yo me sentía el custodio de mi pequeño hermano. En ese entonces él tenía sólo 6 años y yo 11.
          Desde mis primeros años de vida, me gustó inventar artificios con el lenguaje. Imaginaba palabras y solía colocar motes extraños a las cosas. Esos juegos eran azarosos e inconscientes. No había nada premeditado. Cuando él empezó a viajar conmigo, por amor, por un cariño inusual, solía inventar palabras para que él se riera. Un día, le inventé un apodo. Se me ocurrió un sonido, algo que asociaba con su sonrisa o con su pequeña nariz blanca. Esa palabra fue Guirú. 
          No encuentro una razón para ese apodo. No sé cuál fue su origen. Sólo lo dije y a partir de ese momento quedó como una seña entre nosotros.
          Durante los primeros meses de colegio, mi hermano no entendía las palabras escritas. A mí se me ocurrió leer en voz alta, delante de él, las palabras de la miríada de carteles que había en el camino. Era una forma de entretenimiento. Cada vez que pasábamos frente a una palabra escrita con letras enormes yo le decía que ese cartel decía Guirú. Al principio, mi hermano me creyó.
          Cuando el año promediaba y él aprendía los rudimentos de la lectura, empezó a desconfiar. Aún hoy recuerdo el momento en que se dio la vuelta, me miró extrañado y me dijo que era un mentiroso. Era evidente: él había empezado a entender el sentido de las palabras.
          A partir de ese día, tuve que inventar otras palabras y tuve que dedicarme a otros juegos. Olvidé el truco con los carteles y me dediqué a hacerle cosquillas debajo de las sábanas como si fuera un tiburón hambriento que rozaba sus costillas en el fondo del mar.


          4 — Concepción, Alberdi, esas ciudades-pueblo de tu provincia norteña. Y en ellas tu adolescencia. Es en una revista electrónica donde te han publicado un texto sobre esa etapa. ¿Lo reproducimos?...

          FS “Concepción no es una ciudad. Es el orbe mínimo y precioso del pasado que guarda una parte de eso que se esfuma para siempre. El pasado siempre deja de ser. Es una bruma lenta que se pierde y que deja la estela difusa de algo que alguna vez vivimos. Y Concepción, la ciudad, es una parte del pasado y es un cofre que guarda los olores de eso que tiende a desaparecer. Yo mismo me ocupo de que ese orden parezca real y cierto. La memoria insiste con algo irrecuperable. Por eso inventa: para tener cerca el oasis de lo que ya no está.
          Hay escenarios insoslayables: el terraplén, el boliche Madrás, el colegio Nuestra Señora de la Consolación, la plaza principal, el patio amplio y alto de la Escuela Técnica, la vieja terminal de ómnibus. Todos los espacios contienen fantasmas tímidos, evocan y crean personajes que ya no existen en su materialidad pero que fulguran como pelusas o caricias, profusas nubes que vuelan en el ayer.
          Los lugares que mencioné contienen formas de la invención. Pienso en la terminal de ómnibus: ese lugar mínimo implicaba para mí la llegada a la ciudad pero también la partida. Era el terreno de la expectativa, de la ansiedad manifiesta. Ahí bajaba, a veces, para ir a la Escuela Técnica. Ahí vi, por primera vez, un disco de Yes, en la disquería que estaba al lado de la terminal. Y fue el inicio de una pasión y de un deseo. Yo quería ser disc jockey. Y ese deseo sólo existía en mi imaginación. Pero ahora que los años han pasado, ese deseo ha quedado adosado a un lugar que ya no existe. La terminal guarda una forma del deseo y de la decepción: eso que alguna vez quise ser y que ya no soy y que no seré. Y esa luz tenue hoy sólo existe como recuerdo, como una pura evocación. Sin embargo, esa es la única forma de que exista el pasado.
          Cuando subía al ómnibus para regresar a Alberdi, mi pueblo de nacimiento, esperaba con mucha ansiedad que subiera el vendedor de facturas. Era Daniel. El aroma dulce y la crema dorada de las facturas significaban una entrada al breve paraíso del sabor.
          Estas nubes como recuerdos ayudan a conformar ese orbe huidizo que es el pasado. Y el pasado como orden creado arma el laberinto de la vida. Todos le contamos la vida a alguien y nos la contamos a nosotros mismos.
          ¿Cuántas veces habré cruzado la plaza principal? ¿Cuántas veces habré sentido que el mundo no tiene sentido? Albert Camus dice que el verdadero problema filosófico es saber si la vida tiene o no tiene sentido de ser vivida. El que fui sintió la náusea, esa desazón estéril, pero sin saber que había un problema filosófico detrás. Yo crucé cientos de veces la plaza y miré cientos de veces los altos árboles y las veredas ásperas y nunca supe que lo que sentía era un sentimiento similar al que motivó a Camus a pensar El mito de Sísifo. La mera plaza no era solo un rectángulo de piedra con sus árboles, sus pasadizos personales y sus bancos insaciables. La plaza esconde, para mí, la larga noche de la desolación filosófica. Yo no sabía en esos días que la plaza contenía, subrepticia, mis estudios de filosofía. Eso tienen de maravilloso el pasado y los lugares del pasado: nadie sabe lo que vendrá.
          En el rectángulo imposible de la plaza pensé por primera vez que quería dedicarme a hacer radio. Y allí, entonces, surgió la idea de escribir un guión. En la plaza está escondido, de alguna manera, mi destino de escritor.
          El terraplén es un atalaya, un punto fijo desde el que se configura una visión móvil de la realidad. Desde ahí podía ver la ciudad pero desde otro punto de vista. La ciudad es otra y la misma desde el terraplén. También significaba el límite de la ciudad de Concepción: desde ahí podía ver los campos sembrados: el retorno al mundo rural. Yo venía del campo. Alberdi era, sobre todo, la puesta en escena del campo. Es cierto que tiene su plaza vieja, sus barrios perdidos, su plaza lustrosa con la gruesa cabeza de Alberdi, esa pesada bola de mármol. Pero en aquel entonces el pueblo era para mí el conjunto lento y melancólico de esa infancia que quería dejar lo más rápido posible.
          Cuando era adolescente, cuando cursaba en la Escuela Técnica, yo quería abandonar la infancia: quería olvidarla. Ahora, a los cuarenta, quisiera volver a los años irrecuperables, como si la infancia fuese la verdadera estancia, la única posible, de un breve paraíso. Aún suenan las corridas en las calles de tierra, las vueltas en la bicicleta, antes de las muchas muertes de la familia, esas corridas que ignoraban las tragedias venideras, y esos instantes clavados en un punto fijo del recuerdo. Esos instantes son la imagen inmóvil de un paraíso. Y si nada se mueve, el retorno es imposible.
          Yo quería ser dibujante en un estudio de cine de animación, como los dibujantes que hicieron Metegol, la película de Campanella. No había una escuela así en Alberdi. Entonces entré a la Escuela Técnica. La Escuela es el amplio patio rojo, las corridas en los recreos, el bullicio interminable, el techo alto, inalcanzable. La Técnica es el taller largo, cerrado, ruidoso, las palabras de los profesores, la alegría insípida de los compañeros, las primeras conversaciones sobre sexo.
          Cuando tocaban el timbre salíamos al recreo. Y algunos compañeros eran humildes y no tenían para el sándwich. Yo sentía pena por ellos. Yo no provenía de una familia adinerada; sin embargo, tenía para el refrigerio. En los días de la adolescencia, las diferencias de dinero se acentúan y son marcas en los cuerpos. Salíamos al pasillo que lleva al bar y corríamos a comprar un sándwich. Yo compraba dos. Uno para mí y otro para que se repartieran entre los compañeros. Había algunos que escupían su sándwich para evitar que los otros le pidieran. Era un gesto típico.
          Yo devoraba el sándwich de salame y me perdía en algún rincón del patio a comer solo. Después aparecía Uruaga o Zelaya y hablábamos de dibujo artístico, de los comics que él leía. Zelaya siempre tenía alguna novedad musical. Un día vimos por primera vez la tapa del primer disco de Pink Floyd, ese disco con Syd Barrett, el músico que se perdió en la locura.
          Syd Barrett nos seducía porque había fundado “la banda” y después la había abandonado. Creo que sigue siendo un enigma para mí: un personaje que funda un grupo hermético y que después se va, antes del eclipse, antes de la luz ciega que lo haría brillar. Syd renuncia al éxito, uno de los mitos de la sociedad contemporánea. A la vez, en él reverberan las capas mutantes del artista romántico: es el perdido por la droga, el excéntrico que abandona la luna y elige la noche.
          Nos pasábamos horas repitiendo los ruidos de los discos. Los recreos funcionaban como un laboratorio de lo que queríamos hacer.
          Syd Barrett es la cifra de una época, es el símbolo de una idea del rock y de las cosas. Antes del heavy metal y del futuro, estuvo Syd Barrett, como una especie de anticipación rockera de dos íconos: Artaud y Rimbaud. A ellos los abandoné después.

          Pero esa es otra historia.”

F.S. con Beatriz Cruz Sotomayor, Ana Teresa Toro y Edgardo Rodríguez Julíá (Puerto Rico, 2015) 

5 — Entiendo —por un extenso texto que me has proporcionado— que estás en proceso de escritura de un volumen autobiográfico. ¿Qué tal si damos a conocer lo que fuiste sondeando a propósito de tu ingreso a la cuarta década…?

          FB “En junio de 2013, cumplo cuarenta años. No entro en una crisis. Pero sí reconozco que veo las cosas (o empiezo a verlas) de otra manera. No sé si esto tiene que ver con los cuarenta. Tal vez, no. Hace unos años, cuando leía Habla, memoria, de Nabokov, me molestaba que Nabokov hubiera narrado su “vida” hasta los cuarenta, más o menos. Tenía ganas de seguir leyendo el pasado. Hoy, después de muchos años de lectura de ese libro, creo que ha sido acertado. Hasta los cuarenta (o cincuenta o treinta y cinco, no sé) se cumple una etapa. Hay algo que se perfila diferente en el futuro, algo se modifica en la perspectiva de ver el pasado. Quizás no tenga que ver con la edad, específicamente. Tal vez tenga relación, en mi caso, con que tengo dos hijos, una casa que mantener, algunos libros escritos, un trabajo sistemático. Las pretensiones ingenuas, tibias de experimentalismo y vanguardismo han quedado atrás. Siguen presentes (y creo que seguirán) mi idea de una búsqueda estética permanente, una exploración estética imparable. Pero cierta idea ingenua, estrafalaria y decadente de la primera juventud ha quedado atrás. Pero no por capricho o fea mirada burguesa sino por una imposibilidad material, experiencial. Ya no puedo salir de noche todos los días. Ni quedarme hasta las seis de la madrugada hablando de Shakespeare o de Borges con los muchachos aprendices de poetas. Pero sí puedo seguir leyendo a Nabokov, Ford, Carver, Chejov, y a cualquiera, en el rojo sillón de mi casa. Mi idea de la confrontación estética, de la ruptura, no la comparto en el fogón de la esquina sino que la elaboro en el amplio silencio del living, después de que mis hijos se han dormido. En este sentido, hay un pasado irrecuperable. O mejor, ese pasado ya puede convertirse en literatura, ya es inmediata posibilidad de escritura.
          Cuando tenía veinte años, no tenía pasado. Hoy tengo pasado. Es decir, tengo el pasado como material irrenunciable para la escritura. Y en ese sentido, los cuarenta no abren una crisis sino una perspectiva diferente. Tal vez por eso escribí la crónica de mi mamá. Tal vez por eso escribí mi velada autobiografía.”


          6 — Estás a dos materias de obtener el título de Licenciado en Filosofía. Y el tema de tu tesis es “Kafka y los rostros del poder”.

          FS — La filosofía es una disciplina que atraviesa mis escritos. No es una materia que dependa del avatar académico. En todo caso, me parece que las lecturas de filósofos han sido una cuestión vital para mí. Supongo que estoy en la larga lista de los que se dedican a la reflexión y al pensamiento. Uno de los primeros libros que leí y que decidieron mi interés por la escritura y el pensamiento fue “Más allá del bien y del mal”, de Friedrich Nietzsche, junto con un libro de Jean Piaget. Nietzsche me atrapaba por su capacidad para compactar la reflexión, por su devoción por la tempestad. Yo busqué, desde mis primeros textos antojadizos y malogrados, la síntesis y el rayo de Nietzsche. En todo caso, empecé con Nietzsche mi lectura de la historia de la filosofía, y esa fue una forma de invertir a Platón y de subvertir la tradición de lecturas. En Nietzsche, y en Emil Cioran, en Marco Aurelio, en Epicuro, en Pascal, en Michel de Montaigne, también, en Heráclito, en Voltaire, me interesaban la combinación de forma y sentido, argumento y concentración, concepto y precisión de la palabra. De modo que desde ese inicio a los tropiezos, como un autodidacta juvenil, estaba la búsqueda dual, polícroma de los diversos intereses, la polifonía del sonido y el sentido. Aunque Nietzsche puede considerarse un poeta menor, es un poeta filósofo, como Dante, como Lucrecio, como Jorge Luis Borges. Y con ellos se abrió, en mi caso, una mínima tradición para explorar y para seguir. De esa forma, pude después enfrentarme a ellos, lidiar con estos poetas para poder desembarazarme de ellos. Es necesario matar a los padres para convertirse en escritor.

          Por otra parte, he retomado la escritura estrictamente filosófica con la creación de un heterónimo. Desde hace casi un año se publica en una revista de Nueva York una columna semanal con los textos de este heterónimo, cuyo nombre no puedo revelar. Si lo hiciera, se perdería la fuerza de la heteronomía. En la creación de un heterónimo encuentro la posibilidad de ser otro y de quitarme el peso de la identidad, aunque sea por un momento. Es un placer poder ser otro. La identidad puede ser una cárcel, puede ser Dinamarca.

F.S. con Claudia Aboaf, Débora Mundani, Luis Chitarroni y Mariana Travacio

7 — Rememoraste algo de tus clases de dibujo artístico. Añado que llegaste a participar en una exposición colectiva de pintura. ¿Volverás a pintar? ¿Qué pintores no podrían estar ausentes en tu podio?

          FB — He vuelto a dibujar en estancias cortas e intermitentes. El dibujo es clave. Y también la pintura al óleo. Soy devoto de Rembrandt, de William Turner y de Johannes Vermeer, entre muchos otros. Cada pintor me interesa por razones distintas. Voy a citar en extenso al filósofo Arturo Serna. Dice Serna: “En la pintura “La bañista”, Rembrandt se ha demorado en cada uno de los rasgos de la cara, el pelo, el vestido, el agua turbia, las manos. Pero hay ciertos aspectos de las cosas y de la piel que se distinguen no por su transparencia sino por el alto grado de opacidad: más concretamente, esas cosas entre las cosas están pintadas con un anticipatorio nivel de abstracción que extraña. Rembrandt ha creado la pintura de la mancha antes del arte abstracto ruso o norteamericano. En los pliegues blancos del vestido y en el agua turbia, el pintor despliega un arte de la mancha, de la textura. Si recortamos el cuadro, si nos acercamos a las partes del vestido y el agua, vemos que esas formas han sido tratadas como focos independientes, como figuras geométricas. Rembrandt tiene un ojo avizor, el microscopio de alguien que se anticipa a una mirada del porvenir. En los centros geométricos de la bañista, el cuadro es anticipatorio y antirrealista, abstracto: la “bañista” desmorona la idea del espejo. El encuadre no selecciona la realidad sino que habilita un centro de invención pura. Para Rembrandt, un cuadro no es una ventana sino un artificio pictórico, un lugar para el solaz experimental de la mirada.” Concuerdo con el filósofo en lo sustancial. Siento que los pintores me convocan por sus hallazgos pero también por sus torpezas o por sus intervenciones involuntarias. Estoy seguro de que Rembrandt no quiso inventar el arte de la mancha. Sin embargo, lo hizo. Hay ahí una invención involuntaria. De esas situaciones me nutro para mi escritura y para mi propia utópica pintura.
          Vermeer me interesa por su relación con la cultura flamenca. La estudiosa Svetlana Alpers (discípula de Ernst Gombrich) sostiene que la característica central de la pintura holandesa es su carácter descriptivo. La finalidad descriptiva surgió en una fuerte cultura visual arraigada en una tradición de técnica y conocimiento experimental —en oposición a la cultura humanística italiana que privilegia la matemática como método para entender la naturaleza— relacionada con el interés espontáneo por la observación, la cultura de viajes y de mapas, el estudio de la geografía, las plantas, los cristales, los microscopios y los telescopios. No es casual que el primer hombre que estudió los microscopios sea el holandés Anton van Leeuwenhoek. Esta dedicación a los saberes y a las ciencias ligadas a la vista y a la óptica, sientan las bases de un arte descriptivo. Vermeer es una especie de centro que cristaliza los elementos de esta tradición. Y resulta fascinante “releer” esos rasgos en sus pinturas.

          Alguna vez, un lector me dijo que en mis textos podían leerse pinturas. Esa opinión me dejó un poco más tranquilo.    

F.S. con Claudia Ainchil

8 — Fuiste guionista y director de dos filmes documentales breves: “Hugo Foguet, el latido de una ausencia” (escritor) y “Ezequiel Linares” (pintor). ¿Prevés otras incursiones? ¿Qué documentalistas admirás y por qué?

          FS — Mi relación con el cine es diversa. Leo con frecuencia libros sobre historia del cine, documental, cine de ficción, crítica, análisis estético, etc. Trabajo como profesor en la Escuela de Cine de la UNT y ahí doy clases de Estética del cine y de Crítica de cine. Como realizador he producido dos documentales y estamos escribiendo un guión con dos jóvenes realizadores. Entre los directores que admiro podría mencionar a Orson Welles, por su capacidad única de fabulación. Orson Welles cumple el dictamen de Fernando Pessoa: todo “director” es un fingidor, podríamos decir. También visito y revisito la filmografía de Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Yasujiro Ozu, Brian De Palma, Martin Scorsese, Quentin Tarantino y el húngaro Béla Tarr, entre otros. No adhiero a una monótona corriente estética. En todo caso, me interesan los efectos contradictorios que generan las relaciones entre estéticas opuestas: veo con fruición el cine de Andréi Tarkovski, quien produce un rechazo acérrimo de parte de los cultores del cine de acción. Y también disfruto muchísimo el cine de Tarantino, por ejemplo, quien es rechazado por el sector más snob de los cinéfilos.

          En cuanto a los documentalistas, admiro sobremanera a Patricio Guzmán y a Andrés Di Tella. Me interesan las piezas audiovisuales de Di Tella (“La televisión y yo”, “Fotografías”, “Macedonio Fernández”, por ejemplo) pero también me interesa su vocación iconoclasta o su afán por subvertir los parámetros establecidos. Una vez me dijo que se sentía un escritor fracasado. Creo que el fracaso lo hizo mejor documentalista. Como cineasta es un escritor fracasado. Habría que estudiar qué rasgos del escritor aparecen en sus documentales, qué destellos del fracaso se cuelan en sus piezas audiovisuales. En el caso de Patricio Guzmán, hay un afán pictórico que deslumbra y que convierte a sus piezas políticas en más logradas precisamente porque se salen del objetivo didáctico. Su relación con el encuadre y con la luz resulta fascinante. Por ejemplo, en “Nostalgia de la luz”. Antes que un documental, podría pensarse como el eco de una pintura de Caravaggio o como una tela de William Turner. Hay en esa película un cuidado de la luz y del color que abisma.

F.S. con (?), Juan Sasturain, Fabián Masucci

9 — En tres de tus libros (“Vidas breves”, “Ciudades escritas. Crónicas desde EEUU” y “Cosmópolis. Retratos de Nueva York”) he accedido a poemas de tu autoría. ¿Sólo quedarán en ellos o los incluirás en un poemario?

          FS — Por el momento, no entrarán en un poemario. Sí he escrito libros de poemas que aún están inéditos. Mi relación con la poesía es prístina. Está en mi primera lectura de Nietzsche, Borges y Octavio Paz, y en mis primerizos esbozos rudimentarios. La poesía no devela verdades ni me conecta con la divinidad. No persigo esa metafísica de la poesía. Como la filosofía, la poesía propone preguntas antes que respuestas. La poesía que leo me ofrece formas indirectas de inquirir en cuestiones cruciales. En ese sentido, la poesía me permite enfrentar los enigmas. Por su condición de enigma un enigma es irresoluble. La poesía verbaliza y piensa los enigmas y ofrece nuevas preguntas. Esta es una manera de enfrentarlos, de rodearlos, de pensarlos y de sentirlos. La poesía es la forma literaria de la filosofía. Así como la filosofía es la forma literaria de ciertas exploraciones científicas. Y las ciencias, con excepción de las matemáticas y de una zona de la física, componen las formas filosóficas del saber.
          También he inventado dos heterónimos que escriben poesía. El primero escribe poemas bíblicos, textos breves que siguen las historias del Nuevo Testamento. Son textos evocativos o cuasi narrativos, en algunos casos poemas conjeturales que toman la voz de Cristo o de Juan o de Mateo. El segundo heterónimo escribe sonetos. En la forma rígida, preestablecida, este poeta inventado encuentra la felicidad de la estética clásica. La medida lo libera del problema moderno de la forma y lo ayuda a pensar ciertos temas, lo lleva a buscar cómo acomodar los dilemas metafísicos en el orden preestablecido de los versos medidos. Los sonetos encaran la relación de la luz con la oscuridad o el sentido o sinsentido de la vida.


          10 — Una obra tuya titulada “Atalaya” obtuvo una mención en el Premio de Novela Breve de Córdoba, con un jurado integrado por Tununa Mercado, Perla Suez y Angélica Gorodischer. Probablemente artículos, crónicas, ensayos, microficciones, relatos, cuentos… estarán esperando su oportunidad.


          FS Uno de mis mayores defectos es la relación placentera con la lectura múltiple, con la escritura múltiple. Leo con idéntico placer e interés divulgación científica, historia de la música, biografías, ensayo filosófico, novelas, poemas, historia de los griegos, Herodoto, Dante, Shakespeare, Pessoa, etc. De un modo más pobre pero igual de obsesivo, escribo varios libros a la vez y con interés intermitente y saltando como el conejo de Alicia. Están en el cajón ensayos de mi primer heterónimo, sonetos del mismo, un libro de poemas bíblicos de otro heterónimo, libros de cuentos, dos novelitas en curso, crónicas, ensayos, relatos, entrevistas, novelas inéditas. El único problema es que nadie sabe cuál es el valor de todo lo guardado. Si al menos una línea de lo que he escrito escapara del océano arrollador del olvido, la escritura tendría sentido.

F.S. con Martín Kohan y Marcelo Damiani

11 — Entrevistas. Treinta realizadas por vos conformaron un volumen editado el año pasado por la UNT. Citemos a algunos de los protagonistas: Juan Martini, Lucía Puenzo, Richard Ford, Adrián Caetano, Claudia Piñeiro, Tobías Wolff, Luis Chitarroni, Ana María Shua, Philippe Claudel, Adrián Di Tella, Amelie Nothomb, Ricardo Piglia, Delphine de Vigan.


          FS — La entrevista es una forma de la crítica. La elección de los entrevistados implica una toma de partido frente al campo cultural. A su vez, la entrevista es un género que requiere una investigación sobre la obra del autor, científico, artista o músico. El diálogo puede ayudar a que el autor reflexione sobre su obra. Asimismo, el crítico piensa su oficio y el lugar que tiene esa obra en el campo y en la trayectoria del autor considerado. En este sentido, la entrevista es un género que produce movimientos, desplazamientos, ya que el crítico se ve obligado a mover las piezas de su ajedrez literario, musical, científico o artístico. Ya sabemos que el campo cultural es móvil pero a veces los críticos tienden a momificarlo, a fijarlo. Estoy convencido de que una de las tareas de la crítica es revisar permanentemente lo establecido, lo canonizado. ¿Quién escribe el canon? ¿Con qué fines lo hace? La crítica debe ser escéptica, debe desconfiar de lo consagrado; algunos críticos canonizan a los amigos, optan por lo fácil, no piensan sino que solamente estiran su brazo y ponen sobre la mesa lo que tienen más cerca. Entiendo que el crítico es un sujeto que incomoda, que lucha contra lo fijado, lo osificado, lo canonizado. El crítico es discípulo de Heráclito. Opta por lo móvil y lidia  con lo que fluye y cambia. Y la entrevista contribuye o puede contribuir con esa labor. Algunos autores son conscientes de esto, de la condición bélica de la crítica. Richard Ford, por ejemplo, es combativo, no es condescendiente. En una de las entrevistas que le hice, enfrenta mis suposiciones y las discute. Creo que Ford ha visto en la entrevista un campo de batalla, un espacio de discusión. Polemos es el principio de todas las cosas. Delphine de Vigan fue muy abierta con su experiencia personal, con sus anécdotas privadas. Una parte de su confesión ha quedado guardada. Me parece que, en ocasiones, la entrevista se presta para el confesionario. Y hay un límite que uno debe cuidar. ¿Dónde empieza la crítica? ¿Dónde se separan la confesión íntima y el agravio moral?

F.S. con Ricardo Piglia. Foto: Rodrigo Ruiz

12 — Dirigiste la revista cultural “Mil trescientos kilómetros”.

          FS — La dirigí tres años. Fue una experiencia de aprendizaje. Coordinar una revista implica trabajar desde la crítica y desde la investigación del campo cultural. Yo formaba parte de un grupo de entusiastas que quería difundir la cultura del NOA [Noroeste Argentino] y reivindicar a los antecesores, aquellos que habían sido nuestros precursores. No por casualidad elegimos para el dossier del primer número al escritor Hugo Foguet. En mi caso, hubo, desde el comienzo, una conexión especial con la novela “Pretérito perfecto”, de Foguet. Este autor fue, para mí, una especie de Joyce subtropical. Su novela había logrado lo que yo quería hacer, por ese entonces, como escritor de ficciones. En ese sentido, la crítica fue, una vez más, una forma de la autobiografía. Pensar y escribir sobre la obra de Foguet revela de modo indirecto mi búsqueda como novelista incipiente, como autor de ficciones. Escribir sobre Foguet fue empezar a escribir mi novela futura.


          13 — De la novela “Muerte en el seminario” de P. D. James transcribo: “…una fascinación por la complejidad de los baluartes intelectuales que los hombres construían para protegerse de las mareas del escepticismo.” Fascinación, baluartes, escepticismo… ¿Qué te promueve lo expuesto en el encomillado?


          FS — Tengo un corazón escéptico, diría uno de mis personajes. Suscribo, con prudencia, esta afirmación. Creo que el escepticismo puede ser un método para conquistar la esperanza. Esta aparente paradoja no resulta de una verdadera contradicción. La relación entre duda y esperanza es fundamental para poder moverme o pensar. Se trata del escepticismo como una forma de cobertura frente a los malestares o conflictos. El individuo es débil frente a los avatares de la existencia. El único instrumento con el que contamos para defendernos es el pensamiento. Desde el intelecto podemos auscultar la posibilidad de la caída o del nuevo comienzo. Ahora bien, el amor o la pasión son los motores de la vida. Pero van más allá de la lupa de la duda. Están o no están. En ese sentido, no dependen del pensamiento. Para todo lo demás, es necesario contar con la evaluación de la reflexión y de la duda. El hombre es el único animal que tiene futuro. Pera ya sabemos: el futuro es una ilusión. Nos consumimos en el puro presente. El principal conflicto se relaciona con la expectativa. Por eso mismo es que la duda, la reflexión, el pensamiento son herramientas para relacionarse con lo que viene, con el porvenir. Insisto: veo al escepticismo como método para llegar al futuro. 


14 — No (me) parece que hayas incursionado en la dramaturgia. ¿Lo intentaste?... ¿De qué autor teatral te sentís más cercano?

          FS — Cuando era muy joven escribí una obra de teatro en el marco de una exposición de arte personal. Se trata de un texto que está inédito. Por entonces escribí otra pieza de teatro, que llegó a ser puesta en escena por una actriz de la provincia en el marco de un Festival de Teatro. En ese entonces leía y veía una gran cantidad de obras de teatro. Supongo que la escribí como una forma de extender mi devoción por Shakespeare. Ya lo dijo Isak Dinesen: “Hágase tu voluntad, William Shakespeare”. El inglés es un dios, alguien a quien no se puede dejar de admirar. Si uno lo lee en serio, corre el riesgo de abandonar la escritura. La seducción de su escritura alarma. He pasado por diferentes etapas con Shakespeare. Debido a su influencia, estuve a punto de dejar de escribir. Frente a su modelo, todo lo que uno pueda encarar resulta superfluo, nimio. Felizmente, ese momento ha pasado. Ya no escribo teniendo como parámetro a Shakespeare. Diría que escribo a sus espaldas. Cada tanto, siento la sombra del maestro y ese reflejo oscuro ya me angustia. En el período de la escritura de las piezas teatrales, seguí el camino de la mera emulación. Y lo seguí como escritor de teatro. En contra de lo que suponen muchos, Shakespeare no fue un novelista fracasado ni un poeta que narraba: fue un autor de dramas únicos, alguien que se formó como actor y como autor. Y no nos olvidemos, como dice Thomas De Quincey, que el oficio de actor era desdeñado en su tiempo. Shakespeare fue consecuente con su oficio e hizo lo que aprendió a hacer en el marco de su vida y de su trabajo. A pesar de la humillación y del oprobio, actuó y escribió más allá de la moda y de los avatares de su tiempo.


          15 — ¿Mucha garra, mucha suerte, mucha pasta, mucha muñeca o mucha facha?

          FS — El oficio de la escritura está relacionado con el esfuerzo y con el trabajo. La escritura no es un don divino. Nada es un don divino. En todo caso, escribir depende menos del talento que del esfuerzo. Si hay algo que llamamos talento, no depende de nosotros. El talento está o no está. Y es un plus diferencial. Pero no es la meta. Lo dice Kafka: “Hay una meta pero no un camino. Lo que llamamos camino es vacilación”. La meta es el texto que lograremos si trabajamos en él. El camino es el desarrollo de la escritura, de las posibilidades de la escritura. El camino se vincula, entonces, con las exploraciones, con las búsquedas que, por supuesto, se relacionan con la duda y con la vacilación. Esfuerzo y vacilación, entonces.


16 — Puerto Rico. Allí participaste en un Festival.

          FS — En octubre de 2015 la Universidad del Turabo me invitó a participar del Festival de la Palabra. Se trata de un Festival internacional organizado por José Manuel Fajardo y Mayra Santos Febres. Integré un panel sobre la crónica latinoamericana junto al escritor Edgardo Rodríguez Juliá y a la cronista Ana Teresa Toro, ambos de Puerto Rico. Durante mi estancia, dialogué con muchos escritores, especialmente con Rodríguez Juliá, quien, junto al rector de la Universidad, fueron mis anfitriones. Edgardo no sólo es un gran escritor, multipremiado, un maestro de cronistas y narradores, sino que además es una gran persona. Durante mi estadía escribí una serie de crónicas que luego fueron incluidas en “Cosmópolis”. El título del libro iba a ser “Islas”. Aludía a las múltiples islas en las que había estado, incluida la isla de Puerto Rico. El titulo luego fue cambiado. En ese mismo período fui invitado también al Brooklyn Book Festival, debido a la gestión de Eduardo Almirantearena, miembro del Consulado de la República Argentina en Nueva York. En Nueva York presentamos “Ciudades escritas. Crónicas desde EEUU”.


          17 — Así como tengo la información de que en tu adolescencia condujiste dos programas radiales (“Cable a tierra” y “Rompecabezas”) en emisoras del sur de tu provincia, ignoro si integraste algún grupo literario o coordinaste ciclos de narrativa o poesía.


          FS — Junto a un poeta amigo, y luego con un grupo de poetas jóvenes, organizamos un café literario en el marco de una disquería y cafetería ubicada en el centro de la ciudad de San Miguel de Tucumán. Fue una experiencia importante. Invitamos a narradores, poetas y filósofos de la provincia y de fuera de la provincia. Fue en el año 2000. El objetivo era principalmente difundir la obra de escritores jóvenes, desconocidos, y dar voz, en otro ámbito que no fuera el universitario, a los autores ya reconocidos o con cierto reconocimiento. El grupo se reunía y debatía sobre los posibles invitados y las razones para hacerlo. Para mí fue una forma de ejercer la crítica. El proceso de selección implica ya una toma de partido sobre el estado de la cuestión en el ámbito de la escritura y del pensamiento. Mientras discutíamos, aparecían las lecturas de cada uno como armas de batalla y todos argumentábamos a propósito de la posibilidad de que exista un canon y cómo se podía configurar el orden de aparición de ciertos libros. Es decir, esas reuniones eran como la antesala de una reunión en la redacción de una revista. Para mí, y supongo que para el resto del grupo, era un asunto fundamental, que ocupaba una buena parte de mis actividades. No era un asunto menor. Si bien fue un ciclo que solo duró tres meses, creo que allí se sentaron las bases de la revista que luego hicimos y, de alguna manera, inicié, mínimamente, mi actividad crítica. Al menos, empecé a ser consciente del lugar clave que tiene la crítica en el ámbito de la escritura. 


18 — “Mis remordimientos saben escribir”, afirmó Roberto Bolaño. ¿Los tuyos?...

          FS — No escribo desde el remordimiento. Mi escritura es una lucha contra el olvido. En la eternidad, somos un grano de polvo llevado por el océano arrollador del olvido. Somos una nada pensante. El mayor problema que tenemos como especie es la desproporción entre lo minúsculo de nuestra existencia y el deseo insobornable de querer perseverar en nuestro ser, como pensaba Baruch Spinoza. Es decir, somos el tiempo que dura un soplo pero aspiramos a la eternidad. En esa desproporción, como dice el filósofo Saúl Schkolnik, radica nuestro problema. Mi escritura surge como una lucha vana contra el inevitable olvido. Si bien se trata de una batalla perdida, me empecino en llevarla adelante. Diría que mi escritura lleva en su leve cuerpo el peso muerto del resultado ineluctable de la batalla. Y en ese gesto se consolida como un eco ante la eternidad. “Mañana en la batalla piensa en mí”, dice un verso de Shakespeare. Ese deseo atraviesa mi escritura como un viento que la mece frente a su inminente desaparición. 



Fabián Soberón selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


STATEN ISLAND


Dicen que Thoreau vivió en Staten Island
y que tenía un rabioso perro lanudo
que paseaba jubiloso y manso por la quinta avenida.
Dicen que su máquina de fotos
quemaba los rumiantes árboles del Central Park
y que los caballos raquíticos lloraban por el olor lejano
de la melancólica manzana glamorosa.
Viejo y olvidado Thoreau
alguna vez viviste entre los arduos parajes de Concord
en la ruinosa y esplendente casa de Emerson
y secaste tus manos de heno en el agua turbia.
Tu blanca voz de hermoso farmer barbudo
batía las verdes hojas matutinas
entre las ranas quejosas del estanque.
No sabías
sí lo sabías
que tu isla estaba al frente de una babel infernal
que era el puerto de insólitos delincuentes
y de judíos perdidos en la nostalgia
y de rubicundos italianos solitarios
y de difíciles poetas incógnitos
escondidos en las arterias invisibles de la desdicha.


                                           (de “Ciudades escritas. Crónicas desde EEUU”)

*

OCTUBRE


Desde el roce frenético de la tierra en la fosa fúnebre
veo la mansedumbre de la calle en el silencio nocturno.
Luces apagadas, autos rancios, inmunes pájaros de la noche
custodian esta sutil nostalgia, irrespirable
que no se apaga
porque ningún fuego se apaga.
Adoradas ciudades inalcanzables
desde este páramo de alambre retorcido
y caóticos sueños de óxido y basura
evoco el rostro bifronte del centro oscuro y noble
de las casas capitalistas.
Desde esta fosa negra
desde el miasma sonoro y cáustico de la desdicha
canto el ocio imparable de las ciudades escritas
por la sombra imborrable de la dicha.
Oh, penumbrosa Boston
con tus inciertas calles de luces amargas
llenaste el corazón de la desesperación
y el viejo chino, azorado, camina sin rumbo
en un domingo perdido.
Inolvidable, incomparable New York
nunca dejaré de volar en las volutas de las nubes innumerables
en la luz hermosa y tibia de la babel invertida
en el bullicio perfecto de las locas avenidas húmedas.
Fue en octubre
cuando el barco se fue a pique
y las gaviotas dejaron su huella de agua y viento
y los peones de García Lorca avanzaron
con su manto de cenizas,
y el viejo y hermoso Walt Whitman
caminó por el verde supermercado
de Ginsberg.
Octubre
joven y dorado otoño de California
tardía luz inmune a la sombra
verano gastado y rojo
que luce su melena al viento.
Las perdidas ciudades de octubre
brillan en el centro violeta de la melancolía
con los suaves látigos del mar turquesa.
La arena suena de noche
al lado de la ventana entreabierta
de los ojos cerrados de Bruno
pegado a la sonrisa.
Una noche, incandescente y oscura
Bruno habló en un susurro:
vení, papá, me dijo,
aquí está la felicidad.


                                     (de “Ciudades escritas. Crónicas desde EEUU”)

*


HELADO


En la esquina de Washington Square
un carrito violeta
vende helados de tres dólares.
Una chica morena
con visera y serena
expende su mejor sonrisa boricua.
Habla la lengua de los desahuciados
los pusilánimes, los expatriados.
No me mira
cuando entrega el cono de vainilla.
Sólo sonríe
con esa luz en los ojos
de exportación.
El viernes le compro
y no tengo cambio.
Entonces
me regala el helado
por un dólar.
En el último gesto
veo su cara de derrota.
Más adelante te lo alcanzo, digo.
Yo estoy siempre aquí, dice.
Levanto mi cabeza
hacia los árboles eternos
y sé que no la volveré a ver.


                         (de “Cosmópolis. Retratos de Nueva York”)

*

THEA VON HARBOU


Parada en esta nube como palco
veo la cabellera joven de mi segundo esposo
y escucho, festiva, las trompetas del régimen
como una música divina, irreemplazable,
como ángeles extintos y felices
que revolotean sumisos en mis oídos.
Fritz no hubiera hecho nada sin mí.
Solo le faltó creer en las camisas pardas
en los febriles discursos del jefe bajo
en el fervor irrefrenable de las tropas patrias.
No supo Lang ver la música del pueblo
en las hordas festivas y locuaces
en las ovejas tiernas y soñadoras.
Hice las películas de mi vida
y vi los rascacielos infinitos en la gran urbe
y dibujé el futuro en los planos grandes
y resbalé en una baldosa falsa en la vereda
y morí solitaria en una sala blanca
alejada de la gloria pretérita y del gentío
que vibraba como fiera asesina
ante el franco ardor del fürer
en el hermoso suelo teutón.
Yo, Thea Von Harbou
siempre recordaré la barba incipiente
y la voz tronante del judío temeroso
que huyó de Alemania como un rabino escéptico
y abandonó la tierra para vender su alma
al diablo de los tiempos.
Aunque nadie me quiera
seré la Thea del cine y del escenario
la fiel seguidora de las camisas pardas
la guionista que quiso el cine
tener entre sus filas.


                               (de “Cosmópolis. Retratos de Nueva York”)

*


CEMENTERIO


En un barrio de Brooklyn
hay una iglesia blanca y protestante
abandonada
y al fondo unas lápidas grises
escoltan las sucias tumbas olvidadas.
El fragor de las voces y los buses
dan la espalda
al silencio tímido y terrible
de los muertos.
Así quería tu tía una tumba,
dice mi mama a la distancia.
Un árbol y un pájaro a la sombra.
Así me visitan, la tía anhelaba.
Nunca cumplimos la promesa
dice mamá. Mientras miro
las manchas de Alberto Burri
en el museo espiralado
creo que aún nos queda
la esperanza.


                                 (de “Cosmópolis. Retratos de Nueva York”)

*

BATALLA


Cómo explicarle a mis hijos
que sólo soy un sobreviviente.
Como todos
he luchado en vano
he subido ventanas altas
y busqué el sentido en las cosas insignificantes.
Acepté que el mundo es una torre triste
o una herida absurda
y brindé con amigos por la reunión
el café y la risa fuerte y espontánea.
No puedo explicar por qué
sólo puedo obtener el mínimo amor
como padre.
Sólo soy un vencido.
La muerte gana todas las batallas.


                                     (“Cosmópolis. Retratos de Nueva York”)

*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Yerba Buena y Buenos Aires, distantes entre sí unos 1300 kilómetros, Fabián Soberón y Rolando Revagliatti, 11 de febrero de 2018.




Fecha Publicación: 2018-02-13T15:35:00.000-08:00
 Una tarde de nubes coloradas y
árboles de sombra azul
(Cuentos)

JAVIER FARFÁN CEDRÓN

Editorial: Gobierno Regional de Cajamarca
Cajamarca-Perú. 64 págs.
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Es poco probable que tratemos de encontrar en el presente libro ilaciones, acaso, de corte confesional; mucho menos esa fantasía andina, mítica, del lugar de donde se gestaron (literariamente hablando), estos veintisiete relatos.

Ganador del Premio Vanguardia Literaria 2017, por el cuento “Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul” ―que da título al volumen―, organizado por el Gobierno Regional de Cajamarca, en Perú, Javier Farfán Cedrón ha merecido también una Mención Honrosa en el Concurso Nacional “Huauco de Oro 2017”, por el relato “Travesía en station wagon”; el Primer Puesto y dos menciones honrosas en el Concurso de Cuentos UPN Cajamarca (2004), por “Claro de Luna”, “Una noche cualquiera” y “Polvo de oro”, respectivamente. En su haber tiene ya publicados dos libros de cuentos. En el anterior: En el reino del sol moribundo (Lima, Magreb, 2011), reza la contratapa:

“Un desencantado personaje hipersensible recorre sus páginas como queriendo develar espectros moviéndose en esa confabulación lechosa de principios de la mañana, cuando los pasos de un corredor nos llevan por esa senda por la cual hay que trotar por el hecho de trotar, sin ningún fin previsto (...)

En el reino del sol moribundo es una auto búsqueda y es también la fotografía del sacrificio de viajar con la ansiedad de un conductor perseguido, herido mortalmente, quien escapa y agoniza al timón antes de colapsar contra la pared para romper la frontera final del ser. Búsqueda de identidad en un mundo perdido; frontispicio escénico en contrapunto que el maquinador de este volumen encontró vagando por algún libro, no importa que sea propio o ajeno y que da la última estocada, cortando carne y hueso en los inventados lectores (...)[1]

El autor de relatos como: “Ensayo sobre Hemingway”, “Notes from the underground or diary of an underground writer”, “Story with translation or the man who never drank champagne”, o “Ruidos ajenos”, ha obtenido un MBA en University College Dublin, Irlanda y fue Becado por el American Field Service (AFS) en calidad de Embajador Intercultural (New York), además de haberse adjudicado una especialidad en Literatura Inglesa, en Flagler College, universidad norteamericana.

Javier Farfán Cedrón, en Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul ha escogido la voz omnipotente entretejida de atmósferas, de viñetas paisajísticas; a lo largo de las cuales, pasean, sombras bondadosas, ríos novelados, mares inextinguibles de que están construidas las múltiples historias que diariamente los seres terrenales evidenciamos. Incluso, en un pequeño lapso rutinario; aun en un parpadeo que nos abre a otra ventana, la de la enunciación del mundo.

La realidad no está ‘aparte’; la palpamos, la respiramos, asistiendo como lectores activos, comprometidos con que la lectura persiga una serie de desenlaces. Esto, según los resquicios o espacios temporales se vayan dando paralelamente en la atmósfera creada y en la vida de quien la va ―redundemos―, narrando; mientras lee su propio día, su unísono recuerdo, su lento desasosiego: mapa destinado. Tarot desdichado con que nos sortea a su suerte el albur que nos toque.

Aquel hado. Dos señores maduros de gabardina mirando de perfil, sobre una banca del parque; aquel mundo ahogado en una pecera tecnológica, donde cada movimiento se registra en las redes sociales, como lo visionara George Orwell en su novela 1984. Mundo rutinario, donde la lenta hojarasca va exteriorizando la flora intacta del otoño. Miran el perfil de una muchacha en bicicleta. Se desvanece el esqueleto reseco de una hoja y las primeras gotas de un invierno, tardo, metálico, derriten las narices de zanahoria de aquellos seres innombrables, camuflándose en la lenta agonía acostumbrada.

Personajes que han perdido la cabeza, que se sostienen de lo ocurrido en el acto ficticio de acaecer mientras un lector atento “los narra”. Se deslizan por el desván oxidado de la memoria. Devanean gestuales improntas, muecas hórridas y vituperan lo que les ocurre; lo censuran, aun siendo protagonistas de la historia que encarnan los mismos.

Lejos de la parábola, aquí, en este mejor lugar para estar en casa, lo que vemos es la aleccionadora realidad, que nos muestra una berenjena cocida, sobre la que se han posado, con la miel de un bodegón hiperrealista, dos clavos de olor, un trozo de canela y azúcar al gusto, colocados en la vianda que alimentará al barbado atemporal. Para que les imputemos nombre de espectros, serios protagonistas de una paradoja indescriptible; recuerdo quedo, el que más se nos plazca, según suceda lo que suceda.

La realidad esgrimiendo sus recursos, paso a paso; crudelísima o prístina a veces. Bajo la oquedad de la sopa nocturna, neón, va llorando la madre extraviada en un mar de luces al ascender al valle de plañideras álgidas, ánimas de arena. Padre dijo que no demoraría. Y tú, trágate la espina necesaria.

Mediante la técnica del iceberg, el autor de “Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul”, no ha escogido a un narrador omnisciente adrede. Desluce lo nocturno, opaca lo luminoso; ensaya, como el pintor con la técnica del sfumato, una neblinosa idea de lo que ocurre. Parte de una realidad que puede suceder en algunas vidas desdichadas, barniza las escenas; las resquebraja; va dejando cabos sueltos que al final, o nunca ocurren d e s e n l a z a r s e, o se desenlazan en la historia personal del lector activo, aquel asistido a un concierto para cuerdas con la orquestación más larga de la historia. Y en la dicha de la música se envuelva, quizás, el alma benigna de los ángeles ilesos.  

El hilo conductor de los veintisiete relatos que integran Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul es el calmo desasosiego de un dios narrador que se entromete como los trinos, hacia las primeras horas de la mañana, a los oídos del lector, avivándolo de dicha. Se irá desvelando el conjunto de historias, como quien se pela una fruta, desvaneciéndose en los días regados que siempre se renuevan; porque cada ser humano tiene siempre en un pie la esperanza, el arco templado de las decisiones, de que mañana, casi siempre, es un nuevo día.

Los personajes que coexisten en este atajo ficticio, raras veces poseen un nombre que los corone como seres reales o sombras viajeras. Se trata de personas inventadas a r q u i t e c t u r a n d o una cara real, en su aparente agonía interna; que lejos de encender la llama del desasosiego, impostan en los destinos que construyen, un hálito vital, ávido de voltear la página y tachonar a lágrima batiente, el plúmbeo pasado; dejando sobre el desván, todas las penurias con que nos adjudica la vida, para ser nombrada como tal.

No resultaría infructuoso afirmar que el volumen de relatos Una tarde de nubes coloradas y árboles de sombra azul, de Javier Farfán Cedrón, está compuesto por una atmósfera real. Compone un anecdotario vital en el que las situaciones más triviales se convierten en hechos serios; a veces hasta crueles, con que la vida nos remunera o mezquina. Ficciones serenas, que el narrador esgrime con destreza y pulcritud lo acaecido, pero que también calla lo sentido, con necesaria economía léxica o generosidad imaginérica. Historias calando en los sueños, que son deseos insatisfechos. Un mítico rumor avasallante de finales abiertos en donde la polifonía de sus personajes (hablan todos, muchos o nadie a la vez) se trepa en lo contado; de tal manera que nadie escapa a la ironía, al ejercicio melancólico, tanto como omnisciente, de esperar en una banca del parque, a ver si alguien toma cuenta del pasaporte necesario para el gran viaje fantasma y a la vez maravilloso de la literatura.



[1] Javier Farfán CedrónEn el reino del sol moribundo. Lima, Magreb (2011). 82 págs. Texto contracarátula.