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Una reseña de mi novela Las alas de la libélula aparece en el último número de la revista Latin American Literature Today, en Estados Unidos. El autor, Jorge Malpartida, hace una lectura muy acertada sobre las historias que recorren esta historia galardonada con el premio de novela corta Julio Ramón Ribeyro, del Banco Central de Reserva del Perú (2023). Agradecido con Jorge y con César Ferreyra, que hizo la gestión. Vale, a leer.
Las alas de la libélula de Alfredo Herrera
Por: Jorge Malpartida Tabuchi
Durante los
años 80, en el sur andino peruano se gestó un circuito poético que cuestionó el
canon limeño y reflexionó sobre identidad, migración y el contexto político
social desde una perspectiva descentralizada. Dentro de este contexto, se formó
Alfredo Herrera Flores (Lampa, Puno, 1965), autor de catorce poemarios, entre
ellos Montaña de Jade (Premio Copé de Poesía 1995), y prolífico
ensayista y articulista de prensa. Herrera traslada ahora su escritura a la
narrativa con Las alas de la libélula, ganadora del Premio Novela Corta
“Julio Ramón Ribeyro” (2023) del Banco Central de Reserva del Perú. En esta
obra explora la memoria histórica del país, a través de tres historias
distanciadas por el tiempo que se superponen en un mismo espacio simbólico y
ancestral: la ciudad del Cusco, antigua capital del Imperio Incaico y hoy
activo foco del turismo internacional.
La estructura
intercalada de la novela refleja la persistencia a lo largo de la historia
peruana de conflictos y debilidades que parecen repetir una misma crisis. En Las
alas de la libélula, Herrera construye una poética del retorno: una ficción
que sugiere que la historia no avanza, sino que reaparece, transformada, en
cada nueva tragedia. La primera trama del libro nos presenta a Robert y Ruth,
una pareja de extranjeros que llegan a un Cusco contemporáneo durante unas
protestas ciudadanas. Robert es un arqueólogo prestigioso que, en medio de su
investigación académica, termina involucrado en un hecho delictivo. La segunda
historia ocurre en la etapa previa a la Independencia y se centra en las primas
Alicia y Jovita Guevara, cuya vida familiar será atravesada por los sucesos de
la Rebelión del Cusco, sublevación en contra de la Corona española. El tercer
hilo narrativo nos muestra a un escritor que trata de contar una historia, a
partir de una explosión ocurrida en una emisora de radio. Esta detonación
sucede en el contexto de violencia política que afectó al Perú durante las
últimas décadas del siglo XX.
Estas tres
historias no se entrecruzan en el plano argumental, sino que comparten una
alegoría temporal, ligada a la cosmovisión andina. La novela adopta una
concepción circular del tiempo, donde los acontecimientos no avanzan de forma
lineal. No hay un principio y final como en la visión occidental, sino que los
sucesos retornan bajo nuevas formas. Desde esta perspectiva, la historia de un
país se conecta y dialoga con el pasado y presente conforme avanzan los
episodios. Las fracturas del siglo XIX se reflejan en las protestas del Cusco
contemporáneo o en la violencia política de décadas pasadas.
La escena del
sacrificio de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas, cuya rebelión en el siglo
XVIII refleja sobre la revuelta que viven las primas Guevara en siglo XIX,
funciona como punto de convergencia simbólica en la novela. No es una
reconstrucción historiográfica, más bien se evoca un episodio que condensa
tensiones coloniales, mestizaje y violencia estatal. Se introduce una dimensión
casi mítica que complejiza la frontera entre historia y literatura. En lugar de
fijar el pasado en una narrativa épica, el autor presenta escenas muy definidas
que modelan las emociones colectivas. Con este recurso, los personajes
comparten una misma sensibilidad que revela las tensiones acumuladas o
invisibilizadas a lo largo de más de dos siglos de vida republicana.
“En
Las
alas de la libélula se interroga la forma en que el pasado persiste en el
presente. Al desafiar la linealidad temporal, la novela ofrece perspectivas
múltiples para comprender las crisis del Perú contemporáneo.”
En el libro se
utiliza con armonía y eficiencia la lección narrativa de Cortázar al superponer
planos y tiempos. De este modo, se intercalan distintas imágenes, que coexisten
en un mismo escenario y proyectan en los protagonistas una representación histórica
o ética que resiste al paso de los años. El montaje de escenas y cambio de
perspectivas, con vena cinematográfica, también contribuye a lograr este
efecto.
La novela se
potencia por el uso de otros símbolos, entre ellos, la libélula como una
metáfora de la fragilidad y resistencia de la condición humana. Las alas de la
libélula son delicadas y, a la vez, capaces de sostener el vuelo constante y
veloz de este insecto. En la novela, el amor, la lealtad y los vínculos
afectivos se revelan simultáneamente sólidos y endebles dentro del tejido
social. Esta vulnerabilidad, presente en los personajes, es la que permite
reconocernos como parte de una comunidad; y también abre la posibilidad de
fundar una convivencia mucho más armónica en el futuro.
Herrera
también explora una dimensión metaficcional, que conecta con la búsqueda de
sentido del individuo en la contemporaneidad. Este elemento está presente en la
tercera historia, la del escritor que intenta explicar la noticia de la explosión.
Desde su incertidumbre y divagaciones, el personaje encarna la desorientación
del individuo actual. En estas secciones de la novela, la escritura se vuelve
fragmentaria, como si fuese una libreta de apuntes, con imágenes que traducen
la percepción de un hombre atravesado por la duda.
A pesar de
estas simbologías, la novela evita la tentación de la alegoría cerrada. No
ofrece un mensaje explícito ni una tesis doctrinaria. Los personajes funcionan
como proyecciones éticas y subjetivas más que como representaciones históricas
precisas. Los grandes acontecimientos enmarcan experiencias cotidianas que
adquieren sentido retrospectivamente. Las alas de la libélula dialoga
con la narrativa peruana surgida tras el conflicto armado interno (1980-2000),
pero no se inscribe plenamente en ella. A diferencia de La hora azul de
Alonso Cueto o Abril rojo de Santiago Roncagliolo, donde la violencia y
el trauma de ese periodo constituye el núcleo central de la trama, Herrera
integra esas fracturas dentro de una arquitectura temporal mucho más amplia, y
reflexiona sobre la recurrencia de las pugnas y crisis a lo largo de nuestra
historia.
La novela
articula tramas íntimas que se engranan con procesos históricos más complejos.
Así, sugiere que la historia nacional y la identidad peruana no solo se
construye con los hitos oficiales, sino también desde experiencias cotidianas
que configuran la subjetividad colectiva. Desde esta mirada, la literatura
actúa como un repositorio de la memoria de una sociedad. Frente a la inmediatez
del periodismo —que narra el acontecimiento en su urgencia— la literatura se
presenta como un archivo de aquello que no alcanza a ser noticioso: lo
cotidiano, lo silenciado, lo aparentemente menor cuyas consecuencias se revelan
con el tiempo.
En Las alas
de la libélula se interroga la forma en que el pasado persiste en el
presente. Al desafiar la linealidad temporal, la novela ofrece perspectivas
múltiples para comprender las crisis del Perú contemporáneo. Herrera propone
una escritura de retornos y correspondencias, donde cada episodio encuentra su
eco en otro tiempo. Sucesos en apariencia pequeños revelan claves que adquieren
sentido al conectarse dentro de una trama histórica más amplia. Estos ecos
circulan para hacer visible lo ignorado y construir memoria. En ese movimiento,
la literatura reafirma su capacidad de convertirse en un espacio de
articulación simbólica, allí donde la historia oficial fragmenta, oculta y
olvida.
El poeta Luis Cuadros nos alcanza una nueva mirada respecto a su lectura del libro de Catherine Rey Clarke, Rompiendo
puentes. Liberando Artemias
(Francisco León Editor, 2026), un sincero y emotivo canto a la esperanza. Esta silla se emociona y se acomoda para disfrutar la lectura.
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LA POESÍA COMO ACTO DE RESISTENCIA
BIOLÓGICA
Una mirada a la propuesta poética y
de denuncia en la obra de Catherine Rey Clarke
Por: Luis Cuadros Falla
Adentrarse en las páginas de Rompiendo
puentes. Liberando Artemias (Francisco León Editor, 2026), el segundo
poemario de la escritora peruana Catherine Rey Clarke, es aceptar una
invitación a un viaje incómodo, pero profundamente necesario. Desde el primer
instante, el título nos advierte que no estamos ante un ejercicio de
contemplación estética o romanticismo de postal marina. Aquí, el océano no es
un espacio de calma terapéutica; es un campo de batalla biológico, un testigo
mudo de la degradación ambiental y, al mismo tiempo, el escenario perfecto para
una depuración emocional absoluta. Rey Clarke, bióloga de profesión, logra algo
sumamente complejo en el panorama literario actual: fusionar el rigor del lenguaje
científico con el desgarro de la lírica de denuncia, construyendo un puente
entre la academia y la herida abierta de la calle.
La propuesta central del libro se sostiene
sobre un eje ético inquebrantable: la poesía como una herramienta de
resistencia y justicia. A lo largo del poemario, la autora utiliza la metáfora
de la Artemia salina —ese crustáceo diminuto que sobrevive en las
condiciones más extremas de salinidad— para encarnar el estatus de los sujetos
marginales en la sociedad contemporánea. "Yo soy la Artemia salina /
nadando en un mar de envidia, / injusticia e hipocresía", anota con una
honestidad desarmante en uno de los textos más emblemáticos del volumen. Al
mimetizarse con este organismo basal de la cadena trófica, la voz poética nos
recuerda que sobrevivir en entornos hostiles o "aguas fétidas" no implica
capitular ni perder la identidad, sino desarrollar complejos mecanismos
adaptativos para mantener la dignidad intacta.
El esfuerzo literario de Rey Clarke brilla
con especial fuerza en la manera en que aborda la denuncia. No se queda en la
queja superficial o el panfleto ideológico; la violencia estructural, la
destrucción de los ecosistemas costeros y los estragos del egoísmo humano se
inscriben directamente en el cuerpo. En poemas como "El desembarque"
o "Emesis asfixiante", las playas se llenan de "tortugas
decapitadas", "camarones azulados" y "valvas geológicas
reventadas", imágenes viscerales que dialogan directamente con los
"relaves injustos" de la minería o las cicatrices de la ira heredada.
Existe un dolor orgánico que conecta el sufrimiento de la biósfera con el
sufrimiento de la mujer que escribe. Es una poesía que, como bien señala César
Mundaca en las páginas introductorias, incomoda y aprieta porque se rehúsa a
usar eufemismos.
A nivel de influencias, el libro se
inscribe en una rica tradición de la poesía hispanoamericana que ha buscado
desmitificar el lenguaje poético burgués. Es imposible no evocar la anti poesía
de Nicanor Parra al observar cómo Rey Clarke introduce términos técnicos sin
temor a romper la métrica tradicional: palabras como enzimas, esqueje,
miocardio o acuicultura conviven de manera orgánica con la rabia
lírica. Asimismo, hay un eco vibrante de la poética de la resistencia de
autoras como Blanca Varela, especialmente en esa mirada implacable frente al
dolor y el rechazo a la autocompasión. Como la Varela de Ese puerto existe,
Rey Clarke mira el mar desde Pisco y la costa peruana no para idealizarlo, sino
para escarbar en sus orillas corroídas y encontrar allí una verdad desnuda. En
textos de confrontación directa como "Tu ego y mi yoísmo", resuena
también la fuerza contestataria de Magda Portal, un grito de emancipación que
se niega a esconder sus aciertos o a pedir disculpas por su propia existencia:
"¡No me inclinaré ante tus gratuitos insultos! / [...] Floreciendo mi yo
interior".
Desde una perspectiva de crítica
constructiva, el mayor acierto del libro —su singularidad técnica— es también
su desafío más exigente para el lector. El uso extensivo de notas al pie de
página para definir conceptos biológicos (como cuernos uterinos, aciculares
o tropismo) es una apuesta arriesgada. En algunos pasajes, estas
aclaraciones rompen momentáneamente la inercia rítmica de la lectura en voz
alta. Sin embargo, este aparente bache formal encuentra su justificación en la
intención profunda de la autora: la ciencia aquí no busca explicar de forma
fría, sino interpelar al lector, obligándolo a detenerse, asimilar el
significado crudo del término y reinsertarlo en la llaga de la emoción. El
ritmo se fractura adrede porque el mundo que se denuncia también está quebrado.
Si acaso queda una tarea pendiente para futuras entregas, sería la de confiar
aún más en la potencia puramente sugerente de sus imágenes, permitiendo que el
vocabulario científico fluya sin el salvavidas de la explicación técnica,
dejando que la música interna del verso haga todo el trabajo.

Hacia el cierre del volumen, con poemas
como "Chirridos de bonanza", el libro transita desde la furia y el
desengaño hacia una luminosa resiliencia. A pesar de las "corrientes del
rechazo" y el exilio, la autora nos entrega una comunidad de
"burbujeantes sueños resilientes". Esta entrega es, en última
instancia, una obra valiente y sumamente original en el mapa de la poesía
peruana reciente. Catherine Rey Clarke ha logrado transformar el laboratorio en
un altar de sanación literaria, demostrando que la poesía, cuando nace de los
golpes de la vida, tiene el poder de hacernos mudar de escamas y recordarnos
que, incluso en el vaso de agua más turbio, siempre es posible volver a
enraizar, reverdecer y conquistar la libertad.
Julio Arbizú publica "Negro", y Luis Cuadros hace una detenida lectura sobre este interesante y conmovedor libro. Vale la mirada analítica, pero a la vez intuitiva del poeta sobre esta entrega de Arbizú. Esta silla invita a la lectura.
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| Julio Arbizú |
La herida bajo la piel: Una lectura de "Negro",
de Julio Arbizu
Por: Luis Cuadros Falla
Hay
libros que se leen con la cómoda distancia del espectador y otros que se
sienten como un golpe seco en el pecho. Negro (1), el reciente libro de
relatos del abogado, docente y exprocurador Anticorrupción Julio Arbizu,
pertenece definitivamente al segundo grupo. Quienes conocen a Arbizu por su
implacable labor en los tribunales del país o por sus agudos análisis políticos
en los medios, se encontrarán aquí con una faceta completamente distinta, pero
no por ello menos combativa: la del escritor que decide desnudarse ante el
espejo de sus propios recuerdos para escudriñar una de las taras más dolorosas,
silenciosas y cotidianas de nuestra sociedad: el racismo estructural, el
clasismo y la herida del prejuicio.
Lejos
de la frialdad de un ensayo académico o de la sociología abstracta, Arbizu opta
por el camino de la honestidad brutal. A través de varios relatos y un
conmovedor epílogo a dos voces, el autor nos invita a mirar la discriminación
no como un concepto teórico, sino como una vivencia íntima y descarnada que
deja cicatrices profundas desde la infancia y que se respira en los rincones
menos pensados: el seno familiar, el patio de recreo, los sets de televisión,
las ondas radiales y el testimonio de la siguiente generación.
La memoria alterada y el prejuicio antiguo
El
libro abre su arquitectura emocional con "Mi abuela", un relato
desgarrador que condensa la tesis invisible de la obra. El autor nos presenta a
su abuela: una mujer imponente, blanca, de un Cusco señorial, asentada
finalmente en Jesús María. El verdadero giro dramático llega con el Alzheimer.
Arbizu maneja la decadencia de la mente con una sensibilidad poética
sobrecogedora, mostrando cómo el olvido borra el presente pero deja intactas
las estructuras coloniales más antiguas de la psique. El clímax es una
bofetada: cuando el pequeño "Julito" va a visitarla, los ojos claros
de la anciana lo miran con desconcierto y, al enterarse de que es su propio
nieto, suelta: “¿Mi nieto? ¿Un negro?”. El autor comprende de inmediato
que no es ella quien habla; es la voz colonial del Perú, un inconsciente
colectivo atrapado en el tiempo que la demencia dejó salir sin filtros
sociales.
Este
rechazo basado en la apariencia se traslada al espacio público en "Los
monstruos" y "Pelea de niños". En el primero, el niño Arbizu
vive la "minuciosa desesperación" de mirarse al espejo e intentar
domesticar su cabello hirsuto con geles y pantimedias para encajar en un canon
ajeno, reconciliándose décadas después con sus canas como marca de identidad.
En el segundo, el colegio se vuelve un laboratorio de exclusión donde el acoso
escolar lo reduce a "negro, feo, diferente". La violencia estalla en
una pelea escolar en la Residencial San Felipe. Lo magistral es el desenlace
emparentado con los versos de Juan Gonzalo Rose: tras vencer a su agresor
blanco y de apellido europeo, el niño Arbizu rompe a llorar. No llora de dolor;
llora porque el sistema lo obligó a usar la violencia para ganarse un respeto
que debió ser suyo por derecho.
Fronteras, pantallas y la desilusión del afecto
El
libro da un salto hacia la juventud en un díptico brillante compuesto por
"The Buenos Aires affaire" y "La ducha". Corre el año 1999
y un joven Arbizu viaja por primera vez fuera del Perú rumbo a Argentina para
conocer a Martha, un amor nacido en las salas de chat de internet. Lo que debió
ser una aventura romántica se convierte en un bautizo de fuego contra la
xenofobia. En el aeropuerto de Ezeiza, un oficial de migraciones lo aparta de
la fila por portar solo 150 dólares y le lanza un dardo seco: "No seas
canchero, peruano. Negro".
La
herida se profundiza en "La ducha". Al llegar al sofisticado
departamento de Martha, rodeado de evocaciones parisinas, el autor entra al
baño. Al entreabrir la puerta por un olvido, escucha a Martha decirle a su
amiga con evidente decepción: “¿Y este cree que con un baño se va a
arreglar?”. El prejuicio racial se disfraza aquí de humorada estética y
rompe los puentes de la intimidad y el afecto.
La complicidad de clase en el espectro mediático
La
adultez profesional y política de Arbizu trae consigo un choque violento contra
los guardianes del statu quo. En "La foto del colegio" y
"Si existe el infierno", el autor transita de la periferia del marco
escolar al centro del poder como Procurador Anticorrupción en 2011. Sin
embargo, su nombramiento desata un terremoto conservador por un viejo tuit
contra el cardenal Cipriani, provocando que los apellidos de la "república
aristocrática" exijan su destitución. La catarsis llega con la respuesta
de su ministro, Francisco Eguiguren, quien le entrega los papeles y le dice: “Haz
lo que quieras con esto. Que se vayan a la mierda”.
Ese
clasismo mediático adquiere un rostro célebre en "La voz del Perú".
Arbizu narra el histórico embargo judicial a la pomposa residencia en Lurín de
Alberto Kouri y Mónica Tambini. Al día siguiente, durante una tensa entrevista
en RPP, las figuras más prominentes del periodismo tradicional, encabezadas por
la voz de barítono de Raúl Vargas y Cayetana Aljovín, arremeten con fiereza
contra el joven Procurador acusándolo de cometer un "atropello".
Arbizu desmitifica la figura del periodista sibarita y de larga trayectoria,
desnudando una abierta "solidaridad de clase" y una rabia clasista
que brota cuando alguien ajeno a sus círculos de linaje se atreve a tocar a los
suyos.
París, el debate del jabón y el racismo diplomático
El
clímax de esta dicotomía entre el éxito y la exclusión se consolida en "El
mono amarillo", relato que lleva al lector hasta París en 2011. Invitado
por la OCDE para exponer sobre las condenas a Alberto Fujimori, Arbizu camina
la ciudad de Ribeyro, pero la consagración convive con la ironía: el guardia de
un bar llamado Yellow Monkey le niega la entrada aplicando el
discriminatorio “derecho de admisión”. Aunque logra entrar tras reclamar con la
policía, el sabor es amargo. El Procurador sigue siendo el muchacho que se mira
al espejo buscando explicaciones.
El
libro cierra su arco político contemporáneo con dos textos brutales: "El
jabón" y "Estos negros". En el primero, situado en el debate
parlamentario de 2020, un mediocre candidato de extrema derecha rancia intenta
humillar a Arbizu en vivo entregándole un paquete de jabones. La agresión
digital y televisiva de llamarlo "indio o negro de mierda" se
disuelve días después en un mercado del cono Este de Lima, donde una mujer
andina con pollera lo abraza llorando y le pide: “Gracias, papi.
¡Defiéndenos!”.
Finalmente,
"Estos negros" expande esta herida al ámbito transnacional. Como jefe
de gabinete de la misión anticorrupción de la OEA en Honduras (MACCIH), Arbizu
se enfrenta a la corrupción de los delegados impuestos por Luis Almagro. Tras
la queja del gobierno hondureño por investigar el asesinato de la líder
ambientalista Berta Cáceres, Arbizu y Juan Jiménez Mayor preparan sus
renuncias. Esa última noche, el autor accede a un USB con una grabación anónima
en la que los funcionarios internacionales se refieren a los hondureños y a sus
colegas como “este grupo de negros”, con un desprecio xenófobo que quemaba a la
distancia. Almagro, en un lavado de manos diplomático, tuitea la denuncia pero
encubre la impunidad burocrática del organismo.
Epílogo: El espejo del futuro y el orgullo del ayllu
Si
los relatos anteriores construyen una radiografía dolorosa del prejuicio, el
"Epílogo" le otorga al volumen un cierre magistral, luminoso y
profundamente esperanzador a través de un diálogo epistolar entre el autor y su
hija Gabriela. El libro deja de ser solo una memoria personal para convertirse
en un testamento generacional.
Gabriela
abre el epílogo con un texto escrito a sus 16 años desde su exilio en Chile.
Con una lucidez apabullante, se mira al espejo "sin maquillaje y sin
filtros" para reflexionar sobre los privilegios que la sociedad le
otorgaba por su piel clara en comparación con su padre, pero también sobre la
xenofobia sutil que experimenta en los supermercados chilenos debido a su
acento y a sus rasgos mestizos. Gabriela rompe con la herida colonial al
abrazar sus rasgos indígenas —sus pómulos levantados, sus mejillas encendidas
por la mañana— y transformarlos en un motivo de orgullo absoluto y en una firme
decisión política: no estar al servicio de los privilegiados, sino de los
oprimidos.
La
respuesta de Arbizu, fechada en 2025, es una de las cartas de amor paternal más
conmovedoras de nuestra literatura reciente. El autor se mira en el texto de su
hija como en "un espejo que no esperaba", reconociendo que ella ya
presentía e interpretaba las sombras del mundo que a él le tomó décadas
descifrar. Arbizu revela un dato fundamental que cierra el círculo de la
identidad del libro: una investigación genealógica descubre que sus ancestros
paternos provienen de un antiguo ayllu en Yauyos, la sierra de Lima. Los rasgos
que la sociedad etiqueta como "marrones" se revelan entonces no como
una frontera o un defecto, sino como un "archivo" vivo de
resistencia. Al ver a su hija sonreír frente al espejo, estudiando derecho y
continuando el camino de la defensa social, Arbizu confiesa que él también
sigue aprendiendo a entender quién es.
Conclusión: Una obra imprescindible
Julio
Arbizu ha logrado con Negro un volumen de una agilidad tremenda, escrito
con una prosa limpia, cercana y libre de pretensiones académicas, pero cargada
de una hondura humana que desarma. El libro no busca dar lecciones de moralina;
busca compartir una herida abierta que nos pertenece a todos los peruanos y
latinoamericanos.
Es
una lectura indispensable para entender que el racismo y el clasismo en nuestro
país no siempre vienen empaquetados en insultos explícitos; a veces habitan
silenciosos en la demencia de una abuela, en la crueldad del recreo, en la
defensa cerrada de una élite mediática, en los pasillos de la diplomacia
internacional o en la mirada de nuestros propios hijos frente al espejo. Una
obra imprescindible para nuestra literatura contemporánea que recomendamos leer
con el corazón abierto.
(1)
Negro. Contra el desprecio de Julio
Arbizu es lanzado bajo el sello Reservoir Books, que pertenece al
prestigioso grupo editorial Penguin Random House.
El último poemario de Roger Santiváñez ya está dando de qué hablar. El poeta Luis Cuadros reflexiona en este texto sobre Inmaculada concepción, el libro que Santiváñez entrega a los lectores con la madurez y maestría asumida con los años. Esta silla se acomoda para disfrutar.
Inmaculada Concepción de Roger
Santiváñez:
Un viaje físico y místico por el deseo
Por Luis Cuadros Falla
Hay libros que no se leen con los ojos de
la lógica, sino con el oído y la piel. El último poemario de Roger
Santiváñez, titulado Inmaculada Concepción, es precisamente
eso: una partitura de la carne, un trance rítmico y un acto de fe lingüística.
Quienes conocemos de cerca la trayectoria de “Roy” sabemos que su poesía ha
transitado desde la rabia callejera y el espíritu postpunk del movimiento Kloaka
en los años ochenta, hasta una madurez lírica donde el lenguaje se convierte en
un sacramento.
Este libro, bellamente editado en Lima por Editorial
Qwerty bajo la fina y meticulosa dirección de Josué Barrón, condensa
en sus 86 páginas el estado más puro y luminoso de la técnica neobarroca de un
autor que, además de ser un maestro de la palabra, nunca ha dejado de ser un
poeta underground.
La reciente presentación del libro en Lima
no fue un evento literario cualquiera; fue un reencuentro de afectos. Y ese es
el primer gran acierto que el lector debe entender antes de abrir las páginas
de Inmaculada Concepción. El libro físico, concebido por Barrón
como una hermosa edición que da gusto sostener entre las manos, funciona como
el envoltorio perfecto para una poesía que exige ser respirada despacio. Roger
escribe desde la distancia de sus días en los Estados Unidos, pero su mente y
su lengua regresan constantemente al Perú. Este poemario es el puente de ese
retorno.
Del amor cortés al desierto de Piura: el
sexo como un ritual sagrado
El libro abre fuego con audacia. En poemas
como Nuova Mesa o Basaride -término que funciona como sinónimo de
bacante o ménade, en referencia a las mujeres que participaban en los cultos
orgiásticos del dios Dioniso- o en el homenaje a Ezra Pound, Santiváñez hace
algo alucinante: agarra sus propios apuntes de estudio sobre literatura
medieval, amor cortés y los orígenes de la alegoría, y los convierte en versos.
Es el triunfo del ready-made
(literalmente “ya hecho”), que implica tomar un texto que no es poesía —unos
apuntes aburridos de sus cuadernos de estudio— y meterlo dentro del libro,
transformándolo en una pieza lírica.
Lo que para un estudiante de doctorado
sería un texto utilitario sobre Andreas Capellanus o Chrétien de Troyes, en
manos de Roger se transforma en un collage multilingüe donde el latín, el
inglés y el español chocan para generar pura música. No es pedantería; es
erotismo puro. Roger nos está diciendo que el amor cortés del siglo XI -ese en donde
el amante se rinde como prisionero ante su dama- se vive exactamente igual hoy
en día en un hotel furtivo de Lima o bajo el sol calcinante del norte peruano.
Y es que el paisaje piurano es el gran
escenario de este viaje. El desierto de Sechura, Yucún, Chulucanas y los ejidos
norteños dejan de ser simples lugares geográficos para volverse mapas del
deseo. Cuando Roger describe los "porongos llenados de leches &
miel" o a los "chilalos subidos a las ramas más verdes del
cielo", está fundiendo la mitología clásica con la memoria popular y el
habla cotidiana del norte. En sus versos, la chicha mellicera convive en
perfecta armonía con los aullidos de Allen Ginsberg y los cuadros
impresionistas de Claude Monet. Es una psicodelia única: las dunas fantásticas
de Sechura se distorsionan por el calor hasta convertirse en arrecifes urbanos
donde brotan nenúfares "arrechos". El sexo en Santiváñez no es
obsceno; es un ritual sagrado de fertilidad donde los cuerpos se funden por
completo con la naturaleza salvaje.
Romper la palabra para encontrar el alma
Para el lector que recién se acerca a la
obra de Roger, el primer impacto será visual y sonoro. Santiváñez tiene el
vicio maravilloso de romper las palabras a la mitad al final de cada línea (el
encabalgamiento radical: "ilu / Sorias", "trans /
Parente", "már / Genes desoxirribonucleico sónico").
Este corte de palabras no es un capricho tipográfico; es el ritmo del jadeo. Es
la representación escrita de un cuerpo que respira agitado durante el acto
amoroso, de un corazón que estalla de placer. Al cortar los términos, el autor
obliga al lector a ralentizar su lectura, a masticar cada sílaba, a sentir cómo
la palabra muta. En poemas como Alana (Nueva Música) o Primer
encuentro con Nara, el encuentro carnal es directo, sin anestesia: sacarse
el sostén, el troncho encendido, los pezones turgentes, la conchita rosada.
Pero inmediatamente después, ese contacto físico se eleva. El cuerpo se
desabrocha el blue-jean y, al hacerlo, se conecta con las estrellas, con el ADN
y con el sonido del universo. El sexo es la puerta hacia el cielo perdido y
recuperado.
La última sección del libro titulada Alana
[rumbo a Florida], funciona como un testamento poético y un manifiesto de su
propia poética. Aquí la luz golpea con soledad, el azul domina la escena y el
poema se dicta a sí mismo a través del reflejo de la mujer amada. Roger nos
demuestra que, a pesar del paso del tiempo y la melancolía del verano que se
aleja como un barco desde el muelle, la poesía es lo único que nos salva del
catafalco y la muerte.
El refugio de una música transparente
Inmaculada Concepción no es un libro para buscarle
explicaciones científicas. Hay que leerlo en voz alta para que la música de
Roger entre por el oído. La alianza entre la sensibilidad poética de Santiváñez
y la apuesta editorial de Josué Barrón en Qwerty nos ha regalado uno de los
artefactos literarios más hermosos, honestos y vibrantes de los últimos años en
el panorama peruano. Es una celebración de la belleza, un refugio contra la
prisa del mundo moderno y un libro imprescindible para abrazar el deseo y
reconciliarse con la sagrada materia de las palabras. Al final, esta entrega
nos deja una certeza absoluta y conmovedora: porque salvo la poesía, todo es
ilusión.
Sorprendido y, por supuesto, muy agradecido, por la publicación de un texto de mi amigo el poeta Bethoven Medina, que se ha dado tiempo y pensamiento para la lectura de mi novela "Las alas de la libélula". Algunos dirá: "ay, se leen y escriben entre amigos". Pero, claro, en un país donde la crítica oficial es miope, interesada e ignora lo que pasa alrededor del centro de poder, son los amigos los que nos entusiasmamos por nuestros propios avances. Sin más, esta silla se acomoda para enfrentar la lectura. Invitados estamos,

LAS
LIBELULAS, EL PERÚ Y ALFREDO HERRERA
Por: Bethoven Medina
Alfredo Herrera
publicó “Las alas de la libélula” (2023, BCR) obra ganadora del Concurso Novela
Corta "Julio Ramón Ribeyro" 2023. Alfredo nació en Lampa, Puno, en
1965. Su formación combina las letras y la comunicación. Estudió Ciencias de la
Comunicación en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.
Camino de Herrera
Herrera es imprescindible
en la poesía peruana contemporánea. Publicó los poemarios “Elogio de la nostalgia”,
“Montaña de Jade” y “Mares”. Obtuvo el Premio Copé de Oro de Poesía en 1995, y
sumó reconocimiento narrativo al ganar el Premio "Julio Ramón
Ribeyro". El hilo conductor sigue a Rut y Robert, quienes llegan a Cusco
con apariencia de turistas. Robert, un arqueólogo europeo, busca presentar
proyectos a universidades locales, pero enfrenta graves obstáculos.
Análisis
El estilo y su carga
simbólica dan como resultado alta factura técnica y madurez compositiva. Es una prosa evocativa. Herrera no utiliza un lenguaje meramente informativo
o periodístico. Despierta sensaciones, colores, texturas y ánimos. Cada
adjetivo es preciso. Las palabras tienen magnetismo donde el paisaje —el
viento, el agua, la luz del altiplano o de la costa— y se carga de las
emociones de los personajes.
Estructura
La novela es fuerte y fascinante en su arquitectura. Estamos ante
una narración de relojería: al denotar temporales distantes: La novela teje
tramas y sigue a personajes separados por casi dos siglos de diferencia. Herrera
utiliza la técnica de los "vasos comunicantes". Asocia en un mismo
flujo narrativo episodios que ocurren en tiempos o espacios distintos para que
se influyan mutuamente.
Ritmo
Hay una musicalidad interna en las frases, destacada cadencia. Los
poetas son expertos en el ritmo (saber cuándo alargar una frase para generar
melancolía o cuándo cortarla para generar tensión). Herrera traslada esto a la
narrativa mediante: elipsis prolongadas con silencios en el texto que dicen más
que las palabras, encadena pensamientos, recuerdos y descripciones de manera
fluida, imitando el fluir de la conciencia o el vaivén de la memoria.
Conflictos
A pesar de las historias, los hilos invisibles que las unen son las
crisis. la incomunicación y el aislamiento, el conflicto surge cuando las
personas no alcanzan a comprenderse entre sí. El argumento debilita conceptos
que creíamos sólidos: la libertad, la confianza, la ética y la solidaridad. La
novela demuestra cómo estos valores se vuelven frágiles bajo la presión de las
circunstancias históricas o personales. Así, se percibe la historia al cruzar
dos siglos, se evidencia que los traumas sociales y las búsquedas de redención
en el Perú se repiten de forma cíclica.
El Simbolismo
El Título (Las
alas de la libélula) funciona como la metáfora de la existencia humana y de los
vínculos que construimos: La libélula es un insecto con una paradoja biológica
hermosa: posee las alas más fuertes y aerodinámicas de la naturaleza, pero al
mismo tiempo son delicadas y frágiles. Los personajes y las tramas: resisten el
embate de los siglos y las tragedias (fuerza), conviviendo con la
vulnerabilidad inherente a no ser comprendidos por el otro o a perder la
libertad (delicadeza). Para la lógica racional o histórica, el año 1820 y el
año 2020 están separados y no se tocan. No obstante, en lógica poética, el
tiempo es circular; el dolor de un hombre del siglo XIX puede vibrar en la
misma frecuencia que el de una mujer del siglo XXI.
La trama
histórica
Esta historia
nos traslada a la época de la Independencia del Perú (alrededor de la década de
1820). El conflicto: seguimos a un grupo de personajes atrapados en las
convulsiones políticas y militares de la transición colonial a la república. No
se nos muestra la independencia desde las grandes batallas heroicas, sino desde
el desamparo cotidiano, el miedo, las traiciones y las crisis de valores. El
núcleo: en este escenario, la libertad y la lealtad se tambalean. Los
personajes sufren la falta de comunicación, el aislamiento provocado por la
guerra y la fragilidad de sus destinos personales frente a la historia. Se
menciona al “Diario del Ché en Bolivia” (p 145).
La trama
contemporánea
Después de casi
doscientos años, nos sitúa en el Perú actual (inicios de 2020), en un contexto
marcado por el encierro y la incertidumbre. El conflicto: aquí los personajes
enfrentan crisis de identidad, soledad y un profundo aislamiento emocional. Las
distancias no son geográficas ni provocadas por una guerra civil, sino
psicológicas: la incapacidad de conectarse de manera real y empática con el
otro. El núcleo: Al igual que sus antepasados del siglo XIX, los protagonistas
del presente ven cómo sus certezas éticas, su confianza en el entorno y su
propia libertad se desmoronan bajo el peso de sus crisis personales (cap.
XXVII).
El encuentro
Los traumas de
los personajes del pasado resuenan en las vivencias de los personajes del
presente (cap. XXXIX). Ambas líneas argumentales avanzan en paralelo hacia un
final abierto, demostrando que, aunque cambien las vestimentas, las tecnologías
o los sistemas políticos, el ser humano sigue lidiando con los mismos vacíos y
con la misma hermosa, pero peligrosa, fragilidad (tal como las alas de una
libélula).
La revista venezolana Letralia publica esta sobre la despedida multitudinaria que han tenido dos personajes icónicos en la cultura peruana, el escritor Alfredo Bryce Echenique y el músico Jorge Núñez del Prado, del grupo cusqueño Los Campesinos. Gracias Jorge Gómez, editor de Letralia. Esta silla se dispone a ver estas dos formas de manifestación de la tradición cultural peruana. Vamos.
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| La felicidad, de la que hacían gala Bryce y Los Campesinos |
BRYCE Y LOS CAMPESINOS
Escribe: Alfredo Herrera Flores
Alfredo Bryce Echenique y Jorge Núñez del Prado partieron de este mundo casi a la misma edad y con dos días de diferencia. Es muy probable que en cada biblioteca del Perú haya por lo menos un libro de Bryce y que casi nadie sepa quién fue Jorge Núñez del Prado. Bueno, es una manera de decirlo a manera de ilustración, ponernos en los extremos, pues en el último tránsito de sus vidas ambos fueron despedidos, a su modo también, por sus multitudes.
Tampoco es la idea compararlos o trazar sus vidas paralelas. Cada uno, desde la literatura y la música, ha construido una vida intensa. Quienes desde la lectura o la fiesta popular los han seguido, han sabido conocerlos y, a través de lo que escribían y cantaban, no sólo se emocionaban, sino que conocían al Perú, sentían ese fervor candente que por dentro se convierte en identidad.
Pero, claro, hay también algunas diferencias. Mientras que en la Casona de San Marcos, donde se despedía a Bryce, hubo un minuto de silencio largo, tenso, respetuoso, en los salones del Ministerio de Cultura, al otro lado de la gran ciudad no hubo ni un minuto de silencio, la música, el canto a voz en cuello, las estudiantinas, no dejaron espacio ni para discursos. En la casona colonial cada visitante tenía su silla y su silencio, en la casa moderna todos estaban alrededor del músico silenciado, como si estuvieran en el patio de una casona de Paucartambo.
El tránsito de Alfredo al crematorio, luego al mar de La Punta, donde se esparcieron sus cenizas, fue cauto, deteniéndose en cada semáforo, sin que nadie reconociera la carroza fúnebre ni le lanzara desde una vereda, cualquier esquina, una última rosa. Por su parte, Jorge fue sacado en hombros, bailando, con acordeones, guitarras y arpas a su alrededor, con hinchas del Cienciano, y fue llevado bulliciosamente al aeropuerto para desde ahí ir a Cusco, donde fue recibido con lluvia de flores, donde se pelearon por llevar su ataúd jóvenes y mayores, sin discursos, sólo cantos, para hacer su último tramo hasta Paucartambo, y ser unido a su tierra.
Una coincidencia. Cuando ambos rozaban los treinta años, iniciaron sus vidas de artistas, claro, cada uno por su lado. Bryce disfrutaba de una bohemia miraflorina, había terminado de estudiar Derecho en San Marcos, le llevó el título a su papá y le dijo que ahí estaba su sueño, cumplido, “yo me voy a París, a ser escritor”, publicó su primer libro de cuentos y se largó. El resto es historia, tanto que es parte de la historia de la cultura literaria peruana. Núñez andaba en Lima, tocando el acordeón en cuanta fiesta de provincianos había, en una bohemia de cerveza y nostalgia, y conformó el trío Los Campesinos, con Wilfredo Quintana y Adolfo Núñez del Prado, e hicieron otro retazo de la historia de la cultura peruana.
En el resto de sus vidas, Bryce y Los Campesinos han hecho sus propias historias. Unos treinta títulos originales y muchos otros más que reúnen sus cuentos, artículos periodísticos, cartas o memorias, conforman la producción literaria de Bryce, que fue también viajero, amiguero, conquistador y bohemio. Núñez del Prado grabó con Los Campesinos casi treinta long plays, muchos sencillos y casetes, ha dado innumerables conciertos en casi todo el país, ha sido estrella principal de festivales de música tradicional y no hay fiesta popular en que no se toquen sus canciones, y claro, también le entró a la bohemia de barrio, a la conquista elegante, la broma afilada y la amistad de concreto. Es interesante ver cómo, al final de la vida, la gente los despide, una multitud se refleja en las portadas de los periódicos y los noticieros, y otra en las plazas y calles.
El Perú es un país de profundos contrastes, en todo sentido, desde su paisaje infinito hasta su detestable clase política, y en medio de esa realidad mágica y real se da el lujo de tener líderes para todos los gustos, referentes que contribuyen a construir una identidad que, como dijo Vargas Llosa, el Perú no tiene porque las tiene todas.
Nosotros, los mortales, nos quedamos un poco más en estos pasillos de la pena y la esperanza. Repasamos la decadencia de la clase media limeña dibujada en el palacete de Julius, el drama de Pedro Balbuena en París o la extrema sensibilidad de Manongo Sterne, y nos apuñalamos de nostalgia con los huayños paucartambinos que se nos salen como canto y llanto y que todos, alguna vez, repetimos, como esta letra de Jorge Núñez del Prado:
Las ilusiones del alma, del alma,
Son como las flores de un día, de un día,
Por la mañana hermosas, muy hermosas,
Y al atardecer marchitas sin riego.
En la revista venezolana Letralia se publica un breve texto mío sobre la película documental Uyariy (escucha, en quechua). Me parece que es una obligación verla. Ya luego conversamos. Ahí vamos.
La visión de Javier Corcuera sobre la memoria, a través de hechos y personajes históricos y desde una perspectiva contemporánea, le ha permitido asumir una posición que cuestiona el sistema sin necesidad de adoptar una posición política partidaria o extrema.Una balsa solitaria en medio de un lago inmenso, una wifala flameando entre la multitud, el agudo sonido de un charango lejano, un arpista que no puede levantar la cabeza por el peso de su llanto, el estruendo de los disparos, las balas bajan del cielo, desde helicópteros, jóvenes caen en el asfalto, una niña baila, inocente, sonriente, es el rostro de la esperanza. Son las imágenes del dolor y la frustración. Los espectadores tragan saliva y disimulan sus lágrimas llenando su boca de popcorn, palomitas de maíz, gaseosas. Lo que se sabía por los noticieros televisivos, las transmisiones por las redes sociales, ahora se puede ver en pantalla gigante, en los cines comerciales. El documental Uyariy (escucha, en quechua) fluye como un río violento, sin pausa.
Una película cargada de realidad y emociones, la de Javier Corcuera ha sido también víctima del sistema. Anunciada por los medios de comunicación, las cadenas que administran las salas de cine en los centros comerciales del país la suspendieron justo el día de su estreno. Sin embargo, la presión de espectadores y colectivos culturales obligó a reabrir las salas, programar funciones y mantenerla en cartelera. A sólo tres años de los sucesos sangrientos que se desencadenaron al asumir la presidencia de la república Dina Boluarte, las heridas están frescas en la memoria de varias zonas del Perú, especialmente en la ciudad sureña de Juliaca, donde murieron dieciocho personas.
El documental recoge los testimonios de los familiares de las víctimas del aquel fatídico 9 de enero de 2023, de los jóvenes que integraron colectivos de apoyo médico en las marchas, periodistas que cubrieron la información, pero cuyas imágenes nunca se difundieron, así como las manifestaciones populares al cumplirse el primer año de los hechos. Hay un hilo conductor en la voz de un sacerdote que intenta ser neutral, pero no hay forma de no tomar partido por las víctimas y, por supuesto, cuestionar el papel del gobierno, de un Estado que por siglos ha sido indiferente hacia sí mismo.
La película Uyariy fue censurada por las salas, pero la presión de espectadores y colectivos culturales obligó a reabrirlas, programar funciones y mantenerla en cartelera.Para demostrarlo, como una manera de ilustrar al público, se retoma una experiencia de hace un siglo, cuando las comunidades de Huancané, zona cercana a Juliaca, en Puno, protagonizaron un levantamiento popular para exigir el cumplimiento de los derechos a una educación universal de calidad, a atención de salud, respeto a la propiedad de sus tierras, pero como respuesta recibieron balas y fusilamiento. Esas heridas siguen abiertas, y la lucha por mantener la memoria viva se hace perpetua. Está claro que el documental de Corcuera se suma a ese objetivo.
Una vez más, el arte, como la literatura o el cine, la música o la pintura, el teatro o la artesanía, se convierte en una manera de cuestionar a la sociedad, que en su devenir va asimilando y borrando los hechos según sus intereses. Se ha advertido muchas veces sobre el carácter racista y excluyente de los grupos de poder y gobierno en la estructura del Estado peruano, esta condición histórica se hace más dramática en situaciones donde el contexto político vuelve a enfrentar a los ciudadanos. La respuesta de estudiantes, trabajadores, campesinos, ante los excesos o inacción del gobierno, no es escuchada. Y ese es, precisamente, el mensaje de esta película.
Uyariy significa “escucha”, en quechua, el idioma inca que junto al aimara ha resistido a los intentos de desaparecerlo durante la invasión, conquista, colonia y república por quienes detentaron el poder, y hoy más de medio millón de personas lo hablan en el territorio peruano. Es significativo el título porque el mensaje no está dirigido a esa población en particular, ni al ciudadano en general, sino al propio Estado, a quienes están en el poder y no han hecho nada para investigar y sancionar el uso excesivo de la violencia por parte de la policía ni asistir a los sobrevivientes —el testimonio de un niño postrado en cama por una bala perdida y con miedo a volver a salir a la calle, es desgarrador—, menos generar un proceso que escuche el clamor de los familiares, y se resume en su pedido de justicia.
La película es un producto logrado. La visión de Javier Corcuera sobre la memoria a través de hechos y personajes históricos, desde una perspectiva contemporánea, como los documentales Kachkaniraqmi (Sigo siendo) sobre la resistencia cultural a través de la música en homenaje a José María Arguedas, o El viaje de Javier Heraud, que recrea el tránsito final del poeta asesinado a los veintiún años, le ha permitido asumir una posición que cuestiona el sistema, sin necesidad de adoptar una posición política partidaria o extrema. En este sentido, el aporte de la soprano Edith Ramos y el músico Zamy Juárez, para dirigir la banda sonora, y el de Mariano Agudo para una extraordinaria fotografía, han sido fundamentales para lograr un lenguaje conmovedor que conecta rápidamente con el público para establecer un diálogo con mucha sensibilidad.
Es inevitable la reacción del espectador, que finalmente ha llenado a tope las salas de proyección, al culminar la película. Mientras algunos terminan de limpiarse las lágrimas y respirar con más calma, otros sueltan consignas contra el gobierno, la policía, o reivindican antiguas frases sobre la tan postergada justicia. La película inyecta en el público el mensaje que debe direccionarse a los grupos de poder y al propio gobierno, que, en la coyuntura política peruana, en un año electoral, es importante tomar en cuenta para tomar mejores decisiones.
Uyariy significa “escucha”, en quechua, el idioma inca que junto al aimara ha resistido a los intentos de desaparecerlo durante la invasión, conquista, colonia y república por quienes detentaron el poder. Una nueva reseña sobre el estudio de Guissela Gonzales sobre la poesía sur andina peruana de los años ochenta se publica en la revista Espinela, de la Escuela de post grado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el Número 13 de la revista, de noviembre del 2025, la nota del poeta arequipeño José Gabriel Valdivia repasa el planteamiento de Guissela Gonzales y analiza los alcances de la hipótesis. Esta silla comparte la mirada, pues a los protagonistas del estudio nos honra y lo celebramos.
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| Guissela Gonzales Fernández. Cartografía de la poesía sur andina de los ochentas: entre el canon y la disensión. Lima: Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar/Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Facultad de Letras y Ciencias Humanas/ Latinoamericana Editores, 2025. 356 p. |
Cartografía de la poesía sur andina de los ochenta
Por: José Gabriel Valdivia Álvarez
Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa
A lo largo de nuestra historia se ha tejido una cuestión nacional no
solo política sino literaria, con espesos cables cargados de una alta tensión
histórica y cultural. En apariencia, la identidad y la nación, que son los
cordones umbilicales que sostienen esa historia y esa cultura han sido, son y
serán las preocupaciones sustantivas de toda reflexión intelectual o literaria
contemporánea, hasta que no se liberen los desvíos y giros que han contribuido
permanentemente a forzar un discurso utópico de unidad nacional, creyendo en
una posible armonía y postulando un obturado mestizaje que niega la posibilidad
del ser completo de la peruanidad.
Una de las formas de empezar a deconstruir, a destensar los problemas de
la identidad y la nación literaria - es reflexionar sobre lo cartográfico, es
decir, sobre los sistemas de representación del espacio peruano, desde una
visión no geopolítica ni geocultural, sino más bien desde los escenarios
históricos y culturales que siempre han demandado lo biocultural, lo
biopolítico.
El libro de Guissela Gonzales Fernández Cartografía de la poesía sur
andina de los ochentas: entre el canon y la disensión (2025), es el
resultado de su tesis doctoral en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
de la cual es docente. Con suma originalidad y temeridad nos entrega una nueva
brújula para marcar los estudios sobre la poesía peruana. No solo estudia la
producción poética de los ochentas en el sur andino peruano (Arequipa, Cusco,
Puno) con un abordaje temático, sino que incide sobre el problema ideológico y
cultural que atañe a los estudios literarios peruanos actuales, desde una
propuesta que comprueba el permanente disenso e incita al cuestionamiento del
canon y proceso poético peruano hecho desde Lima, donde se ha malacostumbrado a
considerar con “ligereza y liviandad” la denominación de “peruano” a todo lo
producido u ocurrido en el circuito limeño o capitalino.
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| Espinela, Año 13, N° 13 |
El estudio conformado por cuatro capítulos está delimitado por tres
variables: los textos críticos producidos en esos años; las dinámicas
culturales en que se insertan las poéticas surandinas; y el estudio de las
temáticas de dichas poéticas.
En la introducción se esboza una guía teórica-metodológica sobre la
cartografía, la proximidad tensional surandina, lo regional y la tensión
centro/periferia. Con estos elementos la autora pretende desentrañar la
sociedad peruana marcada por una estructura centralista, definida desde la
instalación de la modernidad y el capitalismo, asimismo evidencia e interpreta
los vínculos de lo geográfico (surandino) con el marco cultural (urbano-rural)
y el contexto político (capital/provincia). A esto se suma los avances de la
cartografía crítica que le proporcionan una visión de los mapas, no solo como
representaciones de la naturaleza sino como tex- tos que manifiestan sutiles
herramientas de poder. La proximidad tensional le sirve para ver los
procesos o dinámicas de las tres ciudades colindantes que se perciben
inestables y diferentes. Sin embargo, lo surandino logra constituirse en un nuevo eje
autocentrado.
En el capítulo I, se esclarece las representaciones del sur y de lo
andino para luego redefinir el circuito sur andino, compuesto por Arequipa,
Cusco, Puno. En el capítulo II, se desarrolla las dinámicas regionales, a
partir de los mapas y geografías culturales para revisar lo que denomina el eje
cultural surandino de los ochentas. En el capítulo III, se analiza las primeras
antologías, la crítica y cómo se conformó el canon poético desde Lima, ignorando
otras poéticas surgidas en el interior del país y particularmente las del sur
andino. En el capítulo IV, aplica la perspectiva tematológica para configurar
al sujeto poético surandino. Este capítulo es el más extenso y exhaustivo,
porque se diseña una ruta adecuada de lectura de las poéticas surandinas que
participaron de la disensión y cuestionaron desde sus praxis el canon
establecido desde Lima para la poesía peruana de los ochentas.
La propuesta de Guissela Gonzales
plantea una nueva perspectiva para encaminar los futuros estudios literarios
peruanos. Ha demostrado que no solo en los ochentas insurgió el primer momento
de subversión de la palabra poética, al margen del tradicional y hegemónico centralismo,
sino que se ha generado una ruptura en la historia cultural y literaria
nacional, llena de tensas relaciones entre Lima y las demás regiones del país,
provocada por esa limitada comprensión de lo poético nacional surgido en los
ochentas. Esta transformación se debió al posicionamiento de la migración, la
violencia y el espíritu del lugar, entre otros, como nuevos tópicos que dan
sentido a la configuración de un sujeto poético surandino. Esta nueva poesía,
dada su esencia socializadora y renovadora, se convirtió en una alternativa
para la expresión discursiva de la heterogénea y plural producción literaria
nacional. En ese sentido, estamos ante un libro pionero, desmitificador y de
primer orden en la construcción de un mirador académico abierto y descentrador
en la comprensión de lo plural y variado de nuestra literatura nacional.
Se publica en Espinela, la revista de la Pontificia Universidad Católica del Perú, este texto de Esther Villafuerte sobre mi libro "No es este tu reino", que publicó este año la editorial chilena Navaja. Agradecido con todos quienes tienen que ver con el proceso que llega hasta este punto de lectura. Esa silla se emociona y agradece, además se sienta para leer. Vamos.
NO ES ESTE TU REINO:
MEMORIA Y RESISTENCIA
Mg. Esther Villafuerte Cuentas
Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa
didimusa30@gmail.com
“Creo
que la poesía es ensayo, prueba, experimento, indagación interminable, una
búsqueda que nos debe llevar a conocer lo más íntimo y profundo de nosotros
mismos, de lo contrario estaríamos limitándonos a la descripción, a lo externo
de las cosas, a la simple forma que afecta nuestros sentidos, y no estaríamos
dándonos cuenta de la esencia y el espíritu que envuelve a cada suceso, a cada
objeto, a cada mirada que nos afecta” [1]
Con estas
palabras, confesión y profesión de fe, Alfredo Herrera define su vocación:
plena conciencia de lo que significa la escritura poética, asumida con la
pasión propia de los auténticos actos de creación. Su mirada se proyecta sobre
la evolución de la especie humana y, al mismo tiempo, lo sitúa como testigo de
su tiempo.
No es este
tu reino (Navaja,
Iquique, 2025), su más reciente poemario, se inscribe en la tradición de los
grandes himnos que reflexionan sobre la historia de la humanidad. Allí se
articulan con hondura los temas universales que han inquietado a pensadores y
poetas: el tiempo, la memoria, la identidad, el poder, la vida, la muerte y, de
modo particular, la condición de la mujer. Inspirado en el mito griego de
Antígona —recreado por Sófocles y resignificado en la contemporaneidad— Herrera
convierte esta figura en símbolo poético que trasciende épocas y culturas,
enlazándola con la memoria histórica andina y con la resistencia femenina en
América Latina.
El poemario
está estructurado en tres apartados —Antígona canta, Antígona llora,
Antígona recuerda. La voz lírica del autor oscila entre vigilia y sueño,
entabla un diálogo con Antígona: presencia espectral y, al mismo tiempo,
tangible, portadora de una ética de resistencia que se manifiesta en el canto,
el dolor y la memoria. Así, el mito se proyecta como alegoría contemporánea:
pues yo soy
Antígona en este nuevo siglo / y camino y sigo caminando / como si caminara en
círculos buscando a mis padres, hermanos, hermanas, esposas, hijos, hijas,
plantas, / flores, gatos, perros, amigos, amantes, estudiantes, / libros,
fotografías, canciones, trenes, puentes, / selvas, cucharas, zapatos, cartas,
poemas. (Pág. 48).
En la
primera parte, Antígona canta, el destino trágico de la heroína se
enlaza con los ecos de la memoria andina. La intertextualidad entre el mito y
los símbolos peruanos —sikuris, mujeres exiliadas, el mar y la cordillera—
permite que la voz de Antígona dialogue con lo ancestral y lo colectivo. La
poesía se convierte en marcha y ritual donde confluyen historia y presente,
mito y resistencia. Como en la tradición de los grandes poetas que han cantado
el curso de la humanidad, Herrera recurre al mar como metáfora de sabiduría,
pero también al desierto, a los bosques y llanuras: paisajes en los que se
escucha una voz que a su vez contiene todas las voces, configurando un canto
que atraviesa la historia y se instala en el mundo contemporáneo.
En Antígona
llora, la tragedia alcanza su máxima intensidad. El dolor se transforma en
llanto, y el llanto en potencia ética. Aquí Antígona se funde con figuras
históricas como Micaela Bastidas y María Parado de Bellido, mujeres que
encarnaron sacrificio, desobediencia y resistencia frente al poder tiránico. La
voz poética revela que el llanto no significa derrota, sino afirmación de
memoria y acción; no es pasividad, sino fuerza política y espiritual. En este
apartado, género y resistencia se entrelazan como reclamo de justicia y
cuidado, mientras Tiresias —ciego ante su propio destino— simboliza la
limitación de una ley única frente a la pluralidad de voces femeninas.
La
invocación repetida —pues yo soy Antígona en este nuevo siglo— funciona
como estribillo que sostiene la memoria y la vigencia de la heroína, recordando
que su búsqueda de justicia se renueva en cada época y geografía.
En Antígona
recuerda, la memoria histórica se despliega como huella colectiva. El
desmembramiento corporal de la protagonista se convierte en metáfora de
identidades heridas por la violencia, pero persistentes en su voluntad de
recomposición. La poesía actúa como vehículo de reconstrucción y ética
compartida:
Cada quien
ejerce la palabra sin permiso de nadie.
Creonte ha escapado, gobierna su exilio. (Pág. 49).
…
Hay una canción en la mañana que lo cuenta
todo, lo dicta todo, lo llora todo, y todo lo vomita. (Pág. 55).
En la
plenitud de su madurez creativa, Herrera propone una ética del creador
contemporáneo que convierte la palabra en instrumento de resistencia, memoria y
espiritualidad. Su Antígona demuestra que la poesía no es solo canto estético,
sino también compromiso con la verdad, incluso cuando esa verdad hiere.
Así, la
figura de Antígona se resignifica como emblema de resistencia femenina y
memoria colectiva, proyectándose como fuerza ética que atraviesa siglos y
geografías hasta instalarse en el corazón del mundo contemporáneo.
Referencias:
Herrera,
Alfredo. (2025). No es este tu reino. Iquique, Chile; Editorial Navaja
Corte & Confección, Colección Ojos de tigre, 56 pp. ISBN:
978-956-6128-14-4.
[1] Poesía sur peruana de los
80. Homenaje a Luzgardo Medina Egoavil. Lima: Ministerio de Cultura, 2017,
205 pp
El discurso del escritor Amin Maalouf (Beirut, 1949) al recibir el premio de la Feria del Libro de Guadalajara nos devuelve las esperanzas en el arte. Se reproduce en varios medios de comunicación y lo tomamos, con el permiso correspondiente, de Letralia. Esta silla se pone de pie para leerlo y escucharlo.
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| Amin Maalouf al recibir el premio en Guadalajara |
DISCURSO DE AMIN MAALOUF EN GUADALAJARA
A principios de septiembre, con inmensa alegría, recibí la noticia de que me habían elegido ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Y es con esa misma alegría que hoy me encuentro aquí, en Guadalajara, para agradecerles su elección y expresarles toda mi gratitud.
Siempre he tenido una gran admiración por este prestigioso premio, que celebra la literatura, la diversidad de las lenguas y, de alguna manera, el parentesco entre todas las culturas humanas. Una actitud profundamente universalista, más necesaria que nunca en el mundo en que vivimos.
No les revelaré nada nuevo al afirmar que atravesamos una época desconcertante, a veces incluso aterradora. Pero lo que me gustaría subrayar aquí, ante ustedes, es que nuestra época es también la más fascinante que la humanidad haya vivido desde los albores de la Historia.
Por eso quisiera invitarlos hoy a estar, como yo, al mismo tiempo inquietos y maravillados. Sí, las dos cosas a la vez, por más contradictorios que parezcan esos dos estados de ánimo.
Lo que me asombra profundamente es que nuestra especie ha hecho realidad, en las últimas décadas, sueños que acariciaba desde hace milenios, sin imaginar que algún día se volverían posibles.
Si alguien me hubiera dicho, cuando era joven, que podría tener al alcance de mis dedos, en cualquier momento, todo el conocimiento del universo; que podría conversar cara a cara con mis hijos y mis nietos al otro lado del planeta; que podría participar en una conferencia en Milán, en México, en Madrid o en Rawalpindi sin siquiera salir de mi habitación; y que todo eso estaría disponible, en cualquier momento, para miles de millones de personas... habría pensado que me describían una utopía mágica, en un futuro muy lejano, no algo que llegaría a cumplirse en mi propia vida.
No me detendré demasiado en esto, porque esos avances están tan presentes en nuestras vidas que ya resulta casi innecesario mencionarlos.
Sólo quisiera recordar, a título personal, que cuando empecé en el periodismo todavía se escribían los artículos a mano; luego los tipógrafos los pasaban a máquina, los fundían en plomo y después se imprimían. Los obreros respiraban los vapores del plomo, y se les recomendaba tomar mucha leche para contrarrestar los efectos secundarios.
Mi padre era periodista, y a veces yo lo acompañaba a las imprentas y a las redacciones. Ahí nació la gran pasión de mi vida: observar el curso del mundo. Era mi pasión desde niño, y lo sigue siendo hasta hoy. Nunca se ha debilitado, al contrario, con los años se ha vuelto aún más intensa. Y siempre ha venido acompañada del deseo de experimentar por mí mismo, tan pronto como fuera posible, todas las novedades —al menos en el ámbito que más me interesa—, el del conocimiento, la comunicación, la lectura y la escritura.
Esa observación del mundo me ha dado, a lo largo de las décadas, innumerables alegrías; pero no se sorprenderán si les digo que también me ha generado tristezas y decepciones. Estaba convencido de que la justicia, la libertad, la paz, el conocimiento y la democracia, se extenderían de manera inevitable por todo el planeta; que las naciones establecerían entre sí relaciones cada vez más amables, respetuosas, cercanas, incluso íntimas.
Pensaba que la voz de las grandes organizaciones internacionales sería escuchada, respetada, tomada en cuenta tanto por las naciones más poderosas como por las más pequeñas. Que el universalismo y los valores que le son propios se extenderían por todo el mundo; que las grandes ideologías y las religiones más importantes destacarían, a partir de entonces, sus semejanzas, sus puntos de convergencia, más que sus diferencias. Y, por supuesto, creía también que la barbarie de la guerra —esa presencia constante en la historia humana— acabaría volviéndose, poco a poco, inconcebible.
Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza al centro de la actualidad; no sólo en mi región de origen, el Levante, sino también en mi patria adoptiva, Europa. Que la violencia se volvería aún más salvaje, más mortífera que en los tiempos de mi nacimiento, hace ya tres cuartos de siglo. Tampoco habría imaginado que la voz de las organizaciones internacionales se volvería casi inaudible, que su influencia no dejaría de debilitarse, y que el mundo terminaría rigiéndose por la ley del más fuerte —la propia ley de la selva.
Nunca habría pensado, en mi juventud, que el universalismo retrocedería con el paso de las décadas, en lugar de avanzar; ni que la democracia misma llegaría a verse debilitada y amenazada, incluso en países donde parecía definitivamente consolidada y a salvo de toda tentación tiránica.
Ahora que les he hablado tanto de mis fascinaciones como de mis decepciones, quizá ya habrán notado, queridos amigos, que las primeras están todas relacionadas con el avance de las ciencias y de la tecnología, mientras que las segundas lo están con la evolución de nuestras mentalidades.
Y, a mi parecer, esa es una de las grandes características de nuestro tiempo: todo lo que pertenece al ámbito de la ciencia y la técnica avanza sin pausa, cada vez más rápido; mientras que lo que pertenece a nuestra evolución moral tropieza, se desvía o incluso retrocede.
Si hubiera venido a hablar ante ustedes hace algunos años, les habría dicho algo ligeramente distinto. Les habría advertido que el desfase entre la evolución material de la humanidad y su evolución moral era preocupante, y que se requeriría un esfuerzo para cerrar esa brecha. Pero hoy, esas palabras ya no se ajustan a la realidad.
En los últimos años, el desarrollo científico y tecnológico ha experimentado una aceleración sin precedentes, causada sobre todo por la inteligencia artificial.
Sé que desde hace tiempo se habla de “aceleración”, pero no debemos dejarnos dominar por las palabras: hoy vivimos una aceleración dentro de la aceleración, con transformaciones profundas que ya no ocurren cada cinco o diez años, sino cada año... o incluso de un trimestre a otro.
La capacidad de perfeccionamiento de estas nuevas herramientas es asombrosa, parece no tener límites. Y está claro que nuestras mentalidades, nuestros modos de pensar, ya son totalmente incapaces de seguir ese ritmo.
En muchos aspectos, esta evolución resulta fascinante, y yo soy de los que observan los cambios —incluso los más desconcertantes— sin prejuicios ni temor.
Procuro mantener una mirada positiva; pero también debo conservar la lucidez. Y eso me obliga a reconocer, por ejemplo, que estamos asistiendo a una nueva carrera armamentista, con instrumentos cada vez más sofisticados; sé que existen riesgos de descontrol asociados a las nuevas tecnologías —ya sea la inteligencia artificial, cuyo rumbo futuro y grado de dominio nadie puede prever con certeza—o las biotecnologías, que hoy nos ayudan a vivir más tiempo y con mejor salud, pero que, si se usan de manera imprudente o malintencionada, podrían poner en peligro la integridad física y mental de la especie humana... o incluso la supervivencia.
Riesgos de tal magnitud exigen de nosotros vigilancia, sentido de la responsabilidad y una conciencia auténtica del bien común.
Exigen que la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios. En otras palabras, que alcance un nivel moral a la altura de los desafíos que enfrenta.
Por desgracia, no es eso lo que vemos ahora. Nuestra evolución moral no sólo avanza más lentamente que la evolución científica y técnica, sino que hoy en día atraviesa una verdadera regresión.
Una regresión del universalismo, una regresión de la democracia, una regresión del Estado de derecho. Y esto ocurre en todo el planeta.
A pesar de este diagnóstico inquietante, no estoy ni desesperado ni resignado.
Como ya les dije, me fascina nuestra época: todo lo que nos ha aportado, todo lo que nos permite hacer. Por temperamento, no soy de los que se lamentan diciendo “antes era mejor”. Soñar con regresar al mundo de antes no tiene sentido si realmente queremos salir del atolladero. Nunca volveremos al mundo de antes. Podemos lamentarlo o celebrarlo, pero en todo caso debemos ser conscientes de ello para poder avanzar.
Nada de lo que se ha inventado será “desinventado”. El ritmo del cambio no se va a frenar: al contrario, seguirá acelerándose.
A propósito de esto, quiero hacer una observación que me parece crucial: si el desarrollo científico y tecnológico está destinado a continuar y acelerarse, es porque no necesita de una decisión humana para avanzar.
No quiero decir con eso que los hombres y las mujeres no tengan un papel que desempeñar —son ellos quienes inventan, experimentan y producen, con sus propias manos o con sus máquinas.
Lo que quiero decir es que la investigación científica tiene su propia lógica: un descubrimiento lleva a otro, un avance conduce al siguiente. Si un gran científico decide dejar de investigar, otros lo reemplazarán y lo superarán.
Ningún ser humano, ninguna empresa multinacional, ningún Estado —por poderoso que sea— podría detener el curso de la ciencia, ni siquiera ralentizarlo.
Esto parece tan evidente que tal vez no sería necesario decirlo; pero lo menciono para subrayar el contraste con la evolución de nuestras mentalidades. Porque las mentalidades, a diferencia de la ciencia, no avanzan por sí mismas. No están impulsadas por un movimiento irresistible, ni son irreversibles, aunque a veces tengamos la ilusión de que la historia avanza en una sola dirección.
Cuando una sociedad pasa de la dictadura a la democracia, nunca se puede estar completamente seguro de que no volverá algún día a la dictadura.
Cuando una región del mundo pasa de la guerra a la paz, nada garantiza que no pueda volver a la guerra.
En resumen: en el terreno de la ciencia y la técnica, los avances se producen por sí solos y son irreversibles; en cambio, en el terreno de las mentalidades, los progresos sólo ocurren si actuamos, y son —por desgracia— reversibles.
Cada avance moral debe ser fruto de una acción humana; y esa acción debe ser reflexionada, mesurada, eficaz.
Y no debe ser un impulso pasajero: tiene que sostenerse con sabiduría y determinación a lo largo del tiempo. Espero que esta observación, tan simple como real, nos ayude a dimensionar el enorme desafío al que nos enfrentamos en una época donde la ciencia y la tecnología avanzan a una velocidad vertiginosa.
La única forma sensata de responder a ese desafío es acelerar, en paralelo, la evolución de nuestras mentalidades: prepararnos —y preparar a las nuevas generaciones— para comprender el mundo que las rodea y poder influir en él.
La solución no es oponerse al progreso tecnológico, ni rechazarlo, negarlo o cerrar los ojos ante él. La solución es apropiarnos de ese progreso, ponerlo al servicio del ser humano, de su dignidad, de su libertad; convertirlo en un instrumento de liberación, y no de sometimiento.
Y ese es exactamente el papel que debe desempeñar la literatura en el siglo XXI. Su primera misión es hacernos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos.
Porque el primer derecho —y el primer deber— de una persona libre es entender el mundo, saber cómo se transforma y hacia dónde va, para poder contribuir a su avance y también para poder protegerse de sus peligros.
La segunda misión de la literatura es convencernos de que, a pesar de nuestras diferencias, de nuestras enemistades, de los resentimientos que nos dividen, nuestro destino se ha vuelto común.
O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos.
Y la tercera misión de la literatura en este siglo es arrojar luz sobre los valores esenciales del ser humano —la dignidad, la libertad, el respeto mutuo, la convivencia armoniosa—, mostrando lo que significan y cómo deberían encarnarse hoy.
Por todas estas razones, estoy convencido de que la literatura es hoy más indispensable que nunca en la historia humana.
Porque es a ella —es decir, a todos nosotros— a quien le corresponde reparar el presente e imaginar el futuro.
Muchas gracias por su atención, y por el cálido recibimiento.
Discurso pronunciado en la jornada inaugural de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México, el sábado 29 de noviembre de 2025.
Fuente: FIL
Se publica en la revista ARI, que desde Cusco dirige Leonel Guzmán, esta breve semblanza de Jorge Flórez-Aybar, al cumplirse mes y medio de su partida. Esta silla se silencia para leer, en modo de homenaje.
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| Jorge Flórez-Aybar |
El legado de Flórez-Aybar
Por: Alfredo Herrera Flores
Hacia los
primeros años de la década de los sesenta del siglo pasado, en Puno se reabrió
la Universidad Nacional Técnica del Altiplano, que se conoce hoy como
Universidad Nacional del Altiplano (UNA). Fue, sin duda, un momento
trascendental en el proceso formativo profesional de la región sur peruana, que
tuvo pronta repercusión en el desarrollo de la región Puno, en particular. La
posibilidad de que los jóvenes puneños accedieran a estudios superiores en su
propia región cambió sustancialmente el panorama social de la zona altiplánica,
generando, incluso, un reordenamiento social que reconfiguró el mapa socio
económico del sur andino.
Hasta solo unos
años antes, miles de jóvenes emigraban de Puno hacia ciudades como Arequipa,
Cusco y Lima, donde se incorporaban a las universidades y, la gran mayoría de
ellos, se quedaba en ellas a continuar con su vida profesional. Pero también
hubo otro buen número de profesionales que volvieron al terruño, a Puno, a
incorporarse en la vida profesional y productiva de su ciudad y región. Entre
ellos, un joven Jorge Flórez-Aybar, que había estudiado la profesión de
Educación en la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, retornaba a la
ciudad del lago, a perseguir sus sueños y labrarse un futuro como profesor.
Su vocación por
la literatura se había manifestado en su etapa universitaria, motivándolo a
integrarse a grupos culturales, fomentar la creación de otros y publicar sus
primeros poemas junto a jóvenes tan inquietos, renovadores y sensibles como él.
Hizo su trabajo: fue a las aulas escolares, escribió y publicó sus poemas,
promovió la creación entre sus compañeros y alumnos y fue ganándose un espacio
en el siempre competitivo ambiente cultural y literario de Puno. Recordemos que
la ciudad de Puno ya tenía, y tiene, una larga tradición literaria y un aporte
importante de nombres y obras al espectro cultural nacional.
Lamentablemente
Jorge Flórez-Aybar ha fallecido hace unas semanas. Junto con la congoja por su
partida, la sociedad cultural y académica de Puno lo ha recordado por su
calidad profesional y aporte a la literatura regional, y, tal vez, sea
precisamente este aspecto el que más se deba destacar y reafirmar para entender
su legado intelectual. Junto a otro notable creador, maestro y crítico
literario, como lo fue Feliciano Padilla, Flórez-Aybar le dedica tiempo al
estudio e interpretación de la literatura de Puno. Se podría decir que, entre
los dos, le dieron personalidad, madurez y presencia a la crítica literaria
puneña.
Pronto, al
integrarse a la facultad de Educación de la Universidad Nacional del Altiplano,
sus ideas, valoraciones y propuestas sobre el rumbo de la literatura puneña en
el ámbito nacional, generaron controversia, diálogo y contrapropuestas, pero
sobre todo generó un debate alturado, propio de maestros serios en su
investigación y discípulos disciplinados. Así, surgió, en los años ochenta y
noventa del siglo veinte, una nueva hornada de escritores y críticos
literarios, los que, a su vez, formaron un grupo más joven que ya entradas las
primeras décadas del siglo veintiuno, publican trabajos literarios cada vez más
serios y formales.
Precisamente
varios de estos nuevos críticos se han encargado de estudiar y valorar la obra
creativa de Flórez-Aybar, considerando, especialmente sus cuentos y novelas,
como uno de los aportes más significativos para la literatura puneña. No se ha
dejado pasar por desapercibido la influencia política en sus escritos de este
género, y no es para menos, no solo por su formación académica en otros países,
sino por su directa relación con los problemas de una región como Puno, y el
sur andino en general, donde a pesar de la riqueza natural y productiva que
tiene, sigue siendo una sociedad desigual, enfrentada, fragmentada y
empobrecida.
Sus estudios
sobre la literatura puneña, especialmente en los que profundiza organizando una
periodización del proceso creativo, irán a reordenar las bases históricas para
futuros estudios. Él mismo solía decir que lo acusaban injustamente de inclinar
sus interpretaciones hacia la literatura social, el chauvinismo andino o la
poesía neo andina, cuando, en realidad, sí reconocía los importantes aportes de
autores más cosmopolitas o que han madurado su creación en espacios fuera de
Puno.
Estos criterios,
en general, podían extenderse al análisis de la literatura, y ampliamente a
toda la creación cultural, al ámbito sur andino y, desde ahí, aportar a la
crítica literaria nacional. Al margen del debate y malestar que produce el
centralismo limeño, los aportes de Flórez-Aybar son de obligada consulta por
quienes de manera seria quieren acercarse a la literatura sur peruana. Hay que
leer, y citar, a Jorge Flórez-Aybar, y, por supuesto, a sus contemporáneos y a
los nuevos críticos literarios puneños, para tener un concepto claro, ordenado
y actual del proceso literario que se va desarrollando alrededor del lago
sagrado.
Ahora que
empezamos a ver con cierta distancia el trabajo creativo y crítico del escritor
y maestro puneño, creemos poder afirmar que su legado debe ser, precisamente,
esa manera seria de enfrentar y asediar a la literatura, sobre todo si se trata
de un ámbito tan complejo, abierto, múltiple y dinámico como el altiplano sur
peruano. Una literatura, como ha sucedido desde varias culturas y generaciones
anteriores, que ha aportado a configurar el pensamiento e identidad cultural de
nuestro país.
La revista venezolana Letralia publica esta semana un texto mío sobre el libro que acaba de publicar Guissela Gonzales, un detallado y exhaustivo estudio sobre la poesía sur andina peruana de los años ochenta. Vale la pena adentrarse en el libro, que de seguro renovará la mirada respecto al panorama de la poesía peruana contemporánea. Esta silla, se acomoda para celebrar.
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| Guissela Gonzales Fernández |
La poesía peruana mira al sur
Por: Alfredo Herrera Flores
Por varios años, Guissela Gonzales Fernández, profesora de literatura de la Universidad Mayor de San Marcos, ha estudiado la poesía peruana producida en el ámbito geográfico del sur andino durante las dos últimas décadas del siglo XX. No ha sido casual ni antojadiza la decisión de enfocarse en ese espacio y en ese período temporal, pues hay muchas razones por las que es necesario ubicarse allí para entender también la realidad del Perú, tantas como las hay para justificar o explicar su invisibilidad. Esta doble percepción se puede ampliar, sin muchos cambios y sólo con algunos matices conceptuales, y aplicar a casi toda nuestra historia, especialmente desde la presencia violenta de los exploradores españoles en el territorio suramericano. La idea de que la cultura andina, el primer ingrediente de lo que ahora se llama Perú, o cultura peruana, nace precisamente en territorio sur andino, es suficiente razón para no dejar de verla con mirada crítica, analítica y prospectiva.
El sur, desde cualquier punto de vista considerado como “debajo de” por razones cartográficas, tiene, por supuesto, sus propias dinámicas de desenvolvimiento. La percepción relativa de las posiciones y las abstracciones que dominan nuestra cultura nos permiten decir, por ejemplo, que el sur peruano está al norte de Chile. Pero, al interior de nuestros límites, otras connotaciones surgen respecto a cómo nos interrelacionamos entre nosotros, donde la identidad territorial o cultural nos vuelven a poner pruebas para definirnos, o definir al otro. Por extensión, con criterios políticos no siempre adecuadamente aplicados a determinadas realidades, se ha dicho que el norte era superior al sur, o que del norte venía lo bueno y útil y del sur lo malo o dañino. Esa ya era una manera de dividirnos. Guissela Gonzales Fernández, en su estudio, cita incluso el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003), un valioso documento en el que se refleja con profundo patetismo la actitud de los peruanos respecto a lo que consideran el “otro”, una de las razones por las que hemos derivado en situaciones violentas.
La coincidencia del espacio temporal del estudio de Gonzales Fernández y el período que investiga la violencia generada en el Perú, es el mismo (1980-2000).
Pero este es sólo el punto de partida del análisis que hace la autora en su libro Cartografía de la poesía sur andina de los ochentas, entre el canon y la disensión (2025). Si bien es cierto que la poesía, la literatura y el arte en general, son universales, se hace necesario poner límites para su estudio y análisis. En este caso, está claro el ámbito de estudio que se ha escogido para repasar parte de la poesía peruana, que abarca un amplio espectro de nombres, publicaciones, grupos literarios, propuestas estéticas y discursos políticos. Se podría decir que ese cuerpo poético es fragmentario, y al mismo tiempo unitario, que la diversidad es nuestra mayor fortaleza y al mismo tiempo nuestra mayor debilidad. Sin embargo, la coincidencia del espacio temporal del estudio de Gonzales Fernández y el período que investiga la violencia generada en el Perú, es el mismo (1980-2000), y una de las conclusiones en ambos casos es que la sociedad peruana vive, aún, con una mitad dándole la espalda a la otra.
En el ámbito literario, luego de hacer un apretado pero coherente repaso histórico al proceso de la literatura peruana, desde Garcilaso hasta nuestros días, Guissela Gonzales Fernández se detiene en el tránsito de los años setenta al ochenta, etapa en que se configura lo que se dio en llamar generación del ochenta. Desde Lima, desde donde se ejerce un centralismo que abarca casi todas las consideraciones sociales, se ordenaba y renovaba el canon literario señalando una serie de nombres de poetas jóvenes, radicados en Lima, que conformaría la nueva generación del ochenta. Salvo algunas menciones, esa nueva hornada se concentraba en el ámbito y en los poetas de Lima. Ya en 1990, Rolando Luque es quien asume un primer estudio para definir la generación del ochenta en y desde Arequipa (1990), mientras que en otras ciudades importantes, como Puno y Cusco, este proceso demora un poco más.
Guissela Gonzales Fernández ha reunido libros, revistas, suplementos, notas periodísticas, estudios y testimonios sobre la poesía producida en aquella etapa; ha organizado encuentros, recitales y conversatorios con los poetas más notables de esa generación; ha repasado y analizado la producción literaria para, con todo ello, proponer la tesis de que la poesía sur andina peruana era una de las de más alta calidad en una de las etapas más difíciles de la historia política y cultural contemporánea. Ya se veía que la poesía sur peruana asumía una renovada presencia en el ámbito de la literatura peruana, luego de que en los años veinte se formaran en las tres principales ciudades del sur andino grupos literarios que habrían de aportar con obras y nombres al contexto nacional: Aquelarre, en Arequipa; Orkopata, en Puno, y en Cusco un movimiento renovador ligado a la intelectualidad universitaria.
El estudio de Gonzales Fernández contiene un detallado análisis de la poesía de varios poetas nacidos y afincados en Puno, Cusco y Arequipa, principalmente, pues algunos de ellos radican en Lima, Tacna o en el extranjero. Lamentablemente, otros fallecieron precisamente mientras se realizaba la investigación, como Luzardo Medina Egoavil y Pacha J. Willka. Hay entre ellos, según la investigadora, temas comunes en su poesía, como el mito y la memoria, migraciones y exilios, ritos andinos y miradas particulares sobre el mar, los Andes, la muerte o la identidad. Es interesante la manera como la investigación va recorriendo de manera transversal estos temas en la obra de quince poetas, lo que no se asume como coincidencia, sino como ejes temáticos que, más bien, van a dar como resultado un nuevo esquema poético propuesto desde el sur peruano.
Mientras que en Lima, referente inevitable, la temática poética no se desprendía de la influencia del grupo Hora Zero, se hacía urbana y desordenada, o recibía la influencia de poetas que recorrían el continente, la poesía sur peruana maduraba y se extendía sin renunciar a su identidad andina, sin buscar ser una unidad, enriqueciéndose precisamente con sus particularidades. Poetas tan dispares como Boris Espezúa, José Gabriel Valdivia o Yván Yauri, o con experiencias tan extremas como Juan Mescco, Lolo Palza, Porfirio Mamani o Alfredo Herrera, o con propuestas estéticas tan diferentes como Oswaldo Chanove, Alonso Ruiz Rosas, Nilton del Carpio o Luzgardo Medina, han enriquecido un conjunto en el que autores como Odi Gonzales, Esther Villafuerte, Luz Vilca, Rosa Elena Maldonado o Pacha J. Willka conformaron una generación que cambiaría la visión peruana respecto a lo que hasta entonces, y con clara influencia limeña, se consideraba la generación peruana de los ochenta.
La propuesta de Guissela Gonzales Fernández obliga a voltear la mirada hacia el sur del Perú, desde donde se podría reconfigurar el canon literario peruano. Señala que hay una limitada comprensión de lo poético nacional a raíz de circunstancias históricas que han derivado en actitudes racistas y centralistas y, en consecuencia, relaciones tensas entre Lima y otras regiones del Perú. La literatura se abre camino en estas y otras circunstancias y continúa su rumbo. Mirar el sur es descubrir un nuevo norte. No se trata de una reivindicación poética, política o cultural sino, más bien, de la consolidación de una posición poética, de la afirmación de una propuesta estética que asume distintas formas de ver una misma realidad. Por supuesto, esa manera de ver la realidad de fin de siglo de un país siempre en llamas, es también la continuidad de una experiencia artística, diversa, contemporánea y renovadora.
Poesía peruana: Alfredo Herrera Flores
Leemos poesía peruana. Leemos algunos textos del poeta, ensayista y narrador Alfredo Herrera Flores (1965). Estos poemas pertenecen a su nuevo libro, No es este tu reino (editorial Navaja, Iquique, Chile, 2025).
Alfredo Herrera Flores (Lampa, Puno, 1965). Estudió literatura y periodismo en Arequipa y tiene estudios de maestría en literatura latinoamericana, mención estudios culturales, y en comunicación para el desarrollo. Ha obtenido el Premio Copé de Oro de la VII Bienal de Poesía, en 1995, ganador del Premio de Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro”, Lima, 2023; finalista del Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” en 2017; antes obtuvo mención honrosa en el Premio Poeta Joven del Perú. Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos: Elogio de la nostalgia (Lluvia editores, 1995), Montaña de jade (Ediciones Copé, 1996, Hijos de la lluvia, 2021), Mares (Lago sagrado editores, 2002), Falsedad bellísima (Cascahuesos / editorial Cartonera, 2016), Causas naturales (La Travesía editores, 2019), Acerca de la palabra imán (Hijos de la lluvia, 2020), el ensayo Formas del fuego, Cusco visto por seis narradoras y narradores cusqueños (Hijos de la Lluvia, 2022; Ergo, 2023); la novela Las alas de la libélula (Ediciones BCRP, 2024). Ha ocupado diversos cargos en la administración pública y ejerce la docencia universitaria. La editorial chilena Navaja acaba de publicar su poemario No es este tu reino. Mantiene la columna El barco ebrio, que se publica en revistas y periódicos de varios países, y el blog La silla prestada. Ajeno a los circuitos comerciales de la literatura es, sin embargo, uno de los escritores más importantes del Perú.
***
I
He sentido, en mitad de mi sueño, tu presencia,
¿o ha sido tu ausencia?
He despertado, sin embargo, de tal alucinación,
libre de angustias, sudores o agitación alguna.
No eras tú la mujer que se acercó en la bruma de la noche,
sigilosa, a besarme, rodeándome con sus brazos
y su tragedia,
a besarme con sus armas nebulosas,
sus barricadas,
pero estabas ahí, en el calor
y el aroma de ese abrazo brumoso,
en esos labios furtivos
y aquellas palabras ancestrales convertidas en cantos.
Son los tiempos, Antígona,
los siglos en que hemos abolido la distancia,
pero no la memoria.
V
¿Es este mi cuerpo insepulto?
¿Es mi alma? ¿Soy la sombra de una libélula?
¿Veré la tarde ser noche luego día?
¿Volveré para despedirme de Hemón?
¿Este es mi rostro, mi rastro, mi resto?
¿Tocaré las puertas de palacio, del laberinto?
¿Buscaré alianzas con el poder?
¿Abrazaré a los estudiantes detenidos por la policía?
¿A cuántos vivos enterraré luego?
¿Sentiré la luz derretirse en mi espalda?
¿Seré la piedra que va a dar al mar, el río, la nube?
¿Con quién celebraré las derrotas?
¿Pensaré dos veces antes de volver a la vida?
¿Desconectaré aparatos, instrumentos, herramientas, máquinas?
¿Cruzaré las fronteras alambradas, alumbradas?
¿Entraré, por fin, a la ciudad?
XVI
Había pasado tarde, noche y día,
otra vez, aún íbamos de la mano,
pero ya no sabíamos dónde estábamos.
La confesión de aquellos jóvenes detuvo tu corazón
por un instante, suficiente para entender una historia.
No hacías preguntas, nunca las hiciste, aun
cuando no preguntaron por ti al final de la batalla.
Pero aquellos muchachos, tristes y cansados,
te hablaban con los ojos, te señalaban la fosa común
en medio de las lomas, donde todavía esperaban,
tomados de la mano, la visita de sus padres.
Ah, Antígona, mira dónde viene a descubrir la fraternidad.
XX
Con la frente en alto, Bartolina Sisa te saluda
desde el otro lado de la niebla.
Tú la reconoces porque has visto la caída de Tebas,
/de Santiago, Managua, Cusco, San Juan/,
has visto el fin de los imperios,
has llorado con las mujeres y amamantado a hijos ajenos.
Nadie te habla en este desierto que es una patria nueva.
Pero te ven, mujeres venidas de África,
de la India, de las lejanas costas orientales,
de las húmedas tierras del norte, de las frías cordilleras andinas.
Tú saludas con aquella mirada fulminante
que enamoró a Hemón y envidiaba Yocasta
y enojaba a Creonte y enternecía a Polinecis.
Mis ojos serán mi tumba /dijiste/
ahora lo repites, perdida en este lejano desierto,
cerca del mar esquivo y profundo,
en las puertas no usadas de La Sagrada Familia.
XXIX
Los caminos estaban trazados desde antes.
/¿Antes de qué, de quién?/
Descubrí que los caminos estaban trazados
con palabras y más palabras.
Seguir las palabras era buscar un destino.
Las palabras podían mantener en pie un árbol.
Un árbol podía caminar sobre el mar.
El mar está lleno de palabras como de misterio la cordillera.
Cuando alguien se hunde en el mar el mar lo devora.
El mar no devuelve cuerpos, devuelve recuerdos.
La cordillera sepulta pueblos y palabras.
El hombre —solo— sobrevive en el exilio contando palabras para volver;
mientras tanto, aprende a oír, a escuchar,
así, hasta el olvido.
La música aparece en el camino,
entre la ciudad del lago y la ciudad de los volcanes,
mal llamada blanca, pero se la lleva el viento;
la devuelve, años después, en voz de mujer.
XLII
Te preguntas, al final de la jornada,
cuando has medido la cuerda, la altura, el vacío.
Cuando estabas segura de no culpar a nadie.
Cuando estabas segura de no recordar a nadie.
¿Hay algún ruido?
¿Algún lamento /llanto/ suspiro que atender?
Son simples maneras de ver lo mismo.
Hurgar en el pensamiento
como quien husmea en la cloaca.
Imposible no disimular serenidad,
Antígona,
ahora que cuelgas.
Hace cincuenta años, en la ciudad del Cusco, un grupo de amigos editó a mimeógrafo el primer libro del ecuatoriano Ricardo Torres Gavela. Ahora, la editorial Sieteculebras ha reditado un libro que reproduce aquella edición y añade la versión impresa moderna, además de un prólogo del propio autor y un testimonio de Manuel Gibaja. Esta silla se acomoda para esta lectura histórica, que también se publica en la revista venezolana Letralia.
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| Ricardo Torres Gavela |
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Redición
del primer libro de Torres Gavela
Por:
Alfredo Herrera Flores
La
editorial peruana Sieteculebras, que opera desde Cusco bajo la dirección de
Mario Guevara paredes, acaba de reditar el poemario Mientras las cadenas
danzan sobre el cadáver, del poeta ecuatoriano Ricardo Torres Gavela, al
cumplirse cincuenta años de su primera edición. Guevara también hizo posible la
primera edición, en el lejano 1974, trabajando el texto en el taller del pintor
Manuel Gibaja e imprimiendo de manera artesanal en un mimeógrafo, artículo muy
útil en esos años para publicaciones urgentes, efímeras o clandestinas.
El
nuevo libro reproduce aquel texto mimeografiado, que ha sobrevivido al tiempo y
los embates propios de una publicación que levantó la voz oportunamente, y se
inicia con un preámbulo del propio autor, que, a guisa de testimonio, rememora
el proceso de creación y publicación de su libro. Se añade la versión moderna y
un texto de Gibaja, que recuerda la participación de varios personajes entonces
veinteañeros y casi adolescentes tanto para las ilustraciones del libro como
para su impresión, entre ellos el extraordinario acuarelista Luis Palao.
Hace
medio siglo varios países latinoamericanos estaban bajo regímenes
dictatoriales, gobernados por juntas militares, generales o coroneles que
entraron a patadas en las sedes gubernamentales o civiles manipulados desde las
sombras del poder por los uniformados. Ecuador, donde Ricardo Torres había
nacido en 1953, no era la excepción. Allí gobernaba Guillermo Rodríguez Lara,
alias “Bombita”, con las mismas prácticas abusivas de sus colegas. Al enterarse
de la publicación del poemario de Torres, en Cusco, declaró al poeta como
traidor a la patria por publicar su libro en otro país y ordenó la confiscación
del libro por considerarlo subversivo.
Por
esos años, en que América Latina hervía también de revolución y literatura,
muchos artistas, especialmente escritores, publicaban novelas sobre el poder,
poemarios que cantaban a la revolución, ensayos en los que se decían y
desdecían de sus propias ideas, ganaban premios, se los negaban, se exiliaban,
se insultaban, se reunían en congresos. Eran felices. Ricardo Torres decidió ir
al sur, pero el golpe del 73 en Chile cerró las puertas de Arica y el poeta se
desvió a Cusco, a Urubamba, y ahí es donde brota la historia que, cincuenta
años después, rebrota como las flores andinas que suelen abrir sus pétalos con
décadas de pausa.
Mientras
las cadenas danzan sobre el cadáver se inicia con una
declaración de principios: “Me opongo a la oposición / al vicio por el vicio /
(…) / a los amores platónicos /personalmente los ignoro / Como a todo
presidente / me opongo al techo camino de cabeza”. Por un lado puede leerse
como una cuestión de posición política personal, individual, propia de la
actitud contestataria juvenil (Torres tiene 21 años cuando publica este su
primer libro), pero por otro lado, puede interpretarse como la naturaleza o
función de la poesía y el poeta, el de colocarse al otro lado del sistema.
Esta
propuesta dominará temáticamente el libro. El cuestionamiento de los abusos del
poder, la imposición de ideas o la reivindicación de la justicia y la igualdad,
se repasan con un lenguaje sin rodeos. Todo se cuestiona en pocas palabras,
hasta la cotidianidad en que nos desenvolvemos nos trae, de un momento a otro,
un descubrimiento. Es interesante e intenso el poema “Sorpresa matinal”, que se
inicia así: “Te reconocí, amada mía, / a los tres años de casados, / con el
primer niño de alegría / caminando / y el último que tanto dolor te trajo /
pronunciando sus palabras.”
Como
se ve, la voz del poeta abarca sus temas con un sentido crítico. No analiza ni
se extiende en reflexiones, sino que mantiene la posición inicial de mostrar el
otro lado de la realidad, aquella que suele quedarse en la memoria, en la
emoción intima o en el pudor. Así, la poesía cumplirá con su función de descubrir
el verdadero universo del poeta y su entorno, lo que, de todas maneras,
generará incomodidad.
Vale
destacar el rescate, a modo de edición conmemorativa, del primer libro de
poesía de Ricardo Torres Gavela. Luego de aquella experiencia, su ruta vital lo
ha sacado de Cusco y lo ha llevado a estudiar medicina y especializarse en
pediatría; ha hecho una carrera importante en ese campo y no ha abandonado la
poesía, reuniendo más de una docena de libros.
El texto de Katherime Medina sobre No es este tu reino (Navaja, Iquique, 2025) se publica también en la revista venezolana Letralia y en el blog La ubre amarga. A mi me queda volver a agradecer su lectura y revisión, y a los editores amigos la difusión. Esta silla retorna luego de algunas semanas de descanso para invitarlos a esta nueva lectura.
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Último libro de Alfredo Herrera
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«No es este tu reino » de Alfredo Herrera Flores: aunque no haya nombre
Por Katherine Medina Rondón.
No es este tu reino, de Alfredo Herrera Flores, no es simplemente un libro de poemas: es un acto de desplazamiento, una travesía, una conversación profunda entre el mito, la historia y los cuerpos ausentes. Desde las primeras páginas se percibe que lo que se propone no es una lectura convencional ni un gesto estético ornamentado, sino una confrontación directa con las ruinas de la cultura, con las huellas de las mujeres silenciadas y con las geografías del duelo.
Este libro se articula en tres movimientos —Antígona canta, Antígona llora, Antígona recuerda—, que son al mismo tiempo fases de un duelo y estaciones de una marcha. El título, No es este tu reino, ya anuncia la fractura: nos habla desde el exilio, desde lo que no fue, desde el desarraigo. Pero también desde la persistencia. Hay un doble gesto en este enunciado: uno que niega el lugar, y otro que, al nombrarlo, lo reconstruye simbólicamente.
Antígona —esa figura de la resistencia frente al poder, de la ética frente a la ley— es el eje mitológico de la obra. Pero Herrera la traslada a otras temporalidades, a otros paisajes. Esta Antígona no habita Tebas, sino un territorio donde conviven el desierto, las ciudades latinoamericanas, los campos de batalla del siglo XX y las luchas actuales. Antígona camina, canta, recuerda, pero sobre todo es testigo. La vemos reaparecer en las mujeres que enterraron a sus muertos en dictaduras, en las que cruzan fronteras buscando justicia, en las que se oponen a los silencios oficiales.
El desierto aparece una y otra vez como espacio simbólico. Pero no es sólo paisaje: es archivo. En el poema VIII se lee: “En el arenal está enterrada nuestra historia.” Esta afirmación convierte el territorio en un palimpsesto. Cada grano de arena contiene restos, memorias, cadáveres, secretos. El desierto es el espacio de la pérdida y, a la vez, el de la revelación. No hay aquí una estética de la nostalgia, sino un uso poético de la geología como forma de memoria política.
Uno de los recursos formales más potentes de esta obra es la interrogación. Decenas de preguntas atraviesan los poemas. Algunas son existenciales, otras profundamente políticas, otras infantiles o desgarradoramente cotidianas. En el poema V, por ejemplo:
“¿Este es mi rostro, mi rastro, mi resto?
¿Tocaré las puertas de palacio, del laberinto?
¿Buscaré alianzas con el poder?”
No se trata de buscar respuestas, sino de abrir espacios de resonancia. Estas preguntas son formas de presencia. La pregunta funciona como lugar de encuentro entre el yo poético y sus múltiples fantasmas: los hermanos muertos, los desaparecidos, los pueblos enterrados.
La palabra “reino” en el título —y repetida a lo largo del libro— adquiere una dimensión ambigua. No se refiere a un espacio de poder o de gloria, sino a una utopía fallida, a un país que ya no acoge. Este no es tu reino, dice la voz, porque el lenguaje, la historia y el cuerpo han sido expulsados. Pero en esa negación se construye también una forma de pertenencia. Pertenecer al no lugar, al no tener casa, al andar. En el poema XXII se dice: “Nadie te sobrevive, Antígona, salvo esas mujeres que siguen luchando en la aurora”. Ahí se cifra la tesis política de la obra: la historia oficial fracasa, pero hay otras formas de transmisión, otras genealogías, femeninas, colectivas, que resisten.
Hay también una gran potencia visual y táctil en la escritura. Las imágenes de la arena, del mar, de los cuerpos rotos, de los pueblos sin nombres, no son recursos literarios, son formas de acercamiento a lo real. Hay una materialidad en cada verso: se siente el peso de la historia, la textura del desierto, el filo de la injusticia. En el poema XXXI, por ejemplo:
“Estudié todo lo inservible. Lo supe todo.
Huía por las mañanas, por las tardes portaba carteles.
Lanzaba piedras a la policía, orinaba a las estatuas.”
Aquí, el sujeto poético no habla desde la teoría ni la distancia. Habla desde el cuerpo, desde la calle, desde la memoria encarnada.
Otro punto central de la obra es la relectura del mito. Yocasta, Creonte, Hemón, Tiresias aparecen una y otra vez, pero ya no como personajes estáticos, sino como espectros que atraviesan distintas épocas. En esta relectura, el mito no se repite: se transforma, se ensucia, se vuelve a pisar. Tiresias ya no es el sabio, sino alguien que no supo ver. Creonte no es sólo el tirano, sino un hombre vencido por su propio fracaso. Y Antígona no es sólo la mártir: es la que sigue preguntando. La que no acepta el cierre.
En la segunda parte, Antígona llora, el llanto no es resignación: es otro modo de hablar. Llorar se convierte en un acto lingüístico, en una forma de testimoniar. En el poema XVII, se lee:
“Un mar de mieles recorre tus venas de sur a norte.
Una flor recién abierta vive en tu costado.
[…]
Nadie se despide si no pronuncia tu nombre, aunque no lo sepan.”
Este pasaje muestra cómo la figura de Antígona se diluye en muchas otras: madres, combatientes, mujeres que tejen redes de afecto y dolor. La poesía, aquí, es una forma de cuidado. No hay solemnidad vacía, hay ternura activa.
En la tercera parte, Antígona recuerda, el texto se vuelve aún más íntimo, pero no menos político. El recuerdo es una forma de sostener la historia. La infancia, la ciudad, la madre, los amigos muertos, las migraciones, las pérdidas: todo aparece no para completar una autobiografía, sino para mostrar que la vida misma es un archivo frágil, hecho de retazos, de voces, de objetos rotos.
Y, sin embargo, hay también una afirmación de vida en todo este dolor. En el poema XXXIV se lee:
“Recordé haber surcado ríos y navegado lluvias.
Otros Lugares era el destino final, siempre,
pues yo soy Antígona en este nuevo siglo…”
Ahí se revela lo esencial: esta Antígona 2.0 no busca ser mártir, sino caminante. El libro no clausura, sino que abre. Es una bitácora para seguir andando. Para recordar, para llorar, para cantar, como las mujeres que nos preceden y que siguen diciendo: esta no es mi casa, pero aquí estoy. Aquí nombro. Aquí resisto.
No es este tu reino es, en ese sentido, un libro necesario. Porque no ofrece respuestas ni redenciones. Lo que ofrece es lo más radical de la poesía: un lenguaje donde habitar lo irrepresentable. Un lenguaje para sostener lo que no se puede decir. Una forma de seguir vivos. Aunque no haya reino. Aunque no haya casa. Aunque no haya nombre.
El semanario El Búho publica este breve texto sobre la antología de poesía publicada por la poeta Gloria Mendoza y el festival Ella, sobre el papel de la mujer en el ecosistema del libro y la lectura, que se acaba de realizar en Arequipa, en coincidencia de las celebraciones por el Día Internacional de la Mujer. Esta silla le da su lugar a estas iniciativas que persisten en el afán de visibilizar, con justicia y derecho, a la mujer en los procesos de desarrollo cultural.
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| Una de las mesas de debate del festival Ella |
El barco ebrio
Una antología de poesía y un festival cultural
para visibilizar a la mujer
Escribe: Alfredo Herrera Flores
Tal vez el libro Las mujeres en la poesía peruana, que contiene una antología preparada por la poeta Gloria Mendoza Borda, y el festival “ELLA, la mujer en el ecosistema del libro y la lectura”, realizado en Arequipa del 6 al 8 de marzo de este año, sean las últimas acciones literarias de alcance nacional que se han realizado teniendo a la mujer como centro de atención y protagonista principal. Es cierto que, en cada ciudad, en casi todas las comunidades del país, se hayan realizado actividades para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Pero lo más probable es que se hayan limitado a recordar la fecha. Y no a fortalecer la presencia de la mujer en el proceso de desarrollo de la cultura y de la sociedad.
Hay, por cierto, muchos antecedentes, de antologías, estudios, recopilaciones, tesis, análisis académicos, encuentros, festivales, congresos, homenajes. Muchos que se han publicado y realizado a lo largo del país y desde hace varios años, ya sea con carácter analítico o reivindicativo. Y todos ellos han aportado a visibilizar el trabajo literario y cultural de miles de mujeres peruanas. Sería largo enumerar, pues además del riesgo de olvidar algunos, no es ese el fondo del asunto, sino el de mantener vigente la presencia femenina en un ámbito de las manifestaciones culturales tan complejo como la literatura.
El libro de Gloria Mendoza reúne a 19 voces femeninas, sin necesidad de forzar coincidencias temáticas o formales. Pero reflejan una presencia influyente en la poesía contemporánea peruana. Desde nombres ya clásicos como Blanca Varela o Carmen Ollé, hasta nuevas y ya maduras literariamente como Andrea Cabel y Victoria Guerrero. La poesía de estas mujeres es una clara muestra no solo de su aporte a la renovación del proceso de la literatura peruana de la última parte del siglo pasado y los primeros años del presente, sino también de la riqueza de propuestas estéticas a las que hay que poner atención para entender mejor nuestra realidad.

Hay que destacar en esta propuesta, sin embargo, la presencia de la arequipeña María Antonieta Tejada. Tal vez la escritora con mayor firmeza creativa de las poetas arequipeñas de los últimos años. Su poesía, intensa, cuidadosamente elaborada, es un claro ejemplo de cómo se asume la lectura y la influencia de otros autores para incorporarlas en sus experiencias personales, cotidianas, donde la memoria y la reflexión juegan un papel protagónico.
Otras voces femeninas que se han ido incorporando al amplio espectro nacional. Y Mendoza las considera para fortalecer su presencia y se visibilice su nombre y su obra son Carolina O. Fernández, Ana Varela Tafur, Zoila Capristán, Dina Ananco. Provienen de diferentes partes del país, de lugares que históricamente las mujeres también acaban relegados en los procesos culturales, como la Amazonía. Si bien la antología no cuenta con un estudio académico o complejo para analizar la obra de las seleccionadas, su aporte es importante para cumplir con objetivo plural e inclusivo respecto a generaciones y procedencias.
Ampliando la mirada y atención sobre el protagonismo y aporte de la mujer en el mundo literario, el festival Ella, ha logrado reunir durante tres días de trabajo no solo a escritoras, sino también a editoras, periodistas, empresarias, libreras, diseñadoras y otras agentes del proceso editorial. La actividad, beneficiaria de los estímulos económicos para la cultura que otorga el Ministerio de Cultura, la organizó la Red de Escritores de Arequipa. Tuvo el apoyo de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, la colaboración de la casa cultural Herencia, el programa Entre Líneas y el Diario EP. Fiorella Valencia y Sarko Medina son los personajes visibles de la organización.
Durante tres días, diferentes espacios de la ciudad fueron ocupados para realizar talleres de creatividad y formación literaria, conversatorios sobre literatura, edición y periodismo culturales, recitales de poesía, conferencias y debates sobre la problemática editorial y el proceso de promoción del libro, la lectura y la cultura en general, con presencia de mujeres escritoras y artistas provenientes de diferentes partes del país. Es probable que este evento se convierta, con el tiempo, en uno de los actos fundacionales de un proceso que debe ser asumido con más amplitud por entidades de mayor alcance también, como las universidades, los gobiernos locales y la empresa privada.
El ecosistema del libro y la lectura es un complejo espacio social, parte fundamental de las industrias culturales. Involucra a prácticamente todos niveles y sectores de la comunidad y de la economía nacional. Nada en la sociedad es ajeno al libro. Desde los padres de familia hasta el sistema educativo, desde las imprentas hasta las librerías, desde la producción de papel hasta los espacios recreativos. Y desde diseñadores hasta escritores y lectores, todos estamos involucrados directa o indirectamente con el libro y el acto de leer. Y en esa gigantesca cadena, se ha demostrado que la mujer juega un papel muy importante. Es esa, precisamente, una de las ideas centrales del festival que se ha desarrollado con éxito en nuestra ciudad.
Vale la pena anotar estas dos acciones para destacar la dinámica cultural con que nuestra ciudad se desenvuelve cotidianamente. Las presentamos como ejemplos notables, sabiendo que hay muchas otras iniciativas de gestores culturales, instituciones públicas y privadas, colectivos y asociaciones que impulsan círculos de lectura, bibliotecas itinerantes, ediciones accesibles, encuentros juveniles y tantos otros espacios que impulsan la economía y generan desarrollo.
Se publica esta semana en la revista venezolana Letralia y el semanario El Búho, mi columna El barco ebrio, esta vez con un comentario a la novela El futuro (Seix Barral), novela del argentino Gonzalo Garcés. Una interesante historia cuyo trasfondo nos encara una reflexión sobre el desencanto y la íntima necesidad de seguir creyendo en el futuro. Esta silla se acomoda para repasar este inquietante tema y los invita a leer el libro.
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| Gonzalo Garcés |
El barco ebrio
Decadencia y desencanto en una novela de Gonzalo Garcés
Escribe: Alfredo Herrera Fliores
Hacia los años noventa del siglo pasado, en medio de un congreso de estudiantes en Santiago de Chile, escuché la conferencia de un profesor en la que hablaba de la generación del desencanto. Se refería, justamente, a quienes en ese momento nos reuníamos y éramos su público: jóvenes latinoamericanos de entre veinte y treinta años que tomaban conciencia de su entorno y definían sus vocaciones o rumbos profesionales en pleno cambio de siglo. Por entonces, no entendí del todo el alcance de sus afirmaciones. ¿De qué nos desencantábamos si recién empezábamos a configurar nuestro futuro?
Al leer la novela El futuro (Seix Barral, 2003), de Gonzalo Garcés (Buenos Aires, 1974), no sólo he recordado aquellas reflexiones, sino que he podido repasar la idea del desencanto y entender, un poco mejor, que aquel profesor ahora anónimo no hablaba de ese presente, ni del pasado, sino del porvenir. El futuro es un concepto idealista, está en permanente construcción, no se concreta, es infinito y, como el destino, es individual. Si para un individuo el futuro puede ser una meta, para la sociedad es una consecuencia.
El tiempo se mide de muchas formas; una de ellas es fragmentar largos períodos en generaciones. Una generación se define por un lapso que separa a un padre de su hijo, que en promedio es de veinte años. Generalmente, una persona está en condiciones de tener un hijo y aportar a su sociedad de forma responsable entre los veinte y los treinta años; a esa edad puede darse cuenta de las condiciones de su entorno, analizar el pasado y proponer un futuro. La novela de Garcés grafica esta idea al relatar el reencuentro entre un padre y su hijo en un escenario y época que, al mismo tiempo, están en pleno proceso de cambio.
El futuro, de Gonzalo Garcés (Seix Barral, 2003). Disponible en AmazonEl futuro
Gonzalo Garcés
Novela
Seix Barral
Barcelona (España), 2003
ISBN: 978-8432211485
288 páginas
Podemos afirmar, también, que toda generación es parricida, trata de anular al padre, a la generación inmediatamente anterior, para imponer una nueva manera de ver el mundo, proyectarse y desenvolverse en él. El narrador peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) reflexiona en Prosas apátridas (1975) al ver a su hijo destrozar los artefactos del hogar, y dice que lo hace de manera inconsciente porque los va a reemplazar en el futuro. Es el ciclo natural de la vida y los cambios de la sociedad, y a pesar de ser un asunto tan cotidiano, no logramos aún asumir ese desfase generacional y, al enfrentarlo, entramos en crisis.
En la novela de Garcés, Miguel, un chileno cincuentón, va al encuentro de su hijo Joaquín, veinteañero, recién casado, a París, justo cuando estalla una de las huelgas que paralizan la ciudad. Este encuentro va a generar un enfrentamiento sentimental, de mutuos reclamos, donde Joaquín demanda el papel de padre a Miguel y éste se excusa en el trato que recibió de su padre; donde Miguel le reclama a Joaquín su actitud de hijo distante y hosco, mientras que recuerda cómo fue él frente a su padre autoritario e irracional. Joaquín acaba de casarse, no piensa en tener hijos aún, y no tiene idea de cómo actuará entonces.
Alrededor de esta experiencia, hay varias situaciones y otros reencuentros de Miguel, con amigos y ex parejas, que lo empujan a recordar su época juvenil, en Chile, al iniciarse la dictadura de Pinochet. Toma conciencia, entonces, del desencanto. A dos décadas del inicio de la férrea dictadura militar, cuando la tecnología de las comunicaciones está tomando forma al finalizar el siglo, Miguel se da cuenta de que nada de lo que ha soñado en su juventud se ha hecho realidad, o por lo menos él mismo haya podido cumplir y realizarse como persona. Ahora está envejeciendo, sus amigos y camaradas están en la miseria o agonizando, y el mundo está volviendo a cambiar con los jóvenes en las calles, enfrentándose a la policía, hablando de filosofía y revoluciones en bares y discotecas.
Su crisis llega al clímax del drama cuando está a punto de intimar con la esposa de su hijo, que a su vez le reclama a Joaquín mayor atención y él aún no encuentra la manera de hacerla sentir bien como mujer, esposa y persona, pero no puede porque ha contraído una infección venérea que lo humilla. Joaquín cuestiona todo influenciado por el pensamiento de un filósofo en decadencia, pero la pelea con su padre, y el develamiento de un secreto del filósofo y su posterior muerte, hacen que ponga pies en tierra y piense en el futuro; su primer paso será recuperar a su esposa.
La metáfora del futuro se va a resumir en una escena dramática. Miguel se desvanece en un baño y sentirá que ya ni la muerte podrá ser peor a la vergüenza y deshonra de la edad y la enfermedad.
Miguel siente que ha perdido todas sus batallas. “¿Y fuimos lastimados? Sí. ¿Y perdimos todas nuestras apuestas? Sí, claro que sí”. Siente que su derrota no es individual, sino colectiva, social, generacional. El mundo que le toca vivir a los cincuenta, sesenta años, sin aún ser anciano, pero sabiendo que ya no es joven, es decadente. No ha triunfado ninguna revolución, el mundo no es mejor que antes, los imperios se desmoronan, las guerras se rehacen, el hombre se aísla.
La metáfora del futuro se va a resumir en una escena dramática. Miguel se desvanece en un baño y sentirá que ya ni la muerte podrá ser peor a la vergüenza y deshonra de la edad y la enfermedad: “Entonces la muerte ya no nos tocará. Uno puede seguir diciéndose aquello, por supuesto, mientras a su alrededor el sueño se deshace”. Cuando trata de incorporarse, su mayor miedo es alcanzar a mirarse al espejo. El futuro puede ser el momento en que nos veamos como realmente somos, que el tiempo nos refleje nuestra condición decadente y desencantada.
Sin embargo, el futuro es también esperanzador. Joaquín va a tener un hijo y adopta al perro que Miguel recuperó de un espacio lóbrego e incierto. Las cosas quedarán para que la siguiente generación las enfrente e intente cambiarlas, el mundo seguirá siendo un buen lugar, los jóvenes siempre saldrán a las calles a intentar mover el mundo y ajustar tuercas y engranajes. Gonzalo Garcés, premio Biblioteca Breve del año 2000, ha construido un relato de la intimidad, y desde ahí ha hecho aflorar una visión de la sociedad de hoy. Tal vez el futuro no sea lo que esperamos ni lo que construimos, sino lo que heredamos.
Esta semana aparece en el blog de la revista de literatura Nuveliel una reseña sobre mi libro Causas naturales (La Travesía, 2019), escrita por Moisés Jiménez Carbajal, lo que valoro y agradezco. La nota se puede leer en las redes sociales de la revista y esta silla se acomoda para compartir la apreciación de Moisés.
Reseña sobre «Causas naturales» de Alfredo Herrera Flores
HERRERA FLORES, ALFREDO: CAUSAS NATURALES. AREQUIPA, LA TRAVESÍA EDITORA, 2019, 74 PP.
Moisés Jiménez Carbajal[1]
Causas Naturales es el nombre del decimoprimer libro del poeta puneño Alfredo Herrera Flores. Publicada por La travesía Editora el año 2019, la obra se suma a libros ya consagrados del mismo autor, como Recital de Poesía (1990), Montaña de Jade (1995) o Mares (2002). La edición es materialmente novedosa, una especie de sobrecubierta negra muestra un luto aparente que reviste una cubierta de aves en un fondo blanco, una casa también se hace forma en ese centro; la contratapa muestra un camino de tonalidades rojas en un paisaje altiplánico; signos ya de entrada extensivos a la idea del título. Causas naturales, según podemos colegir del epígrafe inicial, es la metáfora con que el lenguaje periodístico y policial se refiere a la muerte que no fue por algún accidente o por la mano del hombre. No obstante, la idea es más compleja, la idea común es que una muerte por causas naturales «es el resultado de una enfermedad o un mal funcionamiento interno del cuerpo no causado directamente por fuerzas externas», pero el poeta extiende aún más la metáfora y consigna elementos que han sido parte constitutiva de una vida y que son, a su vez, parte constitutiva de una muerte.
Dos poemas largos son los dos grandes centros del libro, significativos por su calidad y por su singularidad no exenta de entereza. “Testamento elemental” tiene el tono genérico de los poemas de vejez, donde el poeta tensa la riqueza de su experiencia con el tiempo inexorable y su frágil instrumento en la palabra. Blanchot, en un texto también testamentario, escribe: «Todo lo que decimos no tiende si no a ocultar la única afirmación: que todo debe desaparecer y que no podemos permanecer fieles más que velando por este movimiento que desaparece, al que algo entre nosotros, algo que rechaza todo recuerdo, pertenece desde ahora». Alfredo Herrera vela este movimiento en la paradójica palabra «dejar», a diferencia de un objeto que un testamento deja, la palabra poética deja en la medida en que está afirmando que se deja a sí misma: «Dejo suspendido en su vuelo el colibrí, / Dejo la sopa caliente y los versos de Vallejo». El don del testamento es el propio testamento. La experiencia íntima e inabarcable del poeta es solo posible en el verso que rechaza todo recuerdo y, a la vez, nos lo regala en el fruto del poema: «Dejo la música que he escuchado durante las tardes, / las canciones de la abuela y los susurros de mi madre». Incluso la experiencia más interior se hace algo ajeno: «Dejo lo que no es mío, lo que fue y lo que pudo ser a quien lo necesite». El poema, así, se abre a una ausencia compartida y a la desaparición, cuya sustancia es la muerte: «Dejo mis palabras como antes dejé mis huesos». Y este sustantivo puebla todo el libro. El poeta habita el tiempo a través de la palabra, y habita también su dinámica de extinción e imagen. El modo patético y lúcido con que el poeta toma autoconciencia de esto es, en ciertas partes, memorable.
El segundo gran poema del libro es “Canciones para olvidar a Siylvia Plath”. El texto se divide en 16 partes y exacerba la poética de la insuficiencia de la palabra. El interlocutor es la poeta suicida norteamericana. La insuficiencia se nutre de la imposibilidad de una respuesta: «tú permanecerás bajo el signo inequívoco de la ausencia», y del conflicto insistente en la obra de ella sobre la relación entre palabra y soledad y muerte. «La muerte, Sylvia, la vida / baja por tus ojos como yo por tus palabras». Pero más que a la obra misma, lo que el poeta recuerda de ella es el gesto definitivo que le otorgó un relieve luminoso; no exactamente el suicidio, sino la vida en estado de suicidio: «Morir/ Es un arte, como cualquier otra cosa / Yo lo hago excepcionalmente bien». Es así que la palabra y su carencia enciende su falta bajo el signo de la muerte, y las causas naturales, pasan a tomar forma a través de ella; ese es, de algún modo, la lección de Plath: «Más transparente que un relámpago tu recuerdo nos persigue».
La existencia acecha con su insistencia, y al final, las causas naturales son los signos que irremediablemente tenemos que cargar. Más allá de la palabra, el poeta recuerda (y en su recuerdo contempla) los lugares y momentos, las causas naturales y su condición de referente. La casa: «somos la casa y su mesa y la leche»; las estrellas: «estrella celeste de pandereta y sombrero»; el río: «nadie hay que resuelva el enigma de todas las formas del río»; la noche: «ella toca la noche invisible /como lo haría con un poema»; las cordilleras: «Cordillera, patria, lejanía de las piedras, en tus entrañas vive la canción, la palabra»: todos estos significantes eslabonan una cadena donde la causa está ausente, pero la voluntad melancólica —con su neblinosa intensidad— está muy presente. «Emprendo el camino de regreso» se dice en el último poema, y «olvidarlo todo», para vivir su propia muerte como predicaba Rainer María Rilke.
Para acabar, he de decir que el gran testimonio y visión que plantea el libro no lo hace exento de irregularidad y predilección por exponer imágenes más que por presentarlas, tampoco exento de alguna insistencia retórica obnubilada por el verso libre.
En el semanario El Búho se publica este comentario sobre el último número de la revista de cultura Sieteculebras, que, según su director, Mario Guevara Paredes, será el último en papel, ´para persistir en formato digital. Esta silla celebra la persistencia y les deja una mirada a su contenido y seguir alimentando con la lectura a esta serpiente ilustrada.
SIETECULEBRAS CAMBIA DE PIEL
Escribe: Alfredo Herrera Flores
El escritor Mario Guevara Paredes ha anunciado que el último número de la revista Sieteculebras, que acaba de entrar en circulación, será realmente el último. Claro, visto así, resultaría lamentable, pero, lo que en realidad ha anunciado, siendo su director desde hace más de treinta años y por cincuenta y dos ediciones, es que dejará de publicar en papel y se trasladará a una página virtual, o electrónica. En este último número, Guevara reproduce una nota introductoria del 2006, cuando también se suponía el fin de la revista y que, a la larga, hoy, sería solo la mitad del camino recorrido, en el que reclama el poco apoyo de entidades públicas y privadas a proyectos como las revistas de literatura.
Sin embargo, Sieteculebras ha resistido y aquel reclamo cobra renovada vigencia. En varias oportunidades, debido a su persistencia editorial, Mario Guevara ha recordado las motivaciones y circunstancias que dieron nacimiento a la revista, que toma el nombre de una breve y angosta calle en el centro histórico, que conecta la plaza Las Nazarenas con una calle aledaña. En ese lugar se levantó, hace más de 500 años el Yachaywasi, o escuela de la capital del Tawantinsuyo, donde se formaba y educaba la élite inca, y en sus paredes están talladas en la milenaria piedra culebras o serpientes, símbolo mitológico de la sabiduría y el conocimiento.
Lo importante es que la revista ha logrado sobrevivir a la dramática experiencia literaria del número único y es, hoy, una de las publicaciones culturales periódicas más antiguas e importantes del país. Su circulación ha traspasado fronteras y continentes y se lee en Cusco, México o Asia como en África gracias a la solidaridad de los amigos que sin ningún interés personal trasladan gratuitamente ejemplares para compartirlos con los amigos o hacerlos llegar a los autores, que son de muchas partes.
Mario Guevara, conocido además por su maestría en el cuento y las narraciones breves, el cine y su voz siempre alzada en favor de la cultura, se jacta, y con razón, de haber recogido en las páginas de la revista todas las artes. Ha publicado desde poesía hasta ensayo, fotografía y pintura, teatro y música, y cuenta por cientos a los autores que han publicado, desde jóvenes hasta consagrados, nacionales y extranjeros, amigos y enemigos, sin censuras ni restricciones.
Al repasar el contenido del último número impreso de Sieteculebras, se puede tener idea de lo plural e interesante de sus publicaciones. Rafael Ojeda estudia a José Carlos Mariátegui como director de la revista Amauta. El cubano Luis Beiro lee a Murakami. El poeta peruano Jesús Cabel repasa la correspondencia de César Vallejo a Fédor Kelin. Desde Trinidad y Tobago Lancelot Cowie analiza la narrativa cubana contemporánea. Edith Pérez hace una interesante lectura de la poesía de la escritora Pilar Vilcapaza. El venezolano Alejandro Varderi visualiza su país a través de la obra de Isaac Chocrón. La peruana Gabriela Caballero analiza al escritor tacneño Segundo Cancino. Y quien escribe hace una semblanza del poeta peruano Jorge Eduardo Eielson, al cumplirse cien años de su nacimiento.
Hay poesía del puertorriqueño Juan Casillas, de los peruanos Juan Messco, Sharon Rodríguez, Hernán Trujillo y un inquietante texto del boliviano Homero Carvallo. El propio Guevara entrevista al notable poeta cusqueño Carlos Velásquez. Y se cierra el número con reseñas y testimonios de Juan Guevara Pancorvo, Roberto Romero, Jean-Jaques Decoster, Teresa Torres y Miguel Ildefonso. La revista tiene en portada una pintura de Napoleón Rojas Veramende. Así de variado, desde sus inicios, fue el contenido de la emblemática revista Sieteculebras. Lo que le da, con justa razón, un reconocimiento a su influencia y difusión de la literatura contemporánea por parte de sus lectores.
Guevara ha anunciado que el siguiente número aparecerá desde algún enlace electrónico y podrá leerse en cualquier dispositivo. Aunque reconoce que ha sido una decisión difícil, no solo por la recurrente falta de apoyo para financiar una edición impresa, sino por la nostalgia propia de quien le ha dedicado gran parte de su vida a contactarse con los autores, revisar y editar los textos, diagramar y preparar la imprenta. Luego distribuir y encargar en la mochila de los amigos viajeros la difusión de la revista. Pero se resigna al avance de la tecnología y las exigencias de los lectores jóvenes.
La literatura, como el arte en general y la propia vida, ha sabido sobrevivir recreándose, deslizándose entre los recovecos de la guerra y la paz. En hogar y en lontananza, en la distancia y a nuestro alrededor, en crisis y en calma. Así, a Sieteculebras, como a las serpientes, le toca mudar de piel, pero no de esencia. Aparecerá en otro formato, pero traerá consigo el mismo espíritu de la libertad, de la creación sin ataduras ni servil a nadie. Y habrá de seguir deslizándose, silenciosa, pero sabia, por los rincones que las emociones del ser humano deja al descubierto.
Vale empezar el año con un buen libro.
Primera
lectura del año
Escribe:
Alfredo Herrera Flores
La
primera lectura del año es, en realidad, una relectura. Encontré en una de las
ferias callejeras de fin de año, de esas en que artesanos, artistas, tejedores,
ceramistas, impresores y toda clase de emprendedores ofrecen sus productos a
bajos precios, a un par de vendedores de libros de segundo uso, ediciones
piratas y revistas antiguas que, como infiltrados en la exposición, mal
baratean y rematan sus productos sabe Dios cómo conseguidos.
Rebuscando
entre los libros desperdigados y puestos sin ningún orden sobre dos mesas
largas, me doy con un ejemplar de la antología Nuevo cuento peruano, que
elaboraron Antonio Cornejo Polar y Luis Fernando Vidal. El libro fue publicado
en 1984 por Mosca Azul editores y contiene una selección de diez autores que,
en aquellos años, al iniciar la década de los ochenta, ya se vislumbraban como
los futuros narradores importantes de fin de siglo. Trae también, además de un
ilustrativo estudio introductorio, notas sobre los autores y procedencia de sus
textos, fuentes bibliográficas para ahondar en estudios respecto al cuento
peruano y una cronología de la narrativa peruana de 1968 a 1983 elaborada por
Américo Mudarra.
Sin
embargo, aparte del valor académico e ilustrativo de este volumen, hay un afecto
personal que no pude contener cuando lo vi asomando entre diccionarios
deshojados, revistas de costura y ejemplares de Selecciones del Reader´s
Digest con las hojas arrugadas, que me impulsó a comprarlo. Leí el libro
allá por los ochenta, tal vez recién salido a la venta, cuando garabateaba mis
primeros poemas, devoraba historia y filosofía y me envalentonaba para definir
mi vocación por el vano oficio de la literatura. Fue un verdadero
descubrimiento.
La
lectura del primer cuento seleccionado, Ángel de Ocongate, con el que
Edgardo Rivera Martínez acababa de ganar el concurso “El cuento de las mil
palabras”, y el último, Hueso duro, de Cronwell Jara, fue suficiente
como para deslumbrarse con la magia de palabras que brotaban de sus páginas y
construían dos de las historias más conmovedoras de la literatura peruana
contemporánea.
El
primero es un relato breve, el monólogo de una efigie desprendida del friso de
un templo andino a causa de un rayo. En su deambular de pueblo en pueblo,
buscando rastros y pistas que le permitieran recuperar la memoria y su
identidad, el fantástico personaje reflexiona sobre su procedencia y soledad,
el desamparo al que ha sido condenado sin saber su delito o la causa de su
aislamiento. Pero finalmente, a pesar de reconocerse con otras figuras
similares a su atuendo, lamenta y se resigna al exilio perpetuo.
Rivera
Martínez, que luego sorprendería con su novela País de Jauja (1993)
emplea en este relato un lenguaje poético de no tan fácil comprensión, pero con
un ritmo que rápidamente capta la atención del lector. La pregunta inicial
sobre su identidad y el contexto en el que se encuentra el personaje, el
paisaje, involucra al lector de tal manera que se hace su acompañante, deseoso
también de conocer su procedencia, su lugar de origen. Con una alta carga de
nostalgia y cuestionamiento a la naturaleza humana, este cuento sin duda marca
una de las etapas más altas de la narrativa peruana.
El
otro relato, Hueso duro, de Cronwell Jara, es, tal vez, uno de los
cantos de amor más sinceros de nuestra literatura. Sabemos que, con el tiempo,
Jara se convertiría en uno de los maestros del cuento, el año 1985 ganaría el
Premio Copé de Cuento con La fuga de Agamenón Castro y será referente
obligado para quien quiera adentrarse en las técnicas y artificios de contar
historias.
En Hueso
duro, se cuenta la historia de un hombre que es víctima de una traición.
Apuñalado por su enemigo, que además se lleva a su mujer, sobrevive y promete
venganza. Su hijo pequeño, testigo del hecho y personaje narrador, también se
contagia con la sed de revancha, y verá a su padre afilar un cuchillo y clamar
por el amor de la mujer robada, como un alucinado. Pero de pronto aparece la
mujer, deshecha, a humillarse, dispuesta al sacrifico, cambiando totalmente la
perspectiva de vida de padre e hijo. A pesar de ser uno de los primeros relatos
del muy joven Jara, ya se notaba el lenguaje fluido y elaborado que lo habrá de
caracterizar en adelante.
Estos
dos relatos fueron un descubrimiento, provocaron mi curiosidad por los autores
nacionales y motivaron creatividad. Entendí que todo, absolutamente todo, lo
que es real y lo que no, puede caber en la talega de la literatura, y, también,
que no es fácil manejar, elaborar, construir un lenguaje tan sencillo y, al
mismo tiempo, complejo, como para contar una historia y sacar desde el fondo de
uno mismo la esencia de la naturaleza humana.
Pero
el volumen contiene otras joyitas del cuento peruano. Por ejemplo, Octubre,
de Antonio Gálvez Ronceros, El misterio del robo de los jueces, de Harry
Belevan, o Que te coma el tigre, de Augusto Higa, son muestras de la
maestría con que prácticamente iniciaban sus carreras literarias autores que,
junto a los otros antologados, Julio Ortega, Gregorio Martínez, Luis Fernando
Vidal, Hildebrando Pérez Huaranca y Fernando Ampuero, conformarían una notable
generación de narradores.
Han
pasado 40 años desde aquella edición, no es poco tiempo, varios de los autores
y los antologadores han partido, y, aunque he vuelto muchas veces a sus páginas
para repasar algunos cuentos, consultar sus datos, su relectura no solo
refresca la memoria, sino que también remueve las emociones con que la
literatura desenmascara al hombre.
Breve artículo para no dejar pasar el año en que celebramos el centenario del poeta Jorge Eduardo Eielson, tal vez uno de los artistas peruanos de mayor trascendencia del siglo veinte. Su propuesta estética, tanto en la literatura como en la pintura y la escultura, seguirá siendo tema de análisis, estudio y debate. Esta silla le da espacio para celebrarlo con esta rápida mirada. El texto se publica en papel en la revista Sieteculebras y en el semanario El Búho, y seguramente en otras revistas electrónicas. Ahí va.
JORGE EDUARDO EIELSON, CENTENARIO Y CLÁSICO
Escribe: Alfredo Herrera Flores
El punto de partida de la obra poética de Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924 – Milán, 2006) está determinado por el libro Reinos (Lima, 1944), colección de 19 poemas publicada como separata del número 9 de la revista Historia, que dirigía Jorge Basadre, y que le permitiría obtener el Premio Nacional de Poesía, un año después. La bibliografía que ahora se conoce de Eielson contempla por lo menos tres títulos anteriores, breves conjuntos o poemas únicos: Moradas y visiones del amor entero (1942), Cuatro parábolas del amor divino (1943) y Canción y muerte de Rolando (1943), aunque este último se publicó formalmente en 1959.
Estos títulos, más los que casi inmediatamente se publicarían en Lima, como Antígona (1945), Ajax en el infierno (1945), hasta Doble diamante (1947), conforman la primera etapa poética del poeta que, pronto, en 1948, luego de realizar su primera exposición pictórica, marcharía a París gracias a una beca. Ya es sabido que, desde entonces, su residencia se fijaría en Europa, especialmente en las ciudades de Paris, Roma y Milán. Y volvería al Perú en varias oportunidades. Conocido es, también, su proceso literario y pictórico, que se manifiesta en poemarios, novelas, obras de teatro, exposiciones, instalaciones, que lo convertirían en uno de los artistas contemporáneos más cosmopolitas y renovadores de nuestro país.
Eielson es de esos artistas que pareciera que todo lo que hace lo hace bien. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, diversas actividades académicas y culturales, publicaciones y homenajes, destacan justamente esta cualidad. Incluso, sin contener la emoción, varios escritores coinciden en tertulias y conversatorios que con Eielson estuvimos más cerca de alcanzar el premio Nobel. El premio a un poeta peruano sería más simbólico y representativo, teniendo en cuenta la tradición poética peruana, encabezada por Vallejo y seguida de una larga lista de nombres de alta calidad literaria.
El centenario de Eielson es, pues, motivo para repasar y revalorar su obra artística, y, en el caso de estas líneas, de su producción poética. De las varias ediciones que se han publicado de su obra reunida, tanto en el Perú como en el extranjero, tal vez Poesía escrita (obra reunida), sea la que mejor ha agrupado el proceso poético del poeta limeño. Son tres tomos publicados por Lustra editores y Sur Anticuaria y preparados por Martha Canfield, los que se publicaron el 2015 y 2016.
Los tres tomos, subtitulados Poeta en Lima, Poeta en Roma y Poeta en Milán, marcan estas tres etapas sustanciales en el recorrido poético y vital de Eielson. Consideramos, sin embargo, que la edición de la poesía completa publicada por la Pontificia Universidad Católica el 2004, con el título de Arte poética, sea, hasta ahora, la más completa. Se debe anotar también que el libro Poesía escrita, publicado por el Instituto Nacional de Cultura, en 1976, fue, en su momento, el que mejor reunía su producción poética, pues incluía varios ejercicios visuales.
La obra poética de Eielson alcanzó muy pronto notoriedad y atención. Sus primeros poemas publicados en Lima, maduros y firmes, no parecen tener rendijas ni espacios para el juego juvenil o la experimentación del aprendizaje. Claramente temprano heredero de la literatura clásica, su presencia en el nuevo panorama literario de mitad de siglo va ser realmente novedoso. Sobre todo en una generación que, a la postre, estaría marcada por ser una de las más notables de la poesía latinoamericana.
Los títulos de sus dos primeros conjuntos de poesía, Moradas y visiones del amor entero y Cuatro parábolas del amor divino, ya nos transportan a la época del siglo de oro de la poesía española. Nos suenan a San Juan de la Cruz, a poesía mística, y claramente hay un reflejo a la esencia de la poesía clásica. El tema, el amor, es de por sí el más universal de la poesía. Y la manera solemne o formal con que Eielson lo asume, no se refiere al amor filial o carnal, sino al sentimiento íntimo, humano, que el joven poeta acaba de descubrir.
¡Oh, Amor, pasto invisible
de mi corazón, qué lejos
a tus calladas posadas con hambre
de amanecer me llego,
primera faz del gozo,
consuelo abierto
entre dormidos pétalos,
qué blanco tu martirio,
tu eternidad –tu edad–
tus últimos ojos abiertos
de quien te asila esplendor!
Así dicta la notable primera estrofa del poema Moradas y visiones del amor entero, que irá discurriendo con un lenguaje marcado por la finura y profundidad de sus versos. Sobresalen también los primeros atisbos de surrealismo (pasto verde de mi corazón) que asumiría como parte de su proceso de búsqueda de un lenguaje cada vez más abierto, lúdico.
Esta característica se va a acentuar, de alguna manera consolidarse como un sello personal, en los poemas escritos y publicados en Lima. Su poema Canción y muerte de Rolando, publicado en la revista Mercurio Peruano N° 207, contiene una clara influencia clásica, mitológica, que recuerda La canción de Rolando, o La Chanson de Roland, el más antiguo poema épico que se conoce de la tradición literaria francesa.
La versión de Eielson es atemporal, traspasa las épocas, los momentos. Y el canto es un símbolo que puede reflejar un acto heroico en cualquier circunstancia. El heroísmo se traslada del campo de batalla a la vida cotidiana: “Derruido color y forma, el cadáver de un guerrero está de pie. Y es una iglesia mutilada y es una cúpula que sueña confundirse con las nubes, cuando el alto yelmo diurno caiga sobre él”. El canto épico se convierte en el lenguaje de Eielson en un canto de amor por el hombre, el ser humano, el héroe cotidiano.
Es después de Reinos que el, aun jovencísimo Eielson, publicará en 1945 Antígona, adentrándose tanto en el mito como en la tragedia de Sófocles. Y así como Canción y muerte de Rolando, la reflexión sobre el otro gran tema de la poesía, la muerte, será el hilo conductor de la reflexión que el poeta ensaya sobre los dramas del hombre contemporáneo.
El propio poeta anota en el prólogo de la versión que se publica en la revista Mercurio Peruano, que su obra no trata de una continuidad de la tragedia de Sófocles. Más bien de una decisión de levantarme, en mi época y mi tierra, mi propio montículo y cotejar uno a uno, por visión directa, los preciosos materiales. Es así que, nuevamente, el poeta reflexiona desde su experiencia moderna, contemporánea. Y retoma la materia del viejo drama para su propia revisión, expresión o creencia.
En Antígona los temas centrales son la muerte, el poder, la orfandad. Pero, al mismo tiempo, se notará claramente la consolidación del lenguaje poético de Eielson. La firmeza de sus versos, la claridad de sus metáforas, la soltura con que asume los temas que lo acosan, van a ser las características de esta primera etapa poética. Publicará, entonces, Ajax en el infierno, retomando a un héroe mítico. Y lo coloca, en todo su esplendor en el campo de batalla, el poeta vuelve a la reflexión intimista de su propio descubrimiento del honor:
Arrastrándose entre las pezuñas húmedas, halló un boquete de luz,
desde allí, entonces, misteriosamente, pudo ver su
dormitorio, los muebles conocidos y los retratos que
amaba en la pared, ¡él mismo, tendido en su lecho de
paja, con los ojos cerrados! Hubo de reconocer con
horror, que había sido burlado una vez más:
un simple vaso de agua, volcado sobre la mesa de noche,
mojábale la almohada y la cabeza caliente.”
Eielson es protagonista de la tragedia. Es la reencarnación literaria de aquellos héroes que han sentido como cualquier humano el dolor, la gloria y el desamparo. El ciclo inicial de su poesía juvenil, clásica, dramática, se habrá de completar, o cerrar, con la publicación de En la mancha (1946). Allí se exalta y enaltece a tres personajes igual de gloriosos, clásicos, míticos y, además, ejemplares. Ellos brotan revitalizados de las páginas maestras de Cervantes: Sancho, el Quijote y Rocinante.
Es notable el profundo conocimiento que demuestra el poeta de la literatura clásica. Se explica solo por la capacidad de lectura y análisis de un artista que prematuramente descubre y consume ávidamente libros que resultan contemporáneos. Pero el joven poeta los asimila de tal manera que recrea y reinterpreta, hasta satisfacer su propia curiosidad y entendimiento.
Al dejar el Perú, Jorge Eduardo Eielson emprende otro proceso que, sin descuidar la lectura de los clásicos, se centrará en el ejercicio del lenguaje. Deja atrás los personajes griegos o latinos y ensaya formas lúdicas de expresión. Tal vez el mayor ejemplo de esta etapa será su famoso poema “Poesía en forma de pájaro”, contenido en el conjunto Tema y variaciones, publicado en Ginebra. Este poema que sutilmente aborda el tema del arte poética, combinando el lenguaje lúdico, el caligrama, surrealismo y vanguardismo, representará también su visión plástica de la poesía.
Los siguientes conjuntos poéticos se concentran tanto en el ejercicio de la palabra como en la reflexión intimista sobre la propia experiencia del poeta y los temas cotidianos del ser humano. Combina, bajo un sentido del humor que linda con lo dramático, lo difícil que es separar el idealismo de la realidad. Tal vez el conjunto que resuma mejor esta idea sea Naturaleza muerta (1958). Allí, bajo el disfraz del epigrama, el poeta resuma el tormento del hombre de intentar escapar de su condición y refugiarse en el arte. “Cuando en la noche deseo tocar la luna / Toco la luna de mis anteojos negros”.
O este otro: “Tengo los pies llenos de barro somos / Y en barro nos convertiremos”.
En Noche oscura del cuerpo (1955), la exploración es personal. Traspasa el límite de la intimidad y se hace reflexiva, e indaga en aquello que para el hombre cotidiano es invisible. Dice, por ejemplo en su poema “Cuerpo pasajero”:
Sentado en una silla
Con los ojos y las manos en pantalla
Veo pasar el río de mi sangre
Hacia la muerte…
Si bien la literatura, la poesía en particular, permite reflejar lo más oscuro de nuestro ser, ya sea bello o triste, dulce o amargo, pocas veces el lenguaje es tan directo como el de Jorge Eduardo Eielson. Aparentemente su lenguaje exquisito, sus juegos de palabras, su humor y sus requiebros, como los nudos sin principio ni fin de sus pinturas y esculturas, nos llevan por los caminos de la recreación. Éstos más bien nos retornan a la necesidad de vernos a nosotros mismos como los seres mortales y efímeros que somos.
En la poesía de Eielson el hombre es abiertamente libre. Eielson es centenario, y se ha convertido él mismo en mito y leyenda, y su obra en un clásico moderno. Su poesía, a veces mal calificada de purista, es, en el fondo, profundamente humana, incluso social, si con esto se quiere decir que no es ajena a su entorno, al drama humano de supervivir en un contexto tan asfixiante y desesperanzador.
Poeta peruano gana premio Loewe de poesía
Omar Castro Villalobos (Lima, 1992) se convierte en el primer escritor peruano en ganar el premio Loewe de poesía, el antiguo, prestigioso y caro premio que se da en España desde hace 37 años.
En esta oportunidad Castro obtiene el premio en la categoría Premio a la Creación Joven por su libro "Habitación persona sola" y es un buena noticia para la renovación de la poesía peruana. El Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe lo
obtuvo el español Javier Velaza (Castejón, 1963) por "Las ignorancias".
La nota periodística viene en la revista venezolana
Letralia, Esta silla lo celebra.
Javier Velaza Frías gana el premio Loewe de poesía y Omar Castro Villalobos el de Creación Joven
Velaza Frías (izquierda) obtiene el galardón por Las ignorancias, mientras que Castro Villalobos recibe el de Creación Joven por Habitación persona sola.El jurado del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe ha concedido el galardón de la XXXVII edición al poeta español Javier Velaza Frías (Castejón, 1963) por su obra Las ignorancias, mientras que el Premio a la Creación Joven ha recaído en el peruano Omar Castro Villalobos (Lima, 1992), por el libro Habitación persona sola, según se anunció el martes 8 de octubre durante una rueda de prensa.
Para Velaza Frías obtener este galardón es un “extraordinario” honor porque el Premio Loewe ha sido un “hito” desde que empezó a escribir, como afirmó durante su intervención. “Lo es por el prestigio que tiene su nombre, por la irrenunciable apuesta que esta casa tiene por la poesía desde hace tantísimos años y que los poetas le hemos de agradecer muy sinceramente. Además, es un hito porque el jurado que lo compone está formado por algunos de los nombres a los que más admiro en el mundo de la poesía hispánica”, agregó.
Aunque Omar Castro Villalobos, ganador del premio a la Creación Joven, no pudo asistir a la rueda de prensa, la escritora argentina María Negroni, que forma parte del jurado, presentó su obra ganadora, Habitación persona sola, de la que dijo que se trata de un libro con un lenguaje “libre”, donde la escenografía de lo cotidiano se transforma en alegría cultural.
Presidido por Víctor García de la Concha, el jurado de esta edición, además de Negroni, contó con la participación de Gioconda Belli, Antonio Colinas, Aurora Egido, Raquel Lanseros, Juan Antonio González Iglesias, Carme Riera, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena y Diego Roel, ganador de la anterior convocatoria. El fallo se acordó durante la sesión de deliberación que tuvo lugar el lunes 7 de octubre. La entrega del premio y presentación de los libros tendrá lugar en marzo de 2025.
Las ignorancias es, según el veredicto, un libro muy moderno pero con anclaje en lo antiguo, actual, escrito con un absoluto dominio del ritmo y la versificación; de alto contenido moral, con una arquitectura muy bien trabada y sólidamente construida, que le da una rotunda firmeza, visible tanto en su pensamiento como en su expresión. En palabras de Juan Antonio González-Iglesias, la obra “está cerca de lo divino, pero es un libro humanístico”.
Sobre Habitación persona sola, el jurado destaca que se trata de un libro de su tiempo, escrito con un lenguaje libre y riguroso a la vez, donde lo escenográfico de lo cotidiano se transforma en alegoría cultural. María Negroni menciona que “el poeta consigue incluir en su visión particular de la ciudad de Lima una crítica política y social pocas veces vista, donde el sexo no se disocia de la pobreza ni las inequidades de las preocupaciones generacionales”.
Los autores ganadores
Velaza Frías es filólogo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 2010 es catedrático de Filología Latina en la Universidad de Barcelona y desde 2017 decano de la Facultad de Filología de esa casa de estudios. Ha publicado veinte libros, entre los que se encuentran Mal de amores y latines (Premio Àngel Urrutia, Pamplona, 1996), De un dios bisoño (Premio José Hierro, San Sebastián de los Reyes, 1998), Los arrancados (Barcelona, 2002), Enveses (Premio Valencia, Madrid, 2018), De mudanzas (Premio Tiflos de Poesía, 2020) y El campamento de los aqueos (XLII Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, Madrid, 2022).
Castro Villalobos es artista y escritor. Estudió Pintura en la Facultad de Arte y Diseño de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), donde además cursó la Maestría de Escritura Creativa. En su trabajo artístico explora las posibilidades del dibujo, la escritura, y la apropiación y la intervención de imágenes y textos desde su potencial de cuestionamiento y reinterpretación.
El Premio Loewe
En esta XXXVII convocatoria se presentaron 2.260 participantes de 39 países, 55% de Hispanoamérica, siendo Argentina, México y Colombia, en este orden, los países con mayor índice de participación. En España (43%), las provincias con mayor número de obras presentadas son Madrid, Barcelona, Valencia y Alicante, y 26% de los autores son menores de 33 años. Se escogieron 35 obras finalistas.
La Fundación Loewe entrega este galardón desde 1988 y con carácter anual, con el fin de impulsar la calidad en la creación poética en lengua española. Se premia con 30.000 euros una obra inédita de al menos trescientos versos y se concede un Premio a la Creación Joven de 12.000 euros. Los libros premiados son publicados dentro de la Colección Visor de Poesía.
Gracias al respaldo de un jurado excepcional —que en su día presidió Octavio Paz—, hoy el Premio Loewe es el más importante que se otorga en español fuera del ámbito institucional y se ha convertido en un referente en el calendario cultural internacional. Este premio cuenta con una trayectoria de más de tres décadas en las que se ha reconocido el trabajo de destacados poetas como Óscar Hahn, Cristina Peri Rossi, Luis García Montero o Jaime Siles.
Breve reseña del libro de entrevistas "Chirapaq, 51 entrevistas sobre cultura contemporánea", del poeta Sixto Sarmiento. Un buen libro que recorre diversas perspectivas sobre el arte y la cultura peruana y latinoamericana, e interesantes y renovadoras visiones sobre el arte de la poesía. El texto ya se publicó en el semanario El Búho y la revista electrónica Letralia. Esta silla se acomoda para disfrutar de estas conversaciones literarias.
Sixto Sarmiento, entrevistador
Escribe: Alfredo Herrera Flores
El poeta ayacuchano Sixto Sarmiento ha desarrollado una larga carrera periodística, tanto a través de una columna de opinión como de entrevistas que ha ido publicando especialmente en el diario Expreso. Artículos, reseñas y entrevistas, han sido recogidos en sendos libros y, durante un encuentro en la última Feria Internacional del Libro de Lima, hemos recibido Chirapaq, 51 entrevistas sobre cultura contemporánea (Editorial Summa, 2024), volumen que reúne precisamente las conversaciones sostenidas con escritores e intelectuales.
El libro reúne a escritores e intelectuales de trece países que aceptaron un diálogo con Sarmiento y lo que tenemos no es sólo diferentes puntos de vista sobre la cultura contemporánea, como anuncia el subtítulo, sino, sobre todo, una mirada plural, renovadora y enriquecedora sobre la literatura de nuestra época.
Las conversaciones discurren abiertas, francas, precisas, porque el oficio periodístico de Sarmiento permite llevar a sus entrevistados por los caminos que él mismo conoce, como los temas de la literatura, el ejercicio de la poesía, los procesos creativos o el análisis de la realidad a través de la ficción.
Chirapaq, 51 entrevistas sobre cultura contemporánea, de Sixto Sarmiento (Summa, 2024).Una primera conclusión de la lectura de este libro es al mismo tiempo una lección: la importancia de transmitir cultura a la población en general. Anotemos que el formato de libro llegará a las estanterías de lectores más especializados o interesados en la literatura, pero antes los textos pasaron por un público más amplio, por lectores de periódicos, jóvenes y adultos, que suelen interesarse por otros temas como política, economía, deportes o espectáculos, o que provienen de distintos sectores sociales.
Es muy interesante la manera como Sixto Sarmiento invita a sus entrevistados a reflexionar sobre un tema infinito: la poesía. Si bien es sabido que puede haber tantas definiciones de la poesía como poetas hay, siempre llama la atención la manera como los propios poetas asumen un concepto particular sobre su arte, o sobre qué significa para ellos el ejercicio poético y cómo resuelven su conflicto durante el proceso creativo.
La poeta Elvira Hernández, flamante ganadora del Premio Nacional de Literatura de Chile, lo recuerda de manera sencilla al responder una de las preguntas de Sarmiento: “La poesía tiene sus propios caminos de aprendizaje”. La escritora nicaragüense Daisy Zamora señala que “la poesía es inabarcable porque lo poético está en todas partes”. Más íntima es la respuesta del poeta salvadoreño Carlos Ernesto García: “Creo firmemente en las múltiples facultades de la poesía, ya que nos permite manejar nuestras emociones. A veces me pregunto si fue mi salvación o mi condena”.
Esta es otra conclusión del libro: la poesía sigue siendo el motor de los procesos creativos, ya sea para novelistas o poetas, periodistas o críticos literarios.
Esta es otra conclusión del libro: la poesía sigue siendo el motor de los procesos creativos, ya sea para novelistas o poetas, periodistas o críticos literarios, y alrededor de ella se puede redescubrir nuestra realidad, nuestra historia. Las épocas violentas e inciertas que nos ha tocado vivir se han podido superar a través de la poesía, de la literatura, el arte en general. Las entrevistas de Sarmiento giran en torno a estas reflexiones, lo que le da al libro un valor de conjunto que trasciende a la entrevista individual, o aislada, que se publicó antes en papel periódico.
Libro renovador y refrescante el de Sixto Sarmiento que debería llegar a las aulas universitarias, por ejemplo, para que los futuros profesionales puedan tener una mirada amplia del valor del arte y una buena cultura en su formación. Particularmente, agradable sensación encontrar en las páginas de Chirapaq las voces de tantos amigos, o de personajes que suelen visitar nuestro país de vez en cuando.
Ha fallecido el poeta Carlos Germán Belli. Esta silla se pone de pie y le rinde homenaje.
Fallece el poeta
peruano Carlos Germán Belli
Por. Alfredo
Herrera Flores
El poeta Carlos
Germán Belli era un sobreviviente de la denominada Generación del 50,
uno de los grupos de escritores de mayor calidad de la literatura peruana, que
más nombres ha aportado al panorama literario internacional y de los que más
estudios ha generado por parte de académicos de las nuevas generaciones.
Herederos inmediatos de la poesía e influencia vallejiana, al mismo tiempo sus
integrantes fueron proponiendo nuevos estilos y alternativas estéticas que
marcarían un quiebre en la historia de la poesía contemporánea del país.
Carlos Germán
Belli falleció el 10 de agosto en Lima, ciudad en la que nació en 1927, y en la
que pasó toda su vida, trabajando, escribiendo, publicando y enseñando hasta ya
entrados los primeros años del siglo veintiuno. Fue activo animador de su
generación y un referente importante de la poesía peruana, pues su obra alcanzó
a ser reconocida con importantes premios, como el premio Iberoamericano de Poesía
Pablo Neruda, que se le otorgara el año 2006.
En un estudio
introductorio a una de las antologías de la poesía de Belli, Canciones del
perito en nada, la española Inmaculada Lergo Martín cita al crítico José
Miguel Oviedo, quien dice que la voz poética de Belli “se muestra como la más
original, torturada y extraña desde César Vallejo”. Desde su primer libro, Poemas,
publicado en 1958, se notaría el renovado lenguaje y temática moderna que
mantendría Belli a lo largo de trayectoria literaria.
Así, precisamente
uno de sus títulos más notables, influyentes y recordados de su producción sería
¡Oh, hada cibernética! (1962), en el que reflexiona tanto sobre temas
sociales como de la propia poesía, con un lenguaje que lo colocaba más bien
entre los poetas surrealista, vanguardista o barrocos. Justamente esos años, en
1962, obtendría el Premio Nacional de Poesía, y de esta manera consolida su
presencia artística, para luego recibir una serie de reconocimientos tanto en
el Perú como en el extranjero.
Después de
trabajar en la administración pública, se dedicó a la docencia universitaria,
principalmente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudió Literatura
y luego se doctoró en Letras, en 1980, con una tesis dedicada al poeta Carlos
Oquendo de Amat, el mayor ejemplo de la vanguardia peruana.
Hijo de un
migrante italiano y de madre peruana, Carlos Germán Belli obtuvo en dos
oportunidades la beca de la Fundación Guggenheim (1969, 1987), fue miembro de
la Academia Peruana de la Lengua desde 1980 y además de catedrático fue
redactor de asuntos culturales en el diario El Comercio. Ha publicado una
veintena de libros, entre los que se destacan Dentro & Fuera, En
alabanza del bolo alimenticio, El buen mudar, ¡Salve, Spes!
Un poema de Carlos
Germán Belli
EL ESCUDO FILIAL
Un fulminante rayo
de los cielos
la mitad de
repente ha destrozado
del escudo
biológico filial,
y del alma y del
cuerpo una porción
desguarnecida está
infinitamente,
que una zona del
pecho sin cubrir,
blanco de flechas
y mortal lanzazo,
y el gladiador
paterno ayer altivo
en lid terrenal
vencedor siempre,
no en adelante,
no, mas sí eccehomo,
que de él una hija
amada ha fallecido,
aunque de otra
manera así digámoslo:
¡nunca más por
completo aquel escudo,
y el gladiador se
trueca en eccehomo!
De su libro: Los
dioses domésticos y otras páginas (2012)
En el semanario El Búho se publica mi columna El barco ebrio, en la que me refiero a la redición del libro de poemas Caima, del poeta Manuel Gallegos Sanz (1896 - 1991) por el fondo editorial de la Universidad Católica de Santa María. Sin duda una iniciativa importante para recordar a uno de los más importantes maestros de la poesía tradicional arequipeña. Esta silla lo celebra dándole su lugar.
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| Portada de la nueva edición de "Caima" |
Manuel Gallegos Sanz reditado
Por: Alfredo Herrera Flores
Hacia la primera mitad del siglo xx, la poesía arequipeña experimentó uno de los procesos de renovación temática y estética más importantes de su historia. Los grupos intelectuales, el aporte de la universidad, la presencia de profesionales y artistas en el ámbito político nacional y el intercambio de libros e ideas con otros grupos literarios del sur, especialmente, fueron algunos de los factores que respaldaron esos momentos renovadores.
Resultado de esa etapa, ya entrando a la segunda mitad del siglo, estarán, y quedarán, en el ámbito nacional nombres como los de Percy Gibson, Alberto Guillén, Alberto Hidalgo, César Atahualpa Rodríguez o Guillermo Mercado, entre varios otros. Pero, al mismo tiempo, en el ámbito regional, habrá otro grupo de poetas, pintores, músicos o intelectuales cuya obra será importante para protagonizar otro proceso de cambio, el del indigenismo, paisajismo, bucolismo o localismo hacia el vanguardismo, el neoindigenismo o la literatura urbana. Entre ellos está el poeta Manuel Gallegos Sanz.
Nacido en Cayma en 1906, Gallegos Sanz fue un maestro que dedicó su poesía a manifestar su amor por el paraje donde nació. Hacia los primeros años del 1900, la Villa de Cayma estaba aún alejada de los distritos vecinos como Yanahuara y Cerro Colorado. Y más aún del centro de la ciudad. Pero el tránsito entre estas zonas era fluido, por ser espacio de traslación obligatorio para el comercio de productos agrícolas entre los mercados de abastos. Luego fue una de las zonas residenciales y comerciales que más rápido se pobló, pero con diferencias urbanísticas con el crecimiento del lado opuesto, como los distritos de Paucarpata, Miraflores o Mariano Melgar.
En ese contexto de crecimiento urbano de la ciudad de Arequipa, ya considerada como la segunda ciudad más importante del país, Gallegos Sanz mantuvo una poesía costumbrista de “íntimas pinceladas pictóricas”, como dice el crítico literario Tito Cáceres Cuadros, en una de sus antologías de la poesía arequipeña. Y, precisamente, esa característica haría al poeta caymeño uno de los personajes más conocidos, populares y queridos de su distrito.
Al celebrar Cayma 200 años de creación política como distrito, la Universidad Particular Católica de Santa María de Arequipa, a través de su fondo editorial, ha publicado una edición facsimilar del primer libro de Manuel Gallegos Sanz. Una buena iniciativa que permite recuperar la memoria de uno de los ejemplos más notables de la poesía arequipeña. Una forma que hasta hoy se conserva a través de la promoción de poesía localista, especialmente en las instituciones escolares.
Publicado en 1933, con prólogo de Francisco Mostajo, Caima contiene la esencia de la propuesta estética de Gallegos Sanz. La que mantendrá a lo largo de sus siguientes libros. El lirismo con que asume su relación con el lugar de nacimiento, marcará una ineludible referencia para quienes quieran expresar su amor al terruño. O conocer a través de la literatura las características paisajistas de la zona.
Los escolares que participan en actuaciones o juegos florales en honor al distrito, o Arequipa, recurren a versos de poetas como Manuel Gallegos. Y declaman o dramatizan sus poemas para cantarle a la tierra, al lugar que los acoge, y lo hacen transmitiendo y contagiando orgullo e identidad. Tal vez sea este el mayor aporte de la poesía del poeta caymeño. Además de la fuerza telúrica y colorido de sus imágenes, a la literatura arequipeña: el de permitir mantener entusiasmo, sentimiento y hasta ternura por el paisaje que nos rodea.
Destacable entonces el aporte del fondo editorial de la universidad a la literatura arequipeña. Pues es evidente que Gallegos Sanz ha traspasado la frontera localista y merece ser más difundido, estudiado y conocido por los jóvenes. También importante la labor editorial universitaria, que ha sumado otros títulos para enriquecer la literatura arequipeña. Aunque siempre queda la sensación de pensar que se puede hacer mucho más.